Consideraciones Teológicas Sobre la Definición Humana (Primera Parte)

14:15 10/12/2008, Pável,

El hombre como problema

“… queda un hecho negativo: una asamblea numerosa, y que no se reunía por primera vez, de intelectuales europeos de todas las especialidades y tendencias, ha estudiado y discutido a lo largo de diez días el problema del nuevo humanismo sin haber llegado más que a informes y sugerencias contradictorias, sin que de ningún lado haya surgido una visión clara y convincente para todos los participantes y mucho menos directamente beneficiosa para el mundo de hoy (…) para no hablar de propuestas concretas. Sobre el “nuevo humanismo” cada uno de los congresistas tuvo como quien dice sus propias ideas, si es que creían en las mismas. Finalmente, ni siquiera estuvimos de acuerdo en si se podía esperar en nuestro tiempo “un nuevo humanismo”, y ni tan siquiera si era deseable.“
“Y aun falta lo peor, ya desde el primer día se puso de manifiesto, cosa que resultó evidente el día último, que hasta el concepto y definición de humanismo estaban rodeados de la mayor oscuridad y contradicción”[1]

El hombre, en principio, es susceptible de ser entendido como problema. Esa distinción es subjetiva e implícita. Con esto se quiere decir que no se trata de una problematización artificial o aprendida. La cuestión es que el hombre, sin importar época, edad o clase social se percibe, de modo universal, como una pregunta no respondida. “Conócete a ti mismo”, decía Sócrates sugiriendo, en cierta forma, que toda la información acerca del ser humano está inconclusa, las ideas que se tienen no constituyen un verdadero conocimiento, o por lo menos, no llegan a ser un conocimiento relevante o significativo. De allí que, al margen de la respuesta teológica, no hay otro modo de entender la realidad humana sino a través del reconocimiento de su problemática. Se puede percibir en el asunto, el sabor de lo inconcluso, queda la sensación de que todavía es necesario descubrir el significado verdadero de lo humano, no solamente en su composición ontológica, sino que, además, en cuanto a sus implicancias teleológicas.

Es común en ciertas disciplinas establecer un límite entre ser y finalidad. La definición clásica de corte aristotélico así lo sugiere; ya que la indicación de género próximo y diferencia específica se refiere – al menos aparentemente -, a cuestiones relacionadas de manera exclusiva con el ser. Sin embargo, no es posible hacer una definición del hombre en la que podamos decir lo que “es” sin ocuparnos de su “fin”. Cuando el hombre se pregunta acerca de sí, realmente se pregunta acerca del sentido de su propio ser. Es menos relevante para él entender su composición que entender su función.

“¿Qué es el hombre para que tengas de él memoria?” Se pregunta el salmista Biblia. Puede notarse que no se está haciendo una pregunta ontológica o biológica. La pregunta acerca del hombre está formulada en relación con Dios y el resto de lo creado, la pregunta tiene que ver con el significado de lo humano. Similar implicancia moral la encontramos en el cuestionamiento Socrático, “conócete a ti mismo” está destinado a establecer “quién eres” antes de “qué eres”
El hombre es un problema cuya solución es fundamental. Hay una relación entre la convicción y la acción. La conducta humana no está conformada por una serie de eventos inconexos; de hecho, la conducta y la voluntad son el resultado de la interacción del conocimiento y la afectividad. Nuestras creencias determinan nuestras acciones.

Ortega y Gasset lo define al establecer una distinción entre ideas y creencias. Las ideas son posesiones humanas, mientras las creencias poseen a los hombres. Las ideas están en el hombre, pero los hombres están en sus creencias, de modo que su conducta es regida por aquellas.

