Apologetica católica XXIX

Apologetica católica XXIX

LOS MILAGROS

NO SE TRATA aquí de si hoy día se realizan milagros. Todos los que creemos en la Biblia admitimos el hecho de que se obraron milagros en los tiempos bíblicos, y no hay base alguna en la Escritura que indique que los milagros terminaron con la era apostólica.

Roma afirma que ella es la única que tiene la confirmación de un milagro continuado, y considera esto como la prueba de que ella es la única verdadera iglesia de Cristo en la tierra. Esta es la causa por la que ella da tanta importancia a los milagros. Es cierto que la mayoría de las iglesias protestantes no reclaman para sí los muchos milagros de que Roma hace alarde; pero está muy lejos de la realidad decir que en ellas no se den algunos. Dios escucha las oraciones de sus hijos y las contesta aun en nuestros días, lo cual en sí es milagroso. Tal es el caso del orfanatorio que George Muller estableció en Bristol, que se fundó con el doble propósito de albergar los muchos niños necesitados de aquel tiempo, y demostrar que Dios es un Dios que oye las oraciones de los que creen en sus promesas. George Muller pasó a estar con su Señor hace mucho tiempo, pero el orfanatorio continúa, y los que están al frente de él continúan basándose en el principio de no dar a conocer sus necesidades más que a Dios. Durante un siglo se han cubierto estas necesidades sin falla, y con tanta frecuencia han llegado los donativos exactamente a tiempo que no se puede atribuir a una mera coincidencia. Esta es una de tantas instituciones que dan testimonio del íntimo conocimiento y cuidado de Dios. El es fiel a todos los que cumplen su voluntad y confían en él completamente, sean protestantes o católicos, aunque la fe de estos últimos en Dios este cubierta con muchas supersticiones inútiles que son producto de la ignorancia. “Jehová mira el corazón” (I Sam. 16:7), y donde él ve la fe viva y verdadera en él, puede obrar y de hecho obra en favor de los que le imploran, y obrará un milagro si es necesario. No debemos, pues, sorprendernos si se realizan algunos milagros en la iglesia romana, aunque la mayor parte de ellos sean espurios.

Sin embargo, debemos tener en mente algunas cosas:

1.      Los milagros de la Biblia no ocurrían de continuo. Generalmente se hallan agrupados, y aparecen al principio de una nueva dispensación, o en tiempos de crisis: por ejemplo, cuando Israel salió de Egipto; en los días de Elías y Eliseo; durante la cautividad de Babilonia; y en los tiempos de nuestro Señor y durante la era apostólica. En todos estos tiempos fueron frecuentes los milagros.

Desde Adán hasta la muerte del apóstol Juan pasaron unos 4.000 años, y en este largo lapso de tiempo hubo algunas ocasiones en que figuraron los milagros de manera prominente, pero fueron pocas y de corta duración. Una vez que el evangelio fue confirmado “con muchas pruebas indubitables” (Lucas 1:14; Hechos 1:1-3), no existió la misma necesidad del testimonio de los milagros que se perciben por los sentidos, y aunque no podemos decir, como lo dijeron algunos padres de la iglesia primitiva, que había pasado el tiempo de los milagros, no podemos menos de admitir que han sido menos frecuentes que lo que fueron en otro tiempo Del siglo cuarto en adelante los milagros ocuparon una vez más un lugar más prominente, y siguieron aumentando con el correr de los años, hasta que llegó el tiempo en que se exigieron por lo menos cuatro milagros para que un santo pudiera ser canonizado. Si se ha de juzgar a los santos con este criterio, tenemos que concluir que otros santos católico-romanos han sido más grandes que Juan el Bautista, quien “ninguna señal hizo” (Juan 10:41).

2.      Esta “corriente” de milagros no se puede comparar en su calidad espiritual con los milagros del Nuevo Testamento, que tuvieron siempre un valor práctico, ya fuera ayudando, avisando o castigando, según fuera el caso. Ninguno de estos elementos se encuentra en los milagros católico-romanos.

3.      Los milagros de la Biblia casi en su totalidad vienen a confirmar todo el conjunto de la revelación divina, mientras que los milagros católico-romanos son testimonio de cosas particulares, como una reliquia o un santuario; o tal vez vienen en apoyo de una doctrina particular, como el purgatorio.

Los milagros de la Escritura poseen una sencillez y dignidad que atraen e inspiran mayor fe en Dios, mientras que los de la iglesia romana con frecuencia no son más que pura ostentación, no sólo indigna de Dios, sino también indigna de los hombres, por el elemento mágico que causa la admiración y no por el milagroso que incita al culto. ¿Qué valor espiritual puede haber en un crucifijo que inclina su cabeza ante el que le está adorando, o en una virgen que mueve los ojos, o un cuadro de la Madona en Polonia que en 1949 derramó lágrimas de sangre por los sufrimientos de la iglesia en aquel país? Se nos dice que un sacerdote enjugó sus lágrimas, pero éstas brotaron de nuevo, y millares de personas fueron allí a orar ante el cuadro y traerle dones.

En una iglesia de Nápoles hay dos frasquitos que se guardan en un estuche y que, según dicen, contienen la sangre de un santo. Normalmente esta sangre tiene la forma de un polvo muy fino, pero se torna líquida tres veces al año: el primer sábado de mayo, y los días 16 de septiembre y de diciembre. Por lo menos esto es lo que se dice. Después de volverse líquida, es llevada por las calles en solemne procesión que encabezan un cardenal y otros dignatarios de la iglesia. A los que adoran esta reliquia se les promete la libertad de todas calamidades. El estuche está sellado y no se permite que sabio alguno examine el contenido de los frascos. Todo hay que aceptarlo de buena fe.

4.      Muchos de los milagros de Roma, verdaderos o falsos, tienden a aumentar la riqueza y el prestigio de la iglesia, y conducen a los adoradores a una más profunda superstición. Uno de los lugares de peregrinación más famosos del mundo es Lourdes, que es visitado todos los anos por centenares de millares de peregrinos, algunos de los cuales van en busca de su curación, otros con espíritu de adoración, y muchos más por mera curiosidad, coma turistas. Una aldeana de la localidad, de catorce años de edad, dijo que había visto a la Virgen en la gruta el día 11 de febrero de 1958. Se dijo que al mismo tiempo brotó una fuente de agua, y millares de personas han ido desde entonces a ver el milagro. Al agua se le atribuyen propiedades curativas en virtud de los méritos de la virgen. Se levantó una iglesia sobre la gruta y la fama del santuario se extendió grandemente. Algunos dijeron que habían sido curados y dejaron allí sus muletas. La proporción de los que dicen haber sido curados es muy pequeña, y la opinión médica está dividida acerca de la realidad de los resultados. Un corresponsal especial del Daily Telegraph de Londres escribió con fecha 12 de febrero de 1958 que en los cien años que habían pasado la iglesia romana había reconocido como milagrosas 54 curaciones en Lourdes. Ahora se requiere un informe completo del médico del peregrino, y que una comisión médica declare que la curación es médicamente inexplicable. No cabe la menor duda de que muchos de los que allí van lo hacen con espíritu de verdadera devoción, a pesar de lo cual tienen que regresar a sus casas como habían venido. Como todo ello se ha comercializado ampliamente, lo que es absolutamente cierto es que los peregrinos y los turistas dejan grandes entradas a la iglesia católico-romana y los habitantes del lugar. El día del centenario el Cardenal Gerlier, Arzobispo de Lyons y Primado de las Galias, cantó una misa solemne en presencia de 17 obispos, de los cuales 10 habían venido de extranjero, y por radio se trasmitió desde Roma una congregación de 40.000 personas la recitación del angelus por el Papa. Se espera que en este año (1958) visiten Lourdes unos seis millones de peregrinos, que ocuparán las 25,000 camas que hay en 600 hoteles y pensiones de la ciudad y alrededores. Se supone que cada peregrino y turista gaste entre 5 y 10 libras esterlinas (catorce a veintiocho dólares) en la compra de rosarios y otros recuerdos religiosos. Sólo la ciudad de Lourdes ha gastado 2,000,000 de libras esterlinas (5,00.,00 dólares) en los últimos diez años para ampliar los lugares de estacionamiento de automóviles y alargar las pistas de aterrizaje, etc.

No tenemos más que colocar lado a lado los milagros de nuestro Señor con lo que se hace en Lourdes, y el empeño que él tuvo en evitar el clamor popular, para notar el contraste.

Manifestaciones semejantes a estas se han realizado en México, Cuba, Argentina, Chile y Portugal, y la iglesia de Roma afirma que todas ellas son manifestaciones de María, aunque localmente reciban diversos nombres.

Entre los no-romanistas no es tan conocido el uso de escapularios y medallas que se llevan sobre en cuerpo. Estos no son más que amuletos para ahuyentar influencias malas, que hacen al que los lleva participante de los méritos de la orden religiosa que los reparte, a pesar de todas las protestas que Roma hace en contrario. El escapulario, que se usa como vestido, está compuesto de una pieza de tela que tiene una abertura en el medio para meter por ella la cabeza, quedando los dos extremos colgando sobre el cuerpo, uno atrás y otro adelante. Con el correr del tiempo este escapulario ha quedado reducido a dos piececitas de tela de lana de unos siete centímetros por cinco, una de las cuales cuelga sobre el pecho y la otra sobre la espalda por medio de unas cintas que pasan por los hombres. Los colores varían según las diversas órdenes religiosas: unos son blancos, otros azules, o rojos, o púrpuras, etc. En la tela se hallan impresas o bordadas las representaciones de la virgen o de la cruz. Están autorizados dieciocho modelos de estos amuletos, y sólo se permite llevar cinco de ellos al mismo tiempo. El más popular es el de la orden carmelitana, que se fundó en 1156. Hoy día lo puede llevar cualquiera, y son unos dos millones de personas las que lo usan. El que lo lleva y se conserva puro y reza diariamente las oraciones prescritas tiene seguros dos favores:

a.       Su cuerpo se libra de todas las calamidades y de los ataques del diablo.

b.      Se salva su alma. El Papa Clemente tuvo una visión de la Santa Madre en el siglo doce, en la que se le aseguró que ella baja todos los sábados al purgatorio y saca de allí a todas las almas que llevan su escapulario.

En el año 1911 se acuñó una medalla que tenía grabada en un lado el sagrado corazón y en el otro la imagen de la virgen. Esta medalla puede usarse en reemplazo del escapulario, y se obtienen los mismos méritos, pero es menester comprar una nueva medalla cada año, y en algunos casos se exige que se haga también una contribución mensual.

Otro amuleto que no es tan popular es el agnus déi, que se compone de discos de varios tamaños, hechos con la cera que queda de las velas que se usan en el culto. En un lado estos discos llevan impresa la figura de un cordero y de una cruz, y en el otro las armas del papa o la figura de un santo. Estos discos son preparados y bendecidos por el papa en el primer año de su pontificado, y cada siete años después. Algunos de ellos se conceden a los cardenales o personas de rango y distinción, y en la bendición que se pronuncia sobre ellos se hace especial mención de la libertad que dan de los peligros de fuego, inundación, tormentas, pestilencias y del parto. La misma Roma admite que éstos se introdujeron probablemente como un sustituto cristiano de los amuletos paganos comunes en Roma en el siglo quinto.

4.      El milagro que Roma admite es el más grande de todos es el que se realiza casi continuamente en cada momento en muchísimos lugares de todo el mundo, cuando la hostia y el vino se convierten en el real cuerpo y sangre de nuestro Señor, al pronunciarse las palabras de la consagración para ser ofrecido a Dios y comido por los que comulgan. Este milagro, sin embargo, no tiene base alguna científica. Antes de poder aceptar esto como verdadero, se tiene que negar toda facultad de percepción que se usa en los juicios diarios. Dios no nos pide tal cosa sino que nos da la facultad de observar y raciocinar para que la usemos. La fe está sobre la razón, pero no está contra ella. Cuando va contra ella se convierte en credulidad y superstición.

Apologética católica XXVIII

Apologética católica XXVIII

LAS FORMAS DEL CULTO

“La hora viene, cuando ni en este monte, ni en Jerusalén adoraréis al Padre. La hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren. Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren.” (Juan 4:21, 23,24).

LA IGLESIA DE ROMA da mucha importancia y magnificencia a los lugares del culto, y hay muchas cosas en las formas de su culto que no tuvieron lugar en la iglesia de los tiempos apostólicos, por ejemplo, el uso de las vestiduras, el ritual complicado, las velas y lámparas encendidas, el incienso, el agua bendita, las oraciones y letanías en latín, las cruces y las imágenes, las genuflexiones y postraciones, las procesiones no sólo en las iglesias sino también fuera en las calles, las peregrinaciones a los santuarios y lugares santos.

Lo que en realidad importa en el culto, como se lo dijo nuestro Señor a la samaritana, es que se haga en espíritu y en verdad. Los hombres pueden fácilmente adorarle con los labios y con actos externos, mientras su corazón está lejos de él. No es de admirar, por consiguiente, que se diga tan poco sobre las formas del culto en el Nuevo Testamento. Parece como si hubiera habido en ello un propósito divino, para que hubiera lugar, dentro de la unidad de la iglesia universal, a esa variedad de formas en el culto en las cosas no esenciales. Esta misma variedad en la unidad se echa de ver en la obra de las manos de Dios: un gran árbol, con sus innumerables hojas, todas las cuales tienen las mismas características, y sin embargo, no hay dos de ellas iguales. La pauta de Dios para su iglesia parece que fue: “En las cosas esenciales, unidad; en las no esenciales, libertad; en todas, caridad.” De esta manera dijo Pablo, escribiendo a los corintios acerca de la circuncisión: “¿Es llamado alguno circuncidado? quédese circunciso. ¿Es llamado alguno incircuncidado? que no se circuncide. La circuncisión nada es, y la incircuncisión nada es; sino la observancia de los mandamientos de Dios” (1 Cor. 7:18,19).

En otra parte escribe acerca del comer carne, que unos condenaban y otros permitían: “Si bien la vianda no nos hace más aceptos a Dios: porque ni que comamos, seremos más ricos, ni que no comamos, seremos más pobres” (1 Cor. 8:8) .

Escribiendo a la iglesia de Roma, dice:

“Uno hace diferencia entre día y día; otro juzga iguales todos los días. Cada una esté asegurado en su ánimo. El que hace caso del día, hácelo para el Señor: y el que no hace caso del día, no lo hace para el Señor. Mas tú, ¿por qué juzgas a tu hermano? O tú también, ¿por qué menosprecias a tu hermano? porque todos hemos de estar ante el tribunal de Cristo. Así que, no juzguemos más los unos de los otros: antes bien juzgad de no poner tropiezo o escándalo al hermano” (Rom. 14:5, 6, 10, 13).

Debemos confrontar todas las cosas con la Palabra de Dios. Las cosas que ella permite, debemos permitirlas, aunque no nos agraden personalmente; las cosas que la Escritura no permite, tampoco debemos permitirlas nosotros. Demos esta libertad a los demás, y reclamémosla para nosotros mismos.

En la Escritura hay una regla acerca del culto en conjunto que es bien clara. Se encuentra en 1 Cor. 14:33 y 40: “Dios no es Dios de disensión, sino de paz; como en todas las iglesias de los santos…. Hágase todo decentemente y con orden.”

Este mandato obliga a todos los cristianos de cualquier denominación o lugar. La iglesia católico-romana es monilítica en la unidad de su culto, y sus normas deben aplicarse estrictamente en todos los lugares a ella sujetos. Todos deben someterse a sus instrucciones, o abandonarla, como lo han hecho muchos a través de los siglos. Las iglesias protestantes gozan de varias diferencias evidentes en el orden y forma de su culto eclesiástico, a causa de la mayor libertad eclesiástica. Roma ofrece una uniformidad férrea en sus formas; las iglesias protestantes, variedad en las formas con unidad en la fe. Por debajo de la diversidad aparente entre los cristianos evangélicos, existe entre ellos una unidad esencial. Examinemos algunas de las características del culto católico-romano a la luz de la Escritura.

1.      Las vestiduras. El uso de éstas es obligatorio, y toda persona ordenada debe usar las vestiduras que se señalan para su cargo particular. Algunas de ellas son muy costosas, especialmente las de los clérigos de rangos superiores. Las vestiduras vistosas, que usan los sacerdotes al ejercer sus funciones, atraen a mucha gente por la similaridad que tienen con las vestiduras que se usan en las cortes de los reyes, que indican autoridad en las personas que las llevan. También tienden a exaltar al sacerdote como un objeto de veneración. No es necesario decir que esta clase de vestimenta no tiene lugar en el relato evangélico de la primitiva iglesia. Nuestro mismo Señor estuvo entre la gente y obró con su gran poder, vestido sencillamente como sus paisanos.

En la historia de la crucifixión se nos exhibe la escasa cantidad de ropa de que disponía. Pedro vestía también las ropas ordinarias del pescador (Juan 21:7). Pablo se hizo “todo a todos, para que de todo punto salve a algunos” (I Cor. 9:22). La descripción que hace de la condición en que se hallaba frecuentemente de “frío y desnudez” por amor al evangelio (2 Cor. 11:27), y la petición que hizo a Timoteo de que le trajera el capote que había dejado en Troas en su camino a Roma, no dan idea de que tuviera gran cantidad de ropa, sino que vivía con la misma sencillez que había caracterizado a su Señor (I Tim. 4:13). Según el Buzón de Preguntas, las vestiduras que usa hoy día el sacerdote en la misa, excepto el amito, representan el vestido diario que de ordinario se usaba en Roma en el siglo segundo. Unicamente ha desaparecido la toga, y hasta el siglo noveno en adelante no se insinuó que simbolizaran las virtudes sacerdotales. (Buzón de Preguntas, pág. 273.)

