– ¿Se habrá descubierto el muro de Nehemías?

– ¿Se habrá descubierto el muro de Nehemías?

  • “Fue terminado, pues, el muro, el veinticinco del mes de elul, en cincuenta y dos días. Cuando lo oyeron todos nuestros enemigos, temieron todas las naciones que estaban alrededor de nosotros, se sintieron humillados, y conocieron que por nuestro Dios había sido hecha esta obra”. Así escribió Nehemías, gobernador de Judea en el siglo quinto a.C. (Nehemías 6:15-16).

Hasta ahora se han encontrado muy pocos restos de la época de Nehemías (444-432 a.C.). Pero hace poco, Eilat Mazar, arqueóloga de la Universidad Hebrea, declaró que cree haber identificado algunos remanentes del famoso muro que protegió a la ciudad después de que los judíos volvieron del cautiverio en Babilonia.

Aunque la muralla había sido descubierta con anterioridad, los arqueólogos supusieron que se remontaba al período asmoneo (141-37 a.C.), muy posterior al tiempo de Nehemías. Pero mientras estabilizaban una torre que formaba parte del muro para prevenir su colapso, los excavadores encontraron exactamente debajo de ella restos de cerámica y cabezas de flechas pertenecientes al período de la destrucción de Jerusalén a manos de los babilonios (586 a.C.) y otros restos de cerámica, además de una impresión de sello perteneciente al período persa (siglos sexto al quinto a.C.).

No se hallaron restos de épocas posteriores, lo que indica que la torre y el muro datan del tiempo en que Nehemías construyó murallas defensivas alrededor de la ciudad. En esa época Judá era una provincia del Imperio Persa, razón por la cual los restos de aquel tiempo se consideran como pertenecientes al período persa.

“Este hallazgo abre un nuevo capítulo en la historia de Jerusalén —dijo la Dra. Mazar—. Hasta ahora, nunca habíamos contado con semejante riqueza arqueológica del período de Nehemías”.

La Biblia registra que Nehemías, copero del rey persa Artajerjes, recibió autorización del rey para reconstruir los muros alrededor de Jerusalén, que habían sido destruidos por los babilonios un siglo y medio antes. Nehemías también repobló Jerusalén y restauró su condición de capital de Judea. Cuando Jesús vivió en ella, aproximadamente cuatro siglos después, era una ciudad pujante.

La torre mencionada se encuentra detrás de las murallas de una gran estructura de piedra que la Dra. Mazar había desenterrado en el 2005, y a la que identificó provisionalmente como el palacio del rey David. Esto indica que la estructura tiene que haber sido construida primero y esto apoya su afirmación de que era el palacio del rey David. Y aunque las conclusiones son preliminares, estos hallazgos parecen confirmar aún más la precisión histórica de los relatos bíblicos. BN

– Encuentran el sello del acusador del profeta Jeremías

– Encuentran el sello del acusador del profeta Jeremías

Una impresión del sello de un funcionario de la corte del rey bíblico Sedequías ha sido hallada durante una excavación arqueológica en la antigua Ciudad de David en Jerusalén. Proviene de un estrato geológico fechado al tiempo de la destrucción de Jerusalén a manos de los babilonios.

La impresión de arcilla, que probablemente selló alguna vez un documento gubernamental oficial, lleva el nombre “Gedalías hijo de Pasur”, uno de los funcionarios que trató de hacer ejecutar al profeta Jeremías por traición cuando Jerusalén se encontraba bajo la amenaza de los ejércitos babilónicos antes de su destrucción alrededor del año 586 a.C. Este funcionario es mencionado en Jeremías 38:1-4:

  • Oyeron Sefatías hijo de Matán, Gedalías hijo de Pasur, Jucal hijo de Selemías, y Pasur hijo de Malquías, las palabras que Jeremías hablaba a todo el pueblo . . . Y dijeron los príncipes al rey: Muera ahora este hombre; porque de esta manera hace desmayar las manos de los hombres de guerra que han quedado en esta ciudad, y las manos de todo el pueblo, hablándoles tales palabras; porque este hombre no busca la paz de este pueblo, sino el mal”.

Jeremías sobrevivió al asedio, pero al rey Sedequías no le fue tan bien. Sus hijos fueron asesinados y él fue llevado cautivo a Babilonia, donde finalmente murió.

Hay varias cosas extraordinarias en el descubrimiento de esta impresión de sello. Tal vez lo más asombroso sea el hecho de que este es el segundo hallazgo que prueba la existencia de una figura bíblica mencionada en este mismo pasaje.

Hace tres años se encontró una impresión de sello con el nombre de “Jucal hijo de Selemías hijo de Sevi” a sólo unos cuantos metros de ésta. Este mismo Jucal es mencionado en Jeremías 38:1, al igual que en Jeremías 37:3.

Aún más asombroso es el hecho de que esta es la sexta persona mencionada en el libro de Jeremías (sin contar a Nabucodonosor, rey de Babilonia) cuya existencia ha sido confirmada por la arqueología.

También se han hallado otras dos impresiones de sellos con el nombre del escriba de Jeremías, Baruc hijo de Nerías, además de otra con el nombre del funcionario gubernamental judío Gemarías hijo de Safán escriba, ambos mencionados en Jeremías 36. Recientemente se descubrió que una tabla cuneiforme excavada en la antigua ciudad babilónica de Sipar a comienzos del siglo pasado lleva el nombre del funcionario babilónico Sarsequim, mencionado en Jeremías 39:3. Y cuatro tablas excavadas en Babilonia alrededor de ese mismo tiempo se refieren al rey Joaquín (mencionado en Jeremías 52:31-33) y su familia.

Los detractores de la Biblia no tienen respuesta ante la increíble exactitud de las profecías contenidas en los escritos de algunos profetas bíblicos como Jeremías, de manera que argumentan que deben haber sido escritas mucho después de la época en que afirman que fueron escritas.

Pero ahora esos críticos que arguyen a favor de una fecha más tardía se ven enfrentados a un enorme y creciente problema: ¿Cómo pueden explicar el registro en esos libros de nombres de funcionarios gubernamentales y personajes extranjeros de relativamente poca importancia, y que se hayan encontrado pruebas de la existencia de esas mismas personas 2600 años más tarde, exactamente en los lugares específicos mencionados en la Biblia?

Claramente, el autor del libro de Jeremías conocía detalles minuciosos y específicos respecto a la época en la que escribió. La conclusión obvia derivada de estos numerosos hallazgos arqueológicos es que el verdadero autor de este libro fue el profeta Jeremías, quien lo escribió alrededor del tiempo en que los babilonios invadieron a Judá, justo antes de la destrucción de Jerusalén.

Las pruebas revelan claramente que el libro de Jeremías describe la historia real, tal y como estaba desenvolviéndose en aquellos días. BN

Filosofia

Filosofia

1. Definición Naturaleza Objeto

La definición nominal de “Filosofía” se remonta a la época de los antiguos griegos; más exactamente a la época de Pitágoras (siglo V a.C.), de quien escribe Cicerón en sus Disertaciones Tuscidanas: “Interrogado por el príncipe Leoncio… a qué oficio se dedicaba con preferencia, respondió que él no conocía ningún oficio; que era “filósofo”, es decir, amante o estudioso de la sabiduría.” (Libro V, c. 3). Por su parte, Diógenes Laercio refiere que, según Pitágoras, el epíteto de “sabio” (“sofós” en griego) no le corresponde a ningún hombre, sino a Dios: el hombre debe contentarse con “amar y buscar la sabiduría”. También Heráclito, contemporáneo de Pitágoras, emplea en uno de sus fragmentos (el 35) la palabra “filósofo”: “Es, pues, necesario que los varones filósofos sean buenos investigadores de muchas cosas”.

