La diversidad de los Homo sapiens surgió en África

La diversidad de los Homo sapiens surgió en África 

Abril 13, 2009

homosapiens
Puntos de las mediciones tomadas en diferentes cráneos para realizar el trabajo. / PNAS

El Mundo Digital

Los Homo sapiens modernos, una especie que apareció en África hace unos 200.000 años, se diversificaron antes de decidirse por abandonar este continente y extenderse por el resto del planeta en diferentes oleadas.

Aquellos humanos, según concluye una nueva investigación, habrían evolucionado en poblaciones que estaban aisladas geográficamente, lo que hizo que no fueran exactamente iguales en sus genes, una conclusión que ya había apuntado el año pasado el equipo del paleontólogo español Manuel Domínguez-Rodrigo.

Durante una excavación en el Lago Eyasi (Tanzania), encontraron un fragmento de cráneo de H. sapiens que indicaba que no todos los humanos modernos eran idénticos. El trabajo, que se publica esta semana en la revistaProceedings of National Academy of Science (PNAS) ha ido más lejos y da otra vuelta de tuerca a la cada vez más compleja historia humana: Ni hubo una salida, ni hubo una Eva negra genética, sino varias.

Para ello, los investigadores han analizado 486 señales anatómicas de 203 cráneos fosilizados para comparar, mediante métodos de geometría morfológica, las formas de cada uno de ellos, al margen de su tamaño.

En concreto, se han fijado en parte neurocraneal, dado que es la que menos deformaciones sufre a lo largo de la vida. El equipo, dirigido por Gerhard W. Weber, quería comprobar el origen de la variabilidad existente entre los seres humanos que hoy habitan en planeta, demostrada genéticamente. El problema es que no hay datos genéticos de nuestros antepasados hace entre 200.000 y 60.000 años. Tras observar la gran variabilidad dentro de los H. sapiens primitivos, mayor que entre otros homínidos e incluso mayor que hoy, han deducido que vivían en poblaciones aisladas dentro de África, por lo que se fueron diferenciando localmente en el Pleistoceno, antes de emigrar.

Estudio español

Para Domínguez-Rodrigo el estudio “reafirma la conclusión que expusimos en nuestro estudio, que la variabilidad del Homo sapiens se remonta a su origen y que entonces era aún mayor que la actual”, señala.

José María Bermúdez de Castro, director del Centro Nacional de Investigación en Evolución Humana (CENIEH), considera que las conclusiones a las que llegan Weber y su equipo (entre ellos, el experto en morfología geométrica Fred Brookstein), son “muy interesantes”. “No entran en conflicto con la idea más aceptada entre los paleontólogos de que hubo un origen africano de la especie, y no multirregional, pero señalan que la salida fue mucho más compleja de lo que se suponía”, argumenta.

Y añade: “Sabemos muy poco de evolución humana, y de hecho también entre los primeros europeos tenemos problemas de diversidad de fósiles similares, que se irán dilucidando a medida que se conozcan más yacimientos”.

Por su parte, Domínguez-Rodrigo recuerda que “algún estudio genético reciente ya ha sugerido que hubo diversidad desde el principio”.

Emiliano Bruner, también del CENIEH y experto en análisis de morfología geómétrica, añade que este articulo “nos recuerda que, a pesar de las informaciones que tenemos sobre moléculas y galaxias, todavía ignoramos muchas cosas de la variabilidad de nuestra propia anatomía básica y que hay muchos detalles del origen de nuestra propia especie que todavía hay que aclarar”.

Considera, no obstante, que “todas las hipótesis que siguen [los autores]son un poco excesivas, se pasan desde luego de la información actual que este análisis puede entregar”.

Fuente: Visto en http://oldearth.wordpress.com/

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El existencialismo, filosofía de nuestra época.

 El existencialismo, filosofía de nuestra época.

El apogeo del “existencialismo”, de las diferentes tendencias filosóficas y problemas que se incluyen en esta designación, es resultado de la vigencia de un clima espiritual, de una sensibilidad histórica favorables para disposiciones emocionales e intelectuales que encuentran su fundamento en el hombre concreto, en la primacía de las estructuras de su existencia. Pero este clima o estado anímico general, a cuyo advenimiento han contribuido también la poesía, con sus nuevas dimensiones vivenciales, y la literatura y el arte, tiene sus raíces más profundas en la filosofía, en la actitud filosófica del hombre contemporáneo que, en medio de una situación histórica modificada, empieza a vislum­brar en el existir (Dasein), el único acceso a la vida, como peculiar modo de ser.

 

La visión filosófica, que se había enajenado en la obje­tividad, en las instancias racionales a que tiene acceso la conciencia cognoscente, el yo abstracto, se desplaza hacia lo inmediato, a la esfera de la emotividad y de los estratos irracionales del sujeto real, es decir, hacia el hombre exis­tente y la peculiar movilidad de sus estructuras tempora­les. Este desplazamiento se ha venido gestando en el seno mismo de las posiciones racionalistas del idealismo moder­no y de las tendencias influidas por éste. Así, Pichte afirma que la realidad que contempla la filosofía va a encontrar su centro en el hombre; la filosofía ha de tener por objeto la existencia del hombre, tomado íntegramente. Schelling, a su vez, prestando atención a la inmediatez de los conteni­dos existenciales, nos dice que el dato irracional, en el sujeto existente, escapa a las categorías .racionales de la conciencia cognoscente. También Hegel reconoce el momento de la existencia, pero ésta, como lo histórico singular, como sujeto finito, queda, para él, recogida en la razón absoluta, y es “superada” y desaparece en el proceso racional dia­léctico.

