¿Habla Israel en nombre de los judíos?

¿Habla Israel en nombre de los judíos?
22/2/2010


Itongadol/ElPais.- La Embajada de Israel consideraba que las obras en cuestión eran una ofensa para “judíos, israelíes y, seguramente, para otros”. Esos otros, sin embargo, no han tenido la misma reacción, lo que no significa necesariamente que no hayan participado del mismo sentimiento. La apertura de la feria Arco vino precedida de una protesta israelí por la exhibición de dos obras del artista Eugenio Merino. En la primera, tres personajes representando a un musulmán, un cristiano y un judío aparecen rezando uno sobre otro, haciendo coincidir su posición en la torre humana con la progresión de las posturas corporales -postrados los musulmanes, arrodillados los cristianos e inclinados los judíos- que cada religión exige para dirigirse a la divinidad. La segunda obra es una composición en la que una ametralladora israelí Uzi sirve de base a una menorá, el característico candelabro de siete brazos.

Por JOSÉ MARÍA RIDAO .- La nota de la Embajada de Israel en Madrid señalaba que “el conjunto de las obras de Eugenio Merino expuestas en Arco incluyen elementos ofensivos para judíos, israelíes y, seguramente, para otros”. A continuación, afirmaba que “la libertad de expresión o la libertad artística” sirve en ocasiones como disfraz “de prejuicios, de estereotipos o de la mera provocación por la provocación”. “Un mensaje ofensivo”, concluía la nota, “no deja de ser hiriente por pretender ser una obra artística”.

Estas apreciaciones planteaban como solución lo que, en realidad, constituye el núcleo del problema. Entre otras razones porque los prejuicios o los estereotipos no tienen por qué ser siempre negativos, sino que también podría darse el caso de que fueran positivos. De hecho, se ha dado desde tiempo inmemorial: ésa y no otra sería la esencia del arte de propaganda, que no suele ser objeto de protestas por parte de las embajadas o los Gobiernos sino, en todo caso, de promoción. Y en cuanto a la provocación por la provocación, nada impide que sea el estímulo para obras que más tarde gozarán de amplio reconocimiento. Baste pensar en Marcel Duchamp y su urinario o Andy Warhol y su retrato de Mao. Con un agravante adicional, y es que lo que alguna vez fue provocación puede dejar de serlo, hasta convertirse, incluso, en ortodoxia.

Aunque referida a las obras de Eugenio Merino, la polémica que precedió a la inauguración de esta edición de Arco suscita una cuestión de alcance general, como es la actitud del poder ante las manifestaciones de la libertad que no son de su agrado. La Embajada de Israel consideraba que las obras en cuestión eran una ofensa para “judíos, israelíes y, seguramente, para otros”. Esos otros, sin embargo, no han tenido la misma reacción, lo que no significa necesariamente que no hayan participado del mismo sentimiento. En respuesta a la nota diplomática, los portavoces de Merino informaron de que una de las obras consideradas ofensivas había sido adquirida por una persona de origen judío. Era una forma de recordar que la valoración de una obra no está determinada por la pertenencia a un grupo humano, puesto que siempre puede existir alguien que disienta. Lo que, sin embargo, se ha perdido de vista en el rifirrafe es que, en las sociedades democráticas, el origen de las personas forma parte de su esfera de intimidad. Si en este caso se ha convertido en relevante es porque, frente a la pretensión de una embajada de ejercer como portavoz oficial del sentimiento de los judíos, no sólo de los israelíes, hacia la obra de Merino, el entorno del artista reaccionó señalando que la embajada no hablaba en nombre de todos.

Este efecto indeseable de colocar el origen de los individuos en un plano público en lugar de mantenerlo en la estricta esfera de la intimidad alcanza cotas aún mayores cuando, en lugar de la crítica de arte, se refiere a la crítica política. La acusación de antisemitismo, o de judeofobia, un término que popularizó Jean-Pierre Taguieff en un ensayo que la editorial Gedisa publicó en España en 2002, suele ser frecuente ante la condena de algunas acciones de Israel. Tras padecer una campaña de descrédito a raíz de un artículo sobre el conflicto israelo-palestino en el que criticaba al Gobierno de Sharon, el autor francés Pascal Boniface publicó un ensayo titulado ¿Está permitido criticar a Israel? En él alertaba de la comunitarización que se cerniría sobre la política francesa si las posiciones estuvieran férreamente marcadas por el origen judío, árabe o musulmán de los participantes, a quienes tendrían que asociarse, sin la más mínima posibilidad de disensión, el resto de ciudadanos que tomasen la palabra. Si se estaba con unos, hasta el final, igual que si se estaba con los otros.

