Arminianos Evangélicos

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Abusos sexuales: el problema de modernización de la Iglesia Católica

Abusos sexuales: el problema de modernización de la Iglesia Católica

por Jonathan Valenzuela®
Vaticano | Abril 21, 2010


¿Cómo modernizar una institución milenaria sin trastocar la fe tradicional de los fieles católicos? Es la pregunta que debe hacerse dentro de los altos mandos de la Iglesia Católica, a raíz de los numerosos casos de abusos sexuales llevados a cabo por diferentes clérigos. Incluso acá en Chile, ya se ha confirmado 20 casos de este tipo de actos.

No es algo tan simple. La última gran reforma de la Iglesia Católica se llevó a cabo hace más de 400 años, cuando la crisis del catolicismo llevó a generar una división entre el catolicismo y el protestantismo, obra y gracia de Martín Lutero, entre otros. Además, se subdividió la Iglesia Católica, naciendo el anglicanismo, como una de las consecuencias de este cisma de la reforma. Y sin mencionar a la Iglesia Católica Ortodoxa, que empezó a tomar forma en esa época.

En dicha época, ya había tomado relevancia el tema del celibato sacerdotal. Los diferentes concilios ecuménicos que se habían llevado a cabo hasta antes de trataron con cada vez más relevancia el tema del celibato, por cuanto existía una discusión en torno a sí era válido o no. El Concilio de Letrán III, llevado a cabo en 1179, fue uno de los que se pronunció respecto del tema, prohibiendo a los clérigos a recibir mujeres en sus aposentos, o frecuentar monasterios de monjas.

De todos modos, fue el Concilio de Trento en el que se estableció el celibato obligatorio para los clérigos, y que fue la génesis de la contrarreforma católica, como respuesta a las 95 tesis de Lutero, piedra angular de la reforma protestante. Todo esto en un contexto en el que la Iglesia Católica llevaba más de un siglo cayendo en un descrédito peligroso.

Después de este concilio, dos más se llevaron a cabo hasta nuestros días. El primero, el Concilio Vaticano I, desarrollado en 1869, y el Concilio Vaticano II, entre 1959 y 1965. El Papa Pablo VI confirmó el celibato de forma obligatoria en 1967, frente a movimientos católicos de renovación durante este último concilio. Estamos hablando entonces, de más de casi 900 años de discusión respecto del tema del celibato, si es que no es más.

Volvamos al principio ¿Cómo modernizar la Iglesia Católica Apostólica Romana en este aspecto? Sobre todo si se ha pregonado la idea de que “una persona célibe puede dedicarse completamente a ser del agrado de Dios”, como dice Pablo en la biblia, y tomando en cuenta los ejemplos de personajes célibes y santos de esta religión, partiendo por el mismo Jesús.

Se ha establecido (o más bien, la Iglesia, como institución), ha establecido este dogma sobre sus clérigos y sobre los fieles en general. Un cambio en el mismo podría generar divisiones en la institución, como ocurrió hace 400 años. En ese tiempo, el humanismo estaba despertando. Hoy la post-modernidad representa una gran amenaza para la religión católica si es que quiere establecer algún cambio en ese contexto.

Pero más allá de eso, y retomando el cambio sistemático que supone esta modificación, el hecho de un clérigo con familia ya supone establecer un método de remuneraciones para el mismo, puesto que el dedicarse sólo a esta labor, no le genera el ingreso suficiente, hoy en día, como para mantener una familia. Esta problemática ya había hecho eco hace muchos siglos. Uno de los argumentos que defendía el celibato eran los problemas de propiedad que se generaban cuando los clérigos fallecían, y su descendencia reclamaba todos los bienes de éste, en los que se incluye la parroquia.

Ahora, hay expertos que no relacionan el hecho del celibato con los abusos sexuales que tan en boga han tenido a la Iglesia Católica. En el libro “Pedofilia y Sacerdotes: anatomía de una crisis contemporánea”, escrito por el profesor de Historia y Estudios Religiosos, Philip Jenkins, éste señala que sólo un 0,2% de los sacerdotes católicos han sido abusadores sexuales de menores de edad. Una cifra que podría ser real, pero que no justifica el hecho de que se hace necesario discutir nuevamente el tema, sobre todo, considerando que estos casos no se han ido develando sólo ahora, sino que hay un historial casi milenario de este tipo de actos. Por lo menos, se ha puesto en la palestra una vez más.

http://revistalapagina.com/2010/04/21/abusos-sexuales-el-problema-de-modernizacion-de-la-iglesia-catolica/

Institución de la religión cristiana de Juan Calvino Tomo 2

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Institucion de la religion cristiana de Juan Calvino tomo I

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¡Cristo nos hizo libres!

VIDA CRISTIANA

¡Cristo nos hizo libres!

por Juan Stam

Sorprende y es de lamentar que los evangélicos de hoy desdeñen el tema de la libertad cristiana. De hecho, dicho tema es, sin lugar a dudas, central en todo el movimiento de la Reforma. La Reforma fue, en su sentido más profundo, un proceso liberador en todas sus dimensiones.

Algunas reflexiones sobre la teología de los reformadores

El aporte teológico de la Reforma suele resumirse en tres puntos:

La justificación por la gracia mediante la fe (sola gratia, sola fide)
La sola autoridad normativa y definitiva de las Sagradas Escrituras (sola scriptura)
El sacerdocio universal de todos los creyentes. Pero, casi siempre, se tiende a olvidar otros dos, que son cruciales:
La libertad cristiana
«la Iglesia reformada siempre reformándose» (ecclesia reformata semper reformanda).

Sorprende y es de lamentar que los evangélicos de hoy desdeñen el tema de la libertad cristiana. De hecho, dicho tema es, sin lugar a dudas, central en todo el movimiento de la Reforma. La Reforma fue, en su sentido más profundo, un proceso liberador en todas sus dimensiones. (1)

En este marcado énfasis en la libertad cristiana, Lutero siguió de cerca a su gran precursor evangélico, nada menos que al Apóstol Pablo, quien de manera constante vinculó la justificación por la fe con la libertad cristiana. Cuando los gálatas retornaron al legalismo judaizante, San Pablo los acusó de haber negado el evangelio: «De Cristo os habéis separado, vosotros que procuráis ser justificados por la ley; de la gracia habéis caído» (Gá 5.4 – BA). Y su rechazo consistía no en que hubieran caído en alguna inmoralidad ni hubieran negado alguna doctrina ortodoxa, sino en que habían vuelto a insistir en la circuncisión y el legalismo como condiciones para que Dios los aceptara. Si quieren vivir bajo el sistema legalista, les advierte San Pablo, «Cristo de nada os aprovechará» (Gá 5.2 – BA), porque «para libertad fue que Cristo nos hizo libres » (Gá 5.1 – BA). Por lo tanto, los exhorta: «permaneced firmes, y no os sometáis otra vez al yugo de esclavitud.» (Gá 5.1 – BA).

