Eugenesia: ¿existen las razas?

Antonio Cruz Suárez
Eugenesia: ¿existen las razas?
Eugenesia (VII)


Durante mucho tiempo los antropólogos mantuvieron la hipótesis de que a los seres humanos se les podía clasificar básicamente en tres razas: blanca, negra y amarilla.
3 de abril de 2011
El color de la piel, los rasgos faciales, el aspecto de los cabellos o la forma de la nariz eran algunos de los caracteres morfológicos que permitían dividir a las personas en subespecies o razas distintas.

La clasificación propuesta en 1944 por el director del Museo del Hombre, Henri V. Vallois aumentaba ligeramente este número. Según su clasificación habría cuatro grupos raciales: australoide, negroide, europoide y mongoloide. También era esta la opinión del famoso genético evolucionista Theodosius Dobzhansky, quien en 1962 escribía que: “las razas son un tema de estudio científico y de análisis simplemente porque constituyen un hecho de la naturaleza” (Gould, S.J., Desde Darwin, Hermann Blume, Madrid, 1983: 258).

Hasta aquella época la mayoría de los científicos veían las razas humanas como algo evidente en sí mismo. No obstante, en 1964 once autores se empezaron a cuestionar la validez de este concepto de raza humana en el libro The concept of race editado por Ashley Montagu.

Actualmente la mayoría de los investigadores considera que la existencia de razas distintas entre las personas, a pesar de las apariencias, no es algo evidente en absoluto. Lo que resulta evidente es la variabilidad geográfica y no las razas.

Es verdad que hay una gran diversidad humana por lo que respecta al grado de pigmentación de la piel, la estatura, la forma de la cabeza, el pelo, los labios o los ojos, pero esta gran variedad no se delimita a grupos geográficos distintos, sino que se da en casi todas las poblaciones. El color de la piel, por ejemplo, presenta una variación tan grande, no sólo entre grupos sino también dentro de cada grupo, que resulta imposible utilizarlo como criterio para establecer una clasificación racial. Como escribe Albert Jacquard:

“El laboratorio de genética biológica de la Universidad de Ginebra ha demostrado que podemos pasar de manera continua de una población muy oscura, como los saras de Chad, a una población clara, como los belgas, mediando tan sólo dos poblaciones: los bushmen y los chaoias de Argelia. Existe un gran número de chaoias que son de piel más clara que muchos belgas, y también hay gran cantidad de chaoias más oscuros que muchos bushmen. La dispersión de esta característica proviene tanto de las diferencias entre individuos de un mismo grupo como de las que existen entre la media de los grupos” (Jacquard, A., Los hombres y sus genes, Debate , Madrid, 1996: 84).

Pero ¿por qué fijarse sólo en el color de la piel? Si las poblaciones humanas presentan variaciones para unos veinticinco mil pares de genes, según se cree ¿por qué tener en cuenta sólo los cuatro pares que determinan el grado de pigmentación cutáneo?

¿No sería más lógico estudiar también aquellos genes que controlan otras características como, por ejemplo, los grupos sanguíneos, el factor Rh, la hemoglobina o ciertas proteínas enzimáticas? Esto es precisamente lo que se ha hecho y el resultado ha sido la constatación de que la distribución mundial de las frecuencias con que aparecen tales caracteres no presenta ninguna coherencia geográfica.Se ha descubierto que a nivel de los genes que controlan los grupos sanguíneos ABO, un europeo puede ser muy diferente de su vecino que vive en la casa de al lado y, sin embargo, muy parecido a un africano de Kenia o a un mongol de Ulan Bator, tomados al azar.

La unidad de la especie humana es mucho más profunda de lo que hasta ahora se pensaba y el color de la piel se muestra insuficiente para justificar una clasificación racial.

Esto provocó, a partir de mediados de los 60, que el concepto de “raza” fuera sustituido por el de “población” o “grupo étnico”.

Por lo tanto, no hay “razas superiores” ni “razas inferiores”, como postulaba el eugenismo, porque tampoco existen genes raciales puros. No hay variantes genéticas propias o exclusivas de una determinada etnia que estén completamente ausentes en las demás. De ahí que resulte imposible desde el punto de vista genético clasificar razas.

