EL HOMBRE Y SU LIBERTAD

EL HOMBRE Y SU LIBERTAD

Para las corrientes materialistoides, el hombre es una realidad material producto de un proceso evolutivo de la naturaleza; afirman que el hombre no es sino materia, materia complejamente organizada en vida y en un nivel vital complejísimo. El materialismo es monista: afirma la existencia de una sola realidad: la materia.

La tentativa más simple y consecuente con este modelo es la de Julien Offray de la Metrie (1709-1751) en su libro “El Hombre Máquina” (1748), que pretende describir al ser humano en términos mecánicos de extensión y movimiento.

Otras concepciones buscan las particularidades del hombre en su misma constitución física, biológica y neurológica, dándose nociones casi pintorescas del hombre, como la de Desmond Morris quien define al hombre como “mono desnudo“, o sea, sin pelaje en la mayor parte de su cuerpo. Pero la característica más destacada a ese nivel, como específicamente humana, es la del mayor desarrollo y complejidad de su cerebro, que comparado con los grandes monos aproximadamente es tres veces más pesado (entre 1,200 y 1,800 gramos); y la superficie que ocupan las circunvoluciones cerebrales en el hombre (2,200 centímetros cuadrados) es cuatro veces superior que en tales monos.

Según Blas Pascal (1623-1662) “el hombre no es más que un junco, el más débil de la naturaleza, pero un junco pensante“; y recuerda que su padre decía: “Todo lo que es objeto de fe, no puede serlo de la razón“.

Tal razonamiento nos permite entender que no hay argumento capaz de refutar la clásica definición dada por Aristóteles: el hombre es un animal dotado de logos, es decir, es un animal racional; pues el estudio del alma humana como ente espiritual es tema de la metafísica, pero se incluye en la filosofía natural en cuanto que el alma forma parte del cuerpo. Ciertamente la razón distingue al hombre del resto de los animales. Al margen de cuanto pretendieron insulsamente los racionalistas supervalorando la razón y olvidando los sentidos, el pensamiento del hombre es predominantemente lingüístico y está marcado tanto por el fenómeno del lenguaje cuanto por el idioma particular del grupo social al que pertenece.

Los latinos tomaron la definición de hombre dada por los griegos de logos (zwon logon e Jon : palabra, razón, espíritu) y la tradujeron como “animal rationale”: animal dotado de razón. Tanto la definición griega como la latina mencionan los dos polos en torno a los cuales gira el problema del hombre:

Un polo constituye la animalidad. El hombre pertenece a la naturaleza animal. Es un cuerpo, un ser vivo y sensible con todas las propiedades que le corresponden por ser una especie animal. De acuerdo con su animalidad es una criatura “que tiene que devolver al planeta (un mero punto en el universo) la materia de que fue hecho después de haber sido provisto (no se sabe cómo) por un corto tiempo, de fuerza vital” (Kant en Crítica de la Razón Pura).

El otro polo lo constituye la trascendentalidad. Aquí nos tropezamos con la subjetividad, con el cogito de Descartes, con el yo que condiciona trascendentalmente todo lo objetivo, todo lo empírico, que está en una diferencia trascendental frente a todo y que, a su vez, no es nada objetivo ni empírico, “ni una parte del mundo” (Wittgenstein).

M. Keilbacker afirma que “el hombre en su totalidad, debe ser considerado como un ser dotado de vida biológica, síquica y espiritual, es decir, una triplicidad de aspectos observados jerárquicamente. Sólo de esta forma la sicología y la pedagogía pueden realizar la propia naturaleza y la propia intervención específica. Por lo demás, dicha tripartición no es nueva; ésta aparece ya claramente en Aristóteles y en su subdivisión del alma vegetativa, sensitiva y racional“.

