Como supo Moisés de Adán y Eva?

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El primer hombre de Dios

Una reflexión acerca del propósito que Dios tuvo con Adán.

El primer hombre de Dios

Ruth Paxson

La Escritura no dice mucho sobre la triple naturaleza del hombre, pero lo que dice es muy claro e indubitable. Nos dice cómo el hombre llegó a ser lo que es ahora. «Formó, pues, Jehová Dios al hombre del polvo de la tierra, y alentó en su nariz soplo de vida; y fue el hombre un alma viviente» (Gén. 2:7, Versión 1909).

La Escritura nos cita las partes que componen al hombre tal como fue creado por Dios. «Y el mismo Dios de paz os santifique por completo; y todo vuestro ser, espíritu, alma y cuerpo, sea guardado irreprensible para la venida de nuestro Señor Jesucristo».

En Génesis 2:7 Dios nos da el orden divino en la creación de las distintas partes que componen al hombre.

La formación del cuerpo humano. «Formó, pues, Jehová Dios al hombre del polvo de la tierra». «El primer hombre es de la tierra, terrenal». La tierra iba a ser la morada del hombre. Para que pudiera tener comunicación con el mundo exterior en el que moraría, el cuerpo del hombre fue formado de la tierra y después provisto de los cinco sentidos: vista, oído, gusto, tacto y olfato. A causa de su conexión con lo terreno, el cuerpo es la parte más baja del hombre. Sin embargo, tiene el privilegio enorme de ser el hogar del espíritu y de ser su único medio de contacto con el mundo de los sentidos. El cuerpo es la ciudad puerto de la personalidad humana.

La emanación del espíritu humano. «y alentó en su nariz soplo de vida». El alfarero divino formó la estructura humana y después alentó en ella soplo de vida. Este principio de vida, que vino como una directa emanación de Dios, vino a ser el espíritu humano. Como alguien ha dicho con propiedad: «El hombre es polvo que recibió aliento de la Deidad».

Dios define el espíritu humano en estas palabras: «Lámpara de Jehová es el espíritu del hombre, la cual escudriña lo más profundo del corazón» (Proverbios 20:27). El espíritu es la parte principal del ser humano. Es la obra maestra de la creación de Dios. Es la parte del hombre que tiene relaciones con el mundo invisible y espiritual, y comunión con Dios. Por mediación del espíritu el hombre percibe, ama y adora a Dios. A. T. Pierson dice: «El espíritu recibe las impresiones del mundo exterior y material a través del alma y del cuerpo, pero pertenece a un nivel y reino más altos, y es capaz de un conocimiento directo de Dios por la relación con sus sentidos y facultades superiores. En un estado no caído, era como un altísimo observatorio con la visual hacia el firmamento celestial». El espíritu es la ciudad capital de la personalidad humana.

La creación del alma humana. «Y fue el hombre un alma viviente». Superior al cuerpo e inferior al espíritu está el alma, el médium entre las dos. Se ha dicho que en sus relaciones con el cuerpo y sentidos corporales puede compararse a una cámara oscura fotográfica. Las impresiones del mundo exterior recibidas por los sentidos son recogidas y llevadas a esta cámara oscura donde se revelan en expresiones distintas de pensamiento, emociones y voluntad.

En sus relaciones con el espíritu y con el mundo espiritual puede asemejarse a un estrado judicial. La evidencia con respecto a Dios y a las realidades espirituales que encuentra el espíritu en su búsqueda por el reino espiritual es puesta ante el alma y allí se acepta o se rechaza.

El hombre, pues, es una trinidad. Espíritu, alma y cuerpo son las partes integrantes de su trino ser. En la constitución del primer hombre de Dios se usaron dos elementos independientes, el corporal y el espiritual, el material y el inmaterial. Cada uno de ellos era esencial porque el hombre tenía que estar relacionado con dos mundos, el visible y el invisible, el material y el espiritual. Él fue hecho principalmente para Dios; y para tener contacto con Dios debía tener un espíritu capaz de comunicación y relación con el Espíritu Divino. Pero el hombre tenía que ser colocado en el universo material de Dios para tener relaciones tangibles con el mundo exterior, personas y cosas. Por lo tanto, debía tener un cuerpo capaz de tales contactos y comunicaciones. El hombre tenía que estar en íntimo y continuo contacto con los cielos y con la tierra, con lo externo y lo temporal, con lo espiritual y con lo material.

Cuando Dios colocó el espíritu dentro del cuerpo, como su morada en la tierra, produjo la unión de estas dos partes una tercera, y el hombre fue un alma viviente. El alma uniendo el espíritu con el cuerpo dio al hombre la individualidad, y fue la causa de su existencia como un ser distinto. El alma, con las facultades de la inteligencia, emoción y voluntad, fue la parte central, el asiento, como si dijéramos, del ser del hombre.

El alma actúa como el intermediario entre el espíritu y el cuerpo; fue el lazo que los unió y el canal por el que actúa el uno sobre el otro. El alma está situada en la mitad del camino de los dos mundos: mediante el cuerpo se une con lo visible, material y terrenal, por el espíritu se une con lo invisible, espiritual y celestial. A ella le fue dado el poder para determinar cuál mundo dominaría al hombre.

La grandísima importancia de este tema en sus relaciones con las sucesivas lecciones y el intenso deseo de que cada lector tenga un claro conocimiento de ello me lleva a citar extensamente del libro de Andrew Murray, The Spirit of Christ (El Espíritu de Cristo):

«El espíritu, al vivificar el cuerpo, hizo del hombre un alma viviente, una persona viva con conciencia de sí misma. El alma fue el lugar de reunión, el punto de unión entre el alma y el espíritu. Por el cuerpo, el hombre –el alma viviente– estaba relacionado con el mundo exterior de los sentidos, pudiendo influir en él o ser influenciado de él. Por el espíritu estaba relacionado con el mundo espiritual y con el Espíritu de Dios, de donde tuvo su origen, pudiendo ser el recipiente y el ministro de su vida y de su poder. Estando a mitad del camino de estos dos mundos y perteneciendo a ambos, el alma tenía el poder de determinarse por sí misma, de elegir o de rehusar los objetos de que estaba rodeada y con los que estaba relacionada.

«En la constitución de estas tres partes de la naturaleza del hombre, el espíritu, que le une con lo Divino, era la más alta; el cuerpo, conectándole con lo sensible y con lo animal, era la más baja; el estado intermedio era el alma, partícipe de la naturaleza de las otras partes, el lazo que las unía y por la que podían actuar la una sobre la otra. Su obra, como poder central, era mantenerlas en su debida relación; mantener el cuerpo, como lo más bajo, en sujeción al espíritu, recibir, por el espíritu como lo más alto, del Espíritu Divino lo que faltaba para su perfección, y después pasarlo al cuerpo, para que por ello pudiera ser partícipe de la perfección del espíritu y llegara a ser un cuerpo espiritual.

«Los maravillosos dones con los que el alma fue dotada, especialmente los de conciencia y autodeterminación, o sea la mente y la voluntad, fueron el molde o vaso en el que la vida del espíritu, la verdadera sustancia y verdad de la vida divina, tenía que ser recibida y asimilada. Fueron la capacidad dada por Dios para hacer propios el conocimiento y la voluntad de Dios. Haciendo esto, la vida personal del alma llega a llenarse y posesionarse de la vida del Espíritu y todo el hombre se convierte en espiritual.

«Resumiendo lo dicho, el espíritu es el lugar de nuestra conciencia de Dios, el alma, de nuestra propia conciencia, y el cuerpo, de nuestra conciencia del mundo. En el espíritu mora Dios, en el alma el yo y en el cuerpo el sentido».

Claramente vemos que la intención original de Dios fue que el espíritu humano, por el que solamente el hombre puede relacionarse con Dios y con el mundo espiritual, fuera el elemento dominante en la personalidad humana. El espíritu había de ser el soberano, y mientras permanecía así todo el ser se conservaría espiritual.

Pero aunque el espíritu humano había de ser el soberano en el reino de la personalidad humana, con el alma y el cuerpo entregados a su dominio, sin embargo debía él estar sujeto a un poder más alto. El Dr. A T. Pierson dice: «Una lección obvia en esta psicología bíblica es que Dios designó evidentemente que el espíritu humano, habitado y gobernado por el Espíritu Santo, guardara al hombre en continuo contacto con él mismo y mantuviera en todas las cosas su propia preeminencia, gobernando el alma y el cuerpo.»

