El Problema del Dolor

El Problema del Dolor
1 JULIO 2010

por RC Sproul

El problema del mal ha sido definido como el talón de Aquiles de la fe cristiana. Por siglos la gente ha luchado con el dilema, ¿cómo un Dios bueno y amoroso podría permitir que el mal y el dolor sea tan frecuente en Su creación. Los problemas filosóficos han generado una abundancia de reflexión y debate, algunas de las cuales se ha reiterado en este tema, pero en última instancia, el problema es uno que se mueve rápidamente desde el nivel abstracto al ámbito de la experiencia humana. Lo filosófico choca en lo existencial.

Históricamente, el mal se ha definido en términos de privación (privatio) y negación (negatio), especialmente en las obras de Agustín de Hipona y Tomás de Aquino. El punto de estas definiciones es definir el mal en términos de una falta o negación de lo bueno. Se define el pecado, por ejemplo, como cualquier falta de conformidad con, o la transgresión de la ley de Dios. El pecado es característicamente definido en términos negativos.

Hablamos del pecado como desobediencia, ilegalidad, inmoralidad, comportamiento poco ético, y similares. Así que, por encima y más allá del problema del mal siempre está la medida del bien por el cual el mal está decidido a ser malo. En este sentido, el mal es parasitario. Depende de una infinidad fuera de sí mismo para su propia definición. Nada puede decirse que sea mal sin el estándar previo de lo bueno. Sin embargo, en tanto hablemos del mal como una privación o negación del bien, no podemos escapar del poder de su realidad.

En el tiempo de la Reforma, los reformadores magistrales abrazaron la definición del mal que heredaron de los padres de la iglesia anteriores en términos de privatio, de privación y negación. Lo modificaron con una palabra crítica. Privatio comenzó a ser descrito como privatio actuosa (una real, privación). El objetivo de esta distinción fue para llamar la atención sobre la realidad del mal. Si pensamos en el mal y el dolor simplemente en términos de negación y privación, e intentamos evitar la realidad de ella, fácilmente podemos caer en el error absurdo de considerar el mal una ilusión.

Cualquiera otra cosa que sea el mal, no es ilusoria. Experimentamos la angustia de su impacto, no sólo en un sentido individual, sino en un sentido cósmico. La creación entera gime, se nos dice en la Escritura, a la espera de la manifestación de los hijos de Dios. El juicio de Dios sobre la raza humana era un juicio que se extendió a todas las cosas sobre las que Adán y Eva tuvieron el dominio, incluyendo toda la tierra. La maldición se extiende mucho más allá de la casa de Adán hasta en cada grieta de la creación de Dios. La realidad de esta maldición pone una carga pesada y un manto incómodo a todo en la vida. De hecho, es un manto de dolor.

Hace muchos años tuve una amiga cristiana muy querida que estaba en el hospital pasando por una serie de rigurosos tratamientos de quimioterapia. La quimioterapia en ese momento provocó una violenta náusea en ella. Cuando hablé con ella acerca de su experiencia, le pregunté cómo su fe estaba de pie en medio de esta prueba. Ella contestó, “RC, es difícil ser cristiano con la cabeza en el inodoro.” Esta respuesta gráfica a mi pregunta causó una impresión duradera en mí. La fe es difícil cuando nuestros cuerpos físicos se retuercen de dolor. Y, sin embargo, es en este punto quizá más que cualquier otro en el que el cristiano huye a la Palabra de Dios para consuelo. Es por esta razón que la base para la fe cristiana es la afirmación de que Dios es soberano sobre el mal y sobre todo dolor. No sirve para cesar el problema del dolor al reino de Satanás. Satanás no puede hacer nada, excepto bajo la autoridad soberana de Dios. Él no puede lanzar un dardo de fuego único a nuestro camino sin la voluntad soberana de nuestro Padre celestial.

