El Derecho de Guerra

El Derecho de Guerra
Publicado por Hilda el 17 de Marzo de 2010


Es indiscutible el derecho de los pueblos a la paz, pero… ¿Existe un derecho a hacer la guerra o a defenderse de ella? El segundo caso nos parece más justificado, pues tendría relación con el derecho de defensa propia ejercida a nivel individual. Pasaremos a analizar los casos.

La guerra implica violencia y destrucción para solucionar los conflictos internacionales. Fue muy común reconocer a la guerra como un derecho no solo de defensa sino de conquista en los primeros años de la historia de la humanidad, comenzando a usarse la calificación de guerras justas e injustas a partir del advenimiento del cristianismo, aunque esta connotación dependía muchas veces de factores subjetivos, como el concepto de “Guerra Santa”.

San Agustín justificaba la guerra para evitar un mal mayor, si tenía fines nobles, si fuera inspirada por sentimientos ajenos a la venganza y al odio; y debía ser declarada por una autoridad legítima. La “Summa Teológica” de Santo Tomás de Aquino resume las condiciones que debe tener una guerra para ser llamada justa: hacerse con causa justificada, intención recta (para evitar el mal y buscar el bien) y autoridad legal que la declare, pues ningún particular podría hacerlo).

En el siglo XVI el concepto de la guerra justa fue desarrollado por Francisco de Vitoria, monje dominico (1483-1546) desconociendo la licitud de las guerras de religión o por ambiciones territoriales. Solo consideró justa una guerra, si era para responder a una injuria, y en forma proporcional a ella.

La Primera Guerra Mundial demandó la necesidad de un gran pacto internacional ara evitar las guerras, elaborándose en 1919, el Pacto de la Sociedad de las Naciones, para determinar cuando una guerra sería justa o injusta, según el caso.

Luego del fracaso de la Sociedad de las Naciones, el estallido de la Segunda Guerra Mundial, y la creación de la ONU, la paz y la seguridad internacional se establecieron como prioridades, aunque no se desterró la posibilidad de guerra para resolver conflictos, pero con existencia de prohibiciones para el uso de ciertas armas, como las químicas o biológicas. El 14 de febrero de 1967 se firmó el Tratado de Prohibición de Armas Nucleares en América Latina.

La Carta de las Naciones Unidas (26 de junio de 1945) prohibió en las relaciones internacionales el uso de la fuerza, salvo el caso de legítima defensa, amenaza o quebrantamiento de la paz o actos de agresión, los que serán determinados por el Consejo de Seguridad de la ONU, el que tratará por todos los medios pacíficos de solucionar el conflicto, usándose la fuerza solo en casos extremos.

El Derecho Internacional fija límites como necesidad de declaración formal, la agresión no indiscriminada, el no ataque a civiles, etcétera (Convenciones de Ginebra de 1949 y de La Haya).

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Una sociedad enferma

Beatrice de CarrilloUn niño menor de edad, fue apuñalado, en pleno día, en una colonia “burguesa” de nuestra capital, mientras un periodista de un matutino de gran difusión, fotografiaba el homicidio, con abundancia de tomas y de particulares.

Por Beatrice Alamanni de Carrillo*, en CoLatino

En base a tales fotografías, aparecen agentes de seguridad privada y transeúntes curiosos, observando o “haciéndose los desentendidos”,  mientras se perpetra el delito.
Creo, que no obstante  el amarillismo, que ha  producido este impacto mediático, la dimensión  y el significado de esta tragedia, son  aterradores.
Si en términos periodísticos, este reportaje  puede haber sido un “éxito” para quienes gustan de este tipo de información, no deja de ser  aberrante  y haber producido malestar en buena parte de la opinión pública.
Cabe decir, que este poco oportuno servicio  periodístico y la fría indiferencia de los sujetos, que presenciaron, impasibles o curiosos este abominable delito, son los signos del deterioro de nuestro país y de la falta de valores, que parecen haber desaparecido en algunos sectores de la sociedad salvadoreña.
Un ejemplo evidente de esta situación, es, sin duda, la problemática presente en la Asamblea Legislativa, en la cual, los diputados piden  duplicar la pena para los menores infractores, como un “remedio necesario” para salvar el país de la delincuencia, lo cual, no solo no resuelve la problemática de la criminalidad, sino, logra sólo complicar aún más, el cuidado de dichos menores de parte del Estado, sin contar que  ningún delincuente menor de edad va a dejar de delinquir por el recrudecimiento de la pena, como lo demuestra claramente el crimen del cual estamos hablando. Evidentemente, el país necesita un auténtico y eficiente plan para erradicar la criminalidad organizada y la impunidad.
Es decir, los diputados están ocupando su valioso tiempo, en esta tarea demagógica y populista además de superficial e ineficiente, en vez de intentar resolver asuntos de mayor envergadura ,como serían, sin duda, el logro del fortalecimiento de la seguridad pública en primer lugar, y también, la precaria situación socioeconómica del país.
Lo más grave parece ser el desgaste prolongado e inútil que enreda a los diputados, en juegos políticos más ventajosos para sus estrategias de poder, que para el bien común, con el agravante  de dar la impresión de querer “complacer” a la opinión pública, desesperada, ante el desbordar incontenible de la delincuencia, y que, por lo tanto, puede caer en la falacia de aplaudir y aprobar el “cortar  cabezas”, de quienes son los más visibles y presuntos, según los medios,  autores de tal flagelo.
Es interesante notar, que, los diputados, que dejaron vacante por más de un año, la Fiscalía General de la República, por no lograr un acuerdo “político” al respecto, lo cual condujo a una solución del “problema” en casa presidencial, entre quienes, ciertamente, no eran diputados y, por tanto, no tenían que ver con el tema, se afanan ahora para conseguir los votos de mayoría cualificada, como “punto de honor”,  ante el veto presidencial al aumento de las penas para los menores.
En estos días se desgastan los diputados, en estas estériles contiendas sobre la pena para los menores, mientras el país está sumergido en la delincuencia organizada, la impunidad y el deterioro creciente de la conciencia ciudadana,  que conlleva a la más decepcionante indiferencia ante el prójimo, aquel prójimo que se quiere “vengar” con el aumento de las penas para los menores  infractores.
Se fomentan así, los peores sentimientos de revanchismo, de odio y de desesperación de la gente, que, al mismo tiempo, como lo demuestra el reportaje  mencionado, se vuelve insensible ante el horror de un asesinato, asistiendo al mismo, sin actuar, sin ayudar, sin evitar.
¿Se habrá preguntado alguien, sobre todo los padres del desdichado joven asesinado, qué hubiese pasado, si alguien, en vez de fotografiar, si alguien en vez de asistir indiferente o fingiéndose desapercibido, hubiese intervenido, logrando con bastante facilidad  parar al asesino?
Parece que los adultos, en nuestro país no están tomando en serio sus responsabilidades, en cuanto a la educación de los niños y de los jóvenes, y parecería, por estas fotos, que también se haya perdido el sentido de la solidaridad, de la generosidad y, de ser necesario, también del heroísmo. Si “los buenos” se portan con tanta indiferencia y falta total de sentido cívico, absteniéndose de intervenir, de socorrer, de actuar ante el ataque a un menor por parte de otro menor, qué nos podemos esperar de los “malos”?
Seguramente, no constituyen, algunos adultos, modelos confiables para la educación de los más jóvenes.
¿Qué efecto sobre un menor, debe haber producido un reportaje, que, fríamente, describe un delito y donde se puede comprobar claramente, que nadie hizo nada para impedirlo o contrarrestarlo?
¿Se estarán, ante esas fotos, envalentonándose,  otros asesinos, por la publicidad macabra del asunto y se estarán “inspirando”, para hacer lo mismo?
¿Qué impacto sobre quien tiene miedo, estarán   produciendo estas fotografías?
¿Habrá jóvenes, que se preguntarán, dónde está la seguridad pública, aunque sea privada, para tratar de contrarrestar al crimen?
¿Habrá quien se pregunte, cual debería ser el papel de los medios de información, ante la  disyuntiva, si salvar una vida o realizar un reportaje “exitoso”?
Podríamos preguntarnos también, ¿dónde está la familia en El Salvador?. ¿Dónde están los padres?
En la mayoría de los casos, se sabe que no existen, que han sido substituidos, por la “gran familia de las maras”, porque la familia natural ha perdido el rumbo y su papel, y, por tanto, el fracaso de nuestra sociedad, condena a muchos menores a estas aberraciones.
La guerra en el país, terminó hace varias décadas. Los jóvenes infractores son “hijos de  la paz”, no de la guerra. No hay excusas al respecto.
Sin embargo, si la familia es disgregada o inexistente, si son precarias, cuando no dramáticas, las condiciones económicas y sociales de grandes grupos sociales, si son más que comprobadas la debilidad y la inconsistencia de las instituciones públicas, que deberían preservar la seguridad ciudadana y perseguir el delito, ¿qué le podemos, según conciencia, achacar a los menores?
No solo los jóvenes dignos y honrados son fruto de esta sociedad, sino más bien, “los peores”, los que, con su comportamiento, cada día, nos deberían hacer reflexionar sobre nuestros fracasos como adultos y como sociedad entera.
En efecto, ¿qué menores está formando y ha formado en la actualidad, la sociedad salvadoreña?
Cuántas responsabilidades están recayendo sobre los adultos de nuestro país?
El Cristo, en el Evangelio, incita a quien está sin pecado, a lanzar la primera piedra.
¿Podrían, los que abogan por recrudecer las penas, observarse a si mismos, para analizar objetivamente si ha habido educación suficiente, para los jóvenes, si ha habido testimonio de ética en los comportamientos sociales generalizados, en cuanto a la corrupción, la violencia intrafamiliar, el abandono irresponsable de los hijos, la indiferencia egoísta hacia los demás, tan negativa en una sociedad democrática?
Sin duda, la  inaceptable indiferencia de los adultos espectadores del crimen reciente, la frialdad imperdonable de quien, durante dicho asesinato, lo ha considerado un “tema noticioso”, nos indican, que nuestra sociedad está enferma, gravemente enferma, tanto como para distorsionar el sentido de las cosas que, desde el mundo de los adultos, no representa un modelo ni un patrón válido y confiable para los jóvenes, que no deberían, de dicha sociedad, recibir solo represión, sino curación de sus tremendos males.
De estos males somos, desafortunadamente, todos y todas responsables.

*Ex-procuradora de los Derechos Humanos

DIOS LE DIJO QUE LA CHOCARA

DIOS LE DIJO QUE LA CHOCARA

Sabemos que Dios habla por su Palabra, pero tambien ordena que choquemos a los otros vehículos?

Un norteamericano explicó que Dios le pidió que atropellara con su camión el auto de una mujer.

