El diseño del universo no es tan inteligente como algunos creen

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Disensión natural: La Ética de la biología de la evolucionista. Por Ron Osborn

00:06 15/02/2010,Ojo Adventista
Es probable que alguien que visitara el campo en Nueva Inglaterra y se detuviera a pedir a un nativo que le indicara el modo de llegar a un lugar determinado pudiese recibir la inquietante respuesta: «Forastero, desde aquí no podrá llegar allí». Evidentemente, la dura réplica es una falacia y el viajero extraviado insistiría en que siempre es posible llegar a cualquier parte desde cualquier lugar. Aun así, antes de indicar el camino correcto, el obstinado yanqui declararía solemnemente que para llegar a ese lugar es preciso empezar en algún otro lugar.

En el trabajo que sigue adoptaré el punto de vista de Nueva Inglaterra en referencia a un terreno filosófico particularmente escabroso: el terreno de la biología evolucionista. Mi principal preocupación es el significado de la selección natural para el razonamiento moral y ético y, en este punto, argumentaré, la sabiduría yanqui es de una veracidad abrumadora: No se puede llegar ahí desde aquí; es preciso empezar en algún otro lugar. Para quienes toman la teoría de Darwin como punto de apoyo, mi tesis se puede resumir por la antigua advertencia de los cartógrafos: «¡Cuidado! Más adelante hay dragones».

Quizá el mejor punto de partida que podemos escoger es lo que Darwin dijo en realidad. En líneas generales, en primer lugar comentaré el modo en que las ideas sobre moralidad de Darwin surgieron a partir de su teoría general de la selección natural. El siguiente paso será mostrar cómo esas ideas de Darwin recibieron la influencia de la filosofía ética del utilitarismo e interactuaron con ella. Después discutiré la llamada “falacia naturalista” –la imposibilidad de inferir valores a partir de hechos– y mostraré cómo esta imposibilidad frustró en sus inicios el romance entre el darwinismo y el utilitarismo. En este punto discutiré la ética de Friedrich Nietzsche, cuyo nihilismo, según algunos eruditos insisten en afirmar, no se puede vincular con las teorías de Darwin, mientras que otros creen que son la conclusión lógica de El origen del hombre. A partir de aquí veremos cómo algunos evolucionistas han intentado evitar las implicaciones nihilistas de la selección natural, adoptando una dicotomía hechos-sentido insostenible que no resiste el más mínimo examen. Finalmente, destacaré el cuestionable estatus de la selección natural como ortodoxia intelectual y el irónico manto de heterodoxia que ahora cubre a todos aquellos que persisten en sostener las antiguas tradiciones.

La teoría de Darwin revisitada

La teoría de Charles Darwin sobre la selección natural se inspiró, principalmente, no en sus observaciones del mundo natural, sino en la teoría de la escasez de Thomas Malthus. Según su Ensayo sobre el principio de la población, publicado en 1798, Malthus afirma que, de no ser porque las guerras, las hambrunas y las enfermedades lo limitan, el crecimiento de la población humana se daría en progresión geométrica hasta el agotamiento de los recursos alimentarios.1 Darwin quedó profundamente impresionado por la tenebrosa premonición de Malthus y consideró que tenía una importancia extensible a todos los organismos. En El origen de las especies escribió: «…todos y cada uno de los seres orgánicos puede decirse que están esforzándose hasta el extremo por aumentar en número». Unas líneas más adelante escribiría: «Disminúyase cualquier obstáculo, mitíguese la destrucción, aunque sea poquísimo, y el número de individuos de la especie crecerá casi instantáneamente hasta llegar a cualquier cantidad».2

El sufrimiento, la destrucción y la muerte se convertían, así, en las herramientas de tría que permitían la supervivencia de los organismos más fuertes y mejor adaptados.

En estas circunstancias, Darwin imaginó que cualquier ventaja que un organismo tuviera sobre otro, por ligera que fuera, sería crítica para su éxito, a la vez que burlaría la persecución de sus enemigos. Creía que el mecanismo mediante el cual surgían las adaptaciones competitivas en la naturaleza, eran las mutaciones aleatorias. El azar en estado puro confería ventajas impredecibles en la descendencia de algunos organismos. Los productos de esa fortuna indiscriminada se conservaban a lo largo de generaciones según la salvaje ley del interés propio en la lucha por los escasos recursos. Mediante la acumulación a lo largo del tiempo de nuevas modificaciones, algunas criaturas evolucionaban y se diversificaban, mientras que los organismos que no conseguían mantener el ritmo en la carrera armamentística mutacional eran aplastados hasta la extinción por sus competidores más hábiles o fieros.

El origen del sentido moral, según se sigue lógicamente, fue sencillamente otra adaptación destinada a asegurar la supervivencia humana; su estatus estaba totalmente relacionado con la función que desempeñaba. En El origen del hombre, publicado en 1871, Darwin expuso claramente este hecho y puso de relieve cómo, mediante las presiones selectivas, las emociones, la sociabilidad, la moralidad y la religión surgieron como subproductos de la necesidad biológica.

Según Darwin, los instintos sociales inducen a los animales a prestarse valiosos servicios mutuamente, desde los babuinos que se asean unos a otros hasta los lobos que cazan en manadas. Por norma, cuanto mayor es la colaboración entre los miembros de una comunidad, mayor es su descendencia. Sin embargo, el grado en que las criaturas pueden llegar a comprometerse en tales actos de altruismo viene estrictamente determinado por su capacidad de comunicación efectiva. En el caso de los seres humanos, las formas de cooperación más elaboradas aparecieron como resultado del desarrollo del lenguaje. A medida que los deseos de la comunidad conseguían ser expresados con mayor precisión, creía Darwin, «la opinión común acerca de cómo debe concurrir cada miembro a favor del bien público será naturalmente la norma principal de las acciones».3

Una vez que se hubieron forjado los primeros eslabones de la cadena de cooperación, las sensaciones de placer generadas por el éxito de la cooperación con el grupo, así como por el contrario el sentimiento de tristeza y dolor causado por el ostracismo y el rechazo, reforzaron los instintos sociales. Darwin escribió: «[L]os individuos que perciben mayor placer en estar reunidos pueden escapar mejor a los peligros, mientras que en los que se cuidan menos de sus compañeros y son más amantes de la vida solitaria, la mortalidad es mucho mayor». De ese modo, las empatías grupales son tan fuertes que el mero hecho de ver el sufrimiento de otra persona puede generar sentimientos de sufrimiento en los que presencian el hecho. Darwin afirma que nos vemos «por consiguiente impelidos a aliviar los ajenos sufrimientos, con el fin de aliviar al propio tiempo el sufrimiento de tristeza engendrado por el espectáculo de desgracia.»4 Por lo tanto, el valor, la honradez y la compasión serían, según Darwin, un desarrollo del instinto y un interés propio cuidadosamente enmascarado.

La ética de Darwin

Sin embargo, el vacío de moralidad que resulta no provocó la desesperación de Darwin y sus colegas. Las críticas a la teoría de la selección natural la acusaban de inspirar una ética elitista según la cual “la fuerza da el derecho”. Sin embargo, esto no se aleja más de la verdad que incluir la cooperación y la empatía entre los elementos causantes del éxito biológico de los seres humanos. Así pues, entre los ideales del liberalismo y las leyes de la evolución no existía contradicción alguna. Muchos partidarios de Darwin creían que si de algún modo podía verse su teoría era como la base científica de un neoigualitarismo radical –circunstancia que no pasó desapercibida para Karl Marx, quien dedicó la edición inglesa de Das Kapital a Charles Darwin, aunque este declinara el honor–.5

Los puntos de vista políticos y éticos de Darwin eran a la vez pragmáticos y optimistas y estaban influidos en gran medida por la filosofía de John Stuart Mill. Ocho años antes de la edición de El origen del hombre, Mill publicó El utilitarismo, su famoso argumento a favor de una ética universal basada en cálculos sobre el bien común. Mill escribió: «El credo que acepta la Utilidad o Principio de la Mayor Felicidad como fundamento de la moral, sostiene que las acciones son justas en la proporción con que tienden a promover la felicidad; e injustas en cuanto tienden a producir lo contrario de la felicidad».6 Ello no significaba que los individuos fuesen libres de satisfacer sus deseos personales con completa despreocupación por los otros miembros de la sociedad, porque la máxima felicidad, por definición, incluía el placer y el dolor de todos los seres humanos e incluso de «toda la creación consciente». Por lo tanto, todo el campo de la investigación ética quedó reducido a una única pregunta: ¿Cuál es la acción que incrementa en mayor grado tanto la cantidad como la calidad de la felicidad total de la raza humana?

Ese tipo de cálculos dejaba claramente abierta la puerta a los actos de heroísmo y abnegación; si bien tales acciones solo se consideraban virtuosas en el caso de que contribuyeran al éxito del grupo. En palabras de Mill, «la moral utilitarista reconoce al ser humano el poder de sacrificar su propio bien por el bien de los otros. Solo rehúsa admitir que el sacrificio sea un bien por sí mismo. Un sacrificio que no aumenta ni tiende a aumentar la suma total de la felicidad, lo considera desperdiciado».7

En términos darwinistas, la “felicidad” es un estado químico o psicológico que la naturaleza ha seleccionado para reforzar un comportamiento biológico de éxito (Robert Wright dice que «las emociones no son otra cosa que los ejecutores de la evolución»).8 La transición de la declaración de hechos sobre la «cantidad total de descendencia» de Darwin al juicio de valor sobre la «suma total de felicidad» de Mill, por lo tanto, se produciría prácticamente sin fisuras. Darwin escribió que, después de la formación de los instintos sociales, «el principio de la mayor felicidad debió convertirse en guía y fin secundario de la mayor importancia».9Esto implica que la moral utilitarista es la única moral válida bajo las leyes de la evolución.

En la Inglaterra de mediados del siglo XIX, la ética utilitarista estaba estrechamente vinculada a la doctrina del progreso. Mill creía que la aplicación amplia de esta filosofía a la sociedad, llevada a cabo mediante presión política y legal, conduciría a la total eliminación de la infelicidad. Mill escribió:

«Los mayores males del mundo son de suyo evitables, y si los asuntos humanos siguen mejorando, quedarán en cerrados al final dentro de estrechos límites. En cuanto a las vicisitudes de la fortuna y demás contrariedades inherentes a las circunstancias del mundo, son principalmente el efecto de dos graves imprudencias: el desarreglo de los deseos y las condiciones sociales malas e imperfectas».10

Por lo tanto, la solución al problema del sufrimiento humano reside en la consecución de estructuras políticas y legales guiadas por la razón. Nada hay inherente en la condición humana que niegue la perfectibilidad extrema de la humanidad.

Para Darwin, la selección natural no se basaba en un destino o propósito determinado. Aun así, predijo, la trayectoria de la evolución llevaría a un orden mundial utópico basado en los mismos principios utilitaristas adoptados por Mill. Escribe:

«A medida que el hombre avanza por la senda de la civilización, y que las tribus pequeñas se reúnen para formar comunidades más numerosas, la simple razón dicta a cada individuo que debe hacer extensivos sus instintos sociales y su simpatía a todos los que componen la misma nación, aunque personalmente no le sean conocidos. Una vez que se llegue a este punto, existe ya solo una barrera artificial que impida a su simpatía extenderse a todos los hombres de todas las naciones y de todas las razas. […] Nuestras simpatías, al hacerse más delicadas y extenderse por mayor esfera, alcanzan, por último, a todos los seres sensibles».11

De este modo, el grado de moralidad transmitido por herencia aumentaría continuamente hasta que los seres humanos llegaran a rechazar «costumbres funestas y vanas supersticiones»; y se tratarían mutuamente de acuerdo con la regla de oro de Cristo, más por causas naturales que por razones espirituales. La prolongada oposición de Darwin a la esclavitud es quizá la mejor ilustración del espíritu humanístico que acabaría por caracterizar la sociedad. Con su declaración no hacía más que apresurar lo inevitable.

Los historiadores de la ciencia discuten frecuentemente la teoría de los orígenes de Darwin como un desafío al relato de la creación del Génesis. Sin embargo, la consideración que se otorga al darwinismo como profecía, como el nuevo Apocalipsis, es, de largo, mucho menor. No obstante, en la economía de la fe la evolución funcionaba no como una conjetura científica sobre el pasado, sino como una reformulación secular de la escatología cristiana tradicional. La naturaleza, «de diente y garra ensangrentada» según las famosas palabras de Alfred Lord Tennyson, al final vendría a redimir a la humanidad con sus actos más íntimos. «Mirando a las generaciones futuras, «no hay motivos para temer que los instintos sociales se debiliten, y podemos esperar que los hábitos de la virtud se robustecerán más y se convertirán quizás en fijos por medio de la herencia. –decía Darwin– En este caso, la lucha entre nuestros impulsos superiores e infe-
riores será menos fuerte y la virtud triunfará».12

La unión

La causa de todos los males de este sueño utópico reside en una única palabra: ‘deber’. A simple vista, la transición desde la declaración de hechos de Darwin al juicio de valor de Mill parece sin fisuras. Solo aparentemente, porque una observación más detenida revela una falacia fatal en el argumento: en un universo puramente darwiniano es imposible hacer juicios de valor. Jamás. Todas las apelaciones a la belleza, al honor, a la justicia, a la compasión o al propósito quedan excluidas por la propia hipótesis, porque no hay ningún modelo por el cual un comportamiento
pueda ser juzgado positiva o negativamente.

A este respecto, los preceptos éticos carecen de significado intrínseco o influencia en la conducta humana, son simples hechos adicionales de la selección natural que deben ser catalogados junto con los espolones fuertes o los dientes afilados. Si algo parece bueno o malo en sí mismo solo es debido a que, por lo general, lo que parece correcto favorece a los seres humanos en su lucha por la supervivencia. Si un rasgo moral dejase de cumplir su función biológica, la moralidad simplemente «evolucionaría» –un eufemismo para decir que las éticas caducas están abocadas a la extinción–. Como alternativa, los individuos pueden conservar un código de conducta moral estéril desde el punto de vista adaptativo, pero se trataría de una mera reliquia de sus ancestros biológicos –un apéndice del alma–.

En su tratado clásico sobre la educación liberal, The Abolition of Man, C. S. Lewis expuso la futilidad de cualquier sistema ético basado en estas premisas. Según dicen los evolucionistas, los valores son máscaras del interés propio y la necesidad biológica. Por lo tanto, nos es preciso aprender a evaluar de manera crítica todas las pretensiones de bondad valiéndonos de la lente de la razón. Sin embargo, Lewis pregunta: ¿Qué sucede con los valores de nuestros educadores? «Su escepticismo al respecto de los valores es superficial y lo ejercen con respecto a los valores de las otras personas. Pero por lo que a su escala de valores se refiere, apenas sí se muestran escépticos».13 Considérense los gemidos de indignación que emitirían los científicos que escriben sobre la soberbia de todo el comportamiento humano si alguien sugiriera que su propia profesión se basa en las normas del limitado interés propio que no tienen nada que ver con la razón. Considérese, sino, la ética utilitarista que tan a menudo invocan los científicos.

Los sociobiólogos declaran que el valor “real” de una conducta aparentemente virtuosa reside en la utilidad de dicha conducta para la comunidad. Un bombero que valientemente se sacrifica para salvar a otros es loado por haber servido al bien común. Decir que la muerte de un individuo servirá al bien de la comunidad, no obstante, es decir, meramente, que la muerte de unas personas es útil para otras. Así las cosas, ¿cuáles son las condiciones que determinan que un individuo deba morir por otros? El rechazo del propio sacrificio no es, sin lugar a dudas, menos racional que el consentimiento.

En sentido estricto, Lewis indicaba que ninguna elección puede ser calificada, en absoluto, de racional o irracional. «Únicamente desde las proposiciones sobre los hechos no se pueden extraer conclusiones prácticas. El conservará la sociedadno puede conducir al hazlo excepto en el caso de que medie el la sociedad debe ser conservada».14 Pero sin la reinstauración de los ideales trascendentes eliminados por la selección natural, ¿de dónde surge la idea de que se debe conservar la sociedad?

La ética darwinista no puede apelar a la bondad intrínseca de la sociedad –ni tan siquiera de la vida– porque entonces virtudes como la justicia y la compasión también serían susceptibles de ser consideradas buenas en ellas mismas, con independencia de su utilidad. El materialismo filosófico –ese portero huraño de la fiesta de la investigación científica– debe impedir el paso a todos los debe que no lleven su tarjeta de presentación.

Al fin y al cabo, nos hemos quedado con una concepción de la moralidad basada no en la razón, sino en el mero hecho de los instintos. Los seres humanos se sacrifican por el bien de la especie, no por algún propósito último, sino por obediencia a sus naturales pasiones. Si podemos exagerar tales pasiones en un grupo determinado mediante la ficción de unos valores, será mucho mejor para el resto. Mientras tanto, para aquellos de nosotros que “sabemos” todos los antiguos tabúes acaban por caer. Puesto que carece de sentido, podremos evitarlo si encontramos a otros que puedan correr con la tarea. Puesto que es instintivo, podemos satisfacer el deseo sexual siempre que no ponga en peligro la especie. Aunque sea útil y práctica, podremos obviar la vida del individuo, o incluso desecharla, siempre que no sirva a los intereses del grupo.

Darwin lo entendió perfectamente. Apesar de que no era inmune al espíritu utópico de su época, también vio que su teoría, de hecho, no dejaba espacio para ningún tipo de moralidad. Solo podía describir las conductas generadas por los instintos o los deseos súbitos. En El origen del hombre escribió: «La imperiosa palabra deber parece que meramente implica la conciencia de la existencia de una regla de conducta, sea cual fuere el origen de donde se derive».15 Con antelación, en El origen de las especies, había elogiado a la reina de las abejas por su «odio instintivo salvaje» hacia sus descendientes fértiles.16 Ahora admitía de forma implícita que no existía ninguna diferencia esencial entre la moral de las abejas y la moral de los seres humanos:

«Así, para usar un ejemplo extremo, si se reprodujeran los hombres precisamente en las mismas condiciones que las abejas, no cabe la menor duda que las abejas trabajadoras, las hembras no casadas, tendrían por deber sagrado matar a sus hermanos, y que las madres procurarían destruir a sus hijas fecundas, sin que nadie pensase en intervenir».17

Al fin y al cabo, las interferencias no harían otra cosa que dificultar la felicidad total de la colmena.