No hay porción de las Escrituras que más dramáticamente comunique este punto que todo el libro del Antiguo Testamento de Job. El libro de Job habla de un hombre que se lleva al límite absoluto de la resistencia con el problema del dolor. Dios permite que Job sea un blanco sin protección para la maldad de Satanás. Todo lo estimado a Job es despojado de él, incluyendo a su familia, sus bienes y su propia salud física. Sin embargo, al final del día, en medio de su miseria, mientras que su casa está encima de un estercolero, Job exclama: “El SEÑOR dio y el SEÑOR quitó; bendito sea el nombre del SEÑOR.” (1:21). Es fácil citar esta afirmación de Job en una manera simplista y petulante. Pero es necesario ir más allá de lo simplista y penetrar en el corazón de este hombre en medio de su miseria. Él no estaba poniendo en un acto espiritual, o tratando de sonar piadoso en medio de su dolor. Más bien, expuso un sorprendente nivel de confianza inquebrantable en su Creador. La máxima expresión de esa confianza se produjo en sus palabras: “Aunque El me mate, en El esperaré” (13:5). Job prefigura la vida cristiana, una vida que no se vive en la Quinta Avenida, el lugar de celebración del desfile de Pascua, sino en la Vía Dolorosa, el camino de los dolores que termina al pie de la cruz. La vida cristiana es una vida que abraza el sacramento del bautismo, lo que significa, entre otras cosas, que somos bautizados en la muerte, la humillación y las aflicciones de Jesucristo. Se nos advierte en la Escritura que, si no estamos dispuestos a aceptar esos males, entonces no vamos a participar en la exaltación de Jesús. La fe cristiana bautiza a una persona no sólo en el dolor, sino también en la resurrección de Cristo. Cualquiera que sea el dolor que experimentamos en este mundo puede ser agudo, pero siempre es temporal. En cada momento que experimentamos la angustia del sufrimiento, late en nuestros corazones la esperanza del cielo – que el mal y el dolor son temporales y están bajo el juicio de Dios, el mismo Dios que le dio una promesa a Su pueblo que habrá una momento en que el dolor no será más. El privatio y el negatio será vencido por la presencia de Cristo.

Traduccion: Armando Valdez

Tomado de aqui

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Pastoreando con Ambos Ojos Abiertos – 1ª. Parte

Pastoreando con Ambos Ojos Abiertos – 1ª. Parte
10 NOVIEMBRE 2009
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by Armando Valdez
Pastoreando con Ambos Ojos Abiertos – 1ª. Parte

(Diciembre del 2008 – Volumen 14, Número 13)

Por Gary E. Gilley

¿Qué es lo que atrae a los hombres al pastorado? Raras veces es prestigio, poder o dinero (especialmente lo último). En la mayoría de los casos es amor. Amor por Cristo, amor por las personas y amor por la Palabra de Dios. El estudiante típico de escuela o seminario bíblico difícilmente no puede esperar salir del mundo académico y entrar al ministerio donde las almas hambrientas y sedientas esperan su exégesis de la Palabra y su pastoreo compasivo sobre sus vidas. Con gran entusiasmo y motivos puros (en la medida en que pueda discernir) se introduce a su primer pastorado con una visión de cambiar corazones, edificando una iglesia poderosa y que honre a Dios, y teniendo un impacto en el mundo por causa de Cristo. Él entra en el campo de la iglesia para ser usado por el Espíritu Santo para ayudar a formar al pueblo de Dios a la semejanza de Cristo – y así es lo que él debería hacer. Pero pocos se percatan de que pronto emprenderán grandes batallas con el mundo, la carne y el diablo – las batallas más intensas que todas lo que las hayan experimentado en el pasado.

Por supuesto esto no es enteramente cierto. Habiendo sido bien entrenado teológicamente, el nuevo pastor ha acuñado una comprensión excelente de los enemigos que se oponen al creyente y a la obra de Cristo. Lo que nuestro hombre usualmente no comprende a estas alturas en su ministerio es la forma en la cual estos enemigos realmente aparecerán. Él espera pelear contra el diablo; él no espera que el diablo se aparezca en forma de miembros de la iglesia bien respetados y vestidos. Él espera pelear contra el mundo justo afuera; él no espera que el mundo se infiltre a los corazones y las mentes de su congregación. Él espera librar una batalla en contra de la carne; él no espera ver tales manifestaciones crudas de la carne entre aquellos que claman el nombre de Cristo – o a veces dentro de su corazón y vida.