Vemos, pues, que el espíritu humano había de ser un soberano bajo otro Soberano. Había de ser también el intermediario entre lo eterno y lo temporal, lo visible y lo invisible, lo divino y lo humano, lo celestial y lo terrenal. El espíritu tenía sus ventanas abiertas hacia el cielo y hacia Dios, y por su percepción, intuición y visión espiritual estaba constantemente recibiendo impresiones espirituales que eran transmitidas al alma y al cuerpo. El espíritu, por una comunión inquebrantable con el Espíritu Santo, había de ser el canal por el cual todo el ser del primer hombre de Dios estaría unido a la vida de Dios y así hecho y mantenido espiritual.

Este breve estudio de la triple naturaleza del primer hombre de Dios, Adán, nos muestra que la personalidad humana fue constituida así para que pudiera pensar, amar y querer dentro del círculo de la voluntad de Dios. Podía elegir la vida bajo la autoridad de su divino Soberano. Nada había en él que impidiera la perfecta obediencia a la voluntad de Dios.

Queda otra pregunta que contestar. ¿Había algún impedimento fuera de él? ¿Fue el ambiente de Adán conducente a una completa y continua obediencia a la voluntad de Dios?

Dios colocó a su hombre perfecto en un ambiente perfecto. El cuadro que nos presenta el Génesis del jardín del Edén es el de un lugar donde había satisfacción y suficiencia para toda necesidad del espíritu, alma y cuerpo del hombre. El Creador se había hecho responsable de suplir abundantemente las necesidades de su criatura. El breve relato de la vida de Adán en el Edén revela la perfecta armonía con el ambiente. La justicia gobernaba y por tanto resultaba la paz. Nada había en su ambiente que impidiera la obediencia a la voluntad de Dios.

No solamente colocó Dios a este perfecto hombre en un ambiente perfecto sino que sus propias relaciones con Adán fueron perfectas. Era una relación de comunión y cooperación.

Adán tenía comunión con Dios. El hombre fue hecho para Dios. Hay en las Escrituras autoridad amplia para esta exposición en los versículos de Isaías 43:7, 21; Col. 1:16; Apoc. 4:11. El hecho de que el hombre fue formado a imagen de Dios en su vida intelectual, moral y volitiva muestra que Dios deseó la comunión con él y le hizo con capacidad para tal comunión, la cual no fue dada a ninguna otra de sus criaturas. Las bellas palabras de Génesis 3:8: «Y oyeron la voz de Jehová Dios que se paseaba por el huerto, al aire del día» revelan que Dios tomó la iniciativa en buscar la comunión y camaradería con Adán y Eva. El primer hombre de Dios anduvo y habló con Dios, como amigo con amigo. Él pudo conocer y gozar de Dios. Por la semejanza de sus naturalezas estaba en interna y espiritual armonía con Dios.

El primer hombre de Dios tuvo también cooperación con Dios en sus actividades de gobierno. Adán era el vicegerente de Dios, por así decirlo, sobre todas sus obras; él fue el instrumento ejecutivo por designación divina para llevar a cabo el divino propósito. Dios hizo de Adán su representante como el monarca visible de todos los seres vivientes (Gén. 1:28). Dentro de su propia esfera él fue un soberano subordinado únicamente a Dios.

Una cosa más queda por decir acerca del primer hombre de Dios. Adán no fue solamente un ser individual, sino la cabeza federal de la raza humana. Dios hizo de su primer hombre la cabeza y representación del hombre. El obispo H. C. G. Moule en su «Outlines of Christian Doctrine» dice: «Adán fue un ser tan verdaderamente individual como lo fue Abel. Pero él fue también, a diferencia de su hijo, lo que un solo Otro ser ha sido, la cabeza moral e inteligente de una raza moral e inteligente; no solamente el primer ejemplar de una naturaleza nuevamente creada, sino, en cierto sentido, el origen de esta naturaleza en sus descendientes, de forma que en él no solamente el individuo sino toda la raza, y en algunos aspectos muy importantes, podría ser tratada.» Adán fue, por designio de Dios, la fuente de la vida humana de toda la humanidad: la cabeza de la familia humana. Él fue, ante Dios, el primer hombre representativo. Por medio de él estableció Dios una unión con toda la raza humana, en la creación. Después mandó a Adán que creciera y se multiplicara.

Luego, el primer hombre de Dios fue perfecto, fue colocado en un ambiente perfecto y tuvo perfecta comunión con Dios. La armonía reinaba dentro de él, en todas sus relaciones, con los seres inferiores a él como igualmente con el Soberano Creador. Todas las cosas dentro y fuera de su vida alentaban la sumisión completa a la soberanía de Dios y a la obediencia perfecta a su voluntad. ¿Estaría él satisfecho con permanecer como un soberano bajo otro Soberano? ¿Elegiría vivir continuamente dentro del círculo de la voluntad de Dios? ¿Guardaría toda su personalidad bajo el dominio del Espíritu Divino, manteniendo así su vida en el plano espiritual? Siendo así hecho a su imagen y semejanza y controlado por su Espíritu Divino, por medio de este primer hombre Dios poblaría la tierra con seres que llevarían su semejanza, se entregarían a su soberanía, le servirían con fruto y vivirían juntos en justicia y paz.

G. Campbell Morgan en «The crises of the Christ» expone la posición de Adán ante Dios en el siguiente párrafo: «La voluntad finita tenía que ser probada, y se mantendría o caería según se sometiera o se rebelara contra la Voluntad Infinita del Infinito Dios. El hombre antes de la caída era un ser creado a la imagen de Dios, viviendo en unión con Dios, cooperando en sus actividades, con las limitaciones de su ser marcadas por disposiciones sencillas y determinados mandatos. Promesas de gracia le atraían, por un lado, a lo más alto, mientras que por otro, una solemne sentencia le ahuyentaba de lo más bajo. Él era un soberano bajo otro Soberano, independiente, pero dependiente. Tenía el derecho de su voluntad, pero solamente podía ejercitarla en perpetua sumisión a la más alta voluntad de Dios». «Y mandó Jehová Dios al hombre, diciendo: … mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás.» (Gén. 2:16-17).

Aquí tenemos la voluntad de Dios expresada en forma concreta. Por medio de este mandamiento Dios puso a prueba a su primer hombre. Adán tenía derecho a ejercer su voluntad y tenía poder para ejercitarla hacia Dios.

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Tomado de “Cómo vivir hasta lo sumo” (Fragmento).

http://www.aguasvivas.cl/revistas/37/legado2.htm

Los primeros humanos

Los primeros humanos

Hace 2.5 millones de años, el clima de la región africana donde habitaban los australopitecinos comenzó a cambiar haciéndose más árido. La sabana arbolada, a la que con tanto éxito se habían adaptado, se fue reduciendo, dando lugar a una sabana abierta, con arbustos pero sin árboles. Indudablemente, este cambio debió afectarles muy gravemente, ya que en este nuevo ambiente debieron encontrarse totalmente a merced de los depredadores. Ya no había un árbol cerca donde subirse en caso de peligro, y no podían correr tan rápido como un león o un grupo de hienas, ni tampoco hacerlos frente ¿Cómo pudieron sobrevivir? Es posible que fueran capaces de utilizar palos y piedras como armas, aunque no tenemos pruebas directas de que esto ocurriera. En ocasiones, se ha visto que los chimpancés pueden hacer estas cosas. En cualquier caso, las nuevas condiciones debieron imponer una fuerte ‘presión selectiva’ que permitiera la adaptación a este mundo nuevo y extraño.

Sin embargo, no todas las zonas de sabana arbolada desaparecieron, y en las que quedaron siguieron habitando los australopitecinos durante mucho tiempo. Tampoco puede dudarse que muchas poblaciones no lograron adaptarse a las nuevas condiciones y se extinguieron. Sin embargo, algunas se adaptaron y los cambios que dio lugar esta adaptación trazaron la senda hacia la aparición del hombre. A estas primeras especies pertenecientes al géneroHomo, las denominaremos colectivamente Homo habilis, aunque el nombre es con seguridad incorrecto, ya que se trata de varias especies y su filogenia todavía no está claramente establecida.

Los cambios que se observan en el registro fósil correspondiente a esa época son rápidos y fundamentales. En primer lugar, se observa el mayor incremento en el tamaño del cerebro. En segundo lugar, el dimorfismo sexual disminuyó desde el 50% típico de los autralopitecinos hasta cerca del 15% que existe en la actualidad. En tercer lugar, se produjo un cambio notable en la dentición, apreciándose una disminución del tamaño de los molares. Además, se observa un acortamiento de los brazos y un alargamiento de las piernas ¿Qué significan todos estos cambios? A ciencia cierta, no lo sabemos, pero los expertos han construido un escenario ‘razonable’, aunque especulativo. Veamos.