 

Estamos frente a una definición etimológica: “Filosofía” equivale a “amor a la sabiduría”; el filósofo ama el saber, el conocer. Es el hombre cuyo ejercicio sistemático es el conocimiento teórico; no sabe, es decir, no lo sabe todo; pero desea saber; saber por saber, no saber para hacer. El saber que busca no es el saber práctico. Los pitagóricos utilizaban una hermosa imagen para describir la actitud del filósofo: la vida humana se parece a los juegos olímpicos, a los que algunos acuden para participar en ellos (los atletas); otros para comerciar (los negociantes); otros, finalmente, por el puro placer de ver el espectáculo (los espectadores): a estos últimos se parece el filósofo.


Esta definición nominal, con todo y ser muy vaga, indica una tendencia de marcado tinte afectivo hacia el saber; una tendencia que existe no únicamente en quien se denomina “filósofo”, sino en todo hombre, por el solo hecho de serlo.

 

Muy acertadamente escribe Bochenski:


“La filosofía es un asunto que no atañe sólo al profesor de ella. Por muy raro que parezca, probablemente no hay hombre que no filosofe. O, por lo menos, todo hombre tiene momentos en su vida en que se convierte en filósofo. La cosa es cierta sobre todo de nuestros científicos, historiadores y artistas. Tarde o temprano, todos suelen meterse en harina filosófica. Realmente, no digo que con ello se le haga un eminente servicio a la humanidad. Los libros de los legos filosofantes —físicos, poetas o políticos, por otra parte, famosos— son de ordinario malos y frecuentemente sólo contienen una filosofía ingenuamente infantil y generalmente falsa. Pero esto es aquí accesorio. Lo importante es que todos filosofamos y, a lo que pare ce, no tenemos otro remedio que filosofar.”[1]

 

Parece que es así. Tanto más filosofa el hombre cuanto más observa las cosas con reflexión, cuanto más vuelve sobre sí mismo. En una palabra: cuanto más vive como hombre.

 

Además de la definición nominal o etimológica, está la definición real, la que nos dice qué es realmente filosofía, en qué consiste el quehacer filosófico. Ya no interesa saber que todos filosofamos de algún modo de vez en cuando; importa conocer el alcance real de esta palabra, “Filosofía”, su naturaleza, su objeto.

 

Uno de los graves problemas de la misma Filosofía es éste: definir lo que es la Filosofía. Por de pronto es fácil comprobar que no existe una definición en la que todos los pensadores y autores estén de acuerdo. Es im posible decir: “ésta es la definición de Filosofía”. Pero si observamos cómo filosofaron los hombres ya desde los tiempos de los presocráticos, qué buscaban en su afán investigador, qué buscan aún ahora los que pretenden hacer filosofía, ni s encontramos con estas características que pueden explicarnos su naturaleza:


1)La Filosofía es un saber desinteresado, un tipo de conocimiento especulativo, teorético, contemplativo, al modo pitagórico. Los que filosofan (eso es la Filosofía en concreto) no elaboran sus opiniones y sus tesis con vistas a la utilidad; lo hacen porque son seres racionales, y su mayor gozo, su más íntima felicidad, es el saber.

2)Este saber, objeto de la preocupación filosófica, es el saber universal; el conocimiento filosófico no se detiene en los límites de las matemáticas, de la química o de la física: rebasa estos límites. La Filosofía es una ciencia universal: como tal no se la identifica con las ciencias particulares, aunque es verdad que trata los mismos objetos que tratan las otras ciencias.

3) La Filosofía es un saber sistemático, no una acumulación de conocimientos acerca de todas las cosas existentes: Filosofía no es equivalente de “saber enciclopédico”. Quien filosofa procede con método, organiza sus conocimientos en sistemas provisorios que tratará de unificar, si puede, en un gran sistema general (sistema aristotélico, sistema tomista, sistema cartesiano, sistema-kantiano, etc.).

4) De la característica” anterior se infiere que la Filosofía es una verdadera Ciencia, cuyo objeto son todas las cosas. Entonces, ¿están de más las otras cien cias? No lo están. Tienen su objeto propio, parcial: es tudian este fenómeno químico, aquella relación matemática, esta reacción del organismo humano ante la falta de gravedad terrestre. La Filosofía, en cambio, acoge todo lo que las ciencias particulares estudian y, con métodos propios, que pueden o no coincidir con los de las otras ciencias, lo considera desde el punto de vista de sus últimos fundamentos. Aristóteles consideraba que la ciencia es un conocimiento por las causas; y que la Filosofía, o verdadera ciencia, es un saber por las últimas causas. Estas expresiones: últimos fundamentos, últimas causas, primeros principios, constituyen lo que muchos autores denominan “objeto formal de la Filosofía”

 

El campo de la Filosofía es más amplio que el campo de cada una de las ciencias particulares; su punto de vista es totalmente distinto. Es imposible, pues, confundir el quehacer científico con el quehacer filosófico. Menos aún se puede confundir la Filosofía con alguna de las Artes. Aunque los temas filosóficos se pueden ex presar poéticamente (Platón, San Agustín), o en forma novelística (Sartre, Camus), no cabe aceptar la afirmación del filósofo francés Jean Wahl, de que en el fondo poesía y filosofía son una misma cosa; ni la interpre tación de la filósofa ginebrina Jeann Hersch, para quien la filosofía es un pensar límite entre ciencia y música. No cabe duda de que la Filosofía revestida de ropaje poético, o embozada «n la trama de una novela existencialista, adquiere una vitalidad, una fuerza que no logran alcanzar muchas veces las más brillantes y claras expli caciones de los mejores pensadores. Sin embargo, ahí está el peligro: no siempre se entiende bien lo que hay tras la acertada metáfora, tras la imagen sugestivamente concebida y plasmada en el lenguaje literario.

 

¿Qué es, entonces, la Filosofía? Subjetivamente es una actitud humana, racional, que se manifiesta como una tendencia habitual a investigar los últimos porqués de toda la realidad existente, las últimas raíces del ser. En este sentido toda Filosofía es un quehacer metafísico, porque acaba en la búsqueda del ser, sustrato común de todo lo que existe y puede existir.


Objetivamente la Filosofía puede ser definida así: “Ciencia universal que, mediante la investigación de las últimas causas, pretende dar la explicación fundamental de todas las cosas.”

 

La Filosofía es, pues, un sistema científico, con todos los caracteres propios de la Ciencia, como se verá en los párrafos siguientes; pero no es un sistema aca bado, sino, por el contrario, un sistema totalmente abierto a la verdad que día a día se va revelando a la inteligencia escudriñadora del hombre. Eso explica que sea una actitud en el hombre que filósofa, una actitud expectante, ansiosa, nunca satisfecha. Es oportuna, al res pecto, la advertencia de Maurice Blondel:

 

“Nos encontramos con un error casi umversalmente imperante desde hace muchos siglos: se considera como un hecho probado que ya no tiene necesidad de ser discutido, y hasta como una evidencia primitiva, que la filosofía es tablece verdades sólidas y definitivas, que se bastan a sí mismas en el plano en que se desarrollan. Para muchos este plano domina todo el conjunto del conocimiento, de la acción, de la realidad, que se reduce, para los idealistas, a esta misma ciencia … Pues bien:éste: es un presupuesto insostenible, cuando se estudia la génesís de nuestra vida mental y las condiciones de nuestro desarrollo personal. La actitud normal del filósofo, como es por otra parte la del hombre en todo el ejercicio de sus facultades, – es el es fuerzo, sin duda siempre alentado por los progresos y las conquistas, pero siempre inconcluso y que tiende a plantear cuestiones cuya respuesta total está fuera de su alcance” [2]

 

El enfoque filosófico peculiar de algunos pensadores es frecuentemente parcial, en el sentido de que se circunscribe o al sugestivo tema de los “valores” (Max Scheler), o al problema del conocimiento (Kant), o a la consideración típicamente metafísica (Heidegger). Sin embargo la Filosofía tomada en conjunto no es únicamente una teoría del conocimiento, ni una axiología, ni una metafísica, ni una teoría sobre la estructura del lenguaje, como afirman muchos positivistas lógicos de la actualidad, siguiendo a Wittgenstein.