Las expectativas del pastor inexperto a menudo se desmoronan y mueren rápidamente, y pronto nuestro hombre está desilusionado con el ministerio, con la iglesia, con su vida y muchas veces con el Señor mismo. Muchos abandonan el pastorado y algunos deberían hacerlo, pues no están lo suficientemente capacitados y espiritualmente maduros como para continuar. Los otros avanzan lentamente a través de la obra por años, algunas veces hasta la jubilación, y no deberían. Mucho tiempo atrás sus corazones estaban derribados, su pasión y su amor por el ministerio desgastado. Pero, como uno pastor me contó en el primer año de mi ministerio “¿Qué más puedo hacer? No tengo otras habilidades de valor”. Con demasiada frecuencia el resultado de este atolladero es que las ovejas heridas y confundidas están siendo guiadas por pastores heridos y confundidos. Muchos de estos pastores desconcertados dejan sus espadas y se dirigen hacia tierra más segura. Otros, con cicatrices de batalla y rendidos, simplemente esperan sobrevivir, pero el deleite que los llevó al frente de la batalla del Señor desde hace mucho tiempo se ha disipado. Lo que permanece es, en el mejor de los casos, la persistencia y a menudo poco más que la necesidad de ganarse la vida.

Algo parece faltar en la preparación y las expectativas de los pastores, y este componente perdido les deja vulnerables para el fracaso. Puede ser tan simple como esto – en algún punto los pastores han perdido el memorando de que si han de tener ministerios fructíferos y productivos necesitarán pastorear con ambos ojos abiertos. Necesitarán enfocar un ojo en el Señor y la obra ante ellos, y el otro ojo explorando el horizonte hacia los enemigos.

Pienso que Nehemías hizo derribar esto mientras guiaba hacia de regreso a los exiliados reconstruyendo los muros de Jerusalén. Había una gran obra por hacer pero también un enemigo imponente y dispuesto. Era su deseo concentrarse en la obra – él quiso construir, no pelear – ¿no es esto lo que hacemos nosotros? Pero ignorar ingenuamente al enemigo era invitar un desastre. El pueblo tenía miedo. No eran guerreros; eran agricultores, pastores y carpinteros y ajenos al campo de batalla. Se habían enrolado para construir grandes muros y no a participar en luchas de poder. ¿Cómo edifica usted muros en tal ambiente? En la misma forma que usted construye iglesias – con ambos ojos abiertos.

Viendo el miedo traspasando los límites en su pueblo Nehemías rehúsa a darle lugar. “No temáis delante de ellos,” demandó él, “acordaos del Señor, grande y temible, y pelead” (Neh. 4:14). Allí está – un ojo puesto en el gran y temible Señor y el otro en el enemigo. Entonces la teología fue rápidamente resuelta en la metodología (siempre lo es). Mientras que la mitad de las personas construyeron, la otra mitad estaba en guardia (4:15-16). E incluso los que trabajaban lo hacían con un arma en una mano o, al menos, una espada ceñida a su lado (4:17-18). Lo que Nehemías entendió fue que no hay un edificio sin oposición, ninguna victoria para Dios sin una demostración de poder del diablo. Pero Nehemías no se distraería – o se desalentaría. Ni se echaría para atrás o se comprometería para mantener el orden público. Él conocía su misión – construir muros. Él conocía a su Dios – El es grande y temible – ciertamente no era Uno que se escabulle de jefes militares presumidos. Nehemías vio fijamente con un ojo a su Dios y en la tarea que su Dios le había dado, y él permaneció. Pero él nunca se permitió a sí mismo olvidarse por un momento de que el enemigo estaba todavía allí afuera, listo para salir a atacar, a destruir, dispuesto a detener la obra de Dios y apartar al pueblo de Dios que él amaba. Un ojo en Dios, un ojo en el enemigo. Así es como Nehemías pastoreó a su pueblo, y así es cómo debemos pastorear a nuestro pueblo.

En este punto me distanciaré con nuestra necesidad de mantener un ojo en Dios. Esta fijación en Dios es innegablemente crucial y fundamental. Sin eso ningún valor real se cumplirá alguna vez para el Señor, pero fijaré mi atención en el enemigo. Un buen número de hombres entran al ministerio emocionados acerca de Dios y entusiasmados acerca de la obra, pero pronto fueron quebrantados por el enemigo. Y eso es debido, al menos a parcialmente estoy convencido, porque no esperaron encontrar a un enemigo, al menos no uno serio. Cuando lo hacen, son desilusionados y completamente sin preparación para la batalla.

