María, LA MEDIADORA DE TODA GRACIA Parte 4

María, LA MEDIADORA DE TODA GRACIA Parte 4

Autor:Paulo Arieu

Un veredicto biblico

A pesar de que durante su ministerio terrenal se presentaron oportunidades para hacerlo, Jesús jamás enseñó que María debía recibir honor especial. En una ocasión, mientras el Señor hablaba a la gente, una mujer de la multitud le gritó:

  • «Bienaventurado el vientre que te trajo, y los senos que mamaste» (Lc. 11:27).

Pero Jesús desvió ese honor dirigido a María y, en cambio, respondió:

  • «Antes bienaventurados los que oyen la palabra de Dios, y la guardan» (Lc. 11:28).

En otra oportunidad le anunciaron a Jesús:

  • «He aquí tu madre y tus hermanos están afuera, y te quieren hablar» (Mt. 12:47).

Nuevamente Jesús rehusó elevar a María y, en cambio, contestó:

  • “¿Quién es mi madre, y quiénes son mis hermanos? Y extendiendo su mano hacia sus discípulos, dijo: He aquí mi madre y mis hermanos. Porque todo aquel que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ése es mi hermano, y hermana, y madre.”(Mat. 12:48,49)

En este pasaje, el Señor Jesús afirmó su independencia de las relaciones meramente humanas. Enseñó que una relación personal espiritual con Él que originara de la sumisión a Dios era de una importancia mucho más grandiosa que el parentesco físico basado en vínculos de la carne. Pablo se hace eco de este tema diciendo del Señor Jesús:

  • «…y aun si a Cristo conocimos según la carne, ya no lo conocemos así» (2 Co. 5:16).

En contraste con el ejemplo de Cristo, el catolicismo romano aprovecha toda oportunidad para exaltar a María. La Iglesia Católica expresa esta intención en el axioma en latín De María Nunquam Satis, que significa:

«Respecto a María uno nunca puede decir lo suficiente». [0]

Sin embargo, como hemos visto, ya se ha dicho demasiado de ella. Al contradecir las Escrituras, la Iglesia Católica ha declarado que María es la Inmaculada Concepción, la Madre de Dios, la Virgen Perpetua, la Corredentora, la Asunción, la Reina del Cielo y de la Tierra y la Mediadora de todas las gracias.

Estas doctrinas han sustraído de la gloria de Dios y han resultado en que incontables católicos muestren mayor devoción a María que a Cristo mismo.

Uno debe preguntar: ¿Ha guiado la Iglesia Católica a sus feligreses a la idolatría? Para responder a esta pregunta debemos primero considerar el significado bíblico de idolatría. En los Diez Mandamientos Dios dijo:

  • “Yo soy Jehová tu Dios… No tendrás dioses ajenos delante de mí. No te harás imagen, ni ninguna semejanza [ídolos]… No te inclinarás a ellas, ni las honrarás, porque yo soy Jehová tu Dios, fuerte, celoso….”-Éx. 20:2-5

Si se entiende que estos mandamientos simplemente prohiben adoración de otros dioses por encima del Señor, entonces nadie podría acusar a la Iglesia Católica Romana de promover la idolatría entre sus feligreses. El catolicismo romano enseña que María es un ser creado. Su función en la salvación es secundaria a la de Cristo. La devoción que los teólogos de la Iglesia Católica dicen que ella merece es de un grado inferior a la devoción que debe dársele a Dios.

Pero en los Diez Mandamientos el Señor no prohibe a su pueblo que tenga otros dioses por encima de él sino delante de él. El mandamiento de Dios es: «No tendrás dioses ajenos delante de mí» (Ex. 20:3), o literalmente, «en mi presencia». Dios se revela a Sí mismo en los versículos que siguen como un «Dios celoso» (Ex. 20:5). Exige lealtad y devoción íntegras. Su pueblo no debía tener ningún otro dios «además» [1] de El.