Así, los evolucionistas, al igual que el Gran Inquisidor de Dostoyevski, han tomado sobre sí el pesado yugo de la verdad por mor de la mayor felicidad. Sabedor de que los hechos de la selección natural podrían llegar a erosionar cualquier base para la moral, el preeminente filósofo evolucionista Daniel Dennett sugiere que podríamos llegar a tener que abandonar el ideal de la “sociedad transparente”, las elites deberían permitirque la comunidad entienda mal qué se dice en realidad.18 En uno de sus cuadernos de notas, Darwin expresó un punto de vista similar:

«[La selección natural] no causará ningún perjuicio porque nadie llegará a estar completamente convencido de su veracidad, excepto el hombre que haya reflexionado mucho. Este sabrá que su felicidad reside en hacer el bien y ser perfecto; por lo que no caerá en la tentación, ya que sabe que, haga lo que haga, no es responsable del daño que pueda causar».19

Robert Wright, en The Moral Animal, interpreta que bien pudiera ser que lo que es bueno para un caballero inglés sea dañino para las masas impresionables. Wright continúa declarando de manera desconcertante que el nihilismo es la ética moral dominante en muchos departamentos de filosofía universitarios y que el responsable directo de ello es Darwin.20 Todas las implicaciones filosóficas de la evolución, afirma, han sido un secreto guardado por los científicos durante mucho tiempo. ¿Deberemos estarles agradecidos por haber guardado silencio por mor de la mayoría? La felicidad total, parece ser, requiere el subterfugio intelectual.

De la razón al nihilismo

¿Qué sucede con los que deciden no participar de la felicidad? Aunque Darwin mismo creía que el utilitarismo era la consecuencia lógica de la selección natural, Mill es tan solo un santo patrón más en el panteón de la filosofía evolucionista. Podemos encontrar otra poderosa visión de la moralidad sobre los conceptos evolucionistas en los escritos de Friedrich Nietzsche.

En su obra capital, Más allá del bien y del mal, Nietzsche declaró que el problema de todas las explicaciones previas de la moralidad residía en que consideraban la moralidad misma como un hecho establecido. Aún, lo que la sociedad percibía como malo originalmente era reconocido como bueno. Lo que la ética tradicional –corrompida por las enseñanzas judeocristianas– condenaba como un vicio eran simples atavismos intemporales de ideales antiguos. En el período premoral (que la mente de Nietzsche asociaba vagamente a la Grecia presocrática) el valor de una acción no venía determinado por los motivos del actor, sino por sus consecuencias. El uso de la fuerza, el engaño y la brutalidad no está cargado con ningún estigma, sino que es una mera expresión de la vitalidad humana. De este modo, la «voluntad fuerte» se valió del dominio de la «voluntad débil» para su propia conservación, mientras que todas las energías efectivas eran «voluntad de poderío».

El período moral marcó una inversión del estado de cosas ya que las acciones pasaron a ser juzgadas por los motivos subyacentes más que por sus resultados. Nietzsche atribuye este reajuste de la psicología humana a la religión, en particular al cristianismo. Escribiría: «“Dios en la cruz”. Nunca ni en ningún lugar había existido hasta ese momento una audacia igual en dar la vuelta a las cosas, nunca ni en ningún lugar se había dado algo tan terrible, interrogativo y problemático como esa fórmula, ella prometía una reevaluación de todos los valores antiguos».21

Ante todo, el cristianismo afirma que todos los individuos son iguales y se pone del lado de los sufrientes. Nietzsche pensaba que esta noción –a la que dio el nombre de «moral de esclavos»– era espantosamente insulsa. Escribió: «Hay en el ser humano, como en toda otra especie animal, un excedente de tarados, enfermos, degenerados, decrépitos, dolientes por necesidad». Al tomar partido por los débiles, el cristianismo causó el «empeoramiento de la raza europea […] hasta que acabó formándose una especie empequeñecida, casi ridícula, un animal de rebaño, un ser dócil, enfermizo y mediocre».22

En oposición a la moral de esclavos del cristianismo, que él consideraba emasculada, Nietzsche proponía una ética del «espíritu libre» en la que la élite noble emprendía un camino de concreción de sus propios proyectos de creación de valores y autocontrol. El modelo nietzscheano requería la «dureza del martillo»23 y el rechazo de la piedad por los otros, por considerarla mórbida y contraria a la virilidad:

«Nosotros opinamos que dureza, violencia, esclavitud, peligro en la calle y en los corazones, ocultación, estoicismo, arte de tentador y diablerías de toda especie, que todo lo malvado, terrible, tiránico, todo lo que de animal rapaz y de serpiente hay en el hombre sirve a la elevación de la especie “hombre” tanto como su contrario».24

Los apologetas de Nietzsche sugieren que su filosofía ha sido objeto de malentendidos y distorsiones. Sin duda alguna. Aun así, los defensores de Nietzsche pasan por alto demasiadas cosas: afirmar que sus ideas no fueron perjudiciales es una traición a la realidad histórica.25
Sugerir que la ética de Nietzsche no se apoya en Darwin es igualmente capcioso. Nietzsche pudo haber leído a Darwin y únicamente se mostró condescendiente con el ingenuo darwinismo social que dominaba en su época. El hecho de que la selección natural permitiera que los débiles, cuando se unen en rebaño y actúan colectivamente, sean capaces de vencer al más poderoso le causaba rechazo. Además, se sentía contrariado por las críticas veladas de una teoría que consideraba que era una amenaza para su propio proyecto de crear una nueva “ciencia” del espíritu libre. Nietzsche plasmó de manera implícita estas significativas diferencias de visión en su diatriba “antidarwinista” Der Wille zur Macht(La voluntad de poder).26
Además, el filósofo Hans Jonas destaca que la conexión del nihilismo de Nietzsche con el impacto del darwinismo es demostrable. «La voluntad de poder parecía la única alternativa que quedaba si la esencia original del hombre se evaporaba en la transitoriedad y el capricho del proceso evolutivo.»27 Era, precisamente, la incapacidad de los optimistas caballeros británicos como Spencer y Huxley, para ver que Nietzsche se burlaba de la vieja moral que había muerto realmente y había desaparecido, no de la noción de moral de Darwin que surgía de las múltiples oportunidades y la lucha por la escasez de medios.
Nietzsche protestaba por las «ideas modernas y plebeyas» e insistía en que la voluntad de poder no se podía explicar en términos materiales.28 Por otra parte, su genealogía de la moral se sustentaba sobre dos ideas, ambas validadas científicamente por la teoría de la selección
natural. En primer lugar, toda existencia debe ser entendida en términos de una lucha constante; en segundo lugar, el mundo natural no tiene significado inherente alguno. Dennett escribe: «Si Nietzsche es el padre del existencialismo, quizá Darwin merezca el título de abuelo».29 Sin la visión del mundo de Darwin, Nietzsche apenas habría gozado de crédito intelectual.

Dennett sigue declarando que la selección natural es el «ácido universal». Corroe radicalmente y acaba por destruir cualquier concepto o creencia tradicional que encuentra a su paso, ya sea que verse sobre cosmología, psicología, cultura humana, religión, política o ética. La selección natural nos pone, de hecho, «más allá del bien y del mal», o así insisten muchos de los intérpretes y defensores de Darwin más ampliamente leídos.

El Dios de Gould

Al final, es posible que descubramos que somos capaces de ordenar nuestra vida a pesar –y no a causa– de lo que creemos que es cierto: que la moral es el mayor engaño de la naturaleza. Los evolucionistas son padres amorosos y ciudadanos de orden. El mismo Darwin fue una de las figuras más decentes y humanas de su época. Pero que da por ver si las reservas morales del instinto humano son más fuertes que el nuevo relativismo de valores. Una visión pesimista es que la cultura occidental, impregnada de indiferencia filosófica y científica por el bien y el mal, está consumiendo rápidamente su herencia de valores, el capital espiritual de su herencia judeocristiana.

Resulta irónico que esta última premonición ya no sea meramente material de trabajo para los teólogos. El objetivo declarado de los sociobiólogos es demostrar que todos nuestros ideales más elevados están basados en impulsos puramente pragmáticos destinados a la autoconservación genética. Aun así, algunos científicos son incapaces o no están dispuestos a rectificar y admitir que la vieja moral es cierta. El paleontólogo Stephen Jay Gould es uno de ellos.
Consciente de la imposibilidad de derivar valores a partir de hechos, ha intentado articular una nueva relación entre la ciencia darwinista y las creencias religiosas. Pregunta si acaso no hay manera de que la selección natural y la religión se puedan definir en términos mutuamente respetuosos y beneficiosos.

Gould propone lo que viene en llamar el “principio de magisterios no solapables” o NOMA[del inglés Non Overlapping Magisteria (N. del T.)]. Según este principio, tampoco es una solución limitarse a poner un mojón en la frontera que separa las ciencias biológicas y sociales –al estilo de “está usted entrando en terreno prohibido”– como Gould y otros acostumbran a hacer. Darwin, así lo hemos visto, fue el primero en extender la lógica de su teoría a cuestiones relacionadas con la religión y la moral. No negamos que se hubiera mostrado más reticente que muchos de los evolucionistas contemporáneos suyos; aunque la necesidad y las consecuencias filosóficas no fueron menores. Según declara Mary Midgley, «la teoría de la evolución no es un fragmento inerte de la ciencia teórica; también es, y esto de manera inevitable, una poderosa leyenda sobre los orígenes humanos.» De aquí se deduce que los científicos que «reclaman un cordón sanitario» que mantenga separados los hechos de los valores, los asuntos científicos de los humanos, estén reclamando algo que es «imposible tanto desde el punto de vista psicológico como lógico».31

Aun así, la apertura de Gould a la religión no es una mera disimulación. La lobotomía evolucionista del alma es la muerte de la bondad. Es más, el traicionero beso del materialismo anuncia la muerte de la razón. Si en nada hay un valor, el pensamiento carece de valor. Según Darwin, observa Jonas, tanto la comprensión clásica del hombre como homo animal rationale y la visión bíblica de la humanidad como una creación a la imagen de Dios están bloqueadas. Así pues, la razón queda limitada a ser uno más entre los medios destinados a la supervivencia del individuo:

«Como una mera habilidad formal, una extensión del ingenio animal, no establece directrices, sino que las sigue, y no es un modelo en sí misma, sino que es medida con modelos externos a su jurisdicción. Si existe una “vida de la razón” para el hombre (distinta del mero uso de la razón), solo se puede escoger la no-racionalidad, puesto que todos los fines se escogen no-racionalmente (caso de ser posible su elección). Por lo tanto, la razón carece de jurisdicción aun sobre su propia elección como algo más que un medio. Pero el uso de la razón como un medio es compatible con cualquier fin, independientemente de su irracionalidad. Esta es la implicación nihilista de la pérdida del “ser” del hombre que trasciende el flujo de progreso.»32

Ningún científico puede tolerar por mucho tiempo que se repudie la mente de este modo, por lo que, de alguna manera, los antiguos valores deben regresar subrepticiamente valiéndose de una puerta falsa. Gould se decanta por la puerta falsa de los sentimientos personales y escribe sobre la riqueza del Réquiem de Berlioz y la bondad del béisbol. El emotivo poder de la música y el juego, sugiere, nos basta para sostenernos en nuestro deambular por el desierto factual. Para que no insistamos en la necesidad de una lógica más rigurosa nos desorienta con el uso de una jerga difícil de entender («La ciencia y la religión se interdigitan según modelos de compleja digita-
ción en todos los grados fractales de autosimilitud»).33
Wright, sin embargo, intenta reclamar la moral tradicional mediante su parecido con la razón, diciendo que Cristo y Buda fueron los mayores gurús de la autoayuda. Pero esta búsqueda de la antigua sabiduría es fútil. Los evolucionistas han cortado de raíz la rama de la que se habían colgado. Lewis predijo las contorsiones que la educación debería llegar a hacer para acomodarse al molde materialista.

«Con una especie de horrenda estupidez, eliminamos el órgano y exigimos su función. Formamos hombres sin aliento y esperamos que sean virtuosos y emprendedores; nos burlamos del honor y nos sorprende que en nuestro medio haya traidores; castramos al semental y luego le exigimos
descendencia.»34

Vieja y nueva ortodoxia

¿Qué diremos de las pruebas? Muchos insisten que aquí está el meollo de la cuestión. Quizá nos disgusten las implicaciones filosóficas de la selección natural, pero, con todo, debemos responder por los datos factuales de manera intelectualmente honrada. Así las cosas, ¿qué alternativas nos quedan? Para muchos científicos y educadores no hay otra. La honradez intelectual fuerza la aprobación de la evolución según las directrices de Darwin puesto que las explicaciones materialistas son, por definición, las únicas racionales. Se nos dice que la selección natural quedó validada por individuos que perseguían metódicamente una vía empírica irrefutable. Por lo tanto, la veracidad del darwinismo es evidente en sí misma para cualquiera que haya peregrinado al museo adecuado para contemplar los huesos sagrados.

Por desgracia, este relato del éxito de Darwin, por más que se crea sinceramente o se haya esparcido ampliamente, se basa en una idea capciosa, en concreto, que el materialismo es un sistema de valores neutros para la interpretación de los datos factuales. El examen de los desafíos científicos que se presentan a la selección natural escapa al ámbito de este artículo (y a las capacidades del autor). Aun así, no es preciso ser un experto para detectar cierta palidez enfermiza, un resplandor extraño e insano, en declaraciones como la que el biólogo de Harvard Richard Lewontin expresa sobre la relación que existe entre las pruebas empíricas y la teoría de Darwin: «Nuestra disposición a aceptar las afirmaciones científicas que son contrarias al sentido común es la clave para entender la lucha real entre la ciencia y lo sobrenatural». Y continúa:

«Tomamos partido por la ciencia a pesar de la absurdidad patente de algunas de sus deducciones, a pesar de su fracaso en el cumplimiento de muchas de sus extravagantes promesas de salud y vida, a pesar deque la comunidad científica tolere historias infundadas, porque tenemos un compromiso previo con el materialismo. No es que los métodos y las instituciones de la ciencia nos fuercen de algún modo a aceptar una explicación material del mundo de los fenómenos, sino que, al contrario, nuestra adscripción previa a las causas materiales nos empuja a crear un aparato de investigación y un conjunto de conceptos que generen explicaciones materiales, por más que sean contrarias a la intuición, por más que desorienten a los no iniciados. Además, el materialismo es absoluto porque no podemos permitir que Dios cruce la puerta».35

La inferencia no puede ser más clara. Cuando los evolucionistas nos dicen que aceptemos alguna «historia infundada», a pesar de todas las razones que la contradicen, las pruebas y el sentido común, es claro que ya no están interesados principalmente en descubrir la verdad.

Su mayor objetivo es inculcar a los «no iniciados» el arcano de una ortodoxia religiosa muy específica.36 La palabra que define tal práctica religiosa es ‘fundamentalismo’.

Tomemos, pues, las pruebas empíricas reales en su justo valor. Los homínidos de aspecto humanoide, con un cerebro de escaso volumen existieron, en apariencia, durante tres millones de años. Entonces, ¿cómo se relaciona este hecho con el mecanismo de la selección natural de Darwin, el único que actualmente se admite en el discurso científico? ¿Cuáles son las dimensiones éticas de la teoría de Darwin según se relaciona con el desarrollo humano? ¿Cómo debemos entender la persistente conexión entre el darwinismo y el nihilismo en el campo de la filosofía? ¿Cuáles son las implicaciones sociales y políticas de ver el mundo a través de los ojos de Darwin, a través de la lente del materialismo filosófico? Las representaciones de los libros de texto del “hecho” de la selección natural han sido menos que las predicciones de que tal problema exista. El punto crucial del dilema es, según parece, que o los evolucionistas niegan el hecho de la moral o abandonan el materialismo como el paradigma que explica la naturaleza y los orígenes de la humanidad y muchas otras cuestiones colaterales. Muchos no están dispuestos a tomar una decisión tan valiente y, en su lugar, se limitan a no afrontar los problemas. Con todo, los problemas, como la abundancia de fósiles en la columna geológica, subsisten.

Permítaseme una última palabra sobre el Génesis y el pensamiento mitológico. A lo largo de este artículo he argumentado que la teoría darwinista es un callejón sin salida altamente corrosivo, pero no he dicho casi nada al respecto de cualquier otra vía alternativa o sobre mis propias creencias sobre los orígenes humanos. De hecho, puede haber numerosas respuestas alternativas dignas de ser exploradas, desde la teoría de la ley natural cristiana hasta la metafísica aristotélica. Estoy abierto a cualquier visión que se pueda extraer de todas ellas. Tampoco dudo que el mismo darwinismo puede enseñarnos alguna verdad; la selección podría explicar perfectamente la mayoría de la diversidad biológica. Un no-materialista, indicó G. K. Chesterton, puede admitir sin problemas una gran cantidad de desarrollo natural de acuerdo con las leyes físicas en su visión del mundo –solo el materialista puritano es incapaz de permitir que una mota de sobrenaturalidad manche su máquina impoluta–.

Sin embargo, mi propia herencia y mis estudios me han conducido a una posición que, probablemente, se pueda describir como “creacionista”. Uso la palabra con deliberación, aun a pesar de su desprestigiado pedigrí, no porque yo suscriba el literalismo encorsetado en la lectura de la Biblia, sino porque no puedo encontrar progreso alguno en la dicotomía hechos-sentido presentada por Gould y adoptada por los llamados teólogos del “proceso” tales como Reinhold Niebuhr (de cuya teología Stanley Hauerwas, con un efecto agradable pero devastador en sus últimas consecuencias, remonta los orígenes a Darwin pasando por William James).37 O la historia de la creación bíblica, en contraste con otros mitos de la creación, describe los contornos de un acontecimiento real o es una metáfora falsa, pura palabrería vacía. La historia, lo que ha sucedido en el continuo espacio-tiempo, tiene su importancia. Y tiene importancia no por nuestros pensamientos, sino por nuestros sentimientos, nuestras relaciones, nuestros valores y nuestras acciones.