Saquemos algunos planes de batalla para dos enemigos que aparecerán regularmente en cada iglesia y en cada ministerio. Uno, la falsa enseñanza, amenaza con infiltrarse a la iglesia (trataremos con este enemigo en la segunda parte). El otro, el conflicto interpersonal, se origina desde dentro – los miembros de la iglesia en confrontación con su pastor y/o el liderazgo de la iglesia. El cómo son enfrentados estos enemigos definirán enormemente la clase y la calidad de los ministerios que serán desarrollados.

Los Conflictos y los Ataques Personales
Recientemente hablé para una afiliación pastoral que era ardua en ocuparse de un problema. Algunos de sus pastores jóvenes luchaban con comprender el papel del pastor como líder. Temían ser llamados dictadores y se habían vuelto tímidos y pasivos. Como consecuencia, sus ministerios eran débiles, y a los hombres mismos les faltaba confianza. En otras palabras, habían sido intimidados al haber abandonado su papel como pastores. Por el miedo, la incertidumbre y la duda, habían elegido correr (o al menos rendirse) en vez de pelear. Quizá la mayoría de ellos hombres de buen corazón y humildes que solamente quisieron amablemente guiar a las ovejas. Pero mientras contemplaban la suave puesta del sol, los lobos muy probablemente preparaban un ataque. Y los lobos son despiadados. Toman a un pastor robusto, uno dispuesto a sacrificarse si fuera necesario, para hacer una batalla mano a mano con los lobos. Estoy poco convencido que la mayor parte de los pastores de hoy se preparan para tal combate.

Los libros y los artículos son una legión tratando con el tema de los pastores bajo ataque. A menudo estas narrativas son pequeñas más que historias sentimentales y alcanzables. La mayor parte de ellas atinan mal al hecho de que nosotros los pastores merecemos mucho de la crítica que viene a nuestro camino – y Dios, a propósito, sabía que esto sería el caso. Los pastores son pastores (por definición) pero ellos son también ovejas (por naturaleza). Somos pastores-ovejas u ovejas-pastores. De una u otra manera a nosotros nos ha sido dada una tarea imposible por el Pastor Principal. Nos hemos sentido llamados a guiar al deficiente pueblo de Dios cuando nosotros mismos somos plagados con defectos y manchas. El mejor de nosotros dice cosas equivocadas a veces; podemos ser insensibles, distraídos, también débiles o también fuertes, propensos a la frustración, y la lista sigue. Ofenderemos a las personas, agraviaremos a las personas, tropezaremos, y es mejor habituarnos. Una consolación es que nuestro Señor sabe qué clase de personas El ha colocado en el timón de Su iglesia. Ésta no es una excusa para el pecado, pero es reconocimiento que la perfección nunca será la marca de pastores humanos. Dios no está sorprendido por esto. Él tiene la intención de edificar iglesias locales a través del trabajo de personas imperfectas, y eso incluye a sus pastores. Nuestro Señor tiene ha diseñado las cosas así porque la interacción y aun las fallas del pueblo de Dios, cuando responden muy bíblicamente, producen madurez en el cuerpo.

Sea como fuere, cuando la teoría se convierte en realidad, cuando la crítica abunde, cuando el accionar esté a toda fuerza, cuando el grito de guerra haya sonado, ¿qué debe hacer un pastor? Demasiado vacilan en este punto crucial. En algún punto han sido inducidos a creer que el pastor debe ser una persona estupenda. Él debe ser dulce y amable. Él debe amar a las personas, no confrontarlas, y nunca contrariar a los miembros. Él debe ser permitir ser pisoteado y voluntariamente aceptar el abuso, no una fortaleza exigiendo conformidad bíblica. Después de todo, el pastor común quiere ser a todo el mundo agradable. Él quiere complacer a las personas.

Simplemente ¿de donde obtuvimos esta imagen de un pastor? Seguramente no de la Escritura. Pablo, quien nos dio la mayoría de lo que sabemos acerca de la iglesia y la vida pastoral, aunque siempre amoroso nunca se echó para atrás en pelear cuándo era necesario. Cuando los corintios cuestionaron su autoridad apostólica él cariñosamente pero firmemente les mandó llamar (vea segunda a los Corintios). Cuando Timoteo dejaba que algunos lo intimidaran, Pablo le dijo que no dejara que se salieran con la suya (1 Tim 4:12). A los pastores no les son dados los rebaños de modo que tengan una sociedad admirable sino para que los pudiesen guiar en los caminos de Dios. Es una lección dura pero vital – no podemos complacer a todo el mundo. No podemos ser lo que todo el mundo quiere que seamos. Hacer esto nuestra meta es abandonar nuestra misión la cual es complacer a Cristo (2 Cor. 5:9). Hasta que entendamos esto nunca seremos el pastor que Dios quiere que nosotros seamos. En tanto que sea más importante para nosotros ser agradable a las personas que ser aprobado por Dios, nuestro ministerio será innecesario.