CARLOS ASTEADA,actas del primer congreso nacional de fi­losofía, Mendoza, 1949, Tomo I, págs. 349-50.

Fuente: Hebe R.Vidal, Fundamentos de Filosofia, Libreria Huemul, Bs.As., Argentina,1970,p.137-138

Soluciones metafísicas.

Soluciones metafísicas.

Estamos ahora en situación de hacer la crítica del realis mo y del idealismo y de tomar posición en la disputa entre ambos. Como hemos visto anteriormente, el idealismo no logra demostrar que la posición realista sea contradictóría y, por ende, imposible. Mas por otra parte tampoco el realismo consigue abatir definitivamente a su adversario. Las razones que podía hacer valer no eran, como se vio, lógicamente convincentes, sino tan sólo probables. Parece, pues, que no pueda terminarse la disputa entre el realis mo y el idealismo. Esto es lo que ocurre, en efecto, mien tras sólo se emplea un método racional. Ni el realismo ni el idealismo pueden probarse o refutarse por medios pura mente racionales. Una decisión sólo parece ser posible por vía irracional. El realismo volitivo es quien nos ha ense-fiat!o este camino. Frente al idealismo, que quisiera hacer del hombre un puro ser intelectual, el realismo volitivo lla ma la atención sobre el lado volitivo del hombre y subraya que el hombre es en primer término un ser de voluntad y de acción. Cuando el hombre tropieza en su querer y desear con resistencias, vive en éstas de un modo inmediato la realidad. Nuestra convicción de la realidad del mundo ex terior no descansa, pues, en un razonamiento lógico, sino en una vivencia inmediata, en una experiencia de la voluntad. Con esto queda superado de hecho el idealismo.

Pero el idealismo fracasa también en el problema de la existencia de nuestro yo, de la cual estamos ciertos por una autointuición inmediata. Ya San Agustín hizo refe rencia a este punto. Desarrollando sus ideas, formuló pos teriormente Descartes su célebre cogito, ergo sum. En nues tro pensamiento, en nuestros actos mentales —ésta es su idea—, nos vivimos como una realidad, estamos ciertos de nuestra existencia. Como paralelo al principio cartesiano ha formulado más tarde Maine de Biran el principio voló, ergo sum. Ambos principios tratan de expresar, sin em bargo, la misma idea fundamental: que poseemos una cer teza inmediata de la existencia de nuestro propio yo. Pero el uno parte de los procesos del pensamiento y el otro de los procesos de la voluntad. Todo idealismo fracasa nece sariamente contra esta autocertidumbre inmediata del yo.

JOHAN HESSEN,,TEORÍA   DEL   CONOCIMIENTO,   pág.   92-93.

Fuente: Hebe R.Vidal, Fundamentos de Filosofia, Libreria Huemul, Bs.As., Argentina,1970,p.136-137

El idealismo metafísico 4

El  idealismo metafísico 4

4.    Soluciones contemporáneas

Las soluciones contemporáneas referentes a la Onto logía de la existencia siguen el segundo punto de vista indicado en el párrafo anterior; se afronta el estudio del ser a través del análisis fenomenológico de la exis tencia concreta. En contraposición con las corrientes “esencialistas”, que dan primacía a la esencia sobre la existencia, las soluciones contemporáneas ponen el acento en la existencia concreta, es decir, en la existencia del existente.

Edmundo Husserl   (1859-1&38), esencialista y fundador de la fenomenología, pero precursor del existencialismo, pone entre paréntesis  (“epojé”)   el mundo de las cosas, de los hombres, de las mismas ciencias. La “epojé fenomenológica”  inhibe  el  valor  existencial  del mundo objetivo y, debido a ello, lo excluye totalmente del campo de nuestros juicios. Lo mismo sucede con el valor existencial de todos los hechos objetivamente comprobados por la experiencia externa como por la experiencia in terna. Bochenski resume así los caracteres esenciales de la fenomenología de Husserl:

“El método fenomenológico  es un  procedimiento especial de conocimiento. Esencialmente consiste en una visión inte lectual del  objeto basándose en  una  intuición.  Esta  intui ción se refiere a lo dado; la regla principal de la fenome nología  reza  así:   «hacia  las  cosas  mismas»,  entendiéndose por «cosas» lo dado. Esto requiere, ante todo, una triple eliminación  o  «reducción», llamada  «epojé»:  primeramente  de todo lo subjetivo: la postura ante el objeto debe ser pura mente  objetiva;   en  segundo  término,  exclusión  de  todo  lo teórico   (hipótesis,  demostraciones   u   otra   cualquier   forma de saber ya  adquirido), de manera  que tan sólo  entre  en cuestión lo dado; y, en tercer lugar, exclusión de toda tra dición, es decir, de todo aquello que se ha venido enseñando hasta  el  presente  sobre  el  objeto.  En el mismo  objeto dado todavía hay  que llevar  a  cabo una doble reducción:

1)   hay  que dejar  de lado la consideración de la  existen cia de la cosa y centrar la atención exclusivamente en torno a la quididad, a. lo que el objeto es; y

2), después hay que separar de esta quididad todo lo accesorio y analizar  sólo la esencia de la cosa.

En todo este proceso hay que tener en cuenta lo siguien te: la reducción fenomenológica no significa lo mismo que negación. Tan sólo se desatienden los elementos excluidos: “se hace  abstracción de  ellos  y  se  considera únicamente lo que queda” 1.