Al inicio de la misma epístola, Pablo escribe a estos creyentes en términos parecidos: «Me maravillo de que tan pronto hayáis abandonado al que os llamó por la gracia de Cristo, para seguir un evangelio diferente» (Gá 1.5 – BA). En seguida, aclara que de hecho «no hay otro evangelio», y advierte que si alguien pretendiera predicarles otro evangelio, «que caiga bajo maldición» (1.8 – NVI). Ser evangélico, según San Pablo, es vivir desde la gracia de Dios que nos hace libres. No es posible ser evangélico y legalista a la vez.

A Martín Lutero le gustaba señalar que su apellido se origina de una palabra griega (eleútheros) que significa «libre, independiente, no ligado»; a veces se llamaba a sí mismo «Lutero el Libre». Uno de sus primeros escritos, en el año 1520, se tituló «Sobre la libertad del cristiano». Tan convencido estaba Lutero de que no es posible obtener la libertad mientras estemos bajo el pecado, como también de que el evangelio nos convierte en verdaderamente libres. Evangelio significa libertad; evangelio y servidumbre (dominación, autoritarismo) se excluyen mutuamente.

En los párrafos siguientes intentaremos demostrar que cada una de las principales afirmaciones de la Reforma sustenta la libertad cristiana. Sin la libertad cristiana, las demás verdades reformadas no se pueden entender en su sentido pleno.

La sola gratia nos libera del legalismo

Cuando Lutero descubrió la justificación por la pura gracia de Dios, comentó que se le abrieron las puertas del paraíso, porque la sola gratia lo liberó del terror a un Dios iracundo y vengativo. La doctrina de la justificación por la gracia significó para Lutero su liberación del dominio de la ley y de las obras. Para él, personalmente, la revelación de «la gloriosa libertad de los hijos e hijas de Dios» (Ro 8.21) fue la respuesta a su angustiosa búsqueda de paz y salvación. Significó liberación de las demandas de la ley. Ya que nuestra justificación es «por la gracia mediante la fe», podemos confiar firmemente en la palabra de Dios, la cual nos asegura que el Señor nos ha aceptado. A la vez, para Lutero, la fe es muchísimo más que mero asentimiento teórico. «La fe es algo activo», explicaba Lutero; es «la fe que obra por el amor» (Gá 5.6, cf. 6.9s).

Para Lutero, esta «libertad del evangelio» estaba por encima de toda autoridad y de todas las leyes humanas. Le parecía que el sistema papal era una intolerable contradicción a esta libertad evangélica; «el papa» —escribió—, «había dejado de ser un obispo, para convertirse en un dictador» (S. S. Wolin, Política y perspectiva, p. 158). Era imperativo restaurar «nuestra noble libertad cristiana», pues, «se debe permitir que cada persona escoja libremente» (ibid, pp. 156, 158).

Desde el tiempo de los fariseos, la mentalidad legalista, basada en la autosuficiencia de los méritos propios, siempre ha conducido a dos extremos: a ser fariseo o a ser publicano. El fariseo está segurísimo de su propia justicia, basado en obras de moralismo externo, pero, de hecho, no es ni justo ni realmente libre. El publicano, en cambio, se desespera por su falta de mérito y su insuperable fracaso en lograr su propia vindicación. Pero ninguno de los dos puede obrar el bien con libertad, puesto que lo realizan sólo como medio para alcanzar su propia auto-justificación.

El mensaje evangélico rompe este círculo vicioso. Dios en su gracia divina recibe al injusto y lo justifica, «no por obras, sino para buenas obras» (Ef 2.8–10). La gracia (xáris) de Dios despierta nuestra gratitud (euxaristía) y nos transforma en nuevas personas que buscamos cumplir la voluntad de aquel que nos ha redimido. (2) De esa manera, la gracia de Dios nos libera tanto del legalismo y moralismo como del fideísmo (3) y de la «gracia barata» de una fe puramente formal y verbal. La gracia nos hace libres para obrar el bien, no para lograr por nosotros mismos nuestra justificación ante Dios, sino para agradecer y glorificar a aquel que nos justificó por fe.

La sola scriptura nos libera del autoritarismo dogmático

La misma paradoja liberadora aparece en la afirmación de la sola autoridad normativa de la palabra de Dios. El principio de sola scriptura relativiza, necesariamente, toda tradición y toda autoridad humana, aun las eclesiásticas. Ninguna autoridad humana puede imponerse sobre la conciencia del creyente, si no puede fundamentarse en las Escrituras. Lo expresó Lutero elocuentemente en su defensa ante la Dieta de Worms (1521):

«Mi conciencia es cautiva de la palabra de Dios. Si no me demuestran por las Escrituras y por razones claras (no acepto la autoridad de papas y concilios, pues se contradicen), no puedo ni quiero retractarme de nada, porque ir contra la conciencia es tan peligroso como errado. Que Dios me ayude. Amén». (4)

Años después Lutero declaraba: «Soy teólogo cristiano. Quiero creer libremente y no ser esclavo de la autoridad de nadie. Confesaré con confianza lo que me parece cierto». En su monumento en Worms se escribieron estas palabras de su autoría: «Los que conocen verdaderamente a Cristo nunca pueden permanecer esclavos de ninguna autoridad humana». «La palabra de Dios,» —escribió Lutero— «que enseña la libertad plena, no debe ser limitada» (Wolin, ibid., p. 155).

¡Qué palabras de libertad teológica! Su total sumisión a la palabra de Dios lo hacía libre frente a dogmatismos, magisterios, concilios y papas. En la medida en que seamos realmente bíblicos, seremos libres para «examinarlo todo» a la luz de las Escrituras y de las evidencias, hoy no menos que en los tiempos de Lutero.

Martín Lutero insistía con vehemencia en la única, exclusiva e incondicional autoridad de la palabra de Dios, que cuidadosa y evangélicamente interpretada. Sólo el evangelio y las Escrituras poseen autoridad sobre la conciencia del creyente. Por las Escrituras y por la gracia redentora de Dios, somos libres de cualquier otra autoridad que pretenda imponerse sobre nuestra conciencia.

Estudiosos de la Reforma han denominado esta afirmación «el principio protestante»: sólo Dios mismo es absoluto, sólo su Palabra puede ostentar autoridad final. Cualquier otro absoluto no es Dios, sino un ídolo. Por lo mismo, sólo las Escrituras, fiel y cuidadosamente interpretadas en la comunidad creyente, pueden fundamentar artículos de fe. Ni el papa ni los concilios, ni las tradiciones ni los pastores ni los profesores de teología, pueden imponer sus criterios con autoridad obligatoria.

Sin embargo, a menudo pasa lo contrario (no sólo con los Testigos de Jehová sino con muchos que se llaman a sí mismos «bíblicos» y «evangélicos»): se levantan también en nuestro medio pequeños «papas protestantes» con su «santo oficio», con el cual pretenden imponer sus tradicionalismos y dogmatismos, y condenar (sin pruebas bíblicas con la más mínima seriedad) a todo aquel que no esté de acuerdo con las creencias de ellos. Sin darse cuenta, regresan al autoritarismo dogmático contra el cual Lutero se había levantado, como los judeocristianos de Galacia también habían vuelto al legalismo antievangélico y antibíblico. Pero ser bíblico es ser mentalmente libre, abierto y crítico. No se puede ser bíblico y seguir siendo cerrado y dogmático.