2.      El ritual. Para cada acto del culto hay un rito determinado en la iglesia de Roma. En tiempo de nuestro Señor no fue así. El condenó a los judíos de su tiempo porque añadían a la ley divina ceremonias sin valor (Marcos 7:2-13). El no instituyó más que dos sacramentos, ambos sencillos y sin ostentación. Todo el ritual del antiguo templo judío, con su altar e incensarios, su patio interior y lugar santo, su arca de la alianza y el asiento de la misericordia colocado en ella, han dejado de ser, porque se cumplieron en Cristo, y ya no tienen lugar en el culto cristiano.

3.      Las lámparas y las velas. El uso de estas cosas procede del antiguo rito del culto al dios sol, y hasta nuestros días muchas religiones paganas usan velas encendidas en su culto de cada día. Las velas no tuvieron lugar en el culto cristiano en los cuatro primeros siglos. Un escritor cristiano del siglo cuarto hace mofa del culto de la antigua Roma, diciendo que usaban lámparas y velas, porque sus dioses habían nacido en las tinieblas. Si en su tiempo se hubieran usado velas en la iglesia, no se hubiera podido reír de los paganos porque lo hacían.

4.      El incienso. El incienso que se usaba en el culto del templo judío era figura de los méritos de nuestro Señor, en virtud de los cuales Dios acepta nuestro culto y nuestras oraciones (Apoc, 8:3, 4). Ha hallado su cumplimiento en la obra meritoria de Cristo por nosotros en el mismo cielo, y al igual que otras cosas simbólicas, no tiene lugar en el culto cristiano ni fundamento bíblico.

5.      El agua bendita. El agua bendita que se usa hoy día en las iglesias católico-romanas, y en la que los fieles mojan el dedo para hacer la señal de la cruz sobre sí mismos, es agua ordinaria, a la que se ha añadido un poco de sal antes de ser bendecida por el sacerdote. Ni el Nuevo Testamento, ni ninguno de los padres de la primitiva iglesia apoyan esto, ni tampoco el llevar el agua a la casa, como se hace en algunos lugares, para rociar con ella el hogar y la tierra, y aun el ganado y las cosechas para protegerlas de malas influencias. Esto es tan supersticioso como 1o era el colocar el agua santa fuera de los templos de la Roma pagana, y que se usaba con el mismo fin.

6.      La señal de la cruz. Desde el siglo tercero los romanistas han usado un dedo de la mano derecha para hacer la señal de la cruz en la frente y en el pecho, diciendo al mismo tiempo: “En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo,” como fórmula de bendición. La señal de la cruz se usa muchas veces en el culto católico-romano, más de diez veces en la misa, por ejemplo. Pero no ha sido ordenado por Dios como acto de culto, ni tiene valor intrínseco alguno.

7.      El culto en latín. El latín fue, como es sabido, la lengua de la antigua Roma, pero ya hace muchos, muchos años, es lengua muerta, que no se habla en ningún país del mundo hoy día. El latín era la lengua oficial del gobierno, y poco a poco se extendió por toda Europa como medio general de comunicación, mientras el griego era el lenguaje comercial en tiempo de nuestro Señor. Con el tiempo, sin embargo, se hizo general el uso de las lenguas nacionales, y al llegar a los países eslavos los misioneros en el siglo noveno, como fueron muchos los que aceptaron el cristianismo, elevaron una petición al Papa para que autorizase el uso de sus propias lenguas en el culto. La petición fue concedida, pero dos siglos después se les quito la autorización, y desde entonces ha sido obligatorio el uso del latín en los servicios litúrgicos romanos. El Concilio de Trento en 1562 decretó que todas las misas deberían ser dichas en latín. Con esto se controlaban fácilmente las iglesias y las doctrinas que en ellas se enseñaban. El resultado ha sido que se han cerrado las puertas de la instrucción a incontables millones.

Las Santas Escrituras ponen bien en claro:

1.      Que nuestras oraciones y nuestro culto deben ser espirituales, inteligentes y sinceros, no meramente emocionales; por lo tanto la lengua que se usa debe ser entendida con facilidad (1 Cor. 14:14; Juan 4:24).

2.      Pablo repite con frecuencia que todo lo que se haga en el culto, debe servir para la edificación (I Cor. 14:5, 12, 17 y 26; Rom. 14:19; 2 Cor. 12:19b); ¿pero cómo pueden servir de edificación a los que asisten al culto, si no entienden lo que dice el sacerdote?

3.      Pablo también dice: “Si por la lengua no diereis palabra bien edificante, ¿cómo se entenderá lo que se dice? porque hablaréis al aire” (I Cor. 14:9) . “En la iglesia más quiero hablar cinco palabras con mi sentido, para que enseñe también a los otros, que diez mil palabras en lengua desconocida” (1 Cor. 14:19).

4.      Una vez más dice que el que adora debe entender lo que se ora o canta (I Cor. 14:15), o predica (I Cor. 14:24), porque solamente de esta manera puede apreciar lo que se hace (1 Cor. 14:16 y 25).

Cuando el sacerdote dice la misa, no solamente habla en latín, sino que está de espaldas al pueblo, de modo que aunque hable alto no es fácil oírle, mucho menos entender lo que dice. Roma afirma en realidad que no es de importancia que el que participa en el culto entienda lo que el sacerdote dice o hace. Basta con que lo vea, pues las palabras que se dicen no se dirigen a los hombres sino a Dios. No es esto lo que enseña el apóstol Pablo, pues en I Cor. 10:16 dice: “La copa de bendición que bendecimos,” lo que implica que los que están participando de la comunión participan también en la acción de gracias, lo que no sería posible si la acción de gracias se hacía en una lengua desconocida, o tan lejos que no se podía oír.

8.      Las procesiones. Roma da mucha importancia a las procesiones, tanto dentro de las paredes de las iglesias como fuera de ellas, con gran despliegue de cruces y estandartes, incensarios e imágenes, juntamente con la hostia, ante la que se arrodillan y a la que adoran las multitudes que la rodean. En las procesiones no hay nada intrínsecamente malo, la verdad es que nuestro Señor fue la figura central de una de ellas, cuando se presentó a la nación judía como su Mesías, cabalgando en asno hasta Jerusalén en cumplimiento de la profecía de Zacarías. En el culto cristiano, sin embargo, no tienen lugar, y cuando se mezclan, como lo hace Roma, con tantas cosas que están prohibidas en las Escrituras y son de índole idólatra, son completamente ajenas al culto que es acepto a Dios.

9.      Las peregrinaciones. No tenemos más que volver la vista al texto bíblico que encabeza este capítulo para ver cuán opuestas son al culto espiritual. La mayor parte de las veces se hacen para conseguir alguna indulgencia romanista, y para orar en algún santuario, lo que es contrario al mandato expreso de Dios. ¿Cómo pueden ser medio para conseguir gracia?

Apologética católica XXVII

Apologética católica XXVII

LOS ÁNGELES

 LA IGLESIA DE ROMA incluye a los santos ángeles entre los objetos que se deben venerar o adorar, y en apoyo de esta práctica aduce Mat. 18:10:

“Mirad no tengáis en poco a alguno de estos pequeños; porque os digo que sus ángeles en los cielos ven siempre la faz de mi Padre que está en los cielos.”

Sin embargo, estas palabras de nuestro Señor no dicen que sean intercesores, que oran por los niños que están a su cuidado en la tierra, ni dijo el Señor a sus discípulos que deberían adorar a los ángeles de la guarda, o invocarlos en sus oraciones. El gran Intercesor por los niños ante el trono de la gracia es el mismo Señor, como lo es también por nosotros. Hay que tener presente, en relación con la invocación de los ángeles en la oración, que los mayores de ellos, aun los mismos arcángeles, son seres creados, y el adorarles a ellos sería adorar a una criatura antes que al Creador, que está sobre ellos y al que ellos bendicen para siempre (Rom. 1:25). Hacerlo así sería pecado.

En Hebreos 1:14 se nos dice con toda claridad por qué los ángeles están en la presencia de Dios:

“¿No son todos (incluyendo los mayores) espíritus administradores, enviados para servicio de los que serán herederos de salud?”

Los ángeles, por orden de Dios, van a ayudar a los creyentes en la tierra. Hay tantos casos de ello tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento que solamente podemos mencionar unos pocos.

a.       Ayudaron a Lot a escapar de la destrucción de Sodoma (Gén. 19:1) .

b.      Ayudaron a Elías, cuando él, todo descorazonado, iba huyendo de Jezabel (1 Reyes Ig:5 y 7).

c.       Libertaron a Eliseo del cerco de los ejércitos de Siria (2 Reyes 6:17).

d.      Un ángel libró a Sadrach, Mesach y Abed-nego del horno de fuego (Dan. 3:28).

e.       Dios mandó un ángel a tapar las bocas de los leones para que no hiciesen daño a Daniel, que había sido arrojado en el foso (Dan. 6:22).

f.       Un ángel sacó a los apóstoles de la cárcel de Jerusalén (Hechos 5:19).

g.      Otro ángel hizo lo mismo con Pedro solo (Hechos 12:7).

h.      Un ángel estuvo al lado de Pablo en la tormenta, para ayudarle y animarle (Hechos 27:23).

En cada uno de estos casos el ángel cumplió las órdenes de Dios; no se les invocó ni se les adoró. Esto está en conformidad con otros dos pasajes en Apoc. 19:10 y 22:8, en los cuales se prohibió a Juan que adorase al ángel, que le dijo: “Mira que no lo hagas: yo soy siervo contigo, y con tus hermanos que tienen el testimonio de Jesús: adora a Dios.”

En el Antiguo Testamento se hace referencia varias veces a la segunda persona de la Trinidad como “El Angel del Señor”; como en Gén. 22:11, 12, donde le dice a Abraham: “No me rehusaste tu hijo, tu único”; y una vez más en Exodo 3, donde “El Angel del Señor’ (versículo 2) es llamado Dios (vers. 4), y el mismo ángel dice: “Yo soy el Dios de tu padre” (vers. 6). No nos debemos extrañar que a Moisés se le ordenara quitarse los zapatos allí, porque el suelo que pisaba era santo. Dios estaba allí.

Cuando el ángel Gabriel se apareció a Daniel, el profeta cayó sobre su rostro, lleno de temor y adormecido, pero el ángel le tocó y le puso en pie (Dan. 8:18). Lo mismo aconteció en Daniel 10:11 y 12. Daniel no le adoró, sino que estuvo allí para oír. Si Daniel no adoró al arcángel Gabriel, cuánto menos debemos nosotros adorar a seres angélicos inferiores. La realidad es que se nos prohibe terminantemente hacerlo así:

“Nadie os prive de vuestro premio, afectando humildad y culto a los ángeles, metiéndose en lo que no ha visto, vanamente hinchado en el sentido de su propia carne, y no teniendo la cabeza (Cristo), de la cual todo el cuerpo (la iglesia, Efe. 1:22, 23), alimentado y conjunto por las ligaduras y conjunturas, crece en aumento de Dios” (Col. 2:18, 19).

Apologética Católica XXVI

Apologética Católica XXVI

LOS SANTOS

 HEMOS EXAMINADO ya el culto que Roma tributa a las imágenes y a las reliquias, y que ella justifica diciendo que la adoración que se ofrece no va dirigida a los objetos visibles, sino a las personas que representan, y hemos visto la falsedad de esta afirmación, y que, de hecho, el culto es idolátrico y ofende a Dios. Demos un paso más y veamos si se permite el culto a los santos que están en el cielo, independientemente de un objeto visible que los represente. Veremos que no puede ser así.

Como paso preliminar debemos esclarecer el significado de las palabras, porque el sentido que se da en el Nuevo Testamento a la palabra santo, no es el mismo que le da la iglesia de Roma. La palabra santo se usa en el Nuevo Testamento unas sesenta veces, nunca como prefijo de un nombre, sino siempre refiriéndose a los creyentes ordinarios en el Señor Jesucristo. Se encuentran vivos en la tierra al aplicárseles esta palabra. Si examinamos algunos pasajes que aluden a ellos, encontraremos que ellos estaban viviendo en diversos países y ciudades: en Jerusalén, (Hechos 9: 13); en Roma (Rom. 1 :7); en Lydda (Hechos 9:32); en Corinto (I Cor. 1:2); en Acaya (2 Cor. 1:1) ; en Efeso (Efe. 1:1) ; en Filipos (Fil. 1:1), y en Colosas (Col. 1:2), como miembros de las iglesias de aquellos lugares, y naturalmente en otros muchos lugares que no se mencionan específicamente. La palabra “santo” significa “separado,” “puesto aparte.” Habían sido pecadores como todos los demás, pero habían sido “lavados, y santificados, y justificados en el nombre del Señor Jesús, y por el Espíritu de nuestro Dios” (I Cor. 6:11). Habían sido redimidos por la sangre de Jesús, y todos sus pecados habían sido perdonados “conforme a las riquezas de su gracia” (Efe 1:7). Los que “habían estado lejos, habían sido hechos cercanos por la sangre de Cristo” Efe. 2:13).

Sin embargo, no eran perfectos en sí mismos, sino que habían sido llamados a ser santos. Las dos cartas escritas a la iglesia de Corinto ponen en claro que estos santos tuvieron a veces faltas graves, y se hallaban lejos de la santidad y de la separación del pecado, a la que habían sido llamados. Había entre ellos divisiones, juicios, desórdenes en el culto, y hubo un caso de escandalosa inmoralidad, de la que se tuvo que ocupar la iglesia. La mayor parte de las otras iglesias eran mejores que ésta, pero ninguna de ellas era “perfecta,” de modo que Dios tuvo que dar a su iglesia dones “para la perfección de los santos, para la obra del ministerio” (Efe. 4:12). Conforme a la enseñanza del Nuevo Testamento, los santos no eran una clase especial de cristianos que, después de haber obtenido lo que Roma llama “condición heroica de santidad,” forman una especie de aristocracia espiritual en el cielo, y son puestos por el papa en un catálogo especial para ser “venerados” e invocados en las oraciones.

El concepto de la santidad en la iglesia católico-romana es muy diferente del del Nuevo Testamento.

La santidad en la iglesia romana está formada por los que han muerto y viven ahora en el cielo, donde la palabra “santo” en su sentido de separación es una anomalía, puesto que en el cielo no hay pecado del que tengan que separarse. La santidad católico-romana sigue a la beatificación o canonización. La primera consiste en un decreto que autoriza la veneración en ciertas áreas; la segunda tiene aplicación universal y la veneración es ya obligatoria. Durante varios siglos eran los obispos los que decidían quienes eran santos; después por un período largo de tiempo esta prerrogativa se limitó a los arzobispos; hasta que, finalmente, en el siglo once sólo el papa podía beatificar o canonizar y esto solamente después de haber sometido a severo escrutinio los relatos de la vida y santidad del que así había de ser honrado. Esto no se hacía, de ordinario, sino mucho tiempo después de haber muerto la persona. La última etapa tuvo lugar en el año 1634 en que fueron promulgados oficialmente los reglamentos para la canonización. Tanto la beatificación como la canonización llevaban consigo gastos de ingentes sumas de dinero para hacer frente a todo el proceso que se seguía. Para la canonización se requería que el que había de ser canonizado hubiera obrado por lo menos cuatro milagros que pudieran ser probados.

La más grande de todos los santos es la Virgen María, a quien se tributa un grado de veneración o culto superior al de todos los otros. Siguen los apóstoles, y después los evangelistas que sufrieron el martirio en los tres primeros siglos, entre ellos Juan el Bautista, aunque la Biblia dice de él que “no obró milagros.” Después de estos aumenta rápidamente el número, que incluye toda clase de hombres y mujeres ermitaños, teólogos, prelados, algunos papas, reyes, gente humilde, a todos los que se les designa un día en el calendario en que son honrados en forma especial. Más tarde se instituyó la fiesta de “Todos los Santos,” para honrar a los que no se les había podido colocar en otro lugar. Tal vez valga la pena hacer notar que la mayor parte de los que están inscritos en el catálogo de los santos son célibes; los casados son una pequeña minoría, y es que la idea de la santidad en Roma no siempre coincide con las normas del Nuevo Testamento.

No se necesita hacer esfuerzos para decidir cuáles de los santos que figuran en el catálogo romano eran verdaderos santos según el Nuevo Testamento, porque la Palabra de Dios dice:

“No juzguéis nada antes de tiempo, hasta que venga el Señor, el cual también aclarará lo oculto de las tinieblas, y manifestará los intentos de los corazones: y entonces cada uno tendrá de Dios la alabanza” (1 Cor. 4:5).

Esta ordenanza se aplica a nosotros lo mismo que al papa, y una cosa es cierta, que todo “santo” católico-romano que está en el cielo se encuentra allí, no a causa de su propia santidad heroica ni de la decisión o proclamación del papa, sino porque al igual que nosotros ha confiado en Cristo como su Salvador y ha sido lavado en su preciosa sangre. Se encuentran allí en él, no confiando en su propia justicia, sino en la que es por la fe de Cristo, la justicia de Dios por la fe (Fil. 3:9).

Roma dice que la intercesión que hacen sus santos por nosotros tiene especial eficacia porque están más cerca de Dios que los cristianos ordinarios, lo cual no es cierta. Todo verdadero creyente es un santo, que está “en Cristo,” como ya hemos visto; está en Cristo, como los miembros en el cuerpo; está en Cristo, como los pámpanos en la vid son parte de la vid, de modo que la vid no estaría completa sin ellos. Jesús dijo: “Si estuviereis en mí, y mis palabras estuvieren en vosotros, pedid todo lo que quisiereis, y os será hecho” (Juan 15:5 7) . En cuanto a la oración que se ha de hacer a los que han salido de esta vida, hay que decir lo siguiente.

