Apologetica católica XXIX

Apologetica católica XXIX

LOS MILAGROS

NO SE TRATA aquí de si hoy día se realizan milagros. Todos los que creemos en la Biblia admitimos el hecho de que se obraron milagros en los tiempos bíblicos, y no hay base alguna en la Escritura que indique que los milagros terminaron con la era apostólica.

Roma afirma que ella es la única que tiene la confirmación de un milagro continuado, y considera esto como la prueba de que ella es la única verdadera iglesia de Cristo en la tierra. Esta es la causa por la que ella da tanta importancia a los milagros. Es cierto que la mayoría de las iglesias protestantes no reclaman para sí los muchos milagros de que Roma hace alarde; pero está muy lejos de la realidad decir que en ellas no se den algunos. Dios escucha las oraciones de sus hijos y las contesta aun en nuestros días, lo cual en sí es milagroso. Tal es el caso del orfanatorio que George Muller estableció en Bristol, que se fundó con el doble propósito de albergar los muchos niños necesitados de aquel tiempo, y demostrar que Dios es un Dios que oye las oraciones de los que creen en sus promesas. George Muller pasó a estar con su Señor hace mucho tiempo, pero el orfanatorio continúa, y los que están al frente de él continúan basándose en el principio de no dar a conocer sus necesidades más que a Dios. Durante un siglo se han cubierto estas necesidades sin falla, y con tanta frecuencia han llegado los donativos exactamente a tiempo que no se puede atribuir a una mera coincidencia. Esta es una de tantas instituciones que dan testimonio del íntimo conocimiento y cuidado de Dios. El es fiel a todos los que cumplen su voluntad y confían en él completamente, sean protestantes o católicos, aunque la fe de estos últimos en Dios este cubierta con muchas supersticiones inútiles que son producto de la ignorancia. “Jehová mira el corazón” (I Sam. 16:7), y donde él ve la fe viva y verdadera en él, puede obrar y de hecho obra en favor de los que le imploran, y obrará un milagro si es necesario. No debemos, pues, sorprendernos si se realizan algunos milagros en la iglesia romana, aunque la mayor parte de ellos sean espurios.

Sin embargo, debemos tener en mente algunas cosas:

1.      Los milagros de la Biblia no ocurrían de continuo. Generalmente se hallan agrupados, y aparecen al principio de una nueva dispensación, o en tiempos de crisis: por ejemplo, cuando Israel salió de Egipto; en los días de Elías y Eliseo; durante la cautividad de Babilonia; y en los tiempos de nuestro Señor y durante la era apostólica. En todos estos tiempos fueron frecuentes los milagros.

Desde Adán hasta la muerte del apóstol Juan pasaron unos 4.000 años, y en este largo lapso de tiempo hubo algunas ocasiones en que figuraron los milagros de manera prominente, pero fueron pocas y de corta duración. Una vez que el evangelio fue confirmado “con muchas pruebas indubitables” (Lucas 1:14; Hechos 1:1-3), no existió la misma necesidad del testimonio de los milagros que se perciben por los sentidos, y aunque no podemos decir, como lo dijeron algunos padres de la iglesia primitiva, que había pasado el tiempo de los milagros, no podemos menos de admitir que han sido menos frecuentes que lo que fueron en otro tiempo Del siglo cuarto en adelante los milagros ocuparon una vez más un lugar más prominente, y siguieron aumentando con el correr de los años, hasta que llegó el tiempo en que se exigieron por lo menos cuatro milagros para que un santo pudiera ser canonizado. Si se ha de juzgar a los santos con este criterio, tenemos que concluir que otros santos católico-romanos han sido más grandes que Juan el Bautista, quien “ninguna señal hizo” (Juan 10:41).

2.      Esta “corriente” de milagros no se puede comparar en su calidad espiritual con los milagros del Nuevo Testamento, que tuvieron siempre un valor práctico, ya fuera ayudando, avisando o castigando, según fuera el caso. Ninguno de estos elementos se encuentra en los milagros católico-romanos.

3.      Los milagros de la Biblia casi en su totalidad vienen a confirmar todo el conjunto de la revelación divina, mientras que los milagros católico-romanos son testimonio de cosas particulares, como una reliquia o un santuario; o tal vez vienen en apoyo de una doctrina particular, como el purgatorio.

Los milagros de la Escritura poseen una sencillez y dignidad que atraen e inspiran mayor fe en Dios, mientras que los de la iglesia romana con frecuencia no son más que pura ostentación, no sólo indigna de Dios, sino también indigna de los hombres, por el elemento mágico que causa la admiración y no por el milagroso que incita al culto. ¿Qué valor espiritual puede haber en un crucifijo que inclina su cabeza ante el que le está adorando, o en una virgen que mueve los ojos, o un cuadro de la Madona en Polonia que en 1949 derramó lágrimas de sangre por los sufrimientos de la iglesia en aquel país? Se nos dice que un sacerdote enjugó sus lágrimas, pero éstas brotaron de nuevo, y millares de personas fueron allí a orar ante el cuadro y traerle dones.

En una iglesia de Nápoles hay dos frasquitos que se guardan en un estuche y que, según dicen, contienen la sangre de un santo. Normalmente esta sangre tiene la forma de un polvo muy fino, pero se torna líquida tres veces al año: el primer sábado de mayo, y los días 16 de septiembre y de diciembre. Por lo menos esto es lo que se dice. Después de volverse líquida, es llevada por las calles en solemne procesión que encabezan un cardenal y otros dignatarios de la iglesia. A los que adoran esta reliquia se les promete la libertad de todas calamidades. El estuche está sellado y no se permite que sabio alguno examine el contenido de los frascos. Todo hay que aceptarlo de buena fe.

4.      Muchos de los milagros de Roma, verdaderos o falsos, tienden a aumentar la riqueza y el prestigio de la iglesia, y conducen a los adoradores a una más profunda superstición. Uno de los lugares de peregrinación más famosos del mundo es Lourdes, que es visitado todos los anos por centenares de millares de peregrinos, algunos de los cuales van en busca de su curación, otros con espíritu de adoración, y muchos más por mera curiosidad, coma turistas. Una aldeana de la localidad, de catorce años de edad, dijo que había visto a la Virgen en la gruta el día 11 de febrero de 1958. Se dijo que al mismo tiempo brotó una fuente de agua, y millares de personas han ido desde entonces a ver el milagro. Al agua se le atribuyen propiedades curativas en virtud de los méritos de la virgen. Se levantó una iglesia sobre la gruta y la fama del santuario se extendió grandemente. Algunos dijeron que habían sido curados y dejaron allí sus muletas. La proporción de los que dicen haber sido curados es muy pequeña, y la opinión médica está dividida acerca de la realidad de los resultados. Un corresponsal especial del Daily Telegraph de Londres escribió con fecha 12 de febrero de 1958 que en los cien años que habían pasado la iglesia romana había reconocido como milagrosas 54 curaciones en Lourdes. Ahora se requiere un informe completo del médico del peregrino, y que una comisión médica declare que la curación es médicamente inexplicable. No cabe la menor duda de que muchos de los que allí van lo hacen con espíritu de verdadera devoción, a pesar de lo cual tienen que regresar a sus casas como habían venido. Como todo ello se ha comercializado ampliamente, lo que es absolutamente cierto es que los peregrinos y los turistas dejan grandes entradas a la iglesia católico-romana y los habitantes del lugar. El día del centenario el Cardenal Gerlier, Arzobispo de Lyons y Primado de las Galias, cantó una misa solemne en presencia de 17 obispos, de los cuales 10 habían venido de extranjero, y por radio se trasmitió desde Roma una congregación de 40.000 personas la recitación del angelus por el Papa. Se espera que en este año (1958) visiten Lourdes unos seis millones de peregrinos, que ocuparán las 25,000 camas que hay en 600 hoteles y pensiones de la ciudad y alrededores. Se supone que cada peregrino y turista gaste entre 5 y 10 libras esterlinas (catorce a veintiocho dólares) en la compra de rosarios y otros recuerdos religiosos. Sólo la ciudad de Lourdes ha gastado 2,000,000 de libras esterlinas (5,00.,00 dólares) en los últimos diez años para ampliar los lugares de estacionamiento de automóviles y alargar las pistas de aterrizaje, etc.