La reflexión ontológica conduce al hombre como ser sensible, que el evolucionismo destaca como parte de la naturaleza. La reflexión trascendental conduce al hombre como sujeto, que no es parte de esa naturaleza. Ambos métodos son irrecusables. Muestran al hombre como “ciudadanos de dos mundos” (Kant). La diferencia y contraposición de ambos mundos constituyen el problema del hombre. Según Sören Kierkegaard (1813-1855) el hombre es la síntesis de infinitud y finitud, de lo temporal y lo eterno, de libertad y necesidad; el hombre es una “existencia en paradoja“. Por una parte el espíritu es nuestro verdadero ser nosotros mismos, nuestra verdadera mismidad (Aristóteles), y por otra, contemplamos la luz del mundo “entre heces y orina” (inter faeces et urinam, san Agustín). Pese a todo, el hombre es una persona corpórea en la unidad de ambas realidades.

Pues, el hombre es un ser consciente: sólo él sabe que sabe, por eso Friedrich Nietzsche (1844-1900) habló del hombre como único animal capaz de hacer promesas. El hombre es el único animal que ríe y que sonríe, evidenciando ahí las posibilidades de inteligencia comunicativa y recíproca entre los hombres. Pero muchas veces, y debido a la introducción de técnicas electrónicas de las cuales casi nadie tiene la menor idea de cómo todo eso funciona, pareciera que el hombre de nuestro tiempo ejecuta constantemente operaciones sin inteligibilidad; es decir, se vive con una extrañísima renuncia a entender, confiando en el éxito, en la eficacia, sin preocuparse de más.

Entonces no es raro que olvidemos que por gozar de razón y conciencia el hombre es persona, es decir, la “sustancia individual de naturaleza racional” según definición de Anicio Manlio Boecio (480-524). A parte de esta noción, el pensamiento filosófico ha acudido a otros conceptos para tratar de comprender al hombre. En teoría del conocimiento, los conceptos de “sujeto” y de “yo” han servido para representar al hombre en cuanto conocedor de la realidad. El sujeto-hombre cognoscente se contrapone al objeto-mundo conocido. La razón humana puede llegar a conocer la existencia de Dios, sus atributos (infinitud, omnipotencia, etc.), y que es el fin último del hombre; y este conocimiento, que puede ser logrado por cualquiera, es examinado rigurosamente por la metafísica. El “yo” se contrapone a todo lo que no es él.

Sobre este basamento racional-consciente se sustenta la libertad del hombre, entendida como exención de trabas. Y según la índole de las trabas se distingue varias clases de libertad:

El hecho del libre albedrío se infiere ante todo de sus relaciones con la personalidad ética. Por tanto, sin libertad y sin la posibilidad de querer de tal o cual manera, el hombre no puede razonablemente ser más responsable de las orientaciones de su voluntad ni más digno de premio o castigo de lo que lo es un enfermo de su enfermedad. Por consiguiente, sin libertad no cabría tampoco separar con razón la bondad moral o la maldad del querer del puro valor de utilidad. Con mucha razón afirma Jean Paul Sartre (1905-1980): “Cuando yo elijo, elijo por todo el mundo, soy responsable de algún modo del pasado y del futuro del mundo”En último término, la libertad de la voluntad ancla en último término en la esencia del ser espiritual. El alma espiritual es forma sustancial del hombre, sustancia única en la cual lo espiritual y lo potencial forman un único ser (aunque, por ser espiritual, el alma humana sigue subsistiendo después de la muerte, y ha de ser creada directamente por Dios). Por tanto, el estudio del hombre requiere la consideración de todo lo propio de los entes corpóreos y de los vivientes inferiores; pues sólo el ser espiritual ha de llegar de manera esencialmente necesaria al conocimiento del valor meramente relativo de los fines limitados apetecidos.

Para el cristianismo, Dios hizo surgir al hombre a imagen suya y lo llamó a una salvación definitiva que afecta todo el cuerpo humano. La vida toda constituye un don divino. El hombre es un ser libre capaz de virtud y de pecado, pero también posible objeto del perdón de Dios. Por un lado, lLa plenitud del hombre consiste, por un lado, en la fe religiosa y, por otro, en la fraternidad con los demás. En la perspectiva cristiana, todas las cosas y situaciones tienen un sentido revelador y a la postre salvador, incluso el sufrimiento y la muerte. Dios no ha hecho surgir al hombre para que muera del todo, sino para que viva, pese a la muerte.

http://www.ucsm.edu.pe/rabarcaf/fividu09.htm

¡Cristo nos hizo libres!

