Benedicto XVI pide “perdón” en público por abusos sexuales de curas

Benedicto XVI pide “perdón” en público por abusos sexuales de curas
“Imploramos insistentemente perdón a Dios y a todas las personas afectadas, y prometemos hacer todo lo posible para asegurar que ese tipo de abusos nunca más puedan ocurrir”, se comprometió el Papa, asegurando que se “hará todo lo posible para examinar la autenticidad de la vocación” de los futuros sacerdotes.
Italia | Miércoles 16 de Junio, 2010 | Por Nínro Ruíz Peña

(NoticiaCristiana.com).


El papa Benedicto XVI, pidió por primera vez en público “perdón” por los abusos sexuales cometidos por curas católicos contra menores de edad al clausurar en la plaza San Pedro un difícil año sacerdotal, marcado por los escándalos de pedofilia en la Iglesia.
“Imploramos insistentemente perdón a Dios y a todas las personas afectadas, y prometemos hacer todo lo posible para asegurar que ese tipo de abusos nunca más puedan ocurrir”, se comprometió el Papa ante unos 15.000 sacerdotes, monjas y religiosos provenientes de todos los continentes, congregados en la enorme explanada.

“Ha ocurrido que en este año de alegría para el sacramento del sacerdocio salieron a la luz los pecados de los sacerdotes, y en particular los abusos contra niños”, reconoció el Papa durante la misa solemne concelebrada bajo un sol ardiente con un elevado número de cardenales y obispos.
Iglesia examinará la autenticidad de la vocación sacerdotal
El pontífice prometió que se “hará todo lo posible para examinar la autenticidad de la vocación” de los futuros sacerdotes, asegurando que los acompañarán aún más en su camino, “para que el Señor los proteja y los custodie en las situaciones dolorosas y en los peligros de la vida”.
Sin embargo da mucho que pensar que la Iglesia Católica advirtió “usará la vara del pastor”, para proteger a sus sacerdotes de “los farsantes”, de las “desorientaciones” y del falso amor. La interrogante es: ¿cómo lo hará? ¿Utilizará detectives? ¿Cuál será su método para evitar más abusos sexuales por parte de sus sacerdotes?
“Hoy vemos que no se trata de amor, cuando se toleran comportamientos indignos de la vida sacerdotal”, acentuó Benedicto XVI, al rechazar claramente la actitud de algunos cardenales y jerarcas de la Iglesia católica por haber encubierto por décadas a los curas pedófilos.
El pontífice alemán, que ha sido acusado inclusive personalmente de haber callado un caso hace más de tres décadas cuando era arzobispo en Alemania, optó por la tolerancia cero contra los curas pedófilos tras estallar a inicios del año una serie de escándalos en Irlanda.
F: AFP

Los jesuitas admiten décadas de ocultación de abusos a menores

Los jesuitas admiten décadas de ocultación de abusos a menores

EL PAÍS

Los jesuitas alemanes ocultaron sistemáticamente durante décadas los casos de abuso sexual y malos tratos cometidos en las escuelas de la congregación en ese país.

“En nombre de la orden reconozco con vergüenza y culpa el fracaso de la misma”, lamentó ayer el provincial de los jesuitas en Alemania, Stefan Dartmann.

La vergüenza tiene cifras: 46 agresores entre curas, profesores laicos y educadores -seis de ellos ya fallecidos- y al menos 200 víctimas, según el informe encargado por la propia Compañía de Jesús a una comisión, que publicó ayer sus conclusiones en Múnich. Ninguno de los presuntos abusadores puede ya ser perseguido. Los delitos han prescrito.

Los jesuitas alemanes han sido un ejemplo de transparencia al afrontar el escándalo de los abusos que sacude el país desde el pasado enero. Fue el rector del colegio Canisius de Berlín, padre Klaus Mertes, quien denunció los graves episodios ocurridos en su escuela entre los años sesenta y ochenta. Mertes causó un efecto dominó que animó a ex alumnos de otras escuelas católicas y laicas a denunciar casos similares. Sus acusaciones han dejado maltrecha la reputación de algunas de las más prestigiosas instituciones del país y han alcanzado incluso al Papa Benedicto XVI.

Una mujer laica, Ursula Raue, abogada berlinesa, experta en violencia contra menores, ha coordinado el trabajo encargado por los jesuitas. El resultado es un informe que resume en 30 páginas meses de investigación.

“En total, hemos recibido 205 denuncias que se refieren a los jesuitas y otras 50 de casos que afectan a otras órdenes, la mayoría católicas”, escribe Raue. Las agresiones denunciadas involucran a cuatro escuelas: el Canisius, la escuela St. Ansgar de Hamburgo, el colegio St. Blasien (suroeste), el colegio Inmaculada de Büren (que hoy ya no pertenece a la orden), además de asociaciones juveniles en Hannover y Gotinga. Y apuntan con especial insistencia a doce educadores, sospechosos de cometer más de una agresión.