Es aquí que la devoción catolicorromana a María cruza por primera vez la línea hacia la idolatría. Cuando los católicos mal aconsejados se arrodillan ante una estatua de María le besan los pies y le ofrecen las alabanzas y peticiones más sinceras, le dan a una criatura la devoción que Solo le pertenece a Dios. No viene al caso que la Iglesia defina este honor como secundario al que se le da a Dios. Dios no quiere tener dioses ajenos delante de Él, no importa cuan inferiores sean. Y aunque la María catolicorromana no sea un ser infinito y eterno como lo es el Dios de la Biblia, ella de ningún modo es inferior a los dioses y las diosas del mundo antiguo. La gente se imaginaba que estas deidades paganas en general eran seres finitos con características y pasiones muy humanas. María, conforme ha sido promovida por la Iglesia Católica, excede por mucho a la mayoría de esas deidades en excelencia, poder y realizaciones.

Electivamente, según lo ha definido la Iglesia Católica Romana, María es virtualmente indistinguible del Hijo de Dios mismo en excelencia, poder y realizaciones. Difieren solamente en unos grados.

Según las Escrituras, el Señor Jesucristo era sin pecado (1 Jn. 3:5). Según la Iglesia Católica, María era «inmaculada en todo respecto».[2]

La iglesia enseña que cuando se habla de pecado,

«la santa Virgen María ni siquiera debe mencionarse».[3]

Jesús agradó al Padre en todo lo que hizo (Lc. 3:22). En cuanto a María,según la Iglesia,

«en ella el Padre tenía complacencia con deleite singular».[4]

Así como Jesús sufrió y murió por nuestra redención, así también María sufrió en las mismas profundidades de su alma con sus más amargos sufrimientos y tormentos de Él… [y] en su corazón murió con Él, traspasada por la espada de la tristeza».[5] Además, debido a la unión física de ellos, la Iglesia Católica dice que

«la sangre de Cristo derramada por amor a nosotros, y esos miembros en los que él ofrece al Padre las heridas que recibió como el precio de nuestra libertad no son otros sino la carne y sangre de la Virgen….»[6]

Por lo tanto, «ella con Cristo redimió a la humanidad»,[7] y «ha aplastado la venenosa cabeza de la serpiente».[8]

La Iglesia Católica dice que María,

«terminado el curso de su vida en la tierra»,

al igual que Cristo, murió. Pero así como su Hijo, María no murió debido a sus propios pecados. Más bien, María murió para que ella

«en todas las cosas se asemejara a Jesús; y como el Hijo murió, era conveniente que la madre también muriera….»[9]

Luego, dice la Iglesia Católica, María fue resucitada corporalmente así como Cristo.[10] Ella

«sufrió muerte temporal, pero aun así no pudo ser sujeta por las ataduras de la muerte….» [11]

Por lo tanto,

«fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial semejante de su Hijo resucitado en anticipación de la suerte futura de todos los justos….»[12]

La Iglesia Católica dice que, una vez que llegó al cielo, María, fue

«enaltecida por Dios como Reina del Universo, para ser conformada más plenamente a su Hijo, Señor de los señores…» [13].

Ahora, así como Cristo se sienta a la diestra del Padre (He. 1:13),

«María se sienta a la diestra de su Hijo…»[14].

Así comenzó su glorificación celestial siguiendo el ejemplo de su unigénito Hijo, Jesucristo….»[15] Su dominio es igual al de su Hijo; ella es «Reina del Cielo y de la Tierra».[16] Su gloria no puede compararse a la de ninguno, excepto la de Cristo:

… Dios ha prodigado sobre esta amorosa asociada de nuestro Redentor privilegios que alcanzan un plano tan exaltado que, excepto por ella, nada creado por Dios, aparte de la naturaleza humana de Jesucristo, ha alcanzado jamás este nivel.-Munificentissimus Deus [17]

Desde este plano exaltado, el catolicismo romano enseña que María presta servicio como

«Abogada, Auxiliadora, Benefactora y Mediadora» [18].

De esta forma, ella cumple las funciones que las Escrituras lo atribuye al Padre (Stg. 1:17), al Hijo (1 Jn. 2:1; 1 Ti. 2:5), y al Espíritu Santo (Jn. 14:16).

