Predestinación

UNA ADVERTENCIA CONTRA LA ESPECULACIÓN INDEBIDA

En este punto haremos algunas advertencias en cuanto a la especulación y la curiosidad indebidas al tratar esta doctrina elevada de la predestinación. Quizá la mejor manera de hacerlo sea citando las palabras de Calvino que aparecen en la primera sección de su presentación de este tema: “La discusión de la predestinación—un tema algo intrincado en sí—es enmarañada de manera peligrosa por la curiosidad de los hombres. Y no hay barrera que logre que dicha curiosidad no se extravíe por laberintos prohibidos, o que se eleve más allá de su esfera propia, y es como si estuviera determinada a no dejar secreto de Dios sin explorar o escudriñar…. Lo primero que debemos recordar es que cuando se inquiere sobre la predestinación, se penetra en el santuario de la sabiduría divina, en el cual todo el que entre osadamente no logrará satisfacer su curiosidad…. Porque sabemos que cuando hayamos excedido los límites de la Palabra, estaremos entrando en camino tortuoso y tedioso, en el cual no podremos hacer otra cosa que errar, resbalar y tropezar a cada paso. Tengamos presente, pues, que no es menos locura desear tener mayor conocimiento de la predestinación que el que no es revelado en la Palabra de Dios, que el desear andar por caminos intransitables, o el querer ver en medio de las tinieblas. Y no nos avergoncemos de ignorar algo, si en ello hay una ignorancia docta”.

Cabe señalar que no estamos en la obligación de “explicar” estas verdades, sino sólo de declarar lo que Dios ha revelado en su Palabra, y de vindicar estas doctrinas de interpretaciones incorrectas y de objeciones hasta donde nos sea posible. En la misma naturaleza del caso, todo lo que podremos conocer de estas profundas verdades es lo que el Espíritu ha tenido a bien revelarnos, sabiendo, sin embargo, que todo lo que Dios ha revelado es verdad, y , por tanto, debe creerse, aunque no sea posible sondearlo en sus profundidades con nuestra razón limitada.

Debido a nuestra falta de entendimiento en cuanto a los propósitos divinos, jamás podremos constituirnos en consejeros de Dios. El salmista dijo, “Tus juicios son grande abismo”, con lo que da a entender que el intentar penetrar los juicios de Dios es así como el intentar cruzar el inmenso mar a nado. La verdad del caso es que el hombre no conoce lo suficiente como para justificársele en sus intentos de explicar los misterios del gobierno de Dios.

La importancia del tema discutido debiera inducirnos a proceder con la más profunda reverencia y precaución. Sin embargo, aunque es cierto que los misterios de Dios han de ser tratados con sumo cuidado, y que las especulaciones desautorizadas y presuntuosas, en cuanto a las cosa; divinas, han de evitarse, no obstante, si hemos de presentar el evangelio de su pureza y plenitud debemos también tener cuidado de no privar a los creyentes de todo lo que las Escrituras enseñan sobre la predestinación. No debe extrañarnos, sin embargo, si algunas de estas verdades son pervertidas y tergiversadas por los impíos. No importa cuan claramente las Escrituras presenten algún tema como, por ejemplo, el que un Dios exista en tres Personas, o el que Dios conozca de antemano todo el curso de los acontecimientos mundiales, o el que su plan incluya el destino de cada persona, la mente entenebrecida siempre considerará absurdas dichas verdades.

Sin embargo, aunque no podremos conocer más de lo que a Dios le ha placido revelarnos ¿cerca de la predestinación, es importante que lleguemos a conocer lo que nos ha sido revelado, ya que si no hubiese sido la voluntad de Dios el que llegásemos a conocer dichas verdades, él hubiese podido optar por no revelárnoslas. Por tanto, donde las Escrituras nos guíen podemos proseguir con confianza.

http://cebei.wordpress.com/2010/05/29/la-predestinacion-doctrina-parte-9-una-advertencia-contra-la-especulacion-indebida-loraine-boettner/

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Estad quietos, y conoced que yo soy Dios

