El Seol, el Hades y el Infierno

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ISRAEL, HISTORIA POSBÍBLICA

ISRAEL, HISTORIA POSBÍBLICA

Bajo Roma Y Bizancio

Durante la vida de Jesús y los apóstoles, Palestina estuvo anexada a la provincia romana de Siria. Los emperadores romanos (Roma, Imperio) pusieron a Palestina en manos de procuradores, pero la injusticia y rapacidad de estos, unida al fanatismo de los  Zelotes sicarios y al estado de exaltación mesiánica, provocaron una franca rebelión contra Roma. Al estallar la violencia, en los años 67 y 68 d.C., el emperador Nerón encargó al general Vespasiano dominar la situación y erradicar el nacionalismo judío. Vespasiano comenzó las operaciones militares pero, una vez elegido emperador (año 69), encomendó la tarea a su hijo Tito, quien en 70 culminó la conquista del país con la toma y arrasamiento de  Jerusalén, la destrucción de la vida nacional de los judíos y su  Dispersión por todo el mundo entonces conocido.

El país reconquistado se convirtió en la provincia romana de Judea, gobernada por un legado senatorial residente en Siria. Las ciudades y los pueblos fueron reconstruidos lentamente y la vida comercial e intelectual recomenzó mientras en Jerusalén la Legión X Fretensis mantenía la Pax Romana. En Jamnia, localidad vecina a Gaza, desde el 68 d.C. y con permiso del emperador Vespasiano, funcionaba una academia de doctores y escribas judíos, fundada por el rabí Yojanán Ben Zakai, la cual trabajó ininterrumpidamente hasta el 425, cuando el emperador Teodosio II la suprimió. Disuelto el sanedrín desde el año 70 d.C., la academia de Jamnia constituyó durante tres siglos y medio la máxima autoridad del judaísmo; su labor fundamental fue la definición de cuáles libros se consideraban autoritativos ( Canon del Antiguo Testamento), y la recopilación de la tradición que se fijó en la Mishnah y el  Talmud, roca espiritual del judaísmo posterior.

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El muro de las lamentaciones

Foto de Ben Chapman

El muro de las lamentaciones, forma parte de los restos de los edificios del templo de Herodes en Jerusalén. Los judíos modernos vienen aquí para lamentar la pérdida del templo y para orar.

A partir del año 116 d.C. hubo numerosos levantamientos contra el poder imperial en las comunidades judías mediterráneas, especialmente en Alejandría, Cirene y Chipre, y estos encontraron eco en Palestina. Un decreto del emperador Adriano prohibió la circuncisión en todo el imperio y provocó una insurrección palestina capitaneada por el héroe judío Bar-Kojba (hijo de la estrella; cf. Nm 24.17), aceptado como mesías por el rabí Aqiba, el gran doctor talmúdico. El nuevo levantamiento judío duró del 132 al 135 y fue cruelmente sofocado por Adriano, quien después de la matanza del pueblo hebreo y de arrasar nuevamente a Jerusalén, la hizo reedificar con el nombre de Aelia Capitolina y prohibió a los judíos residir en ella. En el lugar del antiguo ® Templo se edificó un templo a Júpiter capitolino y, sobre el sepulcro identificado como el de Jesús, otro templo a Venus. Hasta el nombre de Judea quedó proscrito. El país quedó semidesierto y durante siglos predominaron en Jerusalén y en toda Palestina las poblaciones romana, griega, árabe, siria o cualquier otra menos la judía.

Con la conversión al cristianismo del emperador Constantino, Palestina se fortaleció religiosamente. Santa Helena, madre del emperador, visitó en 326 los lugares tradicionalmente asociados con la vida de Jesucristo e hizo construir suntuosas basílicas en muchos de ellos. Por aquella época las peregrinaciones de cristianos a la Tierra Santa se multiplicaron. Tal situación se eclipsó bajo Juliano el Apóstata, anticristiano que incluso ordenó la reconstrucción del templo de Jerusalén (obra inconclusa desde sus fases iniciales) para desmentir la profecía de Cristo sobre la destrucción del templo (Lc 19.43s).

