Spurgeon y la Biblia II
Spurgeon y la Biblia II
Julio 3, 2009 by Allan Román
Allan Román
Tiene un Certificado de Teología de Spurgeon’s College, Londres y traduce:www.spurgeon.com.mx

Decíamos en nuestro artículo anterior que hay varios pasajes autobiográficos de Spurgeon que describen su actitud hacia la Palabra de Dios. Incluso antes de su conversión a Cristo, Spurgeon conocía algo sobre el valor de la Biblia:
“Antes de mi conversión yo estaba acostumbrado a leer las Escrituras, a admirar su grandeza, a sentir el encanto de su historia, y a sorprenderme ante la majestad de su lenguaje.”
En el Libro que habla, un sermón predicado en 1871, Spurgeon declaró cómo las Escrituras se habían vuelto cada vez más preciosas para él:
“Muchos libros de mi biblioteca están ahora detrás de mí y por debajo de mí; los leí hace años, con considerable placer; los he releído, después de algún tiempo, con desilusión; no volveré a leerlos nunca, pues no me sirven de nada. Fueron buenos, a su manera, alguna vez, como también lo fueron los vestidos que usé cuando tenía diez años; pero ya no me sirven, y sé más de lo que estos libros enseñan, y sé dónde están sus fallas. Pero nadie supera a la Escritura, el libro que se ensancha y se profundiza con los años. Es cierto que realmente no puede crecer, pues es perfecto; pero lo hace en cuanto a nuestro entendimiento. Entre más profundo caven en la Escritura, más descubrirán que es un gran abismo de verdad.”
La única queja que tenía contra la Versión Autorizada era su división en capítulos y versículos: “Me siento vejado por el individuo que dividió la Biblia en capítulos; me olvido de su nombre en este preciso momento, y tengo la certeza de que no vale la pena recordarlo. Me he enterado que realizó la mayor parte de su obra con su cincel entre Londres y París, y su trabajo resultó ser muy tosco. Seguramente estaba dividiendo el Evangelio de Mateo en capítulos mientras atravesaba el Canal de la Mancha, pues lo dividió en lugares muy extraños.” (Nota: la división de la Biblia en capítulos se le atribuye a Stephen Langton, c.1150/55-1228, Arzobispo de Canterbury. Con muy pocas modificaciones, es la división en uso).
En contraste con ese franco comentario sobre la deficiencia, Spurgeon dijo lo siguiente en un sermón sobre la ‘infalibilidad’: “La Santa Escritura es una arpa eolia a través de la cual el viento bendito del Espíritu está soplando siempre para crear una música mística de tal naturaleza, que los oídos humanos no oirían en ninguna otra parte, ni oirían tampoco allí, a menos que hubieren sido abiertos por el toque sanador del Grandioso Médico.”
La Biblia era la guía infalible de Spurgeon en todas las cosas, en toda circunstancia y en toda situación de la vida: “Si quiero viajar en tren, uso a Bradshaw, y no confío en las habladurías; y si quiero ir al cielo, debo seguir a la Biblia.”
Como para la mayoría de nosotros, hubo momentos en los que la Biblia era un libro ‘árido’ para Spurgeon. Pero, al continuar leyéndolo, revivía (al igual que Spurgeon). “Yo confieso que, con frecuencia, me he alimentado de la Palabra de Dios cuando no he sentido apetito por ella, hasta que he logrado recuperar el apetito. Me he vuelto hambriento en la medida en que me he sentido satisfecho: mi vacío parecía matar mi hambre, pero conforme he sido revivido por la palabra, he anhelado más de ella.”
“Yo diría que ningún bautista debería temer jamás producir el texto correcto, y una interpretación precisa del Antiguo y del Nuevo Testamento. Durante muchos años los bautistas han insistido en el hecho de que deberíamos traducir la Palabra de Dios de la mejor manera posible. Todo lo que necesitamos es la mente exacta del Espíritu, en la medida en que podamos alcanzarla.”
Dando ejemplos del amplio uso que podemos hacer de la Biblia, Spurgeon utilizó una ilustración casera: “Recuerdo un libro que poseía mi padre, titulado Medicina familiar, que era consultado cuando cualquiera de nosotros caía enfermo con enfermedades infantiles. El Libro (la Biblia), es nuestro libro de medicina familiar. Pueden usarlo en los funerales. Pueden usarlo en las bodas. Pueden usarlo en los cumpleaños. Pueden usarlo como una lámpara en la noche. Pueden usarlo como una sombrilla durante el día. Es un Libro universal; es el Libro de los libros que ha proporcionado material para montañas de libros; está hecho de lo que yo llamo biblina, es decir, de la esencia de los libros.”
Concluimos este artículo recomendando a nuestros lectores que hagan de la Biblia, su libro de medicina familiar, al punto que nuestra sangre se convierta en biblina.
Spurgeon y la Biblia I
Spurgeon y la Biblia I
Junio 5, 2009 by Allan Román
Allan Román
Tiene un Certificado de Teología de Spurgeon’s College, Londres y traduce:www.spurgeon.com.mx

