¿Como orar?

¿Como orar?

Análisis de la oración basado en la enseñanza de Jesús en el sermón del monte:

I. Introducción.

Nos encontramos aquí ante uno de los temas más vitales en relación con nuestra vida cristiana: la oración.

La oración es la manera que Dios nos ha revelado de comunicarnos con el. Aunque Dios sabe todas las cosas, mediante este modo de relacionarnos con el, nos permite expresarnos y hacerle conocer nuestras necesidades.

Orar es hablar con Dios. No se trata de repeticiones mecánicas de expresiones aprendidas, sino de una forma de expresarnos dialogalmente.

La oración, el medio que Dios nos concedió para que a través de la fe sencilla tuviéramos comunión profunda e intima, de modo espiritual con el. La oración es, sin lugar a dudas, la actividad más elevada del alma humana. El hombre nunca es más grande que cuando, de rodillas, se halla frente a frente con Dios.

Cuando san Agustín, planteó las bases de la reflexión medieval sobre los problemas de la comunicación, distingue, frente al hombre, dos tipos de interlocutores: los otros hombres, y también los seres sobrenaturales comenzando por Dios. Esta comunicación (sobrenatural) concierne antes que nada a la oración, hecha de intenciones, de creencias, de palabras y también de gestos.

Cuando el hombre habla a Dios está en la cima. Es la actividad más elevada del alma humana, y en consecuencia, es también la piedra de toque final de la condición espiritual genuina del hombre. Nada hay que nos revele mejor la verdad sobre nosotros, en cuanto personas cristianas, que la vida de oración. Todo lo que hagamos en la vida cristiana es más fácil que orar. No es tan difícil dar limosnas a los necesitados —el hombre natural también hace eso, y uno puede poseer un verdadero espíritu de filantropía sin ser cristiano—. Algunos parecen haber nacido con una naturaleza y espíritu generosos; para ellos el dar limosna no ofrece ninguna dificultad. Lo mismo se aplica a la cuestión de la autodisciplina —al abstenerse de ciertas cosas y asumir ciertos deberes y tareas—. Dios sabe que es mucho más fácil predicar desde un pulpito que orar. La oración es, sin duda alguna, la piedra de toque final, porque el hombre puede hablar a los demás con mayor facilidad de lo que puede hablar con Dios. En último término, por consiguiente, el hombre descubre la verdadera condición de su vida espiritual cuando se examina a sí mismo en privado, cuando está a solas con Dios.

Nuestra posición verdadera en el sentido espiritual, la descubrimos cuando hemos abandonado el campo de actividades y procederse externos relacionados con otras personas, y nos hallamos a solas con Dios. No sólo es la actividad más elevada del alma, es también la piedra de toque final de nuestra verdadera condición espiritual.

Bien podemos decir que la característica más destacada de todas las personas santas que el mundo ha conocido ha sido que no sólo han dedicado mucho tiempo a la oración en privado, sino que han hallado una gran satisfacción en ello. No se lee la vida de ningún santo sin encontrar que así haya sucedido. Cuanto más santa es la persona, más tiempo dedica a la conversación con Dios. Así pues, es un asunto de importancia vital y absoluta. Y no cabe duda de que hace más falta la instrucción sobre este tema que sobre cualquier otro.

En este trabajo, veremos algunos aspectos de la oración, en relación con la enseñanza de Jesús en el sermón del Monte.

En los Evangelios, vemos que Juan el Bautista había estado enseñando a sus discípulos a orar. Es evidente que se habían dado cuenta de la necesidad de recibir instrucción, y le habían pedido que les enseñara. Y Juan les había enseñado a orar. Los discípulos de nuestro Señor sintieron exactamente la misma necesidad. Acudieron a Él una tarde y le dijeron, de hecho, “Señor, enséñanos a orar, como también Juan enseñó a sus discípulos.” No cabe duda de que nació en su corazón este deseo porque eran conscientes de esta clase de dificultad natural, instintiva, inicial, que todos experimentamos; pero sin duda alguna también éste deseo se incrementó al ver la vida de oración del Señor. Lo veían levantarse mucho antes del amanecer para ir a orar a las montañas, y dedicar noches enteras a la oración. Y a veces, no lo dudo, se decían entre sí: “¿De qué habla? ¿Qué hace?!’ Quizá también pensarían, “a los pocos minutos de estar en oración ya me faltan las palabras. ¿Qué hace posible que Él se dedique tanto a la oración? ¿Qué lo conduce a este abandono y facilidad?”. “Señor, enséñanos a orar”, decían. Con esto expresaban que les gustaría poder orar como él lo hacía. ‘”Ojala conociéramos a Dios como tú lo conoces. Enséñanos a orar!’ ¿Hemos experimentado esto alguna vez? ¿Nos hemos sentido alguna vez insatisfechos con nuestra vida de oración y deseando saber más lo que en realidad es orar? Si lo hemos sentido, es una señal alentadora.

En la cristiandad griega, las Vidas de los Padres (traducidas al latín en el siglo VI) insisten sobre las actitudes ascéticas del monje del desierto.Podemos citar a Macario (quizas Macario el viejo):

«¿Cómo debemos orar?», pregunta Macario, «No es necesario usar muchas palabras. Es suficiente con mantener las manos elevadas».

Tambien podemos citar a Orígenes, quien dijo preferir a toda otra actitud, aquella que consiste en elevar las manos y los ojos, «ya que el cuerpo aporta así a la oración la imagen de las cualidades que convienen al alma».

II. Sermón del monte

El Sermón del monte o de la montaña fue, de acuerdo al Evangelio según Mateo, un sermón dado por Jesús de Nazareth cerca del 30 d. C. a sus discípulos y a una gran multitud (Mat. 5:1; 7:28). La tradición dice que la alocución se desarrolló en la ladera de una montaña (de ahí su nombre). Algunos cristianos contemporáneos creen que se trataba de un monte al norte del Mar de Galilea, cerca de Capernaum.

El Sermón del Monte puede ser considerado como similar (pero más sucinto) al Sermón del Llano como se menciona en el Evangelio según Lucas (Lucas 6:17–49). Algunos comentaristas creen que puede tratarse de versiones distintas del mismo texto, mientras que otros dicen que Jesús predicaba frecuentemente temas similares en diferentes lugares. En tercer lugar, hay quienes creen que ninguno de los sermones realmente existió, sino que ambos son compilaciones de las primeras enseñanzas de Jesús tal como se muestran en Mateo y Lucas.

Probablemente la porción más conocida son las Bienaventuranzas que se encuentran al inicio. También contiene el Padrenuestro, así como la versión de Jesús de la Regla de Oro. Otros versículos citan a menudo la referencia de “sal de la tierra”, “luz del mundo” y otras. Para muchos, el Sermón del Monte contiene las disciplinas principales del cristianismo y es considerado como tal por muchos pensadores morales y religiosos como Tolstoy y Gandhi.

II.Estructura del sermón

El Sermón del Monte comprende las siguientes secciones:
Capítulo 5

Narrativa introductoria: una multitud sigue a Jesús por su fama de sanador de enfermedades. Luego, Jesús sube a un monte y comienza a hablar (Mateo 5:1-2)

  • Bienaventuranzas (Mateo 5:3-12):
  • Bienaventurados los pobres de espíritu: porque de ellos es el reino de los cielos. (Versículo 3)
  • Bienaventurados los mansos: porque ellos poseerán la tierra. (Versículo 4)
  • Bienaventurados los que lloran: porque ellos serán consolados. (Versículo 5)
  • Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia: porque ellos serán saciados. (Versículo 6)
  • Bienaventurados los misericordiosos: porque ellos obtendrán misericordia. (Versículo 7)
  • Bienaventurados los limpios de corazón: porque ellos verán a Dios. (Versículo 8)
  • Bienaventurados los pacíficos: porque ellos serán llamados hijos de Dios. (Versículo 9)
  • Bienaventurados los que sufren persecución por la justicia, pues de ellos es el reino de los cielos. (Versículo 10)
  • Las metáforas de sal y luz (Mateo 5:13-16), que operan como introducción a la siguiente sección.
  • Un gran discurso conocido como la Antítesis de la Ley, que presenta una antítesis en la cual Jesús expande y adapta la Ley de Moisés (Mateo 5:17-48) y contrapone al lema ojo por ojo, diente por diente, el amor a los enemigos….

