Diseño inteligente- El desafío bioquímico a la evolución darwiniana

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Disensión natural: La Ética de la biología de la evolucionista. Por Ron Osborn

00:06 15/02/2010,Ojo Adventista
Es probable que alguien que visitara el campo en Nueva Inglaterra y se detuviera a pedir a un nativo que le indicara el modo de llegar a un lugar determinado pudiese recibir la inquietante respuesta: «Forastero, desde aquí no podrá llegar allí». Evidentemente, la dura réplica es una falacia y el viajero extraviado insistiría en que siempre es posible llegar a cualquier parte desde cualquier lugar. Aun así, antes de indicar el camino correcto, el obstinado yanqui declararía solemnemente que para llegar a ese lugar es preciso empezar en algún otro lugar.

En el trabajo que sigue adoptaré el punto de vista de Nueva Inglaterra en referencia a un terreno filosófico particularmente escabroso: el terreno de la biología evolucionista. Mi principal preocupación es el significado de la selección natural para el razonamiento moral y ético y, en este punto, argumentaré, la sabiduría yanqui es de una veracidad abrumadora: No se puede llegar ahí desde aquí; es preciso empezar en algún otro lugar. Para quienes toman la teoría de Darwin como punto de apoyo, mi tesis se puede resumir por la antigua advertencia de los cartógrafos: «¡Cuidado! Más adelante hay dragones».

Quizá el mejor punto de partida que podemos escoger es lo que Darwin dijo en realidad. En líneas generales, en primer lugar comentaré el modo en que las ideas sobre moralidad de Darwin surgieron a partir de su teoría general de la selección natural. El siguiente paso será mostrar cómo esas ideas de Darwin recibieron la influencia de la filosofía ética del utilitarismo e interactuaron con ella. Después discutiré la llamada “falacia naturalista” –la imposibilidad de inferir valores a partir de hechos– y mostraré cómo esta imposibilidad frustró en sus inicios el romance entre el darwinismo y el utilitarismo. En este punto discutiré la ética de Friedrich Nietzsche, cuyo nihilismo, según algunos eruditos insisten en afirmar, no se puede vincular con las teorías de Darwin, mientras que otros creen que son la conclusión lógica de El origen del hombre. A partir de aquí veremos cómo algunos evolucionistas han intentado evitar las implicaciones nihilistas de la selección natural, adoptando una dicotomía hechos-sentido insostenible que no resiste el más mínimo examen. Finalmente, destacaré el cuestionable estatus de la selección natural como ortodoxia intelectual y el irónico manto de heterodoxia que ahora cubre a todos aquellos que persisten en sostener las antiguas tradiciones.

La teoría de Darwin revisitada

La teoría de Charles Darwin sobre la selección natural se inspiró, principalmente, no en sus observaciones del mundo natural, sino en la teoría de la escasez de Thomas Malthus. Según su Ensayo sobre el principio de la población, publicado en 1798, Malthus afirma que, de no ser porque las guerras, las hambrunas y las enfermedades lo limitan, el crecimiento de la población humana se daría en progresión geométrica hasta el agotamiento de los recursos alimentarios.1 Darwin quedó profundamente impresionado por la tenebrosa premonición de Malthus y consideró que tenía una importancia extensible a todos los organismos. En El origen de las especies escribió: «…todos y cada uno de los seres orgánicos puede decirse que están esforzándose hasta el extremo por aumentar en número». Unas líneas más adelante escribiría: «Disminúyase cualquier obstáculo, mitíguese la destrucción, aunque sea poquísimo, y el número de individuos de la especie crecerá casi instantáneamente hasta llegar a cualquier cantidad».2

El sufrimiento, la destrucción y la muerte se convertían, así, en las herramientas de tría que permitían la supervivencia de los organismos más fuertes y mejor adaptados.

En estas circunstancias, Darwin imaginó que cualquier ventaja que un organismo tuviera sobre otro, por ligera que fuera, sería crítica para su éxito, a la vez que burlaría la persecución de sus enemigos. Creía que el mecanismo mediante el cual surgían las adaptaciones competitivas en la naturaleza, eran las mutaciones aleatorias. El azar en estado puro confería ventajas impredecibles en la descendencia de algunos organismos. Los productos de esa fortuna indiscriminada se conservaban a lo largo de generaciones según la salvaje ley del interés propio en la lucha por los escasos recursos. Mediante la acumulación a lo largo del tiempo de nuevas modificaciones, algunas criaturas evolucionaban y se diversificaban, mientras que los organismos que no conseguían mantener el ritmo en la carrera armamentística mutacional eran aplastados hasta la extinción por sus competidores más hábiles o fieros.

El origen del sentido moral, según se sigue lógicamente, fue sencillamente otra adaptación destinada a asegurar la supervivencia humana; su estatus estaba totalmente relacionado con la función que desempeñaba. En El origen del hombre, publicado en 1871, Darwin expuso claramente este hecho y puso de relieve cómo, mediante las presiones selectivas, las emociones, la sociabilidad, la moralidad y la religión surgieron como subproductos de la necesidad biológica.

Según Darwin, los instintos sociales inducen a los animales a prestarse valiosos servicios mutuamente, desde los babuinos que se asean unos a otros hasta los lobos que cazan en manadas. Por norma, cuanto mayor es la colaboración entre los miembros de una comunidad, mayor es su descendencia. Sin embargo, el grado en que las criaturas pueden llegar a comprometerse en tales actos de altruismo viene estrictamente determinado por su capacidad de comunicación efectiva. En el caso de los seres humanos, las formas de cooperación más elaboradas aparecieron como resultado del desarrollo del lenguaje. A medida que los deseos de la comunidad conseguían ser expresados con mayor precisión, creía Darwin, «la opinión común acerca de cómo debe concurrir cada miembro a favor del bien público será naturalmente la norma principal de las acciones».3

Una vez que se hubieron forjado los primeros eslabones de la cadena de cooperación, las sensaciones de placer generadas por el éxito de la cooperación con el grupo, así como por el contrario el sentimiento de tristeza y dolor causado por el ostracismo y el rechazo, reforzaron los instintos sociales. Darwin escribió: «[L]os individuos que perciben mayor placer en estar reunidos pueden escapar mejor a los peligros, mientras que en los que se cuidan menos de sus compañeros y son más amantes de la vida solitaria, la mortalidad es mucho mayor». De ese modo, las empatías grupales son tan fuertes que el mero hecho de ver el sufrimiento de otra persona puede generar sentimientos de sufrimiento en los que presencian el hecho. Darwin afirma que nos vemos «por consiguiente impelidos a aliviar los ajenos sufrimientos, con el fin de aliviar al propio tiempo el sufrimiento de tristeza engendrado por el espectáculo de desgracia.»4 Por lo tanto, el valor, la honradez y la compasión serían, según Darwin, un desarrollo del instinto y un interés propio cuidadosamente enmascarado.

La ética de Darwin

Sin embargo, el vacío de moralidad que resulta no provocó la desesperación de Darwin y sus colegas. Las críticas a la teoría de la selección natural la acusaban de inspirar una ética elitista según la cual “la fuerza da el derecho”. Sin embargo, esto no se aleja más de la verdad que incluir la cooperación y la empatía entre los elementos causantes del éxito biológico de los seres humanos. Así pues, entre los ideales del liberalismo y las leyes de la evolución no existía contradicción alguna. Muchos partidarios de Darwin creían que si de algún modo podía verse su teoría era como la base científica de un neoigualitarismo radical –circunstancia que no pasó desapercibida para Karl Marx, quien dedicó la edición inglesa de Das Kapital a Charles Darwin, aunque este declinara el honor–.5

Los puntos de vista políticos y éticos de Darwin eran a la vez pragmáticos y optimistas y estaban influidos en gran medida por la filosofía de John Stuart Mill. Ocho años antes de la edición de El origen del hombre, Mill publicó El utilitarismo, su famoso argumento a favor de una ética universal basada en cálculos sobre el bien común. Mill escribió: «El credo que acepta la Utilidad o Principio de la Mayor Felicidad como fundamento de la moral, sostiene que las acciones son justas en la proporción con que tienden a promover la felicidad; e injustas en cuanto tienden a producir lo contrario de la felicidad».6 Ello no significaba que los individuos fuesen libres de satisfacer sus deseos personales con completa despreocupación por los otros miembros de la sociedad, porque la máxima felicidad, por definición, incluía el placer y el dolor de todos los seres humanos e incluso de «toda la creación consciente». Por lo tanto, todo el campo de la investigación ética quedó reducido a una única pregunta: ¿Cuál es la acción que incrementa en mayor grado tanto la cantidad como la calidad de la felicidad total de la raza humana?

Ese tipo de cálculos dejaba claramente abierta la puerta a los actos de heroísmo y abnegación; si bien tales acciones solo se consideraban virtuosas en el caso de que contribuyeran al éxito del grupo. En palabras de Mill, «la moral utilitarista reconoce al ser humano el poder de sacrificar su propio bien por el bien de los otros. Solo rehúsa admitir que el sacrificio sea un bien por sí mismo. Un sacrificio que no aumenta ni tiende a aumentar la suma total de la felicidad, lo considera desperdiciado».7

En términos darwinistas, la “felicidad” es un estado químico o psicológico que la naturaleza ha seleccionado para reforzar un comportamiento biológico de éxito (Robert Wright dice que «las emociones no son otra cosa que los ejecutores de la evolución»).8 La transición de la declaración de hechos sobre la «cantidad total de descendencia» de Darwin al juicio de valor sobre la «suma total de felicidad» de Mill, por lo tanto, se produciría prácticamente sin fisuras. Darwin escribió que, después de la formación de los instintos sociales, «el principio de la mayor felicidad debió convertirse en guía y fin secundario de la mayor importancia».9Esto implica que la moral utilitarista es la única moral válida bajo las leyes de la evolución.

En la Inglaterra de mediados del siglo XIX, la ética utilitarista estaba estrechamente vinculada a la doctrina del progreso. Mill creía que la aplicación amplia de esta filosofía a la sociedad, llevada a cabo mediante presión política y legal, conduciría a la total eliminación de la infelicidad. Mill escribió:

«Los mayores males del mundo son de suyo evitables, y si los asuntos humanos siguen mejorando, quedarán en cerrados al final dentro de estrechos límites. En cuanto a las vicisitudes de la fortuna y demás contrariedades inherentes a las circunstancias del mundo, son principalmente el efecto de dos graves imprudencias: el desarreglo de los deseos y las condiciones sociales malas e imperfectas».10

Por lo tanto, la solución al problema del sufrimiento humano reside en la consecución de estructuras políticas y legales guiadas por la razón. Nada hay inherente en la condición humana que niegue la perfectibilidad extrema de la humanidad.

Para Darwin, la selección natural no se basaba en un destino o propósito determinado. Aun así, predijo, la trayectoria de la evolución llevaría a un orden mundial utópico basado en los mismos principios utilitaristas adoptados por Mill. Escribe:

«A medida que el hombre avanza por la senda de la civilización, y que las tribus pequeñas se reúnen para formar comunidades más numerosas, la simple razón dicta a cada individuo que debe hacer extensivos sus instintos sociales y su simpatía a todos los que componen la misma nación, aunque personalmente no le sean conocidos. Una vez que se llegue a este punto, existe ya solo una barrera artificial que impida a su simpatía extenderse a todos los hombres de todas las naciones y de todas las razas. […] Nuestras simpatías, al hacerse más delicadas y extenderse por mayor esfera, alcanzan, por último, a todos los seres sensibles».11

De este modo, el grado de moralidad transmitido por herencia aumentaría continuamente hasta que los seres humanos llegaran a rechazar «costumbres funestas y vanas supersticiones»; y se tratarían mutuamente de acuerdo con la regla de oro de Cristo, más por causas naturales que por razones espirituales. La prolongada oposición de Darwin a la esclavitud es quizá la mejor ilustración del espíritu humanístico que acabaría por caracterizar la sociedad. Con su declaración no hacía más que apresurar lo inevitable.

Los historiadores de la ciencia discuten frecuentemente la teoría de los orígenes de Darwin como un desafío al relato de la creación del Génesis. Sin embargo, la consideración que se otorga al darwinismo como profecía, como el nuevo Apocalipsis, es, de largo, mucho menor. No obstante, en la economía de la fe la evolución funcionaba no como una conjetura científica sobre el pasado, sino como una reformulación secular de la escatología cristiana tradicional. La naturaleza, «de diente y garra ensangrentada» según las famosas palabras de Alfred Lord Tennyson, al final vendría a redimir a la humanidad con sus actos más íntimos. «Mirando a las generaciones futuras, «no hay motivos para temer que los instintos sociales se debiliten, y podemos esperar que los hábitos de la virtud se robustecerán más y se convertirán quizás en fijos por medio de la herencia. –decía Darwin– En este caso, la lucha entre nuestros impulsos superiores e infe-
riores será menos fuerte y la virtud triunfará».12

La unión

La causa de todos los males de este sueño utópico reside en una única palabra: ‘deber’. A simple vista, la transición desde la declaración de hechos de Darwin al juicio de valor de Mill parece sin fisuras. Solo aparentemente, porque una observación más detenida revela una falacia fatal en el argumento: en un universo puramente darwiniano es imposible hacer juicios de valor. Jamás. Todas las apelaciones a la belleza, al honor, a la justicia, a la compasión o al propósito quedan excluidas por la propia hipótesis, porque no hay ningún modelo por el cual un comportamiento
pueda ser juzgado positiva o negativamente.

A este respecto, los preceptos éticos carecen de significado intrínseco o influencia en la conducta humana, son simples hechos adicionales de la selección natural que deben ser catalogados junto con los espolones fuertes o los dientes afilados. Si algo parece bueno o malo en sí mismo solo es debido a que, por lo general, lo que parece correcto favorece a los seres humanos en su lucha por la supervivencia. Si un rasgo moral dejase de cumplir su función biológica, la moralidad simplemente «evolucionaría» –un eufemismo para decir que las éticas caducas están abocadas a la extinción–. Como alternativa, los individuos pueden conservar un código de conducta moral estéril desde el punto de vista adaptativo, pero se trataría de una mera reliquia de sus ancestros biológicos –un apéndice del alma–.

En su tratado clásico sobre la educación liberal, The Abolition of Man, C. S. Lewis expuso la futilidad de cualquier sistema ético basado en estas premisas. Según dicen los evolucionistas, los valores son máscaras del interés propio y la necesidad biológica. Por lo tanto, nos es preciso aprender a evaluar de manera crítica todas las pretensiones de bondad valiéndonos de la lente de la razón. Sin embargo, Lewis pregunta: ¿Qué sucede con los valores de nuestros educadores? «Su escepticismo al respecto de los valores es superficial y lo ejercen con respecto a los valores de las otras personas. Pero por lo que a su escala de valores se refiere, apenas sí se muestran escépticos».13 Considérense los gemidos de indignación que emitirían los científicos que escriben sobre la soberbia de todo el comportamiento humano si alguien sugiriera que su propia profesión se basa en las normas del limitado interés propio que no tienen nada que ver con la razón. Considérese, sino, la ética utilitarista que tan a menudo invocan los científicos.

Los sociobiólogos declaran que el valor “real” de una conducta aparentemente virtuosa reside en la utilidad de dicha conducta para la comunidad. Un bombero que valientemente se sacrifica para salvar a otros es loado por haber servido al bien común. Decir que la muerte de un individuo servirá al bien de la comunidad, no obstante, es decir, meramente, que la muerte de unas personas es útil para otras. Así las cosas, ¿cuáles son las condiciones que determinan que un individuo deba morir por otros? El rechazo del propio sacrificio no es, sin lugar a dudas, menos racional que el consentimiento.

En sentido estricto, Lewis indicaba que ninguna elección puede ser calificada, en absoluto, de racional o irracional. «Únicamente desde las proposiciones sobre los hechos no se pueden extraer conclusiones prácticas. El conservará la sociedadno puede conducir al hazlo excepto en el caso de que medie el la sociedad debe ser conservada».14 Pero sin la reinstauración de los ideales trascendentes eliminados por la selección natural, ¿de dónde surge la idea de que se debe conservar la sociedad?

La ética darwinista no puede apelar a la bondad intrínseca de la sociedad –ni tan siquiera de la vida– porque entonces virtudes como la justicia y la compasión también serían susceptibles de ser consideradas buenas en ellas mismas, con independencia de su utilidad. El materialismo filosófico –ese portero huraño de la fiesta de la investigación científica– debe impedir el paso a todos los debe que no lleven su tarjeta de presentación.

Al fin y al cabo, nos hemos quedado con una concepción de la moralidad basada no en la razón, sino en el mero hecho de los instintos. Los seres humanos se sacrifican por el bien de la especie, no por algún propósito último, sino por obediencia a sus naturales pasiones. Si podemos exagerar tales pasiones en un grupo determinado mediante la ficción de unos valores, será mucho mejor para el resto. Mientras tanto, para aquellos de nosotros que “sabemos” todos los antiguos tabúes acaban por caer. Puesto que carece de sentido, podremos evitarlo si encontramos a otros que puedan correr con la tarea. Puesto que es instintivo, podemos satisfacer el deseo sexual siempre que no ponga en peligro la especie. Aunque sea útil y práctica, podremos obviar la vida del individuo, o incluso desecharla, siempre que no sirva a los intereses del grupo.

Darwin lo entendió perfectamente. Apesar de que no era inmune al espíritu utópico de su época, también vio que su teoría, de hecho, no dejaba espacio para ningún tipo de moralidad. Solo podía describir las conductas generadas por los instintos o los deseos súbitos. En El origen del hombre escribió: «La imperiosa palabra deber parece que meramente implica la conciencia de la existencia de una regla de conducta, sea cual fuere el origen de donde se derive».15 Con antelación, en El origen de las especies, había elogiado a la reina de las abejas por su «odio instintivo salvaje» hacia sus descendientes fértiles.16 Ahora admitía de forma implícita que no existía ninguna diferencia esencial entre la moral de las abejas y la moral de los seres humanos:

«Así, para usar un ejemplo extremo, si se reprodujeran los hombres precisamente en las mismas condiciones que las abejas, no cabe la menor duda que las abejas trabajadoras, las hembras no casadas, tendrían por deber sagrado matar a sus hermanos, y que las madres procurarían destruir a sus hijas fecundas, sin que nadie pensase en intervenir».17

Al fin y al cabo, las interferencias no harían otra cosa que dificultar la felicidad total de la colmena.

Así, los evolucionistas, al igual que el Gran Inquisidor de Dostoyevski, han tomado sobre sí el pesado yugo de la verdad por mor de la mayor felicidad. Sabedor de que los hechos de la selección natural podrían llegar a erosionar cualquier base para la moral, el preeminente filósofo evolucionista Daniel Dennett sugiere que podríamos llegar a tener que abandonar el ideal de la “sociedad transparente”, las elites deberían permitirque la comunidad entienda mal qué se dice en realidad.18 En uno de sus cuadernos de notas, Darwin expresó un punto de vista similar:

«[La selección natural] no causará ningún perjuicio porque nadie llegará a estar completamente convencido de su veracidad, excepto el hombre que haya reflexionado mucho. Este sabrá que su felicidad reside en hacer el bien y ser perfecto; por lo que no caerá en la tentación, ya que sabe que, haga lo que haga, no es responsable del daño que pueda causar».19

Robert Wright, en The Moral Animal, interpreta que bien pudiera ser que lo que es bueno para un caballero inglés sea dañino para las masas impresionables. Wright continúa declarando de manera desconcertante que el nihilismo es la ética moral dominante en muchos departamentos de filosofía universitarios y que el responsable directo de ello es Darwin.20 Todas las implicaciones filosóficas de la evolución, afirma, han sido un secreto guardado por los científicos durante mucho tiempo. ¿Deberemos estarles agradecidos por haber guardado silencio por mor de la mayoría? La felicidad total, parece ser, requiere el subterfugio intelectual.

De la razón al nihilismo

¿Qué sucede con los que deciden no participar de la felicidad? Aunque Darwin mismo creía que el utilitarismo era la consecuencia lógica de la selección natural, Mill es tan solo un santo patrón más en el panteón de la filosofía evolucionista. Podemos encontrar otra poderosa visión de la moralidad sobre los conceptos evolucionistas en los escritos de Friedrich Nietzsche.

En su obra capital, Más allá del bien y del mal, Nietzsche declaró que el problema de todas las explicaciones previas de la moralidad residía en que consideraban la moralidad misma como un hecho establecido. Aún, lo que la sociedad percibía como malo originalmente era reconocido como bueno. Lo que la ética tradicional –corrompida por las enseñanzas judeocristianas– condenaba como un vicio eran simples atavismos intemporales de ideales antiguos. En el período premoral (que la mente de Nietzsche asociaba vagamente a la Grecia presocrática) el valor de una acción no venía determinado por los motivos del actor, sino por sus consecuencias. El uso de la fuerza, el engaño y la brutalidad no está cargado con ningún estigma, sino que es una mera expresión de la vitalidad humana. De este modo, la «voluntad fuerte» se valió del dominio de la «voluntad débil» para su propia conservación, mientras que todas las energías efectivas eran «voluntad de poderío».

El período moral marcó una inversión del estado de cosas ya que las acciones pasaron a ser juzgadas por los motivos subyacentes más que por sus resultados. Nietzsche atribuye este reajuste de la psicología humana a la religión, en particular al cristianismo. Escribiría: «“Dios en la cruz”. Nunca ni en ningún lugar había existido hasta ese momento una audacia igual en dar la vuelta a las cosas, nunca ni en ningún lugar se había dado algo tan terrible, interrogativo y problemático como esa fórmula, ella prometía una reevaluación de todos los valores antiguos».21

Ante todo, el cristianismo afirma que todos los individuos son iguales y se pone del lado de los sufrientes. Nietzsche pensaba que esta noción –a la que dio el nombre de «moral de esclavos»– era espantosamente insulsa. Escribió: «Hay en el ser humano, como en toda otra especie animal, un excedente de tarados, enfermos, degenerados, decrépitos, dolientes por necesidad». Al tomar partido por los débiles, el cristianismo causó el «empeoramiento de la raza europea […] hasta que acabó formándose una especie empequeñecida, casi ridícula, un animal de rebaño, un ser dócil, enfermizo y mediocre».22

En oposición a la moral de esclavos del cristianismo, que él consideraba emasculada, Nietzsche proponía una ética del «espíritu libre» en la que la élite noble emprendía un camino de concreción de sus propios proyectos de creación de valores y autocontrol. El modelo nietzscheano requería la «dureza del martillo»23 y el rechazo de la piedad por los otros, por considerarla mórbida y contraria a la virilidad:

«Nosotros opinamos que dureza, violencia, esclavitud, peligro en la calle y en los corazones, ocultación, estoicismo, arte de tentador y diablerías de toda especie, que todo lo malvado, terrible, tiránico, todo lo que de animal rapaz y de serpiente hay en el hombre sirve a la elevación de la especie “hombre” tanto como su contrario».24

Los apologetas de Nietzsche sugieren que su filosofía ha sido objeto de malentendidos y distorsiones. Sin duda alguna. Aun así, los defensores de Nietzsche pasan por alto demasiadas cosas: afirmar que sus ideas no fueron perjudiciales es una traición a la realidad histórica.25
Sugerir que la ética de Nietzsche no se apoya en Darwin es igualmente capcioso. Nietzsche pudo haber leído a Darwin y únicamente se mostró condescendiente con el ingenuo darwinismo social que dominaba en su época. El hecho de que la selección natural permitiera que los débiles, cuando se unen en rebaño y actúan colectivamente, sean capaces de vencer al más poderoso le causaba rechazo. Además, se sentía contrariado por las críticas veladas de una teoría que consideraba que era una amenaza para su propio proyecto de crear una nueva “ciencia” del espíritu libre. Nietzsche plasmó de manera implícita estas significativas diferencias de visión en su diatriba “antidarwinista” Der Wille zur Macht(La voluntad de poder).26
Además, el filósofo Hans Jonas destaca que la conexión del nihilismo de Nietzsche con el impacto del darwinismo es demostrable. «La voluntad de poder parecía la única alternativa que quedaba si la esencia original del hombre se evaporaba en la transitoriedad y el capricho del proceso evolutivo.»27 Era, precisamente, la incapacidad de los optimistas caballeros británicos como Spencer y Huxley, para ver que Nietzsche se burlaba de la vieja moral que había muerto realmente y había desaparecido, no de la noción de moral de Darwin que surgía de las múltiples oportunidades y la lucha por la escasez de medios.
Nietzsche protestaba por las «ideas modernas y plebeyas» e insistía en que la voluntad de poder no se podía explicar en términos materiales.28 Por otra parte, su genealogía de la moral se sustentaba sobre dos ideas, ambas validadas científicamente por la teoría de la selección
natural. En primer lugar, toda existencia debe ser entendida en términos de una lucha constante; en segundo lugar, el mundo natural no tiene significado inherente alguno. Dennett escribe: «Si Nietzsche es el padre del existencialismo, quizá Darwin merezca el título de abuelo».29 Sin la visión del mundo de Darwin, Nietzsche apenas habría gozado de crédito intelectual.

Dennett sigue declarando que la selección natural es el «ácido universal». Corroe radicalmente y acaba por destruir cualquier concepto o creencia tradicional que encuentra a su paso, ya sea que verse sobre cosmología, psicología, cultura humana, religión, política o ética. La selección natural nos pone, de hecho, «más allá del bien y del mal», o así insisten muchos de los intérpretes y defensores de Darwin más ampliamente leídos.

El Dios de Gould

Al final, es posible que descubramos que somos capaces de ordenar nuestra vida a pesar –y no a causa– de lo que creemos que es cierto: que la moral es el mayor engaño de la naturaleza. Los evolucionistas son padres amorosos y ciudadanos de orden. El mismo Darwin fue una de las figuras más decentes y humanas de su época. Pero que da por ver si las reservas morales del instinto humano son más fuertes que el nuevo relativismo de valores. Una visión pesimista es que la cultura occidental, impregnada de indiferencia filosófica y científica por el bien y el mal, está consumiendo rápidamente su herencia de valores, el capital espiritual de su herencia judeocristiana.

Resulta irónico que esta última premonición ya no sea meramente material de trabajo para los teólogos. El objetivo declarado de los sociobiólogos es demostrar que todos nuestros ideales más elevados están basados en impulsos puramente pragmáticos destinados a la autoconservación genética. Aun así, algunos científicos son incapaces o no están dispuestos a rectificar y admitir que la vieja moral es cierta. El paleontólogo Stephen Jay Gould es uno de ellos.
Consciente de la imposibilidad de derivar valores a partir de hechos, ha intentado articular una nueva relación entre la ciencia darwinista y las creencias religiosas. Pregunta si acaso no hay manera de que la selección natural y la religión se puedan definir en términos mutuamente respetuosos y beneficiosos.

Gould propone lo que viene en llamar el “principio de magisterios no solapables” o NOMA[del inglés Non Overlapping Magisteria (N. del T.)]. Según este principio, tampoco es una solución limitarse a poner un mojón en la frontera que separa las ciencias biológicas y sociales –al estilo de “está usted entrando en terreno prohibido”– como Gould y otros acostumbran a hacer. Darwin, así lo hemos visto, fue el primero en extender la lógica de su teoría a cuestiones relacionadas con la religión y la moral. No negamos que se hubiera mostrado más reticente que muchos de los evolucionistas contemporáneos suyos; aunque la necesidad y las consecuencias filosóficas no fueron menores. Según declara Mary Midgley, «la teoría de la evolución no es un fragmento inerte de la ciencia teórica; también es, y esto de manera inevitable, una poderosa leyenda sobre los orígenes humanos.» De aquí se deduce que los científicos que «reclaman un cordón sanitario» que mantenga separados los hechos de los valores, los asuntos científicos de los humanos, estén reclamando algo que es «imposible tanto desde el punto de vista psicológico como lógico».31

Aun así, la apertura de Gould a la religión no es una mera disimulación. La lobotomía evolucionista del alma es la muerte de la bondad. Es más, el traicionero beso del materialismo anuncia la muerte de la razón. Si en nada hay un valor, el pensamiento carece de valor. Según Darwin, observa Jonas, tanto la comprensión clásica del hombre como homo animal rationale y la visión bíblica de la humanidad como una creación a la imagen de Dios están bloqueadas. Así pues, la razón queda limitada a ser uno más entre los medios destinados a la supervivencia del individuo:

«Como una mera habilidad formal, una extensión del ingenio animal, no establece directrices, sino que las sigue, y no es un modelo en sí misma, sino que es medida con modelos externos a su jurisdicción. Si existe una “vida de la razón” para el hombre (distinta del mero uso de la razón), solo se puede escoger la no-racionalidad, puesto que todos los fines se escogen no-racionalmente (caso de ser posible su elección). Por lo tanto, la razón carece de jurisdicción aun sobre su propia elección como algo más que un medio. Pero el uso de la razón como un medio es compatible con cualquier fin, independientemente de su irracionalidad. Esta es la implicación nihilista de la pérdida del “ser” del hombre que trasciende el flujo de progreso.»32

Ningún científico puede tolerar por mucho tiempo que se repudie la mente de este modo, por lo que, de alguna manera, los antiguos valores deben regresar subrepticiamente valiéndose de una puerta falsa. Gould se decanta por la puerta falsa de los sentimientos personales y escribe sobre la riqueza del Réquiem de Berlioz y la bondad del béisbol. El emotivo poder de la música y el juego, sugiere, nos basta para sostenernos en nuestro deambular por el desierto factual. Para que no insistamos en la necesidad de una lógica más rigurosa nos desorienta con el uso de una jerga difícil de entender («La ciencia y la religión se interdigitan según modelos de compleja digita-
ción en todos los grados fractales de autosimilitud»).33
Wright, sin embargo, intenta reclamar la moral tradicional mediante su parecido con la razón, diciendo que Cristo y Buda fueron los mayores gurús de la autoayuda. Pero esta búsqueda de la antigua sabiduría es fútil. Los evolucionistas han cortado de raíz la rama de la que se habían colgado. Lewis predijo las contorsiones que la educación debería llegar a hacer para acomodarse al molde materialista.

«Con una especie de horrenda estupidez, eliminamos el órgano y exigimos su función. Formamos hombres sin aliento y esperamos que sean virtuosos y emprendedores; nos burlamos del honor y nos sorprende que en nuestro medio haya traidores; castramos al semental y luego le exigimos
descendencia.»34

Vieja y nueva ortodoxia

¿Qué diremos de las pruebas? Muchos insisten que aquí está el meollo de la cuestión. Quizá nos disgusten las implicaciones filosóficas de la selección natural, pero, con todo, debemos responder por los datos factuales de manera intelectualmente honrada. Así las cosas, ¿qué alternativas nos quedan? Para muchos científicos y educadores no hay otra. La honradez intelectual fuerza la aprobación de la evolución según las directrices de Darwin puesto que las explicaciones materialistas son, por definición, las únicas racionales. Se nos dice que la selección natural quedó validada por individuos que perseguían metódicamente una vía empírica irrefutable. Por lo tanto, la veracidad del darwinismo es evidente en sí misma para cualquiera que haya peregrinado al museo adecuado para contemplar los huesos sagrados.

Por desgracia, este relato del éxito de Darwin, por más que se crea sinceramente o se haya esparcido ampliamente, se basa en una idea capciosa, en concreto, que el materialismo es un sistema de valores neutros para la interpretación de los datos factuales. El examen de los desafíos científicos que se presentan a la selección natural escapa al ámbito de este artículo (y a las capacidades del autor). Aun así, no es preciso ser un experto para detectar cierta palidez enfermiza, un resplandor extraño e insano, en declaraciones como la que el biólogo de Harvard Richard Lewontin expresa sobre la relación que existe entre las pruebas empíricas y la teoría de Darwin: «Nuestra disposición a aceptar las afirmaciones científicas que son contrarias al sentido común es la clave para entender la lucha real entre la ciencia y lo sobrenatural». Y continúa:

«Tomamos partido por la ciencia a pesar de la absurdidad patente de algunas de sus deducciones, a pesar de su fracaso en el cumplimiento de muchas de sus extravagantes promesas de salud y vida, a pesar deque la comunidad científica tolere historias infundadas, porque tenemos un compromiso previo con el materialismo. No es que los métodos y las instituciones de la ciencia nos fuercen de algún modo a aceptar una explicación material del mundo de los fenómenos, sino que, al contrario, nuestra adscripción previa a las causas materiales nos empuja a crear un aparato de investigación y un conjunto de conceptos que generen explicaciones materiales, por más que sean contrarias a la intuición, por más que desorienten a los no iniciados. Además, el materialismo es absoluto porque no podemos permitir que Dios cruce la puerta».35

La inferencia no puede ser más clara. Cuando los evolucionistas nos dicen que aceptemos alguna «historia infundada», a pesar de todas las razones que la contradicen, las pruebas y el sentido común, es claro que ya no están interesados principalmente en descubrir la verdad.

Su mayor objetivo es inculcar a los «no iniciados» el arcano de una ortodoxia religiosa muy específica.36 La palabra que define tal práctica religiosa es ‘fundamentalismo’.

Tomemos, pues, las pruebas empíricas reales en su justo valor. Los homínidos de aspecto humanoide, con un cerebro de escaso volumen existieron, en apariencia, durante tres millones de años. Entonces, ¿cómo se relaciona este hecho con el mecanismo de la selección natural de Darwin, el único que actualmente se admite en el discurso científico? ¿Cuáles son las dimensiones éticas de la teoría de Darwin según se relaciona con el desarrollo humano? ¿Cómo debemos entender la persistente conexión entre el darwinismo y el nihilismo en el campo de la filosofía? ¿Cuáles son las implicaciones sociales y políticas de ver el mundo a través de los ojos de Darwin, a través de la lente del materialismo filosófico? Las representaciones de los libros de texto del “hecho” de la selección natural han sido menos que las predicciones de que tal problema exista. El punto crucial del dilema es, según parece, que o los evolucionistas niegan el hecho de la moral o abandonan el materialismo como el paradigma que explica la naturaleza y los orígenes de la humanidad y muchas otras cuestiones colaterales. Muchos no están dispuestos a tomar una decisión tan valiente y, en su lugar, se limitan a no afrontar los problemas. Con todo, los problemas, como la abundancia de fósiles en la columna geológica, subsisten.

Permítaseme una última palabra sobre el Génesis y el pensamiento mitológico. A lo largo de este artículo he argumentado que la teoría darwinista es un callejón sin salida altamente corrosivo, pero no he dicho casi nada al respecto de cualquier otra vía alternativa o sobre mis propias creencias sobre los orígenes humanos. De hecho, puede haber numerosas respuestas alternativas dignas de ser exploradas, desde la teoría de la ley natural cristiana hasta la metafísica aristotélica. Estoy abierto a cualquier visión que se pueda extraer de todas ellas. Tampoco dudo que el mismo darwinismo puede enseñarnos alguna verdad; la selección podría explicar perfectamente la mayoría de la diversidad biológica. Un no-materialista, indicó G. K. Chesterton, puede admitir sin problemas una gran cantidad de desarrollo natural de acuerdo con las leyes físicas en su visión del mundo –solo el materialista puritano es incapaz de permitir que una mota de sobrenaturalidad manche su máquina impoluta–.

Sin embargo, mi propia herencia y mis estudios me han conducido a una posición que, probablemente, se pueda describir como “creacionista”. Uso la palabra con deliberación, aun a pesar de su desprestigiado pedigrí, no porque yo suscriba el literalismo encorsetado en la lectura de la Biblia, sino porque no puedo encontrar progreso alguno en la dicotomía hechos-sentido presentada por Gould y adoptada por los llamados teólogos del “proceso” tales como Reinhold Niebuhr (de cuya teología Stanley Hauerwas, con un efecto agradable pero devastador en sus últimas consecuencias, remonta los orígenes a Darwin pasando por William James).37 O la historia de la creación bíblica, en contraste con otros mitos de la creación, describe los contornos de un acontecimiento real o es una metáfora falsa, pura palabrería vacía. La historia, lo que ha sucedido en el continuo espacio-tiempo, tiene su importancia. Y tiene importancia no por nuestros pensamientos, sino por nuestros sentimientos, nuestras relaciones, nuestros valores y nuestras acciones.

La posición que defiendo está próxima, creo, a la de J. R. R. Tolkien, un escritor que entendió a la perfección el mito y la metáfora, y desaprobó el dogma del cientificismo como una Verdad descalificada. En una carta a su hijo Christopher escribió:

«Creo que la mayoría de los cristianos, excepto los más inocentes y faltos de educación o aquellos que han sido objeto de algún otro tipo de protección, se han visto mareados hace ya algunas generaciones por los que se erigen a sí mismos como científicos y han arrojado al Génesis dentro del desván de su cerebro como si se tratara de un mueble anticuado, cuya presencia en la casa resulta un tanto vergonzante cuando acuden visitas jóvenes e inteligentes. Me refiero incluso a aquellos que ni siquiera venden nada de segunda mano o lo queman tan pronto como el gusto empieza a burlarse de ellos. […] Por consiguiente, como tú dices, han olvidado (y me cuento entre ellos) la belleza del asunto aun “como una historia”.»38

Tolkien concluye que quizá la edad de la tierra y el preciso orden y la naturaleza de la creación no queden claros en los dos relatos de la creación del Génesis, pero el huerto del Edén y nuestro exilio solo tienen sentido en la medida en que los aceptemos como hechos históricos.

Fuente: SpectrumMagazine.com
Autor: Ron Osborn
Traducción: Daniel Bosch Queralt – Andrews University Seminary Studies – Ed. esp. Vol. 1, núm. 1 (2008): 271-296
Referencias: 1 Ver HEILBRONER R. The Worldly Philosopher: The Lives and Ideas of the Great Economic Thinkers. 7ª ed. New York: Touchstone Books, 1999, pp. 75-105.
2 DARWIN, C. El origen de las especies. A. Zulueta (trad.). Madrid: Alianza, 2003, pp. 122-123. [Consulta: 15 enero 2007]
3 DARWIN, C. El origen del hombre. Madrid: Edaf, 1989, 5ª edición junio 2001, p. 102.
4 Ibíd., p. 108. La cursiva es nuestra.
5 Ver BURROW, J. W. «Prólogo» de DARWIN, C. The Origin of Species.
6 MILL, J. S. On Liberty and Utilitarianism. New York: Bantam, 1993, pp. 144, 150. (El utilitarismo. [En línea]. [Consulta: 15 enero 2007].}
7 Ibíd.
8 WRIGHT, R. The Moral Animal. New York: Vintage (1994), p. 88.
9 DARWIN, C. El origen del hombre, p. 122.
10 MILL, J. S. Utilitarianism, pp. 153-154.
11 DARWIN, C. El origen del hombre, p. 124.
12 Ibíd., pp. 126-127.
13 LEWIS, C. S. The Abolition of Man. New York: Macmillan, 1955, p. 41. Soy consciente de que Lewis no es un literalista bíblico. Aun así, sus contundentes declaraciones al respecto de la idea de la evolución orgánica no debilitan su crítica a lo que varios han llamado “la ortodoxia darwinista”, “la visión científica” o “el naturalismo moderno”. En su ensayo titulado «Is Theology Poetry?» escribió: «Estoy convencido de que al cambiar el punto de vista científico por el teológico he pasado del sueño a la vigilia. La teología cristiana puede ser adecuada para la ciencia, el arte, la moral y las religiones subcristianas. El punto de vista científico no puede adecuarse a ninguno de ellos, ni siquiera a la ciencia misma». Ver LEWIS, C. S. «Is Theology Poetry?». En: They Asked for a Paper. London: Geoffrey Bles, 1962, p. 211.
14 LEWIS, C. S. The Abolition of Man, p. 41. Énfasis en el original.
15 DARWIN, C. El origen del hombre, p. 118. Énfasis en el original.
16 DARWIN, C. El origen de las especies, p. 279.
17 DARWIN, C. El origen del hombre, p. 102.
18 DENNET, D. C. Darwin’s Dangerous Idea: Evolution and the Meanings
of Life. New York: Simon and Schuster, 1995, p. 509.
19 DARWIN, C., citado en WRIGHT, R. The Moral Animal, p. 350.
20 Ibíd., p. 328. Debemos notar que el propósito de Wright no es criticar, sino defender la visión de Darwin y rescatar la sociobilogía de su exilio en los páramos del discurso académico siguiendo las catástrofes gemelas de eugenesias raciales americana y nazi.
21 NIETZSCHE, F. Más allá del bien y del mal. Madrid: Alianza, 1972, p. 73.
22 Ibíd., pp. 88-90.
23 NIETZSCHE, F. The Portable Nietzsche. Walter Kaufmann, W. (trad.).
New York: Viking, 1954, p. 563.
24 NIETZSCHE, F. Más allá del bien y del mal, p. 69.
25 Ver, p. ej., GLOVER, J. Humanity: AMoral History of the Twentieth Century. New Haven (Connecticut): Yale University, 1999, pp. 11-44.
26 MOORE, J. «Nietzsche’s Anti-Darwin», un estudio presentado en la 11ª Asamblea Anual de la Friedrich Nietzsche Society, Emmanuel College, el 8 de septiembre de 2001.
27 JONAS, H. The Phenomenon of Life. Evanston (Illinois): Northwestern University, 1966, p. 47.
28 NIETZSCHE, F. Der Wille zur Macht, citado en MOORE, J. «Nietzsche’s Anti-Darwin».
29 DENNET, D. C. Darwin’s Dangerous Idea, p. 62.
30 GOULD, S. J. Rocks of Ages: Science and Religion in the Fullness of Life. New York: Ballantine, 1999, pp. 4, 6, 9-10.
31 MIDGLEY, M. Evolution as Religion: Strange Hopes and Stranger Fears. London: Routledge, 1992, p. 1, 15-21. No cabe duda de que, en algún sentido, es posible hablar de algunas materias científicas y religiosas
en las que los respectivos campos de actuación se mantienen en el ámbito de «esferas no solapadas». Aun así, la postura de Midgley es consistente. Solo podemos valorar las cosas en el marco de un contexto factual que haga posible la inteligibilidad de nuestra valoración, mientras que solo es posible entender y ordenar los hechos físicos en un marco de valores y creencias. Por tanto, ni los hechos ni los valores pueden ser concebidos como separados radicalmente. Además, la teoría de la evolución según la selección natural, en sí misma, no es un amasijo desordenado de hechos. Es una conjetura histórica mediante la cual los datos factuales se conectan, se ordenan y se valoran. En otras palabras, es una visión del mundo generada desde el lado de la ecuación en que se encuentran “los valores y el sentido”. El NOMAde Gould dice que todos nuestros problemas desaparecerán cuando aprendamos a considerar más de una visión del mundo a la vez. Por desgracia, este remedio no es más que un pobre placebo cuando la cuestión se centra en el conflicto entre las visiones materialistas y no materialistas.
32 JONAS, H. The Phenomenon of Life, p. 47.
33 GOULD, S. J. Rocks of Ages, p. 65.
34 LEWIS, C. S. The Abolition of Man, p. 35.
35 LEWONTIN, R., citado en BUDZISZEWSKI, J. The Revenge of Conscience. Dallas: Spence, 1999, p. 6.
36 En MIDGLEY, M. Evolution as Religion…, p. 33, leemos el comentario no poco vivaz: «La evolución es el mito de la creación de nuestra época».
37 HAUERWAS, S. With the Grain of the Universe: The Church’s Witness and Natural Theology: Being the Gifford Lectures Delivered at the University of St. Andrews in 2001. Grand Rapids (Michigan): Brazos,
2001, pp. 49, 61, 77-78.
38 TOLKIEN, J. R. R. The Letters of J. R. R. Tolkien. Boston: Houghton Mifflin, 1981, p. 109.

La jirafa tiene un corazón sobrealimentado

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El origen de la vida según la teoría de la evolución

10 Ago 2008

El origen de la vida según la teoría de la evolución

Escrito por: J. Enrique Cáceres-Arrieta el 10 Ago 2008  

 

Si analizamos con seriedad y sin fanatismo la teoría (más que teoría debería llamarse hipótesis por lo poco científica que es y la gran cantidad de dosis especulativa contenida en ella) de la evolución, nos damos cuenta de que contradice categóricamente leyes fundamentales de las ciencias naturales tales como la ley de la biogénesis (la vida surge solo de vida preexistente y perpetuará solamente su propia especie); la primera y segunda de las leyes termodinámicas y otros principios establecidos por estas ciencias, sin olvidar que también va en contravía de la lógica y el sano sentido común. (“¿Con qué se come eso?”, preguntarán los fanáticos del racionalismo y materialismo)

Lo más probable es que poca gente simpatizante y creyente de la teoría de Darwin sepa que la primera crítica que debe hacérsele al darvinismo es que adoptó la premisa incorrecta para estudiar el origen de la vida, aplicando el criterio de la ciencia de las operaciones (estudia causas secundarias que gobiernan la manera en que operan las cosas en forma usual) al estudio de los orígenes; y, además, está en búsqueda de causas regulares y repetidas de hechos que ocurrieron una sola vez. Eso toma por los cabellos las operaciones que funcionan hoy en el mundo para explicar cómo es que el mundo fue por primera vez; cómo se originó. Usando esa metodología arriba a una conclusión previa originada por un proceso, que es precisamente el campo de estudio de la ciencia de las operaciones. Por consiguiente, confunde la realidad al presuponer que los hechos únicos (irrepetibles) y singulares, como el origen del universo y la vida primitiva, deban estudiarse por medio de un proceso regular y repetitivo. Pasa por alto que para entender los orígenes de la vida debemos usar la ciencia de los orígenes (estudia las causas primarias: hechos que suceden solo una vez y carecen de explicación naturalista), no la ciencia de las operaciones. De ahí que filósofos de la ciencia como Popper hayan considerado a la teoría de la evolución un programa metafísico de investigación en lugar del rimbombante título de científica que fanáticos evolucionistas le han adherido.

Además, la teoría de la evolución es solo eso: teoría, suposición, algunas verdades, especulación, hipótesis. Un mito. (Hay quienes consideran a Darwin un genio. Darwin era un joven con muchas dudas y frustraciones al escribir El origen de las especies como se cree admitió siendo anciano) Una teoría irracional y sin fundamento alguno que contiene un sinnúmero de falacias científicas. Quien basado en pocas evidencias construye un edificio corre el riesgo de que tal edificación se venga abajo en cualquier momento. ¿Será por ello que la “teoría” ha sido tan emparchada desde su aparición?

Hemos expresado que mientras una ciencia no pueda formular una ley tiene grandes dosis de especulación; poca es la ciencia y mucha la filosofía. En todo caso, por casi dos siglos hay quienes han enseñado y aún enseñan la hipótesis de la evolución como si fuera ley de la República Científica. Uno de esos fanáticos de la acientífica hipótesis evolutiva fue Ernst Mayr (1904-2005). Fue tan radical y dogmático en sus especulaciones acerca de la filosofía naturalista de la evolución que ha sido considerado “el Darwin del siglo XX”.

Mayr, como otros furibundos evolucionistas, creía que “una persona académicamente educada ya no cuestiona la validez de la tan nombrada teoría de la evolución, la cual nosotros [creyentes de la religión Evolución] ahora conocemos como un hecho seguro”. La afirmación de Mayr además de engañosa es profundamente peligrosa, pues insinúa que por solo hacer una declaración repetidas veces se convertirá automáticamente en verdad sin importar su falsedad, tal cual creía Goebbels. Asimismo, asume como cierto lo que debería demostrar en el laboratorio y nunca se ha hecho. El mito transformista ha sido tan repetido a lo largo de 150 años que muchos lo ha abrazado como cierto sin haber investigado nada a fondo y pasando por alto las serias pruebas en contra.

¿Es la especulación darvinista un “hecho seguro” como suele creerse? Desde hace varios años muchos evolucionistas saben que ello es solo fantasía. Un vehemente deseo. Ojo, para los evolucionistas ateos nadie que rechace las especulaciones del darvinismo es verdadero científico. No sé por qué me parece haber leído eso en algún lado. “Me parece haber visto a un lindo gatito”, dice Piolín del gato que quiere comérselo.

Richard Dawkins, de quien hablaremos y seguiremos haciéndolo por sus radicales, dogmáticas e intolerantes creencias, escribió: “Cuanto más entiendes el significado de la evolución tanto más te alejas de una posición agnóstica y te diriges hacia el ateísmo”. ¡La gran flauta! Si hay alguien fanático, intolerante, irrespetuoso e intransigente con las creencias y religiones, es precisamente Richard Dawkins. Ataca a las religiones y creencias porque para él todas son la “raíz de todo mal”, pero al hacerlo cae justo en lo que con tanto extremismo critica.

Bien expresa Phillip Johnson, “Si los darvinistas mantienen al Creador fuera del panorama tienen que ofrecer una explicación naturalista para el origen de la vida”. No la tienen ni la tendrán porque no la hay. Solo eixsten especulaciones indemostrables. Por tanto, acota Walter I. Bradley, “Hoy hace falta mucha más fe [que la que necesita el creacionista] para ser un científico sincero y ateo”.

La bronca de Dawkins contra Dios y las religiones le impide ver que el meollo del asunto no es si entiendo o no la hipótesis de Darwin, sino si tiene real apoyo y sustento científico. Y, en verdad, está huérfana de ello. Bueno, nunca tuvo madre. Su padre putativo fue Darwin porque ya otros habían pensando en ello antes que él. De igual manera, Darwin jamás fue ateo.

Dawkins, filósofo ateo y proselitista con bata de científico naturalista, también se jacta de ser un “ateo intelectualmente satisfecho”; expresión que más adelante observaremos con detenimiento. Baste apuntar que alguien con honestidad intelectual no puede ser un ateo intelectualmente satisfecho. Como dice mi abuela, “algo hay en el canto de la cabuya”.

Conforme a la tesis de Feyerabend de que toda teoría debe ser juzgada por la experiencia y rechazarse si contradice enunciados básicos aceptados (tal como hace la hipótesis de la evolución con las leyes ya mencionadas y otros principios científicos), dicha propuesta teórica debería ser repudiada porque -agrega el filósofo de la ciencia- “es o bien refutada o tristemente incompleta”.

De igual manera, el biólogo Jonathan Wells sostiene que “como todas las otras teorías científicas [que se ocupa de un tema científico], la evolución darviniana debe ser continuamente comparada con la evidencia. Si no concuerda con la evidencia [casi nunca concuerda], debe ser revaluada o abandonada, de otra forma no es ciencia, sino mito”. Yo no llamaría “teoría científica” al mito evolutivo, pues no llega al nivel de teoría ni es científica, sino que es un mito cimentado en hipótesis indemostrables. Y muchos se han estado convenciendo de ello.

Notemos la ironía: los evolucionistas ateos -autoproclamados científicos- rechazan y ridiculizan lo milagroso o sobrenatural en la narración bíblica de la creación (y escriben que la religión es “raíz de todo mal”. En algo estoy de acuerdo con ellos: el fanatismo religioso, incluido el fanatismo religioso llamado evolución, ha sido y es raíz de muchos pesares). También nos llaman “supersticiosos” y “fundamentalistas” a los que creemos en milagros y en la interpretación literal de la Biblia. Pero aseguran radical, dogmática y paradigmáticamente que el proceso evolutivo, con tiempo suficiente, produce los mismos resultados milagrosos. Esto es, si lo dices tú, es malo, y es superstición. Mas si lo digo yo, es bueno. Es ciencia. ¡Caracoles!

Entiéndase bien, lejos de ser un hecho científico probado como frecuentemente se cree y se afirma tan dogmáticamente; en realidad, la macroevolución propuesta por los naturalistas ateos es una teoría irracional y sin base científica que encierra un sinnúmero de sofismas científicos. No se puede ser un verdadero creyente en el Dios de la Biblia y un cristiano bíblico y al mismo tiempo creer en la evolución, o por lo menos en la interpretación dada por muchos que la han usado y usan como caballito de batalla para su ateísmo filosófico. El ateísmo promulgado por estos señores es incompatible con la creencia o convicción en el Dios creador y personal que plantea la Biblia.

Temo que quien sostiene tener ancestros simiescos -además de creer que afirma una genialidad- o niega la necesidad de una individualidad (del Creador) para existir el universo, como proclama el Big Bang, en el fondo anida baja autoestima aunque con su conducta y palabras pretenda demostrar lo contrario. Este tipo de conflicto se da muy inconscientemente. Veamos: si creo que soy el producto (¡milagro!) evolutivo de una célula “simple”, pasando por una especie de simio o de cualquier otra bestia, es -para decirlo de manera elegante- considerar que soy un animal, y como tal deben tratarme. ¿Será coincidencia que los criminales en masa crean que sus víctimas son solo animales o computadores portátiles?

¿Qué te parecen estas palabras? Somos criaturas muy insignificantes en un planeta tan pequeño que se mueve en medio de un universo tan vasto donde existen millones de galaxias. De manera que es increíble creer que un Dios se interesara por nosotros o al menos notara nuestra existencia. Esto lo manifestó Stephen Hawking a la BBC. (1)

¡Qué pobre concepto tiene Hawking de Dios y qué desgaste de energía tratando de minimizarlo al punto de reducirlo prácticamente a nada! En general, una persona con este tipo de concepción en cuanto a Dios y la vida es presa fácil de hondos periodos depresivos y tendencias suicidas. Por desgracia, el pensamiento relativista y fatalista del darwinismo ha reinado desde la publicación de El origen de las especies. Debemos notar que el pensamiento de Hawking no es nuevo, sino copia del Principio de Mediocridad o Principio de Copérnico.

Otro con una cosmovisión pesimista es el tristemente célebre Bertrand Russell, quien aseveraba: “A menos que se dé por hecho la existencia de Dios, la búsqueda del propósito de vivir no tiene sentido”. En algo tiene razón el filósofo; sin Dios la vida no tiene sentido. Pero nota que él da “por hecho” (para usar sus propias palabras) su creencia de que no hay Dios. Otros “matan” a Dios como hizo Nietzsche. Los crédulos del mito transformista creen que Darwin “mató” a Dios. Obvio, lo hizo en las conciencias anímicas de aquellos que así lo han querido.

Quentin Smith, ateo, es el padre de la absurda y desmoralizante frase: “Venimos de la nada, por nada y para nada”. Aunque irracional, esa es su creencia y la respeto aunque no la comparta. El grave peligro de este tipo de cosmovisión pesimista y atea es que moldea (y hasta determina a muchos) la posición existencial y filosofía de vida. Si el universo no ha sido creado y la vida inteligente surgió por casualidad y Dios no existe, entonces la vida no tiene sentido; nada tiene significado, pues somos seres intrascendentes; el triste resultado del azar y la casualidad. La moralidad y la religión pudieran ser eventualmente funcionales, pero no son, en realidad, imprescindibles. Podríamos decir lacónicamente: “Comamos y bebamos, porque mañana moriremos”. ¿Por qué crees que la mayor parte de filósofos (incluidos científicos filósofos) del pasado y del presente han sido y son extremadamente fatalistas y pesimistas? Es debido a su cosmovisión surgida de una infancia, niñez o adolescencia desgraciada o impregnada con el pensamiento infausto y desesperanzador de los padres. O porque tuvo padres autoritarios o fanáticos religiosos.

Pero si el universo ha sido creado y somos criaturas de un Ser amoroso que a pesar de nuestra incredulidad y condición de pecadores nos ama sobre todas las cosas, entonces debe haber algo más allá de los confines del universo y después de la muerte física. Para los que aman a Dios hay buenas nuevas pues les esperan “cosas que ningún ojo ha visto, ni el oído oyó, ni han subido al corazón del hombre […]”. (1ra Corintios 2: 9) La vida no es solo lo que hasta ahora conocemos. (El tema lo tocamos en A propósito de eutanasia…) Y la ciudadanía real del cristiano está en los cielos. (Filipenses 3: 20)

Mientras tipos con una cosmovisión pesimista como Hawking (a quien muchos llaman genio; puede que naturalmente lo sea, pero en cuanto a su concepción de Dios peca de necio) ven solo nubarrones y nada especial en el universo y el ser humano, el genetista molecular Michael Denton cree lo contrario:

“Toda la evidencia disponible en las ciencias biológicas apoya una propuesta principal […] que el cosmos es un todo especialmente diseñado con formas de vida y que el ser humano es su razón y meta fundamental, un todo en el cual todas las facetas de la realidad tienen su sentido y explicación en este hecho central”. (2)

¡Gracias a Dios los llamados genios del mundo y los galardonados con el Nobel son falibles y no todo el mundo les para bolas! ¿Puedes imaginarte lo terrorífico que fuese si Dawkins, Hawking, Russell, Nietzsche y demás profetas de mal agüero tuvieran razón o que todos tuviéramos tal visión del mundo y la vida? La vida en la Tierra sería peor. Viviéramos en un mundo kafkiano y dantesco.

En verdad, no recomiendo a nadie depresivo o con tendencia a la autoflagelación y el suicidio leer escritos y libros de filósofos relativistas y pesimistas ni consultar obras de fanáticos racionalistas y cientificistas fatalistas, pues le harán más daño que bien por la lúgubre manera de interpretar el mundo de estos personajes, cuya proyección es manifiesta en su vida privada.

Rick Warren lo explica de esta manera en Una vida con propósito:

“Si no hubiera Dios, todos seríamos unos “accidentes”, el resultado fortuito de una lotería astronómica [eso ya no lo cree la mayor parte de cosmólogos, astrónomos ni astrofísicos modernos] en el universo. Dejarías de leer este libro porque la vida carecería de sentido, de propósito o de significado. No habría bien ni mal [así pensaba Nietzsche en el siglo XIX y siguen creyendo muchos en el XXI], ni esperanza más allá de tus pocos años en la Tierra.

Pero hay un Dios que te creó por un motivo, ¡y tu vida tiene una profunda razón de ser! Encontramos el sentido y el propósito [“voluntad de sentido”, lo llama V. E. Frankl] solo cuando tomamos a Dios como punto de partida en nuestras vidas. [En los campos de concentración nazi, Frankl nota que quien camina de espaldas a Dios desprecia la vida y tiene en poco al prójimo]” (3) (Las negritas son añadidas)

En su libro Dying Life: Near-Death Experiencies, Susan Blackmore escribe:

“El problema con la [teoría de la] evolución es, y siempre ha sido, que deja poco espacio para un gran propósito de la vida o para un alma individual… La idea [basada en evidencias reales] de que Dios nos creó para un propósito especial es más aceptable [lógica y científica] que la idea [creencia mitológica] de que llegamos aquí por los caprichos “del azar y la necesidad [de ser]”, como afirma el biólogo francés Jacques Monod, aunque no hay evidencia para decirlo y no contribuye en nada a la comprensión de la naturaleza del mundo viviente. Y la gente luchará, e incluso morirá, por las ideas que más le gustan [y dan solaz a su alma]”.

Blackmore añade:

La idea del sinsentido puede ser demasiado horrible de aceptar, y haremos lo posible por inventar algo más sustancial a lo cual podamos asirnos. “¡Si veo a través de esto, es porque debe haber algo más!”. Creo que todos estos intentos desconocen una verdad aterradora: que no hay nada sustancial de qué asirse –ni siquiera uno mismo. (4) [Las negritas son añadidas]

Tres comentarios más al respecto: (a) Como dijera Voltaire, “si Dios no existiera, tendríamos que inventarlo” con el fin de hallar un sentido imperecedero que trascienda la vida; (b) Blackmore yerra al pensar que “no hay nada sustancial de qué asirse”, puesto que múltiples evidencias de las ciencias naturales y experiencias espirituales demuestran lo contrario; (c) Si investigáramos la vida de aquellos que creen firmemente en la teoría de la evolución y niegan la existencia de Dios, hallaremos que la mayor parte de ellos viven una vida deshonesta, desgraciada y disoluta. Pues una vida sin sentido impele implacablemente a vivir una vida superficial y hedonista, tal cual lo expreso en Necesidad del ser humano de creer en Dios.

Pues bien, la teoría de la evolución no puede explicar el origen de la materia, de la vida y del ser humano sin entrar en contradicciones y violaciones a las leyes que dice representar como la ley de la biogénesis, la primera y segunda ley de la termodinámica y el primer postulado del ya mencionado argumento cosmológico Kalam. No puede, de igual manera, explicar los tres grandes eslabones perdidos entre la materia y la nada, entre la vida y la materia inerte, y entre la creación inferior y el ser humano actual. En fin, son muchas las explicaciones que debería dar la creencia de la evolución pero todavía no las tiene porque los eslabones perdidos no existen. Tal creencia debiera llamarse hipótesis de las lagunas por la cantidad de baches que contiene. Son tantos los agujeros, que en realidad poco es lo científico. De hecho, el único título real de Darwin fue en teología. Esto es, si Darwin era biólogo, yo soy siquiatra. El inglés era un simple observador de la naturaleza como lo soy yo de la conducta humana. Mas ello no nos convierte en profesionales de tales campos.

Veamos el credo (creencias) irracional y anticientífico del darwinismo:

· De la nada ha surgido (“brotado”) todo (el universo y la vida) de forma exclusivamente natural.

· La materia inerte ha producido vida.

· El azar origina precisión.

· La aleatoriedad produce alta precisión.

· El caos produce información.

· La inconsciencia produce conciencia.

· La irracionalidad da lugar a la razón. (5)

Aunque no lo creas, esas son las irracionalidades promulgadas por Darwin, Alfred R. Wallace y la lista innumerable de creyentes evolucionistas autodenominados científicos. Puede que lo sean en otras áreas, pero en lo que concierne al origen del universo y la vida son solamente creyentes de una religión fundamentalista y atea con máscara de ciencia. ¿Acaso puedes ver por qué digo que para aceptar tales creencias necesito suicidarme intelectualmente en lugar de la fe necesaria para creer el creacionismo? ¿De veras creemos todas esas creencias disparatadas naturalistas disfrazadas de ciencia? En realidad, la hipótesis de la evolución no solo es irracional y antiteológica, sino incluso anticientífica. Nota que dichos postulados colisionan contra las ciencias naturales en las cuales se supone que el evolucionista es ducho. Algunos prefieren creer todas esas locuras o que la vida tuvo su origen en otro planeta y fue trasladada al nuestro por extraterrestres (teoría de la panspermia), antes que aceptar la mano de Dios en el origen de la vida. En el desarrollo de este capítulo seguiremos analizando por qué el mito evolutivo es la antítesis de las ciencias naturales. Con todo, muchos evolucionistas radicales la defienden a ultranza, hasta convertirla en su religión atea. En su fetiche.

Los eruditos sobre encimas Malcom Dixon y E. C. Webb en su obra Encymes (Encimas) sostienen: “Afirmar ligeramente, como algunos, que la vida surge inevitablemente dondequiera que se den condiciones favorables para su existencia, significa demostrar una ignorancia absoluta de los problemas involucrados”. (6)

Aunque no lo creas, eso creen los creyentes evolucionistas al afirmar: “Asombra saber que la aparición natural de seres vivientes en la Tierra tardó miles de millones de años, pero podría conseguirse en tiempo irrisorio bajo condiciones óptimas de laboratorio”. La última parte de esta cita es lo que Dixon y Webb llaman “ignorancia absoluta de los problemas involucrados” en el origen de la vida. Ignorancia arropada con un falso barniz de ciencia. Me asombra la credulidad para aceptar dos suposiciones sin tener ninguna prueba en el laboratorio. ¿Cómo sabe el autor de esta cita que los seres vivos aparecieron naturalmente por obra y gracia de la naturaleza? ¿Es testigo ocular? ¿Consultó alguna fuente de primera mano? ¿Hay pruebas fehacientes de laboratorio? No hay nada de eso. Él parte de la premisa presupuesta de que la creencia evolutiva es un hecho “probado”, y la Naturaleza en este caso debe interpretarse como el Dios de los teístas. Hay quienes son incrédulos cuando no les conviene creer, pero son crédulos cuando les conviene creer.

¿Qué te parece la opinión de Dixon y Webb? Llaman ignorantes a ciertos científicos y “librepensadores”. Quizá no me creas, pero en no pocos evolucionistas tal situación obstinada, comentada por Dixon y Webb, es dada “[…] con tal de ‘contradecir’ a papá. La lucha de voluntades exterior con los padres terminó hace años, pero sigue viva en mi Niño interior aunque yo tenga noventa años y los viejos estén tres metros bajo tierra”. (7)

Abramos un paréntesis: En sicología es sabido que un trauma (gr. lesión) o conflicto emocional con los padres tiene suprema injerencia en nuestra relación con los demás. Es decir, la tendencia natural es transferir o desplazar emociones y sentimientos irresueltos con nuestros papás a nuestras creencias, lo que hacemos o a nuestras interrelaciones. Desde luego, todo es inconsciente; ni siquiera nos percatamos. Pero los efectos son igualmente dañinos. Mi tesis es que así como el pensamiento de la mayor parte de escépticos, agnósticos, relativistas, anarquistas, evolucionistas y ateos está envenenado, el de Darwin fue intoxicado por la relación agridulce con su padre, cuyo deseo era que su hijo fuera un ministro religioso; mas el interés de Darwin era otro. Abandonó, primero, medicina, y luego teología a fin de dedicarse a observar la naturaleza. Como hallar una aguja en un pajar, es prácticamente imposible encontrar un pensador radical e intolerante con las creencias religiosas que no haya sido condicionado por una relación infantil o adolescente traumática, o envenenada con prejuicios antirreligiosos de sus padres. En efecto, quienes se oponen al real diseño del universo y al creacionismo de manera grandilocuente y vociferante lo hacen por razones antirreligiosas. Es decir, por prejuicios y/o conflictos de los cuales hemos hablado. No pasemos por alto que los hombres dedicados a las ciencias naturales no son máquinas, y sus creencias y/o conflictos determinan la ciencia y conducta de muchos.

Me duele decirlo, pero verdaderos creyentes en Cristo e incluso muchos hombres y mujeres que sirven a Dios han sido malos padres. Si analizamos la biografía de los pensadores antirreligiosos de ciencia del pasado y del presente nos daremos cuenta de que no pocos tuvieron padres religiosos (y ministros ordenados) autoritarios, represivos y abandonantes. Otros han sido y son secuestrados por el pensamiento y resentimientos de sus padres escépticos, agnósticos y ateos. Ven la vida por medio de las mismas gafas relativistas, pesimistas y fatalistas de sus progenitores. El resultado ha sido más que evidente: sus hijos han sido o son escépticos, agnósticos o acérrimos ateos proselitistas que patean laBiblia, escupen y maldicen a Jesús y a los cristianos, e irrespetan todo tipo de creencias religiosas ciertas o falsas a través de los medios de comunicación social y libros. Cierro paréntesis.

Alguien dirá: “Los científicos citados hasta ahora están en contra de ciertas afirmaciones de la teoría darvinista. Pero las voces a favor también tienen sus argumentos”. Para empezar, no creo que en la creencia evolucionista haya muchas voces; lo que más hallamos son ecos repitiendo el paradigma.

No se trata de tener argumentos, hipótesis y teorías, sino demostrar las palabras en el laboratorio. Y la mayor parte de las declaraciones de los evolucionistas se quedan en eso: palabras, palabras, palabras, como ya vimos. Parafraseando lo que alguien ha asegurado, diríamos: En las ciencias naturales, solo los hechos probados en el laboratorio son ciencia; y poco de lo que creen y afirman con tanto radicalismo, dogmatismo y absolutismo los creyentes del mito evolutivo puede ser probado en el laboratorio.

Ni en el pensamiento de Darwin ni en el de otros defensores de la teoría de la evolución se nos explica (mucho menos se demuestra) qué ocurrió para que los elementos químicos que estaban en la famosa sopa originaria o pre-biótica se combinaran de tal manera que surgiera la vida que evolucionó hasta formar el humano actual, minando la tesis de aquellos furibundos defensores de la Hipótesis que, como Mayr, Dawkins y otros defienden la pretendida evolución de las especies.

Por lo visto, podemos declarar que el mito de la evolución no es una teoría científica sino metafísica y tautológica (repite la misma idea pero con otras palabras: argumentando en círculo intenta demostrar la validez del mito. Toda resistencia a la teoría deberá ser explicada a la luz del mito transformista. Si sales del círculo vicioso, no eres científico y serás hostigado y perseguido como lo manifesta el filósofo de la ciencia Stephen C. Meyer), como bien la definió Popper. Mas ello no es problema para quienes la aceptan creyendo acoger gran genialidad.

Después de más de 40 años tratando de hallar pruebas para demostrar la hipótesis de la evolución y no hallar nada, el científico Heribert Nillson expresó: “¡La idea de la evolución se apoya en pura creencia!”. Comparable a quien acepta el creacionismo. Sin embargo, no me cansaré de manifestar que para creer la hipótesis de la evolución necesito fe ciega, no la fe bíblica fundada en realidades y en los más recientes descubrimientos científicos que requiero para creer y aceptar los hechos del creacionismo.

Ojo, dije hechos, no especulaciones. Pero los evolucionistas suelen manifestar: “No me confundas con hechos; yo ya tengo mi criterio formado”. Algo similar manifestó una profesora de biología al comentarle los más recientes descubrimientos contra el transformismo de la evolución. Sus palabras fueron: “No me va a convencer.” ¿Quién puede convencer una mente predispuesta? ¡Solo Dios!

Otro profesor de biología (partidario del evolucionismo teísta) me aseguró que creer en la evolución es como quien cree en Dios. Se trata de pura creencia. Tú decides qué creer. Aunque la creencia en Dios no es tan sencilla como veremos en el capítulo 4, en algo tiene razón el educador: ni la supuesta evolución ni el creacionismo pueden probarse porque pretenden explicar un hecho del pasado. Y todos los hechos históricos son únicos e irrepetibles, y señalamos que el método de las ciencias naturales es inoperante para tal propósito.

En la Introducción de El origen de las especies -edición 1971- el biólogo inglés L. Harrison Matthews escribió:

La [teoría de la] evolución es la columna fundamental de la biología; por esa razón, la biología está en la peculiar posición de ser una ciencia fundamentada en una teoría no probada -¿es entonces, ciencia [natural] o fe [ciega]? En este sentido, creer en la teoría de la evolución es exactamente paralelo a creer en la creación- ambos son conceptos cuyos seguidores saben [por lo menos los creacionistas losabemos, no así los evolucionistas, pues solo creen por no tener reales evidencias científicas] que son verdad, pero ninguno, hasta el momento, ha podido ser probado. [Las evidencias en cuanto a Dios no pueden ser probadas por medio del método científico convencional, pero hay suficientes pruebas de unreal diseño en el universo y la vida] (8) (Las negritas son mías)

¿Puedes imaginar el escozor que provocaron las palabras de Matthews? ¿Cómo fue posible que escribiera la Introducción de esa edición del libro “sagrado” de los evolucionistas? Bueno, desde la misma aparición del libro de Darwin empezó a ser cuestionado. El fanático de la evolución no es capaz de soportar semejante cantidad de honestidad. Que tales afirmaciones las haga o escriba un teólogo o un periodista cristiano como yo no es gran cosa para los “portadores” de la verdad de las ciencias naturales. Pero que lo asevere uno de ellos es algo muy diferente. De ahí que quieran desmeritar el hecho de que muchos creyentes evolucionistas han empezado a dudar del mito.

¿Ves? Un evolucionista admite que el pretendido hecho científico es solo creencia y tampoco es un hecho científico probado como alegan muchos. ¡Ciencia, cómo engañan muchos en tu nombre! ¡Dios, cómo embaucan unos y matan otros en “tu” Nombre! Algo más, por ser la teoría de la evolución “la columna fundamental de la biología”, según las acertadas palabras de Matthews, la biología ha estado rezagada en comparación con otras ciencias naturales, pues no avanzará como debiera mientras esté empeñada en enarbolar paradigmas (conclusiones) como verdades indiscutibles (dogmas) antes de terminar las investigaciones acerca del origen de la vida.

A mi interlocutor de biología también le contesté que los más recientes descubrimientos científicos apuntan al creacionismo, no al evolucionismo teísta ni mucho menos al darvinismo sin Dios del que hacen gala los darvinistas ateos proselitistas. Además, le planteé mi malestar por la mala fe de algunos autores y editores de textos de biología de secundaria y universitarios que aún persisten en enseñar como válidas varias de las ya desprestigiadas evidencias y símbolos del darwinismo. ¿Qué podemos decir de educadores y canales de televisión que aún insisten en enseñar como reales probados fraudes evolucionistas? De hecho, los medios y periodistas desprevenidos han contribuido a la difusión del mito evolutivo.

Al decir del escritor y apologista cristiano J. W. Montgomery, diríamos que los fanáticos evolucionistas ignoran que si nos asimos a paradigmas con suficiente obcecación, los hechos no tendrán validez alguna. Seremos capaces de crear un mundo propio (un universo propio; “una burbuja sicótica”, dirían otros), divorciado de la realidad e imposibilitado de hacer contacto con el mundo real, tal cual se lo inventa el sicótico.

Pues bien, ya dijimos que toda teoría científica debe ser susceptible de verificación. Y las aseveraciones de la teoría de la evolución no pueden ser verificables ni desmentidas a través del método científico naturalista por no ser científica sino metafísica, tal como asevera Popper.

Popper sostiene además que la mayor exigencia de verificación en la experiencia no solamente eliminaría las afirmaciones metafísicas (de las cuales la evolución está atiborrada), sino que también aniquilaría las hipótesis empiristas y con ello el conocimiento científico de las ciencias naturales; dado que la mayoría de postulados científicos no son verificables empíricamente. Tocaría, por tanto, rechazarlos como afirmaciones sin sentido. (9)

De igual manera, tengamos en cuenta que el inductivismo ingenuo ha sido y es enemigo de las ciencias naturales por su extremado énfasis en la observación particular como fuente del conocimiento científico y porque según esta posición tal conocimiento solo deriva de los hechos de la experiencia adquiridos mediante la observación y la experimentación. (Para una lectura complementaria consúltese ¿Qué es esa cosa llamada ciencia?, de Alan F. Chalmers)

La ley de la biogénesis refutó la generación espontánea de los evolucionistas que afirman que la vida emerge espontáneamente de una materia inorgánica en decadencia. Desatino defendido por los darvinistas basados en superficiales observaciones que realizaran en muchos descubrimientos “interesantes” como el de que la mosca de la fruta proviene de la cáscara del plátano; el gusano, de carne descompuesta; las abejas, de ganado muerto.

Serias investigaciones realizadas por Francesco Redi (1688), Lazzaro Spallanzani (1780), Louis Pasteur (1860) y Rudolf Virchow (1858) comprobaron que cuando la materia fue preestablecida y herméticamente sellada para evitar una posible contaminación biológica, no surgió vida; prueba irrefutable de que de la generación espontánea no surge vida alguna. El alemán Virchow documentó que las células no surgen de la materia amorfa, sino solo de células preexistentes (“omnis cellula e cellula”). Complementado tal descubrimiento con el del galo Pasteur de que toda cosa viviente surge de una cosa viva preexistente (“omne vivum e vivo”). En pocas palabras, los “interesantes” descubrimientos de los evolucionistas eran, como otras veces, fraudes.

En octubre de 2007, J. Craig Venter anunció haber creado un cromosoma sintético que podría llevar a la creación de la primera nueva forma de vida artificial en el planeta. Ojo con palabras como “podría”. Es decir, a la fecha, es una especulación, no un hecho. Pero -como en otros casos- se ha exagerado el avance naturalista. Veamos: si investigamos más al respecto del logro de Venter, nos percatamos que la secuencia del ADN del cromosoma sintético se basa en la bacteria Micoplasma (produce neumonía atípica) y han trasplantado dicho cromosoma a una célula bacteriana viva, y en la fase final del proceso se espera que el cromosoma sintético controle dicha célula para convertirse en una nueva forma de vida.

Por su parte, Hamilton Smith ha creado el genoma sintético que ha llamado M. genitalium JCV-1.0, que contiene cada uno de los genes de la bacteria conocida como M. genitalium G37. Dicho de otra manera, lo que Venter y Smith han logrado o puedan alcanzar ha partido de un ser vivo preexistente, no de la nada ni de material inorgánico, puesto que la vida no surge de la nada. Ni el universo “brotó” de la nada absoluta.

No perdamos de vista que los investigadores y científicos naturalistas también abrigan creencias y esperanzas. Pero los fanáticos racionalistas y los cientificistas critican amargamente nuestras convicciones y creencias. ¿Será porque sus creencias son ciencias pero las nuestras son supersticiones? Eso es lo que ellos creen. Muchos nos catalogan “creyentes”, pero ellos se autodenominan “científicos”. Lo nuestro es “religión”, “metafísica”, “misticismo”, “no querer saber la verdad”. Mas las creencias de ellos son ciencias, investigaciones, hechos científicos. ¡Pamplinas! Ellos y nosotros tenemos creencias; por tanto, los dos bandos son creyentes.

Lo peor de todo es que algunos investigadores son fundadores, dueños, responsables o accionistas de empresas e institutos biotecnológicos y en ocasiones ponen más levadura de la necesaria para inflar sus descubrimientos y avances naturalistas con el fin de promover el valor de sus acciones en la Bolsa. (¡Poderoso caballero es don dinero!) Así surgen informaciones sensacionalistas que después de lograr el efecto económico deseado suelen ser desmentidas en el camino. Pero… ya el daño se hizo y muchos se tragaron el cetáceo de 30 metros con toda y caña. Y… los medios y colegas muy poco registran los fraudes y desmentidos, pasando inadvertidos. Si los publican, lo hacen en un “rincón” del diario y sin bombos y platillos, contrastando con las trompetas, saxofón, cítara y flautas con que se publicitó la media verdad o engaño.

Un ejemplo sería el de la información sobre “la enzima de la inmortalidad” aparecida en los diarios, basándose en un artículo de la revista Science de enero de 1998. En la “noticia” se aseguraba que una enzima permitiría alargar la vida hasta 150 años. Ello permitió el enriquecimiento de Geron Corporation, patrocinador de la campaña engañosa. En un solo día Geron y sus accionistas ganaron más del 50 por ciento de sus acciones en la Bolsa. Días después, cuando se hizo el desmentido, las acciones volvieron a bajar, mas la popularidad de Geron ya estaba creada y los inescrupulosos inversores que compraron y vendieron a tiempo se enriquecieron. En fin, mucho es el sensacionalismo con fines lucrativos detrás de no pocos falsos o reales avances naturalistas. No olvidemos que Feyerabend advirtió sobre la dictadura de los que se creen dueños y portadores de la verdad de las ciencias naturales.

Sigamos con la hipotética generación espontánea. Lo nefasto es que los científicos y docentes evolucionistas enseñan a sus estudiantes, primero, la importancia de la refutación a la generación espontánea. Empero, después, adoctrinan a sus estudiantes (como lo hiciera una secta religiosa; no olvidemos, para muchos el mito de la evolución es una religión) el “hecho irrebatible y probado” de que la generación espontánea fue el medio evolutivo a través del cual surgió la vida. ¿En qué quedamos? ¿Es María o es Sofía? ¿Hasta cuándo el lavado de cerebro? ¿Hasta cuándo la incoherencia? ¿Hasta cuándo la irracionalidad vestida de ciencias?

