No Eres Nada Especial – John F. Macarthur

No Eres Nada Especial – John F. Macarthur
Jueves, 15 de abril 2010

Carl Sagan, tal vez la celebridad científica más conocida de las últimas dos décadas. Un astrónomo de renombre y figura de medios de comunicación, Sagan era abiertamente antagónico con el teísmo bíblico. Pero se convirtió en el tele-evangelista jefe de la religión del naturalismo. Predicó una visión del mundo que se basa enteramente en supuestos naturalistas. Detrás de todo lo que enseñó estaba la firme convicción de que todo en el universo tiene una causa natural y una explicación natural. Esa creencia, —una cuestión de fe, no una verdad observación científica -gobernó y le dio forma a cada una de sus teorías sobre el universo.

La religión de Sagan incluía la creencia de que la raza humana no es nada especial. Dada la inmensidad incomprensible del universo y la impersonalidad de todo esto, ¿cómo podría la humanidad, posiblemente, ser importante? Sagan llegó a la conclusión de que nuestra raza no es importante en absoluto. En diciembre de 1996, a menos de tres semanas antes de que Sagan muriera, fue entrevistado por Ted Koppel en “Nightline”. Sagan sabía que estaba muriendo, y le preguntó Koppel, “Dr. Sagan, ¿tiene usted ciertas perlas de sabiduría que le gustaría dar a la raza humana?”

Sagan contestó:

Vivimos en un trozo de roca y metal que rodea una estrella aburrida que es una de las 400 mil millones de otras estrellas que componen la Vía Láctea, que es una de las miles de millones de otras galaxias, que forman un universo, que puede ser uno de un número muy grande-tal vez un infinito número de otros universos. Esa es una perspectiva de la vida humana y de nuestra cultura que vale la pena reflexionar. (ABC News Nightline, 4 de diciembre de 1996)

En un libro publicado a título póstumo, Sagan escribió: “Nuestro planeta es una mota solitaria en la gran envolvente oscuridad cósmica. En nuestra oscuridad, en toda esta inmensidad, no hay ningún indicio de que la ayuda llegará desde algún otro lugar para salvarnos de nosotros mismos” (Pale Blue Dot, Nueva York: Random House, 1994, p. 9).

Aunque Sagan decididamente trató de mantener una apariencia de optimismo para el final, su religión le llevó a donde todo naturalismo inevitablemente conduce: a una sensación de insignificancia absoluta y a la desesperación. De acuerdo a su perspectiva, la humanidad ocupa un puesto pequeño-un punto azul pálido en un vasto mar de las galaxias. Por lo que sabemos, pasamos desapercibidos por el resto del universo, no rendimos cuentas a nadie, y somos pequeños e irrelevantes en un cosmos tan expansivo. Es necio hablar de la ayuda externa o el rescate de la raza humana. Ninguna ayuda vendra. Sería bueno si resolviésemos de alguna manera algunos de nuestros problemas, pero si lo hacemos o no en última instancia, seriamos un poco olvidado de trivialidades cósmicas. Eso, dijo Sagan, es una perspectiva que vale la pena reflexionar.

Todo esto pone de relieve la esterilidad espiritual del naturalismo. La religión naturalista borra toda la responsabilidad moral y ética, y en última instancia, abandona toda esperanza para la humanidad. Si el cosmos impersonal es todo lo que hay, todo lo que alguna vez fue, y todo lo que alguna vez será, entonces la moralidad es en última instancia, discutible. Si no hay un Creador personal a quien la humanidad es responsable y la supervivencia del más apto es la ley que rige el universo, todos los principios morales que normalmente regulan la conciencia humana son en última instancia-sin fundamento e incluso perjudiciales para la supervivencia de nuestra especie.

De hecho, el aumento del naturalismo ha significado una catástrofe moral de la sociedad moderna. Las ideologías más perjudiciales de los siglos XIX y XX se basaban todas en el darwinismo. Uno de los primeros campeones de Darwin, Thomas Huxley, dio una conferencia en 1893 en el cual argumentaba que la ética y la evolución son incompatibles. Escribió que “la práctica de lo que es éticamente mejor –lo que llamamos bondad o virtud, – consiste en una línea de conducta que, en todos los aspectos, se opone a lo que conduce al éxito en la lucha cósmica por la existencia” (“Evolución y Ética:” The Romanes Lecture, 1893).

[Nota: Huxley no obstante, pasó a tratar de justificar la ética como un resultado positivo de funciones racionales superiores de la humanidad, y pidió a su audiencia ni a imitar “el proceso cósmico”, ni a huir de él, sino a luchar contra él-ostensiblemente al mantener una cierta apariencia de la moralidad y la ética. Pero lo que no podía hacer-lo que él y otros filósofos de su época ni siquiera se molestaron en hacer-no ofrece justificación alguna para suponer la validez de la moralidad y la ética en sí misma en principios puramente naturalistas. Huxley y sus colegas naturalistas no podían ofrecer ninguna brújula moral que no sean sus propias preferencias personales, como era previsible, todas sus filosofías abrieron la puerta de la subjetividad moral total y finalmente a la amoralidad.]

Los filósofos que incorporaron las ideas de Darwin fueron rápidos en ver el punto de Huxley, concibiendo nuevas filosofías que sentaron las bases para la amoralidad y el genocidio que caracterizó a gran parte del siglo XX.

Karl Marx, por ejemplo, tímidamente siguió a Darwin en la elaboración de sus teorías económicas y sociales. Se inscribió un ejemplar de su libro Das Kapital to Darwin “de un devoto admirador.” Se refirió al El Origen de las Especies de Darwin como “el libro que contiene la base de la historia natural de nuestro punto de vista” (Stephen Jay Gould, Ever Since Darwin, Nueva York: Norton, 1977, p. 26).

La filosofía de Herbert Spencer del “darwinismo social” aplico las doctrinas de la evolución y la supervivencia del más apto para las sociedades humanas. Spencer sostuvo que si la naturaleza misma ha determinado que los fuertes sobreviven y los débiles perezcan, esta norma debe regir también. Las distinciones raciales y de clase reflejan simplemente la manera natural. Por lo tanto, ninguna razón moral trascendente para simpatizar con la lucha de las clases desfavorecidas. Es, después de todo, parte del proceso evolutivo natural-y la sociedad de hecho se podría mejorar mediante el reconocimiento de la superioridad de las clases dominantes y el fomento de su ascendencia. El racismo de los escritores como Ernst Haeckel (que creían que las razas de África eran incapaces de la cultura o el desarrollo mental superior) también tiene sus raíces en el darwinismo.

Toda la filosofía de Friedrich Nietzsche se basaba en la doctrina de la evolución. Nietzsche fue implacablemente hostil a la religión, y en particular el cristianismo. La moral cristiana encarna la esencia de todo lo que Nietzsche odiaba, creía que la enseñanza de Cristo glorificaba la debilidad humana y era perjudicial para el desarrollo de la raza humana. Él se burlaba de los valores morales cristianos como la humildad, la misericordia, la modestia, la mansedumbre, la compasión por los débiles, y el servicio a los otros. A su juicio tales ideales habían criado debilidad en la sociedad. Nietzsche vio a dos tipos de personas-el maestro de clase, un ser iluminado, minoría dominante, y la “manada”, seguidores serviles que eran dirigidos con facilidad. Y concluyó que la única esperanza para la humanidad sería cuando el maestro de clase se convirtiera en una raza de Übermenschen (superhombres), sin el estorbo de las costumbres religiosas o sociales, que tomarían el poder y llevarían a la humanidad a la siguiente etapa de su evolución.

No sorprende que la filosofía de Nietzsche sentara las bases para el movimiento nazi en Alemania. Lo sorprendente es que en los albores del siglo XXI, la reputación de Nietzsche ha sido rehabilitada por portavoces filosóficos y sus escritos son una vez más de moda en el mundo académico. De hecho, su filosofía-o algo muy parecido a ello –es a lo que el naturalismo inevitablemente debe regresar.

Todas estas filosofías se basan en conceptos que son diametralmente opuestos a una visión bíblica de la naturaleza del hombre, porque todos comienzan por abrazar una visión darwiniana del origen de la humanidad. Ellos tienen sus raíces en las teorías anti-cristianas sobre los orígenes del hombre y el origen del cosmos, y por lo tanto no es de extrañar que se opongan a los principios bíblicos en todos los niveles.

El simple hecho de la cuestión es que todos los frutos filosóficos del darwinismo han sido negativos, innobles, y destructivos para el tejido de la sociedad. Ninguna de las grandes revoluciones del siglo XX, dirigido por filosofías post-darwinianas han mejorado o ennoblecido cualquier sociedad. En cambio, el principal legado social y político del pensamiento darwiniano es un espectro completo de la tiranía malvada con el comunismo inspirado de Marx en un extremos y el fascismo inspirado en Nietzsche en el otro. Y la catástrofe moral que ha desfigurado la sociedad occidental moderna está también directamente rastreables hasta el darwinismo y el rechazo de los primeros capítulos del Génesis.

En este momento en la historia, aunque la mayoría de la sociedad moderna ya está plenamente comprometida con una visión del mundo naturalista y evolutiva, nuestra sociedad sigue beneficiándose de la memoria colectiva de una cosmovisión bíblica. La gente en general todavía cree que la vida humana es especial. Ellos todavía tienen restos de la moral bíblica, como la noción de que el amor es la mayor virtud (1 Corintios 13:13), el servicio de los unos a otros es mejor que la lucha por el dominio personal (Mateo 20:25-27), y la humildad y la sumisión son superiores a la arrogancia y la rebelión (1 Pedro 5:5).

Pero la sociedad secular a cualquier grado aún mantiene las virtudes en gran estima, y lo hace por completo sin ningún fundamento filosófico. Después de haber rechazado ya el Dios revelado en las Escrituras y en cambio abrazado el materialismo naturalista puro, la mente moderna no tiene motivo alguno para la celebración de cualquier norma ética, no hay razón alguna por la estima de la “virtud” sobre el “vicio”, y sin justificación alguna para considerar la vida humana como más valiosa que cualquier otra forma de vida. La sociedad moderna ha abandonado su base moral.

http://evangelio.wordpress.com/2010/04/16/no-eres-nada-especial/

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Naturalismo

Naturalismo

El naturalismo no es tanto un sistema especial cuanto un punto de vista o tendencia común a un gran número de sistemas religiosos y filosóficos; no tanto un cuerpo bien definido de doctrinas positivas y negativas cuanto una actitud o espíritu que se difunde e influye en muchas doctrinas. Como implica su nombre, esta tendencia consiste esencialmente en considerar la naturaleza como la única fuente original y fundamental de todo lo que existe, y en intentar explicar todo en términos de naturaleza. O los límites de la naturaleza son también los límites de la realidad existente, o al menos su causa primera, si se encuentra necesaria su existencia, no tiene nada que ver con la obra de los agentes naturales. Todos los acontecimientos, por tanto, encuentran su explicación adecuada en la propia naturaleza. Pero como los términos naturaleza y natural se utilizan en más de un sentido, el término naturalismo está también lejos de tener un significado fijo.

(I) Si se entiende naturaleza en el sentido restringido de naturaleza física o material, naturalismo será la tendencia a considerar el universo material como la única realidad, a reducir todas las leyes a uniformidades mecánicas y a negar el dualismo de espíritu y materia. Los procesos mentales y morales no serían más que manifestaciones de la materia rigurosamente gobernadas por sus leyes.

(II) El dualismo de mente y materia puede admitirse, pero sólo como dualismo de modos o apariencias de la misma sustancia idéntica. La naturaleza incluye múltiples fenómenos y un sustrato común de los fenómenos, pero para su desarrollo actual y para su explicación última, no requiere ningún principio distinto de sí misma. En este supuesto, el naturalismo niega la existencia de una causa trascendente del mundo y se esfuerza en explicar todos los procesos mediante la revelación de potencias esenciales al universo bajo leyes que son necesarias y eternas.

(III) Finalmente, si la existencia de una Primera Causa trascendente, o Dios personal, se admite como la única explicación satisfactoria del mundo, el naturalismo sostiene que las leyes que gobiernan la actividad y desarrollo de los seres racionales e irracionales nunca se ven estorbadas por ello. Niega la posibilidad, o al menos el hecho, de cualquier intervención transitoria de Dios en la naturaleza, y de cualquier revelación y orden sobrenatural permanente para el hombre.

Estas tres formas no se excluyen entre sí; lo que la tercera niega la primera y la segunda, a fortiori, también lo niegan; todas coinciden en rechazar cualquier explicación que recurra a causas exteriores a la naturaleza. Las razones de esta negación – esto es, los puntos de vista filosóficos en los que se basa—y, en consecuencia, la extensión en que las explicaciones internas a la propia naturaleza se tienen por suficientes, varían en gran medida y constituyen las diferencias esenciales entre estas tres tendencias.

I. Naturalismo Materialista
El naturalismo materialista afirma que la materia es la única realidad, y que todas las leyes del universo son reductibles a leyes mecánicas. Qué teoría se pueda sostener en relación con la esencia de la materia importa poco aquí. Si la materia se considera continua o como compuesta de átomos distantes unos de otros, siendo exclusivamente extensión o también como dotada de un principio interno de actividad, siendo sólo un agregado de centros de energía sin extensión real alguna (ver ATOMISMO; DINAMISMO; MECANICISMO), la actitud del naturalismo es la misma. Sostiene que todas las realidades del mundo, incluyendo los procesos de conciencia desde los más inferiores a los superiores, no son más que manifestaciones de lo que llamamos materia, y obedecen a las mismas leyes necesarias. Mientras que algunos pueden limitar su explicación materialista a la propia naturaleza, y admitir la existencia de un Creador del mundo, o al menos dejar esta cuestión abierta, la tendencia general del materialismo es al ateísmo y al naturalismo exclusivo. Los primitivos filósofos griegos se esforzaron en reducir la naturaleza a la unidad señalando un elemento primordial del que todas las cosas estarían compuestas. Sus ideas eran, al menos implícitamente, más animistas o hilozoístas que materialistas, y la vaga función formativa atribuida al Nous, o principio racional, por Anaxágoras no fue más que una excepción al naturalismo predominante. El mecanicismo puro se desarrolló por los atomistas (Demócrito, Epicuro, Lucrecio), y la propia alma fue considerada como compuesta átomos especiales, más sutiles. En la Era Cristiana el materialismo en su forma exclusiva está representado especialmente por la escuela francesa de la segunda mitad del Siglo XVIII y la escuela alemana de la segunda mitad del Siglo XIX. Puesto que la materia es la única realidad, cualquier cosa que tenga lugar en el mundo es el resultado de causas materiales y debe ser explicado por antecedentes físicos sin teología alguna. La vida no es más que un complejo problema de física y química; la conciencia es una propiedad de la materia; el pensamiento racional se reduce a sensación, y la voluntad a instinto. La mente es un acompañamiento impotente o epifenómeno de ciertas formas o agrupaciones de la materia, y, aunque fuera suprimida del todo, el mundo entero procedería exactamente del mismo modo. El hombre es un autómata consciente cuya entera actividad, mental tanto como fisiológica, está determinada por antecedentes materiales. Lo que llamamos persona humana no es más que una fase transitoria de la especial organización de elementos materiales que da origen a resultados mentales especiales, y no hace falta decir que en tal sistema no hay lugar para la libertad, la responsabilidad, o la inmortalidad personal.

