LA SANTIDAD DE DIOS – 7/11 – PAZ y GUERRA CON UN DIOS SANTO – R.C. Sproul

LA SANTIDAD DE DIOS – 7/11 – PAZ y GUERRA CON UN DIOS SANTO – R.C. Sproul

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PAZ y GUERRA CON UN DIOS SANTO

Si el hombre no está hecho para Dios ¿por qué sólo en Dios es feliz? Si el hombre es hecho para Dios ¿por qué es tan opuesto a Dios? …BLAISE PASCAL

El registro bíblico contiene historias de hombres y mujeres que han luchado con Dios. El nombre Israel significa “el que pelea con Dios.” Dios es santo, trascendente, superior a nosotros; sin embargo, es un Dios con el cual podemos luchar. En tal contienda, la meta no es la guerra final, sino la paz final. Y algunos la han encontrado.

En este capítulo, miraremos ejemplos de personas que han ido al cuadrilátero con Dios y han salido con paz. Veremos a Jacob, a Job, a Habacuc y a Saulo de Tarso. Luego examinaremos lo que significa estar en paz con Dios. Jacob fue un bribón. Su nombre significa “suplantador.” Engañó a su padre, le hizo fraude a su hermano, y se alió en una impía conspiración con su madre. Es duro imaginarse que el hijo de Isaac y el nieto de Abraham pudieran ser tan corruptos. Pero en el curso de su vida, Jacob atravesó por una radical transformación. Comenzó en Betel: Salió, pues, Jacob de Beerseba, y fue a Harán. Y llegó a un cierto lugar, y durmió allí, porque ya el sol se había puesto; y tomó de las piedras de aquel paraje y puso a su cabecera, y se acostó en aquel lugar. (Génesis 28:10-11) Viajar en la antigua Palestina era con frecuencia una aventura arriesgada. La noche estaba llena de peligros de ladrones y bestias salvajes. En la ruta de Jacob no había lugares donde él pudiera alojarse. Cuando el sol se ocultó, acampó bajo las estrellas y usó una piedra como almohada. Esa noche tuvo un sueño que estaba destinado a cambiar su vida:

Allí soñó que había una escalinata apoyada en la tierra, y cuyo extremo superior llegaba hasta el cielo. Por ella subían y bajaban los ángeles de Dios. En el sueño, el Señor estaba de pie junto a él y le decía: “Yo soy el Señor, el Dios de tu abuelo Abraham y de tu padre Isaac. A ti y a tu descendencia les daré la tierra sobre la que estás acostado. Tu descendencia será tan numerosa como el polvo de la tierra. Te extenderás de norte a sur, y de oriente a occidente, y todas las familias de la tierra serán bendecidas por medio de ti y de tu descendencia. Yo estoy contigo. Te protegeré por dondequiera que vayas, y te traeré de vuelta a esta tierra. No te abandonaré hasta cumplir con todo lo que te he prometido.” (Gen 28:12-15 NVI) La “escalera de Jacob” que vio en su sueño, sirvió como un puente entre el cielo y la tierra. Hasta ese momento Jacob no tenía relación con las cosas celestiales. El tenía una profunda conciencia de la ausencia de Dios. Parece extraño que un hijo de Isaac, nieto de Abraham fuera tan “secular.” Abraham había hablado con Dios. Seguramente el joven Jacob se había sentado alrededor de las fogatas y escuchado las historias de su padre y su abuelo. El tuvo que haber conocido acerca del mandato de Dios a Abraham para sacrificar a Isaac sobre un altar en el monte Moria. Jacob vivió una vida mundana. Las conversaciones sobre asuntos celestiales le habían hecho muy poca impresión. Su mente estaba fija en la tierra. Hasta donde él sabía, había una brecha sin puente entre el cielo y la tierra. Si había un Dios, era tan remoto, tan absolutamente trascendente que no tenía relevancia en su vida. Este. Dios de quien sus padres hablaban era demasiado alto para alcanzarlo, hasta que tuvo el sueño. El sueño era de una escalera, un punto de contacto entre lo santo y lo profano. Sobre la escalera Jacob vio ángeles ascendiendo y descendiendo del cielo hacia la tierra y viceversa. El tráfico era continuo. En el tope de la escalera Jacob vio la figura de Dios quien le habló confirmándole la promesa que les había hecho anteriormente a Abraham y a Isaac. Esa promesa continuaría por las futuras generaciones pasando a través de él, convirtiéndolo así en el transmisor del pacto que Dios había jurado. Dios prometió estar con Jacob dondequiera que él fuera, hasta que las promesas se cumpliesen. ¿Qué le sucedió a la escalera de Jacob? La imagen desapareció virtualmente de la historia del antiguo testamento. Pasaron los siglos sin que se le mencionara. Repentinamente, apareció de nuevo en el nuevo testamento: Felipe buscó a Natanael y le dijo: –Hemos encontrado a Jesús de Nazaret, el hijo de José, aquel de quien escribió Moisés en la ley, y de quien escribieron los profetas. –¡De Nazaret! ¿Acaso de allí puede salir algo bueno? –replicó Natanael. –Ven a ver –le contestó Felipe. Cuando Jesús vio que Natanael se le acercaba, comentó: –Aquí tienen a un verdadero israelita, en quien no hay falsedad. –¿De dónde me conoces? –le preguntó Natanael. –Antes que Felipe te llamara, cuando aún estabas bajo la higuera, ya te había visto. –Rabí, ¡tú eres el Hijo de Dios! ¡Tú eres el Rey de Israel! –declaró Natanael. –¿Lo crees porque te dije que te vi cuando estabas debajo de la higuera? ¡Vas a ver aun cosas más grandes que éstas! Y añadió: –Ciertamente les aseguro que ustedes verán abrirse el cielo, y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre. (John 1:45-51 NVI)