En el reparto del Imperio Romano en 395, a la muerte de Teodosio, Palestina tocó al Imperio de Oriente (Bizancio). Se intensificaron las peregrinaciones y se difundió ampliamente el monarquismo cristiano en su territorio. El emperador Justiniano embelleció y restauró las basílicas cristianas.

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El arco de Tito en la ciudad de Roma

El arco de Tito en la ciudad de Roma, recordando la victoria de los emperadores romanos Vespasiano y Tito sobre la rebelión judía en el 70 d.C.

Período Persa

En el año 614 el rey persa Cosroes II, en lucha contra los bizantinos, se apoderó de Palestina ayudado por los judíos locales, adversos al cristianismo. Los persas devastaron el país y destruyeron o dañaron las edificaciones cristianas. Pero su poder fue fugaz: el emperador bizantino Heraclio, en sus campañas de 628 y 629, liberó el Imperio de Oriente de los invasores y reconquistó Palestina. Tal situación fue también efímera, pues un nuevo poder nacía en Oriente.

Bajo Los árabes

En el año 635 Palestina sucumbió ante la avasalladora política imperialista de los árabes mahometanos, que un siglo más tarde gobernarían desde Córdoba hasta el río Indo. En 637 el califa Omar tomó a Jerusalén con la aquiescencia de los naturales, tanto judíos como cristianos, que hartos del yugo bizantino esperaban un mejor trato de los nuevos amos. La toma de Jerusalén, cuyo asedio duró dos años, solo pudo realizarse luego de un acuerdo entre Omar y el patriarca Sofronio, en el que se garantizaban las vidas y los bienes de los palestinos así como su libertad de culto.

Jerusalén, ciudad santa para los musulmanes debido al fantástico viaje nocturno de Mahoma (Corán, XVII,1), dependía directamente del califa. En el área del antiguo templo se edificaron dos mezquitas sacratísimas para los creyentes mahometanos, la llamada «de Omar» (la Cúpula de la Roca) y la del al-Aksa, cuya ubicación impide, aun en nuestros días, la reedificación del templo.

El dominio árabe en Palestina fue pacífico durante unos tres siglos; la libertad religiosa se respetó tanto para cristianos como para judíos, continuaron las peregrinaciones cristianas y los lugares santos se reconstruyeron. Con la irrupción de los fatimitas de Egipto (929), el país se sumió en guerras y persecuciones que se prolongarían tres siglos. A Palestina la ocuparon y dominaron los califas del Cairo (969), quienes alternaban entre períodos de tolerancia y épocas destructivas de persecución.

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Detalle del arco de Tito

Foto: Servicio fotográfico Levant

Detalle del arco de Tito, mostrando a los romanos cargando objetos del templo en Jerusalén después que el ejército romano destruyera la ciudad en el 70 d.C.

Bajo Los Selyúcidas

La situación se agravó con la ocupación del país (1071–1076) por parte de la dinastía turcomana o selyúcida, fanáticos recién convertidos al islamismo. Sus violencias y crueldades motivaron la reacción de la cristiandad medieval y condujeron a las Cruzadas.

Un Paréntesis: El Reino Latino de Jerusalén (1099–1187)

Enormes ejércitos de cristianos se reunieron ante el llamado de los papas y desorganizadamente se lanzaron a la empresa de reconquistar la Tierra Santa. Tras un intento abortivo en la primera cruzada, Jerusalén fue sitiada y tomada por el ejército cruzado en 1099. Durante cuatro días los cristianos realizaron una horrible matanza de árabes y judíos, al punto de dejar la ciudad santa sin un solo habitante judío por mucho tiempo. Los franceses, fundamentalmente, constituyeron una monarquía feudal de corte europeo enclavada en pleno mundo musulmán. Se sucedieron tres monarcas principales, pero el reino cayó en 1187, en la batalla de Hattin, frente al sultán Saladino de El Cairo.