“Con las creencias propiamente no hacemos nada, sino que simplemente estamos en ellas. Precisamente lo que no nos pasa jamás – si hablamos cuidadosamente – con nuestras ocurrencias.”[2]

Las ideas deben ser pensadas, pero las creencias rigen nuestra vida de un modo no consciente. Si alguien elije salir a la calle, ni siquiera tiene que pensar que la calle existe, no lo duda. Existe el convencimiento de que la calle estará allí cuando salga, por lo tanto puede tomar la decisión de salir. La creencia de que la calle estará afuera, no tiene que ser declarada, hace ya mucho tiempo que se alojó en nuestra mente y determina gran cantidad de nuestra conducta diaria. Este mismo mecanismo afecta toda la vida humana. El hombre se conduce de acuerdo a lo que cree.
De esto se deriva la importancia de la respuesta que se de al problema del hombre, ya que la convicción respecto de su naturaleza determinará la conducta humana de un modo radical. Si el hombre se observa así mismo como un producto de la naturaleza, entonces su existencia es simplemente necesaria en un sentido natural. El mundo como producto de la necesidad natural no es un objeto calculado ni pensado; simplemente, es el resultado de un proceso seguido por fuerzas inconscientes y por lo tanto, no tiene sentido la libertad ni la responsabilidad.

Tolstoi desarrolla esta idea en “La Guerra y la Paz”. Libro que pretende ilustrar la relación de identidad entre el determinismo histórico y el supuesto mito de la libertad individual. La historia, según su pensamiento, no es el producto de la voluntad de los gobernantes ni de la voluntad de un individuo. El liderazgo, desde esa perspectiva, es un espejismo. El hombre sin excepción está cautivo de sus circunstancias, y es tanto más prisionero cuanto más poder supone tener. De ese modo, para Tolstoi, Napoleón no tuvo la idea de invadir Rusia, Napoleón fue arrastrado por una fuerza superior hacia un destino más allá de todo cálculo. Él, como los demás combatientes, como el resto de sus personajes viven vidas que están determinados a vivir, sin poder sustraerse a su destino. Los hombres, según Tolstoi, están condicionados por sus limitaciones temporales y espaciales, así como por la necesidad de sus propias circunstancias físicas y sociales. Caminan y ven del modo que les permiten sus cuerpos y sus propios pensamientos. Toda “elección”, en verdad, es una aparente elección. Hasta en las decisiones más sencillas están ausentes las opciones. Decidimos hacer lo único que realmente podemos hacer. Nuestras circunstancias objetivas y subjetivas determinan nuestra vida, simplemente. En este contexto la libertad no existe. Tolstoi compara la sensación de libertad con la percepción que tenemos de la Tierra. Sabemos que el planeta es curvo y que está en continuo movimiento. Sin embargo lo percibimos plano y quieto. La aparente forma y quietud del suelo es solamente una ilusión que hace posible nuestra vida. Del mismo modo, nuestra facultad de elegir es solamente una ilusión que nos ayuda a permanecer con vida. La libertad, entonces, sería el gran autoengaño de la especie humana.

“No hay alma ni libertad porque la vida de un hombre se expresa mediante movimientos musculares, sometidos a su vez a la actividad nerviosa; no hay alma ni libertad porque en cierto periodo de tiempo, desconocido, descendimos del mono. Así dicen y escriben estos hombres, sin imaginar siquiera que, hace miles de años, todas las religiones y los pensadores todos, no sólo reconocieron, sino que ni siquiera negaron esa ley de la necesidad que tan celosamente intentan ahora probar por medio de la fisiología y la zoología comparada. No ven que en esta cuestión el papel reservado a las Ciencias Naturales se reduce a servir de instrumento para esclarecer el único aspecto, puesto que si bien desde el punto de vista de la observación, la razón y la voluntad no son más que secreciones cerebrales y el hombre, según las leyes generales, pudo descender de animales primitivos en cierto tiempo que nos es desconocido, ninguna de estas cosas explica más que un aspecto nuevo de esta verdad reconocida desde hace miles de años por todas las religiones y disciplinas filosóficas: que, desde el punto de vista de la razón, el hombre está sometido a la ley de la necesidad. Pero nada de esto supone el más mínimo hacia una solución del problema, que tiene otra vertiente opuesta, la del reconocimiento de la libertad.”[3]

El postulado de Tolstoi, parte de la idea de necesidad social, que en la práctica viene a ser semejante a la necesidad natural. El hombre en esa perspectiva es ajeno a cualquier otra obligación que la que imponga la propia naturaleza, es ajeno a propósito alguno, a no ser que sea el que el mismo se auto-imponga, sin embargo este propósito será una comisión artificiosa por no decir falsa.