Las palabras de Jesús a Natanael fueron radicales. En esta con-versación El declaró que El mismo es la escalera de Jacob. El es el puente entre el cielo y la tierra; es El que cierra el abismo entre el Trascendente y los simples humanos. Los ángeles de Dios ascienden y descienden sobre El, y hace que el Dios ausente se haga presente entre nosotros. ¿Fue esto lo que Jacob vio indistintamente en forma de penumbra? Cuando Jacob despertó de su sueño, estaba conmocionado. Fue sobrecogido por el poder de esta visión nocturna: Al despertar Jacob de su sueño, pensó: “En realidad, el Señor está en este lugar, y yo no me había dado cuenta.” Y con mucho temor, añadió: “¡Qué asombroso es este lugar! Es nada menos que la casa de Dios; ¡es la puerta del cielo!” (Gen 28:16-17 NVI) El nombre del lugar donde Jacob tuvo su sueño llegó a ser conocido como Betel. En hebreo, la palabra Betel significa “casa de Dios.” Allí no había tabernáculo, templo o iglesia. Jacob le llamó la casa de Dios, porque allí el Santo se reveló a sí mismo. Las palabras de Jaco~ con típicas de la forma en que la cultura contemporánea se siente. . La nuestra es época en que la gente siente la ausencia de Dios. No vemos zarzas ardientes, pilares de fuego, ni Cristos encarnados caminando entre nosotros. Nos sentimos abandonados, lanzados a las aguas de un universo hostil, o aún peor, indiferente. Parece que estuviésemos encerrados en un mundo en el cual no hay salida, ni escalera para las estrellas. Jacob sintió lo mismo hasta que tuvo este sueño. Sus palabras son relevantes para nuestros días: “Ciertamente Jehová está en este lugar y yo no ‘lo sabía.” Dios había estado allí todo el tiempo. El no estaba lejos de Jacob, pero Jacob había vivido toda su vida sin estar consciente de su presencia. Esta trágica ignorancia de la presencia de Dios es escenificada diariamente en la vida de millones de personas en nuestros días. Dios esta aquí, pero nosotros estamos ajenos. En el momento en que nos hacemos conscientes de su divina presencia, también comienza el más profundo conflicto personal que una persona puede experimentar. El sueño no fue el fin del conflicto de Jacob. Fue el principio de un conflicto que habría de permanecer, y desde ese momento en adelante, el comenzó a luchar por su propia alma. “¡Cuán terrible es este lugar” Esta fue la respuesta de Jacob al encontrarse en la casa de Dios. Normalmente la gente no se siente así en la iglesia. No hay sentido de asombro al estar en la presencia de Uno que nos hace temblar. La gente asombrada nunca se queja de estar aburrida en la iglesia. Los académicos no se ponen de acuerdo sobre el momento preciso de la conversión de Jacob. Algunos dicen que fue en Betel; otros, que fue más tarde, cuando tuvo su terrible y decisiva lucha con Dios:
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Aquella misma noche Jacob se levantó, tomó a sus dos esposas, a sus dos esclavas y a sus once hijos, y cruzó el vado del río Jacob. Una vez que lo habían cruzado, hizo pasar también todas sus posesiones, quedándose solo. Entonces un hombre luchó con él hasta el amanecer. Cuando ese hombre se dio cuenta de que no podía vencer a Jacob, lo tocó en la coyuntura de la cadera, y ésta se le dislocó mientras luchaban. Entonces el hombre le dijo: ¡Suéltame, que ya está por amanecer! ¡No te soltaré hasta que me bendigas! Respondió Jacob. ¿Cómo te llamas? Le preguntó el hombre. Me llamo Jacob respondió. Entonces el hombre le dijo: Ya no te llamarás Jacob, sino Israel, porque has luchado con Dios y con los *hombres, y has vencido. Y tú, ¿cómo te llamas? Le preguntó Jacob. ¿Por qué preguntas cómo me llamo? Le respondió el hombre. Y en ese mismo lugar lo bendijo. Jacob llamó a ese lugar Penuel, porque dijo: “He visto a Dios cara a cara, y todavía sigo con *vida.” (Gen 32:22-30 NVI) Obviamente, el “hombre” contra el cual Jacob luchó era más que un hombre – era el ángel de Dios. La batalla fue fiera, extendiéndose toda la noche sin que ninguno de los contendientes ganara ventaja. Finalmente, el ángel de Dios usó el abrumador poder de Dios para tocar el encaje de la cadera de Jacob. La “victoria” de Jacob no fue de conquista sino de sobrevivencia. El salió del duelo, pero quedó cojeando por el resto de su vida. La discusión con el ángel acerca de los nombres es significativa. El ángel demandó a Jacob su nombre, lo cual era una costumbre similar a la que existe hoy de indicar sometimiento, usando la palabra “jefe.” Para un contendiente decir su nombre significaba que reconocía la superioridad de su contrincante. Cuando Jacob sometió su nombre, él sometió su alma, renunció a la autoridad sobre su vida. Con el sometimiento, vino un nuevo nombre y una nueva identidad, Israel. En la derrota Jacob aún esperaba un retiro, un empate que dejara su orgullo intacto. Aun una decisión dividida ayudaría. El le dijo al ángel, “por favor, dime tu nombre.” Note la diferencia en el asunto del intercambio de nombres. El ángel le demandó su nombre a Jacob y él lo sometió. Jacob, cortésmente le preguntó su nombre al ángel y no lo logró. Este fue el acto final de la conquista divina. No hay decisiones divididas con Dios. Cuando luchamos con el todopoderoso perdemos. El es el invencible campeón del universo.
El Dios santo no puede ser derrotado en un combate personal. Pero hay consolación aquí: Jacob luchó con Dios y vivió. Fue derrotado, quedó lastimado, pero sobrevivió la batalla. Al menos, de esto podemos aprender que Dios se comprometerá con nosotros en nuestras luchas honestas. Podemos pelear con el Santo. Ciertamente, para que el poder transformador de Dios
 cambie nuestras vidas, debemos pelear con El. Si queremos saber lo que significa experimentar la dulzura de someter nuestros nombres, debemos saber lo que es pelear con Dios toda la noche. Nadie jamás tuvo un debate más vivo y estridente con Dios que Job. Si algún hombre parece haber tenido el derecho de desafiar a Dios, fue Job quien había sido declarado justo por Dios mismo y a pesar de ello fue afligido con inmensurable miseria. El pobre Job luce en este drama como si fuese nada más que una pieza en una batalla cósmica entre Dios y Satanás. Dios permitió que Job fuese puesto bajo prueba. Sus posesiones fueron robadas; su familia fue destruida; y finalmente fue afligido con sarna. El no encontró alivio para su dolor. Su angustia física pronto afectó su alma. Una vez hablé con una anciana que combatía el cáncer con quimioterapia, y que sufría los efectos laterales de náusea por el tratamiento. Le pregunté cómo se sostenía ‘Su estado de ánimo, y me ofreció una honesta respuesta: “Es duro ser cristiano cuando su cabeza está en el inodoro.” La mujer entendía la estrecha conexión entre el cuerpo y el alma. Es extremadamente difícil ser espiritual cuando el cuerpo está afligido con dolores incesantes. Pero Job no blasfemó. El exclamó, “He aquí, aunque El me matare, en El esperaré” (Job 13:15). Aun su esposa trató de convencerlo que se suicidara. Su consejo fue simple y directo: “Maldice a Dios y muérete” (Job 2:9). Job rehusó tomar la salida fácil. El sufrió el consejo de los necios al escuchar las palabras de sus amigos. Finalmente, desafió a Dios respecto a su situación. Enfrentó a Dios solo, luchando y batallando por respuestas a su miseria. La respuesta de Dios realmente no fue muy alentadora: Entonces respondió Jehová a Job desde un torbellino, y dijo: ¿Quién es ése que oscurece el consejo Con palabras sin sabiduría? Ahora ciñe como varón tus lomos; Yo te preguntaré, y tú me contestarás. ¿Dónde estabas tú cuando yo fundaba la tierra? Házmelo saber, si tienes inteligencia. ¿Quién ordenó sus medidas, si lo sabes? ¿O quién extendió sobre ella cordel? ¿Sobre qué están fundadas sus bases? ¿O quién puso su piedra angular, cuando alababan todas las estrellas del alba, y se regocijaban todos los hijos de Dios? ¿Quién encerró con puertas el mar, cuando se derramaba saliéndose de su seno, cuando puse yo nubes por vestidura suya, y por su faja oscuridad, y establecí sobre él mi decreto, le puse puertas y cerrojo, y dije: Hasta aquí llegarás, y no pasarás adelante, y ahí parará el orgullo de tus olas? (Job 38: 1-11)