Ambos conductores tuvieron heridas menores después de que un camionero se llevara por delante el auto de una mujer del área de San Antonio, Texas. No se le puede llamar accidente ya que el hombre explicó que Dios le ordenó que colapsara contra el otro vehículo porque según parece al Todopoderoso no le gustaba como manejaba la mujer.

Según explicó Kyle Coleman, vocero de la Policía del Condado de Bexar “Dios le dijo que ella no estaba manejando bien y que debía ser quitada de la carretera”.

Cuál fue la conducta de la señora que tanto indignó a Dios permanece como uno más de los insondables misterios de la fe.

2 Pedro 1:19-21
1:19 “Tenemos también la palabra profética más segura, a la cual hacéis bien en estar atentos como a una antorcha que alumbra en lugar oscuro, hasta que el día esclarezca y el lucero de la mañana salga en vuestros corazones;
1:20 entendiendo primero esto, que ninguna profecía de la Escritura es de interpretación privada,
1:21 porque nunca la profecía fue traída por voluntad humana, sino que los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo.”

Yo no conozco un pasaje nuevotestamentario que ordene que debemos chocar con el automovil a aquellos que no manejan bien. Pero parece que esta señora norteamericana tiene otra biblia totalmente distinta que la nuestra.

De una manera u otra, todo ser humano es dirigido por una autoridad. Guiados por esa autoridad, cualquiera que sea ésta, se toman desiciones cada día.

Los cristianos somos dirigidos (esto debería ser así) por la autoridad de Dios, cuya voluntad está expresada en la Biblia. Muchos podrán preguntarse por qué alguien debería someterse a la autoridad de un libro. Sencillamente es que la Biblia no es cualquier libro, sino que es la Palabra de Dios. Por esta razón, en virtud de quien es su Autor, se le transfiere su autoridad divina. Después de todo, si Dios es el Creador del cielo y la tierra, ¿quién podrá tener autoridad sobre él? La respuesta es simple, nadie. Nadie tiene autoridad sobre Dios, por lo tanto su Palabra debe constituirse en el fundamento de nuestras vidas, la única norma de conducta que nos dirija.

Toda otra voz contraria a la biblia, debemos rechazarla,mas cuando es absurda como “esta orden” que escucho esta mujer.

Bien dijo Lutero, o me convencen pro la razon o por la Palabra de DIos o yo no retractaré, o sea, lo que le dijo al Papa era que  si lo que el le decia era abusrod,no le iba a dar bola.

Vos cuando el diablo te diga que hagas algo contrario a la voluntad del Señor, hace lo mismo.No le des bola.

“Entonces respondiendo Jesús, les dijo: Erráis, ignorando las Escrituras y el poder de Dios.”

Podemos ver que Jesús mismo reconoció la autoridad de las Escrituras. Durante toda su vida en la tierra, no tan solamente Jesús empleó la Palabra de Dios y habló acerca de ella, sino que también la promovió, la elevó e interpretó.
Los escritores del Nuevo Testamento también mostraron plena confianza en las Escrituras. Al leer el libro de Romanos (por dar un ejemplo), podemos ver como Pablo cita más de 40 veces directamente del Antiguo Testamento, y los capítulos están esencialmente redactados sobre citas o alusiones a los escritos del Antiguo Testamento.
Los apóstoles estaban firmemente convencidos de que las Escrituras eran la Palabra de Dios y todas sus epístolas tienen un sólido fundamento en las mismas.

Dios te bendiga

fuentes bibliograficas

http://apocalipsislosultimostiempos.blogspot.com/2009/04/la-palabra-profetica-mas-segura.html

http://www.taringa.net/posts/imagenes/1850425/noticias-locas.html

Filosóficos delitos en Second Life

20 Noviembre 2006
Filosóficos delitos en Second Life

Parece que la pirateria furiosa y la violacion antietica del copyright ha llegado de manera furiosa al virtual mundo de Second Life

Réplica del centro de estudios localizado en el principal campus universitario de Saint LeoFlorida

Second Life (abreviado como SL) es un metaverso lanzado en el año 2003, desarrollado porLinden Research Inc., el cual ha tenido una atención internacional de manera creciente desde el año 2006.

Las personas para hacer uso de éste programa, deben crear una cuenta en http://www.secondlife.com y bajar el programa llamado Second Life Viewer. Al registrarse y acceder pasarán a ser llamados “residentes” o de manera abreviada AV que significa avatars. La manera en que los residentes interactúan a través de SL, la cual a su vez es uno de los principales atractivos de este mundo virtual, es a través de los avatars o AV, que son personajes en 3D completamente configurables, lo que le da a los usuarios la capacidad de convertirse en otra persona y gozar (como el mismo nombre del programa indica) de una segunda vida. Esto promueve en el mismo mundo una avanzada interacción virtual que los residentes de SL podrán explorar el mundo, conocer a otras personas, socializarse, participar en actividades grupales de acuerdo a sus gustos, tener sexo virtual, entre otras cosas.

Su segundo atractivo más importante es la posibilidad de crear objetos e intercambiar diversidad de productos virtuales a través de un mercado abierto que tiene como moneda local el Linden Dólar ($L).

SL es uno de los varios mundos virtuales inspirados en la novela de ciencia ficciónSnow Crash”, de Neal Stephenson y el movimiento literario “cyberpunk”. Es un mundo creado por sus usuarios en el que la gente puede interactuar, jugar, comunicarse y también hacer negocios, pues la manera en que se realizan negocios con la moneda Linden Dólar (Linden o $L) es abierta y libre a las interacciones del mercado. Esta moneda es intercambiable al mundo real, por lo que muchos residentes de SL se toman este mundo muy en serio convirtiéndolo en su sustento para la vida real.

En ocasiones, SL se ha definido como un juego online, lo que hace a esta definición corta por no tratarse de conquistar mundos, de obtener records, de pasar niveles o de crear estrategias, debido a que en SL no hay ganadores ni perdedores, sino que se puede interactuar con otros residentes o avatars en distintas actividades, entre ellas, juegos, como batallas con armas, partidos de fútbol, sexo, etc

Para marzo de 2008, SL cuenta con aproximadamente unos 13 millones de personas registradas, de las cuales un alto porcentaje están inactivas. La razón más común es que los interesados se registran, bajan el programa, pero el mismo no les permite arrancar, debido a que el software pide estándares en promedio altos para su ejecución. Además, hay que mencionar que muchas personas tienen múltiples cuentas, con el fin de desenvolverse con distintos roles en SL o hacer transacciones dudosas en el mundo virtual. Aun así, en promedio están conectados entre 35 mil a 50 mil personas y en sus picos más altos pueden llegar a estar de 70 mil a 90 mil conectados. Para la última estadística de ingresos en los últimos 60 días, se conectaron 1,292,114 personas.4

La programación de este mundo virtual es abierta y libre. El código de SL permite a los usuarios poder modificar absolutamente cualquier aspecto del mundo virtual, desde el color de los ojos del personaje a su aspecto físico, sus movimientos, sonidos y permite además, construir cualquier cosa en 3D: desde un cubo a una discoteca, un jardín o un campo de batalla o desde una pistola a una flor o unas zapatillas Nike. También permite la creación y manipulación de scripts para poder programar cualquier aspecto del mundo, desde un cañón para lanzar personas (como en el circo) a un sistema de envío de mensajes a móviles en cualquier lugar del mundo. Además de permitir editar todos estos aspectos, la propiedad intelectual de los mismos pertenece al usuario que lo creó, por lo que legalmente puede obtener beneficios económicos ya sea desde la moneda del mundo $L o tramitar sus ganancias a una cuenta corriente o de PayPal para obtener euros (€) o dólares ($).(Wikipedia)

“Nuevos universos, pero la misma gente de siempre: una receta segura para que los peores (y los mejores) rasgos de la Humanidad se extiendan a nuevos ámbitos. Second Life, el universo virtual más interesante de los que están naciendo, cuenta ya con tiendas, periodistas, una comunidad hispana pequeña aunque creciente… y delitos. Porque no todo son días de sol y playa. Claro que tratándose de un lugar no real el delito tiene un tinte filosófico que lo hace especialmente interesante. Si es que es delito.”

Benedicto XVI afirma que el poder, la ambición y el hedonismo son tentaciones del diablo

Durante la tradicional oración dominical del Angelus en la Plaza de San Pedro
Benedicto XVI afirma que el poder, la ambición y el hedonismo son tentaciones del diablo

El papa Benedicto XVI explicó hoy durante la tradicional oración dominical del Angelus en la Plaza de San Pedro que “el poder”, “la necesidad de bienes materiales” y “la ambición” son tentaciones del diablo contra las que el hombre tiene que luchar.

El Papa dedicó su mensaje de hoy al inicio para los católicos de la Cuaresma, un periodo que definió como de “competición espiritual para vivir junto a Jesús” y para “vencer las tentaciones del maligno”.

Citando el Evangelio de Lucas, que narra como Jesús fue tentado por el demonio, Joseph Ratzinger explicó que las tentaciones de Satanás fueron tres: una sobre la necesidad de bienes materiales, cuando le propone transformar las piedras en pan; el engaño del poder, cuando el diablo le ofrece dominar la creación a cambio de un acto de adoración; y la ambición, cuando le invita a cumplir un milagro espectacular.

“También en nuestros días el hombre conoce la tentación del poder, de la ambición y del hedonismo”, añadió el papa alemán.

Ratzinger anunció que como es tradicional en la Cuaresma comenzará hoy, junto a sus colaboradores de la Curia, la semana de ejercicios espirituales. (EFE)

CIUDAD DEL VATICANO (EFE) — la cantidad de los católicos en todo el mundo aumentó un 1,7 por ciento en 2008 y llegó a los 1.166 millones, según los datos recogido en el nuevo Anuario Pontificio, presentado ayer al Papa Benedicto XVI.