Por el contrario, si el hombre se concibe así mismo como un ser creado, entonces, su existencia no es producto de la necesidad natural (evolución), sino de la voluntad de un ser superior, con quien deberá entablar una relación. Está relación trae consigo el sentido de la responsabilidad individual y la noción del propósito personal. Es observable está interacción entre creación y propósito en toda la revelación. Por ejemplo en el salmo 51, David exclama: “Crea en mí un corazón limpio, Oh Dios (…) Entonces enseñaré tus caminos a los transgresores, y los pecadores se volverán a ti” Es evidente que la idea de propósito está muy ligada, con la idea de haber sido formado por Dios.

En la concepción naturalista del hombre, no hay propósito alguno, ya que la naturaleza, entendida desde la perspectiva materialista, carece de propósitos propios; desde ese enfoque los hechos se dan sin mediación de voluntad, por lo que el hombre sería un ser sin significado. En la concepción creacionista, en cambio, el hombre posee un propósito de vida del mismo modo que la naturaleza cumple con un propósito determinado por el creador.

La dificultad de la autodefinición humana radica en su trascendencia intelectual. El hombre es un sujeto que puede objetivarse a sí mismo. No solamente puede establecer un discurso del “yo”, si no que puede realizar un discurso acerca del “yo”, en donde el “yo” pasa a ser visto como “aquél”. Es en esa relación subjetividad – objetividad donde se manifiesta la distorsión de su visión. El hombre no es capaz de verse realmente como es. Tal cuestión, obedece a un principio teológico de importancia radical, como se verá más adelante, pues está ligada al origen del mal en la naturaleza humana y a la consecuente afectación de esta.

El hombre como problema no solamente es la adjetivación de una incógnita estática, sino que el hombre como problema, es a la vez una invitación a su solución. ¿En dónde radica la respuesta al ser de la humanidad? John Stott refiriéndose al libro Man in the Natural World, que había hecho una recopilación graciosa de los diferentes intentos de determinar lo humano, dice lo siguiente:

“Señala Tomas que el ser humano fue descrito por Aristóteles como un animal político, por Thomas Willis como un animal que se ríe, por Benjamín Franklin como un animal religioso, y por James Boswell, el gastrónomo, como un animal que cocina. Otros escritores se han centrado en algún rasgo físico del cuerpo humano. Platón dio preponderancia a la postura erecta, de modo que los animales miran hacia abajo, mientras que solo los seres humanos miran hacia el cielo, mientras que Aristóteles agregó la peculiaridad de que los seres humanos son incapaces de mover las orejas. A un médico de la época de los Estuardo en la Gran Bretaña le impresionaron grandemente nuestros intestinos, debido a sus ‘circunlocuciones, enroscamientos, y retorcimientos anfractuosos’, en tanto que en las postrimerías del siglo XVIII Uvedale Prince llamó la atención a la nariz: ‘El hombre, es entiendo, el único animal que tiene una marcada proyección en el centro del rostro’.” [4]

Entre la cita de Barth hecha al iniciar este artículo, y en la de Stott, se puede vislumbrar la problemática del hombre. La ciencia ha hecho que los seres humanos puedan entender procesos tan complicados como la fisión nuclear y la trasmisión genética; sin embargo entre los grandes y pequeños descubrimientos, hay una pregunta sin respuesta, una identidad desfigurada, un conocimiento perdido: el conocimiento de uno mismo.