De Nuevo Bajo Los árabes

Saladino, en efecto, se había proclamado sultán independiente de Egipto desde 1174. Predicó la guerra santa contra los infieles cristianos y reconquistó poco a poco el país, hasta tomar Jerusalén (1187). Las guerras entre los caballeros cruzados y los árabes, unidos a los turcos, culminaron con la victoria de los aliados musulmanes en 1291. Palestina gozó de una casi completa paz externa durante los dos siglos y medio que la gobernaron los musulmanes mamelucos de Egipto, pero esta paz se vio turbada en 1400 con la caída de Damasco en manos de los mongoles y la subsiguiente invasión de Palestina, la más terrible que haya conocido el país. Internamente, a los cristianos se les trató con mucha dureza durante este período; no así los judíos que, a raíz de las persecuciones de que eran objeto en Europa, pudieron emigrar de Francia, Inglaterra y España y construir libremente sus sinagogas.

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Moneda acuñada por el emperador romano Vespasiano

Moneda acuñada por el emperador romano Vespasiano, mostrando un soldado romano con una mujer judía, que llora por la destrucción de Jerusalén en el 70 d.C.

El Imperio Otomano

En 1517 el sultán turco otomano Selim I conquistó a Egipto y al mismo tiempo se adueñó de Palestina, Siria e Irak. La cruel Pax Turca, uno de los sistemas imperiales más deplorables que ha conocido Occidente, sumió al país en un profundo atraso durante los cuatro siglos (1517–1917) de dominio otomano.

En 1799 Napoleón, quien había conquistado a Egipto, partió de allí con ánimo de conquistar Palestina. Se apoderó de Haifa y se enfrentó al ejército turco en la batalla del monte Tabor, pero se retiró sin lograr su fin. De 1832 a 1840 la Pax Turca se interrumpió en Palestina cuando el gobernador de Egipto Mohamed Alí la ocupó, en rebeldía contra su señor el sultán otomano. La aventura terminó con la intervención de las potencias europeas (Inglaterra, Prusia, Austria, Francia y Rusia), quienes para proteger sus intereses constriñeron a Mohamed a devolver lo ocupado a Turquía. El sultán, a raíz del incidente, otorgó ciertas concesiones en suelo palestino a los países europeos y estos abrieron consulados en diversas ciudades y se declararon preceptores de las comunidades cristianas nativas, católicas, protestantes u ortodoxas.

El Sionismo

La explosión del antisemitismo en Europa, especialmente en Rusia, originó dentro del pueblo judío un fuerte movimiento de regreso a la tierra de Israel. Desde 1885 se había fundado el movimiento «Amor a Sion», y en 1897 el visionario del estado judío, Teodoro Herzl, fundó la Organización Sionista Mundial en el primer congreso sionista celebrado en Basilea. La corriente migratoria judía tomó cuerpo: en 1850 no había en toda Palestina sino unos doce mil judíos; hacia 1882 ya había treinta y cinco mil. Las aldeas agrícolas comenzaron a multiplicarse; renació la vieja lengua hebrea y se fundó en Jerusalén la Universidad Hebrea. Al estallar la primera guerra mundial en 1914, la comunidad judía de Palestina sumaba ochenta y cinco mil personas. Esta guerra modificó la situación del país, pues Turquía (la potencia ocupante), en su calidad de aliada en Prusia, hizo de Palestina su centro de operaciones contra Egipto, ocupado este por los ingleses. Las guerras árabes animadas por el coronel Lawrence (Lawrence de Arabia) desalojaron a los otomanos de amplios territorios; entre otros, de la región Siria Palestina, que quedó en manos de los ingleses a partir de 1917.