En una nota del Vaticano en la que se sintetizan algunos datos del anuario, se explica que comparando estos datos con la evolución de la población mundial en el mismo periodo –que ha pasado de 6.620 a 6.700 millones– los católicos pasaron a representar del 17,33 al 17,40 por ciento.
Según los datos recogidos en las 2.945 circunscripciones eclesiásticas del planeta, el número de obispos en 2008 aumentó un 1,13% pasando de 4.946 a 5.002.
También creció el número de sacerdotes, diocesanos como religiosos, que pasaron de los 408.024 en 2007 a los 409.166 en 2008, de los que el 47,1% está en Europa, el 30% en el continente americano, el 13,2 en Asia, el 8,7 en Africa y el 1,2 en Oceanía.
Los datos del nuevo anuario revelan que el número de religiosas, a pesar de que siguen siendo el grupo católico de mayor peso numérico, desciende progresivamente.
Si en 2000 eran 801.185, en 2008 han descendido un 7,8 por ciento y ahora son 739.067, sobre todo en Europa (-17,6%) y también en América (-12,9%) y Oceanía (-14,9%), mientras que aumenta el número de monjas en Africa (16,4%) y en Asia (16,4%).
Por otra parte, según los datos del Vaticano aumentan levemente las vocaciones, un 1 por ciento, al pasar de los 115.919 candidatos al sacerdocio de 2007 a los 117.024 de 2008.
Las vocaciones crecen sobre todo en Africa (3,6%), en Asia (4,4%) y en Oceanía (6,5%), mientras que disminuyen un 4,3% en el Viejo Continente y permanecen estables en América.
La nueva Provincia, Domingo 21 de febrero de 2010

Disensión natural: La Ética de la biología de la evolucionista. Por Ron Osborn

00:06 15/02/2010,Ojo Adventista
Es probable que alguien que visitara el campo en Nueva Inglaterra y se detuviera a pedir a un nativo que le indicara el modo de llegar a un lugar determinado pudiese recibir la inquietante respuesta: «Forastero, desde aquí no podrá llegar allí». Evidentemente, la dura réplica es una falacia y el viajero extraviado insistiría en que siempre es posible llegar a cualquier parte desde cualquier lugar. Aun así, antes de indicar el camino correcto, el obstinado yanqui declararía solemnemente que para llegar a ese lugar es preciso empezar en algún otro lugar.

En el trabajo que sigue adoptaré el punto de vista de Nueva Inglaterra en referencia a un terreno filosófico particularmente escabroso: el terreno de la biología evolucionista. Mi principal preocupación es el significado de la selección natural para el razonamiento moral y ético y, en este punto, argumentaré, la sabiduría yanqui es de una veracidad abrumadora: No se puede llegar ahí desde aquí; es preciso empezar en algún otro lugar. Para quienes toman la teoría de Darwin como punto de apoyo, mi tesis se puede resumir por la antigua advertencia de los cartógrafos: «¡Cuidado! Más adelante hay dragones».

Quizá el mejor punto de partida que podemos escoger es lo que Darwin dijo en realidad. En líneas generales, en primer lugar comentaré el modo en que las ideas sobre moralidad de Darwin surgieron a partir de su teoría general de la selección natural. El siguiente paso será mostrar cómo esas ideas de Darwin recibieron la influencia de la filosofía ética del utilitarismo e interactuaron con ella. Después discutiré la llamada “falacia naturalista” –la imposibilidad de inferir valores a partir de hechos– y mostraré cómo esta imposibilidad frustró en sus inicios el romance entre el darwinismo y el utilitarismo. En este punto discutiré la ética de Friedrich Nietzsche, cuyo nihilismo, según algunos eruditos insisten en afirmar, no se puede vincular con las teorías de Darwin, mientras que otros creen que son la conclusión lógica de El origen del hombre. A partir de aquí veremos cómo algunos evolucionistas han intentado evitar las implicaciones nihilistas de la selección natural, adoptando una dicotomía hechos-sentido insostenible que no resiste el más mínimo examen. Finalmente, destacaré el cuestionable estatus de la selección natural como ortodoxia intelectual y el irónico manto de heterodoxia que ahora cubre a todos aquellos que persisten en sostener las antiguas tradiciones.

La teoría de Darwin revisitada

La teoría de Charles Darwin sobre la selección natural se inspiró, principalmente, no en sus observaciones del mundo natural, sino en la teoría de la escasez de Thomas Malthus. Según su Ensayo sobre el principio de la población, publicado en 1798, Malthus afirma que, de no ser porque las guerras, las hambrunas y las enfermedades lo limitan, el crecimiento de la población humana se daría en progresión geométrica hasta el agotamiento de los recursos alimentarios.1 Darwin quedó profundamente impresionado por la tenebrosa premonición de Malthus y consideró que tenía una importancia extensible a todos los organismos. En El origen de las especies escribió: «…todos y cada uno de los seres orgánicos puede decirse que están esforzándose hasta el extremo por aumentar en número». Unas líneas más adelante escribiría: «Disminúyase cualquier obstáculo, mitíguese la destrucción, aunque sea poquísimo, y el número de individuos de la especie crecerá casi instantáneamente hasta llegar a cualquier cantidad».2

El sufrimiento, la destrucción y la muerte se convertían, así, en las herramientas de tría que permitían la supervivencia de los organismos más fuertes y mejor adaptados.

En estas circunstancias, Darwin imaginó que cualquier ventaja que un organismo tuviera sobre otro, por ligera que fuera, sería crítica para su éxito, a la vez que burlaría la persecución de sus enemigos. Creía que el mecanismo mediante el cual surgían las adaptaciones competitivas en la naturaleza, eran las mutaciones aleatorias. El azar en estado puro confería ventajas impredecibles en la descendencia de algunos organismos. Los productos de esa fortuna indiscriminada se conservaban a lo largo de generaciones según la salvaje ley del interés propio en la lucha por los escasos recursos. Mediante la acumulación a lo largo del tiempo de nuevas modificaciones, algunas criaturas evolucionaban y se diversificaban, mientras que los organismos que no conseguían mantener el ritmo en la carrera armamentística mutacional eran aplastados hasta la extinción por sus competidores más hábiles o fieros.

El origen del sentido moral, según se sigue lógicamente, fue sencillamente otra adaptación destinada a asegurar la supervivencia humana; su estatus estaba totalmente relacionado con la función que desempeñaba. En El origen del hombre, publicado en 1871, Darwin expuso claramente este hecho y puso de relieve cómo, mediante las presiones selectivas, las emociones, la sociabilidad, la moralidad y la religión surgieron como subproductos de la necesidad biológica.

Según Darwin, los instintos sociales inducen a los animales a prestarse valiosos servicios mutuamente, desde los babuinos que se asean unos a otros hasta los lobos que cazan en manadas. Por norma, cuanto mayor es la colaboración entre los miembros de una comunidad, mayor es su descendencia. Sin embargo, el grado en que las criaturas pueden llegar a comprometerse en tales actos de altruismo viene estrictamente determinado por su capacidad de comunicación efectiva. En el caso de los seres humanos, las formas de cooperación más elaboradas aparecieron como resultado del desarrollo del lenguaje. A medida que los deseos de la comunidad conseguían ser expresados con mayor precisión, creía Darwin, «la opinión común acerca de cómo debe concurrir cada miembro a favor del bien público será naturalmente la norma principal de las acciones».3

Una vez que se hubieron forjado los primeros eslabones de la cadena de cooperación, las sensaciones de placer generadas por el éxito de la cooperación con el grupo, así como por el contrario el sentimiento de tristeza y dolor causado por el ostracismo y el rechazo, reforzaron los instintos sociales. Darwin escribió: «[L]os individuos que perciben mayor placer en estar reunidos pueden escapar mejor a los peligros, mientras que en los que se cuidan menos de sus compañeros y son más amantes de la vida solitaria, la mortalidad es mucho mayor». De ese modo, las empatías grupales son tan fuertes que el mero hecho de ver el sufrimiento de otra persona puede generar sentimientos de sufrimiento en los que presencian el hecho. Darwin afirma que nos vemos «por consiguiente impelidos a aliviar los ajenos sufrimientos, con el fin de aliviar al propio tiempo el sufrimiento de tristeza engendrado por el espectáculo de desgracia.»4 Por lo tanto, el valor, la honradez y la compasión serían, según Darwin, un desarrollo del instinto y un interés propio cuidadosamente enmascarado.

La ética de Darwin

Sin embargo, el vacío de moralidad que resulta no provocó la desesperación de Darwin y sus colegas. Las críticas a la teoría de la selección natural la acusaban de inspirar una ética elitista según la cual “la fuerza da el derecho”. Sin embargo, esto no se aleja más de la verdad que incluir la cooperación y la empatía entre los elementos causantes del éxito biológico de los seres humanos. Así pues, entre los ideales del liberalismo y las leyes de la evolución no existía contradicción alguna. Muchos partidarios de Darwin creían que si de algún modo podía verse su teoría era como la base científica de un neoigualitarismo radical –circunstancia que no pasó desapercibida para Karl Marx, quien dedicó la edición inglesa de Das Kapital a Charles Darwin, aunque este declinara el honor–.5

Los puntos de vista políticos y éticos de Darwin eran a la vez pragmáticos y optimistas y estaban influidos en gran medida por la filosofía de John Stuart Mill. Ocho años antes de la edición de El origen del hombre, Mill publicó El utilitarismo, su famoso argumento a favor de una ética universal basada en cálculos sobre el bien común. Mill escribió: «El credo que acepta la Utilidad o Principio de la Mayor Felicidad como fundamento de la moral, sostiene que las acciones son justas en la proporción con que tienden a promover la felicidad; e injustas en cuanto tienden a producir lo contrario de la felicidad».6 Ello no significaba que los individuos fuesen libres de satisfacer sus deseos personales con completa despreocupación por los otros miembros de la sociedad, porque la máxima felicidad, por definición, incluía el placer y el dolor de todos los seres humanos e incluso de «toda la creación consciente». Por lo tanto, todo el campo de la investigación ética quedó reducido a una única pregunta: ¿Cuál es la acción que incrementa en mayor grado tanto la cantidad como la calidad de la felicidad total de la raza humana?

Ese tipo de cálculos dejaba claramente abierta la puerta a los actos de heroísmo y abnegación; si bien tales acciones solo se consideraban virtuosas en el caso de que contribuyeran al éxito del grupo. En palabras de Mill, «la moral utilitarista reconoce al ser humano el poder de sacrificar su propio bien por el bien de los otros. Solo rehúsa admitir que el sacrificio sea un bien por sí mismo. Un sacrificio que no aumenta ni tiende a aumentar la suma total de la felicidad, lo considera desperdiciado».7

En términos darwinistas, la “felicidad” es un estado químico o psicológico que la naturaleza ha seleccionado para reforzar un comportamiento biológico de éxito (Robert Wright dice que «las emociones no son otra cosa que los ejecutores de la evolución»).8 La transición de la declaración de hechos sobre la «cantidad total de descendencia» de Darwin al juicio de valor sobre la «suma total de felicidad» de Mill, por lo tanto, se produciría prácticamente sin fisuras. Darwin escribió que, después de la formación de los instintos sociales, «el principio de la mayor felicidad debió convertirse en guía y fin secundario de la mayor importancia».9Esto implica que la moral utilitarista es la única moral válida bajo las leyes de la evolución.