II. Panteísmo
El panteísmo en sus diversas formas afirma que Dios, la Primera realidad, el Fundamento del Mundo, o el Absoluto, no es trascendente y personal, sino inmanente al mundo, y que los fenómenos de la naturaleza son sólo manifestaciones de esta única sustancia común. Para los estoicos, es la razón inmanente, el alma del mundo, que comunica por todas partes actividad y vida. Según Escoto Eriúgena, “Dios es la esencia de todas las cosas, pues sólo Él es verdaderamente” (De divisione naturae, III); la naturaleza incluye la totalidad de los seres y se divide en:

Naturaleza increada y creadora, esto es, Dios como origen de todas las cosas, incognoscible incluso a Sí mismo; Naturaleza creada y creadora, esto es, Dios como conteniendo los modelos y tipos de todas las cosas; Naturaleza creada y no creada, esto es, el mundo de los fenómenos en el espacio y el tiempo, todos los cuales son participaciones del Ser Divino y también teofanías o manifestaciones de Dios; Naturaleza ni creada ni creadora, esto es, Dios como fin de todas las cosas a quien vuelven últimamente.

Giordano Bruno también profesa que Dios y la naturaleza son idénticos, y que el mundo de los fenómenos no es más que la manifestación de la sustancia divina que obra en la naturaleza y la anima. Según Spinoza, Dios es la única sustancia que se revela a sí misma a través de atributos, dos de los cuales, extensión y pensamiento, nos son conocidos. Estos atributos se manifiestan a través de un cierto número de modos que son las determinaciones finitas de la sustancia infinita. Como sustancia absoluta, Dios es natura naturans; en cuanto se manifiesta a través de los diversos modos de fenómenos, es natura naturata. Hoy día el monismo reproduce esencialmente las mismas teorías. La mente no se reduce a una propiedad, o epifenómeno, de la materia, sino que ambas, materia y mente, son como paralelas; proceden juntas como fenómenos o aspectos de la misma última realidad. ¿Qué es la realidad? Para algunos, explícita o implícitamente, es concebida más bien como material, y entonces volvemos a caer en el materialismo; para otros se sostiene que está más próxima a la mente que a la materia, y de ahí resultan diversos sistemas y tendencias idealistas; por otros, finalmente, se declara que es desconocida e incognoscible, y así el naturalismo monista se acerca estrechamente al Agnosticismo.

Sea lo que sea últimamente, la naturaleza es sustancialmente una; no requiere nada fuera de sí misma, sino que encuentra en sí misma su explicación adecuada. O la mente humana es incapaz de cualquier conocimiento referente a la cuestión de los orígenes, o esta cuestión es en sí misma insignificante, puesto que ambos, la naturaleza y sus procesos de desarrollo, son eternos. Los cambios simultáneos y sucesivos que ocurren en el mundo resultan necesariamente de las leyes esenciales de la naturaleza, pues la naturaleza es infinitamente rica en potencialidades cuya progresiva actualización constituye el proceso sin fin de lo inorgánico, lo orgánico, y la evolución mental. La evolución y diferenciación de la única sustancia según sus propias leyes y sin la actuación directora de una inteligencia trascendente es uno de los presupuestos básicos del naturalismo monista y agnóstico. No es posible ver cómo puede esta forma de naturalismo escapar lógicamente de las consecuencias del naturalismo materialista. Lo sobrenatural es imposible; en ningún supuesto puede haber libertad o responsabilidad; el hombre no es más que una manifestación o modo especial de la sustancia común, que incluye en sí misma el doble aspecto de la materia y la conciencia. Además, puesto que Dios, o más bien, “lo divino”, como dicen algunos, va a encontrarse en la naturaleza con la que se identifica, la religión puede reducirse sólo a ciertos sentimientos de admiración, respeto, reverencia, temor, etc., causados en el hombre por la consideración de la naturaleza, de sus leyes, bellezas, energías, y misterios. Así entre los sentimientos que pertenecen a la “religión natural”, Haeckel menciona “el asombro con el que contemplamos el cielo estrellado y la vida microscópica en una gota de agua, el temor reverencial con el que seguimos la maravillosa obra de la energía en el funcionamiento de la materia, la reverencia con la que aprehendemos el dominio universal de la ley de la sustancia a través de todo el universo” (“Die Welträthsel”, Bonn, 1899, V,xviii,396-97; tr. Mc Cabe, Nueva York, 1900,344).

III. Primera Causa Trascendente del Universo
Para aquellos que admiten la existencia de una Primera Causa trascendente del universo, el naturalismo consiste esencialmente en una abusiva limitación de la actividad de Dios en el mundo. Dios es sólo Creador, no Providencia; no puede, o no desea, interferir en el curso natural de los acontecimientos, o nunca lo hizo así, o, al menos, el hecho de que lo haya hecho alguna vez no puede ser establecido. Incluso si el alma del hombre se considera espiritual e inmortal, y si, entre las actividades humanas, algunas se consideran exentas del determinismo de los agentes físicos y se reconocen libres, todo esto es dentro de la naturaleza, que incluye las leyes que gobiernan los espíritus tanto como las que gobiernan la materia. Pero estas leyes son suficientes para justificar todo cuanto sucede en el mundo de la materia o de la mente. Esta forma de naturalismo se encuentra en estrecha relación con el racionalismo y el deísmo. Una vez establecido por Dios, el orden de la naturaleza es incambiable, y el hombre está dotado por la naturaleza con todo lo que requiere incluso para su desarrollo moral y religioso. Las consecuencias son claras: los milagros, esto es, los efectos producidos por Dios mismo que trascienden las fuerzas de la naturaleza, deben ser rechazados. Las profecías y los así llamados acontecimientos milagrosos o son explicables por leyes de la naturaleza conocidas, o desconocidas hasta ahora, o si no son explicables así, su existencia misma debe ser negada, y la creencia en su realidad atribuida a una observación defectuosa. Puesto que, para lo moral y lo religioso, tanto como para las verdades científicas, la razón humana es la única fuente de conocimiento, el hecho de la Revelación divina es rechazado y los contenidos de tal supuesta revelación sólo pueden aceptarse en tanto en cuanto son racionales; creer en misterios es absurdo. Al no tener un destino sobrenatural, el hombre no necesita medios sobrenaturales – ni gracia santificante como principio permanente para dar a sus acciones valor sobrenatural, ni gracia actual para iluminar su mente y reforzar su voluntad. La caída del hombre, los misterios de la Encarnación y la Redención, con todas sus implicaciones y consecuencias, no pueden encontrar sitio en un credo naturalista. Las oraciones y sacramentos tienen sólo resultados naturales explicables sobre bases psicológicas por la confianza que inspiran a los que los usan. Si el hombre debe tener una religión en absoluto, es sólo la que le dicta su razón. El naturalismo se opone directamente a la religión cristiana. Pero incluso dentro del redil del cristianismo, entre los que admiten una revelación divina se encuentran varias tendencias naturalistas. Tales son las de los pelagianos y semipelagianos, que minimizan la necesidad y funciones de la gracia divina; la de Bayo, que afirma que la elevación del hombre fue una exigencia de su naturaleza; las de varias sectas entre los protestantes liberales, que caen en un racionalismo más o menos radical; y las de otros que se esfuerzan en restringir en límites demasiado estrechos la actuación divina en el universo.

IV. Consideraciones generales
De estos principios generales del naturalismo se derivan algunas consecuencias en las ciencias ética, estética, y política. En estética el naturalismo descansa sobre el supuesto de que el arte debe imitar a la naturaleza sin ninguna idealización, y sin consideración alguna de las leyes de la moralidad. El naturalismo social y político enseña que “los mejores intereses de la sociedad pública y el progreso civil requieren que en la constitución y gobierno de la sociedad humana no se preste a la religión más atención que si no hubiera religión en absoluto, o al menos que no se haga distinción entre verdadera y falsa religión” (Pío IX, Encicl. “Quanta Cura”, 8 Dic. 1864). León XIII establece que “la profesión integral de la fe católica no es compatible en manera alguna con las opiniones naturalistas y racionalistas, cuyo resumen y sustancia es suprimir por completo las instituciones cristianas, y, sin atender a los derechos de Dios, atribuir al hombre la autoridad suprema en la sociedad” (Encicl. “Inmortale Dei”, 1 Nov. 1885). Además, como los organismos individuales, los organismos sociales obedecen leyes fatales de desarrollo; todos los acontecimientos son resultado necesario de complejos antecedentes, y la tarea del historiador es registrarlos y averiguar las leyes de su sucesión, que son tan estrictas como las de la sucesión en el mundo físico. En ética, la vaga presunción de que la naturaleza es la guía suprema de las acciones humanas puede aplicarse de maneras muy diferentes. Ya el principio de los estoicos, formulado en primer lugar por Zenón, de que debemos vivir de manera consecuente o armoniosa (to homologoumenos zen), y afirmada más explícitamente por Cleantes como la obligación de vivir de conformidad con la naturaleza (to homologoumenos te physiei zen) dio origen a varias interpretaciones, algunas entendiendo exclusivamente la naturaleza como naturaleza humana, otras principalmente como el universo entero. Además, como el hombre tiene muchas tendencias naturales, deseos, y apetitos, se puede plantear si es moral seguirlos indiscriminadamente todos; y cuando están en conflicto entre sí o se excluyen recíprocamente, de forma que se ha de hacer alguna elección, ¿sobre qué base se debe dar preferencia a algunas actividades sobre otras? Antes de los estoicos, los cínicos, tanto en teoría como en la práctica, habían basado sus reglas de conducta en el principio de que nada natural puede ser moralmente malo. Oponiéndose a las costumbres, las convenciones, el refinamiento, y la cultura, se esforzaban por volver al estado puro de naturaleza. De manera semejante, Rousseau considera la organización social como un mal necesario que contribuye a desarrollar los patrones convencionales de moralidad. El hombre, según él, es naturalmente bueno, pero se hace depravado por la educación y el contacto con otros hombres. Este mismo argumento de oposición entre naturaleza y cultura, y la superioridad de la primera, es favorito en Tolstoi. Según Nietzsche, los patrones actuales de virtud están en contra de la naturaleza, y, puesto que favorecen a los pobres, los débiles, los que sufren, los miserables, elogiando sentimientos tales como la caridad, la compasión, la piedad, la humildad, etc., son obstáculos en el camino del progreso verdadero. Para el progreso de la humanidad y el desarrollo del “Superhombre”, es esencial volver a los patrones primitivos y naturales de moralidad, que son energía, actividad, fuerza, y superioridad; los más poderosos son los mejores.

Si se considera el naturalismo ético en su relación con los tres puntos de vista filosóficos arriba explicados, a veces significa sólo el rechazo de cualquier obligación basada en la Revelación divina, y el supuesto de que la única fuente (de conocimiento) de lo bueno y lo malo es la razón humana. Generalmente, sin embargo, significa la tendencia más radical a tratar la ciencia moral de la misma forma que la ciencia natural. No hay libertad en ninguna parte, sino necesidad absoluta en todo. Todas las acciones humanas, tanto como los acontecimientos físicos, son el resultado necesario de antecedentes que son ellos mismos necesarios. La ley moral, con su distinción esencial de buena y mala conducta, es, no una norma objetiva, sino el resultado meramente subjetivo de asociaciones e instintos desarrollados a partir de la experiencia de lo útil y lo agradable, o de lo dañino y lo doloroso, consecuencias de ciertas acciones. Hay, no obstante, un motivo que incita a actuar en ciertas direcciones, pero cuya efectividad está estrictamente determinada por el grado de su intensidad en un individuo dado comparado con la resistencia que encuentra por parte de ideas antagónicas. Así, la ciencia ética no es normativa: no trata de leyes existentes previamente a las acciones humanas, y a las que estas deben obedecer. Es genética, y se esfuerza por hacer con las acciones humanas lo que la ciencia natural hace con los fenómenos físicos, esto es, descubrir, a través de una inferencia de los hechos de la conducta humana, las leyes a las que se ajusta de hecho.

Es imposible establecer en detalle la actitud de la Iglesia Católica hacia los presupuestos, las implicaciones, y las consecuencias del naturalismo. El naturalismo es una tendencia de tan amplio y largo alcance, toca tantos puntos, sus raíces y ramificaciones se extienden en tantas direcciones, que el lector debe ser remitido a los tópicos afines tratados en otros artículos. En general sólo se puede decir que el naturalismo contradice las doctrinas más vitales de la Iglesia, que se basa esencialmente en el sobrenaturalismo. La existencia de un Dios personal y de la Providencia divina, la espiritualidad e inmortalidad del alma, la libertad humana y la responsabilidad, el hecho de la Revelación divina, la existencia de un orden sobrenatural para el hombre, son otras tantas enseñanzas fundamentales de la Iglesia, que, aun reconociendo todos los derechos y exigencias de la naturaleza, se remontan más alto, al Autor y Supremo Gobernante de la naturaleza.

BALFOUR, The Foundations of Belief (Nueva York, 1895); LLOYD MORGAN, Naturalism in Monist, VI (1895-96), 76; WARD, Naturalism and Agnosticism (Nueva York, 1899); RADEMACHER, Gnade und Natur (1908); SCHAZLER, Natur und Uebernatur (Maguncia, 1865); SCHEEBEN, Natur und Gnade (Maguncia, 1861); SCHRADER, De triplici ordine, naturali, supernaturali et prœternaturali (Viena, 1864); BALDWIN, Diction. of Philos. and Psychol. (Nueva York y Londres, 1901); EISLER, Worterbuch der philosophischen Begriffe. See also GRACE, MIRACLE, etc.

C.A. DUBRAY
Transcrito por Douglas J. Potter
Dedicado al sagrado Corazón de Jesús
Traducido por Francisco Vázquez

http://ec.aciprensa.com/n/naturalismo.htm

El naturalismo

El término naturalismo, del latín naturalis, lo que está de acuerdo y se deriva de la naturaleza (natura), se usa frecuentemente para designar realidades diversas; dos de ellas, especialmente, han cuajado a lo largo de la historia en sendos movimientos que se han autodesignado con la palabra naturalismo: en primer lugar, todas aquellas concepciones filosóficas, de muy diverso contenido, que tienen como característica unificadora el considerar a la naturaleza, en cuanto totalidad de realidades físicas existentes, como el principio único y absoluto de lo real; es éste un naturalismo filosófico y de él nos ocupamos en este artículo; en segundo lugar, un movimiento estético, representado sobre todo en literatura, que se ocupa, como objeto de representación artística, exclusivamente de las producciones de la naturaleza; es éste un naturalismo literario-artístico y de él trata el artículo correspondiente.

Las raíces del pensamiento evolucionista se hunden en la antigüedad, como  una creencia dogmática que intenta negar el hecho de la Creación. La mayoría de los filósofos paganos de la Grecia antigua defienden la idea de la evolución. Cuando observamos la filosofía de la historia vemos que la idea de la evolución constituye la columna vertebral de muchas filosofías paganas.