Roberto Pável
Jáuregui Zavaleta

[1] Parte de una conferencia pronunciada por Karl Barth en Zurcí el 02 de febrero de 1950, en la que comenta el Reencuentro Internacional de Genova de 1949. Vid: Barth, Karl; Ensayos Teológicos; p. 53
[2] Ortega y Gasset, José; Ideas y Creencias; Madrid – España; Espasa Calpe; 7° Edición; 1964; p.19
[3] Tolstoi, León; La Guerra y la Paz; Colombia; Ed. Oveja Negra; Tomo II; 1985; p.565
[4] Stott, John; El Cristiano Contemporáneo; Gran Rapids – EE. UU.; Ed. Nueva Creación; 1995; p. 33

extr. de

http://cristianismohoy.blogspot.com/2007/03/consideraciones-teolgicas-sobre-la.html

VISIÓN FILOSÓFICA DEL HOMBRE : TENDENCIAS

VISIÓN FILOSÓFICA DEL HOMBRE : TENDENCIAS

La vieja inscripción en el frontispicio del templo de Delfos, “conócete a ti mismo”, significa: “Pregúntate a ti mismo, rebasa tu individualidad empírica, tus opiniones y tus pasiones, y desciende al fondo de tu espíritu, hasta encontrar la Verdad universal que habita en ti”.

El conocerse a uno mismo y conocer a los otros que son como uno mismo (a los demás hombres) ha sido el contenido principal de la sabiduría humana. Además, el conocerse a sí mismo es además requisito de madurez personal; pues no se pasa de la infancia a la adultez sin preguntarse ¿qué es un hombre y qué o quién soy yo?. La respuesta a tal pregunta la debe buscar cada generación humana, cada filosofía y cada hombre.

La visión del hombre, que entre los griegos fue de carácter esencialista y estática, tuvo un concepto cíclico de la historia. Mientras que la visión cristiana es progresiva y marca un cambio profundo respecto a la filosofía griega, pues se trata de una historia soteriológica interpretada desde Cristo como eje y centro de la historia que es la base unitaria tanto en san Pablo, san Agustín y Teilhard de Chardin.

Pero algunas veces se ha querido ver visto sólo tendencias en el hombre; pues ciertos algunos sicólogos distinguen en el hombre las tendencias motrices, referidas a la acción, las tendencias afectivas (simpatía, amor) y las tendencias intelectuales (la atención nos “lleva” hacia un objeto, hacia una investigación). Pierre Janet (1859-1947) – el mismo que se dedicó al estudio de la “neurosis”, término introducido en 1776 por Guillermo Cullen (1710-1790) – elaboró un cuadro de las tendencias de acuerdo a su grado de complejidad:

1) En el animal o en el niño hasta los seis meses: Tendencias inferiores, referidas:

1ra. a los actos reflejos (reacción elemental, reflejo: manifestación elemental de la vida).
2da. a los actos suspensivos y perceptivos (suspensión de la actividad automática: nivel de la actividad en las “serpientes”).
3ra. a los actos sociales (grupos de “castores”).
2) En el hombre:
a) Tendencias intermedias:

4ta. a los actos intelectuales básicos (fabricación de las herramientas: uso de la piedra).
5ta. a los actos verbales y asertivos (la palabra como acción separada de la acción).
6ta. a los actos reflexivos (la palabra como expresión de la personalidad).
b) Tendencias superiores:
7ma. a los actos racionales (constitución del saber).
8va. a los actos experimentales (observación científica, clasificación metódica).
9na. a los actos progresivos (creaciones artísticas, científicas, filosóficas).
Tales tendencias tienen un cierto valor, pero sólo dentro del campo de una explicación al interior de la ciencia sicológica y dentro del campo de una explicación, dado por lo que no puede generalizarse a todo el saber, menos a la filosofía.

http://www.ucsm.edu.pe/rabarcaf/fividu09.htm

EL HOMBRE Y SU LIBERTAD

EL HOMBRE Y SU LIBERTAD

Para las corrientes materialistoides, el hombre es una realidad material producto de un proceso evolutivo de la naturaleza; afirman que el hombre no es sino materia, materia complejamente organizada en vida y en un nivel vital complejísimo. El materialismo es monista: afirma la existencia de una sola realidad: la materia.