Los antropólogos consideran que esta inexistencia de razas en las especie humana se debe probablemente a los importantes flujos migratorios. El mestizaje que ha caracterizado siempre a las poblaciones humanas a lo largo de la historia habría impedido el aislamiento genético y por tanto, la aparición de verdaderas razas.
Autores: Antonio Cruz Suárez
© Protestante Digital 2011

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Galton y la religión de la eugenesia

Antonio Cruz Suárez
Galton y la religión de la eugenesia
Eugenesia (IV)

Desde luego las ideas de Galton tenían más de ideología religiosa que de verdadera ciencia.
13 de marzo de 2011
En la mayor parte de sus obras, tales como: Hereditary talent and characters (1865); Hereditary Genius (1869); English Men of Science, their Nature and Nurture (1874); Inquiries into Human Faculty and its Development (1883); Natural Inheritance (1889) y Essays in Eugenics (1908), Galton consideró la eugenesia como una verdadera religión, en el sentido de que este convencimiento por mejorar la especie humana era algo tan noble que debía dar lugar a un entusiasmo y casi a un fervor de carácter religioso.

Si se asumían como científicas las ideas de que las facultades mentales se transmiten de forma rígida a la descendencia y que existen razas superiores y razas inferiores desde el punto de vista intelectual, moral e incluso social ¿por qué no asumir la obligación de difundir tal credo y luchar por instaurar una política de eliminación del mal, encarnado en forma de taras hereditarias?

La creencia de Galton acerca de de que el talento se hereda a partir del de los padres que constituyó siempre el motivo principal de sus investigaciones estadísticas, nunca pudo ser confirmada pero la mantuvo a lo largo de la vida como un acto de fe personal, una convicción apriorística indemostrable. Estaba convencido de que sus concepciones eran de vital importancia para Inglaterra.

Galton era leal a la reina Victoria y como buen ciudadano deseaba ver aumentado el poder del imperio inglés. Había viajado mucho y de las múltiples experiencias vividas llegó a la conclusión de la existencia de razas superiores e inferiores. En su mente se había elaborado lentamente una jerarquía de tales razas. Los negros estaban situados varios peldaños por debajo de los blancos, mientras que entre los europeos los ingleses figuraban a la cabeza y de entre ellos, los buenos industriales, los hombres de ciencia, los religiosos, militares, banqueros y estadistas constituían la flor y nata de la especie humana.

El problema era que tales personajes “superiores” resultaban ser poco fecundos, justo al revés que los representantes de las clases “inferiores”.

Había, por tanto, que cambiar las cosas. Era menester invertir la tendencia. De ahí que Galton se propusiera fomentar la supervivencia y el desarrollo de las castas altas e impedir la reproducción de los mediocres, a quienes habría que considerar como auténticos “enemigos del Estado” y tratar sin piedad. Le reprochaba a la Iglesia que frenara la reproducción de los mejor dotados intelectualmente, impidiendo a los clérigos que contrajeran matrimonio y tuvieran hijos. Galton estaba convencido de que en el futuro las religiones tradicionales desaparecerían para dejar paso a la eugenesia, que se convertiría así en el principal dogma científico-religioso de la humanidad.
Autores: Antonio Cruz Suárez
© Protestante Digital 2011

Darwin y el origen de la eugenesia

Antonio Cruz Suárez
Darwin y el origen de la eugenesia
Eugenesia (III)

El padre de la teoría de la evolución de las especies por selección natural sostenía que los hombres civilizados, al construir hospitales y centros sanitarios para curar a los enfermos, estaban haciendo un flaco servicio a la evolución biológica del ser humano.
6 de marzo de 2011
Si los lisiados, minusválidos o deficientes eran preservados y se les permitía llegar activos a la edad reproductora, con ello se posibilitaba que sus genes portadores de anomalías se transmitieran a la descendencia y se perpetuaran entre la población.

Esto, además de alterar la marcha de la selección natural ya que los débiles no eran eliminados, atentaba claramente contra la pureza y el futuro de la raza. Naturalmente, a partir de tales ideas concebir un programa eugenésico era tarea fácil.

Hubo, por tanto, una gran afinidad entre el pensamiento galtoniano y la teoría de Darwin. Una de las evidencias de esta relación se muestra en que los principales científicos eugenistas fueron también fervientes partidarios del darwinismo.

