La virginidad perpetua de María De algunos mitos difundidos sobre el protestantismo (XVII)

La virginidad perpetua de María

De algunos mitos difundidos sobre el protestantismo (XVII) Los protestantes no creen en la Virgen (5)

La experiencia me dice que los dogmas relacionados con María resultan especialmente sensible para los católicos. No estoy diciendo que carezcan de esa sensibilidad en relación con otros temas, pero, sinceramente, no me imagino a un católico enardecido por una discusión acerca del Espíritu Santo y si, por ejemplo, procede del Padre y del Hijo. Esa serenidad, mayor o menor, con que pueden abordar el acercamiento a determinados dogmas suele quebrarse, sin embargo, en relación con los relacionados con la figura de María. En esos casos se produce un elemento claramente emocional ausente en otros y ya de por si esa circunstancia explicaría la insistencia en que los protestantes no creen en María.

Creo haber dejado de manifiesto en anteriores entregas que esa afirmación no se corresponde con la realidad ya que los protestantes sí creemos en María, pero, única y exclusivamente, en los términos contenidos en las Escrituras.

Otro ejemplo de esa circunstancia lo tenemos en el dogma católico de la virginidad perpetua de María.

Debo aclarar, en primer lugar, que ese tema, a diferencia de lo relacionado con su culto o su mediación, carece, a mi juicio, de relevancia teológica. Que María mantuviera después del nacimiento de Jesús relaciones conyugales con José y tuviera más hijos o, por el contrario, siguiera siendo virgen no tiene, hasta donde yo acierto a ver, trascendencia teológica alguna. Sin embargo, lo cierto es que en las Escrituras existen notables indicios que señalan que María no siguió siendo virgen después del parto aunque lo fuera antes.

De entrada, encontramos la afirmación contenida en el Evangelio de Mateo en el sentido de que José “no la conoció” – es decir, no tuvo relaciones sexuales con ella – “hasta que dio a luz a su hijo primogénito” (Mateo 1, 25). Semejante traducción se ha mantenido en distintas ediciones de la traducción Nácar-Colunga, pero algunos traductores católicos han optado por alterar el texto original sustituyéndolo por “sin haberla conocido, dio a luz”. Una interpretación semejante violenta el texto original del Evangelio y, especialmente, el griego de Mateo. El pasaje en griego dice exactamente:

καὶ οὐκ ἐγίνωσκεν αὐτὴν
y no conoció la
ἕως οὗ ἔτεκε τόν υἱόν αὐτῆς τόν πρωτότοκον,
hasta que parió al hijo de ella el primogénito,
καὶ ἐκάλεσε τὸ ὄνομα αὐτοῦ ᾿Ιησοῦν.
y llamó el nombre de él Jesús.

La fórmula “hasta que” significa en Mateo justo hasta ese momento, pero no luego. Permítaseme, al respecto, citar otros ejemplos:

Mateo 2, 13
καὶ ἴσθι ἐκεῖ ἕως ἂν εἴπω σοι·
y huye a Egipto, y quédate allí hasta que diga te,
μέλλει γὰρ ῾Ηρῴδης ζητεῖν τὸ παιδίον τοῦ ἀπολέσαι αὐτό.
va Porque Herodes a buscar al niño para perder lo.

Mat 2:15
καὶ ἦν ἐκεῖ ἕως τῆς τελευτῆς ῾Ηρῴδου,
y estuvo allí hasta la muerte de Herodes

Mat 5:26
ἀμὴν λέγω σοι, οὐ μὴ ἐξέλθῃς ἐκεῖθεν ἕως ἂν
Verdaderamente digo te, no en absoluto saldrás de allí hasta que
ἀποδῷς τὸν ἔσχατον κοδράντην.
pagues el último cuadrante.

Mat 10:11
εἰς ἣν δ᾿ ἂν πόλιν ἢ κώμην εἰσέλθητε, ἐξετάσατε
En la que acaso ciudad o pueblo entréis, preguntad (si)
τίς ἐν αὐτῇ ἄξιός ἐστι, κἀκεῖ μείνατε ἕως ἂν ἐξέλθητε.
alguien en ella digno es, y allí permaneced hasta que salgáis,

Mat 11:13
πάντες γὰρ οἱ προφῆται καὶ ὁ νόμος ἕως ᾿Ιωάννου
todos Porque los profetas y la ley hasta Juan
προεφήτευσαν·
profetizaron.

Mat 17:9
Καὶ καταβαινόντων αὐτῶν ἀπὸ τοῦ ὄρους ἐνετείλατο
Y descendiendo ellos de el monte ordenó
αὐτοῖς ὁ ᾿Ιησοῦς λέγων· μηδενὶ εἴπητε τὸ ὅραμα
les Jesús diciendo: a nadie digais la visión
ἕως οὗ ὁ Υἱὸς τοῦ ἀνθρώπου ἐκ νεκρῶν ἀναστῇ.
hasta que el Hijo del hombre de muertos se levante.