La posición que defiendo está próxima, creo, a la de J. R. R. Tolkien, un escritor que entendió a la perfección el mito y la metáfora, y desaprobó el dogma del cientificismo como una Verdad descalificada. En una carta a su hijo Christopher escribió:

«Creo que la mayoría de los cristianos, excepto los más inocentes y faltos de educación o aquellos que han sido objeto de algún otro tipo de protección, se han visto mareados hace ya algunas generaciones por los que se erigen a sí mismos como científicos y han arrojado al Génesis dentro del desván de su cerebro como si se tratara de un mueble anticuado, cuya presencia en la casa resulta un tanto vergonzante cuando acuden visitas jóvenes e inteligentes. Me refiero incluso a aquellos que ni siquiera venden nada de segunda mano o lo queman tan pronto como el gusto empieza a burlarse de ellos. […] Por consiguiente, como tú dices, han olvidado (y me cuento entre ellos) la belleza del asunto aun “como una historia”.»38

Tolkien concluye que quizá la edad de la tierra y el preciso orden y la naturaleza de la creación no queden claros en los dos relatos de la creación del Génesis, pero el huerto del Edén y nuestro exilio solo tienen sentido en la medida en que los aceptemos como hechos históricos.

Fuente: SpectrumMagazine.com
Autor: Ron Osborn
Traducción: Daniel Bosch Queralt – Andrews University Seminary Studies – Ed. esp. Vol. 1, núm. 1 (2008): 271-296
Referencias: 1 Ver HEILBRONER R. The Worldly Philosopher: The Lives and Ideas of the Great Economic Thinkers. 7ª ed. New York: Touchstone Books, 1999, pp. 75-105.
2 DARWIN, C. El origen de las especies. A. Zulueta (trad.). Madrid: Alianza, 2003, pp. 122-123. [Consulta: 15 enero 2007]
3 DARWIN, C. El origen del hombre. Madrid: Edaf, 1989, 5ª edición junio 2001, p. 102.
4 Ibíd., p. 108. La cursiva es nuestra.
5 Ver BURROW, J. W. «Prólogo» de DARWIN, C. The Origin of Species.
6 MILL, J. S. On Liberty and Utilitarianism. New York: Bantam, 1993, pp. 144, 150. (El utilitarismo. [En línea]. [Consulta: 15 enero 2007].}
7 Ibíd.
8 WRIGHT, R. The Moral Animal. New York: Vintage (1994), p. 88.
9 DARWIN, C. El origen del hombre, p. 122.
10 MILL, J. S. Utilitarianism, pp. 153-154.
11 DARWIN, C. El origen del hombre, p. 124.
12 Ibíd., pp. 126-127.
13 LEWIS, C. S. The Abolition of Man. New York: Macmillan, 1955, p. 41. Soy consciente de que Lewis no es un literalista bíblico. Aun así, sus contundentes declaraciones al respecto de la idea de la evolución orgánica no debilitan su crítica a lo que varios han llamado “la ortodoxia darwinista”, “la visión científica” o “el naturalismo moderno”. En su ensayo titulado «Is Theology Poetry?» escribió: «Estoy convencido de que al cambiar el punto de vista científico por el teológico he pasado del sueño a la vigilia. La teología cristiana puede ser adecuada para la ciencia, el arte, la moral y las religiones subcristianas. El punto de vista científico no puede adecuarse a ninguno de ellos, ni siquiera a la ciencia misma». Ver LEWIS, C. S. «Is Theology Poetry?». En: They Asked for a Paper. London: Geoffrey Bles, 1962, p. 211.
14 LEWIS, C. S. The Abolition of Man, p. 41. Énfasis en el original.
15 DARWIN, C. El origen del hombre, p. 118. Énfasis en el original.
16 DARWIN, C. El origen de las especies, p. 279.
17 DARWIN, C. El origen del hombre, p. 102.
18 DENNET, D. C. Darwin’s Dangerous Idea: Evolution and the Meanings
of Life. New York: Simon and Schuster, 1995, p. 509.
19 DARWIN, C., citado en WRIGHT, R. The Moral Animal, p. 350.
20 Ibíd., p. 328. Debemos notar que el propósito de Wright no es criticar, sino defender la visión de Darwin y rescatar la sociobilogía de su exilio en los páramos del discurso académico siguiendo las catástrofes gemelas de eugenesias raciales americana y nazi.
21 NIETZSCHE, F. Más allá del bien y del mal. Madrid: Alianza, 1972, p. 73.
22 Ibíd., pp. 88-90.
23 NIETZSCHE, F. The Portable Nietzsche. Walter Kaufmann, W. (trad.).
New York: Viking, 1954, p. 563.
24 NIETZSCHE, F. Más allá del bien y del mal, p. 69.
25 Ver, p. ej., GLOVER, J. Humanity: AMoral History of the Twentieth Century. New Haven (Connecticut): Yale University, 1999, pp. 11-44.
26 MOORE, J. «Nietzsche’s Anti-Darwin», un estudio presentado en la 11ª Asamblea Anual de la Friedrich Nietzsche Society, Emmanuel College, el 8 de septiembre de 2001.
27 JONAS, H. The Phenomenon of Life. Evanston (Illinois): Northwestern University, 1966, p. 47.
28 NIETZSCHE, F. Der Wille zur Macht, citado en MOORE, J. «Nietzsche’s Anti-Darwin».
29 DENNET, D. C. Darwin’s Dangerous Idea, p. 62.
30 GOULD, S. J. Rocks of Ages: Science and Religion in the Fullness of Life. New York: Ballantine, 1999, pp. 4, 6, 9-10.
31 MIDGLEY, M. Evolution as Religion: Strange Hopes and Stranger Fears. London: Routledge, 1992, p. 1, 15-21. No cabe duda de que, en algún sentido, es posible hablar de algunas materias científicas y religiosas
en las que los respectivos campos de actuación se mantienen en el ámbito de «esferas no solapadas». Aun así, la postura de Midgley es consistente. Solo podemos valorar las cosas en el marco de un contexto factual que haga posible la inteligibilidad de nuestra valoración, mientras que solo es posible entender y ordenar los hechos físicos en un marco de valores y creencias. Por tanto, ni los hechos ni los valores pueden ser concebidos como separados radicalmente. Además, la teoría de la evolución según la selección natural, en sí misma, no es un amasijo desordenado de hechos. Es una conjetura histórica mediante la cual los datos factuales se conectan, se ordenan y se valoran. En otras palabras, es una visión del mundo generada desde el lado de la ecuación en que se encuentran “los valores y el sentido”. El NOMAde Gould dice que todos nuestros problemas desaparecerán cuando aprendamos a considerar más de una visión del mundo a la vez. Por desgracia, este remedio no es más que un pobre placebo cuando la cuestión se centra en el conflicto entre las visiones materialistas y no materialistas.
32 JONAS, H. The Phenomenon of Life, p. 47.
33 GOULD, S. J. Rocks of Ages, p. 65.
34 LEWIS, C. S. The Abolition of Man, p. 35.
35 LEWONTIN, R., citado en BUDZISZEWSKI, J. The Revenge of Conscience. Dallas: Spence, 1999, p. 6.
36 En MIDGLEY, M. Evolution as Religion…, p. 33, leemos el comentario no poco vivaz: «La evolución es el mito de la creación de nuestra época».
37 HAUERWAS, S. With the Grain of the Universe: The Church’s Witness and Natural Theology: Being the Gifford Lectures Delivered at the University of St. Andrews in 2001. Grand Rapids (Michigan): Brazos,
2001, pp. 49, 61, 77-78.
38 TOLKIEN, J. R. R. The Letters of J. R. R. Tolkien. Boston: Houghton Mifflin, 1981, p. 109.

La jirafa tiene un corazón sobrealimentado

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Los fósiles contra Darwin

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Darwin, sin censura

FRAGMENTO LITERARIO: LECTURA
Darwin, sin censura

La autobiografía de Charles Darwin, publicada en 1877, fue mutilada por su esposa porque estaba escrita “con demasiada libertad”. El autor de El origen de las especies, del que ahora se cumplen 200 años de su nacimiento, exponía, por ejemplo, que el cristianismo le parecía “una doctrina detestable”. Este libro, según la editorial Laetoli, recupera los párrafos censurados (en negrita)
CHARLES DARWIN 08/02/2009


Durante aquellos dos años me vi inducido a pensar mucho en la religión. Mientras me hallaba a bordo del Beagle fui completamente ortodoxo, y recuerdo que varios oficiales (a pesar de que también lo eran) se reían con ganas de mí por citar la Biblia como autoridad indiscutible sobre algunos puntos de moralidad. Supongo que lo que los divertía era lo novedoso de la argumentación. Pero, por aquel entonces, fui dándome cuenta poco a poco de que el Antiguo Testamento, debido a su versión manifiestamente falsa de la historia del mundo, con su Torre de Babel, el arco iris como signo, etcétera y al hecho de atribuir a Dios los sentimientos de un tirano vengativo, no era más de fiar que los libros sagrados de los hindúes o las creencias de cualquier bárbaro. En aquel tiempo se me planteaba continuamente la siguiente cuestión, de la que era incapaz de desentenderme: ¿resulta creíble que Dios, si se dispusiera a revelarse ahora a los hindúes, fuese a permitir que se le vinculara a la creencia en Vishnú, Shiva, etcétera, de la misma manera que el cristianismo está ligado al Antiguo Testamento? Semejante proposición me parecía absolutamente imposible de creer. (…)

El Antiguo Testamento, con su Torre de Babel, etcétera, no era más de fiar que las creencias de cualquier bárbaro

El hecho de que muchas religiones falsas se hayan difundido por extensas partes de la Tierra como un fuego sin control tuvo cierto peso sobre mí. Por más hermosa que sea la moralidad del Nuevo Testamento, apenas puede negarse que su perfección depende en parte de la interpretación que hacemos ahora de sus metáforas y alegorías. No obstante, era muy reacio a abandonar mis creencias. Y estoy seguro de ello porque puedo recordar muy bien que no dejaba de inventar una y otra vez sueños en estado de vigilia sobre antiguas cartas cruzadas entre romanos distinguidos y sobre el descubrimiento de manuscritos, en Pompeya o en cualquier otro lugar, que confirmaran de la manera más llamativa todo cuanto aparecía escrito en los Evangelios. Pero, a pesar de dar rienda suelta a mi imaginación, cada vez me resultaba más difícil inventar pruebas capaces de convencerme. Así, la incredulidad se fue introduciendo subrepticiamente en mí a un ritmo muy lento, pero, al final, acabó siendo total. El ritmo era tan lento que no sentí ninguna angustia, y desde entonces no dudé nunca ni un solo segundo de que mi conclusión era correcta. De hecho, me resulta difícil comprender que alguien deba desear que el cristianismo sea verdad, pues, de ser así, el lenguaje liso y llano de la Biblia parece mostrar que las personas que no creen -y entre ellas se incluiría a mi padre, mi hermano y casi todos mis mejores amigos- recibirán un castigo eterno.

Y ésa es una doctrina detestable.

Aunque no pensé mucho en la existencia de un Dios personal hasta un periodo de mi vida bastante tardío, quiero ofrecer aquí las vagas conclusiones a las que he llegado. El antiguo argumento del diseño en la naturaleza, tal como lo expone Paley y que anteriormente me parecía tan concluyente, falla tras el descubrimiento de la ley de la selección natural. Ya no podemos sostener, por ejemplo, que el hermoso gozne de una concha bivalva deba haber sido producido por un ser inteligente, como la bisagra de una puerta por un ser humano. En la variabilidad de los seres orgánicos y en los efectos de la selección natural no parece haber más designio que en la dirección en que sopla el viento. Todo cuanto existe en la naturaleza es resultado de leyes fijas. Pero éste es un tema que ya he debatido al final de mi libro sobre La variación en animales y plantas domésticos, y, hasta donde yo sé, los argumentos propuestos allí no han sido refutados nunca.

Pero, más allá de las adaptaciones infinitamente bellas con que nos topamos por todas partes, podríamos preguntarnos cómo se puede explicar la disposición generalmente beneficiosa del mundo. Algunos autores se sienten realmente tan impresionados por la cantidad de sufrimiento existente en él, que dudan -al contemplar a todos los seres sensibles- de si es mayor la desgracia o la felicidad, de si el mundo en conjunto es bueno o malo. Según mi criterio, la felicidad prevalece de manera clara, aunque se trata de algo muy difícil de demostrar. Si admitimos la verdad de esta conclusión, reconoceremos que armoniza bien con los efectos que podemos esperar de la selección natural. Si todos los individuos de cualquier especie hubiesen de sufrir hasta un grado extremo, dejarían de propagarse; pero no tenemos razones para creer que esto haya ocurrido siempre, y ni siquiera a menudo. Además, otras consideraciones nos llevan a creer que, en general, todos los seres sensibles han sido formados para gozar de la felicidad.

Cualquiera que crea, como creo yo, que todos los órganos corporales o mentales de todos los seres (excepto los que no suponen ni una ventaja ni una desventaja para su poseedor) se han desarrollado por selección natural o supervivencia del más apto, junto con el uso o el hábito, admitirá que dichos órganos han sido formados para que quien los posee pueda competir con éxito con otros seres y crecer así en número. (…)

Nadie discute que en el mundo hay mucho sufrimiento. Por lo que respecta al ser humano, algunos han intentado explicar esta circunstancia imaginando que contribuye a su perfeccionamiento moral. Pero el número de personas en el mundo no es nada comparado con el de los demás seres sensibles, que sufren a menudo considerablemente sin experimentar ninguna mejora moral. Para nuestra mente, un ser tan poderoso y tan lleno de conocimiento como un Dios que fue capaz de haber creado el universo es omnipotente y omnisciente, y suponer que su benevolencia no es ilimitada repugna a nuestra comprensión, pues, ¿qué ventaja podría haber en los sufrimientos de millones de animales inferiores durante un tiempo casi infinito? Este antiquísimo argumento contra la existencia de una causa primera inteligente, derivado de la existencia del sufrimiento, me parece sólido; mientras que, como acabo de señalar, la presencia de una gran cantidad de sufrimiento concuerda bien con la opinión de que todos los seres orgánicos han evolucionado mediante variación y selección natural.

Actualmente, el argumento más común en favor de la existencia de un Dios inteligente deriva de la honda convicción interior y de los profundos sentimientos experimentados por la mayoría de la gente. Pero no se puede dudar de que los hindúes, los mahometanos y otros más podrían razonar de la misma manera y con igual fuerza en favor de la existencia de un Dios, de muchos dioses, o de ninguno, como hacen los budistas. También hay muchas tribus bárbaras de las que no se puede decir con verdad que crean en lo que nosotros llamamos Dios: creen, desde luego, en espíritus o espectros, y es posible explicar, como lo han demostrado Tylor y Herbert Spencer, de qué modo pudo haber surgido esa creencia.

Anteriormente me sentí impulsado por sensaciones como las que acabo de mencionar (aunque no creo que el sentimiento religioso estuviera nunca fuertemente desarrollado en mí) a sentirme plenamente convencido de la existencia de Dios y de la inmortalidad del alma. En mi diario escribí que, en medio de la grandiosidad de una selva brasileña, “no es posible transmitir una idea adecuada de los altos sentimientos de asombro, admiración y devoción que llenan y elevan la mente”. Recuerdo bien mi convicción de que en el ser humano hay algo más que la mera respiración de su cuerpo. Pero, ahora, las escenas más grandiosas no conseguirían hacer surgir en mi pensamiento ninguna de esas convicciones y sentimientos. Se podría decir acertadamente que soy como un hombre afectado de daltonismo, y que la creencia universal de la gente en la existencia del color rojo hace que mi actual pérdida de percepción no posea la menor validez como prueba. Este argumento sería válido si todas las personas de todas las razas tuvieran la misma convicción profunda sobre la existencia de un solo Dios; pero sabemos que no es así, ni mucho menos. Por tanto, no consigo ver que tales convicciones y sentimientos íntimos posean ningún peso como prueba de lo que realmente existe. El estado mental provocado en mí en el pasado por las escenas grandiosas difiere de manera esencial de lo que suele calificarse de sentimiento de sublimidad; y por más difícil que sea explicar la génesis de ese sentimiento, apenas sirve como argumento en favor de la existencia de Dios, como tampoco sirven los sentimientos similares, poderosos pero imprecisos, suscitados por la música.

Respecto a la inmortalidad, nada me demuestra tanto lo fuerte y casi instintiva que es esa creencia como la consideración del punto de vista mantenido ahora por la mayoría de los físicos de que el Sol, junto con todos los planetas, acabará enfriándose demasiado como para sustentar la vida, a menos que algún cuerpo de gran magnitud se precipite sobre él y le proporcione vida nueva. Para quien crea, como yo, que el ser humano será en un futuro distante una criatura más perfecta de lo que lo es en la actualidad, resulta una idea insoportable que él y todos los seres sensibles estén condenados a una aniquilación total tras un progreso tan lento y prolongado. La destrucción de nuestro mundo no será tan temible para quienes admiten plenamente la inmortalidad del alma.

Para convencerse de la existencia de Dios hay otro motivo vinculado a la razón y no a los sentimientos y que tiene para mí mucho más peso. Deriva de la extrema dificultad, o más bien imposibilidad, de concebir este universo inmenso y maravilloso -incluido el ser humano con su capacidad para dirigir su mirada hacia un pasado y un futuro distantes- como resultado de la casualidad o la necesidad ciegas. Al reflexionar así, me siento impulsado a buscar una Primera Causa que posea una mente inteligente análoga en algún grado a la de las personas; y merezco que se me califique de teísta.