No tenemos más que colocar lado a lado los milagros de nuestro Señor con lo que se hace en Lourdes, y el empeño que él tuvo en evitar el clamor popular, para notar el contraste.

Manifestaciones semejantes a estas se han realizado en México, Cuba, Argentina, Chile y Portugal, y la iglesia de Roma afirma que todas ellas son manifestaciones de María, aunque localmente reciban diversos nombres.

Entre los no-romanistas no es tan conocido el uso de escapularios y medallas que se llevan sobre en cuerpo. Estos no son más que amuletos para ahuyentar influencias malas, que hacen al que los lleva participante de los méritos de la orden religiosa que los reparte, a pesar de todas las protestas que Roma hace en contrario. El escapulario, que se usa como vestido, está compuesto de una pieza de tela que tiene una abertura en el medio para meter por ella la cabeza, quedando los dos extremos colgando sobre el cuerpo, uno atrás y otro adelante. Con el correr del tiempo este escapulario ha quedado reducido a dos piececitas de tela de lana de unos siete centímetros por cinco, una de las cuales cuelga sobre el pecho y la otra sobre la espalda por medio de unas cintas que pasan por los hombres. Los colores varían según las diversas órdenes religiosas: unos son blancos, otros azules, o rojos, o púrpuras, etc. En la tela se hallan impresas o bordadas las representaciones de la virgen o de la cruz. Están autorizados dieciocho modelos de estos amuletos, y sólo se permite llevar cinco de ellos al mismo tiempo. El más popular es el de la orden carmelitana, que se fundó en 1156. Hoy día lo puede llevar cualquiera, y son unos dos millones de personas las que lo usan. El que lo lleva y se conserva puro y reza diariamente las oraciones prescritas tiene seguros dos favores:

a.       Su cuerpo se libra de todas las calamidades y de los ataques del diablo.

b.      Se salva su alma. El Papa Clemente tuvo una visión de la Santa Madre en el siglo doce, en la que se le aseguró que ella baja todos los sábados al purgatorio y saca de allí a todas las almas que llevan su escapulario.

En el año 1911 se acuñó una medalla que tenía grabada en un lado el sagrado corazón y en el otro la imagen de la virgen. Esta medalla puede usarse en reemplazo del escapulario, y se obtienen los mismos méritos, pero es menester comprar una nueva medalla cada año, y en algunos casos se exige que se haga también una contribución mensual.

Otro amuleto que no es tan popular es el agnus déi, que se compone de discos de varios tamaños, hechos con la cera que queda de las velas que se usan en el culto. En un lado estos discos llevan impresa la figura de un cordero y de una cruz, y en el otro las armas del papa o la figura de un santo. Estos discos son preparados y bendecidos por el papa en el primer año de su pontificado, y cada siete años después. Algunos de ellos se conceden a los cardenales o personas de rango y distinción, y en la bendición que se pronuncia sobre ellos se hace especial mención de la libertad que dan de los peligros de fuego, inundación, tormentas, pestilencias y del parto. La misma Roma admite que éstos se introdujeron probablemente como un sustituto cristiano de los amuletos paganos comunes en Roma en el siglo quinto.

4.      El milagro que Roma admite es el más grande de todos es el que se realiza casi continuamente en cada momento en muchísimos lugares de todo el mundo, cuando la hostia y el vino se convierten en el real cuerpo y sangre de nuestro Señor, al pronunciarse las palabras de la consagración para ser ofrecido a Dios y comido por los que comulgan. Este milagro, sin embargo, no tiene base alguna científica. Antes de poder aceptar esto como verdadero, se tiene que negar toda facultad de percepción que se usa en los juicios diarios. Dios no nos pide tal cosa sino que nos da la facultad de observar y raciocinar para que la usemos. La fe está sobre la razón, pero no está contra ella. Cuando va contra ella se convierte en credulidad y superstición.

Apologética católica XXVIII

Apologética católica XXVIII

LAS FORMAS DEL CULTO

“La hora viene, cuando ni en este monte, ni en Jerusalén adoraréis al Padre. La hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren. Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren.” (Juan 4:21, 23,24).

LA IGLESIA DE ROMA da mucha importancia y magnificencia a los lugares del culto, y hay muchas cosas en las formas de su culto que no tuvieron lugar en la iglesia de los tiempos apostólicos, por ejemplo, el uso de las vestiduras, el ritual complicado, las velas y lámparas encendidas, el incienso, el agua bendita, las oraciones y letanías en latín, las cruces y las imágenes, las genuflexiones y postraciones, las procesiones no sólo en las iglesias sino también fuera en las calles, las peregrinaciones a los santuarios y lugares santos.

Lo que en realidad importa en el culto, como se lo dijo nuestro Señor a la samaritana, es que se haga en espíritu y en verdad. Los hombres pueden fácilmente adorarle con los labios y con actos externos, mientras su corazón está lejos de él. No es de admirar, por consiguiente, que se diga tan poco sobre las formas del culto en el Nuevo Testamento. Parece como si hubiera habido en ello un propósito divino, para que hubiera lugar, dentro de la unidad de la iglesia universal, a esa variedad de formas en el culto en las cosas no esenciales. Esta misma variedad en la unidad se echa de ver en la obra de las manos de Dios: un gran árbol, con sus innumerables hojas, todas las cuales tienen las mismas características, y sin embargo, no hay dos de ellas iguales. La pauta de Dios para su iglesia parece que fue: “En las cosas esenciales, unidad; en las no esenciales, libertad; en todas, caridad.” De esta manera dijo Pablo, escribiendo a los corintios acerca de la circuncisión: “¿Es llamado alguno circuncidado? quédese circunciso. ¿Es llamado alguno incircuncidado? que no se circuncide. La circuncisión nada es, y la incircuncisión nada es; sino la observancia de los mandamientos de Dios” (1 Cor. 7:18,19).

En otra parte escribe acerca del comer carne, que unos condenaban y otros permitían: “Si bien la vianda no nos hace más aceptos a Dios: porque ni que comamos, seremos más ricos, ni que no comamos, seremos más pobres” (1 Cor. 8:8) .

Escribiendo a la iglesia de Roma, dice:

“Uno hace diferencia entre día y día; otro juzga iguales todos los días. Cada una esté asegurado en su ánimo. El que hace caso del día, hácelo para el Señor: y el que no hace caso del día, no lo hace para el Señor. Mas tú, ¿por qué juzgas a tu hermano? O tú también, ¿por qué menosprecias a tu hermano? porque todos hemos de estar ante el tribunal de Cristo. Así que, no juzguemos más los unos de los otros: antes bien juzgad de no poner tropiezo o escándalo al hermano” (Rom. 14:5, 6, 10, 13).

Debemos confrontar todas las cosas con la Palabra de Dios. Las cosas que ella permite, debemos permitirlas, aunque no nos agraden personalmente; las cosas que la Escritura no permite, tampoco debemos permitirlas nosotros. Demos esta libertad a los demás, y reclamémosla para nosotros mismos.

En la Escritura hay una regla acerca del culto en conjunto que es bien clara. Se encuentra en 1 Cor. 14:33 y 40: “Dios no es Dios de disensión, sino de paz; como en todas las iglesias de los santos…. Hágase todo decentemente y con orden.”

Este mandato obliga a todos los cristianos de cualquier denominación o lugar. La iglesia católico-romana es monilítica en la unidad de su culto, y sus normas deben aplicarse estrictamente en todos los lugares a ella sujetos. Todos deben someterse a sus instrucciones, o abandonarla, como lo han hecho muchos a través de los siglos. Las iglesias protestantes gozan de varias diferencias evidentes en el orden y forma de su culto eclesiástico, a causa de la mayor libertad eclesiástica. Roma ofrece una uniformidad férrea en sus formas; las iglesias protestantes, variedad en las formas con unidad en la fe. Por debajo de la diversidad aparente entre los cristianos evangélicos, existe entre ellos una unidad esencial. Examinemos algunas de las características del culto católico-romano a la luz de la Escritura.