Capítulo 6
Un largo discurso que trata los temas de la limosna, la oración y el ayuno. En él se condena a quienes practican estos actos para obtener la aprobación de la gente, no realizándolos por una actitud real del corazón. El discurso condena la superficialidad del materialismo y la religiosidad hipócrita.
Dentro del discurso está el Padre nuestro, que se presenta en Mateo como un ejemplo de una correcta oración. Lucas lo inserta en un contexto diferente.

Capítulo 7
Un discurso que trata sobre el error de enjuiciar a los demás antes de juzgarse uno mismo.
El resto del capítulo 7 trata sobre:
No dar “lo santo a los perros”. (Mateo 6:6)
“Pide y recibirás, busca y encontrarás, golpea y las puertas se te abrirán”. (Mateo 7:7-11)
“Haz a otros lo que quieres que te hagan a ti”, adaptación de Jesús de la llamada ética de la reciprocidad, sintetiza la Ley de Moisés.(Mateo 7:12)
El camino delgado y difícil lleva a la vida, el amplio y fácil lleva a la destrucción: muchos toman el camino fácil y pocos encuentran el camino difícil. (Mateo 7:13-14)
Tomar cuidado de los falsos profetas: son lobos con piel de oveja; por sus “frutos” se les conoce; el buen árbol no produce mala fruta y el árbol malo no puede producir buenos frutos. (Mateo 7:15-20)
Hacer la voluntad de Dios Padre en lugar de que sólo invocar el nombre de Jesús. (Mateo 7:21-23)
“Quien quiera seguir estas palabras construirá sobre roca y sobrevivirá; quien no, construye en arena y será destruido. (Mateo 7:24-27)
Epílogo. (Mateo 7:28-29)

Interpretación
Uno de los debates más importantes sobre el Sermón consiste en determinar cómo debe ser aplicado en la vida diaria. La defensa de la completa falta de resistencia es incompatible con la supervivencia en la sociedad humana, y es por ello que todos los grupos cristianos han desarrollado formas no literales de interpretar y aplicar el Sermón. McArthur lista doce escuelas básicas de pensamiento sobre este tema.

La visión absolutista, que el Sermón deben ser tomado literalmente y debe ser aplicados universalmente por todo aquel que quiera seguir a Jesús, por lo que denominan a su visión seguimiento a Cristo”. Portavoces de esta son las Iglesias de Paz y, en el pasado, entre otros, Ignacio de Antioquía1 Policarpo de Esmirna, Ireneo de Lyon, Tertuliano, Orígenes, Prisciliano, Pedro Valdo, Francisco de Asís, Menno Simons, Jacob Hutter y otros anabaptistas, los Cuáqueros,  Leo Tolstoy y Dietrich Bonhoeffer.  quien escribió que existen innumerables posibilidades de entender e interpretar el sermón del monte; Jesús sólo conoce una: ir y obedecer.

Es un método común simplemente modificar el texto del Sermón. En tiempos antiguos esto se hacía alterando el texto del Sermón para hacerlo más llevadero. Algunos escribas cambiaron el “ama a tus enemigos” por “ora por tus enemigos”.

Suele encontrarse la postura llamada visión como hipérbole, que argumenta que lo dicho por Jesús es una hipérbole y que su aplicación en la vida real debe ser más de “bajo tono”.

Cercanamente relacionados con las interpretaciones anteriores, existe la visión de principios generales que argumenta que Jesús no estaba dando instrucciones específicas sino principios generales que uno debe observar al comportarse. Las instancias específicas citadas en el Sermón son ejemplos simples de estos principios generales.

La visión del doble estándar es la posición oficial de la Iglesia Católica Romana. Esta idea divide las enseñanzas del Sermón en preceptos generales y consejos específicos. Preconiza que la obediencia a los preceptos originales es esencial para la salvación, pero la obediencia a los consejos sólo es necesaria para alcanzar la perfección. La gran masa de la población sólo deben preocuparse de los preceptos y los consejos del sermón deben ser seguidos sólo por unos pocos piadosos como los clérigos y los monjes. Esta teoría fue iniciada por San Agustín y desarrollada más tarde por Santo Tomás de Aquino.

Martín Lutero rechaza la aproximación católica y desarrolla un sistema de dos niveles refiriéndose a ellos como la visión de dos realidades. Lutero divide el mundo en dos realidades seculares y religiosas y argumenta que el Sermón sólo se aplica a lo espiritual.

Otros reformadores expusieron la visión de la preparación para la gracia, según la cual la intención del sermón del monte no es ser obedecido, sino demostrar a los humanos su incapacidad para imitar a Dios y llevarlos a aceptar bajo ese peso aplastante que solamente pueden salvarse por un regalo de Dios.

Al mismo tiempo, la Reforma Protestante comenzaba una era de crítica bíblica encabezada por la visión de la analogía de la escritura. Una lectura más cercana de la Biblia muestra que muchos de los preceptos más rígidos del sermón fueron moderados por otras partes del Nuevo Testamento. Por ejemplo, mientras Jesús parece prohibir todo juramento, Pablo los utiliza al menos dos veces, por lo que la prohibición del Sermón tiene algunas excepciones.

En el siglo XIX se desarrollaron muchas nuevas interpretaciones. Wilhelm Hermann adoptó la noción de actitudes, no actos que provienen de San Agustín. Esta visión asegura que Jesús no está diciendo cómo debe comportarse un cristiano, sino cuál debe ser su actitud. El espíritu detrás del acto es más importante que el acto en si.

Albert Schweitzer popularizó la visión interina ética. Esta teoría muestra a Jesús convencido de que el mundo iba a terminar en un futuro muy próximo. Por tanto, la supervivencia en el mundo no importaba, ya que en los últimos tiempos lo material sería irrelevante.

En el siglo XX otro pensador alemán, Martin Dibelius, presentó una visión más, también basada en la escatología. Su visión de voluntad divina incondicional consiste en que la ética detrás del Sermón es absoluta e inquebrantable, pero el estado de vileza actual del mundo hace que sea imposible vivir de acuerdo a eso. Los humanos pueden intentarlo, pero es inevitable fracasar. Esto cambiará cuando se proclame el Reino de Dios y todos sean capaces de vivir en santidad.

Otra visión escatológica es el dispensacionalismo moderno. Divide la historia humana en una serie de épocas de dispensa. Hoy vivimos en un periodo de gracia donde las enseñanzas del sermón son imposibles, pero en el futuro milenio veremos un período donde sea posible vivir con ellas. Entonces, cumplimentarlas será un requisito de la salvación.

III. La oración

Cuando ores hazlo así:

Volvemos ahora al examen de la enseñanza de nuestro Señor respecto a la oración. Mateo 6 contiene lo que nuestro Señor dice de la cuestión general de la vida cristiana. Divide el tema en tres secciones que en realidad vienen a cubrir la totalidad de nuestra justicia o vida religiosa. Luego de analizar el aspecto de la limosna — nuestra relación hacia otros, explica la enseñanza de Jesús respecto de la cuestión de la oración y de nuestra relación con Dios. Luego, el asunto de la disciplina personal, que nos presenta bajo el título general del ayuno. Tres aspectos de la vida religiosa o vida de piedad.

Al considerar el tema de la oración, Mateo explicara también la famosa oración del padrenuestro, ya que el Señor vio claramente la necesidad, no sólo de poner sobre aviso a sus seguidores en contra de ciertos peligros referentes a la oración, sino también de darles instrucción positiva.

“Guardaos”, dice en general, “de hacer vuestra justicia delante de los hombres, para ser vistos de ellos; de otra manera no tendréis recompensa de vuestro Padre que está en los cielos.”

El Señor nos advierte que no hay que ser como los hipócritas, que oran de pie en las sinagogas y en las esquinas de las calles para que los hombres los vean. Ha dicho que las repeticiones vanas de nada valen en sí mismas y por sí mismas, y que la simple cantidad en la oración no produce beneficios especiales. También ha dicho que hay que orar en secreto, y que nunca hay que preocuparse acerca de los hombres ni acerca de lo que los hombres podrían pensar, sino que lo que es vital y esencial en esto de la oración es no sólo que hay que dejar aparte a los demás, sino encerrarse con Dios, y concentrarse en Él y en su relación con Él. Pero, como hemos dicho, el Señor ve claramente que una advertencia general de esta índole no es suficiente, y que sus discípulos necesitan instrucción más detallada. Por ello agrega. “Vosotros, pues, orareis así”, y pasa a darles esta instrucción respecto al método de oración.