La tentativa más simple y consecuente con este modelo es la de Julien Offray de la Metrie (1709-1751) en su libro “El Hombre Máquina” (1748), que pretende describir al ser humano en términos mecánicos de extensión y movimiento.

Otras concepciones buscan las particularidades del hombre en su misma constitución física, biológica y neurológica, dándose nociones casi pintorescas del hombre, como la de Desmond Morris quien define al hombre como “mono desnudo“, o sea, sin pelaje en la mayor parte de su cuerpo. Pero la característica más destacada a ese nivel, como específicamente humana, es la del mayor desarrollo y complejidad de su cerebro, que comparado con los grandes monos aproximadamente es tres veces más pesado (entre 1,200 y 1,800 gramos); y la superficie que ocupan las circunvoluciones cerebrales en el hombre (2,200 centímetros cuadrados) es cuatro veces superior que en tales monos.

Según Blas Pascal (1623-1662) “el hombre no es más que un junco, el más débil de la naturaleza, pero un junco pensante“; y recuerda que su padre decía: “Todo lo que es objeto de fe, no puede serlo de la razón“.

Tal razonamiento nos permite entender que no hay argumento capaz de refutar la clásica definición dada por Aristóteles: el hombre es un animal dotado de logos, es decir, es un animal racional; pues el estudio del alma humana como ente espiritual es tema de la metafísica, pero se incluye en la filosofía natural en cuanto que el alma forma parte del cuerpo. Ciertamente la razón distingue al hombre del resto de los animales. Al margen de cuanto pretendieron insulsamente los racionalistas supervalorando la razón y olvidando los sentidos, el pensamiento del hombre es predominantemente lingüístico y está marcado tanto por el fenómeno del lenguaje cuanto por el idioma particular del grupo social al que pertenece.

Los latinos tomaron la definición de hombre dada por los griegos de logos (zwon logon e Jon : palabra, razón, espíritu) y la tradujeron como “animal rationale”: animal dotado de razón. Tanto la definición griega como la latina mencionan los dos polos en torno a los cuales gira el problema del hombre:

Un polo constituye la animalidad. El hombre pertenece a la naturaleza animal. Es un cuerpo, un ser vivo y sensible con todas las propiedades que le corresponden por ser una especie animal. De acuerdo con su animalidad es una criatura “que tiene que devolver al planeta (un mero punto en el universo) la materia de que fue hecho después de haber sido provisto (no se sabe cómo) por un corto tiempo, de fuerza vital” (Kant en Crítica de la Razón Pura).

El otro polo lo constituye la trascendentalidad. Aquí nos tropezamos con la subjetividad, con el cogito de Descartes, con el yo que condiciona trascendentalmente todo lo objetivo, todo lo empírico, que está en una diferencia trascendental frente a todo y que, a su vez, no es nada objetivo ni empírico, “ni una parte del mundo” (Wittgenstein).

M. Keilbacker afirma que “el hombre en su totalidad, debe ser considerado como un ser dotado de vida biológica, síquica y espiritual, es decir, una triplicidad de aspectos observados jerárquicamente. Sólo de esta forma la sicología y la pedagogía pueden realizar la propia naturaleza y la propia intervención específica. Por lo demás, dicha tripartición no es nueva; ésta aparece ya claramente en Aristóteles y en su subdivisión del alma vegetativa, sensitiva y racional“.