Sin embargo, no es la filosofía antigua pagana sino la fe en Dios lo que ha jugado un papel estimulante en el desarrollo de la ciencia moderna. La mayoría de las personas que encabezaron el nacimiento de la ciencia moderna creían en la existencia de Dios. Al estudiar las disciplinas correspondientes buscaban descubrir el universo que Dios ha creado y percibir Sus leyes y los pormenores de Su Creación. Cuvier, el padre de la paleontología, Linneo, el pionero de la botánica y de la zoología, Isaac Newton, a quien se considera “el más grande científico de todos los tiempos” y los astrónomos como Leonardo de Vinci, Copérnico, Keppler y Galileo, todos ellos, estudiaron las ciencias creyendo no solamente en la existencia de Dios sino también que todo el Universo pasó a existir como resultado de Su creación(1).

Alberto Einstein, considerado el genio más grande de nuestra época, fue otro ferviente científico que creía en Dios: “No puedo concebir un científico genuino sin una fe profunda. Esta situación puede expresarse por medio de una imagen: la ciencia sin religión cojea”.(2)

Uno de los fundadores de la física moderna, el físico alemán Max Planck, dijo que cualquiera que estudie la ciencia seriamente debe leer la sentencia
estampada sobre la puerta del templo de la erudición: “Ten fe”. La fe es un atributo esencial del científico.(3)

La teoría de la evolución es el resultado de la filosofía materialista que surgió a la superficie con el redespertar de antiguas filosofías materialistas y se expandió ampliamente en el siglo XIX. Como indicamos antes, el materialismo busca explicar la naturaleza por medio de factores solamente materiales. Dado que en todo momento rechaza la opción de la Creación, afirma que todo, animado o inanimado, apareció sin que haya un acto Creador sino como resultado de coincidencias que luego adquirieron la condición de “orden establecido”. Sin embargo, la mente humana está estructurada de tal manera, que concibe la existencia de una voluntad organizadora donde sea que ve un orden o disposición dados. La filosofía materialista, contraria a esta característica básica de la mente humana, produjo la “teoría de la evolución” a mediados del siglo XIX.

LA IMAGINACION DE DARWIN

La persona que presentó la teoría de la evolución de la manera en que es defendida hoy día, fue un naturalista aficionado inglés, llamado Charles
Robert Darwin.

Éste nunca emprendió un estudio formal de la biología. Tenía solamente un interés de aficionado por la naturaleza y lo viviente; interés que lo animó a unirse a una expedición marítima en un barco llamado “HMS Beagle” que partió de Inglaterra en 1832 y viajó a distintas partes del mundo durante cinco años. El joven Darwin estaba muy impresionado por varias especies vivas, especialmente por ciertos fringilidos que vio en las Islas Galápagos.Pensaba que las variaciones en sus picos fueron causadas por la adaptación al medio. Basado en esta idea supuso que el origen de la vida y de las especies yacía en el concepto de “adaptación al medio ambiente”. Según Darwin, distintas especies vivas no fueron creadas separadamente por Dios sino que más bien provenían de un ancestro común y se diferenciaron luego como resultado de las condiciones naturales (en que pasaron a vivir cada una).

La hipótesis de Darwin no se basaba en ningún descubrimiento o experimento científico. Sin embargo, con el tiempo se volvió una teoría presuntuosa gracias al apoyo e impulso que recibió de los famosos biólogos y naturalistas de esa época. La idea era que los individuos que mejor se adaptaron a su medio transfirieron las cualidades adquiridas a las generaciones subsiguientes. Luego esas cualidades se acumularon y con el tiempo transformaron a las criaturas en cuestión en especies totalmente distintas de sus ancestros (En esa época se desconocía el origen de esas “cualidades provechosas”). Según Darwin el ser humano fue el resultado más desarrollado de dicho mecanismo y denominó a ese proceso “evolución por selección natural”. Pensó que había encontrado el “origen de las especies”: el origen de una especie era otra especie. En 1859 publicó esos conceptos en su libro titulado “El Origen de las Especies Por medio de la Selección Natural”.

Era bien consciente de que dicha teoría enfrentaba un montón de problemas, cosa que confesó en el capítulo “Dificultades de la Teoría”. En principio esas dificultades se presentaban con los registros fósiles, con los órganos complejos de seres vivientes que posiblemente no se podían explicar por medio de la casualidad (por ejemplo, los ojos) y con los instintos. Darwin esperaba que esas dificultades se superarían por medio de nuevos descubrimientos. No obstante, eso no evitó que se le ocurriesen una serie de explicaciones que resultaban muy inadecuadas para otros. El físico norteamericano Lipson hizo el siguiente comentario sobre las “dificultades” de Darwin: “Al leer ‘El Origen de las Especies’ descubrí que Darwin estaba mucho menos seguro de lo que aparentaba. El capítulo titulado ‘Dificultades de la Teoría’, por ejemplo, exhibe la considerable duda del autor. Como físico me intrigaron particularmente sus comentarios sobre el modo en que surgieron los ojos”.(4)

Mientras desarrollaba esta teoría, Darwin estaba impresionado por muchos biólogos evolucionistas que le precedieron, especialmente por el francés Lamarck(5). Según éste, las criaturas vivas transferían los rasgos adquiridos en su existencia de una generación a la siguiente, evolucionando de esta manera. Por ejemplo, las jirafas se desarrollaron a partir de animales como los antílopes por la necesidad de extender cada vez más el cuello, una generación tras otra, al intentar alcanzar las ramas que los alimentaban, cada vez más altas. Darwin empleó esta tesis de “traspaso de los rasgos adquiridos”, propuesta por Lamarck, como el factor que hacía evolucionar a los seres vivientes.

Pero tanto Darwin como Lamarck estaban equivocados porque en su época la vida no podía ser estudiada con la primitiva tecnología de entonces y en un nivel muy inadecuado. Los campos científicos como el de la genética y la bioquímica no existían ni siquiera como nombres. Por lo tanto sus teorías dependían totalmente de sus capacidades imaginativas.

Mientras retumbaban los ecos del libro de Darwin, un botánico austríaco de nombre George Mendel, descubrió las leyes de la herencia en 1865. El descubrimiento de Mendel, que no fue conocido hasta fin de ese siglo, obtuvo una gran importancia a principio del siglo siguiente y marcó el nacimiento de la ciencia genética. Poco después se descubrió la estructura de los genes y los cromosomas. El descubrimiento en el decenio de 1950 de la molécula de ADN que incorpora la información genética, arrojó la teoría de la evolución a una gran crisis. La razón era la increíble complejidad de la vida y la invalidez de los mecanismos evolucionistas propuestos por Darwin. Esos cambios deberían haber terminado con la teoría de Darwin en el basurero  de la historia. Sin embargo, no sucedió eso porque ciertos círculos insistieron en revisarla, renovarla y elevarla a un plano científico. Estos esfuerzos tienen sentido solamente cuando se comprueba que por detrás de la teoría se ubican intenciones ideológicas antes que preocupaciones científicas.

Gracias a la teoría de la evolución, el naturalismo se ha convertido en la religión dominante de la sociedad moderna. Hace menos de un siglo y medio, Carlos Darwin hizo popular el credo de esta religión secular con su libro El origen de las especies.

Aunque casi todas las teorías de Darwin acerca de los mecanismos de evolución fueron descartadas mucho tiempo atrás, la doctrina misma de la evolución se las ha arreglado para alcanzar la prerrogativa de artículo fundamental de fe en la mentalidad popular moderna. El naturalismo ya ha reemplazado al cristianismo como la religión principal del hemisferio occidental, y la evolución se ha convertido en el dogma central del naturalismo.

El naturalismo es una perspectiva en la que toda ley y toda fuerza que opera en el universo es de carácter natural y no moral, espiritual o sobrenatural. El naturalismo se caracteriza en esencia por el ateísmo y rechaza el concepto mismo de un Dios personal. Muchos suponen por esa razón que naturalismo no tiene que ver con religión. De hecho, muchos mantienen la idea equivocada de que el naturalismo encarna la esencia misma de la objetividad científica. A los naturalistas les gusta presentar su sistema como una filosofía que se opone a todas las visiones del mundo basadas en la fe, y alegan que es superior en su contenido científico e intelectual porque se supone que carece de matices religiosos.

Este no es el caso. Religión es la palabra exacta que sirve para describir el naturalismo. Toda la filosofía naturalista se basa en una premisa basada en la fe.

Su presuposición básica, que es un rechazo de todo lo sobrenatural, requiere un salto de fe gigantesco. Además, casi todas las teorías que respaldan al naturalismo también deben ser aceptadas por fe.1

Considere por ejemplo el dogma dé la evolución. La noción de que ciertos procesos evolutivos naturales son la explicación del origen de todas las especies vivientes, nunca ha sido y jamás será establecida como un hecho histórico.

Tampoco es “científica” en el sentido verdadero de la palabra. La ciencia solo se ocupa de cosas que pueden ser observadas y reproducidas por experimentación. El origen de la vida no puede ser ni observado ni reproducido en un laboratorio. Por definición, la ciencia no puede darnos conocimiento alguno acerca de cómo llegamos a existir en este planeta.

La creencia en la teoría evolutiva es un asunto de pura fe, y la creencia dogmática en cualquier teoría naturalista no es más “científica” que cualquier otro tipo de fe religiosa.

El naturalismo moderno es promulgado en muchos lugares con fervor misionero en tono bastante religioso. El símbolo popular del pez que muchos cristianos colocan en sus automóviles también tiene su equivalente en la comunidad de los naturalistas: un pez con patas y la palabra Darwin grabada en su interior. La red mundial de computadoras se ha convertido en el campo misionero más activo del naturalismo, y allí los evangelistas de la causa realizan grandes esfuerzos para libertar a las almas entenebrecidas que siguen aferradas a sus creencias espirituales. A juzgar por el contenido de ciertos materiales que he leído por medio de los cuales se trata de ganar adeptos al naturalismo, los naturalistas se dedican a su fe con una pasión devota que rivaliza y en muchos casos excede la de cualquier fanático y radical religioso.

Es obvio que el naturalismo es tan religioso como cualquier visión teísta del mundo.

Esto también queda demostrado al examinar las creencias de aquellos naturalistas que afirman ser los menos constreñidos por creencias religiosas.

La ambigüedad que a lo largo de la historia del pensar humano ha tenido el concepto de naturaleza se ha reflepor magnitudes y leyes estrictamente mecánicas: masa, energía, densidad, inercia, etc. Sin embargo, algunas formas de naturalismo excluyen decididamente todo tipo de mecanicismo, como es el caso del materialismo dialéctico marxista —que puede englobarse también dentro del naturalismo—, para el que la realidad no está regulada por leyes mecánicas sino por la tríada hegeliana de la tesis, antítesis y síntesis. las tesis soteriológicas revisten excepcional importancia —como se pone de relieve en todo pensamiento religioso o de corte platónico—, en el naturalismo el hombre es un ser plenamente radicado en sí mismo y que en sí mismo adquiere todo su sentido. De ahí que el naturalismo suela desembocar en un humanismo radical, tal como aconteció con el naturalismo renacentista y con el del s. XVIII. La perfección del hombre —según esta posición— se encuentra en el mejoramiento de su propia naturaleza, no en la mutación de ella.

  1. Cabe también destacar la íntima ligazón entre el naturalismo y el progreso de la ciencia físico-natural. Aunque este factor es meramente fáctico —y aun a ese nivel discutible: Dewey, p. ej., no reconoce esta ligazón—, pareceha ido ligado al desarrollo de las ciencias positivas, en especial de la Física y la Biología. Así ha sucedido con el naturalismo de los presocráticos, en los que la preocupación por la fysis, la naturaleza, les llevó a una concepción naturalista de la realidad; con los pensadores renacentistas, influidos por el auge de la nueva ciencia; con el naturalismo decimonónico, que toma ocasión en gran parte de la grandiosa comprensión del cosmos que ofrecía la física newtoniana y los nuevos escubrimientos de la biología evolucionista; y, por último, con el actual naturalismo basado en la nueva visión que del universo presenta el progreso científico.
  2. Finalmente, es de señalar que dentro de un naturalismo consecuente los problemas epistemológicos no alcanzan la virulencia a que llegan en el seno de otras concepciones, p. ej., en el idealismo. Suele darse en los pensadores naturalistas una cierta confianza en el poder espontáneo de los órganos cognoscitivos humanos para captar la realidad. La correlación establecida por el naturalismo entre el hombre como microcosmos y el universo como macrocosmos conduce a la creencia, más o menos explícita, de que entre ambos se da una simpatía óntica fundamentadora de una fácil captación del ser del segundo por la facultad cognoscitiva del primero. Y, de hecho, lagnoseología del naturalismo ha sido siempre un tanto pobre. A este aspecto del naturalismo, aunque se habla de la Absolutización de la naturaleza, de la negación de la dualidad naturaleza-espíritu o de la dualidad natural-sobrenatural. También se caracteriza el naturalismo con el llamado “Optimismo antropológico” y con el mostrar una confianzade naturalismo. Es destacable, también, el que se refiera la figura de John Dewey (1859-1952) como psicólogo naturalista que puso un énfasis decidido en el tema de la educación.

Notas


1 Dan Graves, Science of Faith: Forty-Eight Biographies of Historic Scientists and Their Christian Faith, Grand Rapids, MI, Kregel Resources.
2 Science, Philosophy, And Religion: A Symposium, 1941, CH.13.
3 J.De Vries, Essential of Physical Science, Wm.B.Eerdmans Pub.Co., Grand Rapids, SD 1958, p. 15.
4 H. S. Lipson, “A Physicist’s View of Darwin’s Theory”, Evolution Trends in Plants, Vol 2, No. 1, 1988, p. 6.
5 Aunque Darwin pretendió que su teoría era totalmente independiente de la de Lamarck, gradualmente se fue apoyando en las afirmaciones de éste. En particular, la sexta y última edición de “El Origen de las Especies” está llena de los ejemplos de Lamarck sobre “rasgos adquiridos por la herencia”. Ver: Benjamin Farrington, What Darwin Really Said, New York: Schocken Books, 1966, p. 64.
6 Steven M. Stanley, Macroevolution: Pattern and Process, San Francisco: W. H. Freeman and Co. 1979, p. 35, 159.

El naturalismo metodológico es la regla de la ciencia?

El naturalismo metodológico es la regla de la ciencia?

Naturalismo metodológico es simplemente una muy recientemente impuesta “regla” de que (a) define la ciencia como una búsqueda de las causas naturales de los fenómenos observados y (b) prohíbe a los investigadores a considerar cualquier otra explicación, independientemente de lo que las pruebas pueden indicar.

En consonancia con ese principio, se plantea la cuestión y declara rotundamente que (c) cualquier investigación que se encuentra evidencia de diseño en la naturaleza no es válido y que (d) los métodos empleados con ese fin no son científicos.