Al leer este pasaje existe siempre la tendencia de considerarlo como una denuncia de los fariseos, del auténtico hipócrita. Leemos, y pensamos en la clase de persona ostentosa que en forma obvia trata de atraer la atención sobre sí misma, como lo hicieron los fariseos. En consecuencia lo consideramos solamente como denuncia de esta hipocresía manifiesta sin aplicárnoslo a nosotros mismos. Pero esto es no comprender el verdadero sentido de la enseñanza que estos versículos contienen, la cual es la denuncia devastadora que nuestro Señor hace de los efectos terribles del pecado en el alma humana, y sobre todo del pecado del orgullo. Esa es la enseñanza.

El verdadero peligro para el hombre que dirige a una congregación en un acto público de oración, es que quizá se esté dirigiendo a la congregación en vez de dirigirse a Dios. Pero cuando estamos solos en la presencia de Dios, esto ya no es posible. ¿No hemos descubierto que, en cierto modo, tenemos menos que decirle a Dios cuando estamos solos que cuando estamos en presencia de otros? No debería ser así, pero a menudo lo es.

En su De oratione, escrita antes de su conversión al montanismo, Tertuliano trata sobre todo de la plegaria pública, pero también de la plegaria privada. Prohibe en particular el sentarse tras la oración de la comunidad: ¡el cristiano no debe dar la impresión de que la oración le ha fatigado! La posición de pié es la adecuada para celebrar la resurrección del Salvador, es por eso que debe de ser realizada el domingo y durante el ciclo pascual (este uso litúrgico fue efectivamente impuesto por el concilio de Nicea a comienzos del siglo IV). La genuflexión es, el resto del tiempo, el signo de humildad del pecador. Los brazos en cruz recuerdan igualmente la Pasión de Cristo. Los días ordinarios, el cristiano debe arrodillarse, pero no los domingos ni los días de fiesta, ni de Pascua a Pentecostés, tiempo de alegría. Hay que elevar las manos para orar, pero moderadamente (cum modestia et humilitate). Los mismos consejos se encuentran al siglo siguiente en el obispo de Cartago, San Cipriano. En las Galias, el obispo Cesario de Arles (503-542) prescribe a sus fieles que inclinen su cuerpo cuando el sacerdote ora en el altar, que se arrodillen para orar, que flexionen la cabeza para recibir la bendición. Estos gestos son signos de humildad y no solamente de penitencia: incluso aquellos que estiman que no han cometido pecado deben realizarlos. Hay que seguir el ejemplo trazado por el evangelio de Lucas (XVIII): seguro de él mismo, el fariseo oraba derecho, y alababa sus propios méritos; pero Dios ha escuchado la oración del publicano, porque, totalmente encorvado, confesaba sus pecados. El ejemplo será a menudo retomado a lo largo de la Edad Media.

No cabe duda de que saber orar bien es nuestra necesidad mayor. Perdemos las bendiciones más importantes de la vida cristiana porque no sabemos orar bien. Necesitamos instrucción en todos los sentidos sobre esta cuestión. Necesitamos que se nos enseñe cómo orar, y para qué orar. Precisamente debemos dedicar algún tiempo a estudiar lo que se ha llegado a conocer entre nosotros como ‘el Padre nuestro’ porque abarca estas dos cosas de una forma sorprendente y maravillosa. Es una sinopsis perfecta de la instrucción que nuestro Señor ofrece acerca de cómo orar, y para qué orar.

El tema de la oración es muy amplio y podríamos dedicarle mucho tiempo; pero lo que queremos es ir siguiendo punto por punto el Sermón del Monte, y por consiguiente sería erróneo dedicar demasiado tiempo a este aspecto particular. Lo único que pienso hacer es explicar la enseñanza de nuestro Señor en esta oración, e incluso no lo voy a hacer con mucho detalle. Simplemente tengo la intención de subrayar y poner de relieve los que creo son los grandes principios centrales que nuestro Señor indudablemente estaba ansioso de inculcar.

Primero, pues, examinemos este tema en general antes de entrar a considerar lo que se suele llamar el Padre Nuestro. Vamos a repasar simplemente lo que se podría llamar la introducción a la oración tal como nuestro Señor la enseña en estos versículos, y creo que también aquí la forma mejor de enfocar el tema es dividiéndolo en dos secciones. Hay una forma equivocada y otra genuina de orar. Nuestro Señor se ocupa de ambas.

El problema de la forma equivocada es que su mismo enfoque es erróneo. El error esencial es que se concentra en sí misma. Es el centrar la atención en el que está orando en vez de centrarla en Aquel a quien se ofrece la oración. Ese es el problema, y nuestro Señor lo muestra en este pasaje en una forma muy gráfica y pertinente. Dice: “Cuando ores, no seas como los hipócritas; porque ellos aman el orar en pie en las sinagogas y en las esquinas de las calles, para ser vistos de los hombres!’ Se colocan de pie, en las sinagogas, en una posición prominente, se paran en frente. Recordemos la parábola de nuestro Señor acerca del fariseo y del publicano que fueron al templo a orar. Aquí indica exactamente lo mismo. Nos dice que el fariseo se puso lo más adelante que pudo, en el lugar más prominente, para orar desde allí. El publica-no, por otro lado, estaba tan avergonzado y lleno de contrición que se quedó lo más lejos que pudo sin levantar la cabeza hacia el cielo, sino tan sólo exclamando “Oh Dios, ten misericordia de mí, pecador!’ También aquí nos dice nuestro Señor que los fariseos se ponen de pie en las sinagogas y en las esquinas de las calles, en los lugares más visibles, y oran para que los hombres los vean. “De cierto os digo que ya tienen su recompensa.”

Hay ciertos aspectos generales referentes a esta oración que sin duda necesitan una palabra o dos de comentario. ‘El Padre nuestro’, como la llamamos, ha sido a menudo tema de gran controversia. Hay muchos que, por varias razones se niegan a recitarla en un acto de culto público. Hay quienes objetan en su contra por razones doctrínales, y otros que sienten que pertenece más bien al ámbito de la ley que al de la gracia, y que por tanto, no es algo adecuado para el pueblo cristiano. Tropiezan con la petición respecto al perdón de pecados. Dicen que en ese pasaje parece que el perdón está condicionado por nuestro perdón, y esto, es ley y no gracia, y así sucesivamente.

La primera es que esta oración es indudablemente una oración modelo. La misma forma que emplea nuestro Señor para presentarla lo indica así. “Vosotros, pues, oraréis así!’ Bien, dice de hecho nuestro Señor, cuando acudáis a Dios a orar, ésta es la forma en que tenéis que hacerlo. Y lo sorprendente y extraordinario acerca de ello es que en realidad lo abarca en principio todo. En cierto sentido uno no puede agregarle nada al Padrenuestro; no deja nada por decir. Esto no significa, desde luego, que al orar simplemente debemos recurrir al Padrenuestro y nada más; ni el mismo Señor lo hizo. Como ya hemos dicho, dedicaba noches enteras a la oración; en muchas ocasiones se levantaba antes del alba y oraba durante horas seguidas. Siempre se observa en la vida de los santos que oraban horas y horas. John Wesley solía decir que le merecía una opinión muy pobre el cristiano que no orara por lo menos cuatro horas al día.

Al afirmar que esta oración lo abarca todo, y que es un sumario completo, se quiere decir simplemente que en realidad contiene todos los principios. Podríamos decir que tenemos, en el Padrenuestro, una especie de esqueleto. Tomemos, por ejemplo, este acto de predicar. Tengo ante mis ojos algunas notas; no cuento con el sermón completo. Simplemente poseo encabezamientos —los principios que hay que enfatizar. Pero yo no me contento con una simple enunciación de los principios; los explico y elaboro. Así habría que considerar el Padrenuestro. En él se contienen todos los principios y nada se puede agregar en este sentido. Uno puede tomar la oración más larga que cualquier santo haya elevado en su vida, y encontrará que toda ella se puede reducir a estos principios. No habrá ninguno adicional. Tomemos esa gran oración de nuestro Señor que aparece en Juan 17 —la oración sacerdotal del Señor—. Si se analiza en términos de principios, se verá que se puede reducir a los de esta oración modelo.