Hace más de 20 años atrás leí un artículo por Steve Brown facultado “Developing a Christian Mean Streak” (Desarrollando un Carácter Duro Cristiano) [1] que tuvo un impacto profundo en mi vida. Justamente había experimentado el tiempo más difícil en mi ministerio, un tiempo de murmuración, calumnia y pecado puro de parte de algunos, lo cual condujo a una división y daño espiritual para muchos. Yo, junto con la mayor parte de nuestros líderes, tuvimos que tomar una postura fuerte en contra de este grupo divisivo. Esta acción no fue sólo algo correcto de hacer sino que finalmente resultó un bien para nuestra iglesia. Sin embargo, tenía dudas persistentes acerca de algunos de los pasos difíciles que habíamos tenido que tomar, y me sentía lleno de remordimiento acerca de cosas que yo sabía bíblicamente y racionalmente habían sido tratadas correctamente. La lectura del artículo de Brown reforzó lo que sabía que era verdad al hablar de la devastación en las iglesias causadas por un liderazgo débil. Todavía recuerdo que él desarrolló un acróstico que deletreaba WIMP [Acobardar] para describir su enfoque para pastorear. El mensaje de Brown en esencia era que los pastores necesitan atrevidamente llevar la delantera y no ser, bien, los débiles.

Con disculpas para el Sr. Brown, me gustaría probar de mi mano en un acróstico que creo grandemente auxiliará a los pastores al afrontar los desafíos y ataques inevitables que vendrán. Mi acróstico es DURO [MEAN en inglés] y, aunque al principio éste podría sonar exagerado, creo que la aplicación de los siguientes principios hará mucho para mejorar y proteger el ministerio pastoral.

Hable en Serio con la Palabra de Dios
La mayoría de los pastores conservadores pasan horas cada semana estudiando la Palabra para los sermones y diversos estudios bíblicos. Sinceramente creen que las Escrituras son inerrantes, infalibles y necesarias para la salvación y la vida piadosa. Pero en lo que se refiere a los problemas verdaderos de la vida y la solución de conflictos a menudo dejan las enseñanzas de la Escritura en la puerta. Creen en la inspiración de la Palabra pero no en su suficiencia. Creen en sus principios pero no en su autoridad. Creen en su utilidad pero no en su poder. Cuando un asunto surge entre miembros en el cuerpo humano, las verdades de Escritura son tratadas como sugerencias en vez de mandatos. Que Dios haya provisto a través de la Palabra todo lo que necesitamos para corregir tales asuntos parece saltarse de las mentes aun de los líderes y pastores piadosos. Las ideas basadas en la psicología, el sentido común o el último manual auto-ayuda fragua las enseñanzas evidentes e inalterables de Dios. El resultado es a menudo una contienda general de opinión, acusaciones de “él dijo-ella dijo”, sentimientos dañados y división. Todo esto es evitable (a menos que existan asuntos serios de doctrina o moral en juego) con simplemente poner en juego los principios que el Señor tan bondadosamente ha provisto.

Por ejemplo, abajo hay algunas enseñanzas simples en la Palabra diseñadas para evitar y resolver conflictos que inevitablemente levantarán sus cabezas de vez en cuando en cualquier iglesia. Cada líder de la iglesia necesita estar bien versado en estas verdades:

· El Nuevo Testamento habla de la gran obligación y el privilegio de ser un pastor de la viña del Señor (1 Ped. 5:1-4; Hechos 20:28). Los ancianos deben aspirar al cargo (1 Tim. 3:1), no podrán ser forzado a hacerlo. Y deben tomar en serio las responsabilidades del oficio (Heb. 13:17).
· Una de las áreas en las cuales los ancianos guían al pueblo de Dios es unidad (1 Cor. 1:10; Fill. 2:1-2; 4:2-3). Los redimidos de Dios no gravitan naturalmente hacia la unidad. Tienden a encontrar formas para reñir por tonterías, lastimar sus sentimientos y arremeter contra quienes los ofenden de manera que causan división. Necesitan un liderazgo que les enseñará el enfoque y el modelo bíblico para los conflictos.
· Una de las formas en las cuales en que se rompe la unidad del cuerpo humano es a través de palabras de murmuración y calumnia. Nuestro Señor estaba delante de la curva cuando advirtió en Proverbios 10:18 que un necio propaga calumnias. Proverbios 16:28 y 17:9 son claros en que la calumnia separa a los amigos cercanos (17:9), pero Proverbios 18:17 demuestra que la murmuración pierde la mayor parte de su poder cuándo la otra parte de la historia es buscada y escuchada. Proverbios 20:19 va tan lejos en lo que se refiere a mandar que no nos asociemos con murmuraciones. Éstas son verdades sabias y valiosas que debemos incorporar en la vida de la iglesia.
· Dios sabía que los pecados de diversa índole surgirían dentro del cuerpo y da instrucciones de cómo deben ser manejados. Cuando se halle conflicto/calumnias /conflicto/maldad entre creyentes hay pasos evidentes en relación a como tratar con ellos: Mateo 18:15-17 nos ordena a comenzar con la confrontación privada, seguida por la reprensión en grupo pequeño y luego la disciplina de la iglesia. Pero siempre recuerde que la meta de este proceso es el arrepentimiento (Lucas 17:3) conducir al perdón y finalmente a la reconciliación (Lucas 17:4). Constantemente deberíamos recordar que somos una comunidad de gracia y por lo tanto un pueblo que perdona. Nadie vive una vida perfecta y cuando fallamos cada quien debemos buscar la reconciliación sobre la base de la gracia. Por eso buscamos cada oportunidad para mostrar bondad, generosidad y perdón (Efes. 4:32), pues las alternativas son ira, amargura (Efes. 4:31) y división (Heb. 12:15).
· El Señor también reconoció que los ataques de Satanás serían especialmente dirigidos hacia el liderazgo de la iglesia. Si Satanás puede derribar un anciano o plantar semillas de duda en las mentes de las personas, puede causar un gran daño en el cuerpo. Por eso la congregación debe ser enseñada en las instrucciones especiales que Dios ha provisto referente a los ancianos. Primera Timoteo 5:19 nos dice a nosotros que no recibamos una acusación en contra de un anciano excepto sobre la base de dos o tres testigos. Se sobreentiende que estos testigos estén dispuestos a hacer acusaciones públicas, no a orquestar una campaña de difamación.
Estas sencillas instrucciones, si se siguen, en gran medida reducirían la fricción encontrada en muchas iglesias y así mejorarán así los ministerios de las iglesias. Sin embargo, muchas iglesias y sus líderes se comportan como si Dios nunca anticipó tales problemas y no tiene nada que ofrecer en forma de solución.

No se debe permitir a los enemigos definir el ministerio
Utilizo el enemigo en sentido amplio ya que creo que la inmensa mayoría de los alborotadores en cualquier iglesia son lo que un autor describió como: “dragones bienintencionados”. Es decir, no se ven así mismos como personas difíciles, usualmente no tienen la intención de exigir mucho, y se visualizan así mismos como parte de la solución y no parte del problema. Lo que los establece como enemigos no es necesariamente sus intenciones (las cuales pueden ser buenas) sino su ignorancia de, o la negativa a de someterse ellos mismos, al acercamiento de Dios tal y como se describe en la Palabra. Abandonando la metodología bíblica aplican un enfoque que no está admitido por Dios y tiene consecuencias resultantes. Se convierten en enemigos, no tanto del pastor, sino del camino de Dios. Si a estas personas se les impide el control de la iglesia, pero no son corregidos bíblicamente, resultarán irritaciones dentro del cuerpo. Se quejarán, se quejarán y susurrarán en un intento de ganarse a unos cuantos más para su causa. Pero peor aún, si tienen permiso de salirse con la suya, definirán el ministerio local de la iglesia y esto en una manera no bíblica.