 

Si los filósofos se distinguen por algún enfoque de terminado dentro del campo de la Filosofía, no es porque se consideren desligados de todos los demás, sino por dos razones fáciles de comprender: la primera es la natural limitación del pensamiento humano, que no puede abarcar ni vertical ni horizontalmente el inmenso campo de la problemática filosófica moderna; la segunda razón es la marcada preferencia que cada filósofo tiene por determinados temas.

 

Estos  enfoques  parciales  son peligrosos para  el sujeto que filosofa si descuida en sus elaboraciones mentales los otros aspectos que integran la Filosofía; pero son ventajosos para la misma Filosofía que, gracias a la constante tarea de los especialistas, puede ampliar sus horizontes,  hallar  nuevos   interrogantes  y   avizorar  los caminos de solución.

 

2.   Diferencia entre saber filosófico y saber científico

¿Qué es lo que sabe una persona común, que no tiene formación filosófica, ni científica? ¿Qué es lo que sabe una persona que carece de cultura? Algo sabe; en reali dad sabe muchas cosas: todo aquello que entra por las vías de sus sentidos, es decir, el mundo exterior tal como se le presenta. Sabe también que se distingue de los demás seres que lo rodean: se percibe como individuo. Sabe que es persona, aunque no sepa en qué consiste ser persona. Tiene conciencia de lo que hace: sabe lo que hace, sabe para qué lo hace, sabe por qué lo hace. Tiene conciencia aunque no sepa explicar en qué consiste la conciencia. Conoce cosas, conoce hechos, conoce leyes empíricas; conoce cómo se hacen muchas cosas, cómo se arreglan otras que se descomponen en su funcionamiento.

 

Dos son las fuentes del saber de una persona: una es su propia experiencia; otra es la información que re cibe de otras personas. El hombre de hoy, el hombre ordinario que sabe leer y escribir, que ha aprobado únicamente su ciclo primario, tiene acceso a tantos medios de información (periódicos, revistas, radiofonía, televisión) que su saber acrece vertiginosamente con el correr del tiempo.


Sin embargo, el hombre es curioso, quiere saber por qué sabe: este deseo le es innato, sea o no sea científico, sea o no sea filósofo.El afán de viajar, muy agudizado en determinados individuos, es en el fondo una manifes tación del deseo de conocer. Y porque es curioso busca la explicación de los hechos, pregunta por qué ocurren algunas cosas que le parecen raras, contradictorias, inexpli cables.

 

No sólo a los jóvenes, también a muchos adultos que no tienen acceso al templo de la ciencia los atraen los  libros que traían de “Los misterios de la vida”, “Los secretos del criamos”, “Las maravillas del mundo de los insectos”, “Los orígenes del hombre”, “¿Seres inteligentes en el espacio?”, etc., etc.


Todo este cúmulo de conocimientos constituye el saber vulgar, el saber precientífico, que frecuentemente está conectado con los intereses prácticos del individuo, pero que también se da en un plano puramente teórico. ¿En qué consiste el saber precientífico? O, dicho en otras palabras: ¿qué criterio tenemos para reconocer el saber precientífico? No es fácil señalar este criterio, sobre todo en los casos límites. El saber precientífico es puramente práctico (sé cómo se arregla el desperfecto del motor de mi automóvil) ; y si es teórico, es meramente sensible, resultado de la experiencia quíe me proporcionan los sen tidos, en íntima relación con la luz de la inteligencia, la cual me permite llegar por mí mismo, o por otros que tienen más conocimientos que yo, a una explicación superficial de los hechos. Además —éste puede ser otro criterio— el saber vulgar es, en cierto modo, aislado, fragmentario, desconectado de otros que pertenecen a la misma especie, desorganizado, asistemático, poco o nada profundo.


El ínfimo grado del saber precientífico consiste en saber que A es B: “ése es el sol”, dice un niño señalando a la luminaria diurna de la bóveda celeste; “eso de que me habla Ud. es una aspiradora”, contesta un ama de casa al vendedor de una casa de comercio. A partir de este ínfimo escalón del saber vulgar encontramos toda una gama indefinida en la que está el conocimiento prác tico y el conocimiento explicativo (no sólo sé que esos aparatos se llaman semáforos, sino que sé que los han colocado las autoridades municipales para ordenar el trán sito de vehículos y peatones y evitar posibles accidentes).


¿Cómo se da el salto al saber científico? El saber científico es el que caracteriza a la ciencia, cuyas propiedades debe poseer. Saber explicar un hecho es participar en cierto modo del quehacer científico; pero no cual quier explicación satisface los requisitos de la ciencia.


El saber científico debe ser cierto, puesto que no hay ciencia si no hay certeza; las hipótesis científicas que, indudablemente, son necesarias para el progreso de la ciencia, no constituyen formalmente un saber científico. Digamos lo mismo de las “teorías” y “opiniones” que frecuentemente se toman como “hipótesis de trabajo” en la investigación experimental. Esta certeza de que habla mos no es, no puede ser absoluta; algunas veces se ha comprobado que el saber científico no estaba, de hecho, ajustado a la verdad. Es muy difícil tener certeza de que una verdad científica es definitiva. La ciencia progresa, entre otras razones, porque el saber cierto de ayer es corregido por los resultados de las experiencias comprobadas hoy.


El saber científico debe ser también universal. No hay, en rigor, ciencia de lo singular: el que comprueba (y por lo tanto sabe) que é’ste rosal se marchitó al comienzo del otoño, no tiene derecho a inferir que “los rosales se mar chitan —o se suelen marchitar— al comienzo del otoño”. El saber científico se expresa por medio de “leyes” cuya universalidad debe ser convalidada para que sean tales. Richard Braithwaite ha escrito hace poco que:


“La función de una ciencia es la de asentar leyes ge nerales que abarquen el comportamiento de los sucesos y objetos empíricos de que se ocupe, permitiéndonos de este modo enlazar nuestro conocimiento de sucesos conocidos separadamente y hacer predicciones falibles de eventos aún no conocidos” [3]


De hecho, si el saber científico no fuera universal, si sus formulaciones no alcanzaran algún grado de generalidad, no serviría para nada.


El saber científico debe ser también metódico, es decir, adquirido con método, a través de un proceso razonado, premeditado, que conduce con seguridad (con una segu ridad relativa, desde luego) a la meta de la investigación. El método implica una serie de operaciones parciales, si multáneas o sucesivas, que el hombre de ciencia conoce perfectamente: variaciones en el modo de hacer las expe riencias, correcciones, modificaciones, verificación constan te de los hechos con el mayor grado de objetividad posible, comparación con experiencias similares propias o de otros investigadores, etc.