Los casos más llamativos son los de dos religiosos con 41 y 40 denuncias, respectivamente. El primero, el padre Anton (nombre ficticio), obligaba a los alumnos del colegio Canisius a mantener entrevistas a puerta cerrada y les obligaba a sentarse en sus rodillas y, a veces, a tocarle o a masturbarse bajo su mirada. En 1981 fue trasladado a Gotinga, donde volvió a cometer abusos. Tras las protestas de algunos padres, su superior, el Padre Höfer, decidió alejarlo del trabajo con jóvenes. En 1988 fue enviado a México. En ninguno de los dos traslados se mencionó la razón.

Interrogado acerca de las denuncias, el acusado, quien dejó la orden en 1995, rechazó las acusaciones. Pero hay hombres “de más de 70 años”, como escribe Raue, “que han relatado los malos tratos y las agresiones sexuales que sufrieron entonces y que han condicionado su vida”. Raue habla de “depresión, pánico y problemas en la esfera sexual, en particular con la pareja”.

El otro acusado -el informe lo llama Padre Bertran- actuó justo a la inversa tras cometer las agresiones. Ya en 1991 admitió que durante años, a causa de sus problemas psicológicos y emocionales, castigó con violencia a “varios cientos” de alumnos.

Según el informe, sus puniciones corporales tenían un componente sádico con el que trataba de humillar a las víctimas. A pesar de que sus superiores estuvieran al tanto de sus tendencias suicidas y su desequilibrio mental, fue trasladado desde Berlín a Hamburgo y de ahí a Sankt Blasien. En todas las ocasiones fue acusado de nuevo. Finalmente, fue trasladado a Santiago de Chile, donde en 1990 se enamoró de una mujer y decidió abandonar los jesuitas.

Los jesuitas alemanes se han apresurado a reconocer el daño causado y a reparar así moralmente a las víctimas. Pero aún no han hablado de indemnizaciones. El provincial Stefan Dartmann no quiso pronunciarse sobre el asunto mientras la comisión nombrada por el Gobierno alemán para tratar ese asunto no haga una recomendación al respecto.

Según el Padre Klaus Mertes -quien desencadenó con su denuncia el escándalo cuando envió cartas a los ex alumnos del Canisius que podían haber sido víctimas-, “el informe no es el final de esta historia pero sí un paso importante”. Cuatro meses después, y pasado el peor momento del escándalo, concluye: “Por cada víctima que tuvo el coraje de confesar, mereció la pena”.

País escandalizado

  • – Implicados cuatro educadores en marzo en casos de abusos en el coro de voces blancas de Ratisbona, que dirigía el hermano del Papa.
  • – La Iglesia amparó en Múnich a un cura pederasta cuando Ratzinger era obispo.
  • – El colegio laico de Odenwald anunció en abril que 40 alumnos denunciaron a 9 profesores por abusos.
  • – El Colegio católico de Ettal reconoció un centenar de abusos entre los 60 y 80.
  • – En abril, el Gobierno alemán organizó una conferencia con políticos, padres, profesores e Iglesia para discutir los abusos. Su trabajo seguirá hasta el 2011.

Despropósitos. Pederastia e Iglesia católica

Despropósitos. Pederastia e Iglesia católica
lunes, 10 de mayo de 2010

Alfonso Ropero, España

No por habitual ha dejado de sorprenderme la actitud secular de la jerarquía católica que ante cualquier crítica responde con una queja lastimera por la dice sentirse el blanco de los ataques de los enemigos de la Iglesia.

Este complejo de victimismo, tan usado y abusado por grupos que no tienen nada de víctimas, es la manera menos digna de enfrentar un problema y la menos respetuosa con los interlocutores. La Iglesia católica tiene que dejar a un lado el síndrome de mártir, y acometer seriamente su papel en la sociedad moderna, crítica y criticada a la vez, como cualquier otra institución o sociedad presente en el mundo democrático. No puede ni debe refugiarse en un limbo de intocabilidad, sino asumir con valentía los ataques a los que responder a la altura de los tiempos en que vivimos y no con lamentaciones que huele odio y ve complots por todas partes. ¿Tan mala conciencia tienen que son incapaces de imaginar simpatías y adhesiones de buena voluntad? Las personas y las sociedades son tomadas en serio cuando afrontan con realismo y suficiente autocrítica las acusaciones de que son objeto, desmontándolas o asumiéndolas, según sea el caso, con honestidad y transparencia. También aquí habría que aplicar el tan menciona slogan de Juan Pablo II: “No tengáis miedo”.

En el caso de la pederastia y del abuso del poder de algunos miembros del clero no se trata de una crítica, ni de un bulo, sino de una larga lista de hechos comprobados, que hacen sentir vergüenza hasta al mismo papa. No es para menos.