El Padrenuestro lo abarca todo; y todo lo que hacemos es tomar estos principios y utilizarlos y expandirlos y basar cada petición nuestra en ellos. Así es como hay que enfocarla. Y si se hace así, creo que estarán de acuerdo con San Agustín y Martín Lutero y muchos otros santos que han dicho que nada hay más maravilloso en toda la Biblia, que el Padrenuestro. La sobriedad, la forma en que lo sintetiza todo y en que ha reducido todo a unas pocas frases, es algo que, sin lugar a dudas, proclama el hecho de que su enunciador no es otro que el mismo Hijo de Dios.

Esta oración, obviamente, les fue presentada no sólo a los discípulos sino a todos los cristianos de todos los lugares y de todos los tiempos. Al tratar de las bienaventuranzas, repetimos constantemente que son aplicables a todo cristiano. El Sermón del Monte no se dirigió sólo a los discípulos de ese tiempo y a los judíos de una era venidera del reino; es para el pueblo cristiano de ahora y de todos los tiempos, y siempre ha sido aplicable al mismo. De igual forma que tenemos que considerar la relación del cristiano con la ley, en el capítulo quinto, así también nos hallamos frente a esta oración, y a lo que nuestro Señor dice respecto a la oración en general: “Vosotros, pues, oraréis así!’ Nos habla a nosotros, hoy, de la misma forma en que habló al pueblo que lo rodeaba en su tiempo. En realidad, como ya hemos visto, a no ser que nuestra oración se ajuste a esta pauta y forma específicas, no es verdadera oración.
Quizá subsistan en la mente de muchos, ciertos interrogantes respecto al recitar el Padrenuestro como acto de adoración pública. Es legítimo debatir esto, y es legítimo diferir de opinión. Me parece, sin embargo, que nunca podemos recordar con demasiada frecuencia esta forma particular de orar; y en cuanto a mí, siempre me ha confortado el pensamiento de que a pesar de que haya olvidado muchas cosas en mis propias oraciones privadas, si he dicho el Padrenuestro, de alguna forma he abarcado todos los principios. Con la condición, desde luego, de que no repita de forma simplemente mecánica las palabras, sino que las diga de corazón, con la mente y con todo mi ser.

El punto siguiente es que hay algunos que tienen problema en cuanto al Padrenuestro porque no dice “en nombre de Cristo”, o porque no se ofrece de forma específica en el nombre de Cristo. Dicen que no puede ser oración para el pueblo cristiano porque los cristianos siempre deben orar en el nombre de Cristo. La respuesta a esto es, desde luego, que nuestro Señor, como hemos visto, simplemente quiso dejar establecidos los principios que deben siempre gobernar la relación del hombre con Dios. No quiso decir en ese instante todo lo que se podía decir acerca de esa relación. Lo que quería subrayar era que el que se pone en presencia de Dios debe siempre considerar esas cosas. Más adelante, en su vida y su ejemplo les enseñará de forma explícita a orar en su nombre. Pero es claro que incluso en el Padrenuestro, está implícito el orar en el nombre de Cristo. Nadie puede verdaderamente decir “Padre Nuestro que estás en los cielos”, a no ser que conozca al Señor Jesucristo y esté en Cristo. De manera que esa cuestión está contemplada ya desde el comienzo mismo. De todos modos, esto no afecta los principios que nuestro Señor enseña aquí en forma tan clara.
En relación con la dificultad específica respecto al perdón, nos ocuparemos de ella en detalle cuando en nuestra exposición de la oración lleguemos a esa petición.

Resumamos las observaciones generales hechas repitiendo que nada hay más sublime y más elevado que la maravillosa oración que el Señor Jesucristo enseñó a su pueblo. Recordemos también que la enseñó, no para que la repitieran mecánicamente por el resto de la vida, sino más bien para que se dijeran a sí mismos, “hay ciertas cosas que siempre debo recordar al orar. No debo orar a la ligera; no debo comenzar a hablar de inmediato sin pensar en lo que estoy haciendo. No me deben guiar los impulsos y sentimientos. Hay ciertas cosas que siempre debo recordar. He aquí los puntos generales de mi oración; he aquí el esqueleto que tengo que revestir; estas son las pautas según las cuales debo proceder!’ Confío, por tanto, en que ninguno de los lectores pensará que la señal distintiva del evangelicalismo genuino es hablar con cierto desdoro del Padrenuestro. Confío también en que ninguno de nosotros se hará reo de ese orgullo espiritual, por no decir arrogancia, que se niega a recitar el Padrenuestro con otros. Caigamos en la cuenta más bien de que nuestro Señor les decía a esa gente cómo oraba él mismo, que ese era su propio método, que esas eran las cosas que siempre tenía presentes, y que por consiguiente nada podemos hacer más elevado e importante que orar siguiendo las pautas del Padrenuestro. Nunca superaremos esta oración si oramos verdaderamente, por lo cual nunca debemos descartarla como legalismo, e imaginar que porque nos encontramos en la dispensación de la gracia ya la hemos superado. Al analizar la oración, descubriremos que está llena de gracia. De hecho, la ley de Dios estaba llena de gracia, como ya hemos visto. Nuestro Señor ha venido explicando la ley de Moisés y ha mostrado que, cuando se entiende de forma espiritual, está llena de la gracia de Dios, y que nadie la puede entender de verdad, a no ser que posea tal gracia en su corazón.

Examinemos ahora brevemente este tema de cómo orar y para qué orar. Respecto a lo primero, recordemos de nuevo la importancia vital del enfoque justo, porque esta es la clave para entender la oración fructuosa. La gente dice a menudo, “Sabe Ud., oré mucho pero no sucedió nada. No pude encontrar la paz. No encontré ninguna satisfacción en ello”. Casi todo el problema radica en que se han acercado a la oración de forma equivocada, en que no han caído en la cuenta de lo que estaban haciendo. Al orar tendemos a estar tan centrados en nosotros mismos, que cuando nos arrodillamos ante Dios, pensamos sólo en nosotros, nuestros problemas y perplejidades. Comenzamos ha hablar sobre ellos de inmediato, y, claro está, no sucede nada. Según la enseñanza de nuestro Señor, no deberíamos esperar nada. Esta no es la forma de acercarse a Dios. Antes de hablar en oración debemos hacer una pausa.

Los grandes maestros de la vida espiritual, a lo largo de los siglos, tanto católicos como protestantes, han estado de acuerdo en cuanto a esto, que el primer paso en la oración ha sido siempre lo que han llamado ‘recogimiento’. En cierto sentido, todo hombre, al comenzar a orar a Dios, debería ponerse la mano en la boca. Este fue el problema de Job. En medio de sus desgracias había estado hablando mucho. Sentía que Dios no lo había tratado bien, y él, Job, había expresado libremente su sentir. Pero cuando, hacia el final del libro, Dios comenzó a tratar con él de forma íntima, cuando comenzó a revelársele y manifestársele, ¿qué hizo Job? Sólo una cosa podía hacer. Dijo, “He aquí que yo soy vil; ¿qué te responderé? Mi mano pongo sobre mi boca!’ Por extrañe que parezca, se comienza a orar no diciendo nada; uno se recoge para pensar en lo que va a hacer.

Sé lo difícil que es esto. No somos más que humanos, y vivimos bajo la presión de la situación en que nos encontramos, de los cuidados, ansiedades, problemas, angustias mentales, heridas emocionales, lo que sea. Estamos tan llenos de todo esto que, como niños, comenzamos a hablar de inmediato. Pero si uno quiere establecer contacto con Dios y sentir sus brazos alrededor, hay que ponerse la mano sobre la boca por unos instantes. ¡Recogimiento! Detenerse por un momento para recordar lo que uno va a hacer. Se puede hacer con una sola frase. ¿Sabemos que la esencia de la verdadera oración se encuentra en las dos palabras del versículo 9. ‘Padre Nuestro’? Me parece que si uno puede decir de corazón, cualquiera que sea la condición en que se encuentre, ‘Padre mío’, en un cierto sentido la oración ya ha sido contestada. Lo que tristemente nos falta es precisamente tener conciencia de nuestra relación con Dios.