Este fue un examen oral difícil. Job demandó respuestas de Dios. En lugar de respuestas, recibió a cambio un manojo de preguntas. Dios reprendió a Job por arrojar una sombra oscura sobre la sabiduría divina con su ignorancia. Era como si Dios le dijera: “Muy bien Job, ¿Tú quieres interrogarme? Está bien, yo te contestaré, pero primero tengo algunas preguntas para ti.” Como balas de una ametralladora, Dios disparó sus preguntas, cada una más temible que la anterior. Finalmente Job habló: Entonces respondió Job a Jehová, y dijo: He aquí que yo soy vil; ¿qué te responderé? Mi mano pongo sobre mi boca. Una vez hablé, más no responderé; Aun dos veces, más no volveré a hablar. (Job 40:3-5) Considere la imagen que Job usó. El dijo que pondría su mano sobre su boca. Se ató a sí mismo. Cubrió sus labios con su mano para que ya no salieran más palabras necias. Estaba apenado por haber desafiado a Dios. Reconoció que sus palabras habían sido pretenciosas. Había dicho todo lo que quería decir. Mas la interrogación continuó. Dios aún no había terminado con su examen. El hizo una serie de preguntas que abrumaron a Job: “¿Invalidarás mi juicio? ¿Me condenarás a mí para justificarte tú?” (Job 40:8). Aquí el asunto es sencillo. El desafío de Job vuela entre los dientes de la justicia divina. Sus acusaciones eran un insulto a un Dios santo. La pregunta de Dios resonó en los oídos de Job: ¿Me condenarás a mí para justificarte tú? No hay duda que Job deseaba ser justificado. Estaba cansado de las acusaciones de sus amigos. No entendía por qué era tan miserable. El oró para ser vindicado, pero su deseo había ido muy lejos. Estaba al borde de negociar la justicia de Dios por la suya. Había cruzado la línea en el debate, sugiriendo que tal vez Dios había hecho maldad. Dios le pidió que rectificara, “¿Quieres condenarme para ser tú exonerado?” El peso completo de las preguntas de Dios cayó sobre Job. Casi fue aplastado por ellas. Finalmente quitó su mano de su boca y habló de nuevo. Esta vez no hubo acusaciones en sus palabras. El rompió su voto de silencio sólo para expresar su contrición: “Yo sé bien que tú lo puedes todo, que no es posible frustrar ninguno de tus planes. ¿Quién es éste has preguntado, que sin conocimiento oscurece mi consejo? que no alcanzo a comprender, de cosas demasiado maravillosas que me son desconocidas. “Ahora escúchame, que voy a hablar dijiste; yo te cuestionaré, y tú me responderás. De oídas había oído hablar de ti, pero ahora te veo con mis propios ojos. Por tanto, me retracto de lo que he dicho, y me arrepiento en polvo y ceniza.” (Job 42:2-6 NVI) Al leer esta sección del libro de Job, podemos tener la idea de que Dios estaba intimidando a Job. El estaba preguntando, y Dios le dijo a Job que le contestaría sus preguntas, pero las respuestas nunca vinieron. En realidad, había una condición conectada a la promesa de responder: Job tenía que dar sus respuestas primero. Pero Job falló el examen. Entonces Dios no le dio sus respuestas.
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Sin embargo, Job quedó satisfecho Aunque Dios no le dio respuestas, las preguntas de Job cesaron. El recibió una respuesta más elevada que la que una réplica directa le habría provisto. Dios respondió a las preguntas de Job no con palabras sino consigo mismo. Tan pronto como Job vio quién es Dios, quedó satisfecho. Ver la manifestación de Dios fue todo que él necesitó. Fue capaz de dejar todos los detalles en las manos de Dios. Una vez que Dios ya no estuvo envuelto en el manto del misterio, Job pudo vivir cómodamente con unas pocas preguntas sin contestar. Cuando Dios apareció, Job estaba tan ocupado arrepintiéndose que ya no tuvo tiempo para otros desafíos. Su indignación fue redirigida hacia sí mismo: Me aborrezco y me arrepiento en polvo y ceniza. Ocupémonos ahora de otro hombre del antiguo testamento que desafió a Dios. Fue el profeta Habacuc quien fustigó a Dios por hacer cosas que ofendían su sentido de justicia. El profeta se sintió agraviado de que el pueblo de Dios sufriera a manos de una nación que era más perversa que ellos mismos. Aparentemente, lucía como si Dios hubiese olvidado sus promesas a los judíos y se hubiese cambiado de bando, aliándose con la perversa Babilonia. Para Habacuc esto era comparable a que un judío ‘moderno se preguntara si Dios estaba del lado de Hitler durante el holocausto. La queja de Habacuc quedó registrada con una ruidosa protesta: ¿Hasta cuándo, oh Jehová, clamaré, y no oirás; y daré voces a ti a causa de la violencia, y no salvarás? ¿Por qué me haces ver iniquidad, y haces que vea molestia? Destrucción y violencia están delante de mí, y pleito y contienda se levantan. Por lo cual las leyes debilitadas, y el juicio no sale según la verdad; por cuanto el impío asedia al justo, por eso sale torcida la justicia. (Habacuc 1 :2-4) Habacuc estaba encendido en cólera. Su queja fue tan ardiente que se sobrepasó un poco. El dijo, “La justicia nunca prevalece.” Ciertamente en este mundo hay injusticias que esperan una rectificación final, pero decir que la justicia nunca prevalece es sobrepasarse. Igual que Job, Habacuc demandó respuestas. Entró al cuadrilátero con Dios y estaba preparado para la contienda. Se puso sobre su guardia esperando una respuesta del Todopoderoso. Cuando Dios finalmente hablo, la reacción de Habacuc fue como la de Job: “Oí, y se conmovieron mis entrañas; A la voz temblaron mis labios; Pudrición entró en mis huesos, y dentro de mí me estremecí;” (Habacuc 3: 16)
La respuesta del profeta fue como la de un pequeño niño que es azotado por su padre. Su corazón palpitó y sus labios comenzaron a temblar. Todos hemos visto a los niñitos al borde de las lágrimas. Ellos tratan de contenerse pero el temblor de su labio inferior los delata. Aquí estaba un hombre adulto cuyos labios temblaban en la presencia de Dios. El sentía una especie de corrosión interna, una decadencia que invadía sus huesos. La estructura esquelética que
 este hombre se sentía desplomar. El temblor del misterium tremendum atacó sus piernas; sus rodillas chocaban una con otra. Acto seguido, retiró de su contienda con Dios pero con piernas tambaleantes. Con la aparición de Dios, todas las airadas protestas de Habacuc cesaron. Repentinamente el tono de sus palabras cambió de un amargo desánimo a una inconmovible confianza y esperanza: Aunque la higuera no dé renuevos, ni haya frutos en las vides; aunque falle la cosecha del olivo, y los campos no produzcan alimentos; aunque en el aprisco no haya ovejas, ni ganado alguno en los establos; aun así, yo me regocijaré en el Señor, ¡me alegraré en Dios, mi libertador! (Hab 3:17-18 NVI) Habacuc era ahora tan intenso en su gozo como lo había sido en su desánimo. El pudo descansar absolutamente en la soberanía de Dios. Sus palabras, traducidas al lenguaje moderno sonarían algo así: “Aunque el presupuesto nunca esté balanceado y el mercado de valores caiga, aunque el precio de la comida se vaya hasta las nubes y mi hijo nunca se recobre de su enfermedad, aunque pierda mi trabajo y aunque perdamos nuestra casa, con todo, yo me regocijaré en el Dios de mi salvación.” Jacob, Job y Habacuc, todos le declararon la guerra a Dios. Ellos arremetieron contra las fortalezas del cielo. Todos ellos fueron derrotados, sin embargo salieron de la batalla con sus almas elevadas. Pagaron un precio en pena. Dios permitió el debate, pero la batalla fue intensa antes de que la paz fuese establecida. Saulo de Tarso sintió la misma abrumadora conquista de parte de Dios. El era un fanático del fariseísmo que repudiaba totalmente la aparición de una nueva secta llamada, Cristianismo. Estaba resuelto a hacer desaparecer el cristianismo de la faz de la tierra. Comisionado por las autoridades, el fue de casa en casa acosando a los cristianos y arrojándolos a la prisión. Estuvo presente cuando apedrearon a Esteban y aplaudió el acto. Se regocijó cuando fue asignado a ir’ a Damasco para continuar con su masacre de cristianos. Fue en el camino de Damasco que se encontró con el Santo. El recuerda la escena durante su juicio ante el rey Agripa:

A eso del mediodía, oh rey, mientras iba por el camino, vi una luz del cielo, más refulgente que el sol, que con su resplandor nos envolvió a mí y a mis acompañantes. Todos caímos al suelo, y yo oí una voz que me decía en arameo:* ‘Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? ¿Qué sacas con darte cabezazos contra la pared?’* Entonces pregunté: ‘¿Quién eres, Señor?’ ‘Yo soy Jesús, a quien tú persigues –me contestó el Señor–. Ahora, ponte en pie y escúchame. Me he aparecido a ti con el fin de designarte siervo y testigo de lo que has visto de mí y de lo que te voy a revelar. Te libraré de tu propio pueblo y de los gentiles. Te envío a éstos para que les abras los ojos y se conviertan de las tinieblas a la luz, y del poder de Satanás a Dios, a fin de que, por la fe en mí, reciban el perdón de los pecados y la herencia entre los santificados.’ “Así que, rey Agripa, no fui desobediente a esa visión celestial. (Act 26:13-19 NVI) Saulo era celoso en su búsqueda de la justicia. El era un fariseo de fariseos, un hombre dedicado a la perfección moral. Lo irónico de su celo es que mientras este crecía, aumentaba su oposición por la obra de Dios. No porque Dios esté opuesto a la búsqueda de la justicia, sino porque El se opone al orgullo y la arrogancia. El se opone a aquellos que se envanecen en propia justicia. Mientras Saulo estaba convencido de que luchaba por Dios, en realidad estaba luchando contra El. En esta irónica batalla, él estaba destinado a una confrontación definitiva con el mismo Cristo al que se oponía. Uno de los nombres por los cuales Dios se reveló en el antiguo testamento es el nombre de El Shadai. Este nombre significa “el tronador” o “el Todopoderoso.” Fue con este nombre que Dios se apareció a Job. Lo que Job experimentó fue el sobrecogedor poder de un Dios soberano que se impone sobre todo hombre y que no puede ser dominado por nadie. Saulo se encontró con el poder del Todopoderoso en el camino de Damasco. La experiencia de Saulo en el camino del desierto comenzó con la aparición de una luz refulgente. El camino del desierto al mediodía era un lugar donde la brillantez del sol era particularmente fuerte. Bajo condiciones normales la luz del sol allí es intensa. Para que cualquier otra luz fuese notada en medio del sol del desierto, tiene que haber sido una luz extraordinaria. Saulo habló de ella como una luz más brillante, más radiante que el sol. El la describió como una luz del cielo. La expresión “luz del cielo” no significa una luz desde el cielo. Saulo estaba en la presencia de la gloria celestial de Dios. La gloria de Dios es la manifestación externa de su santidad. La refulgencia de su gloria es tan titilante, tan brillante, que eclipsa al sol del mediodía. En el libro de Apocalipsis nosotros leemos de la apariencia de la nueva Jerusalén, la ciudad que desciende del cielo: Y no vi en ella templo: porque el Señor Dios Todopoderoso es el templo de ella, y el Cordero. La ciudad no tiene necesidad de sol ni de luna que brille en ella; porque la gloria de Dios la ilumina, y el Cordero es su lumbrera. (Apocalipsis 21 :22-23)
La nueva Jerusalén no tiene sol simplemente porque no tiene necesidad de sol. La gloria de Dios y de su Cristo es tan brillante que el sol mismo es opacado por ella. Saulo fue enceguecido por sus rayos. Considere lo que sucede a la gente si ellos miran directamente hacia el sol. En tiempos de eclipse solar la gente es atraída por el extraño espectáculo de una sombra pasando sobre el sol. Hay una fuerte tentación de mirar hacia el; sin embargo, aun con eclipse nosotros encontramos que es doloroso y peligroso mirar directamente al sol.
Los noticieros nos advierten no hacerlo, pues corremos el peligro de dañar nuestros ojos. Si no es posible mirar directamente hacia el son durante el eclipse, ¿cuanto mas severa sería la brillantez que literalmente deslumbra al sol? La gloria de Dios alcanza una magnitud de brillantez mucho más allá de la que el sol alcanza cuando brilla con toda su fuerza. Ningún ángel se apareció para pelear con Saulo. Pero una fuerza sobrenatural lo derribó al suelo. En un instante Saulo quedó ciego. No hubo advertencia, ni susurro de viento que lo alertara. Soberana y poderosamente fue derribado por completo al suelo del desierto. Con la luz del cielo, vino una voz descrita más tarde como el sonido de muchas aguas, una voz que ruge como una explosiva catarata que cae sobre rocas. Saulo dice que la voz le habló en arameo, el lenguaje nativo de Jesús. La voz se dirigió personalmente a Saulo repitiendo su nombre: “Saulo, Saulo.” La doble forma de dirigirse indicaba una intimidad personal. Fue la manera en que Dios se dirigió a Moisés en la zarza ardiendo y a Abraham en el monte Moria. Fue la forma en que Jesús lloró sobre Jerusalén y se dirigió a su Padre en las horas tenebrosas de la cruz. “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?” Note que la voz no preguntó a Saulo por qué estaba persiguiendo a la iglesia de Cristo. Fue más bien, “¿Por qué me persigues a mí? Atacar a la iglesia de Cristo es atacarlo’ a El. Luego preguntó: “¿Por qué das coces contra el aguijón?” Los aguijones eras agudos clavos implantados en un marco de madera pegado a las carretas detrás de los bueyes que las tiraban. Si un buey se ponía terco y rehusaba moverse hacia delante, a veces manifestaba su terquedad dando patadas hacia atrás en los clavos. Imagine cuán absurdo sería que un buey después de patear los clavos, se pusiera tan furioso que los volviera patear una y otra vez. Mientras más da coses contra los clavos, más dolor se provoca a sí mismo. Es como si un hombre se golpeara la cabeza contra la pared, encontrando alivio en cuán bien se siente al dejar de hacerlo. La voz le estaba diciendo a Saulo, “¡Tú, buey necio! ¡Cuán estúpido es seguir dando coses contra los aguijones. Tú no puedes ganar. Tu batalla es fútil. Es el momento de rendirse.” La respuesta de Saulo fue a una simple, aunque significativa pregunta: “¿Quién eres tú Señor?”. Saulo no sabía la identidad de Aquel que lo estaba doblegando, pero de una cosa estaba seguro, quienquiera que fuera, El era el Señor. Esta experiencia convirtió a Saulo en Pablo, así como Jacob se había convertido en Israel. La batalla había terminado. Saulo batalló con Dios y perdió, Aquí como Isaías. Pablo recibió su llamado su comisión al apostolado. Su vida fue cambiada, y con ello el curso de la historia del mundo. En la derrota Pablo entro Paz.
Después de contarle su historia al rey Agripa, Pablo agregó estas palabras: “Por lo cual oh, Rey Agripa, no fui rebelde a la visión celestial. .. (Hechos 26:19). Con todo lo celoso que Pablo fue en su lucha contra Cristo, él llegó a ser aún más celoso en su lucha por Cristo. Tuvo una visión tan intensa de la santidad de Dios que nunca la olvidó. La contempló y expuso su significado en sus epístolas llegando a ser un hombre que entendió lo que significaba ser justificado. Para él, la guerra santa terminó y entró en una paz santa. Llegó a ser el apóstol cuyos escritos despertaron a Lutero en el monasterio y le dieron a la iglesia cristiana la receta para vivir en paz con Dios. El conflicto que tenemos con un Dios santo está arraigado en el conflicto entre la justicia de Dios y nuestra injusticia. El es justo y nosotros somos injustos. Esta tensión crea miedo, hostilidad y enojo dentro de nosotros contra Dios. La persona injusta no desea la compañía de un juez justo. Nos convertimos en fugitivos, huyendo de la presencia de Uno cuya gloria puede enceguecernos, y cuya justicia puede condenamos. Estamos en guerra con El a menos que o hasta que somos justificados. Sólo la persona justificada puede ~entirse cómoda en la presencia de un Dios santo. El apóstol Pablo define los beneficios inmediatos en los frutos de la justificación. En su epístola a los Romanos él explica lo que nos sucede cuando somos justificados, cuando somos cubiertos con la justicia de Cristo que es por fe’ Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo; por quien también tenemos entrada por la fe a esta gracia en la cual estamos firmes, y nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios. (Romanos 5:1-2) El primer fruto de nuestra justificación es paz con Dios. Para el antiguo judío la paz era algo precioso pero difícil para conseguir. El conflicto moderno en el medio oriente parece como una repetición de la historia antigua. Desde los días de la conquista de Canaán hasta el período de la ocupación romana en el nuevo testamento, fueron muy pocos los años cuando Israel no estuvo en guerra. La localización de Palestina como un vital puente terrestre entre África y Asia, lo hizo no sólo un corredor para el comercio sino también para la guerra. La pequeña Israel con frecuencia se encontraba atrapada entre los poderes mundiales que competían entre sí, y era usada como una bola de ping-pong golpeada por raquetas de generales. Los judíos ansiaban la paz. Ellos anhelaban el día cuando las espadas fuesen convertidas en arados; esperaban la era cuando el Príncipe de Paz traería a su fin las incesantes hostilidades. Era tan importante para ellos su búsqueda por la paz, que la misma palabra paz se convirtió en su saludo diario. Así como nosotros decimos hola o adiós ellos decían simplemente shalom. Hasta este día, el saludo shalom es una parte integral del vocabulario judío. La palabra paz se refería primariamente a la cesación del conflicto militar.