1.      La oración es una forma de culto, y como ya hemos visto, el mandato de Dios, confirmado por nuestro Señor Jesucristo, es, “Al Señor tu Dios adorarás, y a él solo servirás.”

2.      En ninguna parte de la Escritura se ordena el culto o la oración a los santos.

3.      Ni en el Antiguo ni en el Nuevo Testamento se encuentra un solo caso de invocación a los santos.

4.      Ni Pedro con Cornelio (Hechos 10:25), ni Pablo y Bernabé con los habitantes de Listra (Hechos 14:15) permitieron que los hombres se postraran ante ellos. Nuestro Señor Jesucristo si lo permitió. El leproso le adoró y oró a él (Mat. 8:2). Lo mismo hicieron Jairo (Mat. 9: 18), y los discípulos después de la tormenta en el lago (Mat. 14:33), y la mujer cananea (Mat. 15:22).

5.      Pablo llama creyentes “a todos los que invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo en cualquier lugar, Señor de ellos y nuestro” (I Cor. 1:2). No se refiere a ellos como “a los que invocan a María y a los santos.”

6.      Es inútil orar a los santos.

 

a.       Los santos que han salido de este mundo ni son omnipresentes, ni omniscientes, para poder oír las oraciones en todas partes. Orar a ellos es concederles atributos que sólo pertenecen a Dios. Además rebaja el valor y la necesidad de la oración a Dios mismo.

b.      Ni existe evidencia alguna de que tienen poder para ayudar, aunque pudieran oír y conocer nuestras necesidades.

c.       Solamente una vez se refirió nuestro Señor a la oración a un santo en el paraíso, pero aquella oración no procedió de la tierra sino del infierno. El rico oró a Abraham primeramente por sí mismo, y luego por sus hermanos en la tierra, pero ambas oraciones fueron rechazadas (Lucas 16:23-32).

d.      Saúl trató de conseguir la ayuda de Samuel, después de muerto, porque Dios no le había oído, pero inútilmente. En I Cró. 10:13, 14, leemos: “Murió Saúl por su rebelión con que prevaricó contra Jehová, contra la palabra de Jehová, la cual no guardó; y porque consultó al pythón . . . por esta causa lo mató.” El invocar a los muertos no sólo es inútil, sino que es pecado.

 

7.      No necesitamos las oraciones de los santos, aunque las pudiéramos conseguir.

a.       El buscar la ayuda de los santos implica la suposición de que Cristo no está dispuesto a salvarnos o bendecirnos, y que hay que convencerle de ello, lo cual es derogatorio de su amor y su gracia.

b.      El único apoyo que se necesita es el nombre de Jesús, que es lo más valedero ante Dios.

c.       Pedro (Hechos 2:21) y Pablo (Rom. 10:13) dijeron: “El que invocare el nombre del Señor, será salvo.”

d.      Nuestro Sumo Sacerdote Jesús) se compadece de nuestras enfermedades, pues fue tentado en todo como nosotros.

 

“Lleguémonos pues confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia, y hallar gracia para el oportuno socorro” (Heb. 4:15, 16). e) Jesús dijo: “Yo soy el camino . . . nadie viene al Padre, sino por mí” Uuan 14:6). Al hablar así excluyó a todos los demás mediadores.

En resumen: El catálogo romano de los santos podrá tener interés como cosa de la antigüedad aquí en la tierra; pero no hay ni pizca de evidencia de que tenga validez alguna en el cielo. En la Escritura no existe nada en apoyo de la idea de que un grupo de almas especialmente santas tengan acceso a Dios con preferencia al que goza cualquier creyente. No hay nada que sugiera que ellos puedan oír nuestras oraciones o ayudarnos con su intercesión, y está prohibido el intentar entrar en contacto con ellos. No necesitamos de otro mediador, pues tenemos a Cristo como nuestro Sumo Sacerdote, siempre intercediendo por nosotros, listo y con poder para venir en nuestra ayuda. “Todas las promesas de Dios son en él Sí, y en él Amén, por nosotros a gloria de Dios” (2 Cor. 1:20) . “Esperad en él en todo tiempo, oh pueblos; derramad delante de él vuestro corazón: Dios es nuestro amparo” (Salmo 62:8).

“Tú oyes la oración: a ti vendrá toda carne” (Salmo 65:2).

“Sean notorias vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con hacimiento de gracias, y la paz de Dios, que sobrepuja todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros entendimientos en Cristo Jesús” (Fil. 4:6)

Apologética católica XXIV

Apologética católica XXIV

LAS RELIQUIAS

 ROMA VENERA, según ella dice, pero en realidad adora, como ya hemos visto, un gran número de reliquias. La mayor parte de ellas se supone que son huesos de los ‘santos’; pero además de éstas hay muchas otras, por ejemplo, parte de las tablas de la ley dada a Moisés (Exo. 34:27, 28), las varas de Moisés y de Aarón (Exo. 7:9 y Núm. 17:10), la mesa a que Jesús y sus discípulos se sentaron para la última cena (Mat. 26:26-28), muchos pedazos de la verdadera cruz, las espinas de la corona que le pusieron (Juan 19:5), los clavos en que pendió de la cruz, la tabla en que fue escrita la inscripción (Juan 19:20), la esponja que el soldado romano empapó en vinagre (Juan 19:29), la punta de la lanza que fue introducida en su costado (Juan 19:34), sus vestiduras interiores y exteriores (Juan 19:23, 24), su túnica (Marcos 15:46), y las cabezas de Juan el Bautista, Pedro y Pablo. Aunque muchas de éstas han sido adoradas por cientos de años, muchas de ellas no pueden menos de ser espurias. Si se pusieran juntas las partes de la verdadera cruz, pasarían con mucho el tamaño de la cruz original. Aunque probablemente no se usaron mas de tres o cuarto clavos en la crucifixión, andan circulando por ahí catorce. En el costado de nuestro Señor no se introdujo más que una lanza, y sin embargo existen cuatro. Jesús no tuvo más que una vestidura sin costura, y la iglesia de Roma conserva tres. También existen dos cabezas de Juan el Bautista, una en Roma y la otra en Amiens. La Enciclopedia Católica y otros libros que escriben de estos asuntos admiten que muchas de estas reliquias son espurias, y sin embargo se las conserva para ser adoradas. Para esto se alegan varias excusas.

1.      La gran dificultad que hay para decidir cuál es la verdadera y cuáles son espurias.

2.      Al tratar de averiguar cuál es la falsa, se podrían rechazar y deshonrar las que son verdaderas, de modo que lo mejor es dejar las cosas como están, según dijo el Señor al hablar de la cizaña.

3.      Si la iglesia admitiera que algunas reliquias son espurias, no podría evitar cierta pérdida de estimación y el reproche.

4.      ‘En realidad, no importa mucho si las reliquias no son auténticas, pues la reverencia se tributa al santo.’ (Buzón de Preguntas, página 373.)

5.      Los laicos dicen: Puesto que la decisión de los asuntos de fe y conducta pertenece a los papas y los obispos, lo mejor es dejar el asunto en sus manos.

De esta manera Roma continúa apoyando lo que sabe que es parcialmente falso, y al hacerlo así favorece el culto que está prohibido por las mismas Escrituras, cuya autoridad divina reconoce.

Sin embargo, trata de hallar apoyo en la Biblia para la “veneración” de las reliquias, pero con muy pobre resultado.

1.      Como ejemplo se citan los huesos de José, de que se habla en Exodo 13:19. “Tomó también consigo Moisés los huesos de José, el cual había juramentado a los hijos de Israel, diciendo: Dios ciertamente os visitará, y haréis subir mis huesos de aquí con vosotros.”

Pero observemos los hechos. José había pasado en Egipto los ciento diez años de su vida, menos diecisiete, después de haber sido vendido como esclavo. Durante todos esos años, primero en el sufrimiento y la opresión y después en la grandeza y gloria como virrey, no había abandonado nunca su fe en Dios, ni había perdido la esperanza de volver a la tierra que Dios había prometido a sus mayores. Al acercarse el día de su muerte, dijo a sus hermanos: “Yo me muero; mas Dios ciertamente os visitará, y os hará subir de aquesta tierra a la tierra que juró a Abraham, a Isaac, y a Jacob…. Dios ciertamente os visitará, y haréis llevar de aquí mis huesos” (Génesis 50:24, 25).

Volvamos ahora a Hebreos 11:22:

“Por fe José, muriéndose, se acordó de la partida de los hijos de Israel, y dio mandamiento acerca de sus huesos.”

Durante todos los años de esclavitud egipcia que siguieron, aquel cuerpo embalsamado continuó entre los israelitas como un recuerdo de la promesa de libertad hecha por Dios y de la fe de José, y cuando llegó el día de la libertad, Moisés naturalmente lo llevó conforme al juramento hecho; pero no se lee que fuera adorado o “venerado” a la usanza romana. No se le menciona más que tres veces, primero alhacerse el juramento, después en el desierto cuando comenzó el viaje, y por último cuando fue debidamente enterrado en Sichem (Josué 24: 32) . No se vuelve a hacer referencia a él a través de toda la historia de la nación israelita. Si hubiera sido una reliquia romanista, no hubiera desaparecido tan fácilmente de la escena.

2.      La iglesia de Roma cita el caso de Eliseo, cuyos huesos estuvieron realmente relacionados con un milagro que garantiza la Escritura. “Entrado el año vinieron partidas de moabitas a la tierra. Y aconteció que al sepultar unos un hombre, súbitamente vieron una partida, y arrojaron al hombre en el sepulcro de Eliseo: y cuando llegó a tocar el muerto los huesos de Eliseo, revivió, y levantóse sobre sus pies” (2 Reyes 13:20, 21).

Lo primero que tenemos que observar en este breve relato es que el poder no se atribuye a los huesos de Eliseo. El poder de resucitar pertenece sólo a Dios.

“Jehová mata, y él da vida:

El hace descender al sepulcro, y hace subir” (I Samuel 2:6).

Lo segundo es que se trata de un caso único. En todo el contenido de la Escritura no se encuentra otro caso en que Dios usara los huesos de un muerto para obrar un milagro. En tercer lugar, el pueblo de Israel no sacó del sepulcro los huesos de Eliseo y los colocó en una urna para que fueran adorados, ni edificó un santuario en el sepulcro para constituirle en lugar de peregrinación. Ningún otro cuerpo muerto tocó esos huesos y vivió, ni fue la gente allí para orar por los difuntos. Ya no se volvió a oír nada de esos huesos, como tampoco se oyó de los de José. Tal vez no este fuera de lugar repetir aquí que Roma no hubiera dejado escapar la oportunidad.

Se puede preguntar con razón por qué Dios usó de esta manera los huesos de Eliseo, y a esta pregunta no se puede dar respuesta simplemente porque no ha sido revelado positivamente. Dios es soberano y puede obrar milagros cuando quiere, con o sin la ayuda de medios visibles. Sin embargo, se encuentra una posible razón en el contexto bíblico. El caso esta íntimamente relacionado con dos cosas. Inmediata mente antes se halla la profecía que Eliseo había hecho antes de morir de que los invasores sirios serían rechazados nada más que tres veces, e inmediatamente después está el relato del cumplimiento de la profecía. Es muy posible que el milagro se obró para recordar al prevaricador Israel de que aunque Eliseo había muerto, Dios se preocupa de cumplir su palabra.

Hay otro caso relacionado con Eliseo que hubiera podido ser citado en favor de las reliquias, si se pudiera haber aplicado, pero no se ha hecho. Cuando el hijo de la sunamita que había hospedado a Eliseo murió de insolación, colocó su cuerpo en la cama de Eliseo y se marchó a buscar al profeta. Este, dándose cuenta de la aflicción de la madre, ordenó a su siervo que colocara su bordón sobre el rostro del niño, mientras él seguía detrás en compañía de la madre. Parece probable que Eliseo esperaba que el niño reviviera al contacto con el bordón; pero no fue así. y Giezi tuvo que informar que “El mozo no despierta.” Solamente cuando Eliseo llegó y se colocó varias veces sobre el cuerpo del niño, le fue restaurada la vida. Dios pudo haber usado el bordón de Eliseo, pero no lo hizo. (2 Reyes 4:18-32.)

3.      Roma aduce dos casos de curación por medios extraordinarios en el Nuevo Testamento. El primero se halla en Hechos 5:15, 16, cuando, para poder atender al gran número de enfermos que traían a los apóstoles para ser curados, colocaban a éstos en camas y andas en las calles de Jerusalén, a fin de que por lo menos la sombra de Pedro cayera sobre ellos cuando pasaba, y eran ciertamente curados. No necesitamos admirarnos de ello, porque al comisionar el Señor a los doce y a los setenta les había dado poder para curar, y él mismo usó medios físicos algunas veces para curar, aunque en la mayor parte de los casos no los usó.

El otro caso se halla en Hechos 19:12, cuando se aplicaban a los enfermos los sudarios y los pañuelos de Pablo, y eran curados. No sería fácil conservar como reliquia la sombra de Pedro, pero los pañuelos de Pablo, sí. Por lo que sabemos, no lo fueron, ni se volvieron a obrar más milagros con ellos. Cuando Pedro y Juan curaron al cojo que estaba en la Puerta Hermosa del templo, y todo el pueblo se quedó atónito, Pedro les dijo:

“Varones israelitas, ¿porqué os maravilláis de esto? o ¿por qué ponéis los ojos en nosotros, como si con nuestra virtud o piedad hubiésemos hecho andar a éste? . . . En la fe de su nombre (Jesús), a éste que vosotros veis y conocéis, ha confirmado su nombre; y la fe que por él es, ha dado a este esta completa sanidad en presencia de todos vosotros” (Hechos 3:12-16).

Pedro siguió predicando que Cristo era el único que podía perdonar pecados. Las reliquias auténticas tienen su lugar, no sólo en la historia nacional, sino también en la vida religiosa, para recordarnos lo que Dios ha hecho, y fortalecer así nuestra fe. Dios mandó a Moisés colocar un vaso con maná en el arca de la alianza para recordar a los israelitas la provisión que había hecho durante los cuarenta años de andanzas por el desierto (Exo. 16:33, 34). También le mandó que colocase delante del arca la vara de Aarón que había florecido, como señal de la elección que había hecho de Aarón para el oficio de sumo sacerdote (Núm. 17:10; Heb. 9:4). Pero los israelitas no adoraban tales cosas. Si lo hubieran hecho, hubieran procedido como procedieron con la serpiente de metal, que Ezequías hizo pedazos y llamó “cosa de bronce,” porque obrando así cometieron idolatría.

Apologética católica XXIII

Apologética católica XXIII

LAS IMÁGENES

NO DE LOS ASPECTOS más salientes del catolicismo romano es el culto de las imágenes, que se encuentran en todas sus iglesias. Existen imágenes de nuestro Señor, de la Virgen María, de los apóstoles y de muchísimos santos. Todas se proponen como objetos de culto, con todos los menesteres del culto a su alrededor.

En las páginas del Nuevo Testamento o de los escritos cristianos de los primeros siglos no se encuentra precedente alguno para esta práctica. Existen evidencias del uso de los símbolos cristianos desde muy temprano en las catacumbas: un león o un cordero representaba al Señor; una paloma, al Espíritu Santo; un barco, a la iglesia; un áncora, la esperanza; una hoja de palma, la victoria; y así otros. Estos símbolos se usaban también en los anillos para sellar y como decoraciones en los hogares cristianos en vez de los símbolos paganos de los idólatras.

A fines del siglo tercero se pusieron en boga los cuadros para adornar las paredes de los lugares de culto cristiano, y al parecer, ya en el siglo quinto se usaban como medios visuales para instruir a los ignorantes en lugar de la literatura escrita que no podían leer. De esto fue muy fácil pasar a venerarlos o adorarlos como intrínsecamente buenos, debido al decaimiento de la vida espiritual característico de aquel tiempo. Esta práctica fue sancionada por el Concilio de Nicea en 787, que anatematizó a los que se opusieran a ello. Este movimiento encontró, sin embargo, gran resistencia en muchos lugares durante muchos años, hasta que en el año 1562 el Concilio de Trento publicó un nuevo decreto autorizando la colocación y veneración de las imágenes en las iglesias, no como objetos de culto en si mismas, sino como una ayuda para adorar a los que ellas representaban: el culto debía transferirse del objeto a la persona.

Roma justifica el culto a las imágenes diciendo que la prohibición de Exodo 20 no se aplica más que a las divinidades paganas. Para fomentar esta idea une el primero y segundo mandamientos del decálogo, haciendo de los dos uno, y el décimo lo divide en dos para completar el número requerido de diez. Pero este juego de palabras no altera la fuerza de los mandamientos de Dios.

El Exodo 20:3 dice: “No tendrás dioses ajenos delante de mi,” y Col. 3:5 demuestra claramente que esto se aplica no solamente a las imágenes, sino a cualquier cosa que usurpa el lugar de Dios en nuestros corazones: “Avaricia, que es idolatría.” Exodo 20:4, 5 contiene dos prohibiciones:

1.      “No te harás . . .”,

2.      “No te inclinarás a ellas, ni las adoraras.”

 

A estas dos prohibiciones no se les pone condición alguna, y abarcan toda clase de culto falso, sin atender al material de que la imagen está hecha, ni si se supone que representan a Jehová, como era probablemente el caso del becerro de oro de Aarón en el desierto, y de los que levantó Jeroboam en el reino del norte de Israel en época posterior.