Estad quietos, y conoced que yo soy Dios
(Salmo 46.10)
por Jonathan Edwards
ESTE salmo suena como un himno de la iglesia en tiempos de grandes convulsiones y desolaciones en el mundo. Es por eso que la iglesia se gloría en Dios como su amparo, su fortaleza y su pronto auxilio, aun en tiempos de las mayores tribulaciones y dificultades. “Dios es nuestro amparo y fortaleza, nuestro pronto auxilio en las tribulaciones. Por tanto, no temeremos, aunque la tierra sea removida, y se traspasen los montes al corazón del mar; aunque bramen y borboteen sus aguas, y tiemblen los montes a causa de su ímpetu” (versículos 1, 2, 3).
La iglesia se enorgullece en Dios, no sólo por ser Él su ayudador, que la defiende cuando el resto del mundo se ve envuelto en desgracias y catástrofes, sino porque, como río refrescante, le da aliento y gozo, aun en medio de la calamidad pública. “Hay un río cuyas corrientes alegran la ciudad de Dios, el santuario de las moradas del Altísimo. Dios está en medio de ella; no será conmovida. Dios la ayudará al clarear la mañana” (vv. 4, 5). En los versículos 6 y 8 se declaran los cambios profundos y las calamidades que agitaban al mundo: “Braman las naciones, se tambalean los reinos; lanza él su voz, y se derrite la tierra. Venid, ved las obras de Jehová, que ha puesto asolamiento en la tierra”. En el texto que sigue se expresa de manera admirable la manera en que Dios libra a la iglesia de estas desgracias, especialmente de los desastres de la guerra y la furia de sus enemigos: “Que hace cesar las guerras hasta los confines de la tierra. Que quiebra el arco, rompe las lanzas y quema los carros en el fuego”. Es decir, Él hace que cesen las guerras cuando son contra su pueblo; Él quiebra el arco cuando se dobla contra sus santos.
Siguen entonces estas palabras: “Estad quietos, y conoced que yo soy Dios”. La soberanía de Dios se manifiesta en sus grandes obras, las cuales aparecen descritas en los versículos anteriores. Esas mismas terribles desolaciones que Él desató en su designio de librar a su pueblo utilizando medios terribles muestran también su grandeza y su señorío. A través de todo eso demuestra su poder y soberanía, y así ordena a todos estar quietos, y conocer que Él es Dios. Porque, dice: “Seré exaltado entre las naciones; enaltecido seré en la tierra”.
De esto se pueden derivar observaciones interesantes
1. El deber de estar tranquilos delante de Dios, bajo las mercedes de su providencia. Esto implica que debemos mantener quietud de palabras, sujetándonos de hablar o de quejarnos contra los designios de la Providencia; no oscureciendo la razón con palabras de ignorancia, ni empleando el lenguaje pomposo de la vanidad. Debemos mantener quietud en nuestras acciones y en nuestra conducta, de modo que no contrariemos a Dios en sus designios. Y en lo tocante a la disposición interior de nuestros corazones, hemos de cultivar la calma y una serena sumisión de espíritu a la soberana voluntad de Dios, cualquiera que esta sea.
2. Podemos tener en cuenta el fundamento de este deber, esto es, la divinidad de Dios. El hecho de ser Dios es razón de sobra para que debamos estar quietos delante de Él, sin murmurar en lo más mínimo, sin objetar, sin oposición, sino tranquilamente y con humildad sometiéndonos a Él. ¿Cómo hemos de cumplir este deber de estar quietos delante de Dios? Sencillamente con un sentido de su divinidad, comprendiendo que el fundamento de ese deber es el conocimiento de que Él es Dios. Nuestra sumisión es la que corresponde a seres racionales. Dios no requiere que nos sometamos a Él a contrapelo de lo razonable, sino como viendo la razón y el fundamento de hacerlo así. De ahí que, la mera realización de que Dios es Dios puede ser suficiente para acallar toda objeción y oposición a sus divinos y soberanos designios.
Todo esto puede verse considerando lo siguiente:
1. Por cuanto Él es Dios, es un ser absoluta e infinitamente perfecto, siendo imposible que pudiera incurrir en error o maldad. Y como es eterno y no debe su existencia a ningún otro, no puede en medida alguna tener limitaciones en su ser ni en ninguno de sus atributos. Si algo tiene límites en su naturaleza, debe haber alguna causa o razón por la que esos límites están allí. De lo cual se deduce que toda cosa limitada debe tener alguna causa. Por lo tanto, aquello que no tenga causa tiene que ser ilimitado. Las obras de Dios demuestran con toda evidencia que su sabiduría y su poder son infinitos, pues quien hizo todas las cosas de la nada, que las sustenta, gobierna y maneja en todo momento y en todas las edades, sin cansarse, tiene que poseer un poder infinito. Tiene asimismo que ser infinito en el conocimiento; porque si Él hizo todas las cosas, y sin cesar las sustenta y gobierna todas, se sigue que él, continuamente y de una sola mirada, ve y conoce a la perfección todas las cosas, así las grandes como las pequeñas.