Pero tiene otro significado más profundo. Los judíos siempre estuvieron profundamente interesados en la paz interna, porque el tranquilo descanso del alma significaba el fin para un espíritu atribulado. Esto es similar a lo que para nosotros es la “paz mental.” Recuerdo un caluroso día de verano en 1945 en que yo jugaba beisbol en las calles de Chicago. En aquellos días mi mundo consistía en el terreno que se extendía de una base de beisbol a la otra. Todo lo que me importaba era que mi turno al bate llegara. Me irrité mucho cuando el primer lanzamiento se interrumpió por un ruido y un gran desorden alrededor mío. La gente comenzó a salir corriendo de sus departamentos gritando y haciendo sonar ollas con paletas de madera. Por un momento pensé que podía ser el fin del mundo. Era ciertamente el final de mi juego de beisbol. En la multitudinaria confusión, vi a mi madre corriendo hacia mí con lágrimas en su rostro; me cubrió con sus brazos y me apretó diciendo con sollozos incesantes, “Se acabó, se acabó.” Fue el día de la victoria aliada en 1945. Yo no estaba seguro de lo que eso significaba, pero una cosa estaba clara, significaba que la guerra había terminado y que mi padre iba a venir a casa. No más correo aéreo al extranjero, no mas oír las noticias diarias y los reportes acerca de las víctimas, no más banderas de seda adornadas con estrellitas colgando en la ventana, no más cupones de racionamiento. La guerra había terminado y por fin la paz había llegado. Ese momento de júbilo dejó una permanente impresión en mi mente infantil. Aprendí que la paz es una cosa importante, una causa de celebración incontenible, celebración al adquirirla y de amargo remordimiento al perderla. La impresión que tomé ese día en las calles de Chicago fue que la paz había arribado para siempre. Yo no tenía idea de cuán frágil era. Me pareció poco tiempo antes que las noticias reportaran cómo Gabriel Heater estaba dando tenebrosas predicciones acerca de la formación de tropas en China, de la amenaza nuclear de Rusia y del bloqueo de Berlín. La paz de América fue corta, dando lugar una vez más a la guerra en Corea y luego en Vietnam. Frágil, inestable, tenue: estas son las condiciones normales de la paz terrenal. Los tratados de paz, como las regulaciones, parecen ser hechas para quebrarlas. Un millón de Neville Chanberlains en sus balcones con las manos extendidas declarando, “Hemos logrado la paz para nuestros tiempos” no aseguran que la historia humana no sea más que una continua guerra.
Pronto aprendemos a no confiar demasiado en la paz. La guerra se entromete muy rápido y fácilmente. Sin embargo ansiamos una paz permanente en la cual podamos depender. Esto es precisamente la clase de paz que el apóstol Pablo declaró en su epístola a los Romanos. Cuando nuestra guerra santa con Dios cesa, cuando nosotros como Lutero, caminamos a través de las puertas del paraíso, cuando somos justificados por la fe, la guerra termina para siempre.