VIDA CRISTIANA

¡Cristo nos hizo libres!

por Juan Stam

Sorprende y es de lamentar que los evangélicos de hoy desdeñen el tema de la libertad cristiana. De hecho, dicho tema es, sin lugar a dudas, central en todo el movimiento de la Reforma. La Reforma fue, en su sentido más profundo, un proceso liberador en todas sus dimensiones.

Algunas reflexiones sobre la teología de los reformadores

El aporte teológico de la Reforma suele resumirse en tres puntos:

La justificación por la gracia mediante la fe (sola gratia, sola fide)
La sola autoridad normativa y definitiva de las Sagradas Escrituras (sola scriptura)
El sacerdocio universal de todos los creyentes. Pero, casi siempre, se tiende a olvidar otros dos, que son cruciales:
La libertad cristiana
«la Iglesia reformada siempre reformándose» (ecclesia reformata semper reformanda).

Sorprende y es de lamentar que los evangélicos de hoy desdeñen el tema de la libertad cristiana. De hecho, dicho tema es, sin lugar a dudas, central en todo el movimiento de la Reforma. La Reforma fue, en su sentido más profundo, un proceso liberador en todas sus dimensiones. (1)

En este marcado énfasis en la libertad cristiana, Lutero siguió de cerca a su gran precursor evangélico, nada menos que al Apóstol Pablo, quien de manera constante vinculó la justificación por la fe con la libertad cristiana. Cuando los gálatas retornaron al legalismo judaizante, San Pablo los acusó de haber negado el evangelio: «De Cristo os habéis separado, vosotros que procuráis ser justificados por la ley; de la gracia habéis caído» (Gá 5.4 – BA). Y su rechazo consistía no en que hubieran caído en alguna inmoralidad ni hubieran negado alguna doctrina ortodoxa, sino en que habían vuelto a insistir en la circuncisión y el legalismo como condiciones para que Dios los aceptara. Si quieren vivir bajo el sistema legalista, les advierte San Pablo, «Cristo de nada os aprovechará» (Gá 5.2 – BA), porque «para libertad fue que Cristo nos hizo libres » (Gá 5.1 – BA). Por lo tanto, los exhorta: «permaneced firmes, y no os sometáis otra vez al yugo de esclavitud.» (Gá 5.1 – BA).

Al inicio de la misma epístola, Pablo escribe a estos creyentes en términos parecidos: «Me maravillo de que tan pronto hayáis abandonado al que os llamó por la gracia de Cristo, para seguir un evangelio diferente» (Gá 1.5 – BA). En seguida, aclara que de hecho «no hay otro evangelio», y advierte que si alguien pretendiera predicarles otro evangelio, «que caiga bajo maldición» (1.8 – NVI). Ser evangélico, según San Pablo, es vivir desde la gracia de Dios que nos hace libres. No es posible ser evangélico y legalista a la vez.

A Martín Lutero le gustaba señalar que su apellido se origina de una palabra griega (eleútheros) que significa «libre, independiente, no ligado»; a veces se llamaba a sí mismo «Lutero el Libre». Uno de sus primeros escritos, en el año 1520, se tituló «Sobre la libertad del cristiano». Tan convencido estaba Lutero de que no es posible obtener la libertad mientras estemos bajo el pecado, como también de que el evangelio nos convierte en verdaderamente libres. Evangelio significa libertad; evangelio y servidumbre (dominación, autoritarismo) se excluyen mutuamente.

En los párrafos siguientes intentaremos demostrar que cada una de las principales afirmaciones de la Reforma sustenta la libertad cristiana. Sin la libertad cristiana, las demás verdades reformadas no se pueden entender en su sentido pleno.