La desaparición del bosque debió suponer un cambio mucho más radical que el paso de la selva tropical a la sabana arbolada. Cabe pensar que la adaptación se produjo fundamentalmente en dos direcciones: hacia un completo bipedalismo y hacia un aumento del tamaño del cerebro. En ausencia de árboles, las ventajas del bipedalismo son evidentes. Esta forma de desplazamiento permite cubrir distancias mucho más largas en campo abierto. Además, la posición erguida permite ‘ver más lejos’ en un terreno despejado y estar sometido a una menor insolación. Finalmente, libera las manos para otros usos –significativamente, para utilizar palos y piedras como armas. No obstante, el cambio esencial hacia la posición erguida ya se había producido en losaustralopitecinos.

El cambio más importante radica probablemente en el aumento del tamaño del cerebro. Las ventajas potenciales que se derivarían de una mayor capacidad mental son, en principio, numerosas. Por ejemplo, podría haber permitido a los primeros humanos recorrer un terreno más amplio, ya que se necesita memoria y sentido de la orientación para encontrar la comida y poder ‘regresar’. Sin duda, una mayor capacidad mental es necesaria para el uso y fabricación de herramientas. Las primeras herramientas de piedra que han llegado hasta nosotros fueran fabricadas por Homo habilis. Hay una gran diferencia entre emplear un palo como bastón, como a veces hacen los chimpancés, y fabricar expresamente un instrumento cortante golpeando dos piedras. La segunda acción exige planificación, capacidad de abstracción y enorme destreza manual.

Por otra parte, un cerebro grande también tiene inconvenientes. En primer lugar, gasta mucha energía. Aunque sólo representa el 2% del peso del cuerpo, el cerebro gasta el 20% de la energía en reposo. En definitiva, un buen cerebro es útil pero sale caro. Es razonable que la selección natural no favoreciera el aumento del cerebro entre los chimpancés o los australopitecinos, debido a los costes que ello apareja. Sin embargo, es posible que en las nuevas y duras condiciones a las que se enfrentaban los primeros hombres, las ventajas derivadas de tener un cerebro mayor sí fueran los bastante grandes como para compensar los inconvenientes.

Dos factores han sido propuestos como los cambios claves en este proceso de transición: el uso del fuego y el paso de una dieta vegetariana a otra omnívora, donde la caza jugara un papel importante. En ambos casos, las hipótesis son muy controvertidas, sobre todo porque no están claras las fechas en que estas actividades se originaron y muchos investigadores piensa que no se produjeron sino muy posteriormente. Es plausible que el manejo del fuego fuera un elemento esencial en la ‘conquista’ de la sabana abierta, ya que habría permitido mantener a raya a muchos depredadores nocturnos, sustituyendo así al refugio que proporcionaban los árboles. El inicio de la caza en este periodo ha sido otra fuente de discusión entre los expertos. Algunos científicos se inclinan a pensar que Homo habilis era capaz de abatir presas de buen tamaño y que, justamente, las nuevas demandas derivadas de esta actividad habrían sido el motor de subsiguientes cambios evolutivos. Los partidarios de la ‘hipótesis del cazador’ argumentan que hace falta un cerebro muy grande para seguir los rastros de otros animales y para coordinar la caza dentro de un grupo de individuos. Por otra parte, la disminución de los molares podría reflejar este cambio en la dieta. En cambio, otros investigadores argumentan que eran, a los sumo, cazadores oportunistas y carroñeros, y que los cambios en la dentición pueden explicarse en función del manejo del fuego, que habría permitido ablandar alimentos recolectados de origen vegetal. Aunque no podemos estar seguros de la fecha exacta en que se produjeron todos estos cambios, es razonable pensar que este proceso ya se había completado con la aparición de Homo erectus, hace unos1.9 millones de años. Esta especie resultó ser extraordinariamente exitosa y fue capaz de salir del continente africano y extenderse por Asia y Europa, por lo que podemos considerar a erectus como el ‘primer turista’. Existen pocas dudas de que esta especie llegara a dominar el fuego y a ella se asocia la primera gran industria de herramientas de piedra, denominada achelense.

http://pablorpalenzuela.wordpress.com/2008/04/30/los-primeros-humanos/

Los Primeros humanos (y 2)

Curiosamente, los dos factores fundamentales de hominización, la posición erguida y el tamaño del cerebro, debieron entrar en conflicto en un momento dado, generando a su vez otros cambios importantes. Recordemos que el bipedalismo requiere una cierta re-organización del cuerpo para funcionar. Notablemente, el paso a la posición erguida requiere cambios en la forma de la pelvis, lo que se traduce en una menor anchura del canal pélvico; una pelvis más estrecha significa un parto más difícil. Esto no debía ser un problema grave entre los australopitecinos, ya que el tamaño del cerebro de las crías era también pequeño. Pero cuando el cerebro empezó a aumentar, debido a la mayor demanda de ‘poder mental’, el problema debió agudizarse. En sentido figurado, podríamos decir que la selección natural se encontró con un problema. Por un lado, resultaba favorable tener un cerebro grande y por otro, resultaba imposible parir a las crías con semejante cabezón. También en sentido figurado, podríamos decir que la selección natural lo ‘resolvió’ de la siguiente forma. Las crías de los primeros humanos nacían con una cabeza tan grande como era posible, dentro de los límites marcados por la abertura de la pelvis. Y el resto del desarrollo del cerebro tenía lugar después del parto. Esto explica dos características peculiares de los humanos actuales: que el parto sea difícil (comparado con otros mamíferos) y que los bebés humanos sean mucho más desvalidos que los de especies relacionadas. Para que un bebé humano fuera equivalente en sus ‘capacidades’ al nacer a uno de chimpancé, tendría que pasar 17 meses en el útero, y habría que practicarle obligatoriamente la cesárea (una opción que no estaba disponible entonces). En definitiva, el conflicto entre el problema del parto y la necesidad de un gran cerebro debió aumentar espectacularmente las necesidades de cuidados parentales, con objeto de que estas (inusitadamente) torpes criaturas tuvieran alguna opción de crecer y reproducirse. Y esto trajo consigo otros cambios.

La prolongada lactancia y la dificultad de criar a la prole explica otra de las características más peculiares de la especie humana, ya comentada, y que no se da entre las especies más próximas a la nuestra: la necesidad de que los machos contribuyan a esta crianza, aportando recursos y protección. De aquí debió surgir la constitución de la ‘pareja’ como elemento característico de nuestra especie. Recordemos que los machos de chimpancé no contribuyen en nada al cuidado de su prole, en buena parte porque los machos individuales no pueden estar seguros si una cría dada es suya o no (sigo hablando en sentido figurado; esto no quiere decir literalmente que un chimpancé macho tenga que tener el concepto de paternidad). Al mismo tiempo, la disminución de la poligamia debió contribuir a equilibrar el tamaño corporal de ambos sexos. Por una parte, a los machos ya no les resultaba tan ventajoso monopolizar a muchas hembras porque no podían generar los suficientes recursos alimenticios para contribuir a su alimentación y las de sus hijos. Por otra parte, para las hembras debía ser ventajoso un tamaño corporal grande para facilitar el parto. Existen buenas razones para creer que el mencionado conflicto ‘cabeza-pelvis’ originó una cascada de cambios esenciales en nuestra evolución como especie y contribuyó a perfilar numerosos aspectos de nuestra psicología, tales como la (relativa) tendencia a la monogamia o las preferencias innatas en la elección de pareja.

La aparición de la ‘pareja’ como ‘institución’ debió producirse en paralelo a otro proceso no menos importante: el aumento del tamaño y cohesión del grupo. El carácter ‘desvalido’ de los primeros humanos en la sabana abierta debió hacer de la vida social un elemento particularmente importante en la supervivencia. Es lógico pensar que nuestros antecesores tuvieran que actuar de forma coordinada para defenderse de animales más grandes y fuertes, así como para llevar a cabo estrategias colectivas de caza o recolección. Muchos etólogos y antropólogos evolutivos han argumentado que la vida social impone a los individuos una fuerte demanda de ‘capacidad mental’ para sacar el máximo partido de un ambiente donde hay una fuerte competencia por alimentos y privilegios reproductivos. Según este argumento, los individuos con gran ‘inteligencia social’ serían capaces de formar alianzas ventajosas (o desertar ventajosamente) y de cooperar o engañar a otros individuos según lo requirieran las circunstancias. Esta ‘inteligencia maquiavélica’ habría conferido una ventaja reproductiva a los que la tuvieran y por eso la hemos acabado heredando nosotros, aunque las ventajas reproductivas que en la actualidad nos pueda ofrecer sean dudosas. La crianza en parejas es algo relativamente normal; casi todas las aves la practican. Lo que es excepcional en los humanos es la doble necesidad de formar parejas estables dentro de grupos sociales más amplios. Esta situación debía ser particularmente conflictiva para nuestros antecesores; de hecho, sigue siéndolo para nosotros en la actualidad ¿Cómo se resolvió este nuevo conflicto entre el grupo y la pareja? Seguimos sin saberlo, aunque se ha aventurado alguna hipótesis, pero para poder entrar en ello tenemos que regresar a la cuestión del lenguaje.

http://pablorpalenzuela.wordpress.com/2008/05/03/los-primeros-humanos-y-2/

¿Fue Adán un individuo histórico real?