El comentario del mismo Moisés sobre estos mandamientos se halla en Deut. 4:15-19:

“Guardad pues mucho vuestras almas: pues ninguna figura visteis el día que Jehová habló con vosotros de en medio del fuego: porque no os corrompáis, y hagáis para vosotros escultura, imagen de figura alguna, efigie de varón o hembra, figura de algún animal que sea en la tierra, de ave alguna alada que vuele por el aire, figura de ningún animal que vaya arrastrando por la tierra, figura de pez alguno que haya en el agua debajo de la tierra: y porque alzando tus ojos al cielo, y viendo el sol y la luna y las estrellas, y todo el ejército del cielo, no seas incitado, y te inclines a ellos, y les sirvas, que Jehová tu Dios los ha concedido a todos los pueblos debajo de todos los cielos.”

Por lo anterior es claro que Dios prohibe el culto a sí mismo bajo cualquier forma, y que la prohibición no se refiere solamente a las divinidades paganas. Roma, por consiguiente, actúa en franca desobediencia al mandato de Dios, al sancionar el culto a las imágenes. No hay necesidad de preguntar si un culto tal tiene aceptación.

Para cohonestar el culto a la cruz y al crucifijo Roma recurre a Juan 19:37: “Mirarán al que traspasaron.” Un comentario reciente dice: “Este versículo predice el uso del crucifijo para mover a los hombres al arrepentimiento de sus pecados y al amor de las heridas del Señor. Algunos de los hombres malvados que estaban mirando a Jesús fueron movidos a tristeza y se arrepintieron, como lo han hecho muchos más en la generaciones sucesivas.” Pero Cristo murió en la cruz, no para mover a los hombres a tener compasión de él. Al dirigirse él al Calvario llevando sobre su cuerpo la pesada cruz, cuando el cuerpo estaba, ya lacerado y sangriento a causa de los crueles latigazos que había recibido, “le seguía una gran multitud de pueblo, y de mujeres, las cuales le lloraban y lamentaban. Mas Jesús, vuelto a ellas, les dice: Hijas de Jerusalén, no me lloréis a mí, mas llorad por vosotras mismas, y por vuestros hijos. Porque he aquí vendrán días en que dirán: Bienaventuradas las estériles, y los vientres que no engendraron, y los pechos que no criaron.” La próxima destrucción de Jerusalén las iba a sumergir en un torbellino de agonía que sería más doloroso que los mismos tormentos físicos de la cruz. La muerte de nuestro Señor tuvo un propósito mucho más alto que el de mover a compasión de sí mismo. Fue el precio de nuestra redención y la única manera en que nos podría alcanzar a nosotros la misericordia de Dios. En Getsemaní él oró así: “Si es posible, pase de mí este vaso.” Pero no fue posible, porque sólo así se podía obtener nuestra salvación. Después de su resurrección dijo él a sus discípulos: “¿No era necesario que el Cristo padeciera estas cosas, y que entrara en su gloria? Y comenzando desde Moisés, y de todos los profetas, declarábales en todas las Escrituras lo que de él decían” (Lucas 24:26, 27).

En el aposento alto mostró a sus discípulos sus manos y sus pies, y dijo a Tomás: “Mete tu dedo aquí, y ve mis manos: y alarga acá tu mano, y métela en mi costado: y no sea incrédulo, sino fiel,” pero no lo hizo para moverlos a compasión, sino con el fin de identificarse, para que se dieran cuenta de que se trataba de él, y no de un fantasma.

Los relatos de la crucifixión de nuestro Señor se hacen en todos los evangelios con el mayor recato acerca de los sufrimientos físicos que él debió sobrellevar. La única referencia que se hace a ellos está en las palabras: “Sed tengo.” Los apóstoles apenas si se refirieron a los sufrimientos de nuestro Señor para mover las emociones de los hombres, al predicar el evangelio. El tema de su predicación era la salvación que su muerte había obrado, y pusieron siempre mucho énfasis en su gloriosa resurrección, como el sello de la misma.

Las representaciones de la muerte de Cristo en la cruz aparecieron primeramente en el siglo quinto, con el propósito de presentar gráficamente los relatos del evangelio, pero no se procuró darles mucho realismo. Esta tendencia no apareció hasta el siglo once, y no se desarrolló sino en el siglo diecisiete, en que un artista español, desentendiéndose de todos los convencionalismos, pintó las agonías mortales del Señor, dando así la pauta a los que le habían de seguir tanto en las representaciones de pintura, como de escultura. Estos intentos de representar realísticamente la agonía de Cristo en la cruz son característicos del catolicismo romano, que apela grandemente a las emociones. Los crucifijos y calvarios, que son tan frecuentes en muchos países católico-romanos, tienden a oscurecer el hecho de que los sufrimientos y muerte expiatoria de nuestro Señor han terminado ya; que resucitó de los muertos, y ahora está sentado a la diestra del Padre, como Señor resucitado y victorioso; que vive para siempre intercediendo por nosotros, y presentando en nuestro favor la sangre preciosa que derramo una vez en la cruz.

La iglesia católico-romana ha hecho con la cruz lo que los israelitas del tiempo de Ezequías hicieron con la serpiente de metal que Moisés había hecho en el desierto: la adoraron. No era más que una reliquia, de setecientos años de antigüedad, que era conmemorativa de la gran gracia de la curación que sus antepasados habían recibido por medio de ella. Pero ahora se había convertido en una trampa para ellos, que habían tornado en ídolo lo que había sido una sombra de los sufrimientos de Cristo en la cruz (Juan :14, 15). A pesar de su antigüedad, de sus asociaciones históricas y de su significado espiritual, él lo hizo pedazos, y lo llamó Nehustán, que quiere decir “cosa de me”?(2 Reyes 18:3, 4).

Cuando nuestro Señor vuelva a la tierra, lo que hará con poder y gran gloria, “Solo Jehová será ensalzado en aquel día, y quitará totalmente los ídolos” (Isa. 2:17, 18); no solamente los ídolos de los paganos, sino también las imágenes, los ídolos de las iglesias, dondequiera se hallen.

“Aquel día arrojará el hombre a los topos y murciélagos, sus ídolos de plata y sus ídolos de oro, que le hicieron para que adorase; y se entrarán en las hendiduras de las rocas y en las cavernas de las peñas, por la presencia formidable de Jehová, y por el resplandor de su majestad, cuando se levantare para herir la tierra. Dejaos del hombre, cuyo hálito está en su nariz, porque ¿de qué es él estimado?” (Isaías 2:20-22).

Apologética católica XXII

Apologética católica XXII

LA ASUNCIÓN DE MARÍA

 EL CATOLICISMO ROMANO atribuye a María, la madre de nuestro Señor, una santidad de tan suprema calidad que, estando libre de pecado, su cuerpo no pudo ser víctima de deterioro, y al tercer día después de su muerte fue llevado al cielo para unirse allí con su espíritu en la presencia de Dios. Allí fue coronada Reina del Cielo, y está sentada a la diestra de Cristo. Jesús es el camino, y la verdad, y la vida, y nadie puede ir al Padre si no es por él (Juan 14:6); pero María es también el camino, la verdad y la vida, y sin ella nadie puede ir al Señor Jesucristo.

Roma ni siquiera trata de aducir pruebas históricas de tan asombrosa doctrina. El Buzón de Preguntas, en su página 361, dice:

“Esta doctrina no ha sido nunca definida por la iglesia (Fue declarada dogma de la iglesia por el Papa Pío XII el 15 de Agosto de 1950. (Nota del traductor.), aunque el hecho de haber sido aceptada generalmente desde el siglo sexto hace que sea una doctrina cierta, que no puede ser negada por los católicos sin graves riesgos.

No puede ser probada por la Biblia, ni por los testigos históricos contemporáneos, pero descansa en tan sólidos fundamentos teológicos que muchos obispos han escrito a la Sede Apostólica, pidiéndole que lo defina como dogma de fe. Parece, a la verdad, sumamente adecuado que el cuerpo de la inmaculada Madre de Dios no fuera víctima de la corrupción, y que fuera partícipe del triunfo de su Hijo, el Cristo resucitado.”

De esta manera la doctrina descansa en una teoría teológica romanista, basada en la suposición falsa de que María fue madre de Dios, y no la madre humana de la humanidad de nuestro Señor únicamente, y en que fue inmaculada desde su nacimiento y por toda su vida, y por consiguiente incorruptible.

La doctrina de la asunción apareció por primera vez en el siglo séptimo, y se basaba entonces en escritos de los siglos tercero y cuarto, que ya habían sido declarados heréticos. En algunos manuscritos se habían hecho algunas adiciones para darles mayor apariencia de credibilidad. Se sabía que estas adiciones eran fraudulentas, pero nadie las puso reparo, porque la doctrina había sido ya generalmente aceptada. En el siglo séptimo se declaró el 15 de Agosto como el día de la fiesta de la asunción, aunque no fue mundialmente observada sino hasta el año 818. El día 1 de Noviembre de 1950, día de Todos los Santos, el Papa ordenó oficialmente a todos los católicos en todas partes que aceptaran la doctrina sin duda alguna bajo pena de excomunión.

Parece que cuanto más nos alejamos de los tiempos apostólicos más increíbles se hacen las doctrinas católico-romanas necesarias para la salvación. La doctrina de la asunción es el último escalón de la mariolatría, que la convierte en diosa. ¿Por qué se ha hecho esta doctrina tan vital para la salvación, si por más de mil novecientos años los católico-romanos estaban en libertad para aceptarla o rechazarla? Si no era necesaria para la salvación antes, ¿por qué lo ha de ser desde el año 1950? Esto debería ser suficiente para que los hombres pensantes se dieran cuenta de la falacia de la infalibilidad papal, y de la falsedad de esta doctrina también.

El carácter de María es encantador, y un ejemplo para todas las madres cristianas. En las bodas de Caná de Galilea dijo ella a los criados: “Haced todo lo que (él) os dijere” (Juan 2:5). Y este sería el consejo que nos daría si estuviera aquí, y no aceptaría que se la adorara o diera culto, sino que nos señalaría a aquel que es el único camino a Dios, y el único mediador entre Dios y los hombres.

Apologética católica XXI

Apologética católica XXI

LA VIRGINIDAD PERPETUA

LA IGLESIA CATÓLICA-ROMANA sostiene que María continuó siempre virgen. Roma ha sido influenciada en esta creencia por las religiones paganas, algunas de las cuales consideraban el matrimonio como algo no bueno, de modo que a los que conservaban su virginidad se los consideraba como más perfectos que los demás.

La doctrina de la virginidad perpetua de María carece de base sólida.

1.      No se mencionó ni una sola vez en los tres primeros siglos de la era cristiana.

2.      Las Escrituras no la apoyan, antes por el contrario dice la Biblia que José “no la conoció hasta que parió a su hijo primogénito: y llamó su nombre Jesús (Mat. 1:25). Este modo de hablar indica claramente que no continuó la virginidad. Además la misma palabra “primogénito” implica que María tuvo otros hijos después.

3.      En Israel la madre era tenida en más honor que la virgen, contra el sentir de los cultos paganos (Luc. 23:28,29). Después de dar a luz a Jesús, María no continuó siendo virgen, sino una madre muy honorable.

4.      La iglesia romana sostiene que los hermanos y hermanas del Señor Jesús no eran más que primos, y la iglesia griega afirma que eran medio-hermanos.

 

La mayoría de los comentaristas, sin embargo, conviene en que eran sus propios hermanos y hermanas, por las siguientes razones.

1.      El Nuevo Testamento hace alusión a sus hermanos en siete ocasiones.

a.       Juan2:12

b.      Mat. 12:46, cf. Mar. 3:31, Luc. 8:19

c.       Mat. 13:55,56 cf. Mar. 6:3

d.      Juan 7:3-5 y 10

e.       Hech. 1:14

f.       1ª Cor. 9:5

g.      Gál. 1:19

 

En ninguno de estos pasajes hay ni el más ligero asomo de indicación de que fueran otra cosa que sus propios hermanos.

2.      Los hermanos y hermanas se distinguían de los primos en el Nuevo Testamento. María y Elisabet fueron primos (Luc. 1:36), y Elisabet tenía también otros primos (Luc. 1:58). En Luc. 21:16 nuestro Señor dijo: “Seréis entregados aun de vuestros padres y hermanos (aquí se emplea la misma palabra griega que se implica a los hermanos de Cristo), y parientes (la misma palabra que se traduce “primos” refiriéndose a María y Elisabet), y amigos”. Ni una sola vez se llama a los hermanos de Jesús primos o parientes.

3.      Ni se sugiere que eran medio-hermanos, hijos de José de otra supuesta primera esposa. Si esto hubiera sido así, ¿quién tuvo cuidado de ellos, cuando José y María tuvieron que refugiarse en Egipto? (Mat. 2:13).

4.      Comparando el versículo 9 del Salmo 69 con Juan 2:17, se echa de ver que este salmo es mesiánico. En el versículo 8 del salmo el Mesías dice: “He sido extrañado de mis hermanos, y extraño a los hijos de mi madre.”

5.      Los hermanos vivían con su madre (Juan 2:12; Mar. 7:3-5. ¿Cómo se explica esto, si no eran sus propios hermanos?

De todos estos pasajes bíblicos no se puede sacar otra conclusión sino que los hermanos de Jesús eran sus hermanos propios, y no primos o medio-hermanos. La Biblia no enseña que María debió conservar su virginidad hasta el fin simplemente porque era virgen cuando dio a luz a Jesús, a pesar de lo que piensen las iglesias católica y griega, y también algunas iglesias protestantes.

La doctrina de que Jesús nació de una virgen es una doctrina muy importante en la Biblia, que demuestra que su venida a la tierra fue un verdadero milagro, y que fue santo, sin rastro alguno de pecado o deterioración. El hecho de que María tuviera otros hijos después del nacimiento de Jesús, no rebaja en nada la gloria de Jesús, pero sí enseña que “honroso es en todos el matrimonio, y el lecho sin mancilla” (Heb. 13:4, cf. 1ª Tim. 4:3,4).

Apologética católica XX

Apologética católica XX

LA INMACULADA CONCEPCION

EL PADRE JESUITA E.R. HULL DICE:

“La doctrina de la Inmaculada Concepción significa sencillamente que nuestra Señora, por razón de su exaltado oficio, fue dotada de la gracia de Dios desde el primer momento de su existencia, en vez de ser concebida y nacer con pecado original . . De aquí no podemos inferir que María no debió su redención a la muerte de Cristo, sino únicamente que la gracia de la redención le fue concedida de antemano en previsión de los futuros méritos de Cristo.” (¿Qué es la Iglesia Cristiana?, pág., 35. Catholic Truth Society.)

Buscando un pasaje bíblico para cohonestar esta doctrina, dice un comentario sobre Lucas 1:28: “Entrando el ángel adonde estaba, dijo: ‘¡Salve, muy favorecida! el Señor es contigo:’

“Las palabras ‘muy favorecida, el Señor es contigo’ encierran el significado oculto; ‘tú eres sin pecado original.’ Implican también que María estuvo libre de pecado desde su nacimiento hasta su muerte.”

Todo lo que podemos decir en respuesta es que se necesita más que afirmaciones sin prueba para convertir una ficción en una realidad. La realidad es que nuestro Señor fue sin pecado (2 Cor. 5:21), concebido por el Espíritu Santo (Lucas 1:35); pero su madre fue pecadora por su nacimiento natural, aunque fue una mujer santa y muy favorecida al ser escogida para ser madre de la naturaleza humana de nuestro señor. Las palabras “Salve, muy favorecida,” quieren decir lo que significan, que fue bendecida entre las mujeres; pero no hay base alguna para leer en ellas el “significado oculto” que Roma les quiere dar, de que fue concebida sin pecado. No hay apoyo alguno en la Escritura o en la historia para sostener tal interpretación. La verdad es que ni siquiera es una interpretación, sino un atrevido aditamento romanista, que no tiene relación alguna con las palabras. Las Escrituras no sólo no atribuyen a María la exención de pecado, sino que afirman algo muy diferente.

1.      En su cántico de acción de gracias, María dijo:

“Engrandece mi alma al Señor, y mi espíritu se alegró en Dios mi Salvador.” La salvación no la necesitan más que los pecadores, y María conocía su necesidad, y la expresó sencilla y naturalmente.

2.      Cuando ella fue al templo con José para el rito de la purificación, según la ley, llevó una ofrendade sangre, que en sí misma es el reconocimiento de su pecado y de la necesidad de la expiación (Luc. 2:2224).

3.      En Romanos 8:3 leemos: “Dios enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado.” Algunos de las ascendientes de nuestro Señor fueron grandes y nobles, pero otros fueron ruines, y en esta línea de luces y sombras nació al mundo nuestro Señor. Esto lo representa con exactitud la carne pecadora. Entre los ascendientes de nuestro Señor hubo tres mujeres adúlteras: Thamar (Mat. 1:3, cf. Génesis 38:16), Rachab (Mat. 1:5, cf. Josué 2:1) y Bath-sheba (Mat. I :6, cf. 2 Sam. 11:4); pero encontraron misericordia y gracia. Se puede contar con los dedos de la mano los nombres de los ascendientes de nuestro Señor, de los que se nos dan detalles en el Antiguo Testamento, que no hubieran caído en pecado en una u otra ocasión. El Nuevo Testamento nos representa a María como una doncella pura, temerosa de Dios, pero que, a pesar de ello, necesitaba la salvación como los demás. De María nunca se dijo: “Que no tuvo pecado,” como se dijo del Hijo que ella dio a luz, y nosotros no podemos decir tal cosa de María, teniendo en cuenta los muchos pasajes que nos hablan de la universalidad del pecado humano. (Salmo 51:5; Isa. 53:6; Juan 3:6, y Rom. 5:12, ).