Por ejemplo, en un folleto publicado en 2008, la Academia Nacional de Ciencias de EE.UU. declaró:

En la ciencia, las explicaciones deben basarse en fenómenos que ocurren naturalmente. Las causas naturales son, en principio, reproducibles y por lo tanto se puede comprobar de forma independiente por los demás. Si las explicaciones se basan en supuestas fuerzas que están fuera de la naturaleza, los científicos no tienen manera de confirmar o desmentir estas explicaciones. [Ciencia, Evolución y Creacionismo, p. 10. 10. Énfasis añadido.]

Así pues, si un científico ID encuentra y trata de explicar funcionalmente información compleja de una molécula de ADN a la luz de su única causa conocida: la inteligencia, los partidarios del naturalismo metodológico rechazarán las pruebas o insistirán en que se deben re-interpretarse como el producto de los procesos de seguimiento a la casualidad y / o necesidad, independientemente de lo inverosímil o improbable de las explicaciones a las que se tenga que llegar.

Además, si el científico se atreve a desafiar esta regla y es políticamente correcto, entonces serán sus conclusiones privadas del sufragio de la comunidad científica y todo su trabajo será desacreditado y rechazado.

Obviamente, esta censura es manifiestamente injusta.

Peor aún, es de destrucción masiva para el papel histórico y propio de la ciencia, pues ella es intelectualmente y éticamente responsable de la búsqueda de la verdad acerca de nuestro mundo a la luz de la evidencia de la observación y la experiencia.

Para un científico políticamente correcto fácilmente puede distinguir los agentes inteligentes, creativos que actúan en el mundo empírico de los muchos modos; pues dejan rastros empíricamente perceptibles o detectables y que pueden dejar plasmada su actividad en el mundo biológico conocido, y en todas las formas en la que se puede detectar esa actividad inteligente (diseñadora).

Por lo cual no tendría que estar sujeta a reglas impuestas arbitrariamente que jamás sabremos si son reglas o normas admisibles o no; simplemente porque no sabemos si la o las premisas que se toman para formular estas “reglas” son ciertas o son falsas.

Edgar Ramírez

Maestro De Educación Cristiana

Notas: http://www.uncommondescent.com/faq/#methnatsci

Visto aca

Nuevo Blog anti-darwinismo “Cambrico.info”

Nuevo Blog anti-darwinismo  “Cambrico.info”

Ver el blog  Acá

Este es un Blog pensado especialmente,como lo expresa su autor, para el debate inteligente sobre la evolucion ,la  libertad académica y lo mejor de todo, para la  promoción de las ideas del diseño inteligente.

Yo lo estuve recorriendo y parece Muy Bueno. Espero les sea de bendicion a todos los lectores.Tiene todo el aspecto de ser muy interesante.

Esperemos que los autores de este blog  sigan adelante con toda la maquinaria antineodarwinista.

Personalmente, acabo de terminar de leer Proceso a Darwin, libro muy interesante para la batalla espiritual  contra la pseudociencia naturalista neodarwinista. Me pareció un excelente libro.

La evolucion darviniana … me hace pensar en un gran acorazado en el ocerano de la realidad. Sus lados estan pesadamente cubiertos de corazas filosóficas frente a la crítica, y sus cubiertas están cargadas de grandes cañones de retórica listos para intimidar a cualquier posible atacante. En apariencia, es tan inexpugnable como la Unión Soviética parecía serlo hace unos cuantos años. Pero en la nave se ha abierto una vía de agua metafísica, y los más perceptivos de los oficiales a bordo han comenzado a darse cuenta de que toda la potencia de fuego de la nave no puede salvarla si la vía de agua no es tapada. Habrá esfuerzos heroicos por salvar la nave, claro, y algunos rescatadores plausibles invitarán a los oficiales a que se refugien en botes salvavidas electrónicos equipados con sistemas de alta tecnología como conjuntos autocatalíticos y modelos informáticos de sistemas autoorganizantes. El espectáculo será fascinante, y la batalla proseguirá durante largo tiempo. Pero al final vencerá la realidad. (Paulo Jhonson, Proceso a Darwin)

«Sin duda de ninguna clase, es la mejor crítica del darwinismo que jamás haya leído.»

Michael Denton, autor de Evolution: A Theory in Crisis.

«Muestra precisamente cómo la evolución darwiniana se ha transformado en un ídolo.»

Alvin Plantinga, Universidad de Notre Dame

«Sereno, exhaustivo, e irresistiblemente persuasivo.»

Richard John Neuhaus, editor, First Things

«Esta obra no constituye una mera crítica a ciertos aspectos de la evolución, sino que constituye un ataque frontal al concepto mismo de evolución entendido como historia de los Orígenes. Enfoca la pretensión de que la evolución sea un hechode la ciencia, pone en evidencia que, lejos de ser un hecho, se trata de un intento de explicación de los Orígenes desde una perspectiva filosófica naturalista y atea, y luego examina la realidad del mundo de lo viviente, con sus evidencias de discontinuidades no salvadas por cadenas fósiles entre los distintos grupos de vida, y de designio y de carga de información, Queda así patente que este intento de explicación, basado en un prejuicio filosófico materialista ateo, resulta totalmente carente de bases factuales y es además contrario a la evidencia real de una creación politípica original llena de designio.» Santiago Escuain, director, Génesislínea sobre línea.

Phillip E. Johnson , A.B., J.D., es un graduado de Harvard y de la Universidad de Chicago. Fue funcionario legal del Juez Presidente del Tribunal Supremo Earl Warren y ha enseñado leyes durante veinte años en la Universidad de California en Berkeley, donde posee la cátedra de Leyes Jefferson E. Peyser.

Internet: philjohn@uclink.berkeley.edu
Compuserve: 74051,613

Autor de los libros Darwin on Trial (2a edición, InterVarsity Press, 1993, traducido al castellano como Proceso a Darwin, Ed. Portavoz, 1995), Reason in the Balance, the Case Against Naturalism in Science, Law and Education [La razón en el fiel de la balanza: El argumento contra el Naturalismo en la Ciencia, el Derecho y la Educación] (Intervarsity Press, 1995) y Defeating Darwinism: By opening minds [Derrotando el darwinismo: abriendo las mentes] (Intervarsity Press, 1997).
Autor de una multitud de artículos y reseñas en revistas de derecho, como California Law Review, Stanford Law Review, Colorado Law Review, Yale Law Journal, etc.
http://www.sedin.org/propesp/X0055_Pr.htm
bendiciones

Nueva cinta Avatar plantea ecologismo como religión

Nueva cinta Avatar plantea ecologismo como religión

Posted: 07 Jan 2010 06:15 PM PST

La verdad, no importa de quien venga…

ACI Prensa presenta una crítica de la nueva cinta Avatar dirigida por James Cameron, en la que se señala que esta película plantea el ecologismo como religión y establece, al mismo tiempo, que quien no vive el radicalismo New Age de creer en la “madre tierra” es necesariamente “malo”.

La crítica plantea que “la separación entre buenos y malos es tan grotesca, que en nada se diferencia al mundo de héroes y villanos de los cartones animados para niños de la Warner, esos del Correcaminos y el Coyote Waly que concluían con el proverbial ‘eso es todo amigos’”.

“Los héroes de Avatar, los Na’vi, son, en efecto, tan ‘buenos’ como ‘malos’ son los explotadores humanos: creen en la ‘madre tierra’, piden permiso y luego disculpas a cada animal que cazan para subsistir y viven en total, perfecta e idílica conexión con la naturaleza”, prosigue el texto.

Seguidamente se describe que “los ritos fúnebres de los Na’vi son escenas calcadas de los festivales hippies de la década de los 70: sentados en posición ‘yogui’, entrelazan las manos en alto en círculos concéntricos, mientras cierran los ojos, contonean sus torsos y cantan mantras a la ‘madre tierra’”.

La película plantea, explica la crítica, una redención que solo se logra vaciándose de “todo lo humano y ‘comenzar de nuevo’ por el camino de unos pocos iniciados. Pero ¿Cuál camino? El del gnosticismo ecologista versión siglo XXI; es decir, el que niega que, como sostiene el cristianismo, que la salvación es para todos y está al alcance de todos”.

El texto augura luego que Avatar ganará más de un Oscar porque “sin duda, la película no puede ser cinematográficamente más espectacular. Pero principalmente, porque representa el dogma oficial de Hollywood de la religión sin Dios y sin compromisos morales personales. Y Hollywood ensalza a sus ‘santos’ con el mismo fanatismo con el que quema a sus ‘herejes’. Eres el Correcaminos o eres el Coyote Waly. Avatar ha venido a confirmar esa regla”

http://radiocristiandad.wordpress.com/2010/01/07/nueva-cinta-avatar-plantea-ecologismo-como-religion/

“Uds, perdieron.” Darwin y el Diseño

“Uds, perdieron.” Darwin y el Diseño

La autora nos presenta un análisis del contexto histórico y científico en el que surgió la teoría darwiniana. Para sorpresa de algunos, en este artículo se aclara la obvia ausencia de un consenso positivo en favor de la teoría de Darwin en el siglo pasado. Más aun, el artículo nos permite entender el prejuicio naturalista de Darwin así como sus cándidas confesiones en torno a la ausencia de evidencia científica para el origen de la vida.

La autora demuestra cómo los posteriores defensores y promulgadores de la Teoría Evolutiva se convencieron más por sus pre-concepciones filosóficas que por la evidencia científica. En este grupo encontramos nada menos que a Herbert Spencer y a Thomas Huxley.

Culmina este artículo con el recuento del encontronazo entre la teoría de Darwin y los postulados del Diseño en el siglo XIX. También presenta una serie de importantes cuestiones aun pendientes de ser tratadas por los proponentes actuales del “Diseño Inteligente”.
Indice
Introducción
Los Darwinianos No Darwinianos
Charles Darwin
Herbert Spence
Thomas H. Huxley
Deducción a partir de una Filosofía
Darwin y el Diseño
“Cada Frívolo Detalle”
La Política de la Ciencia
Preguntas

Introducción:”Ustedes Perdieron”: ¿Es el Diseño un Tema Cerrado?
(Contexto histórico de la Teoría Evolutiva darwiniana)

El escenario era uno de esos coloridos debates sobre la evolución que los científicos detestan pero que al público le fascinan. Los combatientes en este caso eran Vincent Sarich y el creacionista Duane Gish. Eventualmente Sarich se volvió hacia Gish exasperado y acusó al debate de ser un ejercicio redundante. Después de todo, dijo, el mismo debate había sido llevado a cabo cien años atrás, y “ustedes perdieron”. (1) En otras palabras Sarich estaba diciendo, la creación fue desacreditada en el siglo diecinueve por Darwin, así que, ¿por qué están resucitando un asunto muerto?

Se asume comúnmente que la batalla contra el darwinismo fue emprendida en el siglo diecinueve, y que Darwin ganó porque su teoría fue apoyada por la evidencia científica. Para citar tan sólo dos ejemplos, el zoólogo Ernst Mayr asegura que “Darwin resolvió el problema de la teleología, un problema que había ocupado las mentes más brillantes durante 2000 años desde Aristóteles”. Douglas Futuyma escribe que “Al unir variaciones no dirigidas, sin propósito, al proceso ciego y descuidado de la selección natural, Darwin hizo de las explicaciones teológicas o espirituales del proceso de la vida, superfluas”. (2) En el mundo moderno, la teoría de Darwin tiende a ser aceptada por cada nueva generación por la sencilla razón de ser parte del punto de vista dentro del cual somos criados y educados.

Sin embargo yo sugiero que hay buenas razones para volver al campo de batalla y preguntar si ella fue ganada justa y honestamente. Me propongo mostrar que la batalla no fue ganada por Darwin en el sentido que normalmente se da a entender: Argüiré que Darwin fue un punto decisivo en la biología, no tanto porque la evidencia empírica fuera persuasiva, sino principalmente porque su teoría probó ser útil en el avance de una filosofía particular —una filosofía de ciencia, primero que todo, y en muchos casos una posición metafísica general también.

En la cultura moderna, se ha estado de acuerdo en la autoridad intelectual de la ciencia para definir la forma en que el mundo “realmente es”. El poder persuasivo de la teoría darwiniana se deriva del aura de realidad científica que la rodea. Si pudiera mostrarse que históricamente la motivación científica primaria para el avance de la causa darwiniana no fue tan científica como filosófica, entonces la teoría perdería mucho de su carácter persuasivo, ya que los científicos tienen autoridad para decirnos cómo funciona el mundo natural, pero no tienen una autoridad similar para decirnos qué filosofía debemos abrazar. Si la motivación para aceptar el darwinismo fue primeramente filosófica, entonces nosotros en el siglo veinte tenemos justificación para pedir la resurrección del viejo debate.

En este capítulo examinaré primero los escritos del núcleo de defensores de Darwin en el siglo diecinueve. Contrario a una idea que se tiene en común pero que es falsa, Darwin no ganó realmente a muchos contemporáneos para que se adhirieran a su teoría. Incluso aquellos que se identifican a sí mismos como defensores, de hecho muchas veces no aceptaron su teoría de la selección natural. No fue hasta las décadas de 1930 y 1940, con el desarrollo de la síntesis moderna (es decir, la combinación de la teoría de Darwin con los hallazgos de la genética), que la selección natural fue finalmente aceptada como el mecanismo central de la evolución. Aquellos que insisten en que Darwin cerró el asunto, están leyendo en forma anacrónica en la historia los puntos de vista adoptados por la mayoría de los biólogos modernos.

¿Por qué, entonces, Darwin llegó a ser el punto central del debate en el siglo diecinueve, aun para muchos que no aceptaban su teoría? La respuesta tiene que ver con un cambio de dirección en la filosofía de la ciencia, de una epistemología más antigua que aceptaba a la mente como una causa real en la naturaleza, a una epistemología nueva que no admitía nada diferente a las causas naturales. La teoría de Darwin parecía mostrar que una explicación completamente naturalista de las cosas vivientes era posible; como resultado atrajo a muchos seguidores, cuyo principal interés era promover el naturalismo, aun si minimizaban la importancia de los detalles científicos de la teoría. Indagando en los escritos de los primeros darwinistas, me propongo mostrar que su motivación era de hecho primeramente filosófica.

Segundo, miraré brevemente a aquellos que adoptaron una estrategia de mantener la paz, buscando reconciliar al diseño y a Darwin. ¿Qué efectos tuvieron históricamente sus esfuerzos?

Tercero, analizaré una de las más importantes estrategias que Darwin y sus defensores usaron para desacreditar el diseño. A medida que la batalla se volvía más y más intensa, ellos buscaban hacer del diseño algo no plausible, presentándolo como un milagro perpetuo. Al hacer eso, ellos construyeron un “hombre de paja” que continúa siendo útil para los darwinistas de esta época.

Finalmente, sugeriré que el éxito de Darwin y su séquito en el siglo diecinueve tenía mucho que ver con su habilidad política. Ellos entendían que la batalla no sólo era de ideas, sino de instituciones y de poder también.