La sola gratia nos libera del legalismo

Cuando Lutero descubrió la justificación por la pura gracia de Dios, comentó que se le abrieron las puertas del paraíso, porque la sola gratia lo liberó del terror a un Dios iracundo y vengativo. La doctrina de la justificación por la gracia significó para Lutero su liberación del dominio de la ley y de las obras. Para él, personalmente, la revelación de «la gloriosa libertad de los hijos e hijas de Dios» (Ro 8.21) fue la respuesta a su angustiosa búsqueda de paz y salvación. Significó liberación de las demandas de la ley. Ya que nuestra justificación es «por la gracia mediante la fe», podemos confiar firmemente en la palabra de Dios, la cual nos asegura que el Señor nos ha aceptado. A la vez, para Lutero, la fe es muchísimo más que mero asentimiento teórico. «La fe es algo activo», explicaba Lutero; es «la fe que obra por el amor» (Gá 5.6, cf. 6.9s).

Para Lutero, esta «libertad del evangelio» estaba por encima de toda autoridad y de todas las leyes humanas. Le parecía que el sistema papal era una intolerable contradicción a esta libertad evangélica; «el papa» —escribió—, «había dejado de ser un obispo, para convertirse en un dictador» (S. S. Wolin, Política y perspectiva, p. 158). Era imperativo restaurar «nuestra noble libertad cristiana», pues, «se debe permitir que cada persona escoja libremente» (ibid, pp. 156, 158).

Desde el tiempo de los fariseos, la mentalidad legalista, basada en la autosuficiencia de los méritos propios, siempre ha conducido a dos extremos: a ser fariseo o a ser publicano. El fariseo está segurísimo de su propia justicia, basado en obras de moralismo externo, pero, de hecho, no es ni justo ni realmente libre. El publicano, en cambio, se desespera por su falta de mérito y su insuperable fracaso en lograr su propia vindicación. Pero ninguno de los dos puede obrar el bien con libertad, puesto que lo realizan sólo como medio para alcanzar su propia auto-justificación.

El mensaje evangélico rompe este círculo vicioso. Dios en su gracia divina recibe al injusto y lo justifica, «no por obras, sino para buenas obras» (Ef 2.8–10). La gracia (xáris) de Dios despierta nuestra gratitud (euxaristía) y nos transforma en nuevas personas que buscamos cumplir la voluntad de aquel que nos ha redimido. (2) De esa manera, la gracia de Dios nos libera tanto del legalismo y moralismo como del fideísmo (3) y de la «gracia barata» de una fe puramente formal y verbal. La gracia nos hace libres para obrar el bien, no para lograr por nosotros mismos nuestra justificación ante Dios, sino para agradecer y glorificar a aquel que nos justificó por fe.

La sola scriptura nos libera del autoritarismo dogmático

La misma paradoja liberadora aparece en la afirmación de la sola autoridad normativa de la palabra de Dios. El principio de sola scriptura relativiza, necesariamente, toda tradición y toda autoridad humana, aun las eclesiásticas. Ninguna autoridad humana puede imponerse sobre la conciencia del creyente, si no puede fundamentarse en las Escrituras. Lo expresó Lutero elocuentemente en su defensa ante la Dieta de Worms (1521):

«Mi conciencia es cautiva de la palabra de Dios. Si no me demuestran por las Escrituras y por razones claras (no acepto la autoridad de papas y concilios, pues se contradicen), no puedo ni quiero retractarme de nada, porque ir contra la conciencia es tan peligroso como errado. Que Dios me ayude. Amén». (4)

Años después Lutero declaraba: «Soy teólogo cristiano. Quiero creer libremente y no ser esclavo de la autoridad de nadie. Confesaré con confianza lo que me parece cierto». En su monumento en Worms se escribieron estas palabras de su autoría: «Los que conocen verdaderamente a Cristo nunca pueden permanecer esclavos de ninguna autoridad humana». «La palabra de Dios,» —escribió Lutero— «que enseña la libertad plena, no debe ser limitada» (Wolin, ibid., p. 155).

¡Qué palabras de libertad teológica! Su total sumisión a la palabra de Dios lo hacía libre frente a dogmatismos, magisterios, concilios y papas. En la medida en que seamos realmente bíblicos, seremos libres para «examinarlo todo» a la luz de las Escrituras y de las evidencias, hoy no menos que en los tiempos de Lutero.