4.      Aunque nos podemos dar cuenta del estado de ánimo de María, viviendo en el hogar con los hermanos de Cristo que no creían en él (Juan 7:5), parece que no obró del todo correctamente cuando fue con ellos a contener a nuestro Señor y llevarle a casa, aun por la fuerza si fuera necesario. Cuando la multitud le dijo que se madre y sus hermanos estaban fuera, buscándole, él dijo: “¿Quién es mi madre y mis hermanos? Y mirando a los que estaban sentados alrededor de él, dijo: He aquí mi madre y mis hermanos. Porque cualquiera que hiciera la voluntad de Dios, éste es mi hermano, y mi hermana, y mi madre.” (Marcos 3:21 y 31-35.) Parece que ella fue con los hermanos a contenerle, movida de una ansiedad natural y tal vez presionada por ellos. No obró ella entonces por fe sino por miedo, y al hacer lo que hizo no estuvo dentro de la voluntad de Dios.

Hasta aquí hemos dado el testimonio de la Escritura. Veamos ahora lo que dice la historia posterior. A juzgar por los escritos de los padres de la iglesia es evidente que María fue tenida por una mujer virtuosa, lo mismo que otras mujeres que eran virtuosas, hasta el siglo quinto; pero tenía pecado y podía pecar. Desde el siglo sexto hasta el siglo doce se sostuvo que ella tuvo pecado original, pero que por protección divina fue preservada del pecado personal. La fiesta de la inmaculada Concepción no se observó el 8 de Diciembre por la iglesia romana hasta comienzos del siglo doce. Durante los siglos trece y catorce continuaron las discusiones sobre este asunto. Algunos de los papas ‘infalibles’ anteriores habían mantenido que ella tuvo pecado original, y se citan más de doscientos teólogos que sostuvieron esta misma doctrina. A pesar de todo ello, el 8 de Diciembre de 1854 el papa promulgó la doctrina de la inmaculada concepción, como artículo de fe que debía ser recibido y creído por todos. Como se trataba de una definición oficial, ésta era también infalible. No obstante la infalibilidad papal, es cierto que esta doctrina es falsa y carece de todo fundamento bíblico, a juzgar por todas las evidencias de que disponemos. María llegó a ser la madre de nuestro Señor, no porque era inmaculada, sino por una admirable dignación de Dios con una mujer, débil en si, pero fuerte por su fe en Dios, y su disposición para hacer la voluntad de Dios a toda costa.

Apologética católica XIX

Apologética católica XIX

LA MARIOLATRÍA

SEGUN LA DOCTRINA ROMANA el culto es de tres clases: “dulía,” que es la veneración que se da a los santos y ángeles o a sus imágenes, y también a las reliquias; “hiperdulía,” veneración más alta, que se tributa a la Virgen María, y “latría,” que es la adoración que sólo corresponde a Dios. Por muy sutiles que sean las distinciones que se trata de establecer entre la veneración y la adoración en el culto, en la práctica no se puede observar diferencia alguna; siempre existe la misma actitud de oración, se quema el mismo incienso, se encienden las mismas velas, se hacen las mismas súplicas de ayuda, y es absurdo creer que detrás de todas estas mismas actitudes y estos mismos actos existe una diferencia en la mente de los adoradores ordinarios, en virtud de la cual el inclinarse ante las imágenes y orar a ellas no es acto de idolatría.

La iglesia católico-romana adora de hecho a María, la madre de Jesús, más que a Dios o a Cristo. El caso es bien patente en la recitación del rosario, en la que, como ya hemos visto, por cada padrenuestro se rezan diez avemarías.

A Jesús se le llama el Juez Justo; a María, la Reina de Misericordia. En la bula de Sixto IV, que fue adoptada por el Concilio de Trento, se llama a María “Reina del Cielo, que intercede ante el Rey, al que dio a luz.” Aunque Dios está listo a perdonar a los hombres, su justicia hace que él sea severo, al punto que hizo que su Hijo expiara nuestros pecados. El Hijo de Dios es también muy severo, y aunque se sacrificó a sí mismo y murió en la cruz, mandó que sus discípulos llevasen también sus cruces, y a su tiempo él ha de juzgar al mundo arrojando al castigo eterno del infierno a los que no han creído en él. Solamente María está llena de misericordia. El catolicismo romano atribuye a María la mayor parte de las características del Señor Jesús. La primera vez que se oró a María fue en el siglo cuarto, y durante el siglo quinto la mariolatría estaba ya en todo su apogeo. La iglesia de Roma observa catorce fiestas que están dedicadas a María en todo el mundo; se la recuerda todos los sábados y se le dedica todo el mes de Mayo. Además de todo esto hay otras muchas fiestas en su honor de carácter local.

Nosotros no podemos menos de estimar en mucho a María, honrándola como modelo de todas las madres, pues fue escogida por Dios para ser madre del Señor Jesús. Pero el mismo Señor Jesús dijo con toda claridad: “Al Señor tu Dios adorarás, y a él solo servirás” (Mat. 4:10). Si esto es así, es un error adorar a María, y no le puede agradar a Dios.

En ninguna parte de la Escritura se dice que se tribute culto a María, o se ordena que esto se haga.

2.      Los Magos adoraron al niño, pero no a María (Mat. 2:11).

3.      Al referirse juntamente a Jesús y a María, la Biblia siempre pone primero a Jesús (Mat. 2:11, 13, 14, 20 y 21).

4.      María misma declaró que era pecadora y necesitaba un Salvador (Lucas 1:46, 47).

5.      La última referencia que se hace a María se halla en Hechos 1:14.

a.       En ese tiempo María estaba orando con fervor y en unión de los otros creyentes como uno de ellos.

b.      En otros libros del Nuevo Testamento se trata con frecuencia el asunto de la salvación, pero nunca se la conecta con María o se hace alusión a ella.

c.       El Apocalipsis hace referencia a los salvados en la gloria, al “Cordero, como inmolado . . . que estaba sentado en el trono” (Apoc. 5:6,7), al ejército de los que alaban (Apoc. 5:7-14), a los doce fundamentos de la ciudad, en los que estaban los nombres de los doce apóstoles del Cordero (Apoc. 21:14), pero nunca se hace ni una sola referencia a María.

d.      Como después de Hechos 1:14 no se hace referencia alguna a ella ni en las Escrituras ni en la primitiva iglesia, es muy posible que esto estuviera en los designios de Dios, a causa del grave error de los que en los días venideros la habían de llamar “Madre de Dios,” y la habían de adorar y dirigirle sus oraciones.

6.      El Señor Jesús es el único Salvador, que quiere y tiene abundante poder para salvarnos (Hechos 4:12; Heb. 11:17 y 10:25), de modo que no hay necesidad de la intercesión de María.

7.      Los versículos de la Escritura que hablan del mediador entre Dios y los hombres no sólo no la mencionan a ella, sino que por el contrario la excluyen expresamente, diciendo: “Hay un Dios, asimismo un mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre” (1 Tim. 2:5; Heb. 8:6; Heb. 9:15 y I Juan 2:1).

8.      Los católico-romanos llaman a María “la Madre de Dios.” Como Dios es un Espíritu infinito y eterno, llamarla “Madre de Dios” es un absurdo. Ella fue la madre del “hombre Cristo Jesús.” Elisabet la llamó “la madre de mi Señor” (Lucas 1:43, cf. vers. 35), pero esto dista mucho de “Madre de Dios.”

9.      La iglesia romana pensó que María podría ejercer influencia en el Señor Jesús, como muchas madres ejercen influencia en sus hijos, y por eso la considero como mediadora; pero la relación que existe entre las madres ordinarias y sus hijos no puede compararse con la relación que existe entre María y el Hijo de Dios resucitado, y hay pasajes que demuestran que, desde el momento que el Señor comenzó su ministerio, ni María ni ningún otro miembro de la familia tuvo injerencia en su trabajo aun en la tierra. María intentó hacerlo tres veces, pero en las tres se lo impidió el Señor.

a.       En la ocasión en que visitó el templo cuando era niño (Lucas 2:48, 49).

b.      En las bodas de Caná de Galilea (Juan 2:3, 4).

c.       En Capernaum, cuando estaba predicando (Marcos 3:31 y 33, cf. Mat. 12:50).

10.  . A la mujer que le dijo: “Bienaventurado el vientre que te trajo y los pechos que mamaste,” él le contestó: “Antes bienaventurados los que oyen la palabra de Dios, y la guardan” (Lucas 11:27, 28). El Señor no dijo que su madre no era bienaventurada en su relación con él como madre, sino que la bienaventuranza de los que guardan su palabra es aun mayor. Este versículo demuestra cuan equivocada está la iglesia de Roma al exaltar a María como lo ha hecho.

11.  . No hay camino alguno para llegar hasta Dios (Juan 14:6), aparte de la obra de redención que nuestro Señor Jesús consumó en la cruz (Heb. 10:20). Por consiguiente, orar a María no solamente es inútil, sino blasfemo (Juan 2:4).

12.  . Al orar a María, el que ora dice: “Ten misericordia de nosotros, pecadores;” pero en el plan de salvación de Dios, María no ocupa lugar alguno fuera del de madre humana de Cristo. Cuando el ángel hablo a José y a María, les dijo; “Parirá un hijo, y llamará su nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados (Mat. 1:21). Nótese el énfasis en el pronombre EL.

13.  . No hay necesidad de que ser alguno humano o ángel haga recordar al Señor la promesa que hizo al decir: “Al que a mí viene, no le echo fuera” (Juan 6:37; Mat. 11:28).

14.  . El orar a María implica desconfianza en la Palabra de Dios: “Dios encarece su caridad para con nosotros, porque siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (Rom. 5:8; Efe. 2:4, 5).

15.  . Antes de que existiera la iglesia católico-romana, las antiguas religiones paganas tenían ya sus “madres misericordiosas,” por ejemplo, la diosa Kuanyin del budismo, y la “reina del cielo” de los babilonios Jer. 7:18; 44:15-23 y 25).

16.  . Se ha calculado que por término medio hay decenas de millares de personas por segundo orando a María en todas las lenguas. Como ella no es más que un ser humano, ¿cómo puede ella escuchar estas innumerables oraciones año tras año, día y noche, sin interrupción? Solo Dios lo puede hacer, y ¡alabado sea él! porque así es.

Apologética católica XVIII

Apologética católica XVIII

LA MISA

“En la iglesia católica existe un verdadero sacrificio, la misa, que fue instituida por Jesucristo, y que es el sacrificio de su cuerpo y sangre bajo las apariencias de pan y vino.“

1.      Este sacrificio es idéntico al sacrificio de la cruz, pues Jesucristo es el sacerdote y la víctima al mismo tiempo; la única diferencia se halla en la manera de ofrecerle: en la cruz es un sacrificio cruento, y en los altares incruento.

2.      Es un sacrificio propiciatorio, que expía los pecados nuestros y los pecados de los vivos y muertos en Cristo por los que se ofrece.

3.      Su eficacia se deriva del sacrificio de la cruz, cuyos méritos infinitos se nos aplican a nosotros.

4.      Aunque se ofrece a Dios solo, puede celebrarse en honor y memoria de los santos.

5.      La misa fue instituida en la última cena, cuando Cristo, estando ya para ofrecerse a sí mismo en el altar de la cruz por su muerte (Heb. 10:5) para nuestra redención (Heb. 10:12), quiso legar a su iglesia un sacrificio visible, que conmemorara su sacrificio cruento en la cruz.

6.      Como Sumo Sacerdote según el orden de Melquisedec (Salmo 110:4), ofreció a su Padre su propio cuerpo y sangre bajo las apariencias de pan y vino, y

7.      Constituyó a sus apóstoles sacerdotes del Nuevo Testamento, para que renovasen este mismo sacrificio hasta que él venga otra vez (1 Cor. 11:26) con las palabras: “Haced esto en memoria de mí“; (Lucas 22:19; 1 Cor. 11:34). (Buzón de Preguntas, pág. 263. Citas del Concilio de Trento.)

Esta es la forma en que los autorizados maestros de Roma exponen la doctrina de la misa.

Tomemos uno por uno los puntos mencionados y examinémoslos.

1.      Insiste en que la santa comunión no sólo es un sacramento que confiere gracia al que comulga, Sino que es un real y verdadero sacrificio hecho a Dios, en el que Cristo, como sacerdote, ofrece su mismo cuerpo y sangre. En el capítulo en que nos hemos ocupado de la transubstanciación hemos visto que esto no es cierto. El pan sigue siendo pan, y el vino sigue siendo vino, aun después de la bendición, o acción de gracias, como nosotros preferimos llamarlo. El servicio de la comunión ¦ un sacramento en el que el cuerpo y la sangre de nuestro Señor se hallan representados por el pan y el vino, símbolos visibles y temporales, que nos recuerdan la verdad espiritual y eterna de que “Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras” (I Cor. 15:3).

2.      2. El así llamado sacrificio de la misa no es en ninguna manera idéntico al sacrificio de Cristo en el Calvario.

 

a.       “Cristo . . . entró en el mismo cielo para presentarse ahora por nosotros en la presencia de Dios. Y no para ofrecerse muchas veces a sí mismo, como entra el pontífice en el santuario cada año con sangre ajena . . . mas ahora una vez en la consumación de los siglos para deshacimiento del pecado se presentó por el sacrificio de sí mismo. . . . Cristo fue ofrecido una vez para agotar los pecados de muchos.” (Heb. 9:24-28.)

b.      Se dice que la misa es incruenta, lo que en realidad es, pero Roma afirma con insistencia que el pan contiene no solamente el cuerpo sino también la sangre de Cristo. La Palabra de Dios declara que “sin derramamiento de sangre no se hace remisión (de pecados)” (Heb. 9:22).

c.       La comunión “anuncia la muerte del Señor” (1 Cor. 11:26). ¿Cómo puede entonces ser idéntica a su muerte?

d.      La muerte y sacrificio de Cristo en la cruz no necesita ser repetido, porque “con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados” (Heb. 10:14).

e.       El cuerpo humano de Cristo estuvo sujeto a las condiciones humanas comunes, de modo que no pudo estar más que en un lugar al mismo tiempo, aunque su espíritu fuera omnipresente (Mat. 28:20; Juan 14:18; Hechos 18:10; 2 Tim. 4:17). Pero Roma sostiene que todo Cristo, con su cuerpo y sangre, alma y divinidad, está en cada una de las partículas del pan consagrado y en cada una de las gotas del vino consagrado. ¿Cómo pueden ser su cuerpo y sangre los miles de millones de hostias y de gotas de vino? Todo esto es un absurdo.

3.      La santa comunión no es un sacrificio, de modo que no puede ser sacrificio propiciatorio. En la Biblia no hay ni una sola referencia a él como tal. Cristo en la cruz fue nuestro único sacrificio expiatorio.

“Dios ha propuesto a Jesucristo en propiciación por la fe en su sangre . . . para que él sea el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús (Rom. 3:25, 26).

“Si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo. Y él es la propiciación por nuestros pecados: y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo” (I Juan 2:1, 2).

Al encomendar su espíritu al Padre desde la cruz, grito: “Consumado es.” Y precisamente porque todo estaba ya terminado, bajaron su cuerpo de la cruz y lo colocaron en el sepulcro. Pero él no se encuentra allí ya, porque Dios le resucitó el tercer día de entre los muertos, y hoy está sentado a la diestra del Padre, presentándole su único sacrificio perfecto y completo en favor de todos los que en él confían. No necesita de la misa para complementar lo que él ha hecho. Afirmar que la misa se aplica a las almas del purgatorio es falso, pues en el capítulo XI hemos visto que el purgatorio es una invención católico-romana.

1.      No es necesaria la misa para que se nos pueda aplicar a nosotros el sacrificio del Calvario. Está a nuestra disposición completa y libremente. “El que quiere, tome del agua de la vida de balde” (Apoc. 22:17) .

2.      No se puede comprender cómo pueda honrar la memoria de los santos el ofrecimiento al Padre de un sacrificio espurio, que deshonra a su amado Hijo. Los santos en el cielo no tienen interés alguno en que su memoria sea honrada. Ellos están ocupados en honrar al Cordero que está sentado en el trono.

“Al que nos amó, y nos ha lavado de nuestros pecados con su sangre, y nos ha hecho reyes y sacerdotes para Dios y su Padre; a él sea gloria e imperio para siempre jamás. Amén.” (Apoc. 1:5,6.)

1.      Cristo no instituyó la misa en la última cena, ni hizo de su cuerpo y sangre un sacrificio por el pecado, bajo las apariencias de pan y vino. No presentó el pan y vino a Dios, sino que se lo dio a sus discípulos para que lo comieran. El cuerpo de que se habla en Hebreos 10:5 no estaba hecho del pan de la comunión; era el cuerpo que había sido formado en las entrañas de María, pues este pasaje dice: “Por lo cual, entrando en el mundo, dice: Sacrificio y presente no quisiste; mas me apropiaste cuerpo” (en la encarnación). La idea de que Cristo quiso en la última cena “legar un sacrificio visible a su iglesia” no es más que el resultado de la fantasía romanista, sin átomo de fundamento bíblico.