1.      Las vestiduras. El uso de éstas es obligatorio, y toda persona ordenada debe usar las vestiduras que se señalan para su cargo particular. Algunas de ellas son muy costosas, especialmente las de los clérigos de rangos superiores. Las vestiduras vistosas, que usan los sacerdotes al ejercer sus funciones, atraen a mucha gente por la similaridad que tienen con las vestiduras que se usan en las cortes de los reyes, que indican autoridad en las personas que las llevan. También tienden a exaltar al sacerdote como un objeto de veneración. No es necesario decir que esta clase de vestimenta no tiene lugar en el relato evangélico de la primitiva iglesia. Nuestro mismo Señor estuvo entre la gente y obró con su gran poder, vestido sencillamente como sus paisanos.

En la historia de la crucifixión se nos exhibe la escasa cantidad de ropa de que disponía. Pedro vestía también las ropas ordinarias del pescador (Juan 21:7). Pablo se hizo “todo a todos, para que de todo punto salve a algunos” (I Cor. 9:22). La descripción que hace de la condición en que se hallaba frecuentemente de “frío y desnudez” por amor al evangelio (2 Cor. 11:27), y la petición que hizo a Timoteo de que le trajera el capote que había dejado en Troas en su camino a Roma, no dan idea de que tuviera gran cantidad de ropa, sino que vivía con la misma sencillez que había caracterizado a su Señor (I Tim. 4:13). Según el Buzón de Preguntas, las vestiduras que usa hoy día el sacerdote en la misa, excepto el amito, representan el vestido diario que de ordinario se usaba en Roma en el siglo segundo. Unicamente ha desaparecido la toga, y hasta el siglo noveno en adelante no se insinuó que simbolizaran las virtudes sacerdotales. (Buzón de Preguntas, pág. 273.)

2.      El ritual. Para cada acto del culto hay un rito determinado en la iglesia de Roma. En tiempo de nuestro Señor no fue así. El condenó a los judíos de su tiempo porque añadían a la ley divina ceremonias sin valor (Marcos 7:2-13). El no instituyó más que dos sacramentos, ambos sencillos y sin ostentación. Todo el ritual del antiguo templo judío, con su altar e incensarios, su patio interior y lugar santo, su arca de la alianza y el asiento de la misericordia colocado en ella, han dejado de ser, porque se cumplieron en Cristo, y ya no tienen lugar en el culto cristiano.

3.      Las lámparas y las velas. El uso de estas cosas procede del antiguo rito del culto al dios sol, y hasta nuestros días muchas religiones paganas usan velas encendidas en su culto de cada día. Las velas no tuvieron lugar en el culto cristiano en los cuatro primeros siglos. Un escritor cristiano del siglo cuarto hace mofa del culto de la antigua Roma, diciendo que usaban lámparas y velas, porque sus dioses habían nacido en las tinieblas. Si en su tiempo se hubieran usado velas en la iglesia, no se hubiera podido reír de los paganos porque lo hacían.

4.      El incienso. El incienso que se usaba en el culto del templo judío era figura de los méritos de nuestro Señor, en virtud de los cuales Dios acepta nuestro culto y nuestras oraciones (Apoc, 8:3, 4). Ha hallado su cumplimiento en la obra meritoria de Cristo por nosotros en el mismo cielo, y al igual que otras cosas simbólicas, no tiene lugar en el culto cristiano ni fundamento bíblico.

5.      El agua bendita. El agua bendita que se usa hoy día en las iglesias católico-romanas, y en la que los fieles mojan el dedo para hacer la señal de la cruz sobre sí mismos, es agua ordinaria, a la que se ha añadido un poco de sal antes de ser bendecida por el sacerdote. Ni el Nuevo Testamento, ni ninguno de los padres de la primitiva iglesia apoyan esto, ni tampoco el llevar el agua a la casa, como se hace en algunos lugares, para rociar con ella el hogar y la tierra, y aun el ganado y las cosechas para protegerlas de malas influencias. Esto es tan supersticioso como 1o era el colocar el agua santa fuera de los templos de la Roma pagana, y que se usaba con el mismo fin.

6.      La señal de la cruz. Desde el siglo tercero los romanistas han usado un dedo de la mano derecha para hacer la señal de la cruz en la frente y en el pecho, diciendo al mismo tiempo: “En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo,” como fórmula de bendición. La señal de la cruz se usa muchas veces en el culto católico-romano, más de diez veces en la misa, por ejemplo. Pero no ha sido ordenado por Dios como acto de culto, ni tiene valor intrínseco alguno.

7.      El culto en latín. El latín fue, como es sabido, la lengua de la antigua Roma, pero ya hace muchos, muchos años, es lengua muerta, que no se habla en ningún país del mundo hoy día. El latín era la lengua oficial del gobierno, y poco a poco se extendió por toda Europa como medio general de comunicación, mientras el griego era el lenguaje comercial en tiempo de nuestro Señor. Con el tiempo, sin embargo, se hizo general el uso de las lenguas nacionales, y al llegar a los países eslavos los misioneros en el siglo noveno, como fueron muchos los que aceptaron el cristianismo, elevaron una petición al Papa para que autorizase el uso de sus propias lenguas en el culto. La petición fue concedida, pero dos siglos después se les quito la autorización, y desde entonces ha sido obligatorio el uso del latín en los servicios litúrgicos romanos. El Concilio de Trento en 1562 decretó que todas las misas deberían ser dichas en latín. Con esto se controlaban fácilmente las iglesias y las doctrinas que en ellas se enseñaban. El resultado ha sido que se han cerrado las puertas de la instrucción a incontables millones.

Las Santas Escrituras ponen bien en claro:

1.      Que nuestras oraciones y nuestro culto deben ser espirituales, inteligentes y sinceros, no meramente emocionales; por lo tanto la lengua que se usa debe ser entendida con facilidad (1 Cor. 14:14; Juan 4:24).

2.      Pablo repite con frecuencia que todo lo que se haga en el culto, debe servir para la edificación (I Cor. 14:5, 12, 17 y 26; Rom. 14:19; 2 Cor. 12:19b); ¿pero cómo pueden servir de edificación a los que asisten al culto, si no entienden lo que dice el sacerdote?

3.      Pablo también dice: “Si por la lengua no diereis palabra bien edificante, ¿cómo se entenderá lo que se dice? porque hablaréis al aire” (I Cor. 14:9) . “En la iglesia más quiero hablar cinco palabras con mi sentido, para que enseñe también a los otros, que diez mil palabras en lengua desconocida” (1 Cor. 14:19).

4.      Una vez más dice que el que adora debe entender lo que se ora o canta (I Cor. 14:15), o predica (I Cor. 14:24), porque solamente de esta manera puede apreciar lo que se hace (1 Cor. 14:16 y 25).

Cuando el sacerdote dice la misa, no solamente habla en latín, sino que está de espaldas al pueblo, de modo que aunque hable alto no es fácil oírle, mucho menos entender lo que dice. Roma afirma en realidad que no es de importancia que el que participa en el culto entienda lo que el sacerdote dice o hace. Basta con que lo vea, pues las palabras que se dicen no se dirigen a los hombres sino a Dios. No es esto lo que enseña el apóstol Pablo, pues en I Cor. 10:16 dice: “La copa de bendición que bendecimos,” lo que implica que los que están participando de la comunión participan también en la acción de gracias, lo que no sería posible si la acción de gracias se hacía en una lengua desconocida, o tan lejos que no se podía oír.