La comunitarización contra la que alertaba Boniface era resultado, en realidad, del mismo fenómeno que ha convertido en relevante la condición de judío del comprador de la obra de Merino expuesta en Arco: el origen de las personas pasa al primer plano del debate público, de manera que cualquier juicio sobre lo que hacen corre el riesgo de transformarse en un juicio sobre lo que son. La pregunta que comienzan a suscitar algunos autores, y entre ellos no pocos israelíes, es quién estaría acentuando más ese riesgo, los grupos políticos que defienden abiertamente el antisemitismo o quienes, con la pretensión de combatirlo, creen descubrirlo en cualquier crítica a las acciones de Israel. Un inquietante fenómeno de los últimos tiempos es que, en Europa, la siniestra bandera del antisemitismo se ha extendido desde los grupos marginales de ultraderecha hacia sus simétricos en la ultraizquierda, que en su defensa de los palestinos retoman las fantasías de los protocolos de los sabios de Sión. En Oriente Próximo, entre tanto, el antisemitismo ha empezado a calar en el discurso yihadista y también en el de una potencia como Irán, cuyo presidente, Mahmud Ahmadineyad, lanza reiteradas proclamas contra los judíos con el pretexto de denigrar a Israel y se suma a las tesis negacionistas del Holocausto.

En La nación y la muerte, un ensayo cuya traducción española acaba de publicar la editorial Gredos, la profesora israelí Idith Zertal lleva a cabo un pormenorizado estudio sobre un fenómeno que Hanna Arent aplicó al mal que encarnaba el nazismo, y que ahora se suele referir preferentemente al Holocausto: la banalización. Zertal da por descontado que el Holocausto se banaliza en cada ocasión en que, para criticar a Israel, se compara la situación actual de los palestinos con la de los judíos en los campos. Pero el mérito principal de su trabajo reside en el análisis de la banalización que llevan a cabo los propios dirigentes israelíes. Zertal describe, así, la manera en la que el desarrollo del programa nuclear israelí se justificó con el argumento de impedir un segundo Holocausto. Como también las actuaciones más desproporcionadas y controvertidas contra los palestinos durante las sucesivas Intifadas, en las que, paradójicamente, el número de víctimas entre los habitantes de los territorios ocupados multiplicaba varias veces el de las israelíes. En la última conmemoración del día internacional del Holocausto, el presidente israelí, Simón Peres, expresó en Auschwitz su temor de que pudiera repetirse si no se detenía el programa nuclear de Irán. El riesgo contra el que advierte Zertal es que si, por un lado, el Gobierno israelí cree obtener cobertura política o moral invocando el temor de un nuevo Holocausto, por otro se verá obligado a pagar el inmenso coste de su banalización con los fines más diversos.

Con el recurso a las acusaciones de antisemitismo, lanzadas por portavoces oficiales de Israel contra quienes en absoluto participan de estas execrables posiciones, podría estar comenzando a ocurrir otro tanto. La paradoja en la que suelen incurrir al hacerlo es que, mientras emplean una desbordante energía hermenéutica en buscar reminiscencias de antisemitismo en escritos, declaraciones u obras artísticas, convalidan implícitamente la frágil hipótesis que está en el origen de la tragedia que vivieron los judíos a manos del nazismo, según la cual es posible distinguir entre unos seres humanos arios y otros semitas. Se debe a Maurice Olender uno de los alegatos más contundentes contra esta distinción, que acabó explicando en términos biológicos y de raza lo que sólo era una diferencia de creencia religiosa y, a partir de ella, de tradiciones que regían los diversos aspectos de la vida cotidiana. En Las lenguas del paraíso, publicado en España por la editorial Seix-Barral, Olender da cuenta de cómo los estudiosos del siglo XIX identificaron un grupo de lenguas, que llamaron indoeuropeas, diferentes de otras a las que llamaron semíticas, y de cómo, a partir de este punto, lo indoeuropeo acabó transformándose en ario, lo ario, a su vez, en una supuesta raza aria que, por último, fue enarbolada por un tirano que quiso demostrar su superioridad mediante el exterminio de quienes, en esta construcción fantasmagórica, pertenecían a otra raza igualmente supuesta.