Los Darwinianos No Darwinianos
El argumento de que “Darwin ganó en el pasado siglo diecinueve y no hay nada más que discutir”, ignora un hecho clave: a saber, que Darwin no le ganó a la mayoría de sus contemporáneos. Su teoría fue aceptada sólo por un puñado de científicos durante tres cuartos de un siglo, ganando más amplio apoyo sólo después de que la genética mendeliana había provisto un entendimiento más claro de la herencia genética. La mayoría de los contemporáneos de Darwin llegaron a estar de acuerdo con que alguna forma de evolución o desarrollo había ocurrido, pero la mayoría defendía otros mecanismos y causas para explicar el proceso. Generalmente insistían en que, o Dios estaba dirigiendo el proceso, o que éste había sido impulsado por alguna fuerza directiva interna.

El historiador Peter Bowler va bien lejos al sugerir que la revolución darwiniana debería ser etiquetada más exactamente como la revolución no darwiniana (que es el título de su libro sobre el tema). Bowler arguye que Darwin debe ser visto como “un catalizador que ayudó a poner en obra la transición hacia un punto de vista evolutivo”, pero no específicamente hacia un punto de vista darwiniano. Más comúnmente la evolución era vista como un proceso ordenado, regido por leyes, dirigido a una meta y con propósito, análogo al desarrollo de un embrión a un adulto– “la revelación preordenada de un plan racionalmente ordenado,” con frecuencia un plan divino. Como lo pone Bowler, “una vez convencidos de que la evolución sí ocurrió, ellos [los seguidores de Darwin] le dieron la espalda al mensaje de Darwin y continuaron con el trabajo de formular sus propias teorías sobre cómo había funcionado el proceso”. (3)

Irónicamente, aun aquellos que apoyaban la causa de Darwin, y que se identificaban a sí mismos como darwinianos, generalmente no adoptaron su teoría. Es decir, ellos no aceptaron su mecanismo propuesto para la evolución, el cual le daba la posición más importante a la selección natural. Muchos eran lamarquianos o especulaban sobre otros mecanismos de evolución. Estos hechos históricos hacen surgir una pregunta: ¿si incluso los que apoyaban a Darwin no aceptaban su mecanismo científico propuesto, qué era exactamente a lo que él apelaba?

La respuesta es que Darwin ilustraba cómo uno podría enmarcar un recuento totalmente naturalista de las cosas vivientes —un logro atractivo a aquellos cuya postura metafísica era naturalista, y a otros que sentían que por lo menos la ciencia en sí misma debería ser completamente naturalista. Aunque sus seguidores no pensaban que Darwin había tenido éxito al definir el mecanismo de la evolución, no obstante él había mostrado cómo uno debe razonar para tener éxito eventualmente. Él se había enfocado en los procesos inmediatamente observables (procesos de “generación ordinaria”, como él decía), y extrapolado esos procesos al pasado. En resumen, no eran tanto las especificaciones de la teoría de Darwin tanto como su metodología natural lo que atrajo el apoyo.

Durante algún tiempo la presión había aumentado en concebir una aproximación naturalista a la biología. Desde el triunfo de la física newtoniana, muchos científicos habían anunciado su intención de extender el dominio de las leyes naturales a todos los demás campos. Pero la complejidad de las cosas vivientes había desafiado todos los intentos de meterlas dentro de algún molde naturalista. Como Huxley preguntó lastimosamente en 1860, “¿Permanecerá sola la biología fuera de la armonía con sus otras ciencias hermanas?” (4) Para los que quedaron atrapados en este dilema, Darwin vino al rescate. Su meta era mostrar cómo la biología podría ser trasformada para encajar en el ideal naturalista ya dominante en otros campos de la ciencia. Y no sólo la biología sino también las ciencias humanas siendo que, al explicar toda la vida por medio de causas naturalistas, su teoría incluía el origen humano.

Neal Gillespie, en Darwin and the Problem of Creation (Darwin y el Problema de la Creación), resume el punto en forma precisa:

“Se dice algunas veces que Darwin convirtió el mundo científico a la evolución mostrándole el proceso por el que ésta había ocurrido. Con todo, las inseguras reservas sobre la selección natural entre los contemporáneos de Darwin y el rechazo de ella, ampliamente extendido desde los años 1890 hasta los 1930, sugieren que esto es un punto de vista demasiado simple sobre el asunto. Fue más la insistencia de Darwin en las explicaciones totalmente naturales que en la selección natural, lo que ganó su adhesión”. (5)

Robert Young, en Darwin’s Methapor (La metáfora de Darwin), plantea un punto similar. El efecto principal del debate del siglo 19, escribe, no fue proveer un mecanismo aceptable para el cambio evolutivo. Más bien fue “provocar fe en el principio filosófico de la uniformidad de la naturaleza” —trayendo a “la tierra, la vida y el hombre bajo el dominio de las leyes naturales”. Desde la década de 1860 hasta la de 1930, la aceptación de la teoría de Darwin de la selección natural en realidad declinó, mientras que la adhesión al naturalismo como una premisa fundamental en la biología aumentó. Como Young lo plantea, había un debate en progreso sobre el mecanismo de la evolución, pero “la uniformidad de la naturaleza fue asumida como aplicable a la historia de la vida, incluyendo la vida y mente del hombre.” (6) En resumen, tanto la motivación primaria para apoyar a Darwin como el efecto principal de su trabajo no fue tanto científico como filosófico.

Charles Darwin
Esta interpretación nace de examinar los escritos de darwinianos clave del siglo diecinueve —empezando con Darwin mismo. El relato típico, sin duda en los trabajos populares, pinta a Darwin como un hombre forzado a la teoría de la selección natural por el peso de los hechos. Pero los historiadores profesionales cuentan una historia diferente. Mucho antes de formular su teoría, Darwin cultivó una simpatía por el naturalismo filosófico. Por lo tanto estaba predispuesto hacia la teoría naturalista de la evolución aun cuando la evidencia misma era débil o inconclusa.

En una carta personal, Darwin describe su pérdida gradual de la creencia religiosa y su deslizamiento dentro del naturalismo. A fines de la década de 1830, escribe, había llegado a considerar la idea de la revelación divina del Antiguo Testamento “absolutamente increíble”. También había rechazado el concepto bíblico de los milagros: en sus palabras, “Entre más aprendo de las leyes fijas de la naturaleza, más increíbles se vuelven los milagros”. Este compromiso con las “leyes fijas de la naturaleza” precedió el trabajo científico principal de Darwin, e hizo virtualmente inevitable que él interpretara la evidencia a través de un lente naturalista.

Gillespie nota la misma progresión. Una vez que Darwin había decidido, a fines de la década de 1830, que “las explicaciones creacionistas en ciencia eran inútiles”, escribe Gillespie, entonces, “la transmutación virtualmente quedaba como el único medio concebible de la sucesión de las especies”. Cuando Darwin empezó a considerar el origen de las especies, “lo hizo como un evolucionista porque primero se había vuelto un positivista, y sólo después encontró la teoría para hacer válida su convicción”. (7)

Aun cuando encontró la teoría, Darwin estaba bastante consciente de que no podría ser confirmada directamente. Los darwinianos modernos con frecuencia dan a entender que la teoría está tan claramente apoyada por lo hechos, que cualquiera que falle en estar de acuerdo debe ser intelectualmente deshonesto o perturbado. Pero Darwin no era tan dogmático. Él describió su teoría como una inferencia basada sobre todo en la analogía. Y él alaba al autor de una crítica a su trabajo por ver “que el cambio de las especies no puede ser probado directamente y que la doctrina debe hundirse o sobrevivir de acuerdo a cómo agrupa y explica los fenómenos”. (8) En una carta de 1863, él amplía señalando que la evolución por la selección natural fue “basada enteramente en consideraciones generales”, tales como la diferencia entre los organismos contemporáneos y los organismos fósiles. “Cuando descendemos a los detalles”, escribe, “podemos probar que ninguna especie ha cambiado [esto es, no podemos probar que una sola especie haya cambiado]; tampoco podemos probar que los supuestos cambios son benéficos, lo que es el fundamento de la teoría. Tampoco podemos explicar por qué algunas especies han cambiado y otras no”.(9) En otras palabras, Darwin estaba bastante consciente de que la evidencia científica era menos que convincente.

Por esta razón la llave al propio pensamiento de Darwin es su compromiso filosófico. Consideremos su posición frente al origen de la vida. En la última frase del Origin of Species (El Origen de las Especies) Darwin recurre a lenguaje del estilo del Pentateuco, hablando de la vida, “con sus muchos poderes, habiendo sido originalmente soplado en unas pocas formas de vida o en una”. (En una edición posterior él añade, “por el Creador”.) Pero con el tiempo Darwin es arrastrado hacia una posición más consistentemente naturalista, aceptando provisionalmente la generación espontánea de la vida desde material inorgánico, a pesar de una sorprendente ausencia de evidencia para la teoría en ese tiempo. En una carta de 1882 escribe: “Aunque hasta ahora no hay ninguna evidencia valiosa, en mi opinión, que haya avanzado a favor de un ser viviente habiéndose desarrollado de materia inorgánica, aún así yo no puedo evitar creer en la posibilidad de que esto será probado algún día de acuerdo con la ley de continuidad”. Aquí está la fe naturalista: Darwin está confiado en que una teoría naturalista será encontrada, no porque los hechos apunten en esa dirección, sino porque él cree en la “continuidad” de las causas naturales. (10)

Esta creencia alcanza una posición casi religiosa para Darwin. Años después William Darwin describía la actitud de su padre hacia la naturaleza en términos casi devotos: “Con referencia a su respeto por las leyes de la naturaleza”, escribe William, “debería ser llamado reverencia, si no un sentimiento religioso. Ningún hombre podría sentir más intensamente la magnitud y la inviolabilidad de las leyes de la naturaleza”. (11) La travesía intelectual de Darwin parece ilustrar el adagio de que si uno rechaza al Creador, inevitablemente coloca otra cosa en su lugar. En el caso de Darwin, él le dio poderes cuasi divinos a las leyes de la naturaleza.

Hacia el final de su vida, Darwin luchó con una creencia residual en el teísmo, así que hay una pregunta sobre si se mantuvo estrictamente en el naturalismo metafísico. Pero no hay duda en que al menos en la ciencia se mantuvo en el naturalismo metodológico. Él no argumentó que el diseño fuera una teoría débil, ni siquiera una teoría falsa; él argumentó que no era una teoría científica en absoluto. En 1856 escribió a Asa Gray: “para mí decir que las especies fueron creadas de una manera o de otra, no es una explicación científica, sólo una forma reverente de decir que es de esta manera o de otra.” (12) Como el filósofo y biólogo David Hull escribe, Darwin repudia la creación especial “no porque fuera una explicación científica incorrecta sino porque no era una explicación científica apropiada en absoluto”. (13)

Por otro lado, cuando las propias ideas de Darwin fueron atacadas, las defendió argumentando que al menos su teoría propuesta era naturalista —lo que apelaba a la pregunta misma que era el centro de la controversia. Como escribe Young, “Siempre que [Darwin] se encontraba realmente en problemas . . . él apelaba al mismo principio en cuestión, la uniformidad de la naturaleza”. Los contemporáneos de Darwin entendían su estrategia en forma precisa. Como dijo John Tyndall en su ‘Belfast Address’ (Discurso de Belfast) en 1874: “La fuerza de la doctrina de la Evolución consiste, no en una demostración experimental (porque el tema es de muy difícil acceso a este modo de prueba), sino en su armonía general con el pensamiento científico”. (14) La presuposición implícita es que genuinamente el “pensamiento científico” debe ser naturalista. Y una vez que se está de acuerdo con la presuposición, alguna forma de evolución naturalista tendrá éxito por defecto.

Herbert Spencer
En su autobiografía, Herbert Spencer relata en insoportable detalle el proceso por el cual él desarrolló un punto de vista naturalista, empezando cuando era un niño. Con el tiempo, escribe, “una violación al curso de la causalidad [física] había llegado a ser, si no un pensamiento imposible, un pensamiento nunca considerado”. (15) Como en el caso de Darwin, los miembros de la familia Spencer describieron su adhesión al naturalismo en términos casi religiosos. Su padre trazó un paralelo entre el naturalismo del hijo y la propia religión del padre: “De lo que veo de la mente de mi hijo, me parece que las leyes de la naturaleza son para él lo que la religión revelada es para nosotros, y que cualquier violación deliberada a esas leyes de la naturaleza es para él un pecado, tanto como para nosotros lo es la incredulidad de lo revelado”. (16)

Este apego semi religioso al naturalismo explica por qué Spencer llegó eventualmente a ser un promotor incansable del darwinismo. No fue porque fuera persuadido por la teoría científica de Darwin; verdaderamente, él rechazó el darwinismo y abrazó el lamarquianismo. Spencer veía claramente que una vez había abrazado el naturalismo filosófico, no tenía alternativa más que aceptar alguna forma de evolución naturalista. Como él lo dice, habiendo descartado el cristianismo ortodoxo, desarrolló una “inclinación intelectual hacia la creencia en la causalidad natural operando en todas partes”. Y en esa inclinación naturalista, “indudablemente… una creencia en la evolución en general era entonces latente”. ¿Por qué latente? Porque “cualquiera que, al abandonar el sobrenaturalismo de la teología acepta totalmente el naturalismo de la ciencia, tácitamente afirma que todas las cosas como existen ahora, han evolucionado. “En resumen, Spencer aceptó el naturalismo primero, y luego aceptó la evolución como una consecuencia lógica. Él continúa: “La doctrina de la universalidad de la causalidad natural tiene como corolario inevitable la doctrina de que el universo y todas las cosas en él, han alcanzado sus formas presentes a través de etapas sucesivas necesarias físicamente”. (17) Ni más ni menos: Una vez que uno acepta la filosofía del naturalismo, alguna forma de evolución naturalista es un “corolario inevitable”. Encontrar una teoría científica plausible es secundario.

En los escritos de Spencer obtenemos un atizvo de la presión intelectual que lo impulsó hacia un punto de vista naturalista de la evolución. “Felizmente admito”, escribe en The Principles of Psychology (Los Principios de la Sicología), que la hipótesis de la evolución está rodeada científicamente por “serias dificultades”. Aunque, “salvo por aquellos que todavía se adhieren al mito hebreo, o a la doctrina de las creaciones especiales derivadas de él, no hay otra alternativa más que esta hipótesis o ninguna hipótesis”. Y nadie puede permanecer por mucho tiempo en el “estado neutral de no tener una hipótesis”. (18)

Similarmente, en una carta de 1899, él escribe que ya en décadas anteriores, “en 1852 la creencia en la evolución orgánica se había arraigado profundamente” —no por razones científicas sino por “la necesidad de aceptar la hipótesis de la Evolución cuando la hipótesis de la Creación Especial había sido rechazada”. Él concluye con estas palabras reveladoras: “La Creación Especial había abandonado mi mente muchos años antes, y no pude permanecer en un estado de suspenso: aceptar la única alternativa concebible era perentorio”. (19) Aquí hay una franca admisión de que Spencer fue guiado por un sentido de necesidad filosófica —la evolución naturalista era “la única alternativa concebible” para la creación —más que por una evaluación imparcial de la evidencia científica.