Spurgeon explicó la Biblia al hombre de la calle en cada etapa de su vida cristiana. Lo hizo cuando era un predicador adolescente que salía a exponer la Palabra en diversos caseríos ubicados en las inmediaciones de Cambridge, y también lo realizó durante un par de años en su primer oficio de pastor, en Waterbeach. La capilla bautista de New Park Street, en el sur de la ciudad de Londres, resonó vibrante con sus predicaciones bíblicas, muchas de las cuales están ya disponibles en español, y el Tabernáculo Metropolitano retumbó con los mensajes iluminadores del pastor Charles Spurgeon. Los truenos de su predicación vibran todavía hoy, esparciendo la sana doctrina bíblica en todos los ámbitos de nuestra América hispana.
“Gran multitud del pueblo le oía de buena gana”, nos informa el evangelista Marcos acerca de Jesús. Se dice también que una gran multitud del pueblo de Londres y sus alrededores escuchaba con creciente avidez las magníficas exposiciones bíblicas de Spurgeon, en la Inglaterra del siglo diecinueve.
El pastor Spurgeon no fue el primero en fundamentar un ministerio exitoso en una interpretación sostenida de la Palabra de Dios. Los ‘puritanos’ (de quienes era un ávido y devoto lector), habían ejercido ministerios similares. Después de la partida de Spurgeon, llegó otra sucesión de ‘gigantes’ del púlpito que poseía una fuerte influencia bíblica. El doctor Wilbur M. Smith nos menciona, entre otros, al doctor D. Martyn Lloyd-Jones, quien dedicó un año entero a la exposición de un solo capítulo de la palabra de Dios, tomado del Libro de la Epístola a los Romanos. Cita también al doctor Donald Barnhouse, que predicó durante cuatro años sobre la Epístola a los Romanos, y al doctor Harry Ironside, quien expuso todo el Nuevo Testamento, cada domingo de manera consecutiva. Hace referencia también al doctor J. Vernon McGee, que seleccionó y explicó un capítulo prominente de cada uno de los libros de la Biblia. Sin embargo, ninguno de ellos despierta el interés en los lectores de hoy, como lo hace Charles.
El señor Spurgeon no estaba inclinado a predicar series de sermones sobre libros de la Biblia (o sobre ciertos tópicos); sin embargo, durante su ministerio, predicó sermones basados en versículos tomados de cada uno de los libros de la Biblia, con la excepción de la Segunda Epístola de San Juan.
Es interesante mencionar que en los servicios dominicales, Spurgeon utilizaba un momento del servicio para presentar exposiciones de capítulos enteros de la Biblia. Sería muy bueno poder ver traducidos al español algunos de esos espléndidos comentarios que nos hablan del grado de entendimiento del material bíblico que poseía el pastor Spurgeon. En la revista mensual que publicó durante mucho tiempo, La Espada y la Cuchara, incluyó muchas obras expositivas que más tarde fueron publicadas en forma de libros. Un buen ejemplo de esto es el libro El Alfabeto de Oro – Salmo 119. También escribió libros que contienen exposiciones que estaban destinados específicamente para la publicación, tales como su obra magna: El Tesoro de David, que es una prolija exposición del Libro de los Salmos. Antes de su muerte, pudo completar el libro El Evangelio del Reino, que contiene sus comentarios sobre el Evangelio de San Mateo, que vio la luz póstumamente.
Es bueno recordar que, a diferencia de la sobreabundante literatura que se encuentra disponible hoy día para los estudiosos de la Biblia, tales como copias antiguas del Nuevo Testamento griego, miles de manuscritos en latín, y varios miles de fragmentos en siríaco y en otras lenguas, Spurgeon contaba solo con la Versión Autorizada o la Versión del Rey Jacobo de 1611, y al final de su vida pudo estudiar también la Versión Revisada, pero fue capaz de presentar la Palabra de Dios al hombre ordinario y necesitado, en un inglés sencillo marcado por un fuerte acento anglosajón.
Se ha dicho que la Biblia se distingue como la Palabra de Dios por el espíritu de amor que exhala desde cada una de sus partes componentes. Como una biblioteca divina compuesta de 66 libros, la Biblia se distingue por una suprema consideración de la gloria de Dios: solamente Él es exaltado. A través de toda la Biblia, la fe es el grandioso principio que cumple todo. Dios nos dio la Biblia para que podamos conocer Su santidad y nuestra impiedad. Nos muestra nuestra necesidad de la salvación eterna, y nos explica la naturaleza de esa salvación. La predicación de la Palabra de Dios, bajo la guía del Espíritu Santo, nos hace “sabios para la salvación”, y es “poder de Dios para salvación a todo aquel que cree.” Spurgeon creía esto y es por ello que en su predicación, enseñanza y ministerio literario, él exaltaba la Biblia, porque la Biblia exalta a Cristo como el Hijo de Dios y el Salvador del mundo.
Hay varios pasajes autobiográficos en los sermones de Spurgeon que describen su actitud para con la Palabra de Dios. Estos pasajes los estaremos examinando en la próxima entrega de esta serie.
La Época de los Patriarcas: de Abraham a Jacob. IV
La Época de los Patriarcas: de Abraham a Jacob. IV
5. Abraham Vivió en el Reino de Mari.
Un muerto de piedra. — El teniente Cabane informa sobre un hallazgo. — Un “tell” de Siria es muy visitado. — El rey Lamgi-Mari se presenta a sí mismo. — El profesor Parrot descubre un grandioso reino desconocido. — El palacio real con sus 260 salones y patios. — 23.000 tablillas de barro sobreviven cuatro milenios. — La policía de las estepas nos habla de los “benjaminitas.” — La patria de Rebeca, una ciudad floreciente.
Y DIJO YAHVÉ A ABRAHAM: “VETE DE TU PAÍS, DE TU PATRIA Y DE LA CASA DE TU PADRE AL PAÍS QUE YO TE MOSTRARÉ…” (Gén. 12:1).
La patria de que habla aquí la Biblia es Jarán. Allí vivían Téraj, su hijo Abraham, su nuera Saray y su nieto Lot (Gen. 11:31).
Hasta hace muy poco tiempo Jarán era completamente desconocida. Nada se sabía sobre su historia primitiva. Todos los documentos de la antigua Babilonia guardan un silencio profundo sobre la región del Éufrates medio, llamada también el país “entre los dos ríos,” en el cual Jarán estuvo situada en otro tiempo.
Un hallazgo fortuito conduce en 1933 a hacer excavaciones que también aquí llevan a un gran descubrimiento verdaderamente emocionante y con ello a nuevos conocimientos. Éstos nos presentan a la bíblica Jarán y la vida de los patriarcas enmarcados en un ambiente histórico.
Sobre la línea férrea que une a Damasco y Mosul, allí donde aquélla atraviesa el Éufrates, existe la desconocida y pequeña ciudad Abu Kemal. Como Siria, después de la primera guerra mundial, se halla bajo el protectorado de Francia, acantonándo allí un destacamento francés.
Durante el verano de 1933 hace un calor asfixiante y enervador en la amplia depresión del Éufrates. Un día, el teniente Cabane, oficial del destacamento, es llamado a la oficina. Sospecha que se trata de una nueva disputa surgida entre los árabes y que él tendrá que dirimir. Presume lo que está pasando. Pero esta vez la excitación existente en la oficina parece tener otra causa. Según puede deducirse del relato de los intérpretes ocurre lo siguiente: unas personas habían intentado inhumar a un pariente fallecido, y cuando, en una colina apartada, llamada Tell Hariri, cavaban la sepultura, he aquí que había aparecido ¡un muerto de piedra!
El teniente Cabane piensa que quizá se trata de un hallazgo arqueológico que puede interesar al museo de Alepo. En definitiva un nuevo acontecimiento que viene a romper la enervante monotonía de aquel puesto de guardia, del que nadie se acuerda.
Al anochecer se dirige en su coche a Tell Hariri, situado a unos 11 kilómetros al norte de Abu Kemal, junto al Éufrates.
Los árabes le guían a través de una pendiente y, en una depresión del terreno, contempla la estatua mutilada que el día antes había excitado tanto los ánimos. Cabane no es técnico, pero se da cuenta de que la figura de piedra es muy antigua. Al día siguiente unos soldados franceses la llevan a Abu Kemal. La luz está encendida hasta después de la medianoche en la pequeña comandancia. Cabane está redactando un informe sumamente detallado sobre el hallazgo, para su oficina, para Henry Seyrig, director del Museo de Antigüedades de Beyrut, y para el Museo de Alepo.
Pasan los meses sin novedad alguna. La cosa parece carecer de importancia o haber sido olvidada. Por fin, en los últimos días de noviembre, se recibe un telegrama de París procedente del Museo del Louvre. Cabane apenas puede dar crédito a sus ojos y lee y relee la extraordinaria noticia. Dentro de pocos días llegará de Francia una relevante personalidad, el arqueólogo profesor André Parrot, y con él, hombres de ciencia, arquitectos, ayudantes y delineantes.
El 9 de diciembre se dirigen todos hacia Tell Hariri. Los arqueólogos empiezan su trabajo como investigadores. En primer lugar miden con toda precisión la colina, la fotografían hasta en sus más pequeños detalles, la examinan con aparatos percusores y analizan muestras del terreno. En este trabajo transcurre el mes de diciembre y las primeras semanas del año nuevo. El 23 de enero de 1934 es el día decisivo.
Al excavar con todo cuidado en la periferia del “tell.” sale de entre los cascotes una figura pequeña y graciosa que tiene grabada una leyenda sobre su hombro izquierdo. Todos se inclinan hacia ella fascinados.
“Yo soy Lamgi-Mari… Rey… de Mari… el grande… Yasakku… que ofrenda su estatua a… Ishtar.”
La lectura lenta, pausada de esta frase es escuchada por el silencioso grupo. El profesor Parrot traduce directamente los caracteres cuneiformes. Ni él ni sus compañeros de trabajo olvidarán jamás este momento de emoción. ¡Una escena fantástica y acaso única en la historia de la Arqueología, tan llena por otra parte de sorpresas y aventuras!
El soberano y rey ha saludado solemnemente a los extranjeros del lejano París y se ha presentado a sí mismo, como si quisiera mostrarles cortésmente el camino hacia su reino de antaño, que aún yace debajo de él, sumido en profundo sueño, y de cuyo esplendor y majestad los sabios de París aún no pueden sospechar nada.
Tallada en piedra, una estatua maravillosa, así aparece el rey Lamgi-Mari ante Parrot. Es una figura de ancha espalda, que inspira respeto; encontrándose sobre un plinto. Pero al rostro le falta la increíble altivez tan típica de las estatuas de otros soberanos del Oriente antiguo, en concreto de los asirios, las cuales ofrecen todas sin excepción un aspecto feroz y cruel. El rey de Mari sonríe. No lleva arma alguna, sus manos están juntas religiosamente recogidas. Una túnica adornada con ricas franjas, semejante a una toga, le cubre, dejando un hombro desnudo.
Casi nunca una excavación se ha visto coronada así de golpe en los primeros intentos por tan rotundo éxito como ésta. Debajo de esta colina debe yacer la regia ciudad de Mari.
Hace ya tiempo que la ciudad de Mari no es ya una incógnita para los hombres de ciencia, gracias a las muchas y antiquísimas inscripciones procedentes de Asiria. Uno de los textos llega a decir que Mari ha sido la décima ciudad fundada después del diluvio. La gran ofensiva de las azadas empieza con gran ardor a actuar sobre Tell Hariri.
Los trabajos se desarrollan desde el año 1933 al 1939, interrumpidos por grandes intervalos de tiempo. El calor tropical hace imposible toda tarea durante la mayor parte del año. Solamente se puede trabajar durante los meses más frescos en la época de las lluvias, desde mediado diciembre hasta fines de marzo.
Las excavaciones de Tell Hariri nos ofrecen una serie de nuevos descubrimientos para un capítulo aún desconocido del Oriente antiguo. Nadie sospecha aún la estrecha relación que tendrán las excavaciones de Mari con muchos personajes de la Biblia, que nos son tan familiares.
Año tras año el comunicado de la expedición da lugar a nuevas sorpresas.
En el invierno de 1933-34 es desenterrado el templo de Ishtar, la diosa de la fecundidad. Tres de los reales adoradores de la diosa han querido perpetuarse en forma de estatuas en las hornacinas del santuario recubiertas de brillante mosaico. Estos reyes son Lamgi-Mari, Idu-Narum y Ebin-II.
En el segundo período de las excavaciones las azadas tropiezan con las casas de una ciudad ¡Allí está la ciudad de Mari! A pesar de la gran satisfacción por el éxito alcanzado, los muros de un palacio que debió de tener dimensiones extraordinarias excitan más la curiosidad y el asombro. Parrot comunica: “Son 69 las salas y patios que hemos logrado excavar hasta ahora. No se ve aún el fin.”
Unas 1.600 tablillas de barro con inscripciones cuneiformes, amontonadas en una de las salas, contienen noticias de carácter económico.
El comunicado que da cuenta de los hallazgos realizados durante la tercera campaña de 1935-36, hace notar que hasta entonces habían sido descubiertas 138 salas y patios sin haber alcanzado aún los muros exteriores del palacio. Una biblioteca formada por 13.000 tablillas está esperando ser descifrada.
En la cuarta campaña se procede a la excavación de un templo dedicado al dios Dagan y de un ziggurat, la típica torre escalonada de Mesopotamia. En el palacio son ya 220 las salas y patios puestos al descubierto y otras 8.000 tablillas se suman a las primeras.
El palacio de los reyes de Mari aparece en toda su grandiosidad ante Parrot y sus colaboradores después que, en el quinto año de sus excavaciones, descubren otras cuarenta salas libres ya de cascotes. Esta colosal construcción del tercer milenio antes de Cristo cubre casi diez yugadas de terreno con sus cimientos. ¡Es un complejo formado por 260 salas y patios! Jamás excavación alguna ha hecho surgir de las tinieblas del pasado una construcción tan colosal y complicada.
Son necesarias largas hileras de camiones sólo para trasladar las tablillas escritas con caracteres cuneiformes, contenidas en los archivos del palacio: en total 23.600 documentos. A su lado quedan eclipsados los grandes hallazgos de tablillas encontradas en Nínive, ya que la célebre biblioteca del rey asirio Assurbanipal “sólo” contenía 20.000 textos.
Para conseguir una idea exacta de lo que es el palacio de Mari es necesario subir en un avión. Volando sobre Tell Hariri se obtienen varias fotografías que, al ser publicadas en una revista francesa, causan una extraordinaria admiración. Este palacio era una de las grandes maravillas del mundo hacia el año 2000 antes de J.C., la joya de la arquitectura del Oriente antiguo. De muy lejos acudían viajeros para admirarlo. “¡He visto Mari!” escribe entusiasmado un mercader de la ciudad fenicia Ugarit.
El último rey que residió en él se llamó Zimri-Lim. Los ejércitos del célebre Hammurabi de Babilonia sometieron el reino de Mari, situado en el Éufrates medio, y destruyeron la gran metrópoli.
Bajo los techos y paredes caídos se hallaron las cenizas de los braseros de los guerreros babilónicos, las cenizas de las llamas que el cuerpo de incendiarios del ejército utilizó para destruir el palacio.
Esto no obstante no pudieron acabar con él por completo podría ser: Esto no obstante, no pudo derruirlo completamente). Quedaron en pie muros de hasta cinco metros de alto. “Y las instalaciones del palacio — escribe el profesor Parrot —, tanto en las cocinas como en las salas de baño, podían ser puestas en servicio de inmediato aún ahora, después de cuatro milenios de la demolición, sin requerir reparaciones de ninguna clase.” En las salas de baño estaban las bañeras. En las cocinas se encontraron moldes para ciertos guisos, y en las chimeneas se hallaron hasta carbones.
La contemplación de las majestuosas ruinas ofrece un espectáculo imponente. Una única puerta, situada al norte, hacía más fácil la vigilancia y la defensa. Una vez se ha cruzado toda una serie de patios y corredores, se llega al gran patio interior desbordante de luz. Era éste el centro de la vida oficial y al propio tiempo de la administración del reino. El soberano recibía allí a sus empleados, a sus diplomáticos y embajadores. Amplios corredores conducían a las habitaciones particulares del rey.
Un ala del palacio servía exclusivamente para las ceremonias religiosas. Allí estaba también instalado, al cual conducía una magnífica escalinata, el salón del trono. Un largo pasadizo llevaba a través de muchas salas al oratorio del palacio, en el cual existía la imagen de la diosa de la fecundidad, que era objeto de culto. Del recipiente que tenía en sus manos manaba sin interrupción “el agua portadora de la vida eterna.”
Toda la corte vivía bajo el mismo techo que el rey. Los ministros, los administradores, los secretarios, los escribientes, tenían sus departamentos especiales.
Había una especie de oficina para los asuntos exteriores, y un ministerio de comercio en el gran palacio del reino de Mari. Sólo en ellos estaban ocupados más de cien empleados inscribiendo en las tablillas mensajes que llegaban y salían.
Maravillosas pinturas murales, de gran tamaño, daban al palacio un aspecto decorativo. Hasta nuestros tiempos han conservado toda la magnificencia de su colorido.
Parece como si hubiesen sido realizadas ayer. Y, sin embargo, son las pinturas más antiguas del país que está situado entre los dos ríos, mil años más antiguas que los famosos frescos de las suntuosas construcciones de los soberanos asirios de Corsabad, Nínive y Nemrod.
La magnitud y la magnificencia de este singular palacio correspondían a las del reino que desde él era gobernado. Que éste fue magnífico durante varios milenios nos lo han demostrado los archivos del palacio.
FIG. 7. — Esta pintura que figura en la Sala 106 del palacio de Mari muestra la entronización de Zimri-Lim por la diosa Ishtar.
Las noticias, las actas, las órdenes de gobierno, las cuentas inscritas hace cuatro mil años por los escribientes de la corte con asiduidad extraordinaria en las tablillas de barro, han de revivir de nuevo. Hasta ahora sólo con algunos centenares ha sido posible hacerlo. En París, el profesor Georges Dossin, de la Universidad de Lieja, y toda una serie de asiriólogos se han dedicado a descifrarlas y traducirlas. Transcurrirán muchos años antes de que puedan ser traducidos los 23.600 documentos y publicadas sus traducciones.
Cada uno de ellos contiene una piedrecita del mosaico de la auténtica historia del reino Mari.
Numerosas disposiciones sobre la construcción de canales, esclusas, diques, y plantaciones de árboles a las orillas de los ríos, aparecen dando a entender que el bienestar del país dependía, en gran parte, del sistema de distribución de riegos, sistema que estaba vigilado constantemente y cuidadosamente conservado por ingenieros del Estado.
Dos tablas contienen la relación de 2.000 trabajadores con todos sus nombres y el gremio a que pertenecían.
El sistema de noticias del reino de Mari funcionaba en forma tan rápida y ejemplar, que no tendrían nada que envidiar a la telegrafía moderna. Los mensajes muy importantes eran transmitidos por medio de señales consistentes en fogatas encendidas en diversos sitios, desde las fronteras de Babilonia hasta la actual Turquía, es decir, a lo largo de 500 kilómetros, lo cual se realizaba en el transcurso de unas pocas horas.
Mari se encontraba situada en el punto de confluencia de las grandes rutas de caravanas entre el Oeste y el Este, entre el Norte y el Sur, y, por tanto, no es de admirar que el intercambio de mercancías entre Chipre y Creta, el Asia Menor y la Mesopotamia meridional, diese lugar a un activo comercio de importación y exportación, que era anotado en las tablillas de barro. Pero éstas, no sólo informaban sobre los asuntos cotidianos, sino también, en forma minuciosa, sobre los cultos, las procesiones para celebrar la entrada de un año nuevo organizadas en honor de Ishtar, los oráculos y la interpretación de los sueños. Veinticinco divinidades eran honradas en Mari. Una lista de carneros sacrificados, que solía donar Zimri-Lim, cita por sus nombres a los dioses venerados.
Gracias a numerosos y singulares relatos en las tablillas de barro, podemos formarnos la idea de que el reino de Mari era un estado del siglo XVIII antes de J.C., perfectamente ordenado y con una administración modelo. Una cosa produce admiración, y es que ni en las pinturas ni en las esculturas se han hallado representaciones de sucesos bélicos.
Los habitantes de Mari eran amoritas, sedentarios hacía mucho tiempo y amantes de la paz. Las actividades más apreciadas por ellos eran las relacionadas con la religión, la cultura, el comercio. Las conquistas, las proezas, el fragor de las armas no les interesaban gran cosa. Sus rostros, tal como aparecen en las estatuas y en las pinturas que nos los representan, irradian una alegre serenidad.
No obstante esto, la seguridad y la defensa de su país no les dejaba libres totalmente de preocupaciones bélicas. En sus fronteras, en efecto, vivían tribus nómadas de raza semita, a las cuales atraían poderosamente los ubérrimos pastos, los campos llenos de hortalizas y las tierras (de pan llevar del reino de Mari ver original). Cada vez se acercaban más a sus límites y penetraban con sus rebaños en amplias zonas de los campos de cultivo, inquietando con esto a los colonos. Había que estar prevenidos en contra de ellos. A tal fin se instalaron puestos de observación en la frontera que servían al mismo tiempo para la vigilancia y para la defensa. Todo lo que allí sucedía era comunicado a Mari.
Los asiriólogos de París descifran una tablilla procedente de los archivos de Mari. Admirados leen un comunicado de Bannum, un oficial de la Policía de la estepa, que dice así:
“Dile a mi Señor: ésta es de Bannum, tu servidor; ayer salí de Mari y pernocto en Zurubán. Todos los benjaminitas hicieron señales con fogatas. Desde Samanum hasta Ilum-Muluk, desde Ilum-Muluk hasta Mishlan, todos los lugares de los benjaminitas en el distrito de Terca contestaron con señales de fogatas, pero hasta ahora no estoy seguro de lo que tales señales significan. Ahora trato de averiguarlo. Escribiré a mi Señor si lo consigo o no. Manda reforzar la guardia de Mari y no dejes salir a mi Señor fuera de la puerta.”
En este auténtico parte policíaco del Éufrates medio, del siglo XIX antes de J.C., aparece un nombre que en la Biblia corresponde a una tribu muy conocida: los benjaminitas.
De ellos se habla muy a menudo. Por lo que se ve causaban muchos quebraderos de cabeza a los soberanos de Mari, y períodos enteros de la historia del reino son designados con su nombre.
En las dinastías del reino de Mari los años de gobierno no se contaban por números, sino que eran designados por determinados acontecimientos tales como la construcción y consagración de nuevos templos, la erección de grandes presas para el mejoramiento de los riegos, el refuerzo de las defensas junto al río Éufrates, o por los censos de la población. Por tres veces mencionan las tablas indicadoras del tiempo a los benjaminitas:
“El año en que Vahdulim fue a Hên y puso su mano sobre la estepa de los benjaminitas,” quiere decir: en el tiempo del reinado del soberano de Mari llamado Yahdulim, y “El año en que Zimri-Lim ha dado muerte al davidum de los benjaminitas…”
“El segundo año en que Zimri-Lim ha dado muerte al dawidum de los benjaminitas…,” es decir: la época en que reinaba Zimri-Lim, el último soberano de Mari.
Un voluminoso intercambio de correspondencia entre gobernadores, hombres de estado y agentes de la administración pública gira únicamente alrededor de esta cuestión: ¿conviene arriesgarse a hacer el censo de los benjaminitas o no?
Los censos de la población en el reino de Mari no eran algo inusitado.
Ellos daban la base para organizar el gravamen e impuestos públicos, para reclutar a los ciudadanos con el fin de cumplir el servicio castrense. Con este fin la población se dividía en distritos y todos los obligados al servicio militar eran anotados en listas. Esto duraba varios días y los agentes del gobierno distribuían gratuitamente cerveza y pan. Los jefes de la administración del palacio de Mari hubieran querido alistar de muy buena gana a los benjaminitas. Pero los em
pleados del Gobierno en los distintos distritos lo han pensado mucho y advierten que aún no conocen lo bastante a estas tribus nómadas y levantiscas.
“Por lo que se refiere a un censo de los benjaminitas de que me hablas…,” así da comienzo Samsi-Addu a una misiva que dirige a Iasmah-Addu en Mari. “Los benjaminitas no son muy apropiados para hacer un censo. Si se lo exiges, sus hermanos los Ra-Ab-Ba-yi, que habitan a la otra parte del río, se enterarán de ello. Estarán descontentos y no volverán más a su país. ¡No hagas jamás un censo entre ellos, te lo suplico!”
De este modo los benjaminitas quedaron privados del derecho a percibir gratis la cerveza y el pan, pero al mismo tiempo quedaron libres de los impuestos y de prestar el servicio militar.
Más tarde los hijos de Israel tendrán que realizar censos de este estilo, idénticos a los que se hacían en Mari. Es la primera vez en tiempos de Moisés, por precepto de Yahvé, después del éxodo de Egipto. Todos los hombres de más de veinte años, hábiles en el manejo de las armas, fueron registrados por familias (Num. 1-4). Años más tarde, al finalizar su estancia en el desierto, con miras al reparto de la tierra de Canaán hace Moisés un segundo censo (Num. 26). En tiempo de los reyes, David hace entre el pueblo un nuevo censo. Ha proyectado una reorganización militar y encarga realizarla al jefe del ejército, llamado Joab (2 Sam.. 24). Yahvé, según explica la Biblia, indujo al rey David a realizar este censo a fin de castigar al pueblo. Los israelitas eran ante todo amantes de la libertad; por eso los reclutamientos y la perspectiva de una convocatoria para lo que fuera les resultaba odioso. Aún en el año 6 después de Cristo el censo ordenado por el gobernador Quirinio por poco da origen a una abierta rebelión.
Es digno de notarse que el mundo debe precisamente a este pacífico pueblo de Mari el más antiguo modo de realizar un reclutamiento. Los babilonios y asirios, los griegos y los romanos, y luego los Estados modernos han copiado este modelo. En todos los países del mundo los censos para la imposición de impuestos y para el reclutamiento militar corresponden al modelo utilizado en Mari.
En París la mención de los benjaminitas es lo que despierta la curiosidad y aumenta la expectación. Y existe motivo para ello.
En efecto, en otras inscripciones cuneiformes, los asiriólogos encuentran intercalada en los comunicados de los gobernadores y hombres de estado del reino de Mari una serie de nombres muy familiares que pertenecen a la historia bíblica, tales como Péleg y Serug, Najor, Téraj y… Harán.
“Esta es la genealogía de Sem…— se dice en Gen. 11 —. Péleg contaba 30 años cuando engendro a Reú. / Había vivido Reú 32 años cuando engendro a Serug. / Serug contaba 30 años de vida cuando engendro a Najor. / Llevaba Najor 29 años de vida cuando engendro a Téraj. / Había vivido Téraj 70 años cuando engendro a Abraham, a Najor y a Harán.”
Los nombres de los antepasados de Abraham surgen de la oscuridad de los tiempos antiguos como nombres de ciudades del noroeste de Mesopotamia. Situadas estas en “Padam-Aram”; la llanura de Aram. En medio de ella está Jarán, que, según reza la descripción, fue una ciudad floreciente en los siglos XIX y XVIII antes de J.C. Jarán, la patria de Abraham, la patria del pueblo hebreo, es conocida aquí por primera vez, según lo atestiguan textos de la época. Un poco más arriba, en el mismo valle Balicu, estaba situada la ciudad que como ésta llevaba un nombre bíblico, Najor, la patria de Rebeca, la esposa de Isaac.
“Era, pues, Abraham anciano, entrado en años, y Yahvé habíale bendecido en todo. Y dijo Abraham al servidor más viejo de su casa, administrador de cuanto poseía: “Pon tu mano debajo de mi muslo para que yo te tome juramento por Yahvé, Dios del cielo y de la tierra, de que no tornarás para mi hijo mujer de entre las hijas de los cananeos, en medio de los cuales habito, sino que irás a mi tierra y mi parentela, a fin de tomar mujer para mi hijo Isaac”… Luego tomó el siervo cuanto de bueno tenía su señor… y se dirigió a Aram Naharáyim, a la ciudad de Najor” (Gen. 24:1-4, 10).
La ciudad bíblica Najor de pronto ha quedado ubicada con sus alrededores conocidos. El siervo de Abraham se dirigió al reino del soberano de Mari. El encargo indeclinable de su señor, según nos lo transmite la Biblia, demuestra que Abraham conoce a la perfección la parte de Mesopotamia así como la ciudad de Najor. Si no, ¿cómo podría hablar de esta ciudad? Según los datos contenidos en la Biblia puede calcularse fácilmente que Abraham abandonó a Jarán, su patria, 645 años antes que los hijos de Israel saliesen de Egipto. Ahora bien, éstos caminaron bajo la dirección de Moisés a través del desierto hasta la tierra prometida en el siglo XIII antes de J.C. Esta fecha, según veremos, ha quedado bien establecida arqueológicamente. Abraham debió por tanto de haber vivido unos 1.900 años antes de J.C. Los hallazgos de Mari comprueban cuan exactos son estos datos de la Biblia. En efecto, 1.900 años antes de Jesucristo, según los datos contenidos en el archivo de palacio, Jarán y Najor eran ciudades florecientes.
Los documentos del reino de Mari suministran por primera vez una prueba hasta ahora nunca oída; las historias de los patriarcas contenidas en la Biblia no son, como a menudo han sido consideradas, por algunos, “leyendas piadosas,” sino sucesos y descripciones de hechos históricos, perfectamente enmarcados en el tiempo.
Relato de una Inundación Procedente de la Antigua Babilonia.
Relato de una Inundación Procedente de la Antigua Babilonia.
La epopeya de Gilgamesh y la Biblia. — Doce tablas de arcilla encontradas en Nínive. — Una epopeya antiquísima en la biblioteca de Assurbanipal. — Utnapishtim, ¿el Noé de los sumerios? — El secreto del monte Ararat. — Una nave gigantesca entre los restos de un ventisquero. — Expediciones en busca del Arca bíblica.
DIJO, PUES, DIOS A NOÉ: “FABRÍCATE UN ARCA DE MADERA DE CONÍFERA, HAZ EN EL ARCA DIVERSAS MANSIONES Y EMBRÉALA POR DENTRO Y FUERA CON BREA” (Gén. 6:14).
A principios del siglo XX, mucho antes de que Woolley descubriera Ur, tuvo lugar un hallazgo sensacional que dio ocasión a violentas discusiones en torno a la Sagrada Escritura.
Un relato antiquísimo y misterioso había surgido de las tinieblas del antiguo Oriente; era un poema heroico, compuesto de 300 cuartetas, grabadas sobre doce macizas tablillas de barro, que cantaban las maravillosas aventuras del legendario rey Gilgamesh.
El texto era asombroso: Gilgamesh hablaba, al igual que la Biblia, de un hombre que había precedido y sobrevivido a la gran catástrofe de una inundación.
¿De dónde procedía esta grandiosa y notable epopeya? Fueron unos exploradores ingleses quienes, en expediciones realizadas durante el año 50 del pasado siglo, habían encontrado aquellas doce tablillas de barro, junto con otros veinte mil textos, perfectamente ordenados, entre las ruinas de la biblioteca de Nínive, considerada como la más célebre de la Antigüedad y construida por Assurbanipal en el siglo VII antes de J.C., en la vieja Nínive, a orillas del río Tigris.
Este tesoro, de valor incalculable, existente ahora en el Museo Británico, fue embalado cuidadosamente y emprendió el largo viaje desde Nínive hasta Inglaterra.
Pero su verdadero valor no fue conocido hasta algunos lustros más tarde, cuando se hizo posible descifrar los textos.
Por aquel entonces no había nadie que pudiese hacerlo. A pesar de todos los esfuerzos, las tablillas permanecían mudas. Poco antes del 1900, en las sobrias aulas del Museo Británico, después de 2.500 años, empezó a tomar sentido uno de los más bellos poemas del Oriente antiguo, y los asiriólogos podían leer por vez primera la epopeya de Gilgamesh.
Este poema está escrito en el lenguaje cortesano y diplomático de la época del rey Assurbanipal, es decir, en acádico. La forma que presentaba en la biblioteca de Nínive la había recibido un milenio antes, en la época del gran rey Hammurabi de Babilonia, en cuya metrópoli, situada al margen del Éufrates, fue descubierto otro ejemplar. Otros hallazgos apoyan la opinión según la cual la epopeya de Gilgamesh formaba parte del tesoro cultural de todos los estados del antiguo Oriente. Los hititas y los egipcios lo traducen a sus respectivos idiomas y las tablillas escritas con caracteres cuneiformes encontradas en el país del Nilo dejan aún apreciar huellas claras de tinta roja en aquellos puntos que, al parecer, ofrecían alguna dificultad a los traductores egipcios.
Un pequeño fragmento de arcilla nos descubre el origen de la epopeya de Gilgamesh de una manera definitiva. El mundo debe su forma primitiva a los sumerios, a aquel pueblo cuya metrópoli se había alzado en el emplazamiento de Ur.
Gilgamesh — así lo narra el texto cuneiforme de la tablilla procedente de la biblioteca de Nínive — está decidido a asegurarse la inmortalidad, y con este fin emprende un largo y aventurero viaje, en busca de su antepasado Utnapishtim, de quien espera conocer el secreto de la inmortalidad, con que fue agraciado por los dioses. Llegado a la isla en que Utnapishtim vive, Gilgamesh le pregunta sobre “el misterio de la vida.” Utnapishtim le cuenta cómo antes vivía en Shuruppak y era un fiel adorador del dios Ea. Cuando los dioses decidieron destruir el mundo por medio de un diluvio, Ea previno a su adorador y le dio estas órdenes:
“Hombre de Shuruppak, hijo de Ubaratutu, / destruye tu casa / y construye un navío. / Abandona las riquezas, / ¡busca la vida! / Desprecia los bienes, / ¡salva la vida! / Mete toda simiente de vida dentro del navío. / El navío / que debes construir… / las medidas estén [bien] proporcionadas.”
Todos conocemos el maravilloso relato que sigue. Ahora bien, la Biblia nos cuenta de Noé, lo que la epopeya de Gilgamesh cuenta de Utnapishtim.
“Habló, pues, Dios a Noé…: Fabrícate un arca de madera de conífera… Meterás además en el arca, de entre todo viviente y todo ser animado, dos de cada clase a vivir contigo; serán macho y hembra” (Gén. 6:13).
Para poder comparar los textos con mayor facilidad, citamos a continuación en la parte izquierda lo que Utnapishtim dice acerca del acontecimiento por él vivido, y en la parte derecha, lo que la Biblia refiere acerca del diluvio y de Noé.
Utnapishtim, de acuerdo con las órdenes recibidas del dios Ea, construye el navío y dice:
El quinto día tracé su estructura.
La longitud del arca será de 300 codos, de 50 codos su anchura y de 30 codos su altura (Gén. 6:15).
Su superficie era de doce iku (unos 3.000 metros cuadrados).
Las paredes eran de diez gar (un gar es igual a 6 metros aproximadamente) de altura.
Los recubrí con seis pisos; repartí su anchura siete veces.
Plantas bajas, segundas y terceras le harás (Gén. 6:16).
Su interior lo repartí nueve veces.
Haz en el arca diversas mansiones (Gén. 6:14).
Seis sar (medida desconocida) de brea eché en el horno.
Y embréala por dentro y fuera con brea (Gén. 6:14).
Cuando Utnapishtim ha terminado la construcción del navío celebra una espléndida fiesta. Sacrifica bueyes y ovejas para los que le han ayudado y les obsequia “con mosto, cerveza, aceite y vino con la misma profusión que si se tratara de agua corriente.” Luego prosigue:
Y ante las aguas del diluvio entró Noé en el arca, acompañado de sus hijos, mujer y las mujeres de sus hijos.
Todo lo que tenía lo cargué con toda clase de simiente de vida.
Metí en el navío a toda mi familia y parentela.
De los animales puros y de los animales que no lo son y de las aves y de todo lo que se arrastra sobre el suelo, de dos en dos vinieron hasta Noé al arca, macho y hembra, como había Dios mandado a Noé (Gén. 7:7-9).
Ganados del campo, animales del campo, artesanos… a todos los metí.
Entré en el navío y cerré mi puerta.
Y Yahvé cerró tras él (Gén. 7:16).
Cuando brilló la luz matutina, de los fundamentos del cielo se alzó una nube negra: Adad rugía allí dentro.
El furor de Adad llega hasta el cielo; y toda claridad se cambia en tinieblas.
A los siete días las aguas del diluvio irrumpieron sobre la tierra… En ese día se hendieron todas las fuentes del gran abismo y las compuertas del cielo se abrieron (Gén. 7:10-11).
Los dioses quedan horrorizados ante la inundación y se refugian en lo más alto del cielo, en el cielo del dios Anu. Antes de penetrar en él “se acurrucan como perros” y, afligidos y asustados por la catástrofe, protestan cabizbajos y llorosos.
¡Es ésta una descripción digna de Homero!
Mientras tanto continúa el diluvio:
Seis días y seis noches corre el viento, el diluvio; la tempestad devasta la región.
Entonces acaeció el diluvio sobre la tierra durante 40 días, y se multiplicaron las aguas.
Así, pues, las aguas crecieron sobre la tierra de forma que quedaron cubiertos todos los montes más altos que bajo el cielo entero existían (Gén. 7:17-19)
Cuando llegó el séptimo día, la tempestad, el diluvio, fue vencido en la batalla, que como ejército había librado.
Entonces se acordó Dios de Noé… E hizo pasar un viento sobre la tierra, tras lo cual fueron menguando las aguas (Génesis 8:1).
Se amansó el mar, calló el huracán, cesó el diluvio.
Y todo el género humano se había convertido en fango.
Cerráronse, pues, los manantiales del abismo y las compuertas celestes y cesó el aguacero del cielo. Con esto fuéronse desviando gradualmente de sobre la tierra las aguas, las cuales fueron decreciendo al cabo de 150 días (Gén. 8:2-3).
La campiña se había puesto parecida a una techumbre.
De esta suerte pereció cuanto ser corpóreo se movía sobre la tierra… así como toda la humanidad (Gén. 7:21).
¡Todo el género humano se había convertido en fango! Utnapishtim, el Noé de los sumerios, describe lo que él mismo ha vivido. Los babilonios, los asirios, los hititas y los egipcios que tradujeron estas palabras o las recibieron por tradición, jamás sospecharon, como ni tampoco los modernos asiriólogos, que infatigable fue descifrar las tablillas de escritura cuneiforme, que contenían la relación de acontecimientos, realmente sucedidos.
Hoy día estamos convencidos de que el verso 134 de la tablilla XI de la epopeya de Gilgamesh tiene que transmitir el relato de un testigo ocular. Sólo un hombre cuyos ojos hayan contemplado las desoladoras secuelas de la catástrofe es capaz de describirla en forma tan patética y realista.
Sin duda que él tuvo que haber visto con sus propios ojos la inmensa capa de fango que cubrió a todo ser viviente cual una mortaja, y que dejó la campiña “lisa cual techumbre de un edificio.”
La misma descripción precisa y detallada que hace de la gran tempestad abona esta suposición. En efecto, Utnapishtim habla expresamente de una tempestad procedente del sur, lo cual responde exactamente a la situación geográfica del país. El Golfo Pérsico, cuyas olas fueron arrastradas por la tempestad sobre la tierra firme, está situado al sur de la desembocadura del Tigris y del Éufrates. Utnapishtim describe hasta en los más mínimos detalles con trazos exactos los fenómenos atmosféricos característicos de aquella región y la aparición de una extraordinaria perturbación en la atmósfera: el surgir de negros nubarrones acompañados del fragor del trueno; la claridad del día que se cambia instantáneamente en tinieblas; el desencadenamiento de la tempestad, procedente del sur y que arrastra consigo las aguas.
Un meteorólogo reconoce en seguida que se trata de la descripción del origen y desarrollo de un ciclón, de un tornado. La moderna meteorología sabe hoy que los terrenos costeros de las zonas tropicales, las islas en medio del océano y, sobre todo, las cuencas inundadas de los ríos están expuestas a una especie de diluvio devastador y aniquilante, motivado por un ciclón que a menudo va acompañado de terremotos y de lluvias diluviales.
En las costas de la Florida, en el Golfo de México y en el Pacífico, funciona en la actualidad un servicio de prevensión con amplias ramificaciones, que disponen de todos los adelantos técnicos. Pero a los hombres que vivían en Mesopotamia hacia el año 4000 antes de J.C. ni siquiera un moderno servicio de previsión les hubiera sido útil.
A veces un ciclón adquiere proporciones de auténtico diluvio. Existe un ejemplo en época muy reciente.
En el año 1876 se desencadenó un ciclón de esta clase, acompañado de feroces tormentas, que penetró por el Golfo de Bengala y tomó la dirección de la costa, hacia la desembocadura del Ganges. Los mástiles de los buques que navegaban en trescientos kilómetros a la redonda del epicentro fueron abatidos. Bajó la marea. Las aguas, al retirarse, fueron empujadas por las ondas del ciclón. Una ola gigantesca fue formándose. Rompióse sobre el territorio del Ganges y las aguas del mar alcanzaron en la región del río hasta 15 metros de altura. Muchas millas cuadradas quedaron anegadas y unos 215.000 seres humanos perdieron la vida.
Utnapishtim describe a Gilgamesh, que se halla impresionado, lo que sucedió cuando la tempestad hubo cesado.
Abrí la ventana y la luz resbaló por mis mejillas.
Al cabo de cuarenta días abrió Noé la ventana del arca que había hecho (Gén. 8:6).
El navío se posó en el monte Nisir.
En el mes séptimo, día 17 del mes, descansó el arca sobre el monte Ararat (Gén. 8:4).
El monte Nisir retuvo al navío y no lo dejó bogar más.
Los textos cuneiformes de Babilonia antigua describen con suma exactitud dónde hay que buscar el monte Nisir: entre el Tigris y el curso inferior del Zabu, donde la escabrosa y escarpada cordillera del Kurdistán asciende desde las llanas riberas del Tigris. El punto indicado, como sitio de abordo de la nave, corresponde exactamente al curso que pudo seguir la catástrofe una vez desencadenada en el Sur. Sabemos por Utnapishtim que Shuruppak era su ciudad natal. Esta ciudad estaba situada cerca de la actual Farah, en medio de la llanura inundada, allí donde el Éufrates y el Tigris se separan formando un amplio arco. Una marea alta procedente del Golfo Pérsico debió de empujar de seguro la nave desde allí hasta la cordillera del Kurdistán.
A pesar de la expresa mención que la epopeya de Gilgamesh hace del monte Nisir, nunca se les ocurrió a los curiosos investigadores explorar este lugar en busca de los restos del navío. En cambio el monte Ararat, mencionado en el relato bíblico, ha sido objeto de verdaderas expediciones en serie.
El monte Ararat está situado en la parte oriental de Turquía, muy cerca de las fronteras del Irán y de la Unión Soviética. Su cumbre, que se eleva 5.156 metros, está cubierta de nieves perpetuas.
Durante el siglo pasado, muchos años antes de que ningún arqueólogo hundiese su azada en el suelo de Mesopotamia, las primeras expediciones emprendieron la ruta del monte Ararat. Una historia pastoril había impulsado a ello.
Hay a los pies del monte Ararat una pequeña aldea armenia, llamada Bayzit, cuyos habitantes desde muy antiguo hablan de los notables relatos de un pastor que cierto día parece que vio un gran navío de madera sobre el Ararat.
El relato de una expedición turca del año 1833 parecía confirmar la historia del pastor. En ella se hablaba de la proa de madera de una embarcación, que en tiempo de verano se dejaba ver en los ventisqueros del sur del monte.
Otro que parece haberla visto es el Dr. Nouri, arcediano de Jerusalén y Babilonia. Este dignatario eclesiástico emprendió en 1893 un viaje de exploración a las fuentes del Éufrates. A su regreso anunció haber visto los restos de un navío entre las nieves perpetuas: “Su interior — escribe — estaba lleno de nieve. Su pared exterior era de un color rojo oscuro.”
Durante la primera guerra mundial, un oficial de aviación ruso, llamado Roskowitzki, anunció que había visto desde su avión en la falda sur del Ararat “los restos de un navío singular.” En plena guerra, el zar Nicolás II envió inmediatamente un grupo expedicionario. Esta expedición, no sólo vio un navío, sino que lo fotografió. Pero todas las pruebas y documentos parece ser desaparecieron durante la revolución de octubre.
Existen también varias panorámicas tomadas desde aviónes conseguidas durante la última guerra. Ellas se deben a un piloto soviético y a cuatro aviadores americanos.
FIG. 6. — El monte Ararat en el punto de confluencia de las fronteras correspondientes a Turquía, Irán y la URSS.
Las últimas noticias proceden del historiador americano Doctor Aaron Smith, de Greensborough, hombre conocedor del problema del diluvio. Después de muchos años de trabajo ha reunido la historia literaria sobre la cuestión del arca de Noé. En conjunto son 80.000 las obras escritas en 72 idiomas sobre el Diluvio Universal, 70.000 de las cuales hacen mención de los restos del navío legendario.
En 1951 el doctor Smith, acompañado de 40 hombres, explora durante doce días las capas de hielo del Ararat. “Aunque no encontramos ningún vestigio del arca de Noé — declaró más tarde—, mi fe en la descripción bíblica del diluvio se ha reforzado. Volveremos.”
Acuciado por el doctor Smith, el joven explorador francés de Groenlandia, Juan de Riquer, realizó en 1952 una ascensión a este monte de origen volcánico. También él descendió sin haber conseguido nada. A pesar de todo nuevas expediciones se organizan al monte Ararat.
Ninguna tradición de los tiempos antiguos procedente de Mesopotamia está tan de acuerdo con los relatos bíblicos como la de la inundación que figura en la epopeya de Gilgamesh. En algunos pasajes se encuentra hasta una coincidencia en las palabras. No obstante existe una importante y esencial diferencia. La historia del Génesis, con la cual estamos tan familiarizados, reconoce a un solo Dios. Ha desaparecido la idea estrafalariamente pintoresca y primitiva de un cielo superpoblado de dioses, muchos de los cuales ostentan rasgos demasiado humanos, dioses que lloran, se quejan, tienen miedo y “se acurrucan como perros.”
La epopeya de Gilgamesh procede sin duda del mismo ambiente vital que existe en el “Fértil Creciente,” dentro del cual tuvo origen la Biblia.
Gracias al descubrimiento de la capa de lodo en Ur, se ha demostrado que la antigua epopeya de Mesopotamia relataba un hecho histórico. La gran inundación ocurrida hace 4.000 años en la parte meridional de aquel país ha quedado confirmada arqueológicamente.
Pero surge una pregunta: ¿aquella inundación babilónica es en realidad el diluvio de que nos habla la Biblia?
A esta pregunta no han podido responder todavía ni la Arqueología ni ninguna otra clase de investigaciones.
5. Abraham Vivió en el Reino de Mari.
Un muerto de piedra. — El teniente Cabane informa sobre un hallazgo. — Un “tell” de Siria es muy visitado. — El rey Lamgi-Mari se presenta a sí mismo. — El profesor Parrot descubre un grandioso reino desconocido. — El palacio real con sus 260 salones y patios. — 23.000 tablillas de barro sobreviven cuatro milenios. — La policía de las estepas nos habla de los “benjaminitas.” — La patria de Rebeca, una ciudad floreciente.
Y DIJO YAHVÉ A ABRAHAM: “VETE DE TU PAÍS, DE TU PATRIA Y DE LA CASA DE TU PADRE AL PAÍS QUE YO TE MOSTRARÉ…” (Gén. 12:1).
La patria de que habla aquí la Biblia es Jarán. Allí vivían Téraj, su hijo Abraham, su nuera Saray y su nieto Lot (Gen. 11:31).
Hasta hace muy poco tiempo Jarán era completamente desconocida. Nada se sabía sobre su historia primitiva. Todos los documentos de la antigua Babilonia guardan un silencio profundo sobre la región del Éufrates medio, llamada también el país “entre los dos ríos,” en el cual Jarán estuvo situada en otro tiempo.
Un hallazgo fortuito conduce en 1933 a hacer excavaciones que también aquí llevan a un gran descubrimiento verdaderamente emocionante y con ello a nuevos conocimientos. Éstos nos presentan a la bíblica Jarán y la vida de los patriarcas enmarcados en un ambiente histórico.
Sobre la línea férrea que une a Damasco y Mosul, allí donde aquélla atraviesa el Éufrates, existe la desconocida y pequeña ciudad Abu Kemal. Como Siria, después de la primera guerra mundial, se halla bajo el protectorado de Francia, acantonándo allí un destacamento francés.
Durante el verano de 1933 hace un calor asfixiante y enervador en la amplia depresión del Éufrates. Un día, el teniente Cabane, oficial del destacamento, es llamado a la oficina. Sospecha que se trata de una nueva disputa surgida entre los árabes y que él tendrá que dirimir. Presume lo que está pasando. Pero esta vez la excitación existente en la oficina parece tener otra causa. Según puede deducirse del relato de los intérpretes ocurre lo siguiente: unas personas habían intentado inhumar a un pariente fallecido, y cuando, en una colina apartada, llamada Tell Hariri, cavaban la sepultura, he aquí que había aparecido ¡un muerto de piedra!
El teniente Cabane piensa que quizá se trata de un hallazgo arqueológico que puede interesar al museo de Alepo. En definitiva un nuevo acontecimiento que viene a romper la enervante monotonía de aquel puesto de guardia, del que nadie se acuerda.
Al anochecer se dirige en su coche a Tell Hariri, situado a unos 11 kilómetros al norte de Abu Kemal, junto al Éufrates.
Los árabes le guían a través de una pendiente y, en una depresión del terreno, contempla la estatua mutilada que el día antes había excitado tanto los ánimos. Cabane no es técnico, pero se da cuenta de que la figura de piedra es muy antigua. Al día siguiente unos soldados franceses la llevan a Abu Kemal. La luz está encendida hasta después de la medianoche en la pequeña comandancia. Cabane está redactando un informe sumamente detallado sobre el hallazgo, para su oficina, para Henry Seyrig, director del Museo de Antigüedades de Beyrut, y para el Museo de Alepo.
Pasan los meses sin novedad alguna. La cosa parece carecer de importancia o haber sido olvidada. Por fin, en los últimos días de noviembre, se recibe un telegrama de París procedente del Museo del Louvre. Cabane apenas puede dar crédito a sus ojos y lee y relee la extraordinaria noticia. Dentro de pocos días llegará de Francia una relevante personalidad, el arqueólogo profesor André Parrot, y con él, hombres de ciencia, arquitectos, ayudantes y delineantes.
El 9 de diciembre se dirigen todos hacia Tell Hariri. Los arqueólogos empiezan su trabajo como investigadores. En primer lugar miden con toda precisión la colina, la fotografían hasta en sus más pequeños detalles, la examinan con aparatos percusores y analizan muestras del terreno. En este trabajo transcurre el mes de diciembre y las primeras semanas del año nuevo. El 23 de enero de 1934 es el día decisivo.
Al excavar con todo cuidado en la periferia del “tell.” sale de entre los cascotes una figura pequeña y graciosa que tiene grabada una leyenda sobre su hombro izquierdo. Todos se inclinan hacia ella fascinados.
“Yo soy Lamgi-Mari… Rey… de Mari… el grande… Yasakku… que ofrenda su estatua a… Ishtar.”
La lectura lenta, pausada de esta frase es escuchada por el silencioso grupo. El profesor Parrot traduce directamente los caracteres cuneiformes. Ni él ni sus compañeros de trabajo olvidarán jamás este momento de emoción. ¡Una escena fantástica y acaso única en la historia de la Arqueología, tan llena por otra parte de sorpresas y aventuras!
El soberano y rey ha saludado solemnemente a los extranjeros del lejano París y se ha presentado a sí mismo, como si quisiera mostrarles cortésmente el camino hacia su reino de antaño, que aún yace debajo de él, sumido en profundo sueño, y de cuyo esplendor y majestad los sabios de París aún no pueden sospechar nada.
Tallada en piedra, una estatua maravillosa, así aparece el rey Lamgi-Mari ante Parrot. Es una figura de ancha espalda, que inspira respeto; encontrándose sobre un plinto. Pero al rostro le falta la increíble altivez tan típica de las estatuas de otros soberanos del Oriente antiguo, en concreto de los asirios, las cuales ofrecen todas sin excepción un aspecto feroz y cruel. El rey de Mari sonríe. No lleva arma alguna, sus manos están juntas religiosamente recogidas. Una túnica adornada con ricas franjas, semejante a una toga, le cubre, dejando un hombro desnudo.
Casi nunca una excavación se ha visto coronada así de golpe en los primeros intentos por tan rotundo éxito como ésta. Debajo de esta colina debe yacer la regia ciudad de Mari.
Hace ya tiempo que la ciudad de Mari no es ya una incógnita para los hombres de ciencia, gracias a las muchas y antiquísimas inscripciones procedentes de Asiria. Uno de los textos llega a decir que Mari ha sido la décima ciudad fundada después del diluvio. La gran ofensiva de las azadas empieza con gran ardor a actuar sobre Tell Hariri.
Los trabajos se desarrollan desde el año 1933 al 1939, interrumpidos por grandes intervalos de tiempo. El calor tropical hace imposible toda tarea durante la mayor parte del año. Solamente se puede trabajar durante los meses más frescos en la época de las lluvias, desde mediado diciembre hasta fines de marzo.
Las excavaciones de Tell Hariri nos ofrecen una serie de nuevos descubrimientos para un capítulo aún desconocido del Oriente antiguo. Nadie sospecha aún la estrecha relación que tendrán las excavaciones de Mari con muchos personajes de la Biblia, que nos son tan familiares.
Año tras año el comunicado de la expedición da lugar a nuevas sorpresas.
En el invierno de 1933-34 es desenterrado el templo de Ishtar, la diosa de la fecundidad. Tres de los reales adoradores de la diosa han querido perpetuarse en forma de estatuas en las hornacinas del santuario recubiertas de brillante mosaico. Estos reyes son Lamgi-Mari, Idu-Narum y Ebin-II.
En el segundo período de las excavaciones las azadas tropiezan con las casas de una ciudad ¡Allí está la ciudad de Mari! A pesar de la gran satisfacción por el éxito alcanzado, los muros de un palacio que debió de tener dimensiones extraordinarias excitan más la curiosidad y el asombro. Parrot comunica: “Son 69 las salas y patios que hemos logrado excavar hasta ahora. No se ve aún el fin.”
Unas 1.600 tablillas de barro con inscripciones cuneiformes, amontonadas en una de las salas, contienen noticias de carácter económico.
El comunicado que da cuenta de los hallazgos realizados durante la tercera campaña de 1935-36, hace notar que hasta entonces habían sido descubiertas 138 salas y patios sin haber alcanzado aún los muros exteriores del palacio. Una biblioteca formada por 13.000 tablillas está esperando ser descifrada.
En la cuarta campaña se procede a la excavación de un templo dedicado al dios Dagan y de un ziggurat, la típica torre escalonada de Mesopotamia. En el palacio son ya 220 las salas y patios puestos al descubierto y otras 8.000 tablillas se suman a las primeras.
El palacio de los reyes de Mari aparece en toda su grandiosidad ante Parrot y sus colaboradores después que, en el quinto año de sus excavaciones, descubren otras cuarenta salas libres ya de cascotes. Esta colosal construcción del tercer milenio antes de Cristo cubre casi diez yugadas de terreno con sus cimientos. ¡Es un complejo formado por 260 salas y patios! Jamás excavación alguna ha hecho surgir de las tinieblas del pasado una construcción tan colosal y complicada.
Son necesarias largas hileras de camiones sólo para trasladar las tablillas escritas con caracteres cuneiformes, contenidas en los archivos del palacio: en total 23.600 documentos. A su lado quedan eclipsados los grandes hallazgos de tablillas encontradas en Nínive, ya que la célebre biblioteca del rey asirio Assurbanipal “sólo” contenía 20.000 textos.
Para conseguir una idea exacta de lo que es el palacio de Mari es necesario subir en un avión. Volando sobre Tell Hariri se obtienen varias fotografías que, al ser publicadas en una revista francesa, causan una extraordinaria admiración. Este palacio era una de las grandes maravillas del mundo hacia el año 2000 antes de J.C., la joya de la arquitectura del Oriente antiguo. De muy lejos acudían viajeros para admirarlo. “¡He visto Mari!” escribe entusiasmado un mercader de la ciudad fenicia Ugarit.
El último rey que residió en él se llamó Zimri-Lim. Los ejércitos del célebre Hammurabi de Babilonia sometieron el reino de Mari, situado en el Éufrates medio, y destruyeron la gran metrópoli.
Bajo los techos y paredes caídos se hallaron las cenizas de los braseros de los guerreros babilónicos, las cenizas de las llamas que el cuerpo de incendiarios del ejército utilizó para destruir el palacio.
Esto no obstante no pudieron acabar con él por completo podría ser: Esto no obstante, no pudo derruirlo completamente). Quedaron en pie muros de hasta cinco metros de alto. “Y las instalaciones del palacio — escribe el profesor Parrot —, tanto en las cocinas como en las salas de baño, podían ser puestas en servicio de inmediato aún ahora, después de cuatro milenios de la demolición, sin requerir reparaciones de ninguna clase.” En las salas de baño estaban las bañeras. En las cocinas se encontraron moldes para ciertos guisos, y en las chimeneas se hallaron hasta carbones.
La contemplación de las majestuosas ruinas ofrece un espectáculo imponente. Una única puerta, situada al norte, hacía más fácil la vigilancia y la defensa. Una vez se ha cruzado toda una serie de patios y corredores, se llega al gran patio interior desbordante de luz. Era éste el centro de la vida oficial y al propio tiempo de la administración del reino. El soberano recibía allí a sus empleados, a sus diplomáticos y embajadores. Amplios corredores conducían a las habitaciones particulares del rey.
Un ala del palacio servía exclusivamente para las ceremonias religiosas. Allí estaba también instalado, al cual conducía una magnífica escalinata, el salón del trono. Un largo pasadizo llevaba a través de muchas salas al oratorio del palacio, en el cual existía la imagen de la diosa de la fecundidad, que era objeto de culto. Del recipiente que tenía en sus manos manaba sin interrupción “el agua portadora de la vida eterna.”
Toda la corte vivía bajo el mismo techo que el rey. Los ministros, los administradores, los secretarios, los escribientes, tenían sus departamentos especiales.
Había una especie de oficina para los asuntos exteriores, y un ministerio de comercio en el gran palacio del reino de Mari. Sólo en ellos estaban ocupados más de cien empleados inscribiendo en las tablillas mensajes que llegaban y salían.
Maravillosas pinturas murales, de gran tamaño, daban al palacio un aspecto decorativo. Hasta nuestros tiempos han conservado toda la magnificencia de su colorido.
Parece como si hubiesen sido realizadas ayer. Y, sin embargo, son las pinturas más antiguas del país que está situado entre los dos ríos, mil años más antiguas que los famosos frescos de las suntuosas construcciones de los soberanos asirios de Corsabad, Nínive y Nemrod.
La magnitud y la magnificencia de este singular palacio correspondían a las del reino que desde él era gobernado. Que éste fue magnífico durante varios milenios nos lo han demostrado los archivos del palacio.
FIG. 7. — Esta pintura que figura en la Sala 106 del palacio de Mari muestra la entronización de Zimri-Lim por la diosa Ishtar.
Las noticias, las actas, las órdenes de gobierno, las cuentas inscritas hace cuatro mil años por los escribientes de la corte con asiduidad extraordinaria en las tablillas de barro, han de revivir de nuevo. Hasta ahora sólo con algunos centenares ha sido posible hacerlo. En París, el profesor Georges Dossin, de la Universidad de Lieja, y toda una serie de asiriólogos se han dedicado a descifrarlas y traducirlas. Transcurrirán muchos años antes de que puedan ser traducidos los 23.600 documentos y publicadas sus traducciones.
Cada uno de ellos contiene una piedrecita del mosaico de la auténtica historia del reino Mari.
Numerosas disposiciones sobre la construcción de canales, esclusas, diques, y plantaciones de árboles a las orillas de los ríos, aparecen dando a entender que el bienestar del país dependía, en gran parte, del sistema de distribución de riegos, sistema que estaba vigilado constantemente y cuidadosamente conservado por ingenieros del Estado.
Dos tablas contienen la relación de 2.000 trabajadores con todos sus nombres y el gremio a que pertenecían.
El sistema de noticias del reino de Mari funcionaba en forma tan rápida y ejemplar, que no tendrían nada que envidiar a la telegrafía moderna. Los mensajes muy importantes eran transmitidos por medio de señales consistentes en fogatas encendidas en diversos sitios, desde las fronteras de Babilonia hasta la actual Turquía, es decir, a lo largo de 500 kilómetros, lo cual se realizaba en el transcurso de unas pocas horas.
Mari se encontraba situada en el punto de confluencia de las grandes rutas de caravanas entre el Oeste y el Este, entre el Norte y el Sur, y, por tanto, no es de admirar que el intercambio de mercancías entre Chipre y Creta, el Asia Menor y la Mesopotamia meridional, diese lugar a un activo comercio de importación y exportación, que era anotado en las tablillas de barro. Pero éstas, no sólo informaban sobre los asuntos cotidianos, sino también, en forma minuciosa, sobre los cultos, las procesiones para celebrar la entrada de un año nuevo organizadas en honor de Ishtar, los oráculos y la interpretación de los sueños. Veinticinco divinidades eran honradas en Mari. Una lista de carneros sacrificados, que solía donar Zimri-Lim, cita por sus nombres a los dioses venerados.
Gracias a numerosos y singulares relatos en las tablillas de barro, podemos formarnos la idea de que el reino de Mari era un estado del siglo XVIII antes de J.C., perfectamente ordenado y con una administración modelo. Una cosa produce admiración, y es que ni en las pinturas ni en las esculturas se han hallado representaciones de sucesos bélicos.
Los habitantes de Mari eran amoritas, sedentarios hacía mucho tiempo y amantes de la paz. Las actividades más apreciadas por ellos eran las relacionadas con la religión, la cultura, el comercio. Las conquistas, las proezas, el fragor de las armas no les interesaban gran cosa. Sus rostros, tal como aparecen en las estatuas y en las pinturas que nos los representan, irradian una alegre serenidad.
No obstante esto, la seguridad y la defensa de su país no les dejaba libres totalmente de preocupaciones bélicas. En sus fronteras, en efecto, vivían tribus nómadas de raza semita, a las cuales atraían poderosamente los ubérrimos pastos, los campos llenos de hortalizas y las tierras (de pan llevar del reino de Mari ver original). Cada vez se acercaban más a sus límites y penetraban con sus rebaños en amplias zonas de los campos de cultivo, inquietando con esto a los colonos. Había que estar prevenidos en contra de ellos. A tal fin se instalaron puestos de observación en la frontera que servían al mismo tiempo para la vigilancia y para la defensa. Todo lo que allí sucedía era comunicado a Mari.
Los asiriólogos de París descifran una tablilla procedente de los archivos de Mari. Admirados leen un comunicado de Bannum, un oficial de la Policía de la estepa, que dice así:
“Dile a mi Señor: ésta es de Bannum, tu servidor; ayer salí de Mari y pernocto en Zurubán. Todos los benjaminitas hicieron señales con fogatas. Desde Samanum hasta Ilum-Muluk, desde Ilum-Muluk hasta Mishlan, todos los lugares de los benjaminitas en el distrito de Terca contestaron con señales de fogatas, pero hasta ahora no estoy seguro de lo que tales señales significan. Ahora trato de averiguarlo. Escribiré a mi Señor si lo consigo o no. Manda reforzar la guardia de Mari y no dejes salir a mi Señor fuera de la puerta.”
En este auténtico parte policíaco del Éufrates medio, del siglo XIX antes de J.C., aparece un nombre que en la Biblia corresponde a una tribu muy conocida: los benjaminitas.
De ellos se habla muy a menudo. Por lo que se ve causaban muchos quebraderos de cabeza a los soberanos de Mari, y períodos enteros de la historia del reino son designados con su nombre.
En las dinastías del reino de Mari los años de gobierno no se contaban por números, sino que eran designados por determinados acontecimientos tales como la construcción y consagración de nuevos templos, la erección de grandes presas para el mejoramiento de los riegos, el refuerzo de las defensas junto al río Éufrates, o por los censos de la población. Por tres veces mencionan las tablas indicadoras del tiempo a los benjaminitas:
“El año en que Vahdulim fue a Hên y puso su mano sobre la estepa de los benjaminitas,” quiere decir: en el tiempo del reinado del soberano de Mari llamado Yahdulim, y “El año en que Zimri-Lim ha dado muerte al davidum de los benjaminitas…”
“El segundo año en que Zimri-Lim ha dado muerte al dawidum de los benjaminitas…,” es decir: la época en que reinaba Zimri-Lim, el último soberano de Mari.
Un voluminoso intercambio de correspondencia entre gobernadores, hombres de estado y agentes de la administración pública gira únicamente alrededor de esta cuestión: ¿conviene arriesgarse a hacer el censo de los benjaminitas o no?
Los censos de la población en el reino de Mari no eran algo inusitado.
Ellos daban la base para organizar el gravamen e impuestos públicos, para reclutar a los ciudadanos con el fin de cumplir el servicio castrense. Con este fin la población se dividía en distritos y todos los obligados al servicio militar eran anotados en listas. Esto duraba varios días y los agentes del gobierno distribuían gratuitamente cerveza y pan. Los jefes de la administración del palacio de Mari hubieran querido alistar de muy buena gana a los benjaminitas. Pero los em
pleados del Gobierno en los distintos distritos lo han pensado mucho y advierten que aún no conocen lo bastante a estas tribus nómadas y levantiscas.
“Por lo que se refiere a un censo de los benjaminitas de que me hablas…,” así da comienzo Samsi-Addu a una misiva que dirige a Iasmah-Addu en Mari. “Los benjaminitas no son muy apropiados para hacer un censo. Si se lo exiges, sus hermanos los Ra-Ab-Ba-yi, que habitan a la otra parte del río, se enterarán de ello. Estarán descontentos y no volverán más a su país. ¡No hagas jamás un censo entre ellos, te lo suplico!”
De este modo los benjaminitas quedaron privados del derecho a percibir gratis la cerveza y el pan, pero al mismo tiempo quedaron libres de los impuestos y de prestar el servicio militar.
Más tarde los hijos de Israel tendrán que realizar censos de este estilo, idénticos a los que se hacían en Mari. Es la primera vez en tiempos de Moisés, por precepto de Yahvé, después del éxodo de Egipto. Todos los hombres de más de veinte años, hábiles en el manejo de las armas, fueron registrados por familias (Num. 1-4). Años más tarde, al finalizar su estancia en el desierto, con miras al reparto de la tierra de Canaán hace Moisés un segundo censo (Num. 26). En tiempo de los reyes, David hace entre el pueblo un nuevo censo. Ha proyectado una reorganización militar y encarga realizarla al jefe del ejército, llamado Joab (2 Sam.. 24). Yahvé, según explica la Biblia, indujo al rey David a realizar este censo a fin de castigar al pueblo. Los israelitas eran ante todo amantes de la libertad; por eso los reclutamientos y la perspectiva de una convocatoria para lo que fuera les resultaba odioso. Aún en el año 6 después de Cristo el censo ordenado por el gobernador Quirinio por poco da origen a una abierta rebelión.
Es digno de notarse que el mundo debe precisamente a este pacífico pueblo de Mari el más antiguo modo de realizar un reclutamiento. Los babilonios y asirios, los griegos y los romanos, y luego los Estados modernos han copiado este modelo. En todos los países del mundo los censos para la imposición de impuestos y para el reclutamiento militar corresponden al modelo utilizado en Mari.
En París la mención de los benjaminitas es lo que despierta la curiosidad y aumenta la expectación. Y existe motivo para ello.
En efecto, en otras inscripciones cuneiformes, los asiriólogos encuentran intercalada en los comunicados de los gobernadores y hombres de estado del reino de Mari una serie de nombres muy familiares que pertenecen a la historia bíblica, tales como Péleg y Serug, Najor, Téraj y… Harán.
“Esta es la genealogía de Sem…— se dice en Gen. 11 —. Péleg contaba 30 años cuando engendro a Reú. / Había vivido Reú 32 años cuando engendro a Serug. / Serug contaba 30 años de vida cuando engendro a Najor. / Llevaba Najor 29 años de vida cuando engendro a Téraj. / Había vivido Téraj 70 años cuando engendro a Abraham, a Najor y a Harán.”
Los nombres de los antepasados de Abraham surgen de la oscuridad de los tiempos antiguos como nombres de ciudades del noroeste de Mesopotamia. Situadas estas en “Padam-Aram”; la llanura de Aram. En medio de ella está Jarán, que, según reza la descripción, fue una ciudad floreciente en los siglos XIX y XVIII antes de J.C. Jarán, la patria de Abraham, la patria del pueblo hebreo, es conocida aquí por primera vez, según lo atestiguan textos de la época. Un poco más arriba, en el mismo valle Balicu, estaba situada la ciudad que como ésta llevaba un nombre bíblico, Najor, la patria de Rebeca, la esposa de Isaac.
“Era, pues, Abraham anciano, entrado en años, y Yahvé habíale bendecido en todo. Y dijo Abraham al servidor más viejo de su casa, administrador de cuanto poseía: “Pon tu mano debajo de mi muslo para que yo te tome juramento por Yahvé, Dios del cielo y de la tierra, de que no tornarás para mi hijo mujer de entre las hijas de los cananeos, en medio de los cuales habito, sino que irás a mi tierra y mi parentela, a fin de tomar mujer para mi hijo Isaac”… Luego tomó el siervo cuanto de bueno tenía su señor… y se dirigió a Aram Naharáyim, a la ciudad de Najor” (Gen. 24:1-4, 10).
La ciudad bíblica Najor de pronto ha quedado ubicada con sus alrededores conocidos. El siervo de Abraham se dirigió al reino del soberano de Mari. El encargo indeclinable de su señor, según nos lo transmite la Biblia, demuestra que Abraham conoce a la perfección la parte de Mesopotamia así como la ciudad de Najor. Si no, ¿cómo podría hablar de esta ciudad? Según los datos contenidos en la Biblia puede calcularse fácilmente que Abraham abandonó a Jarán, su patria, 645 años antes que los hijos de Israel saliesen de Egipto. Ahora bien, éstos caminaron bajo la dirección de Moisés a través del desierto hasta la tierra prometida en el siglo XIII antes de J.C. Esta fecha, según veremos, ha quedado bien establecida arqueológicamente. Abraham debió por tanto de haber vivido unos 1.900 años antes de J.C. Los hallazgos de Mari comprueban cuan exactos son estos datos de la Biblia. En efecto, 1.900 años antes de Jesucristo, según los datos contenidos en el archivo de palacio, Jarán y Najor eran ciudades florecientes.
Los documentos del reino de Mari suministran por primera vez una prueba hasta ahora nunca oída; las historias de los patriarcas contenidas en la Biblia no son, como a menudo han sido consideradas, por algunos, “leyendas piadosas,” sino sucesos y descripciones de hechos históricos, perfectamente enmarcados en el tiempo.
6. Hacia Canaán.
Una ruta de caravanas de 1.000 kilómetros de longitud. — Hoy se requieren cuatro visados para recorrerla. — El país de la púrpura.— Expediciones de castigo contra los “habitantes del desierto.” — Grandiosas ciudades en la costa y un interior inquieto. — La obra más vendida en Egipto trata sobre Canaán. — Sinuhe elogia el “País excelente.” — El nombre de Jerusalén en vasos mágicos. — Castillos de defensa. — Sellin encuentra a Sikem. — Abraham escoge la ruta de la montaña.
Y TOMÓ A SARAY, SU MUJER, A LOT, HIJO DE SU HERMANO, Y A TODA LA HACIENDA QUE HABÍA ACOPIADO Y LAS PERSONAS QUE EN JARÁN HABÍA REUNIDO, Y PARTIERON CAMINO DE LA TIERRA DE CANAÁN (Gen. 12:5).
El camino desde Jarán, la patria de los patriarcas, hasta la tierra de Canaán se extiende a más de mil kilómetros en dirección sur. Descendiendo por el río Balicu llega al Éufrates, y desde allí continúa por una ruta milenaria de caravanas que, pasando por el oasis de Palmira, la bíblica Tadmor, hasta Damasco, toma luego la dirección Sudoeste, hasta llegar al lago de Genesaret. Es una de las rutas comerciales que desde las épocas más remotas conducen desde el Éufrates hasta el Jordán, desde la rica Mesopotamia hasta las ciudades fenicias en las orillas del Mediterráneo, hasta Egipto, la lejana tierra del Nilo…
Hoy día, todo aquel que quiera recorrer la ruta que Abraham siguió, se ve obligado a visar su pasaporte cuatro veces; necesita un visado de Turquía, donde está emplazada Jarán; otro de Siria para el trecho comprendido entre el Éufrates y el Jordán, pasando por Damasco, y otros dos de Jordania y de Israel, que ocupan lo que en otro tiempo fue el antiguo Canaán.
En tiempo de los Patriarcas todo esto resultaba más fácil, ya que el largo trayecto sólo atravesaba un grande estado: el reino de Mari. Los territorios de otros estados más pequeños entre el Éufrates y el Nilo podían ser rodeados fácilmente; después, el camino a Canaán quedaba libre.
La primera gran ciudad que Abraham encontró en su peregrinación, existe aún hoy día; es Damasco. El viaje en coche desde Damasco a Palestina constituye, sobre todo en la primavera, una experiencia maravillosa.
fig. 8. — El padre de los Patriarcas siguió este camino al dirigirse desde el reino de Mari a Canaán.
La antiquísima ciudad, con sus estrechas callejuelas y los oscuros pasadizos de sus bazares, con sus mezquitas y con los restos de sus construcciones romanas, se halla situada en medio de una extensa y fértil llanura. Cuando los árabes hablan del paraíso, piensan en Damasco. Ningún lugar del Mediterráneo puede compararse con esta ciudad que en cada primavera se viste con la magnificencia de variadísimas flores.
En los innumerables jardines, en los vergeles, situados junto a las murallas, crecen los albaricoqueros y los almendros, que exhiben su exuberante floración. Árboles en flor bordean la carretera, que en ligera pendiente se dirige hacia el Sudoeste. Campos ubérrimos alternan con olivares y extensas plantaciones de moreras. Por la parte alta, a la derecha de la carretera, irrumpe el río Barada, al cual debe el país su fertilidad. Allí levanta sus cumbres al cielo desde la lisa y florida llanura, escarpado y majestuoso, el célebre Hermón con sus 2.750 metros de altura. En la falda de este monte brotan las fuentes del Jordán. Dominando los dos países, parece que la naturaleza lo ha colocado allí cual mojón fronterizo entre Siria y Palestina. Su cumbre airosa permanece cubierta de nieve hasta en verano, cuando el calor es sofocante. La impresión resulta aún más imponente al ver que a lo lejos, a la izquierda de la carretera, desaparece el verdor de los campos. Monótonas colinas de color gris, atravesadas por valles secos, se extienden hasta el encendido horizonte donde empieza el ardiente desierto de Siria.
Los campos y los prados van siendo cada vez más escasos. El verdor va adquiriendo cada vez un colorido más grisáceo, propio de la arenosa estepa. Después los grandes tubos de un oleoducto cruzan la carretera. El petróleo que por ellos fluye ha realizado ya un largo recorrido; a mil quinientos kilómetros de distancia, desde las torres de sondeo de las islas Bahrein, situadas en medio del Golfo Pérsico, empezó su viaje, que terminará en la ciudad portuaria de Saida, en el Mediterráneo. Saida es la antigua Sidón de la Biblia.
Detrás de una montaña, dejada a un lado, aparece de repente el quebrado país de Galilea. Pocos minutos después es preciso pasar por la oficina de control de pasaportes. Siria queda atrás. La carretera cruza un pequeño puente, debajo de cuyo arco discurre un mísero riachuelo. Es el Jordán; nos hallamos en Palestina, en el joven estado de Israel.
Después de un viaje de 10 kilómetros entre peñas de basalto de color oscuro, el lago Genesaret centellea con su fondo color azulado. En este tranquilo lago, en el cual parece que el tiempo ha detenido su curso, predicó Jesús desde una barca ante la pequeña aldea de Cafarnaún. Aquí es donde dijo a Pedro que echara las redes para que realizara la copiosa captura. Dos mil años antes pacieron en sus orillas los rebaños de Abraham, pues el camino de Mesopotamia a Canaán pasa junto al lago de Genesaret.
Canaán es la estrecha y montañosa faja de tierra, situada entre la costa del Mediterráneo y los confines del desierto, desde Gaza al sur, hasta Hamat al norte, a orillas del Orontes.
Canaán significa “el país de la púrpura.” Este nombre se debe a un producto del país muy apreciado. Ya en tiempos muy antiguos sus habitantes extraían de un caracol de mar, que se recogía en sus playas, el colorante más célebre del mundo antiguo, la púrpura. Era tan raro, tan difícil de obtener, y por consiguiente, tan caro, que sólo podían adquirirlo los potentados. Las vestiduras teñidas de púrpura eran consideradas en todas partes como signo de alta alcurnia. Los griegos denominaban “fenicios” a los fabricantes y tintoreros de púrpura establecidos en la costa del Mediterráneo, y a su país “Fenicia,” que en su idioma quiere decir “púrpura.”
El país de Canaán es asimismo la cuna de dos cosas, que de verdad conmovieron el mundo: la palabra Biblia y nuestro alfabeto. Una ciudad fenicia dio su nombre a la palabra griega que significa “libro”; de Biblos, la ciudad marítima de Canaán, se formó “biblon” y después “Biblia.” En el siglo IX antes de J.C. los griegos tomaron de Canaán los signos de nuestro alfabeto.
Fueron los romanos quienes, empleando el nombre de los más acerbos enemigos de Israel, bautizaron la parte de este país que debió ser la patria de este pueblo con el nombre de “Palestina,” palabra derivada de “Pelishtim,” es decir “filisteos.” Éstos son nombrados en el Antiguo Testamento y vivieron en la parte sur de la costa de Canaán. La tierra prometida, todo Israel, se extendía, según la Biblia, desde Dan a Bersabé (1 Sam.. 3:20), es decir, desde las fuentes del Jordán, a los pies del Hermón, hasta las colinas situadas al oeste del Mar Muerto, hasta las tierras del Mediodía, el Negueb.
Si observamos un globo terráqueo, veremos que Palestina es sólo una pequeña mancha comparada con la inmensidad de la tierra, un país insignificante. El antiguo reino de Israel puede recorrerse hoy cómodamente en coche en el espacio de tiempo de un día, siguiendo la línea de sus fronteras. Tiene 234 kilómetros de Norte a Sur, 37 kilómetros de ancho por la parte más angosta, y en conjunto: 25.124 kilómetros cuadrados de superficie, que equivalen a la isla de Sicilia. Solamente durante algunos decenios de su movido pasado fue mayor. Bajo el reinado de David y Salomón, el territorio del Estado se extendía hasta el Mar Rojo, junto a Esyon-gueber por el Sur, y hasta más allá de Damasco por el Norte, introduciéndose en Siria. El actual estado de Israel con sus 20.720 kilómetros cuadrados representa una quinta parte de lo que fue el reino de sus antepasados.
Nunca florecieron aquí ni la artesanía, ni la industria de modo tal que sus productos fuesen solicitados por el resto del mundo. Cruzado por colinas y por cordilleras, cuyos picos se elevan a más de mil metros, rodeado al Sur y al Este por estepas y desiertos, al Norte por las montañas del Líbano y del Hermón, al Oeste por la costa llana y arenosa, parece una mísera isla entre los grandes reinos del Nilo y del Éufrates, entre dos continentes. Al este del Delta del Nilo termina África. Después de 150 kilómetros de anchura empieza Asia, y en su umbral se halla Palestina.
Si en el curso de su accidentada historia se ve envuelta repetidamente en los grandes problemas mundiales, ello es debido a este emplazamiento. Canaán es el eslabón que sirve de lazo de unión entre Egipto y Asia. La ruta comercial más importante del mundo antiguo pasa a través de este país. Mercaderes, caravanas, tribus trashumantes y la población toda siguen este camino que después seguirán los ejércitos de los grandes conquistadores. Egipcios, asirios, babilonios, persas, griegos y romanos se sirven del país y de sus habitantes para realizar sus fines económicos, estratégicos y políticos. El gigante del Nilo, potencia de primer orden en el tercer milenio antes de J.C., impulsado por intereses mercantiles, extendió sus tentáculos hasta el viejo Canaán.
“Llevamos cuarenta naves cargadas con troncos de cedros. Construimos naves de madera de cedro. Una de ellas — El “Loor de los dos Países” — tiene 50 metros de longitud. Las puertas del palacio las hicimos de madera de cedro.” Tal era el contenido de la estadística de la importación de madera hacia 2600 antes de J.C. Los datos relativos a este transporte de madera bajo el faraón Snofru se hallan grabados en una tablilla de diorita negra y dura. Esta magnífica pieza se halla depositada en el Museo de Palermo. Frondosísimos bosques cubrían entonces los montes del Líbano. La noble madera de sus cedros y merus, una clase especial de las coníferas, era una madera de construcción que los faraones empleaban y apreciaban mucho.
Quinientos años antes de Abraham, florecía en las costas de Canaán el comercio de importación y exportación. El país del Nilo cambiaba el oro y las especias de Nubia, el cobre y las turquesas de las minas del Sinaí, el lino y el marfil por la plata de Tauro, los artículos de cuero de Biblos, los vasos esmaltados de Creta. Los potentados hacían teñir de púrpura sus túnicas en las grandes tintorerías de Fenicia. Para el adorno de las damas de la corte producían un bello color azul lapislázuli (los párpados teñidos de azul era entonces la gran moda) y el “stibium,” el cosmético para las mejillas tan apreciado por las damas de aquella época.
En las ciudades marítimas de Ugarit (hoy día Ras-Samra) y Tiro se establecieron cónsules egipcios; la ciudad fortificada Biblos se convirtió en una colonia egipcia; se levantaron monumentos a los faraones y los príncipes tomaron nombres egipcios.
Pero si las ciudades de la costa presentan el aspecto de una vida internacional activa y próspera, pocos kilómetros tierra adentro existe un país muy diferente. Las montañas de junto al Jordán son un hervidero de inquietudes. Las agresiones de los nómadas a la población sedentaria, los tumultos, las contiendas y las guerras entre las diversas ciudades se siguen sin interrupción.
Como todo esto dificulta el paso de las caravanas a lo largo de la costa del Mediterráneo, los egipcios tienen que realizar expediciones de castigo para llamar al orden a los perturbadores de la paz. Las inscripciones contenidas en el sepulcro del egipcio Uni nos dan una idea clara de la forma en que, hacia el año 2350 antes de J.C.t tenía lugar una de estas expediciones de castigo.
El comandante militar Uni recibe del faraón Fiops I la orden de organizar un ejército. Hablando de la expedición, se expresa de la siguiente manera:
“Su Majestad combatió a los habitantes del desierto y para ello reunió un ejército en toda la parte meridional del país, al sur de Elefantina…, por todo el Norte, y entre los nubios de Jertet, de Mazoi y de Jenan. Yo fui quien trazo el plan a seguir para todos ellos…”
La gran disciplina de la potencia multicolor es objeto de muchas alabanzas; al leerlas, nos enteramos de las cosas más codiciadas que era posible hallar en Canaán como botín.
“Ninguno de ellos robó… sandalias de uno que venía por el camino…; ninguno de ellos tomó el pan de ninguna ciudad; ninguno tomo a nadie una cabra.”
El comunicado de Uni anuncia con orgullo un gran éxito, y contiene al propio tiempo valiosas noticias sobre el país:
“El ejército del Rey regresó bien a su patria después de haber devastado el país de los habitantes del desierto… después de haber destruido sus fortalezas… después de haber arrancado sus higueras y sus vides, después de hacer muchos prisioneros. Su Majestad me mandó recorrer cinco veces el país de los habitantes del desierto después de cada sublevación.”
Así vinieron los primeros semitas a Egipto, designados despectivamente con el nombre de “habitantes del desierto” en el país de los faraones.
Chu-Sebek, ayudante del rey egipcio Sesostris III, escribe 500 años después un comunicado de guerra, que (grabado en una lápida conmemorativa hallada en Abidos en el curso superior del Nilo) dice así:
“Su Majestad se dirigió al Norte para derrotar a los beduinos asiáticos… Su Majestad llegó a un lugar llamado Sekmen… Entonces cayó Sekmen junto con el mísero Retenu.”
Los egipcios designaban a la tierra de Palestina y de Siria con el nombre de “Retenu.” “Sekmen” es la ciudad bíblica Sikem, la primera ciudad de Canaán que Abraham encuentra en su peregrinación (Gen. 13:5).
Con la expedición de Sesostris III hacía el año 1850 antes de Jesucristo nos hallamos en mitad de la época de los patriarcas. Entre tanto Egipto ha puesto su mano sobre Canaán; el país está sometido a la soberanía de los faraones. Gracias a los arqueólogos, el mundo posee un único documento de esta época, una verdadera joya de las letras antiguas. El autor es un tal Sinuhe de Egipto. El lugar del suceso, Canaán. La época de la acción, entre 1971 y 1928 antes de J.C., bajo el reinado de Sesostris I.
Sinuhe, un personaje distinguido que interviene en la corte, se ve envuelto en una intriga política; teme por su vida y emigra a Canaán.
“… Cuando dirigí mis pasos hacia el Norte, llegué a la muralla de los príncipes, levantada para tener alejados a los beduinos y para reprimir a los nómadas del desierto 1. Me escondí debajo de unos matorrales por temor de que me viera la guardia de la muralla, que estaba prestando servicio allí. Cuando se hizo de noche, me puse de nuevo en camino. Al amanecer… cuando llegué junto al lago Amargo 2, caí agotado. La sed me devoraba y mi garganta estaba reseca. Entonces me dije: ¡Mi muerte está cerca! Pero, al elevar mi corazón y al arrebujar mi cuerpo, oí el mugido de los rebaños que se acercaban y a su frente vi a unos beduinos. El que hacía de guía, que había estado en Egipto, me reconoció. Me dio agua, me calentó leche y me llevó consigo a su tribu. Se portaron muy bien conmigo.”
Sinuhe, pues, logró huir. Pudo pasar de incógnito la gran muralla de los faraones, que se desarrollaba exactamente por donde hoy día pasa el canal de Suez. Esta “Muralla de los Príncipes” contaba entonces algunos centenares de años. Un sacerdote la menciona ya 2650 años antes de J.C. “Se construirá la “Muralla de los Príncipes,” que no permitirá la infiltración de los asiáticos en Egipto. Éstos solicitan agua… para poder abrevar sus rebaños.”
Más tarde los hijos de Israel atravesarán repetidas veces estas murallas; no hay otro camino para dirigirse a Egipto. Abraham será el primero que la contemple, cuando, acuciado por el hambre, se dirija al país del Nilo (Gen. 12:10).
Sinuhe sigue diciendo: “Un país sucedía a otro. Llegué a Biblos 3 y después a Kedme 4; aquí permanecí un año y medio. Ammienski 5, el príncipe del “Retenu” superior 6, me tomó a su lado y me dijo:
“Lo pasarás bien conmigo; oirás hablar egipcio. Esto lo dijo porque sabía quién era yo, pues los egipcios 7 que estaban con él le habían hablado de mí.”
Todo lo que le ocurrió al fugitivo de Egipto lo podemos leer y hasta con detalles de su vida cotidiana.
“Ammienski me dijo: desde luego, Egipto es bello; pero… tú permanecerás aquí a mi lado; me portaré bien contigo.”
“Me puso por encima de todos sus hijos y me dio en matrimonio a su hija mayor. Me dejó elegir entre lo mejor de la tierra que le pertenecía y yo elegí una parcela que estaba situada en los confines de otro país. Era una tierra muy bella llamada Jaa. Había en ella higueras, viñas y más vino que agua. Era rica en miel y abundante en olivares. Toda clase de frutas colgaban de sus árboles. Había en ella también trigo, cebada y rebaños sin número. Mucho me proporcionó mi popularidad. Me hizo príncipe de su tribu en la parte más escogida de su país. Todos los días comía pan, carne cocida y ganso asado y bebía vino; además, caza del desierto que cobraban expresamente para mí y que me traían amén de lo que mis lebreles cazaban… y leche preparada de muy diversas formas. Así pasé muchos años y mis hijos se hicieron hombres robustos, cada uno jefe de su respectiva tribu.
“El mensajero que, salido de Egipto, se dirigía al Norte, o en dirección Sur se dirigía hacia la corte, se hospedaba en mi casa 8; yo daba a todos hospedaje, daba agua al sediento, mostraba el camino al que se había extraviado y protegía a todos los que eran asaltados.
“Cuando los beduinos salían para combatir a los príncipes de los demás países, yo les ilustraba sobre el plan de campaña, pues el príncipe de Retenu me confió el mando de sus tropas durante muchos años, y en todo país en que entraba, hacía… y… de las tierras de pastos y de sus fuentes. Me apoderaba de sus rebaños, arrojaba sus gentes y tomaba posesión de sus provisiones. Mataba a los enemigos con mi espada y mi arco 9 gracias a mi destreza y mis certeros golpes.”
Entre las muchas aventuras vividas junto a los “asiáticos,” parece haber impresionado profundamente a Sinuhe un combate a vida o muerte que describe hasta en sus mínimos detalles. Un “bravucón” de Retenu se burló un día de él y le retó. Estaba seguro de poder dar muerte a Sinuhe y apoderarse así de sus rebaños y de su hacienda. Pero Sinuhe, que desde su juventud había sido un buen arquero en Egipto, da muerte a aquel hombre “robusto” que se le acercaba con el escudo, el puñal y la lanza, clavándole una flecha en el duro cuello. El botín que adquiere como consecuencia de este duelo le hace aún más rico y poderoso.
Ya anciano, se apodera de él la añoranza de su patria. Y una misiva de su faraón, Sesostris I, le reclama.
“… Haz lo posible por regresar a Egipto, para que puedas ver la corte en que te formaste y besar la tierra junto a las dos grandes puertas… Piensa en el día en que serás llevado al sepulcro. Te ungirán con aceite y te envolverán en fajas de la diosa Tait 10. Te acompañará un cortejo en el día de tu sepelio. La caja será de oro y su cabeza de lapislázuli. Serás colocado en el ataúd. Te arrastrarán bueyes y el cortejo estará precedido por cantores y en la puerta de tu tumba se bailará la danza de los enanos. Recitarán en tu favor oraciones sacrificiales y se harán ofrendas en el ara. Las columnas de tu sepulcro serán de piedra caliza y se colocará entre la de los príncipes del reino. Que no suceda que mueras en tierra extraña y que los “asiáticos” te den sepultura envolviendo tu cuerpo con una piel de carnero.”
El corazón de Sinuhe exulta. Se decide en seguida por el regreso. Distribuye su hacienda entre sus hijos y nombra a su primogénito “jefe de la tribu.” Tal era la costumbre entre los nómadas semíticos; tal entre Abraham y sus descendientes: era el derecho hereditario de los Patriarcas, que, más tarde, se convirtió en ley para el pueblo de Israel.
“Mi tribu y toda mi hacienda pasó a ser posesión suya, lo mismo que mis gentes y todos mis rebaños, mis cosechas y todos mis árboles dulces 11. Entonces me dirigí hacia el Sur.”
Los beduinos le escoltan hasta los fuertes de la frontera con Egipto. A continuación un enviado del Faraón le acompaña hasta una nave que le lleva a una ciudad situada al sur de Menfis.
¡Qué contraste… entre una tienda en la residencia real y la vida sencilla y llena de peligros del pasado y de nuevo la seguridad y el lujo de una urbe ultracivilizada!
“Allí encontré a Su Majestad, sentado en el gran trono del salón dorado y plateado. Entonces llamaron a los hijos del rey. Su Majestad dijo a la reina: ¡Ahí tienes a Sinuhe, que viene hecho un asiático y convertido en beduino!
“Ella lanzó un grito y sus hijos hicieron otro tanto. Y dijeron a Su Majestad: ¿Es él en realidad, mi Señor Rey?
“Su Majestad dijo: ¡Él es en efecto!
“Fui llevado a un palacio principesco — sigue narrando con entusiasmo Sinuhe — en el cual había cosas preciosas, y… hasta una sala de baño… Había verdaderos montones de tesoros, vestiduras reales de lino; mirra y aceite del más fino; siervos del Rey a quienes él apreciaba estaban en sus aposentos; y los cocineros cumplían con su obligación. Mi cuerpo se rejuveneció. Me afeitaron y peinaron la cabellera. La sordidez la dejé en el extranjero 12, y la burda vestimenta la entregué a los nómadas del desierto. Me vistieron de finísimo lino y fui ungido con el mejor aceite del país. ¡Volví a dormir en una cama!.. De esta forma viví, honrado por el Rey, hasta que llegó el día de la separación.”
No existe solamente un ejemplar de la historia de Sinuhe; han sido hallados otros varios. Debió ser una obra muy solicitada y de la cual, por tanto, se hicieron muchas “ediciones.” No sólo en el Imperio Medio de Egipto, sino también en el Nuevo, parece que gustaba su lectura, según lo dan a entender las copias diversas halladas. Fue como si dijéramos un “éxito literario,” el primero del mundo y justamente sobre Canaán.
Los investigadores que lo descubrieron a fines del siglo pasado se sintieron subyugados por él exactamente igual que los contemporáneos de Sinuhe; sin embargo, lo consideraron como una narración fantástica, bien hilvanada al estilo egipcio y falta en absoluto de realidad. De esta suerte el relato de Sinuhe se convirtió en una mina de información para los egiptólogos, pero no para los historiadores. Mientras se discutía sobre la interpretación que debía darse al texto, sobre su escritura, su sintaxis, se olvidaba el verdadero contenido del documento.
Sin embargo, el relato de Sinuhe ha sido rehabilitado. Hoy día sabemos que el egipcio escribió una historia verídica y objetiva sobre el Canaán de aquel tiempo, en el cual se movió Abraham.
A los textos jeroglíficos sobre las campañas egipcias debemos los primeros testimonios sobre Canaán. Concuerdan exactamente con las descripciones de Sinuhe. Por otra parte, el relato de este distinguido egipcio coincide en algunos pasajes casi textualmente con versículos que en la Biblia aparecen con frecuencia.
“Pues el Señor te guía a una tierra excelente,” se dice en Dt. 8:7.
“Era una tierra excelente,” dice Sinuhe. “Una tierra — prosigue la Biblia — de olivares, productores de aceite y de miel.” En el texto egipcio se dice: “Su miel era copiosa y numerosos sus olivares. Yo tenía pan como alimento cotidiano.”
La descripción que Sinuhe hace de la vida que lleva entre los amontas en una tienda, rodeado de sus rebaños y enredado en las luchas con los orgullosos beduinos que han de alejar de sus tiendas, sus pastos y sus pozos. Corresponde exactamente a la imagen de la vida de los Patriarcas que nos pinta la Biblia. También Abraham y su hijo Isaac tienen que dirimir disputas sobre sus pozos (Génesis 21:25; 26:15-20).
Una detenida investigación nos deja ver el cuidado y la exactitud con que la Biblia reseña las verdaderas condiciones de aquella época. La gran cantidad de documentos y monumentos recientemente descubiertos nos permite una reproducción plástica y de acuerdo con la realidad de las condiciones de vida en Canaán en tiempo de los Patriarcas.
Alrededor del año 1900 antes de J.C., Canaán era un país poco poblado. En realidad podría decirse que era una “tierra de nadie.” Acá y allá, en medio de campos cultivados, surge una ciudad fortificada. Las vertientes de las colinas están plantadas de higueras, viñedos y palmeras de dátiles. Los habitantes viven en continuo sobresalto, debido a que las pequeñas poblaciones, como islotes, muy espaciadas entre sí, constituyen el objetivo de los asaltos de las tribus nómadas. Éstas se presentan con una rapidez imposible de prever, lo derriban todo y se apoderan de ganados y cosechas. Luego desaparecen con la misma rapidez, siendo imposible dar con ellas en los inmensos arenales del Sur y del Este. Sin cese es la lucha que han de sostener los agricultores y los ganaderos que están establecidos en estas tierras en contra de las tribus de bandidos que no tienen hogar fijo, cuyo techo es una tienda de piel de cabra extendida en cualquier parte del desierto a la intemperie. En esta tierra inquieta deambuló Abraham con Sara, su mujer; con Lot, su sobrino; con su servidumbre y sus rebaños.
Y llegaron al país cananeo. Entonces ABRAHAM ATRAVESÓ EL PAÍS HASTA EL LUGAR DE SIKEM, HASTA LA ENCINA DE MORÉ. HABITABAN ENTONCES EN EL PAÍS DE LOS CANANEOS Y SE APARECIÓ YAHVÉ A ABRAHAM Y DIJO: “A TU DESCENDENCIA DARÉ ESTA TIERRA”; Y ÉL CONSTRUYÓ ALLÍ UN ALTAR A YAHVÉ, QUE SE LE HABÍA APARECIDO. DE ALLÁ SE TRASLADÓ A LA MONTAÑA. AL ORIENTE DE BET-EL, DONDE DESPLEGÓ SU TIENDA, QUEDANDO BET-EL AL OCCIDENTE Y HAY AL ESTE. ALLÍ EDIFICÓ UN ALTAR A YAHVÉ E INVOCÓ SU NOMBRE. LUEGO ABRAHAM LEVANTÓ EL CAMPO, EMIGRANDO SIEMPRE HACIA EL SUR (Gen. 12:5-9).
En el año 1920 son encontrados junto al Nilo unos cascotes de cierta importancia, procedentes principalmente de Tebas y de Sakkarah. Arqueólogos de Berlín adquieren algunos de ellos; otros se llevan a Bruselas y el resto es entregado al gran museo de El Cairo. Manejados cuidadosamente por manos entendidas de expertos, los fragmentos se convirtieron de nuevo en ánforas, vasos, pequeñas estatuas. Lo que más interesa en estos objetos son las inscripciones en ellos existentes. El texto habla de amenazadoras maldiciones y execraciones como esta: “La muerte para los que profieran malas palabras o tengan malos pensamientos, para los conjuradores, para los que maquinan acciones o intenciones detestables.”
Éstas y otras frases por el estilo, tan poco gratas, estaban dedicadas a los empleados y dignatarios de la corte y a los señores de Canaán y de Siria.
Según una antigua superstición, en el mismo instante en que el vaso o la estatuilla se rompía, quedaba también destruida la fuerza de la persona execrada. Con frecuencia se incluía en la maldición a la familia, a la servidumbre, hasta el hogar del individuo a quien se dirigía.
Los vasos mágicos contienen nombres de ciudades, como Jerusalén (Gen. 14:19), Asquelón (Juec. 1:18), Tiro (Jos. 12:18), Aksaf (Jos. 11:1) y Sikem. Prueba convincente de que los lugares mencionados en la Biblia ya existían en los siglos XIX y XVIII antes de J.C., pues los vasos y las estatuillas son de esta época. Dos de estas ciudades fueron visitadas por Abraham: en primer lugar Jerusalén, cuando fue a ver a Melquisedec, rey de “Salem” (Gen. 14:18). Todos sabemos dónde estaba esta ciudad; pero, ¿dónde estuvo emplazada la ciudad de Sikem?
En el corazón mismo de Samaria hay un valle extenso y llano, dominado por las altas cumbres del Garizzim y el Ebal. Campos muy bien cultivados rodean a Askar, una pequeña aldea de Jordania. Las ruinas de Sikem fueron encontradas en las proximidades de esta aldea al pie del monte Garizzim.
Este resultado se debe al arqueólogo alemán profesor Ernst Sellin, quien, después de unas excavaciones que duraron dos años (1933-34), vio aparecer estratos de tiempos más remotos.
Sellin encuentra restos de murallas del siglo XIX antes de J.C. Poco a poco van tomando forma un poderoso muro exterior con sólidos fundamentos, todo él construido de piedras burdamente talladas, entre las cuales se hallan las que tienen casi dos metros de grosor. Los arqueólogos designan a esta clase de mampostería “muros ciclópeos.” Estas murallas se hallan reforzadas por medio de contrafuertes. Los soberanos de Sikem no sólo habían fortificado las murallas de dos metros de ancho con pequeñas torres, sino además con otra muralla de tierra superpuesta.
Las ruinas de un palacio van surgiendo también entre los escombros. Todo el conjunto de un patio, estrecho y rectangular, rodeado de algunas estancias con paredes muy gruesas, apenas si merece el nombre de palacio. Tal como Sikem aparecen las demás ciudades de Canaán, cuyos nombres hemos oído con tanta frecuencia y ante las cuales tanto temor sentían los israelitas. Salvo algunas excepciones, las notables construcciones de aquella época nos son bien conocidas. La mayor parte de ellas fueron descubiertas en las excavaciones de los últimos treinta años. Permaneciendo ocultas durante milenios; mas ahora aparecen ante nuestra vista tal cual eran. Entre ellas existen muchas ciudades que los patriarcas vieron con sus propios ojos: Bet-El y Mispa, Guerar y Lakis, Geser y Gat, Asquelón y Jericó.
Tal es la cantidad de materiales que existen hasta el tercer milenio antes de J.C., que si alguien quisiera escribir la historia de la arquitectura de las edificaciones de defensa y de las ciudades de Canaán no tendría mucho trabajo.
Las ciudades de Canaán eran plazas fortificadas, fortalezas de refugio en caso de guerra, ocasionada estas por las rápidas incursiones de las tribus nómadas, ya por las enemistades entre ciudades vecinas. Las poderosas murallas rodeaban un espacio limitado, cuya superficie apenas era mayor que la plaza de San Pedro en Roma. Toda plaza fuerte estaba surtida de agua, pero ninguna de ellas hubiera podido subsistir de manera permanente con una población numerosa. Al lado de los palacios y de las metrópolis de Mesopotamia estas ciudades carecen de importancia; cada una de la mayor parte de las ciudades de Canaán hubieran podido caber cómodamente dentro de los confines del palacio de los reyes de Mari.
En Tell-el-Hesi, seguramente el bíblico Eglon, la antigua muralla ceñía una superficie de media hectárea. La de Tell es-Safy (la antigua Gat), 5 hectáreas; la de Tell el-Mutesellim (la antigua Meguiddo), más o menos lo mismo; la de Tell el-Zakariyah (el Azeka bíblico), menos de 4 hectáreas; Geser (en el camino de Jerusalén al puerto de Haffa) tenía 9 hectáreas de zona edificada. Hasta en el reconstruido Jericó, el espacio rodeado por el muro interior, lo que era propiamente la acrópolis, tenía sólo una superficie de 2,35 hectáreas. Y Jericó era una de las fortalezas más importantes del país.
Las encarnizadas luchas de los jefes de las tribus estaban a la orden del día. Faltaba la mano ordenadora de una autoridad superior. Cada jefe mandaba en su territorio. Nadie podía mandarle y hacía lo que le venía en gana. La Biblia llama con el nombre de reyes a los jefes de cada tribu; por lo que se refiere al poder y a la independencia, tiene razón.
Entre el señor de una ciudad y sus súbditos privaba un sentimiento patriarcal. Dentro de las murallas vivían sólo el señor, las familias patricias, los delegados del Faraón y los mercaderes ricos. Sólo ellos habitaban en edificios firmes, sólidos, casi todos de una sola planta, que alrededor de un patio abierto ofrecían de cuatro a seis habitaciones. Las casas de los patricios con un segundo piso eran relativamente raras. El resto de la población (la gente del séquito, los siervos, los criados) vivían en chozas sencillas de barro o de follaje, fuera de los muros. Su vida debió de ser muy miserable.
Desde el tiempo de los más remotos antepasados existen dos caminos en la llanura de Sikem. Uno de ellos baja al valle del Jordán; el otro se dirige a las solitarias alturas del sur hasta Bet-el y continúa, pasando por Jerusalén, hasta el Negueb, la tierra del Mediodía de la Biblia. El que recorre este camino sólo encuentra sobre el país montañoso de Samaria y Judea algunas pequeñas poblaciones: Sikem, Bet-el, Jerusalén y Hebrón. El que escoge la vía más cómoda encuentra las ciudades más importantes y las fortalezas más considerables de los cananeos en los ubérrimos valles de la llanura de Yezreel, en la fructífera tierra de la costa de Judá y en medio de la exuberante vegetación del valle del Jordán.
Para su primer viaje de información a través de Palestina, Abraham eligio el camino más solitario y fatigoso que se dirige hacia el Sur a través de la montaña. Allí las vertientes de los montes cubiertos de bosques ofrecían al forastero cobijo, refugio y, en los claros, ricos pastos para los rebaños. Más tarde él mismo con su gente siguió estos caminos montañeros. Lo mismo hicieron repetidas veces otros patriarcas. Aunque los valles fructíferos de la llanura le atraían poderosamente, Abraham prefirió cruzar el país por la montaña. Es que los arcos y las hondas que él y los suyos llevaban no podían competir con las espadas y las lanzas de los cananeos en el caso de una contienda.
1.”Nómadas del desierto” y también “cruzadores del desierto” eran nombres despectivos que los egipcios gustaban de aplicar a vecinos del Este y del Nordeste. Entre éstos figuraban las tribus de Canaán y Siria.
2. Los lagos conocidos aún hoy día con este nombre en el istmo de Suez.
3. Ciudad marítima fenicia situada al norte de la actual Beirut.
4. Territorio desértico situado al este de Damasco.
5. Nombre semita, occidental, amorita.
6. Nombre del país montañoso situado al norte de Palestina.
7. Encargados por el faraón habitaban entonces por todo Canaán y Siria.
8. Esto hace pensar en un activo tráfico entre Egipto y Palestina.
9. El arco es el arma típica de los egipcios.
10. Embalsamamiento.
11. Palmeras de dátiles.
12. Es decir, la suciedad de la cual se limpia.
7. Abraham y Lot en el País de la Púrpura.
Hambre en Canaán. — Una familia del tiempo de los patriarcas en una pintura de la época. — Licencia de inmigración para el pastoreo en el Nilo. — El enigma de Sodoma y Gomorra. — Mr. Lynch explora el “Mar de la Sal.” — La grieta más amplia de la tierra. — Bosques hundidos en el mar Muerto. — El valle del Siddim conducía a la hondonada. — Columnas de sal en Yebel Usdum. — Junto al terebinto de Abraham.
MAS SOBREVINO HAMBRE EN EL PAÍS Y ABRAHAM BAJÓ A EGIPTO PARA RESIDIR ALLÍ TEMPORALMENTE. PORQUE ERA EN EL PAÍS MUY RECIA EL HAMBRE (Gen. 12:10).
El mundo debe a la aridez del desierto egipcio la conservación de una notable serie de textos, muchos de los cuales nos hablan de las inmigraciones de familias semíticas en la tierra del Nilo. El documento más bello y gráfico de todos es sin duda una pintura.
A mitad de camino entre las antiguas ciudades faraónicas de Menfis y Tebas, 3.000 km. al sur de El Cairo, emplazado junto al Nilo entre verdes campos y bosques de palmeras, se halla el pequeño poblado de Beni-Hasan. Aquí desembarcó en el año 1900 el inglés Percy A. Newberry con el encargo oficial de El Cairo de examinar alguno de los monumentos sepulcrales. El Egypt Exploration Fund financia la expedición.
Los monumentos funerarios se encuentran a la salida de un valle desértico, donde yacen asimismo los restos de antiguas canteras y de un gran templo.
Semana tras semana son separados los montones de piedras y los restos de columnas rotas del camino que conduce a la entrada de la peña, detrás de la cual se esconde la última morada del príncipe egipcio Chnem-Hotep. Los jeroglíficos, inscriptos en una pequeña antesala, contienen el nombre del difunto. Era el soberano de esta comarca del Nilo que antes se llamaba el “Cantón de las Gacelas.” Chnem-Hotep vivió en tiempo del faraón Sesostris II, hacia el año 1900 antes de J.C.
Después de muchos días de trabajo, Newberry consiguió por fin penetrar en una soberbia sala, excavada en la roca. A la luz de unas antorchas distingue tres bóvedas y dos hileras de columnas que se yerguen airosas desde el suelo. Las paredes están adornadas con unas pinturas de magníficos colores. Representan escenas de la vida del príncipe: cacerías, recolección de frutos, danzas y juegos.
En uno de los paneles de la pared Norte, junto a un retrato del príncipe, del tamaño natural, Newberry descubre unos tipos extranjeros. Van vestidos de diversa manera como se estila entre los egipcios; su piel es más clara y sus perfiles son duros. Dos empleados egipcios, colocados en primer término, presentan evidentemente el grupo de extranjeros al príncipe. ¿Quiénes son estos personajes? Los jeroglíficos que figuran en unas inscripciones trazadas junto a la mano de uno de los egipcios dan la contestación a esta pregunta: son “habitantes del desierto,” es decir, semitas. Su jefe se llama Abisay. Éste ha llegado a Egipto con treinta y seis hombres, mujeres y niños de su clan y trae regalos para el príncipe, entre los cuales es expresamente nombrado el destinado a la princesa, cierto precioso “stibium” 1.
Abisay es un nombre eminentemente semita, y aparece en la Biblia durante el reinado del segundo rey de Israel: “Tomando David la palabra, habló a… Abisay, hijo de Seruyá…” (1 Sam.. 26:6). El Abisay de la Biblia era hermano del jefe del ejército, Joab, malquisto por el pueblo de Israel, bajo el reinado de David, hacia el año 1000 antes de J.C., cuando Israel era un gran reino.
FIG. 9. —Familia semita de la época de los Patriarcas en el muro de la tumba del Principe en Beni-Hasan, junto al Nilo.
El artista a quien el príncipe Chnem-Hotep encargó el adorno de su tumba ha representado a los “habitantes del desierto” con un cuidado singular.