El Mandato Británico

El 2 de noviembre de 1917 el gobierno británico formuló la Declaración de Balfour, en la que expresaba sus simpatías por las aspiraciones sionistas y se comprometía a apoyar la creación en Palestina de un hogar nacional para el pueblo judío. El mandato sobre Palestina, que la Liga de Naciones confió a los ingleses (1922), incorporó la declaración de Balfour y admitió explícitamente los fundamentos para la reconstrucción de un estado judío en Palestina. Bajo la égida de la Organización Sionista (creación de Herzl) y de la remozada Agencia Judía, el regreso del pueblo y la construcción del nuevo estado adquirieron un ritmo acelerado; el pueblo judío volvió a la agricultura y a la ganadería y se multiplicaron los nuevos centros de población. Sin embargo, la administración británica, requerida por sus intereses en los territorios árabes, fue obstruyendo cada vez más estos esfuerzos y dificultó la inmigración judía. El surgimiento del nazismo en Alemania, y la consiguiente carnicería de seis millones de judíos europeos, tornaron más apremiante la restauración de la independencia judía.

En Palestina, la población hebrea organizó diversos métodos de resistencia contra el ocupante inglés. El resultado fue una mayor tensión y constantes choques entre la administración mandataria y la comunidad judía (el Ishuv). En 1947 Gran Bretaña planteó la cuestión de Palestina ante las Naciones Unidas. Una comisión especial recomendó la partición de Palestina en dos estados independientes, judíos y árabes, ligados por un acuerdo económico con Jerusalén bajo control internacional. El 29 de noviembre de ese año la Asamblea General de la ONU aprobó la recomendación por amplia mayoría y el Ishuv se lanzó entonces a la empresa de preparar la independencia de un estado que contaría con solo veinte mil kilómetros cuadrados de territorio, y que debería inaugurarse el 15 de mayo de 1948, fecha de finalización del mandato británico.

Israel

La noche del 14 de mayo de 1948, David Ben Gurión, en su calidad de jefe del consejo provisional del estado, leyó en Tel Aviv la declaración de independencia, mediante la cual se fundaba el estado de Israel. Pocas horas después, los ejércitos de Egipto, Jordania, Siria, Líbano e Irak, acompañados por un contingente de Arabia Saudita, invadieron el país, e Israel se vio abocado a una guerra de independencia que se prolongó siete meses. El armisticio de 1949 fue efímero y la tensión armada que se produjo con los países árabes, que se negaban y aún se niegan a reconocer el derecho de existencia del estado de Israel, ha producido desde entonces innumerables actos de sabotaje, asaltos y muertes, incluyendo guerras.

Numerosos han sido los conflictos desde entonces. Los principales son:

1956: Israel invade Egipto, lo que entre otras cosas trae como consecuencia que los egipcios inutilicen el canal de Suez.

1967: Estalla la «Guerra de los Seis Días», que resulta en la derrota humillante de las fuerzas árabes. Egipto pierde Gaza y el Sinaí. Siria pierde las alturas de Golán. Jordania pierde la parte vieja de Jerusalén y la Cisjordania.

1973: Se desata la Guerra del Yom Kippur. Egipto ataca por el sur y Siria por el norte. Israel gana territorio y los árabes piden el cese al fuego a las tres semanas del primer ataque.

1977: Anuar el-Sadat, presidente de Egipto, viaja a Israel. Las negociaciones que esto da origen concluyen en 1979 con el Acuerdo de Camp David (Estados Unidos) en el cual se restablecen las relaciones de Israel con Egipto, e Israel les devuelve la península de Sinaí.

1982: Irael invade el Líbano para detener los ataques que desde allí lanza la Organización para la Liberación de Palestina (OLP).

1987: Comienzan las revueltas palestinas que se conocen como intifada.

1991: Irak invade Kuwait y se desata la Guerra del Golfo, durante la cual Israel se ve atacada con proyectiles teledirigidos. La guerra concluye con las conferencias de paz de Madrid.