Thomas H. Huxley
Thomas Huxley se bautizó a sí mismo el “bull dog” de Darwin y ofreció su “combatividad” natural, como lo dice él, al servicio de la causa. Así que puede llegar a ser una sorpresa saber que Huxley nunca estuvo convencido de que la teoría de Darwin de la selección natural llegara a mucho científicamente. Huxley argumentaba que la efectividad del mecanismo no sería probada hasta que una nueva especie hubiera sido producida por selección artificial. Para los años 1879 él incluso estaba especulando sobre la existencia de una “ley de variación” que de alguna manera dirigiera la evolución, una idea que prefirió sobre el concepto de Darwin de las variaciones aleatorias.

¿Qué, entonces, le dio a Huxley su firme determinación de luchar por Darwin? La respuesta es, una vez más, principalmente filosófica. Antes de su encuentro con Darwin, Huxley escribe, “Había cortado hace mucho con la cosmogonía del Pentateuco”. También había examinado formas primitivas de la teoría evolutiva, pero las encontró insastifactorias. Y todavía, escribe, continuó cultivando una “convicción piadosa de la evolución, después de todo, podría llegar a ser verdad”. (20)

Cuando Darwin publicó Origin (Origen), Huxley le dio la bienvenida como una vindicación a esa “convicción piadosa”. Como escribe su hijo Leonard Huxley, “Bajo el poder sugestivo del Origin of Species (El Origen de las Especies)”, su padre experimentó “la unidad filosófica que había estado buscando por largo tiempo”. (21) Huxley mismo recuerda que el Origin (Origen) “hizo el inmenso servicio de liberarnos para siempre del dilema —Rehúsese a aceptar la hipótesis de la creación, y ¿qué tiene para proponer que pueda ser aceptado por cualquier razonador cuidadoso?” (22) Aparentemente Huxley, como Spencer, estaba tan ansioso de ser liberado de este dilema, que estaba deseoso de apoyar cualquier teoría naturalista, incluso una que él mismo encontraba científicamente improbable, con tal de que proveyera una alternativa a la creación.

Consideremos la respuesta de Huxley a la generación espontánea. Su hijo nota que “no había evidencia de que algo así hubiera ocurrido recientemente”. (Louis Pasteur había desacreditado todas las teorías que se tenían entonces de la generación espontánea.) No obstante, su padre persistía en creer que “en algún período remoto, la vida había surgido de materia inanimada” —no por alguna evidencia científica sino como “un acto de fe filosófica”. (23)

Huxley era especialmente sensible a presiones para traer la biología bajo el marco naturalista, que había llegado a ser dominante en otros campos de la ciencia. La geología había sido colocada por Charles Lydell recientemente sobre una nueva base filosófica, y Huxley escribe que Principles of Geology (Principios de Geología), de Lydell, había sido lo que lo había persuadido de que nuevas formas de vida deben ser generadas por “agentes ordinarios” que están obrando hoy (con lo que él quería decir agentes naturales). En sus palabras, “los uniformitarios postulan la evolución tanto en el mundo orgánico como en el inorgánico”. (24) En 1859 le escribió a Lydell: “Yo no supongo de ninguna manera que la hipótesis de la transmutación sea probada o algo así. Pero… le instaría muy fuertemente en que es el desarrollo lógico del Uniformitarianismo, y que su adopción armonizaría el espíritu de la paleontología con el de la geología física”. (25) Ese espíritu, por supuesto, era un naturalismo consistente e implacable. Como Huxley escribió en otra parte, “toda la teoría se desmorona” si uno niega “la uniformidad y la regularidad de la causación natural durante ilimitadas eras pasadas”. (26)

Huxley era lo que Bowler llamaba, un “seudo darwinista”: alguien que se adhirió a Darwin por razones filosóficas aún cuando no estaba convencido de su teoría científica. En las palabras de Bowler, Huxley estaba “garantizado” para apoyar el darwinismo debido a su “filosofía empírica”. (27) O, como lo dice Gillespie, él “se inclinó hacia la transmutación por necesidad intelectual”. (28) Huxley expresa su credo filosófico elocuentemente en Man’s Place in Nature (El Lugar del Hombre en la Naturaleza, 1864): “Aun dejando los puntos de vista del Señor Darwin a un lado, la analogía completa de las operaciones naturales suministra un argumento tan completo y aplastante contra la intervención de cualquier cosa diferente a las que llamamos causas secundarias en la producción de todos los fenómenos del universo; que… no puedo ver ninguna razón para dudar que todas están coordinadas en términos de la gran progresión de la naturaleza, desde algo sin forma hasta algo formado, desde lo inorgánico hasta lo orgánico, desde la fuerza ciega hasta el intelecto y la voluntad consciente”. (29) Como lo dice más simplemente en un discurso de 1859, si el mundo está gobernado por leyes que operan uniformemente, entonces las poblaciones sucesivas de seres “deben haber procedido unas de otras en forma de modificaciones progresivas”. (30) En otras palabras, si usted acepta el naturalismo filosófico, entonces algo muy parecido al darwinismo debe ser verdad a priori. Esto explica por qué Huxley estaba deseoso de batallar por Darwin, sin estar demasiado preocupado por los detalles científicos.

Deducción a partir de una Filosofía
“Ustedes perdieron” podría ser una afirmación razonable para la batalla intelectual del siglo 19. Pero la pregunta es cómo se perdió la batalla. Se dice con frecuencia que lo que hizo único a Darwin es que proveyó un mecanismo genuinamente científico para la evolución —que otros habían propuesto causas vagas o idealistas, pero en la selección natural Darwin proveyó el primer mecanismo genuinamente empírico. Sin embargo, siendo que la mayoría de los que apoyaban a Darwin no aceptaban su teoría, esa no puede ser la razón de su éxito. He argumentado que la batalla fue “arreglada” —que el darwinismo no ganó tanto porque encajaba en los datos empíricos, como porque proveía un fundamento científico para aquellos ya comprometidos con una explicación de la vida puramente naturalista.

Tanto los seguidores como los oponentes de Darwin entendieron que el naturalismo filosófico era el asunto central. Entre sus oponentes, el teólogo de Princeton, Charles Hodge, escribió un ensayo titulado What Is Darwinism? (¿Qué es el Darvinismo?) Él responde francamente que el darwinismo es equivalente al ateísmo: “La selección natural es selección hecha por medios naturales, obrando sin intención ni diseño”. Y “la negación del diseño en la naturaleza es virtualmente la negación de Dios”. (31) Entre sus seguidores, Karl Vogt notó felizmente que la teoría de Darwin “deja al Creador —y su intervención ocasional en las revoluciones de la tierra y en la producción de especies —sin ninguna duda fuera de lugar, ya que no deja el más mínimo espacio para la acción de tal Ser”. (32) Emil de Bois-Reymond escribió: “La posibilidad, siempre remota, de desvanecer de la naturaleza su aparente propósito, y poner una necesidad ciega en todas partes en lugar de causas finales, parece, por lo tanto, como uno de los avances más grandes en el mundo del pensamiento”. Haber “aliviado” este problema, concluye Bois-Reymond, será “el mayor título a la gloria de Charles Darwin”. (33) Y finalmente, August Weismann: “Debemos asumir la selección natural como el principio de la explicación de la metamorfosis, porque todos los otros principios aparentes de explicación nos fallan, y es inconcebible que debiera haber otro capaz de explicar la adaptación del organismo sin asumir la ayuda de un principio de diseño”. Aparentemente sólo los darwinianos mantendrían a la biología a salvo del diseño. (34)

Darwin y el Diseño
¿Es necesario, sin embargo, insertar una cuña tan afilada entre el diseño y las causas naturales? Muchos, si no la mayoría, de los científicos en la era darwiniana y pos darwiniana buscaban algún tipo de terreno intermedio. Ellos le daban a Dios un papel directivo en la evolución y afirmaban su constante supervisión sobre el proceso. Ellos veían el diseño no en las “invenciones” de seres vivientes (para usar las palabras de Paley) sino en las leyes que crearon aquellas invenciones.

Gillespie llama a esta posición, creación nomotética (creación por ley) o evolución providencial, dependiendo de cuánto margen se le permita a la iniciativa divina. Esta categoría incluiría a hombres como Asa Gray, Charles Kingsley, el duque de Argyll, San George Jackson Mivart, Baden Powell, Robert Chambers, Richard Owen. A pesar de importantes diferencias entre estos hombres, ellos estaban de acuerdo en que las leyes naturales son expresiones de propósito divino, y que Dios o la mente, dirige o determina de antemano el curso de la evolución. John Herschel afirma claramente la posición: “Una inteligencia, guiada por un propósito, debe estar continuamente en acción para dirigir las direcciones de los pasos de cambio —para regular sus cantidades— para limitar sus divergencias —y para continuarlos en un curso definido. No creemos que el señor Darwin se proponga negar la necesidad de tal dirección inteligente”. (35)

Pero el señor Darwin sí se propuso negar la necesidad de tal dirección inteligente. El argumento del diseño apuntaba a características de las cosas vivientes que parecían análogas a los productos de una mente inteligente, con su capacidad de planear cosas de antemano, de propósito y diseño. El reto que Darwin asumió fue identificar procesos completamente naturales capaces de imitar los productos de una mente. Gillespie describe la meta de Darwin en estas palabras:

“Se ha estado de acuerdo en general (entonces [en los días de Darwin] y ahora) en que la doctrina de Darwin de la selección natural demuele efectivamente el argumento del diseño clásico para la existencia de Dios de William Paley. Mostrando cómo la adaptación ciega y gradual podría imitar al diseño intencional que Paley… y otros habían visto en los discursos de la naturaleza, Darwin privó su argumento de la inferencia analógica de que el propósito evidente a ser visto en los diseños por los cuales medios y fines fueron relacionados en la naturaleza, fuera necesariamente un ejercicio de la mente”.

Dicho simplemente, Darwin se propuso mostrar que la naturaleza sin propósito pudo “falsificar a aquella con propósito”. (36)

Por esta razón él rechaza enfáticamente cualquier intento de introducir el “propósito” por la puerta trasera, por así decirlo. Consideremos su respuesta a Asa Gray, quien unió la teoría darwiniana con la teología cristiana claramente conservadora. Gray negó que esa variación, la materia prima de la selección natural, fuera aleatoria; en cambio, optó por un punto de vista teológico de la evolución. De hecho, Gray imaginó que comprendía las implicaciones de la teoría de Darwin mejor que el mismo Darwin. En una carta escrita en 1863, confesó con un poco de astucia: “Debajo de mis más cálidas congratulaciones a Darwin por sus impactantes contribuciones a la teología, hay una pequeña vena de malicia, por saber muy bien que él rechaza la idea del diseño, mientras que todo el tiempo ha estado dando la mejor ilustración de él”. (37)

Pero la respuesta de Darwin a la noción de Gray de la dirección divina fue inequívoca: En una carta a Lydell él escribió, “Si estuviera convencido de que necesitara tales adiciones a la teoría de la selección natural, la rechazaría como basura”. Dos años después le escribió nuevamente a Lydell: “El punto de vista de que cada variación haya sido arreglada de forma providencial me parece que hace a la Selección Natural superflua, y verdaderamente lleva todo el caso de la aparición de nuevas especies fuera del campo de la ciencia”. Decir que las variaciones son ordenadas de manera divina no añade nada científicamente, Darwin continúa: “A mí me parece pura palabrería”. Él resumió su punto de vista haciendo la acusación de que la “noción de Gray [de variaciones guiadas] me parece que hace pedazos todo el asunto”. (38)

Notemos que las objeciones de Darwin a la evolución providencial son dobles. Primero, hace que la selección natural sea “superflua”, “basura”, “pura palabrería”. La selección natural tenía la intención de reemplazar el diseño; por esta razón la presencia de las dos es redundante. Como escribió Darwin en su autobiografía, “El antiguo argumento para el diseño en la naturaleza, como es dado por Paley, que anteriormente me parecía concluyente, falla ahora que la ley de la selección natural ha sido descubierta… Parece haber ahora más diseño en la variabilidad de los seres orgánicos y en la acción de la selección natural, que en el curso en el que sopla el viento. Todo en la naturaleza es el resultado de leyes fijas”. (39) Al esfuerzo de sobreponer dirección divina a procesos completamente naturales, Young lo rotula como “naturalismo teísta”, una incongruencia que ha resurgido en debates recientes.

Segundo, Darwin objetó que el añadir propósito divino a la evolución lleva la discusión “fuera del campo de la ciencia”. La implicación es que la ciencia no puede soportar la causalidad inteligente de ninguna manera. En la mente de Darwin, la evolución divinamente ordenada no era diferente en principio de la creación directa. Ambas eran inadmisibles en la ciencia. Como nota Hull, “Darwin insistió en contar una historia de una teoría naturalista totalmente consistente o no contar ninguna”. (40)

Aquellos que reformularon a Darwin para acomodar el diseño, estaban esperando prevenir la toma de posesión de la idea de la evolución por el naturalismo filosófico. Ellos buscaban extraer la teoría científica de la filosofía en la que estaba embebida. Pero las dos demostraron ser inseparables e, irónicamente, el efecto de sus esfuerzos fue precisamente el opuesto al que ellos habían esperado: aceleró la aceptación del naturalismo filosófico. Como Hull escribe, “Los arquitectos de la aniquilación de la teleología no eran materialistas ateos sino hombres piadosos… que creyeron que estaban haciéndole un buen servicio a la religión” al restringir a Dios a obrar a través de leyes naturales. “De lo que esos hombres no se dieron cuenta fue de que al empujar a Dios más y más hacia el trasfondo, como el imposible de conocer, autor de la ley natural, … ellos habían preparado el camino para su expulsión total”. (41)

Gillespie cuenta la misma historia: La reestructuración del argumento del diseño para adaptarlo a la evolución, escribe, fue un importante “paso en la secularización de la ciencia y su eventual separación intelectual de la teología”. La idea del diseño o la evolución dirigida “movió lentamente a los científicos, con frecuencia resistentes, a un punto de vista del mundo ‘naturalista’ y finalmente positivista. En este punto de vista del mundo, Dios no tenía una función significativa y la acción divina no era requerida para un entendimiento verdadero del mundo. Como resultado, las creencias religiosas llegaron a ser “privadas, subjetivas y artificiales”; Dios “era, como mucho, un concepto filosófico gratuito derivado de una necesidad personal”. (42)

Una vez que Dios había sido reducido a un “concepto filosófico gratuito” basado en una necesidad personal, Darwin y su séquito podían pagar el precio de ser tolerantes con los creyentes religiosos. A mediados de los años 1870, Young escribe, hay signos de la “benevolente tolerancia de los vencedores” (43) Los creyentes religiosos podían ser tratados gentilmente tanto tiempo como estuvieran de acuerdo en que Dios no hizo absolutamente nada en el mundo natural estudiado por la ciencia. Como lo explica Gillespie, la estrategia de reubicar el diseño de mecanismos a leyes, “le concedió el juego a los positivistas”. Removió “cualquier signo identificable de acción divina” de la idea de diseño —la privó de todo contenido empírico. (44) Y hacia aquellos que se adhirieron a tal concepto de diseño dócil y vacío, incluso el darwinista más agresivo podía pagar el precio de ser indulgente.