 

El saber científico debe ser sistemático, porque los conocimientos desorganizados que posea un individuo, por muchos que sean, no lograrán jamás constituir una ciencia si no están relacionados entre sí; con relaciones objetivas, no con relaciones arbitrarias ideadas por el investigador. Es verdad que jamás se podrá eliminar el influjo subjetivo del hombre en la gestación de la ciencia; pero si ésta no alcanza un mínimo de objetividad, no es vá­lida, aun cuando sus contenidos sean verdaderos. La objetividad se logra a través de la metodología y de la sistematización de las ciencias.


El saber científico debe ser, por último, etiológico, en el sentido de que debe dar razón de las causas que provocan el fenómeno, debe señalar el origen de los he chos, siempre de acuerdo con cada ciencia. Aristóteles escribió en su Metafísica (Libro I, 2): “Lo más científico que existe lo constituyen los principios y las causas. Por su medio conocemos las demás cosas, y no conocemos aquéllos por las demás cosas. Porque la ciencia soberana, la ciencia superior a toda ciencia subordinada, es aquella que conoce por qué debe hacerse cada cosa”.


El saber filosófico se diferencia del saber científico como la Filosofía se diferencia de las ciencias particulares. Por consiguiente, aunque ambos tienen caracteres comunes: universalidad, método, certeza, sistematización, tie nen también discrepancias: la universalidad del saber filosófico no excluye absolutamente nada, mientras que la del saber científico abarca únicamente un determinado sector de cosas (fenómenos químicos, fenómenos físicos, la vida de las plantas). Además, el saber filosófico es un saber de los primeros principios, un saber por las pri meras causas; y esta característica esencial del saber filosófico no se cumple en ningún tipo de saber científico. Por último podríamos decir que el saber filosófico es un saber sin presupuestos; sin más presupuestos que los primeros principios, puesto que sin éstos ni la Filosofía ni las ciencias particulares son posibles.


La Geometría parte de las nociones de figura y de cuerpo (Geometría plana y Geometría del espacio), nociones que no discute; y por la vía de estrictas demostraciones lógicas hilvana teoremas y teoremas que nos dan a conocer las propie dades de las figuras y de los cuerpos geométricos y las relaciones que los ligan. La Biología trabaja constante mente con la vida, pero no se preocupa de averiguar en qué consiste esencialmente la vida.

 

El saber científico es, por su propia naturaleza, un saber parcial; por tal motivo no acaba de llenar total mente el vacío de conocimientos que experimenta el hombre, aunque éste sea un eminente especialista en alguna de las ramas de la ciencia. Prueba de ello es que muchos sabios, cuando parece que ya no pueden saber más de lo que saben en su materia, incursionan en el campo de la filosofía. Al hombre lo atrae todo lo cognoscible del cos mos; y cuando entra en este campo trata de no dejar ningún interrogante sin responder. Por esta razón el filósofo indaga el porqué del fenómeno del ser, y el por qué del porqué … El saber filosófico es un saber de tota lidades, un saber de todo: no en sentido enciclopédico sino en sentido radical. El saber del filósofo trata de llegar hasta las mismas raíces de todas las cosas.


Ninguna ciencia estudia el ser. Hay un saber filosófico, el saber metaf ísico, que es el saber del ser. Ninguna ciencia estudia las causas. El saber filosófico las estudia, las clasifica, investiga en qué consiste su acción. Ninguna ciencia estudia la esencia íntima del hombre total. Esa es tarea de la Antropología filosófica. Ninguna ciencia estudia la naturaleza del número y de la cantidad, del espacio y del tiempo. Esa es tarea de la Filosofía de la Naturaleza. Con razón decía Aristóteles refiriéndose a la Filosofía:


“Por último, no hay ciencia más digna de estimación que ésta; porque debe estimarse más la más divina, y ésta lo es en un doble concepto. En efecto, una ciencia que es principalmente patrimonio de Dios, y que trata de las cosas divinas, es divina entre todas las ciencias. Pues bien: sólo la filosofía tiene este doble carácter. Dios pasa por ser la causa y el principio de todas las cosas, y Dios solo, o principalmente al menos, puede poseer una ciencia semejante. Todas las demás ciencias tienen, es cierto, más relación con nuestras necesidades que la Filosofía,- pero ninguna la supera”[4]

 

3.   La actitud del filósofo ante la realidad

“Este estado de admiración es particularmente el del filósofo, porque es el principio de la filosofía”, había escrito Platón en el “Teeteto”. Su discípulo, Aristóteles, recalca la misma idea en su “Metafísica”, cuando escribe: “Lo que en un principio movió a los hombres a hacer las primeras indagaciones filosóficas, fue, como lo es hoy, la admiración” (Libro I, 2). La admiración es un estado intelectivo-emocional que surge en el hombre ante lo desconocido, ante lo raro, ante lo inexplicable, ante todo lo que supera las leyes del conocimiento. En la mayoría de los individuos la admiración no es fecunda: absorbidos como están por las necesidades apremiantes de la vida, o por los intereses puramente utilitarios que reportan las actividades diarias, no sacan provecho de ese primer impulso del espíritu humano. El deseo de saber, común a todos los hombres, según afirmación del propio Aristóteles[5], muere casi al nacer, en estos individuos. Pero hay otros —una ínfima minoría en relación con toda la hu manidad— en quienes admiración y deseo de saber provocan la actividad más excelsa de la inteligencia humana: la del filosofar.

 

El deseo de saber —innata tendencia humana— se manifiesta ya en los primeros años de la infancia: el niño todo lo quiere ver, todo lo quiere tocar; y con los primeros balbuceos surgen las habituales preguntas: ¿qué es esto? ¿qué es aquello?

 

La función sensorial, que es común a hombres y animales, ea la primera que nos pone en contacto con la realidad externa, con el mundo circundante, con las cosas que nos rodean, con nuestro propio cuerpo. Sin embargo, el ser humano no se limita a ejercer la función sensorial para acercarse a las cosas: en un momento dado de su desarrollo biológico y psíquico, tras una serie de fases de adaptación, comienza a ejercer la función intelectual. Esta naturaleza adaptativa de la inteligencia ha sido des crita ampliamente por Piaget:

 

“Si la inteligencia es adaptación, convendrá que ante todo quede definida esta última. Ahora bien, salvo las dificultades del lenguaje finalista, la adaptación debe caracterizarse como un equilibrio entre las acciones del organis mo sobre el medio y las acciones inversas. «Asimilación» puede llamarse, en el sentido más amplio del término, a la acción del organismo sobre los objetos que lo rodean, en tanto que esta acción depende de las conductas anteriores referidas a los mismos objetos o a otros análogos. En efecto, toda relación entre un ser viviente y su medio pre senta ese carácter específico de que el primero, en lugar de someterse pasivamente al segundo, lo modifica imponiéndole cierta estructura propia. En el terreno de la psicología sucede lo mismo, salvo que las modificaciones de que se trata no son ya de orden substancial, sino únicamente funcional ,..” [6].

 

La función intelectual —estrictamente intelectual— distingue al hombre de los demás animales. Éstos conocen; aquél conoce y se conoce. No se limita a conocer lo que está fuera de sí, sino que entra dentro de sí, tiene conciencia de que existe y de sus actos internos, reflexiona, analiza sus pensamientos, sus deseos (incluso su deseo de saber), sus imágenes, sus decisiones.