Lo cual no es posible sin un conocimiento infinito. Siendo, pues, infinito en conocimiento y poder, Dios tiene que ser también perfectamente santo. La falta de santidad supone siempre defecto y pobreza de visión. Donde no hay oscuridad ni engaño, no puede faltar la santidad. Es imposible que la maldad pueda coexistir con la infinita luz. Dios, siendo infinito en poder y conocimiento, tiene que ser totalmente autosuficiente. Es por lo tanto imposible que Él pueda caer en cualquier tentación o cometer alguna falta. No hay motivo por el cual pueda incurrir en nada semejante. Siempre que alguien es tentado a ceder a lo incorrecto, es por fines egoístas.
Entonces, ¿cómo podría un Ser todopoderoso —que no necesita de nada— ser tentado a hacer algo malo por fines egoístas? Es, pues, imposible que Dios, que es esencialmente santo, pudiera en ningún sentido incurrir en el mal.
2. Por el hecho de ser Dios, Él es tan grande que está infinitamente más allá de toda comprensión. Por tanto, es irrazonable de nuestra parte pretender juzgar sus decisiones, ya que las mismas son misteriosas. Si fuera un ser al cual nosotros pudiéramos comprender, no sería Dios. Sería irrazonable suponer nada más allá del hecho de que hay muchas cosas en la naturaleza de Dios, así como en sus obras y gobierno, que son para nosotros un misterio que jamás podremos discernir.
¿Qué somos y qué idea tenemos de nosotros mismos si esperamos que Dios y sus designios puedan estar al nivel de nuestro entendimiento? Somos infinitamente incapaces de tal cosa como comprender a Dios. Para nosotros sería menos irrazonable concebir que una cáscara de nuez pudiera contener al océano. Dice en Job 11.7ss: “¿Descubrirás tú las profundidades de Dios? ¿Alcanzarás el límite de la perfección del Todopoderoso? Es más alta que los cielos; ¿qué harás? Es más profunda que el Seol; ¿cómo la conocerás? Su dimensión es más extensa que la tierra, y más ancha que el mar”. Si pudiéramos tener sentido de la distancia que existe entre Dios y nosotros, entenderíamos lo razonable de la interrogación del apóstol Pablo en Romanos 9.20: “…oh, hombre, ¿quién eres tú para que alterques con Dios?”
Si creemos encontrarle faltas al gobierno de Dios, estamos virtualmente suponiéndonos capaces de ser sus consejeros; cuando en realidad más bien nos convendría, con gran humildad y adoración, clamar con el apóstol (Ro 11.33ss): “¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y del conocimiento de Dios! ¡Cuán inescrutables son sus juicios, e insondables sus caminos! Porque ¿quién penetró en el pensamiento del Señor? ¿O quién fue su consejero? ¿O quién le dio a él primero, para que le fuese recompensado? Porque de él, y por él, y para él, son todas las cosas. A él sea la gloria por los siglos de los siglos”.
Si hubiera niños que alzaran la voz para criticar a los cuerpos legislativos de su país o para poner en tela de juicio las decisiones del poder ejecutivo, ¿no se estimaría que se estaban entrometiendo en cosas demasiado elevadas para ellos? ¿Y qué somos nosotros sino bebés? Pues nuestras inteligencias son infinitamente menores que las de los bebés en comparación con la sabiduría de Dios. Lo sensato para nosotros es tener esto en cuenta y ajustar a ello nuestra conducta. Dice en el Salmo 131.1,2: “Jehová, no está envanecido mi corazón, ni mis ojos son altivos; no ando tras grandezas, ni tras cosas demasiado sublimes para mí. Sino que me he calmado y he acallado mi alma como un niño destetado de su madre”.
Esta sola comprensión de la infinita distancia entre Dios y nosotros, y entre el entendimiento de Dios y el nuestro, debería ser suficiente para acallarnos y para acatar con serenidad todo lo que Dios hace, no importa cuán ininteligible o misterioso nos parezca. Ni tampoco tenemos derecho alguno a esperar que Dios nos explique en particular la razón de sus actos o sus designios. Está más que justificado que Dios no nos dé a nosotros, gusanos del polvo que somos, razón de sus asuntos, que así podamos captar la distancia que nos separa de Él, y le adoremos y nos sometamos a Él en humildad y reverencia.