Hasta donde puedo recordar, esta conclusión se hallaba sólidamente instalada en mi mente en el momento en que escribí El origen de las especies; desde entonces se ha ido debilitando gradualmente, con muchas fluctuaciones. Pero luego surge una nueva duda: ¿se puede confiar en la mente humana, que, según creo con absoluta convicción, se ha desarrollado a partir de otra tan baja como la que posee el animal más inferior, cuando extrae conclusiones tan grandiosas? ¿No serán, quizá, éstas el resultado de una conexión entre causa y efecto, que, aunque nos da la impresión de ser necesaria, depende probablemente de una experiencia heredada? No debemos pasar por alto la probabilidad de que la introducción constante de la creencia en Dios en las mentes de los niños produzca ese efecto tan fuerte y, tal vez, heredado en su cerebro cuando todavía no está plenamente desarrollado, de modo que deshacerse de su creencia en Dios les resultaría tan difícil como para un mono desprenderse de su temor y odio instintivos a las serpientes.

No pretendo proyectar la menor luz sobre problemas tan abstrusos. El misterio del comienzo de todas las cosas nos resulta insoluble; en cuanto a mí, deberé contentarme con seguir siendo un agnóstico.

La persona que no crea de manera segura y constante en la existencia de un Dios personal o en una existencia futura con castigos y recompensas puede tener como regla de vida, hasta donde a mí se me ocurre, la norma de seguir únicamente sus impulsos e instintos más fuertes o los que le parezcan los mejores. Así es como actúan los perros, pero lo hacen a ciegas. El ser humano, en cambio, mira al futuro y al pasado y compara sus diversos sentimientos, deseos y recuerdos. Luego, de acuerdo con el veredicto de las personas más sabias, halla su suprema satisfacción en seguir unos impulsos determinados, a saber, los instintos sociales. Si actúa por el bien de los demás, recibirá la aprobación de sus prójimos y conseguirá el amor de aquellos con quienes convive; este último beneficio es, sin duda, el placer supremo en esta Tierra. Poco a poco le resultará insoportable obedecer a sus pasiones sensuales y no a sus impulsos más elevados, que cuando se hacen habituales pueden calificarse casi de instintos. Su razón podrá decirle en algún momento que actúe en contra de la opinión de los demás, en cuyo caso no recibirá su aprobación; pero, aun así, tendrá la sólida satisfacción de saber que ha seguido su guía más íntima o conciencia. En cuanto a mí, creo que he actuado de forma correcta al marchar constantemente tras la ciencia y dedicarle mi vida. No siento el remordimiento de haber cometido ningún gran pecado, aunque he lamentado a menudo no haber hecho el bien más directamente a las demás criaturas. Mi única y pobre excusa es mi frecuente mala salud y mi constitución mental, que hace que me resulte extremadamente difícil pasar de un asunto u ocupación a otros. Puedo imaginar con gran satisfacción que dedico a la filantropía todo mi tiempo, pero no una parte del mismo, aunque habría sido mucho mejor haberme comportado de ese modo. Nada hay más importante que la difusión del escepticismo o el racionalismo durante la segunda mitad de mi vida. Antes de prometerme en matrimonio, mi padre me aconsejó que ocultara cuidadosamente mis dudas, pues, según me dijo, sabía que provocaban un sufrimiento extremo entre la gente casada. Las cosas marchaban bastante bien hasta que la mujer o el marido perdían la salud, momento en el cual ellas sufrían atrozmente al dudar de la salvación de sus esposos, haciéndoles así sufrir a éstos igualmente. Mi padre añadió que, durante su larga vida, sólo había conocido a tres mujeres escépticas; y debemos recordar que conocía bien a una multitud de personas y poseía una extraordinaria capacidad para ganarse su confianza. Cuando le pregunté quiénes eran aquellas tres mujeres, tuvo que admitir que, respecto a una de ellas, su cuñada Kitty Wedgwood, sólo tenía indicios sumamente vagos, sustentados por la convicción de que una mujer tan lúcida no podía ser creyente. En la actualidad, con mi reducido número de relaciones, sé (o he sabido) de varias señoras casadas que creen un poco menos que sus maridos. Mi padre solía citar un argumento irrebatible con el que una vieja dama como la señora Barlow, que abrigaba sospechas acerca de su heterodoxia, esperaba convertirlo: “Doctor, sé que el azúcar me resulta dulce en la boca, y sé que mi Redentor vive”. –

Autobiografía. Charles Darwin. Editorial Laetoli/Universidad Pública de Navarra. Precio: 12,87. Fecha de publicación: 9 de febrero.

http://www.elpais.com/articulo/reportajes/Darwin/censura/elpepusocdmg/20090208elpdmgrep_5/Tes

Darwin – La Evolución de las Especies

Darwin & La Evolución de las Especies

MINI BIOGRAFIA

Escrito por: P.Argenter

Ante el bicentenario del nacimiento del gran biólogo y naturista inglés, Charles Darwin (1809-82), se ha considerado nombrar mundialmente este año 2009 como “El Año Darwin” en honor al padre de la evolución de las especies de los seres humanos, el que encontró a un antepasado común mediante el conocido proceso de selección natural. También pasó a la historia por ser considerado como el padre de la biología moderna.

Charles Robert Darwin nació el 12 de febrero de 1809 en Shrewsbury(West Midlands, Inglaterra). Sus padres eran Robert Darwin y Susan Wedgwood, y eran unos anglicanos muy religiosos. Charles era el quinto hijo de los siete hijos del matrimonio. Con tan solo ocho años ya demostraba grandes aptitudes por la história natural y como afición tenía el coleccionismo de insectos y plantas.

En 1817, el mismo año en que murió su madre, Charles empezó a ir al colegio anglicano de su localidad. En 1825 empezó a trabajar como aprendiz de médico junto a su padre y era habitual su presencia en las casas de los más pobres de Shroshire. Al poco tiempo ingresó a la Universidad de Edimburgo (Escocia), para estudiar medicina; con frecuencia asistía a los cursos de taxidermia del esclavo de color que Charles Waterton había encontrado en las selvas del sur de América.

A partir del segundo año universitario, a Charles Darwin las clases se le hacía muy pesadas, pero pronto encontraría alguna forma para poder pasar los años de facultad haciendo aquello que parecía interesarle más que algunas clases ordinarias como las de Robert Jameson, naturista británico y en cuyas clases, aburrian considerablemente a Charles. Pronto entraría a formar parte de la Sociedad Pliniana, centrada en el estudio de la historia natural con muchos debates entre estudiantes.

Empezó a hacerse amigo de otros estudiantes y a conocer gente importante de su entorno relacionado con la biologia o la historia natural como Robert E. Grant, con el que colaboraría en sus investigaciones sobre anatomía y aprendería sobre el ciclo de la vida. En 1827 Darwin presentó su teoría y descubrimiento sobre las esporas blancas que encontró en los conchas de las ostras; pero su gran sueño era poder navegar en un barco y dirigirse a lejanos países para poder investigar sobre la evolución de la vida.

A su padre, el poco interés que despertaban en su hijo las clases ordinarias de la facultad de Edimburgo le llevó a trasladar de colegio al joven Charles, que le enviaría a la Universidad de Cambridge, ingresando en el Christ’s College. El padre del joven Darwin, vió que la medicina clásica no estaba hecha para él y que tal vez, cambiando la dirección, quiso que se preparara para ser sacerdote. En Cambridge entraría en una facultad de letras, pero no tardó mucho tiempo en que el joven Charles discrepara con su padre sobre el camino correcto de su vida.

En Inglaterra conocería al conocido profesor de botáncia, John S. Henslow con quien compartía pasión, estudios e intereses. Charles Darwin aguantó en Cambridge todos los años necesarios para poder ordenarse pastor anglicano, hasta que en 1831, acabara sus estudios. Continuó con sus estudios de historia natural en Cambridge e ingresó en las clases de geología de Adam Sedgwick. Interesado en organizar un viaje junto a unos amigos a las Islas Canarias (España) para estudiar la historia natural de los trópicos, todo quedó en un proyecto cuando le pidieron formar parte de la tripulación del HMS Beagle (Buque de la Real Marina Británica), junto al capitán Fitzroy para recolectar especias y ayudar en la cartografia. La idea del capitán era el de partir desde Inglaterra y recorrer durante un largo tiempo el sur del continente americano, la Tierra del Fuego, muy poco conocida por aquél entonces. Si en un principio la idea no le convencía, acabó por aceptar.

El 27 de diciembre de 1831, zarpó Darwin con el HMS Beagle desde el Puerto de Plymouth (al sur de Inglaterra).

EL HMS BEAGLE & LA EXPEDICION DE DARWIN:

El Beagle realizaba su segunda travesía a favor de la ciencia cuando Darwin zarpó en él.

Fue botado en 1820 en Woolwich (Río Támesis) y era un bergantín (clase Cherokee) con diez cañones, tres palos y 27,5 metros de eslora.

Charles Darwin llegó un acuerdo con el capitán del navío, el que sería vicealmirante Fitz Roy y futuro segundo gobernador de Nueva Zelanda, además de ser un experto hidrógrafo y meteorólogo, para poder tomar muestras geológicas cada vez que llegaran a tierra mientras la expedición se dedicaba a la cartografia y a medir las corrientes oceánicas. Gracias a que en la facultad de Cambridge encontró de nuevo su interés por la historia natural y a la biología, cada vez que podía enviaba a la universidad sus notas con muchos detalles de sus impresionantes descubrimientos, como el encontrado en Cabo Verde, en que halló en algunos estratos de roca volcánica, restos de conchas. Ahí empezaría a interesarse más por la geología, e incluso se propuso escribir algún manual sobre dicho estudio científico, basándose en sus exploraciones y descubrimientos geólogos.

A su llegada a Brasil, pudo comprobar y admirar el bosque tropical en todo su esplendor. En Argentina encontró fósiles de grandes mamíferos y tomó muchas anotaciones y muestras.

En Chile estuvo presente en un terremoto que ocurrió al poco de llegar, que ocasionó un levantamiento de la superficie terrestre, algo increíble para sus conocimientos geológicos.

En Australia, se encontró con los indígenas, otorrincos y marsupiales, lo cual quedó también fascinado.

De camino, de regreso a Inglaterra, a su llegada a Ciudad del Cabo, Darwin y la expedición conocieron al naturista inglés, John Herschel, escritor de la sustitución de especies extintas por otras. Desde las costas africanas y antes de llegar a su país, Darwin ordenó todos sus datos, notas y muestras para poder exponerlas una vez llegado a Cambridge. El HMS Beagle llegó a puerto el 2 de octubre de 1836, casi cinco años después de haber zarpado desde Plymouth.

En su primera comparecencia en Cambridge, después de su expedición alrededor del mundo, Darwin creó mucha expectación entre estudiantes, estudiosos y científicos. Sus anotaciones y estudios le hicieron famoso. Su amigo William Whewell le aconsejó que aceptará ser el nuevo secretario de la Sociedad Geológica de Inglaterra, lo cual, al principio, a Darwin no le apetecía mucho, pero acabó aceptando el cargo en 1838.

Darwin y la familia:

Charles Darwin no era muy asiduo en ir a fiestas sociales ni mucho menos en buscar novia. Sus intereses científicos le absorbía continuamente. Las pocas mujeres que solía ver eran de su familia, como su prima Emma con la que compartía sus investigaciones. La última vez que se vieron, fue antes de partir Darwin con el “Beagle”, fue el 31 de agosto de 1831.

Siempre consideró a su prima materna, Emma Wedgwood, como una mujer de exquisita educación y de gran preparación además de ser una pianista consumada. Solian hablar mucho de los estudios de Charles, hasta que el 11 de noviembre de 1838, Charles propuso matrimonio a su prima hermana. El 29 de enero de 1839, Charles se casó con Emma en la iglesia anglicana de San Pedro de Maer, Staffordshire.

Tanto esfuerzo por publicar sus anotaciones y su estudio por la transmutación de las especies, le llevaron a enfermar del corazón, lo que le hizo descansar durante varios meses, en los cuales se trasladó a vivir al campo, abandonando sus intereses en Londres y Cambridge. Tan pronto como el matrimonio se casó, Emma quedó de buena esperanza, naciendo el primer varón en diciembre de ese mismo año.


Emma Wedgwood (1808-96)

Los diez hijos de Emma y Charles Darwin:

*William E Darwin (1839-1914)

*Anne E. Darwin (1841-1851)

*Mary E. Darwin (1842-1842)

*Henrietta E. Darwin (1843-1929)

*George H. Darwin (1845-1912)- Astrónomo.

*Elizabeth Darwin (1847-1926)

*Francis Darwin (1848-1925)- Botánico.

*Leonard Darwin (1850-1943)-Político, biólogo, soldado y economista.

*Horace Darwin (1851-1928)- Ingeniero.

*Charles W. Darwin (1856-58)

Cuando enfermaban los niños Darwin, Charles siempre pensó en la consanguinidad de los padres. La muerte de dos de sus hijos en la infancia marcaron al matrimonio, y en especial al morir la pequeña Anne, con diez años de edad.

DARWIN : Su estudio sobre la evolución y la tramutación de las especies:

Charles Darwin realizó muchos estudios y puso en práctica muchas de sus teorías sobre la evolución humana y la tramutación de las especies. Sus anotaciones durante los viajes en el Beagle,

sus investigaciones sobre gusanos y su relación con la formación del suelo; el orangután, el chimpancé y otras especies fueron el plato fuerte de sus investigaciones. Sus conferencias eran ante miles de naturistas, estudiantes y expertos en biologia, historia natural y zoología. Llamó mucha la atención sus estudios sobre la semejanza del orangután con la conducta de un niño. “El hombre viene del mono”, una frase historica que impactó en su momento, en una sociedad tan arcaica y cerrada como era la victoriana. Hasta la fecha, el hombre venía de la creación concebida por Dios y este nuevo hecho que relaciona el hombre con el mono rompió esquemas.

Su teoría de la evolución mediante la selección natural comenzó a ser aceptada por los estudiosos hacia la década de los años 30 del pasado siglo. Gracias a los estudios e investigaciones de Darwin, existe actualmente, una base de la síntesis evolutiva moderna de las especies.

Enlaces sobre La Evolución de las Especies:

*http://www.biografiasyvidas.com/monografia/darwin/evolucion.htm

Seguidamente puntualizamos los hechos más importantes de sus trabajos:

-La Teoria Básica de la Evolución.

-La Teoria del Origen Común de las Especies.

-La Teoria de la Diversificación de las Especies.

-La Teoria del Gradualismo.

-La Teoria de la Selección Natural.

-La Teoria de la Selección Sexual.

-La Especiación.

-La Herencia Genética y sus caracteres adquiridos.

-El Origen de la Vida y del Hombre.

-La Teoria sobre los Atalones Coralinos.

-La Teoria sobre los Beneficios de las Lombrices.

-La Expresión de las Emociones Húmanas.

-La Bio-geografía

-La Fisiología

-La Taxonomía.

Los últimos momentos de Charles Darwin:

Charles Darwin comenzó a sentirse enfermo hacia 1841 pero tenía una gran resistencia y el trabajo, junto a su gran ilusión por seguir investigando, hizo que llevara una vida normal durante años.

En los últimos veinte años de su existencia, Darwin, se iba encontrando cada vez más cansado y enfermo. Pocos años después de su matrimonio, la familia Darwin se trasladó a vivir al campo, en una casita del pueblo de Down (Condado de Kent) a unos 25 kms al sur de Londres, que con el tiempo pasó a llamarse, “Down House”. Aquí quiso morir, y aquí murió el 19 de abril de 1882 de un ataque al corazón. Fue enterrado en la nave de la Abadía de Westminster (Londres) tras un solemne funeral de Estado. Por otro lado, se supo que la familia, no tenía intención de enterrarlo en otro lugar que no fuera en el cementerio de la iglesia de Santa Maria de Down, junto a su hermano Erasmus y donde fue posteriormente enterrada su mujer, Emma.

OBRAS DARWINIANAS:

*Narrativa de los viajes de inspección de la Aventura de Barcos de Su Majestad y Sabueso entre los años 1826 y 1836, descripción su examen de las orillas del sur de Sudamérica, y la circunnavegación del Sabueso del globo. El Viaje del Sabueso. (1832-1836)

*Extractos de Cartas al profesor Henslow. (1835)

*Zoología del viaje del Beagle.(1837)

*Anotaciones B: La Transmutación de las especias. (1837)

*Dos ensayos escritos entre 1842-44 junto a un boceto hecho a lápiz sobre el origen de las especies.

*Los viajes del Beagle. Diario de la búsqueda. Historia natural y geóloga en los países visitados durante la travesía alrededor del mundo junto al capitán Fitz Roy.(1845)

*Notas sobre las tendencias de las especies para formar variedades y sobre la perpetuación de las variedades de especies por medio de la selección del medio natural. Zoologia 3. Diario de Actas de la Sociedad de Linnean (Londres). (1858)

*En el origen de las especies mediante la selección natural o la perseveración en la lucha por la supervivencia de la vida.(1859)

*La variación de los animales y plantas para uso doméstico (1868)

*La descendencia del hombre y la selección en las relaciones sexuales (1871)

*Las expresiones y emociones en el hombre y en los animales (1872)

*La vida y cartasde Charles Darwin, incluyendo un capítulo autobiográfico. (1887)

*La autobiografia de Charles Darwin (1809-82) con las omisiones originales recuperadas. (1882).-

ACTUALIDAD:

A consecuencia por el segundo centenerario de su nacimiento, se realizarán muchas actividades conmemorativas alrededor del mundo en universidades, salas de exposiciones, instituciones, etc.

-Exposición sobre la vida de Darwin (Museo de Historia Natural de Londres) hasta el pasado abril

-Cuñación de una moneda de dos libras con su efigie.(Inglaterra)

-Homenaje a Darwin en el Festival Anual de Shrewsbury (Inglaterra)- Actividades todo el año. -Un grupo de británicos han estado recogiendo fondos para reconstruir el “HMS Beagle”, nave en la que pasó cinco años Darwin, recogiendo datos para sus tesis y estudios. Quieren con ello, realizar un laboratorio en la que se recoja muestras del agua de los mares por los que pasó en su trayectoría por el mundo el navío original. También quieren analizar el ADN de los organismos que vayan encontrando.