8.      Las procesiones. Roma da mucha importancia a las procesiones, tanto dentro de las paredes de las iglesias como fuera de ellas, con gran despliegue de cruces y estandartes, incensarios e imágenes, juntamente con la hostia, ante la que se arrodillan y a la que adoran las multitudes que la rodean. En las procesiones no hay nada intrínsecamente malo, la verdad es que nuestro Señor fue la figura central de una de ellas, cuando se presentó a la nación judía como su Mesías, cabalgando en asno hasta Jerusalén en cumplimiento de la profecía de Zacarías. En el culto cristiano, sin embargo, no tienen lugar, y cuando se mezclan, como lo hace Roma, con tantas cosas que están prohibidas en las Escrituras y son de índole idólatra, son completamente ajenas al culto que es acepto a Dios.

9.      Las peregrinaciones. No tenemos más que volver la vista al texto bíblico que encabeza este capítulo para ver cuán opuestas son al culto espiritual. La mayor parte de las veces se hacen para conseguir alguna indulgencia romanista, y para orar en algún santuario, lo que es contrario al mandato expreso de Dios. ¿Cómo pueden ser medio para conseguir gracia?

Apologética católica XXVII

Apologética católica XXVII

LOS ÁNGELES

 LA IGLESIA DE ROMA incluye a los santos ángeles entre los objetos que se deben venerar o adorar, y en apoyo de esta práctica aduce Mat. 18:10:

“Mirad no tengáis en poco a alguno de estos pequeños; porque os digo que sus ángeles en los cielos ven siempre la faz de mi Padre que está en los cielos.”

Sin embargo, estas palabras de nuestro Señor no dicen que sean intercesores, que oran por los niños que están a su cuidado en la tierra, ni dijo el Señor a sus discípulos que deberían adorar a los ángeles de la guarda, o invocarlos en sus oraciones. El gran Intercesor por los niños ante el trono de la gracia es el mismo Señor, como lo es también por nosotros. Hay que tener presente, en relación con la invocación de los ángeles en la oración, que los mayores de ellos, aun los mismos arcángeles, son seres creados, y el adorarles a ellos sería adorar a una criatura antes que al Creador, que está sobre ellos y al que ellos bendicen para siempre (Rom. 1:25). Hacerlo así sería pecado.

En Hebreos 1:14 se nos dice con toda claridad por qué los ángeles están en la presencia de Dios:

“¿No son todos (incluyendo los mayores) espíritus administradores, enviados para servicio de los que serán herederos de salud?”

Los ángeles, por orden de Dios, van a ayudar a los creyentes en la tierra. Hay tantos casos de ello tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento que solamente podemos mencionar unos pocos.

a.       Ayudaron a Lot a escapar de la destrucción de Sodoma (Gén. 19:1) .

b.      Ayudaron a Elías, cuando él, todo descorazonado, iba huyendo de Jezabel (1 Reyes Ig:5 y 7).

c.       Libertaron a Eliseo del cerco de los ejércitos de Siria (2 Reyes 6:17).

d.      Un ángel libró a Sadrach, Mesach y Abed-nego del horno de fuego (Dan. 3:28).

e.       Dios mandó un ángel a tapar las bocas de los leones para que no hiciesen daño a Daniel, que había sido arrojado en el foso (Dan. 6:22).

f.       Un ángel sacó a los apóstoles de la cárcel de Jerusalén (Hechos 5:19).

g.      Otro ángel hizo lo mismo con Pedro solo (Hechos 12:7).

h.      Un ángel estuvo al lado de Pablo en la tormenta, para ayudarle y animarle (Hechos 27:23).

En cada uno de estos casos el ángel cumplió las órdenes de Dios; no se les invocó ni se les adoró. Esto está en conformidad con otros dos pasajes en Apoc. 19:10 y 22:8, en los cuales se prohibió a Juan que adorase al ángel, que le dijo: “Mira que no lo hagas: yo soy siervo contigo, y con tus hermanos que tienen el testimonio de Jesús: adora a Dios.”

En el Antiguo Testamento se hace referencia varias veces a la segunda persona de la Trinidad como “El Angel del Señor”; como en Gén. 22:11, 12, donde le dice a Abraham: “No me rehusaste tu hijo, tu único”; y una vez más en Exodo 3, donde “El Angel del Señor’ (versículo 2) es llamado Dios (vers. 4), y el mismo ángel dice: “Yo soy el Dios de tu padre” (vers. 6). No nos debemos extrañar que a Moisés se le ordenara quitarse los zapatos allí, porque el suelo que pisaba era santo. Dios estaba allí.

Cuando el ángel Gabriel se apareció a Daniel, el profeta cayó sobre su rostro, lleno de temor y adormecido, pero el ángel le tocó y le puso en pie (Dan. 8:18). Lo mismo aconteció en Daniel 10:11 y 12. Daniel no le adoró, sino que estuvo allí para oír. Si Daniel no adoró al arcángel Gabriel, cuánto menos debemos nosotros adorar a seres angélicos inferiores. La realidad es que se nos prohibe terminantemente hacerlo así:

“Nadie os prive de vuestro premio, afectando humildad y culto a los ángeles, metiéndose en lo que no ha visto, vanamente hinchado en el sentido de su propia carne, y no teniendo la cabeza (Cristo), de la cual todo el cuerpo (la iglesia, Efe. 1:22, 23), alimentado y conjunto por las ligaduras y conjunturas, crece en aumento de Dios” (Col. 2:18, 19).

Apologética Católica XXVI

Apologética Católica XXVI

LOS SANTOS

 HEMOS EXAMINADO ya el culto que Roma tributa a las imágenes y a las reliquias, y que ella justifica diciendo que la adoración que se ofrece no va dirigida a los objetos visibles, sino a las personas que representan, y hemos visto la falsedad de esta afirmación, y que, de hecho, el culto es idolátrico y ofende a Dios. Demos un paso más y veamos si se permite el culto a los santos que están en el cielo, independientemente de un objeto visible que los represente. Veremos que no puede ser así.

Como paso preliminar debemos esclarecer el significado de las palabras, porque el sentido que se da en el Nuevo Testamento a la palabra santo, no es el mismo que le da la iglesia de Roma. La palabra santo se usa en el Nuevo Testamento unas sesenta veces, nunca como prefijo de un nombre, sino siempre refiriéndose a los creyentes ordinarios en el Señor Jesucristo. Se encuentran vivos en la tierra al aplicárseles esta palabra. Si examinamos algunos pasajes que aluden a ellos, encontraremos que ellos estaban viviendo en diversos países y ciudades: en Jerusalén, (Hechos 9: 13); en Roma (Rom. 1 :7); en Lydda (Hechos 9:32); en Corinto (I Cor. 1:2); en Acaya (2 Cor. 1:1) ; en Efeso (Efe. 1:1) ; en Filipos (Fil. 1:1), y en Colosas (Col. 1:2), como miembros de las iglesias de aquellos lugares, y naturalmente en otros muchos lugares que no se mencionan específicamente. La palabra “santo” significa “separado,” “puesto aparte.” Habían sido pecadores como todos los demás, pero habían sido “lavados, y santificados, y justificados en el nombre del Señor Jesús, y por el Espíritu de nuestro Dios” (I Cor. 6:11). Habían sido redimidos por la sangre de Jesús, y todos sus pecados habían sido perdonados “conforme a las riquezas de su gracia” (Efe 1:7). Los que “habían estado lejos, habían sido hechos cercanos por la sangre de Cristo” Efe. 2:13).

Sin embargo, no eran perfectos en sí mismos, sino que habían sido llamados a ser santos. Las dos cartas escritas a la iglesia de Corinto ponen en claro que estos santos tuvieron a veces faltas graves, y se hallaban lejos de la santidad y de la separación del pecado, a la que habían sido llamados. Había entre ellos divisiones, juicios, desórdenes en el culto, y hubo un caso de escandalosa inmoralidad, de la que se tuvo que ocupar la iglesia. La mayor parte de las otras iglesias eran mejores que ésta, pero ninguna de ellas era “perfecta,” de modo que Dios tuvo que dar a su iglesia dones “para la perfección de los santos, para la obra del ministerio” (Efe. 4:12). Conforme a la enseñanza del Nuevo Testamento, los santos no eran una clase especial de cristianos que, después de haber obtenido lo que Roma llama “condición heroica de santidad,” forman una especie de aristocracia espiritual en el cielo, y son puestos por el papa en un catálogo especial para ser “venerados” e invocados en las oraciones.