¡Qué libertad la de Lutero, ante toda autoridad, tradición, opinión y criterio humanos! ¿Y por qué? ¿Cómo consiguió Lutero tal osadía para reclamar esa libertad para su propia conciencia? Aunque su postura pareciera arrogante y anárquica, la fuerza de su libertad evangélica poseía una energía totalmente distinta: «Mi conciencia es cautiva de la palabra de Dios».

Para Lutero, la obediencia evangélica a Dios y a su Santa Palabra poseen como corolario la liberación evangélica de toda autoridad, tradición o heteronomía (5) que pretendieran ser absolutas (idolátricas) frente a la exclusiva autoridad normativa de la palabra viva de Dios. Lutero explicó este concepto con notable elocuencia en su tratado «Sobre la libertad cristiana», en 1520: porque el cristiano está sometido incondicionalmente a la palabra liberadora del evangelio, «el cristiano es el más libre de todos los seres humanos» (cf. Ro 6.16–18).

Bien lo expresa el himno, «Cautívame Señor, y libre en ti seré». Eso se aplica también a nuestro pensamiento y a nuestras actitudes: cuando nuestra conciencia es cautiva de la palabra de Dios y del glorioso evangelio, no podrá ser nunca cautiva de tradiciones ni de autoridades humanas que pretendan colocarse al nivel de —o incluso por encima de— la palabra de Dios. Sola scriptura, sola gratia, sola fide: ¡mensaje de auténtica libertad evangélica para la conciencia de todos los cristianos hoy también!

El sacerdocio de todos los fieles nos libera del clericalismo

La afirmación reformada del sacerdocio universal de todos los fieles (1Pe 2.9; Ap 1.6; 5.10) impulsa, lógicamente, un proceso de progresiva democratización dentro de la Iglesia, y por consiguiente dentro del mundo moderno. Para Lutero, todo cristiano es un sacerdote y un ministro de Dios, y toda la vida, todo empleo y oficio, son vocación divina dentro del mundo. «Una lechera puede ordeñar las vacas para la gloria de Dios», afirmaba Lutero. En un pasaje aún más atrevido, sostenía que «todos los cristianos son sacerdotes, y todas las mujeres sacerdotisas, jóvenes o viejos, señores o siervos, mujeres o doncellas, letrados o laicos, sin diferencia alguna» (W.A. 6,370; R. García-Villoslada, Martín Lutero, Tomo. I, p.467).

Aún así, ciertamente los reformadores no se guiaron por este principio hasta sus últimas consecuencias. Conservaron mucho del clericalismo heredado de largos siglos de tradición eclesiástica. Sin embargo, algunos, conocidos como anabautistas de la Reforma Radical, llevaron el principio del sacerdocio universal a un paso adelante de manera notable. Hoy día, tanto en círculos católicos como protestantes, se reconocen los carismas de todos los fieles y se cuestiona constantemente el clericalismo y el autoritarismo que, lamentablemente, han prevalecido en la iglesia protestante como también en la católica.

El paso de la Edad Media al mundo moderno significó un cuestionamiento radical del autoritarismo medieval e impulsó la marcha de una serie de libertades humanas que hoy día damos por sentadas. En ese proceso, Martín Lutero desempeñó un papel decisivo. Su mensaje de gracia evangélica nos libera del legalismo (autoritarismo ético). Su insistencia en la autoridad bíblica, interpretada crítica y científicamente, nos libera del tradicionalismo (autoritarismo doctrinal). Su enseñanza del sacerdocio universal de todos los fieles comenzó a liberarnos del clericalismo (autoritarismo eclesiástico).

Lutero lanzó una cruzada tenaz contra las estructuras autoritarias de la iglesia medieval. En su tratado «Todas y cada una de las prácticas de la Iglesia», (1520) escribió: «son estorbadas, y enredadas, y amenazadas por las pestilentes, ignorantes e irreligiosas ordenanzas artificiales. No hay esperanza de cura, a menos que todas las leyes establecidas por el hombre, cualquiera que sea su duración, sean derogadas para siempre. Cuando hayamos recobrado la libertad del evangelio, debemos juzgar y gobernar de acuerdo con él en todos los aspectos» (Woolf I, p.303, en Wolin p. 156). Al denunciar la tiranía del Vaticano, Lutero exigía a la Iglesia «restaurar nuestra noble libertad cristiana» (Wolin p.158) también en las iglesias evangélicas.

«La iglesia reformada siempre reformándose» nos libera del tradicionalismo estático

Otra consigna de la Reforma, cuya importancia no puede ser exagerada, rezaba «ecclesia reformata semper reformanda» (iglesia reformada siempre reformándose). Es impresionante que los reformadores hayan poseído la humildad y la flexibilidad de ver su movimiento como inconcluso, con necesidad de continua revisión. Sabían que su encuentro con la palabra de Dios había introducido en la historia nuevas fuerzas de transformación, pero (a lo menos en sus mejores momentos) no sostenían ilusiones de haber concluido la tarea. Su gran mérito histórico fue el de haber realizado un buen comienzo, muy dinámico, y precisamente de no pretender haber pronunciado la última palabra per saecula saeculorum.

En los movimientos históricos se observa un fenómeno típico, que consiste en que, después de comenzar con la espontánea creatividad de una búsqueda dinámica, poco a poco su ideología se va institucionalizando hasta perder casi totalmente la flexibilidad de sus inicios y su capacidad original de sorprender. En muchos casos, este proceso llega a un estado senil de arterioesclerosis institucional.

De hecho, esto es lo que pasó en gran parte con la Reforma protestante. Sus sucesores redujeron los explosivos descubrimientos de los fundadores (especialmente la «teología irregular» de Lutero mismo) en un nuevo escolasticismo ortodoxo, sea de corte luterano o calvinista. El proceso dinámico de los inicios se petrificó en un sistema rígido y cerrado. Siglos después el fundamentalismo norteamericano resucitaba a ese escolasticismo protestante en una nueva reencarnación histórica.

Los reformadores anticiparon este peligro, e implantaron en su teología defensas contra esa excesiva institucionalización y sistematización. En parte por factores adversos del siglo XVII, sobre todo el surgimiento del racionalismo escéptico, los sucesores de ellos buscaron una falsa seguridad en la «fortaleza teológica» de su ortodoxia inflexible. Contra esta postura, los ataques de pensadores como Lessing resultaron devastadores. En el siglo XX, volvió a surgir con gran energía el principio de ecclesia reformata semper reformanda.