Mat 18:21
Τότε προσελθὼν αὐτῷ ὁ Πέτρος εἶπε· Κύριε, ποσάκις ἁμαρτήσει
Entonces acercándose a él Pedro dijo: Señor, ¿cuántas veces pecará
εἰς ἐμὲ ὁ ἀδελφός μου καὶ ἀφήσω αὐτῷ; ἕως ἑπτάκις;
contra mi el hermano de mi y perdonaré a él? ¿Hasta siete veces?

Mat 18:30
ὁ δὲ οὐκ ἤθελεν, ἀλλά ἀπελθὼν ἔβαλεν αὐτὸν
El sin embargo no quería, sino que saliendo arrojó lo
εἰς φυλακὴν ἕως οὗ ἀποδῷ τὸ ὀφειλόμενον.
en prisión hasta que devuelva lo debido.

Mat 18:34
καὶ ὀργισθεὶς ὁ κύριος αὐτοῦ παρέδωκεν αὐτὸν
Y encolerizándose el señor de él entregó lo
τοῖς βασανισταῖς ἕως οὗ ἀποδῷ
a los torturadores hasta que devolviera
πᾶν τὸ ὀφειλόμενον αὐτῷ.
todo lo debido a él.

Podría citar más ejemplos, pero, a tenor del texto original griego de Mateo, resulta más que obvio que sólo torturaron al mal siervo hasta que pagó (y no después); que los discípulos se quedaban en una casa hasta que se iban de la ciudad (y no después) y que José se abstuvo de mantener relaciones sexuales con María hasta el parto de Jesús (y no después). Precisamente por ello, los pasajes relacionados con los “hermanos y hermanas” de Jesús han sido interpretados habitualmente como relacionados con hermanos y hermanas.

Tanto Mateo como Marcos (Mt 13, 55 ss; Mc 6, 3 ss) hacen referencia a esos hermanos llamados Santiago, José, Simón y Judas – y Juan, sin citarlos por nombre, indica de ellos que no creyeron en Jesús en vida del mismo (Jn 7,5). Igualmente Lucas señala que, al igual que la madre de Jesús, estaban tempranamente integrados en la comunidad jerosilimitana, incluso con anterioridad a Pentecostés (Hch 1, 14). La razón de esta conversión – que casi podríamos denominar súbita – es atribuida por las fuentes cristianas al hecho de que, siquiera Santiago, fue objeto de, al menos, una aparición del Jesús resucitado. Desde luego la tradición al respecto debe ser muy temprana y cuenta con muchas posibilidades de resultar fidedigna porque Pablo (1 Cor 15, 7), a mediados de los años cincuenta del s. I, ya la señala como antigua y procedente de cristianos anteriores a él.

Establecezcamos exactamente el significado de “hermanos” cuya base y punto de partida son -reconozcámoslo– más teológicos y dogmáticos que propiamente históricos. Josefo parece haber entendido que eran hermanos carnales y en el mismo sentido ha sido comprendido el término “adelfós” con el que se califica a Santiago por los autores judíos posteriores. De esa misma opinión fueron también algunos de los Padres de la Iglesia, como Hegesipo (que nos ha llegado a través de Eusebio de Cesarea), Tertuliano (De carne Christi VII; Adv Marc IV, 19; De monog VIII; De virg vel VI) o Juan Crisóstomo (Homilia 44 sobre Mateo 1) – este último además no parece haber tenido un concepto muy elevado de la madre de Jesús – que consideraban a Santiago como hermano de Jesús e hijo de María.

En general, los autores católicos – persiguiendo, sin duda, no colisionar con la doctrina de la virginidad perpetua de María – han señalado que la palabra “hermano” en hebreo y arameo tiene un sentido más amplio que en castellano y que precisamente con ese campo semántico habría que aplicarla a Santiago y a los demás hermanos de Jesús. Ciertamente tal tesis es posible, pero resulta difícil creer que Pablo, el autor de los Hechos, Marcos y Juan, escribiendo en griego y para un público en buena medida helénico, utilizaran la palabra “adelfós” para referirse a Santiago y los demás hermanos de Jesús proporcionándole un significado distinto del que tiene en esa lengua y más cuando contaban con términos específicos para “primos” (Anepsios en Colosenses 4, 10) o “parientes” que corresponde a “synguenes” o “synguenys” y que encontramos en Marcos 6, 4; Lucas 1, 58; 2, 44; 14, 12; 21, 16; Juan 18, 26; Hechos 10, 24; Romanos 9, 3; 16, 7, 11 y 21. Desde luego, no deja de ser chocante que si los evangelistas creían que los “hermanos” eran parientes y no “hermanos” en lugar de utilizar “synguenis” prefirieran llamarlos “hermanos”…