Estableciendo un paralelo con las descripciones bíblicas del Señor Jesús, la Iglesia Católica llama a María con diversos nombres

  • 1. el «don inefable del Omnipotente»[19]
  • 2. la «causa de nuestro gozo»[20]
  • 3. el «Lucero de la mañana»[21]
  • 4. la «Puerta del Cielo»[22]
  • 5. el «Refugio de los pecadores»,[23] y
  • 6. «Nuestra Señora del perpetuo socorro».[24]
  • 7. Se dice que ella, con Cristo, es «el instrumento la guardiana de nuestra salvación».[25]
  • 8. La Iglesia Católica promete que «todos los que buscan la protección de María serán salvos por toda la eternidad».[26]

La Iglesia Católica Romana hace comparaciones similares entre Dios el Padre y María.Podemos citar algunas

  • 1. Así como Dios es nuestro Padre, «María es nuestra Madre». [27] Así como Jesús es el Hijo unigénito del Padre, por lo tanto María siguió siendo virgen para que Jesús fuese el «Hijo unigénito de su Madre».[28]
  • 2. Las Escrituras describen a Dios como « Dios Todopoderoso (Gn. 17:1). La Iglesia Católica describe a María como la «Virgen Poderosísima».[29] Ella es «la poderosa Madre de Dios».[30] El poder «en sus manos es casi ilimitado».[31]
  • 3. Las Escrituras describen a Dios como la fuente de toda sabiduría (Stg. 1:5). La Iglesia Católica describe a María como el «asiento de la sabiduría».[32]
  • 4. La Biblia dice que Dios es el Dios de los vivos (Mr. 12:27). La Iglesia Católica dice que María es la «Madre de los vivientes».[33]
  • 5. Dios es el «Padre de misericordias» (2 Co. 1:3). María es la «Madre de la Misericordia».[34]
  • 6. Dios mora en perfecta santidad, sentado en un trono, rodeado de serafines (Is. 6:1-3). María, según la Iglesia Católica, es «”la Santísima” (Panaghia)»:[35]
  • 7. Exceptuando sólo a Dios, María es más excelente que todos, y por naturaleza bella y hermosa y más santa que los querubines y serafines. Todas las lenguas del cielo y de la tierra no serían suficientes para alabarle.-Ineffabilis Deus [36]

Esta es la María del catolicismo romano, una mujer a quien la Iglesia católica ha exaltado por encima de todo otro ser y le ha asignado atributos, títulos, poderes y prerrogativas que en las Escrituras sólo pertenecen a Dios. Para ella la Iglesia Católica ha erigido estatuas, santuarios, iglesias, catedrales y basílicas. Esa iglesia llama a todos los fieles a que le dirijan a ella las oraciones, peticiones y alabanzas.

Esto no es nada más que la adoración a una diosa pagana vestida de ropaje catolicorromano. Es tan idólatra como el culto antiguo de la diosa semítica Astarté. Entre los babilonios se la conocía como Istar, y Dios condenó a la apóstata Judá por rendirle culto a ella, así como la Iglesia Católica Romana adora a María, bajo el título de «reina del cielo» (Jer. 7:18; 44:17-19, 25).

La veneración demostrada a María en el catolicismo romano no es menos ofensiva a Dios que el culto que el Impío rey Manases rindió a la diosa siria Asera. Puso en la casa de Jehová una imagen de Asera que él había hecho (2 R. 21:7). Por esa abominación Dios dijo:

  • «He aquí yo traigo tal mal sobre Jerusalén y todo Judá, que al que lo oyere le retiñirán ambos oídos» (2 R. 21:12).

De la misma manera, la Iglesia Católica Romana ha formado un ídolo con sus propias manos y le ha llamado María. Su imagen puede encontrarse virtualmente en todas las iglesias católicas. En su doctrina, la Iglesia católica entrona a María en el cielo a la diestra de Cristo. ¿Puede esa iglesia esperar escaparse del juicio de Dios?