Husserl distingue tres “yo”:

1) el “yo mundano”: es el “yo” al que se le ofrecen los objetos físicos; es el “yo” gracias al cual vivimos en el mundo y por el cual perci bimos una casa, un cuaderno;

2)  el “yo puro”, el cual, mediante la “reflexión natural”, convierte en objeto la percepción misma con que ae captan los objetos físicos; este “yo puro”, distinto del “yo psico-físico”, es el “yo” de las vivencias, la pura conciencia: es el “yo” de la psicología descriptiva, como el primero lo es de las cien cias positivas;

3) el “yo trascendental”, cuyo objeto es la  “reflexión  natural”:  no  interesan  a  este  “yo”   los objetos físicos(1º), ni la percepción de los objetos físicos (2º), sino el valor del acto trascendental que da sentido de realidad a la percepción de los objetos físicos; es decir, que este “yo trascendental” constituye el mundo.

La Fenomenología se desentiende del problema acerca de la realidad objetiva de los bancos de clase y de los cuadernos que veo: lo único que tiene en cuenta es el fenómeno, la vivencia de que esos bancos y esos cuader nos están en mi conciencia como un dato. Husserl llega a negar la existencia de un mundo físico exterior distinto de la propia conciencia, con lo cual transforma el método trascendental en un idealismo.

Maurice   Merleau-Ponty   (1908-1961),   también   fenomenalista, cambia la orientación de Husserl, pues sostie ne que el análisis reflexivo jamás puede liberar al sujeto empírico de toda exterioridad: “El mundo está ya ahí, antes de cualquier análisis que yo pueda hacer de él; y sería artificial hacerlo derivar de una serie de síntesis que unieran las sensaciones, y después los aspectos perspectivos del objeto, siendo así quizas ,y otros son justamente productos del análisis y no deben ser realizados antes de él. Lo real hay que describirlo, pero no construirlo o constituirlo” (“Fenomenología de la percepción”). 

Martin Heidegger (1889-1976) hace del “ser” el tema central de la reflexión filosófica. El hombre, la existencia humana le interesan en la medida en que fundan el esclarecimiento del ser. La filosofía del ser debe tener su punto de partida en el análisis del ser concreto y singular. Según Heidegger, no hay más que un ser que sea capaz realmente de interrogarse a sí mismo sobre el ser:  este existente privilegiado es el existente que soy yo, el ser mismo del sujeto existente, el DASEIN, cuya determinación fundamental es ser-en-el mundo: el mundo es aquello a partir de lo cual el DASEIN anuncia lo que es. El ser del mundo es una determinación existencial del DASEIN. 

Esta posición heideggeriana no es un idealismo, sino que más bien debe ser definida como un realismo, según su propio defensor. El famoso problema de la existencia del mundo exterior es un pseudo problema; la existencia del mundo no requiere prueba alguna: es inmediata mente evidente, puesto que no puede pensarse en abso luto el DASEIN sin el mundo. El mundo rebasa toda prueba, ya que DASEIN, y mundo son, de modo indiso luble, “el ser-en-el-mundo”. El hombre es el pastor del ser: el que pregunta por el ser, y a quien pregunta por el ser: “¿Quid propinquius meipso mihi?” (¿Qué hay más próximo a mí que yo mismo?), dice Heidegger ctando a San Agustín. 

Heidegger, aunque independiente del sistema metafísico de Aristóteles, no desecha del todo en sus escritos los conceptos básicos de la Metafísica. En la “Carta sobre el Humanismo” dice textualmente: “Nuestras palabras posible y posibilidad sólo son pensadas bajo el imperio de la Lógica y la Metafísica en oposición a actualidad, esto es, en una determinada interpretación del ser —en la interpretación metafísica del ser— como actus y potentia, diferencia que es identificada con la de existentia y essentia. Cuando hablo de la silenciosa fuer za de lo posible no me refiero al possibile de una possi-bilitas meramente representada, no a la potentia, como essentia de un actus de la existentia sino del ser mismo, que en cuanto puede tiene poder sobre el pensar y así sobre la esencia del hombre, esto es: sobre su referencia al ser”2. 

La filosofía de Heidegger es muy discutida; en parte porque su terminología es muy personal, aunque, preciso es confesarlo, es al mismo tiempo muy profunda en sus alcances etimológicos y semánticos; en parte tam bién porque no evita ciertos equívocos que exigen por lo menos una inmediata explicación. Sin embargo, lo que sí aparece con claridad en su obra es la referencia a la existencia humana, a la “actitud de la existencia humana, libremente adoptada”.
En la misma “Carta sobre el Humanismo” escribe Heidegger: 
“Todo humanismo, o se funda en una Metafísica, o se convierte a sí mismo en el fundamento de una Metafísica. Toda determinación de la esencia del hombre que supone la interpretación del ente sin la pregunta por la verdad del ser —sea sabiéndolo o no— es metafísica. Por eso se muestra —precisamente en vista del modo en que es determinada la esencia del hombre— lo propio y característico de toda Metafísica en que es «humanista». Por eso todo humanismo es y será metafísico” 3. 

Jean Paul Sartre (1906-1980), quizás el existencialista más popularizado en la época actual, debido sobre todo a sus obras de teatro, reduce el existente a la serie de manifestaciones que en él se reflejan. No hay una apa riencia accesible a la observación (exterior) y una na turaleza oculta detrás de ella como detrás de una pan talla (interior), sino que el ser existente es lo que parece: no hay más realidad de la cosa que la objetividad del fenómeno. Lo que el fenómeno es, lo es absolutamente: se muestra tal cual es.