Tan poco consistente puede resultar este argumento lingüístico que Jerónimo – y en eso sería seguido posteriormente por algunas iglesias orientales – aceptó que, efectivamente, los hermanos de Jesús – incluido Santiago – eran realmente hermanos de él, pero los adscribió a un matrimonio anterior de José salvando así la creencia en la virginidad perpetua de María. Hemos estudiado con anterioridad este aspecto (1) mostrando cómo la tesis de Jerónimo es muy tardía aunque cuenta en su favor con el hecho de arrancar de algún apócrifo judeo-cristiano en el que, no obstante, pesó sin duda más el elemento apologético – librar a Jesús de la acusación de ilegitimidad – que el deseo de conservar una tradición histórica fidedigna.

Para el historiador que no se halle preocupado por defender un dogma asumido previamente, la solución más natural es la de aceptar que Santiago, José, Simón y Judas fueron hermanos de Jesús e hijo de María, aunque no cabe duda de que las otras posibilidades – “hermano” = “pariente” o “hermano” = hijo anterior de José – no son del todo improbables si bien deberíamos preguntarnos con P. Bonnard si “¿se habrían derrochado tales tesoros de erudición para probarlo si no lo hubiese exigido el dogma posterior?” (2). La pregunta se responde por si sola.

Así pues, en este aspecto –insisto que, a mi juicio, bastante secundario– los protestantes no despreciamos a María ni nos distanciamos desdeñosamente de ella. Por el contrario, nos quedamos con lo que enseña la Biblia porque creemos que es la Palabra de Dios y que lo que nos ha transmitido es infinitamente más fiable que cualquier tradición humana posterior por mucha aceptación que haya podido llegar a tener.

CONTINUARÁ: De algunos mitos difundidos sobre el protestantismo (XVIII) Los protestantes no creen en la Virgen (6): el culto a las imágenes y la corredención

Artículos anteriores de esta serie:
1 Juan Calvino y la Inquisición
2 Enrique VIII y los protestantes ingleses
3 Inglaterra y María la sanguinaria
4 Cisneros ¿precursor de la Reforma?
5 Juan de Valdés y la Reforma en España
6 Juan de Valdés huye de la Inquisición
7 Españoles del siglo XVI con la Reforma
8 Las ekklesias y «la» Iglesia católica
9 La verdadera Iglesia no tiene Papa
10 Salvación por gracia, no por obras
11 Carta de Santiago: fe, salvación y obras
12 Obispos casados
13 Los protestantes y la Virgen María
14 María durante el ministerio de Jesús
15 La Inmaculada Concepción
16 El culto a la Virgen María

(1) César Vidal Manzanares, “La figura de María en la literatura apócrifa judeo-cristiana de los dos primeros siglos”, en ”Ephemerides Mariolo¬gicae”, 41, Madrid, 1991, pgs. 191-205.
(2) P. Bonnard, ”El Evangelio según san Mateo”, Madrid, 1983, p. 287.

http://www.protestantedigital.com/new/nowleerarticulo.php?r=325&a=3605

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Deuteronomio 22:13-21

Deuteronomio 22:13-21.

“Cuando alguno tomare mujer, y después de haberse llegado a ella la aborreciere, y le atribuyere faltas que den que hablar, y dijere: A esta mujer tomé, y me llegué a ella, y no la hallé virgen; entonces el padre de la joven y su madre tomarán y sacarán las señales de la virginidad de la doncella a los ancianos de la ciudad, en la puerta; y dirá el padre de la joven a los ancianos: Yo di mi hija a este hombre por mujer, y él la aborrece; y he aquí, él le atribuye faltas que dan que hablar, diciendo: No he hallado virgen a tu hija; pero ved aquí las señales de la virginidad de mi hija. Y extenderán la vestidura delante de los ancianos de la ciudad. Entonces los ancianos de la ciudad tomarán al hombre y lo castigarán; y le multarán en cien piezas de plata, las cuales darán al padre de la joven, por cuanto esparció mala fama sobre una virgen de Israel; y la tendrá por mujer, y no podrá despedirla en todos sus días. Mas si resultare ser verdad que no se halló virginidad en la joven, entonces la sacarán a la puerta de la casa de su padre, y la apedrearán los hombres de su ciudad, y morirá, por cuanto hizo vileza en Israel fornicando en casa de su padre; así quitarás el mal de en medio de ti.” (Deut.22:13-21)

JUANA DE ARCO

JUANA DE ARCO

Canonización de la heroína francesa Juana de Arco, que había sido quemada en la hoguera en Rouen en este día ( 30 de mayo de 1431).