Si un personaje de la talla de Darwin compartía y elogiaba en sus trabajos las concepciones de Galton, era razonable esperar que los seguidores del evolucionismo acogieran también con buenos ojos los argumentos eugenésicos.

El famoso biólogo inglés, Julian Huxley, que fue uno de los fundadores de la moderna teoría sintética de la evolución y primer director general de la UNESCO, escribió en 1946: “Cuando la eugenesia se haya convertido en práctica corriente, su acción (…) estará enteramente dedicada, al principio, a elevar el nivel medio, modificando la proporción entre los buenos y malos linajes, y eliminando en lo posible las capas más bajas, en una población genéticamente mezclada” (Thuillier, P., Las pasiones del conocimiento, Alianza Editorial, Madrid, 1992: 162).

El propio hijo de Darwin, el mayor Leonard Darwin, fue presidente de la Sociedad para la Educación Eugenésica, durante diecisiete años. En sus trabajos proponía que se convenciera a los individuos mejor dotados a tener un elevado número de hijos, mientras que por otro lado se persuadiera a los considerados “inferiores” desde el punto de vista biológico, para que se abstuvieran de descendencia. Y en este sentido, la esterilización forzosa se veía como una medida acertada y eficaz.

No obstante, resulta sorprendente la postura tan poco crítica que Charles Darwin mantiene hacia los trabajos de su primo Galton. Siempre se expresó en términos muy laudatorios hacia las teorías de éste, incluso las que mantenían que facultades morales o intelectuales como el genio y la inteligencia se transmitían claramente mediante herencia biológica.

Galton no había demostrado esto, ni mucho menos, lo único que se había limitado a constatar fue que los hijos de personajes ilustres terminaban siendo también, en buena parte, ilustres. Sin embargo, Darwin consideraba que estas afirmaciones constituían ya una demostración suficiente de la herencia del talento. Además creía que el tamaño del cerebro estaba directamente relacionado con el desarrollo de las facultades intelectuales.

Si bien es verdad que Darwin reconoció que la no eliminación de los individuos débiles podría tener consecuencias negativas y conduciría a la degeneración de la humanidad, la puesta en práctica de las medidas eugenésicas le pareció un proyecto utópico que resultaba inviable desde el punto de vista moral: “Despreciar intencionadamente a los débiles y desamparados, acaso pudiera resultar un bien contingente, pero los daños que resultarían son más ciertos y muy considerables. Debemos, pues, sobrellevar sin duda alguna los males que a la sociedad resulten de que los débiles vivan y propaguen su raza” (Darwin, Ch., El origen del hombre, EDAF, Madrid, 1980: 135).

De manera que, aunque las opiniones de Darwin sobre la eugenesia tuvieran muchos puntos en común con las de Galton, lo cierto es que no fueron siempre completamente coincidentes.

Esto no significa que muchos de sus seguidores, los darwinistas que militaron en movimientos eugenésicos, no asumieran todas las ideas galtonianas y las llevaran después a la práctica, incluso hasta derroteros que ni el propio Galton hubiera jamás soñado.

Pero de Galton trataremos la próxima semana.

Eugenesia: antecedentes históricos

Antonio Cruz Suárez
Eugenesia: antecedentes históricos
Eugenesia (II)

Las preocupaciones eugenésicas son en realidad casi tan antiguas como la propia humanidad.
27 de febrero de 2011
Algunos pueblos primitivos mostraron sus inquietudes por la mejora del linaje practicando el infanticidio. En la antigua Grecia se eliminaba sistemáticamente a aquellos recién nacidos que eran considerados débiles o con determinados defectos físicos.

Los espartanos, por ejemplo, tenían la costumbre de presentar sus bebés a los ancianos para que éstos los examinaran y decidieran si merecían vivir o tenían que ser arrojados por el desfiladero de Taigetos. Ya antes de tal examen las madres de Esparta lavaban a sus hijos en vino, orina o agua helada con el fin de determinar su carácter y, en cualquier caso, robustecerlos.

Platón (428-348 a.C.) escribe en La República los siguientes consejos: “…, harás una selección entre las mujeres, como la has hecho entre los hombres, y aparearás éstos con ellas, teniendo en cuenta todas las semejanzas posibles (…). Poner en manos del azar los apareamientos carnales y demás actos en una sociedad en donde los ciudadanos traten de ser dichosos, es cosa que ni la religión ni los magistrados permitirían (…).
(…) es necesario criar los hijos de los primeros (los individuos escogidos), no los de los segundos (los inferiores), si se quiere mantener el rebaño en toda su excelencia” (Platón, La República, Clásicos Bergua, Madrid,1966: 312-314).