2.      Decir que Melquisedec, al traer pan y vino a Abraham es figura de la misa, es por completo erróneo. El no hizo más que observar una costumbre de su tiempo al dar la bienvenida a Abraham y los que le acompañaban al regresar éstos victoriosos de la matanza de los reyes invasores. Estaban cansados y hambrientos, y él les salió al encuentro para darles de comer. Las Escrituras dejan establecido claramente que Melquisedec es tipo de Cristo en más de una forma: a. Su nombre y su título: Melquisedec – “rey de justicia,” y rey de Jerusalén – “rey de paz,” son aplicables a nuestro Señor. b. La falta de parentela conocida: “Sin padre, sin madre” (Heb. 7:3) “que ni tiene principio de días . . . mas hecho semejante al Hijo de Dios,” es figura de la divinidad de Cristo. c “Sin linaje . . . ni fin de vida . . . permanece sacerdote para siempre” nos presenta el sacerdocio eterno de Cristo, que no puede ser suplantado, sino que vive siempre para interceder por nosotros. Melquisedec es tipo de Cristo en todo esto, pero no ofreció el pan v el vino en sacrificio incruento. Si hubiera ofrecido un sacrificio a Dios, le hubiera ciertamente ofrecido un sacrificio con sangre, como lo hizo Abraham repetidas veces, y no hubiera imitado el ejemplo de Caín.

3.      Cristo no designó sacerdotes a sus apóstoles, y mucho menos a sus llamados sucesores, para ofrecer la misa, cuando dijo, “Haced esto.” El dijo: “Haced esto en memoria de mi,” no “Haced esto como un sacrificio de mí.” Deberían recordarle a él y el sacrificio que iba él a realizar muy pronto en la cruz, una vez para siempre.

 

El sacrificio de la misa es groseramente idolátrico. En el año 1226, once años después de haber sido promulgado el dogma de la transubstanciación, la iglesia romanista puso por primera vez en práctica la elevación de la hostia, ante la cual se postró en adoración toda la multitud allí congregada. Diez años más tarde, en 1236, se sacó la hostia por primera vez en procesión solemne por las calles, acompañada por obispos y otros dignatarios eclesiásticos, sacerdotes, frailes y monjas, y las gentes aglomeradas se postraban de rodillas para adorarla. De hecho la iglesia romanista exalta la hostia por encima del Salvador crucificado y resucitado, adorándola con una pompa y ceremonia que no se da al mismo Cristo. A pesar de ello, la misa no se menciona ni una vez en la Biblia, mientras el relato de los acontecimientos de la última semana de la vida de nuestro Señor en la tierra, que culminó con su muerte en la cruz y su resurrección al tercer día, ocupa casi una tercera parte de las páginas de los cuatro Evangelios. A la iglesia católico-romana se le pueden aplicar las palabras que Oseas dirigió al idólatra Israel: “Porque multiplicó Ephraim altares para pecar, tuvo altares para pecar” (Oseas 8:11). Se ha calculado que se celebran cuatro misas, elevándose en todas ellas la hostia, cada segundo del día y de la noche por todo el año. ¡Qué ofensa para Dios! ¡Que manera de pervertir el propósito divino, convirtiendo una fiesta divinamente señalada en una vuelta incesante de culto idólatra, que Dios tanto odia! (Jeremías 44:3, 4).

En relación con el decir y cantar las misas, que Dios detesta, existe también la circunstancia de que se celebran para sacar almas del purgatorio pagando un precio, por dinero. Esta maligna costumbre comenzó en los siglos siete y ocho, y al llegar el siglo doce ya se había convertido en una práctica regular. Todo esto se basa en dos falsedades: que las almas de los creyentes van al purgatorio, y que diciendo y cantando misas por ellas se les alivian las penas, y hasta se las puede sacar de allí. La iglesia católico-romana no puede menos de admitir que en el Nuevo Testamento no hay enseñanza ni precedente alguno que justifique el recibir dinero por las misas, pero sostiene que, puesto que la iglesia romana ha sido designada como autoridad judicial de Dios en la tierra, lo que es otra patente falsedad, cualquier cosa que ella decreta como práctica general no puede estar contra la ley de Dios. La cantidad de dinero que recibe la iglesia de Roma por las misas no puede calcularse. Al recibir este dinero Roma está convirtiendo en mercancía la gracia de Dios, lo que Pedro no hubiera hecho, pues él dijo a Simón Mago: “Tu dinero perezca contigo, que piensas que el don Dios se gana con dinero” (Hechos 8:20). Si de esta manera habló al que quería comprar. ¿qué no diría de los que pretenden vender la gracia en nombre de Cristo?

“El que aun a su propio Hijo no perdonó, antes le entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?” (Rom. 8:32).

A pesar de estos millones de misas que se dicen, Roma no da seguridad de libertad a las almas. Aún se siguen diciendo misas aun por papas que murieron hace cuarenta o cincuenta años. Si ellos han sido ya sacados del purgatorio por las misas que por ellos se han dicho, lo ignoran los que hacen decir estas misas.

Asesinan a sacerdote promotor de diálogo interreligioso en la India

28-09-2008 | http://www.eltestigofiel.org/informacion/noticias.php?idn=5283

Asesinan a sacerdote promotor de diálogo interreligioso en la India

Mundo.

ROMA, 25 Sep. 08 / (ACI).- El P. Samuel Francis, uno de los promotores del diálogo interreligioso en la India, fue encontrado muerto el pasado lunes 22 de septiembre junto a una voluntaria en su monasterio en la diócesis de Meerut, estado de Uttarakhand.

Según informa la Agencia Fides, el P. Francis vivía y trabajaba en un “ashram”, promoviendo así el diálogo entre hindúes y cristianos. Este tipo de lugar puede definirse como un típico monasterio hindú que presta ayuda a los pobres del lugar y constituye un centro de oración así como un punto de referencia para la organización de encuentros y congresos interreligiosos.

Las investigaciones señalaron que el P. Francis, sacerdote de 60 años de edad, y la voluntaria de nombre Mercy habrían sido asesinados dos días anteriores al lunes en que fueron encontrados los cuerpos.

Asimismo, la Conferencia de Obispos Católicos de la India señaló que la causa del asesinato fue un intento de robo en el ashram que luego fue saqueado por los homicidas.

Los funerales del P. Francis se realizaron el martes en el pueblo de Chota Rampur, donde se ubicaba el ashram, en presencia de numerosos fieles cristianos y con la participación de líderes de otras comunidades religiosas

 

fuente: ACI

APOLOGÉTICA CATÓLICA XV

APOLOGÉTICA CATÓLICA XV

LOS SACRAMENTOS

LOS SACRAMENTOS INSTITUIDOS por Cristo son siete, según la doctrina de la iglesia católico-romana. Los enumeramos a continuación, indicando la función que a cada uno de ellos se le atribuye.

1.      Bautismo. Este sacramento limpia el pecado original y cualquier otro que se hubiera cometido con anterioridad al bautismo. Regenera al alma, la acarrea el beneplácito de Dios y la hace hija de Dios. Por el bautismo se entra en la iglesia.

2.      Confirmación. Este supone y completa la gracia recibida por el bautismo. Los obispos ungen con aceite la frente, la nariz, los oídos y el pecho del recipiente, y coloca la mano sobre su cabeza. No es meramente un acto simbólico, sino que de hecho confiere al Espíritu Santo.

3.      Penitencia. La contrición (o en algunos casos la atrición, que es algo más imperfecto que la contrición), la confesión y la satisfacción juntas constituyen el sacramento de la penitencia y hacen posible la absolución. Este sacramento es para los pecados cometidos después del bautismo. Sin el sacerdote no es posible la absolución, pues la función del sacerdote es mediar entre Dios y los hombres. Ni las oraciones o el ayuno, ni la realización de obras buenas o de caridad, ni los actos de mortificación son suficientes para salvar al alma.

4.      La Santa Comunión. Es la participación y comida del mismo cuerpo y sangre de Cristo. Unicamente se puede recibir después de la absolución, y debe participarse de ella por lo menos una vez al año.

5.      La Extrema Unción. El sacerdote usa en ella el aceite bendecido por el obispo para ungir los ojos, los oídos, la boca, la nariz, las manos, los pies y los riñones del moribundo. En casos extremos, cuando no hay tiempo para todo ello, basta la unción de la frente. A continuación lee las oraciones por los moribundos, y le da la absolución.

6.      El Orden. Este es necesario para cuantos han de ejercer algún oficio en la iglesia de Roma, y por medio de él se imparte la unción divina al recipiente, a fin de que pueda desempeñar el ministerio que se le ha confiado. El orden, lo mismo que el bautismo y la confirmación, imprime en el ordenado un carácter espiritual que no puede ser borrado. Una vez recibida esta unción, el recipiente no puede ser desposeído de su carácter de sacerdote. Una vez sacerdote, es sacerdote para siempre, y sus pecados personales no le incapacitan o impiden la eficacia de su poder como sacerdote.

7.      Santo Matrimonio. Como la iglesia católico-romana hace del matrimonio un sacramento, reclama jurisdicción sobre los matrimonios de todos los que han sido bautizados en ella, practiquen o no su religión, y ninguna persona bautizada puede casarse con una no bautizada sin el permiso de la iglesia. En este caso se imponen algunas condiciones, una de las cuales es que los hijos de tal matrimonio sean bautizados y educados en la fe católica, Realizar tal matrimonio sin permiso es cometer fornicación, aunque se haya realizado la ceremonia civil. De los evangelios, los Hechos y las Epístolas se deduce claramente que nuestro Señor instituyó solamente dos sacramentos: el Bautismo, que los creyentes deben recibir una sola vez, y la Santa Cena o Comunión, que los discípulos de Cristo deben recibir con frecuencia “hasta que venga,” a pesar de lo que Roma sostiene en contrario. La primitiva iglesia no hizo uso más que de dos, aunque en el curso de varios siglos surgieron otras opiniones, de modo que en diferentes épocas de la iglesia se admitieron cinco, seis, diez y hasta doce sacramentos, hasta que en el siglo doce los teólogos reconocieron generalmente siete, y aun entonces no se hizo declaración alguna oficial, ni se presentaron pruebas en apoyo de esta opinión. Finalmente el concilio del año 1439 decidió que eran siete, y en 1442 el Papa confirmó esta decisión, declarando que los mismos sacramentos confieren la gracia. Por último, el decimonono concilio general (el de Trento) en el año 1549 declaró que la creencia en los siete sacramentos es un artículo de fe. En la enseñanza romanista los siete sacramentos están ligados entre si, de la siguiente manera: el bautismo regenera; la confirmación abre la puerta a los privilegios y deberes del discipulado cristiano; la penitencia libra del castigo del pecado; la santa comunión provee el alimento espiritual; la extrema unción prepara para la muerte; el orden capacita al sacerdocio para celebrar la misa; el santo matrimonio asegura la sucesión de los fieles para que oigan las misas. O en otra forma: el primer sacramento nos enlista en el ejercito; el segundo vigoriza esta resolución; el tercero aumenta nuestro vigor; el cuarto conserva nuestra vida espiritual; el quinto nos prepara para el fin; el sexto nos proporciona nuestros guías; y el séptimo trae nuevos reclutas al ejército. Roma declara que los sacramentos son necesarios para la salvación, y para explicarlo dice que Dios es como un médico, el hombre es el paciente, el sacerdote es el servidor, la gracia divina es la medicina y los sacramentos son los receptáculos. Los sacramentos no son meros símbolos, sino que de hecho confieren la gracia, y como no pueden ser administrados más que por el sacerdote, el recipiente depende de él también, de modo que el alma depende del sacerdote desde el nacimiento hasta la muerte, y aun después de ésta, pues solo el sacerdote puede decir las misas que le han de librar del purgatorio. Entre los sacerdotes y los laicos existe una separación inmensa. El sacerdocio, del papa abajo, a través de toda la jerarquía de cardenales, arzobispos, obispos y sacerdotes, es en realidad la iglesia, y ejerce autoridad sobre todos los aspectos de la vida de los laicos: el sacerdote guía, éstos siguen; el sacerdote enseña, éstos aprenden; el sacerdote manda, éstos obedecen. Y es precisamente por medio de los sacramentos que el sacerdote impone su autoridad. No es de extrañar que Roma les dé tanta importancia. En los capítulos XI y XIII hemos tratado ya de los sacramentos del bautismo y de la penitencia, y de cómo la enseñanza romanista acerca de ellos ha pervertido y contradice a las Escrituras. En. los capítulos XVIII y XIX nos ocuparemos de la santa comunión o eucaristía. En este capitulo examinaremos brevemente los llamados sacramentos de la confirmación, la extrema unción, el orden y el matrimonio.                      A. La Confirmación. El sacramento católico romano de la confirmación se basa en el falso supuesto de que ya se ha recibido la gracia salvadora por el rito del bautismo, que en las familias católicas se administra en la infancia de una manera rutinaria, sin que haya ningún elemento de fe en el que lo recibe. Así lo declaró el Concilio de Florencia: “Por la confirmación recibimos un aumento de la gracia, y nos fortalecemos en la fe.” En los Hechos de los Apóstoles se repite varias veces la palabra “confirmar,” pero nunca lleva consigo implicación alguna sacerdotal. Pablo y Bernabé, después de haber sido tratados vilmente en Listra, regresaron a aquella ciudad “confirmando los ánimos de los discípulos, exhortándoles a que permaneciesen en la fe, y que es menester que por muchas tribulaciones entremos en el reino de Dios.” (Hechos 14:21-27.) Judas y Silas, hermanos de la iglesia de Jerusalén, acompañaron a Pablo y a Bernabé, cuando regresaron a Antioquía, para ayudarlos a remediar la división que había surgido acerca de la circuncisión, y “consolaron y confirmaron a 105 hermanos con abundancia de palabra.” (Hechos 15:32.) Un poco más tarde Pablo, acompañado ahora por Silas, volvió a visitar a los hermanos en todas las ciudades de Siria y Cilicia, en las que Pablo había predicado antes el evangelio, “confirmando a las iglesias.” (Hechos 15:41.) No hay vestigio de una confirmación sacramental en ninguno de estos casos. Se trataba claramente de una visita pastoral para fortalecer la fe de aquellos hermanos en medio de la persecución y de la enseñanza errónea. Pero tal vez se pregunte si la visita de Pedro y Juan a Samaria no era algo más que esto, pues en Hechos 8:14-17 leemos que Pedro y Juan fueron enviados por los apóstoles de Jerusalén a Samaria, donde muchos se habían convertido al Señor y habían sido bautizados por la predicación de Felipe. Sí, en este caso parece que se trataba de algo más que una visita pastoral ordinaria. “Los cuales venidos, oraron por ellos, para que recibiesen el Espíritu Santo…. Entonces les impusieron las manos, y recibieron el Espíritu Santo.” Nos encontramos aquí al principio de un nuevo movimiento de avance en la predicación del evangelio. Cristo había dicho a sus discípulos: “Me seréis testigos en Jerusalén, y en toda Judea, y Samaria, y hasta lo último de la tierra” (Hechos 1:8) . Hasta entonces no habían testificado más que en Jerusalén y en Judea; pero ahora dispersados por la persecución habían comenzado un ministerio mas amplio al mundo exterior, y predicaron en Samaria. Aquí, lo mismo que en Jerusalén y en Judea, Dios había bendecido la predicación del evangelio, de modo que las almas se habían vuelto a Dios en arrepentimiento y fe. Pero los prejuicios judíos no habían desaparecido fácilmente, ni en Pedro ni en los otros creyentes judíos, y posiblemente por esta razón Dios permitió que él fuera enviado con Juan a Samaria. Así como Pedro había abierto la puerta de la fe a los judíos en Jerusalén, así la abre también ahora a los samaritanos, y más tarde al grupo de gentiles congregado en la casa de Cornelio. Tal vez esta sea la explicación de por qué el Espíritu Santo fue dado en esta ocasión con la imposición de las manos de Pedro y Juan, pero sería imprudente ser dogmáticos acerca de ello. Esto no es más que historia, un relato de lo que en realidad aconteció. Dios puede obrar y de hecho obra de una manera soberana, de diferentes modos en diferentes tiempos y lugares, y podríamos caer fácilmente en error, si tratásemos de basar una doctrina en un hecho aislado. No podemos establecer un sacramento sobre lo que Pedro y Juan hicieron en esta ocasión, y llamarlo confirmación, sobre todo teniendo en cuenta que nuestro Señor no lo ordenó específicamente como algo instituido por él. Muchas iglesias confirman a los creyentes, y el Señor bendice este servicio fortaleciendo a los que ya han sido salvos por la fe en él, pero no dicen que esto sea un sacramento que confiere la gracia por sí mismo; ni tiene que ser acompañado por “la unción con el crisma, una mezcla de aceite con bálsamo, bendecido especialmente en el día de Jueves Santo.” Esto no es más que una invención romanista. La confirmación tampoco es necesaria para la salvación, como lo afirma la iglesia de Roma.                 B. La Extrema Unción.