La ontología será, por consiguiente, una descripción del fenómeno, una ontología fenomenológica, en cuanto el ser no es otra cosa que la objetividad del fenómeno. La obra de Sartre “El Ser y la Nada” que, según sus discípulos, es algo así como la “Suma filosófica de Sar tre”, lleva como subtítulo “Ensayo de una ontología feno menológica”. En sus páginas explica su autor cómo entiende el fenómeno, que no responde al concepto del idealismo kantiano. La única realidad es para él el “fe nómeno de ser”, a través del cual descubrirá “el ser del fenómeno”. Ese ser se nos develará por algún medio de acceso inmediato, el hastío, la náusea, etc., y la onto logía será la descripción del fenómeno del ser tal como se manifiesta, es decir, sin intermediario.

Pero Sartre se pregunta: ¿el ser que se devela ante mí es de la misma naturaleza que el ser de los existen tes que se me aparecen? Apartándose de la interpreta ción de Husserl y del mismo Heidegger, sostiene que lo que se nos aparece del ser debe fundarse en algo transfenomenal, que es precisamente el ser del fenómeno. “El fenómeno, en cuanto fenómeno, exige un fundamento que sea transfenomenal. El fenómeno del ser exige la transfenomenalidad del ser”. Aunque estas palabras no dicen claramente en qué consiste la transfenomenalidad, apuntan por lo menos un fondo de realismo metafísico.

En cuanto a la existencia humana, para Sartre es un absurdo, una contingencia pura, increada, gratuita. Dios no existe y la existencia humana es inexplicable. Su tesis respecto del hombre y de Dios la expone así:

“El existencialismo ateo que yo represento es más coherente. Declara que si Dios no existe, hay por lo menos un ser en el que la existencia precede a la esencia, un ser que existe antes de poder ser definido por ningún concepto, y que este ser es el hombre, o como dice Heidegger, la realidad humana. ¿Qué significa aquí que la existencia precede a la esencia? Significa que el hombre empieza por existir, encuentra, surge en el mundo, y que después se define. 

El  hombre, tal como lo concibe el  existencialista, si no es definible,  es   porque  empieza  por  no  ser nada.   Sólo   será después, y será tal como se haya hecho. Así, pues, no hay naturaleza humana, porque no hay Dios para concebirla. El hombre es el único que no sólo es tal como él se concibe, sino tal como él se quiere, y como se concibe después de la existencia; el hombre no es otra cosa que lo que él se hace. Este es  el  primer  principio del existencialismo”4.

“El Ser y la Nada” explica Sartre que hay una conciencia o “ser-para-sí”, y un “ser-en-sí”; ambos son términos   irreductibles,   entre  los   que  no  hay  ninguna acción real. La conciencia inmediata de que se está percibiendo algo está toda entera polarizada por el objeto

Y por el mundo.  El “en-sí” es materia, es opaco a sí mismo, precisamente porque está lleno de sí mismo, sin un  interior que pueda oponer a un exterior;  es inmanencia que no puede realizarse, afirmación que no puede afirmarse, actividad que no puede obrar.

Por qué la existencia humana es un absurdo en la doctrina sartriana? Porque el “para-sí”, que es la conciencia,  se  identifica  con  la  realidad  humana; y  ésta no existe sino como fundamento de la nada, como una deficiencia: “La nada es ese agujero del ser, esa caída del  “en-sí”  hacia  el  “sí”,  por lo que  se  constituye el “para-s픑… Y sin duda viene al ser por un ser singular, que es la realidad humana. Pero este ser se constituye como realidad humana en cuanto que no es nada más que el proyecto original de su propia nada”.

En la misma línea del existencialismo contemporáneo, pero con una*Visión más optimista de la realidad, el filósofo, músico y dramaturgo francés Gabriel Marcel (1886-1S73) preconiza una concepción espiritualista y religiosa del hombre. En el “Diario Metafísico”, en “Ser y Tener”, en “Prolegómenos a una Metafísica de la esperanza”, y en casi todas sus obras teatrales, Marcel acentúa la realidad de la “existencia encarnada”, que es el hecho concreto de mi existir; a través de una “metafísica de la esperanza” encuentra que el universo tiene un sentido, que hay alrededor de nosotros una finalidad de la que todos participamos y gracias a la cual el destino del hombre tiene que realizarse según todas sus exigencias. La exis­tencia es, para Marcel, “el reducto central de la metafísica”.

Frente a la antinomia de lo uno y lo múltiple del ser, afirma que el universal sólo puede ser captado por la profundidad del singular. En cuanto al enfoque religioso de su filosofía, Marcel afirma que “el existencialismo no es ni cristiano ni no cristiano, pero que la filosofía existencialista auténtica se orienta necesariamente hacia el Cristianismo”; y criticando la frase de Sartre, “no hay Dios para concebir la naturaleza humana”, objeta al autor de “El Ser y la Nada” que se sitúa no estrictamente en un plano existencia!, sino en un plano de ateísmo objetivo y precrítico  5.

Notas

1. Bochenzki J.M , Los métodos científicos actuales del pensamiento, E. Rialp, Madrid, 1968,pag. 44-45
2. sartre-heidegger, Sobre el humanismo, Ed. Sur, Bs.As., 1960, pág. 69. 
3. sartre-heidegger, O. c., pág. 74.  
4. sartre-heidegger, Sobre el humanismo, págs. 15-16.
 5. marcel G., El primado de lo existencial, en francés, en “Actas del Primer Congreso Nacional de Filosofía”, Men doza, 1949, Tomo I, pág. 409.
Fuente: Hebe R.Vidal, Fundamentos de Filosofia, Libreria Huemul, Bs.As., Argentina,1970,p.196-135

¿Qué significa ser cristiano?