Martín Lutero insistía con vehemencia en la única, exclusiva e incondicional autoridad de la palabra de Dios, que cuidadosa y evangélicamente interpretada. Sólo el evangelio y las Escrituras poseen autoridad sobre la conciencia del creyente. Por las Escrituras y por la gracia redentora de Dios, somos libres de cualquier otra autoridad que pretenda imponerse sobre nuestra conciencia.

Estudiosos de la Reforma han denominado esta afirmación «el principio protestante»: sólo Dios mismo es absoluto, sólo su Palabra puede ostentar autoridad final. Cualquier otro absoluto no es Dios, sino un ídolo. Por lo mismo, sólo las Escrituras, fiel y cuidadosamente interpretadas en la comunidad creyente, pueden fundamentar artículos de fe. Ni el papa ni los concilios, ni las tradiciones ni los pastores ni los profesores de teología, pueden imponer sus criterios con autoridad obligatoria.

Sin embargo, a menudo pasa lo contrario (no sólo con los Testigos de Jehová sino con muchos que se llaman a sí mismos «bíblicos» y «evangélicos»): se levantan también en nuestro medio pequeños «papas protestantes» con su «santo oficio», con el cual pretenden imponer sus tradicionalismos y dogmatismos, y condenar (sin pruebas bíblicas con la más mínima seriedad) a todo aquel que no esté de acuerdo con las creencias de ellos. Sin darse cuenta, regresan al autoritarismo dogmático contra el cual Lutero se había levantado, como los judeocristianos de Galacia también habían vuelto al legalismo antievangélico y antibíblico. Pero ser bíblico es ser mentalmente libre, abierto y crítico. No se puede ser bíblico y seguir siendo cerrado y dogmático.

¡Qué libertad la de Lutero, ante toda autoridad, tradición, opinión y criterio humanos! ¿Y por qué? ¿Cómo consiguió Lutero tal osadía para reclamar esa libertad para su propia conciencia? Aunque su postura pareciera arrogante y anárquica, la fuerza de su libertad evangélica poseía una energía totalmente distinta: «Mi conciencia es cautiva de la palabra de Dios».

Para Lutero, la obediencia evangélica a Dios y a su Santa Palabra poseen como corolario la liberación evangélica de toda autoridad, tradición o heteronomía (5) que pretendieran ser absolutas (idolátricas) frente a la exclusiva autoridad normativa de la palabra viva de Dios. Lutero explicó este concepto con notable elocuencia en su tratado «Sobre la libertad cristiana», en 1520: porque el cristiano está sometido incondicionalmente a la palabra liberadora del evangelio, «el cristiano es el más libre de todos los seres humanos» (cf. Ro 6.16–18).

Bien lo expresa el himno, «Cautívame Señor, y libre en ti seré». Eso se aplica también a nuestro pensamiento y a nuestras actitudes: cuando nuestra conciencia es cautiva de la palabra de Dios y del glorioso evangelio, no podrá ser nunca cautiva de tradiciones ni de autoridades humanas que pretendan colocarse al nivel de —o incluso por encima de— la palabra de Dios. Sola scriptura, sola gratia, sola fide: ¡mensaje de auténtica libertad evangélica para la conciencia de todos los cristianos hoy también!

El sacerdocio de todos los fieles nos libera del clericalismo

La afirmación reformada del sacerdocio universal de todos los fieles (1Pe 2.9; Ap 1.6; 5.10) impulsa, lógicamente, un proceso de progresiva democratización dentro de la Iglesia, y por consiguiente dentro del mundo moderno. Para Lutero, todo cristiano es un sacerdote y un ministro de Dios, y toda la vida, todo empleo y oficio, son vocación divina dentro del mundo. «Una lechera puede ordeñar las vacas para la gloria de Dios», afirmaba Lutero. En un pasaje aún más atrevido, sostenía que «todos los cristianos son sacerdotes, y todas las mujeres sacerdotisas, jóvenes o viejos, señores o siervos, mujeres o doncellas, letrados o laicos, sin diferencia alguna» (W.A. 6,370; R. García-Villoslada, Martín Lutero, Tomo. I, p.467).