Incluso el propio Aristóteles (384-322 a.C.) opinaba que “en lo que se refiere al matar o criar a los hijos, la ley debe prohibir que se críe cosa algunatarada o monstruosa” (Aristóteles, Política, vol. II, Orbis, Barcelona, 1985: 124).

Los romanos por su parte tenían también prácticas similares y arrojaban a los bebés deformes desde la roca Tarpeya, situada sobre un extremo del Capitolio.

Algunos autores han creído ver un cierto trasfondo eugenésico en las listas del Levítico que prohíben los casamientos entre personas consanguíneas (Lv. 18:6-13). Sin embargo, un estudio más detallado de las mismas demuestra que tales prohibiciones respondían exclusivamente a cuestiones morales y de carácter religioso.

Otra cosa son las prescripciones posteriores que aparecen en el Talmud y las prohibiciones de que determinados individuos con enfermedades como la lepra o la epilepsia contrajeran matrimonio. Aquí sí se detectan medidas eugenésicas. De hecho, tales recomendaciones han influido durante muchos siglos en las legislaciones eclesiásticas posteriores, impidiendo los matrimonios entre personas con un determinado grado de parentesco. El tabú del incesto tiene también un claro significado eugenésico.

No obstante, aunque los planteamientos eugenésicos subsistieron de forma latente a lo largo de la historia, no fue hasta la publicación de los trabajos de Galton, en pleno siglo XIX, cuando la eugenesia fue reconocida como ciencia y adquirió carta de ciudadanía.

Las ideas de Francis Galton (1822-1911) acerca de la pureza de la raza y su posible mejora, estuvieron muy influenciadas por las que tenía su primo, Charles Darwin, sobre la cría de animales domésticos y su selección artificial.

De esto hablaremos en el próximo artículo.

Artículos anteriores de esta serie:
1. Eugenesia: mejorar la raza humana
Autores: Antonio Cruz Suárez
© Protestante Digital 2011

Eugenesia: mejorar la raza humana

Antonio Cruz Suárez
Eugenesia: mejorar la raza humana
Eugenesia (1)

Aquella imagen romántica que se tenía de las ciencias naturales a finales del siglo XIX se resquebrajó hasta deshacerse casi por completo, durante la primera mitad del XX.
20 de febrero de 2011
Los estudiosos atávicos de la llamada “historia natural” que confeccionaban inacabables herbarios, adornaban las paredes de sus hogares con bellas colecciones de mariposas o se dedicaban a disecar aves exóticas, se colocaron asépticos uniformes blancos y, desde sus modernos laboratorios, empezaron a conmocionar al mundo, hurgando en las mismísimas entrañas de la vida.

La biología ya no fue nunca más lo que era. De los inofensivos estudios de la naturaleza de antaño se pasó a la moderna ciencia de la vida, cargada de retos, promesas, tentaciones y también problemas éticos.

Uno de los primeros tumores malignos que se desarrolló en el corazón de la biología, en la misma ciencia de la genética, fue sin duda el de la eugenesia. Literalmente la palabra significa “buen origen”, “buena herencia”, “de buena raza” o “buen linaje” y su creación se debe al inglés Francis Galton en el año 1883. Sin embargo, él la definió como “la ciencia que trata de todos los influjos que mejoran las cualidades innatas de una raza; por tanto, de aquellas que desarrollan las cualidades de forma más ventajosa” (López, E., Ética y vida, San Pablo, Madrid, 1997: 113).
En esta definición se observan ya algunos de los gérmenes venenosos que emponzoñarían posteriormente todo el pensamiento eugenésico. Es decir, la idea de que se trataba de una verdadera ciencia, el concepto asumido de raza que llevaría fácilmente al de racismo y la creencia en las ventajas o desventajas provocadas por los influjos o “genes buenos” y “genes malos”.