Esta pintura tan realista y sumamente expresiva causa el efecto de una fotografía en color. Parece como si esta familia de semitas se hubiese detenido sólo un instante y como si los hombres, las mujeres, los niños y los animales tuviesen que ponerse de nuevo en movimiento y avanzar. Abisay, a la cabeza del cortejo, saluda al príncipe con una ligera inclinación de la diestra, mientras con la izquierda, cogiendo una pequeña cuerda, guía un macho cabrío, que lleva entre los cuernos un palo curvo, o sea el cayado pastoril.
Este cayado pastoril era para los nómadas una cosa tan típica, que los egipcios, en sus inscripciones, lo utilizaban para designar a estos extranjeros.
Por lo que se refiere a la indumentaria, tanto su clase como su colorido han sido representados con conocimiento de causa. Los mantos rectangulares de lana, que en los hombres llegan hasta la rodilla y en las mujeres hasta las pantorrillas, están abrochados sobre uno de sus hombros. Adornados con vistosas franjas sirven a la vez de abrigos, y nos traen a la memoria la célebre “túnica multicolor” que Jacob mandó hacer para su hijo preferido José y que excitó aún más el rencor de sus hermanos (Gen. 37:3).
Una barba puntiaguda adorna el rostro de los hombres y el pelo color azabache de las mujeres cae libremente sobre el pecho y las espaldas, ceñido a la frente con una cinta blanca. El pequeño rizo de junto a las orejas parece haber sido moda en aquella época. Los hombres llevan sandalias, las mujeres zapatos de color pardo oscuro.
En recipientes artísticamente cosidos y confeccionados con pieles de animales llevan sus raciones de agua. Las armas de que van provistos son arcos y flechas, pesados dardos y venablos. Hasta traen consigo su instrumento preferido: uno de los hombres tañe la lira de ocho cuerdas. Con este instrumento, según indica la Biblia, solían acompañarse algunos salmos de David. “Para instrumentos de cuerda, en octava baja,” se dice al principio de los salmos 6 y 12.
Habiendo sido realizada esta pintura hacia el año 1900 antes de J.C., es decir, en la época de los patriarcas, podemos figurarnos muy bien a Abraham y a su familia. Después de pasar la frontera egipcia debió de suceder una escena semejante. La filiación personal de los extranjeros era tomada en los fuertes fronterizos exactamente igual a como se hacía en los territorios del príncipe Chnem-Hotep.
Sucede de igual modo hoy cuando se va a un país extranjero. Claro que entonces no eran conocidos los pasaportes; pero las formalidades burocráticas ya hacían difícil la vida a los extranjeros. Aquel que quería ir a Egipto tenía que declarar sus datos personales, el motivo de su viaje y la duración aproximada de su estancia. Todos estos datos eran inscritos escrupulosamente por un empleado sobre papiro con tinta roja y remitidos por un mensajero al oficial de la frontera, quien decidía si podía ser concedido el permiso de entrada. Pero éste no dependía solamente de su voluntad. Los empleados de la administración en la corte de los faraones daban las directrices indicando, incluso, cuáles eran los pastizales que podían ser puestos a disposición de los nómadas inmigrantes.
Para los nómadas de Canaán, Egipto era en tiempo de hambre un país al cual podían acudir, y a veces era su única salvación. Cuando su patria estaba requemada, el país de los faraones ofrecía siempre pastos en abundancia, gracias a las inundaciones regulares del Nilo en el transcurso del año.
Por otra parte, la riqueza tradicional de Egipto atraía con mucha frecuencia a rapaces nómadas, a bandidos, a quienes interesaban no ya los pastos del Nilo, sino los graneros y los magníficos palacios. Muchas veces sólo podían ser arrojados por la violencia. Para proteger al país contra semejantes intrusos y para poder vigilar mejor las fronteras, se empezó a construir, en el tercer milenio antes de Jesucristo, “la gran muralla imperial,” formada por toda una cadena de fortalezas, torres de vigía y bases militares.
Sólo en la oscuridad de la noche el egipcio Sinuhe, que conocía muy bien el terreno, pudo atravesarla furtivamente.
Unos 650 años después, en tiempo de la huida de Egipto, la frontera estaba cuidadosamente vigilada; Moisés sabía demasiado bien que la huida de aquel país contra la voluntad del Faraón era imposible. Los puestos de guardia habrían dado en seguida la voz de alarma, despertando a la tropa. Cualquier intento de forzarla era impedido por los certeros tiradores y por los rápidos carros de guerra. Este fue el motivo por el cual el Patriarca, que conocía bien el terreno, eligió otro camino completamente desacostumbrado. Moisés, en efecto, condujo a los hijos de Israel hacia el Sur, hacia el Mar Rojo, donde la muralla no existía.
Después del retorno a Canaán, Abraham y Lot se separan, pues “el país no les permitía morar juntamente, porque la hacienda de ellos era mucha y no podían habitar juntos. Por lo cual hubieron de suscitarse riñas entre los pastores del ganado de Abraham y los pastores del ganado de Lot… Dijo, pues, Abraham a Lot: “No haya contienda entre los dos, ni entre mis pastores y tus pastores, ya que somos parientes. ¿No esta todo el país ante ti? Sepárate, por favor, de mi. Si te diriges a la izquierda, yo iré a la derecha, y si tomas la derecha, yo tiraré a la izquierda” (Gen. 13:6-9).
Abraham dejó elegir a Lot. Desaprensivo, cual suelen ser los jóvenes, Lot se decide por la mejor parte, la región del Jordán. Rica en agua hasta llegar a Segor (Gen. 13:10) y bendecida con una frondosa vegetación tropical, “como el jardín del Señor, se parecía a Egipto” (Gen. 13:10).
Desde las montañas cubiertas de bosque del corazón de Palestina, Lot se dirige al Este con su clan y sus rebaños; penetra en el valle del Jordán en dirección Sur y por fin pone sus tiendas en Sodoma. Al sur del Mar Muerto se extiende una de las llanuras más fértiles, “el valle Siddim, donde esta emplazado ahora el Mar de la Sal” (Gen. 13:3). La Biblia pone en este valle cinco ciudades: Sodoma, Gomorra, Adamá, Seboyim y Bela (Gen. 14:2).
En la misma Biblia encontramos el relato de un acontecimiento bélico relacionado con la historia de estas cinco ciudades: “Hicieron guerra a Bera, rey de Sodoma; a Birsa, rey de Gomorra; a Sinab, rey de Adamá; a Semeber, rey de Seboyim, y al de Bela, esto es, de Segor” (Gen. 14:2).
Los reyes del valle Siddim habían sido tributarios del rey Codor-Laomor durante doce años; pero en el año decimotercero se rebelaron. Codor-Laomor pidió entonces ayuda a los tres reyes que estaban con él coligados. Una expedición de castigo debía hacer recordar sus deberes a los rebeldes. En la lucha sostenida por los nueve reyes los de las cinco ciudades del valle Siddim fueron vencidos; sus residencias fueron entregadas al pillaje e incendiadas. Entre los prisioneros capturados por los reyes extranjeros se encuentra también Lot. Pero es libertado por su tío Abraham (Génesis, 14:12-16), quien con su servidumbre persigue como una sombra a los cuatro reyes que se retiran victoriosos. Desde un seguro escondrijo lo observa todo sin ser advertido. Da tiempo al tiempo. Por fin, primero en Dan, después en la frontera septentrional de Palestina, parece haberse presentado una ocasión oportuna. Rápido, amparado por las sombras de la noche, se lanza sobre sus enemigos y en la confusión producida puede salvar a Lot. Sólo quien desconoce la táctica de los beduinos leerá con escepticismo esta narración.
Entre los habitantes de aquel país ha perdurado hasta nuestros días el recuerdo de esta expedición. Se refleja en el nombre de un camino que, por la parte oriental del Mar Muerto, se dirige al Norte hasta la vieja tierra de Moab. Los nómadas de Jordania lo conocen muy bien. Y, cosa notable, entre los nativos del país es designado con el nombre de la “Calzada de los Reyes.” En la Biblia volvemos a encontrarle, aunque aquí tiene el nombre de “camino real,” de “camino seguido,” por el cual los hijos de Israel querían pasar a través de los dominios de Edón para dirigirse a la tierra prometida (Num. 20:17-19).
Pasado el tiempo los romanos utilizaron la “Calzada de los Reyes” y la reconstruyeron. Parte de ella forma parte hoy día de la red de carreteras que recorren el nuevo estado de Jordania. Perfectamente visible desde un avión, el antiguo camino atraviesa el paisaje como una franja osc
ura “Y el Señor dijo: “El clamor de Sodoma y Gomorra es en verdad muy grande y sus pecados se han agravado mucho”… Entonces Yahvé llovió desde el cielo sobre Sodoma y Gomorra azufre y fuego, procedente de Yahvé. Destruyo, pues, estas ciudades y toda la llanura, con todos los habitantes de las ciudades y las plantas del suelo. Y su mujer, habiendo vuelto la vista hacia atrás, trocóse en columna de sal… Por su parte Abraham… vio que subía de la tierra humo como la humareda de un horno”" (Gen. 18:20; 19:24-28).
La siniestra energía de esta narración bíblica ha impresionado siempre profundamente las conciencias de los hombres. Sodoma y Gomorra se convirtieron en el símbolo de la depravación y de la impiedad y se citan cuando se habla de una destrucción completa.
Los hombres, cuando se encuentran ante hechos inexplicables, tienen que buscar en su fantasía procesos terroríficos, como lo demuestran numerosos relatos de los tiempos antiguos. Cosas notables y casi increíbles han de haberse desarrollado junto al Mar Muerto, el mar de la Sal, donde, según la Biblia, tuvo lugar la catástrofe.
Según una leyenda, el general romano Tito condenó a muerte a unos esclavos, mientras duraba el sitio de Jerusalén del año 70 después de J.C. Los sometió a rápido proceso, los hizo atar con cadenas y los hizo arrojar al mar que se extendía junto a las montañas de Moab. Pero los condenados no se ahogaron, y tantas veces fueron arrojados al agua, otras tantas, flotando como corcho, salieron a tierra. Tan extraño suceso impresionó a Tito de tal manera que los perdonó.
Flavio Josefo, que escribió la historia del pueblo judío y pasó en Roma la última parte de su vida, menciona repetidas veces “el lago de Asfalto.” Los griegos hablaban también de gases venenosos que, según ellos, se desprendían en muchas partes de este mar. Y los árabes refieren que desde hace mucho tiempo ningún pájaro ha podido alcanzar la orilla opuesta, porque, al atravesar la superficie del agua, los animales caen privados de vida.
Estas y otras historias similares de carácter legendario eran seguramente conocidas; pero hasta hace unos años no se tenía un conocimiento exacto del raro y misterioso mar de Palestina. Ningún hombre de ciencia lo había explorado.
En el año 1848 los Estados Unidos toman la iniciativa y organizan una expedición al enigmático Mar Muerto. Ante la pequeña aldea de Akko, 15 km. al norte de la actual Haifa, un día de otoño de 1848, la playa estaba llena de hombres que con vivo interés realizaban una extraña maniobra.
W. F. Lynch, geólogo y jefe de la expedición, ha hecho desembarcar del buque anclado en la playa dos botes metálicos, que luego son colocados con todo cuidado en unos carromatos con ruedas de gran tamaño. Los carromatos emprenden la marcha, arrastrados por caballos. Al cabo de tres semanas, y después de indescriptibles dificultades, se ha realizado el transporte a través de las tierras altas de la Galilea meridional. Los dos botes son arrojados al agua en el Tiberíades.
Las medidas de altura ordenadas por Lynch en el lago de Genesaret dan lugar a las primeras sorpresas de esta expedición. En el primer momento cree se trata de un error; pero las medidas de control confirman los resultados: ¡la superficie del lago de Genesaret, conocido en todo el mundo por la vida de Jesús, se halla situada a 208 metros por debajo del nivel del Mediterráneo! ¿A qué altura brota el Jordán, que atraviesa este lago?
Algunos días después, W. F. Lynch se halla en una vertiente del monte Hermón, que está cubierta de nieve. La pequeña aldea de Baniyas surge entre restos de columnas y de puertas. Unos árabes conocedores del terreno le guían a través de un bosque de adelfas hasta una cueva obstruida por las piedras y guijarros en la escarpada pared calcárea del Hermón. Desde sus profundidades se oye el murmullo del agua que, límpida, sale al exterior. Ésta es una de las tres fuentes del Jordán. Los árabes designan a este río con el nombre de Seri’at el Kebir, es decir, “Gran Río.” Aquí estuvo situado el antiguo Panium; aquí hizo construir Herodes en honor de Augusto un templo al dios Pan. Junto a la cueva del Jordán existen unos nichos en forma de concha, cavados en la dura peña.
“Sacerdote del dios Pan”… Puede aún leerse claramente la inscripción griega. En tiempos de Jesús era honrado junto a esta fuente del Jordán el dios de los pastores de los griegos, con la flauta en los labios cual si quisiera entonar una canción para acompañar el curso del río. Sólo 5 km. al este de esta fuente estaba situada la bíblica Dan, la aldea más septentrional de aquel país, citada con frecuencia en la Biblia. También allí mana una clara fuente en la vertiente meridional del Hermón. Un tercer manantial que se transforma en un arroyo baja de un valle situado a mayor altura. La superficie del valle está un poco más arriba de Dan, a 500 metros sobre el nivel del mar.
Allí donde el Jordán, 20 km. al Sur, alcanza el pequeño lago de Hule, su cauce ha bajado ya a 2 km. sobre el nivel del mar. Después, el río va bajando en forma abrupta durante otros 10 km. hasta llegar al lago de Genesaret. En su curso, desde las vertientes del monte Hermón, ha recorrido una distancia de 40 km, con un desnivel de 700 metros.
Desde el lago de Tiberíades los expedicionarios americanos recorren los numerosos meandros del Jordán, río abajo. Cada vez la vegetación es más escasa y sólo en las orillas crecen espesos matorrales. Dominado por el sol implacable aparece un oasis a la derecha; es Jericó. Poco después han llegado a su destino. Entre penas verticales, como talladas a pico, se extiende ante ellos la gigantesca superficie del Mar Muerto.
FIG. 10. Representación del curso descendente del Jordán.
Lo primero es tomar un baño. Los hombres que se introducen en el agua tienen la sensación de ser elevados de nuevo como si llevasen salvavidas. Los antiguos relatos no han mentido. En este mar nadie puede ahogarse. El sol ardiente seca la piel de los cuerpos casi instantáneamente. La delgada capa de sal que ha quedado en ella la tiñe de blanco. No hay aquí ni peces, ni moluscos, ni algas, ni corales…; por este mar no se ha deslizado nunca un barco de pesca. No existen ni frutos del mar ni frutos de la tierra, pues sus orillas son áridas y desoladas. Grandes cantidades de sal cubren la playa y las peñas de la montaña, haciéndolas brillar como el diamante. El aire se halla saturado de olores fuertes y acres. Huele a petróleo y a azufre. Manchas aceitosas de asfalto (la Biblia lo designa con el nombre de “betún”: Gen. 15:10) sobrenadan en las olas. Ni el cielo azul y luminoso ni el sol brillante son capaces de dar vida al paisaje.
La Época de los Patriarcas: de Abraham a Jacob. III
La Época de los Patriarcas: de Abraham a Jacob. III
3. ¿Vestigios del Diluvio Bíblico?
Las tumbas reales de los sumerios. — Una misteriosa capa de lodo. — Huellas del Diluvio universal bajo las arenas del desierto. — Una catastrófica inundación ocurrida 4.000 años antes de J.C.
ENTONCES YAHVÉ DIJO A NOÉ: “ENTRA TÚ Y TODA TU FAMILIA EN EL ARCA, PUES TE HE OBSERVADO JUSTO ANTE Mí EN ESTA GENERACIÓN… PUES DENTRO DE SIETE DÍAS VOY A HACER LLOVER SOBRE LA TIERRA CUARENTA DÍAS Y CUARENTA NOCHES Y ANIQUILARÉ DE SOBRE LA FAZ DE LA TIERRA A TODOS LOS SERES QUE PRODUJE. A LOS SIETE DÍAS, LAS AGUAS DEL DILUVIO IRRUMPIERON SOBRE LA TIERRA (Gén. 7:1-4, 10).
Cuando oímos nombrar el Diluvio pensamos inmediatamente en la Biblia y en el arca de Noé. Esta extraordinaria historia del Antiguo Testamento peregrinó con el cristianismo por todo el mundo. Así se convirtió en la más conocida tradición acerca del Diluvio, aunque no es, en modo alguno, la única. En los pueblos de todas las razas existen diversas tradiciones de una gran catástrofe de esta índole. Los griegos, por ejemplo, relataban la leyenda de la inundación del Deucalión; mucho antes de Colón existía entre los aborígenes del continente americano el recuerdo de una gran inundación; también en Australia, en la India, en Polinesia, en el Tibet, en Cachemira, así como entre los lituanos, el relato de un diluvio ha pasado de boca en boca, de generación en generación, hasta nuestros días. ¿Es que todo eso no es más que una inmensa y coincidente fantasía, un cuento, una leyenda, es decir, un relato producto de la imaginación?
Lo más probable es que unas y otras no sean otra cosa que el reflejo de una misma catástrofe universal. Tan grandioso fenómeno debió de ocurrir cuando ya había hombres que pensaban, que sobrevivieron a él y que pudieron dar cuenta de lo acontecido. Los geólogos creen poder descifrar el enigma de aquel remoto acontecimiento mediante su ciencia, teniendo en cuenta la existencia de épocas de gran calor entre glaciales intermedias. Cuatro veces subió el nivel de los mares al fundirse lentamente la coraza de hielo, de varios miles de metros de espesor en algunos sitios que cubría los continentes. Las masas líquidas, nuevamente puestas en libertad, cambiaron el aspecto del paisaje, inundaron las costas bajas junto a los mares y los valles, destruyendo a los hombres, a los animales y al mundo vegetal. En una palabra: todos los intentos de explicación terminaban en meras especulaciones e hipótesis.
Pero las hipótesis no aquietan al historiador. Éste requiere siempre una demostración palpable y material, y semejante demostración no existía; ningún científico, cualquiera que fuera su especialidad, podía demostrar su existencia. Sólo por una pura casualidad, es decir, por medio de unas excavaciones practicadas con finalidades muy distintas, se le ofreció al investigador la prueba palpable de la existencia del diluvio. Y esto sucedió en un lugar que ya conocemos: ¡en las excavaciones practicadas en Ur!
Hacía seis años que los arqueólogos americanos e ingleses estaban explorando las tierras de Tell-al-Muqayyar, las cuales, entre tanto, daban la sensación de una inmensa obra en construcción. Cuando el ferrocarril se detiene por unos instantes en este lugar, los viajeros quedan asombrados al ver los enormes montones de arena extraída de las excavaciones. Fueron removidos trenes enteros de tierra, cascotes y examinados cuidadosamente. La arena fue pasada por tamices y los escombros milenarios fueron manejados cual si se tratara de un valioso tesoro. La actividad, la perseverancia, el cuidado, los desvelos desplegados durante seis años habían procurado un botín considerable. Los templos sumerios con sus almacenes, sus talleres y sus tribunales, las casas de los ciudadanos constituyeron desde 1926 a 1928 hallazgos de tal importancia, que eclipsaron todo cuanto se había realizado anteriormente.
Tales eran las tumbas reales de Ur — con cuyo nombre Woolley había designado, en la euforia de sus descubrimientos, los sepulcros de notables sumerios — colocadas en una larga hilera cuyo esplendor verdaderamente real, las palas habían sacado a la luz desde el interior de un montículo de arena de 15 metros de altura, situado al sur del templo. Las cámaras sepulcrales de piedra parecían verdaderas cámaras de un tesoro, pues estaban completamente llenas de todo lo de valor que en otro tiempo poseía Ur. Copas y tazas de oro; cántaros y vasos de formas maravillosas; objetos de bronce; mosaicos de madrépora en relieve; obras de lapislázuli y de plata rodeaban a los cadáveres reducidos a polvo. Arpas y liras estaban apoyadas en los muros. Un hombre joven “héroe del país de Dios,” según dice de él una leyenda, lleva un yelmo de oro. Un peine de oro adornado con flores formadas con piedras de lapislázuli adorna el cabello de la bella sumeria Shub-ad, la “Lady Shub-ad,” como la llaman los ingleses… Cosas tan bellas no las hubo ni en la célebre cámara nupcial de Nofrete ni en la de Tutankamon. ¡Y las tumbas reales de Ur son 1.000 años más antiguas que aquéllas!
Pero, junto a estas preciosidades, las tumbas reales ofrecieron una visión terrible y siniestra para la sensibilidad de los hombres de nuestra época que se enfrentaron ante ella con un ligero escalofrío. En el interior de las cámaras sepulcrales pudieron comprobar la presencia de auténticas yuntas. Los esqueletos de los animales de tiro estaban aún uncidos a los carros llenos de artísticos utensilios domésticos. ¡Era evidente que todo el séquito funeral había seguido a los magnates en el camino de la muerte, según daban a entender los esqueletos vestidos de fiesta y cargados de adornos que les rodeaban! Veinte eran los cadáveres que contenía la tumba de Lady Shub-ad. En otras aparecieron más de setenta.
¿Cuál fue la tragedia ocurrida un día en estas tumbas? No había el menor rastro que demostrara que los hombres sufriesen muerte violenta. Los respectivos séquitos parecen haber seguido a sus difuntos soberanos en caravana festiva, con los bueyes uncidos a los carros portadores de los tesoros del difunto. Y mientras se cerraba la tumba por fuera, ellos oraban seguramente en su interior para impetrar su último descanso. Después debían de tomar alguna droga, se agrupaban por última vez alrededor del difunto y morían voluntariamente, para así seguir sirviéndole en otra existencia.
Durante dos siglos los habitantes de Ur habían enterrado a sus personajes importantes en esas tumbas. ¡Al abrir la última y mas profunda, los investigadores del siglo XX tenían ante sí la imagen de lo que aconteció en el año 2800 antes de J.C.!
Al aproximarse el verano de 1929, la sexta campaña de exploración de las tumbas de Tell-al-Muqayyar toca a su fin. Woolley ha llevado de nuevo sus colaboradores nativos a la colina de las “tumbas reales.” No la deja descansar. Quiere saber si debajo de la última tumba real el terreno puede aún dar lugar a descubrimientos en una próxima campaña de exploración.
Una vez separado el enlosado de las tumbas, un par de paletadas dan a comprender que por debajo aún siguen las capas de escombros. ¿Cuan profundamente penetrarán en la Antigüedad esos mudos medidores del tiempo?
¿Cuándo aparecerán en el fondo de esta colina, sobre la roca viva y el terreno virgen los restos del primer establecimiento humano? ¡Esto es lo que quiere averiguar Woolley! Despacio, con sumo cuidado, hace cavar pozos y comprueba personalmente la naturaleza de los materiales que se van extrayendo. “Casi en seguida — escribe en su comunicación — se realizan nuevos descubrimientos que confirman nuestras suposiciones; directamente debajo del suelo de una de las tumbas reales y en un montón de cenizas de madera quemada se encuentran numerosas tablillas de barro con inscripciones de tipo mucho más antiguo que aquellas que recubrían las tumbas. A juzgar por ellas podían pertenecer al siglo XXX antes de J.C. Eran, pues, seguramente, dos siglos más antiguas que las cámaras sepulcrales.”
Los pozos se van profundizando cada vez más; aparecen nuevas capas con restos de ánforas, vasos y jarrones. El investigador comprueba con extrañeza que la cerámica sigue inalterable. Parece ser de la misma calidad que las piezas halladas en las cámaras reales. Durante los siglos la civilización de los sumerios no habría realizado progreso alguno digno de mención. En una edad extraordinariamente lejana habría adquirido un alto grado de desarrollo.
Cuando, al cabo de muchos días, los que allí trabajaban le gritan que han llegado al fondo, Woolley baja personalmente al interior del pozo para convencerse. En efecto, han terminado los restos de toda cultura. Del suelo, aún no removido, pueden recogerse los últimos fragmentos de objetos domésticos; aquí y allá se ven rastros de un incendio. “¡Por fin!” es el primer pensamiento de Woolley. Examina cuidadosamente la naturaleza del terreno que se halla en el fondo del pozo y queda perplejo: ¡es lodo, lodo como únicamente puede resultar de la sedimentación de las partículas contenidas en el agua! Pero, ¿de dónde puede proceder el lodo en aquel sitio? Woolley trata de dar con una explicación: “no puede ser más que el lodo dejado por una inundación, originado por la acumulación de partículas en suspensión en las aguas del Éufrates de otras épocas.” Esta capa debió de depositarse cuando el gran río tenía su delta mucho más al interior en el Golfo Pérsico, exactamente como aún sucede junto a la desembocadura, donde la tierra avanza cada año 25 metros dentro del mar. Cuando Ur alcanzó la primera época de su esplendor, el Éufrates debía estar tan cerca que la gran torre se debía de reflejar en sus aguas, y desde la punta de su santuario se debía ver el golfo. Sobre el fondo de lodo del antiguo delta debieron de levantarse las primeras casas.
Sin embargo, mediciones y calculos realizados sobre el terreno con mayor precisión, conducen a Woolley a nuevos resultados y le inducen a sentar conclusiones muy distintas.
FIG. 3. — Restos de lodo procedentes de la gran inundación ocurrida hacia el año 4000 a. de J.C. a. Cauce del Éufrates. — b. Capa de lodo de la inundación. c. Colinas que sobresalían a la inundación.
“Vi que estábamos a demasiada altura. Apenas podía aceptarse que la isla en la cual fue construido el primer asentamiento hubiese podido sobresalir tanto del curso del río.”
El pozo en el cual comenzaba a aparecer la capa de lodo se hallaba muchos metros por encima del nivel del río. Ello demuestra que no pueden ser aluviones depositados por el Éufrates. ¿Qué significaba, pues, aquella capa singular? ¿Cómo se había producido? Ninguno de sus colaboradores acierta a dar una contestación satisfactoria. Así, pues, siguen excavando, profundizando el pozo. Excitado, mira Woolley cómo, de nuevo, van subiendo los capazos y examina su contenido. Las palas van profundizando la capa, un metro, dos metros… ¡No sale más que lodo! Al llegar a unos tres metros de profundidad, la capa de lodo termina en forma tan súbita como había empezado. ¿Qué seguirá después?
Los capazos que siguieron, una vez examinados, dan una contestación que ninguno de aquellos hombres hubiera podido soñar. Se resisten a creer lo que sus ojos están viendo. Habían esperado hallar la roca viva, la tierra virgen. Pero lo que se les presenta a la luz del sol son cascotes y más cascotes. Restos del pasado, entre ellos numerosos fragmentos de cerámica. ¡Debajo de una capa de lodo de casi tres metros de espesor se han encontrado nuevamente restos de un asentamiento humano! Tanto el aspecto como la técnica de la cerámica ha cambiado por completo. Encima de la capa de lodo las ánforas y las cubetas habían sido evidentemente realizadas al torno; en cambio estas vasijas lo fueron con las manos. Por más cuidadosamente que se examinan los capazos que suben a la superficie del pozo, ante la creciente expectación de los exploradores, no se descubre en ellos resto alguno de metal. La herramienta primitiva que encuentran es de sílex labrado, ¡Herramientas de la Edad de Piedra!
Aquel mismo día expiden un telegrama. Mesopotamia daba al mundo la noticia más sensacional que seguramente jamás le habrá conmovido la imaginación: “¡Hemos encontrado huellas del Diluvio Universal!”
El extraordinario descubrimiento realizado en Ur, llena los titulares de la Prensa en los Estados Unidos y en Inglaterra. El Diluvio, esta era la única explicación plausible ante la enorme acumulación de barro encontrado debajo de la colina de Ur, la cual, evidentemente, separaba dos civilizaciones humanas. El mar había dejado sus inconfundibles huellas en forma de restos de animales marinos mezclados en el lodo. Woolley quiso adquirir lo más pronto posible asegurarse sobre tan importante cuestión; una casualidad, aunque inverosímil, habría podido engañarle, así como a sus colaboradores. A 300 metros de distancia del primer pozo hizo abrir otro.
Las palas dejaron al descubierto un perfil idéntico: restos de cerámica, capa de barro, restos de utensilios de barro de fabricación manual.
FIG. 4. — Pozo abierto en busca del estrato del Diluvio.
Para eliminar toda duda, Woolley hace abrir otro pozo en una colina natural, en las capas de restos fragmentados donde había estado edificada la población, es decir, sobre un terreno situado a mayor altura que la capa de lodo.
1. Estrato de las tumbas de los reyes. -2. Estrato de la cerámica fabricada al torno. – 3. Estrato de lodo (3 metros). – 4. Estrato de la cerámica anterior al Diluvio.
Más o menos, a la misma profundidad que los otros dos pozos terminan aquí los fragmentos de cerámica fabricados al torno. Inmediatamente debajo sigue la cerámica fabricada a mano. Exactamente igual a lo que Woolley había supuesto y esperado. Naturalmente, falta aquí la capa de lodo que las separaba.
“Aproximadamente a unos 16 pies (5 metros) debajo de un pavimento de ladrillos — escribe Woolley —, que con toda seguridad podríamos adscribir al año 2700 antes de J.C., estábamos en las ruinas de aquella Ur que había existido antes del Diluvio.”
FIG. 5. — Extensión de la inundación en Mesopotamia
¿Hasta dónde se extendía la capa de lodo? ¿Cuáles fueron los territorios afectados por la catástrofe?
Una investigación en regla, siguiendo las huellas del gran río, se practica en otros lugares de Mesopotamia meridional. Otros arqueólogos descubren un nuevo e importante punto de referencia en Kiroch, al nordeste de la antigua Babilonia, allí donde el Éufrates y el Tigris, describiendo grandes curvas, se acercan uno a otro. Asimismo dan con una capa formada por aluviones, pero aquí sólo tiene medio metro de espesor. Mediante catas se llega a determinar poco a poco la extensión que alcanzaron las aguas. Según la opinión de Woolley, la catástrofe, al noroeste del Golfo Pérsico, cubrió una extensión de 630 kilómetros de longitud por 160 kilómetros de anchura. Al contemplar el mapa se saca la impresión que sólo fue según diríamos hoy un “suceso local”…, pero para los habitantes de la cuenca de estos ríos fue todo su mundo.
Después de incontables investigaciones y pruebas realizadas sin un resultado positivo, hacía tiempo que se había desechado la posibilidad de descifrar el misterioso enigma del Diluvio que parecía haber tenido lugar en tiempos tan inmensamente lejanos que el hombre jamás podría alcanzar. Pero los incansables y certeros trabajos llevados a cabo por Woolley y sus colaboradores pusieron al descubierto un hecho de gran importancia para los científicos: una inundación catastrófica que recuerda el Diluvio mencionado por la Biblia, considerado por los escépticos como un cuento o una leyenda, pero que había ocurrido en realidad y en una época histórica susceptible de ser determinada.
A los pies de la vieja torre escalonada de los sumerios, en Ur, en el curso inferior del Éufrates, se podía bajar por una escalera al interior de un pozo y observar los restos dejados por una inundación catastrófica — una capa de lodo de casi tres metros de espesor — y hasta tocarla con la mano. Y por la edad de las capas formadas por los restos dejados por los pobladores de aquellos territorios en los cuales, como en un calendario, podía leerse el tiempo, resultaba posible determinar cuándo tuvo lugar la grandiosa inundación:
¡Aconteció 4.000 años antes de Jesucristo!
http://www.holytrinitymission.org/books/spanish/biblia_tenia_razon_keller.htm
La Época de los Patriarcas: de Abraham a Jacob. II
La Época de los Patriarcas: de Abraham a Jacob. II
2. El “Ur En Caldea” de la Biblia.
Una estación en la ruta de Bagdad. — Torre escalonada de ladrillos. — Ruinas con nombres bíblicos. — Los arqueólogos buscan los sitios mencionados en las Sagradas Escrituras. — Un cónsul con la azada al hombro. — El arqueólogo en el trono de Babilonia. — Una expedición a Tell-al-Muqayyar. — Libros de historia en los escombros. — Cuentas de impuestos sobre arcilla. — ¿Fue Abraham ciudadano de una urbe cosmopolita?
…TOMANDO TÉRAJ A ABRAHAM, SU HIJO, A SU NIETO LOT, HIJO DE HARÁN, Y A SARAY, SU NUERA, MUJER DE SU HIJO ABRAHAM, SACÓLOS DE UR DE LOS CALDEOS… (Gén. 11:31).
… Y los sacó de Ur de Caldea. Así resuenan las palabras bíblicas en los oídos de los cristianos hace casi dos mil años. Ur, nombre tan misterioso y legendario como el de muchos nombres de reyes y caudillos, de poderosos imperios, de templos y palacios recubiertos de oro que nos habla la Biblia. Nadie sabía dónde estaba Ur, aunque el nombre de Caldea aludía seguramente a Mesopotamia. Hace treinta años nadie podía sospechar siquiera que la búsqueda de Ur llevaría al descubrimiento de una cultura que se adentra en el crepúsculo de los tiempos prehistóricos más que los antiguos testimonios de la humanidad en Egipto.
Hoy día Ur es una estación de ferrocarril situada a 190 kilómetros al norte de Basora, cerca del Golfo Pérsico, y una de las muchas estaciones del ferrocarril de Bagdad. El tren, de acuerdo con el horario, se detiene allí breves instantes a la alborada. Extinguido el ruido de las ruedas del tren que se dirige hacia el Norte, el viajero se siente envuelto en el silencio del desierto.
Su mirada se extiende por los monótonos e infinitos mares de arena amarillopardusca. Le parece hallarse en el centro de un inmenso plato llano, cortado únicamente por los carriles del tren. Un solo punto rompe la monotonía de la inmensidad vaga y desolada: un poderoso muñón de color rojo, que reluce los rayos del sol naciente. Parece como si un titán le hubiese abierto profundas muescas.
A los beduinos les es muy familiar este solitario cono, en cuyas grietas anidan las lechuzas. Lo conocen desde tiempo inmemorial y lo designan con el nombre de Tell-al-Muqayyar, la “Montaña de los peldaños.” A los pies de ella levantaron sus padres las tiendas de nómadas. A los pies de ella sus padres levataban sus tiendas de nómades. Como desde tiempos remotísimos, sigue ofreciendo acogedor refugio contra las peligrosas tempestades de arena. En sus faldas acampan aún hoy día los beduinos con sus rebaños cuando la época de las lluvias hace brotar una alfombra de césped como por encanto.
En otros tiempos — hace 4.000 años — ondeaban aquí inmensos campos de trigo y de cebada y se extendían cultivos de hortalizas y campos de palmeras y de higueras hasta perderse de vista. Eran extensos cultivos, comparables a las actuales haciendas productivas de California. El verdor exuberante de los campos y de los arriates estaba surcado por un sistema de canales y zanjas en línea recta, obra prodigiosa del arte de la irrigación. Desde los albores de la edad de piedra, los pobladores, aprovechando el agua de los grandes ríos, encauzaban con destreza e inteligencia el líquido elemento desde sus orillas y convertían así terrenos desérticos en paisajes de vegetación paradisíaca.
Casi oculto tras bosques de umbrías palmeras se deslizaba entonces el Éufrates. Un intenso tráfico naval desde aquí hasta el mar existía en este emporio de vida. En aquellos tiempos, el Golfo Pérsico se adentraba mucho más que ahora en la desembocadura del Tigris y del Éufrates. Antes de construirse la primera pirámide en el valle del Nilo, ya el Tell-al-Muqayyar elevaba al cielo su imponente mole. Cuatro grandiosas construcciones se alzaban en forma de cubos sobrepuestos, cada vez más delgados, de unos 25 metros de altura y revestidos de ladrillos de bellos colores. Sobre la parte negra de los cimientos, un cuadrado de 40 metros de lado soportaba los cuerpos superiores, de color rojo y azul, todos ellos rodeados de árboles. La parte más alta del edificio formaba una pequeña terraza en la cual, a la sombra de una techumbre dorada, había un santuario.
Una gran paz reinaba en esos lugares dedicados al culto, donde los sacerdotes celebraban sus oficios junto al ara del dios de la Luna, Nannar. Los ruidos de una de las más antiguas ciudades del mundo, la rica metrópoli de Ur, apenas si llegaban allí.
En el año 1854, una caravana de asnos y camellos se dirigió a la solitaria colina roja. Llevaba un raro equipo de palas, picos y aparatos de medición y la dirigía el cónsul británico en Basora, Mr. J. E. Taylor. No impulsaban al cónsul ni el afán de aventuras ni la propia voluntad. Por encargo del Foreign Office daba satisfacción al deseo expresado por el Museo Británico, (de =no) que se explorase la parte sur de Mesopotamia (es decir, la tierra donde el Éufrates y el Tigris, antes de desembocar en el Golfo Pérsico, se acercan cada vez más) en busca de monumentos de la Antigüedad. Taylor había oído hablar muchas veces en Basora del raro y grandioso amontonamiento de piedras al cual se acercaba ahora la expedición, y creía que allí encontraría su objeto.
FIG. 2. — La gran torre escalonada de Ur (reconstrucción).
A mediados del siglo XIX, en Egipto, Mesopotamia y Palestina empezaron excavaciones y trabajos de exploración, movidos por la idea, repentinamente surgida, de buscar en aquella parte del mundo una visión científicamente fundamentada en la historia universal. El objetivo de un buen número de expediciones era el Próximo Oriente.
Hasta entonces, la única fuente para la historia del Asia Menor en los 550 años antes de J.C. había sido la Biblia. Sólo ella contenía noticias sobre las épocas sumidas en las tinieblas del pasado. La Biblia menciona nombres y pueblos, de los cuales ni griegos ni romanos guardan información alguna.
Verdaderas legiones de sabios fueron atraídos, a mediados del siglo pasado, a los parajes del antiguo Oriente. Nadie conocía sus nombres, que pronto habían de estar en labios de todos. Llenos de asombro escucharon los hombres del “siglo de las luces” el relato de sus hallazgos y portentosos descubrimientos. Lo que aquellos sabios, a costa de ímprobos trabajos, iban sacando a la luz del seno de la arena del desierto, junto a los grandes ríos de Mesopotamia y de Egipto, llamó con justicia la atención de millones y millones de personas. La ciencia abría aquí, por primera vez, la puerta al misterioso mundo de la Biblia.
El cónsul de Francia en Mosul, Pablo Emilio Botta, era un entusiasta arqueólogo. En 1843 empezó sus excavaciones en Corsabad, junto al Tigris, y de las ruinas de una metrópoli cuatro veces milenaria hizo surgir a la luz, en todo su esplendor, el primer testimonio de la Biblia: Sargón, el legendario soberano de Asiria. El año en que el Tartán llegó a Asdod, cuando le envió Sargón, rey de Asiria… (Is. 20:1).
Dos años más tarde, un joven diplomático inglés y al mismo tiempo explorador, A. H. Layard, puso al descubierto la ciudad de Nemrod (Kalchu), designada en la Biblia con el nombre de Kélaj (Gén. 10:11) y que hoy lleva el nombre del bíblico Nemrod, el vigoroso cazador ante Yahvé. Fue el comienzo de su reino Babel, Erek, Akkad, Kalné, en tierra de Sinar. De este país salió para Asur, y edificó a Nínive, Rejobot-Ir y Kélaj.. (Gén. 10:10-11).
Poco tiempo después, unas excavaciones dirigidas por el mayor inglés Henry Creswicke Rawlinson, que fue en su tiempo uno de los mejores asiriólogos, descubrió a 11 kilómetros de Corsabad a Nínive, la capital de Asiria, la famosa biblioteca del rey Assurbanipal. Era la Nínive de la Biblia, cuya maldad los profetas condenan repetidamente (Jonás 1:2).
En Palestina, el erudito americano Eduardo Robinson se dedicó a la reconstrucción de la antigua topografía (1838-1852).
El alemán Ricardo Lepsius, más tarde director del Museo Egipcio de Berlín, registró, en una expedición que duró de 1842 a 1846, los monumentos del Nilo.
Una vez que el francés Champollion hubo conseguido descifrar los jeroglíficos egipcios, consiguió también, hacia el año 1850, descifrar el misterio de los caracteres cuneiformes. Uno de ellos fue Rawlinson, el explorador de Nínive. ¡Los documentos antiguos empezaban a hablar!
Pero volvamos a la caravana que se dirigía a Tell-al-Muqayyar.
El cónsul Taylor hace clavar las tiendas al pie de la roja colina. No tiene ambiciones científicas ni posee conocimientos previos. ¿Por dónde empezar? ¿En qué lugar situar las brigadas de nativos del país para que excaven el terreno en forma adecuada? El enorme montón de ladrillos, obra maestra arquitectónica de un pasado remoto, no le dice nada como construcción. Quizá en sus entrañas dormite algo que sirva para exponer en el Museo y sea susceptible de interesar a las gentes de Londres. Piensa vagamente en una vieja estatua, en armas, en piezas de adorno y hasta en un tesoro escondido. Arremete contra el cono, lo hace martillear palmo a palmo. Nada indica que exista una cavidad vacía. La colosal construcción parece ser maciza. El bloque inferior sobresale casi 10 metros de la arena. Dos amplias rampas de piedra conducen al próximo cuadrilátero, de más reducidas dimensiones, sobre el cual se levantan un tercero y un cuarto cuadrilátero.
Taylor va subiendo peldaño a peldaño; bajo el ardor del sol, trepa a gatas por las muescas, examina todos los restos y encuentra sólo ladrillos rotos. Bañado en sudor escala un día la plataforma más elevada; asustadas, dos lechuzas salen de entre los muros gastados por el tiempo. Esto es todo. Pero Taylor no se desalienta. Dispuesto a descubrir los secretos de aquella rara construcción en forma de cono toma una decisión que hoy no podemos por menos de lamentar profundamente: retira las brigadas que trabajan en la base y las lleva a la parte más alta de la construcción.
Lo que había resistido a los siglos, a las tempestades de arena y al ardor del sol, cayó víctima de la piqueta demoledora. Taylor manda derribar la parte más alta del edificio. La destrucción empieza por las cuatro esquinas a la vez. Ingentes masas de ladrillos rotos van cayendo diariamente desde lo alto. Al cabo de algunas semanas cesa el ajetreo en la parte alta, el golpear incesante de los picos. Un par de hombres desciende precipitadamente de la altura y penetran en la tienda de Taylor. En las manos llevan unas pequeñas varillas; son cilindros de arcilla cocida. Taylor queda decepcionado. Había esperado encontrar algo más importante. Después de limpiarlos bien, observa que los cilindros de arcilla están cubiertos de inscripciones… ¡Se trataba de caracteres cuneiformes! No los entiende en absoluto, pero se siente feliz. Cuidadosamente embalados, los cilindros parten para Londres. Pero los sabios del Támesis apenas prestan atención al hallazgo.
La cosa no es de extrañar: son los años en que todos los exploradores miran fascinados hacia las excavaciones que se realizan en el norte de Mesopotamia, donde, en el curso superior del Tigris y en las colinas de Nínive y Corsabad, surgen palacios y enormes relieves de los asirios, millares de tablillas de arcilla y estatuas, dejando en la sombra a todo lo demás. ¿Qué significaban junto a esto los pequeños cilindros de arcilla de Tell-al-Muqayyar? Dos años sigue Taylor impertérrito en sus exploraciones; pero sin éxito. Después es llamado a Inglaterra.
El mundo no debía conocer los inmensos tesoros que dormitaban bajo el antiquísimo cono de Tell-al-Muqayyar hasta después de setenta y cinco años.
Tell-al-Muqayyar vuelve a caer en el olvido entre los científicos. Pero a su alrededor ya no reina el silencio. Apenas retirado Taylor, acuden legiones de otros visitantes. Las paredes derruidas, y sobre todo la parte superior de la construcción, derribada por las brigadas de Taylor, constituyen una cantera inagotable y gratuita de materiales de construcción para los árabes, que año tras año vienen de todas partes a cargar de ladrillos sus acémilas. Fabricados por mano del hombre muchos milenios antes, aún pueden leerse en ellos los nombres de Ur Nannu, el primer gran constructor, y de Nabonides, el soberano babilónico que restauró la torre escalonada, a la cual llamaban Ziggurat. Las tempestades de arena, las lluvias, el viento y el sol se encargan de acabar la destrucción del monumento.
Cuando, durante la primera guerra mundial, las tropas británicas en marcha hacia Bagdad, en el año 1915, acampan en las cercanías del antiguo monumento, éste habiendo cambiado tanto de aspecto, hallándose tan aplanado, tan deshecho por el pillaje practicado desde el año 1854, que uno de los soldados puede permitirse una pequeña hazaña. El perfil de las antiguas graderías ha desaparecido hasta el extremo (de =no) que el soldado puede subir hasta la parte más alta montado en un mulo.
Una feliz casualidad quiere que entre los oficiales de la tropa se halle un experto, R. Campbell Thompson, del Servicio de Inteligencia del Ejército de Mesopotamia. En tiempo de paz es auxiliar del Museo Británico. Al examinar con mirada experta la inmensa aglomeración de ladrillos rotos, Thompson ve la ruina con espanto. Una inspección del suelo en los alrededores le hace sospechar la existencia de nuevos fundamentos, ruinas de edificios cubiertos por la arena del desierto. Thompson indaga con todo cuidado y manda un informe urgente a Londres. Esto impulsa a desempolvar los pequeños cilindros de arcilla, que habían sido casi completamente olvidados, y a estudiarlos esta vez minuciosamente. Las inscripciones contienen una información interesantísima y al propio tiempo una curiosa historia
Casi 2.500 años antes que el cónsul Taylor, otro explorador había escudriñado aquel lugar, con el mismo interés y removídolo todo. Venerador de la Antigüedad, hombre célebre, soberano de un gran reino y arqueólogo, todo en una persona, tal era el rey Nabonid de Babilonia. Realizó sus indagaciones hacia el siglo VI antes de J.C. y comprobó que “el Ziggurat era muy antiguo.” Pero Nabonid obró de otra manera que Taylor. “He hecho reconstruir la estructura de este Ziggurat como en los tiempos antiguos, con mortero y ladrillos cocidos.”
Cuando la torre escalonada quedó reconstruida, Nabonides hizo grabar precisamente en aquellos pequeños cilindros el nombre descubierto del primer constructor. Éste, según pudo descifrar el babilonio en una inscripción medio rota, fue el rey Ur-Nannu. ¿Ur-Nannu? ¿Es posible que el constructor de la gran torre escalonada fuese realmente el rey de Ur, de quien nos habla la Biblia, soberano de Ur en Caldea?
La suposición resulta muy verosímil, pues además el mismo nombre bíblico aparece varias veces. También documentos hallados en ruinas excavadas en Mesopotamia mencionan a Ur. Según los textos cuneiformes, parece haber sido la capital del gran pueblo de los sumerios. En este punto despierta un gran interés el maltrecho Tell-al-Muqayyar. A los eruditos del Museo de la Universidad de Pensilvania, en los Estados Unidos, se unen los arqueólogos del Museo Británico para pedir nuevas excavaciones. La torre escalonada del bajo Éufrates podría contener el secreto del desconocido pueblo de los sumerios… y de la bíblica Ur. Pero hasta el año 1823 no logra ponerse en marcha un grupo de arqueólogos americano-británico. Ya no tienen que realizar el incómodo camino sobre el vacilante lomo de un camello; ahora viajan en el ferrocarril de la línea de Bagdad. Por ferrocarril les llegan también las herramientas que necesitan: vagonetas, carriles, picos, palas, capazos.
Los arqueólogos disponen de un fondo que les permite explorar una extensa comarca. Empiezan sus excavaciones con un plan metódico y ambicioso. Confiando en que nuevos fondos vendrán a engrosar los ya concedidos, hacen cálculos para un trabajo de varios años. La expedición está dirigida por Sir Charles Leonard Woolley. Este inglés de cuarenta y tres años, ha realizado sus primeras armas en viajes de exploración y excavaciones en Egipto, Nubia y Karkemisch, en el Éufrates superior. Para este hombre inteligente y afortunado, el Tell-al-Muqayyar constituye la gran tarea de su vida. No dirige su atención principal a la torre escalonada, como hiciera algunos lustros antes el diligente pero desprevenido Taylor. Su investigación se dirige ante todo a los montículos planos que a sus pies se alzan en la llanura.
Al ojo experto de Woolley no se le escapa su forma especial, semejante a pequeñas mesetas. Planas arriba, sus pendientes descienden simétricas. Tales colinas existen en incontable número, grandes y pequeñas, en el Próximo Oriente, junto a las orillas de los grandes ríos, en medio de llanuras exuberantes, junto a las sendas y caminos por donde, desde tiempos inmemoriales, transitan las caravanas que atraviesan el país. Tan numerosas son, que hasta el día de hoy nadie ha podido contarlas. Aparecen en el delta del Éufrates y del Tigris, en el Golfo Pérsico y hasta en las tierras altas del Asia Menor, allí donde el río Halis desemboca en el Mar Negro; en las costas del Mediterráneo oriental, en los valles del Líbano, junto al Orontes de Siria y en la vega del Jordán, en Palestina.
Estos relieves del terreno constituyen las grandes minas de los arqueólogos, explotadas con todo afán y por ahora inagotables. No son obra de la Naturaleza, sino acúmulos artificiales producidos por las ruinas de incontables generaciones que nos precedieron; grandiosos montones de escombros y desperdicios del pasado, formados por los restos de cabañas y casas, murallas, templos y palacios. Todas estas colinas han adquirido su forma en el transcurso de siglos y hasta de milenios, siguiendo el mismo proceso. Los hombres habían creado allí un primer poblado, que un buen día fue destruido por la guerra o un incendio o abandonado por sus habitantes; después vinieron unos conquistadores o nuevos pobladores, que construyeron sus moradas en el mismo emplazamiento. Generación tras generación fueron así levantando en el mismo lugar viviendas y ciudades, una tras otra.
En el transcurso del tiempo las ruinas y los escombros de innumerables pueblos han ido formando, capa sobre capa y estrato sobre estrato, una colina. Los árabes de hoy llaman “tell” a esos montículos artificiales. El mismo nombre se les daba ya en la antigua Babilonia. Tell quiere decir “montón, hacinamiento”; en la Biblia encontramos esta palabra en el libro de Josué, cap. XI, versículo 13. Cuando al tratar de la conquista de Canaán se habla de las ciudades emplazadas sobre sus colinas de escombros, éstas se designan con el nombre de tulul (plural de tell). Los árabes saben distinguir con toda exactitud un tell de los relieves naturales del terreno, a los cuales designan con el nombre de yebel.
Cada Tell constituye, en realidad, un mudo capítulo de historia. Sus diferentes capas son para el arqueólogo semejantes a hojas del calendario, repasando las cuales puede aclarar el pasado página por página. Cada capa habla de una época, de su vida y sus costumbres, del arte, la cultura y la civilización de sus habitantes, con tal que se sepan leer sus indicios adecuadamente. Así han llegado los excavadores con el tiempo a resultados verdaderamente prodigiosos.
Las piedras, talladas o no talladas, los ladrillos y los restos de arcilla atestiguan la forma cómo se construía. Hasta en las piedras carcomidas y gastadas o en los restos de ladrillos reducidos casi a polvo pueden reconocerse los perfiles de las construcciones. Y las manchas negras revelan dónde se hallaron en otro tiempo los hogares difundiendo calor.
Vasijas desmenuzadas, armas, artículos domésticos y herramientas, que se encuentran por doquier entre las ruinas, dan nuevos indicios para el trabajo detectivesco aplicado a la Antigüedad. ¡Cuánto aprecian los investigadores que los antiguos no conociesen ningún servicio urbano de recogida de basura! Lo que resultaba inútil o superfluo se echaba afuera, dejándolo expuesto a la acción de la intemperie y del tiempo.
Hoy día se conocen con tanta exactitud las diferentes formas, muestras y colores de las vasijas y los vasos, que la cerámica se ha convertido en el recurso arqueológico número uno para el cómputo del tiempo. Aún los trozos sueltos, a veces aún los mismos fragmentos, permiten fijar la fecha con toda precisión. Hasta el segundo milenio antes de J.C., el límite máximo de error en la determinación de la fecha alcanza, como máximo, ¡50 años!
Datos inapreciables se perdieron en el transcurso de las primeras grandes excavaciones, efectuadas en el pasado siglo, por no prestar atención a los trozos que parecían sin valor. Se les echaba a un lado, pues aquellos días sólo se daba importancia a los grandes monumentos, los bajos relieves, las estatuas o los tesoros. Así se perdieron para siempre muchas cosas valiosas.
Un ejemplo de ello nos lo ofrece el arqueólogo Enrique Schliemann. Poseído de gran orgullo, no tenía más que una idea: encontrar la ciudad de Troya del poema homérico. Con grandes brigadas hizo remover el suelo en profundo. Capas que hubieran podido ser de gran importancia como indicadoras del tiempo transcurrido fueron desalojadas como cascajo inútil. Al fin exhumó Schliemann de las entrañas de la tierra un valioso tesoro que causó la admiración del mundo. Pero no era, como él creía, el tesoro de Príamo. El hallazgo se remontaba a una época muchos siglos anterior. En el ardor de su tarea, Schliemann había excavado demasiado profundo. Hijo de comerciantes, era un profano en la materia.
Sin embargo, los profesionales al principio no lo hacían mejor. No hace más que unas décadas que los arqueólogos trabajan siguiendo un plan meditado. Se empieza a excavar el Tell por la parte alta y se analiza centímetro por centímetro el suelo, estudiando cada piedra y cada fragmento. Se profundiza en la colina comenzando por practicar una entalladura. Entonces las capas de diferente coloración se ofrecen al ojo del investigador como una tarta cortada y le permiten una primera ojeada a la historia de los emplazamientos humanos que allí se sucedieron. De acuerdo con este principio se dispone a realizar sus trabajos la expedición angloamericana del año 1923 en Tell-al-Muqayyar.
En los primeros días del mes de diciembre, sobre los montones de escombros del este del Ziggurat, sólo a pocos pasos de la amplia rampa por donde en otro tiempo los sacerdotes, en solemne procesión, subían al santuario del dios Luna, Nannar, se alza una nube de polvo. Empujada por el ligero viento, se extiende, y pronto en torno a la antigua torre escalonada aparece todo envuelto por la nube. Es fina arena que, removida por centenares de palas, indica que han empezado las grandes excavaciones.
Así que la primera azada se hinca en el suelo, crece en todas las excavaciones un ambiente de tensión. La empresa representa un viaje a un reino desconocido que no se sabe qué sorpresas deparará. También Woolley y sus colaboradores están llenos de expectación. ¿Recompensarán los hallazgos el sudor y el esfuerzo empleados en esta colina? ¿Dará a conocer Ur fácilmente sus secretos? Ninguno de los que toman parte en los trabajos puede imaginarse que permanecerán seis largas temporadas invernales, hasta la primavera de 1929, explorando esos parajes con todo afán. Estas excavaciones de gran estilo en el corazón del sur de Mesopotamia tenían que dejar al descubierto, capítulo por capítulo, la historia de aquellos lejanísimos tiempos en que, en el delta de los dos grandes ríos, se establecieron los primeros pobladores y surgió una nueva vida. A lo largo del penoso camino de la investigación que nos hace retroceder 7.000 años, más de una vez daremos con acontecimientos y nombres de los cuales nos habla la Biblia.
Lo primero que aparece es un espacio con las ruinas de cinco templos que, en otro tiempo, rodeaban en semicírculo al Ziggurat contruído por el rey Ur-Nannu. Parecen fortalezas, de gruesos muros. El mayor de estos templos, con una superficie de 100 x 60 metros, estaba consagrado a la Luna; otro templo, a la veneración de Nin-Gal, esposa de Nannar. Cada uno de ellos con un patio interior rodeado por toda una serie de estancias. En ellas se ven aún las antiguas fuentes, los largos pilones de agua calafateados con asfalto, y los profundos tajos en las grandes mesas de ladrillo dejan comprender dónde eran sacrificadas las reses ofrecidas en holocausto. En los hogares situados en las cocinas de los templos eran preparadas las viandas para el banquete sacrificial. Había también hornos especiales para cocer el pan. “Después de 38 siglos — hace notar Woolley en el relato de su expedición — podrían encenderse de nuevo hogares y poner otra vez en servicio las cocinas más antiguas del mundo.”
Hoy día los templos, las salas del Tribunal, las oficinas de Hacienda y las fábricas son instituciones completamente separadas unas de otras. En Ur era distinto. El distrito sagrado, bajo la administración del templo, no estaba exclusivamente reservado a la veneración de los dioses. Además de las ceremonias del culto, correspondían a los sacerdotes otras muchas atribuciones. Aparte de las ofrendas recibían, además, los “diezmos” y los impuestos, que eran debidamente inscriptos. Toda entrega era anotada en una tablilla de tierra cocida: seguramente los primeros recibos de impuestos que extendieron los hombres. Los escribientes, que eran sacerdotes, anotaban las entradas por impuestos en memorias semanales, mensuales y anuales.
La moneda acuñada aún no era conocida. Los impuestos eran pagados en especies; cada habitante de Ur pagaba con lo que podía. El aceite, el trigo, las frutas, la lana y el ganado eran guardados en grandes locales; lo que era susceptible de echarse a perder pasaba a las tiendas que existían en el mismo templo. Muchos artículos eran transformados en el mismo templo, como, por ejemplo, en las hilanderías que dirigían los mismos sacerdotes. Uno de estos talleres sacerdotales fabricaba doce distintas clases de vestiduras. En las tablillas allí encontradas figuran los nombres de las muchachas que las tejían. Hasta figura el peso de la lana entregada a cada tejedora, y el número de (las=no) piezas que de ella resultaba estaba también anotado con toda escrupulosidad. En un edificio destinado a la administración de justicia se encontraron los textos de las sentencias, tan cuidadosamente inscriptos como en nuestros juicios actuales.
Tres temporadas había estado trabajando la expedición angloamericana en el viejo Ur y este singular museo de la primitiva historia aún no había dado todos sus tesoros. Fue entonces cuando, fuera de los límites de los templos, los excavadores experimentan una sorpresa extraordinaria.
Al sur de la torre escalonada, al explorar una serie de colinas, vieron surgir del fango paredes, muros y fachadas situadas unas junto a otras formando varias hileras. Las palas van poniendo al descubierto toda una serie de casas, un verdadero dédalo, cuyas paredes alcanzan, en algunos casos, alturas hasta de 3 metros. Entre ellas se abren paso estrechas callejas. De vez en cuando las calles desembocan en amplias plazas
Después de muchas semanas de arduo trabajo, y después de remover muchas toneladas de cascotes, aparece ante aquellos hombres una visión inolvidable.
¡Debajo de Tell-al-Muqayyar, de matices rojos, aparece a la luz del sol toda una ciudad, despertada por los incansables exploradores después de un sueño milenario! Woolley y sus colaboradores están fuera de sí de alegría. Ante ellos está Ur; ¡aquella Ur de Caldea de que habla la Biblia!
¡Con qué comodidad habían vivido sus moradores! ¡Cuan espaciosas eran sus casas! En ninguna otra ciudad del País de los Dos Ríos han salido a la luz edificios particulares tan hermosos y confortables.
Comparados con ellos los que se han conservado de Babilonia resultan humildes, hasta pobres. El profesor Koldewey, en las excavaciones alemanas realizadas a principios de este siglo, sólo encontró sencillas edificaciones de barro, de una sola planta con tres o cuatro habitaciones alrededor de un patio abierto. Así vivía la población hacia unos 600 años antes de J.C. en la tan admirada y alabada metrópoli de Ur; en cambio, 1.500 años antes vivían en macizos edificios en forma de villas, casi todos de dos plantas, contando de doce a catorce estancias. La planta baja era sólida, construida con ladrillos cocidos y la segunda con adobes; las paredes, limpiamente enlucidas con mortero y blanqueadas.
El visitante entraba por la puerta a un pequeño atrio con sus pilas de agua donde se lavaba los pies y las manos. De allí penetraban a un espaciosos y claro patio interior, cuyo suelo estaba bellamente pavimentado. Alrededor de este patio se agrupaban el recibidor, la cocina y las habitaciones, así como el altar privado. Por una escalera de piedra, debajo de la cual se escondía el cuarto de aseo, se subía al piso superior; en él las estancias se distribuían entre las propias de la familia y las de los huéspedes.
Entre las paredes derruidas volvió a surgir a la luz del día todo cuanto había pertenecido a la vida de estas casas patriarcales. Numerosas colecciones de vasijas, ánforas, vasos y tablillas de barro llenas de inscripciones formando un mosaico a través del cual podía ser reconstruida, pieza a pieza, la vida cotidiana de Ur. Ur de Caldea a principios del segundo milenio antes de J.C. era una poderosa capital, rica y llena de magnificencia.
Woolley no puede desprenderse de una idea: Abraham tuvo que haber salido un día de Ur de Caldea y seguramente vino al mundo en alguno de esos edificios patriarcales. Debió de pasar junto a los muros del gran templo y por estas calles; y, al alzar los ojos, sus miradas debieron tropezar con la poderosa torre escalonada, con sus cuadriláteros de color negro, rojo y azul rodeados de árboles. Woolley escribe entusiasmado:
“Tenemos que cambiar por completo la concepción que teníamos formada del patriarca hebreo al comprobar en qué magnífico ambiente pasó su juventud. Era ciudadano de una gran ciudad y heredó la tradición de una civilización antigua y bien organizada. Las mismas casas denotan confort, hasta casi lujo. Encontramos copias de himnos del servicio del templo y, junto a ellas, había también tablas matemáticas. En estas tablas, además de simples sumas, estaban inscritas fórmulas para la extracción de raíces cuadradas y de raíces cúbicas. ¡Y en otros textos los escribas habían copiado las inscripciones de los edificios de la ciudad y hasta una pequeña historia del templo!”
¡Abraham, evidentemente, no era un simple nómada, sino hijo de una gran ciudad del segundo milenio antes de J.C.!
¡Esto era un descubrimiento sensacional, casi increíble! Los diarios y las revistas publican fotografías de la vieja torre escalonada y de las ruinas de la metrópoli puestas al descubierto, que ofrecen un aspecto grandioso. Con sorpresa vemos un dibujo que lleva la siguiente inscripción:
“Casa del tiempo de Abraham.”
Woolley lo había encargado a un artista. Es una reconstrucción que corresponde exactamente a los fundamentos. En un patio interior se ve un edificio parecido a una villa; sobre el pavimento hay dos elevadas ánforas por donde fluye el agua; una balaustrada de madera comunica las habitaciones del piso superior con el patio. ¿Es que resultaría de repente errónea la clásica concepción de Abraham como patriarca, rodeado de su prole y de sus rebaños, tal como generaciones enteras se lo habían figurado?
La opinión de Woolley no dejó de ser discutida. Muy pronto los teólogos y los críticos la sometieron a duras impugnaciones.
En favor de la concepción de Woolley hablaba el versículo 31 del capítulo XI del Génesis.
“Tomó, pues, Téraj a Abraham, su hijo, a su nieto Lot… y los sacó de Ur de Caldea.
Pero hay también pasajes de la Biblia que hacen mención de otro lugar: cuando Abraham manda a su siervo más viejo desde Canaán a la ciudad de Najor para que busque una esposa para su hijo Isaac, Abraham llama a este Najor su patria (Gén. 4:24) y la casa de su padre y su suelo natal (Gen. 7:24); Najor estaba situada en la Mesopotamia septentrional. Después de la conquista de la Tierra Prometida, Josué habló así al pueblo que estaba allí congregado:
“Vuestros padres — Téraj, padre de Abraham y padre de Najor — habitaron de antiguo allende el río” (Jos. 24:2). Por el río se da a entender aquí, como en otras partes de la Biblia, el Éufrates. La ciudad de Ur fue construida en la orilla derecha del Éufrates. Vista desde Canaán estaba situada en la parte de acá del río, no al otro lado de él. ¿Es que Woolley había sacado conclusiones demasiado precipitadas? ¿Qué resultados positivos había alcanzado la expedición? ¿Dónde estaba la demostración de que Téraj y su hijo Abraham eran de Ur, vecinos de una gran ciudad?
“La primitiva peregrinación desde Ur en Caldea hasta Harran, aparte de la excavación de la ciudad propiamente dicha, no ha encontrado confirmación alguna arqueológica,” aclara William F. Albright, profesor de la Universidad de John Hopkins, de Baltimore (Estados Unidos). El erudito y afortunado excavador, que es tenido como un buen conocedor de la arqueología de Palestina y del Próximo Oriente, añade:
“Y el hecho notable de que los traductores griegos jamás mencionen a Ur sino a la “Tierra” natural de los caldeos, podía significar que la transferencia de la patria de Abraham a Ur era considerada seguramente como una cosa secundaria y no conocida generalmente en el siglo III antes de J.C.”
Con Ur salió de las sombras del pasado la capital de los sumerios, uno de los pueblos más antiguos y cultos del País de los Dos Ríos. Los sumerios, según ya es sabido, no eran semitas como los hebreos. Cuando alrededor del año 2000 antes de J.C. tuvo lugar la gran invasión de los nómadas semitas procedentes de los desiertos árabes, se quebró en el Sur primero en Ur con sus extensas plantaciones y canales. Podría ser que el recuerdo de aquel grandioso éxodo a las tierras del “Fértil Creciente,” del cual Ur también quedó afectada, quedase fijado en la Biblia.
Escrupulosas investigaciones y, sobre todo, las excavaciones realizadas en las dos últimas décadas, parecen comprobar con visos de certeza que Abraham no fue jamás ciudadano de la gran metrópoli sumeria. Ello contradiría todas las representaciones que de él nos hace el Antiguo Testamento sobre la vida del padre de los patriarcas: Abraham vive en una tienda, con sus rebaños va de uno a otro sitio, de una a otra fuente. ¡No vive como habitante de una gran urbe, sino la vida típica de los nómades!
Mucho más al norte del “Fértil Creciente,” según veremos, saldrá de repente de la oscuridad la historia de los patriarcas de la Biblia con su ambiente histórico.
fuente: http://www.holytrinitymission.org/books/spanish/biblia_tenia_razon_keller.htm
La Época de los Patriarcas: de Abraham a Jacob. I
La Época de los Patriarcas: de Abraham a Jacob. I
1. En el “Fértil Creciente.”
Hace cuatro mil años. — Continentes dormidos. — La gran cuna de nuestra civilización. — Elevadas culturas en el Antiguo Oriente. — Desde muy antiguo se construyeron torres escalonadas y pirámides. — Plantaciones gigantescas junto a canales construidos por el hombre. — Invasión de tribus árabes procedentes del desierto.
Si se traza una línea en el mapa desde Egipto hasta el Golfo Pérsico, que pase por el Mediterráneo, Palestina y Siria, siguiendo luego el curso del Tigris y del Éufrates a través de Mesopotamia, resulta una media luna perfectamente diseñada.
Hace 4.000 años que aquel potente semicírculo en torno al desierto de Arabia — llamado el “Fértil Creciente” — comprendía una multitud de culturas y de civilizaciones, engarzadas entre sí como perlas de una resplandeciente cadena. Clara luz irradió de ellas para la humanidad. Allí estuvo el centro de la civilización desde la Edad de Piedra hasta la Edad de Oro de las culturas griega y romana.
Cuanto más se aleja la mirada del “Fértil Creciente” hacia el año 2000 antes de Jesucristo, más se acentúa la oscuridad y más raros van siendo los indicios de civilización y de vida cultural. Es como si los pueblos de los otros continentes estuviesen aún dormidos, cual niños próximos a despertar. En el Mediterráneo oriental existe ya un reflejo brillante: en Creta florece el país de los reyes de Minos, fundadores de la primera potencia marítima que existe mención. Hace ya mil años que la ciudadela de Micenas protege a sus habitantes, y una segunda Troya surge hace mucho tiempo sobre las ruinas de la primera.
En la zona próxima a los Balcanes, en cambio, apenas si ha empezado la Edad del bronce primitivo. En la isla de Cerdeña y en la parte occidental de Francia se entierra a los muertos en sepulcros formados por grandes piedras. Estas tumbas megalíticas son la última manifestación de importancia de la Edad de Piedra.
En Gran Bretaña se construye el más célebre santuario de la época megalítica — el templo del Sol, de Stonehenge — cuyo gigantesco círculo de menhires, en Salisbury, constituye aún hoy día una de las curiosidades de Inglaterra envueltas en las brumas de la leyenda. En Germania se utilizan arados de madera para labrar la tierra.
A los pies del Himalaya se extingue, parpadeando sobre el valle del Indo, la solitaria luz de una isla cultural. Sobre China, en las extensas estepas rusas y sobre África reina la oscuridad. Al otro lado de las aguas del Atlántico dormita el continente de América.
FIG. 1. — El “Fértil Creciente” y Egipto. El mayor centro de cultura de la Tierra hacia el año 2000 a. de J.C.
Mientras tanto, en el “Fértil Creciente” y en Egipto existe una multitud desconcertante de culturas y civilizaciones altamente desarrolladas. Desde hace mil años los faraones ocupan su trono. Hacia el año 2000 antes de J.C. está en él Amenemhet I, el fundador de la XII dinastía. Su esfera de influencia se extiende desde Nubia, al sur de la segunda catarata del Nilo, por la península de Sinaí hasta Canaán y Siria, cubriendo un territorio tan grande como Noruega. A orillas del Mediterráneo florecen las ricas ciudades marítimas de los fenicios. En el Asia Menor, en el corazón de la actual Turquía, el poderoso reino de los hititas se halla en tren de fundarse. En el País de los Dos Ríos, entre el Tigris y el Éufrates, gobiernan los reyes de Sumeria y de Akkad. Tributarios suyos son los pequeños reinos esparcidos desde el Golfo Pérsico hasta las fuentes del Éufrates.
Las grandiosas pirámides de Egipto y las poderosas torres escalonadas de Mesopotamia han contemplado ya el paso de muchísimos siglos. Durante dos milenios tienen haciendas y plantaciones tan extensas como los grandes cultivos de hoy día, que dan cosechas de cereales, legumbres y frutos delicadísimos en los valles, irrigados artificialmente, del Nilo, el Éufrates y el Tigris. En todo el “Fértil Creciente” y en todo el reino de los Faraones se utiliza la escritura con caracteres cuneiformes y jeroglíficos. La usan los poetas, los empleados de la corte y del gobierno; para el comercio hace tiempo que se hizo indispensable. El activo intercambio de mercancías que realizan grandes importadores y exportadores del País de los Dos Ríos y Egipto por rutas de caravanas y vías de navegación desde el Golfo Pérsico a Siria y Asia Menor, desde el Nilo, por mar, a Chipre, Creta y aún el Mar Negro, se refleja en la correspondencia comercial grabada en las tablillas de barro o trazada en los papiros. Los productos más codiciados entre la multitud de valiosas mercancías son el cobre de las minas egipcias de las montañas del Sinaí, la plata de las montañas del Tauro, en Asia Menor, el oro y el marfil de Somalilandia, en África Oriental, y de Nubia, en el curso del Nilo, los tintes de púrpura de las ciudades fenicias, en la costa de Canaán, el incienso y especias raras de la Arabia Meridional, el delicado lino de los telares egipcios y los bellos vasos de la isla de Creta.
La poesía y la ciencia están en pleno florecimiento. En Egipto surge la primera literatura amena y la primera poesía profana. El País de los Dos Ríos está atravesando ya su época de renacimiento. Los filólogos de Akkad, el gran reino del bajo Éufrates, componen la primera gramática y el primer diccionario bilingüe. La leyenda de Gilgamesh y las leyendas de los antiguos sumerios sobre la Creación y el diluvio universal se convierten, puestas en acádico — el lenguaje del mundo de entonces —, en epopeyas de carácter altamente dramático. Los médicos de Egipto componen sus medicamentos con plantas curativas de virtud probada, guiándose por recetarios; los cirujanos discuten entre sí sobre conocimientos anatómicos. Los matemáticos del país del Nilo llegan, por caminos empíricos, a la determinación de los lados del triángulo, para la cual cinco siglos después el griego Pitágoras establecerá su conocido axioma. Los ingenieros del País de los Dos Ríos resuelven sobre la base de la práctica el problema del cálculo del cuadrado. ¡Hasta los astrónomos, aunque exclusivamente al servicio de la Astrología, establecen, basándose en observaciones de gran exactitud, las órbitas de los planetas!
Profunda paz y bienestar tienen que haber reinado en ese mundo junto al Nilo, el Éufrates y el Tigris, pues hasta ahora no se ha encontrado ninguna inscripción de aquellos tiempos que hable de grandes hechos guerreros.
Mas del corazón de este “Fértil Creciente,” de las refulgentes y estériles inmensidades del desierto arábigo, allí donde éste es bañado por las aguas del Océano índico, irrumpió por aquellos tiempos, en ingentes oleadas hacia el Norte y el Noroeste, hacia Mesopotamia, Siria y Palestina, un tropel de pueblos y tribus formados por nómadas semíticos. En ininterrumpidas bandadas los amoritas (nombre que significa “occidentales”) se desplegaron sobre los reinos del “Fértil Creciente.”
El reino de Sumeria y Akkad se derrumbó en el año 1960 antes de J.C., bajo los obstinados ataques de aquellos invasores. Los amoritas fundaron una serie de estados y dinastías. Una de ellas tenía que alcanzar, con el tiempo, el predominio: la primera dinastía de Babilonia, centro del poder desde el año 1830 al 1530 antes de Jesucristo. Su sexto rey fue el célebre Hammurabi.
A una de aquellas tribus semitas nómadas le estaba reservada una misión de suma trascendencia para la suerte de millones y millones de seres de todo el mundo hasta nuestros días. Era un pequeño grupo, quizá sólo una familia, desconocida e insignificante como un diminuto grano de arena llevado por el viento del desierto: ¡la familia de Abraham, el primer padre de los patriarcas!
fuente:http://www.holytrinitymission.org/books/spanish/biblia_tenia_razon_keller.htm
Biblioteca de Assurbanipal
Biblioteca de Assurbanipal
Los autores: Ariel Acosta, Elvia del Castillo, Dayner Acosta y Luis Amador, son estudiantes del Seminario Teológico Adventista de Cuba.
Guardias de Asurbanipal, bajorrelieve de su palacio en Ninive, c. 645 a. C., Museo del Louvre.
El único rey asirio que se enalteció en la literatura, el rey soldado y erudito que se jactaba de su buena y excelente educación, el patrón de las artes y las letras, ese fue Assurbanipal.
Fungió como rey de Asiria entre el 669 a.c. al 627 a.c., último de sus grandes gobernantes, quien fue conocido también como Sardanápalo, tal y como lo nombraron las fuentes griegas. Heredó un gran reino que abarcaba desde el norte de Egipto hasta Persia y hacia el 652 a.c. extendió su dominio hasta el sur de Egipto y oeste de Anatolia. Aunque el imperio asirio alcanzó su máxima plenitud con Assurbanipal, durante su reinado aparecieron los primeros signos de declive de su reino. La literatura y arte asirio llegaron a su apogeo durante su reinado. Fue uno de los pocos gobernantes cultos del antiguo Oriente Próximo. Leía las tabletas de barro de Sumer y el oscuro escrito acadio que es difícil de dominar, y se gozaba en leer las inscripciones en piedra de la época anterior al diluvio. Él mismo expresa en una de sus inscripciones: “Yo, Assurbanipal, aprendí en palacio la sabiduría de Nebo, el arte completo de escribir en tabletas de arcilla de todas clases. Me hice experto en varias clases de escritura… leí las bellas tabletas de arcilla de Sumer y la escritura acadia, que resulta difícil de dominar. Experimenté el gozo de leer inscripciones hechas en piedra, pertenecientes a la época anterior al diluvio”. Era tan grande su interés en la literatura y la erudición, que al subir al trono, reprimió rápidamente, un levantamiento en Egipto, conquistó Lidia y Persia; después de consolidar su reino, se dio a al tarea de la erudición hasta llegar a ser el monarca más poderoso y culto de su época, siendo uno de los más grandes patrocinadores de la literatura del mundo. Envió escribas eruditos a Asur, Babilonia, Cuta, Nipur, Acad, Erec y otros centros estratégicos a lo largo y ancho de su vasto imperio, donde se reunieron y copiaron libros de arcilla. Sus residencias reales, especialmente en Nínive, estaban decoradas con magníficos relieves que representaban escenas de guerra, de la caza de animales salvajes y la vida diaria del palacio. Estos relieves podían verse también en los templos y edificios públicos que construyó. Vemos que a pesar de sus constantes actividades militares dejó un rico legado cultural.
Es significativa su dedicación a la literatura. Sostuvo una escuela de escribas que se encargó de preservar la literatura y lingüística de los sumerios y acadianos, ellos reunieron la primera gran biblioteca de la zona, que se convirtió en el monumento perenne de este rey. Estaba reunida allí, cuidadosamente copiada en unas 5000 tablillas, la mayor parte de la extensiva producción literaria del país, todo lo que entonces se consideraba digno de ser conservado y releído. Al completarse la biblioteca llegó a tener cerca de 100 000 volúmenes. En el año 1853 d.c, dando continuidad de sus excavaciones previas con Layard, Rassam desenterró en Nínive el palacio del rey Assurbanipal, en el cual había un bello bajo relieve de gran tamaño que representaba al rey de pie en un carro de guerra, disponiéndose a salir a una expedición de cacería, mientras sus servidores le entregaban las armas para la caza. En dos pisos contiguos de altas cúpulas, se descubrieron amontonadas en los pisos miles de inapreciables tablillas de arcilla, que resultaron ser una gran porción de la Biblioteca de Assurbanipal. Layard también trabajó en este hallazgo, extrajo tablillas de arcilla cubiertas con caracteres cuneiformes. Estas variaban en su tamaño desde 1 hasta 12 pulgadas cuadradas. Las tablillas parecían haber estado organizadas y la biblioteca parecía haber sido un lugar público. Finalmente los restos arqueológicos fueron transportados hacia el Museo Británico de Londres. Se han excavado hasta ahora cerca de 30 000 textos.
Veinte años más tarde (1872 d.C.) una de las tabletas causó una gran sensación cuando el asiriólogo George Smith, mientras trabajaba en el Museo Británico, comprendió que la misma contenía un relato acerca del diluvio. La tradujo y publicó, aunque hoy sus traducciones son consideradas algo anticuadas. Al fijar sus ojos en las palabras “la barca descansó sobre la montaña de Nisir”, se sintió muy emocionado, al igual que el Sr. Gladstone, el Decano Stanley y el propietario del periódico London Daily Telegraph. El Sr. Smith fue enviado a Nínive, donde mediante búsqueda diligente halló la otra porción de la tableta que contenía los diecisiete renglones que completaban el recuento caldeo del diluvio. Se le dio a este hallazgo el título de “Epopeya de Gilgamesh”. Más tarde encontró las tabletas de la creación según los babilonios, las cuales publicó en 1876 bajo el título de “Recuento Caldeo del Génesis”, al que también se le denomina Enuma Elish. Entre otras obras encontradas tenemos el descenso de Ishtar al mundo bajo; la leyenda Etana, quien huyó del cielo en un águila; otra leyenda que cuenta que Sargón de Acadia fue salvado al nacer como Moisés, en su cesta de juncos en el río Éufrates, al ser rescatado por la diosa Ishtar; se encontró además gran cantidad de literatura de sabiduría, incluyendo el poema del Justo Sufriente, a menudo descrito como el Job de Babilonia; Himnos; parábolas y cuentos populares.
La estructura y contenido internos de la biblioteca resultan bien interesante si tenemos en cuenta que un libro babilónico o asirio consistía en varios departamentos, formados por tabletas de arcilla cuadradas escritas por ambos lados, cuidadosamente paginadas y apiladas una sobre otra en orden. Muchos de aquellos libros fueron copiados de tabletas babilónicas prestadas, aunque un gran número fueron, evidentemente, compuestas durante el reinado de Assurbanipal. Se prepararon listas completas de plantas. Árboles, metales y minerales. Además, se hizo un catálogo de todas y cada una de las especies animales conocidas, donde se clasificaron en familia y género. Lenormant dice: “Nos quedamos bien asombrados de ver que los asirios ya habían inventado una nomenclatura científica, similar en principio a la de Linneaus”. Se podían encontrar también libros religiosos explicando el nombre, funciones y atributos de cada dios, encantos mágicos con los cuales ahuyentaban los malos espíritus, y poemas sagrados parecidos en estilo a los salmos de David. Estaban las copias de las ya entonces reliquias babilónicas acerca de la Creación, el Diluvio y la Torre de Babel, que son como narrativas del Génesis, aunque fueron escritas cientos de años antes de que Moisés naciera. Había numerosos trabajos sobre gramática pues los asirios hallaron su lenguaje tan complicado que multiplicaron esfuerzos en reproducir léxicos y gramáticas para explicar y simplificar mejor su lengua. Vale decir que dichos libros, escritos para ayudar al aprendiz asirio durante 2500 años en el pasado, han sido encontrados sin valor alguno para el estudiante actual en el propósito de entender mejor dicha lengua. Toda esta vasta colección, recopilada con mucho cuidado por el rey, cayó con el palacio cuando fue destruido por su hijo Saracus; se rompieron la mayoría de los fragmentos. El descubrimiento de la Biblioteca de Assurbanipal ha tenido una notabilísima significación, tal vez este ha sido el descubrimiento más importante de Mesopotamia. A través de ella el hombre moderno puede:
- Conocer muchos de los más valiosos textos cuneiformes en tabletas.
- Cómo los pueblos del cercano oriente interpretaban presagios que fueron derivados del estudio del hígado y de las entrañas de los animales sacrificados o de los movimientos del hombre, animales, pájaros o cuerpos celestes.
- Las listas de reyes y datos astronómicos ayudan a los eruditos a establecer una cronología precisa del mundo antiguo.
- Hizo posible el desarrollo de la Asiriología como un estudio serio con lenguaje, escritura y literatura, pues para los asiriólogos es una de las fuentes más ricas y fundamentales de los conocimientos sobre el pensamiento de este país.
Asurbanipal (a veces mencionado como Ashurbanipal, o Assurbanipal), fue el último gran rey de Asiria. Reinó entre el 669 aC y el 627 aC.
Hijo de Esarhaddon y Naqi’a-Zakutu, es famoso por ser uno de los pocos reyes de la antigüedad que sabía leer y escribir. Durante su reinado, la escultura asiria alcanzó su apogeo, lo cual se aprecia en los palacios de Nínive. Era conocido con diversos nombres, algunos textos latinos y medievales lo llaman Sardanapalus, los griegos lo conocían como Sardanapal, y en el Antiguo Testamento, es mencionado como Osnaper (libro de Esdras, 4:10).
En el reinado de Asurbanipal, el esplendor asirio era evidente no sólo en su poderío militar, sino también en su cultura y las artes. Asurbanipal creó la biblioteca de Nínive, la cual era la primera biblioteca que recogía y organizaba material de forma sistemática. En Nínive se recogió toda la literatura disponible en escritura cuneiforme en aquel entonces.
Algunas tablillas de la biblioteca de Nínive conservan las versiones más completas del poema de Gilgamesh, en los lenguajes sumerio y acadio. Otras eran usadas como diccionarios sumerio-acadio, mientras que algunas contenían textos sobre astronomía y astrología.
El juego más grande de tablillas se encuentra en el Museo Británico, en Londres. Se trata de textos “proféticos”, que enseñaban a los escribas a interpretar el significado de lo que presenciaban.
Cuando murió Sin-iddina-apla, el hermano mayor de Asurbanipal, éste último fue coronado príncipe en 672 a. C. Asurbanipal era impopular con la corte y los sacerdotes, por lo que se hicieron contratos con los asirios destacados, miembros de la familia real e inclusive reyes extranjeros, para asegurar la lealtad al príncipe. El rey Esarhaddon murió durante una campaña militar en Egipto en 669 a. C., por lo que Asurbanipal subió al trono, en parte gracias a la tenacidad de su madre Naqi’a-Zakutu.
Al igual que con muchos reyes asirios, los inicios del reinado de Asurbanipal fueron marcados por guerras incesantes. Luchó contra su hermano Shamash-shum-ukin, quien había sido coronado rey de Babilonia y que se había rebelado contra Asiria. Babilonia estaba apoyada por una coalición de pueblos del sur de Mesopotamia y Egipto. A la postre, Asurbanipal reconquistó Babilonia, y desmembró la alianza en el vigésimo segundo año de su reinado. Instaló en Babilonia un gobierno títere bajo el mando del rey Kandalanu. Algunos antropólogos alegan que Asurbanipal y Kandalanu eran la misma persona. El rey asirio sometió también al imperio Elamita, destruyendo a Susa, su capital, y conquistó gran parte de los territorios actualmente árabes.
En la última década de su reinado, Asiria estaba en paz, pero enfrentando un declive importante. La documentación de esos años es muy escasa; inclusive, no se tiene certidumbre sobre la fecha exacta de la muerte de Asurbanipal. Algunas versiones dicen que reinó durante 38 años, mientras que otras hablan de 42.
En cualquier caso, la muerte de Asurbanipal abrió la puerta a las catastróficas guerras fraticidas entre sus hijos Ashur-etil-ilani, Sinsharishkun y Sin-shumu-lishir; y entre ellos y el nuevo rey de Babilonia, Nabopolasar.
Las fechas que se mencionan en este artículo fueron tomadas de referencias en las inscripciones de Harran de la madre de Nabonido.
La popularidad de Asurbanipal es tal que su nombre es frecuentemente usado en los niños de comunidades asirias.
BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA:
- Arthur Buttrick, George. The Interpreter’s Dictionary of the Bible. Abingdom. Nashville, 1962. Pág 257.
- Benton, William. Publisher. Enciclopaedia Britannica. Enciclopaedia Britannica, Inc. Chicago: London: Toronto. 1960. Tomo 11, págs 568-69.
- Bottero, Jean. Introducción al Antiguo Oriente de Sumer a la Biblia. Grijalbo. Mandadori. 1996. Pág 210.
- Dorman Steel, Joel. A Brief History of Ancient, Medieval, and Modern Peoples. American Book Company. New York: Cincinnati: Chicago. 909. Págs. 54, 55.
- Hunter Wright, Ernest. Richards Topical Encyclopedia. The Richards Company, Inc. New York. 1957. Vol. 5, pág. 14.
- Myers C, Allen C. The Eerdmans Bible Dictionary. William B. Eerdmans Publishing Company. Grand rapids, Michigan.1987, pág. 99.
- Nichol, Francis D. Comentario Bíblico Adventista del Séptimo Día. Publicaciones Interamericanas. Pacific Press Publishing Association. 1ra Edición. 1981. Tomo I, págs. 119, 123.
- Pfeiffer, Charles f. Diccionario Bíblico Arquelógico. Editorial Mundo Hispano. Pág.120.
- Thompson, Frank Charles. Biblia de Referencia Thompson. Editorial Vida. Pág 4438.
- wikipedia,Asurbanipal
Fuente: http://www.tagnet.org/iasdsc/recursos/arti/05.html
Acerca de los avivamientos. De los de ayer y los de hoy
Acerca de los avivamientos. De los de ayer y los de hoy
Harold Segura, Costa Rica
Entiendo que está por iniciarse en Bogotá, Colombia, el Congreso Mundial de Avivamiento, convocado por una de las iglesias más numerosas de Latinoamérica —las que llaman Mega-iglesias—. El lema es “Como un viento recio”. Va mucha gente, según me han dicho. No lo dudo. Esta tarde un amigo aquí en Costa Rica me dijo que había hospedado a alguien que iba de paso hacia Bogotá. Venía desde Honduras y va por vía terrestre.
“No te lo puedes perder”, anuncia la publicidad. “Inscríbete ya”, y se agrega que la matrícula es gratis. Me llamó la atención la oferta porque casi siempre la inscripción tiene un costo. Se ofrece un amplio listado de hoteles a disposición de los participantes: desde el Radisson Royal, que cuesta $US 230 la noche, hasta el Hospedaje la 18, a sólo $US 6. Conociendo a Bogotá no recomendaría este último. Sinceramente está en un sector donde sería peligroso transitar después de las 8:00 pm.; incluso antes.
Vi el video promocional: gente que se cae ante un soplo misterioso (en algunos casos se desploman en grupo), gritos incontenibles, gente que habla de sanidades extraordinarias, se le grita a los demonios, en fin, lo que todos hemos visto en algunos canales de televisión que hoy proliferan.
Respeto estas expresiones de religiosidad, por ser personales e intimas. Sin embargo no dejo de preguntarme si este es el avivamiento que necesita América Latina presa de tantos y tan delicados problemas. Pensando en esto —y lo hago, ya saben, con sentido pastoral— recuerdo otros avivamientos que tuvieron otras connotaciones y diferentes efectos en la sociedad, como, por ejemplo, los sucedidos en el siglo XVIII, en Gran Bretaña, con los hermanos Wesley y Jorge Whitfield; o los de J. Edwards en los Estados Unidos. O los del siglo XIX, con C. Finney y D. L. Moody.
Entonces temblaron las estructuras de la sociedad, se movilizaron las iglesias para servir al prójimo, se asumieron diferentes compromisos políticos y se intuyó que las estructuras de injusticia eran los peores demonios contra los cuales había que luchar. El pentecostalismo surgido a inicios del siglo XX (me refiero al pentecostalismo clásico) heredó mucho de esta vena profética tan distintiva de todas las acciones del Espíritu Santo.
Me quedo con estos avivamientos. Lo admito: los prefiero.
www.lupaprotestante.com/
La muerte de Michael Jackson
La muerte de Michael Jackson
por Pablo Santomauro
Estupefacto quedé cuando el pastor de mi iglesia preguntó cuántos de los presentes tenían en sus hogares uno o más álbumes de Michael Jackson. Calculo que de un 15 a 20 por ciento de los presentes levantaron su mano, creo que totalmente ignorantes de que su respuesta los delataría como gnomos espirituales. El pastor agradeció la franqueza de los que alzaron sus brazos para luego dar una breve perspectiva bíblica acerca de la vida y muerte del Rey del Pop.
Michael Jackson, alma torturada, mezcla de genio musical, andrógino narcisista, niño del averno, ídolo de masas profanas, dios de fiambres espirituales, mutación étnica, conejillo de quirófano, leyenda tétrica, gnomo autodestructivo, filántropo admirado, cuerdo y demente, héroe y villano, víctima y culpable, muñeco misterioso y estrambótico, egocéntrico materialista y soñador idealista, manipulador y manipulado. Alma torturada al fin.
Toda muerte es trágica, un sombrío recuerdo de que la muerte entró en este mundo por el pecado. Toda muerte es la herencia maldita que nos dejó Adán. Trato de ser cauto cuando hablo de la muerte porque la siento más cerca cada día. Padezco de una enfermedad terminal, y no me refiero a la vida, por aquello de que la vida es una enfermedad incurable. Agradezco a Dios que mi destino eterno está asegurado en sus brazos, pero qué decir de aquellos que mueren sin Dios. En nuestra sociedad es tabú hablar de la condenación eterna. Todos nuestros héroes, políticos, actores, músicos, etc. van al cielo automáticamente. Al menos es lo que escuchamos en los homenajes póstumos.
Inmediatamente al deceso de Michael Jackson (MJ en adelante) toda clase de reportes comenzaron a circular. Ciertos blogs cristianos dieron la noticia de que MJ había recibido a Cristo como su Salvador tres semanas antes de su muerte. No existe una pizca de evidencia que corrobore la historia. Parecería que ésta es una constante que se da en cada muerte de un personaje famoso. Luego de la lamentable muerte de Steve Irwin, The Crocodile Hunter, se corrió el rumor de que tres semanas antes había pasado al frente en una iglesia para dar su vida a Cristo. Resultó ser otro rumor, tanto él como su esposa se inclinaban al Budismo. Lo mismo escuchamos de Anna Nicole Smith, Rock Hudson, John Wayne, el president John F. Kennedy y otros. Nuestros ídolos, no importa como hayan vivido, están en el cielo, ya sea por decreto popular o por una historia de conversión en el último minuto. Se me ocurre que Dios está dejando pasar tremendas oportunidades al dejarlos morir, pudiendo prolongar sus vidas para que den testimonio de su conversión a los fanáticos que los siguen. De ser así presenciaríamos el avivamiento más vibrante de la historia, ¿no lo cree así?
La beatificación de MJ comenzó minutos después de la noticia de su muerte. Oleadas de adoradores comenzaron a reunirse en diferentes lugares asociados con el ídolo. Los adulones aun siguen visitando sus residencias y el famoso Rancho Neverland, realizando vigilias y homenajes aun antes de su sepelio. Gente totalmente extraña derramando lágrimas por un perfecto extraño. Esto revela el estado lamentable de esta generación sin brújula moral, sin un ancla que los amarre a la Verdad de Dios.
La jornada religiosa de MJ desde ex Testigo de Jehová, ex esposo de Lisa Marie Presley, devota seguidora de Scientología, siguiendo con una supuesta conversión a la Nación del Islam, la versión islámica de Louis Farrakhan, y finalmente al Islam tradicional, nos habla de un lamentable declive espiritual. Los frutos de su carrera musical, desde nuestra perspectiva, son detestables. Un ejemplo de sus letras revela la inmoralidad detrás de la leyenda:
Amiga
Le voy a decir a tu novio (Yeah)
Díle (Woo Hoo)
Exactamente lo que hacemos (yeah)
Dile lo que me haces
Tarde en la noche cuando el viento es libre
(Título: Girlfriend)
Yo sé que hay letras aun más fuertes de otros artistas, pero no ganamos nada justificando los malos ejemplos señalando hacia otros peores. Este tipo de letras son las que han formado una generación sexualmente sobreexistada con las trágicas consecuencias que hoy vivimos. Hasta los viejos andan sensualmente enardecidos. Michael Jackson, ¡qué legado impúdico has dejado! Le comentaba a mi esposa el otro día que si yo me pusiera en la esquina a bailar con mi mano en los genitales como MJ lo hacía, por seguro terminaba arrestado. Incoherencias de una sociedad confundida.
MJ lo tuvo todo a su alcance, fama, poder y dinero. Nada de ello fue usado para la gloria de Dios. Fin de la historia: “Porque ¿qué aprovechará al hombre si ganare todo el mundo, y perdiere su alma?” Palabras de Jesucristo (Mr. 8:36). No menos terminantes son las que dijo en la parábola del hombre rico: “Pero Dios le dijo: Necio, esta noche vienen a pedirte tu alma; y lo que has provisto, ¿de quién será? Así es el que hace para sí tesoro, y no es rico para con Dios”. (Lc. 12:20-21)
No puedo finalizar sin levantar el nombre del Rey de Reyes, Jesucristo. Toda la gloria sea para él, que continúa presidiendo sobre los funerales de todos los reyes de la tierra, aun se llamen Rey del Pop, Rey del Rock o lo que se les ocurra. <>
Varias religiones competirán para convertir a ateos en una televisión turca
Varias religiones competirán para convertir a ateos en una televisión turca
Representantes de las cuatro religiones que aparecerán en el concurso han calificado el reality de “payasada”
Representantes de estas religiones han calificado el programa, cuyo título es Los arrepentidos compiten, de “payasada”. Ali Bardakoglu, director de Asuntos Religiosos turcos, ha comentado que “es un grave error. Emplear a un sacerdote como moderador es una gran irresponsabilidad”. Ha agregado que “no le será permitido a ningún imán que trabaje con la dirección de Asuntos Religiosos participar en una cosa así”.
Pese a la negativa reacción de las autoridades religiosas, los organizadores del programa televisivo subrayaron que el mensaje que pretenden transmitir es que sólo la fe en Dios puede salvar al mundo.
Participarán en el show un imán, un sacerdote cristiano, un rabino y un gurú hinduista, que tratarán de persuadir a diez ateos para que se conviertan a sus respectivas religiones.
El programa concederá como premio a los que se hayan convertido un viaje a los lugares santos de esas confesiones. “Invitamos en este programa a los que han dado la espalda a Dios a que se arrepientan. Apelamos a los ateos a que se arrepientan para encontrar la paz”, ha dicho en un comunicado el canal de televisión sobre el programa en ciernes.
Según el profesor universitario Rasit Kaya, “esto también es una humillación para los ateos. Esto no puede tolerarse en un país secular, pero también es un indicador del nivel de comerciaización de la televisión”.
fuente: www.publico.es
“¿Qué sucedió con el Arca de la Alianza?”
Pregunta: “¿Qué sucedió con el Arca de la Alianza?”
Respuesta: Lo que sucedió con el Arca de la Alianza es una pregunta que ha fascinado por siglos a teólogos, estudiantes bíblicos, y arqueólogos. En el año 18 de su reinado, el rey Josías de Judá ordenó a los guardianes del Arca de la Alianza, que la regresaran al templo en Jerusalén (2 Crónicas 35:1-6; cmpr. 2 Reyes 23:21-23). Esa es la última vez que el Arca es mencionada en las Escrituras. Cuarenta años después, el rey Nabucodonosor de Babilonia capturó Jerusalén y saqueó el templo. Menos de 10 años después de eso regresó, tomó lo que quedaba en el templo y luego lo quemó junto con la ciudad hasta sus cimientos. Así que ¿qué sucedió con el Arca? ¿Fue tomada por Nabucodonosor? ¿Fue destruida junto con la ciudad? ¿O fue sacada y escondida antes que todo esto sucediera, como evidentemente sucedió en el caso de la invasión al templo efectuada por Sisac rey de Egipto, durante el reinado de Roboam, hijo de Salomón? (digo evidentemente, porque si no hubiera sido escondida de Sisac, y él hubiera conseguido llevársela como algunos creen – como ejemplo, ver la trama ideada para la película “Indiana Jones y los Cazadores del Arca Perdida” – ¿Cómo entonces hubiera sido posible que Josías pidiera a los Levitas que la regresaran tantos años después, si es que no la hubieran tenido en su poder?).
El libro no canónigo de 2 de Macabeos cuenta de Jeremías, que justo antes de la invasión de Babilonia, “… el profeta, advertido por un oráculo, mandó llevar con él la Carpa y el Arca, y cómo partió hacia la montaña donde Moisés había subido para contemplar la herencia de Dios. [ej. Mt. Nebo; cmpr. Deuteronomio 31:1-4]. Al llegar, Jeremías encontró una caverna: allí introdujo la Carpa, el Arca y el altar del incienso y clausuró la entrada.” (2:4-5) Sin embargo, “Algunos de sus acompañantes volvieron para poner señales en el camino, pero no pudieron encontrarlo. Y cuando Jeremías se enteró de esto, los reprendió, diciéndoles: “Ese lugar quedará ignorado hasta que Dios tenga misericordia de su pueblo y lo reúna. Entonces el Señor pondrá todo de manifiesto, y aparecerá la gloria del Señor y la nube, como apareció en tiempos de Moisés y cuando Salomón oró para que el Santuario fuera solemnemente consagrado.” (2:6-8), No se sabe si este relato de segunda mano (ver 2:1) esté o no apegado a la verdad, pero si lo está, no lo sabremos hasta que el Señor regrese, y lo declare al final.
Otras teorías concernientes a la localización del Arca, incluyen a los rabinos Shlomo Goren y Yehuda Getz, quienes aseguran que está escondida bajo el Templo del Monte, habiendo sido enterrada ahí porque Nabucodonosor podía haberla robado. Desafortunadamente, el Templo del Monte es ahora la sede del Domo de la Roca, un lugar santo para el Islam, y la comunidad local musulmana, quien se rehusa a permitir que sea excavado para buscar el Arca. Así que no podemos saber si los Rabinos Goren y Getz están en lo cierto.
El explorador Vendyl Jones, entre otros, creen que un artefacto encontrado entre los Pergaminos del Mar Muerto, el enigmático “Rollo de Cobre” de la Cueva 3 de Qumrán, es en realidad el mapa de un tesoro que contiene algo así como un listado de lugares en los que fueron enterrados varios tesoros preciosos tomados del Templo antes de la llegada de los babilonios, encontrándose entre ellos el Arca perdida de la Alianza. Ya sea que esto sea o no verdad, falta por verse, porque aún nadie ha sido capaz de localizar todas las marcas geográficas necesarias descritas en el rollo. Es interesante que algunos expertos especulan que el Rollo de Cobre puede ser al que se refiere el relato registrado en 2 Macabeos 2:1 y 4, el cual describe a Jeremías escondiendo el Arca. Aunque esta es una especulación interesante, permanece sin sustentación.
El antes corresponsal del Este de África para “El Economista,” Graham Hancock, publicó en 1992 un libro titulado “The Sign and the Seal: The Quest for the Lost Ark of the Covenant,” (La Muestra y el sello: La búsqueda del arca perdida del pacto) en el cual él argumenta que el Arca ha sido guardada en la Iglesia de Santa María de Sion en Aksum, una antigua ciudad de Etiopía. El explorador Robert Cornuke del Instituto B.A.S.E. con base en Colorado, también cree que el Arca pueda estar ahora en Aksum. Sin embargo, aún nadie la ha encontrado ahí. Similarmente el arqueólogo Michael Sanders cree que el Arca está guardada en un antiguo templo egipcio en la villa israelita de Djaharya, pero aún le falta comprobar que se encuentre ahí.
Una dudosa tradición irlandesa, mantiene que el Arca está enterrada bajo la colina de Tara en Irlanda. Algunos estudiosos creen que esto es el origen de la leyenda irlandesa sobre “la olla de oro al final del arcoiris.” Aún más increíbles son las aseveraciones de Ron Wyatt y Croster, quienes aseguran haberla visto en el Monte Pisga, cerca del monte Nebo. Ambos hombres son tenidos en baja estima por la comunidad arqueológica, y ninguno de ellos ha sido capaz de sustentar sus increíbles aseveraciones con alguna evidencia.
Por último, el Arca permanece perdida para todos, excepto para Dios. Las interesantes teorías, como las aquí presentadas, han sido y continuarán siendo expuestas en cuanto a su posible localización, pero aún ninguna ha sido capaz de encontrarla. El escritor de 2 Macabeos muy bien pudo haber estado en lo correcto; tal vez no podamos averiguar lo que sucedió con el Arca perdida de la Alianza, hasta que el Señor Mismo regrese.
gotquestions.org
El Estado de Humillación
Posted: 02 Jul 2009 07:25 AM PDT
Autor:Reformadoreformándome.wordpress.com
1. ¿Cuántos estados distinguimos en el Mediador?
Dos: el estado de humillación y el estado de exaltación.
2. ¿Cuáles pasajes de la Escritura hablan claramente de estos dos estados?
Filipenses 2:7-9, donde la Escritura enseña que Cristo fue exaltado hasta lo sumo porque Él se humilló a sí mismo en la muerte de cruz.
3. ¿Qué es el estado de humillación?
Es el estado en el cual Cristo se humilló a sí mismo en nuestra carne incluso en la muerte con el objetivo de merecer salvación para nosotros.
4. ¿Cuántos grados hay en el estado de humillación?
Cinco: Su humilde nacimiento, su sufrimiento, su muerte, su entierro y su descenso al infierno.
5. ¿Cómo el nacimiento de Cristo fue parte de su humillación?
Él nació en la mayor miseria y fue rechazado por los hombres. Isaías 53:2-3
6. ¿De qué otra forma la encarnación de Cristo fue un asunto de humillación?
Aunque Él siempre fue Dios, Cristo vino en semejanza de carne de pecado. Juan 17:5; Romanos 8:3.
7. ¿El Hijo de Dios sufrió?
La persona del Hijo de Dios sufrió en su naturaleza humana, en cuerpo y alma. 1 Pedro 2:24; Mateo 26:37-38
8. ¿Por qué era necesario el sufrimiento de Cristo?
Él tenía que satisfacer la justicia de Dios y redimir nuestros pecados. Romanos 5:8-11
9. ¿Cómo sufrió Cristo?
Él sufrió en las manos de hombres impíos, pero, más particularmente, Él cargó la ira de Dios. Mateo 20:28; Romanos 5:6; Isaías 53:4-5
10. ¿Por quién murió Cristo?
Él sufrió por los electos, dados a Él por el Padre. Juan 6:39; Juan 10:15; Mateo 1:21
TRABAJO EXTRA
1. Explique cómo Cristo sufrió toda su vida. Cite textos de los evangelios para probar esto.
2. Pruebe, usando Juan 6:39 y 10:15, que Cristo sufrió sólo por su pueblo.
3. ¿Qué enseña 2 Corintios 8:9 acerca de la humillación en el nacimiento de Cristo?
4. ¿Quienes piensan que Cristo murió por todos los hombres? Pruebe con los Cánones II que eso es una herejía.
5. ¿Si Cristo murió solo por algunos, por qué quiere que el evangelio sea predicado a todos?
Los Oficios del Mediador
1. ¿Para qué oficio fue ungido Cristo?
Para el triple oficio de Profeta, Sacerdote y Rey. Isaías 61:1
2. ¿Qué hizo Cristo como nuestro Profeta?
Él nos reveló todo el consejo de Dios con respecto a nuestra salvación. Mateo 11:25-27
3. ¿Cristo fue nuestro Profeta?
Sí, en su propia persona y obra Él reveló el propósito de Dios para salvación. Juan 15:15
4. ¿Qué hace Cristo como nuestro Profeta en el cielo?
Él continúa enseñándonos por medio de su Palabra y Espíritu. Juan 14:26
5. ¿Qué hizo Cristo como nuestro Sacerdote mientras estaba en la tierra?
Él se ofreció a sí mismo en la cruz por los pecados de su pueblo. Hebreos 9:14, 28.
6. ¿Cuál es el poder y valor de ese sacrificio?
Él fue un sacrificio substitucional, por el cual Él pagó por todos los pecados de su pueblo y aseguró su salvación. Romanos 5:19, Hebreos 10:14, Efesios 5:2.
7. ¿Qué hace Cristo como nuestro Sacerdote en el cielo?
Él intercede por nosotros con el Padre y nos bendice con toda bendición espiritual. Hebreos 2:17
8. ¿Qué hizo Cristo como nuestro Rey mientras estaba en la tierra?
Él destruyó todos los poderes del mal y el infierno, de pecado y muerte, por medio de su obra perfecta en la cruz. Colosenses 2:15.
9. ¿Qué hace Él ahora como nuestro Rey?
Cristo gobierna su iglesia por medio de su Palabra y Espíritu. Efesios 1:22-23
10. ¿Él hace alguna otra cosa?
Sí, Cristo protege su iglesia contra el asalto de los poderes de la oscuridad y lleva su reino a la gloria final.
TRABAJO EXTRA
1. Lea Isaías 61:1-2 y explique como el pasaje se refiere al oficio de Cristo. En conexión con esto también lea Lucas 4:16-30
2. Con los siguientes pasajes explique de qué forma Melquisedec era un tipo de Cristo: Génesis 14:18-24; Hebreos 6:20; 7:1-17
3. Nombre algunos profetas, sacerdotes y reyes en el Antiguo Testamento y explique cómo ellos eran tipos de Cristo.
4. Mire Mateos 11:25-27 y muestre cómo este texto habla de la obra de Cristo como Profeta.
5. Lea Juan 17 y explique cómo éste muestra la obra de Cristo como Sacerdote.
6. ¿Cómo los milagros de expulsar demonios muestran la obra de Cristo como Rey?
7. Explique cómo 1 Pedro 2:9 habla de los creyentes como profetas, sacerdotes y reyes.
Autor:Reformadoreformándome.wordpress.com
OTA BENGA: EL NATIVO AFRICANO PUESTO EN UNA JAULA
OTA BENGA: EL NATIVO AFRICANO PUESTO EN UNA JAULA
Después que Darwin presentó la suposición de que el ser humano (es el resultado) de la evolución a partir de monos antropomorfos en su libro “El Origen de las Especies”, empezó a buscar fósiles que apoyen ese argumento. Sin embargo, algunos evolucionistas creían que no sólo en los registros fósiles se iban a encontrar criaturas “semimonos semihumanas”, sino que también se las encontraría con vida en distintas partes del mundo. A principios del siglo XX la búsqueda de “vínculos transitorios vivientes” condujo a incidentes desafortunados, siendo uno de los más crueles el sucedido a un pigmeo llamado Ota Benga, capturado en 1904 por un investigador evolucionista en el Congo. En el idioma nativo el nombre del pigmeo significa “amigo”. Éste tenía una esposa y dos hijos. Fue llevado a Norteamérica encadenado y en una jaula, donde los científicos evolucionistas lo exhibieron al público en la Feria Mundial de San Luis junto a una especie de monos, y lo presentaron como el “eslabón transitorio más cercano al ser humano”. Dos años después llevaron al pigmeo al Zoológico del Bronx en Nueva York, donde junto a cuatro chimpancés, un gorila llamado Dinah y un orangután llamado Dojung, fue exhibido bajo la denominación de “antiguo ancestro del ser humano”. El Dr. William T. Hornaday, evolucionista y director del zoológico, pronunció largas disertaciones respecto a lo orgulloso que estaba de tener esa “forma transitoria” excepcional, a quien trataba como si se tratase de un animal cualquiera. Ota Benga no pudo soportar el trato que se le daba y eventualmente se suicidió(60).
El Hombre de Piltdown, el Hombre de Nebraska, Ota Benga… Estos auténticos escándalos demuestran que los científicos evolucionistas no vacilan en emplear cualquier tipo de método anticientífico para dar validez a su teoría. Al observar las otras “evidencias” de la leyenda de la “evolución humana” nos encontramos con una situación similar. Lo que tenemos es una fábula y un ejército de voluntarios dispuestos a intentar todo lo que haga falta para darle validez a la misma.
notas
60 Philips Verner Bradford, Harvey Blume, Ota Benga: The Pygmy in The Zoo, New York:Delta Books, 1992.
fuente: www.harunyahya.org/…/evoluc08.html
hablando de Thomas Henry Huxley…
Hablando de Thomas Henry Huxley…