Los pasajes de la Escritura que se alegan en apoyo de este sacramento son dos: Marcos 6:13. “Y echaban (los doce) fuera muchos demonios, y ungían con aceite a muchos enfermos, y sanaban.” Santiago 5:14-15. “¿Está alguno enfermo entre vosotros? Llame a los ancianos de la iglesia, y oren por él, ungiéndole con aceite en el nombre del Señor. Y la oración de fe salvará al enfermo, y el Señor lo levantará; y si estuviere en pecados, le serán perdonados.” Ninguno de estos pasajes tiene nada que ver con la extrema unción, que se administra cuando se espera la muerte del enfermo. Por el contrario, la unción y lo oración se refieren en ambos casos a la restauración de la salud. Lo que allí se tenía en mente no era la muerte, sino la vida. Fundar en estos pasajes una doctrina según la cual el enfermo a punto de morir puede obtener el perdón de sus pecados, mediante la intervención de uno que se llama falsamente sacerdote, como lo veremos en el capítulo XX, por la aplicación de un aceite consagrado a varias partes del cuerpo, aunque él no se dé cuenta de lo que le están haciendo, y que así se escapa del fuego del infierno, es pura superstición. El perdón se concede únicamente por el puro amor de Dios, sobre la base de la obra expiatoria de su Hijo amado, nuestro Salvador, en contestación al arrepentimiento y la fe en su promesa. Cuando hay arrepentimiento y fe, ya está concedido el perdón libre y completo. Pero si no hay. arrepentimiento y fe en Cristo, ningún sacramento lo puede reemplazar, y el sacerdote que da la absolución es un engañador, aunque no tenga conciencia de ello. “Justificados pues por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo: por el cual también tenemos entrada por la fe a es la gracia en la cual estamos firmes, y nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios” (Rom. 5:1, 2) . C. El Orden. Con la Biblia en la mano nadie puede negar el hecho de la ordenación. En Marcos 3:14, 15 leernos: “Estableció doce, para que estuviesen con él, y para enviarlos a predicar. Y que tuviesen potestad de sanar enfermedades, y de echar fuera demonios.” Es evidente que los doce fueron ordenados por su Maestro para el ministerio determinado de predicar y curar, y fueron revestidos por él con el poder de arrojar fuera los demonios en su nombre. Pablo reclama para sí la ordenación en I Tim. 2:7, al decir: “Dios quiere que todos los hombres sean salvos, y que vengan al conocimiento de la verdad…. De lo que yo soy puesto por predicador y apóstol. doctor de los gentiles en fidelidad y verdad.” Acerca de Pablo y Bernabé leemos en Hechos 14:23: “Habiéndoles constituido ancianos en cada una de las iglesias, y habiendo orado con ayunos, los encomendaron al Señor en el cual habían creído.” Las versiones católico-romanas del Nuevo Testamento emplean la palabra “presbíteros” en vez de “ancianos.” Pero no se debe entender por esto “sacerdotes,” pues las dos palabras griegas que se usan para significar “sacerdotes” y “ancianos,” que son presbuteros para anciano y hiereus para sacerdote, nunca se usan indistintamente. Pablo y Bernabé ordenaron ancianos, no sacerdotes. Se nos dice en Tito 1:5 que Pablo dejó a Tito en Creta “para que corrigieses lo que falta, y pusieses ancianos por las villas.” En Hechos 16:1-3 se narra que, cuando Timoteo se unió a Pablo como ministro y compañero suyo de trabajo, el presbiterio había puesto las manos sobre él (1 Tim. 4:14). En el pasaje no se usa la palabra ordenar, pero no cabe duda que se trata de un servicio de ordenación, en el que Timoteo fue separado para este ministerio. A Pablo también le fueron impuestas las manos dos veces, una por Ananias al tiempo de su conversión, y otra en Antioquía cuando él y Bernabé fueron designados para su primer viaje misionero (Hechos 9:17 y 13:1-3). Muchas iglesias tienen servicios de ordenación para sus ministros, como lo hace la iglesia de Roma, pero ninguna los considera como sacramento como consideran al bautismo y la cena del Señor, que fueron claramente instituidos por el Señor, y obligan, por consiguiente, a su pueblo. La idea de que la ordenación confiere al ordenando algo nuevo de índole espiritual que no se puede borrar, es completamente ajeno a la Escritura. Menos fundamento aun tiene la nociva doctrina de que un sacerdote, no importa cuál sea su incapacidad moral, puede en virtud de la ordenación desempeñar su ministerio con provecho, de modo que, aunque él se encuentre en pecado, puede absolver los pecados de los demás. no simplemente pronunciar las palabras de la absolución, sino de hecho conceder el perdón. D. El Santo Matrimonio. La iglesia católico-romana y otras iglesias convienen en muchos detalles importantes al tratarse del matrimonio, pero los creyentes protestantes no creen que el matrimonio sea sacramento por las siguientes razones:

1. No existe parte alguna de la Escritura en que se diga que Cristo lo instituyó como tal, aunque no se puede dudar de que ocupa un lugar en la iglesia cristiana por la autorización del mismo Cristo. Fue instituido por Dios al principio de la historia humana, así como el sábado también fue instituido divinamente y representa el descanso que el verdadero creyente halla en Cristo (Heb. 4:1-6). Pero ni el sábado ni el matrimonio son sacramentos. La bendición de Dios descansa ciertamente sobre el esposo y la esposa piadosos, que habitan juntamente en unidad y en amor. Pero la bendición de Dios descansa igualmente sobre los solteros que procuran vivir para la gloria de Dios como tales.

1.      La iglesia católico-romana se apoya en Efe. 5:32: “Este misterio grande es”; pero el apóstol no se refiere aquí a la ceremonia del matrimonio, sino a la relación entre Cristo y su iglesia. La palabra griega por misterio no lleva consigo la idea de algo que no se puede conocer, sino de algo que solamente es conocido por los iniciados, y esta es precisamente la fuerza que tiene en este pasaje. La relación entre Cristo y su iglesia es algo que no se hubiera podido conocer si no hubiera sido por la revelación divina. Pero esto no hace que la ceremonia del matrimonio de un creyente sea un sacramento, que sólo acepta Dios cuando lo realiza un sacerdote.

APOLOGETICA CATÓLICA XIV

APOLOGETICA CATÓLICA XIV

EL ROSARIO

LAS ORACIONES Y PLEGARIAS dirigidas en parte a Dios, pero con más frecuencia a la Virgen María, deben repetirse indefinidamente, según el concepto católico-romano de la oración. El rosario es una combinación de estas cortas oraciones con la meditación. Es decir que, mientras los labios musitan las palabras, la mente debe estar ocupada con lo que llaman los “misterios,” que son los principales hechos de la vida de Cristo y de la Virgen María. Estos están dispuestos en tres grupos;

1.      Los misterios gozosos: la Anunciación, la Visitación, la Natividad, la Presentación y el Encuentro del Niño en el templo.

2.      Los misterios dolorosos: la Agonía en el Huerto, los Azotes, la Coronación de Espinas, la Cruz a Cuestas y la Crucifixión.

3.      Los misterios gloriosos: la Resurrección, la Ascensión, la Venida del Espíritu Santo, la Asunción de la Virgen María y su Coronación.

Las tres oraciones esenciales que se deben recitar son el Padre Nuestro, el Ave María y el Gloria Patri. Primeramente se reza el Credo, santiguándose en la frente y en el pecho, a continuación el Padre Nuestro, al que siguen diez Ave Marías y un Gloria. Si se quiere, se pueden añadir otras oraciones. Para ayudarse a contar estas oraciones se usa una cadenita de bolitas engarzadas, que también se llama rosario. Antes de que existiera la iglesia católico-romana estas bolitas eran usadas constantemente para recitar sus oraciones por los budistas en el Lejano Oriente, los brahmanes en la India, los lamas en el Tibet, los antiguos paganos de Roma, los habitantes de Efeso en su culto a Diana (Hechos 19:28), y aun los mahometanos lo hacen hoy día al repetir el nombre de Ala. El rosario que usa el creyente católico ordinario se compone de cincuenta bolitas, divididas en grupos de diez que se llaman “decenas,” que están separadas por cinco bolas un poco más grandes que se llaman “padres,” porque se tienen entre los dedos mientras se recita el Padre Nuestro. Las siguientes diez bolitas se tienen en los dedos y se va pasando una a una a medida que se va diciendo un Ave María. Después de cada “decena” se recita un Gloria. Mientras se hace esto, la mente debe estar fija en el primer Misterio, la Natividad, y así se debe continuar hasta que se han dicho todas las oraciones de los quince misterios, o sea un total de ciento ochenta oraciones, sin contar las oraciones extra. Todo ello lleva entre una y dos horas, pero este tiempo puede dividirse en varios períodos. Las bolitas deben ser bendecidas por el sacerdote antes de ser usadas, y aunque el rosario se puede rezar en cualquier ocasión, sus oraciones tienen especial eficacia cuando se dicen delante del santísimo sacramento. Como es natural, el propósito de estas oraciones es la acumulación de mérito para asegurar las indulgencias. En la página 7 de “The Holy Rosary” (El Santo Rosario) leemos: “Conviene que cada vez que se dice el rosario se haga una intención general de ganar todas las indulgencias posibles,” y a continuación se pone una lista de seis diferentes indulgencias que se pueden ganar durante todo el año y otras cuatro especiales que se pueden ganar durante el mes de Octubre, A éstas se pueden agregar las que se obtienen haciéndose socio de la Confraternidad del Santo Rosario. En capítulos precedentes nos hemos ocupado de los sofismas acerca del mérito, mérito-extra e indulgencias. Baste añadir aquí que la recitación con las cuentas del rosario no tiene lugar en las enseñanzas de nuestro Señor o de los apóstoles, y que esta práctica se opone directa mente al mandato de nuestro Señor, de modo que el orar en esta forma no sólo no tiene mérito, sino que irroga una ofensa al mismo Señor. El dijo: “Orando, no seáis prolijos, como los gentiles; que piensan que por su parlería serán oídos. No os hagáis, pues, semejantes a ellos” (Mat. 6:7, 8). No es necesario decir que con este aviso no se pretendió impedir que el pueblo pasase tiempo en oración verdadera a Dios. Fue al monte a orar, y pasó la noche orando a Dios” (Lucas 6:12). Ni siquiera prohibía que se repitiesen las mismas palabras, como hizo nuestro Señor en el huerto de Getsemaní (Mat. 26, 29, 42 y 44), cuando expresan un deseo hondamente sentido en el corazón. Pablo (2 Cor. 12:8), la mujer cananea (Mat. 15:21), y Salomón (I Reyes 8:30, 34, 36, 39, 43, 45 y 49) todos ellos repitieron sus oraciones, pero no eran repeticiones vanas. El usar las bolillas para contar un número determinado de veces las repeticiones es algo mecánico, que carece por completo de la verdadera naturaleza de la oración, que es la de un súbdito para con su rey o de un hijo para con su padre. Las repeticiones del rosario no tienen lugar en esta clase de oración para acercarnos a Dios, como Rey de reyes, o como Padre nuestro en Cristo Jesús. La verdadera oración debe hacerse “en el Espíritu” (Efe. 6:18), no de una manera mecánica. Además, la repetición de oraciones fijas en el rosario produce un estado de ;mínimo que considera como esencial únicamente el acto externo. Nosotros no hacemos cierto número de repeticiones, ni contamos su número con un rosario, cuando hacemos alguna petición a un hombre. Mucho menos lo debemos hacer cuando oramos a Dios.

Al menos tres muertos por la explosión de un posible coche bomba en un suburbio cristiano de Beirut

Europa Press | 12/12/2005 | Elfarodecartagena.com
Al menos tres personas han muerto y diez han resultado heridas a causa de una fuerte explosión de origen desconocido, aunque posiblemente debida a un coche bomba, registrada esta mañana en un suburbio cristiano industrial de Beirut, según informaron testigos presenciales y varias cadenas de televisión libanesas. La Policía ha informado de la explosión pero no ha confirmado víctimas.
La explosión se produjo en una carretera de la zona de Mkalles, un suburbio cristiano del este de Beirut. Según la LBC, una de las principales cadenas de televisión cristianas, dos de los más de diez heridos están en estado grave. Otras cadenas de televisión han informado de dos muertos.  

De momento se desconocen las causas. No obstante, las televisiones LBC y Future, pertenecientes a la familia del asesinado ex primer ministro Rafik Hariri, indicaron que la explosión fue causada por un coche bomba, pero este extremo no ha sido confirmado por la Policía.

A pocos kilómetros del lugar de la explosión se encuentra Monteverde, sede del cuartel general del equipo de la ONU que investiga el asesinato de Hariri.

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GRIEGO ANTIGUO

 

GRIEGO ANTIGUO

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NOCIONES BÁSICAS

 

El sistema de escritura griego es alfabético y tiene su origen c. siglo XI a. C., aunque las primeras inscripciones son del siglo VIII a. C. El sentido de la escritura es de derecha a izquierda o en bustrófedon.

La figura superior muestra la variante doria, en uso c. VIII al V a. C.; la inferior es la jónica, con su origen c. siglo VIII/VI a. C.

 

El origen semítico del alfabeto griego no presenta problema alguno. La misma tradición de los griegos al llamar a su escritura phoinikeia grammata o semeia, o sea, “escritura fenicia”, señala claramente donde debe buscarse el origen del sistema. Además, incluso una investigación superficial de las formas, los nombres y el orden de los signos griegos lleva inmediatamente a la conclusión de que todas estas características han sido tomadas del sistema semítico de escritura. Incluso un profano no puede dejar de observar la identidad o gran similitud de forma entre los signos del alfabeto griego y los de las escrituras semíticas.

Mientras los nombres de los signos del alfabeto griego no pueden explicarse con la ayuda de la lengua griega, se corresponden casi exactamente a los de las diferentes escrituras semíticas. Así, los alpha, beta, gamma, delta,etc., griegos corresponden a los aleph, beth, gimel, daleth, etc., semíticos, con los significados respectivos de“buey”“casa”“camello” y “puerta”. De las lenguas semíticas de las que, en teoría, podrían derivarse los nombres de los signos griegos, debe preferirse sin duda el fenicio y el hebreo. Puede observarse, por ejemplo, que elalpha griego se deriva de aleph“buey”, palabra que existe en fenicio y en hebreo, pero no en arameo, así como que iota, pi, rho griegos se encuentran más cerca de las respectivas palabras fenicias o hebreas, yodh “mano”pe“boca” y ros “cabeza” que de yad, pum res arameos.

Como no hay duda de que los griegos tomaron su escritura de los semitas, el problema consiste en determinar de qué sistema semítico se derivó la escritura griega. En teoría, cualquiera de las escrituras usadas por los pueblos semíticos establecidos en las amplias regiones que se extienden del sur de Cilicia al norte de Sinaí pudo ser el modelo de los griegos. Estas tierras estaban habitadas por los amorreos, arameos y cananeos, incluyendo a los fenicios. 

Sin embargo, nuestra investigación debe limitarse a los fenicios, los navegantes de la antigüedad, únicos semitas que se atrevieron a desafiar al gran Mar en busca de nuevos horizontes. Los griegos no fueron a la costa de Asia a pedir prestado el sistema semítico; las escrituras nunca pasan de un pueblo a otro de esta forma. Fueron los fenicios, que poseían colonias comerciales por todo el mundo griego, los que llevaron su escritura a los griegos. El origen fenicio está confirmado no sólo por la tradición griega, sino también, como hemos visto, por los resultados de la comparación de los nombres de los signos en los sistemas griego y semítico.

Los griegos vieron que su lengua necesitaba menos consonantes que la fenicia y usaron algunas consonantes fenicias como vocales. También inventaron nuevos signos para upsilon y para las dobles consonantes phi, chi ypsi, añadiéndolas al final tras la tau. De manera que los griegos, al contrario que los fenicios y otros pueblos semíticos, escribieron las vocales.

Precisamente, en el siglo XIX el investigador A. Kirchoff hizo una clasificación de los alfabetos griegos, en base a la adición de estas letras al alfabeto griego, dividiéndolos de acuerdo al valor fonético que se le daba en las diferentes regiones. Como resultado elaboró su teoría de los alfabetos verdesrojos y azules, estos últimos clasificados a su vez en claros y oscuros

Alfabetos verdes

Alfabetos rojos

Alfabetos azules claros

Alfabetos azules oscuros

La dirección de los signos en la escritura varía considerablemente en las inscripciones griegas más antiguas, ya que se dirigen tanto de derecha a izquierda, como de izquierda a derecha, continuando en estilo bustrófedon, cambiando de dirección alternativamente en cada línea. Sólo poco a poco se fue imponiendo en el sistema griego el método clásico de escribir de izquierda a derecha.

SENTIDO DE LA ESCRITURA: DERECHA-IZQUIERDA

En las figuras inferiores vamos a ver el proceso del cambio de la dirección de la escritura. Las formas más arcaicas van de derecha a izquierda como en la figura inferior; inscripciones de Thera; inscripción jónica votiva a Apolo; inscripciones de Atenas.

Graffiti sobre vaso, c. 725 a. C.

 

Graffiti sobre barro c. siglo VII a. C. ; bronce Aryballos, siglo VII a. C.; bronce 600-525 a. C.

SENTIDO DE LA ESCRITURA: BUSTRÓFEDON

Posteriormente, el sentido de la escritura comienza a ser en bustrófedon, es decir, en alternancia: una línea en un sentido y la siguiente en el contrario. Las figuras inferiores son buenos ejemplos de esto; nombres inscritos sobre la roca en Thera, siglo VIII a. C.; inscripción del templo de Apolos Pythios, 600-615 a. C.; estela de piedra con texto de leyes sagradas de Magnesia, c. 550 a. C.; inscripción sobre un altar? c. 500-480 a. C. de Attica.

 

SENTIDO DE LA ESCRITURA: IZQUIERDA-DERECHA

Finalmente, el sentido de la escritura se fija de izquierda a derecha, como vemos en las inscripciones inferiores. Inscripción sobre pilar de Attica, c. 540 a. C.; inscripción sobre copa de plata dedicada a Megarian Athena de Kozani, c. 500 a. C.; placa de bronce con tratado entre Elis y Heraea, c. 500 a. C.; monumento fúnebre de Charon de Teithronion, Phocis, c. 500 a. C.; placa de bronce con inscripción ritual, Arcadia, c. 525 a. C.