Las obras de Eugenio Merino expuestas en Arco, tanto como la reacción de la Embajada de Israel, pueden ser interpretadas como una nueva y banal escaramuza entre quienes pretenden provocar a través del contenido de una manifestación artística y quienes se sienten provocados por él, sea cual sea su valor. Quizá no se trate tanto de sumarse a unos o a otros, elaborando argumentos ad hoc que, al final, son simples variaciones de los que se vienen utilizando en la interminable polémica sobre el arte y las actitudes del artista, sino de tomar conciencia de cuánto se pone en juego cada vez que se abre un debate de esta naturaleza, sobre todo si se recurre con más o menos ligereza a conceptos que la historia ha cargado de una sobrecogedora densidad. ¿Deberían ser estos conceptos argumento suficiente para limitar la libertad de expresión o la libertad artística? Contra lo que pudiera parecer, el problema no residiría en los conceptos mismos, sino en determinar quién tendría la autoridad para decidir qué conceptos son los relevantes para establecer limitaciones y cuándo una obra de arte los respeta o los ofende.

Hans Küng anima a cristianos y judíos a reconocer a Muhámmad como profeta

Hans Küng anima a cristianos y judíos a reconocer a Muhámmad como profeta

Considera un prejuicio dogmático el no reconocer a Muhámmad como profeta
Corán Sunna – 25/01/2007 0:21 – Autor: Hans Küng – Fuente: Webislam

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Hans Küng apuesta por la reciprocidad
En su libro “El Islam, Historia, Presente, Futuro” declara que también después de Jesús hay auténticos profetas y que es un prejucio dogmático lo que lleva a los cristianos a reconocer como profeta a Amós, Oseas, Isaías, Jeremías y al extremamente violento Elías, pero no a Muhámmad. El reconocimiento de Muhámmad como profeta tendría consecuencias enormemente positivas para el entendimiento entre cristianos y musulmanes, según el teólogo suizo.

En palabras de Hans Kúng:

“Como es buen sabido, hay muchas religiones que no conocen profetas en sentido estricto: los hindúes tienen sus gurúes y su saddhus, los chinos sus sabios, los budistas sus maestros;pero a diferencia de judíos, cristianos e incluso musulmanes, ninguno de ellos tiene sus profetas. Sin embargo, no cabe duda de que si alguien, en toda la historia de las religiones, es llamado sencillamente “el Profeta”- porque afirmaba ser tal y nada más que tal- ese no es otro que Muhámmad. También el cristiano (o el judío) ortodoxo debería tomar buena nota de determinados paralelismos:

Al igual que los profetas de Israel, Muhámmad no ejercía su tarea profética en virtud de un cargo conferido por la comunidad (o sus autoridades), sino de una relación personal con Dios.

Al igual que los profetas de Israel, Muhámmad era una persona con gran fuerza de voluntad que se veía a sí misma inspirada por completo, requerida en su totalidad, comisionada en exclusiva, por la vocación recibida de Dios.

Al igual que los profetas de Israel, también Muhámmad proclamó su mensaje en medio de una crisis religioso-social y a causa de su apasionada piedad y su subversivo anuncio, se enfrentó a las castas adineradas y dominantes, así como a la tradición por ellas custodiada.

Al igual que los profetas de Israel, quien solía denominarse así mismo amonestador, no desea ser sino el altavoz de Dios: no proclama su propia palabra sino la palabra de Dios.

Al igual que los profetas de Israel, Muhámmad anuncia incasablemente al Dios Uno,quien no tolera a ningún otro dios junto a sí y es Creador bondadoso a la vez que Juez clemente.

Al igual que los profetas de Israel, también Muhámmad exhorta a la obediencia incondicionada, la sumisión y la entrega (islam) a este Dios Uno, es decir, a todo aquello que está incluido en el agradecimiento a Dios y en la generosidad para con el prójimo.

Al igual que los profetas de Israel, también Muhámmad vincula su monoteísmo con un humanismo, la fe en el Dios Uno y en su Juicio final con la exigencia de justicia social: amenazas a los injustos, que irán al infierno y promesas a los justos, que serán congregados en el Paraíso divino.

Millones de cristianos adoran a Allah

Quien pone la Biblia al lado del Corán y lee ambos simultáneamente no puede sino preguntarse: ¿no tienen las tres religiones reveladas de origen semítico-judaísmo, cristianismo e islam-, no tienen, sobre todo la Biblia hebrea y el Corán, la misma base? ¿No resulta más que evidente que, tanto en una como otra sagrada escritura, se habla de uno y el mismo Dios? ¿No existe una cierta correspondencia entre el “así habla el Señor” de la Biblia hebrea y el ¡habla! (qul:332 veces) del Corán, entre el bíblico “Ve y anuncia” y el coránico “levántate y advierte”? Y por último:¡Tampoco los millones de cristianos de lengua árabe conocen otra palabra para nombrar a Dios salvo “Allah”!