Thomas Henry Huxley (1825-1895) con 32 años.
Aunque el episodio más famoso de su biografía fue probablemente el debate con “Sam el jabonoso”, el obispo Wilberforce, la vida entera de Huxley parece sacada de una novela, y es un personaje fascinante; se trata además, como creo que resultará evidente al leer el artículo, de alguien a quien admiro profundamente, aunque no esté de acuerdo con todas sus ideas, ni mucho menos. Si eres fan de Asimov o Sagan, no te pierdas a quien popularizó el términoprotoplasma en la Inglaterra victoriana, y una de las personas que más ha hecho por la divulgación científica en los últimos dos siglos.
Thomas Henry Huxley nace en 1825 en Ealing, un pueblo inglés. Su padre era profesor de matemáticas en el colegio de Ealing, en el que estudiaba el pequeño Thomas –quien, por entonces y sorprendentemente, aún no tenía patillas–. Aquí empieza parte de lo admirable de Huxley: el colegio cierra, su padre pierde su empleo y la familia entra en graves apuros económicos. Tanto es así que en ese momento, con tan sólo diez años, termina la vida escolar de Huxley… y empiezan los años en los que se formaría como un científico “de los de antes”, él solito.
La enseñanza autodidacta de Huxley durante su preadolescencia y adolescencia es, no puedo llamarla de otra manera, ávida: para empezar, aprende él solo griego y alemán. Naturalmente, dados los medios de la época no domina las lenguas oralmente, pero su conocimiento de las lenguas escritas es profundo — leía a Aristóteles en griego, y como adulto traduciría obras científicas alemanas para Darwin. Armado con la nutrida biblioteca de su familia, estudia filosofía, teología, lógica, geología, política, anatomía, biología… en pocos años adquiere una cantidad de conocimientos que avergonzaría a cualquier escolar normal. Aunque no tengo pruebas de ello, sospecho que es también durante esta época que Huxley desarrolla su amor por el razonamiento y el conocimiento objetivos, y la educación a lo largo de toda la vida, que tan importantes serían en su concepción filosófica de la existencia, como veremos luego.
Con tan sólo trece años se convierte en ayudante de su cuñado, que era médico; posteriormente continúa su aprendizaje de la medicina y la biología fuera de los cauces académicos con varios doctores británicos, hasta que finalmente vuelve al redil de la enseñanza formal con dieciséis años, cuando entra en Sydenham College. Posteriormente logra una beca para estudiar en el hospital de Charing Cross, donde aprende maravillas en anatomía de un sujeto algo siniestro pero muy bien capacitado, Thomas Wharton Jones.
En su juventud en Escocia, Jones había sido el ayudante de un individuo aún más lúgubre, Robert Knox, quien se había cubierto de infamia cuando se descubrió que, para procurarse cadáveres que diseccionar (algo realmente difícil entonces), los había comprado de un par de asesinos en serie que mataban gente justo con ese horrendo propósito. El entonces joven Thomas Wharton Jones había sido el mensajero entre el doctor Knox y los criminales, con lo que el escándalo lo salpicó también a él, probablemente con justicia. El caso es que, tras el episodio, Jones abandonó Escocia y se mudó a Inglaterra, donde se convierte en profesor de Huxley. Huxley era consciente de la valía de su mentor, independientemente de sus defectos morales, y de lo mucho que le debía; de ahí que, posteriormente, Huxley lograse una pensión para Jones cuando éste se retiró, a pesar de sus diferencias en otros aspectos (Jones era un ferviente enemigo de la teoría de la evolución). Esto te da una idea de la talla moral de nuestro personaje de hoy, aparte de su capacidad intelectual y su disciplina.