Podemos ver a este respecto por qué, cuando Job padecía sufriendo por designio divino crueles penalidades, Dios le respondió no explicándole las razones de su misteriosa providencia, sino haciéndole ver su condición de miserable gusano, de nada, y cuán lejos estaba él de la altura de Dios. Esta actitud divina estaba más en consonancia con Dios que haber entrado en algún debate con Job, o haberle revelado el misterio de sus dificultades.
Y para Job fue bueno someterse a Dios en aquellas cosas que no podía entender, a lo cual quiso traerle la respuesta divina.
Conviene que Dios habite en profunda oscuridad, o en luz que ningún ser humano puede resistir, la cual ninguno ha visto ni puede ver. Nada hay de extraño en que un Dios de infinita gloria resplandezca con una brillantez demasiado viva y potente para el ojo humano. Porque los mismos ángeles, esos espíritus poderosos, aparecen cubriendo sus rostros ante esta luz (Isaías 6).
3. Siendo que Él es Dios, todas las cosas son suyas, por lo cual tiene derecho a disponer de ellas a su antojo y placer. Todas las cosas de este mundo inferior son suyas. “…Todo lo que hay debajo del cielo es mío” (Job 41.11). “He aquí, de Jehová tu Dios son los cielos, y los cielos de los cielos, la tierra, y todas las cosas que hay en ella” (Dt 10.14). Todas las cosas son suyas porque todas proceden de Él; son totalmente de Él y de solamente de Él.
Aquellas cosas hechas por los hombres no son enteramente de ellos. Cuando un hombre edifica una casa, no es completamente suya; ninguno de los materiales con que fue hecha le debe su origen. Todas las criaturas son total y completamente fruto del poder de Dios.
Es lógico, por lo tanto, que todas sean para él y estén sujetas a su voluntad (Pr 16.4). Así pues, como todas las cosas vienen de Dios, así todas se sostienen por Él, y se hundirían en la nada en un instante si Él no las sostuviera. Y todas son para Él. “Porque de él, y por él, y para él son todas las cosas” (Ro 11.36). “Porque por él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, las visibles y las invisibles; sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades; todo fue creado por medio de él y para él. Y él es antes de todas las cosas, y todas las cosas tienen consistencia en él” (Colosenses 1.16,17). Toda la humanidad es suya: sus vidas, su aliento, su ser; “porque en él vivimos y nos movemos y somos”. Nuestras almas y nuestras capacidades le pertenecen.
“He aquí que todas las almas son mías; como el alma del padre, así el alma del hijo es mía” (Ez 18.4).
4. Comoquiera que Él es Dios, es digno de ser soberano sobre todas las cosas. A veces los hombres poseen más de lo que son dignos de poseer. Pero Dios es no solamente dueño de todo el universo, siendo que todo procede y depende de Él, sino que tal es su perfección, la excelencia y dignidad de su naturaleza, que es digno de ser soberano por sobre todo. Nadie deberá osar oponerse a que Dios ejerza la soberanía del universo como si no fuera digno de ello, pues el ser soberano absoluto del universo no es gloria ni honor demasiado grandes para Él.
Todas las cosas en el cielo y en la tierra, ángeles y hombres, son nada en comparación con Él; todas son como la gota de agua en el balde o como el grano de arena en la playa. Es así adecuado que cada cosa esté en sus manos, para que Él disponga según le plazca. Su voluntad y su deseo son de infinitamente mayor importancia que los de las criaturas. Es correcto que su voluntad se cumpla, aunque fuere contraria a la de todos los demás seres; que Él haga de sí mismo su propio fin; y que disponga todas las cosas para sí. Dios está dotado de tales perfecciones y excelencias que tiene título a ser el soberano absoluto del mundo.
Ciertamente, conviene mucho más que todas las cosas estén bajo la dirección de una sabiduría irreprochable y perfecta que expuestas a caer en confusión o sujetas a causas sin control. Más aun, no es bueno que ningún negocio dentro del gobierno de Dios pueda quedar sin la dirección de su sabia providencia, muy especialmente aquellas cosas de mayor importancia.