El concepto de la santidad en la iglesia católico-romana es muy diferente del del Nuevo Testamento.

La santidad en la iglesia romana está formada por los que han muerto y viven ahora en el cielo, donde la palabra “santo” en su sentido de separación es una anomalía, puesto que en el cielo no hay pecado del que tengan que separarse. La santidad católico-romana sigue a la beatificación o canonización. La primera consiste en un decreto que autoriza la veneración en ciertas áreas; la segunda tiene aplicación universal y la veneración es ya obligatoria. Durante varios siglos eran los obispos los que decidían quienes eran santos; después por un período largo de tiempo esta prerrogativa se limitó a los arzobispos; hasta que, finalmente, en el siglo once sólo el papa podía beatificar o canonizar y esto solamente después de haber sometido a severo escrutinio los relatos de la vida y santidad del que así había de ser honrado. Esto no se hacía, de ordinario, sino mucho tiempo después de haber muerto la persona. La última etapa tuvo lugar en el año 1634 en que fueron promulgados oficialmente los reglamentos para la canonización. Tanto la beatificación como la canonización llevaban consigo gastos de ingentes sumas de dinero para hacer frente a todo el proceso que se seguía. Para la canonización se requería que el que había de ser canonizado hubiera obrado por lo menos cuatro milagros que pudieran ser probados.

La más grande de todos los santos es la Virgen María, a quien se tributa un grado de veneración o culto superior al de todos los otros. Siguen los apóstoles, y después los evangelistas que sufrieron el martirio en los tres primeros siglos, entre ellos Juan el Bautista, aunque la Biblia dice de él que “no obró milagros.” Después de estos aumenta rápidamente el número, que incluye toda clase de hombres y mujeres ermitaños, teólogos, prelados, algunos papas, reyes, gente humilde, a todos los que se les designa un día en el calendario en que son honrados en forma especial. Más tarde se instituyó la fiesta de “Todos los Santos,” para honrar a los que no se les había podido colocar en otro lugar. Tal vez valga la pena hacer notar que la mayor parte de los que están inscritos en el catálogo de los santos son célibes; los casados son una pequeña minoría, y es que la idea de la santidad en Roma no siempre coincide con las normas del Nuevo Testamento.

No se necesita hacer esfuerzos para decidir cuáles de los santos que figuran en el catálogo romano eran verdaderos santos según el Nuevo Testamento, porque la Palabra de Dios dice:

“No juzguéis nada antes de tiempo, hasta que venga el Señor, el cual también aclarará lo oculto de las tinieblas, y manifestará los intentos de los corazones: y entonces cada uno tendrá de Dios la alabanza” (1 Cor. 4:5).

Esta ordenanza se aplica a nosotros lo mismo que al papa, y una cosa es cierta, que todo “santo” católico-romano que está en el cielo se encuentra allí, no a causa de su propia santidad heroica ni de la decisión o proclamación del papa, sino porque al igual que nosotros ha confiado en Cristo como su Salvador y ha sido lavado en su preciosa sangre. Se encuentran allí en él, no confiando en su propia justicia, sino en la que es por la fe de Cristo, la justicia de Dios por la fe (Fil. 3:9).

Roma dice que la intercesión que hacen sus santos por nosotros tiene especial eficacia porque están más cerca de Dios que los cristianos ordinarios, lo cual no es cierta. Todo verdadero creyente es un santo, que está “en Cristo,” como ya hemos visto; está en Cristo, como los miembros en el cuerpo; está en Cristo, como los pámpanos en la vid son parte de la vid, de modo que la vid no estaría completa sin ellos. Jesús dijo: “Si estuviereis en mí, y mis palabras estuvieren en vosotros, pedid todo lo que quisiereis, y os será hecho” (Juan 15:5 7) . En cuanto a la oración que se ha de hacer a los que han salido de esta vida, hay que decir lo siguiente.

1.      La oración es una forma de culto, y como ya hemos visto, el mandato de Dios, confirmado por nuestro Señor Jesucristo, es, “Al Señor tu Dios adorarás, y a él solo servirás.”

2.      En ninguna parte de la Escritura se ordena el culto o la oración a los santos.

3.      Ni en el Antiguo ni en el Nuevo Testamento se encuentra un solo caso de invocación a los santos.

4.      Ni Pedro con Cornelio (Hechos 10:25), ni Pablo y Bernabé con los habitantes de Listra (Hechos 14:15) permitieron que los hombres se postraran ante ellos. Nuestro Señor Jesucristo si lo permitió. El leproso le adoró y oró a él (Mat. 8:2). Lo mismo hicieron Jairo (Mat. 9: 18), y los discípulos después de la tormenta en el lago (Mat. 14:33), y la mujer cananea (Mat. 15:22).

5.      Pablo llama creyentes “a todos los que invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo en cualquier lugar, Señor de ellos y nuestro” (I Cor. 1:2). No se refiere a ellos como “a los que invocan a María y a los santos.”

6.      Es inútil orar a los santos.

 

a.       Los santos que han salido de este mundo ni son omnipresentes, ni omniscientes, para poder oír las oraciones en todas partes. Orar a ellos es concederles atributos que sólo pertenecen a Dios. Además rebaja el valor y la necesidad de la oración a Dios mismo.

b.      Ni existe evidencia alguna de que tienen poder para ayudar, aunque pudieran oír y conocer nuestras necesidades.

c.       Solamente una vez se refirió nuestro Señor a la oración a un santo en el paraíso, pero aquella oración no procedió de la tierra sino del infierno. El rico oró a Abraham primeramente por sí mismo, y luego por sus hermanos en la tierra, pero ambas oraciones fueron rechazadas (Lucas 16:23-32).

d.      Saúl trató de conseguir la ayuda de Samuel, después de muerto, porque Dios no le había oído, pero inútilmente. En I Cró. 10:13, 14, leemos: “Murió Saúl por su rebelión con que prevaricó contra Jehová, contra la palabra de Jehová, la cual no guardó; y porque consultó al pythón . . . por esta causa lo mató.” El invocar a los muertos no sólo es inútil, sino que es pecado.

 

7.      No necesitamos las oraciones de los santos, aunque las pudiéramos conseguir.

a.       El buscar la ayuda de los santos implica la suposición de que Cristo no está dispuesto a salvarnos o bendecirnos, y que hay que convencerle de ello, lo cual es derogatorio de su amor y su gracia.

b.      El único apoyo que se necesita es el nombre de Jesús, que es lo más valedero ante Dios.

c.       Pedro (Hechos 2:21) y Pablo (Rom. 10:13) dijeron: “El que invocare el nombre del Señor, será salvo.”

d.      Nuestro Sumo Sacerdote Jesús) se compadece de nuestras enfermedades, pues fue tentado en todo como nosotros.

 

“Lleguémonos pues confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia, y hallar gracia para el oportuno socorro” (Heb. 4:15, 16). e) Jesús dijo: “Yo soy el camino . . . nadie viene al Padre, sino por mí” Uuan 14:6). Al hablar así excluyó a todos los demás mediadores.

En resumen: El catálogo romano de los santos podrá tener interés como cosa de la antigüedad aquí en la tierra; pero no hay ni pizca de evidencia de que tenga validez alguna en el cielo. En la Escritura no existe nada en apoyo de la idea de que un grupo de almas especialmente santas tengan acceso a Dios con preferencia al que goza cualquier creyente. No hay nada que sugiera que ellos puedan oír nuestras oraciones o ayudarnos con su intercesión, y está prohibido el intentar entrar en contacto con ellos. No necesitamos de otro mediador, pues tenemos a Cristo como nuestro Sumo Sacerdote, siempre intercediendo por nosotros, listo y con poder para venir en nuestra ayuda. “Todas las promesas de Dios son en él Sí, y en él Amén, por nosotros a gloria de Dios” (2 Cor. 1:20) . “Esperad en él en todo tiempo, oh pueblos; derramad delante de él vuestro corazón: Dios es nuestro amparo” (Salmo 62:8).