En ningún momento todas estas libertades deben significar libertinaje, ni en doctrina ni en conducta; eso significaría elegir el extremo opuesto del legalismo. Como lo ha expresado el teólogo francés Claude Geffre, necesitamos dogma (doctrina) pero sin dogmatismo, tradición pero sin tradicionalismo, y autoridad sin autoritarismo (La iglesia ante el riesgo de la interpretación, Ediciones Cristiandad, 1983, p.69) y, podemos agregar, instituciones sin institucionalismo.

¿Qué nos dicen hoy estos postulados fundamentales de la Reforma?

(1) Nos desafían a redescubrir constantemente el significado de las Buenas Nuevas y la fuerza de la libertad evangélica, que resultaron tan caras para los reformadores.

(2) Nos llaman al continuo trabajo de exégesis bíblica, seria, científica, crítica y evangélica, individual y corporativa: sólo en la cuidadosísima interpretación de la palabra de Dios se hallará la libertad evangélica del pueblo de Dios y de la teología.

(3) Nos llaman a un profundo respeto hacia los demás hermanos y hermanas, al buscar juntos la voluntad del Señor en esa obediencia a la Palabra que es también una sana libertad ante toda palabra humana. En las muy sabias palabras de un antiguo refrán de la Iglesia: «en lo esencial (lo bíblico y evangélico), unidad; en lo no-esencial (opiniones, tradiciones, costumbres), libertad; en todo, caridad».

Bibliografía

  • García-Villoslada, Ricardo, Martín Lutero. El fraile hambriento de Dios, vol. I, Madrid, BAC, 1973.
  • Geffré, Claude, El cristianismo ante el riesgo de la interpretación, Madrid, Cristiandad, 1984.
  • Wolin, Sheldon S, Política y Perspectiva, Buenos Aries, Amorrortu, 1960.
  • El artículo es una conferencia dictada en la consulta sobre la Reforma (CIC de Cuba y CLAI) en la Habana, octubre, 2002. Se tomó del libro Haciendo teología en América Latina, Tomo I, Editorial SEBILA, San José, Costa Rica, ©2006 pp 241-247. Se usa con permiso del autor. DesarrolloCristiano.com, derechos reservados.

Notas

(1) Esto lo reconoció José Martí cuando escribió que “todo hombre libre debe colgar en su muro, como el de un redentor, el retrato de Martín Lutero” (citado por Alfonso Rodríguez en La Nueva Democracia, octubre de 1952).

(2) Karl Barth decía a menudo que las dos palabras más importantes para la fe evangélica son «gracia» (palabra central de toda la teología) y «gratitud» (motivo central de toda la ética), Cf. el inicio de la Confesión de Heidelberg.

(3) Tendencia teológica que insiste especialmente en la fe, disminuyendo la capacidad de la razón para conocer las verdades religiosas.

(4) Ponemos a un lado las preguntas sobre la historicidad de esta declaración o de su formulación precisa. No cabe duda de que corresponde al momento histórico y expresa la convicción de Lutero.

(5) Condición de la voluntad que se rige por imperativos que están fuera de ella misma.

Fuente: http://www.desarrollocristiano.com/site.asp?seccion=arti&articulo=2086

Enlaces relacionados con La Reforma Protestante

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Sobre el Calvinismo

Sobre Miguel de Servet

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Miguel de Servet (IX)

La Trinidad en tiempos de Servet

Miguel de Servet (IX)

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Aunque solo sea de paso, mencionar algunas posiciones que fueron conformando el concepto trinitario. Después de Nicea el problema a desarrollar era la consubstancialidad del Hijo con el Padre contra el arrianismo y el semiarrianismo. También la consubstancialidad del Espíritu Santo con el Padre y con el Hijo. Sería San Agustín con su obra De Trinitate el máximo de la especulación cristiana. 

 

El “monarquismo adopcionista” enseñará que Cristo es puro hombre, aunque nacido sobrenaturalmente de la Virgen María por obra del Espíritu Santo. En el bautismo de Jesús, Dios adoptó a Cristo como Hijo y le concedió poder divino. El “monarquismo modalista” mantendrá la divinidad de Cristo, pero mantiene la unipersonalidad de Dios y por tanto el Padre se hizo hombre y padeció por nosotros. El arrianismo dirá que el Logos no existe desde la eternidad, no fue engendrado del Padre, pero será la primera criatura sacada de la nada por Dios antes que las demás. El obispo Macedonio de Constantinopla dirá que el Espíritu Santo era una criatura y un ser espiritual subordinado como los ángeles. El nestorianismo también debatiría la doctrina de la divinidad y humanidad de Cristo. Para ellos hay dos personas en Jesucristo, la del Verbo y la del hombre. El hijo de María es distinto del Hijo de Dios. Por tanto si hay dos naturalezas en Cristo existen en Él dos personas. La unión de estas dos naturalezas se realiza de una manera accidental, pues el hombre Cristo no es Dios, sino portador de Dios.   

El monofisismo en su lucha contra el nestorianismo cayó en el otro extremo, es decir que en Cristo no había más que una persona y una única naturaleza, haciendo verdaderas piruetas dialécticas para explicar cómo la divinidad y la humanidad se unían para formar una sola naturaleza. No hemos de olvidar que esta misma palabra “naturaleza” se discute en los círculos más selectos del pensamiento y la acción social, pues “naturaleza humana” y “derechos humanos” no explican la complejidad del ser humano. Entonces unos monofisitas proponían que la naturaleza humana de Cristo se transformaba en la naturaleza divina o que era absorbida por ella, mientras otros proponían la unión de las dos naturalezas para formar una tercera. La edad Media propuso también la cuaternidad, es decir, tres Personas y además la divinidad. Otros como Joaquín de Fiore conciben la unidad de las tres divinas personas como unidad colectiva, estando más próximo al concepto de “elojim” “uno en el que hay varios”. 

El mismo Lutero también censurará la terminología trinitaria, aunque mantiene la creencia en el misterio y es aquí precisamente donde se inicia el enfrentamiento con Miguel Servet. Para los reformadores protestantes, la fórmula trinitaria pertenece al depósito de la doctrina eclesiástica y por tanto no hay más explicaciones en términos que se asemejen a la escolástica. Cualquier moda teológica, como pretendía imponer con su brillantez dialéctica Servet, sería para Felipe Melanchton algo rechazable puesto que la Iglesia antigua ya lo había asentado. 

Cuando en 1531 se publica de Trinitatis erroribus y en 1553 el Christianismi restitutiola novedad servetiana de la Trinidad dejaba de ser la explicación de esencia, naturaleza, sustancia, hipóstasis y persona, para ser tres modos distintos de la manifestación del Ser absoluto. Por tanto no es el concepto del socianismo (Fausto Sozzini -1604) en el que presenta a Dios de manera unitarista, excluyendo la pluralidad de personas, ni de la teología racionalista que considera a las personas divinas como meras personificaciones de atributos divinos como poder, sabiduría, bondad. Servet parece fijarse exclusivamente en el Cristo histórico y como dirá Ángel Alcalá es necesario “equilibrar el relativo antitrinitarismo de Servet. 