Es absurdo suponer que Dios pudiera estar obligado a prevenir a cualquier criatura de pecar y de exponerse a castigo adecuado. De ser así, resultaría que no puede haber tal cosa como un gobierno moral de Dios sobre individuos razonables, y sería arbitrario para Dios dar mandamientos ya que Él mismo sería la parte comprometida a observar la conducta y estarían fuera de lugar las promesas o las amenazas. Pero si Dios puede dejar que alguien peque y se exponga a castigo, entonces resulta mucho más apropiado y mejor que el asunto sea tratado con sabiduría —quién en justicia debe a causa del pecado quedar expuesto a castigo y quién no— que permitir que venga por la confusión o el azar.
No es digno del Gobernador del universo dejar las cosas al azar; lo natural para Él es gobernar todas las cosas por medios de sabiduría. Y así como Dios posee sabiduría que lo autoriza para ser soberano, así también tiene el poder que lo capacita para ejecutar lo que aconseja la sabiduría. Más aun, Él es esencial e invariablemente santo y justo, e infinitamente bueno, por lo que está perfectamente calificado para gobernar el mundo de la mejor manera posible.
Por lo tanto, cuando actúa como soberano del mundo, lo indicado para nosotros es estar quietos y someternos de buen grado, sin objetar en manera alguna que Él tenga la gloria de su soberanía; por el contrario, conscientes de su dignidad, reconocerla con gozo, diciendo: “Tuyo es el reino, y el poder, y la gloria, por todos los siglos”, y repetir con aquellos en Apocalipsis 5.13: “Al que está sentado en el trono … sea la alabanza, el honor, la gloria, y el dominio…”
5. Por cuanto Él es Dios, será soberano y actuará como tal. Él se sienta en el trono de su soberanía y su reino rige sobre todos. En su soberano poder y dominio será exaltado, como Él mismo declara: “Seré exaltado entre las naciones; enaltecido seré en la tierra”. Él hará saber a todos que es el supremo Señor de toda la tierra. Él efectúa su voluntad entre las huestes del cielo y entre los habitantes de la tierra, y nadie puede detener su mano. No puede haber tal cosa como frustrar, entorpecer o invalidar sus designios, pues Él es grande en el pensamiento y maravilloso en la acción. Su consejo prevalecerá, y Él hará todo lo que le plazca.
No hay sabiduría, ni inteligencia, ni talento que pueda ir contra el Señor. Cualquier cosa que Él quiera hacer será para siempre; nada le será añadido ni quitado. Cuando Él actúe, ¿quién le opondrá reparos? Él puede, si quiere, hacer trizas a sus enemigos. Si los hombres se juntan contra Él para estorbar u oponerse a sus designios, Él “quiebra el arco, rompe las lanzas, y quema los carros en el fuego”. Él mata y hace vivir, derriba y levanta, todo según el consenso de su voluntad. Dice en Isaías 45.6,7: “Para que se sepa desde el nacimiento del sol, y hasta donde se pone, que no hay más que yo; yo soy Jehová, y ninguno más que yo, que formo la luz y creo las tinieblas, que hago la paz y creo la adversidad. Yo soy Jehová, el que hago todo esto”.
Ni los eminentes, ni los ricos, ni los sabios pueden impedir o torcer la voluntad de Dios. Él despacha chasqueados a los doctos y no rinde pleitesía a los aristócratas ni concede privilegio a los ricos sobre los pobres. Hay muchos subterfugios en el corazón humano; pero el consejo del Señor y los pensamientos de su corazón permanecerán a través de todas las generaciones. Cuando Él concede paz, ¿quién puede crear problemas? Y si oculta su rostro, ¿quién puede contemplarlo? Lo que Él derriba no puede ser reconstruido y al que silencie así se queda. Cuando Él se proponga algo, ¿quién se lo estorbará? Y cuando extienda su mano, ¿quién hará que la recoja? No hay por lo tanto manera de impedir a Dios ser soberano ni que actúe como tal. “De quien quiere tiene compasión y al que quiere endurecer, endurece” (Ro 9.18). Él tiene las llaves del infierno y de la muerte: abre, y no hay quien cierre; cierra, y no hay quien abra. Esto puede hacernos ver la insensatez de ponernos en contra de los soberanos designios de Dios; y cuán sabios son aquellos que quietamente y de buen ánimo se someten a su soberana voluntad.
6. Como que Él es Dios, está en posición de vengarse de aquellos que se opongan a su soberanía. Él es sabio de corazón y poderoso en fortaleza; ¿quién podrá endurecerse contra Dios y salir airoso? A esto tiene que responder todo el que intente contender con Él. Y ay del miserable que quiera pelear contra Dios, ¿podrá defender su posición delante de Él? A cualquiera de sus enemigos al que mueva el orgullo, el Señor le mostrará que está por encima de ellos. Vendrán a ser como la paja en el viento, o como grasa de carneros; el fuego los consumirá y desaparecerán. “Quién pondrá contra mí en batalla espinos y zarzas? Yo los hollaré, los quemaré a una” (Isaías 27.4).