Surge la esperanza de paz al reiniciarse negociaciones con la OLP en Oslo, Noruega. En 1993 se firma en Washington una Declaración de Principios (Oslo I), tras lo cual se tranfiere a la OLP el control de Jericó y Gaza. A continuación, en 1994, se firma un tratado de paz con Jordania.

1994: El 29 de agosto Israel cede el control de parte de la Ribera Occidental a la OLP.

1995: El año 1995 es trascendental, pues tras el acuerdo interino (Oslo II) que se firma con la OLP, Israel pone Belén, Hebrón y cuatrocientas otras poblaciones bajo el control de los palestinos. Pero ese mismo año se produce el asesinato del primer ministro Isaac Rabin, que da inicio a un período de inestabilidad y peligro para la paz que aún no ha terminado.

1996: En este año Benjamín Netanyahu gana la primera elección de primer ministro. Comienzan las conversaciones respecto a la situación final que decidirán el destino de Jerusalén. Sin embargo, la violencia continúa.

1997: Israel inicia construcción de hogares en el Jerusalén oriental árabe. La tensión y la violencia aumentan.

Israel es en la actualidad, pese al virtual estado de guerra en que ha vivido por casi cincuenta años, un país próspero y moderno que ofrece el espectáculo de una nación que aúna milenios de historia y de tradición con los recursos de la más avanzada tecnología. Cuenta con una población de más de tres millones de habitantes y con importantes centros de enseñanza y de investigación, incluyendo los laboratorios atómicos de Dimona. Su economía es fuerte y sus leyes garantizan la tolerancia religiosa y un amplio marco de libertades, dentro de un estado de corte socializante. Pero la situación política externa es incierta, como es de esperar de un país que solo ha podido sobrevivir a fuerza de devolver golpe por golpe.

Fuente:

Nelson, Wilton M., Nuevo Diccionario Ilustrado de la Biblia, (Nashville, TN: Editorial Caribe) 2000, c1998.

ISRAEL, NACIÓN

ISRAEL, NACIÓN  

Las doce tribus de Israel.

Desde muy temprano la anfictionía de las doce tribus se llamó indistintamente «hijos de Israel», «el pueblo de Israel» y «tribus de Israel». Pero también desde los comienzos existieron tradiciones separadas tanto del sur como del norte. En el sur, desde el mar Muerto hasta el límite con el territorio de los filisteos, quedaban las tribus de Judá y Simeón, que incluían clanes como los calebitas, otonielitas, jeramelitas y los ceneos. El resto de las tribus quedaron al norte a uno y otro lado del Jordán. Rubén estaba al este del mar Muerto sobre el límite norte de Moab, frente a Judá, pero formaba parte del norte. Al oeste del Jordán, y como un eslabón entre las tribus del sur y las del norte, quedaron Daniel y Benjamín. Los danitas decidieron emigrar al extremo norte y cedieron su territorio a los filisteos. Finalmente, Benjamín quedó asimilado en parte por el norte y en parte por el sur. Los moabitas, a la larga, conquistaron el territorio de Rubén.

Saúl, el primer rey, oriundo de Gabaa, de Benjamín, hizo un supremo esfuerzo por unir a todas las tribus bajo su gobierno central. Benjamín, tribu central, favorecía este propósito; pero circunstancias especiales echaron por tierra sus ambiciones. Sin embargo, David, del sur, lo logró. Durante los primeros siete años, David tuvo que limitarse a reinar únicamente en el sur. Las tribus del norte permanecieron fieles (más por sentimentalismo que por convicción) al heredero de Saúl. Pero al morir este, los del norte se sintieron peligrosamente huérfanos de autoridad y se sometieron gustosos al dominio davídico. Fue así, entonces, como por primera vez «los hijos de Israel» estuvieron todos bajo un solo gobierno central, cuya capital era Jerusalén. Es lamentable, pero esta unidad política solo se mantuvo durante los reinados de ® David y ® Salomón. De ahí en adelante dos naciones iniciarían su historia independiente aunque paralela: al norte, Israel, con su capital Samaria; al sur, Judá, con Jerusalén por capital.