Quizá lo podríamos decir de otra forma. Hay quienes creen que es bueno orar porque siempre nos hace bien. Aducen varias razones sicológicas. Claro que esto no es la oración como la Biblia la entiende. La oración significa hablar a Dios, olvidarnos de nosotros mismos y darnos cuenta de su presencia. Hay otras personas también, y a veces creo que atribuirían a sí mismas un grado poco frecuente de espiritualidad, las cuales más bien creen que el distintivo de la verdadera vida de oración, de la facilidad en la oración, es que la oración debería ser muy breve y concreta. Que habría que hacer simplemente una petición específica. Pero esto no es lo que enseña la Biblia respecto a la oración. Tomemos cualquiera de las grandes oraciones que se encuentran en el Antiguo Testamento o en el Nuevo. Ninguna de ellas es lo que podríamos llamar esta clase de oración práctica que simplemente da a conocer a Dios una petición y ahí termina. Todas las oraciones que se mencionan en la Biblia, comienzan por una invocación. No importa lo desesperada que sea la circunstancia; no importa el problema específico en el que se encuentren los que oran. De forma variable comienzan con esta adoración, con esta invocación.

Un ejemplo maravilloso de esto se encuentra en el capítulo 9 de Daniel. El profeta, lleno de una angustia terrible, ora a Dios. Pero no comienza de inmediato con su petición; comienza alabando a Dios. Jeremías, también perplejo, hace lo mismo. Ante la orden de que compre un pedazo de tierra en un país al parecer condenado, Jeremías se quedó sin entenderlo; le parecía totalmente equivocado. Pero no se precipita a la presencia de Dios sólo para decirle esto; comienza adorando a Dios. Y lo mismo se encuentra en todas las oraciones de la Biblia. De hecho, incluso se ve en la gran oración sacerdotal de nuestro Señor mismo, recogida en Juan 17. También se recordará lo que Pablo escribió a los filipenses. Dice, “por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias” (Fil. 4:6). Éste es el orden: siempre hay que empezar con una invocación aun antes de pensar en la petición; y en esta oración modelo se nos expone, de una vez por todas, dicha enseñanza.
Tomaría demasiado tiempo explicar cómo me gustaría que se entendiera el significado de esta afirmación. ‘Padre Nuestro’. Permítaseme decirlo de una forma que podría parecer dogmática: sólo los que son verdaderos creyentes en el Señor Jesucristo pueden decir, ‘Padre Nuestro’. Sólo aquellos a quienes se aplican las Bienaventuranzas pueden decir con confianza, ‘Padre Nuestro’. Yo sé que hoy día esta doctrina no es popular, pero es la doctrina de la Biblia. El mundo de hoy cree en la paternidad universal de Dios y en la hermandad universal de los hombres. Esto no se encuentra en la Biblia. Fue nuestro Señor quien dijo a ciertos judíos religiosos que eran de su ‘padre el diablo’, y no hijos de Abraham, hijos de Dios. Sólo a ‘los que le recibieron’ les da el derecho (la autoridad) ‘de ser hechos hijos de Dios’.

“Pero —dirá alguno— ¿qué quiere decir Pablo cuando afirmó, ‘linaje suyo somos’? ¿Acaso no significa esto que todos nosotros somos hijos suyos y que E 1 es el Padre Universal?” Bien, si se analiza este pasaje, se verá que Pablo habla de Dios como Creador de todas las cosas y de todas las personas, que Dios, en ese sentido, ha dado vida y ser a todo lo existente (Hch. 17). Pero ese no es el significado de Dios como Padre en el sentido en el que Pablo lo emplea en otros pasajes, aplicado a los creyentes, ni tampoco en el sentido en el que, como hemos visto, lo utiliza nuestro Señor mismo. La Biblia distingue claramente entre los que pertenecen a Dios y los que no le pertenecen. Se puede ver en la Oración Sacerdotal del Señor en Juan 17:9; “Yo ruego por ellos; no ruego por el mundo, sino por los que me diste; porque tuyos son!’ Es una distinción absoluta, total; sólo aquellos que están en el Señor Jesucristo son verdaderamente los hijos de Dios. Pasamos a ser hijos de Dios sólo por adopción. Nacemos ‘hijos de ira’, ‘hijos del diablo’, ‘hijos de este mundo’; y hemos de ser sacados de ese reino y transferidos a otro reino antes de poder llegar a ser hijos de Dios. Pero si creemos verdaderamente en el Señor Jesucristo, somos adoptados en la familia de Dios, y recibimos “el Espíritu de su Hijo, el cual clama: ¡Abba, Padre!”.

Al hombre del mundo no le gusta esta doctrina. Dice que todos somos hijos de Dios; y sin embargo, en su corazón se alberga odio hacia Dios, y cuando, desesperado, ora a Dios no tiene confianza de que está hablando con su Padre. Siente que Dios es alguien que está en contra de él. Habla acerca de la paternidad de Dios, pero no ha recibido el Espíritu de adopción. Sólo el que está en Cristo conoce esto.
Así pues, cuando nuestro Señor dice, ‘Padre Nuestro’, obviamente piensa en el pueblo cristiano, y por eso digo que esta oración es una oración cristiana. Cualquiera puede decir, ‘Padre Nuestro’, pero la cuestión es, ¿está consciente de ello, lo cree y lo experimenta? La piedra de toque final de la profesión que cualquier hombre haga es que pueda decir con confianza y seguridad, ‘Padre Mío’, ‘Dios Mío’. ¿Es Dios su Dios? ¿Lo conocen realmente como Padre suyo? Y cuando acuden a Él en oración, ¿sienten realmente que acuden a su Padre? Esta es la forma de comenzar a darse cuenta, dice nuestro Señor, de que se ha pasado a ser hijo de Dios: por lo que Él ha hecho por uno a través del Señor Jesucristo. Esto se halla implícito en esta enseñanza de Cristo. Sugiere y esboza todo lo que iba a hacer por nosotros, todo lo que iba a hacer posible para los suyos, aunque en aquel momento no lo entendieran. Sin embargo, dice, esta es la forma de orar, así hay que orar, vais a orar así.

Fijémonos, sin embargo, que de inmediato agrega, ‘Que estás en los cielos’. Esto es algo maravilloso —Padre nuestro que estás en los cielos’. Estas dos frases deben tomarse siempre juntas. Nuestras ideas acerca de la paternidad a menudo se han deteriorado y, en consecuencia, siempre necesitan correctivos. ¿Hemos advertido con qué frecuencia el apóstol Pablo utiliza en sus cartas una frase sumamente sorprendente? Habla acerca de ‘Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo’. Esto es sumamente significativo. No es más que llamar la atención acerca de lo que nuestro Señor dice en este pasaje. ‘Padre Nuestro’. Sí; pero debido a nuestro pobre concepto de la paternidad, se apresura a decir, ‘Padre nuestro que estás en los cielos’, el ‘Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo’. Ésta es la clase de padre que tenemos.

Pero lamentablemente hay muchas personas en este mundo para quienes la idea de paternidad no es sinónima de amor. Imagínese al niño que es hijo de un borracho, que golpea a su esposa, y que no es más que una bestia cruel. Este niño no conoce nada en la vida sino golpes constantes e inmerecidos. Ve a su padre que se gasta todo el dinero en sí mismo y en sus placeres en tanto que en casa pasan hambre. Ésta es la idea que tiene de paternidad. Si uno le dice que Dios es su Padre, y no agrega nada más, de poco sirve, y es muy poco agradable. El pobre niño tiene necesariamente una idea equivocada acerca de la paternidad. Su noción de padre es la de un hombre cruel. Por ello nuestras ideas humanas y pecadoras de la paternidad necesitan corregirse constantemente.

Nuestro Señor dice, ‘Padre nuestro que estás en los cielos’; y Pablo: ‘el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo’. Cualquiera que sea como Cristo, dice Pablo, debe tener un Padre maravilloso, y, gracias a Dios, Dios es esa clase de Padre, el Padre de nuestro Señor Jesucristo. Es vital que cuando oremos a Dios y lo llamemos nuestro Padre, recordemos que es ‘Nuestro Padre que está en los cielos’, con toda su majestad, grandeza y poder absoluto. Cuando llenos de debilidad y de humildad caemos de rodillas delante de Dios, en medio de tormentas mentales y afectivas, recordemos que Él lo sabe todo sobre nosotros. La Biblia dice, “todas las cosas están desnudas y abiertas a los ojos a Aquel a quien tenemos que dar cuenta!’ Recordemos también que si a veces acudimos a la presencia de Dios y deseamos algo para nosotros mismos, o pedimos perdón por un pecado cometido, Dios ya lo ha visto todo y lo sabe todo. No sorprende que, cuando escribió el salmo 51, David dijera en medio de la angustia del corazón: “Tú amas la verdad en lo íntimo”. Si uno quiere las bendiciones de Dios, se debe ser completamente honesto; debemos tener presente que Él lo sabe todo, y que nada hay que se oculte a sus ojos. Recordemos también que tiene todo el poder para castigar, y todo el poder para bendecir. Puede salvar y puede destruir. En realidad, como lo escribió el sabio autor de Eclesiastés, es imprescindible que cuando oremos a Dios no olvidemos que ‘Dios está en el cielo, y tú sobre la tierra’.