Con la purificación del pecado y la declaración del perdón divino entramos en un tratado de paz eterno con Dios. El primer fruto de nuestra justificación es la paz con Dios. La paz es una paz santa, una ‘paz sin mancha y trascendente, que lo puede ser destruida. Cuando Dios firma un tratado de paz, es confirmado para perpetuidad. La guerra cesa para siempre. Por supuesto nosotros aún pecamos, aún nos rebelamos, aún cometemos actos de hostilidad hacia Dios. Pero Dios no es cobeligerante. El no es traído en una guerra con nosotros. Nosotros tenemos un Abogado para con el Padre, tenemos un Mediador que mantiene la paz. El regula la paz porque El es tanto el Príncipe de Paz como nuestra paz. Ahora somos llamados los hijos de Dios, un título otorgado en bendición a aquellos que son hacedores de paz. Nuestros pecados ahora son tratados por un Padre, no por un comandante militar. Tenemos paz; es nuestra posesión, sellada y garantizada para nosotros por Cristo. Nuestra paz con Dios no es frágil; es estable. Cuando pecamos, Dios se desagrada, y así El volverá para corregimos y convencernos de nuestro pecado. Pero ya no va a la guerra contra nosotros. Su arco ya no está preparado, y los dardos de su ira ya no están dirigidos a nuestros corazones. El no desenvaina su espada cada vez que quebramos el tratado. La paz que viene por la justificación no es sólo externa, es decir la cesación de guerra. Los más profundos anhelos por una paz interna también están cumplidos en Cristo. Fue San Agustín qué una vez oró, “Tú nos has hecho para Ti mismo, y nuestro corazón está inquieto hasta que halla su descanso en Ti.” Todos sabemos lo que significa ser golpeado con una inquietud interna. Sabemos el amordazarte sentimiento de vacío y culpa que viene de estar separados de Dios. Una vez que nuestra paz es establecida, ese terrible vacío es llenado, y nuestros corazones pueden estar quietos. El nuevo testamento le llama a esta paz “la paz que sobrepasa todo entendimiento.” Es una paz santa, una paz diferente a la paz común y terrenal. Es la clase de paz que sólo Cristo puede brindar, la clase de paz que El mismo posee. Nosotros sabemos por lo registros de los evangelios que Jesús tuvo pocas posesiones en este mundo. El no tenía negocios, ni acciones de compañías. Su única posesión era su manto. Ese valioso manto le fue robado por los designados a ejecutarlo. Parecía entonces que El moriría sin un centavo, sin herencia que otorgarle a sus herederos. Nosotros somos los herederos de Cristo. A primera vista parecería que somos herederos sin herencia. Pero la Biblia aclara Que a Dios le ha placido dar su reino a su amado Hijo. Jesús tuvo una herencia de sus Padre, y esa herencia El la pasa a nosotros. El prometió que algún día nosotros escucharemos las palabras. “Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo. ” (Mateo 25:34).