SANTA JUANA DE ARCO, Virgen Fiesta: 30 de Mayo (1412-1431) Patrona de Francia y Doncella de Orleáns

Juana De Arco, llamada la ‘Doncella de Orleáns’, heroína nacional y santa patrona de Francia. Unió a la nación en un momento crítico de su historia.

Su protagonismo en la historia la ubica durante los largos años que conformaron la famosa Guerra de los Cien Años (nombre habitual que se da a los diversos conflictos armados, interrumpidos por treguas y tratados de paz, iniciados en 1337 y que finalizaron en el año 1453, entre las dos grandes potencias europeas de la época: Inglaterra y Francia. El pretexto inmediato para la ruptura de hostilidades fue la pretensión de los reyes de Inglaterra de ocupar el trono de Francia.) el pueblo francés confiaba en la llegada de una joven virgen que les salvaría de la miseria en que se hallaban sumidos.

Un seis de enero de 1412 nace en Domremy, hija de campesinos, desde niña sintió gran devoción por la oración; en esos años de niñez un ataque inglés, destruyo por completo su aldea y asesino a sus padres y hermana, por lo que fue enviada a vivir con unos parientes a otra aldea cercana, cuando tenía trece años creyó que había oído la voz de Dios, que se repetía en numerosas ocasiones. Más tarde, confesó haber visto a san Miguel y a las primeras mártires santa Catalina de Alejandría y santa Margarita, cuyas voces la acompañarían durante el resto de su vida, desde ese momento Juana, siente que tenía un destino escrito ya por Dios y, aunque suene a historia novelada, lo cierto es que el papel de Juana de Arco en la gesta de lo que es hoy Francia como nación fue más que fundamental.

SITUACIÓN POLÍTICA

En 1422 murieron Enrique V y Carlos VI. Tras la muerte de su padre, el delfín se proclamó rey de Francia con el nombre de Carlos VII, pero los ingleses reclamaron el trono francés para Enrique VI, entonces menor de edad, por lo que Juan de Lancaster, duque de Bedford, actuaba como regente. Carlos VII fue reconocido como rey de Francia en los territorios al sur del Loira mientras que Enrique VI controlaba el territorio al norte de este río. Durante la invasión del sur de Francia, ocurrida en 1428, el ejército inglés puso sitio a la ciudad de Orleáns, última plaza fuerte que poseían los franceses. A principios de 1429, en plena guerra de los Cien Años y cuando los ingleses estaban a punto de capturar Orleáns, las voces que guiaban a Juana la exhortaron a ayudar al Delfín. Éste aún no había sido coronado rey debido tanto a las luchas internas como a la pretensión inglesa al trono de Francia.

EL GRAN SECRETO DEL ENCUENTRO

El encuentro de Juana con el delfín, fue sin dudas el comienzo de los suceso inexplicados de la vida de esta joven. Se cuenta que el Delfín temiendo que tal vez esta Doncella fuera una espía inglesa, con intenciones de asesinarle, organizo una recepción muy importante, en la que hizo pasar a uno de sus generales por él, así, si era realmente enviada por Díos, ella se daría cuenta que no era el Delfín. Cuando llego Juana fue enviada ante el supuesto delfín, al pararse frente a él, lo miro a la cara y le dijo, Usted, es un buen hombre, pero no es quién yo debo ver. Inmediatamente otro de los generales le confirmo el engaño pero le sometió a una segunda prueba, que ella misma encontrara al Delfín entre todos los presentes.

Fue así que Juana comenzó a mirar uno por uno hasta mirar a Carlos VII, se arrodillo ante él y le beso la mano diciéndole, estoy en presencia del Rey de Francia.

Esto realmente dejo consternado a todos, esta fue sin dudas una de las pruebas más importantes a la que fue sometida, como se sabe en esa época, el pueblo no conocía a sus gobernantes, por lo que Juana ignoraba completamente la fisonomía del Delfín.

Según cuenta la historia, después de esto Juana se acerco a Carlos VII, Y le susurro al oído, alguna frase importante, ya que este cambio la expresión de su rostro completamente, hizo pasar a Juana a una habitación apartada, y allí a solas Juana le convenció de su mandato divino de salvar a Francia. Quizás el misterio más grande de esta historia es saber que dijo Juana al Delfín para convencerlo de poner en manos de esta joven el porvenir de Francia. Un grupo de teólogos aprobaron sus peticiones y se le concedieron tropas bajo su mando. Juana supo ganarse el respeto de los Generales franceses, quienes debieron acatar sus ordenes y enseñarle sobre el manejo de las armas y la estrategia militar. Esta decidió vestir uniforme de hombre y cortar sus cabellos, para no ser subestimada por los soldados.
Así condujo al ejército francés a una victoria decisiva sobre los ingleses en Patay, al tiempo que liberaba Orleáns, con esto se cumplió lo que Juana había anticipado, Carlos VII, fue coronado Rey, en la ciudad de Reims, uniendo al pueblo francés y poniendo fin a los sueños ingleses de imponer su hegemonía sobre Francia.