Aún así, ciertamente los reformadores no se guiaron por este principio hasta sus últimas consecuencias. Conservaron mucho del clericalismo heredado de largos siglos de tradición eclesiástica. Sin embargo, algunos, conocidos como anabautistas de la Reforma Radical, llevaron el principio del sacerdocio universal a un paso adelante de manera notable. Hoy día, tanto en círculos católicos como protestantes, se reconocen los carismas de todos los fieles y se cuestiona constantemente el clericalismo y el autoritarismo que, lamentablemente, han prevalecido en la iglesia protestante como también en la católica.

El paso de la Edad Media al mundo moderno significó un cuestionamiento radical del autoritarismo medieval e impulsó la marcha de una serie de libertades humanas que hoy día damos por sentadas. En ese proceso, Martín Lutero desempeñó un papel decisivo. Su mensaje de gracia evangélica nos libera del legalismo (autoritarismo ético). Su insistencia en la autoridad bíblica, interpretada crítica y científicamente, nos libera del tradicionalismo (autoritarismo doctrinal). Su enseñanza del sacerdocio universal de todos los fieles comenzó a liberarnos del clericalismo (autoritarismo eclesiástico).

Lutero lanzó una cruzada tenaz contra las estructuras autoritarias de la iglesia medieval. En su tratado «Todas y cada una de las prácticas de la Iglesia», (1520) escribió: «son estorbadas, y enredadas, y amenazadas por las pestilentes, ignorantes e irreligiosas ordenanzas artificiales. No hay esperanza de cura, a menos que todas las leyes establecidas por el hombre, cualquiera que sea su duración, sean derogadas para siempre. Cuando hayamos recobrado la libertad del evangelio, debemos juzgar y gobernar de acuerdo con él en todos los aspectos» (Woolf I, p.303, en Wolin p. 156). Al denunciar la tiranía del Vaticano, Lutero exigía a la Iglesia «restaurar nuestra noble libertad cristiana» (Wolin p.158) también en las iglesias evangélicas.

«La iglesia reformada siempre reformándose» nos libera del tradicionalismo estático

Otra consigna de la Reforma, cuya importancia no puede ser exagerada, rezaba «ecclesia reformata semper reformanda» (iglesia reformada siempre reformándose). Es impresionante que los reformadores hayan poseído la humildad y la flexibilidad de ver su movimiento como inconcluso, con necesidad de continua revisión. Sabían que su encuentro con la palabra de Dios había introducido en la historia nuevas fuerzas de transformación, pero (a lo menos en sus mejores momentos) no sostenían ilusiones de haber concluido la tarea. Su gran mérito histórico fue el de haber realizado un buen comienzo, muy dinámico, y precisamente de no pretender haber pronunciado la última palabra per saecula saeculorum.

En los movimientos históricos se observa un fenómeno típico, que consiste en que, después de comenzar con la espontánea creatividad de una búsqueda dinámica, poco a poco su ideología se va institucionalizando hasta perder casi totalmente la flexibilidad de sus inicios y su capacidad original de sorprender. En muchos casos, este proceso llega a un estado senil de arterioesclerosis institucional.

De hecho, esto es lo que pasó en gran parte con la Reforma protestante. Sus sucesores redujeron los explosivos descubrimientos de los fundadores (especialmente la «teología irregular» de Lutero mismo) en un nuevo escolasticismo ortodoxo, sea de corte luterano o calvinista. El proceso dinámico de los inicios se petrificó en un sistema rígido y cerrado. Siglos después el fundamentalismo norteamericano resucitaba a ese escolasticismo protestante en una nueva reencarnación histórica.

Los reformadores anticiparon este peligro, e implantaron en su teología defensas contra esa excesiva institucionalización y sistematización. En parte por factores adversos del siglo XVII, sobre todo el surgimiento del racionalismo escéptico, los sucesores de ellos buscaron una falsa seguridad en la «fortaleza teológica» de su ortodoxia inflexible. Contra esta postura, los ataques de pensadores como Lessing resultaron devastadores. En el siglo XX, volvió a surgir con gran energía el principio de ecclesia reformata semper reformanda.