Perfiles biográficos de grandes cristianos hispanos – Ernesto Trenchard

Perfiles biográficos de grandes cristianos hispanos – Ernesto Trenchard

Ernesto Trenchard nació en Inglaterra en 1902. A una temprana edad sufrió un accidente que le obligó a quedarse en cama por dos años. Durante esa etapa de su vida se interesó en los libros y el estudio. Su accidente culminó con la amputación de su pierna izquierda en 1944. Llegó a conocer al Señor como su Salvador a los diez años y fue bautizado a los quince años. En 1924 llegó a España como misionero auspiciado por las Asambleas de los Hermanos, quedándose un total de 46 años. Trenchard es mayormente acordado por su aportación en el área de la enseñanza bíblica. Colaboró con CEB (Cursos de Estudio Bíblico), y fue Presidente de la Alianza Evangélica Española (1953-68), y de la Unión Bíblica (1953-69). Fundó la editorial Literatura Bíblica y escribió unos 22 libros, mayormente en español. También sirvió como consultor al comité de revisión de la Reina-Valera 1960. Pasó a la presencia del Señor el 12 de abril de 1972.

Se destacan entre sus escritos los siguientes libros: Bosquejos de Doctrina FundamentalEl Libro de Génesis El Libro de ÉxodoIntroducción a los Cuatro Evangelios, Exposición del Evangelio según MarcosExposición de la Epístola a los HebrerosLos Hechos de los ApóstolesExposición de la Epístola a los Gálatas,Exposición de la Epístola a los RomanosExposición de la Primera Epístola a los CorintiosIntroducción a los Libros de Sabiduría y JobIntroducción a los Libros Proféticos e Isaías, Consejos para Jóvenes PredicadoresLa Iglesia, las Iglesias y la Obra MisioneraEl Niño y la Escuela DominicalLa Familia Cristiana, Escogidos en Cristo, Estudios de Doctrina Bíblica, y Normas de Interpretación Bíblica.