Cuando Juana se dio a la tarea de presentarse frente al Delfín de Francia, realizó un largo viaje desde la pequeña aldea de Domrémy hasta Chinnon, donde el príncipe se resguardaba de un ineludible avance del ejercito inglés atascado increíblemente en los límites de la ciudad de Orleáns, la cual se hallaba sitiada por ellos. Este era una de las más importantes metas de Juana para lograr llevar al Delfín hasta Reims para ser coronado en la Catedral: liberar a Orleáns y advertir así a los ingleses sobre los designios de Dios…

Guiada por Dios por medio de locuciones interiores, Santa Juana conduce al ejército francés a liberar el país. Finalmente, traicionada, muere en la hoguera. Ella se mantiene siempre fiel a Jesús y la Iglesia. Santa Juana de Arco nació en día de la Epifanía de 1412, en Domrémy, pequeño pueblecito de Champagne, a orillas de la Mosa, Francia. Su padre, Jacobo d’Arc, era un hacendado de cierta importancia, hombre bueno, frugal y un tanto huraño. La madre de Santa Juana, que amaba tiernamente a sus cinco hijos, educó a sus dos hijas en los quehaceres domésticos. Santa Juana declaró más tarde: “Sé cocer e hilar como cualquier mujer”. Pero nunca aprendió a leer ni a escribir. Los vecinos de la familia, en el proceso de rehabilitación de la santa, dejaron testimonios conmovedores de la piedad y ejemplar conducta de la joven. Tanto los sacerdotes que la conocieron como sus compañeros de juegos, atestiguaron que le gustaba ir a orar a la Iglesia, que recibía con frecuencia los sacramentos, que se ocupaba de los enfermos y era particularmente bondadosa con los peregrinos, a los que más de una vez, cedió su lecho.

Según uno de los testigos “era tan buena, que todo el pueblo la quería.” Por lo que parece Santa Juana tuvo una infancia feliz, aunque un tanto turbada por los desastres que asolaban el país y por el constante peligro de un ataque armado sobre la población de Domrémy, situada en la frontera de Lorena. Antes de emprender su gran empresa, Santa Juana tuvo que huir, por lo menos una vez, con sus padres, a la población de Neufchatel, a trece kilómetros de distancia, para escapar de las manos de los piratas borgoñones que saquearon Domrémy. Santa Juana era todavía muy niña cuando Enrique V de Inglaterra invadió Francia, asoló Normandía y reclamó la corona de Carlos VI. Francia se hallaba en aquel momento dividida por la guerra civil entre los partidarios del duque de Borgoña y el duque de Orleáns, de suerte que no había podido organizar rápidamente la resistencia. Por otra parte, después de que el duque de Borgoña fue traidoramente asesinado por los hombres del delfín, los borgoñeses se aliaron con los ingleses, que apoyaban su causa. La muerte de los monarcas rivales, ocurrida en 1422, no mejoró la situación de Francia. El duque de Bedford, regente del monarca inglés, prosiguió vigorosamente la campaña y las ciudades cayeron, una tras otra, en manos de los aliados. entre tanto, Carlos VII, o el delfín, como se insistía en llamarle, consideraba la situación perdida sin remedio y se entregaba a frívolos pasatiempos en su corte.

A los catorce años de edad, Santa Juana tuvo la primera de las experiencias místicas que habían de conducirla por el camino del patriotismo hasta la muerte en la hoguera. Primero oyó una voz, parecía hablarle de cerca, y vio un resplandor; más tarde, las voces se multiplicaron y la joven empezó a ver a sus interlocutores, que eran , entre otros, San Miguel Arcángel, Santa Catalina y Santa Margarita. Poco a poco, le explicaron la abrumadora misión a que el cielo la tenía destinada: ¡Ella, una simple campesina debía salvar a Francia! Para no despertar la cólera de su padre, Santa Juana mantuvo silencio. Pero, en mayo de 1428, las voces se hicieron imperiosas y explícitas: la joven debía presentarse ante Roberto de Baudricourt, comandante de las fuerzas reales, en la cercana población de Vaucouleurs. Santa Juana consiguió que un tío suyo que vivía en Vaucouleurs, la llevase consigo. Pero Baudricourt se burló de sus palabras y despidió a la doncella, diciéndole que lo que necesitaba era que su padre le diese unas buenas nalgadas.