¿Fue Adán un individuo histórico real?
Luego continuamos con escatologia.Aprovecho este post para colocar un articulo muy interesante,sobre Adan, el de la biblia, el que los evolucionistas no creen que existio,ya que ellos creen que provenimos de un antecesor comun,alguna especie de mono.

Posted: 23 Sep 2009 02:58 PM PDT

Dr. James Anderson

Dr. James Anderson

El 12 de septiembre, la Wilberforce Fellowship publicó un video del Dr. Tremper Longman III llamado “¿Existe un Adán histórico?” En este video Longman expresó sus dudas sobre la existencia de Adán como un personaje histórico, sugestión que va contra la interpretación histórica del evangelicalismo y que trajo algunas respuestas de teólogos consevadores. Una de estas respuestas fue escrita por el Dr. James Andreson, profesor de teología y filosofía en el Reformed Theological Seminary en Charlotte, Estados Unidos, en su blog. A continuación está mi traducción del artículo del Dr. Anderson.

En un video clip que sin duda traerá discusión en la blogósfera evangélica, el Profesor Tremper Longman III expresó dudas acerca de si los primeros capítulos de Génesis nos deben llevar a pensar que Adán fue un individuo histórico real (en el mismo sentido que Jesús, dice, fue un individuo histórico real). No voy a comentar aquí la visión particular de Longman o sus razones para su afirmación, sólo voy a ofrecer doce razones preliminares del porque la visión evangélica de la Biblia nos obliga a creer en la existencia de Adán como un individuo histórico real.

1. Para comenzar, el género literario básico de Génesis 1-4 es el de narrativa histórica (opuesta de, por ejemplo, poesía, código legal o apocalíptico). Esto no quiere decir que aquellos capítulos no pueden contener lenguaje figurado; muchos estudiosos conservadores del AT afirmaría que de hecho lo contiene. Pero esto implica que aquellos capítulos (como el resto de Génesis) fueron escritos por el autor con la intención de reportar eventos importantes en el espacio-tiempo histórico. Como tal, debería haber la fuerte presunción de que el Adán de los capítulos 1-4 no es menos una figura histórica real que el Abraham de los capítulos 12-25.

2. Los primeros cinco versículos de Génesis 5 no sólo describen eventos en la vida de Adán, ellos contienen datos numéricos específicos de esos eventos. Lo que sería extraño si el autor no considerara a Adán como una figura histórica real. (¡Este punto se aplica igualmente para el autor humano como el divino!) Por ejemplo, se nos dice que Adán vivió 930 años. ¿Por qué alguien podría hacer una afirmación de un hecho tan preciso acerca de la vida de cierto individuo si el individuo en cuestión nunca vivió realmente? (Ref. Gén. 25:17; 50:26; Num. 33:39; Deut. 34:7; Jos. 24:29; etc.)

3. El autor de Génesis presenta el libro como una descripción histórica perfectamente integrada. No existen pasos obvios entre una narrativa no histórica a una narrativa histórica. Es más, somos enfrentados con una serie de secciones narrativas, todas introducidas con alguna variante de la fórmula “Estas son las generaciones de…” (Gén. 2:4; 5:1; 6:9; 10:1; 11:10; 11:27; 25:12; 25:19; 36:1, 9; 37:2). La implicación es que Adán y Eva no son menos figuras históricas que Noé, Sem, Abraham, Ismael, Isaac, Esaú y Jacob.

4. Adán es mencionado en la genealogía de 1 Crónicas 1. La presunción es que Adán es tan individuo histórico como la demás gente que aparece en la genealogía. Una cosa a conceder (como muchos estudiosos conservadores del AT harían) es que existen espacios en las genealogías del AT; las palabras hebreas para ‘padre’ e ‘hijo’ ciertamente permiten aquello. Lejano a eso es sugerir que estas genealogías se deslizan imperceptiblemente entre no históricas e históricas.

5. La interpretación de Oseas 6:7 está en disputa, pero un buen caso puede ser ofrecido al tomar a ‘Adán’ como una referencia al primer ser humano, en lugar del nombre de un lugar o como ‘humanidad’, lo que toma sentido en el contexto. (Las notas en la Biblia de Estudio ESV resumen la racionalidad de esta lectura.) Sería tonto descansar sobre este versículo; pero por otro lado, no puede ser menospreciado. Si esta es de hecho la lectura correcta, presta un gran apoyo al caso preliminar sobre el Adán histórico.

6. La genealogía de Jesucristo dada en Lucas 3:23-38 traza todo El camino de vuelta a Adán. Aunque parece que la genealogía no está completa (ni pretende estarlo), es difícil creer que Lucas podría haber aceptado la idea que su lista mesclara lo histórico con lo no histórico. ¿Si Adán no fuera un individuo histórico, no minaría el punto de Lucas, a saber, que Jesús es la segura esperanza para todo ser humano, tanto judíos como gentiles? ¿Cómo podría una genealogía parcialmente ficticia llevar a un punto teológico verdadero?

7. En Mateo 19:3-9, como respuesta a la pregunta acerca del divorcio, Jesús refiere a los fariseos de vuelta al relato de la creación de Adán y Eva en Génesis 1-2. Jesús toma como garantizado que el relato de Génesis describe un evento e individuos históricos reales. ¿Si la pareja de esposos paradigmática nunca existió no dejaría sin sentido el argumento de Jesús?

8. En Romanos 5:12-21, Pablo bosqueja su famoso paralelo entre Adán y Jesús. La transgresión de ‘un hombre’ (Adán) trajo juicio y muerte, pero la obediencia de ‘un hombre’ (Jesús) trae justicia y vida. Si Adán no existió realmente, el paralelo de Pablo – sobre el cual depende su argumento teológico – se caería.

9. En el mismo pasaje, Pablo afirma que “reinó la muerte desde Adán hasta Moisés” (versículo 14). Pablo claramente se refiere a un periodo específico de la historia de la humanidad; pero si Adán no fuera una figura histórica real, entonces no existe tal periodo, en cual caso la afirmación de Pablo falla en su referencia (y por lo tanto falla en expresar una verdad).

10. El paralelo de Pablo entre Adán y Cristo reaparece en 1 Corintios 15:21-22 (también en el versículo 45). La misma consideración de Romanos 5:12-21 se aplica aquí. Si el pecado de Adán no es un evento histórico, el argumento de Pablo falla.

11. En 1 Timoteo 2:12-14, Pablo se refiere a detalles específicos acerca de la creación y caída de Adán y Eva para apoyar su instrucción acerca de la enseñanza de la mujer en la iglesia. La coherencia del argumento paulino depende crucialmente de la historicidad del evento al cual apela.

12. Judas 14 alude a “Enoc, séptimo desde Adán”; es una presunción razonable que el autor de Judas veía tanto a Enoc como a Adán como individuos históricos. Sí, entiendo que surgen complicaciones con el uso de Judas del libro pseudoepigráfico 1 Enoc, y yo no podría querer poner más peso en este punto que el de la interpretación de Oseas 6:7, pero los evangélicos deberíamos mantener en la mente tres simples puntos: (1) toda la Escritura es verbalmente inspirada; (2) Judas es escritura; y (3) el autor de Judas no estaba obligado a mencionar que Enoc era el “séptimo desde Adán”.

Tomados juntos, estos doce puntos añaden un fuerte caso preliminar para la visión cristiana tradicional de que Adán fue un individuo histórico real. Cualquier erudito que sostenga la autoridad e inerrancia de la Escritura, pero niegue estos puntos, tendrá un montón de cosas por explicar. Si todos tenemos que lidiar con los primeros capítulos de Génesis, apelar a género y otras consideraciones literarias puede proveer suficiente agitación. Pero las doce observaciones de arriba indican que la historicidad de Adán es un cordón permanente en la historia, teología y ética bíblica. Tira ese cordón y, tarde o temprano, todo el tejido se desarmará.