“Tú oyes la oración: a ti vendrá toda carne” (Salmo 65:2).

“Sean notorias vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con hacimiento de gracias, y la paz de Dios, que sobrepuja todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros entendimientos en Cristo Jesús” (Fil. 4:6)

Apologética católica XXIV

Apologética católica XXIV

LAS RELIQUIAS

 ROMA VENERA, según ella dice, pero en realidad adora, como ya hemos visto, un gran número de reliquias. La mayor parte de ellas se supone que son huesos de los ‘santos’; pero además de éstas hay muchas otras, por ejemplo, parte de las tablas de la ley dada a Moisés (Exo. 34:27, 28), las varas de Moisés y de Aarón (Exo. 7:9 y Núm. 17:10), la mesa a que Jesús y sus discípulos se sentaron para la última cena (Mat. 26:26-28), muchos pedazos de la verdadera cruz, las espinas de la corona que le pusieron (Juan 19:5), los clavos en que pendió de la cruz, la tabla en que fue escrita la inscripción (Juan 19:20), la esponja que el soldado romano empapó en vinagre (Juan 19:29), la punta de la lanza que fue introducida en su costado (Juan 19:34), sus vestiduras interiores y exteriores (Juan 19:23, 24), su túnica (Marcos 15:46), y las cabezas de Juan el Bautista, Pedro y Pablo. Aunque muchas de éstas han sido adoradas por cientos de años, muchas de ellas no pueden menos de ser espurias. Si se pusieran juntas las partes de la verdadera cruz, pasarían con mucho el tamaño de la cruz original. Aunque probablemente no se usaron mas de tres o cuarto clavos en la crucifixión, andan circulando por ahí catorce. En el costado de nuestro Señor no se introdujo más que una lanza, y sin embargo existen cuatro. Jesús no tuvo más que una vestidura sin costura, y la iglesia de Roma conserva tres. También existen dos cabezas de Juan el Bautista, una en Roma y la otra en Amiens. La Enciclopedia Católica y otros libros que escriben de estos asuntos admiten que muchas de estas reliquias son espurias, y sin embargo se las conserva para ser adoradas. Para esto se alegan varias excusas.

1.      La gran dificultad que hay para decidir cuál es la verdadera y cuáles son espurias.

2.      Al tratar de averiguar cuál es la falsa, se podrían rechazar y deshonrar las que son verdaderas, de modo que lo mejor es dejar las cosas como están, según dijo el Señor al hablar de la cizaña.

3.      Si la iglesia admitiera que algunas reliquias son espurias, no podría evitar cierta pérdida de estimación y el reproche.

4.      ‘En realidad, no importa mucho si las reliquias no son auténticas, pues la reverencia se tributa al santo.’ (Buzón de Preguntas, página 373.)

5.      Los laicos dicen: Puesto que la decisión de los asuntos de fe y conducta pertenece a los papas y los obispos, lo mejor es dejar el asunto en sus manos.

De esta manera Roma continúa apoyando lo que sabe que es parcialmente falso, y al hacerlo así favorece el culto que está prohibido por las mismas Escrituras, cuya autoridad divina reconoce.

Sin embargo, trata de hallar apoyo en la Biblia para la “veneración” de las reliquias, pero con muy pobre resultado.

1.      Como ejemplo se citan los huesos de José, de que se habla en Exodo 13:19. “Tomó también consigo Moisés los huesos de José, el cual había juramentado a los hijos de Israel, diciendo: Dios ciertamente os visitará, y haréis subir mis huesos de aquí con vosotros.”

Pero observemos los hechos. José había pasado en Egipto los ciento diez años de su vida, menos diecisiete, después de haber sido vendido como esclavo. Durante todos esos años, primero en el sufrimiento y la opresión y después en la grandeza y gloria como virrey, no había abandonado nunca su fe en Dios, ni había perdido la esperanza de volver a la tierra que Dios había prometido a sus mayores. Al acercarse el día de su muerte, dijo a sus hermanos: “Yo me muero; mas Dios ciertamente os visitará, y os hará subir de aquesta tierra a la tierra que juró a Abraham, a Isaac, y a Jacob…. Dios ciertamente os visitará, y haréis llevar de aquí mis huesos” (Génesis 50:24, 25).

Volvamos ahora a Hebreos 11:22:

“Por fe José, muriéndose, se acordó de la partida de los hijos de Israel, y dio mandamiento acerca de sus huesos.”

Durante todos los años de esclavitud egipcia que siguieron, aquel cuerpo embalsamado continuó entre los israelitas como un recuerdo de la promesa de libertad hecha por Dios y de la fe de José, y cuando llegó el día de la libertad, Moisés naturalmente lo llevó conforme al juramento hecho; pero no se lee que fuera adorado o “venerado” a la usanza romana. No se le menciona más que tres veces, primero alhacerse el juramento, después en el desierto cuando comenzó el viaje, y por último cuando fue debidamente enterrado en Sichem (Josué 24: 32) . No se vuelve a hacer referencia a él a través de toda la historia de la nación israelita. Si hubiera sido una reliquia romanista, no hubiera desaparecido tan fácilmente de la escena.

2.      La iglesia de Roma cita el caso de Eliseo, cuyos huesos estuvieron realmente relacionados con un milagro que garantiza la Escritura. “Entrado el año vinieron partidas de moabitas a la tierra. Y aconteció que al sepultar unos un hombre, súbitamente vieron una partida, y arrojaron al hombre en el sepulcro de Eliseo: y cuando llegó a tocar el muerto los huesos de Eliseo, revivió, y levantóse sobre sus pies” (2 Reyes 13:20, 21).

Lo primero que tenemos que observar en este breve relato es que el poder no se atribuye a los huesos de Eliseo. El poder de resucitar pertenece sólo a Dios.

“Jehová mata, y él da vida:

El hace descender al sepulcro, y hace subir” (I Samuel 2:6).

Lo segundo es que se trata de un caso único. En todo el contenido de la Escritura no se encuentra otro caso en que Dios usara los huesos de un muerto para obrar un milagro. En tercer lugar, el pueblo de Israel no sacó del sepulcro los huesos de Eliseo y los colocó en una urna para que fueran adorados, ni edificó un santuario en el sepulcro para constituirle en lugar de peregrinación. Ningún otro cuerpo muerto tocó esos huesos y vivió, ni fue la gente allí para orar por los difuntos. Ya no se volvió a oír nada de esos huesos, como tampoco se oyó de los de José. Tal vez no este fuera de lugar repetir aquí que Roma no hubiera dejado escapar la oportunidad.

Se puede preguntar con razón por qué Dios usó de esta manera los huesos de Eliseo, y a esta pregunta no se puede dar respuesta simplemente porque no ha sido revelado positivamente. Dios es soberano y puede obrar milagros cuando quiere, con o sin la ayuda de medios visibles. Sin embargo, se encuentra una posible razón en el contexto bíblico. El caso esta íntimamente relacionado con dos cosas. Inmediata mente antes se halla la profecía que Eliseo había hecho antes de morir de que los invasores sirios serían rechazados nada más que tres veces, e inmediatamente después está el relato del cumplimiento de la profecía. Es muy posible que el milagro se obró para recordar al prevaricador Israel de que aunque Eliseo había muerto, Dios se preocupa de cumplir su palabra.

Hay otro caso relacionado con Eliseo que hubiera podido ser citado en favor de las reliquias, si se pudiera haber aplicado, pero no se ha hecho. Cuando el hijo de la sunamita que había hospedado a Eliseo murió de insolación, colocó su cuerpo en la cama de Eliseo y se marchó a buscar al profeta. Este, dándose cuenta de la aflicción de la madre, ordenó a su siervo que colocara su bordón sobre el rostro del niño, mientras él seguía detrás en compañía de la madre. Parece probable que Eliseo esperaba que el niño reviviera al contacto con el bordón; pero no fue así. y Giezi tuvo que informar que “El mozo no despierta.” Solamente cuando Eliseo llegó y se colocó varias veces sobre el cuerpo del niño, le fue restaurada la vida. Dios pudo haber usado el bordón de Eliseo, pero no lo hizo. (2 Reyes 4:18-32.)