En aquel momento, la posición militar del rey era desesperada, pues los ingleses atacaban Orleáns, el último reducto de la resistencia. Santa Juana volvió a Domrémy, pero las voces no le dieron descanso. Cuando la joven respondió que era una campesina que no sabía ni montar a caballo, ni hacer la guerra, las voces le replicaron: “Dios te lo manda.” Incapaz de resistir a este llamamiento, Santa Juana huyó de su casa y se dirigió nuevamente a Vaucouleurs. El escepticismo de Baudricourt desapareció cuando recibió la noticia oficial de una derrota que Santa Juana había predicho; así pues, no sólo consintió en mandarla a ver al rey, sino que le dio una escolta de tres soldados. Santa Juana pidió que le permitieran vestirse de hombre para proteger su virtud.

Los viajeros llegaron a Chinon, donde se hallaba en monarca, el 6 de marzo de 1429; pero Santa Juana no consiguió verle sino hasta dos días después. Carlos se había disfrazado para desconcertar a Santa Juana; pero la doncella le reconoció al punto por una señal secreta que le comunicaron las voces y que ella transmitió sólo al rey. ello bastó para persuadir a Carlos VII del carácter sobrenatural de la misión de la doncella. Santa Juana le pidió un regimiento para ir a salvar Orleáns. El favorito del rey, la Trémouille, y la mayor parte de la corte, que consideraban a Santa Juana como una visionaria o una impostora, se opusieron a su petición. Para zanjar la cuestión, el rey decidió enviar a Santa Juana a Poitiers a que la examinara una comisión de sabios teólogos.

Al cabo de un interrogatorio que duró tres semanas por lo menos, la comisión declaró que no encontraba nada que reprochar a la joven y aconsejó que el rey se valiese, prudentemente, de sus servicios. Santa Juana volvió entonces a Chinon, donde se iniciaron los preparativos para la expedición que ella debía encabezar. El estandarte que se confeccionó especialmente para ella, tenía bordados los nombres de Jesús y de María y una imagen del Padre Eterno, a quien dos ángeles le presentaban. de rodilla, una flor de lis. La expedición partió de Blois, el 27 de abril. Santa Juana iba al a cabeza, revestida con una armadura blanca.

A pesar de algunos contratiempos, el ejército consiguió entrar en Orleáns, el 29 de abril y su presencia obró maravillas. Para el 8 de mayo, ya habían caído los fuertes ingleses que rodeaban la ciudad y, al mismo tiempo, se levantó el sitio. Santa Juana recibió una herida de flecha bajo el hombro. Antes de la campaña, había profetizado todos estos acontecimientos, con las fechas aproximadas. La doncella hubiese querido continuar la guerra, pues las voces le habían asegurado que no viviría mucho tiempo. Pero La Trémouille y el arzobispo de Reims, que consideraban la liberación de Orleáns como obra de la buena suerte, se inclinaban a negociar con los ingleses. Sin embargo, se permitió a Santa Juana emprender una campaña en el Loira con el duque de Alencon. La campaña fue muy breve y dio el triunfo aplastante sobre las tropas de Sir John Fastolf, en Patay. Santa Juana trató de coronar inmediatamente al delfín. El camino a Reims estaba prácticamente conquistado y el último obstáculo desapareció con la inesperada capitulación de Troyes.Los nobles franceses opusieron cierta resistencia; sin embargo, acabaron por seguir a la santa a Reims, donde, el 17 de julio de 1429, Carlos VII fue solemnemente coronado. Durante la ceremonia, Santa Juana permaneció de pie con su estandarte, junto al rey. Con la coronación de Carlos VII terminó la misión que las voces habían confiado a la santa y también su carrera de triunfos militares.