DEFINICIÓN DE EUGENESIA
La eugenesia nació a finales del siglo XIX con la pretensión de ser una ciencia aplicada.
El estudio teórico de los factores que pudieran elevar o disminuir las cualidades raciales, tanto físicas como intelectuales, de las futuras generaciones, se fue convirtiendo poco a poco en una serie de acciones prácticas concretas. Su cometido final era conservar y mejorar el patrimonio genético de la humanidad.

Este programa teórico-práctico poseía un doble aspecto: negativo y positivo.

La llamada eugenesia negativa pretendía eliminar directamente aquellas características genéticas no deseables para la especie humana. Con el fin de lograr esta exclusión de rasgos no queridos se proponían medidas tendentes a evitar la descendencia “defectuosa”, tales como prohibir los matrimonios que presentaran riesgo genético o impedir los embarazos en aquellas parejas genéticamente incompatibles. Si la concepción ya había tenido lugar, se proponía el aborto eugenésico o la muerte del recién nacido.

Las medidas coercitivas estaban a la orden del día y venían respaldadas por la opinión mayoritaria del estamento científico. Se trataba de restricciones que, según se decía, había que imponer a ciertos matrimonios por el bien común de la humanidad. Las esterilizaciones de algunos ciudadanos debían ser también obligatorias. A no ser que prefirieran, aquellos que presentaban taras importantes, permanecer siempre recluidos en centros adecuados, con el fin de evitar que pudieran reproducirse.

La eugenesia positiva, por su parte, intentaba difundir al máximo el número de genes y genotipos considerados como deseables, facilitando ciertos matrimonios y otorgando premios a las familias genéticamente seleccionadas que más se reprodujeran. Se organizaron concursos y festivales, que más bien parecían auténticas ferias de ganado.

Desde luego, siempre fue más difícil llevar a la práctica la eugenesia positiva que la negativa, ya que las costumbres humanas no se adecúan fácilmente a tales prácticas.
Autores: Antonio Cruz Suárez
© Protestante Digital 2011

El lado oculto del inventor del teléfono

El lado oculto del inventor del teléfono

Posted: 14 May 2009 01:32 AM PDT

Hoy vamos a abrir las páginas de la prensa amarilla de la ciencia hasta llegar a la época en la que Alexander Graham Bell ya estaba sobrado de dinero y fama por haber inventado el teléfono.

(Aunque en justicia, el verdadero inventor del teléfono, como me han corregido en los comentarios, fue el italiano Antonio Meucci)

Buscando nuevos horizontes que cubrir, Bell se decantó entonces por la genética, sacando lo peor de sí mismo y reafirmando esa idea de la sabiduría popular de que “no se puede ser bueno en todo”.

Bell empezó en la genética con modestia. Se limitó a criar un puñado de ovejas con cuatro pezones cada una en vez de los dos habituales.

Más tarde, como inventor de un aparato que se basaba en el sonido, se interesó por él a nivel genético: la herencia de la sordera.

Pero su verdadera pasión no tardaría en aflorar: la genética de la longevidad humana. Para ello, estudió a conciencia la familia de uno de los Padres Peregrinos de los Estados Unidos, un tal William Hyde. Tras estudiar sus datos, Bell concluyó que la longevidad era en su mayor parte heredada.

Que Bell estuviera a favor de la eugenesia no debe extrañarnos porque muchos científicos de principios del siglo XX lo estaban. Pero Bell no creía en la eugenesia que trata de eliminar desde el Estado a los discapacitados mentales, por ejemplo, que estaba tan en boga en 1920, sino que aspiraba a una eugenesia más positiva, más humanista.

Su ingenua idea era la siguiente. Empezó a hacer un exhaustivo estudio genético de las escuelas de la zona de Washington DC, preguntando a los niños qué edad tenían sus padres y abuelos. Luego publicaría los resultados junto a los nombres y las direcciones en un volumen que llamó, sin ambigüedades, un “pedigrí humano”.

Bell creyó que la gente consultaría su libro de pedigrís y que los descendientes de la gente que había vivido más se buscarían los unos a los otros, se enamorarían y tendrían hijos. Los descendientes de quienes habían vivido poco quizá deberían quedarse solteros. O tal vez los que vivían poco y los que vivían mucho se separarían en dos razas, en una especie de gerontocracia.

Para Bell todo era muy natural e incluso moral. Pero a su muerte, en 1922, su disparatado plan se fue a pique. Afortunadamente.

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