Recordemos siempre su santidad y justicia, su justicia absoluta y total. Dice el autor de la Carta a los Hebreos, que siempre que nos acerquemos a Él debemos hacerlo “con temor y reverencia; porque nuestro Dios es fuego consumidor;’

Para orar, dice Cristo, hay que tomar estas dos cosas juntas, nunca separar estas dos verdades. Recordemos que nos acercamos a Dios todopoderoso, eterno, y santo; pero también que ese Dios, en Cristo, es nuestro Padre, quien conoce todo lo que respecta a nosotros porque es omnisciente y también porque un padre lo sabe todo acerca de su hijo. Sabe lo que es bueno para el hijo. Juntemos estas dos cosas. Dios en su omnipotencia nos mira con amor santo y conoce todas nuestras necesidades. Oye todos nuestros suspiros y nos ama con amor imperecedero. Nada desea tanto como nuestra felicidad, gozo y prosperidad. Luego recordemos esto, que él es “poderoso para hacer todas las cosas mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos”. Como ‘Padre nuestro, que está en los cielos’, está mucho más ansioso de bendecirnos de lo que nosotros lo estamos de ser bendecidos. Tampoco su omnipotencia tiene límites. Nos puede bendecir con todas las bendiciones de los cielos. Las ha puesto todas en Cristo, y nos ha puesto a nosotros en Cristo. Por ello nuestra vida se puede ver enriquecida con toda la gloria y las riquezas de la gracia de Dios mismo.

Ésta es la forma de orar. Antes de comenzar a formular cualquier petición, antes de comenzar a pedir, incluso el pan de cada día, antes de empezar a pedir cualquier cosa, debemos ser conscientes de que nosotros, tal como somos, estamos en la presencia de un Ser así, de nuestro Padre que está en los cielos, del Padre de nuestro Señor Jesucristo. ‘Dios mío’. ‘Padre mío’.

Recordemos el ejemplo de la madre del profeta Samuel que oraba «en lo secreto de su corazón, no moviendo más que los labios y manteniendo un rostro impasible».

III. La oración

La oración, el medio que Dios nos concedió para que a través de la fe tuviéramos comunión
con el El pueblo de Israel, como ningún otro pueblo de la antigüedad, le había suma importancia a
esta práctica. Los rabinos solían estimular la oración pública y privada. Enseñaban a sus oyentes a
hacerlo con sus familias en el hogar. Pero en esta práctica había sido corrompida por los fariseos.
Barclay enumera una serie de tendencias erróneas referentes a la oración:

a.La oración tendía a convertirse en una fórmula que consistía en la repetición de tres breves
pasajes bíblicos (Dt.6:4-9, 11:13-21 y Nm. 15:37-41). En la sinagoga repetían 18 oraciones breves
que con el tiempo llegaron a ser diecinueve pero aún se las denomina “las dieciocho”.

b.La liturgia judía ofrecía oraciones especiales para todas las ocasiones.

c.Había cierta tendencia a considerar que las oraciones formuladas en las sinagogas o el
templo eran más eficaces. Por ello surgió la costumbre de ir al templo a ciertos horas para orar.

d.Como lo señala el Señor había también la inclinación a pronunciar oraciones demasiado
largas.

El Señor denunció nuevamente su hipocresía. El termino hipócrita dice Stott en primera ins­tancia designaba a un orador más tarde, vino a significar actor. “Así, en forma figurada, la palabra llegó a aplicarse a alguien que trata al mundo como un escenario en el cual desempeña un papel. Hace a un lado su verdadera identidad y asume una falsa.”  Agrega el autor que cuando el audito­rio va al teatro asume que los actores están representando un papel pero los hipócritas representan un papel de modo tal que transforma una práctica religiosa en una ficción. Aparenta orar pero ello no es más que una representación. Dios no escucha su ruego. Por lo cual su apetencia por ser vistos les condujo a emplear indignamente la oración. Por ello el Señor dio una instrucción terminante. Sus discípulos no debían hacer lo mismo.

Su falaz empleo de la oración se exteriorizaba en la elección del lugar para orar, sea las sina­gogas o las calles lo cual indica que su propósito era precisamente ser vistos por los hombres. Em­pleaban la oración como una muestra de religiosidad. La hipocresía en este caso consistía en aparen­tar estar buscando el favor de Dios cuando en realidad pretendían ser vistos ante los hombres. El ver­dadero cristiano deplora la vanidad. En la epístola a los Gálatas leemos lo siguiente: “Ahora que vi­vimos en el Espíritu, andemos en el Espíritu. No seamos vanidosos, irritándonos unos a otros y en­vidiándonos unos a otros.” (Gá.5:26).

Como en el ejemplo anterior, el Señor luego de mostrar el mal uso de la oración pasa a ense­ñar el modo correcto de efectuar esta práctica devocional:

a) Orar en secreto

Aquel que de corazón está buscando a Dios por medio de la oración debe hacer precisamente lo contrario a lo denunciado anteriormente. La instrucción es muy puntual para orar entra en tu habi­tación y cierra la puerta. La hipocresía, como hemos visto, requiere de espectadores. Si no hay espec­tadores no hay hipocresía posible. Por esto, como bien recuerda Hendriksen, el secreto se frustra cuando alguien divulga que pasa tantas horas encerrado orando o decir que antes de preparar el sermón se paso tantas horas orando. No debemos alardear del tiempo que pasamos orando porque tal cosa hace está incurriendo en el mismo error que el Señor estaba corrigiendo Dios que- ve lo secreto recompensará95 a aquel que procede con sinceridad.

Es imperioso puntualizar que este mandato de ningún modo constituye una prohibición de la oración publica. Stott considera que el mandato en singular hace referencia a la oración privada, es decir, que ningún modo prohíbe la oración en medio de la congregación. Pablo escribiendo a Timoteo estipula lo siguiente: “Quiero, pues, que los hombres oren en todo lugar, levantando manos santas, sin ira ni contiendas.” (1 1.2:8). La santidad excluye la hipocresía por lo cual el creyente que ore en público no lo hará según la mala costumbre de los fariseos y Escribas. Si es hipócrita no está levantando manos santas. Si dentro de la congregación hubiere alguien que pretenda utilizar a la oración como un medio para alcanzar prestigio esto debe ser corregido por los pastores o ancianos de la misma.

Según nuestro Señor, la razón para que oren en las esquinas de las calles es más o menos la siguiente. El hombre que se dirige hacia el templo para orar está deseoso de producir la impresión de que es un alma tan devota que ni siquiera puede esperar hasta llegar al templo. De modo que se detiene a orar en la esquina de la calle. Por esta misma razón, cuando entra al templo pasa hacia adelante al lugar más visible que puede.

b) Orar con sabiduría

La segunda instrucción general que encontramos referente a la oración indica que debemos orar con el entendimiento. A modo de ejemplo considera la metodología pagana para tal acto devocional. El dijo que “no uséis vanas repeticiones”. Esto alude a cierta costumbre importante entre las religiones paganas de repetir y repetir ciertas frases o mantras. En el Antiguo Testamento encontramos un claro ejemplo de tal procedimiento. Cuando se relata el enfrentamiento de Elías con los profetas de Baal se nos dice que estos últimos estuvieron desde la mañana hasta el mediodía diciendo: “¡Oh Baal, respóndenos!”. Semejante esfuerzo resulto vano ya que, como sabemos, el dios pagano no respondió y esto demostró a su vez la inutilidad de tales ruegos. El objeto final de estas vanas repeticiones es conseguir lo que algunos autores denominan; “estados de conciencia alterados”. Tal estado induce a sensaciones emotivas y físicas semejantes a las que provocan el uso de ciertas drogas. Para tal propósito las frases muchas veces no tienen un sentido lógico, son incoherentes. Pablo recuerda que el creyente siempre debe orar con el entendimiento (1 Cor. 14:15).