  • Este es el mensaje que hemos oído de él, y os anunciamos: Dios es luz, y no hay ningunas tinieblas en él. Si decimos que tenemos comunión con él, y andamos en tinieblas, mentimos, y no practicamos la verdad. [1 Jn. 1.5-6]
  • Y en esto sabemos que nosotros le conocemos, si guardamos sus mandamientos. El que dice: Yo le conozco, y no guarda sus mandamientos, el tal es mentiroso, y la verdad no está en él; pero el que guarda su palabra, en éste verdaderamente el amor de Dios se ha perfeccionado; por esto sabemos que estamos en él. El que dice que permanece en él, debe andar como él anduvo. [1 Jn. 2.3-6]

Conclución

En una predicación Aurelio Gómez así lo evocó:

“Yo estuve cuarenta y cinco años en una caverna, en una cueva, pero el Señor me rescató. ¿A qué cueva me refiero? A la cueva de la idolatría, la cueva de la maldición, de la pobreza, de la enfermedad, de los miedos, de las angustias, de la presión del de arriba en la pirámide eclesial, y los de abajo soportábamos el peso de todo aquello”.

Por supuesto se refiere a todos sus años como sacerdote católico.

En abril de 1979, en un congreso de grupos católicos de la renovación carismática que tiene lugar en Toluca (a hora y media del ciudad de México por carretera), el sacerdote Aurelio Gómez recibe palabras sencillas que lo cimbran,

“Dios te ama. Esa palabra llegó a mi corazón. Sentí como electricidad que recorría todo mi cuerpo. De mis pies a la cabeza, de la cabeza a mis pies. Me puse a temblar, y en ese momento pasó por mi ser como una película de toda mi vida, mis éxitos, mis fracasos, lágrimas, errores, pecados. Todo en ese momento pasó por mi mente. Empecé a llorar, con un llanto estertóreo que me ahogaba. El hombre que me dijo las sencillas palabras que tanto me conmovieron se espantó y dijo que era necesario hacer una oración de sanidad de la memoria. Yo no le hice mucho caso, estaba completamente inmerso en lo que estaba experimentando”.

Aurelio, ya profundamente tocado por el Espíritu del Señor, se incorpora a la reunión y recuerda un sencillo canto que entonces entiende describe lo que momentos antes le ha sucedido: “Cristo rompe las cadenas, Cristo rompe las cadenas…”.

De regreso a su parroquia, el padre Gilberto desempolva su Biblia y se pone a leerla. Cada porción le daba luz, los versículos le llevaban al llanto y a la esperanza. Cuenta que por un año tuvo periodos constantes de llanto, que atribuye a su dureza anterior, cuando simplemente oficiaba como sacerdote pero sin una relación viva con Dios. [37]