Relativo, pues admite que Dios -que, en el sentido filosófico de la palabra persona, es una sola, como el de judíos e islámicos- tiene dos manifestaciones primarias suyas, dos personas en el sentido clásico de funciones o manifestaciones activas. Nada sabríamos de Él, el eterna y trascendentemente escondido, nos dice, si no se nos hubiera manifestado por su palabra creadora (continuada en la evangelizadora de Jesús, su hijo en el tiempo, no en la eternidad) y si al cosmos así creado y a nuestra alma por Cristo redimida no nos comunicara su espíritu, principio de vitalidad y de santidad. 

Bien está recordar que muy otra es la doctrina que se dogmatiza desde el siglo IV, pero a Servet, que aun a las más arduas cuestiones aplica su radicalismo intelectual, no le arredran las interpretaciones tradicionales. Indagando por su cuenta, llega a la conclusión de que el sentido simple y profundo de los textos bíblicos fue traicionado cuando les sobrepusieron elucubraciones filosóficas y gnósticas del neoplatonismo helenístico. Para él, el cristianismo trinitario, con todas las secuelas que conlleva, es una corrupción, y de ella, en la cual especialmente Roma está sumida, debe contribuir él, nuevo arcángel Miguel, a sacarla para ¨restituir el cristianismo¨ y devolverlo a su autenticidad.” (Alcalá Galve, 2004, pág. 10) (GEA, 2000) 

Manuel de León es escritor e historiador

Miguel de Servet (VI)

Sigue el proceso contra Servet

Miguel de Servet (VI)

En el juicio contra Servet el carácter del juicio cambió, de un énfasis sobre la herejía a un énfasis sobre la sedición. Para perseguir esta línea de ataque, el procurador de la República, Claudio Rigot, lo elevó a procesamiento. Sus cargos consistían en que Servet era un carácter peligroso cuyas herejías no sólo eran malas para ellos, sino porque este heresiarca había trabajado con diligencia para extender sus falsas opiniones, por lo que él era una amenaza a la seguridad del mundo entero cristiano (el protestante y el católico – el ortodoxo y heterodoxo parecido) 

 
El día siguiente del interrogatorio que describimos en el artículo de la pasada semana (el 24 de agosto) Servet dirigió una muy larga petición al Consejo, solicitando fuera puesto en libertad. “Esto es una nueva invención, – escribió Servet- desconocido a los apóstoles y los discípulos de la Iglesia antigua, acusar a alguien de la doctrina incorrecta.” En los tempranos días de la iglesia, el peor castigo de la herejía era el destierro: “Suplico ustedes, mis señores, considerar que no he cometido ninguna sedición en sus territorios o en otra parte. Las preguntas religiosas que me hacen son oscuras. Ellas están dirigidas sólo personas cultas y no a la muchedumbre. Yo no debería ser detenido simplemente por dar mis opiniones sobre ciertas preguntas religiosas, sin intención sediciosa. Al menos, ya que soy un forastero en Ginebra y no conociendo su zona y procedimientos legales, solicito a usted designe un abogado para asistirme en mi defensa.   

El Acusador Claudio Rigot se opuso en nombre de la ley y la virtud. Servet recordó al Consejo que él había estudiado leyes, por lo que él no podría ignorar las leyes y constituciones por las cuales los primeros emperadores cristianos no podían dar muerte a los herejes. El preso intentaba privar a los magistrados de Ginebra de su derecho de matarlo, porque ” su propia conciencia los condenaba y demostraba no merecer la muerte.” Y en cuanto a la demanda del preso a un abogado para representarlo, viendo que Servet sabía tan bien mentir, no tenía ninguna necesidad de consejo. ¿Para qué iba a asistirle en tales falsedades impudentes y malos objetivos? A esto había que añadir que estaba prohibido por ley que tales seductores tuviesen un abogado. Además, no hay ni un signo de su inocencia que justificase un abogado. Le sería negado al instante tal solicitud de abogado alegando que esto era ineficaz e impertinente. Así pues la petición del preso fue rechazada por el tribunal sobre todos sus derechos. (Longhurst, 1969, pág. 66) 

Otra vez intervendría Juan Calvino para asumir el procesamiento. El 5 de septiembre él presentó al Consejo treinta y ocho proposiciones sacadas de los escritos de Servet: “que eran proposiciones blasfemas, llenas de errores y quiméricas, y sobre todo completamente repugnantes a la Palabra de Dios y el consentimiento común de la Iglesia.” Esta nueva extensión de acusaciones era parecida a las etapas anteriores. Después del repasar con laborioso detalle estas acusaciones ya familiares contra Servet, Calvino concluyó que ” Servet no tiene ningún otro objetivo, que extinguir la luz la que tenemos de la Palabra de Dios, y suprimir toda religión.” 

Es obvio, que la respuesta de Servet, sería la de quien ha perdido su paciencia y sus esperanzas: 
Diría, que Calvino reclama autoridad en base a las acusaciones preparadas para los doctores Católicos de la Universidad [Sorbonne] de París. Él no entiende mis opiniones y con astucia las deforma. Él tiene una mente confusa que no puede entender la verdad. Él es un desventurado que persiste en condenar lo que no entiende. Con sus doctrinas de la depravación total de hombre y la predestinación al infierno o el Cielo, él privaría al hombre de su humanidad y haría de él un mero bloque de madera o la piedra. Digo que un acusador y un asesino como Calvino no pueden ser ministro verdadero de la Iglesia. 

Los ministros de Ginebra fueron sobresaltados en el mal gusto del preso, y ellos formalmente protestaron al Consejo: ” Servet es un rival desvergonzado. Él vomita insultos sobre Calvino y lo llama un asesino. Él muestra una carencia completa del espíritu de humildad y la mansedumbre. Tal blasfemia terrible no merece ninguna piedad. “Probablemente para darle una lección, ellos dejaron a Servet para refrescar sus descargos en su celda por un tiempo. Después de diez días de esto, el preso escribió una petición a sus captores (el 15 de septiembre). Él estaba todavía enfadado, pero tenía algunos problemas: 

Muy honorables señores. Yo humildemente les pido acabar con estas tardanzas largas o ponerme en libertad. Es obvio que Calvino está perplejo para decir más cosas y conseguir su venganza haciéndome pudrir aquí en la prisión. Los piojos me comen vivo. Mi ropa esta toda rasgada y no tengo nada más para ponerme. También he presentado una solicitud para proveerme de un abogado ya que soy un forastero aquí y no estoy enterado de las normas del país. Pero ustedes han rechazado conceder esta petición, aunque ustedes han permitido a mi opositor tener todo el consejo que él desea. Por lo tanto deseo apelar mi caso a un tribunal más alto, y estoy listo a asumir todos los gastos concernientes a esta petición. 

El Consejo no hizo caso a esta solicitud e invitó al preso a someter otra defensa escrita al tribunal. Servet condescendió y tres días más tarde se dirigió a Calvino personalmente: 

¿Entonces usted cree que Juan Calvino es un asesino? 