La reflexión ontológica conduce al hombre como ser sensible, que el evolucionismo destaca como parte de la naturaleza. La reflexión trascendental conduce al hombre como sujeto, que no es parte de esa naturaleza. Ambos métodos son irrecusables. Muestran al hombre como “ciudadanos de dos mundos” (Kant). La diferencia y contraposición de ambos mundos constituyen el problema del hombre. Según Sören Kierkegaard (1813-1855) el hombre es la síntesis de infinitud y finitud, de lo temporal y lo eterno, de libertad y necesidad; el hombre es una “existencia en paradoja“. Por una parte el espíritu es nuestro verdadero ser nosotros mismos, nuestra verdadera mismidad (Aristóteles), y por otra, contemplamos la luz del mundo “entre heces y orina” (inter faeces et urinam, san Agustín). Pese a todo, el hombre es una persona corpórea en la unidad de ambas realidades.

Pues, el hombre es un ser consciente: sólo él sabe que sabe, por eso Friedrich Nietzsche (1844-1900) habló del hombre como único animal capaz de hacer promesas. El hombre es el único animal que ríe y que sonríe, evidenciando ahí las posibilidades de inteligencia comunicativa y recíproca entre los hombres. Pero muchas veces, y debido a la introducción de técnicas electrónicas de las cuales casi nadie tiene la menor idea de cómo todo eso funciona, pareciera que el hombre de nuestro tiempo ejecuta constantemente operaciones sin inteligibilidad; es decir, se vive con una extrañísima renuncia a entender, confiando en el éxito, en la eficacia, sin preocuparse de más.

Entonces no es raro que olvidemos que por gozar de razón y conciencia el hombre es persona, es decir, la “sustancia individual de naturaleza racional” según definición de Anicio Manlio Boecio (480-524). A parte de esta noción, el pensamiento filosófico ha acudido a otros conceptos para tratar de comprender al hombre. En teoría del conocimiento, los conceptos de “sujeto” y de “yo” han servido para representar al hombre en cuanto conocedor de la realidad. El sujeto-hombre cognoscente se contrapone al objeto-mundo conocido. La razón humana puede llegar a conocer la existencia de Dios, sus atributos (infinitud, omnipotencia, etc.), y que es el fin último del hombre; y este conocimiento, que puede ser logrado por cualquiera, es examinado rigurosamente por la metafísica. El “yo” se contrapone a todo lo que no es él.

Sobre este basamento racional-consciente se sustenta la libertad del hombre, entendida como exención de trabas. Y según la índole de las trabas se distingue varias clases de libertad:

El hecho del libre albedrío se infiere ante todo de sus relaciones con la personalidad ética. Por tanto, sin libertad y sin la posibilidad de querer de tal o cual manera, el hombre no puede razonablemente ser más responsable de las orientaciones de su voluntad ni más digno de premio o castigo de lo que lo es un enfermo de su enfermedad. Por consiguiente, sin libertad no cabría tampoco separar con razón la bondad moral o la maldad del querer del puro valor de utilidad. Con mucha razón afirma Jean Paul Sartre (1905-1980): “Cuando yo elijo, elijo por todo el mundo, soy responsable de algún modo del pasado y del futuro del mundo”En último término, la libertad de la voluntad ancla en último término en la esencia del ser espiritual. El alma espiritual es forma sustancial del hombre, sustancia única en la cual lo espiritual y lo potencial forman un único ser (aunque, por ser espiritual, el alma humana sigue subsistiendo después de la muerte, y ha de ser creada directamente por Dios). Por tanto, el estudio del hombre requiere la consideración de todo lo propio de los entes corpóreos y de los vivientes inferiores; pues sólo el ser espiritual ha de llegar de manera esencialmente necesaria al conocimiento del valor meramente relativo de los fines limitados apetecidos.