La nación de Israel inicia su historia independiente con la rebelión de Jeroboam en el 931 a.C. La idea de ser gobernados indefinidamente por una dinastía sureña y desde una capital también del sur, no era nada atractiva para el núcleo norteño. Pasada la férrea dictadura salomónica, Jeroboam, que huyó de Salomón y se refugió en Egipto, regresó rápidamente y, apoyado por Egipto, organizó la rebelión de las tribus del norte contra Roboam, que ya gobernaba en lugar de Salomón, su padre. La falta de tacto de Roboam y la superioridad numérica del norte inclinaron la balanza en favor de los insurgentes. Ya en el trono, Jeroboam I estableció su capital en Siquem, ciudad central y religiosa pero indefensa. Luego se trasladó a Tirsa y esta fue la capital hasta la fundación de Samaria. Jeroboam I tomó todas las medidas políticas y religiosas necesarias para mantener la separación, se consagró al fortalecimiento de su reino como entidad permanente e independiente de toda influencia, e intentó la reconquista del sur. Puede decirse que esta fue la primera etapa, muy inestable por cierto, en la vida de la nueva nación. Durante los primeros cincuenta años tres dinastías fueron arrasadas por completo: Nadab, hijo de Jeroboam I, que pretendió sucederlo, fue asesinado por Baasa, un oficial, que reinó cuarenta y dos años. Más tarde cuando Ela, hijo de Baasa, quiso suceder a este, también fue asesinado con toda su familia por Zimri, uno de sus oficiales. Este último pereció pocos días después de haber ascendido al trono a manos del general Omri.

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Foto de Howard Vos

Turistas por el río Jaboc, en donde Jacob luchó con un ángel en la época de los patriarcas (Gn 32.22–32).

Una nueva etapa muy próspera y distinguida comienza para la nación israelita con el ascenso de  Omri al trono. En adelante, las referencias a esta nación quedarían consignadas en los anales de los asirios mencionándola no como el «reino de Israel», sino como la «casa de Omri». Omri fundó la ciudad de Samaria y estableció allí su capital. Samaria sería luego tan famosa para Israel como lo fue Jerusalén para Judá. La dinastía de Omri duró apenas cuarenta y tres años (884–831 a.C.), pero hubo en ella cuatro reyes, tres de ellos fueron mundialmente famosos por sus actividades y valentía: Omri, Acab y Joram. Fueron días en que los reinos de Judá e Israel mantuvieron una estrecha amistad; celebraron alianzas y pelearon juntos guerras victoriosas. Fueron también los días en que profetas de la talla de Micaías, Elías y Eliseo ejercieron su ministerio.

Durante este período menudearon los triunfos de Israel sobre sus vecinos inmediatos, pero al mismo tiempo empezó a cernirse sobre la vida de la nación la fatídica sombra de los  Asirios. Estos habían arreglado sus problemas intestinos, y se sentían capaces de conquistar las naciones del Occidente. Entonces, Acab reunió una coalición de reyes vecinos, a la que él mismo contribuyó con mil carros de guerra y diez mil soldados de infantería (muestra indudable de su poderío), y salió al paso de los asirios. Logró apagar los ímpetus conquistadores de estos en la famosa batalla de Qarqar (853).

Con la sangrienta revolución de Jehú, a quien Eliseo ungió en secreto como rey de Israel, terminó la dinastía de Omri y comenzó para Israel un nuevo período que va del 842 al 745, todo bajo la nueva dinastía iniciada por Jehú. Este período se caracterizó, en su primera parte (842–786), por lo siguiente:

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Foto de Werner Braum

La fortaleza de Masada en la cumbre de una montaña, en donde un grupo de rebeldes judíos resistió hasta la muerte contra el ejército romano en 73 d.C. Cuando los romanos escalaron finalmente la montaña y traspasaron las defensas, los judíos se suicidaron para que no los capturaran.