Reformado reformándome

El Libro de Génesis: Mito o Verdad?

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Posted: 06 Nov 2008 04:00 AM CST

Como he dejado notar, no son pocos los cristianos los que creen en el creacionismo progresivo, el Big Bang, y/o la evolución. Es claro que para poder expresar sus creencias, deben recurrir a la ciencia para que ésta les brinde las explicaciones con respecto al inicio del universo.

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Existió realmente Adán o es una alegoría?

ETIMOLOGiA Y USO DE LA PALABRA

Hay divergencia de opinión entre los expertos en semítico cuando intentan explicar el significado de la palabra hebrea Adán que con toda probabilidad se uso originalmente como nombre común y no como nombre propio), y ninguna teoría parece satisfactoria hasta ahora. La causa de esta inseguridad en el tema se debe a que la raíz de la palabra Adán, con significado de ‘hombre’ o ‘humanidad’ no es común en todas las lenguas semíticas, aunque por supuesto el nombre es utilizado en las traducciones del Antiguo Testamento. Con la significación original anterior, se lo se da en la lengua fenicia y en la sabea, y probablemente también en la asiria. En Gn 2, 7 el nombre parece estar relacionado con la palabra a-Adanah (‘la tierra’) en su caso el valor del término estaría en que representa al hombre (ratione materia) como nacido de la tierra, similar al latón, donde se supone que la palabra homo viene humus. (sucesivamente: de materia racional, hombre y tierra. N. del. T.). Es un hecho reconocido en general que las etimologías propuestas para las narraciones del Libro de Génesis son a menudo divergentes y no siempre correctas filológicamente, y aunque la teoría (fundada en Gn 2, 7) que relaciona Adán con Adanah es defendida por algunos especialistas, hoy esta interpretación est á desprestigiada. Otros explican el término con el sentido de ‘ser rojo’, un significado enraizado en varios pasajes del Antiguo Testamento (p.e. Gn 25, 50), como en árabe y en etíope. En esta hipótesis el nombre parece que es utilizado originalmente indistintamente para la raza roja o rojo. En este sentido Gesenius (Thesaurus, s.v., p. 25) comenta que en los monumentos antiguos de Egipto las figuras humanas que representan a los egipcios constantemente están pintadas de rojo, mientras que las que representan otras razas lo estén de negros o de algún otro color. Algo anólogo a esta explicación se deduce de la expresión asiria çalmât, qaqqadi ‘cabezas negras’ que se usa a menudo para denominar a los hombres en general. (Cf. Delitsch, Assyr. Handw Arterbuch, Leipzig, 1896, pág., 25.) Algunos escritores combinan esta explicación con la precedente, y asignan a la palabra Adán la doble significación de ‘tierra roja’ y añaden así a la noción del material que da origen al hombre la nota del color de la tierra de la que fue formado. Una tercera teoría que en la actualidad parece ser la que prevalece (cf. Pinches, El Antiguo Testamento a la Luz de los Archivos Históricos y de las Leyendas de Asiria y Babilonia, 1903, pp. 78, 793), explican la raíz de Adán con el significado de ‘para hacer’, ‘para producir’, conectándolo con el Adanu Asirio, cuyo probable significado es ‘para construir’, ‘para levantar’, de ahí Adán significarían ‘hombre’ en el sentido pasivo, como hecho, construído, creado, o en el sentido activo, como el que labora.

En el Antiguo Testamento la palabra se usa tanto por nombre común, como por nombre propio, y en la primera acepción tiene significados diferentes. Así en Gn 2, 5, se emplea para señlar a un ser humano, hombre o mujer; y con menos frecuencia, como en Gn 2, 22, significa hombre como contrario a mujer y, por último, a veces aparece señalando a la humanidad en su conjunto, como en Gn 2, 26. El uso del término, tanto como nombre común o como nombre propio, es compartido por las fuentes señaladas en círculos críticos como P y J. Así en la primera narrativa de la Creación (P) la palabra se utiliza en referencia a la creación de la humanidad, y ambos sexos, pero en Gn 5, 14, texto de la misma fuente se utiliza como nombre propio. Del mismo modo en el segundo relato de la creación (J) se habla de ‘el hombre’ (a-Adan), pero después (Gn 4, 25) el mismo documento lo utiliza como nombre propio sin el artículo.

ADAN EN EL ANTIGUO TESTAMENTO

Toda la información del Antiguo Testamento acerca de Adán y del comienzo de la especie humana esta contenida en los primeros capítulos del Génesis. Hasta que punto estos capítulos deben ser considerados estrictamente histórico es tema de fuerte debate, que no está dentro del alcance del presente artículo. Sin embargo llama la atención, el hecho de que la historia de la Creación se cuenta dos veces, en el primer capítulo y en el segundo, y a pesar de que hay un acuerdo sustancial entre los dos relatos, no obstante hay, una divergencia considerable en el escenario de la narración y en los detalles. Es habitual que los escritores renuentes, a reconocer la presencia de fuentes o documentos independientes en el Pentateuco, expliquen el hecho de esta doble narrativa diciendo que el escritor, que ha diferenciado las sucesivas fases de la Creación en el primer capítulo, en el segundo vuelva al mismo tema para agregar algunos detalles, especialmente extensos, respecto al origen de hombre. Sin embargo, muy pocos especialistas hoy en día, incluso católicos, están satisfechos con esta explicación, y entre los críitcos de cualquier escuela existe la opinión muy fuerte de reconocer el hecho de estar en presencia de un fenómeno bastante común en los relatos históricos Orientales, la combinación o yuxtaposición de dos o más documentos independientes unidos más estrechamente por el escritor de la historia que entre los semitas es esencialmente un recopilador. (Ver Guidi, L’historiographie chez les Semites en la Revista Bíblica de, octubre, 1906.) Las razones en las que se basa este punto de vista, así como los argumentos contrarios, puede encontrarse en la obra del Dr. Gigot Introducción Especial de al Estudio del Antiguo Testamento, Pt. I. Baste mencionar que una repetición similar de los principales sucesos narrados es claramente visible a lo largo de todas las partes históricas del Pentateuco, e incluso en los libros más tardíos, como Samuel y Reyes, y que la consecuencia dibujada por este fenómeno esta confirmada no sólo por los diferentes estilos y punto de vista característicos de las narrativas dobles, sino también por las divergencias y antinomias que por lo general exhiben. Sea lo que sea, es pertinente al propósito del presente artículo examinar los rasgos principales de la doble narrativa de la Creación con referencia especial al origen de hombre.

En el primer relato (Gn 1; 2, 4a) Elohim se presenta creando diferentes clases de seres en días sucesivos. Así el reino vegetal se crea el tercer día, y, coloca al sol y luna en el firmamento el cuarto, crea Dios el quinto día los seres vivientes del agua y las aves del cielo que recibe una bendición especial, la orden de crecer y multiplicarse. El sexto día Elohim crea, primero, todas las criaturas vivas y bestias de la tierra; y después, con las palabras del texto sagrado:

Y dijo Dios: ‘Hagamos al ser humano a nuestra imagen, como semejanza nuestra: y manden en los peces del mar y en las aves de los cielos, y las bestias y en todas las alimañas terrestres, y en todas las sierpes que serpean por la tierra. Creó, pues Dios al ser humano a imagen suya: a imagen de Dios le creó: macho y hembra los creó.

Entonces sigue la bendición junto con la orden de aumentar y llenar la tierra, y finalmente se les asigna el reino vegetal por comida. Considerada aislada, esta narrativa de la Creación hace dudar de si la palabra Adan, ‘hombre’, aquí empleada es entendida por el escritor para designar al individuo o a la especie. Habría algunas indicaciones favorables a la última, p. e. en el contexto, de las creaciones anteriormente escuchadas estas se refieren sin duda a la creación de números inmensos de individuos que pertenecen a las diversas especies, y no a la creación de un individuo o de una pareja. Para el hombre, más adelante, se podría llegar a la misma conclusión de la expresión, ‘macho y hembra los creó’. Sin embargo, en otro pasaje (Gn 5, 15), que pertenece a la misma fuente del primer relato -donde se repite y es en parte complementada la información de la narrativa anterior – se atreve a dar su interpretación. Este pasaje contiene la referencia básica del documento así mismo llamado sacerdotal de Adán, en él leemos que Dios

Los creó varón y hembra. . . y los llamó ‘Hombre’, en el día de su creación.

Y el escritor continúa:

Tenía Adán ciento treinta años, cuando engendró a un hijo a su semejanza, según su imagen, a quien puso por nombre Set. Fueron los días de Adán, después de engendrar a Set, ochocientos años y engendró hijos e hijas. El total de los días de la vida de Adán fue de novecientos treinta años, y murió.