Así pues,¿no es un prejucio dogmático lo que lleva a los cristianos a reconocer como profeta a Amós, Oseas, Isaías, Jeremías y al extremamente violento Elías, pero no a Muhámmad? (…)

También después de Jesús hay auténticos profetas

Y cuando la Iglesia Católica, según la declaración sobre las religiones no cristianas del Concilio Vaticano II (1964)- permítaseme en este contexto una cita que no es meramente ritual – “mira con aprecio a los musulmanes, que adoran al Único Dios… que habló a los hombres (Nostra aetate 3), en mi opinión esta misma Iglesia también debería -y lo mismo cabe decir de las demás iglesias cristianas -“mirar con aprecio” a aquel cuyo nombre, por turbación, se silencia en el citado documento, aunque él y solo él fue quien condujo a los musulmanes a la adoración de este Dios Único, aunque Dios habló a los hombres a través de él:¡Muhámmad, el Profeta!

El judío que niegue de antemano que Muhámmad tuvo cualidades de profeta no debe olvidar que, en la Biblia hebrea, hay profetas muy diferentes entre sí y que quizás no todos fueron grandes modelos de humanidad. Y el cristiano que niegue de antemano que depués de Cristo puede venir algún profeta ha de tener en cuenta que, según el Nuevo Testamento, también después de Cristo hay auténticos profetas: hombres y mujeres que confirman su persona y su mensaje, interpretándolo y proclamándolo en una época y situación nuevas. Así, por ejemplo, en la comunidades paulinas (como se desprende de la primera carta a los Corintios) los “profetas” ocupan el segundo lugar, detrás sólo del apóstol. Sin embargo, el profetismo – un fenómeno de origen fundamentalmente judío- desapareció del perfil de la mayoría de las comunidades cristianas poco después de llegar a su fin la misión paulina y consumarse la postergación del judeocristianismo. Tras la crisis montanista de los siglos II y III (la doctrina de Montano, de inspiración vetero-cristiano-apocalíptica, se presentaba como el “nuevo profetismo”), los profetas, y sobre todo, las profetisas cayeron generalizadamente en desgracia

Pero desde la perspectiva del Nuevo Testamento no es necesario impugnar dogmáticamente de antemano que Muhámmad se viera a sí mismo como un profeta verdadero después de Jesús y afirmara representar en esencia lo mismo que este. Es cierto que todavía queda por aclarar en detalle la relación entre Jesús el Cristo y Muhámmad el Profeta.Pero ya sólo este reconocimiento de Muhámmad como profeta ¿no tendría consecuencias enormemente positivas para el entendimiento entre cristianos y musulmanes, y sobre todo, para el mensaje que él proclamó y luego quedó recogido en el Corán?”.

Para ver la respuesta que se produjo desde el catolicimo,

ver Ediciones Católicas tilda a Hans Küng de Anticristo, satánico, hereje y renegado por su tesis sobre el profeta Muhámmad

Fuente: webislam

JUDIOS PIDEN NOMBRAR A JUAN XXIII COMO JUSTO ENTRE LAS NACIONES

JUDIOS PIDEN NOMBRAR A JUAN XXIII COMO JUSTO ENTRE LAS NACIONES

Posted: 30 Oct 2008 10:10 AM CDT

QUE DISTINTO LO TRATARON A PÍO XII! …

El creador de la Fundación Internacional Raoul Wallenberg, Baruj Tenembaum, ha hecho un llamamiento para que Juan XXIII sea declarado “Justo entre las Naciones”.

“Si el Papa Juan XXIII no es declarado ‘Justo entre las Naciones’ serán nuestros hijos quienes lo consagren, ya que la figura de este gran personaje de la historia se agiganta día a día”, afirma Tenembaum, prestigioso representante judío y pionero a nivel mundial del diálogo interreligioso desde los años sesenta del siglo pasado.

“Una nueva era en las relaciones de la Iglesia Católica con el judaísmo se inauguró con el pontificado de Juan XXIII –constata Tenembaum–. Se trató de una época marcada por la comprensión y el entendimiento después de siglos de denigración, prejuicio y persecución religiosa”. (SIC)

“Las puertas del diálogo interreligioso que comenzaran a abrirse entonces y continuaron abiertas durante el pontificado del Papa Juan Pablo II, quien solía dirigirse a los judíos como ‘los hermanos mayores’; quien visitara los campos de exterminio del nazismo en señal de contrición y solidaridad con las víctimas judías y que ascendiera en peregrinaje a la Tierra Santa, en el Estado de Israel”.