La necesidad de repetir frases hechas por parte de los paganos reside también en creencias más simples. Ellos suponían que sus dioses estaban ocupados en fiestas y festejos de modo que debían ser atraídos por los insistentes ruegos y así conceder el favor solicitado. Por ello el Señor dice que ellos intentaban ser escuchados por su palabrería, a esto el Señor intentaba enseñar que las formulas u oraciones de ningún modo son poderosas en sí mismas. Dios es quien tiene el poder para responder. Nosotros no creemos en el poder de la oración pero si en el poder de Dios. El por pura gracia escucha nuestro ruego y en su santa voluntad está dispuesto a responderlo.

“Orando, no uséis vanas repeticiones, como los gentiles, que piensan que por su palabrería serán oídos.”

Hay dos errores básicos en la raíz de esta forma de orar a Dios. El primero es que mi interés, si soy como el fariseo, está en mí mismo, que soy el que ora. El segundo es que creo que la eficacia de mi oración depende de lo mucho que ore, o de la forma particular en que ore.

El primer problema, pues, es el peligro de interesarse por uno mismo. Esto se manifiesta de diferentes formas. El problema primero y básico es que esa persona está deseosa de que los demás sepan que ora. Éste es el principio de todo. Está deseosa de disfrutar de una reputación de hombre de oración; está deseosa de esto y lo ambiciona, lo cual, de por sí, ya es malo. Uno no debería estar interesado en sí mismo, como nuestro Señor explica. Así pues, si existe alguna sospecha de interés en uno mismo como persona de oración, ando equivocado, y esa condición viciará todo lo que me proponga hacer.

El siguiente paso en este proceso es que el que otros nos vean en oración, se convierte en deseo positivo y real. Lo anterior, a su vez, conduce a lo siguiente: a hacer cosas que garanticen que los otros nos vean. Esto es algo muy sutil. No siempre es evidente, como lo vimos en el caso del dar limosna. Hay un tipo de persona que se exhibe constantemente y se pone en una posición prominente de forma que siempre atrae la atención sobre sí misma. Pero hay también maneras sutiles de hacer esto mismo.

Todavía se practica en muchos países orientales donde tienen ruedas de oración. La misma tendencia se muestra también en el catolicismo, en llevar la cuenta del rosario. Pero también esto nos puede ocurrir a nosotros en una forma mucho más imperceptible. Hay personas que a menudo dan gran importancia a dedicar un tiempo determinado a la oración. En cierto sentido es bueno reservar determinado tiempo para orar; pero si lo que nos preocupa es ante todo orar durante ese tiempo determinado, y no el hecho de orar, más valdría que no lo hiciéramos. Fácilmente podemos caer en el hábito de seguir una rutina y olvidarnos de lo que en realidad estamos haciendo. Como los mahometanos, que a ciertas horas del día se postran de rodillas; también muchas personas que tienen un tiempo determinado para orar, acuden a Dios en ese momento específico, y a menudo se incomodan si alguien trata de impedírselo. Deben ponerse a orar a esa hora tan específica. Mirándolo objetivamente, ¡qué necio es esto! También que cada uno se examine al respecto.

Pero no se trata sólo del tiempo determinado; el peligro se muestra también en otra forma. Por ejemplo, grandes santos han dedicado siempre mucho tiempo a la oración y a estar en la presencia de Dios. Por consiguiente, tendemos a pensar que la forma de ser santos, es dedicar mucho tiempo a la oración y a estar en la presencia de Dios. Pero el punto importante para el gran santo no es que dedicaba mucho tiempo a orar. No se pasaba el tiempo mirando el reloj. Sabía que estaba en la presencia de Dios, había entrado en la eternidad, por así decirlo. La oración era su vida, no podía vivir sin ella. No le preocupaba recordar la duración. Cuando empezamos a hacer esto, se convierte en algo mecánico y echamos todo a perder.

Lo que nuestro Señor dice acerca de esto es: “De cierto os digo que ya tienen su recompensa:’ ¿Qué deseaban? Deseaban alabanza de los hombres, y la consiguieron. Y también hoy día se habla de ellos como de grandes hombres de oración, se habla de ellos como de personas que elevan oraciones bellas, maravillosas. Sí, obtienen todo eso. Pero, pobres almas, es todo lo que conseguirán. “De cierto os digo que ya tienen su recompensa.” Al morir se hablará de ellos como gente maravillosa en esto de la oración; no obstante, créanme, la pobre alma humilde que no puede completar una frase, pero que ha clamado a Dios en angustia, lo ha alcanzado de algún modo, y obtendrá recompensa, lo que el otro nunca conseguirá. “Ya tienen su recompensa.” Lo que deseaban era la alabanza de los hombres, y eso es lo que obtienen.

Pasemos ahora a la forma correcta. Hay un modo adecuado de orar, y también en esto el secreto radica en el enfoque. Esta es la esencia de la enseñanza de nuestro Señor. “Mas tú, cuando ores, entra en tu aposento, y cerrada la puerta ora a tu padre que está en secreto; y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público. Y orando, no uséis vanas repeticiones, como los gentiles, que piensan que por su palabrería serán oídos. No os hagáis, pues, semejantes a ellos; porque vuestro Padre sabe de qué cosas tenéis necesidad, antes que vosotros le pidáis”. ¿Qué quiere decir? Si se formula en función del principio esencial significa lo siguiente: lo único importante al orar en cualquier lugar es que debemos caer en la cuenta de que nos estamos acercando a Dios. Esto es lo único que importa. Es simplemente este punto de ‘recogimiento’, como ha sido llamado. Con tal de que cayéramos en la cuenta de que nos acercamos a Dios, todo lo demás andaría bien.

Pero necesitamos instrucción un poco más detallada, y afortunadamente nuestro Señor nos la da. La divide en la forma siguiente. Primero hay el proceso de exclusión. Para asegurarme de que caigo en la cuenta de que me acerco a Dios, tengo que excluir ciertas cosas. He de entrar en ese aposento retirado. “Mas tú, cuando ores, entra en tu aposento, y cerrada la puerta, ora a tu Padre que está en secreto!’ ¿Qué significa esto?

Hay algunos que quisieran persuadirse a sí mismos de que estas palabras contienen una prohibición de todas las reuniones de oración. Dicen, “No voy a reuniones de oración, oro en secreto!’ Pero aquí no se prohíben las reuniones de oración. No es prohibir la oración en público, por qué Dios mismo la enseñó y en la Biblia se recomienda. En ella se mencionan reuniones de oración que pertenecen a la esencia y vida mismas de la iglesia. No es esto lo que prohíbe. El principio es que hay ciertas cosas que debemos excluir, ya sea que oremos en público o en secreto. He aquí una de ellas. Hay que excluir y olvidar a los demás. Entonces uno se excluye y se olvida de sí mismo. Esto es lo que significa entrar en el aposento. Se puede entrar en ese aposento mientras se camina por una calle muy transitada, o mientras uno va de una habitación a otra de la casa. Se entra en ese aposento cuando se está en comunión con Dios y nadie sabe lo que uno está haciendo. Pero se puede hacer lo mismo si se trata de un acto público de oración. Me refiero a mí mismo y a todos los predicadores. Lo que trato de hacer cuando subo al pulpito es olvidarme de la congregación en cierto sentido. No estoy orando para ellos o dirigiéndome a ellos; no estoy hablándoles a ellos.

Estoy hablando a Dios, estoy dirigiendo la oración a Dios, de modo que tengo que excluir y olvidarme de los demás. Sí, y una vez hecho esto, me excluyo y me olvido de mí mismo. Eso es lo que nuestro Señor nos dice que hagamos. De nada sirve entrar en el aposento y cerrar la puerta si todo el tiempo estoy lleno de mí mismo y pensando acerca de mí mismo, y me enorgullezco de mi oración. Para eso lo mismo podría estar en la esquina de la calle. No, tengo que excluirme tanto a mí mismo como a los demás; mi corazón ha de estar abierto única y totalmente a Dios. Digo con el salmista: “Afirma mi corazón para que tema tu nombre. Te alabaré, oh Jehová Dios mío, con todo mi corazón!’ Esto pertenece a la esencia misma de la oración. Cuando oramos debemos recordar expresamente que vamos a hablar con Dios. Por consiguiente hay que excluir, dejar afuera a los demás y también a uno mismo.