En la Inglaterra de mediados del siglo XIX, la ética utilitarista estaba estrechamente vinculada a la doctrina del progreso. Mill creía que la aplicación amplia de esta filosofía a la sociedad, llevada a cabo mediante presión política y legal, conduciría a la total eliminación de la infelicidad. Mill escribió:

«Los mayores males del mundo son de suyo evitables, y si los asuntos humanos siguen mejorando, quedarán en cerrados al final dentro de estrechos límites. En cuanto a las vicisitudes de la fortuna y demás contrariedades inherentes a las circunstancias del mundo, son principalmente el efecto de dos graves imprudencias: el desarreglo de los deseos y las condiciones sociales malas e imperfectas».10

Por lo tanto, la solución al problema del sufrimiento humano reside en la consecución de estructuras políticas y legales guiadas por la razón. Nada hay inherente en la condición humana que niegue la perfectibilidad extrema de la humanidad.

Para Darwin, la selección natural no se basaba en un destino o propósito determinado. Aun así, predijo, la trayectoria de la evolución llevaría a un orden mundial utópico basado en los mismos principios utilitaristas adoptados por Mill. Escribe:

«A medida que el hombre avanza por la senda de la civilización, y que las tribus pequeñas se reúnen para formar comunidades más numerosas, la simple razón dicta a cada individuo que debe hacer extensivos sus instintos sociales y su simpatía a todos los que componen la misma nación, aunque personalmente no le sean conocidos. Una vez que se llegue a este punto, existe ya solo una barrera artificial que impida a su simpatía extenderse a todos los hombres de todas las naciones y de todas las razas. […] Nuestras simpatías, al hacerse más delicadas y extenderse por mayor esfera, alcanzan, por último, a todos los seres sensibles».11

De este modo, el grado de moralidad transmitido por herencia aumentaría continuamente hasta que los seres humanos llegaran a rechazar «costumbres funestas y vanas supersticiones»; y se tratarían mutuamente de acuerdo con la regla de oro de Cristo, más por causas naturales que por razones espirituales. La prolongada oposición de Darwin a la esclavitud es quizá la mejor ilustración del espíritu humanístico que acabaría por caracterizar la sociedad. Con su declaración no hacía más que apresurar lo inevitable.

Los historiadores de la ciencia discuten frecuentemente la teoría de los orígenes de Darwin como un desafío al relato de la creación del Génesis. Sin embargo, la consideración que se otorga al darwinismo como profecía, como el nuevo Apocalipsis, es, de largo, mucho menor. No obstante, en la economía de la fe la evolución funcionaba no como una conjetura científica sobre el pasado, sino como una reformulación secular de la escatología cristiana tradicional. La naturaleza, «de diente y garra ensangrentada» según las famosas palabras de Alfred Lord Tennyson, al final vendría a redimir a la humanidad con sus actos más íntimos. «Mirando a las generaciones futuras, «no hay motivos para temer que los instintos sociales se debiliten, y podemos esperar que los hábitos de la virtud se robustecerán más y se convertirán quizás en fijos por medio de la herencia. –decía Darwin– En este caso, la lucha entre nuestros impulsos superiores e infe-
riores será menos fuerte y la virtud triunfará».12

La unión

La causa de todos los males de este sueño utópico reside en una única palabra: ‘deber’. A simple vista, la transición desde la declaración de hechos de Darwin al juicio de valor de Mill parece sin fisuras. Solo aparentemente, porque una observación más detenida revela una falacia fatal en el argumento: en un universo puramente darwiniano es imposible hacer juicios de valor. Jamás. Todas las apelaciones a la belleza, al honor, a la justicia, a la compasión o al propósito quedan excluidas por la propia hipótesis, porque no hay ningún modelo por el cual un comportamiento
pueda ser juzgado positiva o negativamente.

A este respecto, los preceptos éticos carecen de significado intrínseco o influencia en la conducta humana, son simples hechos adicionales de la selección natural que deben ser catalogados junto con los espolones fuertes o los dientes afilados. Si algo parece bueno o malo en sí mismo solo es debido a que, por lo general, lo que parece correcto favorece a los seres humanos en su lucha por la supervivencia. Si un rasgo moral dejase de cumplir su función biológica, la moralidad simplemente «evolucionaría» –un eufemismo para decir que las éticas caducas están abocadas a la extinción–. Como alternativa, los individuos pueden conservar un código de conducta moral estéril desde el punto de vista adaptativo, pero se trataría de una mera reliquia de sus ancestros biológicos –un apéndice del alma–.

En su tratado clásico sobre la educación liberal, The Abolition of Man, C. S. Lewis expuso la futilidad de cualquier sistema ético basado en estas premisas. Según dicen los evolucionistas, los valores son máscaras del interés propio y la necesidad biológica. Por lo tanto, nos es preciso aprender a evaluar de manera crítica todas las pretensiones de bondad valiéndonos de la lente de la razón. Sin embargo, Lewis pregunta: ¿Qué sucede con los valores de nuestros educadores? «Su escepticismo al respecto de los valores es superficial y lo ejercen con respecto a los valores de las otras personas. Pero por lo que a su escala de valores se refiere, apenas sí se muestran escépticos».13 Considérense los gemidos de indignación que emitirían los científicos que escriben sobre la soberbia de todo el comportamiento humano si alguien sugiriera que su propia profesión se basa en las normas del limitado interés propio que no tienen nada que ver con la razón. Considérese, sino, la ética utilitarista que tan a menudo invocan los científicos.

Los sociobiólogos declaran que el valor “real” de una conducta aparentemente virtuosa reside en la utilidad de dicha conducta para la comunidad. Un bombero que valientemente se sacrifica para salvar a otros es loado por haber servido al bien común. Decir que la muerte de un individuo servirá al bien de la comunidad, no obstante, es decir, meramente, que la muerte de unas personas es útil para otras. Así las cosas, ¿cuáles son las condiciones que determinan que un individuo deba morir por otros? El rechazo del propio sacrificio no es, sin lugar a dudas, menos racional que el consentimiento.

En sentido estricto, Lewis indicaba que ninguna elección puede ser calificada, en absoluto, de racional o irracional. «Únicamente desde las proposiciones sobre los hechos no se pueden extraer conclusiones prácticas. El conservará la sociedadno puede conducir al hazlo excepto en el caso de que medie el la sociedad debe ser conservada».14 Pero sin la reinstauración de los ideales trascendentes eliminados por la selección natural, ¿de dónde surge la idea de que se debe conservar la sociedad?

La ética darwinista no puede apelar a la bondad intrínseca de la sociedad –ni tan siquiera de la vida– porque entonces virtudes como la justicia y la compasión también serían susceptibles de ser consideradas buenas en ellas mismas, con independencia de su utilidad. El materialismo filosófico –ese portero huraño de la fiesta de la investigación científica– debe impedir el paso a todos los debe que no lleven su tarjeta de presentación.

Al fin y al cabo, nos hemos quedado con una concepción de la moralidad basada no en la razón, sino en el mero hecho de los instintos. Los seres humanos se sacrifican por el bien de la especie, no por algún propósito último, sino por obediencia a sus naturales pasiones. Si podemos exagerar tales pasiones en un grupo determinado mediante la ficción de unos valores, será mucho mejor para el resto. Mientras tanto, para aquellos de nosotros que “sabemos” todos los antiguos tabúes acaban por caer. Puesto que carece de sentido, podremos evitarlo si encontramos a otros que puedan correr con la tarea. Puesto que es instintivo, podemos satisfacer el deseo sexual siempre que no ponga en peligro la especie. Aunque sea útil y práctica, podremos obviar la vida del individuo, o incluso desecharla, siempre que no sirva a los intereses del grupo.

Darwin lo entendió perfectamente. Apesar de que no era inmune al espíritu utópico de su época, también vio que su teoría, de hecho, no dejaba espacio para ningún tipo de moralidad. Solo podía describir las conductas generadas por los instintos o los deseos súbitos. En El origen del hombre escribió: «La imperiosa palabra deber parece que meramente implica la conciencia de la existencia de una regla de conducta, sea cual fuere el origen de donde se derive».15 Con antelación, en El origen de las especies, había elogiado a la reina de las abejas por su «odio instintivo salvaje» hacia sus descendientes fértiles.16 Ahora admitía de forma implícita que no existía ninguna diferencia esencial entre la moral de las abejas y la moral de los seres humanos:

«Así, para usar un ejemplo extremo, si se reprodujeran los hombres precisamente en las mismas condiciones que las abejas, no cabe la menor duda que las abejas trabajadoras, las hembras no casadas, tendrían por deber sagrado matar a sus hermanos, y que las madres procurarían destruir a sus hijas fecundas, sin que nadie pensase en intervenir».17

Al fin y al cabo, las interferencias no harían otra cosa que dificultar la felicidad total de la colmena.

Así, los evolucionistas, al igual que el Gran Inquisidor de Dostoyevski, han tomado sobre sí el pesado yugo de la verdad por mor de la mayor felicidad. Sabedor de que los hechos de la selección natural podrían llegar a erosionar cualquier base para la moral, el preeminente filósofo evolucionista Daniel Dennett sugiere que podríamos llegar a tener que abandonar el ideal de la “sociedad transparente”, las elites deberían permitirque la comunidad entienda mal qué se dice en realidad.18 En uno de sus cuadernos de notas, Darwin expresó un punto de vista similar:

«[La selección natural] no causará ningún perjuicio porque nadie llegará a estar completamente convencido de su veracidad, excepto el hombre que haya reflexionado mucho. Este sabrá que su felicidad reside en hacer el bien y ser perfecto; por lo que no caerá en la tentación, ya que sabe que, haga lo que haga, no es responsable del daño que pueda causar».19

Robert Wright, en The Moral Animal, interpreta que bien pudiera ser que lo que es bueno para un caballero inglés sea dañino para las masas impresionables. Wright continúa declarando de manera desconcertante que el nihilismo es la ética moral dominante en muchos departamentos de filosofía universitarios y que el responsable directo de ello es Darwin.20 Todas las implicaciones filosóficas de la evolución, afirma, han sido un secreto guardado por los científicos durante mucho tiempo. ¿Deberemos estarles agradecidos por haber guardado silencio por mor de la mayoría? La felicidad total, parece ser, requiere el subterfugio intelectual.

De la razón al nihilismo

¿Qué sucede con los que deciden no participar de la felicidad? Aunque Darwin mismo creía que el utilitarismo era la consecuencia lógica de la selección natural, Mill es tan solo un santo patrón más en el panteón de la filosofía evolucionista. Podemos encontrar otra poderosa visión de la moralidad sobre los conceptos evolucionistas en los escritos de Friedrich Nietzsche.