El problema que a continuación nos corresponde investigar es la época en que los griegos pueden haber tomado prestado su escritura de los fenicios. Si no queremos entregarnos a especulaciones basadas en pruebas circunstanciales, el único enfoque seguro del problema de la introducción de la escritura fenicia entre los griegos, es comenzar por investigar la fecha de las inscripciones griegas más antiguas que poseamos.

Según la opinión que prevalece entre los epigrafistas griegos, la inscripción griega más antigua que se conoce es el vaso dipylon (figura superior) procedente de Atenas, fechado a comienzos del siglo VIII o comienzos del siglo VII antes de Cristo. Ligeramente posteriores, pero aún de los siglos VIII o VII a. C. son las inscripciones talladas en la roca de Thera (figura inferior),

las cortas inscripciones de cerámica procedentes del monte Hymeto (figura inferior)

y dos cascos inscritos de Corinto (figura inferior).

Los signos de estas inscripciones griegas primitivas suelen variar tanto en la forma, que resulta decididamente imposible hablar de un único alfabeto griego en este período. Puede suponerse, por tanto, que el préstamo y adaptación de la escritura fenicia se produjo independientemente en distintos puntos del mundo griego; de ahí las diferentes variantes del alfabeto, dependiendo del lugar (figura inferior). Durante varios siglos esas variantes locales permanecieron, pero al final el modelo jónico prevaleció y sustituyó a los demás. De esta manera se estableció como la forma clásica o estandarizada de escribir la lengua griega. Este es el alfabeto que hoy día se usa en Grecia.

Los antiguos alfabetos griegos fueron usados también por personas que no hablaban griego, tales como frigios,lidios, licios, carios, etc. en Asia Menor y por pueblos que vivieron en Italia: etruscos, umbrios, oscanos, etc. El alfabeto latino, o romano, que probablemente derivó del etrusco, llegó a ser la escritura de la civilización occidental.

El mapa inferior muestra la ubicación geográfica de los más antiguos sistemas de escritura.

Mapa de los antiguos sistemas de escritura

http://www.proel.org/index.php?pagina=alfabetos/gantiguo

La explosión de un coche bomba en Damasco causa al menos 17 muertes

INTERNACIONAL
El ministro de Interior Basam Abdel Mayid, calificó ayer el atentado de acción “terrorista y cobarde” y añadió que el objetivo era asesinar a civiles inocentes
Por EFE | 27/09/2008
Así quedó un edificio cercano al coche bomba (Foto: Efe)
La explosión de un coche bomba ayer en Damasco ha causado la muerte de 17 personas y heridas a otras 14, en un atentado sin precedentes en la historia reciente del país y cuya autoría, hasta el momento, no ha sido reconocida por ningún grupo terrorista. 

La televisión Siria, que ha realizado una amplia cobertura del suceso, informó de que el estallido se produjo en la carretera que comunica Damasco con el aeropuerto de la capital, a alrededor de las 08:00, hora local (5:00 GMT).

El vehículo se encontraba en la calle Al Mahalaq al Yanubi, cerca de la zona conocida como Mafraq al Sayida Seinab, donde se encuentra el mausoleo de la nieta del profeta Mahoma.

Asimismo, el canal de televisión árabe Al Yazira informó de que el estallido se produjo cerca de un centro de la seguridad del Estado, un extremo que no ha sido ni negado ni confirmado por ninguna fuente oficial siria.

El ministro de Interior, Basam Abdel Mayid, calificó el atentado de acción “terrorista y cobarde” e insistió en que la bomba tenía como objetivo acabar con la vida de ciudadanos inocentes.
“Fue una operación terrorista y cobarde contra una zona muy transitada”, dijo el Ministro.

Los vecinos de la zona, que describieron la explosión como un temblor de tierra, aseguraron a la televisión Siria que el número de víctimas podría haber sido mucho mayor si se hubiera producido en un día de diario y no en sábado.

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II Historia de los valdenses

 

Los Valdenses Eran Bautistas Independientes

Se cree que los Valdenses, como un pueblo cristiano evangélico, existieron desde el siglo V hasta la Reforma en las valles y montañas del noroeste de Italia, confrontando los errores de la Iglesia Católica Romana. Ellos sufrieron grandes persecuciones durante todos estos siglos a manos de las autoridades y sacerdotes católicos.

Los historiadores bautistas afirman que los Valdenses fueron bautistas en sus creencias y prácticas. No obstante, grupos protestantes afirman también que los Valdenses fueron creyentes protestantes reformados, y los católicos dicen que los Valdenses fueron un tipo de católicos. Ahora bien, veamos evidencias inequívocas que prueban que los Valdenses fueron bautistas..

He escrito un libro, “The Waldenses Were Independent Baptists” (Los Valdenses Eran Bautistas Independientes) para probar que los Valdenses fueron, en esencia, bautistas en sus creencias y prácticas, y este artículo es un abstracto de dicho libro.

Primero, los Valdenses observaron la ordenanza del bautismo por inmersión, no por asperción. En la Edad Media, la mayoría de los bautismos, incluso en la iglesia católica, fueron por inmersión. Los católicos Pedro Lombardo, Tomás de Aquino, John Duns Scotus y Bonaventura recomendaron la práctica de la inmersión. Los otros grupos religiosos en la Edad Media, incluyendo los ortodoxos griegos y los Valdenses, practicaron bautismo por inmersión. Los historiadores Mezeray, Robinson, Schmucker, Eberhard, Ermengard, Broadbent y otros han dicho específicamente que los Valdenses bautizaron por inmersión.

Segundo, los Valdenses rechazaron la práctica de bautismo infantil. La acusación que los Valdenses rehusaron bautizar a los niños fue hecho por Reinerius Saccho, Bellarmine, Obispo Gerard, Bernardo de Clairvaux, y Cardenal Hosius (todos ellos católicos). Los católicos persiguieron a los Valdenses a causa de su rechazo de la doctrina del bautismo infantil. Los historiadores Orchard, Robinson, Vedder, Christian, Armitage, Newman, Cramp y Monastier están de acuerdo de habían muchos entre los Valdenses que rechazaron el bautismo infantil.

Los mormones y Testigos de Jehová en la actualidad bautizan por inmersión y no bautizan niños, pero no los hace bautistas, ni siquiera cristianos, porque no creen en la salvación por fé ni en la Santísima Trinidad. El estudiante de historia debe tener cuidado de no poner la etiqueta de “bautista” a cualquier grupo de creyentes que rechazan los errores de catolicismo, porque habían muchas sectas que se oponían al catolicismo en la Edad Media pero al mismo tiempo tenían gruesos errores y herejías.

Tenemos la convicción de que los Valdenses eran bautistas verdaderos, porque creían en la justificación por fé, no por obras. Sus confesiones de fe del siglo XII dicen que la salvación es solamente por gracia por medio de la fe, sin obras, y que los sacramentos no son necesarios para ser salvo.

También los Valdenses creían en la Santísima Trinidad; tenemos confesiones y escritos del siglo XII que enseñan la doctrina de la Santísima Trinidad.

Los Valdenses rechazaron las enseñanzas erróneas de la Iglesia Católica, como la transubstanciación, el purgatorio, las oraciones para los muertos, y las oraciones a los santos.

Además, los Valdenses se separaron de la apostasía católica y otros grupos; requirieron que todos sus miembros fuesen bautizados por inmersión y practicaron disciplina en la iglesia. No tuvieron una jerarquía de obispos porque sus asambleas o congregaciones eran independientes, pero algunas veces reunieron en asociaciones de iglesias.

Algunos historiadores han dicho que los Valdenses eran “Maniqueos” – herejes que rechazaron el Antiguo Testamento y la institución de matrimonio, además no comieron carne, porque se creían que el mundo creado es inicuo. No obstante, los Valdenses no eran “Maniqueos,” porque las confesiones de los Valdenses declaran creer en todos los libros del Antiguo Testamento, en Dios como Creador, y que la institución de matrimonio era honorable. Los Valdenses eran evangélicos verdaderos.

La evidencia histórica, hallada en los documentos Valdenses, muestra que los Valdenses sostuvieron los principios de las iglesias bautistas, y por esa razón fueron bautistas. Por supuesto, no todos los Valdenses en todos lugares y todas edades permanecieron fieles a los principios de los bautistas, como hoy día algunos “bautistas” no permanecen fieles a los principios de los bautistas históricos, y muchas veces se debía a las crueles y severas persecuciones de los católicos o por la ignorancia que predominaba en la edad del oscurantismo.

Los bautistas modernos citan a los Valdenses como un eslabón más en la línea de perpetuidad de iglesias de tipo bautista desde los apóstoles hasta ahora. El peso de la evidencia está en aquellos que niegan que ha habido iglesias bautistas en todo tiempo, pues el Nuevo Testamento ha estado entre nosotros por 1900 años, así que es razonable pensar que en todo tiempo ha habido quienes han creído en las Escrituras y las han puesto en práctica, organizando iglesias bautistas independientes.

Los Valdenses están entre aquellos nobles creyentes a través de los siglos que amaban leer la Biblia, que la creían, y lo ponían por obra en medio de fiera persecución. ¡Que su ejemplo sea una inspiración para el pueblo de Dios hoy día, y podamos dejar huella como ellos lo hicieron!

Fuentes bibliográficas:

(“The Waldenses Were Independent Baptists” está disponible gratuitamente en la Internet en la siguiente dirección: http://users.aol.com/libc12/walden.htm) Por Thomas Williamson 3131 S. Archer Avenue Chicago, Illinois 60608

Apostasía total de los valdenses bajo el signo ecuménico de María Parte 1

Apostasía total de los valdenses bajo el signo ecuménico de María Parte 1

I Introducción:

Los Valdenses fueron cristianos evangélicos que vivieron en las montañas de Europa (en Italia, Francia y otros países) antes de la Reforma, en la Edad Media. Tenemos porciones de sus libros y confesiones de fé que realizaron entre los siglos XII y XVI.

En este artículo hablaremos de la onfluencia negativa que el movimeinto ecumenico esta teniendo con este grupo evangelico.

El cardenal Walter Kasper comentó el miércoles 26 de setiembre que: «La devoción a la Virgen María tiene un papel fundamental en el diálogo ecuménico, en el camino hacia la unidad plena y visible entre los cristianos, afirmó el cardenal Walter Kasper, presidente del Consejo Pontificio para la Unidad de los Cristianos.

El purpurado presidió este miércoles una celebración en la Gruta de las Apariciones de Lourdes, en una peregrinación conjunta entre anglicanos y católicos, que había partido desde el santuario de Nuestra Señora de Walsingham (Inglaterra). La homilía la pronunció el arzobispo de Canterbury, reverendo Rowan Williams, que es publicada este 26 de septiembre en “L’Osservatore Romano”.

De hecho, admitió el cardenal Kasper, “Lourdes es conocida por sus milagros. ¿Quién habría podido imaginar, sólo hace 20 ó 30 años, que católicos y anglicanos habrían peregrinado y rezado juntos?”

Según el cardenal Kasper, María es una pieza fundamental del movimiento ecuménico, aunque este tema “no es ni común ni obvio entre los ecumenistas”.»

Como podemos leer, una vez mas Roma engatuzó a uin grupo evangélico, esta vez le tocó a los valdenses, y como en el cuento de Caperucita Roja y el Lobo, este lobo que de sonso no tiene nada, abrió la  boca y se tragó a una iglesia Valdense, que tuvo su época de gloria, pero que ya hacía mucho que había apostatado de la fe, ya hace mucho que se durmió.

A través de este estudio iremos viendo algo de los Valdenses, un grupo evangelico prácticamente desconocido para muchos de los evangelicos de hoy en día.

Continúa…

Fuentes bibliográficas:

  • LOURDES, jueves 25 de septiembre de 2008 (ZENIT.org).
  • (“The Waldenses Were Independent Baptists” está disponible gratuitamente en la Internet en la siguiente dirección: http://users.aol.com/libc12/walden.htm) Por Thomas Williamson 3131 S. Archer Avenue Chicago, Illinois 60608


APOLOGETICA CATÓLICA XIII

APOLOGETICA CATÓLICA XIII

LAS OBRAS DE SUPEREROGACIÓN (Mérito Extra)

SEGUN LA ENSEÑZA católico-romana las almas piadosas no sólo pueden hacer satisfacción completa en esta vida por los pecados veniales que han cometido, sino que pueden expiar también la pena temporal debida por los pecados mortales cuya culpa ha sido absuelta en la confesión por la absolución, pero por los que debe hacerse satisfacción completa a la justicia de Dios. Esto se realiza por medio de los actos de mortificación, ayunos, oraciones y obras meritorias. Estas obras meritorias pueden ser de índole material o espiritual. Las obras meritorias materiales incluyen dar de comer al hambriento, de beber al sediento, vestir al desnudo, visitar a los enfermos y encarcelados, dar posada al peregrino, redimir a los cautivos y enterrar a los muertos. Las obras espirituales son enseñar al que no sabe, dar buen consejo al que lo ha menester, consolar al triste, corregir al que obra mal sufrir las injurias, perdonar las debilidades humanas y orar por los vivos y los difuntos. Las obras meritorias no solamente benefician al que las recibe, sino también al que las hace, porque por ellas se acumulan méritos que sirven para contrarrestar y cubrir nuestras propias faltas, y, si fueran suficientes, llegarían a dar completa libertad de las penas del purgatorio más tarde.

Después de haber hecho esto, podemos con celo y perseverancia seguir más adelante con las obras de supererogación para acumular mas méritos de los que nosotros mismos necesitamos, y que podemos traspasar a lo que se lama “El Tesoro de la Iglesia” o “Tesoro de los Méritos.” La autoridad para administrar este tesoro, en el que están acumulados los méritos de Cristo al ofrecerse en la misa, los de María la madre del Señor, y los de todos los santos, está en el papa como vicario de Cristo, quien puede disponer de toda esta riqueza en beneficio de las almas que están todavía en la tierra o que se hallan en el purgatorio. Las misas y oraciones se pueden decir con “la intención” de que se apliquen a tal o cual persona que ya ha fallecido, y que puedan servirla de ayuda. Por eso se ven en las iglesias católico romanas solicitudes pidiendo oraciones para el descanso de éste o el otro, y avisos de misas que se dicen por tal o cual.

Todo esto que se ha expuesto aquí no tiene ni sombra de fundamento en las Santas Escrituras, que son nuestra única autoridad final. En otro capítulo nos ocuparemos de la doctrina de la misa. Del “Tesoro de la Iglesia, “y de cuanto está relacionado con él. diremos aquí:

1.      El mérito del Señor Jesucristo, por si mismo, es tan completo y abundante que es ampliamente suficiente para hacer frente a las necesidades de todos los hombres del pasado, presente y porvenir. I Juan 2:2. “Y él es la propiciación por nuestros pecados: y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo.” Juan 1:29. “He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.”

2.      El mérito del Señor, en toda su plenitud, está al alcance de toda alma que lo desea con fe, sin la intervención de papa o sacerdote alguno.

 

Col. 2:8-10. “Mirad que ninguno os engañe por filosofías y vanas sutilezas, según las tradiciones de los hombres, conforme a los elementos del mundo, y no según Cristo: porque en él habita toda la plenitud de la divinidad corporalmente: y en él estáis cumplidos, el cual es la cabeza de todo principado y potestad.”

3.      Siendo los méritos de Cristo, en su plenitud y redención, tan abundantemente suficientes y asequibles a todo el que los busca, no existe necesidad alguna de pedir las oraciones de María o de los santos, y el hacerlo es poner en duda la voluntad y suficiencia del mismo Cristo.

Hebreos 4:15, 16. “Porque no tenemos un Pontífice que no se pueda compadecer de nuestras flaquezas; mas tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado. Lleguémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia, y hallar gracia para el oportuno socorro.”

4.      Ni María, la madre de nuestro Señor, ni santo alguno tiene méritos propios, que les valgan a ellos o a nosotros.

Isaías 64:6. “Si bien todos nosotros somos como suciedad, y todas nuestras justicias como trapo de inmundicia; y caímos todos nosotros como la hoja, y nuestras maldades nos llevaron como viento.” Nótese la palabra “todos,” que se repite tres veces.

5.      Si alguno, después de haber sido salvado por la fe en el Salvador, sirve a Dios con fidelidad, recibirá su recompensa sin ningún género de duda.

Mat. 10:42. “Cualquiera que diere a uno de estos pequeñitos un vaso de agua fría solamente, en nombre de discípulo, de cierto os digo que no perderá su recompensa.”

Hebreos 6:10. “Dios no es injusto para olvidar vuestra obra y el trabajo de amor que habéis mostrado a su nombre, habiendo asistido y asistiendo aún a los santos.”

I Cor. 3:14. “Si permaneciere la obra de alguno que sobre edificó, recibirá recompensa.”

2 Tim. 4:-7, 8. “He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe. Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que aman su venida.”

La recompensa de que se habla en estos pasajes procede únicamente de la gracia de Dios, porque “cuando hubiereis hecho todo lo que os es mandado, decid: Siervos inútiles somos, porque lo que debíamos hacer, hicimos” (Lucas 17:10). Si no hay posibilidad de que nosotros tengamos mérito en nuestra relación con Dios, menos podremos agregar mérito. Nuestra recompensa, lo mismo que nuestra salvación, es de pura gracia. Estas recompensas se reciben personalmente, y no se pueden traspasar a otros. Menos aún están a la disposición de un papa o sacerdote.

Jesús, nombre caro al pecador,

Y al pecador consuelo:

Ahuyenta todo mi temor,

Torna el infierno en cielo. Su sola justicia quiero,

Su sola justicia quiero,

Su salvación proclamo:

“He aquí el digno Cordero,”

Grito siempre aquí abajo.

 

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