1. La aniquilación de toda la descendencia de Omri, la cual se extendería hasta el reino de Judá.

2. La abolición del sistema de alianzas que había logrado conseguir la dinastía de Omri, y con el que dicha dinastía estuvo a punto de aunar nuevamente a las dos naciones.

3. La subordinación de Asiria bajo Salmanasar III.

Toda esta decadencia sucede bajo Jehú, quien estaba más interesado en la venganza que en la estabilidad y el fortalecimiento del reino.

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Foto de Howard Vos

Ramsés II de Egipto se postra ante sus dioses con una ofrenda. Muchos eruditos creen que este Ramsés fue el faraón gobernante en el tiempo del éxodo.

Los siguientes dos reyes, Joacaz (814–798) y Joás (798–782), poco pudieron hacer dentro de las condiciones que heredaron de Jehú. No obstante, la nación de Israel resurgió vigorosamente bajo la próspera, pacífica y larga administración de Jeroboam II (782–753) y bajo el corto reinado de su hizo Zacarías (753–752), con quien terminó la dinastía de Jehú y comenzó el trágico fin de la nación. Las profecías de Amós y Oseas muestran claramente la gran administración de Jeroboam II.

Después de esto, lo que restaba a Israel como nación eran escasos treinta años. Una serie de crímenes palaciegos (Salum mató a Zacarías, Manahem a Salum y Peka a Pekaía, el hijo de Manahem) y la deposición de Peka por Tiglat-pileser III de Asiria, para colocar en su lugar a su favorito Oseas (732–723), condujo a Israel rápidamente a su fin. A la muerte de Tiglat-pileser III, Oseas creyó poder independizarse de Asiria, y esto solo provocó la ira de Salmanasar V. Este sitió a Samaria, la cual finalmente cayó en manos de Senaquerib en el 722 a.C. Los israelitas fueron llevados al cautiverio y la nación desapareció definitivamente.

FUENTE: 

Nelson, Wilton M., Nuevo Diccionario Ilustrado de la Biblia, (Nashville, TN: Editorial Caribe) 2000, c1998.

JACOB

JACOB

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Jacob lucha con el angel

(el que toma por el calcañar o el que suplanta). Padre del pueblo hebreo, cuya vida transcurrió, probablemente, en el siglo XVIII a.C. Fue hijo de Isaac y  Rebeca y hermano gemelo de Esaú. Nació como respuesta a la oración de fe de su padre (Gn 25.21). Su historia aparece en Gn 25.21–50.14. Desde antes de nacer, su madre supo, por revelación divina, que en su seno se originarían dos grandes naciones ya divididas entre sí. Esaú nació primero, pero Jacob le siguió asido de su talón (Gn 25.22–26). Según la Ley antigua, la primogenitura le correspondía a Esaú, pero Jacob, con notable astucia, la consiguió de su hermano a cambio de un guisado (Gn 25.29–34; Heb 12.16).

Aconsejado por su madre, Jacob obtuvo con engaño la bendición paterna (Gn 27.1–29), y Esaú, indignado, prometió matarlo (Gn 27.41). Como consecuencia, Rebeca misma se vio obligada a procurar que Isaac enviara a Jacob a Harán, con el pretexto de elegir esposa allí (Gn 27.42–28.5; Os 12.12). Durante su viaje Jacob tuvo una visión que le afectó profundamente: veía una escalera que llegaba hasta el cielo y ángeles de Dios que subían y bajaban. En aquel lugar Dios confirmó a Jacob el pacto con Abraham. Jacob erigió un altar, llamó a aquel lugar ® Bet-el (casa de Dios) e hizo voto ante Dios (Gn 28.11–22).