-La universidad de Cambridge realizará por julio 09 el Festival Darwin, en la que podrá conocer mejor como era el mundo artístico, cultural, social, económico y científico de la época en que vivió el gran genio.

La Iglesia Anglicana de Inglaterra ha pedido disculpas a Charles R. Darwin por no creerle en su momento. Así lo recojió un periódico español:

*http://www.publico.es/culturas/151182/charles/darwin/200/anos/despues/nacimiento/iglesia/inglaterra/debe/disculpa

-El periódico español “El Periódico” ha preparado un blog para redescubrir a Darwin y su mundo.

Otros Enlaces de Interés:

– http://www.backendblog.com/2009/02/08/200-anos-de-charles-darwin/

– http://www.elperiodico.com/blogs/blogs/darwin/default.aspx

– http://www.parqueciencias.com/actividades/anioDarwin/

Escrito por: P.Argenter

http://www.phistoria.net/reportajes-de-historia/Darwin-&-La-Evoluci%F3n-de-las-Especies_514.html

Afrontando el reto de Darwin

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Darwin y Humboldt

Darwin y Humboldt
Publicado por Malena el 18 de Noviembre de 2009

Entre los naturalistas de la Edad Moderna tardía, Humboldt (1767-1835) se destaca dentro del romanticismo y Darwin (1809-1882) en la ciencia victoriana de la revolución industrial; trazando ambos un largo camino que se extiende desde la historia natural a la historia de la naturaleza.

La noción de la transformación de las especies ya aparece en Jean Baptiste Lamarck, naturalista y botánico francés, fundador de las teorías de la generación espontánea y del transformismo, profesor de historia natural en el Museo de Historia Natural.

Alejandro de Humboldt, nace en Berlin en el seno de una familia de fortuna. No incursiona en el tema de la evolución, pero su extraordinaria recopilación de datos lo transforman en un personaje importante en la historia de la ciencia.

Fiel a Goethe, su forma de pensar tiene las características del pensamiento romántico, por sus ideas sobre la naturaleza, la unidad orgánica, el equilibrio de fuerzas, la intuición estética, la armonía, las formas ideales, y las interrelaciones que existen de las partes.

Lo cierto es que tanto Darwin como Humboldt desdepeñan un importante papel en la historia de la biología de su tiempo, aunque tuvieran cosmovisiones distintas.

La teoría de la evolución de Darwin, la adopta la ciencia, sobre todo cuando se demuestra que la selección natural es consistente con la herencia mendeliana.

Humboldt tiene la intención de construir una física de la Tierra o una física general, fundamentada con datos muy precisos obtenidos por medio de las mediciones que realizaría durante sus largos viajes a América, con instrumentos confiables a escala continental.

Para Humboldt la ciencia no puede avanzar sin estos conocimientos que afirman el equilibrio general que reina en la Tierra como resultado de fuerzas mecánicas y reacciones químicas que se equilibran mutuamente.

La ciencia de Humboldt no se desarrolla en un laboratorio sino que es una investigación realizada en grandes espacios al aire libre, exigiendo también una apreciación estética, ya que para él lo estético complementa lo racional.

A Humboldt lo maravillan las leyes de la naturaleza, la permanencia de formas eternas y la paradoja de la extraordinaria complejidad natural con respecto a las limitaciones que tiene el hombre para comprenderla.

Para Humboldt el gran problema de la física es determinar la forma de los tipos de disposición de las materias, encontrar las leyes que los rigen, las relaciones eternas que existen en los fenómenos de la vida y aún de la materia inanimada.

El biólogo evolucionista Stephen J. Gould, también ve un gran contraste entre Humboldt y Darwin. Para Humboldt la naturaleza se regula por la armonía y para Darwin significa lucha y conflicto o sea una naturaleza competitiva, ya que el concepto de selección natural presupone el conflicto.

Otra gran diferencia, por supuesto, es que para Humboldt, el problema del origen de las especies no es relevante en su cosmovisión. Para él, las causas de la distribución de las especies pertenecen a los misterios que la filosofía natural no puede alcanzar. Su ciencia, por lo tanto, no se ocupa del origen de los seres vivos sino de las leyes que los rigen.

Para Darwin, más importante que el concepto de totalidad integrada, es la universalidad de su teoría. Las especies, los géneros y las familias de seres orgánicos descienden de padres comunes y se han ido modificando a medida que se multiplicaban.

Otra sustancial diferencia entre el pensamiento de Humboldt y Darwin, es que Humboldt defiende la idea romántica de las formas ideales, mientras la teoría de Darwin está en contra de estas formas irreales.

Con respecto a la noción de forma, dentro del ambiente británico, Richard Owen, experto en anatomía comparada del Museo Británico, también atribuye el parecido de las estructuras de los distintos tipos de animales a las variaciones de un “arquetipo”, sin existencia real.

Darwin admira a Humboldt; ambos se embarcan en sendos viajes épicos durante cinco años; el primero a través del mundo y el segundo con Bonpland por las tres Américas, en este caso una aventura científica realizada por motivos románticos e individuales, que es posible gracias a la fortuna de Humboldt. Darwin en cambio, se embarca con el Capitán Fitz Roy, que necesita compañía para defenderse de su tendencia depresiva.

Los viajes de Humboldt y Darwin tienen lugar en distintos momentos históricos; Humboldt sale en 1799 y vuelve en 1804 y Darwin recién parte en 1831 y regresa en 1836.

Darwin siempre reconoció a Humboldt como una fuente de inspiración.

Fuente: Revista de Divulgación Científica “Ciencia Hoy”, editada por la Asociación Civil Ciencia Hoy, Argentina, octubre/noviembre 2009

http://filosofia.laguia2000.com/ciencia-y-filosofia/darwin-y-humboldt

Darwin como Geólogo

Darwin como Geólogo
Publicado por Malena el 19 de Noviembre de 2009

Darwin se interesa por las controversias que existen entre los geólogos de esa época; y los hallazgos que describe en sus diarios de viaje, tienen múltiples repercusiones en el mundo científico; confirmando el paradigma que sostiene que el pasado es la llave del futuro.

Uno de los enigmas que desvela a los geólogos del siglo XVIII es el origen de las enormes piedras erráticas diseminadas en las cuencas de los ríos, en los valles y en planicies alejadas de las cadenas montañosas, que presentan una composición diferente a las características de los lugares donde se encuentran.

Darwin observa en los canales fueguinos que los glaciares arrastran enormes bloques que quedan depositados en la desembocadura de los ríos, y de este modo descubre el posible mecanismo natural de su transporte.

Sus posteriores observaciones en la isla Chiloé, en Chile y en regiones del Norte de Gales apoyan esta hipótesis y lo ayudan a avanzar en la comprensión de estos fenómenos.

En el siglo XVII, la postura creacionista estima que la Tierra fue creada cuatro mil años antes de Cristo; pero los geólogos de ese momento no comparten este postulado, ya que la sola observación del espesor del sedimento depositado por los ríos permite calcularle fácilmente a la Tierra una antigüedad de varios centenares de millones de años.

La evolución de las especies también requiere mucho tiempo para desarrollarse y por esa razón contradice las ideas de la época sobre la edad de la Tierra.

Recién cuando se descubre la radiactividad se puede resolver esta cuestión, estimándose actualmente que la antigüedad de la Tierra asciende a 4500 millones de años, en base al análisis de los datos obtenidos del material proveniente de meteoritos, que coinciden con las muestras halladas en la Tierra y en la Luna y que armonizan con la teoría evolucionista de Darwin.

Las observaciones de Darwin echan luz sobre la formación de las montañas, el hundimiento de los lechos marinos y sobre la verdad del diluvio universal.

En esa época existen tres hipótesis sobre el problema de los bloques erráticos; una de ellas propone que habrían sido llevados por la fuerza del agua durante el diluvio universal; otra sostiene que son consecuencias de grandes catástrofes y la tercera, que son el resultado de un proceso gradual producido por fuerzas naturales que actúan durante mucho tiempo. Pero ninguna de estas hipótesis es correcta.

Darwin es testigo de varios fenómenos naturales que se producen en Chile durante su permanencia, como la erupción del volcán Osorno, temblores y deslizamientos de tierra de varios metros, y del dramático retiro del mar y el posterior tsunami que provoca en esa época, una devastación en la costa del pacífico.

Este científico puede asociar así la actividad volcánica con los terremotos y observar la presencia de fósiles de moluscos marinos a más de tres mil metros de altura, interpretando que se debe al ascenso hasta esa altura de los fondos marinos como consecuencia de los terremotos.

A través de la minuciosa observación de sus descubrimientos en el nuevo mundo, puede comprender el comportamiento de la gente de esos lugares y los cambios producidos en la región pampeana.

Son inspiradoras para Darwin las obras “Principles of Geology” de Charles Lyell (1797-1875) y “Theory of the Herat”, de James Hutton (1726-1797), quien apoya la idea de la existencia de un tiempo geológico que llama tiempo profundo y que cambia la idea existente sobre la creación de la Tierra basada en documentos sagrados, con la afirmación de Hutton sobre la falta de evidencias de que haya existido un inicio ni de que exista ninguna perspectiva de un final.

Darwin colecciona miles de muestras de rocas y de fósiles hallados durante sus cinco años de travesía en el Beagle, siendo la mayor parte de sus observaciones temas relacionados con la geología.

Fuente: Revista de Divulgación Científica y tecnológica de la Asociación Civil “Ciencia Hoy”, Argentina, 2009

La Teoria de la Evolución.Capitulo 1. Consideraciones previas

La Teoria de la Evolución.

Capitulo 1. Consideraciones previas

1.Una leyenda urbana sobre una supuesta conversión de Darwin a cristiano

Comenzamos este primer capítulo con una enseñanza apologética. La leyenda de la supuesta conversión de Darwin al Cristianismo, de la que no hay pruebas seguras.

a.Hay dos clases de leyendas.
1.La primera sería una historia que narra una experiencia personal que en realidad no ocurrió, que ha sido inventada.

2. La segunda clase de leyenda es la que realmente ocurrió, es decir una experiencia personal, pero que no puede ser verificada, ni tampoco puede ser desmentida.

Sucede que no hay testigos que la comprueben, ya sea personas, o material fílmico o grabado, que amerite una investigación subsiguiente.

Downhouse, la casa de Darwin, donde la señorita Esperanza se reunió con Darwin.

En el caso de la conversión de Darwin todo lo que tenemos es la palabra de una señora contra lo dicho por otros testigos más cercanos a Darwin que ella, y no existe en los testimonios ninguna evidencia interna o externa para analizar.

Desde el punto de vista apologético, que debe ser el de cualquier cristiano con discernimiento, ninguna de estas dos clases de leyendas merece ser tomada en serio. En otras palabras, no hay pruebas para respaldar la historia de esta persona, ni siquiera circunstanciales. No significa que la historia no sea verdad, sólo que no debemos perder el tiempo considerándola, porque en realidad es imposible verificarla o desmentirla.

b.Se convirtió Dawin en cristiano en el lecho de muerte?

….

Si le interesó el artículo y desea seguir  leyéndolo, puede ud. hacerlo aca…

Según las encuestas, Darwin no acaba de convencer

Según las encuestas, Darwin no acaba de convencer

4 febrero 2009 — Richard Dawkins, el defensor británico de Darwin, no está nada feliz por lo que respecta a la última encuesta en Gran Bretaña, con el resultado de que «Más de la mitad del público cree que la teoría de la evolución no puede explicar toda la complejidad de la vida en la tiera, y que un “diseñador” tiene que haber intervenido», según los diarios UK GuardianUK Telegraph. Dawkins dice que este resultado indica un índice preocupante de ignorancia científica entre los británicos. En palabras suyas, mucha parte de la población son unos «brutos ignorantes» acerca de la ciencia. Pero, ¿qué significa realmente esta encuesta?

En «El problema acerca de las encuestas sobre evolución» en Live Science, Robert Roy Britt decía que esta comunicación no debería preocupar tanto «a los que saben que la evolución es una teoría científica sólida». Observa él que sólo el 10% se adhieren al creacionismo bíblico y a una tierra reciente. Otro 12% se adhieren al diseño inteligente que, según Britt, «no es una teoría» (como la evolución, desde su punto de vista, sí lo es). Britt dice que esto significa que «sólo un 22 por ciento rechazan la evolución de forma directa». A partir de aquí, Britt pasa a analizar la forma en que se presentan las preguntas en las encuestas y las complejas interrelaciones entre ciencia y religión en las opiniones del público. También atribuía los resultados a la ignorancia acerca de lo que es la evolución. Dice él que «la teoría de la evolución es una de las teorías más bien respaldadas de la ciencia, y que los científicos y la mayoría de los enseñantes de ciencia creen que se debería enseñar en las clases de ciencia sin ideas religiosas como el creacionismo y el diseño inteligente».

Una interpretación diferente es la que daba el Dr. Michael Egnor en Evolution News, un blog sobre Diseño Inteligente del Instituto Discovery. Él observa que hay más personas que dudan del Darwinismo que las que asisten a la iglesia. El significado, para él, es evidente: «El apoyo al diseño inteligente se extiende mucho más allá del segmento de población tradicionalmente religioso». En América se da una proporción parecida. Además, observaba lo sorprendente que era esta encuesta en un país en el que Darwin vivió y escribió —el país que le honra como uno de sus más célebres hijos. «Después de generaciones de adoctrinamiento darwinista en las escuelas públicas, más de la mitad del público británico duda del darwinismo como explicación adecuada para la vida.»

Egnor se considera ofendido ante la arrogancia de Dawkins al calificar a sus conciudadanos como «brutos ignorantes».

www.sedin.org

Una sencilla explicación sobre la Teoría de la Evolución y la ética del científico.

Una sencilla explicación sobre la Teoría  de la Evolución y la ética del científico.

Dr. Manuel Carmona
Dr. Manuel Carmona

El Dr. Manuel Carmona, un científico español, me envió una explicación bien sencilla sobre la Teoria de la Evolución, y bien facil de entender.Aca la posteo, para que la puedan leer, analizar y asimilar sus sencillas enseñanzas:

Paulo, hay un error de concepto grave que muchas personas no quieren ver. Una cosa es la evolución y otra la TE.

La evolución es un fenómeno, y consiste en la variación de las especies a lo largo del tiempo. Muchos naturalistas vieron esto antes de Darwin, pero muchos no se atrevieron a contarlo por miedo a las reacciones religiosas.

Otro concepto es la TE, y ésta consiste en dar una explicación a la variación de los organismos. Por así decirlo es el mecanismo.

Lamarck expuso la primera teoría para explicar el transformismo, y posteriormente Darwin, Wallace y Tremoux describieron el concepto de la selección natural como motor evolutivo. La idea del ancestro común era anterior a Darwin, Linneo ya la apuntó para las plantas.

La selección natural no es más que un filtro, un tamiz. Son las condiciones ambientes. Aquellos que están bien adaptados a las condiciones ambientales que imperan cuando nace un individuo puede pasar sus genes a la descendencia. Aquellos organismos que están adaptados a muchas condiciones ambientales distintas tienen éxito para sobrevivir. Claro que lo contrario dice, que aquellos que no están preparados para esas condiciones ambientes fallecen. Eso es terrible y triste, pero la naturaleza funciona así. El león para vivir devora un antílope y no por ello lo llamamos asesino. Estos son los mecanismos por los que opera la naturaleza y los naturalista del siglo XIX (entre ellos Darwin) así la describieron.

Los humanos ya hemos escapado a la selección natural, gracias a nuestra civilización, a haber desarrollado medios para evitar que ésta opere sobre nosotros. El problema vino por parte de aquellos que tomaron el concepto de selección natural para su propio interés. Así un grupo de aristócratas y racistas ingleses (Galton a la cabeza) inventó el concepto de eugenesia para la mejora de la raza humana, al igual que ya se hacía con el ganado. La idea era descartar (esterilizar) a los “débiles”. Esta corriente filosófica caló en posteriores dictadores del siglo XX. Pero no sólo en ellos. El propio W.Churchill escribió a favor de la eugenesia.

Pero culpar de esto a Darwin es tan deshonesto como culpar a los padres de la estructura atómica de la materia de la bomba atómica. En malas manos cualquiere descubrimiento científico puede ser mal utilizado. ¿Podcemos culpar al que inventó el fuego de todos los incendios que ha habido?.

El concepto de base es
(i) no entender que los científicos estamos para describir la naturaleza. A algunos esto no les gusta, porque creen que cada descubrimiento les quita un trozo de parcela. Para mí eso implica que estas personas no saben lo que es Dios.
(ii) no asumir los beneficios que la ciencia supone para la sociedad y sólo prestan atención a los aspectos nocivos que también pueden derivarse de ellos.
(iii) los científicos somos personas, algunos hacen desarrollos que son útiles para la humanidad; otros desarrollan aplicaciones criminales. Me gustaría oir a ese pastor que también se opone al desarrollo de armas, de bombas atómicas, de bombas químicas o biológicas. Para hacer esto hacen falta científicos, sin ellos esto no sería posible. Somos muchos los científicos que formamos parte de cómites de ética y organizaciones contra el uso militar de los descubrimientos. Echamos de menos en estas organizaciones personas que no sean de ciencia, e incluso persona pertenecientes a confesiones religiosas. En esto se dejan oir poco.

Y Malthus, quien fue este economista?

Malthus escribió que los recursos del planeta son limitados. Si una población mantiene un gran crecimiento y los recursos son finitos, llegará el momento en el que no habrá recursos para todos. En ese momento se inicia una competencia por los recursos. Aquellos que estén mejor preparados para la competencia serán los que accedan a los recursos, el resto sucumbirá. Esta idea economista fue la que llevó a Darwin a pensar en la selección natural. Cuando la tasa de reproducción es elevada y los recursos escasos habrá competencia. Dado que ningún organismo es igual a otro, sino que existe variabilidad, aquellos que mejor accedan a los recursos podrán pasar sus genes a la siguiente generación.