3.      Roma aduce dos casos de curación por medios extraordinarios en el Nuevo Testamento. El primero se halla en Hechos 5:15, 16, cuando, para poder atender al gran número de enfermos que traían a los apóstoles para ser curados, colocaban a éstos en camas y andas en las calles de Jerusalén, a fin de que por lo menos la sombra de Pedro cayera sobre ellos cuando pasaba, y eran ciertamente curados. No necesitamos admirarnos de ello, porque al comisionar el Señor a los doce y a los setenta les había dado poder para curar, y él mismo usó medios físicos algunas veces para curar, aunque en la mayor parte de los casos no los usó.

El otro caso se halla en Hechos 19:12, cuando se aplicaban a los enfermos los sudarios y los pañuelos de Pablo, y eran curados. No sería fácil conservar como reliquia la sombra de Pedro, pero los pañuelos de Pablo, sí. Por lo que sabemos, no lo fueron, ni se volvieron a obrar más milagros con ellos. Cuando Pedro y Juan curaron al cojo que estaba en la Puerta Hermosa del templo, y todo el pueblo se quedó atónito, Pedro les dijo:

“Varones israelitas, ¿porqué os maravilláis de esto? o ¿por qué ponéis los ojos en nosotros, como si con nuestra virtud o piedad hubiésemos hecho andar a éste? . . . En la fe de su nombre (Jesús), a éste que vosotros veis y conocéis, ha confirmado su nombre; y la fe que por él es, ha dado a este esta completa sanidad en presencia de todos vosotros” (Hechos 3:12-16).

Pedro siguió predicando que Cristo era el único que podía perdonar pecados. Las reliquias auténticas tienen su lugar, no sólo en la historia nacional, sino también en la vida religiosa, para recordarnos lo que Dios ha hecho, y fortalecer así nuestra fe. Dios mandó a Moisés colocar un vaso con maná en el arca de la alianza para recordar a los israelitas la provisión que había hecho durante los cuarenta años de andanzas por el desierto (Exo. 16:33, 34). También le mandó que colocase delante del arca la vara de Aarón que había florecido, como señal de la elección que había hecho de Aarón para el oficio de sumo sacerdote (Núm. 17:10; Heb. 9:4). Pero los israelitas no adoraban tales cosas. Si lo hubieran hecho, hubieran procedido como procedieron con la serpiente de metal, que Ezequías hizo pedazos y llamó “cosa de bronce,” porque obrando así cometieron idolatría.

Apologética católica XXIII

Apologética católica XXIII

LAS IMÁGENES

NO DE LOS ASPECTOS más salientes del catolicismo romano es el culto de las imágenes, que se encuentran en todas sus iglesias. Existen imágenes de nuestro Señor, de la Virgen María, de los apóstoles y de muchísimos santos. Todas se proponen como objetos de culto, con todos los menesteres del culto a su alrededor.

En las páginas del Nuevo Testamento o de los escritos cristianos de los primeros siglos no se encuentra precedente alguno para esta práctica. Existen evidencias del uso de los símbolos cristianos desde muy temprano en las catacumbas: un león o un cordero representaba al Señor; una paloma, al Espíritu Santo; un barco, a la iglesia; un áncora, la esperanza; una hoja de palma, la victoria; y así otros. Estos símbolos se usaban también en los anillos para sellar y como decoraciones en los hogares cristianos en vez de los símbolos paganos de los idólatras.

A fines del siglo tercero se pusieron en boga los cuadros para adornar las paredes de los lugares de culto cristiano, y al parecer, ya en el siglo quinto se usaban como medios visuales para instruir a los ignorantes en lugar de la literatura escrita que no podían leer. De esto fue muy fácil pasar a venerarlos o adorarlos como intrínsecamente buenos, debido al decaimiento de la vida espiritual característico de aquel tiempo. Esta práctica fue sancionada por el Concilio de Nicea en 787, que anatematizó a los que se opusieran a ello. Este movimiento encontró, sin embargo, gran resistencia en muchos lugares durante muchos años, hasta que en el año 1562 el Concilio de Trento publicó un nuevo decreto autorizando la colocación y veneración de las imágenes en las iglesias, no como objetos de culto en si mismas, sino como una ayuda para adorar a los que ellas representaban: el culto debía transferirse del objeto a la persona.

Roma justifica el culto a las imágenes diciendo que la prohibición de Exodo 20 no se aplica más que a las divinidades paganas. Para fomentar esta idea une el primero y segundo mandamientos del decálogo, haciendo de los dos uno, y el décimo lo divide en dos para completar el número requerido de diez. Pero este juego de palabras no altera la fuerza de los mandamientos de Dios.

El Exodo 20:3 dice: “No tendrás dioses ajenos delante de mi,” y Col. 3:5 demuestra claramente que esto se aplica no solamente a las imágenes, sino a cualquier cosa que usurpa el lugar de Dios en nuestros corazones: “Avaricia, que es idolatría.” Exodo 20:4, 5 contiene dos prohibiciones:

1.      “No te harás . . .”,

2.      “No te inclinarás a ellas, ni las adoraras.”

 

A estas dos prohibiciones no se les pone condición alguna, y abarcan toda clase de culto falso, sin atender al material de que la imagen está hecha, ni si se supone que representan a Jehová, como era probablemente el caso del becerro de oro de Aarón en el desierto, y de los que levantó Jeroboam en el reino del norte de Israel en época posterior.

El comentario del mismo Moisés sobre estos mandamientos se halla en Deut. 4:15-19:

“Guardad pues mucho vuestras almas: pues ninguna figura visteis el día que Jehová habló con vosotros de en medio del fuego: porque no os corrompáis, y hagáis para vosotros escultura, imagen de figura alguna, efigie de varón o hembra, figura de algún animal que sea en la tierra, de ave alguna alada que vuele por el aire, figura de ningún animal que vaya arrastrando por la tierra, figura de pez alguno que haya en el agua debajo de la tierra: y porque alzando tus ojos al cielo, y viendo el sol y la luna y las estrellas, y todo el ejército del cielo, no seas incitado, y te inclines a ellos, y les sirvas, que Jehová tu Dios los ha concedido a todos los pueblos debajo de todos los cielos.”

Por lo anterior es claro que Dios prohibe el culto a sí mismo bajo cualquier forma, y que la prohibición no se refiere solamente a las divinidades paganas. Roma, por consiguiente, actúa en franca desobediencia al mandato de Dios, al sancionar el culto a las imágenes. No hay necesidad de preguntar si un culto tal tiene aceptación.

Para cohonestar el culto a la cruz y al crucifijo Roma recurre a Juan 19:37: “Mirarán al que traspasaron.” Un comentario reciente dice: “Este versículo predice el uso del crucifijo para mover a los hombres al arrepentimiento de sus pecados y al amor de las heridas del Señor. Algunos de los hombres malvados que estaban mirando a Jesús fueron movidos a tristeza y se arrepintieron, como lo han hecho muchos más en la generaciones sucesivas.” Pero Cristo murió en la cruz, no para mover a los hombres a tener compasión de él. Al dirigirse él al Calvario llevando sobre su cuerpo la pesada cruz, cuando el cuerpo estaba, ya lacerado y sangriento a causa de los crueles latigazos que había recibido, “le seguía una gran multitud de pueblo, y de mujeres, las cuales le lloraban y lamentaban. Mas Jesús, vuelto a ellas, les dice: Hijas de Jerusalén, no me lloréis a mí, mas llorad por vosotras mismas, y por vuestros hijos. Porque he aquí vendrán días en que dirán: Bienaventuradas las estériles, y los vientres que no engendraron, y los pechos que no criaron.” La próxima destrucción de Jerusalén las iba a sumergir en un torbellino de agonía que sería más doloroso que los mismos tormentos físicos de la cruz. La muerte de nuestro Señor tuvo un propósito mucho más alto que el de mover a compasión de sí mismo. Fue el precio de nuestra redención y la única manera en que nos podría alcanzar a nosotros la misericordia de Dios. En Getsemaní él oró así: “Si es posible, pase de mí este vaso.” Pero no fue posible, porque sólo así se podía obtener nuestra salvación. Después de su resurrección dijo él a sus discípulos: “¿No era necesario que el Cristo padeciera estas cosas, y que entrara en su gloria? Y comenzando desde Moisés, y de todos los profetas, declarábales en todas las Escrituras lo que de él decían” (Lucas 24:26, 27).