Huxley con 21 años, justo antes del viaje en el Rattlesnake.
El caso es que, con tan sólo veinte años y trabajando bajo la dirección de Jones, el joven Huxley publica su primer artículo científico, en el que describía una capa hasta entonces desconocida del folículo piloso, la que hoy conocemos como capa de Huxley. El mismo año logra aprobar el primero de los exámenes para obtener el título de medicina, con matrícula de honor en fisiología y anatomía, pero no se presenta al segundo examen, ya que está cubierto de deudas y necesita ponerse a trabajar. Por segunda vez en su vida, su educación formal se detiene abruptamente por razones económicas, y nunca logra el título de doctor.
Sin embargo, los conocimientos de Huxley en medicina en general y anatomía en particular son profundos, y gracias a ellos consigue entrar en la Armada, con lo que empieza otra etapa fascinante de su vida. Se convierte en ayudante del médico del navío HMS Rattlesnake, una fragata de 28 cañones que se dispone a partir hacia Nueva Guinea y Australia en un viaje de exploración. Durante cuatro años, desde que tiene 21 hasta los 25, Huxley viaja por el hemisferio sur en el Rattlesnake, lejos de la civilización y sus libros. ¿Quiere esto decir que deja de aprender cosas? Ni muchísimo menos.

HMS Rattlesnake, de Sir Oswald Walter Brierly (1853).
Para empezar, desarrolla sus dotes artísticas como dibujante e ilustra episodios del viaje con dibujos llenos de candor. Además, se dedica a estudiar los invertebrados marinos, y sus descubrimientos sobre las medusas y pólipos le otorgan gran prestigio en Inglaterra. No sólo avanza en el conocimiento de esas primitivas criaturas, sino que descubre también que su estructura básica es muy similar a la de los embriones tempranos de animales más complejos (hoy diríamos, claro está, “más evolucionados”). Cuando vuelve a casa en 1850 se convierte en miembro de la Royal Society. No está mal para alguien que sólo fue al colegio hasta los diez años, ¿eh?