Médico de almas

Médico de almas

David Martyn Lloyd-Jones nació en Wales en 1899 y a los 22 años recibió el título de doctor en medicina de los más reconocidos médicos en Inglaterra. Sin embargo, él creía que había una enfermedad del alma que era mucho más profunda que cualquier dolencia física. Poco después de graduarse, llegó a convencerse que la raíz real de los padecimientos de sus pacientes iba más allá de lo físico o sicológico. Concluyó que vivir separado del Creador era estar muerto y que lo que la humanidad necesitaba más era la vida de Dios.

Cuando entendió que por medio de la muerte sobre la cruz las personas podían tener vida eterna, experimentó el nuevo nacimiento. Esta experiencia cambió su vida – y su dirección, de médico a pastor. Su educación teológica la recibió de parte de grandes teólogos como John Owens y Jonathan Edwards. Lloyd-Jones escribió: “Yo devoraba estos volúmenes, los leía una y otra vez. Ciertamente es verdad que me ayudaron más que cualquier otra cosa”. En 1927 fue ordenado en el Tabernáculo George Whitefield de Londres, como un calvinista-metodista.

Después de once años como evangelista y predicador en el sur de Wales, fue invitado por el anciano G. Campbell Morgan, para convertirse en co-pastor en la Capilla Westminister de Londres en 1938.

Pasó los siguientes treinta años predicando en esa iglesia, durante los difíciles años de la guerra, convirtiéndose en el pastor único cuando Morgan se retiró en 1943. Bajo su liderazgo la Capilla de Westminster llegó a ser reconocida como el púlpito evangélico líder en Inglaterra. La exposición cuidadosa de la Biblia y la teología reformada sin compromiso, caracterizó su ministerio allí. Al mismo tiempo, fue conocido por su piedad genuina, por su próspera vida familiar, sentido del humor, habilidad como consejero y su profundo deseo de renovación en la iglesia evangélica. Miles encontraron a Cristo y crecieron en la fe, gracias a su predicación.

En 1968, la enfermedad lo obligó a ponerle fin a su ministerio en la Capilla Westminster. Pero Lloyd-Jones más tarde se convenció de que Dios lo había removido de su ministerio de predicación para que pudiera escribir. Comenzó  editando las transcripciones de sus sermones para publicarlos y escribió muchos libros, algunos de los cuales todavía se encuentran en la imprenta.

Fue un estudiante de historia de la iglesia, y entre los pensamientos que atesoraba estaba una declaración de John Wesley, quien dijo de los primeros metodistas: “Nuestra gente muere bien”. Lloyd-Jones conocía el poder detrás de estas palabras. La muerte física verdaderamente perdía su aguijón para esos que tenían confianza en la vida en la eternidad.

Su propio turno para morir llegó en los últimos días del invierno de 1981. El jueves en la tarde del 26 de febrero de 1981, con mano temblorosa escribió una nota para su amada esposa e hijos, en la que les dijo: “No oren para que sane. No me retengan de la gloria”. Su petición fue honrada. El siguiente domingo, el doctor David Martyn Lloyd-Jones entro en la gloria para conocer cara a cara, al Dios que había amado profundamente.

Reflexión

Dios trajo un cambio en la dirección de la vida de David Martyn Lloyd-Jones, de médico a pastor. ¿Alguna vez ha abierto el Señor una nueva puerta de oportunidad en su vida, que no esperaba? Si no lo ha hecho todavía, ¡no descarte esta posibilidad de que tal vez lo haga!

“Guíame, Jehová, en tu justicia, a causa de mis enemigos; endereza delante de mí tu camino” (Salmos 5:8).

http://www.radioiglesia.com/index.php?option=com_content&task=view&id=1008&Itemid=

Trabajo Monográfico sobre la Predestinación parte 3 – Decretos de salvación

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Trabajo Monográfico sobre la Predestinación parte 2

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Comentarios Sobre Evangelio Segun Jesus

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