En ningún momento todas estas libertades deben significar libertinaje, ni en doctrina ni en conducta; eso significaría elegir el extremo opuesto del legalismo. Como lo ha expresado el teólogo francés Claude Geffre, necesitamos dogma (doctrina) pero sin dogmatismo, tradición pero sin tradicionalismo, y autoridad sin autoritarismo (La iglesia ante el riesgo de la interpretación, Ediciones Cristiandad, 1983, p.69) y, podemos agregar, instituciones sin institucionalismo.

¿Qué nos dicen hoy estos postulados fundamentales de la Reforma?

(1) Nos desafían a redescubrir constantemente el significado de las Buenas Nuevas y la fuerza de la libertad evangélica, que resultaron tan caras para los reformadores.

(2) Nos llaman al continuo trabajo de exégesis bíblica, seria, científica, crítica y evangélica, individual y corporativa: sólo en la cuidadosísima interpretación de la palabra de Dios se hallará la libertad evangélica del pueblo de Dios y de la teología.

(3) Nos llaman a un profundo respeto hacia los demás hermanos y hermanas, al buscar juntos la voluntad del Señor en esa obediencia a la Palabra que es también una sana libertad ante toda palabra humana. En las muy sabias palabras de un antiguo refrán de la Iglesia: «en lo esencial (lo bíblico y evangélico), unidad; en lo no-esencial (opiniones, tradiciones, costumbres), libertad; en todo, caridad».

Bibliografía

  • García-Villoslada, Ricardo, Martín Lutero. El fraile hambriento de Dios, vol. I, Madrid, BAC, 1973.
  • Geffré, Claude, El cristianismo ante el riesgo de la interpretación, Madrid, Cristiandad, 1984.
  • Wolin, Sheldon S, Política y Perspectiva, Buenos Aries, Amorrortu, 1960.
  • El artículo es una conferencia dictada en la consulta sobre la Reforma (CIC de Cuba y CLAI) en la Habana, octubre, 2002. Se tomó del libro Haciendo teología en América Latina, Tomo I, Editorial SEBILA, San José, Costa Rica, ©2006 pp 241-247. Se usa con permiso del autor. DesarrolloCristiano.com, derechos reservados.

Notas

(1) Esto lo reconoció José Martí cuando escribió que “todo hombre libre debe colgar en su muro, como el de un redentor, el retrato de Martín Lutero” (citado por Alfonso Rodríguez en La Nueva Democracia, octubre de 1952).

(2) Karl Barth decía a menudo que las dos palabras más importantes para la fe evangélica son «gracia» (palabra central de toda la teología) y «gratitud» (motivo central de toda la ética), Cf. el inicio de la Confesión de Heidelberg.

(3) Tendencia teológica que insiste especialmente en la fe, disminuyendo la capacidad de la razón para conocer las verdades religiosas.

(4) Ponemos a un lado las preguntas sobre la historicidad de esta declaración o de su formulación precisa. No cabe duda de que corresponde al momento histórico y expresa la convicción de Lutero.

(5) Condición de la voluntad que se rige por imperativos que están fuera de ella misma.

Fuente: http://www.desarrollocristiano.com/site.asp?seccion=arti&articulo=2086

¿Libertad o libertinaje?

¿Libertad o libertinaje?

La sociedad solo funciona adecuadamente en la medida en que la ley moral de Dios es respetada y obedecida por todos y cada uno de nosotros

Por Sugel Michelén / El Caribe

Domingo 26 de marzo del 2006

En 1793 Madame Roland, heroína de la Revolución Francesa, fue decapitada en la Plaza de la Concordia. Cuenta la historia que el día de su ejecución, al encontrarse ante la estatua de la Libertad colocada justo en frente de la guillotina, pronunció estas famosas palabras: “Oh libertad, cuántos crímenes se cometen en tu nombre.”

La revolución que esta mujer había apoyado con pasión, cual Saturno que devora a sus propios hijos, finalmente se volvió contra ella.