“Cada Frívolo Detalle “
Otra faceta importante del debate del siglo diecinueve es la estrategia empleada para desacreditar el diseño y redefinir la ciencia en términos estrictamente naturalistas. A medida que el debate se intensificaba, Darwin y sus aliados identificaban en forma creciente la creación con “milagro perpetuo”. Históricamente, Paley y otros proponentes del diseño habían insistido en la realidad de la causalidad primaria, tanto como la secundaria, obrando en el mundo. Pero los darwinistas ignoraron esa historia. En cambio, presentaron el diseño como la negación de todas las causas secundarias. Ellos pintaban al mundo diseñado como un mundo dejado a la misericordia del capricho divino y la fantasía arbitraria.

Por ejemplo, en el Origin (Origen) Darwin describe a sus oponentes como sosteniendo que cada variedad de pinzón en las Islas Galápagos surgió en todo su esplendor de la mano del Creador. Más aun, él describe también a sus oponentes como sosteniendo que la flora y fauna inusual de la isla, habían sido “creadas en el Archipiélago de las Galápagos, y en ninguna otra parte más”. (45) El diseño fue presentado como la creencia de que Dios había creado cada variedad menor en su ubicación actual — jirafas en África, tigres en Asia y búfalos en América. Darwin se refirió a ésta como la teoría de “múltiples centros de creación”, y en el Origin la destruyó.

Interesantemente Darwin admite que, en ese momento, la idea de la creación in situ descansaba sobre bases empíricas, no teológicas. (46) Por ejemplo, parecía ser la única explicación para la existencia de las mismas especies en ambos lados del Océano Atlántico. Con seguridad ningún organismo era capaz de migrar a través de millas de agua salada. Siendo que así podría ser, Darwin enfocó su argumento en lugares tales como el Archipiélago de las Galápagos, donde la evidencia de migración era fuerte. ¿Era realmente plausible que cada variedad de pinzón y de tortuga hubiera sido creada especialmente para cada una de las pequeñas islas, algunas de las cuales eran, en las palabras de Darwin, escasamente más que “puntos de roca”? En lo que a mí respecta, afirmó, “me rehuso a creer en… actos innumerables de creación”. (47)

Mucho del Origin es tratado con argumentos para la variabilidad y la migración. La idea de separar las creaciones sería más plausible, nota Darwin en su diario, si cada isla tuviera un grupo completamente único de plantas y animales. Pero siendo que muchos de los organismos son variaciones de un tema común, es difícil resistirse a la conclusión de que ellos descendieron de un grupo único de especies ancestrales que originalmente migró a las islas. Éste y otros patrones de distribución geográfica, insiste Darwin, son “completamente inexplicables sobre el punto de vista común de la creación independiente de cada especie”. Él advierte que cualquiera que rechace la idea de la migración, “rechaza la vera causa (verdadera causa) de la generación ordinaria con la subsiguiente migración, y reasume la acción de un milagro”. (48)

¿Qué decimos de todo esto? Los puntos de vista que Darwin atribuye a los proponentes del diseño son tan extraños hoy, que tenemos que leer nuestros libros de historia para aprender sobre ellos. Ningún teórico del diseño hoy niega la realidad de la variación o la migración. El consenso entre los más estrictos creacionistas bíblicos es que los pinzones de las Galápagos no fueron creados por separado, sino que representan variaciones dentro de una especie singular. Por ejemplo, James Coppedge en Evolution: Possible or Impossible (Evolución: Posible o Imposible) las descarta como “sólo adaptaciones menores dentro de clases, como sería esperado en cualquier diseño de creación”. (49) Wayne Frair y Percival Davis en A Case for Creation (Un Caso para la Creación) notan que los pinzones “podrían servir como un ejemplo de la diversificación” pero “no evolución en el sentido usual, porque los cambios fueron relativamente menores”. (50) Walter Lammerts, quien hizo mediciones detalladas de una gran muestra de los pinzones de Darwin, nota que ellos exhiben completa intergradación de tamaño del pico y del cuerpo. Él concluye que los pájaros constituyen una sola especie. “Separada en varias formas de islas como resultado del arreglo fortuito de su potencial original de variabilidad”. (51)

Claramente, el diseño no requiere el rechazo de ninguna variabilidad de migración. De hecho a los historiadores se les ha puesto en la difícil tarea de explicar por qué Darwin estaba tan preocupado con una posición que, ya en sus días, todos los naturalistas tenían pero que abandonaron. Algunos historiadores la atribuyen a la ignorancia de Darwin sobre el estado actual del debate; otros pensaban que él simplemente estaba dando un argumento débil fácil de refutar. Yo sugiero que él estaba concibiendo una falsa elección entre el milagro perpetuo y el mundo naturalista completamente cerrado. Su argumento era como esto: O invocamos la acción divina directa para explicar cada fenómeno en biología (“recurrir a la acción de un milagro”), o admitimos que cada fenómeno puede ser explicado por procesos naturales de “generación ordinaria”.

Darwin abogaba por esta falsa dicotomía una y otra vez. En The Descent of Man (El Descenso del Hombre) él admitió que “nuestras mentes se rehusan a aceptar” una explicación del universo basada en la idea de “oportunidad ciega”. Aunque la alternativa, continuó él, es creer que “cada leve variación de estructura, —la unión de cada pareja en matrimonio, —la diseminación de cada semilla,— y otros eventos similares, han sido todos ordenados con un propósito especial.” (52) Darwin escribió a Sir John Herschel: “Uno no puede mirar a este universo con todos las producciones vivientes y al hombre sin creer que todo ha sido diseñado inteligentemente; aunque cada vez que miro cada organismo individual, no puedo ver evidencia de ello. Porque, no estoy preparado para admitir que Dios diseñó las plumas en la cola de un pichón, para que variaran en una manera peculiar, para que el hombre pudiera seleccionar tales variaciones y hacer un abanico”. (53)

Sobre-enfatizando el punto, Darwin no podía resistir el ridículo. En un libro sobre la fertilización de las orquídeas, él describió a los proponentes del diseño como aquellos que ven “cada frívolo detalle de la estructura como el resultado de la interposición directa del Creador”. (54)

En una carta a Asa Gray escribió: “No puedo creer que el mundo, como lo vemos, sea el resultado del azar; y tampoco puedo ver cada cosa por separado como el resultado del Diseño”. Él confesó que no podía creer que las plumas de la cola de un pichón fueran guiadas a variar “para satisfacer el capricho de unos pocos hombres”. (55) Le preguntó a Lydell: ¿Podría realmente pensar que la deidad había intervenido para causar variaciones en los pichones domésticos “solamente para agradar los tontos caprichos del hombre?” (56)

El argumento se volvió inequívocamente tonto cuando Darwin retó a sus amigos a decir si Dios había diseñado sus narices. Le escribió a Lydell preguntándole si él creía que la forma de su nariz “había sido ordenada y ‘guiada por una causa inteligente’ “. (57) En una misma línea le preguntó a Gray: “¿Cree que cuando una golondrina atrapa rápidamente un mosquito, Dios designó que esa golondrina en particular debería atrapar a ese mosquito en particular en ese instante en particular?” (58)

En estos comentarios casi jocosos, Darwin estaba ignorando siglos de debate entre cristianos sobre el equilibrio entre la actividad directa de Dios y la acción de agentes creados. Como el teólogo anglicano E. L. Mascall escribe, “La tradición principal de la filosofía clásica cristiana, mientras que insistía en la causalidad primaria universal de Dios en todos los eventos de la historia del mundo, mantenía con igual énfasis la realidad y la autenticidad de causas secundarias”. (59) El teólogo escocés Thomas Torrance resume este punto de vista del equilibrio hablando del “orden de contingencia” de la creación. “Contingencia” se refiere al hecho de que la creación no es autónoma. No es auto originadora o auto sostenedora; fue creada por Dios y depende continuamente de Su poder. Por otro lado, “orden” se refiere al hecho de que Dios no obra en el mundo por milagro perpetuo. Él ha configurado una red de agentes secundarios que actúan en patrones regulares y consistentes. (60) Como señala Christopher Kaiser en su libro Creation and the History of Science (Creación y la Historia de la Ciencia), los intentos de conceptuar este equilibrio se han mantenido desde el tiempo de los padres de la iglesia —en forma notoria por Basil de Cesarea en el siglo cuarto. (61) Darwin ignoró esta rica historia y cortó el nudo gordiano insistiendo en que uno debe escoger entre Dios y la naturaleza.

Atribúyanle un cuarto de actividad divina, dice, y el mundo entero se convierte en un campo de batalla para el milagro perpetuo y arbitrario. Por otro lado, permitamos que la menor variación y la diversificación puedan tener una explicación por procesos naturales, y uno debe colocar todo el mundo y toda la vida solamente bajo el dominio de la naturaleza.

Esta falsa dicotomía continúa siendo útil para los darwinistas hoy. Admitan que los procesos naturales tienen explicación para la diversificación de los picos de los pinzones o de las polillas o las moscas de las frutas, se nos dice, y uno queda comprometido lógicamente a admitir que los mismos procesos son adecuados para crear pájaros y moscas de frutas originalmente. Sólo recientemente esta estrategia ha empezado a erosionarse, con los biólogos reconociendo que la menor variación no es el medio de producir innovaciones mayores. Puesto en forma simple, la microevolución no es el mecanismo para la macroevolución. Aunque se continúan presentando ejemplos de microevolución como la evidencia primaria que soporta las teorías naturalistas de evolución.

La Política de la Ciencia
Al considerar cómo ganó Darwin, no debemos ignorar la política. Los cambios buscados por los darwinistas del siglo diecinueve no sólo fueron intelectuales sino también institucionales. La epistemología más vieja de la ciencia prestaba un servicio tanto a la religión como a la ciencia: Permitía que la teología pusiera límites a las ideas aceptables en la ciencia. Una vez más, éste era un equilibrio aceptable firmemente establecido tanto atrás como en el tiempo de los padres de la iglesia. Los apologistas del siglo segundo aceptaron tanto como pudieron de la ciencia de sus días (que era un producto de la filosofía griega), pero insistían en ciertos límites: Por ejemplo, rechazaban la idea de que el universo es eterno y en cambio insistían en el comienzo absoluto, en la creación del mundo de Dios ex nihilo (de la nada). (62)

Pero la nueva epistemología naturalista promovida por los darwinistas fue agresivamente autónoma. Demandaba que la ciencia era completamente independiente de la teología. Gillespie escribe: “La existencia misma de una ciencia rival o de una forma alternativa de conocimiento era intolerable para los positivistas”; éste era “intolerante con todas las otras afirmaciones de conocimiento científico. Cualquiera que no estuviera en su bando era un charlatán, un impostor”. Como resultado, estos desacuerdos no permanecieron como meramente académicos: Ellos precipitaron una lucha por el poder sobre las instituciones sociales. Como lo explica Gillespie,

“No era suficiente sacar las viejas ideas. Sus abogados tenían que ser sacados de la comunidad científica también… Para que el mundo fuera un lugar seguro para la ciencia positiva, sus practicantes tenían que ocupar los puestos de poder así como ganar la guerra de las ideas. Ambas cosas eran necesarias para el establecimiento de una nueva ortodoxia científica”. (63)

Muchos científicos se sentían comprensiblemente incómodos con la idea de que la habilidad en la política y en las relaciones públicas ayudara a que una teoría ganara aceptación. Les gustaba creer que el factor dominante en el éxito de una teoría era la evidencia objetiva a su favor. Sin embargo los sociólogos del conocimiento tienen razón al enfatizar que la ciencia es hasta cierto punto un proceso social, y que aquellos que son hábiles en controlar el proceso social tienen una ventaja para atraer seguidores mientras aíslan a los opositores.

Mirando atrás, las estrategias perseguidas por los darwinistas del siglo diecinueve son claras. Antes de publicar el Origen, Darwin cultivó cuidadosamente un núcleo de biólogos que estaban preparados para apoyar su trabajo. Estos primeros convertidos siguieron entonces estrategias políticas básicas: Presentaron un frente unificado en público; concedieron puntos menores para ganar puntos mayores; estaban dispuestos a aceptar como aliados a personas que no estaban de acuerdo con los detalles; minimizaron la controversia abierta que pudiera alienar a los que dudaban y a los neutrales, mientras cultivaban científicos más jóvenes que estaban abiertos a nuevas ideas. En esta forma, los darwinistas gradualmente ganaron una mayoría. Sus seguidores estaban dispuestos a influenciar el sistema educativo como profesores. Tomaron control de los procesos editoriales en los periódicos científicos de modo que los editores y los árbitros llegaran a aceptar artículos desde un punto de vista darwiniano. El nuevo diario Nature (Naturaleza) fue fundado al menos en parte como un vehículo para esparcir el mensaje darwiniano. Darwin ganó en parte porque sus seguidores eran adeptos a emplear tácticas de relaciones públicas, y ellos simplemente se mostraron superiores en sus tácticas que sus rivales. (64)

Parece que los teóricos del diseño de los últimos días han entendido. Hoy el movimiento tiene liderazgo capaz (como el provisto por Phillip Johnson); éste ha lanzado un diario profesional (Origins and Design) [Orígenes y Diseño] , empezado un programa de compañerismo en el Instituto Discovery, fundado un programa ad honorem en Biola, y está llevando a cabo conferencias profesionales (la Conferencia de Creación Pura en 1996). Yo sugiero que todos nosotros estamos en camino de formar nuestras propias instituciones, y seguramente hay razones para esperar que algún día ellas puedan cambiar el rumbo de la marea.

Preguntas
Para terminar, me gustaría proponer una muestra de preguntas que emergen de una investigación del debate sobre la historia de la evolución. Desde el siglo diecinueve éstas han sido, entre otras, las objeciones contra el diseño que más frecuentemente han surgido, sin embargo no han sido respondidas adecuadamente por los teóricos del diseño:

Un entendimiento de la historia. El siglo diecinueve marcó el nacimiento de una concienciación histórica en cada campo, desde la filosofía hasta las ciencias. Pero la noción del diseño estaba esencialmente estática, y como resultado fue barrida por teorías que ofrecían algún recuento de la historia de la vida. ¿Cómo pueden las versiones actualizadas del diseño ir más allá de un punto de vista estático de la vida, y contar para la historia?

La mente como causa. ¿Qué se quiere decir exactamente al hablar de una mente o inteligencia obrando en la naturaleza? ¿Qué es causalidad primaria? ¿En qué forma es tal noción científica? ¿Esa noción introduce mero “misterio” y “capricho”, como dice Gillespie? Una de las notas al margen de Darwin de 1838 dice lo siguiente: “La explicación de tipos de estructura en clases —como resultante de la voluntad de la deidad, para crear animales en ciertos planos— no es una explicación —no tiene carácter de ley física / y es por lo tanto extremadamente inútil— no predice nada / porque nosotros no sabemos nada de la voluntad de la Deidad. . . .” (65) Darwin tiene razón: Nosotros no podemos saber directamente la voluntad de Dios. ¿Cómo entonces puede ser científico el hablar de intención divina y de acción divina en el mundo?