El problema es que la mayoría de líderes de la iglesia quieren evitar el conflicto a toda costa. No fueron atraídos al liderazgo de la iglesia para “librar batalla” sino para ayudar a la gente. Lo que no saben es que la batalla es un ingrediente crucial en ayudar a la gente y, cuando aparecen situaciones difíciles, buscan formas para eludir el problema. A menudo los líderes inexpertos se oyen diciendo, “puede que se disipe.” Sin embargo, en vez de disiparse, los problemas se vuelven arraigados. Después viene la tentación a ceder. Cada vez más iglesias están dirigidas por aquellos que están dispuestos a gritar fuerte y a causar la interrupción más grande. Por supuesto tales personas, controladas por su carne en vez de por el Espíritu, son las últimas personas que deberían conducir la iglesia. El hecho simple es que alguien dirigirá en cualquier asamblea local. Debería ser el pastor y los líderes señalados, pero si tienen pocos deseos de cumplir con su descripción del puesto bíblico alguien más entrará en la brecha. Los pastores que cumplen el papel que Dios les ha dado no se escapan del campo de batalla o dan la victoria a los enemigos.

Siempre recuerde quién es su Amo
El pastor que trabaja para el pueblo y no para el Amo está en el capricho de cada voz en la congregación. Si bien es sabio escuchar los pensamientos del pueblo de Dios, y de hecho gran parte del valor es a menudo obtenido de ese modo, sólo una voz debe ser obedecida. Una iglesia no debe ser modelada del patrón de las mentes de los hombres. Dios ya ha diseñado Su iglesia; no es nuestra tarea volver a pensar la iglesia (como muchos lo están pidiendo hoy) sino desarrollar el paradigma de Dios. Creo que Efesios 4:11-16 establece el plan del Señor para Su iglesia quizá mejor que cualquier otro sitio en la Escritura. Allí nos encontramos con que Dios ha dado a Su iglesia especialmente hombres dotados para equipar a los santos a fin de que pudiesen hacer la obra del ministerio y a su vez edificar el cuerpo de Cristo. Deshacerse de este modelo bíblico para uno del buscador-sensible, o uno Emergente, o uno de la siguiente moda pasajera que aparezca, o a los caprichos de un grupo divisivo en la congregación, es descartar la voz del Amo.

Recuerde que si usted reclutó a 100 que lo conocen bien y han evaluado honestamente su vida cuando la ven, 100 personas estarían equivocadas en grados diversos. Sólo Cristo sabe quiénes somos en el centro de nuestro ser, sólo Su evaluación está en lo correcto, y sólo lo que El piensa finalmente tiene importancia. Nuestra tarea es vivir para complacerle a El (2 Cor. 2:9) y no a nuestra congregación, a nosotros mismo o al último gurú impresionando a cristianos por el momento.

Nunca abandone a las ovejas a los lobos
Por mucho que aprecié el artículo de Steve Brown, una cosa me entristeció. Él dijo que tenía una carta de renuncia archivada todo el tiempo y estaba dispuesto a utilizarla. Si bien hay un tiempo para renunciar a un ministerio, ahora muchos pastores jalan el gatillo demasiado rápido. La mayoría abandonan el campo de batalla durante el calor del conflicto, sólo para mudarse a otra iglesia en la cual el conflicto eventualmente erigirá su cabeza fea. Nunca se debe olvidar que el conflicto es simplemente inevitable; lo que importa es cómo se maneja. Pero dejar a las ovejas, durante el mismo calor de batalla, a merced de lobos, simplemente no dice mucho en favor del pastor. Tal maniobra puede dar un respiro temporal al pastor, pero normalmente no se hará nada por la iglesia local excepto el permitir a las personas equivocadas tomar el control e infligir más daño. He determinado, por la gracia de Dios, que nunca abandonaré a las ovejas cuando más me necesiten. Si dejara mi ministerio presente, estaría durante un tiempo de paz relativa y prosperidad espiritual, no cuándo los lobos van a toda prisa a salvar las ovejas.

Un poco de Rasgo DURO, como es descrito arriba, llegaría muy lejos hacia la creación de más iglesias piadosas y bíblicas, y alentaría a los corazones de un buen número de pastores durante el proceso.

[1] Steve Brown, “Developing a Christian Mean Streak,” Leadership (Vol. VIII no. 2), Spring 1987, pp. 32-37

http://evangelio.wordpress.com/2009/11/10/pastoreando-con-ambos-ojos-abiertos-1-parte/