Esbozo de Huxley de una mujer australiana, realizado durante el viaje en el HMS Rattlesnake.
Pero es que la cosa no acaba ahí: un año más tarde recibe la medalla de oro de la Royal Society y es elegido miembro de su Consejo de dirección (el famoso Council). Aunque seguiría siendo oficialmente miembro de la Armada hasta 1854, ya no vuelve a realizar viajes, pero sí continúa examinando especímenes traídos de mares lejanos. En los años posteriores a su viaje en el Rattlesnake Huxley publica un buen número de artículos sobre diversos invertebrados marinos, desde gusanos tunicados hasta cefalópodos y rotíferos. Probablemente no hay un experto similar en invertebrados marinos en el siglo XIX, pero es un honor que, en mi opinión, tiene poca importancia al lado de la influencia de Huxley en otros campos.
Es en esta segunda parte de su vida, a la vuelta del viaje y ya con un reconocimiento a sus conocimientos y capacidad, que Huxley se convierte en un auténtico paladín de la ciencia en la Inglaterra victoriana. Recibe diversos honores y desempeña cargos excelsos en varias instituciones, y utiliza su influencia y su capacidad de debatir y convencer para extender la educación científica todo lo que puede; en cierto sentido, trata de otorgar a otros lo que él tuvo que buscarse por su cuenta. No creo que la importancia de Huxley sea debidamente reconocida fuera de Gran Bretaña, pero juzga tú mismo.
Para empezar, en tiempos de Huxley los estudios universitarios en biología eran muy escasos, y no había títulos en esa disciplina como tal ni en su país ni fuera de él. Sí existían, por supuesto, títulos en medicina, y todos los biólogos de la época –incluido el propio Huxley– se habían formado en la Universidad como médicos. A su muerte, casi todas las universidades británicas disponían de cátedras de biología. No estoy exagerando si digo que Huxley es el principal responsable de este cambio. Sus ideas acerca de la Universidad, sin embargo, van mucho más allá de ese campo en particular, y comparar su ideal con la Universidad real de su tiempo (¡o el nuestro!) da que pensar. No te pierdas la mención del aprendizaje, no ya del conocimiento, sino de los medios para adquirirlo por uno mismo:
En una Universidad ideal, como yo la concibo, debería ser posible ser instruido en todas las formas del conocimiento, y ser entrenado en el uso de todos los métodos por los que se obtiene ese conocimiento. En una Universidad así, la fuerza del ejemplo vivo debería prender en el alumno una ambición noble de emular el aprendizaje de los hombres sabios, y seguir los pasos de los exploradores de los nuevos campos del conocimiento. Y el mismo aire que respira debería estar cargado con ese entusiasmo por la verdad, ese fanatismo por la veracidad, que es una posesión más grande que muchos conocimientos; un regalo más noble que el poder de aumentar el conocimiento; tanto más grande y más noble que éstos como la naturaleza moral del ser humano es mayor que la intelectual; porque la veracidad es el corazón de la moralidad.
Pero su influencia fue mucho más allá del mundo universitario.
Huxley era de la opinión de que era absurdo encerrar el conocimiento científico en la Universidad: era esencial formar al gran público, y era evidente que existían muchas personas que, sin tener títulos en ninguna ciencia, sí tenían interés por conocer la realidad de las cosas a un nivel mayor que el que era posible enseñar en las escuelas. Vamos, que Huxley era un proponente temprano del “Antes simplista que incomprensible”, y logró su propósito, ¡vaya si lo logró!
La principal manera en la que consiguió llegar al gran público fue a través de artículos en periódicos y revistas: escribía en varios de ellos, a menudo versiones simplificadas de algunas de sus clases, y generaba un gran interés. Por supuesto, estamos hablando de la segunda mitad del siglo XIX, de modo que Huxley tiene mucho más mérito que los divulgadores modernos, que escriben para un público en su mayor parte receptivo. ¿Recuerdas la polémica tremenda y los miedos diversos que mencionamos al hablar de los textos evolucionistas en el artículo anterior? Asómbrate entonces ante el título de uno de los artículos de Huxley en la Fortnight Review, e imagina la reacción de la gente al leerlo: “La base física de la vida”. Con un par.
En ese artículo, Huxley explica cómo los procesos microscópicos en las células vivas no se deben a una “acción vital” sobrenatural, sino simplemente a (cito) “el resultado de las fuerzas moleculares del protoplasma”. Sí, ya sé que hoy esto resulta una perogrullada, pero entonces era una afirmación revolucionaria. El número de la Fortnight Review en el que aparecía el artículo de Huxley fue impreso siete veces. Huxley fue apodado “el Doctor Protoplasma” por las revistas satíricas, pero eso no es lo que me parece más admirable; lo increíble es que, en pleno siglo XIX, el gran público inglés debatía utilizando la palabra protoplasma como si tal cosa. Y, aunque muchos oían cosas que no querían oír, eran cosas que necesitaban ser dichas, y hacía falta alguien con la valentía necesaria para hacerlo en una época en la que, como dijimos en la entrada anterior, los pseudónimos en los artículos científicos polémicos eran algo normal debido al miedo.
Huxley fundó también un club (los ingleses de la época estaban realmente obsesionados con formar clubs), el Club X, que era algo así como la Patrulla X de la Ciencia. Sus miembros pertenecían, todos menos uno, a la Royal Society, y cenaban juntos semanalmente justo antes de las reuniones del Consejo rector de la Royal Society, para poner en común estrategias que promovieran su particular visión de la ciencia –que son básicamente las mismas que tenemos hoy en día, pero no las que había entonces dado lo retrógrado de los “altos mandos” en todos los estamentos–. Esto puede sonar conspiratorio (reuniones en una cena antes de la discusión en un organismo público), porque… bueno, porque lo era. El hecho de que el Club X tuviera fines altruistas –fundamentalmente el avance de la educación científica formal y no formal– no lo hace menos siniestro. Desconozco los detalles y, evidentemente, no estaba en las reuniones de estos individuos, pero se trata del único episodio que conozco de la vida de Huxley en el que su actitud no me parece admirable.
Sí es admirable uno de los frutos del Club X: sus miembros pusieron todos sus empeños en lograr una revista científica que popularizase la ciencia, y lo intentaron en varias ocasiones con diversas publicaciones y editores. Todos sus intentos fracasaron hasta el último: Norman Lockyer se convirtió en el editor de la revista Nature, y casi todos los artículos de los primeros números estaban firmados por miembros del Club X de Huxley. Creo que no hace falta que explique la importancia de Nature en la divulgación científica del siglo XX, pero tal vez no conocieras el papel de Huxley en el asunto, una vez más impulsando la divulgación científica de una forma revolucionaria para su época. En 1925 la revista dedicó un número entero a Huxley en el centenario de su nacimiento.