¿Fin de la ciencia? ¿Implica el diseño un fin a la búsqueda científica? Sir Joseph Dalton Hooker dijo que abrazó el darwinismo —lo que él llamó las “doctrinas más recientes”— “no porque ellas fueran las más verdaderas sino porque daban espacio para razonar y reflexionar”. Como contraste, las doctrinas antiguas del diseño “son muchos obstáculos a la búsqueda futura, si son admitidas como verdades, por qué hay un fin de todo el asunto, y no es útil esperar obtener nunca una explicación racional del origen o la dispersión de las especies —así que las odio”. (66) El punto de vista de Hooker es compartido por muchos hoy: es decir, que atribuir algo al diseño no es explicarlo de manera alguna. Es tirar la toalla, suspender la búsqueda, no dar esperanza o alguna explicación racional. ¿Cómo responden los teóricos del diseño a esta objeción?

¿Tiene el concepto de diseño algún contenido empírico? En el Origen, Darwin le echa en cara a los teóricos del diseño de sus días el permitir que algunas estructuras resultaran de causas secundarias, mientras insistían en que otras eran designadas, pero no ofrecían un principio para distinguir entre las dos. ¿Por qué no atribuirlas todas a causas secundarias?, pregunta. En sus palabras: “varios naturalistas eminentes han publicado recientemente sus creencias de que una multitud de especies aceptadas en cada género no son especies reales; pero que otras especies son reales, esto es, han sido creadas independientemente. A mí me parece que ésta es una conclusión extraña. Ellos admiten que una multitud de formas, que hasta hace poco ellos mismos pensaban que eran creaciones especiales, han sido producidas por variación, pero ellos se rehúsan a extender el mismo punto de vista a otras formas levemente diferentes. No obstante ellos no pretenden poder definir, o ni siquiera conjeturar, cuáles son las formas de vida creadas y cuáles son las producidas por leyes secundarias. Ellos admiten la variación como una vera causa en un caso, y arbitrariamente la rechazan en otro, sin asignar ninguna distinción en los dos casos”. (67) Si los teóricos del diseño insisten sobre la realidad de causalidad primaria y secundaria, ¿qué principio ofrecemos para distinguir entre sus efectos?

El problema del mal. Darwin escribió que había “demasiada miseria en el mundo” para que él creyera en el diseño. “No puedo persuadirme a mí mismo de que un Dios benéfico y omnipotente haya creado a propósito los icneumones con la intención expresa de que se alimentaran dentro de los cuerpos vivos de las orugas, o que un gato deba jugar con un ratón”. (68) Otros ejemplos fueron “el joven cuclillo expulsando a su hermano de leche” y “hormigas teniendo esclavos”. (69) ¿Cómo explican los teóricos del diseño contemporáneos la presencia del mal en un mundo diseñado?

¿Qué filosofía de ciencia impone la teoría del diseño? Hull escribe que teorías más antiguas del diseño descansan en dos pilares: un entendimiento baconiano de la inducción, con su afirmación de garantizar certeza absoluta, y una metafísica esencial. James Moore en The Post-Darwinian Controversies (La Controversias Pos Darvinianas) hace eco al mismo tema, describiendo a los cristianos anti darwinistas como aquellos que buscaban “certeza absoluta a través de inferencias inductivas”, con la creencia corolaria de que el mundo “contiene un número finito de ‘clases’ naturales fijas”. (70) ¿La noción de diseño requiere de hecho que nosotros abracemos esas posiciones filosóficas?

Referencias

1. William Dembski, “Not Even False?: Reassessing the Demise of British Natural Theology,” (“¿Ni siquiera Falso?: Re-evaluando la Muerte de la Teología Natural Británica”) Center for Interdisciplinary Studies, Princeton, NJ, nd., p. 2.
2. Ernst Mayr, Introduction to Charles Darwin, On the Origin of Species (Introducción a Charles Darwin, Sobre el Origen de las Especies), una copia de la primera edición (Cambridge: Harvard University Press, 1964), p. xviii. Douglas Futuyma, Evolutionary Biology, 2nd ed. (Sunderland, MA: Sinauer Associates, 1986), p. 3.
3. Peter Bowler, The Non-Darwinian Revolution: Reinterpreting a Historical Myth (La Revolución No Darviniana: Reinterpretando un Mito Histórico) (Baltimore: The Johns Hopkins University Press, 1988), pp 4-5, 10-11, 30-31, 50, 66-67 y en varios pasajes. Ver también James R. Moore, The Post-Darwinian Controversies: A Study of the Protestant Struggle to Come to Terms With Darwin in Great Britain and America 1870-1900 (Las Controversias Pos Darvinianas: Un Estudio de la Lucha Protestante para Llegar a Términos con Darwin en Gran Bretaña y América 1870-1900) (Cambridge: Cambridge University Press, 1979), and Robert J. Richards, The Meaning of Evolution: The Morphological Construction and Ideological Reconstruction of Darwin’s Theory (El Significado de la Evolución: La Construcción Morfológica y la Reconstrucción Ideológica de la Teoría de Darwin) (Chicago: The University of Chicago Press, 1992).
4. Thomas Henry Huxley, Lay Sermons, Addresses, and Reviews (Sermones, Discursos y Revisiones Laicos), (New York: D. Appleton and Co., 1879), p. 283.
5. Neal C. Gillespie, Charles Darwin and the Problem of Creation (Charles Darwin y el Problema de la Creación) (Chicago: The University of Chicago Press, 1979), p. 147, emphasis added.
6. Robert M. Young, Darwin’s Metaphor: Nature’s Place in Victorian Culture (La Metéfora de Darwin: El Lugar de la Naturaleza en la Cultura Victoriana) (Cambridge: Cambridge University Press, 1985), pags. 82, 122, 120.
7. Gillespie, p. 46.
8. Francis Darwin, ed., Life and Letters of Charles Darwin (Vida y Cartas de Charles Darwin) (New York: D. Appleton and Co., 1899), Vol. II, p. 155.
9. Life and Letters of Charles Darwin (Vida y Cartas de Charles Darwin) , Vol. II, p. 210.
10. Francis Darwin, ed., More Letters of Charles Darwin (Más Cartas de Charles Darwin) (New York: D. Appleton and Co., 1903), Vol. II, p. 171.
11. Cited in John Durant, “Darwinism and Divinity: A Century of Debate,” in Darwinism and Divinity: Essays on Evolution and Religious Belief (“Darwinismo y Divinidad: Un Siglo de Debate”, en Darwinismo y Divinidad: Ensayos sobre la Evolución y la Creencia Religiosa), ed. John Durant (New York: Basil Blackwell, 1985), p. 18.
12. Life and Letters of Charles Darwin (Vida y Cartas de Charles Darwin), Vol. I, p. 437.
13. David L. Hull, Darwin and His Critics: The Reception of Darwin’s Theory of Evolution by the Scientific Community (Darwin y Sus Críticos: La Recepción de la Teoría de Darwin de la Evolución por la Comunidad Científica) (Cambridge: Harvard University Press, 1973), p. 26.
14. Young, p. 98.
15. Herbert Spencer, An Autobiography (Una Autobiografía) (New York: D. Appleton and Co., 1904), Vol I, p. 172.
16. Spencer, An Autobiography (Una Autobiografía), Vol. I, p. 655.
17. Spencer, An Autobiography (Una Autobiografía), Vol. II, p. 7.
18. Herbert Spencer, The Principles of Psychology (Los Principios de la Sicología) (New York: D. Appleton and Co., 1896), Vol. I, p. 466n.
19. David Duncan, Life and Letters of Herbert Spencer (Vida y Cartas de Herbert Spencer) (New York: D. Appleton and Co., 1908), Vol. II, p. 319.
20. Leonard Huxley, Life and Letters of Thomas Henry Huxley (Vida y Cartas de Thomas Henry Huxley) (New York: Macmillan, 1903), Vol. I, pags. 241, 243.
21. Life and Letters of Thomas Henry Huxley (Vida y Cartas de Thomas Henry Huxley), Vol. II, p. 1.
22. Life and Letters of Thomas Henry Huxley (Vida y Cartas de Thomas Henry Huxley), Vol. I, p. 246.
23. Life and Letters of Thomas Henry Huxley (Vida y Cartas de Thomas Henry Huxley), Vol. II, p. 16.
24. Life and Letters of Thomas Henry Huxley (Vida y Cartas de Thomas Henry Huxley), Vol. I, p. 243.
25. Life and Letters of Thomas Henry Huxley (Vida y Cartas de Thomas Henry Huxley), Vol. I, p. 252.
26. Thomas Henry Huxley in Francis Darwin, ed., Life and Letters of Charles Darwin (Vida y Cartas de Charles Darwin), Vol. I, p. 553.
27. Bowler, pags. 70, 72.
28. Gillespie, p. 33.
29. Thomas Henry Huxley, Man’s Place in Nature (El Lugar del Hombre en la Naturaleza) (New York: D. Appleton and Co., 1896), p. 151.
30. Thomas Henry Huxley, “Science and Religion,” The Builder (“Ciencia y Religión”, El Constructor), 1859, Vol. 17, p. 35 (énfasis en el original).
31. Charles Hodge, What Is Darwinism? And Other Writings on Science and Religion (¿Qué es Darvinismo? Y Otros Escritos sobre Ciencia y Religion) ed. e intro. Mark A. Noll y David N. Livingstone (Grand Rapids: Baker Books, 1994), pags. 85, 155.
32. Citado en Hodge, p. 110.
33. Emil du Bois-Reymond, “Darwin versus Galiani,” citado en John Theodore Merz, A History of European Thought in the Nineteenth Century (Una Historia del Pensamiento Europeo en el Siglo Diecinueve) (New York: Dover Publications, 1904), Vol. I, p. 435n.
34. Citado en Arnold Lunn, The Flight From Reason (El Vuelo desde La Razón) (New York: The Dial Press, 1931), p. 101.
35. John Herschel, Physical Geography of the Globe (Geografía Física del Globo) (Edinburgh: Adam y Charles Black, 1867), p. 12n.
36. Gillespie, pags. 83-85.
37. Jane Loring Gray, ed., Letters of Asa Gray (Cartas de Asa Gray) (New York: Burt Franklin, 1973), Vol. 2, p. 498.
38. Life and Letters of Charles Darwin (Vida y Cartas de Charles Darwin) , Vol. II, pags. 6-7, 28, y More Letters of Charles Darwin (Más Cartas de Charles Darwin), Vol. I, pags. 191-192.
39. Nora Barlow, ed., The Autobiography of Charles Darwin 1809- 1882 with Original Omissions Restored (La Autobiografía de Charles Darwin 1809-1882 con Omisiones Originales Restauradas) (New York: W. W. Norton and Company, 1958), p. 87.
40. Hull, p. 54.
41. Hull, pags. 63, 65.
42. Gillespie, pags. 119-120, 16.
43. Young, pags. 110-112.
44. Gillespie, p. 149.
45. Charles Darwin, On the Origin of Species (Sobre el Origen de las Especies), una copia de la primera edición, intro. Ernst Mayr (Cambridge: Harvard University Press, 1964), p. 398 (ver también pags. 352, 365).
46. Origen, pags. 365-366.
47. More Letters of Charles Darwin (Más Cartas de Charles Darwin), Vol. I, p. 173.
48. Origen, pags. 355, 406, 352.
49. James F. Coppedge, Evolution: Possible or Impossible? (Evolución:¿Posible o Imposible?) (Grand Rapids: Zondervan, 1973), p. 87.
50. Wayne Frair and Percival Davis, A Case for Creation (Un Caso para la Creación) (Chicago: Moody Press, 1983), p. 72.
51. Walter Lammerts, “The Galapagos Island Finches en Why Not Creation? ,” (“Los Pinzones de las Islas Galápagos”, en ¿Por qué No Creación?), ed. Walter Lammerts (Grand Rapids: Baker Book House, 1970), p. 361.
52. Charles Darwin, The Descent of Man and Selection in Relation to Sex (La Descendencia del Hombre y la Selección en Relación al Sexo), segunda ed. (New York: D. Appleton, 1896), p. 613.
53. Notes and Records of the Royal Society of London (Notas y Registros de la Real Sociedad de Londres), ed. Sir Gavin de Beer, Vol. 14, No. 1, 1959, p. 35.
54. Charles Darwin, On the Various Contrivances by Which British and Foreign Orchids Are Fertilized by Insects and on the Good Effects of Inter-crossing (Sobre los Varios Diseños por los cuales las Orquideas Británicas y extranjeras son Fertilizadas por Insectos y sobre los Buenos Efectos del Entrecruzamiento) (London: John Murray, 1862), p. 2.
55. Life and Letters of Charles Darwin (Vida y Cartas de Charles Darwin), Vol. II, p. 146.
56. Life and Letters of Charles Darwin (Vida y Cartas de Charles Darwin), Vol. II, p. 97.
57. More Letters of Charles Darwin (Vida y Cartas de Charles Darwin), Vol. I, pags. 193-194.
58. Life and Letters of Charles Darwin (Vida y Cartas de Charles Darwin), Vol. I p. 284.
59. E.L. Mascall, Christian Theology and Natural Science (Teología Cristiana y Ciencia Natural) (Hamden, CT: Archon Books, 1965), p. 198.
60. Thomas F. Torrance, “Divine and Contingent Order,” (“Orden Divino y Contingente”) en The Sciences and Theology in the Twentieth Century (Las Ciencias y la Teología en el Siglo Veinte), ed. A.R. Peacocke (Notre Dame: University of Notre Dame Press, 1981). Christopher Kaiser usa la frase “autonomía relativa” para decir la misma cosa. Ver Creation and the History of Science (La Creación y la Historia de la Ciencia) (Grand Rapids: Eerdmans, 1991), pags. 15, 131.
61. Kaiser, pags. 4-7.
62. See Richard A. Norris, God and World in Early Christian Theology (Dios y el Mundo en la Teología Cristiana Primitiva) (London: Adam y Charles Black, 1965).
63. Gillespie, pags. 152-153.
64. Bowler, pags. 68-71.
65. Citado en John Hedley Brooke, “The Relations Between Darwin’s Science and his Religion,” (Las Relaciones entre la ciencia de Darwin y su Religión) en Darwinism and Divinity (Darwinismo y Divinidad), p. 46.
66. Life and Letters of Sir Joseph Dalton Hooker (Vida y Cartas de Sir Joseph Dalton Hooker), ed. Leonard Huxley (London: John Murray, 1918), Vol. I, pags. 481-82.
67. Origin (Origen), p. 482.
68. The Life and Letters of Charles Darwin (Vida y Cartas de Charles Darwin), ed. Francis Darwin, Vol. II (New York: D. Appleton and Co., 1888), p. 105.
69. Origin (Origen), pags. 242-244.
70. Moore, pags. 205-206, 346.

Nancy R. Pearcey es la Directora de Fellow and Policy de Wilberforce Forum, y coautora con Charles Thaxton de The Soul of Science (El Alma de la Ciencia) (Crossway)

Copyright 1999 Nancy Pearcey.
Traducido por Juanira Posada
© Mente Abierta, 2001
Usado con permiso
URL – http://www.menteabierta.org

http://www.menteabierta.org/html/articulos/ar_uds_perdieron.htm

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