“Demostraré que lo es, según sus propios hechos. Estoy firme en que mi causa es buena y no tengo miedo de morir. Pero clamo como un ciego en el desierto, porque la pasión para la venganza se quema en su corazón. Usted miente, usted miente, usted miente, usted es un calumniador ignorante. La locura en usted le lleva a perseguir a otros hasta la muerte. ¿Usted ha propalado por todas partes que soy un hereje, pero qué lugares de la Escritura usted ha citado para demostrarlo? Mis doctrinas heréticas no son encontradas, ni por argumentos, ni por autoridades, sino sólo por su delirio.” 

Cuatro días más pasaron. El 22 de septiembre, Servet envió otra petición al Consejo, preguntando si Calvino estaba siendo enjuiciado por acusarlo falsamente de no creer en la inmortalidad del alma. Si yo lo he dicho o escrito por todas partes, en verdad yo merecería la muerte. Pero no lo he dicho. Por lo tanto, señores, exijo que mi falso acusador sea castigado y sea sometido a prisión como yo, hasta que sea resuelto el caso. Hay otros motivos grandes e infalibles por los qué Calvino debería ser condenado. No es menor, entre ellos, su deseo de reprimir la verdad de Jesucristo por la doctrina de la predestinación contra toda la enseñanza de todos los doctores que alguna vez tuvo la Iglesia. Porque él no debería simplemente ser condenado, sino exterminado, y quitadas sus posesiones para compensarme por mi captura. 

Miguel de Servet (V)

Procesamiento contra Servet

Miguel de Servet (V)

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En el juicio contra Servet, finalizábamos el anterior artículo explicando que sobre el 23 de agosto (todavía 1553) el carácter del juicio cambió, de un énfasis sobre la herejía a un énfasis sobre la sedición, otro tema palpitante en los corazones de los hombres de Ginebra. Para perseguir esta línea de ataque, el procurador de la República, Claudio Rigot, lo elevó a procesamiento. 

 

Sus cargos consistían en que Servet era un carácter peligroso cuyas herejías no sólo eran malas para ellos, sino porque este heresiarca había trabajado con diligencia para extender sus falsas opiniones, por lo que él era una amenaza a la seguridad del mundo entero cristiano (el protestante y el católico – el ortodoxo y heterodoxo parecido).     

ACUSADOR: A pesar de las advertencias de doctores cultos contra sus libros heréticos, usted siguió publicándolos, sabiendo perfectamente que levantaban un gran tumulto en toda Cristiandad. 

SERVET: No pensé que mis libros molestarían la paz de la Cristiandad. Más bien pensé que ellos ayudarían a guardarla, dando a los hombres reflexivos la oportunidad de contrastar sus pensamientos y así, por la discusión abierta y libre, llegar a la verdad diseminada entre cada uno. Además, si no hubiera publicado la verdad de cristianismo como yo lo veo, ofendería a Dios. Ya que Nuestro Señor nos ha mandado en el décimo capítulo de Mateo, que lo revelado en secreto no debería ser ocultado, sino impartido a otros. Él también nos ha dicho, en el quinto capítulo de Mateo, que nosotros no deberíamos ocultar la luz, ni ponerla debajo del almud, sino puesta donde pueda alumbrar a otros. Así hice lo que pensé dando razón a Dios y mi conciencia. Nunca he procurado levantar la sedición y la turbulencia, sino haber actuado sólo conforme a los mandatos de la Escritura, con la intención de hacer lo bueno. Pensé así restaurar en el cristianismo muchas cosas que han sido perdidas desde tiempos antiguos. 

ACUSADOR: ¿Qué es, por ejemplo, lo que usted piensa está fallando en el cristianismo hoy? 

SERVET: No puedo aceptar la doctrina de Juan Calvino que todos los hombres estén completamente depravados y que ellos estén predestinados al Cielo o el Infierno. 

ACUSADOR: ¿Qué le hace pensar que sus doctrinas serán aceptadas en cambio? 

SERVET: No sé lo que ocurrirá con mis doctrinas, pero muchas cosas a menudo eran rechazadas al principio y aceptadas más tarde. 

ACUSADOR: Usted dice que no ocultó sus opiniones por miedo de ofender a Dios. ¿Por qué entonces usted no expresó sus opiniones cuándo usted estaba en Francia? 

SERVET: En Francia, donde los papistas están en el poder, hay gran persecución, y allí uno sólo echaría perlas a los cerdos. 

ACUSADOR: Usted reclama para sus enseñanzas que no levantaron ningún tumulto. Aún usted deliberadamente anima a la juventud a relajar sus moralidades cuando dice que hasta que ellos alcancen la edad de veinte ellos no estarían obligados al castigo del pecado. 

SERVET: Nunca pensé otra cosa que el castigo por la muerte. Desde luego ellos son sujetos a otros castigos, como los azotes, las hogueras o la prisión. 

ACUSADOR: ¿Usted ha leído el Corán? 

SERVET: Sí lo tengo. 

ACUSADOR: ¿Usted encuentra algunas cosas buenas en ello? 

SERVET: Seguramente. 

ACUSADOR: Sólo podemos concluir entonces que usted ayudaría criar el tumulto en la Cristiandad, ayudando e incitando a los seguidores de Mahoma. 

SERVET: No más ayuda a Mahoma que yo ayudaría al diablo. Pero hasta en lo peor, uno puede encontrar algunas cosas buenas. Y en el Corán hay algunas cosas que declaran la gloria de Nuestro Señor Jesucristo. 

ACUSADOR: Usted es no sólo peleón y problemático sino que usted es también un libertino y un pervertido. ¿Usted alguna vez ha estado casado? 

SERVET: No. 

ACUSADOR: ¿Cómo usted ha logrado evitarlo? 

SERVET: Físicamente soy incapacitado por una ruptura. 

ACUSADOR: ¿Cuántos años hace que usted tuvo esa rotura? 

SERVET: Aproximadamente cinco. 

Dice Longhurst llegado a este momento del interrogatorio: “El pensamiento de repente destella por mi mente. Aquel Claudio Rigot todavía vive. “ 

ACUSADOR: ¿Usted alguna vez pensó casarse? 

SERVET: Sí, pero me abstuve debido a mi incapacidad. 

ACUSADOR: ¿Pero usted no ha oído y observado que hay bastantes mujeres en el mundo para que un hombre no tenga que casarse? 

SERVET: No recuerdo el refrán y ninguna tal cosa, aunque yo pudiera haberlo dicho como una broma, y ocultar mi propia impotencia. 

ACUSADOR: ¿En vista que usted ha vivido una vida tan disoluta y lasciva, qué le da la idea que alguien como usted, quien desprecia la castidad cristiana, podría escribir sobre asuntos de fe cristiana? 

SERVET: Porque he estudiado el Escritura Sagrada para encontrar la verdad y porque, cueste lo que cueste usted dice, he vivido como cristiano. 