Una vez en Harán Jacob permaneció con su tío Labán, a quien sirvió siete años para poder recibir a Raquel como esposa. Sin embargo, debió trabajar siete años más, Labán le entregó primero a Lea, su hija mayor (Gn 29.9–28). De Lea, Jacob tuvo seis hijos varones: Rubén, Simeón, Leví, Judá, Isacar y Zabulón, y una hija, Dina; de la esclava de Lea tuvo a Gad y Aser. De la esclava de Raquel tuvo a Dan y Neftalí. Como respuesta divina a los ruegos de Raquel también tuvo con ella dos hijos, José y Benjamín, quienes llegaron a ser los favoritos de Jacob. Todos, excepto Benjamín que nació en el camino de Efrata (Belén) y costó la vida de su madre (Gn 35.16–19), nacieron en Padan-aram (Gn 35.23–26).

Gracias a su astucia, Jacob prosperó tanto que provocó la envidia de los hijos de Labán. Como consecuencia, para zanjar las desavenencias y por indicación divina, se volvió a Canaán, pero Labán lo persiguió y alcanzó. Este le propuso celebrar un pacto (Gn 31), se separaron amistosamente y Jacob pudo proseguir su viaje. Al pasar por Mahanaim le salieron al encuentro ángeles de Dios (Gn 32.1, 2). Por temor de su hermano Esaú, planeó hábilmente el encuentro con él. La noche anterior luchó con el ángel de Jehová y, en consecuencia, obtuvo una bendición. Fue entonces cuando recibió el nombre de Israel, «el que lucha con Dios» (Gn 24.32; Os 12.3, 4), nombre que se perpetuó en «los hijos de Israel» (Gn 42.5; 45.21), y llegó a abarcar a todo el pueblo elegido de Dios. Jacob llamó a aquel lugar Peniel (el rostro de Dios).

Después de su reconciliación con Esaú, Jacob se instaló en Siquem (Gn 33.18), pero debido al ultraje de que fue objeto su hija Dina, y a la consecuente venganza de Simeón y Leví contra la ciudad, tuvo que dejar Siquem. Marchó a Bet-el, donde Dios le confirmó sus promesas (Gn 35.1–15). Después llegó a Hebrón, a tiempo para sepultar a su padre (Gn 35.27–29).

La predilección de Jacob por José y los sueños de este le crearon serios problemas de celos entre sus hijos. Una día los propios hermanos vendieron a José y le hicieron creer a Jacob que había muerto (Gn 37). No sería sino años después, cuando fueron a Egipto debido a una escasez de alimentos, que Jacob y el resto de sus hijos descubrirían que el gobernador de aquella tierra era José (Gn 42–45). Jacob y sus demás hijos se instalaron en la tierra de Gosén, donde vivió diecisiete años más (Gn 46–47.28). Murió cuando tenía más de ciento treinta años, rodeado de sus hijos y después de otorgar a cada uno su bendición (Gn 48 y 49). Lo llevaron a Canaán para sepultarlo en la cueva de Macpela, como siempre deseó (Gn 50.1–14).

El nombre de Jacob aparece en las genealogías de Jesús (Mt 1.2; Lc 3.34). Es muy significativo que se mencione con Abraham e Isaac ocupando un lugar predominante en el Reino (Mt 8.11; Lc 13.28). Los Evangelios Sinópticos registran la mención que Jesús hace de Éx 3.6 (Mt 22.32; Mc 12.26; Lc 20.37). Esteban menciona a Jacob en su discurso (Hch 7.12–15, 46), y Pablo en Ro 9.11–13; 11.26. Finalmente el patriarca aparece en Heb 11.21 como uno de los héroes de la fe.
Otro Jacob, padre de José, aparece en la genealogía de Jesús según Mt 1.16.

 

FUENTE:
Nelson, Wilton M., Nuevo Diccionario Ilustrado de la Biblia, (Nashville, TN: Editorial Caribe) 2000, c1998.

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