Una particular aplicación de las principales enseñanzas del Sermón del Monte.

¿Qué significa ser cristiano?

Vivimos en una sociedad denominada “occidental cristiana”, y llevamos en ese apellido el nombre de Cristo; sin embargo, ¿qué se entiende en esta sociedad por “ser cristiano”? ¿Armoniza ese concepto con las enseñanzas de Cristo? 

No matarás

A los antiguos se les dijo: No matarás; y cualquiera que matare será culpable de juicio. Pero Cristo dijo que cualquiera que se enoje contra su hermano será culpable de juicio. (Mateo 5:21-22). Para Cristo un simple enojo es lo mismo que un homicidio.

Sin embargo, en nuestra sociedad cristiana, no sólo el enojo no es censurado, sino que el matar ha llegado a ser un arte que se enseña en las novelas que leen los niños en el Colegio, en los programas de televisión para niños, y se lleva a su máxima expresión en las sórdidas películas de Hollywood, que también ven los niños. De vez en cuando, en algún lugar del mundo, algunos niños exaltados han llevado a la práctica, para horror del mundo entero, lo que allí han aprendido. Pero hay muchas de estas cosas que, por no ser tan espectaculares, no se conocen públicamente.

Hay muchos que llevan el nombre de “cristianos” por fuera, pero por dentro están llenos de enojo contra su hermano, y aun de odio; y hay muchos que matarían a su prójimo, de no ser por el castigo que imponen las leyes.

El verdadero cristianismo consiste en que Cristo viva en el corazón del hombre, con todo el amor y el perdón para con los demás.

No cometerás adulterio

Los antiguos dijeron: No cometerás adulterio. Pero Cristo enseñó que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón. (Mateo 5:27-28). Para Cristo, la sola mirada impura es tan pecaminosa como el adulterio.

Sin embargo, en nuestra sociedad no sólo se propicia el adulterio, sino que se provee de todo lo imaginable para alimentar de impureza las miradas.

¿No es la armonía del matrimonio — según los modelos del cine, la T.V., las revistas y novelas– , considerada un ideal inalcanzable? ¿No es la fidelidad matrimonial una rutina insoportable? ¿No es la promiscuidad sexual, en cambio, una moderna señal de libertad? ¿No es la sensualidad -que destruye matrimonios- propagada a través de los medios de comunicación, especialmente de la publicidad? ¿No es el adulterio “blanqueado” con la expresión excitante aventura extramarital?

Esto ocurre porque nuestra sociedad “cristiana” lleva este apellido como un ropaje exterior, pero que no afecta a su corazón.

Hay muchos hoy que llamándose cristianos adulteran habitualmente (y su conciencia ya no les reprende), y hay aún muchos más que igualmente adulteran al mirar a una mujer para codiciarla. Ser cristiano de verdad consiste en que Cristo viva en el corazón del hombre y cambie toda su impiedad en pureza.

El divorcio

Fue dicho a los antiguos: Cualquiera que repudie a su mujer, dele carta de divorcio. Pero Cristo dijo que el que repudia a su mujer, a no ser por causa de fornicación, hace que ella adultere. (Mateo 5:31-32).
Pero en nuestra sociedad no sólo se propicia el repudio, sino que el divorcio (o la nulidad) se legitima abiertamente.

¿No es eso lo que el cine y la T.V. nos enseñan cada día? ¿No es la estabilidad matrimonial, según esos modelos, un asunto de “nuestros abuelos”?

A la menor desavenencia, el marido deja a la mujer o la mujer al marido, y se esgrimen razones tan burdas, que no alcanzan a esconder los motivos de fondo: dar rienda suelta a la sensualidad con diversas parejas. ¿Y cuántas parejas (muchas de ellas personajes públicos) conviven (es decir, fornican) con uno y otro sin el menor escrúpulo?

Esto ocurre porque lo que llamamos “cristianos” hoy lo es sólo de nombre, pero no lo es en realidad.
Para que una sociedad o un hombre sean verdaderamente cristianos deben experimentar un cambio radical que comience en el corazón.

El hombre no es capaz, por sí mismo, de erradicar de su corazón los malos deseos, como el de repudiar a su mujer. Muchos cristianos de nombre hacen esfuerzos sobrehumanos para evitar una ruptura matrimonial, pero están siendo derrotados.

Sólo Cristo viviendo en el corazón del hombre hace que un marido pueda amar a su esposa cada día más. Sólo Cristo en el corazón del hombre es capaz de transformar el repudio en amor.

Los juramentos

Fue dicho a los antiguos: No perjurarás, sino cumplirás al Señor tus juramentos. Pero Cristo dijo: No juréis en ninguna manera. Sea vuestro hablar: Sí, sí; no, no; porque lo que es más de esto, de mal procede. (Mateo 5:33-37).

Cristo enseñó que no sólo no se debía jurar, sino que la palabra dada debía ser sin doblez ni engaño.
Sin embargo, en nuestros días no sólo se jura a destajo, sino que la palabra empeñada no se cumple y, aún más, para que la palabra tenga algún valor, debe ir respaldada por documentos que la hagan válida.
Es verdad, la palabra empeñada de un hombre no tiene hoy mucho valor, y esto es así, no sólo con respecto a los extraños, sino aun con respecto a los propios amigos.