No sé si te he contestado a tus dudas. Si no es así ya me comentarás más inquietudes.

Un abrazo
Manuel Carmona

Vaz de Soto poeta y cientifista: “Después de Darwin ya no hay misterios”

sábado 10 de enero de 2009

Vaz de Soto poeta y cientifista: “Después de Darwin ya no hay misterios”

“Para mí, entre los hombres de ciencia, es Darwin la figura más trascendental en la historia del saber humano. Copérnico y Galileo son buenos alumnos de primaria y Newton el primero de la clase en secundaria. Marx y Freud son ya universitarios brillantes pero un tanto especulativos y no muy fuertes en ciencias naturales. Darwin es el perfecto bachiller, plan antiguo, sobresaliente en todas las asignaturas y matrícula de honor en biología. Las consecuencias de sus descubrimientos han sido transcendentes en todos los dominios del saber humano. Después de él, ya no hay misterios, o sólo el misterio último e insoluble de la vida y la muerte de la conciencia individual.” Jose María Vaz de Soto, el Mundo Andalucía 10-1-2009

 

Vaz de Soto, un iluminado columnista deel Mundo Andalucía, nombra a Darwin el científico más importante de historia, por encima de Copérnico, Galileo y Newton, y también de Marx y Freud, a los que este sujeto considera enormes científicos aunque un poco especulativos.

Vaz de Soto, es de los buenos fanáticos sin fisuras, de los que afirman literalmente que después de Darwin ‘ya no hay misterios’.

¿Y la aparición como hongos en otoño de incontables replicadores, lerdos robots que predican la buena nueva de la desaparición de todos los misterios, no es un misterio en sí misma?

“[La teoría de Darwin] de que la selección natural hace prevalecer, entre las mutaciones genéticas -nada de “diseño inteligente”, puro azar-, las que se adaptan mejor al medio, no sólo es correcta, sino que ha sido mil veces confirmada por las distintas ramas de la investigación.”

 

Vaz de Soto en un ignorante enciclopédico.

 

Estos sujetos son capaces de comprender doctrinas de esquemas simples como el marxismo o el darwinismo, y al encendérsele la lucecita quieren hacer participes al resto de la humanidad de la buena nueva.

Naturalmente la doctrina está absolutamente demostrada por mil o un millón de verificaciones independientes.

Estos pejes seguramente no hayan oído hablar de la Explosión Cámbrica dónde aparecen todos los phyla animales en un instante geológico, sin fósiles divergentes anteriores. Darwin afirmaba Natura non facit saltum, asi que un triple salto mortal como este dificilmente casa con la teoría del sabio de Down House.

Pero aunque hubieran oído hablar de la explosión cámbrica y comprendieran sus implicaciones, tampoco pasaría nada. El darwinismo es una creencia irracional y para los darwinistas cualquier dato o su contrario confirma la teoría cien o mil veces, según convenga sin exagerar.

La información genética aparece en enormes bloques previos a la evolución para ser utilizados en un remoto futuro. Esto también confirma cien o mil veces el proceso darwiniano.

FUENTE: http://evolucion-y-darwinismo.blogspot.com/2009/01/vaz-de-soto-poeta-y-cientifista-despues.html

Hey Charly!

Hey Charly!

La música también rinde homenaje al padre de la teoría de la evolución

ELizbeth Hernández
El Universal
Ciudad de México Miércoles 11 de febrero de 2009
14:45

Al pequeño Charles le gustaba mirar escarabajos, moscas y  gusanos. Quizá la manera peculiar de moverse de éstos insectos lo tenía cautivado, por qué no,  si simbolizaban vida en pequeños cuerpos duros y viscosos. ¿Hablaría con alguno de ellos? ¿Le habrán contado historias? No lo sabemos

Lo que sí sabemos es que cuando el niño Darwin creció seguía buscando cambio, tal vez por eso se aburría  en sus clases de medicina en Edimburgo. Poco después lllegó el movimiento que lo condujo hasta la isla Galápagos…

“I think” (pienso) anotó Charles Darwin años antes de poder presentar su teoría “El origen de las especies”  el 24 noviembre de 1859. Entonces, el hombre que buscó entender el origen conmocionó a otros hombres y mujeres que se resistían (algunos aún lo hacen) a ver su parentesco con los monos.

Así, el pequeño Charles, el mismo que jugaba con insectos marcó su paso por el mundo. Para muestra basta ver la celebración por los 200 años de su nacimiento este 12 de febrero: exposiciones, foros, artículos y reseñas que recuerdan su obra.

La música no se queda atrás,  encontramos la canción  Hey Charly!, compuesta e incluída originalmente en un albúm único lanzado en 1991 por los hermanos Rob y Ferdi Bolland  de título Darwin (Evolution) en una versión interpretada por Suzi Quatro.

Los hermanos Bolland mezclaron su estilo ecléctico de prog-rock, rock balladry y electro pop para crear el albúm del cuál es practicamente imposible conseguir una copia, incluso entre la comunidad bloguera circula la petición para que sea vendida una edición especial por  el 200 aniversario del natalicio de tan importante persona.

Resulta que los Bolland juntaron, además de Suzi Quatro, a músicos como: la banda de rock británica Barclay James Harvest, quienes interpretan Stand Up;  Colin Blunstone -ex-The Zombies, que canta una canción de amor a la esposa de Charles,  Emma-  y  se incluye música chill out con un doblado evolutivo en dos pistas de la futura que llevan por nombre: El Beagle y Origen de las Especies.

Más videos sobre Darwin:


Además de Hey Charly, en You Tube están los videos: Happy 200th Birthday, Charles Darwin, un clip para recordar al célebre naturalista, que incluye opiniones sobre su teoría e importancia para el estudio de la especie humana, y The young Charles Darwin, un fragmento de la vida infante de Darwin que se extiende a su viaje a la isla Galápagos.

Happy 200th Birthday, Charles Darwin

The young Charles Darwin

El verdugo de la creación Divina

BICENTENARIO DEL NACIMIENTO DE CHARLES DARWIN

El verdugo de la creación Divina

El padre de la biología moderna enfrentó varias críticas por considerar que el hombre desciende del mono y no que es fruto de la imagen de Dios.


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El científico británico Charles Darwin, figura capital del pensamiento moderno, representa como pocos el antagonismo entre religión y ciencia.

Muchos religiosos se irritaron ante las ideas de Darwin, conocido como el científico que descubrió que el hombre desciende del mono, en contraposición a la versión bíblica que dice que Dios lo hizo a su imagen y semejanza a partir de un puñado de arcilla.

El científico británico, que nació hace 200 años, consideraba que no hay un escalón insalvable entre humanos y animales. Sostenía que todos procedemos del mismo tronco de la existencia, evolucionando a través de mutaciones que crearon nuevas especies y que condujeron a la extinción a otras en un proceso de cientos de millones de años.

Según la teoría de Darwin, la vida ha evolucionado a través de la selección natural. Para explicar este mecanismo selectivo, detalla en su popular libro “El origen de las especies” que “el medio ambiente no admite a todos los miembros de una población en crecimiento. Entonces aquellos miembros de la población con características menos adaptadas morirán con mayor probabilidad. Aquellos miembros con características mejor adaptadas sobrevivirán más probablemente”.

El principal artífice de la teoría de la evolución por selección natural estudió para ser clérigo. Por irónico que parezca, Darwin fue y es aun cuestionado porque atribuyó a la naturaleza facultades que muchos consideran exclusivamente divinas.

Nacido en Shrewsbury en el seno de una familia acomodada, Darwin manifestó desde pequeño gran interés por las ciencias naturales. En 1825, siguiendo los pasos de su padre y abuelo, comenzó a estudiar para médico, pero a los dos años lo dejó y a propuesta de su padre decidió estudiar para ser ministro de la Iglesia de Inglaterra.

Comenzó a asistir voluntariamente a las clases del botánico John Henslow, el cual fue una figura decisiva para que llegase a ser quien fue y no un clérigo rural como quería su padre.

Gracias a Henslow, Darwin tuvo a los 22 años la oportunidad de integrarse como naturalista sin paga a la expedición comandada por el capitán Robert Fitzroy a bordo del “HMS Beagle”. El barco zarpó en 1831 y regresó a Inglaterra en 1836.

En ese periplo, Darwin conoció Cabo Verde, las costas de América del Sur (Argentina incluida), las islas Galápagos, Australia y Sudáfrica, entre otros lugares, y comenzó su “segunda vida”, como él mismo la definió, dedicada a la ciencia.

A su regreso a Inglaterra, ya merodeaban en su cabeza algunas de las ideas que años más tarde plasmó en “El origen de las especies” (1859), que le daría fama universal.

Durante varios años se abstuvo de escribir ni siquiera un esbozo. Se cree que por miedo al escándalo, aunque hay también que lo atribuyen a que no quería herir los sentimientos de su esposa, que era una cristiana devota.

En 1859 se publicó “El origen de las especies” y al año siguiente se instaló en plena campiña inglesa, donde nacieron la mayoría de sus diez hijos, de los cuales sólo siete llegaron a la edad adulta.

Tras su muerte en 1882, Lady Elizabeth Reid Hope, una evangelizadora cristiana, afirmó que estuvo con Darwin poco antes de su muerte y que éste estaba arrepentido de sus teorías y reconocía a Jesucristo como el salvador de la humanidad, pero su familia lo negó.

Fuente: http://www.diariodecuyo.com.ar/home/new_noticia.php?noticia_id=327541

Así nos crearon

Así nos crearon

Este es un articulo de la revista MuyInteresante, con fecha Miércoles, 01 de Diciembre de 2004. No necesariamente debo estar de acuero con el contenido de la informacion de la revista ni la opinion del autor del artículo, Enrique M. Coperías

Así nos crearon

¿Somos los seres vivos producto de la evolución o de una intervención divina? Las nuevas corrientes creacionistas dicen que la Teoría de la Evolución es una patraña que debería retirarse de las escuelas.

La cruzada contra Darwin va viento en popa. Amparadas por unos supuestos argumentos científicos, las nuevas generaciones de creacionistas intentan dinamitar los cimientos de la Teoría de la Evolución para imponer lo que han bautizado como ciencia de la creación, que explica las adaptaciones y la diversidad de los organismos terrestres mediante una intervención de un Creador sabio. Principalmente en Estados Unidos y Australia, aunque también en Brasil, Italia, Turquía y otros países desarrollados, los antievolucionistas tratan de sembrar en la opinión pública dudas sobre la validez científica de la evolución, de hacer creer que la creación divina es una teoría alternativa a la planteada por Darwin y que, por consiguiente, debe ser explicada en las clases de ciencias e incluida en los libros de texto; y de pleitear en los tribunales para que el Gobierno imponga a los maestros de ciencias de las escuelas públicas la enseñanza de los nuevos postulados creacionistas.

El analfabetismo alcanza la universidad

En los últimos años, el movimiento creacionista ha librado campañas tan agresivas contra la evolución que a las universidades de EE UU les preocupa el creciente analfabetismo científico que impera en el país: cada año aumenta el número de estudiantes que cree que “la comunidad científica está dividida sobre la evolución” y que la “evolución es una teoría sin verificar”. Desde la comunidad científica se advierte que la ciencia de la creación es, en realidad, una pseudociencia, que la evidencia científica de la evolución es sólida como el granito y que los antievolucionistas desprecian y manipulan los métodos científicos y los debates entre investigadores para defender sus principios religiosos y aspiraciones políticas. “El ascenso del creacionismo no es más que, pura y simplemente, política; representa un punto –y no mucho menos la principal preocupación– de la resurgente derecha evangélica”, advirtió el recientemente fallecido Stephen Jay Gould en Dientes de gallina y dedos de caballo (1984).

Los estadounidenses están a favor del creacionismo

Pero el aviso de los científicos queda ensordecido ante la propaganda de los creacionistas que, sin duda alguna, han logrado sembrar la confusión en quienes no tienen claro qué dice y qué representa la teoría de la evolución. La mayoría de la gente cree en algún mito o superstición en torno a la aparición de la vida. Así lo constata una encuesta realizada en 2001 por The Gallup, una organización que desde hace 70 años estudia la naturaleza y el comportamiento humanos. En ella puede leerse que casi la mitad de los estadounidenses cree en el creacionismo. El 45 por 100 de los encuestados piensa que Dios creó el ser humano hace no más de 10.000 años, una idea muy próxima a las tesis creacionistas. Y aunque casi la otra mitad acepta que nuestra especie es el resultado de un proceso evolutivo que se dilató durante millones de años, el 37 por 100 de las personas de este grupo está convencido de que el dedo divino intervino en algún momento. La encuesta también dejó claro que hay más estadounidenses que creen en Satanás que en la evolución. Ciertamente, diabólico. Hay una gran cantidad de pruebas que atestiguan que el planeta azul ha tenido una dilatada existencia, y que todas las criaturas, incluidos los humanos, han aparecido de formas más primitivas en el curso de la historia terrestre. Esto significa que todas las especies proceden de otras especies y, por tanto, que todas ellas albergan antepasados comunes en un pasado lejano. Para los científicos, el hilo conductor que une las formas de vida, actuales o fósiles, es la evolución.

La manera en que opera este maravilloso proceso de cambio en el tiempo la explicó hace 146 años Charles Darwin en su obra El origen de las especies. Según el padre de la teoría de la evolución, en cualquier población de individuos existen variaciones entre cada uno de ellos, y algunas de estas diferencias pueden ser heredadas. La interacción de estas variaciones personales con el ambiente juegan un papel trascendental para determinar cuáles serán los individuos que sobrevivirán y se reproducirán, y cuáles no lo harán. Si esto ocurre, algunas variaciones capacitan a ciertos individuos a vivir más y a dejar mayor descendencia que otros. Darwin llamó a estas variaciones favorables y argumentó que las variaciones hereditarias positivas tendían a ser más frecuentes de una generación a otra. Este proceso por el que la naturaleza elige los supervivientes lo denominó selección natural. Es el motor de la evolución. Dado un tiempo suficiente, la selección natural puede producir una acumulación de cambios que hagan diferenciar dos organismos entre sí, hasta convertirse en especies diferentes e incompatibles desde el plano reproductivo. Como no podía ser de otra manera, el Origen de las especies irrumpió en el mundo teológico como un arado en un termitero, pues ponía en solfa la historia de los orígenes de la vida que relata el Génesis de la Biblia. La obra darwinista, al interponer la selección natural a la Mente Creadora, fue tachada de “una enorme impostura” y “una tentativa para destronar a Dios”.

La Iglesia considera la Biblia como alegórica

La Iglesia católica no puso sus miras en la delación, sino que estableció organizaciones científico-religiosas para combatir estas ideas. Los protestantes siguieron sus pasos y la Sociedad para la Promoción de los Conocimientos Cristianos editó un libro en el que se declaraba la evolución “abiertamente opuesta a la doctrina fundamental de la Creación”. Cuando Darwin publicó en 1871 su Origen del Hombre, estalló otra vez la batahola. Hasta el crítico del Times condenó el libro como “una hipótesis completamente insostenible”.

Sin embargo, la Iglesia, desbordada por las evidencias científicas a favor de la teoría de la evolución, empezó a admitir gradualmente que el darwinismo quizá no era incompatible con la creencia religiosa. En la encíclica Humani Generis, publicada en 1950, Pío XII admitía de mala gana la evolución como hipótesis legítima que consideraba tentativamente apoyada y potencialmente incierta. Pero casi medio siglo después, en 1996, el papa Juan Pablo II emitió un comunicado en el que invitaba a los cristianos a que consideraran el proceso evolutivo como un hecho efectivamente probado. A pesar de que la mayor parte de la jerarquía católica considera la Biblia como alegórica, existen diversas sectas protestantes y algunas católicas que mantienen un creacionismo tan pretendidamente científico como literalista, esto es, admiten al pie de la letra relatos como el de Adán y Eva, el Arca de Noé y el Diluvio Universal. Se trata de una creencia que hoy en día es marginal entre las principales religiones occidentales, y de una doctrina que, como ya señaló Gould en su obra de 2000 Ciencia versus religión, “sólo está bien desarrollada en el contexto distintivamente norteamericano del pluralismo de la Iglesia protestante. Ésta se ha diversificado en un rango de sectas único por su riqueza, que abarca toda la gama de formas concebidas de adoración y credo”.

Con el pastel de manzana y el Tío Sam

En palabras de este eminente paleontólogo, la controversia del creacionismo es tan estadounidense como el pastel de manzana y el Tío Sam. De hecho, ha sido en este país donde se ha atacado con más fiereza el darwinismo. Primero lo intentaron con la Biblia y versiones de ésta, como la que publicó en 1909 Cyrus Scofield para popularizar la idea del doctor inglés Thomas Chalmers de que existe una gran brecha temporal entre los versículos 1 y 2 del primer capítulo del Génesis, dejando así todo el tiempo necesario que requerían las ciencias de la Tierra entre un primer acto de creación y destrucción, y una segunda creación. Hoy, el grupo creacionista Tierra Vieja incluye en sus postulados esta trasnochada “solución creativa”. Otras facciones antievolucionistas optaron por ridiculizar a Darwin con argumentos aparentemente sólidos de la geología y la paleontología. El primero en intentarlo fue George McCreay Price, adventista del Séptimo Día, pero fue tachado de ignorante por la comunidad científica. Aún así, el movimiento fundamentalista se movilizó con gran éxito, sobre todo después de obtener el respaldo político del candidato presidencial y charlatán preeminente William Jenning Bryan.

A su amparo, los antievolucionistas lograron en los primeros años de la década de 1920 que 37 estados aprobaran decretos para prohibir la enseñanza de la evolución en las escuelas públicas. Ésto dio lugar en 1925 al famoso Juicio del mono en Tennessee, que condenó a un profesor llamado John Thomas Scopes por enseñar la teoría de la evolución. La condena fue revocada, pero no porque los científicos lograran desacreditar a los antievolucionistas, sino sobre la base de un tecnicismo que impidió, como hubiesen deseado los liberales norteamericanos, poner a prueba la inconstitucionalidad de la Ley de Tennessee, que declaraba que era un crimen enseñar “que el hombre descendía de un orden inferior de los animales”.