En su obra capital, Más allá del bien y del mal, Nietzsche declaró que el problema de todas las explicaciones previas de la moralidad residía en que consideraban la moralidad misma como un hecho establecido. Aún, lo que la sociedad percibía como malo originalmente era reconocido como bueno. Lo que la ética tradicional –corrompida por las enseñanzas judeocristianas– condenaba como un vicio eran simples atavismos intemporales de ideales antiguos. En el período premoral (que la mente de Nietzsche asociaba vagamente a la Grecia presocrática) el valor de una acción no venía determinado por los motivos del actor, sino por sus consecuencias. El uso de la fuerza, el engaño y la brutalidad no está cargado con ningún estigma, sino que es una mera expresión de la vitalidad humana. De este modo, la «voluntad fuerte» se valió del dominio de la «voluntad débil» para su propia conservación, mientras que todas las energías efectivas eran «voluntad de poderío».

El período moral marcó una inversión del estado de cosas ya que las acciones pasaron a ser juzgadas por los motivos subyacentes más que por sus resultados. Nietzsche atribuye este reajuste de la psicología humana a la religión, en particular al cristianismo. Escribiría: «“Dios en la cruz”. Nunca ni en ningún lugar había existido hasta ese momento una audacia igual en dar la vuelta a las cosas, nunca ni en ningún lugar se había dado algo tan terrible, interrogativo y problemático como esa fórmula, ella prometía una reevaluación de todos los valores antiguos».21

Ante todo, el cristianismo afirma que todos los individuos son iguales y se pone del lado de los sufrientes. Nietzsche pensaba que esta noción –a la que dio el nombre de «moral de esclavos»– era espantosamente insulsa. Escribió: «Hay en el ser humano, como en toda otra especie animal, un excedente de tarados, enfermos, degenerados, decrépitos, dolientes por necesidad». Al tomar partido por los débiles, el cristianismo causó el «empeoramiento de la raza europea […] hasta que acabó formándose una especie empequeñecida, casi ridícula, un animal de rebaño, un ser dócil, enfermizo y mediocre».22

En oposición a la moral de esclavos del cristianismo, que él consideraba emasculada, Nietzsche proponía una ética del «espíritu libre» en la que la élite noble emprendía un camino de concreción de sus propios proyectos de creación de valores y autocontrol. El modelo nietzscheano requería la «dureza del martillo»23 y el rechazo de la piedad por los otros, por considerarla mórbida y contraria a la virilidad:

«Nosotros opinamos que dureza, violencia, esclavitud, peligro en la calle y en los corazones, ocultación, estoicismo, arte de tentador y diablerías de toda especie, que todo lo malvado, terrible, tiránico, todo lo que de animal rapaz y de serpiente hay en el hombre sirve a la elevación de la especie “hombre” tanto como su contrario».24

Los apologetas de Nietzsche sugieren que su filosofía ha sido objeto de malentendidos y distorsiones. Sin duda alguna. Aun así, los defensores de Nietzsche pasan por alto demasiadas cosas: afirmar que sus ideas no fueron perjudiciales es una traición a la realidad histórica.25
Sugerir que la ética de Nietzsche no se apoya en Darwin es igualmente capcioso. Nietzsche pudo haber leído a Darwin y únicamente se mostró condescendiente con el ingenuo darwinismo social que dominaba en su época. El hecho de que la selección natural permitiera que los débiles, cuando se unen en rebaño y actúan colectivamente, sean capaces de vencer al más poderoso le causaba rechazo. Además, se sentía contrariado por las críticas veladas de una teoría que consideraba que era una amenaza para su propio proyecto de crear una nueva “ciencia” del espíritu libre. Nietzsche plasmó de manera implícita estas significativas diferencias de visión en su diatriba “antidarwinista” Der Wille zur Macht(La voluntad de poder).26
Además, el filósofo Hans Jonas destaca que la conexión del nihilismo de Nietzsche con el impacto del darwinismo es demostrable. «La voluntad de poder parecía la única alternativa que quedaba si la esencia original del hombre se evaporaba en la transitoriedad y el capricho del proceso evolutivo.»27 Era, precisamente, la incapacidad de los optimistas caballeros británicos como Spencer y Huxley, para ver que Nietzsche se burlaba de la vieja moral que había muerto realmente y había desaparecido, no de la noción de moral de Darwin que surgía de las múltiples oportunidades y la lucha por la escasez de medios.
Nietzsche protestaba por las «ideas modernas y plebeyas» e insistía en que la voluntad de poder no se podía explicar en términos materiales.28 Por otra parte, su genealogía de la moral se sustentaba sobre dos ideas, ambas validadas científicamente por la teoría de la selección
natural. En primer lugar, toda existencia debe ser entendida en términos de una lucha constante; en segundo lugar, el mundo natural no tiene significado inherente alguno. Dennett escribe: «Si Nietzsche es el padre del existencialismo, quizá Darwin merezca el título de abuelo».29 Sin la visión del mundo de Darwin, Nietzsche apenas habría gozado de crédito intelectual.

Dennett sigue declarando que la selección natural es el «ácido universal». Corroe radicalmente y acaba por destruir cualquier concepto o creencia tradicional que encuentra a su paso, ya sea que verse sobre cosmología, psicología, cultura humana, religión, política o ética. La selección natural nos pone, de hecho, «más allá del bien y del mal», o así insisten muchos de los intérpretes y defensores de Darwin más ampliamente leídos.

El Dios de Gould

Al final, es posible que descubramos que somos capaces de ordenar nuestra vida a pesar –y no a causa– de lo que creemos que es cierto: que la moral es el mayor engaño de la naturaleza. Los evolucionistas son padres amorosos y ciudadanos de orden. El mismo Darwin fue una de las figuras más decentes y humanas de su época. Pero que da por ver si las reservas morales del instinto humano son más fuertes que el nuevo relativismo de valores. Una visión pesimista es que la cultura occidental, impregnada de indiferencia filosófica y científica por el bien y el mal, está consumiendo rápidamente su herencia de valores, el capital espiritual de su herencia judeocristiana.

Resulta irónico que esta última premonición ya no sea meramente material de trabajo para los teólogos. El objetivo declarado de los sociobiólogos es demostrar que todos nuestros ideales más elevados están basados en impulsos puramente pragmáticos destinados a la autoconservación genética. Aun así, algunos científicos son incapaces o no están dispuestos a rectificar y admitir que la vieja moral es cierta. El paleontólogo Stephen Jay Gould es uno de ellos.
Consciente de la imposibilidad de derivar valores a partir de hechos, ha intentado articular una nueva relación entre la ciencia darwinista y las creencias religiosas. Pregunta si acaso no hay manera de que la selección natural y la religión se puedan definir en términos mutuamente respetuosos y beneficiosos.

Gould propone lo que viene en llamar el “principio de magisterios no solapables” o NOMA[del inglés Non Overlapping Magisteria (N. del T.)]. Según este principio, tampoco es una solución limitarse a poner un mojón en la frontera que separa las ciencias biológicas y sociales –al estilo de “está usted entrando en terreno prohibido”– como Gould y otros acostumbran a hacer. Darwin, así lo hemos visto, fue el primero en extender la lógica de su teoría a cuestiones relacionadas con la religión y la moral. No negamos que se hubiera mostrado más reticente que muchos de los evolucionistas contemporáneos suyos; aunque la necesidad y las consecuencias filosóficas no fueron menores. Según declara Mary Midgley, «la teoría de la evolución no es un fragmento inerte de la ciencia teórica; también es, y esto de manera inevitable, una poderosa leyenda sobre los orígenes humanos.» De aquí se deduce que los científicos que «reclaman un cordón sanitario» que mantenga separados los hechos de los valores, los asuntos científicos de los humanos, estén reclamando algo que es «imposible tanto desde el punto de vista psicológico como lógico».31

Aun así, la apertura de Gould a la religión no es una mera disimulación. La lobotomía evolucionista del alma es la muerte de la bondad. Es más, el traicionero beso del materialismo anuncia la muerte de la razón. Si en nada hay un valor, el pensamiento carece de valor. Según Darwin, observa Jonas, tanto la comprensión clásica del hombre como homo animal rationale y la visión bíblica de la humanidad como una creación a la imagen de Dios están bloqueadas. Así pues, la razón queda limitada a ser uno más entre los medios destinados a la supervivencia del individuo:

«Como una mera habilidad formal, una extensión del ingenio animal, no establece directrices, sino que las sigue, y no es un modelo en sí misma, sino que es medida con modelos externos a su jurisdicción. Si existe una “vida de la razón” para el hombre (distinta del mero uso de la razón), solo se puede escoger la no-racionalidad, puesto que todos los fines se escogen no-racionalmente (caso de ser posible su elección). Por lo tanto, la razón carece de jurisdicción aun sobre su propia elección como algo más que un medio. Pero el uso de la razón como un medio es compatible con cualquier fin, independientemente de su irracionalidad. Esta es la implicación nihilista de la pérdida del “ser” del hombre que trasciende el flujo de progreso.»32

Ningún científico puede tolerar por mucho tiempo que se repudie la mente de este modo, por lo que, de alguna manera, los antiguos valores deben regresar subrepticiamente valiéndose de una puerta falsa. Gould se decanta por la puerta falsa de los sentimientos personales y escribe sobre la riqueza del Réquiem de Berlioz y la bondad del béisbol. El emotivo poder de la música y el juego, sugiere, nos basta para sostenernos en nuestro deambular por el desierto factual. Para que no insistamos en la necesidad de una lógica más rigurosa nos desorienta con el uso de una jerga difícil de entender («La ciencia y la religión se interdigitan según modelos de compleja digita-
ción en todos los grados fractales de autosimilitud»).33
Wright, sin embargo, intenta reclamar la moral tradicional mediante su parecido con la razón, diciendo que Cristo y Buda fueron los mayores gurús de la autoayuda. Pero esta búsqueda de la antigua sabiduría es fútil. Los evolucionistas han cortado de raíz la rama de la que se habían colgado. Lewis predijo las contorsiones que la educación debería llegar a hacer para acomodarse al molde materialista.

«Con una especie de horrenda estupidez, eliminamos el órgano y exigimos su función. Formamos hombres sin aliento y esperamos que sean virtuosos y emprendedores; nos burlamos del honor y nos sorprende que en nuestro medio haya traidores; castramos al semental y luego le exigimos
descendencia.»34

Vieja y nueva ortodoxia

¿Qué diremos de las pruebas? Muchos insisten que aquí está el meollo de la cuestión. Quizá nos disgusten las implicaciones filosóficas de la selección natural, pero, con todo, debemos responder por los datos factuales de manera intelectualmente honrada. Así las cosas, ¿qué alternativas nos quedan? Para muchos científicos y educadores no hay otra. La honradez intelectual fuerza la aprobación de la evolución según las directrices de Darwin puesto que las explicaciones materialistas son, por definición, las únicas racionales. Se nos dice que la selección natural quedó validada por individuos que perseguían metódicamente una vía empírica irrefutable. Por lo tanto, la veracidad del darwinismo es evidente en sí misma para cualquiera que haya peregrinado al museo adecuado para contemplar los huesos sagrados.