 

El hombre es puesto en la existencia ante una realidad que ya existía antes que él, para integrar esa misma reali dad con su propia existencia. Sin haberlo pensado, sin haberlo imaginado, sin haberlo querido, se encuentra ahí ante una realidad, se encuentra ante sí mismo; y poco a poco, sensorialmente al principio (como lo hace cualquier animal irracional) e intelectualmente después, va captando toda la realidad en la que él se encuentra inmerso. El conocimiento sensitivo no le ofrece más que las cualidades sensibles de los cuerpos (color, forma, sabor, olor, magnitud, aspereza, dureza, gelatinosidad, etc.); pero el conocimiento intelectual le permite entrar, así sea sólo de un modo imperfecto, en la esencia de las cosas; le permite descubrir sus íntimas relaciones, las leyes que las gobiernan y las causas, próximas o remotas, que las produjeron.

 

Hay una pregunta típica del hombre, que refleja su acuciante deseo de saber. La pregunta es ésta: ¿por qué? No le basta consignar los hechos que ocurren; no le basta conocer causas que en épocas anteriores desconocía total mente la humanidad; no le basta progresar a pasos agi gantados a nivel interplanetario: siempre se ve asaltado por ese inquieto “por qué” en los insomnios de su pensa miento. Si aceptamos que así es el hombre, el de ahora y el de todas las épocas, hemos de conceder que “todo hombre es, en cierto modo, un filósofo”. Y no cabe duda de que los hombres filosofan cuando se preguntan para qué tantas guerras inútiles, para qué y por qué tanto desenfreno en las diversiones mientras los dos tercios de la humanidad se mueren de hambre, por qué y para qué existe este maravilloso universo, por qué el animal racional se diferencia tanto del irracional.

 

Todo hombre es en ciernes un filósofo, y todo hombre filosofa, por lo menos algunas veces a lo largo de su existencia. Pero ahora nos interesa considerar la actitud del hombre que “habitualmente” filosofa, aun cuando no sea propiamente un “filósofo” de profesión. Hablamos de una actitud sistemática, metódica, científica. Es claro que la “actitud del filósofo” constituye un hábito que lo distin gue del hombre común que de vez en cuando filosofa. El filósofo, a diferencia del artista y del político, tiene el hábito de interrogar a la realidad desde el punto de vista de su inteligibilidad. Ante la polivalencia de la realidad, ante la variadísima multitud de seres, el filósofo pregunta por la unidad del ser. Ante lo cambiante de las cosas, pregunta en virtud de qué es posible el cambio. Ante las cosas que son, pregunta por qué son y cuál es el principio de su diversificación.

 

Ni al artista ni al político (por no citar más que dos ejemplos) le conciernen estos” modos de; interrogar a la realidad. Esta actitud del filósofo ante la realidad nace de la admiración. Está, admiración del espíritus esencialmente contemplativa en cualquier hombre y ante cualquier cosa. Mucho más lo es en el filósofo. Es una actitud teorética; no es en modo alguno una actitud práctica, como lo es, en buena hora, la del artista o la del político. Aun cuando las conclusiones del filósofo den origen a las máa variadas aplicaciones prácticas a nivel técnico, socio-económico, médico o moral, no es en sí misma práctica la actitud del filósofo: la filosofía no es una praxis, aunque sí es verdad que muchas veces la praxis se funda en una filosofía. En suma: la actitud del filósofo ante la realidad consiste en una apertura del espíritu hacia las cosas para entenderlas, para saber qué son, cómo son y por qué son. El filósofo busca la pura verdad objetiva de toda realidad existente, en cuanto esta verdad puede ser alcanzada por la limitada inteligencia humana: la verdad del mundo óntico y la verdad del mundo lógico, la verdad de lo mate rial (que es lo que inmediatamente se acerca a nuestros sentidos) y la verdad de lo espiritual; la verdad del ser y la verdad del pensar.


Se ha afirmado con insistencia que son muy pocos los “filósofos”; que ahora hay menos que antes. Una de las razones es que los hombres están hoy más que antes absorbidos por el trabajo, por las preocupaciones. En el mundo interior de su espíritu el hombre tiende al “ocio”, a la contemplación, a la adquisición de conocimientos puros; en su actividad exterior está urgido por las necesidades vitales de la existencia y niega el ocio que le exige su espíritu: se dedica a “negar el ocio”, al “negocio”. La situación carnal en que se encuentra el espíritu en el hombre explica en parteaste atarse a la exterioridad de las cosas. Y cabe también, si no se llega a extremos exagerados, una auténtica justificación.


El hombre oscila entre estos dos polos: “ocio” y “negocio”. ¿Cuál está en función de cuál? ¿El hombre descansa para trabajar, o trabaja para descansar? ¿Nos afanamos durante toda la semana para descansar el sábado y el domingo, o descansamos en estos dos días para poder trabajar intensamente el resto de la semana? Podríamos repetir la pregunta de Aristóteles: “¿estamos negociosos para poder estar ociosos, o estamos ociosos para poder estar negociosos?”. La respuesta depende de los valores que guían a cada individuo en sus actividades existenciales; depende también de factores temperamentales, cultu rales, ambientales; depende del momento en que se vive. El filósofo está por lo general más cerca del “ocio” que del “negocio”; no se entrega a éste si no es por una estricta necesidad, porque “primum est vivere, deinde philosophari” (primero es vivir, después filosofar).


El momento actual es propicio para hacer del hombre un esclavo de las cosas; es poco propicio para la contem plación interior, para el “ocio”; sin embargo, el “ocio” es un modo de dominar las cosas, sin tocarlas, sin manejarlas, sin instrumentarlas. Pero como el “negocio” atrae más a la mayoría de los hombres que el “ocio contemplativo”, por eso los “filósofos”, los que se dedican a la filosofía, son muy pocos.


La actitud del filósofo ante la realidad es siempre “espiritual”; también en los casos de los filósofos llama dos “materialistas” por la peculiar interpretación que dan al universo. El filósofo se mueve en el dominio del espíritu, porque solamente en el espíritu tiene lugar el ocio; ese ocio que consiste en un callar, como dice Pieper:

 

“Frente al exclusivismo de la norma ejemplar del tra bajo como actividad, está el ocio como la actitud de la no-actividad, de la íntima falta de ocupación, del descanso, del dejar hacer, del callar. El ocio es una forma de ese callar que es un presupuesto para la percepción de la reali dad; sólo oye el que calla, y el que no calla, no oye. Ese callar no es nn apático silencio ni un mutismo muerto, sino que significa más bien que la capacidad de reacción que por disposición divina tiene el alma ante el ser, no se expresa en palabras. El ocio es la actitud de la percepción receptiva, de la inmersión intuitiva y contemplativa en el ser. En el ocio hay, además, algo de la serena alegría del no poder comprender, del reconocimiento del carácter secreto del mundo, de la ciega fortaleza del corazón del que confía y que deja que las cosas sigan su curso”[7]

 

4.   Problemas principales de la Filosofía

La Filosofía considerada, no como actitud subjetiva, sino objetivamente, es decir, en su contenido, constituye la “problemática filosófica”, que se refiere, como ya se ha explicado, a todo el universo. Las cuestiones filosóficas son los sucesivos “porqués” que el hombre se ha ido planteando durante los 26 siglos de historia “comproba da”. Con anterioridad a esta fecha el pensamiento filo sófico (porque lo hubo, sin género de duda) apenas ha dejado algunas huellas muy borrosas que no permiten reducirlo a una sistematización ordenada y coherente.

 

La Historia de la Filosofía señala dos épocas en las manifestaciones del pensamiento humano: la ANTECRISTIANA y la POSCRISTIANA. Estas dos épocas marcan una clara línea divisoria, no precisamente temporal, pero sí conceptual, debido a la profunda renovación’ de ideas que trajo el cristianismo.