ACUSADOR: Usted no sólo ha difamado las doctrinas de nuestra iglesia y las personas de nuestros ministros sino que usted vino a esta ciudad con el objetivo expreso de sembrar sus semillas de herejía aquí y levantar un tumulto en la iglesia de Ginebra. 

SERVET: Sólo puedo contestar, como hice antes, que he sido insultado igualmente por sus propios ministros y que mis difamaciones, como usted las llama, simplemente han sido respuestas en mi propia defensa, se han planteado para indicar los errores de mis críticos. En cuanto a su acusación que vine a Ginebra deliberadamente para instigar la sedición, alguien puede decirle que yo simplemente visité aquí sobre mi camino a Italia, y no tenía ninguna intención de permanencia. 

Manuel de León es escritor e historiador

Miguel de Servet (II)

Servet: médico, geógrafo, teólogo…

Miguel de Servet (II)

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Servet es sin lugar a dudas uno de los más famosos reformadores españoles y universales, ya por la propia personalidad única e intuitiva o por haber sido uno de los más reputados fugitivos de la Inquisición. Miguel Servet o Miguel Serveto y Conesa (Revés), llamado también Miguel de Villanueva, Michel du Villeneuve o en latín Michael Servetus, traspasó el rico mundo del siglo XVI, para convertirlo en el lugar donde las inquietudes humanas nunca descansan y solo los seres humanos son capaces de matarlas. 

Según los datos del especialista en Servet Ángel Alcalá Galve, también lo tiene como nacido en Villanueva de la Sigena(1) (Huesca) el 29 de septiembre de 1511 y muerto en Ginebra el 27 de Octubre de 1553, sería el “sabio victima de la Universidad y el santo víctima de las iglesias”(2). Servet es el humanista total. Le interesa todo: la teología, la geografía, la filosofía, la medicina, etc. En un monumento a Servet que está en Annemasse, cerca de Ginebra, en sus cuatro caras se lee: “ Miguel Servet, helenista, geógrafo, médico y filósofo, debe ser apreciado de la humanidad por sus descubrimientos científicos, su abnegación en favor de los enfermos y pobres, y la indomable independencia de su inteligencia y su conciencia. A Miguel Servet apóstol de la libre creencia y mártir del libre pensamiento, nacido el 29 de Septiembre de 1511 en Villanueva de Aragón, quemado en efigie por la Inquisición católica el 17 de Junio de 1551, y quemado vivo en Ginebra por instigación de Calvino el 27 de Octubre de 1553.”   “Entre todos los heresiarcas españoles dirá Menéndez y Pelayo, ninguno vence a Miguel Servet en audacia y originalidad de ideas, en lo ordenado y consecuente del sistema, en el vigor lógico y en la trascendencia ulterior de sus errores. Como carácter, ninguno, si se exceptúa quizá el de Juan de Valdés, atrae tanto la curiosidad, ya que no la simpatía; ninguno es tan rico, variado y espléndido como el del unitario aragonés. Teólogo reformista, predecesor de la moderna exégesis racionalista, filósofo panteísta, médico, descubridor de la circulación de la sangre, geógrafo, editor de Tolomeo, astrólogo perseguido por la Universidad de Paris, hebraizante y helenista, estudiante vagabundo, controversista incansable, a la vez que soñador místico, la historia de su vida y opiniones excede a la más complicada novela. Añádase a todo esto que su proceso de Ginebra y el asesinato jurídico con que terminó, han sido y son el cargo más tremendo contra la Reforma calvinista, y se comprenderá bien por qué abundan tanto las investigaciones y los libros acerca de tan singular personaje”. (Menéndez y Pelayo, 2007, pág. 634) 

Muchos le consideran el máximo hereje y mártir español. Su protestantismo nace ya en 1528 cuando fue enviado por su padre a Toulouse- Francia- a aprender leyes. Allí, se dio a la de la Biblia, y “como entonces empezaran a correr entre los estudiantes franceses los libros de la Reforma alemana, y especialmente los Loci communes, de Melanchton, Servet se contagió, como los restantes, de la doctrina del libre examen”. Longhurst lo ve más como un fugitivo luterano que escapó de la Inquisición durante varios años, aunque Servet iniciase su vida laboral al lado del notario Quintana y firmase alguno de los documentos inquisitoriales como su ayudante. 

El doctor Quintana, confesor de su majestad Carlos V, había tratado a Servet y sabía que este hombre de veintiséis años apenas, con su espíritu penetrante y dialéctico, con elegancia de formas y erudición escrituraria, no era una crítica cualquiera sobre el dogma trinitario. (Bataillon, 1995, pág. 427) En la correspondencia de la Suprema a varios tribunales, hay una carta dirigida a los inquisidores de Aragón de 13 de Marzo de 1538: “Hace unos días les escribíamos para informarnos del caso de Miguel Reves, alias Serveto. Estamos informados de que en casa de su padre vive un hermano que era capellán del arzobispo de Santiago, y quien fue a Alemania para devolverlo a España, pero fue incapaz de persuadirlo para que regresara. Queremos que intenten saber por el hermano de dicho Miguel Serveto, dónde se encuentra en estos momentos y aconsejamos…” Con Servet comienza la era de los españoles expatriados. 

Como médico Servet, descubriría los principios de la circulación de la sangre; como geógrafo contribuiría con un tratado de estudiante, a la Geografía de Tolomeo; en Derecho, en Astronomía, en Geometría, Meteorología y lenguas antiguas, tomaría el suficiente interés como para ser en algunos campos un experto. Pero sobre todo su mayor interés estuvo animado por los contenidos religiosos, escribiendo varios libros de temas teológicos por los que es más conocido: Restitución del cristianismo y Sobre los errores de la Trinidad en los que plasma sus dudas sobre la naturaleza eterna de Jesucristo. Otro opúsculo de esta misma época, aunque de datación imprecisa es Declarationis Iesus Christi Filii Dei (Declaración de Jesucristo Hijo de Dios), también conocido como “Manuscrito de Stuttgart”. 

Estas opiniones plasmadas en estas obras, no escaparon a la Inquisición española que anduvo buscándole por Alemania y Francia, permaneciendo Servet varios años en la ciudad francesa de Vienne. Allí durante doce años practicó la medicina bajo el nombre de Michel Villeneuve. Como muchos humanistas que ya no pensaban como la iglesia católica, vivió con la apariencia de católico pero investigando al margen de la teología romana. Con dotes destacadas para las letras y gran experto del latín, griego y hebreo, Miguel abandonó su población de origen para ampliar estudios, probablemente en Lérida. Tras una estancia en Toulouse (Francia) para realizar estudios de Derecho, donde entra por primera vez en contacto con círculos próximos a la Reforma, viaja con Quintana por Italia y Alemania, como parte del séquito imperial, y presencia la coronación de Carlos V como emperador en Bolonia (1530). 