Por desgracia, este relato del éxito de Darwin, por más que se crea sinceramente o se haya esparcido ampliamente, se basa en una idea capciosa, en concreto, que el materialismo es un sistema de valores neutros para la interpretación de los datos factuales. El examen de los desafíos científicos que se presentan a la selección natural escapa al ámbito de este artículo (y a las capacidades del autor). Aun así, no es preciso ser un experto para detectar cierta palidez enfermiza, un resplandor extraño e insano, en declaraciones como la que el biólogo de Harvard Richard Lewontin expresa sobre la relación que existe entre las pruebas empíricas y la teoría de Darwin: «Nuestra disposición a aceptar las afirmaciones científicas que son contrarias al sentido común es la clave para entender la lucha real entre la ciencia y lo sobrenatural». Y continúa:

«Tomamos partido por la ciencia a pesar de la absurdidad patente de algunas de sus deducciones, a pesar de su fracaso en el cumplimiento de muchas de sus extravagantes promesas de salud y vida, a pesar deque la comunidad científica tolere historias infundadas, porque tenemos un compromiso previo con el materialismo. No es que los métodos y las instituciones de la ciencia nos fuercen de algún modo a aceptar una explicación material del mundo de los fenómenos, sino que, al contrario, nuestra adscripción previa a las causas materiales nos empuja a crear un aparato de investigación y un conjunto de conceptos que generen explicaciones materiales, por más que sean contrarias a la intuición, por más que desorienten a los no iniciados. Además, el materialismo es absoluto porque no podemos permitir que Dios cruce la puerta».35

La inferencia no puede ser más clara. Cuando los evolucionistas nos dicen que aceptemos alguna «historia infundada», a pesar de todas las razones que la contradicen, las pruebas y el sentido común, es claro que ya no están interesados principalmente en descubrir la verdad.

Su mayor objetivo es inculcar a los «no iniciados» el arcano de una ortodoxia religiosa muy específica.36 La palabra que define tal práctica religiosa es ‘fundamentalismo’.

Tomemos, pues, las pruebas empíricas reales en su justo valor. Los homínidos de aspecto humanoide, con un cerebro de escaso volumen existieron, en apariencia, durante tres millones de años. Entonces, ¿cómo se relaciona este hecho con el mecanismo de la selección natural de Darwin, el único que actualmente se admite en el discurso científico? ¿Cuáles son las dimensiones éticas de la teoría de Darwin según se relaciona con el desarrollo humano? ¿Cómo debemos entender la persistente conexión entre el darwinismo y el nihilismo en el campo de la filosofía? ¿Cuáles son las implicaciones sociales y políticas de ver el mundo a través de los ojos de Darwin, a través de la lente del materialismo filosófico? Las representaciones de los libros de texto del “hecho” de la selección natural han sido menos que las predicciones de que tal problema exista. El punto crucial del dilema es, según parece, que o los evolucionistas niegan el hecho de la moral o abandonan el materialismo como el paradigma que explica la naturaleza y los orígenes de la humanidad y muchas otras cuestiones colaterales. Muchos no están dispuestos a tomar una decisión tan valiente y, en su lugar, se limitan a no afrontar los problemas. Con todo, los problemas, como la abundancia de fósiles en la columna geológica, subsisten.

Permítaseme una última palabra sobre el Génesis y el pensamiento mitológico. A lo largo de este artículo he argumentado que la teoría darwinista es un callejón sin salida altamente corrosivo, pero no he dicho casi nada al respecto de cualquier otra vía alternativa o sobre mis propias creencias sobre los orígenes humanos. De hecho, puede haber numerosas respuestas alternativas dignas de ser exploradas, desde la teoría de la ley natural cristiana hasta la metafísica aristotélica. Estoy abierto a cualquier visión que se pueda extraer de todas ellas. Tampoco dudo que el mismo darwinismo puede enseñarnos alguna verdad; la selección podría explicar perfectamente la mayoría de la diversidad biológica. Un no-materialista, indicó G. K. Chesterton, puede admitir sin problemas una gran cantidad de desarrollo natural de acuerdo con las leyes físicas en su visión del mundo –solo el materialista puritano es incapaz de permitir que una mota de sobrenaturalidad manche su máquina impoluta–.

Sin embargo, mi propia herencia y mis estudios me han conducido a una posición que, probablemente, se pueda describir como “creacionista”. Uso la palabra con deliberación, aun a pesar de su desprestigiado pedigrí, no porque yo suscriba el literalismo encorsetado en la lectura de la Biblia, sino porque no puedo encontrar progreso alguno en la dicotomía hechos-sentido presentada por Gould y adoptada por los llamados teólogos del “proceso” tales como Reinhold Niebuhr (de cuya teología Stanley Hauerwas, con un efecto agradable pero devastador en sus últimas consecuencias, remonta los orígenes a Darwin pasando por William James).37 O la historia de la creación bíblica, en contraste con otros mitos de la creación, describe los contornos de un acontecimiento real o es una metáfora falsa, pura palabrería vacía. La historia, lo que ha sucedido en el continuo espacio-tiempo, tiene su importancia. Y tiene importancia no por nuestros pensamientos, sino por nuestros sentimientos, nuestras relaciones, nuestros valores y nuestras acciones.

La posición que defiendo está próxima, creo, a la de J. R. R. Tolkien, un escritor que entendió a la perfección el mito y la metáfora, y desaprobó el dogma del cientificismo como una Verdad descalificada. En una carta a su hijo Christopher escribió:

«Creo que la mayoría de los cristianos, excepto los más inocentes y faltos de educación o aquellos que han sido objeto de algún otro tipo de protección, se han visto mareados hace ya algunas generaciones por los que se erigen a sí mismos como científicos y han arrojado al Génesis dentro del desván de su cerebro como si se tratara de un mueble anticuado, cuya presencia en la casa resulta un tanto vergonzante cuando acuden visitas jóvenes e inteligentes. Me refiero incluso a aquellos que ni siquiera venden nada de segunda mano o lo queman tan pronto como el gusto empieza a burlarse de ellos. […] Por consiguiente, como tú dices, han olvidado (y me cuento entre ellos) la belleza del asunto aun “como una historia”.»38

Tolkien concluye que quizá la edad de la tierra y el preciso orden y la naturaleza de la creación no queden claros en los dos relatos de la creación del Génesis, pero el huerto del Edén y nuestro exilio solo tienen sentido en la medida en que los aceptemos como hechos históricos.

Fuente: SpectrumMagazine.com
Autor: Ron Osborn
Traducción: Daniel Bosch Queralt – Andrews University Seminary Studies – Ed. esp. Vol. 1, núm. 1 (2008): 271-296
Referencias: 1 Ver HEILBRONER R. The Worldly Philosopher: The Lives and Ideas of the Great Economic Thinkers. 7ª ed. New York: Touchstone Books, 1999, pp. 75-105.
2 DARWIN, C. El origen de las especies. A. Zulueta (trad.). Madrid: Alianza, 2003, pp. 122-123. [Consulta: 15 enero 2007]
3 DARWIN, C. El origen del hombre. Madrid: Edaf, 1989, 5ª edición junio 2001, p. 102.
4 Ibíd., p. 108. La cursiva es nuestra.
5 Ver BURROW, J. W. «Prólogo» de DARWIN, C. The Origin of Species.
6 MILL, J. S. On Liberty and Utilitarianism. New York: Bantam, 1993, pp. 144, 150. (El utilitarismo. [En línea]. [Consulta: 15 enero 2007].}
7 Ibíd.
8 WRIGHT, R. The Moral Animal. New York: Vintage (1994), p. 88.
9 DARWIN, C. El origen del hombre, p. 122.
10 MILL, J. S. Utilitarianism, pp. 153-154.
11 DARWIN, C. El origen del hombre, p. 124.
12 Ibíd., pp. 126-127.
13 LEWIS, C. S. The Abolition of Man. New York: Macmillan, 1955, p. 41. Soy consciente de que Lewis no es un literalista bíblico. Aun así, sus contundentes declaraciones al respecto de la idea de la evolución orgánica no debilitan su crítica a lo que varios han llamado “la ortodoxia darwinista”, “la visión científica” o “el naturalismo moderno”. En su ensayo titulado «Is Theology Poetry?» escribió: «Estoy convencido de que al cambiar el punto de vista científico por el teológico he pasado del sueño a la vigilia. La teología cristiana puede ser adecuada para la ciencia, el arte, la moral y las religiones subcristianas. El punto de vista científico no puede adecuarse a ninguno de ellos, ni siquiera a la ciencia misma». Ver LEWIS, C. S. «Is Theology Poetry?». En: They Asked for a Paper. London: Geoffrey Bles, 1962, p. 211.
14 LEWIS, C. S. The Abolition of Man, p. 41. Énfasis en el original.
15 DARWIN, C. El origen del hombre, p. 118. Énfasis en el original.
16 DARWIN, C. El origen de las especies, p. 279.
17 DARWIN, C. El origen del hombre, p. 102.
18 DENNET, D. C. Darwin’s Dangerous Idea: Evolution and the Meanings
of Life. New York: Simon and Schuster, 1995, p. 509.
19 DARWIN, C., citado en WRIGHT, R. The Moral Animal, p. 350.
20 Ibíd., p. 328. Debemos notar que el propósito de Wright no es criticar, sino defender la visión de Darwin y rescatar la sociobilogía de su exilio en los páramos del discurso académico siguiendo las catástrofes gemelas de eugenesias raciales americana y nazi.
21 NIETZSCHE, F. Más allá del bien y del mal. Madrid: Alianza, 1972, p. 73.
22 Ibíd., pp. 88-90.
23 NIETZSCHE, F. The Portable Nietzsche. Walter Kaufmann, W. (trad.).
New York: Viking, 1954, p. 563.
24 NIETZSCHE, F. Más allá del bien y del mal, p. 69.
25 Ver, p. ej., GLOVER, J. Humanity: AMoral History of the Twentieth Century. New Haven (Connecticut): Yale University, 1999, pp. 11-44.
26 MOORE, J. «Nietzsche’s Anti-Darwin», un estudio presentado en la 11ª Asamblea Anual de la Friedrich Nietzsche Society, Emmanuel College, el 8 de septiembre de 2001.
27 JONAS, H. The Phenomenon of Life. Evanston (Illinois): Northwestern University, 1966, p. 47.
28 NIETZSCHE, F. Der Wille zur Macht, citado en MOORE, J. «Nietzsche’s Anti-Darwin».
29 DENNET, D. C. Darwin’s Dangerous Idea, p. 62.
30 GOULD, S. J. Rocks of Ages: Science and Religion in the Fullness of Life. New York: Ballantine, 1999, pp. 4, 6, 9-10.
31 MIDGLEY, M. Evolution as Religion: Strange Hopes and Stranger Fears. London: Routledge, 1992, p. 1, 15-21. No cabe duda de que, en algún sentido, es posible hablar de algunas materias científicas y religiosas
en las que los respectivos campos de actuación se mantienen en el ámbito de «esferas no solapadas». Aun así, la postura de Midgley es consistente. Solo podemos valorar las cosas en el marco de un contexto factual que haga posible la inteligibilidad de nuestra valoración, mientras que solo es posible entender y ordenar los hechos físicos en un marco de valores y creencias. Por tanto, ni los hechos ni los valores pueden ser concebidos como separados radicalmente. Además, la teoría de la evolución según la selección natural, en sí misma, no es un amasijo desordenado de hechos. Es una conjetura histórica mediante la cual los datos factuales se conectan, se ordenan y se valoran. En otras palabras, es una visión del mundo generada desde el lado de la ecuación en que se encuentran “los valores y el sentido”. El NOMAde Gould dice que todos nuestros problemas desaparecerán cuando aprendamos a considerar más de una visión del mundo a la vez. Por desgracia, este remedio no es más que un pobre placebo cuando la cuestión se centra en el conflicto entre las visiones materialistas y no materialistas.
32 JONAS, H. The Phenomenon of Life, p. 47.
33 GOULD, S. J. Rocks of Ages, p. 65.
34 LEWIS, C. S. The Abolition of Man, p. 35.
35 LEWONTIN, R., citado en BUDZISZEWSKI, J. The Revenge of Conscience. Dallas: Spence, 1999, p. 6.
36 En MIDGLEY, M. Evolution as Religion…, p. 33, leemos el comentario no poco vivaz: «La evolución es el mito de la creación de nuestra época».
37 HAUERWAS, S. With the Grain of the Universe: The Church’s Witness and Natural Theology: Being the Gifford Lectures Delivered at the University of St. Andrews in 2001. Grand Rapids (Michigan): Brazos,
2001, pp. 49, 61, 77-78.
38 TOLKIEN, J. R. R. The Letters of J. R. R. Tolkien. Boston: Houghton Mifflin, 1981, p. 109.