En el aposento alto mostró a sus discípulos sus manos y sus pies, y dijo a Tomás: “Mete tu dedo aquí, y ve mis manos: y alarga acá tu mano, y métela en mi costado: y no sea incrédulo, sino fiel,” pero no lo hizo para moverlos a compasión, sino con el fin de identificarse, para que se dieran cuenta de que se trataba de él, y no de un fantasma.

Los relatos de la crucifixión de nuestro Señor se hacen en todos los evangelios con el mayor recato acerca de los sufrimientos físicos que él debió sobrellevar. La única referencia que se hace a ellos está en las palabras: “Sed tengo.” Los apóstoles apenas si se refirieron a los sufrimientos de nuestro Señor para mover las emociones de los hombres, al predicar el evangelio. El tema de su predicación era la salvación que su muerte había obrado, y pusieron siempre mucho énfasis en su gloriosa resurrección, como el sello de la misma.

Las representaciones de la muerte de Cristo en la cruz aparecieron primeramente en el siglo quinto, con el propósito de presentar gráficamente los relatos del evangelio, pero no se procuró darles mucho realismo. Esta tendencia no apareció hasta el siglo once, y no se desarrolló sino en el siglo diecisiete, en que un artista español, desentendiéndose de todos los convencionalismos, pintó las agonías mortales del Señor, dando así la pauta a los que le habían de seguir tanto en las representaciones de pintura, como de escultura. Estos intentos de representar realísticamente la agonía de Cristo en la cruz son característicos del catolicismo romano, que apela grandemente a las emociones. Los crucifijos y calvarios, que son tan frecuentes en muchos países católico-romanos, tienden a oscurecer el hecho de que los sufrimientos y muerte expiatoria de nuestro Señor han terminado ya; que resucitó de los muertos, y ahora está sentado a la diestra del Padre, como Señor resucitado y victorioso; que vive para siempre intercediendo por nosotros, y presentando en nuestro favor la sangre preciosa que derramo una vez en la cruz.

La iglesia católico-romana ha hecho con la cruz lo que los israelitas del tiempo de Ezequías hicieron con la serpiente de metal que Moisés había hecho en el desierto: la adoraron. No era más que una reliquia, de setecientos años de antigüedad, que era conmemorativa de la gran gracia de la curación que sus antepasados habían recibido por medio de ella. Pero ahora se había convertido en una trampa para ellos, que habían tornado en ídolo lo que había sido una sombra de los sufrimientos de Cristo en la cruz (Juan :14, 15). A pesar de su antigüedad, de sus asociaciones históricas y de su significado espiritual, él lo hizo pedazos, y lo llamó Nehustán, que quiere decir “cosa de me”?(2 Reyes 18:3, 4).

Cuando nuestro Señor vuelva a la tierra, lo que hará con poder y gran gloria, “Solo Jehová será ensalzado en aquel día, y quitará totalmente los ídolos” (Isa. 2:17, 18); no solamente los ídolos de los paganos, sino también las imágenes, los ídolos de las iglesias, dondequiera se hallen.

“Aquel día arrojará el hombre a los topos y murciélagos, sus ídolos de plata y sus ídolos de oro, que le hicieron para que adorase; y se entrarán en las hendiduras de las rocas y en las cavernas de las peñas, por la presencia formidable de Jehová, y por el resplandor de su majestad, cuando se levantare para herir la tierra. Dejaos del hombre, cuyo hálito está en su nariz, porque ¿de qué es él estimado?” (Isaías 2:20-22).

Apologética católica XXII

Apologética católica XXII

LA ASUNCIÓN DE MARÍA

 EL CATOLICISMO ROMANO atribuye a María, la madre de nuestro Señor, una santidad de tan suprema calidad que, estando libre de pecado, su cuerpo no pudo ser víctima de deterioro, y al tercer día después de su muerte fue llevado al cielo para unirse allí con su espíritu en la presencia de Dios. Allí fue coronada Reina del Cielo, y está sentada a la diestra de Cristo. Jesús es el camino, y la verdad, y la vida, y nadie puede ir al Padre si no es por él (Juan 14:6); pero María es también el camino, la verdad y la vida, y sin ella nadie puede ir al Señor Jesucristo.

Roma ni siquiera trata de aducir pruebas históricas de tan asombrosa doctrina. El Buzón de Preguntas, en su página 361, dice:

“Esta doctrina no ha sido nunca definida por la iglesia (Fue declarada dogma de la iglesia por el Papa Pío XII el 15 de Agosto de 1950. (Nota del traductor.), aunque el hecho de haber sido aceptada generalmente desde el siglo sexto hace que sea una doctrina cierta, que no puede ser negada por los católicos sin graves riesgos.

No puede ser probada por la Biblia, ni por los testigos históricos contemporáneos, pero descansa en tan sólidos fundamentos teológicos que muchos obispos han escrito a la Sede Apostólica, pidiéndole que lo defina como dogma de fe. Parece, a la verdad, sumamente adecuado que el cuerpo de la inmaculada Madre de Dios no fuera víctima de la corrupción, y que fuera partícipe del triunfo de su Hijo, el Cristo resucitado.”

De esta manera la doctrina descansa en una teoría teológica romanista, basada en la suposición falsa de que María fue madre de Dios, y no la madre humana de la humanidad de nuestro Señor únicamente, y en que fue inmaculada desde su nacimiento y por toda su vida, y por consiguiente incorruptible.

La doctrina de la asunción apareció por primera vez en el siglo séptimo, y se basaba entonces en escritos de los siglos tercero y cuarto, que ya habían sido declarados heréticos. En algunos manuscritos se habían hecho algunas adiciones para darles mayor apariencia de credibilidad. Se sabía que estas adiciones eran fraudulentas, pero nadie las puso reparo, porque la doctrina había sido ya generalmente aceptada. En el siglo séptimo se declaró el 15 de Agosto como el día de la fiesta de la asunción, aunque no fue mundialmente observada sino hasta el año 818. El día 1 de Noviembre de 1950, día de Todos los Santos, el Papa ordenó oficialmente a todos los católicos en todas partes que aceptaran la doctrina sin duda alguna bajo pena de excomunión.

Parece que cuanto más nos alejamos de los tiempos apostólicos más increíbles se hacen las doctrinas católico-romanas necesarias para la salvación. La doctrina de la asunción es el último escalón de la mariolatría, que la convierte en diosa. ¿Por qué se ha hecho esta doctrina tan vital para la salvación, si por más de mil novecientos años los católico-romanos estaban en libertad para aceptarla o rechazarla? Si no era necesaria para la salvación antes, ¿por qué lo ha de ser desde el año 1950? Esto debería ser suficiente para que los hombres pensantes se dieran cuenta de la falacia de la infalibilidad papal, y de la falsedad de esta doctrina también.

El carácter de María es encantador, y un ejemplo para todas las madres cristianas. En las bodas de Caná de Galilea dijo ella a los criados: “Haced todo lo que (él) os dijere” (Juan 2:5). Y este sería el consejo que nos daría si estuviera aquí, y no aceptaría que se la adorara o diera culto, sino que nos señalaría a aquel que es el único camino a Dios, y el único mediador entre Dios y los hombres.

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