Primer número de la revista Nature.
Claro, hoy en día Nature es una publicación reputadísima y aceptada por todo el mundo, pero en sus comienzos su carácter liberal y puntero la convertían en una revista muy polémica, y tenía muchos enemigos poderosos. Sus artículos generaban verdaderas llagas en los sectores más reaccionarios de la sociedad inglesa, y había abundantes y acaloradas discusiones sobre los descubrimientos publicados en ella.
Parte de los esfuerzos de Huxley y el Club X tenían que ver con la secularización de la Ciencia, y la distinción clara entre Ciencia y Religión; y esto no sólo en el ámbito universitario, sino también el escolar. Huxley perteneció al London School Board que determinaba la política educativa de los colegios de Londres, y se opuso fervientemente a la financiación pública de colegios religiosos (algo que sigue pasando hoy en día en muchos países, así que imagina por aquel entonces). Curiosamente, no se oponía a que se leyera la Biblia en los colegios en una forma revisada (que eliminase aquellos pasajes que fueran contradictorios con los descubrimientos científicos), pues consideraba que tenía un gran valor como herramienta educativa en la moral. Estés de acuerdo con él o no, creo que el hecho de que propusiera ambas medidas pone de manifiesto que elegía lo que consideraba mejor en cada caso, y no se dejaba llevar por fanatismos en uno u otro sentido.
Por si esto fuera poco para granjearse enemigos, Huxley también se dedicó a estudiar y discutir la relación entre el hombre y otros simios. Aunque, como dije en el artículo sobre el debate con Wilberforce, Huxley no estaba convencido de que Charles Darwin estuviera en lo correcto acerca de la evolución en todos sus aspectos, sí lo estaba de que existía una íntima relación entre la anatomía humana y la de otros animales, y de que esa relación era indicativa de una probable evolución del ser humano a partir de antecesores no humanos. En 1863, Huxley publica “Evidence as to Man’s Place in Nature” (”Pruebas sobre el lugar del hombre en la Naturaleza”). ¡Menudo título! Una vez más, la entereza y el valor de este hombre me sorprenden. Ojito a las ilustraciones del libro, que hablan por sí solas:

Ilustración comparativa de los esqueletos de varios simios y el hombre, de la obra de Huxley.
Desde luego, a Huxley le caen palos desde todas partes, pero dispone de armas de sobra para defenderse: por un lado no es ningún advenedizo, su posición en la jerarquía científica británica es bien sólida. Por otra parte, como debería resultar evidente por su actuación en el debate con el obispo Wilberforce, era un orador consumado y utilizaba argumentos de una lógica aplastante, con lo que era muy difícil ganarle en una discusión ¡incluso aunque no tuviera razón, y en este caso la tenía! Finalmente, como he dicho antes, sus conocimientos de anatomía eran enormes; nadie durante el auge de su carrera conocía más anatomía comparativa que él.
Ya mencioné en el artículo anterior su particular batalla con Richard Owen, en la que Owen afirmaba que existen estructuras en el cerebro humano que no poseen los grandes simios, y cómo Huxley realizó disecciones públicas en las que mostró que Owen no estaba en lo cierto. A partir de entonces, los partidarios de un origen humano independiente de otros animales y de una diferencia fundamental entre el hombre y los grandes simios ya no podrían utilizar la existencia de órganos diferentes como argumento. Naturalmente, esto no quiere decir que Owen y los suyos aceptaran un origen común ni mucho menos: dirían entonces que el cerebro humano era muchísimo mayor que el de esos monos, una diferencia tan grande que no podía ser aceptada la explicación evolutiva para justificarla.

Huxley, junto al dibujo del cráneo de un gorila. Mejor con patillas, ¿verdad?
¿La respuesta de Huxley a la segunda argumentación? El examen de un cráneo de Neanderthal descubierto en 1857 y su estimación sobre la capacidad craneal y el tamaño del cerebro de su dueño: no existía tal abismo en el tamaño del cerebro entre el hombre y otros seres. A lo largo del tiempo se hizo evidente que había una verdadera gradación en la capacidad cerebral de diversas especies pre-humanas, y Huxley desempeñó un papel importante en la investigación y la divulgación de nuestra relación con otros animales; tal vez no tan importante como la de Darwin, pero me atrevo a decir que sin Huxley las ideas de su amigo no hubieran sido aceptadas con tanta rapidez y de forma tan extensa, especialmente en lo que se refiere al origen del ser humano.
Esto no quiere decir, sin embargo, que Huxley estuviera de acuerdo con Darwin en todo, ni que las teorías de Darwin lo convencieran enteramente. La disposición de Huxley ante todo en la vida era la del escepticismo: si consideraba que existían pruebas convincentes de algo, lo aceptaba; si existían pruebas de lo contrario, lo rechazaba; si no había una cosa ni la otra, o se inclinaba prudentemente por la opción que mejor se ajustaba a los hechos o se limitaba a no tener una opinión al respecto. Espero que seas consciente de que esta actitud, por más razonable que parezca hoy en día, no lo era entonces en absoluto.
Respecto a la evolución, Huxley consideraba que no había pruebas suficientes para concluir que Darwin estaba en lo cierto. ¿Por qué se convirtió en su “bulldog” entonces? Por esa misma actitud escéptica, que hacía la teoría de Darwin la menos mala de todas las existentes, más aún si se la comparaba con los argumentos de Wilberforce y similares, contaminados por superstición e irracionalidad.
La anatomía comparativa, en la que Huxley era el experto incuestionable, proporcionaba un enigma: debía necesariamente haber una razón por la que había estructuras tan similares entre todos los seres vivos, y por la que las similitudes eran mayores entre unos y otros, y entre unas etapas del desarrollo embrionario y otras. ¿Por qué los fetos de vertebrados se parecían de manera tan extraordinaria a seres aparentemente tan dispares como los cnidarios? No existía una explicación científica mejor que la de Darwin, de modo que Huxley hizo lo que cualquier científico que se precie haría: aceptar la mejor teoría disponible, con reticencias, hasta que se encuentre otra que se ajuste mejor a los hechos. Si Huxley hubiera vivido unas cuantas décadas más y conocido la existencia del ADN y las mutaciones, es posible que no hubiera tenido tantas dudas, pero estoy convencido de que hubiera mantenido su posición de “acepta lo mejor que tengas hasta que tengas algo mejor”, pues era su filosofía de vida.
De hecho, Huxley es el primer agnóstico con ese nombre… porque fue él quien creó ese nombre. Podrías pensar que, dadas sus interminables discusiones con religiosos como Wilberforce y sus empeños por secularizar la ciencia, Huxley sería un ateo convencido. Pues no: serlo, en su opinión, sería tan irracional como creer en un Dios del que no hay pruebas empíricas. De hecho, cuando un sacerdote comparó sus ideas sobre el origen del hombre con el positivismo de Comte, Huxley contestó que el positivismo “no es más que Papismo con M. Comte en la silla de San Pedro, y con los nombres de los santos cambiados”.

Huxley, hacia el final de su vida.
En resumen, Huxley dudaba. De todo, todo el tiempo. Su actitud era exactamente lo contrario de la fe: pero no sólo de la fe religiosa en un Dios Creador, sino de cualquier actitud de convicción similar, incluido el ateísmo, ya que cualquier respuesta indudable a cuestiones metafísicas, por definición, no puede ser demostrada mediante pruebas físicas. En sus propias palabras, que son más claras que cualquier explicación que pueda escribir ahora (énfasis mío),
Cuando alcancé la madurez intelectual y empecé a preguntarme si era ateo, teísta o panteísta; materialista o idealista; cristiano o librepensador; descubrí que cuanto más aprendía y reflexionaba, menos preparado me sentía para responder; hasta que, al fin, llegué a la conclusión de que no tenía arte ni parte en cualquiera de esos términos, excepto el último. La única cosa en la que todos ellos estaban de acuerdo era la única cosa en la que yo me diferenciaba de todos ellos. Todos estaban seguros de que habían alcanzado una cierta gnosis — habían resuelto, más o menos satisfactoriamente, el problema de la existencia; mientras que yo estaba bastante seguro de que no lo había logrado, y tenía una convicción bastante fuerte de que el problema era insoluble. Así que me puse a pensar, e inventé un término que me pareció adecuado, el de “agnóstico”. Me pareció sugerentemente opuesto al “gnóstico” de la historia de la Iglesia, que afirmaba saber tantas cosas de aquello que yo ignoraba.
Lo más curioso de todo es que, aunque nunca había leído antes fragmentos de Huxley, una de sus citas se parece sorprendentemente a una idea que he repetido muchas veces en El Tamiz. No pretendo compararme a Huxley, ¡ni muchísimo menos!, pero si eres tamicero añejo seguramente estás hasta las orejas de que repita cosas como “en un conflicto entre tu razón y tu intuición, haz caso de la razón” o “razón > intuición”. En palabras de Huxley de su libro“Agnosticismo”, de 1889:
En asuntos de intelecto, sigue a tu razón tan lejos como te lleve, sin importar cualquier otra consideración. Y de modo opuesto: en asuntos del intelecto, no afirmes que hay conclusiones seguras que no sean demostrables y estén demostradas.
Otra cita más humorística, pero no menos reveladora:
No demasiado lejos de la invención del fuego… debemos valorar la invención de la duda.
Como en el caso de Tsiolkovsky, leer sobre Huxley me parece inspirador, de modo que, si dominas la lengua de Shakespeare, te recomiendo encarecidamente que leas algunas de sus obras, especialmente su autobiografía y sus ensayos más filosóficos — todas ellas tienen tantos años que están disponibles de forma libre y gratuita, y las enlazo más abajo.
No muchos hubieran tenido las agallas de publicar dibujos como el de arriba con la comparación entre los esqueletos de un chimpancé y un ser humano, o de utilizar un cráneo de Homo neanderthalensis sólo cuatro años después de la publicación de “Sobre el origen de las especies”. Pero hablando del Homo neanderthalensis…
Para saber más:
- Thomas Henry Huxley (en español, más escaso)
- Thomas Henry Huxley (en inglés, más completo)
- Narración del viaje del HMS Rattlesnake, de John MacGillivray (Volumen 1, Volumen 2) (en inglés)
- Todas las obras de Huxley en Project Gutenberg (en inglés), y especialmente:
- Autobiography and Selected Essays, de Thomas Henry Huxley (en inglés)
El debate Huxley-Wilberforce
El debate Huxley-Wilberforce
A lo largo del siglo XIX, diversas teorías postularon lo que muchos denominaron transmutación de unas especies en otras: según estos científicos, las especies no eran inmutables, sino que las similitudes entre unas y otras se debían a antecesores comunes. Muy diversas versiones de estas ideas fueron apareciendo, y no vamos a detallarlas aquí, pues no es el objetivo de este artículo; sin embargo, sí quiero resaltar el clima hostil que había, por aquel entonces, hacia esas teorías, utilizando un ejemplo: el de Robert Chambers y su Vestigios de la Historia Natural de la Creación.

Robert Chambers (1802-1871).
Chambers era miembro de la Geological Society de Londres, y sus estudios de geología, junto con lo que había leído sobre la transmutación de especies, le habían llevado a la conclusión de que todo lo que hoy vemos era el resultado del cambio a partir de formas anteriores más primitivas: se trataba de una teoría evolutiva, pero no sólo biológica, sinocósmica. Combinaba la teoría nebular de la formación del Sistema Solar con aspectos de geología, botánica, zoología…, y todo giraba alrededor del cambio hacia la perfección (que, dado el momento y lugar de la concepción de la teoría, era el hombre blanco europeo, pero bueno, ya se sabe, todos siempre somos los mejores).
En 1844, Chambers publica sus teorías en un libro, Vestiges of the Natural History of Creation (Vestigios de la Historia Natural de la Creación); sin embargo, como todos sus contemporáneos con ideas parecidas, es perfectamente consciente de que hacer sus ideas públicas conllevaría el ostracismo, los constantes ataques de las figuras de autoridad científicas y religiosas (en muchos casos, las mismas personas) y, en general, multitud de problemas para sí mismo y su familia. Como digo, quiero emplear este ejemplo para que te des cuenta de hasta dónde la discusión sobre la evolución no era en aquel entonces algo libre.
En primer lugar, Chambers publica su libro de forma anónima. No sólo eso: para que el editor del libro en Londres no pudiera saber que Chambers era el autor por su letra manuscrita (Chambers era ya un autor conocido), una vez hubo escrito el libro se lo dio a su mujer para que ella lo transcribiera de su propio puño y letra. A continuación, los Chambers enviaron el manuscrito desde Escocia, donde vivían, a un amigo que vivía en Manchester, Alexander Ireland. Éste, a su vez, envió el manuscrito al editor de Londres: de este modo el sello mostraría que la carta provenía de Manchester, haciendo aún más difícil trazar el origen de la obra hasta Chambers. Naturalmente, la correspondencia durante el período de corrección previo a la publicación del libro se hizo siempre a través de Ireland: éste recibía las cartas de Londres y las enviaba a los Chambers y viceversa. Sólo cuatro personas conocían la verdadera identidad del autor de Vestigios de la Historia Natural de la Creación además de Chambers, y su autoría sólo se hizo pública en 1884 (cuarenta años después de su publicación), cuando el propio Alexander Ireland publicó una edición que mostraba, por fin, el nombre de Robert Chambers como autor.
Digo esto para que valores aún más el coraje de Huxley y sus correligionarios cuando se enfrentaron a las autoridades científicas y religiosas de la época en el debate que describiré después: había que tener lo que había que tener para alzar la voz a favor de una teoría evolutiva; Chambers, por ejemplo, no lo tenía, de modo que publicó anónimamente, pero es difícil culparlo, pues actuar de otro modo podría haber supuesto que perdiese todo su prestigio y que su familia –sobre todo, si era religiosa– se preguntase cómo podía haber caído tan bajo.
El problema más grave de las teorías de este tipo (y hubo muchas antes y después de Chambers, incluida la más famosa de todas, la de Charles Darwin) era que ponían en peligro la justificación divina del orden establecido; de ahí que, en general, los conservadores se opusieran con uñas y dientes a ellas, mientras que los liberales las aceptaran. Es una simplificación muy común decir que la Iglesia Anglicana se opuso a las teorías de la transmutación o, como se denominaron después, evolución: muchos sacerdotes anglicanos las aceptaron de buen grado y no consideraron que significasen la negación de un Creador. Otros, desde luego, consideraban que se trataba de blasfemias de la peor clase — una vez más, el ala más liberal de la Iglesia Anglicana tendía a aceptar las teorías de Chambers y compañía, mientras que el ala más conservadora las rechazaba.
La cuestión era, por supuesto, que la mayor parte de las autoridades científicas y religiosas en la Inglaterra victoriana eran fuertemente conservadoras, con lo que la reacción a cualquier teoría que oliese a “evolución” era realmente agresiva: de ahí las precauciones de Chambers. Podríamos pensar hoy que el geólogo se pasaba de paranoico, pero la verdad es que al libro le cayeron palos desde todas partes, y hubo incluso una cierta “caza de brujas” tratando de descubrir quién era el malnacido que lo había escrito. De hecho, el nombre de Chambers apareció entre muchos otros como sospechoso, pero afortunadamente para él no fue descubierto. Sin embargo, date cuenta de lo terrible que es lo que estoy diciendo: fue un sospechoso, y trataba de descubrirse al culpable de haber escrito el libro.
Una de las figuras más notables que se opusieron al libro de Chambers fue el obispo Samuel Wilberforce (sí, uno de los nombres del debate, pero a eso llegaremos luego). Sí, Wilberforce era sacerdote, pero una vez más, muchas de las ideas modernas sobre estos debates nos hacen pensar que se trató de ignorantes religiosos contra educados ateos y agnósticos, algo que no es cierto. Se trataba en este caso de una persona con una buena educación científica: de hecho, era miembro de la Royal Society y tomaba parte a menudo en discusiones y debates de la Asociación Británica para el Avance de la Ciencia (que, por cierto, sigue existiendo hoy). Además, el obispo Wilberforce era un orador excepcional, algo muy valorado en la Inglaterra de la época, en la que los debates públicos eran muy comunes. Wilberforce tenía armas oratorias muy eficaces, y era capaz de retorcer un argumento hasta convencer a la gente de su postura de maneras muy sinuosas: no en vano lo llamaban Soapy Sam (Sam el Jabonoso), en parte por su hábito de frotarse las manos mientras hablaba, y en parte por lo resbaloso que era al debatir. Benjamin Disraeli lo describió como“untuoso, oleaginoso, saponáceo”.

“Sam el Jabonoso”, Samuel Wilberforce (1805-1873).
En 1847, en un sermón ante una congregación de científicos (se trataba de una misa durante uno de los encuentros de la Asociación Británica para el Avance de la Ciencia), Wilberforce atacó ferozmente al libro de Chambers –sin saber, por supuesto, que se trataba de él–. Wilberforce utilizó argumentos racionales y emocionales para desacreditar las ideas de“Vestigios…” (que tenía, por cierto, agujeros bastante notables que el propio Darwin criticó en sus obras), y la gente quedó realmente impresionada por lo sólido y cortante de su discurso. Aunque no tenemos, por supuesto, una transcripción de su sermón, la impresión general parece haber sido que Wilberforce propinó un mazazo considerable a las teorías de la transmutación natural.
Desgraciadamente para él y quienes lo apoyaban, la cosa no había terminado ahí. Unos años después, en 1859, se publica Sobre el origen de las especies por medio de la selección natural, o la preservación de las razas favorecidas en la lucha por la vida, de Charles Darwin. Las teorías de Darwin son de una solidez y contienen una cantidad de evidencias científicas que convierten al libro de Chambers en una broma, pero desde luego tienen cosas en común — como la idea de que el ser humano y los monos tienen ancestros comunes. Naturalmente, los altos estamentos de la Ciencia y la Iglesia inglesas atacan las teorías de Darwin sin dilación, y las facciones más liberales de ambas defienden la teoría apasionadamente. Darwin, que sufre de mala salud, no toma parte en discusiones ni debates, aunque lee con interés las críticas a su obra y los relatos de debates posteriores.