Santa Juana se lanzó audazmente al ataque de París, pero la empresa fracasó por la falta de los refuerzos que el rey había prometido enviar y por la ausencia del monarca. La santa recibió una herida en el muslo durante la batalla y, el duque de Alencon tuvo que retirarla casi a rastras. La tregua de invierno que siguió, la pasó Santa Juana en la corte, donde los nobles la miraban con mal disimulado recelo. Cuando recomenzaron las hostilidades, Santa Juana acudió a socorrer la plaza de Compiegne, que resistía a los borgoñones. El 23 de mayo de 1430, entró en la ciudad y ese mismo día organizó un ataque que no tuvo éxito. A causa del pánico, o debido a un error de cálculo del gobernador de la plaza, se levantó demasiado pronto el puente levadizo, y Santa Juana, con algunos de sus hombres, quedaron en el foso a merced del enemigo. Los borgoñeses derribaron del caballo a la doncella entre una furiosa gritería y la llevaron al campamento de Juan de Luxemburgo, pues uno de sus soldados la había hecho prisionera. Desde entonces hasta bien entrado el otoño, la joven estuvo presa en manos del duque de Borgoña. Ni el rey ni los compañeros de la santa hicieron el menor esfuerzo por rescatarla, sino que la abandonaron a su suerte. Pero, si los franceses la olvidaban, los ingleses en cambio se interesaban por ella y la compraron, el 21 de noviembre, por una suma equivalente a 23,000 libras esterlinas, actualmente. Una vez en manos de los ingleses, Santa Juana estaba perdida. Estos no podían condenarla a muerte por haberles derrotado, pero la acusaron de hechicería y de herejía. Como la brujería estaba entonces a la orden del día, la acusación no era extravagante. Además, es cierto que los ingleses y los borgoñeses habían atribuido sus derrotas a conjuros mágicos de la santa doncella.

Los ingleses la condujeron, dos días antes de Navidad, al castillo de Rouen. Según se dice sin suficiente fundamento, la encerraron, primero, en una jaula de acero, porque había intentado huir dos veces; después la trasladaron a una celda, donde la encadenaron a un poyo de piedra y la vigilaban día y noche. El 21 de febrero de 1431, la santa compareció por primera vez ante un tribunal presidido por Pedro Cauchon, obispo de Beauvais, un hombre sin escrúpulos, que esperaba conseguir la sede arquiepiscopal de Rouen con la ayuda de los ingleses. El tribunal, cuidadosamente elegido por Cauchon, estaba compuesto de magistrados, doctores, clérigos y empleados ordinarios. En seis sesiones públicas y nueve sesiones privadas, el tribunal interrogó a la doncella acerca de sus visones y “voces”, de sus vestidos de hombre, de su fe y de sus disposiciones para someterse a la Iglesia. Sola y sin defensa, la santa hizo frente a sus jueces valerosamente y muchas veces los confundió con sus hábiles respuestas y su memoria exactísima. Una vez terminadas las sesiones, se presentó a los jueces y a la Universidad de Paría un resumen burdo e injusto de las declaraciones de la joven. En base a ello, los jueces determinaron que las revelaciones habían sido diabólicas y la Universidad la acusó en términos violentos.

TRAICIÓN

Carlos VII se opuso a realizar campaña militar alguna contra Inglaterra. Tras ello Juana, sin el apoyo real, dirigió en el año 1430 una operación militar contra los ingleses en Compiègne, cerca de París. Fue capturada por soldados borgoñones (estado neutral en este momento de la guerra) quienes ofrecieron a los dos bandos, la posibilidad de rescatar a Juana.

Según los registros de la época se sabe que en Francia se hizo una colecta entre muchos generales y nobles para pagar el rescate, la suma recaudada fue entregada al Rey, quien nunca envió el pago (se supone que Carlos VII, deseaba que Juana fuera capturada por los inglese, ya que había tomado mucha popularidad y la creía un elemento ahora peligroso para su reinado).

Los inglese deseosos de capturar y juzgar a la Doncella que los había humillado pagaron lo pedido y les fue entregada. Éstos la condujeron ante un tribunal eclesiástico en Ruán que la juzgó de herejía y brujería. Tras catorce meses de interrogatorio sin que se le pudiera acusar de absolutamente nada, fue acusada de maldad por vestir ropas masculinas y de herejía por su creencia de que era directamente responsable ante Dios y no ante la Iglesia católica.

El tribunal la condenó a muerte, pero al confesar y arrepentirse de sus errores, la sentencia fue conmutada a cadena perpetua. Sin embargo, cuando regresó a la prisión volvió a usar vestidos de hombre por lo que de nuevo fue condenada, esta vez por un tribunal secular, y el 30 de mayo de 1431, enviada a la hoguera en la plaza del Mercado Viejo de Ruán por relapsa (herética reincidente).

Uno de los puntos más polémicos en la historia de Juana de Arco fue su relato acerca de las voces y visiones que le guiaron a realizar la hazaña por la cual se convirtió en la heroína más grande de la Historia Universal.
En los registros que se conservan del juicio que se le siguió ha quedado sentado que ella, de alguna manera, se negó siempre a dar detalles sobre estos mensajes. Poco ha sido lo que se ha logrado esclarecer al respecto, pero una pequeña reflexión podría arrojar algo de luz: si Juana, a pesar de su ignorancia y de su humilde origen, mantuvo la ferviente voluntad de no irrespetar lo que Dios le había transmitido a través del Arcángel San Miguel y de las Santas Catalina y Margarita, al negarse a emitir ningún tipo de juicio o consideración al respecto, nos debe llevar a un sólo punto, Juana se consideró siempre un medio y no un fin. Si deseamos llamarla “mensajera”, pues únicamente será apropiado mientras conservemos el mismo respeto al mensaje que la propia Juana dio.