Esto ocurre porque hoy livianamente nos llamamos cristianos, sin saber lo que eso significa, e ignoramos a Cristo y su palabra.

Ser cristiano no es simplemente pertenecer a una familia con tradición cristiana. No es, tampoco, cumplir con ciertas tradiciones consideradas cristianas. Ser cristiano es haber nacido de nuevo. Es haber recibido una transformación interior, que hace posible que una persona llegue a ser una nueva persona, y cuya palabra sea confiable.

Sólo Dios puede engendrar a un cristiano de verdad. Sin embargo, hay muchos que llamándose a sí mismos “cristianos” engañan a su prójimo, no cumplen sus compromisos, dan respuestas ambiguas, y usan los artificios del lenguaje para cazar a su prójimo.

Ser cristiano es algo muy diferente a lo que creemos que es. Ser cristiano consiste en que Cristo viva su vida en un hombre. Y esto es posible hoy, porque Cristo vive, y Él transforma a todo aquel que toca.

Actitud hacia el que nos ofende

Los días que vivimos son días de mucha confusión. Mucho de lo que parece que es, en verdad no es. Y viceversa. Así ocurre también con el cristianismo.

Fue dicho a los antiguos: Ojo por ojo, y diente por diente. Pero Cristo dijo: No resistáis al que es malo; antes, a cualquiera que te hiera en la mejilla derecha, vuélvele también la otra. (Mateo 5:38-39). Cristo enseñó que no sólo la venganza es mala, sino que no hay que resistir al que es malo, que hay que servirle y darle aún más de lo que pide.

Esta enseñanza suena hoy, dadas las formas de vida de nuestra sociedad “cristiana”, fuera de lugar y hasta ridícula. Hoy no sólo se da lugar a la venganza, sino que nadie está dispuesto a sufrir el agravio, ni a ser defraudado. Más aún, el ofendido contrata abogados y pleitea en juicio contra su prójimo, aunque se trate de su propio hermano. Las ciencias jurídicas están llenas de fórmulas, no siempre usadas para establecer el derecho, sino para que una cierta postura particular, aunque sea injusta, triunfe.

El amor propio y la venganza son viejos huéspedes del corazón humano. Que esto ocurra en sociedades donde son permitidas y aun hasta loables, es comprensible. Pero que ocurra en una sociedad que celebra año a año con fervor la Navidad, es inconcebible. ¿Por qué ocurre así?

Esto sucede porque muchos llevan el nombre de “cristianos”, pero no tienen la realidad de tales. 
Un verdadero cristiano puede poner la otra mejilla, entregar la capa y cargar una segunda milla. Esto es imposible para uno que no ha sido tocado por Dios.

Sólo Dios puede producir un verdadero cristiano. Se llega a serlo, no por adoctrinamiento, sino por nuevo nacimiento. Sólo aquél que es nacido de Dios es un cristiano de verdad.

Actitud hacia los enemigos

Fue dicho a los antiguos: Amarás a tu prójimo, y aborrecerás a tu enemigo. Pero Cristo dijo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen. (Mateo 5:43-44).

Cristo enseñó que no sólo hay que amar al prójimo, sino que también hay que amar al enemigo. No sólo no hay que aborrecerlo: hay que amarlo.

Sin embargo, vemos hoy entre nosotros que no sólo no se ama al enemigo, sino que ni siquiera se ama al prójimo. Siendo así, es impensable llegar a amar al enemigo. Más bien, vemos que se  busca la forma cómo matarlo, y cómo hundir al prójimo cuando se pone en nuestro camino.

Aunque sea triste decirlo, esta sociedad cristiana nunca llegará a ser verdaderamente cristiana (aunque cada hombre o mujer en particular puede llegar a serlo).

Amar al enemigo no es algo que pueda hacer un hombre común. Para amar al enemigo se requiere algo sobrenatural: haber nacido de lo alto. Es preciso que Cristo viva su vida dentro del hombre. Sólo Cristo pudo amar a sus enemigos. Y todavía, dentro del hombre regenerado, Cristo lo sigue haciendo.

Ser cristiano no consiste en que un manzano dé uvas; sino en que la vid dé uvas. Y la Vid es Cristo.

¿Dónde está el tesoro?

Vivimos días de relativa prosperidad económica. Los principios tan amados en otro tiempo, han dejado su lugar a los intereses comerciales. El dinero y la riqueza son dos de las más importantes metas del hombre actual, en esta sociedad “occidental cristiana”.

Pero Cristo dijo: No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen, y donde ladrones minan y hurtan; sino haceos tesoros en el cielo … porque donde esté vuestro tesoro, allí estará vuestro corazón. (Mateo 6:19-21).

Cristo enseñó que los tesoros de la tierra no son seguros, pero aun así vemos que atrapan el corazón.
Todos los hombres procuran acumular riquezas, por si logran disminuir un poco la inseguridad de la vida y el temor del futuro. Piensan que teniendo riquezas podrán tener tranquilidad. Pero el Señor Jesús dijo que la vida del hombre no consiste en la abundancia de los bienes que posee.

En nuestros días vemos una verdadera locura por mejorar la situación económica. Como si eso fuera el todo del hombre. Y eso que muchos presumen de ser cristianos “observantes”.

Pero Cristo dijo: No podéis servir a Dios y a las riquezas.  (Mateo 6:24). Ambos caminos son incompatibles. Muchos hay que sirven a las riquezas, porque no conocen a Dios. Esto es, hasta cierto punto, comprensible. Pero también hay muchos que dicen conocer a Dios, y sirven también a las riquezas. Lo cual no es tan comprensible.