El siguiente paso es comprensión. Después de la exclusión, la comprensión. ¿Comprender qué? Bien, debemos comprender que estamos en la presencia de Dios. ¿Qué significa esto? Significa comprender quién es Dios y qué es Dios. Antes de comenzar a pronunciar palabras deberíamos siempre hacer esto. Deberíamos decirnos a nosotros mismos: “Ahora voy a entrar en la presencia de Dios, el Todopoderoso, el Absoluto, el Eterno y gran Dios con todo su poder y majestad; de ese Dios que es un fuego que consume; de ese Dios que es luz, y en el cual no hay tinieblas; el Dios total y absolutamente santo. Eso es lo que voy a hacer!’ Debemos concentrarnos y entender todo esto. Pero sobre todo, nuestro Señor insiste en que deberíamos comprender que, además de eso, El es nuestro Padre. “Y cerrada la puerta, ora a tu Padre que está en secreto; y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público!’ La relación es la de Padre e hijo, “porque vuestro Padre sabe de qué cosas tenéis necesidad, antes que vosotros le pidáis!’ ¡Oh si comprendiéramos esto! Si comprendiéramos que este Dios todopoderoso es nuestro Padre por medio del Señor Jesucristo. Si comprendiéramos que somos en realidad hijos suyos y que cuantas veces oramos es como el hijo que acude a su Padre. El lo sabe todo respecto a nosotros; conoce todas nuestras necesidades antes de que se las digamos. Del mismo modo que el padre se preocupa por el hijo y lo cuida, y se adelanta a las necesidades del hijo, así es Dios respecto a todos aquellos que están en Cristo Jesús. Desea bendecirnos muchísimo más de lo que nosotros deseamos ser bendecidos. Tiene un plan y programa para nosotros. Con reverencia lo digo, tiene una ambición para nosotros, que transciende nuestros pensamientos e imaginaciones más elevadas. Debemos recordar que es nuestro Padre. El Dios grande, santo, todopoderoso, es nuestro Padre. Cuida de nosotros. Ha contado los mismos cabellos de nuestra cabeza. Ha dicho que nada nos puede suceder que El no lo permita.

c) Orar con fe

En tercer lugar el versículo 8 encierra una gran paradoja. Si Dios nuestro Padre sabe las cosas que necesitamos ¿Por qué debemos orar? Tal planteo no es nuevo ya que el Antiguo Testamento, y en salmos precisamente, encontramos por un lado que el salmista sabía que Dios conocía todas sus necesidades pero también el ruega al Creador pidiendo que se apresure a escucharlo (Comparar Sal.38:9 con 69:19). Dios, por ser omnisciente, conoce nuestra necesidad. En tal sentido el no necesita que nosotros le pidamos nada. En cambio el hombre necesita orar porque al hacerlo renuncia a su orgullo, a su intento de conseguirlo todo por su esfuerzo, y reconoce su dependencia de Dios. Cuando oramos debemos tener la certeza y confianza que el Señor conoce el motivo de nuestra petición y el puede responder positivamente a la misma. Un versículo muy interesante con respecto a la oración y el conocimiento de Dios es el siguiente: “Y el que escudriña los corazones sabe cuál es el intento del Espíritu, porque él intercede por los santos conforme a la voluntad de Dios.” (Ro.8:27).

Quien escudriña los corazones es Dios Padre de modo que es el Padre quien revela a nuestro corazón, por intermedio de la oración, la voluntad del Espíritu Santo. De modo tal que la Trinidad toda participa en la oración: El Padre escuchando, respondiendo nuestras oraciones y revelando la voluntad del Espíritu para la vida del creyente, el Hijo quien capacita al creyente en virtud de su sacrificio para que este pueda acercarse al Padre y abogando en favor de los Hijos de Dios, y el Espíritu Santo inter­cediendo en socorro nuestro.

Debemos recordar que la enseñanza del Señor respecto a la oración esta en relación directa con la justicia que este demanda de sus seguidores. Martyn Lloyd-Jones señala que al estudiar la enseñanza bíblica respecto a la respuesta de Dios a las oracio­nes y al leer acerca del ejemplo que nos han legado hombres de oración llegamos a la conclusión de que la oración formulada y la respuesta tarde o temprano llegaban y cita, a modo de ejemplo, la obra de Jorge Müller. Esto es cierto pero razonar de esta forma nos hace perder de vista, señala el autor, que el objetivo de estos hombres siempre fue la gloria de Dios.

Lo que es verdad de Müller es verdad de todos los otros que recibieron tan llamativas respuestas a sus oraciones. Deseamos recibir todas las bendiciones que recibieron los santos pero olvidamos que ellos eran santos. Nos preguntamos: ¿Por qué Dios no res­ponde mi oración? Deberíamos preguntarnos: ¿Por qué no he vivido la clase de vida que ese hombre vivió?

Pablo dijo tan magníficamente en Efesios 3: El es “poderoso para hacer todas las cosas mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos!’ Esta es la verdadera idea de la oración, dice Cristo. Uno no va simplemente a darle vueltas a una rueda. No se trata de pasar las cuentas de un rosario. Uno no dice: “debo dedicar horas a la oración, así lo he decidido y lo debo hacer!’ Uno no debe decir que la forma de conseguir una bendición es pasar noches enteras en oración, y que como la gente no lo hace por eso no se pueden esperar bendiciones. Debemos descartar para siempre esta idea matemática de la oración. Lo que debemos hacer ante todo es comprender quién es Dios, qué es, y nuestra relación con El.

Finalmente debemos tener confianza. Debemos acudir siempre con la confianza del niño. Necesitamos una fe infantil. Necesitamos esta seguridad de que Dios es verdaderamente nuestro Padre, y por consiguiente debemos excluir de verdad toda idea de que es necesario seguir repitiendo nuestras peticiones porque ello va a producir la bendición. Dios gusta que mostremos nuestro deseo, nuestra ansiedad de algo. Nos dice que tengamos ‘hambre y sed de justicia’ y que la busquemos; nos dice que oremos y no desfallezcamos; se nos dice que oremos ‘sin cesar’. Sí; pero esto no quiere decir repeticiones mecánicas; no quiere decir creer que se nos escuchará si hablamos mucho. No quiere decir eso en absoluto. Significa que cuando oro sé que Dios es mi Padre, que se complace en bendecirme, y que está mucho más dispuesto a darme, de lo que yo estoy a recibir; y que siempre se preocupa por mi bienestar. Debo descartar ese pensamiento de que Dios se interpone entre mí mismo y mis deseos y lo que es mejor para mí. Debo ver a Dios como mi Padre, que ha comprado mi bien definitivo en Cristo, y que está esperando bendecirme con su propia plenitud en Cristo Jesús.

Así pues, excluimos, comprendemos, y entonces con confianza, presentamos ante Dios nuestras peticiones, sabiendo que El lo sabe todo antes de que empecemos a hablar. Así como al padre le complace que su hijo acuda a él repetidas veces para pedirle algo, y no que el hijo diga, “mi padre siempre me lo da”; así como al padre le gusta que el hijo siga viniendo porque le agrada el contacto personal; así Dios desea que acudamos a su presencia. Pero no debemos acudir con dudas; debemos saber que Dios está mucho más dispuesto a dar, que nosotros a recibir. La consecuencia será que “tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público!’ ¡Cuántas bendiciones están acumuladas en la diestra de Dios para los hijos de Dios! Deberíamos avergonzarnos de seguir siendo pobres cuando estamos destinados a ser príncipes; deberíamos avergonzarnos por albergar tan a menudo pensamientos equivocados e indignos acerca de Dios a este respecto. Todo se debe al temor, y a la falta de esta sencillez, de esta fe, de esta confianza, de este conocimiento de Dios como Padre nuestro. Con sólo que tuviéramos esto, las bendiciones de Dios comenzarían a descender sobre nosotros, y quizá llegarían a ser tan abrumadoras que al igual que D.L. Moody sentiríamos que son casi más de lo que nuestro cuerpo puede resistir, y clamaríamos a El diciendo “Basta, Dios!’

El puede hacer por nosotros mucho más de lo que nosotros podemos pedir o pensar. Creamos esto y entonces vayamos a El con confianza sencilla.

Fuentes:

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