Nacen las asociaciones antievolucionistas

Así nos crearon
QUIEREN DESUNIR NUESTRA FAMILIA

En su libro El triunfo de la evolución y el fallo del creacionismo, Niles Eldredge califica de patética la postura de los creacionistas ante la evidencia fósil de la evolución humana. Los antievolucionistas sostienen que los fósiles de los primeros homínidos, como los de los australopitecos, que vivieron hace unos 4 millones de años, pertenecen a meros monos extinguidos. Tampoco aceptan las formas intermedias entre estos homínidos y el hombre actual, como el Homo habilis, el Homo ergaster y el Homo erectus; y dicen que los fósiles que se parecen al hombre moderno no tienen la antigüedad confirmada de 100.000 años.

A pesar de todo, la derrota en el juicio de Scopes empujó a los creacionistas a cambiar de estrategia. Su nuevo objetivo estaba ahora en difundir sus postulados en los medios de comunicación y crear sus propios institutos bíblicos para exponer al público las tesis creacionistas. De este modo, nacieron numerosas asociaciones antievolucionistas a lo largo y ancho del país que estudiaban las pruebas científicas sobre los orígenes utilizando a la vez la ciencia y la revelación. En un alarde de pirueta mental, los creacionistas empezaron a presentar la creación como una teoría científica alternativa a la evolución. Se aferraron a ella como a una tabla de salvación, sobre todo después de la abolición de las leyes antievolucionistas que, dicho sea de paso, violaban flagrantemente la Primera Enmienda de la Constitución estadounidense, aprobada en 1791, que señala que “el Congreso no deberá promulgar ninguna ley que esté encaminada a imponer una religión o que prohíba profesar libremente una religión.”

A la cabeza del incipiente creacionismo científico se situaron el profesor de ingeniería hidráulica Henry M. Morris y el bioquímico Duane Gish, fundadores en 1970 del Institute for Creation Research (ICR), de San Diego. Sus miembros se hacen llamarcreacionistas de Tierra Joveny son los que han lanzado campañas para integrarse en las juntas escolares, para presionar a los tribunales con el fin de incorporar la ciencia creacionista en las escuelas públicas de estados como Luisiana, Arkansas y Ohio; y para difamar a los darwinistas.

Cómo hicieron el ridículo en los tribunales

En las dos décadas pasadas, los creacionistas de Tierra Joven lograron ciertos éxitos, pero también sufrieron importantes descalabros en varios pleitos destacados, como el caso de 1982 conocido como McLean et al vs. Arkansas Board of Education, donde premios Nobel, evolucionistas, filósofos y teólogos prestigiosos dejaron en evidencia el sesgo acientífico de sus tesis creacionistas y la imposibilidad de equiparar en los colegios la ciencia de la creación con la teoría de la evolución. Los antidarwinistas también tuvieron que morderse la lengua en el caso Edwards vs. Aguillard de Louisiana, en 1987, cuando la Corte Suprema declaró que era inconstitucional ordenar la enseñanza de la ciencia antievolucionista en las clases de ciencia.

A pesar de los reveses, los creacionistas que creen lo que pone en la Biblia al pie de la letra no han tirado la toalla y siguen sembrado la confusión desde sus instituciones de investigación, museos, páginas de internet, libros y panfletos. Su eslogan favorito es insistir en que “la teoría de la evolución es incorrecta” y que “tienen pruebas científicas para rebatirla”. Mienten descaradamente cuando dicen que la teoría de Darwin está en crisis en la comunidad científica, pero aún así recogen sus frutos envenenados. De hecho, el presidente Reagan se hizo eco de esta propaganda ante un grupo de evangélicos de Dallas cuando manifestó, al referirse a la evolución que “bueno, es una teoría. Es sólo una teoría científica y en los últimos años ha sido puesta en tela de juicio en el mundo de la ciencia; esto es, la comunidad científica ya no piensa que sea tan infalible.” Incluso, el reelegido presidente George W. Bush y miembros de peso del Gobierno como John Ashcroft –secretario de Justicia– y Tom Delay –líder de los congresistas republicanos– se jactan abiertamente de ser creacionistas.

Constituye la teoría más documentada de la ciencia

Es cierto que la evolución es una teoría, la más documentada de toda la ciencia. Aunque ha pasado más de un siglo desde la publicación del Origen de las especies, el concepto original de Darwin constituye todavía el marco global de compromiso del proceso evolutivo. Todo lo que se ha descubierto desde entonces ha confirmado y reforzado lo correcto de la teoría darwiniana. “Los avances de la genética y de la biología molecular han proporcionado un cuerpo sólido a las nociones vagas de herencia y variabilidad con que él y sus contemporáneos tenían que contentarse. Actualmente, hablamos en términos de replicación y de mutaciones del ADN, y comprendemos los mecanismos que hay implicados. El resultado es lo que a veces se denomina lateoría de la evolución sintética o neodarwiniana”, explica el premio Nobel de medicina Christian de Duve en su libro La vida en evolución.

La mayoría de los científicos está en completa sintonía con los hechos y mecanismos básicos de la evolución, como por ejemplo que la vida terrestre lleva evolucionando desde hace unos 3.500 millones de años y que sigue haciéndolo en la actualidad, que la selección natural es un mecanismo central con que opera el cambio evolutivo a lo largo de múltiples generaciones, que todas las especies están emparentadas porque descienden de antepasados comunes desde las primeras formas de vida y que el hombre es una especie única descendiente de una larga serie de primates bípedos. Como sucede en cualquier otro campo de la ciencia, los científicos debaten la teoría darwiniana para profundizar en los mecanismos y los procesos evolutivos que han diversificado la vida terrestre. Por ejemplo, mientras que ningún biólogo cuestiona la importancia de la selección natural, muchos dudan de su ubicuidad. En efecto, hay evolucionistas que argumentan que existen cantidades sustanciales de cambio genético que pueden no estar sometidas a la selección natural y que pueden extenderse al azar a través de las poblaciones. Otros expertos dudan de la ligazón que Darwin estableció entre la selección natural y el cambio imperceptible, a través de todos los grados intermedios. Éstos arguyen que la mayor parte de los sucesos evolutivos pueden acontecer mucho más deprisa de lo que suponía el padre de la evolución.

Ahora bien, ningún científico duda de que la evolución por selección natural darwiniana no sucedió o de que no es un mecanismo clave y actual de la evolución viviente. Pero estos necesarios, saludables y no menos apasionantes debates científicos son pervertidos y caricaturizados por los creacionistas. Ésta es su táctica favorita, tergiversar lo que dicen y publican los científicos serios para que parezca que la teoría de la evolución tiene los pies de barro. Sobran los ejemplos de esta vil manipulación: hace unos años, Stephen Jay Gould y Niles Eldredge observaron que las grandes líneas evolutivas a menudo aparecen súbitamente en el registro fósil y propusieron que el cambio evolutivo a gran escala se desenvuelve posiblemente de forma gradual en unas épocas geológicas, mientras que lo hace más rápidamente en otras. Este modelo, que se conoce como equilibrio puntuado, contrastaba con la hipótesis de que la evolución era un proceso gradual y lento. Pues bien, a pesar de que Gould y Eldredge no cuestionaron los principios básicos constatados de la evolución darwiniana, los creacionistas no tardaron en difundir un panfleto con el siguiente titular: “Científicos de Harvard afirman que la evolución es una patraña”.

Unas biomoléculas que juegan a crear vida

Y hace poco, los antievolucionistas pusieron el grito en el cielo porque en la serie de televisión Evolution no se hacía mención de la investigación de Stuart Kauffman, bioquímico de la Universidad de Pennsylvania que investiga cómo los sistemas biológicos complejos se pueden autoorganizar a partir de componentes sencillos. Algunos creacionistas sugieren que este don molecular representa una alternativa a la selección natural, con lo que dan a entender que Kauffman cree que la selección natural no es válida y que, por ende, probablemente está en sintonía con los antievolucionistas. Nada más lejos de la realidad, puesto que el trabajo de este investigador muestra que es altamente probable que las primeras formas de vida –organismos autorreplicantes– surgieran por cuenta propia de la que se conoce como sopa primordial. Pero este dato anticreacionista no tienen ningún interés en divulgarlo los conspiradores de Darwin.

Al frente de los críticos a Evolution se halla Michael J. Behe, bioquímico de la Universidad de Pennsylvania y uno de los principales ideólogos de una nueva e influyente estirpe creacionista bautizada como diseño inteligente (DI). La vanguardia de este movimiento se atrinchera en el Centro para la Renovación de la Ciencia y la Cultura del Instituto Discovery, en Seattle. El núcleo ideológico de esta corriente neocreacionista está integrado por biólogos, bioquímicos, químicos, físicos, filósofos e historiadores de diferentes creencias religiosas: católicos, protestantes, judíos, ortodoxos, agnósticos… No les gusta que les llamen creacionistas, nunca ponen la Biblia como respuesta y a su Diseñador divino no le llaman Dios. La novedad en su estrategia antievolucionista está en argumentar en lenguaje científico por qué los procesos de la naturaleza no pueden explicarse en términos evolutivos y sí, si se introduce la figura de un diseñador inteligente que, dicho de paso, podría ser incluso de origen extraterrestre. Para ello, no escatiman medios económicos y se desenvuelven en el mundo mediático con una soltura inquietante. Sus elaboradas argumentaciones científicas, que en realidad no lo son, difícilmente pueden ser rebatidas por los no duchos en evolución, bilogía y matemáticas. De hecho, el pasado mes de septiembre, los científicos no daban crédito al comprobar que uno de los miembros de ID, Stephen Meyer, había colado uno de sus artículos antievolucionistas en la revista Proceedings of the Biological Society of Washington. Los biólogos serios advierten que el diseño inteligente no es más que un movimiento sociopolítico de cristianos conservadores cuyos representantes ignoran o malinterpretan, a veces intencionadamente, la ciencia de la evolución.

La prueba concluyente está en la coagulación

Sus argumentaciones antievolucionistas han sido sistemáticamente rebatidas, pero los ID hacen oídos sordos y denuncian la intransigencia de la ciencia oficial. Por ejemplo, uno de sus pilares antievolucionistas se centra en la idea de la complejidad irreductible de los sistemas naturales propuesta por Behe. Según éste, existen sistemas altamente complejos a nivel molecular, como el flagelo de las bacterias y el mecanismo de coagulación sanguínea, que es imposible que hayan evolucionado por su cuenta, lo que en sí son evidencia de diseño. Y William A. Dembski, matemático de la Universidad de Baylor y defensor del diseño inteligente, invoca que la biodiversidad no se explica por el azar evolutivo –la evolución, para empezar, no es un proceso enteramente aleatorio, según los científicos– y sostiene que “la acción de la inteligencia creadora deja tras de sí una seña o evidencia característica que se puede filtrar y detectar”. Estas ideas están siendo escuchadas en varios círculos políticos y educativos de al menos 37 estados de EE UU. El panorama no resulta nada alentador.

Enrique M. Coperías | MuyInteresante.es

La forma de la Tierra

La forma de la Tierra

Dicen que no hay peor sordo que el que no quiere oir.

A veces ocurre que hablas con alguien que sostiene opiniones totalmente ridículas y absurdas , y te ves tentado a discutir con él, a explicarle su error.

En mi opinión, mormalmente, suele ser una mala idea. Si alguien no ve lo evidente, es que no quiere ver lo evidente. Permíteme que ilustre esto con un ejemplo.

El desafío

Sitúate mentalmente en el año 1870.

Inglaterra era la mayor potencia marítima y sus barcos circunavegaban el planeta de modo regular, tarea que había facilitado bastante la reciente apertura del canal de Suez. Jules Verne hacía poco que había publicado sus 20.000 leguas de viaje submarino.

Pese a la fidelidad de los ingleses a su viejo sistema de medidas, hacía ya casi cién años que se había definido al metro como la diezmillonésima parte de un cuadrante de un meridiano de la Tierra.

Lo último que esperaría nadie razonable es que, en ese año, el periódico inglés “The Field” publicase un par de cartas en las que un hombre llamado Jhon Hampden ofrecía un premio de 500 Libras esterlinas (un buén dinero) a quén fuese capaz de demostrar que la tierra no era plana.

Sí, has leído bién.

Hampden afirmaba que la tierra era plana como una mesa, y que nadie sería capaz de demostrar lo contrario y embolsarse el premio.

Hampden no era un fanático solitario salido de ninguna parte. Contaba con el apoyo de una especie de sociedad astronómica llamada “Sociedad Universal Zetética”.

En 1849, y bajo el pseudónimo de “Parallax”, Samuel Birley Rowbotham había escrito un pequeño libro de dieciseis páginas titulado, al ampuloso y grandilocuente modo de la época “Zetetic Astronomy: A Description of Several Experiments which Prove that the Surface of the Sea is a Perfect Plane and that the Earth is Not a Globe!” (Astronimía Zetética: Una descripción de varios experimentos que prueban que la superficie del mar es un plano perfecto y que la tierra no es un globo!)

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El panfleto, en ediciones posteriores, crecería hasta tener casi 450 páginas, se basaba en argumentos bíblicos, teológicos y geométricos (todos ellos bastante discutibles) con los que Samuel Birley Rowbotha pretendía demostrar que la tierra no era una esfera, sino plana, con el polo norte en el centro y el “polo sur” como una inmensa barrera de hielo rodeando la tierra. Para promover esos planteamientos, fundo la “Sociedad Universal Zetética”, que, con lecturas públicas de su panfleto pretendía dar a conocer a sus ideas y convencer a los incrédulos.

Podrías pensar que, dado lo ridículo de la propuesta, nadie digno de mención tomó el guante del desafío. Pero, si así hubiese sido, este post quedaría bastante deslucido.

Nada menos que Alfred Russel Wallace, el hombre que que descubrió la misma teoría de la evolución que Darwin de forma independiente, que era un más que competente geólogo, biólogo y geógrafo (En aquellos tiempos, a eso se le llamaba “Naturalista”) y que había pasado años en las antípodas cuya posibilidad física negaba Hampden.

Wallace no era muy amigo de meterse en esos berengenales pero, pese a la ayuda económica que había conseguido gracias a su amigo Darwin, no era un tipo demasiado adinerado, y las 500 Libras de la apuesta le vendrían pero que muy bién.

Se había lanzado un desafío y alguien lo había aceptado. Faltaba determinar un lugar para el “duelo”, pactar unas normas, y elegir unos “padrinos”.

El lugar

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El Old Bedford River es, en ralidad, un canal artifical construído dentro de un sistema mayor para drenar una zona pantanosa de los condados de Cambridgeshire, Lincolnshire y Norfolk, al este de Inglaterra.

Su trazado recto y su cauce lento y tranquilo lo hacían perfecto para el experimento, que estaba basado en uno descrito en el libro de Samuel Birley Rowbotham, y que consistió en lo siguiente:

El experimento

Sobre uno de los puentes del Old Bedford River, y a una altura cuidadosamente medida sobre la superficie del agua (13 pies y cuatro pulgadas, unos 4.06 metros) se colocaba un “blanco”. A seis millas de distancia (unos 9.66 km), y a la misma altura, se situaba un telescopio apuntando a ese blanco. Justo a mitad de camino y a la misma altura estaba situada una “diana”.

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Como puedes ver en el precioso gráfico de arriba (creado a partir de una ilustración original del libro de Birley), si la tierra resultaba ser plana, las dos marcas y el telescopio deberían estar alineadas (y, desde este, la más cercana taparía la visión de la del puente). Si la superficie de la tierra era efectivamente curva, la diana central debería aparecer, vista desde el telescopio, más alta que la del puente.

Cinco caballeros ingleses

El 5 de Marzo de 1870 se reunieron junto al Old Bedford River los caballeros John Hampden, Alfred Wallace, William Carpenter (testigo por parte de Hampden), M. W. B. Coulcher (testigo por parte de Wallace) y J. H. Walsh, editor del periódico “The Field” y árbitro acordado para el desafío.

El experimento, en la práctica, no es tan fácil como en la teoría. Para evitar susceptibilidades, hay que ser extremadamente cuidadoso en las mediciones de las alturas y posiciones de las dianas y el telescopio. Hay que tener suerte con las condiciones de visibilidad, y tener en cuenta cosas tales como la refracción de la luz causada por la atmósfera, que es notable en una distancia de seis millas, y varía según la hora del día y las condiciones atmotsféricas.

En cualquier caso, la imagen debe haber sido memorable: Cinco caballeros victorianos elegantemente vestidos, en medio de la campiña inglesa, mirando por un telescopio al horizonte y discutiendo sobre distancias, geometría y refracción.

El veredicto del telescopio

El resultado del experiemento fué el predecible: La diana central apareciá elevada sobre la visual telescopio-puente unos cinco pies y medio (1.68 m.), dándole la razón a Wallace.

Un cálculo aproximado de trigonometría de escolares, tomando un radio terrestre de 6371 km. y una distacia entre cada marca de 4.828 km. me ha dado que la marca central debería haber aparecido a 1.83 m. sobre la visual. Dadas las circunstancias, me parece un resultado bastante bueno.

Walsh determinó que que la curvatura terrestre estaba demostrada, y entregó el dinero a Wallace, el ganador.

Si esto fuera un guión cimematográfico, la cosa acabaría más o menos aquí. Wallace se va con su premio a casa henchido de orgullo y Hampden se marcha algo cabreado (quizás mordiendo el ala de su sombrero), pero algo menos terraplanista que antes.

Los problemas

Pero la vida real es algo más retorcida que las películas.

Durante los años siguientes, un furioso Hampden acosaría a Wallace y su familia a través de todos los medios, incluídos los legales, acusandole de hacer trampas.

En 1976 la cosa acabó en los tribunales que, sin querer enfangarse en asuntos como la forma de la tierra o la veracidad del experimento y sus resultados, determinaron que los desafíos de ese estilo no tenían validez legal.