Para el cristianismo, Dios hizo surgir al hombre a imagen suya y lo llamó a una salvación definitiva que afecta todo el cuerpo humano. La vida toda constituye un don divino. El hombre es un ser libre capaz de virtud y de pecado, pero también posible objeto del perdón de Dios. Por un lado, lLa plenitud del hombre consiste, por un lado, en la fe religiosa y, por otro, en la fraternidad con los demás. En la perspectiva cristiana, todas las cosas y situaciones tienen un sentido revelador y a la postre salvador, incluso el sufrimiento y la muerte. Dios no ha hecho surgir al hombre para que muera del todo, sino para que viva, pese a la muerte.

http://www.ucsm.edu.pe/rabarcaf/fividu09.htm

Vision Ortodoxa Del Hombre

View this document on Scribd

El Hombre

View this document on Scribd

LA MUJER, LA OTRA MITAD DEL HOMBRE

LA MUJER, LA OTRA MITAD DEL HOMBRE

Este es un artículo muy interesante que encontré en internet, que es un comentario de una nota publicada el 9 de dic. de 2007 en EL MINUTO DIGITAL:.

El artículo dice así: “La mujer y el sexo de los ángeles” es un artículo en el que Pedro Rizo demuestra que la mujer no es la antagonista del varón –como hace creer el “feminismo” y las “ideas modernas”–, sino que con el varón forma la pareja humana.

Yo encuentro que la mujer, en igualdad de origen y educación, es mejor criatura que el hombre; más sutil, delicada, receptiva e intuitiva; más capacitada para la abnegación y más preparada para pisar tierra firme, lo cual no la priva de idealismo.

El hombre es más creativo, más desvalido y, por tanto, más audaz en su fuerza y enfrentamiento con la supervivencia y el dominio de su entorno, lo cual no le impide sentir lo espiritual.

La Iglesia, en virtud de la Nueva Alianza que representó Jesucristo (Jn 19, 26-27) fue la primera institución que se rebeló contra la marginación de la mujer que en la Antigüedad no era mucho más que un recipiente procreador y en cuanto al amor se la desechaba para preferir los efebos, lo cual para Platón era el amor más generoso ya que de él no se esperaba descendencia.

Caradura aberrante que ignora el objeto de la genitalidad y se queda de guagua con el premio; esto es, lo que los antiguos llamaban lascivia. Por su naturaleza de esposa y madre la mujer conserva la especie y blinda a la sociedad por la creación y gobierno de la familia, donde el hombre es un bruto que se humaniza a través de la experiencia en su regazo.

Enorme, imprescindible experiencia vital es la mujer para el hombre, criatura que Dios creó sola y corrigió con la compañía de Eva.

De ella empezamos a beneficiarnos en el habitat natural de su vientre, cuando nos alimenta a sus pechos, maravilla desde cualquier perspectiva que se estudie; cuando nos asea acostumbrándonos de niños a la limpieza; cuando llena de besos al bebé que fuimos, “alimento” irreemplazable para nuestro desarrollo; mientras mece la cuna, de sus labios tomamos “inconsciente conciencia” de que Dios existe; de su amor por el esposo se infunde en el hijo el amor al padre.

Todo eso y más nos llega de la mujer en diferentes grados, según el rango de su entorno y clase. Ellas, me refiero a las cristianas, desde niños hasta ancianos nos disponen un hogar acogedor, nos cuidan en la enfermedad, son durante toda la vida la amistad serena del alma… y la pasión unificadora que parece fruta que jamás caduque.

Y – no sé por qué no lo dije ya -, nos regalan nuestra sucesión en los hijos.

Dios quiso tanto al hombre que les mandó del cielo el enamoramiento y con ello el don de sacarnos cualidades “olvidadas y cubiertas de polvo”. Pienso que el que las ofende quizás sea porque sólo trató con mujeres heridas que odian al hombre por torpe instinto de conservación. Para conocerlas lo mejor es amarlas: como hijos, primero, y como hombres, después.

Y si en el tráfico de sentimientos nos tienta el culparlas de nuestros males, leamos las redondillas de Sor Juana Inés de la Cruz y examinemos si escondemos subconscientes turbadoresr.

Jesús dijo que “la dureza de corazón de los hombres de la Antigua Ley” relegó a la mujer a condición denigrante. (Mt 19, 5-8)

( pincha aquí )
Fuente:http://www.3montes.blogspot.com/