Richard Owen (1804-1892). ¡No me digas que no tiene cara de malo!
Uno de los críticos más feroces de “Sobre el origen…” es Richard Owen, eminente biólogo y paleontólogo (el creador del término dinosaurio). Owen escribe una crítica anónima en el Edinburgh Review en la que se opone de una manera realmente agresiva a las teorías de Darwin. No sólo eso — además, se pone en contacto con Wilberforce y lo azuza y lo informa para que éste escriba otra crítica negativa en el Quarterly Review, ya que los poderes de persuasión de Wilberforce superan con mucho a los del propio Owen. Según él, existen diferencias anatómicas tan evidentes entre, por ejemplo, el cerebro de un gorila y el de un hombre (pues el del gorila no tiene hipocampo, además de otras estructuras, y el del hombre sí) que es imposible aceptar que ambos tienen un ancestro común — el hombre es único y diferente de todos los animales. Wilberforce está, desde luego, de acuerdo con él. Por cierto, si sabes de anatomía y te has echado las manos a la cabeza porque el cerebro del gorila sí tiene hipocampo, espera unos cuantos párrafos.
Otros clérigos de la época, por el contrario, apoyan a Darwin. Charles Kingsley, por ejemplo, afirma que se trata de “una concepción igualmente noble de Dios”, al considerar que un Creador que pone en marcha el proceso evolutivo es tan aceptable para el Anglicanismo como uno que crea las especies tal y como son hoy. Otros sacerdotes, como Baden Powell, van incluso más allá: según ellos creer en milagros es una forma de ateísmo, pues suponen la ruptura de las leyes divinas, mientras que la evolución no lo hace. Como puedes ver, tanto dentro de la comunidad científica como de la religiosa –y ambas se encontraban íntimamente entrelazadas– la cosa despertaba pasiones.
Desgraciadamente, Darwin no podía defender sus ideas: además de su delicada salud, su temperamento no se prestaba a ello. Afortunadamente para él había otros que simpatizaban con sus teorías y sí tenían la salud y la disposición necesarias para convertirse en los “paladines de la evolución”. El más famoso de ellos era el primer nombre del debate, el conocido como “bulldog de Darwin”: Thomas Henry Huxley. La vida y las ideas de Huxley son realmente interesantes y hablaremos más en profundidad de ellas en la serie, pero en lo que nos afecta hoy, se trataba de un individuo que combinaba varias cualidades que lo hacían el defensor perfecto de Darwin. En primer lugar, se trataba de alguien con una gran formación científica, especialmente en anatomía y fisiología. En segundo lugar, era alguien muy cercano a Darwin y que estaba realmente convencido de que sus teorías eran la mejor explicación de lo que podemos observar (algo que no había sucedido con las de Chambers ni Lamarck, a las que Huxley se había opuesto ferozmente por falta de solidez). Finalmente, se trataba de un orador inteligente y persuasivo, aunque no era considerado ni de lejos rival para Sam el Jabonoso, desde luego, y tenía la suficiente valentía como para mostrarse públicamente a favor de la teoría de Darwin (algo que Chambers nunca hubiera podido hacer).

El “bulldog de Darwin”, Thomas Henry Huxley (1825-1895).
Como puedes ver, la situación es hasta cierto punto simétrica: las dos “figuras pensantes” son Owen y Darwin, que representan las posturas encontradas de la ciencia de la época. Sin embargo, ni uno ni otro son grandes oradores, y ambos se convierten en mentores de sus paladines, Wilberforce y Huxley, que son quienes se enfrentan a la luz pública. Sin embargo, Owen (que era bastante más malévolo que Darwin) atacaría luego a Huxley directamente de varias maneras, y éste respondería expeditivamente. Pero no nos adelantemos a los acontecimientos.
El 28 de Junio de 1860 tanto Wilberforce como Huxley formaban parte de una reunión de la Asociación Británica para el Avance de la Ciencia en la que un autor, Charles Daubeny, leyó uno de sus artículos en los que se mencionaba la teoría de Darwin. Huxley, Owen y otros se enzarzaron en una breve discusión acerca de la evolución, pero la cosa quedó en agua de borrajas; Huxley decidió contestar a los argumentos de Owen por escrito con pruebas científicas, y se negó a seguir discutiendo. Sin emabrgo, el obispo Wilberforce –que parece no haber estado presente ese día– decidió dirigirse a los miembros de la Asociación dos días después, el sábado 30 de Junio, para explicar por qué la teoría de Darwin no se sostenía.
Al principio parece que Huxley no tenía demasiadas ganas de entrar en un debate con Wilberforce, pero otros partidarios de Darwin lo convencieron. Uno de ellos fue, irónicamente, Robert Chambers, que todavía no había tenido lo que hay que tener para revelarse como el autor de “Vestigios…” pero al mismo tiempo azuzaba a otros para que defendieran públicamente la evolución. El caso es que, al final, Huxley accedió a salir a la palestra el sábado y discutir con Wilberforce, a pesar de la gran reputación de éste último: prácticamente todo el mundo esperaba un nuevo mazazo a la evolución como el que había propinado el obispo de Oxford trece años antes en su sermón contra la obra de Chambers.
Es difícil saber con exactitud lo que sucedió durante esos días, porque todo lo que conocemos es a través de los escritos posteriores de los participantes, y como te puedes imaginar no se trata de relatos imparciales. Sin embargo, parece ser que ambas partes eran conscientes de la importancia del debate del sábado: Owen se reunió con Wilberforce la noche anterior para aleccionarlo, y Huxley discutió con Joseph Dalton Hooker y otros allegados a Darwin cómo defender sus teorías.

Charles Darwin, el “núcleo ausente” del debate (1809-1882).
Owen –quien, como he dicho antes, era bastante malicioso– hizo que el presidente de la sesión del sábado fuera John Stevens Henslow, antiguo mentor de Darwin (fue él quien le presentó al capitán del HMS Beagle en el que haría su famoso viaje), quien ahora se oponía a las ideas de “Sobre el origen…”. De ese modo parece que Owen pretendía que el golpe a Darwin y Huxley fuera aún más estrepitoso. En cualquier caso, ambas partes se presentaron en el Museo de Historia Natural de la Universidad de Oxford listos para el debate — curiosamente, el objetivo oficial de la reunión era escuchar la lectura del artículo de John William Draper “Sobre el desarrollo intelectual de Europa, considerado como referencia de las ideas del Sr. Darwin y otros de que la progresión de los organismos viene determinada por una ley” , pero todo el mundo sabía que cuando acabase la lectura se desenvainarían las espadas retóricas.
En efecto, parece ser que Draper hizo una lectura larga y aburrida de su artículo y, por fin, empezó la verdadera discusión. Tras breves intervenciones de figuras menos importantes, el reverendo Wilberforce tomó la palabra y bordó una de sus emotivas y jabonosas diatribas, cuidadosamente preparada con anterioridad. Por los relatos de los presentes, parece ser que se trató de un discurso eficaz pero que, al ser muy difícil descartar la teoría de Darwin con la misma facilidad que podía hacerse con otras menos sólidas empíricamente (como la de Chambers), se centraba en marear la perdiz, en acusaciones personales y en la lisa y llana manipulación de las emociones para tratar de llevarse el público a su lado sin argumentos racionales.
Al parecer, en el conato de debate entre Huxley y Owen de unos días antes, Huxley había afirmado algo del estilo de quelo importante eran la verdad y los hechos, y que para él no significaría nada personalmente conocer que uno de sus ancestros había sido, por ejemplo, un gorila. De manera que Wilberforce terminó su discurso el sábado haciendo una broma al respecto, para convertir a Huxley en objeto de burla (las bromas sobre los evolucionistas y los monos eran muy frecuentes entonces), haciendo una pregunta a Huxley que pasaría a la posteridad y que Wilberforce probablemente lamentaría más adelante: ¿Preferiría entonces el Sr. Huxley descender de un mono por parte de padre o por parte de madre?

Caricatura de Darwin como un mono, algo habitual en la época.
La chanza fue probablemente no planeada, y algo torpe: francamente, impropia de un orador como Wilberforce. La cuestión es que, en la época, muchos debates se ganaban o perdían, no por la solidez de los argumentos, sino por la habilidad de manipular las emociones del público a uno u otro lado, y parece que el obispo de Oxford no pudo evitar terminar su discurso con un intento de lograr precisamente eso. Sin embargo, como digo, fue una torpeza, y Huxley lo sabía. Parece ser que, según Wilberforce soltaba su pregunta bromista y el público rompía en carcajadas, Huxley susurró a Benjamin Brodie (el Presidente de la Royal Society), que estaba sentado a su lado: “El Señor me lo acaba de poner en las manos”.
La respuesta de Huxley, aunque también es retórica y trata de crear emociones, es de una calidad muy superior, en este caso, a la del afamado orador Wilberforce. Lo mejor es que leas el relato de una de las personas que se encontraban allí, escrito menos de un mes tras su celebración. Se trata de las palabras del zoólogo y ornitólogo Alfred Newton (énfasis mío):
En la Sección de Historia Natural tuvimos otro apasionado debate darwiniano [...] Tras [largos preliminares] Henslow pidió a Huxley que expusiera sus ideas con más extensión, y esto hizo que hablase el obispo de Oxford [...] Refiriéndose a lo que Huxley había dicho dos días antes, sobre que al fin y al cabo no le importaría saber si descendía de un gorila o no, el obispo se mofó de él y le preguntó si tenía preferencia por descender de él por parte de padre o de madre. Esto dio a Huxley la oportunidad de decir que antes preferiría ser familia de un simio que de un hombre como el propio obispo, que utilizaba tan vilmente sus habilidades oratorias para tratar de destruir, mediante una muestra de autoridad, una discusión libre sobre lo que era o no verdad, y le recordó que en lo que se refiere a las ciencias físicas la “autoridad” siempre había acabado siendo destronada por la investigación, como podía verse en los casos de la astronomía y la geología. A continuación atacó los argumentos del obispo y mostró cómo no se correspondían con los hechos, y cómo el obispo no sabía nada de lo que había estado hablando. Mucha gente habló después [...] La impresión de los asistentes fue muy contraria al obispo.
La cortante respuesta de Huxley impresionó tanto al público que, de acuerdo con algunos testimonios, Lady Brewster se desmayó literalmente. Los partidarios de Darwin, incluidos los pastores anglicanos liberales, jalearon el discurso de Huxley con pasión (el reverendo Baden Powell no estaba allí pues, desgraciadamente, había muerto unos días antes). Las emociones del público habían sido, efectivamente, dirigidas con habilidad… pero no por Wilberforce, sino por Huxley, que había quedado como un honrado investigador insultado por el ruin Wilberforce (sí, algo hasta cierto punto cierto, pero utilizado con astucia por Huxley).

La sede del debate, el Museo de Historia Natural de la Universidad de Oxford. Crédito: Wikipedia/FDL .
No ayudó demasiado al bando conservador del debate el hecho de que el siguiente en hablar fuese Robert FitzRoy, el capitán del HMS Beagle, el navío en el que Darwin había realizado su famoso viaje. FitzRoy hizo un breve y burdo discurso en el que levantó una gran Biblia frente al público, pidiéndoles que creyesen a Dios antes que al Hombre. Una petición que tal vez hubiera funcionado en otro entorno, pero prácticamente todos allí eran científicos (fueran clérigos o no), con lo que la impresión general fue ahora la de la intolerancia e ignorancia del bando de Wilberforce frente al del conocimiento y el racionalismo de Huxley.
El último en hablar fue otro partidario de Darwin, Hooker; no sabemos bien lo que dijo, pero en su propio testimonio de la reunión, Hooker afirma que fue él y no Huxley quien hizo callar a Wilberforce y quien, en resumidas cuentas, ganó el debate. Es difícil saberlo, pero teniendo en cuenta que es él mismo quien lo dice, no me parece un testimonio demasiado fiable, más aún cuando tantos otros ponen a Huxley como el ganador de la discusión.
Tras el debate se muestra la calidad humana de cada uno de los participantes y asistentes: Huxley y Wilberforce, aunque en desacuerdo, mantienen una relación cordial e incluso trabajan juntos en alguna ocasión. Desde luego, Wilberforce sigue pensando que es un orador sin parangón y que ha ganado el debate. Sin embargo, Owen no perdona a Huxley el haber “derrotado” a su paladín, y le guarda un gran rencor. Lo ataca de diversas maneras, diciendo que es “el defensor del origen del hombre en un mono transmutado” y afirmando una vez más que algunas estructuras del cerebro humano no se encuentran en los simios, con lo que las teorías de Darwin no se sostienen.
Huxley muestra, una vez más, su modo de hacer las cosas: en varias ocasiones realiza, junto con otros científicos, disecciones del sistema nervioso de varios simios (incluido el gorila), y allí está claro y meridiano el hipocampo que se suponía sólo existía en el hombre, junto con las otras estructuras que menciona Owen. No se trata ya de una diferencia de opinión ni de una confusión: Owen ha mentido, y Huxley lo muestra al mundo, destruyendo en buena medida el prestigio de su sibilino rival. Cuando Huxley entra a formar parte, un año después, del Zoological Society Council, Owen abandona la institución. Posteriormente, Huxley actúa para evitar que Owen entre en el Royal Society Council. Con el tiempo quien gana en esta rivalidad es, indudablemente, Huxley (y, con él, Darwin), pero el rencor entre ambas partes nunca desaparecería.
Como sabes, las cosas siempre se exageran con el tiempo, y no creo que este debate haya creado un antes y un después en la aceptación de las ideas de Darwin y sus partidarios; sin embargo sí parece haber sido un punto de inflexión, y en él aparece la tendencia inevitable de la ciencia en su propia evolución hacia su forma moderna — el rechazo al principio de autoridad, la primacía de la experimentación y los hechos, el desligamiento de la religión… No sólo eso, también se observa en él las diferentes reacciones desde la religión ante los avances científicos: algunos los aceptan de buen grado, mientras que otros consideran sus textos sagrados como una verdad última y literal que ninguna observación de la realidad puede cambiar. Y todo ello aderezado con una buena dosis de demagogia por ambas partes –más, todo hay que decirlo, por la de Owen–. ¡Quién hubiera podido estar allí!
Además se observa otra diferencia entre ambas partes: aunque tanto los seguidores de Owen como los de Darwin eran apasionados, la mayor parte de los de Owen no consideran la posibilidad de que Darwin tenga razón; es más, les produce verdaderos escalofríos sólo pensarlo. Sin embargo, el propio Huxley duda muchas veces de algunos aspectos de las teorías de Darwin, y a menudo le pide pruebas empíricas que Darwin no puede proporcionarle. De hecho, Huxley no está convencido de que la teoría de Darwin sea la verdad última — simplemente se trata de la mejor explicación de las que dispone en ese momento para describir los hechos observados. Huxley es, más aún para su época, un científico de verdad — y su vida y sus ideas son realmente interesantes. Pero hablando de Thomas Henry Huxley…
fuente:http://eltamiz.com/2008/12/09/el-debate-huxley-wilberforce/
Que descubrio el Rav. Kaduri?
Poco antes de su fallecimiento, uno de los más prominentes rabinos de Israel, escribió el nombre del Mesías en una pequeña nota la cual pidió que se mantuviera sellada hasta después de su muerte. Cuando la nota fue abierta, reveló lo que muchos habían conocido por siglos: Yehoshúa o Yeshúa es el Mesías.
Rabí Yitzjak Kaduri nació en Bagdad, Irak, el año 1898 y murió 26 de Tevet del año 5766 (26 de enero del 2006),
fue un rabino ortodoxo sefaradí que practicó el judaísmo místico. El 9 Jeshvan 5764 (4 Noviembre del 2003)
Kaduri habló con el Mesías y durante su encuentro, el Mesías le reveló su nombre.
Kaduri después dijo a sus talmidim que les daría el nombre del Mesías, oculto en sus manuscritos.
A pocos meses de que muriera, uno de los más prominentes rabinos de la nación, Yitzjak Kaduri.
Supuestamente escribió el nombre del Mesías en una pequeña nota la cual requirió que se mantuviera cerrada hasta después de su muerte.
Cuando la nota quedó al descubierto al romper los sellos, mostró lo que muchos han conocido por siglos,
que Yehoshúa o Yeshúa, es el Mesías.
Usando el nombre bíblico de Jesús, o sea Yeshúa, este rabí cabalista describió al Mesías a través de seis palabras, ocultando el nombre del Mesías
en las letras iniciales de cada palabra. La nota secreta decía:
Concerniente a la carta abreviada del nombre del Mesías: “ÉL LEVANTARÁ AL PUEBLO Y PROBARÁ QUE SU PALABRA Y LEY ES VÁLIDA.
Esto lo firmé en el mes de misericordia,”
Yitzjak Kaduri
Lo que está resaltado en negrita con el nombre del Mesías oculto se traslitera en habreo así:
YARIM HA´AM VEYOKJÍAJ SHEDVARÓ VETORATÓ OMDIM
Las iniciales deletrean el nombre hebreo de Jesúa, Yehoshúa. Yehoshúa y Yeshúa son efectivamente, el mismo nombre,
derivado de la raíz hebrea ´Yeshuáh (salvación), como queda documentada en Zacarías 6:11 y Esdras 3:2
“Tomarás plata y oro, y harás coronas, y las pondrás en la cabeza de Josué (YEHOSHÚA), hijo de Josadac el sumo sacerdote” (Zacarías 6:11)
“Entonces Jesúa (YESHÚA), hijo de Josadac, con sus hermanos los sacerdotes, y Zorobabel, hijo de Salatiel, con sus hermanos,
se levantaron y edificaron el altar del Dios de Israel, para ofrecer holocaustos sobre él, como está escrito en la ley de Moisés, hombre de Dios”. (Esdras 3:2).
Describiendo el mismo sacerdote Yehoshúa ben Yozadak (YEHOZADAK), Esdras escribe “Yeshúa” y Zacarías escribe “Yehoshúa”.
La santa abreviación del nombre de Dios “HO” es añadida al nombre del padre del Cohén Gadol y al nombre de éste, YESHÚA.
No se entiende cuál fue la razón para que este prominente rabino deseaba que se esperara un año, después de su muerte,
antes de reveler lo que había escrito. Cuando encontraron el nombre de Yehoshúa en el mensaje de Kaduri, los judíos ultra ortodoxos
de su Najalat Yitzjak Yeshiva en Jerusalem, argumentaron que su maestro no había dejado la solución exacta para decodificar el nombre del Mesías.
Los medios israelíes dieron poca covertura a la revelación recibida, solamente los sitios web News First Class (NFC) y Kaduri.net mencionaron
“La Nota del Mesías”, insistiendo que era auténtica. El diario en hebreo Ma´ariv mencionó la nota, diciendo que era forjada.
Los lectores judíos respondieron a los foros de las páginas web con sentimientos mezclados “¿Es que Kaduri era cristiano?”…
“Los cristianos deben estar celebrando y danzando”…eran algunos de los comentarios.
Israel Today, que se edita en inglés, habló con dos de los seguidores de Kaduri, quienes admitieron que la nota era auténtica,
pero también muy confusa para sus seguidores, y uno de ellos afirmó: “no tenemos idea de cómo el Rabí obtuvo este nombre del Mesías”.
Mientras otros niegan la posibilidad que la nota sea auténtica. El hijo de Kaduri, Rabí David Kaduri dijo que en el tiempo en que la nota fue escrita
(septiembre del 2005), la condición física de su padre hacía imposible que la hubiera escrito.
¿Cómo retrataba Kaduri al Mesías?
Pocos meses antes de morir a los 108 años, Kaduri sorprendió a sus seguidores cuando les dijo que se había reunido con el Mesías.
Kaduri dio un mensaje de Yom Kipur en su sinagoga, enseñando cómo reconocer al Mesías, también dijo que el Mesías aparecería a Israel
después de la muerte de Ariel Sharón, el ex primer ministro quien se encuentra en estado de coma por un accidente cerebro vascular masivo (ACV)
desde hace más de un año. Otros rabinos han predicho lo mismo, incluyendo al Rabí Haim Cohén; al Cabalista Nir Ben Artzi y la esposa del Rabí Haim Kneiveskzy.
El bisnieto de Kaduri, Rabí Yosef Kaduri, dijo que su bisabuelo habló muchas veces durante sus últimos días,
acerca de la venida del Mesías y la redención a través del Mesías.
El retrato spiritual que Kaduri tenía del Mesías – reminiscencias de las narraciones del Nuevo Testamento –fueron publicados en los sitios web Kaduri.net y NFC.
“Es muy difícil para muchas personas buenas en la sociedad, entender la persona del Mesías.
El liderazgo de un Mesías de carne y sangre, es difícil de aceptar para muchos en la nación.
Como líder, el Mesías no ejercerá ninguna profesión, pero estará en medio de las personas y hará uso de los medios de comunicación.
Su reino será puro y sin deseos personales o políticos, durante su gobierno solamente reinará la rectitud y la verdad”.
“¿Creerán todos en el Mesías inmediatamente? No. al comienzo algunos de nosotros creerán y otros no creerán, será más fácil a los no religiosos
seguir al Mesías, más que al pueblo Ortodoxo.
“La revelación del Mesías será cumplida en dos etapas: Primero, confirmará activamente su posición de Mesías,
sin saber el mismo que es el Mesías. Después se revelará a algunos judíos, no necesariamente a sabios en la Torá,
lo hará aun a personas simples. Solamente entonces, se revelará a toda la nación – el pueblo se maravillará y dirá
¿Qué? ¿Este es el Mesías? Muchos han conocido su nombre, pero no han creído que él es el Mesías.”
ADIOS A UN TZADIK
Rabí Yitzjak Kaduri fue conocido por su memoria fotográfica y su memorización de la Biblia, el Talmud, Rashí y otros escritos judíos.
Conoció a los sabios judíos y celebridades del último siglo que vivieron en la Tierra Santa y guardaron la fe viva antes que naciera el
Estado de Israel. Kaduri, no solo fue estimado por causa de su edad de 108 años. Fue carismático y sabio y los principales rabinos
lo miraban como a un Tzadik, un hombre justo y santo, que asesoraba y bendecía a todo el que lo buscara, miles de personas le visitaban
buscando consuelo y sanidad. Sus seguidores hablan de muchos milagros y sus discípulos afirman que predijo muchos desastres.
Más de 200.000 personas se unieron a la procession de su funeral en las calles de Jerusalén para rendir tributo antes de que fuera llevado a su lugar de reposo final.
“Cuando venga, el Mesías rescatará a Jerusalén de las religiones extranjeras que quieren gobernar la ciudad“ Kaduri una vez dijo
, “…no lo lograrán, porque ellos se enfrentarán antes, uno contra el otro”
LA REACCIÓN DE LOS RABINOS
En una entrevista con Israel Today, Rabí David Kaduri, el hijo de 80 años del Rabí Yitzjak Kaduri, negó que su padre dejara la nota con el nombre
de Yeshúa antes de morir.
“Ese no es su escrito”, dijo cuando le mostramos una copia de la nota.
Durante una reunión anoche en la Najalat Yitzhak Yeshiva en Jerusalem, libros con manuscritos del anciano Kaduri desde hace 80 años,
nos fueron mostrados en un intento de probar que “la nota del Mesías”, no era auténtica.
Cuando le dijimos al Rabí Kaduri, hijo del Rabino Yitzjak Kaduri, que el sitio web oficial de su padre (www. Kaduri.net)
había mencionado la “nota del Mesías” quedó sorprendido, expresando “iNo puede ser, eso es una blasfemia que el pueblo
vaya a entender que mi padre lo señaló a él (a Jesús)!“
David Kaduri confirmó, desde luego, que en su último año su padre había hablado y soñado, casi exclusivamente sobre el Mesías y su venida.
“Mi padre se reunió con el Mesías en una visión” y nos dijo que “vendría pronto”.
Israel Today tuvo acceso a muchos de los manuscritos del anciano rabino que eran usados exclusivamente por sus discípulos. 
Lo más asombroso, es que los manuscritos presentan muchas marcas que parecen cruces pintados por Kaduri en las distintas páginas.
En la tradición judía no se usan cruces, incluso el símbolo de suma (+) no se utiliza, para evitar confundirlo con una cruz cristiana.
Pero estas fueron marcas escritas con la propia mano del rabí, cuando preguntamos al Rabí David Kaduri sobre el significado de esas marcas
nos respondió que eran “las marcas del ángel” y no tenía idea sobre el significado de las mismas.
También explicó, que solamente en la relación espiritual de su padre con Dios, pudo haberse reunido con el Mesías en sueños.
Judíos ortodoxos de Najalat Yitzjak Yeshiva declararon a Israel Today unas pocas semanas después que la historia acetrca de la nota secreta
de rabí Kaduri, nunca debió salir de la Yeshiva y que este asunto había dañado al reverenciado sabio.
(Tomado de Israel Today)
Recordando a Tammy Faye Bakker Messner
Recordando a Tammy Faye Bakker Messner
Tammy Faye y Jim Bakker en el Club PTL
Desde 1976 hasta 1987, junto a su primer esposo Jim Bakker, esta encantadora personalidad de la televisión cristiana era la anfitriona del programa PTL Club con un audiencia de millones. Infortunadamente este ministerio terminó con irregularidades fiscales y escándalo sexual. Sin embargo quisiera recordar los mejores tiempos cuando Tammy Faye fue de inspiración para muchas mujeres, especialmente la mujer pentecostal.
Se hacía mucha burla de la forma en que Tammy Faye aplicaba su maquillaje. Tan exagerada decía la gente, pero eso era precisamente el punto. Todavía para los años 70 las mujeres pentecostales se vestían con vestido largo y pelo recogido en un moño. Tammy Faye dijo que la primera vez que se pintó la cara, sintió que era el trabajo de Satanás y se lavó la cara. Ella hizo lo que se necesitaba hacer – enseñar a la mujer pentecostal que no era pecado vestirse a la moda y arreglarse, pues la forma en que se vestían estaba alejando a la gente de Cristo. Tammy Faye fue la liberación de la mujer pentecostal en los Estados Unidos. Dijo con su ejemplo que había otra forma de pensar y presentarse como mujer santa. Se murió de cáncer en el 2007 admirada por el público hasta el final.
Su esposo hizo lo mismo con menos impacto en aquel entonces, insistiendo en su predicación que el hablar en lenguas no era la única evidencia del bautismo del Espíritu Santo. A lo largo del tiempo muchos pentecostales han aceptado esta postura que permite una comunicación con la comunidad evangélica fuera de la tradición pentecostal. La experiencia de hablar en lenguas que en tiempos sería el fuerte del movimiento pentecostal, también pudiera ser su jaula de encerramiento de las demás tradiciones de fe y Jim Bakker tuvo la visión de verlo y ofrecer otro camino.
Yo reconozco que en los últimos correos he dicho cosas que realmente asombran a muchos evangélicos al hablar del origen del hombre, la homosexualidad y los elementos excesivamente mágicos en la religión de América Latina. Pero quiero que sepan que uno puede ser evangélico y creer en la Biblia pero expresarse de una forma que no está en contienda con la ciencia, el progreso y la aceptación del pluralismo en un mundo que se hace más y más pequeña a razón de los avances en la comunicación. En este mundo tiene que competir el mensaje evangélico. Hay otro camino, otra forma de pensar para llevar el evangelio adelante en el futuro.
Dios bendiga a los alumnos del seminario abierto más grande del mundo – Gilbert Abels, Rector
Maurice Tillet
Maurice Tillet
Hay enfermedades que producen cambios notables en la forma humana.Entre los desórdenes que producen algunos cambios notables en la forma humana.
Entre los desórdenes que operan comunmente para efectuar una modficación de la estructura osea, los relacionados con perturbaciones glandulares son las mas comunes.
Maurice Tillet, el personaje que sirvió de inspiración al personaje de Shrek. El ogro verde de la película le lleva la ventaja de que se transforma en un príncipe, mientras el pobre Tillet no podía hacer ese truco.
Resulta que el ogro de la película Shrek está inspirado en una figura de la vida real.
Este personaje,el secreto de su extraordinaria apariencia neandertal residia en un agrandamiento muy infrecuente de la glandula pituitaria.
Que el personaje de la película cómica que tanto disfrutan niños y adultos, es un retrato de Maurice Tillet, (1903-1954) un luchador profesional que nació en Francia, que era considerado muy inteligente y que podía hablar 14 idiomas.
Maurice Tillet (1903-1954), popular luchador francés profesional de principios del siglo XX, desarrolló ya pasada su adolescencia la enfermedad conocida como acromegalia, que se caracteriza por un crecimiento anormal de los huesos que convierte a estas personas en autenticos gigantes de carne y hueso. Sin embargo, al mismo tiempo la enfermedad deforma sus facciones y cuerpo dandoles a veces una apariencia grotestca.
Repudiado por sus contemporáneos y objeto de burlas tuvo que abandonar su hogar natal y buscar una nueva vida en las américas donde consiguió establecerse como luchador profesional gracias a su físico y se hizo muy popular. A pesar de su apariencia era un hombre muy inteligente que disfrutaba mucho jugando al ajedrez y llegó a hablar 14 idiomas. Tillet murió de una afección cardiaca a los 51 años de edad.
A los 20 años comenzó a desarrollar una extraña enfermedad conocida como acromegalia que le provocaban un creciento rápido y descontrolado de sus huesos.
Debido a ello en su pueblo lo llamaban con diferentes apodos, lo que llevaron a Tillet a huir de su lugar de origen, para tratar de tener una nueva identidad.
Tillet huyó a América en donde se convirtió en un luchado profesional, y fue nombrado como el “freak ogre of the ring”. Su personaje (”El Angel Francés”) fue un éxito rotundo en la fanaticada de la lucha.
Murió en 1954 a la edad de 51 años. Se establece por ello que el personaje de ogro de la popular película no salió de la imaginación de los productores, sino de la conmovedora historia de Tillet. (Re-enviado por yulMART)
Maurice Tillet, el personaje que sirvió de inspiración al personaje de Shrek. El ogro verde de la película le lleva la ventaja de que se transforma en un príncipe, mientras el pobre Tillet no podía hacer ese truco.






Y también tenía su Fiona:
Maurice Tillet, el hombre que dio forma al rostro de Shrek.
Shrek es una historia de ficción bastante popular en la cual un ogro de gran corazón es constantemente prejuzgado por su aspecto físico. Sin embargo, hay parte de esta historia que no es ficción, ya que le personaje principal fue basado en la personalidad y forma física de un hombre realy de carne y hueso.
Maurice Tillet, nacido en Francia en 1910 Tillet vería su vida dar un vuelco trágico al desarrollar Acromegalia, una enfermedad endocrinológica que altera en exceso la producción de hormona del crecimiento llevando a una desproporción en las extremidades y la cabeza. Además de las deformidades físicas, la misma causa una muerte prematura y una vida de dolores físicos, al derivar en artritis, migrañas, hipertensión, diabetes y problemas cardiacos así como renales. No obatante, a pesar de sus problemas físicos Tillet continuaría estudiando durante sus siguientes 25 años de vida, llegando a hablar 14 idiomas y convirtiéndose en un poeta.
Sus problemas físicos, sin embargo, le impedirían concretar su sueño de ser actor, y ante la hostilidad recibida en su país natal escaparía a Estados Unidos buscando una nueva vida. Alli no encontraría otro trabajo más que el de luchador profesional, siendo conocido por su nombre de escena, primero como “el ogro del cuadrilatero” y luego como “el Angel Francés” y ganando una gran cantidad de seguidores.
Si bien famoso entre sus fans su vida continuaría siendo solitaria, solo acompañado por unos pocos amigos. En 1955, en su lecho de muerte, acosado por los problemas cardiacos de su enfermedad, se realizarían tres moldes de la cara del mismo.
Tillet y el principio de Shrek
Irónicamete, aunque DreamWorks nunca lo reconoció oficialmente, es sabido en la industria que cuando fue aceptado el cuento de William Steig como base del argumento, solo faltaba darle forma al ogro. Este debía ser “como un hombre común y corriente, solo sobreproporcionado, de mirada cálida y sonrisa amigable”. DreamWorks encontraría estás características en otro hombre, cuyo sueño en el pasado había sido ser actor pero cuyas características físicas se lo impidieron.
Conclución
Todos estos rasgos del cráneo están íntimamente relacionados entre sí de modo que apenas puede cambiar uno de ellos sin que el cambio se refleje en los demás, con algunos razgos reflejando naturalmente el cambio de forma mas inmediata y marcada que otros. Si suponemos que ha habido cambios en la dieta humana y en su forma de preparar los alimentos, poseemos un índice para la mayor parte de los cambios craneanos a condición de que el cambio en dieta haya sido desde alimentos sin cocinar o poco cocinados a alimentos mejor cocinados y de una dieta mas astringente a otra menos astringente. El desarrollo de músculos mas poderosos dedicados a la masticación introducirá la clase de cambios que encontramos al ir remontando la historia humana mas y mas al pasado remoto.
Tres explicaciones respecto a los cráneos:
1. Diferencias debidas a la alimentación y al clima.
2. Diferencias debido a enfermedades
3. Existe la posibilidad de que algunos cráenos pertenezcan a simios extintos. Recordemos que la apariencia de Adan debió ser muy semejante a la nuestra.
En el Museo Arqueológico de Lima, Perú, hay una vitrina que muestra una colección de cráneos de muy extrañas formas. También se puede encontrar más material de este tipo expuesto en el Museo de Ica, Perú, y otros museos arqueológicos de Sudamérica. Generalmente están rotulados como “cráneos
Lo cierto es que cualquiera que sea el método que se aplique, el proceso lleva a cambiar la forma pero nunca el volumen, ya que la deformación, debiéndose a una compresión, jamás podría aumentar la capacidad craneana.

Los cráneos deformados por estos métodos rituales mantienen la capacidad en centímetros cúbicos que se conoce en los humanos, mostrando deformaciones por presión en la frente, laterales y hasta la nuca. En cambio los cráneos de este estudio, con forma de cono por lo general, aunque hay otras clases de deformidades, no se parecen en nada a los resultantes de las maneras usuales de deformar los cráneos, un hecho que los *****pólogos han aceptado.
Las proporciones de este cráneo son “imposibles” biológicamente tal y como conocemos a la raza humana, su capacidad craneal es desproporcionada y sus ojos son visiblemente más grandes que los normales.
El tipo “J” presenta otros interrogantes. Es equivalente a un cráneo moderno casi en todos los aspectos, pero hay varios factores fuera de proporción. El tamaño de las órbitas de los ojos es más o menos un 15 % mayor al de la población moderna, aunque no es una deformidad muy importante. La diferencia más significativa es la enorme cúpula craneana, cuya capacidad estimada está entre los 2600 a 3200 cc. Nuevamente, la antigüedad del espécimen es desconocida.
El cráneo de tipo “M” es incompleto lo que dificulta aun más su estudio.
La capacidad de la bóveda craneana (y en consecuencia la masa cerebral) y la inteligencia no están en relación directa. El individuo que figura en los registros como el que tenía el cráneo más grande (mencionado antes) era un retrasado mental, mientras que Anatole France, cuyo cráneo sólo medía 1100 cc, fue un brillante escritor.
Algunas deformaciones intencionales durante el Neolítico y la Edad de Bronce
En las imágenes se observan algunas deformaciones consideradas “extremas” por los antropólogos, aunque ni se acercan a la deformidad de los cráneos de Sudamérica, además como se puede observar se mantienen las proporciones de mandíbulas y cavidad ocular así como la capacidad craneal.
Algunas de los Cráneos que tienen dudosa explicación científica.
cabeza extremadamente grande sin oidos, ojos, y boca totalmente diferentes a un humano normal.

correspondiente a un ser de edad mediana por la calcificación de sus huesos y dientes de adulto, este especimen no tiene explicación ni origen esta guardado en el Museo de Historia Natural Wilson Estevanovic.
Sin duda alguna estos seres vivieron hace miles de años y quien sabe talvez habitan ahora en otro planeta …humanoides una nueva raza humana o bien dicho una vieja raza humana………..?
Fuente:






