La Santidad de Dios – Sproul, R.C.

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Sproul, R.C. Preguntas y Respuestas

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El Orden de la Creación

El Orden de la Creación

En la creación del mundo, Dios creó al hombre a su imagen. El término “hombre” es utilizado con un sentido genérico, ya que podemos ver que el hombre fue creado varón y hembra. En el orden de la Creación, el dominio sobre la tierra fue dado al hombre. En este aspecto, Adán y Eva servían como vice-regentes de Dios. Eva formó parte de este dominio; si consideramos que el dominio que tenía Adán era como una especie de reinado sobre la creación, Eva sería su reina. No obstante, está claro desde el punto de vista de la Creación que Eva ocupaba un puesto subordinado respecto a Adán. Desempeñaba el papel de “ayudante”.

El movimiento feminista ha puesto en relieve varios asuntos relacionados a este orden de la Creación. Por ejemplo, los pasajes del Nuevo Testamento que habla sobre la sumisión de las esposas a sus esposos y que sólo los hombres podían hablar en la iglesia han levantado enérgicas protestas y se le ha acusado a Pablo de ser un machista del siglo I a la vez que otros han intentado ponerlo en un contexto histórico y relativizar estas reglas con el argumento de que solamente eran costumbres culturales pertinentes al siglo I, pero no al mundo moderno. También se ha sostenido que el principio de la sumisión es una ofensa para las mujeres, robándoles su dignidad y relegándoles a un nivel de individuos inferiores. 

Respecto a este último punto, la suposición errónea que se hace es que subordinación significa inferioridad o que la subordinación destruye la igualdad en cuanto a dignidad, inteligencia y valor. Lamentablemente, el machismo muchas veces ha sido impulsado por esta idea equivocada; con hombres que suponen que la razón por la cual Dios mandó a las mujeres a someterse a los maridos fue porque las mujeres fueran inferiores.

Desde el punto de vista de nuestro entendimiento de las personas de la Divinidad podemos ver que esta deducción es completamente falsa. Cuando hablamos de la redención, el Hijo se somete al Padre y el Espíritu Santo se somete al Padre y al Hijo.

Esto no significa que el Hijo es inferior al Padre, ni que el Espíritu Santo es inferior al Padre y al Hijo. Nuestro entendimiento de la Trinidad es que las tres personas de la Divinidad son iguales en existencia, valor y gloria. Son co-eternos y co-existentes.

De la misma manera, en una jerarquía organizada no pensamos que sólo porque el vicepresidente es subordinado al presidente, el vicepresidente es inferior al presidente como persona. Es obvio que subordinación no se traduce por inferioridad.

La cuestión de que si la sumisión de las esposas a sus esposos en el matrimonio y las mujeres a los hombres en la iglesia es una mera costumbre cultural de los tiempos antiguos es una cuestión ardiente. Si de verdad estos asuntos fueran establecidos como costumbres culturales y no como principios vinculantes sería una injusticia aplicarlos a sociedades donde no pertenecen. Por otro lado, si fueron dados como principios transculturales por un mandato divino y los tratamos como meros convenciones culturales sería ofender al Espíritu Santo y rebelarnos contra Dios mismo. 

En otras palabras, si los pasajes bíblicos sólo reflejan el machismo del primer siglo rabínico judío, no merecen nuestra aceptación. Sin embargo, si Pablo lo escribió inspirado por el Espíritu Santo, y si el Nuevo testamento es Palabra de Dios, entonces la acusación de machismo debe ser aplicado no sólo a Pablo sino también al Espíritu Santo mismo – una acusación que no se podría pasar por alto impunemente. 
Si estamos convencidos de que la Biblia es Palabra de Dios y sus mandatos son mandatos de Dios, ¿cómo podemos discernir entre costumbres y principios? 

He escrito sobre este asunto de la cultura y la Biblia en mi libro Conociendo las Escrituras (Knowing Scripture). En él menciono que a menos que llegamos a la conclusión de que toda la Escritura son principios y por tanto válidos para todas las personas en todos los tiempos y lugares, o que la Escritura es una simple colección de costumbres locales condicionadas por la cultura sin ninguna relevancia o aplicación necesaria más allá de su contexto histórico inmediato estamos obligados a descubrir algunas pautas para discernir las diferencias entre principio y costumbre.

Para ilustrar este problema vamos a ver lo que pasa si mantenemos que todo en la Escritura es principio. Si esto fuera el caso tendríamos que hacer cambios radicales en el evangelismo. Jesucristo mandó sus discípulos “No llevéis bolsa, ni alforja, ni calzado…” (Lucas 10:4ª). Si hacemos de este texto un principio transcultural tendríamos que evangelizar descalzos. 

Está claro que hay cuestiones bíblicas que refleja una costumbre histórica. No se nos exige llevar el mismo tipo de ropa que llevaron las personas bíblicas, o pagar nuestro diezmo en shekel o denarios. Cosas como ropa o dinero están sujetas a cambios. 

Una de las consideraciones más importantes a la hora de determinar la cuestión de principio o costumbre es si el asunto en cuestión incluye una ordenanza de la creación. Las ordenanzas de la creación se pueden distinguir tanto de leyes del antiguo pacto como mandatos del nuevo pacto. La primera consideración está relacionada con las partes de los diferentes pactos. En el Nuevo Testamento, el pacto está hecho para creyentes cristianos. Por ejemplo, los creyentes deben celebrar la Cena del Señor. Sin embargo, este mandato no se extiende a los no creyentes, que por el contrario se les advierte no participar en este sacramento. De la misma manera existen leyes en el Antiguo Testamento que sólo era de aplicación para los judíos. 
Pero nos preguntamos quienes son las partes del pacto de la Creación. En la Creación, Dios hace un pacto no solamente con los judíos o con los cristianos, sino con toda la humanidad. Mientras existan seres humanos en la relación pactada con el Creador, las leyes de la Creación permanecen intactas. Están reafirmadas tanto en el antiguo pacto como en el nuevo.

Si algo trasciende una costumbre cultural, es una ordenanza de la creación. Por tanto, es algo muy peligroso tratar el asunto de la subordinación en el matrimonio y en la iglesia como meros costumbres locales cuando queda claro que los mandatos del Nuevo Testamento para estas cuestiones se apoyan en el llamado apostólico de la Creación. Estos llamados indican claramente que estos mandatos no pretendían ser considerados como costumbres locales. El hecho de que la iglesia moderna muchas veces trata normas divinas como simples costumbres refleja no tanto el condicionamiento cultural de la Biblia como el condicionamiento cultural de la iglesia moderna. Este es un caso en que la iglesia capitula ante la cultura local en vez de obedecer la ley trascendental de Dios. 

Si uno estudia una cuestión como esta con cuidado y es capaz de discernir si una cuestión es un principio o una costumbre, ¿qué debería hacer esta persona?

Aquí entra en juego un principio de humildad, un principio establecido en el axioma del Nuevo Testamento de que lo que no viene de la fe es pecado. ¿Se acuerda del antiguo dicho “Si tienes dudas, no lo hagas”? Si somos demasiado escrupulosos y consideramos una costumbre como un principio no somos culpables de pecado – no hay pena si no hay delito. Por el otro lado, si tratamos un principio como si fuera una costumbre que se puede dejar a un lado seríamos culpables de desobediencia hacia Dios.

Las ordenanzas de la Creación pueden modificarse, tal como se hizo con las leyes mosaicas respecto al divorcio, pero el principio aquí es que las ordenanzas de la Creación son normativas a menos que o hasta que sean modificadas explícitamente por revelación bíblica posteriormente.

Ligonier Ministries, R.C. Sproul, May 1999, El_Orden_de_la_Creación