Fuente: SANTA IGLESIA MILITANTE

El 41,3% de la población judía mundial vive en Israel el otro 58,7% se reparte por todo el planeta

El 41,3% de la población judía mundial vive en Israel el otro 58,7% se reparte por todo el planeta

Viernes 03 de Octubre de 2008
Israel | (NoticiaCristiana.com)

Descargar ( el-413-de-la-poblacion-judia-mundial-vive-en-israel-el-otro-587-se-reparte-por-todo-el-planeta.pdf )


La asimilación en las sociedades en que vive es el principal peligro que se cierne sobre el pueblo judío, que registra la paradoja de que el cese de las persecuciones ha coincidido con esa nueva amenaza para su existencia en la diáspora.

Desde el fin del Holocausto durante la Segunda Guerra Mundial, que concluyó en 1945, el pueblo judío ha crecido únicamente un 15 por ciento frente al 240 de la población general del planeta, advierten tanto demógrafos como instituciones.

Las últimas estadísticas de la Agencia Judía, el organismo encargado de las relaciones entre los judíos de todo el mundo, muestran que este pueblo ha crecido durante el último año solo un 0,05 por ciento para llegar en la actualidad a los 13,3 millones.

‘Se trata de la misma población que en 1914, y es sólo alrededor de 15 por ciento superior a la de después de la Segunda Guerra Mundial’, explicó a Efe el demógrafo Sergio della Pergola, consultor del Instituto de Planificación del Pueblo Judío (IPPJ).

Fue en la víspera de esa contienda, en la que el régimen nazi de Adolf Hitler asesinó a seis millones de judíos, cuando este pueblo milenario alcanzó su máxima población: 16,7 millones.

Este bajo índice de crecimiento contrasta con el de la población general del planeta, que ha saltado de unos 2.500 millones tras la última gran guerra a unos 6.000 millones en la actualidad.

‘El pueblo judío creció desde 1945 en poco más de dos millones de personas. El primer millón en la primera década después del Holocausto. El segundo millón en los siguientes 50 años’, explica Della Pergola sobre estas tendencias demográficas.

Factores claves en esa disparidad son el bajo índice de natalidad y la asimilación, entendida como un proceso de desvinculación de la condición judía generalmente originado en las sociedades en que vive por matrimonios mixtos o decisión personal.

‘Sobre el pueblo judío se cierne una amenaza concreta de asimilación’, advierte el presidente de la Agencia, Zeev Bielski, con motivo del inicio esta semana del Año Nuevo judío de 5769, según el calendario hebreo que se remite a la creación bíblica del mundo.

En Israel, el único país con crecimiento sostenido, reside ahora el 41,3 por ciento de la población judía mundial, y el otro 58,7 se reparte por todo el planeta, con Estados Unidos como epicentro y casi con la misma cantidad que en el Estado hebreo: 5,3 millones.

EEUU ha absorbido, no obstante, buena parte del crecimiento demográfico judío durante las últimas tres generaciones debido a matrimonio mixtos en el 55 por ciento de las uniones.

Según las estadísticas, hay once millones de estadounidenses que tienen al menos un abuelo judío pero que han perdido cualquier vinculación con el judaísmo y no se identifican como tales.

En las repúblicas ex soviéticas, la otra gran concentración judía, la asimilación llega en esta generación al 85 por ciento.

Se trata de un fenómeno que ha acompañado al pueblo judío desde los albores del exilio romano tras la destrucción del Templo de Jerusalén en el siglo I, pero su efecto es particularmente devastador desde el siglo XIX, el período de mayor emancipación.

Cuando, tras siglos de discriminación y matanzas, los judíos pudieron a raíz de la Revolución Francesa disfrutar por primera vez de los mismos derechos civiles que sus conciudadanos de otros credos, muchos abandonaron sus estrictas tradiciones ortodoxas y se integraron plenamente en las sociedades de sus países de residencia.

El resultado fue un rápida pérdida de identidad judía, que se prolonga hasta la actualidad.

El informe de la Agencia indica en ese sentido que la población judía fuera de Israel decreció este último año en 15.000 personas.

Frente a las leyes ortodoxas, que reconocen únicamente como judía a una persona con madre de ese origen o convertida, desde hace una década el IPPJ y la Agencia Judía han adoptado una nueva política.

‘Ya no incluimos a personas por origen biológico, sino a aquellas que se declaran como judías, independientemente de quiénes sean su progenitores’, explica Della Pergola.

Ambos organismos están convencidos de que programas de acercamiento a la cultura hebrea y a Israel pueden revertir las tendencias demográficas negativas, que no son sino el reflejo de la paradoja judía de postguerra: su positiva integración social se traduce en una amenaza a su identidad como pueblo.