 

En la Primera Época el Mazdeísmo de la antigua Persia es un atisbo de inquietud filosófica: junto con el culto y las ceremonias religiosas se fabrica una teoría cosmogónica en la que Mazda es el autor de todos los bienes y Angra Mainyu el autor de todos los males. Era la respuesta ético-antropológica que daban al agudo problema que todavía hoy se plantea el hombre: ¿por qué existe el mal?

 

En la India también se mezclan los problemas religiosos con los filosóficos. La Doctrina de los Vedas resuelve el problema del origen del universo por medio de una emanación panteísta; parecida es la respuesta del Brahmanismo, según el cual Brahma sacó de su seno todos los seres de este mundo. El Budismo se plantea el problema del dolor, radicado en el ansia de vivir; la solución está en el Nirvana, estado de imperturbabilidad, al que se llega cumpliendo la moral del Pentálogo (no matar a ningún ser, no robar, no mentir, no cometer adulterio, no embriagarse) .


En Grecia la Filosofía propiamente dicha nace alrededor del siglo vil a.C., luego de un período mítico-religioso. Los Filósofos presocráticos se plantean el problema del cosmos: “¿Cuál es la materia que va transformando incesantemente el mundo? ¿Cómo se explica el continuo fluir de la naturaleza y lo invariable que hay en ese mismo fluir? ¿Hay cambios sustanciales en la aparición de nue vos seres? Tres escuelas se caracterizan por sus respectivas respuestas: la jónica (Tales, Heráclito, Anaximandro, Anaximenes),  la pitagórica y la eleática   (Parménides, Zenón, Jenófanes). Este primer planteo cosmológico de los griegos es el origen de la FILOSOFÍA NATURAL, una de las ramas de la Filosofía actual, que incluye, ade más de los mencionados, los siguientes problemas: ¿ Qué es la cantidad de los cuerpos? ¿Qué es el movimiento? ¿De qué partes esenciales consta todo cuerpo natural? ¿Qué es el espacio? ¿Qué es el tiempo?

 

Con la Escuela Sofista aparece el problema del conocimiento: Protágoras enseña que el hombre pensante es la medida de todas las cosas. Gorgias resuelve el problema de un modo más drástico con sus célebres apotegmas: “Nada existe”, “Si algo existiera no podría conocerlo el hombre” y “Si alguien conociera lo que existe, no podría darlo a conocer a los demás”. Este primer intento evolucionó en riqueza de contenido a través de Sócrates (“Sólo sé que no sé nada”), Platón (teoría de las ideas), Aristó teles (realismo gnoseológico) y siguió alimentando la inquietud de los pensadores cristianos tales como San Agustín, S. Tomás y todos los escolásticos, medievales y modernos. Actualmente los problemas de la TEORÍA DEL CONOCIMIENTO se reducen a los siguientes: ¿Cuál es la esencia, la posibilidad, el origen del conocimiento intelectual? ¿Es posible la certeza? ¿Es una solución la duda universal? ¿Cuál es el punto de partida en la teoría del conocimiento? ¿Es verdad que únicamente pueden cono cerse los fenómenos de las cosas? ¿Cuál es la esencia de la verdad lógica y cuál es el último criterio de verdad?

 

Sócrates introdujo el método de la mayéutica para conocer la verdad. Pero además se preocupó del hombre, de su relación con Dios, autor de las leyes, del alma hu mana; intentó demostrar dónde está la felicidad del hombre. Es el iniciador de la ANTROPOLOGÍA FILOSÓFICA, aspecto de la Filosofía que encara en toda su amplitud el eterno e inagotable tema del hombre. Los problemas antropológicos adquirieron relieves inesperados en la Segunda Época del pensamiento filosófico, con la introducción de la temática cristiana, que elevó al hombre por encima de todas las demás cosas creadas. Tanto en los primeros años de la era cristiana, como en el medioevo y en la era moderna, el hombre ocupó al hombre en las meditaciones filosóficas individuales o de escuela. A la pregunta básica, ¿qué es el hombre?, se fueron sucediendo otras no menos apasionantes: ¿Cuál es la naturaleza del alma humana? ¿Cómo está unida con el cuerpo? ¿Cuál es la naturaleza del “yo”? ¿Cuáles son las propiedades esen ciales del alma humana? ¿Cómo funciona la voluntad del hombre? ¿Es realmente libre el hombre en sus decisiones? ¿Cuál es el,origen del alma humana? ¿Cuál es la esencia de la persona humana? ¿Por qué existe?  ¿Cuál es su destino?

 

La ÉTICA, que algunos autores consideran como parte de la ANTROPOLOGÍA FILOSÓFICA, abarca en su ám bito todos los problemas referentes a la conducta humana: ¿Cuáles son las condiciones del acto humano? ¿Cuál es la norma que rige su moralidad? ¿Existe una ley moral na tural? ¿Hay una moral para todos o es relativa la moral? ¿Hay un derecho natural, independiente del positivo? ¿Cuál es el concepto de responsabilidad moral? ¿Qué relación guarda la Ética con la persona humana? ¿Qué es y qué valor tiene la conciencia moral del individuo? ¿Es autónoma o es heterónoma la moral? ¿Es algo mera mente personal, o tiene función social?

 

Los problemas de índole metafísica fueron tratados inicialmente por Aristóteles en su “Metafísica” y ocuparon la atención de los filósofos escolásticos de la Edad Media. En los siglos xviii y xix perdieron “actualidad” ante los ataques abiertos de muchos cultores de las ciencias positivas ; pero de nuevo recuperaron su privilegiada posición en el campo de la Filosofía a principios del presente siglo, debido en parte al fracaso de las ciencias para responder satisfactoriamente a las angustiosas preguntas del hombre, y en parte también, debido al impulso revitalizador que dieron a la Filosofía las corrientes existencialistas.

 

¿Qué es el ser real?, se pregunta la METAFÍSICA; ¿qué es la esencia y en qué se distingue de la existencia? ¿La inteligencia conoce el ser o los seres? ¿Qué propiedades tiene el ser? ¿Qué es la sustancia y qué son los accidentes? ¿Qué es causa? ¿Tienen valor objetivo el concepto de “sustancia” y el concepto de “causalidad”? ¿Cuál es la Primera Causa del ser?

 

Este último problema es considerado expresamente por la TEOLOGÍA NATURAL, que se plantea también las siguientes preguntas: ¿Se puede demostrar la existencia de Dios? En caso afirmativo, ¿ea verdadero el politeísmo? ¿Se confunde Dios con el universo o lo trasciende? Si Dios creó el universo, ¿en qué consiste su acción creadora y su acción conservadora? ¿Cuál es la esencia de Dios? ¿Qué explicación tienen en una temática teológica el mal físico y el mal moral? ¿Qué relación hay entre Dios y la temporalidad y espacialidad de los hechos cósmicos ?

 

Hay otros problemas más bien prefilosóficos  que se plantea la LÓGICA acerca de las tres estructuras del pen samiento: ¿Cuál es la esencia del juicio? ¿Cuántas clases de juicios hay? ¿Qué es la proposición? ¿En qué consiste el razonamiento y de cuántos modos se puede razonar? ¿Cuáles son las reglas que regulan el recto empleo de la inteligencia que razona? ¿De cuántas maneras se puede hacer una inferencia inmediata? ¿A qué reglas debe some terse la formulación de la definición? ¿Cuál es el valor lógico de la inducción científica y cómo debe realizarse? Los problemas aquí enumerados son algunos de los que constituyen la temática filosófica pretérita y actual; mien tras el hombre sea el “eterno insatisfecho” que busca más allá de lo que ha encontrado, los problemas no soluciona dos subsistirán; los ya solucionados aparecerán otra vez con proteicas formas, y se presentarán otros totalmente nuevos que ni Aristóteles ni S. Tomás, ni Descartes, ni Kant hubieran sospechado.