Notas:

1) Toda duda acerca de la patria de Servet debe desaparecer ante la declaración explícita que él hizo en su primer proceso, el de Viena del Delfinado. Allí se dice natural de Tudela, en el reino de Navarra. Y aunque dos meses después, en el interrogatorio de Ginebra, afirma ser «aragonés, de Villanueva», esta aserción ha de entenderse no del lugar de su nacimiento, sino de la tierra de sus padres. Y, en efecto, la familia Serveto o Servet, de la cual era el famoso jurisconsulto boloñés Andrés Serveto de Aviñón, y la familia Reves, segundo apellido de nuestro autor, radicaban en Villanueva de Sixena, por más que él naciera casualmente en Tudela; viniendo a ser, por tal modo, aragonés de origen y navarro de nacimiento. Natione Hispanus, aut, ut dicebat, Navarrus, se le llama en los registros de la Facultad de Medicina de París. Pero él, por cariño, sin duda, a la tierra de sus padres, gustaba de firmarse Michael Villanovanus, Michel de Villeneufve o bien Ab Aragonia Hispanus; y su discípulo Alfonso Lingurio le apellida, al modo clásico, Tarraconensis, que algunos, mal informados o dejándose llevar del sonsonete del apellido Servet, han traducido ligeramente por catalán.” (Menéndez y Pelayo, 2007, pág. 635) 
2) http://www.villanuevadesigena.com/es/miguel-servet/index.htm Página de Villanueva de la Sigena.  

Manuel de León es escritor e historiador

La condena a Servet

La condena a Servet

Juan Calvino

“La mente humana es una fábrica de ídolos”. (Juan Calvino).

Uno de los episodios más tristes en la vida de Calvino fue la condena a muerte que impuso a Miguel Servet, un prestigioso teólogo y médico español. Servet había publicado un libro donde negaba la divinidad de Cristo porque no creía en la doctrina cristiana de la trinidad.

Sin embargo, lo que influyó más en Calvino para tomar su decisión fue el documento que elaboró Servet describiendo la circulación de la sangre en los hombres, tema que el humanista francés reprobaba de manera tajante. Es así como Servet, huyendo de la Inquisición católica, buscó refugio en Ginebra. Pero allí fue juzgado por Calvino y condenado a morir en la hoguera.

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Fuente:

icarito.cl

El 31 de octubre cristianos celebrarán el día de la Reforma

El 31 de octubre cristianos celebrarán el día de la Reforma

Fecha: October 27, 2008

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Uno de los acontecimientos de la historia recordados por los cristianos y celebrado en las iglesias evangélicas cada 31 de octubre es el Día de la Reforma establecido por la lucha de el personaje religioso Martín Lutero, teólogo y reformador religioso alemán, quien precipitó la Reforma protestante al publicar en 1517 sus 95 Tesis denunciando las indulgencias y los excesos de la Iglesia Católica.Lutero inauguró la doctrina teológica y cultural denominada luteranismo.

Martín Lutero, Nació cerca de Eisennach, Alemania, en 1483 de padres de humilde condición, durante el desarrollo de su vida mantuvo una formación religiosa inigualable, por lo que en 1505, decidió cambiar el rumbo de ella de manera radical ,decidiendo entrar al monasterio Augustino en Erfurt.

Luego en 1507, con 24 años, fue ordenado como sacerdote continuando así un largo camino que lo llevaría a descubrir en 1517 la predicación de indulgencias por parte de un monje dominico, Tetzel.

Por medio de la compra de indulgencias, según la enseñanza tradicional, se libraba a las almas recluidas en el purgatorio de los tormentos del mismo, causa que introdujo a lutero en una batalla por la verdad  causando la apertura de un tribunal de inquisicón que culminó en la excomulgación de Lutero de la iglesia católica.

El 15 de junio de 1520 León X publicó la bula de excomunión de Lutero intitulada Exsurge Domine; cuando Lutero la recibió se dirigió al pudridero de la ciudad y juntamente con el Derecho Canónico, la arrojó a las llamas.

En este mismo año Lutero completó el ciclo de su ruptura con la Iglesia, al desarrollar sus ideas en tres grandes escritos reformistas: Llamamiento a la nobleza cristiana de la nación alemana, La cautividad babilónica de la Iglesia y Sobre la libertad cristiana.

Finalmente, el papa León X le condenó y excomulgó como hereje en una bula que Lutero quemó públicamente (1520).

Las 95 tesis, desafió las enseñanzas de la Iglesia de Roma con respecto a la naturaleza de la penitencia, la autoridad del Papa y la utilidad de las indulgencias, esta publicación (clavada en las puertas de la Iglesia del Palacio de Wittenberg el 31 de octubre de 1517) detonaría un debate teológico que desembocaría en la Reforma y el nacimiento de varias tradiciones dentro del cristianismo, tales como el Luteranismo, el Presbiterianismo y el Anabaptismo.

Lutero redactó sus 95 tesis como soporte para un debate teórico, una “disputa” teológica, práctica corriente en la época.

LEGADOS

Con su traducción de la Biblia al Alemán, Martín Lutero ganó fama permanente en relación con la unificación del idioma alemán, hoy en día unos 70 millones de fieles pertenecen a la Iglesia Luterana.

Hasta 1534 sólo circulaban traducciones al latín de la sagrada escritura, cuya lectura y estudio estaban destinadas a sacerdotes y eruditos.

La traducción de Lutero intentó poner la Biblia al alcance de la población, siguiendo su idea de que cada lector y no la iglesia es responsable de la interpretación de la Biblia.

Lutero publicó su Biblia apenas 60 años después de la invención de la imprenta y con ello se transformó en el primer libro de circulación masiva de la historia y también marcó el inicio de otra revolución: la lectura masiva.

En el año 1546 murió Lutero, en donde pasó los últimos años de su vida bajo cuidados y amarguras, pero su muerte fue la de un cristiano que como Pablo, había peleado la buena pelea, había guardado la fe y esperaba el galardón que el Señor, el justo juez, le daría en aquel día.

Fuente: Crítica.

Miguel de Servet (I)

Vida y muerte de Servet

Miguel de Servet (I)

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Protestante Digital en alguna ocasión ha hecho referencia a este hombre excepcional, Servet, pero quizás merezca una mayor exposición, desde coordenadas que pertenezcan al siglo XVI y tengan en cuenta la genialidad de sus doctrinas y sus escritos. La Enciclopedia de Aragón, aporta una cuidada biografía e interpretación histórica de Servet de la que extraemos conformando este artículo algunos párrafos. Nos servirán para tener una panorámica muy general de la vida de Servet.

 

“Por su conjunción genial de Humanismo, Renacimiento y Reforma y por sus amplios horizontes abarcadores de múltiples saberes, desde el escrutinio de las estrellas hasta los latidos del corazón, todo subsumido en esencialidad religiosa, Servet es, sin exageración ninguna, el máximo pensador aragonés y, muerto a sus 42, hubiera sido, si no lo es ya, el máximo de España, y no sólo de su tiempo. Una de las pocas personalidades aragonesas de renombre auténticamente universal.”

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