En una cuestión tan delicada como este se podría esperar más sabiduría y sensibilidad en hombres, por otra parte, acostumbrados a la dialéctica de los estudios teológicos y canónicos. Pero, a la luz de algunas declaraciones hechas por algunos altos jerarcas, uno está tentado a pensar que no viven en el mundo del común de los mortales, ni tampoco, por desgracia, en el mundo del reino de cielos, que dicen representar, sino en un mundo irreal, siempre a la defensiva, lo que les lleva a proferir algunas declaraciones que rozan la provocación, si tuviesen poder de provocar.

En estos últimos días hemos escuchado y leído algunos de estos despropósitos, que dan verdadera vergüenza ajena. Cómo se puede decir con seriedad y sentido de la realidad que “los enemigos de la Iglesia han encontrado un filón de oro para desprestigiarla”, según afirmó hace poco Demetrio Fernández, nuevo obispo de Córdoba.

¿De verdad que el escándalo de la pederastia en la Iglesia católica, con el dolor que supone para miles de victimas, constituye “un placer de demonios”, según el mismo prelado? ¿En que mundo vive? ¿Cómo se puede ser tan despectivo con gente, que lejos de ser demonios, ni de sentir el mínimo placer por estos casos que no deberían haber ocurrido, les gustaría oír un mínimo de autocrítica sincera, de arrepentimiento verdadero, empezando por uno mismo, de modo que ese mismo mensaje de arrepentimiento dirigido a los demás puedas resultar creíble?

¿No es él un representante y seguro que predicador del mensaje de penitencia y arrepentimiento?

Escuchando este tipo de argumentos, que se suman a los desmanes cometidos, estos ya irreparables, no así las maneras de afrontarlos y enjuiciarlos ad intra y ad extra, no se preocupe el Sr. Obispo de Córdoba, que no necesita que nadie desprestigie a la Iglesia, se desprestigia, todavía más, por su propia boca. Lo cual, no deja de ser lamentable.

No es noticia que algunos eclesiásticos sean delincuentes, sino que personas dedicadas vocacionalmente a la infancia, a la vida y a la santidad, hayan podido incurrir en delitos tan graves en tantos lugares y durante tanto tiempo.

Nadie duda que haya miles de personas buenas que han gastado y gastan su vida en la noble tarea de la educación y cuidado de la infancia, y todos se duelen porque la institución que debería ser un baluarte de pureza ha demostrado no ser tal, porque cuando más se necesitaba una voz y ejemplo de virtud en un mundo de mentira e injusticia, se ha descubierto el desamparo y la orfandad en que se encuentran las personas de buena voluntad.

No se puede tomar en serio el dolor de los jerarcas católicos por los casos de abusos a menores, cuando en lugar de llorar de vergüenza y vestirse de saco cenizas, en una manifestación colectiva de arrepentimiento renovador, se atreven a justificar lo injustificable vinculando la pedofilia con la homosexualidad como hizo el pasado 13 de abril de 2010 el secretario de Estado del Vaticano, el cardenal Tarcisio Bertone.

“Muchos psicólogos y muchos psiquiatras han demostrado que no hay relación entre celibato y pedofilia —dijo—, pero muchos otros han demostrado, me han dicho recientemente, que hay relación entre homosexualidad y pedofilia”. Un despropósito que hace dudar de su capacidad crítica, y de hombre “culto”.

Por si fuera poco, y ayer mismo, 6 de mayo de 2010, el arzobispo de Porto Alegre, Dadeus Grings, ni corto ni perezoso ha explicado el problema de unos cuantos delincuentes implicando a toda la sociedad. “La sociedad actual es pedófila, ese es el problema”. Y a continuación aprovecha para arremeter contra los homosexuales, como si hubiera sido suficiente con las declaraciones de Bertone. En un verdadero delirio surreal informó al diario O Globo, que así como los homosexuales ganaron espacios lo mismo podría pasar con los pedófilos, literalmente: “Cuando la sexualidad es banalizada, es claro que va a alcanzar todos los casos. El homosexualismo es un caso. Antiguamente no se hablaba del homosexual. Y era discriminado. Cuando se comienza a decir que ellos tienen derechos, derecho a manifestarse públicamente, de aquí a poco van a tener derechos los pedófilos”.

Con despropósitos como estos es difícil tomarse en serio la ética y la visión de la iglesia católica para un mundo mejor y más justo. Si encuentra difícil y extraño acusar a sus propios hijos, siendo que la labor del pastor y del profeta es precisamente cuidar de los suyos, y reprenderles cuando es necesario —que suele ser con mucha frecuencia—, también debería resultarle difícil y nada caritativo acusar y condenar a quienes está llamado a convencer y salvar llegado el caso. ¿Habrá que recordar el viejo texto bíblico que dice: “Es tiempo de que el juicio comience por la casa de Dios”, 1 Pedro 4,17?

Alfonso Ropero

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