Estas palabras atribuidas a Roland constituyen una advertencia perenne del enorme peligro que encierra la falsa libertad. Son muchos los crímenes que se han cometido y se siguen cometiendo en nombre de una libertad desfigurada, mal comprendida, mal aplicada.

¿Es acaso libertad echar por tierra los parámetros morales establecidos por el Creador en Su Palabra y con los cuales podemos distinguir el bien del mal?

¿Es en verdad necesario pasar por alto los valores absolutos para llegar a ser genuinamente libres?

La sociedad sólo funciona adecuadamente en la medida en que la ley moral de Dios es respetada y obedecida. ¿Cómo serían las cosas si todos honráramos y obedeciéramos a las autoridades superiores: los hijos a los padres, los alumnos a los maestros, los ciudadanos al gobierno civil?

¿Cómo funcionaría la sociedad si no hubiese homicidas y pudiésemos estar seguros en cualquier lugar, a cualquier hora de la noche? ¿Si nadie cometiera adulterio ni hubiesen hogares rotos?

¿Si no tuviésemos que proteger nuestras propiedades por temor de los ladrones? ¿Si nadie mintiera? ¿Si nadie sintiera envidia de los demás ni codiciara sus posesiones? Algunos pensarán que es iluso esperar que las cosas sean así y tienen razón.

El hombre en su pecado no puede llenar la medida de la ley moral de Dios; pero el problema no está en la ley sino en el hombre.

La ley es un buen capitán, pero la naturaleza humana es un mal soldado. Por eso el Hijo de Dios se hizo Hombre, murió en una cruz y resucitó al tercer día: para redimirnos de nuestra esclavitud, de modo que podamos libremente obedecer la voluntad de Dios; no con una obediencia perfecta, pero sí genuina y creciente.

Es la verdad la que nos hace libres, no la ausencia de reglas; y la verdad se encarnó en nuestro Señor Jesucristo, por cuya fe el hombre es perdonado, libertado del pecado y hecho heredero de la vida eterna. A quien Él libertare será verdaderamente libre (Juan 8:36).

Sugel Michelén es pastor

http://www.elcaribecdn.com/articulo_caribe.aspx?id=81143&guid=0EE05D21046449A0969426FCB609F871&Seccion=4

Obispo argentino pide diferenciar legítima secularización de secularismo

Obispo argentino pide diferenciar legítima secularización de secularismo

.- El Obispo de Posadas, Mons. Juan Rubén Martínez, llamó a los fieles a diferenciar una “legítima secularización” del secularismo, porque mientras la primera significa “la necesaria autonomía de las realidades temporales y la libertad con que Dios nos ha creado“, la segunda es la concepción “de la vida humana, personal y social, al margen de Dios”, con una “creciente indiferencia religiosa”.

“Distinta a esta justa secularización, es el secularismo, el mayor problema a encarar en nuestro tiempo, porque desconoce a Dios, lo omite, ni siquiera lo discute”, explicó, e indicó que este “olvido de Dios, fundamento último de todo valor ético, conlleva el riesgo de alimentar en los hombres la autosuficiencia y absolutizar el poder, el dinero la mera eficiencia o el Estado mismo”.

El Prelado también lamentó la multiplicación de las propuestas religiosas que no respetan la justa autonomía de las leyes naturales“, y que da lugar a “una especie de proselitismo religioso que abunda en promesas de curaciones, milagros, sanaciones que parecen más un negocio religioso y ofertas de multiconsumo”.

Mons. Martínez explicó que en el caso de la Iglesia, es prudente y exigente a la hora de reconocer los milagros. Asimismo, recordó que en Aparecida (Brasil), el Papa Benedicto XVI señaló que “la evangelización ‘no’ puede ser una acción proselitista“.

“Un discipulado que nos ayude a madurar nuestra fe, no puede dejar de ordinario de integrar el dolor, el sufrimiento, la enfermedad, ‘la cruz’ como parte del camino pascual”, indicó.

http://www.aciprensa.com/noticia.php?n=20935