Sea como fuere, el problema radica en que los que no tienen su tesoro en el cielo, lo intentan hacer aquí abajo. El tesoro de los cristianos es Cristo que está en los cielos, y hacia allá dirigen sus miradas y los más preciados anhelos de su corazón.

Arriba hay un lugar inaccesible para la polilla, para el orín y los ladrones. No hay clave capaz de abrir la caja fuerte que Dios tiene arriba, donde guarda el tesoro de sus amados hijos.

¿Quiere Ud. hacer tesoros en el cielo, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios? (Colosenses 3:1). Arrepiéntase de sus pecados, reciba a Cristo en su corazón, y El lo transformará todo en su vida, incluso los afectos de su corazón. Entonces tendrá verdadera seguridad.

Como hemos visto, ser cristiano es algo muy diferente a lo que hoy se piensa que es. Usted debe salir del engaño en que está encerrada esta civilización. Usted desde hoy es responsable delante de Dios. La humanidad será juzgada un día ante el divino tribunal, porque está establecido para todos los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio (Hebreos 9:27).

Para ser verdaderamente cristiano usted tiene que ponerse en las manos de Dios para que Él le transforme en una nueva criatura. ¡Acójase pronto a la gracia, a la salvación que Dios le ofrece en Cristo Jesús!

El idealismo metafísico 3

 

El  idealismo metafísico 3

3.    La ontología de la existencia

¿Cómo se conoce la existencia? ¿Qué se conoce de la existencia? ¿Cuántos tipos de existencia conocemos? Es tas y otras preguntas similares se tiene que formular la Ontología respecto de la existencia de todos los entes concretos existentes, incluido el que formula la pregunta. Una “Ontología de la existencia” es un puente para lle gar al problema del conocimiento, es un atisbo de la problemática gnoseológica.

Se puede estructurar una Ontología del ser desde dos puntos de vista distintos: o partiendo del análisis de los conceptos (aunque forzosamente con una base de realidad captada por los sentidos), o poniéndose frente a la propia existencia, frente a la propia vida para tratar de conocer qué es ella. García Morente expone así estos dos puntos de vista:

“Y para llegar poco a poco y lentamente al corazón mis mo de la ontología, ¿qué métodos vamos a seguir? Se nos ofrecen dos. -Se nos ofrece en primer lugar el método del análisis dialéctico de la noción misma de ser. Nosotros po dríamos tomar la noción de ser, dirigir a ella nuestra aten ción e ir separando, por análisis dialéctico, las distintas significaciones de la noción, para compararlas intuitiva mente con el conjunto de la realidad, y ver hasta qué punto, cómo y en qué sentido cada una de las distintas significaciones de la noción de ser tiene derecho legítimo y está lletia de algún sentido y no es simplemente una palabra . . . Pero digo que podemos seguir un segundo método, una segunda vía, que consistiría en colocarnos ante la realidad, ante el ser pleno, ante el conjunto total de los seres, en la situación en que la vida misma nos coloca. Consistirá este método en arrancar y partir de nuestra vida actual; de nuestra realidad como seres vivientes; de nosotros mismos tal como estamos rodeados de cosas, viviendo en el mundo” 1

El primer punto de vista es justamente el empleado por Aristóteles y los escolásticos. Así, por un proceso de “abstracción” se conoce el “ser” de las cosas; así se comprende que hay dos modos de existir: sustancia y Accidente; que son diez las Categorías ónticas, a las que corresponden otras tantas categorías lógicas.

El segundo punto de vista es también, en cierto modo, un análisis; pero un análisis de mi existencia concreta, de mi vivir, de las cosas que me rodean y de lo que soy yo entre las cosas que me rodean y con las cosas que me rodean. Es un “análisis existencial”, que caracteriza varias corrientes de la Filosofía contemporánea.

¿Cómo se realiza este análisis? La existencia en su totalidad comprende todas las cosas y me comprende a mí que pienso sobre ellas y sobre mí. Pienso sobre mi vida, en mi vida, y me doy cuenta de que soy un ente auténtico y absoluto  (en el sentido de que mi existencia es ^dependiente de la existencia de los demás). La vida humana, la existencia auténtica, se conoce a sí misma y tiene seguridad de que existe. Los bancos existen, los árboles existen, los caballos existen, pero no saben que existan. por esta razón, entre todos los entes existentes tienen un valor especial los que viven; y de los que viven, los animales están en una jerarquía especial por su sensibilidad y porque de algún modo tienen conciencia; pero morente en el supremo sitial de esta escala de vivientes están los que se caracterizan por su existencia humana, que es la existencia por antonomasia: la existencia que tiene plena conciencia de sí misma.

En efecto: el existente humano existe, sabe que existe, está seguro de que existe, se interesa por su misma existencia, reflexiona sobre esa misma existencia, se aferra desesperadamente a ella. El existente humano (el hombre, en fin de cuentas) ama con vital interés su propia existencia; la ama por sí misma, aunque sea muy precaria: no por las comodidades, ni por las riquezas, ni por los honores de que tal vez está rodeada. El hombre quiere saber por qué existe, él precisamente, cuando podrían existir oíros que en realidad no existen; quiere saber en qué parará su existencia: si terminará definitivamente con la muerte biológica, o si continuará de algún modo.