El reino de Dios no es nuestra única herencia. En su última voluntad y testamento, Jesús dejó a sus herederos algo más, algo muy especial: “Mi paz os dejo, mi paz os doy; no como el mundo la da yo os la doy. No se turbe vuestro corazón ni tenga miedo” (Juan 14:27). Este es el legado de Cristo: paz. Su paz es muestra herencia la cual el nos da no como el mundo la da. No hay motivos ocultos, ni trampas siniestras. El nos da su paz no para su beneficio, sino para el nuestro. Es un regalo de fuera de este mundo, dado en una manera diferente al mundo, y es para que lo tengamos para siempre. La paz es un resultado inmenso de la justificación, pero hay algo más agregado a esta paz santa: acceso. El acceso es crucial para cualquiera que ha luchado alguna vez con un Dios Santo. Nosotros vemos señales de acceso por todas partes. Algunas dicen, “No hay paso”, y otras, “acceso limitado”. En ciertas épocas en la historia, un signo de “no acceso” fue colocado en las puertas del paraíso. Aun el templo del Antiguo Testamento no permitía a la gente ordinaria acceso al trono de Dios. Pues, aun el sumo sacerdote tenía un acceso limitado, una vez al año bajo cuidadosas circunstancias. Un grueso velo separaba el Lugar Santísimo del resto del Templo. Estaba fuera de los límites, área restringida. Ninguna admisión era permitida al creyente común y corriente. En el momento en que Jesús fue inmolado en el instante en el que el Justo moría por los injustos, el velo en el templo fue roto. La presencia de Dios se hizo accesible para nosotros. Para el cristiano, ha sido removida la señal de “No Acceso” de las puertas del paraíso. Ahora nosotros podemos caminar libremente en tierra santa. Tenemos acceso a su gracia, mas aún, tenemos acceso a El. La gente justificada ya no necesita decirle al Santo, “Apártate de mí porque soy hombre pecador.” Ahora podemos sentimos bienvenidos en la presencia de un Dios santo. Podemos llevar nuestras preguntas a El. El no está demasiado remoto para escuchar nuestro clamor. Venimos cubiertos por la justicia de Cristo. Repito: Podemos sentimos bienvenidos en la presencia de Dios. Por supuesto, aún venimos asombrados, en un espíritu de reverencia y adoración, pero la maravillosa noticia es: Por tanto, teniendo un gran sumo sacerdote que traspasó los cielos, Jesús el Hijo de Dios, retengamos nuestra profesión. Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado, Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro. (Hebreos 4:14-16)
La Biblia nos invita a acercamos al trono de gracia con confianza. También se usa la palabra certeza. Siendo justificados podemos tener seguridad al acercamos a Dios. Tener certeza o confianza no debe ser confundido con ser arrogante o pretencioso. Uza fue más confiado, el fue arrogante. Nadab y Abiu abusaron de la confianza, insultante la majestad de Dios. Nosotros debemos venir a su presencia confiados y seguros. No hay necesidad de retirarnos de El o vacilar para entrar en su presencia. Pero cuando nos acercamos, debemos recordad dos cosas: Quien es El, y quienes somos nosotros. Para el cristiano, la guerra se ha terminado; la paz ha sido establecida. El acceso al Padre es nuestro, pero aun debemos temblar delante de nuestro Dios. El aun es Santo. Nuestro temblor es el temblor de la admiración y la veneración, no el temblor de la cobardía, o del miedo de un pagano que se asusta por el ruido de una hoja. Lutero lo explico así: Temamos a Dios, no con un medio servil como de un prisionero ante su atormentador, sino como hijos que no desean desagradar a su amado Padre. Venimos a El en confianza; venimos a El con seguridad; tenemos acceso. Tenemos una paz santa. Permitiendo que la Santidad de Dios Toque Nuestras Vidas: A medida que usted reflexiona sobre lo que ha aprendido y redescubierto sobre la santidad de Dios, responda estas preguntas. Use un diario para registrar sus respuestas en lo concerniente a la santidad de Dios, o discútalas con un amigo.

1. ¿Ha sido usted involucrado por Dios en un conflicto honesto como lo hizo con Jacob? ¿Cuál fue el resultado?
2. ¿Ha desafiado usted alguna vez a Dios como lo hizo Job? ¿Cuál fue la respuesta de Dios?
3. La batalla de Habacuc con Dios terminó en una atrevida declaración de fe: “Aunque suceda, sin embargo, yo me, regocijaré en el Señor.” ¿Cuáles son los “aunques” en su vida? ¿Está usted dispuesto a someterlos al Señor?
4. ¿Qué significa personalmente para usted que la muerte DE Cristo nos ofrezca una paz eterna con Dios?
5. ¿Cómo adorará usted a Dios por damos un ilimitado acceso a su presencia?

Fuente:http://cebei.wordpress.com/2009/03/03/07-la-santidad-de-dios-711-paz-y-guerra-con-un-dios-santo-rc-sproul/

El Orden de la Creación

El Orden de la Creación

En la creación del mundo, Dios creó al hombre a su imagen. El término “hombre” es utilizado con un sentido genérico, ya que podemos ver que el hombre fue creado varón y hembra. En el orden de la Creación, el dominio sobre la tierra fue dado al hombre. En este aspecto, Adán y Eva servían como vice-regentes de Dios. Eva formó parte de este dominio; si consideramos que el dominio que tenía Adán era como una especie de reinado sobre la creación, Eva sería su reina. No obstante, está claro desde el punto de vista de la Creación que Eva ocupaba un puesto subordinado respecto a Adán. Desempeñaba el papel de “ayudante”.

El movimiento feminista ha puesto en relieve varios asuntos relacionados a este orden de la Creación. Por ejemplo, los pasajes del Nuevo Testamento que habla sobre la sumisión de las esposas a sus esposos y que sólo los hombres podían hablar en la iglesia han levantado enérgicas protestas y se le ha acusado a Pablo de ser un machista del siglo I a la vez que otros han intentado ponerlo en un contexto histórico y relativizar estas reglas con el argumento de que solamente eran costumbres culturales pertinentes al siglo I, pero no al mundo moderno. También se ha sostenido que el principio de la sumisión es una ofensa para las mujeres, robándoles su dignidad y relegándoles a un nivel de individuos inferiores. 