Aquí evidentemente el Adán o hombre del relato de la Creación se identifican con un individuo particular, y por consiguiente las formas plurales que podrían hacer dudar en otras partes se entenderían con referencia a la primera pareja de seres humanos.

En Gn 2, 4b-25 nos encontramos con lo que al parecer es un nuevo e independiente relato de la Creación, no una ampliación simple de la narrativa ya dada. Sin que parezca presuponer algo previamente relatado De hecho el escritor se remonta al tiempo en que todavía no había ni lluvia, ni planta ni bestia del campo; y, mientras la tierra aún era un erial sin vida, el hombre es formado del polvo por Yahveh que le hace vivir soplando en los orificios de su nariz el aliento de vida. Para conocer si estos textos deben ser interpretados, literalmente o en modo figurado, y si la creación del primer hombre fue directa o indirecta, ver GÉNESIS, CREACIÓN, HOMBRE. Aquí la creación del hombre, en lugar de ocupar el último lugar, ocupa la primera posición en orden ascendente, esta puesta antes de la creación de las plantas y animales, y estos se relatan como que han sido creados a continuación para satisfacer las necesidades del hombre. Al hombre no se le encomienda dominar la tierra entera, como en el primer relato, pero se le encarga cuidar del Jardín del Edén con permiso para comer su fruta, salvo del árbol del conocimiento del bien y del mal, y la creación de la mujer es narrada como una idea posterior de Yahveh, para ayuda del hombre, al reconocer la incapacidad del hombre de encontrar compañíaa adecuada en la creación original. En el relato anterior, después de cada paso ‘ Vio Dios que era bueno’, pero aquí Yahveh ve, como así era, que no es bueno para el hombre estar solo, y procede arreglar la deficiencia formando a la mujer Eva de la costilla del hombre mientras duerme profundamente. Según la misma narrativa, viven en una inocencia de niño hasta que Eva es tentada por la serpiente, y los dos comen la fruta prohibida. Entonces se dan cuenta de su pecado, provocan el disgusto de Yahveh, y para que no puedan comer del árbol de vida y así volverse inmortales, son arrojados del jardín del Edén. De aquí en adelante su herencia es el dolor y la fatiga, y el hombre es condenado a la tarea penosa de ganar su sustento de una tierra que por su culpa ha sido hecha estéril. El mismo documento nos da algunos detalles relativos a nuestros primeros padres después de la Caída: el nacimiento de Caín y de Abel el fratricida, y el nacimiento de Set. La otra versión que parece no conocer a Caín o Abel menciona Set como si fuera el primer hijo (Gn. 5, 3), y agrega que durante los ochocientos años que siguen al nacimiento de Set, Adán engendró hijos e hijas.

A pesar de las diferencias y las notables discrepancias de las dos versiones del origen de la humanidad, los relatos están de acuerdo en lo sustancial, y la opinión de la mayoría de expertos se concilian y se explican fácilmente si son consideradas como representantes de dos variantes de las tradiciones hebreas – tradiciones que incluyen los mismos hechos históricos centrales de forma diferente, junto con una presentación más o menos simbólica de ciertas verdades morales y religiosas. Así en ambos relatos el hombre es claramente predilecto, y dependiente de Dios el Creador; todavía entra en contacto directo con Él a través de la acción que le crea, excluyendo de ella a cualquier otro ser intermediario o semidioses tal y como se encuentra en otras mitologías. Este hombre, más que todas las demás criaturas, comparte la perfección que Dios se pone de manifiesto en el primer relato, donde es creado a imagen de Dios y se corresponde en el otro relato porque el hombre es quien recibe la vida del soplo de Yahveh. Por otro lado, el hombre tiene algo en común con los animales, esta implícito por su creación en el mismo día, y en además por el esfuerzo ineficaz, de encontrar un compañero apropiado entre ellos. Él es el dueño y la corona de la creación, como se relata claramente en la primera versión, donde la creación de hombre es la cima de los trabajos de Dios, y donde su supremacía se declara explícitamente, y que con la misma claridad esta implícito en la segunda narración. Aunque su importancia esta destacada porque la creación del hombre es puesta antes de la de los animales y plantas, la creación posterior de animales y plantas estaría simplemente para su utilidad y provecho. La mujer aparece como secundaria y subordinada al hombre, aunque idéntica a él en naturaleza, y la creación de una sola mujer para un solo hombre implica la doctrina de la monogamia. Además, el hombre es creado inocente y bueno; el pecado vino a él de fuera, y fue seguido de un severo castigo que no sólo afecta a la pareja culpable, sino a sus descendientes y también a otros seres. (Cf. Bennett en Hastings, Dic. de la Biblia, s.v.) Por consiguiente, las dos narraciones son prácticamente una con respecto a su propósito didáctico e ilustrativo, y es indudable que esta característica la debemos considerar de principal importancia. Es muy necesario remarcar de paso la altura de las verdades doctrinales y éticas de la narración bíblica que está muy por encima de las extravagantes historias de Creación narradas entre los pueblos paganos de la antigüedad, aunque algunos, particularmente el babilonio, tienen un parecido más o menos llamativo en la forma. A la luz de su excelencia doctrinal y moral, el problema del carácter histórico estricto de la narrativa, tanto en lo relativo a la estructura y sus detalles, se vuelve menos importante, sobre todo cuando nosotros recordamos que en historia como lo entienden otros expertos bíblicos, así como expertos en escritos semíticos, la presentación y orden de los hechos, de modo habitual, -incluso su principal papel- se hace subordinándolos a las exigencias de la preocupación didáctica.

Con relación a las fuentes extra bíblicas que arrojan luz a la narrativa del Antiguo Testamento, es bien sabido que el relato hebreo de la Creación encuentra un paralelo en la tradición babilónica como lo revelan las escrituras cuneiformes. Está más allá del alcance del artículo presente discutir las relaciones de dependencia histórica admitidas que puedan existir entre las dos cosmogonías. Baste decir que en la “Creación Épica”, con respecto al origen de hombre, el fragmento que se supone lo debiera contener no se ha encontrado. Sin embargo hay buenas razones de eruditos independientes para asumir que originalmente perteneció a la tradición incluida en el poema, y que debió ocupar el último lugar, después del relato de la creación de las plantas y los animales, como en el primer capítulo de Génesis. Entre las razones para esta hipótesis están:

  • Las advertencias divinas se dirigen a los hombres después de su creación, hacia el final del poema;
  • El relato de Berosus que menciona la creación de hombre por uno de los dioses que mezcló con arcilla la sangre que fluyó de la cabeza cortada de Tiamat;
  • Un relato traducido por Pinches, no semítico (o presemítico), de un texto bilingüe, en el que se dice que Marduk ha hecho la humanidad, con la cooperación de la diosa Aruru.

(Cf. Enciclopedia Bíblica, art. “Creación”, también Davis, Génesis y Tradición Semítica, pp. 36-47.) En cuanto a la creación de Eva, nada paralelo se ha descubierto hasta ahora entre los archivos fragmentarios de la historia de creación babilónica. El relato, como aparece en el Génesis, no debe ser tomado literalmente como descriptivo de un hecho histórico de acuerdo con la opinión de Origen, de Cajetan, y tambien es defendida ahora por expertos como Hoberg (Die Genesis, Freiburg, 1899, pág., 36) y von Hummelauer (Comm. in Genesim, pp. 149 ss.). Éstos y otros escritores ven en esta narrativa el relato de una visión simbólica del futuro, análoga al sueño de Abraham (Gn 15, 12), y al de San Pedro en Joppe (Hch 10, 10 ss.). (Ver Gigot, Introducción Especial al Estudio del Antiguo Testamento, pt. I, pág., 165, ss.)

Más adelante, en los libros del Antiguo Testamentos son muy pocas las referencias a Adán como individuo, y no agregan nada a la información contenida en el Génesis. Así su nombre, sin comentarios, aparece en la cabeza de las genealogías del libro I de las Crónicas; se menciona igualmente en Tobías 7, 8; Oseas 6, 7; etc., La palabra hebrea Adán aparece en otros pasajes, pero en el sentido de hombre o humanidad. La mención de Adán en Zacarias 13, 5, según la versión de Douay y la Vulgata, se debe a un error de traducción del original.