Notas

1 bochenski, J. M., Introducción al pensamiento filosófico, Ed. Herder, Barcelona, 1967, pág. 21.
2. Blondel M., Le devoir intégral de la philosophie, en “Actas del Primer Congreso Nacional de Filosofía”, Mendoza, Argentina, Universidad Nacional de Cuyo, Tomo II pág. 886.
3 Braithwaite R., La explicación científica, Ed. Tecnos, Madrid, 1965, pág. 17.
4. aristóteles, Metafísica, Libro I, 2.
5. “Todos los hombres —dice el filósofo griego al comienzo de su Metafísica— tienen naturalmente el deseo de saber. El placer que nos causan las percepciones de nuestros sentidos es una prueba de esta verdad”.
6. piaget   J.,   Psicología   de   la   inteligencia,   Ed.   Psique, Bs. As., 1968, pág. 19.
7. pieper J., El ocio y la vida intelectual, Ed. Rialp, Madrid, 1962, pág. 44.

 

El par de cromosomas que nadie contó

El par de cromosomas que nadie contó

Posted: 04 Apr 2009 07:47 PM PDT

cromosoma01

Somos simios, un grupo que casi se extinguió hace quince millones de años compitiendo con los monos mejor diseñados. Somos primates, un grupo de mamíferos que casi se extinguió hace cuarenta y cinco millones de años compitiendo con los roedores mejor diseñados. Somos tetrápodos sinápsidos, un grupo de reptiles que casi se extinguió hace doscientos millones de años compitiendo con los dinosaurios mejor diseñados. Descendemos de peces con patas que casi se extinguieron hace trescientos sesenta millones de años compitiendo con los peces de aletas radiadas. Somos cordados, un filo que sobrevivió por los pelos a la era cámbrica hace quinientos millones de años compitiendo con los artrópodos, brillantes triunfadores. Nuestro éxito ecológico se dio a pesar de todos los factores en contra.

Son las palabras de Matt Ridley en su fabuloso libro Genoma.

La criatura con el cerebro más grande del mundo en proporción a su cuerpo fue probablemente nuestro antepasado, un simio. En ese instante, hace 10.000 millones de años, seguramente existían dos especies de simio en África, aunque cabe la posibilidad de que existieran más.

Uno era el gorila y la otra el antepasado común del chimpancé y el ser humano. Todo esto lo sabemos gracias a los genes, que son como un registro de nuestra historia biológica.

Sin embargo, a veces los científicos (que no la ciencia) se dejan llevar por pasiones, prejuicios, creencias irracionales u otros motivos que nada tienen que ver con la investigación objetiva. En ocasiones, más de las que pensamos, los científicos simplemente son demasiado obtusos para darse cuenta de lo que tienen delante de sus propias narices.

El caso es que los chimpancés tienen 24 pares de cromosomas, como también los tienen los gorilas. Pero el ser humano sólo tiene 23 pares: entre los primates somos la única excepción. Esto sucede porque el cromosoma 2, el segundo más grande de los cromosomas humanos, en realidad está formado por la fusión de dos cromosomas de mono de tamaño medio.

Esta diferencia, sin embargo, no se descubrió hasta 1955. Hasta entonces, desde 1921, se creía que los seres humanos teníamos el mismo número de pares de cromosomas que los demás primates: 24. El conteo incorrecto se lo debemos al zoólogo americano Theophilus Painter, que llevó a cabo unos finos cortes de los testículos de dos hombres negros y uno blanco castrados por demencia.

Painter había fijado los cortes en sustancias químicas y los había examinado con un microscopio. Contó los cromosomas que vio en los espermatocitos y le salieron 24. El experimento fue repetido por otros científicos y todos llegaron a la misma conclusión.

Durante todos esos años, más de 30, toda la comunidad científica estaba de acuerdo en esta cifra. Tanto es así, que incluso un grupo de científicos abandonó sus experimentos en células hepáticas humanas porque sólo pudieron contar 23 pares de cromosomas en cada célula.

En 1955, un indonesio llamado Joe-Hin Tjio, experto en genética vegetal, viajó de España a Suecia para trabajar en el Instituto de Genética de Albert Levan. Tjio y Levan, empleando técnicas más avanzadas, contaron 23 pares de cromosomas. Creyeron que habían contado mal, así que repitieron la operación. Salía 23 de nuevo. Se les ocurrió entonces examinar las fotografías de los cromosomas en libros. En los pies de foto ponía que había 24, pero si se ponían a contarlos ellos mismos en la propia fotografía, ¡salían 23!

Durante más de 30 años, la idea de los 24 cromosomas estaba tan enquistada en las mentes de los científicos que ni siquiera con las pruebas delante de las narices se daban cuenta de cuán equivocados habían estado todo el tiempo.

Más información | Genoma, de Matt Ridley

Engaños y errores intencionados en libros de ciencia y enciclopedias técnicas (I)

Engaños y errores intencionados en libros de ciencia y enciclopedias técnicas (I)

Posted: 05 Apr 2009 04:22 AM PDT

El engaño o error deliberado más divertido de la historia de la ciencia sea posiblemente el que Isaac Asimov urdió al escribir el revolucionario trabajo académico Propiedades Endocrónicas de la Tiotimolina Resublimada.

Se publicó en la revista Astounding Science Fiction, y poseía hasta de su breve bibliografía al final del artículo. Muchos estudiantes habían intentado consultar esta bibliografía de autores inventados en la biblioteca de varias facultades.

El artículo trataba sobre una sustancia capaz de disolverse en agua un instante antes de entrar en contacto con el agua, como si se adelantara al hecho causal, desafiando las leyes del continuo espacio-tiempo.

 

Llamada tiotimolina tenía sentido gracias a una particular anomalía de sus enlaces químicos, que la dotaba de la facultad de disolverse en -1,12 segundos. Mientras 4 de los enlaces de su átomo de carbono permanecían en el espacio-tiempo normal, otros dos presentaban una singularidad y se proyectaban hacia el pasado y el futuro respectivamente.

La tiotimolina se obtendría de la corteza del arbusto Rosacea Karlsbadensis rufo, y sería un compuesto orgánico, del que se desconoce su naturaleza exacta, aunque se sabría que tiene un núcleo hidrocarbonado de radicales hidrófilos, conteniendo al menos cuatro grupos hidroxilo (-OH), dos grupos amino (-NH2) y uno de ácido sulfónico (-SO3H). No se ha podido descubrir a ciencia cierta si contiene, además, un radical nitrosilo (-NO2) y todavía no existe ninguna prueba relativa a la naturaleza del núcleo hidrocarbonado, aunque parece segura la presencia de una estructura al menos parcialmente aromática.

Otro engaño muy famoso fue el pergeñado por Sokal y Bricmont a fin de evidenciar la fatuidad en la que están inmersas muchas de las ciencias sociales.

La broma de Sokal consistió en escribir un artículo titulado Transgredir las fronteras: hacia una hermenéutica transformadora de la gravedad cuántica. Un título que incluso era sencillo en comparación con el cuerpo del artículo, que no era más que una sucesión de absurdos, faltas de lógica y mucha palabrería científica tan del gusto de los que no tienen mucha idea de ciencia.

La idea central del artículo postulaba que la realidad física, al igual que la realidad social, es en el fondo una construcción lingüística y social; y al final añadía que “la π de Euclides y la G de Newton, que antiguamente se creían constantes y universales, son ahora percibidas en su ineluctable historicidad”.