La explicación darwinista de la moral y la ética queda incompleta

La explicación darwinista de la moral y la ética queda incompleta

La revista mexicana Ludus Vitalis aborda de forma interdisciplinar esta revolución científica interminable

Una de las cuestiones más debatidas en la obra de Darwin es la peligrosa extrapolación de sus ideas a las ciencias sociales. Para Darwin, ¿puede fundamentarse en la Selección Natural la aparición de comportamientos morales? ¿Explica la biología el amor y el altruismo? Un conjunto de artículos publicados en un número monográfico sobre Charles Darwin de la revista mexicana Ludus Vitalis (volumen XVII, número 32 de 2009) aborda de forma interdisciplinar estas cuestiones. Este número monográfico de la revista está en la red y puede ser consultado completo por los interesados. Los editores han logrado reunir las opiniones de destacados especialistas, tanto desde el campo de las ciencias de la naturaleza como desde las ciencias sociales. Por Leandro Sequeiros.

La revista mexicana Ludus Vitalis nació con el objetivo de convertirse en un lugar profesional de reunión y diálogo de reflexiones teóricas acerca de las ciencias de la vida. Ese propósito lleva a ocuparnos de las ideas sobre los seres vivos y del peso que aquellas tienen en nuestro mundo. Para ello, qué mejor ocasión por su magnitud y alcance que la doble conmemoración en este año de Charles Darwin: los dos siglos que se cumplen de su nacimiento y el siglo y medio de la aparición de su libro más notable, donde expone la teoría de la evolución por selección natural.

Una publicación como Ludus Vitalis no puede permitirse sólo el recuento anecdótico ni la remembranza veneradora de Charles Darwin. Está obligada a convocar a la reflexión rigurosa sobre los elementos cruciales de la propuesta darwinista, tanto la solidez de sus fundamentos como la de su carácter abierto y en permanente renovación.

En este número especial de Ludus Vitalis dedicado a Darwin se incluye un escogido y selecto grupo de artículos redactados por especialistas que permiten prestar especial atención a los claroscuros de la teoría: a su luminoso poder explicativo y a sus zonas borrosas, a sus dificultades, a sus tensiones y paradojas, a la complejidad de los procesos en los que a la determinación se le suma el azar.

El darwinismo y sus secuelas han mostrado con creces que la obra que nos ha sido legada por Darwin está viva y conoce múltiples formas de desarrollo. Ya sea, por ejemplo, el papel del evo-devo, los modelos de la teoría de juegos, los enigmas de la expresión genética o la emergencia de una complejidad creciente en un mundo en el que la idea misma de progreso es sospechosa, las ideas centrales de Darwin han sido una y otra vez sometidas a la crítica, a la prueba, a la reinterpretación y al ajuste. Presentamos nuestros lectores las ideas más esenciales de este volumen al que se ha añadido el pdf de cada artículo para disfrute del lector.

En el centenario de Darwin

El biólogo español residente en EEUU, Francisco J. Ayala, abre este volumen con un artículo introductorio en el que avanza tres proposiciones. La primera es que la contribución intelectual más significativa de Darwin es que llevó el origen y la diversidad de los organismos al dominio de la ciencia. La revolución copernicana consistió en un compromiso con el postulado de que el universo está gobernado por leyes naturales que explican los fenómenos naturales. Darwin complementó la revolución copernicana extendiendo ese compromiso al mundo viviente.

La segunda proposición es que la selección natural es un proceso creativo que puede explicar la aparición de novedad genuina. El proceso creativo de la selección natural se muestra con un ejemplo sencillo y se aclara con dos analogías, la creación artística y los “monos mecanógrafos”, con las que comparte similitudes y muestra diferencias importantes. Dicho poder creativo emerge de una interacción distintiva entre azar y necesidad, o entre procesos al azar y determinísticos.

La tercera proposición concierne la naturaleza del método científico, sus virtudes y sus límites. Si queremos interpretar a Darwin hoy, es necesario hacerlo desde las categorías de lo que se entiende por “Teoría científica”, por “evolución”, por “ciencia” y por “hipótesis”.

La revolución científica interminable: de Copérnico en adelante, haciendo hincapié en Darwin

El profesor Carlos Castrodeza, nos ayuda en su artículo a situar a Darwin dentro del marco de los grandes paradigmas científicos. ¿Es comparable la revolución científica de Darwin a la anterior de Copérnico y a la posterior de Einstein?

Castrodeza concluye: “¿qué se puede esperar desde la proyección naturalista que Darwin iniciara subrepticiamente y que se ha impuesto como la metafísica básica que ilustra a todo Occidente? Es de temer que, contrariamente a las previsiones del mismo Darwin, la selección natural no obra para el bien progresivo de sus victimas, que somos todos, sino para el bien del que en momentos difíciles tira por la calle de en medio ‘caiga quien caiga’, o sea, que a no ser que una pandemia por venir se lleve a media humanidad por delante, podemos esperar lo peor y, más que desafortunadamente, ya no cabe ni siquiera rezar como solución de emergencia de los momentos más desesperados.

Tenemos ciencia y tecnología pero, a la postre, esos son sólo instrumentos de supervivencia con un grado de refinamiento extremo si queremos considerarlo así, pero son esos instrumentos de supervivencia para entes como nosotros, cuyo objetivo es sobrevivir a toda costa en nuestro material genético. O sea que desde la perspectiva ortodoxa presente del ‘gen egoísta’, por no ser ni siquiera somos”.

El debate entre Cuvier y Geoffroy, y el origen de la homología y la analogía

Para entender el lugar social de las ideas de Charles Darwin en el contexto de los paradigmas científicos de su época, es muy conveniente reflexionar sobre iuna de las controversias anteriores a Darwin. El debate entre Georges Cuvier y Geoffroy ilumina algunos conceptos que pasarían luego a las ciencias sociales y que Darwin explica desde la Selección Natural. Los profesores Carlos Ochoa y Ana Barahona (Estudios Sociales de la Ciencia y la Tecnología, Facultad de Ciencias, Universidad Nacional Autónoma de México) repasan las implicaciones sociales de este debate. Este debate tuvo lugar entre 1829 y1830 (cuando Darwin preparaba su viaje alrededor del mundo).

Georges Cuvier (1769-1832) y Étienne Geoffroy de Saint-Hilaire (1772-1844) se enfrentaron durante dos meses en un choque de opiniones acerca de la comprensión de la anatomía animal, dentro del marco de la controversia del formalismo y el funcionalismo. Tuvo lugar en el seno de la Academia de Ciencias de París y fue publicado posteriormente como Principes de Philosophie Zoologique.

Aunque el debate quedó sin concluir, la difusión del mismo colaboró al conocimiento de los conceptos de homología y analogía. Dentro de las ciencias sociales, el debate trascendió en torno a las relaciones entre estructuras sociales y funcionamiento de las estructuras sociales. Y dentro de la filosofía marxista, ¿cuál es el valor del individuo y cuál es la función de la sociedad? ¿Es el individuo, su cultura y sus valores, fruto de su interacción con el sistema social? ¿quién determina a quién?

Siguen varios artículos de temas diversos sobre Darwin y su obra y nos encontramos con varios trabajos que tocan las relaciones entre el darwinismo y sus implicaciones filosóficas:

Darwin’s legacy: A comparative approach to the evolution of human derived cognitive traits;

Darwin and some leading ideas of contemporary western cultura;

La vigencia del darwinismo. Hacia una integración biosemiótica;

The problem of constraints on variation, from Darwin to the present;

Evolución: ¿Una teoría?;

Evolución y registro fósil: Hacia una perspectiva más amplia;

Philosophy of science in an age of Neo-Darwinian apologetics;

Darwin como noticia. La imagen de Darwin a través de los medios de comunicación en el bicentenario de su nacimiento.

Darwinismo y ciencias sociales

Un grupo de profesores de la UNED de España, de la Facultad de Ciencias Políticas y de la Escuela de Ingenieros de Madrid, presentan el provocador ensayo titulado Una interpretación evolucionista de la cultura.

En su opinión, Darwin ha sido uno de los científicos más influyentes en el desarrollo de las ciencias contemporáneas, a la altura de otras figuras señeras como I. Newton o A. Einstein. Su contribución más reconocida es, por supuesto, el concepto de selección natural, que permitió la identificación de un mecanismo no teleológico capaz de explicar la irrupción del orden y la complejidad en la naturaleza, también han sido muy relevantes sus aportaciones al pensamiento poblacional y la defensa de una posición nominalista a la hora de definir el concepto de especie. Sus contribuciones han marcado el desarrollo de innumerables áreas del conocimiento biológico como la microbiología, la paleontología, la genética de poblaciones, la etología, la ecología o la neurología, entre otras.