El hombre es el único ser existente —en este planeta— que “vive su vida”, que “vive su existencia”. Cuando, en su actitud filosófica, se pone frente a su existencia real, toma conciencia de ella, “vive el drama de su existencia”; drama que algunos existencialistas traducen por “angustia” y otros por “tragedia”.

No todas las corrientes del pensamiento se han preocupado por la “ontología de la existencia”. El positivismo del siglo pasado, que se propagó en todos los ámbitos científicos y culturales de su época, y aun en los comienzos del presente siglo, desconocía tal preocupación metafísica o, por lo menos, le restaba importancia. Comte, “el padre del positivismo francés”, negaba todo valor a la Metafísica por considerarla producto de una imaginación ontológica, que debe ser eliminada por la llegada del espíritu positivo: “Al mismo tiempo que la realización suficiente de la previa descomposición exigía el desuso de las doctrinas puramente negativas que la habían dirigido, una ilusión fatal entonces inevitable, condujo, a la inversa, a conceder espontáneamente al espíritu positivo: Al mismo tiempo que la realizacion suficiente de la previa descomposición exigía el desuso de las doctrinas puramente negativas que la habian dirigido,una ilusion fatal entonces inevitable, condujo, a la inversa, a conceder espontáneamente al espíritu metafísico, el único activo durante este largo preámbulo, la presidencia general del movimiento de reorganización. Cuando una experiencia plenamente decisiva hubo comprobado para siempre, a los ojos de todos, la absoluta impotencia orgá nica de tal filosofía, la ausencia de toda teoría distinta no permitió satisfacer por de pronto las necesidades de orden, que ya prevalecían, sino por una especie de restauración pasajera de aquel mismo sistema, mental y social, cuya irreparable decadencia había dado ocasión a la crisis” (Del “Discurso sobre el espíritu positivo”).

Según James, filósofo y psicólogo pragmatista, “el pragmatismo representa una actitud completamente familiar en Filosofía: la posición empírica… El pragmático rompe de una vez para siempre con una serie de hábitos inveterados de los filósofos. Deja a un lado la abstracción y la insuficiencia, las soluciones verbales, las razones malas a priori, los principios fijos, los siste mas cerrados, los “absolutos” y los “orígenes” (Conferencia segunda sobre el “Pragmatismo”). Y refiriéndose con tono de sátira al filósofo, dice de él que se parece “a un ciego que anda buscando en un cuarto oscuro un sombrero negro que no está en él (De su obra “Algunos problemas de Filosofía”).

Notas

1. Garcia Morente M., Lecciones preliminares de Filosofía, Pag. 345-46.

Fuente: Hebe R.Vidal, Fundamentos de Filosofia, Libreria Huemul, Bs.As., Argentina,1970,p.126-129

Fue por vos.

Fue por vos

8 de abril

Lo crucificaron y repartieron su ropa echando suertes. Mateo 27:35 (NVI)

Cruz

NOTA DE CLARIN DEL 08/04/2009

La más primitiva confesión de fe cristiana dice que Jesucristo “murió por nuestros pecados”. Los cristianos, decimos en el “Credo”: “Fue crucificado…”, sin más detalles. Nadie se detiene a describir la forma en que se realizó este terrible acto.

Esta carencia de datos es comprensible. La escena se imagina como la presentan los cuadros renacentistas, con cantidad de personas rodeando al crucificado y a sus verdugos, pero la realidad era muy diferente. Siempre que se procede a la ejecución de un condenado, los curiosos son mantenidos a distancia. Los evangelios dicen que los familiares y los discípulos “contemplaban desde lejos”. Si existe una idea de cómo era una crucifixión, es por lo que dijeron los escritores antiguos.

La crucifixión, “el más cruel y horroroso de los suplicios” (Cicerón), consistía en colgar a una persona de una cruz o del tronco de un árbol, fijándolo con sogas o con clavos, y dejarla así hasta que muriera. Cuando se trataba de una cruz, según las costumbres romanas, la madera transversal (patibulum) era llevada en hombros por el condenado, que recorría desnudo el trayecto entre el tribunal y el lugar de ejecución, donde ya se encontraba fijo el palo vertical (stipes). Se le colgaba al cuello una tabla en la que constaba el delito por el que había sido condenado, y esa tabla quedaba a la vista de todos una vez realizada la crucifixión.

No se conoce cómo era la cruz de Jesús. Podía tener forma de cruz “†”, de “T” o de “X”, u otra. Los tres primeros evangelios no dicen si Jesús fue atado o si se usaron clavos para fijarlo en la cruz. Solamente el evangelio de San Juan hace referencia a los agujeros de los clavos en sus manos.

Al condenado se lo colgaba desnudo porque su ropa y otras pertenencias se repartían entre los que procedían a la ejecución. El arte cristiano representa un paño que cubre el cuerpo de Jesús crucificado. Pero algunos escritores de la Iglesia antigua hablan de su desnudez en la cruz.
Para que todos lo vieran y temieran cometer los mismos delitos, la ejecución se realizaba en un lugar de mucho tránsito. El crucificado quedaba expuesto largo tiempo, durante una agonía que duraba varios días, mientras los soldados romanos custodiaban para que nadie se le acercara a llevarle algún alivio. Después de tan espantoso sufrimiento, el condenado moría de fiebre, o de sed e inanición, o porque estando tanto tiempo suspendido por los brazos, se le comprimía el tórax y moría por asfixia. “Perecían miembro por miembro, y como por una gotera, exhalaban su vida gota a gota” (Séneca).

REFLEXIÓN – Fue por vos.

Un gran abrazo y bendiciones

Dany

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