ADÁN EN EL NUEVO TESTAMENTO

Las referencias a Adán en el Nuevo del Testamento como un personaje histórico sólo ocurren en un pasaje. En el tercer capítulo del Evangelio de Lucas la genealogía del Salvador se remonta a “Adán que era por Dios”. Esta prolongación del linaje terrenal de Jesús más allá de Abraham define el enfoque del Evangelio de San Mateo y se debe sin duda a un espíritu más universalista y a la predilección característica de nuestro tercer evangelista que escribe para la instrucción de los catecúmenos gentiles de la Cristiandad y no tanto desde el punto de vista de la profecía y la esperanza judía. Otra mención del padre histórico de la especie se encuentra en la Epístola de Judas (versículo 14), donde se hace una cita del Libro apócrifo de Henoc, el patriarca antediluviano, donde se cita, “Henoc, el séptimo después de Adán”. Pero las referencias más importantes de Adán se encuentran en las Epístolas de San Pablo. Así en 1 Tm 2, 11-14, el Apóstol, después de establecer ciertas reglas prácticas referentes a la conducta de las mujeres, particularmente relativas al adorno, e inculcando el deber de subordinación al otro sexo, hace descansar la fuerza de sus argumentos más en los mode de pensar del momento que en su valor intrínseco como lo valoraría hoy la mentalidad moderna. Dice:

Porque Adán fue formado primero y Eva en segundo lugar. Y el engañado no fue Adán, sino la mujer que seducida, incurrió en la transgresión.

Una línea similar de argumento se sigue en 1 Cr 11, 8-9. Más importante es la doctrina teológica formulada por San Pablo en la Epístola a los Romanos, 5, 12-20, y en 1 Cr 15, 22-45. En el último pasaje Jesucristo es llamado por analogía y contrasta el nuevo y “último Adán.” Esto debe ser entendido en el sentido que como el Adán original era la cabeza de toda la humanidad, el padre de todos según la carne, también Jesucristo es constituido principio y cabeza de la familia espiritual para el elegido, y potencialmente de toda la humanidad, ya que todos están invitados a compartir su salvación. Así el primer Adán es imagen del segundo, pero mientras el anterior transmite a su descendencia un legado de muerte, el último, al contrario, se vuelve el principio vivificante de la restauración. Cristo es el “último Adán” “Porque no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres, por el que nosotros debamos salvarnos” (Hch 4, 12); ningún otro jefe o padre de la especie deben ser esperados. El primero y el segundo Adán ocupan la posición de cabeza con respecto a la humanidad, pero considerando que por la desobediencia del primero quedó viciada, el y toda la estirpe, dejando a su posteridad una herencia de muerte, pecado, y miseria, el otro a través de su obediencia gana para todos aquéllos que se hacen discípulos suyos una nueva vida de santidad y el premio eterno. Puede decirse que el contraste así formulado expresa el principio fundamental de la religión cristiana y encierra el núcleo de la propia doctrina de la economía de salvación. Es principalmente en éstos y otros pasajes de similar importancia (p.e. Mt 18, 11) donde se basa la doctrina fundamental, nuestros primeros padres fueron creados por el Creador en un estado original de inocencia, la restauración de ésta era el objeto de la Encarnación. Apenas es necesario decir que el hecho de esta restauración no se deduce claramente del relato aislado del Antiguo Testamento.

ADÁN EN LA TRADICIÓN JUDÍA Y CRISTIANA

Es un hecho muy conocido que a las demasiado escuetas narraciones bíblicas se han agregado detalles, en parte por un deseo de satisfacer la curiosidad piadosa, y en parte por enfatizar la enseñanza ética, lo añadidos posteriores judíos, en los primeros tiempos del cristianismo y de la tradición mahometana recogen una cosecha exuberante de erudición legendaria alrededor de los nombres de todos los personajes importantes del Antiguo Testamento. Era por consiguiente natural que la historia de Adán y Eva debiera recibir una atención especial y en consecuencia desarrollarse con este proceso de embellecimiento. Estos añadidos algunos de ellos extravagantes y pueriles son principalmente imaginarios, y en el mejor caso se basan en una interpretación novelada de algún pequeño detalle de la narrativa sagrada. Es innecesario decir que estos relatos no incluyen información histórica real, y su utilidad principal es aportar un ejemplo de la creencia popular piadosa de entonces así como añadir algo de valor a las citadas tradiciones judías cuando se invocan como argumento en un análisis crítico. Hay muchas leyendas rabínicas que hablan de nuestros primeros padres en el Talmud, y muchas están recogidas en el Libro apócrifo de Adán, hoy perdido, pero de la que algunos extractos han llegado a nosotros en otras obras de carácter similar (ver el HOMBRE). La más importante de estas leyendas que no esta dentro del alcance del artículo presente, puede encontrarse en la Enciclopedia judía, I, art. “Adán”, y en lo relativo a leyendas cristianas, en Smith y Wace, el Diccionario de Biografía Cristiana.

Para las referencias del Nuevo Testamento, vea comentarios PALIS en VIG., Dict. de la Biblia, s.v.; BENNETT y ADENEY en HAST., Dict.la Biblia, s.v.; Para el Antiguo Testamento, GIGOT, Introducción Especial al Estudio del Antiguo Testamento, I, 4; VON HUMMELAUER, Comm. al Génesis.

JAMES F. DRISCOLL
Traducido por Félix Carbo Alonso

The Catholic Encyclopedia, Volume I
Copyright © 1907 by Robert Appleton Company
Online Edition Copyright © 1999 by Kevin Knight
Enciclopedia Católica Copyright © ACI-PRENSA
Nihil Obstat, March 1, 1907. Remy Lafort, S.T.D., Censor Imprimatur +John Cardinal Farley, Archbishop of New York

 

http://www.enciclopediacatolica.com/a/adan.htm

¿Cómo nos hizo Dios?

¿Cómo nos hizo Dios?

Todos los hombres descienden de un hombre y de una mujer. Adán y Eva fueron los primeros padres de toda la humanidad. No hay en la Sagrada Escritura verdad más claramente enseñada que ésta. El libro del Génesis establece conclusivamente nuestra común descendencia de esa única pareja.

¿Qué pasa entonces con la teoría de la evolución en su formulación más extrema: que la humanidad evolucionó de una forma de vida animal inferior, de algún tipo de mono?

No es esta la ocasión para un examen detallado de la teoría de la evolución, la teoría que establece que todo lo que existe -el mundo y lo que contiene- ha evolucionado de una masa informe de materia primigenia. En lo que concierne al mundo mismo, el mundo de minerales, rocas y materia inerte, hay sólida evidencia científica de que sufrió un proceso lento y gradual, que se extendió durante un período muy largo de tiempo.

No hay nada contrario a la Biblia o la fe en esa teoría. Si Dios escogió formar el mundo creando originalmente una masa de átomos y estableciendo al mismo tiempo las leyes naturales por las que, paso a paso, evolucionaría hasta hacerse el universo como hoy lo conocemos, pudo muy bien hacerlo así. Seguiría siendo el Creador de todas las cosas.

Además, un desenvolvimiento gradual de su plan, actuado por causas segundas, reflejaría mejor su poder creador que si hubiera hecho el universo que conocemos en un instante. El fabricante que hace sus productos enseñando a supervisores y capataces, muestra mejor sus talentos que el patrón que tiene que atender personalmente cada paso del proceso.

A esta fase del proceso creativo, al desarrollo de la materia inerte, se llama «evolución inorgánica». Si aplicamos la misma teoría a la materia viviente, tenemos la llamada teoría de la «evolución orgánica». Pero el cuadro aquí no está tan claro ni mucho menos; la evidencia se presenta llena de huecos y la teoría necesita más pruebas científicas. Esta teoría propugna que la vida que conocemos hoy, incluso la del cuerpo humano, ha evolucionado por largas eras desde ciertas formas simples de células vivas a plantas y peces, de aves y reptiles al hombre.

La teoría de la evolución orgánica está muy lejos de ser probada científicamente. Hay buenos libros que podrán proporcionar al lector interesado un examen equilibrado de toda esta cuestión (*). Pero para nuestro propósito basta señalar que la exhaustiva investigación científica no ha podido hallar los restos de la criatura que estaría a medio camino entre el hombre y el mono. Los evolucionistas orgánicos basan mucho su doctrina en las similitudes entre el cuerpo de los simios y el del hombre, pero un juicio realmente imparcial nos hará ver que las diferencias son tan grandes como las semejanzas.

Y la búsqueda del «eslabón perdido» continúa. De vez en cuando se descubren unos huesos antiguos en cuevas y excavaciones. Por un rato hay gran excitación, pero luego se ve que aquellos huesos eran o claramente humanos o claramente de mono. Tenemos «el hombre de Pekín», «el hombre mono de Java», «el hombre de Foxhall» y una colección más. Pero estas criaturas, un poquito más que los monos y un poquito menos que el hombre, están aún por desenterrar.