Sokal presentó esta parodia de trabajo que ha venido proliferando en los últimos años a una revista cultural norteamericana de moda, Social Text, en el número de primavera/verano de 1996. El texto no sólo fue aceptado sino incluso aplaudido por muchos intelectuales. Los mismos intelectuales que ya se tragaban antes las absurdas analogías de Jacques Lacan sobre el psicoanálisis y las matemáticas.

Más información | Artículo de Isaac Asimov Las propiedades endocrónicas de la tiotimolina resublimada

OSEAS, LIBRO DE

OSEAS, LIBRO DE

El Profeta Oseas, según Duccio di Buoninsegna

Libro profético del Antiguo Testamento que enfatiza el fiel amor de Dios hacia su pueblo, a pesar de su continua rebelión y pecado. Lleva el nombre de su autor, el profeta Oseas, quién predicó el firme amor de Dios ilustrado dramáticamente con el amor que sentía hacia su esposa infiel.

Estructura Del Libro
El libro de Oseas tiene dos partes bien diferenciadas en su forma y extensión. Los capítulos 1–3, escritos en parte en prosa, se centran en la experiencia personal del profeta, con aplicaciones a la realidad moral y religiosa de Israel. De estos tres, los capítulos 1 y 3 contienen la narración y el capítulo 2 constituye un sermón que se basa en los hechos, y los aplica a la relación de Jehová con Israel.

Los capítulos 4–14, en la forma de oráculos y profecías, contienen principalmente reproches y anuncios de juicios por la entrega de Israel a otros dioses y cultos no judíos, y por la traición de los príncipes y sacerdotes. El capítulo final es un llamado al arrepentimiento y un anuncio de esperanza para el pueblo en crisis.

OSEAS:
I.    La esposa adúltera y el esposo fiel 1.1—3.5
A.    La introducción al Libro de Oseas 1.1
Un bosquejo para el estudio y la enseñanza
B.    El matrimonio profético de Oseas y Gomer 1.2—2.1
1.    Matrimonio de Oseas con Gomer 1.2
2.    Los niños de Oseas y Gomer 1.3–9
3.    La aplicación de la futura restauración 1.10—2.1
C.    La aplicación del adulterio de Gomer 2.2–23
1.    El pecado del adulterio espiritual de Israel 2.2–5
2.    Juicio de Dios 2.6–13
3.    Restauración de Israel 2.14–23
D.    La restauración de Gomer a Oseas 3.1–5
II.    El adúltero Israel y el Señor fiel 4.1—14.9
A.    El adulterio espiritual de Israel 4.1—6.3
1.    Los pecados de Israel 4.1–19
a.    Rechazo del conocimiento de Dios 4.1–10
b.    Idolatría de Israel 4.11–19
2.    Juicio sobre Israel 5.1–14
3.    Restauración de Israel 5.15—6.3
B.    Israel rehúsa arrepentirse de su adulterio 6.4—8.14
1.    Transgresión voluntaria del pacto 6.4–11
2.    No quieren volver voluntariamente al Señor 7.1–16
3.    Idolatría voluntaria 8.1–14
C.    Dios enjuicia a Israel 9.1—10.15
1.    Juicio de dispersión 9.1–9
2.     Juicio de infertilidad 9.10–17
D.    La restauración de Israel al Señor 11.1—14.9
1.    El amor de Dios por Israel 11.1–11
2.    El continuo pecado de Israel 11.12—13.16
3.    La promesa de Dios de restaurar a Israel 14.1–9

Autor Y Fecha
El autor de este libro es el profeta Oseas, quien se identifica como hijo de Beeri (1.1). También dice que vivió y profetizó durante el gobierno del rey Jeroboam II de Israel y cuatro consecutivos reyes de Judá: Uzías, Jotam, Acaz y Ezequías. Esto quiere decir que su ministerio profético abarcó un período de unos cuarenta años, como del 755 a.C. al 715 a.C. Su libro lo escribió entre esos años.

En realidad, muy poco se sabe del profeta mismo aparte de la historia de su tragedia conyugal, narrada en los capítulos 1–3. Sin embargo, es posible deducir que era del reino del norte y, por su lenguaje y conocimiento histórico, que se trataba de una persona culta. Oseas fue el primer y único profeta literario
Fuente:

Nelson, Wilton M., Nuevo Diccionario Ilustrado de la Biblia, (Nashville, TN: Editorial Caribe) 2000, c1998.

imagen:

La crítica de moda hacia la ciencia: el reduccionismo

La crítica de moda hacia la ciencia: el reduccionismo

Posted: 04 Apr 2009 05:03 AM PDT

Cuando tratas de explicar a un lego en neurobiología por qué se enamora desde el punto de vista de aflujos químicos y demás, enseguida puede salirte con esa serie de tópicos que casi todos llevamos por bagaje: eso es muy frío, hay algo más, estás biologizando al ser humano…

Pero de un tiempo a esta parte, la crítica por antonomasia es que estás siendo reduccionista, como si con ese adjetivo te estuvieran llamando corto de miras, tramposo o ilógico.

Nada más lejos de la verdad.

Lo cierto es que la palabra “reduccionismo” ni siquiera tiene un significado claro. Por ejemplo, podemos decir que una disciplina científica se reduce a otra. La química se reduce a la física, la biología se reduce a la química, las ciencias sociales se reducen a la biología, etcétera. Y también es posible, poco a poco, unificar la química, la biología, la física e incluso las ciencias sociales.

Porque la sociedad está formada por seres humanos. Los seres humanos son mamíferos que se rigen por principios biológicos que se extienden a todos los mamíferos. Los mamíferos, a su vez, están formados por moléculas que obedecen a las leyes de la química y ésta, a su vez, a las reglas de la física subyacente.

Este tipo de reduccionismo es lógico y deseable. No así el que parece imputar el que tilda al científico de reduccionista: como dice Daniel Dennett en La peligrosa idea de Darwin:

Según esta lectura descabellada, un sueño reduccionista podría ser escribir “una comparación entre Keats y Shelley desde el punto de vista molecular” o “el papel de los átomos de oxígeno en la economía de los suministros”, o bien una “explicación de las decisiones de la corte de Rehnquist según las fluctuaciones de la entropía”. Probablemente nadie es un reduccionista en este sentido disparatado y todo el mundo lo es en su versión prudente, de modo que la “acusación” de reduccionismo es demasiado vaga para merecer una respuesta.

Esta clase de reduccionismo prudente y ensamblador de disciplinas ha sido defendido por otros científicos, como Douglas Hofstadter en Gödel, Escher, Bach, donde compuso un “Preludio… fuga de la hormiga” que es un himno analítico a las virtudes del reduccionismo en su lugar apropiado. El físico Steven Weinberg, en El sueño de una teoría final, escribió un capítulo titulado “Dos brindis por el reduccionismo” en el que distingue el reduccionismo no comprometido (algo negativo) y el reduccionismo comprometido (algo que apoya).

Para ello, para ir reduciendo, hay que ser cautos: no hay que subestimar las complejidades, no hay que saltarse capas completas o niveles de la teoría en una apresurada carrera por anclar todas las cosas en sus fundamentos. Pero ser cautos no significa detenerse ni tampoco significa que ser reduccionista sea algo negativo.

Porque, tal y como dice Richard Dawkins en The Extended Phenotype: “Reduccionismo es una palabra indecente y una especie de farisaico “más papista que el Papa” que se ha puesto de moda.”

Más información | Reseña de La peligrosa idea de Darwin en Tecnoliberacion

Fuente: Genciencia

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