Además, al contrario que la mayoría de sus contemporáneos, incluyendo al codescubridor del concepto de selección natural, A. R. Wallace, Darwin apostó con firmeza por la posibilidad de encontrar una explicación evolutiva para el origen y naturaleza de las facultades morales e intelectuales del hombre, un nuevo abordaje capaz de mostrar que el principio de selección natural es la llave para entender la naturaleza humana, sin necesidad de recurrir a la intervención de principios espirituales o de reproducir, por enésima vez, las soluciones dualistas al problema de la interacción entre materia, orden y vida.

Expresado de una forma más actual, Darwin creyó posible comprender la cultura y la organización social de las poblaciones humanas, al menos parcialmente, desde un punto de vista naturalista, es decir, a partir de la investigación de las condiciones psicobiológicas que hacen del hombre un ser social, un ser de cultura(s).

Por ello, su influencia ha trascendido el campo de la biología para influenciar otros como la medicina, la psicología, la economía o la sociología, dotándolos de una profundidad temporal y de una heurística nueva y poderosa. No obstante, a pesar de la fuerza que cobraron las ideas darwinistas en las décadas siguientes a la publicación de sus dos obras más relevantes (El origen de las especies y La descendencia del hombre), lo cierto es que el darwinismo no tuvo una acogida favorable entre la mayor parte de los pensadores que, por aquel entonces, construían los cimientos de las disciplinas sociales. Más bien al contrario, la biología desplegó unas aterradoras afinidades electivas que instalaron el darwinismo —más spenceriano que darwinista— en los cenagosos territorios del racismo, el clasismo y la xenofobia.

Para muchos, esta perturbadora afinidad con los más rancios ideales del etnocentrismo occidental (victoriano, germano o de cualquier otra procedencia) fue razón suficiente para desestimar la consideración de la naturaleza humana como parte de la ciencia social. Sin embargo, bien considerado, el conflicto que latía en el fondo de este asunto contenía, cuando menos, dos factores añadidos.

Darwin y la naturalización de las ciencias de la cultura

Como continuación de las ideas anteriores, el profesor Juan Ramón Álvarez (del departamento de Psicología, Sociología y Filosofía de la Universidad de León) aborda la problemática de si Darwin naturalizó la cultura. En su trabajo, De aquel Darwin tan singular al darwinismo universal: La problemática naturalización de las ciencias de la cultura indaga sobre la posibilidad ontológica de hablar de un “Darwinismo Universal”, un paradigma que puede extenderse a todas las ramas del conocimiento humano. ¿Logró Darwin, a partir de sus ideas científicas, naturalizar” la cultura? ¿Es la cultura una actividad humana reductible a la biología? Esta cuestión ha sido tratada en otras ocasiones en Tendencias21.

Esta posibilidad se analiza desde tres puntos de vista diferentes: primero, el propuesto por Mesoudi, Whiten y Laland para la unificación de las ciencias de la cultura de modo paralelo a la unificación de las ciencias biológicas basadas en los principios de variación, herencia y selección natural. El segundo punto de vista, contempla el problema siguiendo el concepto de “meme” de Richard Dawkins, entendiendo la cultura como un proceso de selección natural de conductas transmitidas en un grupo humano. El tercer punto de vista es el que han elaborado Hodgson y Knudsen en su programa para una economía basada en el evolucionismo. Postulan la existencia de una ontología abstracta darwinista en términos de teoría económica. La conclusión del autor de este trabajo es que aún no existe unanimidad sobre la naturalización de la cultura en Darwin.

Adrián Medina Liberty (profesor de Psicología en la UNAM de México) vuelve sobre el tema de Darwin y su influjo en las ciencias sociales y en la cultura. Su estudio, Evolución, sociedad y cultura, parte del hecho de que la autoridad de Darwin ha sido tal que, durante décadas, la evolución fue vista a través del exclusivo prisma de la biología, aunque se solía admitir que otros factores, como los sociales y culturales, podrían haber cumplido también un papel importante. Aún así, los análisis continuaron ciñéndose al perímetro de la biología, especialmente después de los sorprendentes descubrimientos proporcionados por la genética, que confirmaban a posteriori muchos de los supuestos darwinianos.

En este breve ensayo, se pretende ponderar más fehacientemente aquellos aspectos sociales y culturales que, específicamente, colaboraron para que durante el largo proceso de hominización emergiera la moderna mente humana. La argumentación se centra en dos núcleos: primero, se discute lo que generalmente se entiende por relaciones sociales e intenta distinguirlas de las relaciones culturales. Esta distinción—que no separación— es vital para el segundo aspecto, que se refiere a la génesis y desarrollo de la mente humana dentro de este esquema de relaciones.

El peligroso Darwin y las ciencias sociales

Cinco artículos de este número monográfico de Ludus Vitalis intentan ahondar en las consecuencias del darwinismo en las ciencias sociales. Antonio Gomila (del grupo de Evolución y Cognición Humana de la Universidad de las Islas Baleares) presenta su estudio titulado El peligroso Darwin y las ciencias sociales.

Según ha señalado Daniel Dennett en su libro La peligrosa idea de Darwin (2005), más allá de la posición que ocupa Darwin en la historia de la biología, el germen de su originalidad como científico radica en haber imaginado un modo de explicación que no requiere de la intervención de un diseñador, de un ingeniero. El orden, el diseño, se explican evolutivamente, es decir, simplemente como resultado de un proceso de variación, selección y replicación: un tipo de explicación revolucionario —y, por tanto, peligroso. Además la relevancia histórica de su figura tiene mucho que ver con las implicaciones para los humanos de su teoría de la evolución por selección natural. Es esta dimensión la que convierte a Darwin en un hito de la historia de las ideas, en un pensador más que revolucionario, subversivo.

Por su parte, Bruno Estañol (investigador en el Laboratorio de Neurofisiología en México) ahonda en las tesis de Dawkins en su artículo La evolución cultural del hombre. ¿Una forma de transmisión darwiniana?.

En su opinión, el homo sapiens fue durante una larga etapa de su historia un superviviente que se dedicaba a la caza, la pesca y a colectar raíces y frutos. Todas estas actividades requieren la invención y el uso de ciertas técnicas y conocimientos transmitidos de unos a otros gracias al lenguaje.

Hace doce mil años, la agricultura constituyó una importante revolución cultural que dotó a los humanos de la posibilidad de aumentar los recursos alimenticios y al mismo tiempo diversificar sus actividades. Unos cinco mil años antes de nuestra era, se produjo la segunda gran revolución cultural con la invención de la escritura. De este modo, la información podía ser transmitida mediante símbolos situados fuera del cuerpo.

Aparece la información extrabiológica y la evolución cultural se beneficia de una rápida aceleración. Aunque es difícil pensar cómo la información cultural pudo ser trasmitida a través de segmentos de información (tales como los “memes”), es posible que las palabras, los números y las notas musicales pudieron ser considerados unidades básicas muy importantes de transmisión cultural. Sin embargo, la transmisión de ideas escritas, conceptos, técnicas y pautas artísticas puede ser considerada como los hitos más importantes de la evolución cultural humana.

Pero, ¿explica el darwinismo la evolución de estos hitos culturales? ¿Se trata sólo de aparición al azar de innovación seguida de una selección natural de técnicas? ¿No hubo en los humanos primitivos un atisbo de intencionalidad en las innovaciones? Llegamos aquí a una de las preguntas más complejas de la moderna antropología: la emergencia de pautas de conducta humana no regidas por el simple azar.

Darwin y la facultad (no tan) humana del lenguaje

La emergencia de las pautas culturales están muy condicionadas por el lenguaje. ¿Es una facultad exclusivamente humana? ¿Explica el darwinismo la aparición del lenguaje articulado? Estas son algunas de las preguntas que se hace el profesor Guillermo Lorenzo (del Departamento de Filología de la Universidad de Oviedo) en su trabajo Darwin y la facultad (no tan) humana del lenguaje. Estas mismas preguntas las intenta responder la profesora Angèle Kremer-Marietti (del grupo de Estudios Epistemológicos de Paria) en su trabajo Darwin et le langage.

Pero la existencia de un lenguaje articulado remite a la capacidad de emisión de juicios morales. ¿Cuándo aparece la conciencia de sí mismo? ¿Explica la biología darwinista la aparición del “yo”, de la autoconciencia, de la capacidad de diferenciar el bien del mal, el desarrollo de las pautas morales? ¿Son simple convención o están exigidas por la misma naturaleza biológica humana?

El profesor Andrés Moya (Instituto Cavanilles de Biodiversidad y Biología Evolutiva, Universidad de Valencia) en su artículo Biología de la vida y la conciencia: A propósito de Darwin y Franz M. Wuketits (profesor del Departamento de Filosofía de la Universidad de Viena) en su contribución a este monográfico, Charles Darwin and modern moral philosophy, insisten en aspectos reduccionistas.

Para ellos, Charles Darwin puede considerarse como uno de los más destacados defensores de una aproximación evolucionista a las éticas o a la filosofía moral. Como muchos evolucionistas de su tiempo, extendió la teoría de la evolución por selección natural a los fenómenos morales. Argumentaba que tales fenómenos están profundamente arraigados en la naturaleza humana y que los humanos se guían por “instintos sociales”. También, sostenía que con la ayuda de la inteligencia podemos los humanos estrechar y refinar nuestra simpatía natural hacia los otros. Darwin creía en el progreso moral, defendía que las ideas de justicia y solidaridad daban soporte a un humanismo evolucionista.

Desde nuestro punto de vista, este enraizamiento de la moral y la ética en la biología evolucionista necesita matizaciones. Ya en los años 80 del siglo pasado, el biólogo Francisco J. Ayala insistía en que hay dos procesos diferentes. Por un lado, los procesos naturales de la evolución del cerebro y de la conciencia humana van preparando y sosteniendo la capacidad ética y moral de los humanos. Pero los principios morales, las normas, la conducta, la diferencia entre el bien y el mal es una elaboración posterior del grupo humano que va construyendo los principios básicos de la convivencia. Desde el punto de vista filosófico, la moral no procede de la biología, sino que procede de la emergencia de los sistemas de valores, y sobre todo del valor del otro, y la naturaleza del amor, que no se basan en la selección natural. Sin embargo, aún quedan aspectos para aclarar que escapan a este trabajo y nos referimos a otros artículos de Tendencias21.

Leandro Sequeiros San Román, Catedrático de Paleontología y profesor de Antropología Filosófica, es Colaborador de la Cátedra CTR. Facultad de Teología, Granada

Sábado 16 Enero 2010
Leandro Sequeiros

http://www.tendencias21.net/La-explicacion-darwinista-de-la-moral-y-la-etica-queda-incompleta_a3999.html

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