Pero esto no calmó a Hampden, que siguió acusando y amenazando a Wallace, y pasó varias veces por los tribunales, y por prisón, acusado por difamación.

Al parecer, Alfred Russel Wallace se arrepintió durante el resto de su vida de haber participado en el experimento del Old Bedford River.

Sociedad Internacional Tierra Plana

Quizás te preguntes qué pasó con los terraplanistas.

Contra todo pronóstico Universal Zetetic Society continuó sin cambios hasta el año 1956, cuando cabió su nombre por el de International Flat Earth Society. En torno a los años ochenta (Sí: Me refiero a 1980, no es una errata) había adoptado un cartacter mucho más religioso, y alacanzó una cumbre de unos 4000 socios. Evidentemente, argumentaban que todo el proyecto espacial es una gran estafa.

Al parecer, esta sociedad aún existe.

La foto del Old Bedford River es de la Cambridge Albion Angling Society

El esquema de le experimento está montado a partir de una imagen original del libro “Zetetic Astronomy”.

El dibujo de la Tierra Plana pertenece al libro “Zetetic Astronomy”.

He sacado todos los datos de Internet. Esta historia se cuenta en multitid de páginas, la mayoría de ellas contradicitorias. En tanto me ha sido posible, he recurrido a las fuentes más cercanas a las originales, como el propio libro de Birley o las cartas de Wallace al periódico “The Field”.

Fuente: http://www.psicobyte.com/articulo/la_forma_de_la_tierra

La Iglesia catolica busca un sitio en la fiesta de Darwin

12/2/2009 Edición Impresa BICENTENARIO DEL NACIMIENTO DEL PADRE DEL EVOLUCIONISMO

La Iglesia catolica busca un sitio en la fiesta de Darwin

  1. • El Vaticano tratará de conciliar ciencia y fe en un congreso sobre el naturalista
  2. • Los organizadores relegan la teoría del diseño inteligente por considerarla “pobre”
AFP / CARL DE SOUZA
Foto: AFP / CARL DE SOUZA
AFP / CARL DE SOUZA
Empleados de la abadía de Westminster, ante la tumba de Darwin. Foto: AFP / CARL DE SOUZA
RAFAEL TAPOUNET
BARCELONA

El 26 de abril de 1882, Charles Robert Darwin fue enterrado en la abadía de Westminster. Habían transcurrido apenas 23 años desde que, con la publicación de El origen de las especies, el naturalista inglés dinamitara un buen número de dogmas religiosos al ofrecer una explicación del mundo en la que la intervención divina dejaba de ser necesaria. En ese tiempo, las principales autoridades de la Iglesia anglicana ya habían asumido que la evolución era un hecho cuya refutación resultaba insostenible. Lo conveniente, entendían, era buscar el modo de hacer compatibles los hallazgos de Darwin con la fe. A partir de ese momento, religión y naturaleza iniciaban caminos distintos, tal como proclamó en la misma abadía de Westminster el obispo de Carlisle, Harvey Goodwin, en el primer servicio dominical que ofició tras el entierro del científico. Pero esa separación no ha impedido que, dos siglos después del nacimiento de Darwin, la Iglesia quiera formar parte de la celebración y haya emprendido una serie de iniciativas con el propósito común de afirmar, una vez más y en voz alta, que la ciencia y la fe no son excluyentes.
El programa más ambicioso es el que ha desplegado el Vaticano. El arzobispo Gianfranco Ravasi, presidente del Consejo Pontificio de la Cultura, presentó el martes un congreso internacional que se celebrará en Roma del 3 al 7 de marzo bajo el lema Evolución biológica: hechos y teorías. Una valoración crítica 150 años después de ‘El origen de las especies’. Lo hizo con una apelación al “diálogo entre ciencia y fe, ya que ninguna de las dos –argumentó– puede agotar el misterio sobre el ser humano y sobre el universo”. El jesuita Marc Leclerc, presidente del comité del congreso, fue algo más enfático al afirmar que “ha llegado el momento de que la Iglesia haga una evaluación rigurosa y objetiva” del legado de Darwin. Un siglo y medio después. La mitad de lo que tardó el Vaticano en rendir homenaje a Galileo.

LA RECEPCIÓN DE LA IGLESIA
Según explicaron los organizadores, los asistentes a las jornadas debatirán sobre los mecanismos de la evolución, analizarán lo que dice la ciencia sobre el origen del ser humano y estudiarán las cuestiones antropológicas relacionadas con la evolución, así como las implicaciones de la teoría, “tanto en el campo epistemológico como en el metafísico”. También habrá una prometedora sesión dedicada a la recepción que la Iglesia ha dispensado a la teoría de la evolución en estos 150 años.
A este respecto, Ravasi recordó que, aunque “algunos” elementos de la Iglesia han podido mostrar “hostilidad” hacia las ideas de Darwin, el Vaticano “nunca ha condenado formalmente” las obras del naturalista. Antes de la presentación oficial del congreso circularon algunas especulaciones en torno a la posibilidad de que Benedicto XVI aprovechara las jornadas para avalar de algún modo la llamada teoría del diseño inteligente, una corriente pseudocientífica que acepta la idea de evolución como un proceso guiado por una inteligencia superior. Los organizadores del acontecimiento, sin embargo, catalogaron el diseño inteligente como “una teología pobre y una ciencia pobre”, por lo que, aseguraron, será discutido “meramente como un fenómeno cultural”.

AMIGO DEL PÁRROCO
También la Iglesia anglicana ha hecho un esfuerzo para no quedar excluida de la celebración y, entre otras cosas, ha puesto en marcha una web en la que explica con detalle cómo, pese a haber perdido la fe, Charles Darwin participó activamente en las actividades de la parroquia de Downe (Kent), donde residía, y cómo mantuvo una estrecha amistad con el reverendo local. Aunque no sea por esas cosas por las que hoy se le recuerda y se le homenajea.

Hace 131 años, la Academia de Ciencias homenajeó a Darwin

2009, año darwiniano

Hace 131 años, la Academia de Ciencias homenajeó a Darwin

En vida, fue nombrado Académico Honorario por la institución cordobesa.

Carta de Darwin en respuesta a su nombramiento como académico.

A diferencia de Albert Einstein, Charles Darwin nunca visitó Córdoba. En su viaje a bordo del Beagle, el naturalista inglés –de quien en 2009 se cumplen 200 años de su nacimiento y 150 de su libro clave El origen de las especie– recorrió Buenos Aires, Santa Fe, Bahía Blanca, Santa Cruz, Islas Malvinas, Tierra del Fuego y Mendoza.

En la década de 1830, cuando el naturalista llegó al país, aún no existía la Academia Nacional de Ciencias, creada por Sarmiento en Córdoba. De existir, quizá el curioso Darwin se hubiera animado a llegar aquí para comentar sus ideas y hallazgos.

Sin embargo, la institución científica cordobesa supo reconocer a tiempo sus aportes. En 1876, Darwin fue nombrado Académico Correspondiente de la institución.

En 1878, cambiaron el nombramiento al de Académico Honorario. Como respuesta a ese honor, el caballero Charles le respondió al entonces presidente de la academia Enrique Weyenbergh con una carta de agradecimiento.

A su vez, le envía una fotografía suya autografiada y un ejemplar de la sexta edición de El origen de la especies dedicado a la academia. “Supongo que es lo mejor de mi trabajo” dice en la carta fechada el 18 de mayo de 1879.

Monumento. La Academia Nacional de Ciencias participará de la inauguración del monumento a Darwin el 12 de febrero próximo (fecha de su nacimiento), en Paramillos de Uspallata, Mendoza. Allí el inglés se encontró con el bosque petrificado cuando recorría el mundo en el bergantín Beagle.

Conferencias. Además, la institución tiene previsto una serie de charlas sobre el naturalista entre marzo y junio. Entre los conferencistas figuran Alfredo y Andrea Cocucci; Gabriel Bernardello; Víctor Ramos; Marcelo Roqué; la rectora de la UNC, Carolina Scotto y el rector de la UCC, Rafael Velasco. 

Daño colateral: La bomba de Darwin

Daño colateral: La bomba de Darwin

Lo que en un momento puede parecer una buena idea no siempre resulta ser positivo a largo plazo. Y esto es precisamente lo que ha ocurrido con la teoría de la evolución.

Por David Treybig

Cuando Carlos Darwin empezó a formular su teoría de la evolución, probablemente nunca tuvo en mente causar tanto daño a la humanidad ni degradar la condición humana. Por el contrario, lo que quería era contribuir al conocimiento científico. Mediante su teoría de la evolución ofreció una explicación de cómo la vida podría haber llegado a existir sin la intervención de Dios. Esta idea revolucionaria tuvo un impacto monumental que ha trascendido el campo de la ciencia.

Sin embargo, lo que Darwin presentó al mundo científico en su libro The Origin of Species (El origen de las especies), publicado en 1859, precipitó una gran oleada de daño colateral; es decir, de consecuencias involuntarias.

Desgraciadamente, muy pocos en nuestra sociedad han analizado las repercusiones de esta hazaña ideológica. Como una bomba que destroza un plácido silencio, las ondas del impacto que produjeron los postulados de Darwin siguen golpeando incesantemente a la sociedad.

La historia de cómo se desarrolló la teoría de la evolución y de la forma en que ha sido defendida está colmada de ironía, engaño y hasta de una fe que raya en lo religioso, practicada por personas no religiosas. Vamos a examinar un cuento más extraño que los mismos animales observados por Darwin en las islas Galápagos.

El rechazo de la religión

Antes de proponer su teoría de la evolución, Carlos Darwin obtuvo un diploma en teología.

Sin embargo, su teoría rechazaba la explicación bíblica de una creación especial. Él no estaba seguro de si la vida había surgido espontáneamente o gracias a la obra de un Creador. De cualquier forma, Darwin suponía que los numerosos cambios evolutivos y graduales de los distintos seres vivos eran los responsables de la gran variedad de criaturas —mamíferos, peces, reptiles, aves, etc.— existentes en la actualidad.

¿Qué impulsó a Darwin a abandonar la enseñanza bíblica? ¿Por qué se atrevió a presentar una teoría carente de pruebas y en directa oposición a la Biblia? Parece ser que, después de todo, Darwin no estaba bien cimentado en las Escrituras.

Al rechazar la religión, Darwin tocó una cuerda que resonó entre muchos de sus contemporáneos y que sigue resonando hoy en día. Al abrazar la teoría de Darwin, algunos piensan erróneamente que se han despojado de las normas y leyes de un Creador y que han quedado en libertad para definir por sí mismos el bien y el mal.

Si tales personas sólo hubiesen leído la Biblia, podrían haberse enterado de que Adán y Eva hicieron lo mismo —es decir, rechazaron a Dios— hace varios miles de años, y que por ello debieron sufrir terribles consecuencias. Cuando desecharon el conocimiento revelado de Dios para decidir por sí mismos cómo conducir sus vidas, Adán y Eva perdieron el acceso al árbol de la vida, que representaba la oportunidad de vivir para siempre (Génesis 3). Lamentablemente, la historia bíblica no logró disuadir a Darwin ni a sus seguidores.

Al parecer, no querían “tener en cuenta a Dios” (Romanos 1:28), ni mucho menos escuchar lo que él tenía que decir en las páginas de la Biblia. Erróneamente, pensaron que su nueva filosofía les otorgaba libertad, una palabra seductora frecuentemente utilizada en la propaganda.

La presentación de la teoría de Darwin desató un encarnizado debate acerca de la verdad. Irónicamente, los partidarios de Darwin alegaban que la religión no era más que una invención humana para ayudar a la gente en momentos difíciles. Ah, sí, claro. Una invención humana . . . ¡como si la teoría de la evolución no lo fuera!

La evolución bajo el microscopio

Al reflexionar sobre su teoría de la evolución, Darwin sabía que existían ciertos aspectos inquietantes, no comprobados, de su hipótesis. Por ejemplo, reconoció que la complejidad del ojo planteaba ciertas dificultades. También reconoció que no había nada entre los fósiles que comprobara irrefutablemente los cambios graduales que él se había imaginado en los seres vivos. Darwin sólo albergaba la esperanza de que tarde o temprano los fósiles le dieran la razón.

Conociendo la debilidad de su teoría, Darwin se sorprendió de la acogida tan positiva que tuvo. Hoy en día, pareciera que el mismo Darwin albergaba más dudas acerca de su hipótesis que la mayoría de los fanáticos darvinianos que la han aceptado sin siquiera cuestionarla.

Sin embargo, al analizarla cuidadosamente, los científicos y pensadores competentes han descubierto graves fallas en la teoría de Darwin. Se ha comprobado que algunas supuestas “pruebas” de la teoría son inadecuadas.

La iglesia de Darwin

Debido a la falta de pruebas válidas que respalden la evolución darviniana y al aumento de pruebas científicas en su contra, los defensores de la evolución se encuentran frente a un creciente desafío para sostener su creencia. Su posición es muy incómoda y exige una adhesión incondicional.

Cuando la teoría evolucionista es confrontada con pruebas científicas como las que ofrece el movimiento del “diseño inteligente”, algunos se sorprenden de que los seguidores de Darwin siempre respondan al desafío argumentando que el diseño inteligente no es más que una religión apenas disimulada. Técnicamente, sin embargo, uno no está obligado a creer en un Dios ni a practicar cierta fe para creer en el diseño inteligente, ya que los argumentos que apoyan este movimiento no se basan en conceptos religiosos, sino únicamente en pruebas científicas.

Desgraciadamente, parece que quienes se aferran fielmente a la teoría de Darwin no quieren reconocer el enorme cúmulo de información científica que está socavando cada vez más su posición. La razón para ello es obvia: pone en peligro su perspectiva del mundo y de la vida.

Si la creación en realidad tiene las huellas digitales del Creador —como lo indican las pruebas— ellos ya no tendrán excusa para no hacerle caso a Dios. De hecho, la Biblia lo expresa muy claramente (ver Romanos 1:20).

Para el mundo académico, la aceptación del diseño inteligente sería un cambio tan monumental como lo fue la aceptación de la teoría de Darwin. Como no están dispuestos a encarar las pruebas, los darvinistas conversos responden tratando de desacreditar la ciencia al compararla con la religión. Pero irónicamente, hoy en día parece que se requiere más fe para creer en el darvinismo que en el Dios creador de la Biblia.

Daño colateral

Desde su detonación, la onda expansiva de la bomba de Darwin ha hecho impacto en prácticamente todos los campos de estudio, con consecuencias extremadamente negativas. Mientras que a los devotos de Darwin les fascina hablar sobre todas las muertes asociadas con las guerras religiosas, no les gusta que les recuerden acerca de las perspectivas mundiales inmorales y materialistas que han sido engendradas o justificadas gracias a la teoría de Darwin.

Una biografía de José Stalin explica que éste consideraba el libro El origen de las especies como una prueba de que Dios no existe (E. Yaroslavsky, Landmarks in the Life of Stalin [“Hitos en la vida de Stalin”], 1940, pp. 8-9).

Cuando era seminarista, Stalin animó a un compañero de estudios para que leyera el libro de Darwin y así pudiera entender que hablar de Dios no era más que “puras tonterías” (ibídem). Como Darwin aseguraba que no existía Dios ni tampoco sus leyes en contra del asesinato de otros seres humanos, Stalin no tuvo ningún resquemor en matar a millones de sus coterráneos mientras se empeñaba en construir un mejor país.

En la Alemania nazi el concepto ideado por Adolfo Hitler de crear una raza superior se basó en “la supervivencia del más apto”, noción inherente a la filosofía de Darwin. Sin importar si las perspectivas de Darwin eran o no racistas, su teoría y aun el título completo de su libro —On the Origin of Species by Means of Natural Selection, or the Preservation of Favoured Races in the Struggle for Life (“Acerca del origen de las especies mediante la selección natural, o la preservación de las razas favorecidas en la lucha por la vida”)— se concertaron con la perspectiva racista de Hitler. Finalmente, los intentos de éste por crear una raza superior lo llevaron a exterminar a seis millones de judíos.

Nuevamente, si no le creemos a Dios cuando nos dice que es malo matar a nuestros semejantes, la única base que la gente tiene para sus decisiones son sus opiniones personales.

¿Fue el exterminio de millones de personas el resultado que Darwin esperaba cuando escribió El origen de las especies? Por supuesto que no. Pero el daño colateral ocasionado por el darvinismo no termina con Stalin o Hitler. Por el contrario, ha continuado su incansable marcha a través de numerosos ámbitos de la vida humana, de los cuales tal vez ninguno haya sido más afectado que la conducta moral.

Si los seres humanos no son más que animales, como sugirió Darwin, no hay nada malo en que busquen la pareja que quieran y lo hagan cuando bien les parezca. El pasar por alto las instrucciones bíblicas que regulan nuestra conducta sexual ha llevado a la destrucción de innumerables familias y a un sufrimiento incalculable. Este es otro ejemplo de daño colateral.

Es más, si las personas son simplemente animales, entonces no importa si una mujer decide abortar o no. Bajo esta premisa, millones de bebés han sido abortados antes de que siquiera pudieran respirar por primera vez. Más daño colateral.

Cuando Darwin escribió El origen de las especies, ¿habrá sido capaz de prever que su teoría desempeñaría un papel fundamental en la destrucción familiar y en la extinción de millones de criaturas en gestación? Seguramente que no. Pero una premisa defectuosa conduce a resultados defectuosos. Los efectos negativos de la conducta inmoral, justificada por la teoría de Darwin, siguen multiplicándose.

¡Es una gran tragedia que tantos apoyen una idea equivocada que se ha convertido en una filosofía materialista que devalúa la vida humana y socava la fe de los seres humanos en su Creador! ¡Qué triste es ver tanto sufrimiento innecesario! ¿Por qué no reconocer a Dios como Dios y optar por vivir una vida de bendiciones y de renovación, no de daño colateral? BN

http://www.lasbuenasnoticias.org/archivos/2008/bn022008/bombadarwin.htm

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