Respecto a este último punto, la suposición errónea que se hace es que subordinación significa inferioridad o que la subordinación destruye la igualdad en cuanto a dignidad, inteligencia y valor. Lamentablemente, el machismo muchas veces ha sido impulsado por esta idea equivocada; con hombres que suponen que la razón por la cual Dios mandó a las mujeres a someterse a los maridos fue porque las mujeres fueran inferiores.

Desde el punto de vista de nuestro entendimiento de las personas de la Divinidad podemos ver que esta deducción es completamente falsa. Cuando hablamos de la redención, el Hijo se somete al Padre y el Espíritu Santo se somete al Padre y al Hijo.

Esto no significa que el Hijo es inferior al Padre, ni que el Espíritu Santo es inferior al Padre y al Hijo. Nuestro entendimiento de la Trinidad es que las tres personas de la Divinidad son iguales en existencia, valor y gloria. Son co-eternos y co-existentes.

De la misma manera, en una jerarquía organizada no pensamos que sólo porque el vicepresidente es subordinado al presidente, el vicepresidente es inferior al presidente como persona. Es obvio que subordinación no se traduce por inferioridad.

La cuestión de que si la sumisión de las esposas a sus esposos en el matrimonio y las mujeres a los hombres en la iglesia es una mera costumbre cultural de los tiempos antiguos es una cuestión ardiente. Si de verdad estos asuntos fueran establecidos como costumbres culturales y no como principios vinculantes sería una injusticia aplicarlos a sociedades donde no pertenecen. Por otro lado, si fueron dados como principios transculturales por un mandato divino y los tratamos como meros convenciones culturales sería ofender al Espíritu Santo y rebelarnos contra Dios mismo. 

En otras palabras, si los pasajes bíblicos sólo reflejan el machismo del primer siglo rabínico judío, no merecen nuestra aceptación. Sin embargo, si Pablo lo escribió inspirado por el Espíritu Santo, y si el Nuevo testamento es Palabra de Dios, entonces la acusación de machismo debe ser aplicado no sólo a Pablo sino también al Espíritu Santo mismo – una acusación que no se podría pasar por alto impunemente. 
Si estamos convencidos de que la Biblia es Palabra de Dios y sus mandatos son mandatos de Dios, ¿cómo podemos discernir entre costumbres y principios? 

He escrito sobre este asunto de la cultura y la Biblia en mi libro Conociendo las Escrituras (Knowing Scripture). En él menciono que a menos que llegamos a la conclusión de que toda la Escritura son principios y por tanto válidos para todas las personas en todos los tiempos y lugares, o que la Escritura es una simple colección de costumbres locales condicionadas por la cultura sin ninguna relevancia o aplicación necesaria más allá de su contexto histórico inmediato estamos obligados a descubrir algunas pautas para discernir las diferencias entre principio y costumbre.

Para ilustrar este problema vamos a ver lo que pasa si mantenemos que todo en la Escritura es principio. Si esto fuera el caso tendríamos que hacer cambios radicales en el evangelismo. Jesucristo mandó sus discípulos “No llevéis bolsa, ni alforja, ni calzado…” (Lucas 10:4ª). Si hacemos de este texto un principio transcultural tendríamos que evangelizar descalzos. 

Está claro que hay cuestiones bíblicas que refleja una costumbre histórica. No se nos exige llevar el mismo tipo de ropa que llevaron las personas bíblicas, o pagar nuestro diezmo en shekel o denarios. Cosas como ropa o dinero están sujetas a cambios. 

Una de las consideraciones más importantes a la hora de determinar la cuestión de principio o costumbre es si el asunto en cuestión incluye una ordenanza de la creación. Las ordenanzas de la creación se pueden distinguir tanto de leyes del antiguo pacto como mandatos del nuevo pacto. La primera consideración está relacionada con las partes de los diferentes pactos. En el Nuevo Testamento, el pacto está hecho para creyentes cristianos. Por ejemplo, los creyentes deben celebrar la Cena del Señor. Sin embargo, este mandato no se extiende a los no creyentes, que por el contrario se les advierte no participar en este sacramento. De la misma manera existen leyes en el Antiguo Testamento que sólo era de aplicación para los judíos. 
Pero nos preguntamos quienes son las partes del pacto de la Creación. En la Creación, Dios hace un pacto no solamente con los judíos o con los cristianos, sino con toda la humanidad. Mientras existan seres humanos en la relación pactada con el Creador, las leyes de la Creación permanecen intactas. Están reafirmadas tanto en el antiguo pacto como en el nuevo.

Si algo trasciende una costumbre cultural, es una ordenanza de la creación. Por tanto, es algo muy peligroso tratar el asunto de la subordinación en el matrimonio y en la iglesia como meros costumbres locales cuando queda claro que los mandatos del Nuevo Testamento para estas cuestiones se apoyan en el llamado apostólico de la Creación. Estos llamados indican claramente que estos mandatos no pretendían ser considerados como costumbres locales. El hecho de que la iglesia moderna muchas veces trata normas divinas como simples costumbres refleja no tanto el condicionamiento cultural de la Biblia como el condicionamiento cultural de la iglesia moderna. Este es un caso en que la iglesia capitula ante la cultura local en vez de obedecer la ley trascendental de Dios. 

Si uno estudia una cuestión como esta con cuidado y es capaz de discernir si una cuestión es un principio o una costumbre, ¿qué debería hacer esta persona?

Aquí entra en juego un principio de humildad, un principio establecido en el axioma del Nuevo Testamento de que lo que no viene de la fe es pecado. ¿Se acuerda del antiguo dicho “Si tienes dudas, no lo hagas”? Si somos demasiado escrupulosos y consideramos una costumbre como un principio no somos culpables de pecado – no hay pena si no hay delito. Por el otro lado, si tratamos un principio como si fuera una costumbre que se puede dejar a un lado seríamos culpables de desobediencia hacia Dios.

Las ordenanzas de la Creación pueden modificarse, tal como se hizo con las leyes mosaicas respecto al divorcio, pero el principio aquí es que las ordenanzas de la Creación son normativas a menos que o hasta que sean modificadas explícitamente por revelación bíblica posteriormente.

Ligonier Ministries, R.C. Sproul, May 1999, El_Orden_de_la_Creación