Pero, al final, nuestro interés es relativo. En lo que concierne a la fe, no importa en absoluto. Dios pudo haber moldeado el cuerpo del hombre por medio de un proceso evolutivo, si así lo quiso. Pudo haber dirigido el desarrollo de una especie determinada de mono hasta que alcanzara el punto de perfección que quería. Dios entonces crearía almas espirituales para un macho y una hembra de esa especie, y tendríamos el primer hombre y la primera mujer, Adán y Eva. Sería igualmente cierto que Dios creó al hombre del barro de la tierra.

Lo que debemos creer y lo que el Génesis enseña sin calificaciones es que el género humano desciende de una pareja original, y que las almas de Adán y Eva (como cada una de las nuestras) fueron directa e inmediatamente creadas por Dios. El alma es espíritu; no puede «evolucionar» de la materia, como tampoco puede heredarse de nuestros padres.

Marido y mujer cooperan con Dios en la formación del cuerpo humano. Pero el alma espiritual que hace de ese cuerpo un ser humano ha de ser creada directamente por Dios, e infundida en el cuerpo embriónico en el seno materno.

(*) En castellano pueden consultarse sobre este tema: Luis ARNALBICH, El origen del mundo y del hombre según la Biblia, Ed. Rialp, Madrid 1972; XAVIER ZUBIRI, El origen del hombre, Ed. Revista de Occidente, Madrid 1964; REMY COLLIN, La evolución: hipótesis y problemas, Ed. Casal i Vall, Andorra 1962; NICOLÁS CORTE, Los orígenes del hombre, Ed. Casal i Vall, Andorra 1959; PmRo LEONAROI, Carlos Darwin y el evolucionismo, Ed. Fax, Madrid, 1961; CLAUDIO TRESMONTAN, Introducción al pensamiento de Teilhard de Chardin, Ed. Taurus, Madrid 1964.

La búsqueda del «eslabón perdido» continuará, y científicos católicos participarán en ella.

Saben que, como toda verdad viene de Dios, no puede haber conflicto entre un dato religioso y otro científico. Mientras tanto, los demás católicos seguiremos imperturbados.

Sea cuál fuere la forma que Dios eligió para hacer nuestro cuerpo, es el alma lo que importa más. Es el alma la que alza del suelo los ojos del animal -de su limitada búsqueda de alimento y sexo, de placer y evitación de dolor-. Es el alma la que alza nuestros ojos a las estrellas para que veamos la belleza, conozcamos la verdad y amemos el bien(*).

A algunas personas les gusta hablar de sus antepasados. Especialmente si en el árbol familiar aparece un noble, un gran estadista o algún personaje de algún modo famoso, les gusta presumir un poco.

Si quisiéramos, cada uno de nosotros se podría jactar de los antepasados de su árbol familiar, Adán y Eva. Al salir de las manos de Dios eran personas espléndidas. Dios no los hizo seres humanos corrientes, sometidos a las ordinarias leyes de la naturaleza, como las del inevitable decaimiento y la muerte final, una muerte a la que seguiría una mera felicidad natural, sin visión beatífica. Tampoco los hizo sujetos a las normales limitaciones de la naturaleza humana, como son la necesidad de adquirir sus conocimientos por estudio e investigación laboriosos, y la de mantener el control del espíritu sobre la carne por una esforzada vigilancia.

Con los dones que Dios confirió a Adán y Eva en el primer instante de su existencia, nuestros primeros padres eran inmensamente ricos. Primero, contaban con los dones que denominamos «preternaturales» para distinguirlos de los «sobrenaturales». Los dones preternaturales son aquellos que no pertenecen por derecho a la naturaleza humana, y, sin embargo, no está enteramente fuera de la capacidad de la naturaleza humana el recibirlos y poseerlos.

Por usar un ejemplo casero sobre un orden inferior de la creación, digamos que si a un caballo se le diera el poder de volar, esa habilidad sería un don preternatural. Volar no es propio de la naturaleza del caballo, pero hay otras criaturas capaces de hacerlo. La palabra «preternatural» significa, pues, «fuera o más allá del curso ordinario de la naturaleza».

(*) En su encíclica Humani Generis el Papa Pío XII nos indica la cautela necesaria en la investigación de estas materias científicas. «El Magisterio de la Iglesia -dice el Papa Pío XII- no prohíbe el que -según el estado actual de las ciencias y de la teología-, en las investigaciones y disputas, entre los hombres más competentes de entrambos campos sea objeto de estudio la doctrina del evolucionismo, en *canto busca el origen del cuerpo humano en una materia viva preexistente -pero la fe católica manda defender que las almas son creadas inmediatamente por Dios-. Pero todo ello ha de hacerse de modo que las razones de una y otra opinión -es decir, la defensora y la contraria al evolucionismo- sean examinadas y juzgadas seria, moderada y templadamente; y con tal que todos se muestren dispuestos a someterse al juicio de la Iglesia, a quien Cristo confirió el encargo de interpretar auténticamente las Sagradas Escrituras y defender los dogmas de la fe.»

(Colección de Encíclicas y documentos pontificios, ed. A.C.E., volumen 1, 7 ed., Madrid 1967, pág. 1132).

Pero si a un caballo se le diera el poder de PENSAR y comprender verdades abstractas, eso no sería preternatural; sería, en cierto modo, SOBRENATURAL. Pensar no sólo está más allá de la naturaleza del caballo, sino absoluta y enteramente POR ENCIMA de su naturaleza. Este es exactamente el significado de la palabra «sobrenatural»: algo que está totalmente sobre la naturaleza de la criatura; no sólo de un caballo o un hombre, sino de cualquier criatura.

Quizá ese ejemplo nos ayude un poco a entender las dos clases de don que Dios concedió a Adán y Eva. Primero, tenían los dones preternaturales, entre los que se incluían una sabiduría de un orden inmensamente superior, un conocimiento natural de Dios y del mundo, claro y sin impedimentos, que de otro modo sólo podrían adquirir con una investigación y estudio penosos. Luego, contaban con una elevada fuerza de voluntad y el perfecto control de las pasiones y de los sentidos, que les proporcionaban perfecta tranquilidad interior y ausencia de conflictos personales. En el plano espiritual, estos dos dones preternaturales eran los más importantes con que estaban dotadas su mente y su voluntad.

En el plano físico, sus grandes dádivas fueron la ausencia de dolor y de muerte. Tal como Dios había creado a Adán y Eva, éstos habrían vivido en la tierra el tiempo asignado, libres de dolor y sufrimiento, que de otro modo eran inevitables a un cuerpo físico en un mundo físico. Cuando hubieran acabado sus años de vida temporal, habrían entrado en la vida eterna en cuerpo y alma, sin experimentar la tremenda separación de ‘alma y cuerpo que llamamos muerte.

Pero un don mayor que los preternaturales era el sobrenatural que Dios confirió a Adán y Eva. Nada menos que la participación de su propia naturaleza divina. De una manera maravillosa que no podremos comprender del todo hasta que contemplemos a Dios en el cielo, permitió que su amor (que es el Espíritu Santo) fluyera y llenara las almas de Adán y Eva. Es, por supuesto, un ejemplo muy inadecuado, pero me gusta imaginar este flujo del amor de Dios al alma como el de la sangre en una transfusión. Así como el paciente se une a la sangre del donante por el flujo de ésta, las almas de Adán y Eva estaban unidas a Dios por el flujo de su amor.

La nueva clase de vida que, como resultado de su unión con Dios, poseían Adán y Eva es la vida sobrenatural que llamamos «gracia santificante». Más adelante la trataremos con más extensión, pues desempeña una función en nuestra vida espiritual de importancia absoluta.

Pero ya nos resulta fácil deducir que si Dios se dignó hacer partícipe a nuestra alma de su propia vida en esta tierra temporal, es porque quiere también que participe de su vida divina eternamente en el cielo.

Como consecuencia del don de la gracia santificante, Adán y Eva ya no estaban destinados a una felicidad meramente natural, o sea a una felicidad basada en el simple conocimiento natural de Dios, a quien seguirían sin ver. En cambio, con la gracia santificante, Adán y Eva podrían conocer a Dios tal como es, cara a cara, una vez terminaran su vida en la tierra. Y al verle cara a cara le amarían con un éxtasis de amor de tal intensidad que nunca el hombre hubiera podido aspirar a él por propia naturaleza.

Y ésta es la clase de antepasados que tú y yo hemos tenido. Así es como Dios había hecho a Adán y Eva.

http://www.conoze.com/doc.php?doc=3364

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