Santa Margarita, Gaspare Traversi (1758), Santa Catalina, Bernardo Ciavallino (h.1630). Estas dos Santas estuvieron presentes en las visiones de Juana de Arco, pero… ¿Por qué ellas dos?…

Santa Margarita de Antioquía fue virgen y mártir, cruelmente torturada al negar casarse con el Prefecto de Antioquía, quien la encerró en un calabozo posteriormente…

Santa Catalina de Alejandría, fue también virgen y mártir. Siendo de ascendencia real, al convertirse al Cristianismo huyó al desierto y allí realizó su matrimonio místico con Cristo. El emperador Majencio la pretendió como esposa sin éxito, por ello ordenó su tortura con unas ruedas especiales provistas de puntas de hierro, pero, según la leyenda “un rayo del cielo las destruyó antes de que ella sufriera algún daño”. Sin embargo, fue decapitada y sus restos trasladados por los ángeles a un convento cercano. Ambas Santas, además de poseer las mismas condiciones de virgen y mártir que posteriormente distinguirán a Juana, fueron sacadas en 1969 del calendario católico por insuficiencia en las bases históricas de sus vidas. Mientras que Juana de Arco fue declarada Santa por el Vaticano en mayo de 1920, casi 500 años después de ser quemada en la hoguera, acusada de herejía, manteniendo su mirada en un crucifijo y pronunciando el nombre de Jesús…

De acuerdo con las declaraciones de Juana, también el Arcángel Miguel estuvo presente en sus visiones y fue una de las voces que le habló. La presencia de San Miguel es bastante lógica, pues es él quién asume los asuntos militares en las huestes celestiales. De hecho, el resguardo de las puertas de el Paraíso han quedado a su cargo. Con seguridad debió ser él quien instruyera a Juana acerca de los asuntos de batalla o quien sirviera de medio para Proporcionar a Juana la gran intuición militar que demostró en las campañas emprendidas para hacer de Francia una nación unida.

En la deliberación final el tribunal declaró que, si no se retractaba, debía ser entregada como hereje al brazo secular. La santa se negó a retractarse a pesar de las amenazas de tortura. Pero, cuando se vio frente a una gran multitud en el cementerio de Saint-Ouen, perdió valor e hizo una vaga retractación. Digamos, sin embargo, que no se conservan los términos de si retractación y que se ha discutido mucho sobre el hecho. La joven fue conducida nuevamente a la prisión, pero ese respiro no duró mucho tiempo. Ya fuese por voluntad propia, ya por artimañas de los que deseaban su muerte, lo cierto es que Santa Juana volvió a vestirse de hombre, contra la promesa que le habían arrancado sus enemigos. Cuando Cauchon y sus hombres fueron a interrogarla en su celda sobre lo que ellos consideraban como una infidelidad, Santa Juana, que había recobrado todo su valor, declaró nuevamente que Dios la había enviado y que las voces procedían de Dios.

Según se dice, al salir del castillo, Cauchon dijo al Conde de Warwick: “Tened buen ánimo, que pronto acabaremos con ella”. El martes 29 de mayo de 1431, los jueces, después de oír el informe de Cauchon, resolvieron entregar a la santa al brazo secular como hereje renegada. Al día siguiente, a las ocho de la mañana, Santa Juana fue conducida a la plaza del mercado de Rouen para ser quemada en vida. Cuando los verdugos encendieron la hoguera, Santa Juana pidió a un fraile dominico que mantuviese una cruz a la altura de sus ojos. Murió rezando. Invocaba al Arcángel San Miguel, al cual siempre le había tenido gran devoción e invocando el nombre de Jesús tres veces, entregó su espíritu al Señor. La santa no había cumplido todavía los veinte años. Sus cenizas fueron arrojadas al río Sena. Más de uno de los espectadores debió haber hecho eco al comentario amargo de Juan Tressart, uno de los secretarios del rey Enrique “¡Estamos perdidos! ¡Hemos quemado a una santa!”

Veintitrés años después de la muerte de Santa Juana, su madre y dos de sus hermanos pidieron que se examinase nuevamente el caso, y el Papa Calixto III nombró a una comisión encargada de hacerlo. El 7 de julio de 1456, el veredicto de la comisión rehabilitó plenamente a la santa. Más de cuatro siglos y medio después, el 16 de mayo de 1920, Juana de Arco fue solemnemente canonizada por el Papa Benedicto XV.

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