Por otra parte, Termo I afirma que nadie puede crear o destruir energía. Siempre hay, siempre hubo y quizá siempre habrá la misma cantidad de energía, esto es, un cien por ciento… No nos preocupamos de donde vino; solo que la utilizamos. En otros términos, la energía no puede crearse o destruirse, solo transformarse de una forma a otra. Esta primera ley también se llama ley de la conservación de la energía. (10)

Harold Hill escribe que la evolución, en contradicción a la segunda ley de la Termodinámica, nos dice (sin explicar la procedencia de la vida no inteligente que proveyó los ingredientes o materia prima para dar inicio a todo) que todo empezó hace alrededor de cuatro mil y medio millones de años, cuando una pequeña célula simple (no hay tal célula simple, pues la célula es uno de los más complejos mecanismos que podemos imaginar, aunque sea una célula procariota) se movía en un pantano y allí el pequeño protozoario empezó a desplazarse de un sitio a otro hasta lograr que con el correr del tiempo le salieran tumoraciones y protuberancias. Luego se transforma en lagarto, más tarde en simio, hasta llegar a ser hombre. (11)

¿Qué te parece? Por enésima vez confieso para creer eso necesito fe ciega, no la fe alimentada por hechos ocurridos en tiempo y espacio reales que me enseña el creacionismo en cuanto al origen del universo y la vida. ¿De dónde salieron la “célula simple” y la sopa pre-biótica? ¿Quién las creó? No me digan que Dios nos empezó a formar a partir de ese menjurje porque sería ver al Creador maniatado por la casualidad y la ciega selección natural. Subordinado al azar. Pudiera ser catalogado como una especie de alquimista o chef internacional. Ese no es el Dios que presenta la Biblia.

Sigamos: Termo II o ley de la transformación de energía dice que “todo cuanto hagamos provoca un disturbio”. Literalmente, la ley afirma: “Es imposible construir una máquina que, funcionando de manera continua, no produzca otro efecto que la extracción de calor de una fuente y la realización de una cantidad equivalente de trabajo”. Esta ley también se conoce como ley del desorden progresivo porque todo lo desordena y desparrama como un niño de dos años de edad. “Termo II hubiera borrado del mapa al pequeño Proto en poco tiempo, porque la entropía garantiza de manera absoluta que todo aquello menos de lo más simple se transforma en nada”. (12)

(Nota: Tomado de nuestro libro El origen de la vida: ¿según cuál creencia?  Primera de Tres entregas)

Fuente:J. Enrique Cáceres-Arrieta el 10 Agosto 2008,   http://lacomunidad.elpais.com/earrieta/2008/8/10/el-origen-la-vida-segun-teoria-la-evolucion

La Teoría de la Evolución: Darwin y el transformismo inglés

La Teoría de la Evolución: Darwin y el transformismo inglés

La publicación de las teorías de Darwin se vio acelerada por una circunstancia extraordinaria que le decidió a exponerse precozmente a los ataques de los creacionistas. Había comentado sus ideas con algunos amigos (Hooker, Lyell), pero no había pasado de ahí hasta el día en que recibió una carta procedente del archipiélago malayo, en la que un tal Sir Alfred Wallace resumía, en veinte páginas, una teoría similar a la que el mismo tenía en curso de elaboración. Después de alguno titubeos, sus trabajos y los de Wallace fueron presentados ante la Sociedad Linneana de Londres en 1858. Un año después publica El Origen de las Especies.

Alfred WallaceCharles DarwinEs interesante señalar que, además de Wallace, otros antes de Darwin han presentados ideas semejantes.

Así, en 1813, tres médicos británicos desarrollan una teoría de la evolución basada en la selección natural, en la que rechazan la idea de la herencia de los caracteres adquiridos. Dos de estos médicos, Prichard y Wells, no son muy conocidos en su época. El tercero, en cambio, provoca un auténtico escándalo en la Inglaterra puritana: en Lectures of Physiology y Zoology and Natural History of Man, Lawrence afirma que todas las razas humanas provienen de mutaciones del mismo tipo que las que se dan en las camadas de conejos. La cría puede mejorar o arruinar la raza. Según él, las familias reales son un buen ejemplo.

En 1831, el botánico escocés Patrick Matthew publica ideas aún más próximas a las que publicará Darwin, y este último admite haber conocido el libro tras la publicación de El Origen…

Sea como fuere, esto patentiza que las ideas de Darwin no eran tan originales como habitualmente se piensa. 

http://www.evolutionibus.info/transformismo.html

Evolución: ¿Y las Pruebas?

Evolución: ¿Y las Pruebas?

 

Pablo Santomauro

Pablo Santomauro

Por Pablo Santomauro

¿Respalda la evidencia la teoría de la evolución o nó? Aparentemente el paso del tiempo y el aumento de conocimiento no ha ayudado a los evolucionistas, sino que los ha lastimado severamente. La evolución fue popular en sus inicios porque en realidad había muy poca información acerca del proceso en sí. Ahora ya se conocen los detalles de la bioquímica y la genética, también de la teoría de información, y la increíble complejidad del más pequeño organismo viviente.

Para muchos científicos honestos ya es evidente que la evolución no tiene la capacidad de explicar la vida. ¿Quieren prueba de ello? Es muy simple. He aquí la forma sencilla de refutar la evolución y de probar que no está basada en verdades empíricas sino en filosofía.

Para que la evolución sea verdad, debemos tener como mínimo dos cosas.

Primero debe de haber vida viniendo de algo sin vida – abiogénesis.

Segundo, debe de haber un cambio de esa vida partiendo de formas simples yendo a formas mas complejas con el tiempo.

Entonces, debemos tener el puntapié inicial, y luego el resto del partido.

Ahora, ésta es mi pregunta: ¿Cómo se originó la vida a partir de la “no-vida”? ¿Cómo comenzó el juego mediante procesos evolucionarios?

¿Alguien sabe? Adivinen qué? Nadie sabe.

Hay algunas ideas que han sido sugeridas, posibilidades, pero nadie tiene una respuesta aceptable. Hay muchas complicaciones y problemas. Todo lo que tenemos son modelos competitivos, lugares donde comenzar. Es como decir: “comencemos aqui, a ver donde esto nos lleva”.

Ahora, aquí esta el detalle. Si no sabemos como ocurrió en el principio, ¿cómo sabemos que el resto del proceso ocurrió por medio de procesos naturalísticos evolucionarios?

Se reclama que la evolución es una verdad, pero no podemos tener la verdad de la evolución sin tener primero la verdad de la abiogénesis.

Si no puede ser demostrado que la vida se originó de lo que no tiene vida, entonces el juego no puede dar inicio.

¿Por qué entonces llamamos verdad a la evolución si ni siquiera puede despegar basada en la información actual? La respuesta es siempre la misma: “Porque estamos aquí, debe de haber ocurrido así”. Esto se llama razonamiento circular, mis amigos, basado en un compromiso previo con el naturalismo típico de aquellos que no son movidos ni aun frente a las evidencias.

Un dicho popular dice: No me molesten con las pruebas, yo ya decidí creer en lo que creo.

¿Ven que no se trata de algo científico?

La Evolución es una filosofía.

El Papa dice “No” al evolucionismo radical

Vaticano

El Papa dice “No” al evolucionismo radical

.- En un claro no al evolucionismo radical, el Papa Benedicto XVI se dirigió esta mañana a los miembros de la Pontificia Academia para las Ciencias y precisó que Dios es el fundamento de toda la creación.

En sus palabras pronunciadas en la Sala Clementina del Vaticano ante los miembros de este dicasterio que inician hoy su Asamblea Plenaria sobre el tema “Mirada científica a la evolución del Universo y la Vida“, el Santo Padre, sin embargo, dejó en claro que el principio de la creación no se opone a la idea de una evolución no absoluta.

“En este contexto –continuó el Pontífice– los asuntos ligados a la relación entre la lectura que las ciencias hacen del mundo y la lectura ofrecida por la Revelación Cristiana emergen naturalmente. Mis predecesores, el Papa Pío XII y el Papa Juan Pablo II notaron que no existe oposición entre el entendimiento de la fe de la creación y la evidencia de las ciencias empíricas“.

Benedicto XVI precisó además que “la filosofía en sus inicios había propuesto imágenes para explicar el origen del cosmos sobre la base de uno o más elementos del mundo material. Esta génesis no era vista como una creación, sino como una mutación o transformación; e incluía una especie de interpretación horizontal del origen del mundo”.

“Un avance decisivo –prosiguió– en el entendimiento del origen del cosmos fue la consideración del ser y la preocupación de la metafísica con la pregunta más básica sobre el primer origen trascendente del ser”. “Para desarrollar y evolucionar, el mundo necesitaba primero ser, es decir salir de la nada hacia el ser. Tenía que estar creado: en otras palabras, por el primer Ser que es tal por esencia“, añadió.

El Santo Padre explicó además que “afirmar que la fundación del cosmos y su desarrollo está en la sabiduría providente del Creador no significa decir que la creación solo tiene que ver con el inicio de la historia del mundo y la vida. En vez de eso implica que el Creador funda estos desarrollos y los mantiene, los hace evolucionar y los sostiene continuamente“.

Tras recordar cómo Santo Tomás de Aquino afirmaba que la “creación no es un movimiento ni una mutación” sino “la relación fundacional y continua que une a la criatura con su Creador porque Él es la causa de todo ser y en lo que se convierta”, el Pontífice comentó que el Cristianismo ha permitido en las personas la posibilidad de acercarse a un libro, “imagen querida por muchos científicos”.

“Galileo vio la naturaleza como un libro cuyo autor es Dios en la misma forma en que las Escrituras tienen a Dios como su autor. Es un libro cuya historia, cuya evolución, cuya ‘escritura’ y significado, ‘leemos’ de acuerdo a las diferentes aproximaciones de las ciencias, mientras presuponemos todo el tiempo la presencia fundacional del autor que ha querido revelarse a sí mismo en ella”.

“Esta imagen –dijo luego el Papa– también nos ayuda a entender que el mundo, lejos de originarse del caos, parece un libro ordenado; es un cosmos. Pese a los elementos de lo irracional, caótico y destructivo en los largos procesos de cambio en el cosmos, éste sigue siendo ‘legible’. Tiene una ‘matemática’ interior. La mente humana puede entonces comprometerse en una ‘cosmografía’ estudiando los fenómenos mensurables y también en una ‘cosmología’ discerniendo la lógica visible interior del cosmos”.

Es probable, prosiguió, que “al principio no podamos ver la armonía del todo y las relaciones entre sus partes individuales, de su relación al todo. Sin embargo, siempre hay un amplio rango de eventos inteligibles, y el proceso racional revela un orden de correspondencias evidentes y finalidades innegables: en el mundo inorgánico, entre la microestructura y la macroestructura, entre la estructura y la función, entre el conocimiento de la verdad y la aspiración a la libertad”.

Benedicto XVI precisó además que “las preguntas experimentales y filosóficas gradualmente descubren estos órdenes, los perciben trabajando para mantenerse siendo, defendiéndose a sí mismo ante los desbalances y los obstáculos que los superan. Y gracias a las ciencias naturales hemos incrementado nuestro entendimiento del lugar único que tiene la humanidad en el cosmos“.

El Santo Padre dijo además que “la distinción entre un simple ser viviente y un ser espiritual que es capaz de Dios, señala la existencia de un alma inteligente que tiene un fin trascendente. Por ello el Magisterio de la Iglesia constantemente ha afirmado que ‘toda alma espiritual es creada inmediatamente por Dios –no es ‘producida’ por sus padres – y es además inmortal’. Esto apunta a la distinción de la antropología e invita a la exploración de la misma por parte del pensamiento moderno”.

Finalmente, el Papa recordó las palabras que Juan Pablo II dirigiera a los participantes de este dicasterio en noviembre de 2003: “la verdad científica, que es en sí misma una participación de la Verdad divina, puede ayudar a la filosofía y la teología a entender cada vez más plenamente a la persona humana y la Revelación de Dios sobre el hombre, una Revelación que es completada y perfeccionada en Jesucristo. Por este importante enriquecimiento mutuo en la búsqueda de la verdad y el beneficio de la humanidad, estoy, con toda la Iglesia, profundamente agradecido”.

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