Notas

  • 0. James G.McArthy, El evangelio según Roma,pag. 180, ed. Portavoz
  • 1. Trad. del hebreo “delante de mi” Ex. 20:3), de C.F.Keil y F.Delitzch, Commentary on the olod tetsament (Grand Rapids:Eerdmans,reimpr. 1985);The Pentatheuc,tomo 2,p. 114 cit en El evangelio según Roma,pag. 181, op. cit.
  • 2. Papa Pío IX, Ineffabilis Deus.cit en El evangelio según Roma,pag. 181, op. cit.
  • 3. Ibid. cit en El evangelio según Roma,pag. 181, op. cit.
  • 4. Ibid. cit en El evangelio según Roma,pag. 181, op. cit.
  • 5. Papa León XIII, Jucunda Semper. cit en El evangelio según Roma,pag. 181, op. cit.
  • 6. Papa León XIII, Fidentem Piumque. cit en El evangelio según Roma,pag. 181, op. cit.
  • 7. Papa Benedicto XV, ínter Sodalicia. cit en El evangelio según Roma,pag. 181, op. cit.
  • 8.Papa Pío IX, Ineffabilis Deus.cit en El evangelio según Roma,pag. 182, op. cit.
  • 9.Alfonso de Ligorio, The Gloríes of Mary (Brooklyn, NY: Redemptorist Fathers, 1931),p. 407.cit en El evangelio según Roma,pag. 182, op. cit.
  • 10.Cp. Munificentissimus Deus, del papa Pío XII, n° 39. cit en El evangelio según Roma,pag. 182, op. cit.
  • 11.Papa Pío XII, Munificentissimus Deus, n° 17. cit en El evangelio según Roma,pag. 182, op. cit.
  • 12. Papa Pablo VI, The Credo of the People of God, n° 15. cit en El evangelio según Roma,pag. 182, op. cit.
  • 13.Concilio Vaticano II, «Constitución dogmática sobre la Iglesia», n° 59. cit en El evangelio según Roma,pag. 182, op. cit.
  • 14.Papa Pío X, Ad Diem lllum Laetissimum, n° 14. cit en El evangelio según Roma,pag. 182, op. cit.
  • 15.Papa Pío XII, Munificentissimus Deus, n° 20. cit en El evangelio según Roma,pag. 182, op. cit.
  • 16.Papa León XII, Magnae Dei Matris. cit en El evangelio según Roma,pag. 182, op. cit.
  • 17.Papa Pío XII, Munificentissimus Deus, n° 14. cit en El evangelio según Roma,pag. 182, op. cit.
  • 18.Concilio Vaticano II, «Constitución dogmática sobre la Iglesia», n° 62.cit en El evangelio según Roma,pag. 182, op. cit.
  • 19.Catecismo de la Iglesia Católica, n° 722. Cp. 2 Corintios 9:15.cit en El evangelio según Roma,pag. 182, op. cit.
  • 20.Letanía, de la bendita Virgen María, aprobada por el papa Sixto V. Comp. con Juan 15:11. cit en El evangelio según Roma,pag. 182, op. cit
  • 21. Ibid. Comp. con Ap. 22:16. cit en El evangelio según Roma,pag. 182, op. cit.
  • 22.Ibid. Comp. con Jn. 10:9; 14:6. cit en El evangelio según Roma,pag. 182, op. cit.
  • 23.Ibid. Comp. con Mat.11:19, 28. cit en El evangelio según Roma,pag. 182, op. cit.
  • 24.La veneración de Mana bajo el título de «Nuestra Señora del Perpetuo Socorro» o «Nuestra Señora de la Perpetua Ayuda» fue oficialmente aprobada por el papa Pío IX (1846-1878). Comp. con Heb. 7:25; 13:5, 6. cit en El evangelio según Roma,pag. 182, op. cit.
  • 25.Papa León XIII, Parta Humano Generi. Compárese con 1 Pedro 2:25. cit en El evangelio según Roma,pag. 182, op. cit.
  • 26.Papa Benedicto XV, ínter Sodalicia. Compárese con Romanos 10:13. cit en El evangelio según Roma,pag. 182, op. cit.
  • 27.Papa Pío VIII, Praestantisiumum Sane. cit en El evangelio según Roma,pag. 182, op. cit.
  • 28.Tomás de Aquino, Summa Theologica, parte III, preg. 28, artículo 3. cit en El evangelio según Roma,pag. 182, op. cit
  • 29.Letanía de la Bendita Virgen María, aprobada por el papa Sixto V. cit en El evangelio según Roma,pag. 183, op. cit.
  • 30. Papa León XIII, Octobri Mense. cit en El evangelio según Roma,pag. 183, op. cit
  • 31. Papa León XIII, Adiutricem Populi.cit en El evangelio según Roma,pag. 183, op. cit
  • 32. Letanía de la Bendita Virgen María, aprobada por el papa Sixto V. cit en El evangelio según Roma,pag. 183, op. cit.
  • 33 Concilio Vaticano II, «Constitución dogmática sobre la Iglesia», n° 56. Véase también Catecismo de la Iglesia Católica, n° 726.cit en El evangelio según Roma,pag.183, op. cit
  • 34. [2677], cit en El evangelio según Roma,pag. 183, op. cit.
  • 35.[493] cit en El evangelio según Roma,pag. 183,op. cit.
  • 36.Papa Pío IX, Ineffabilis Deus.cit en El evangelio según Roma,pag. 183, op. cit.
  • 37. http://www.protestantedigital.com/new/nowleernoticiaDom.php?n=11177

Bibliografia:

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María, LA MEDIADORA DE TODA GRACIA Parte 2

María, LA MEDIADORA DE TODA GRACIA Parte 2

Durante los tres primeros siglos de nuestra era, la Iglesia, tal y como nos aparece en las cartas de Pablo, estaba formada por pequeñas iglesias, familiares y locales. Éstas seguían y cumplían el Evangelio de Cristo y por supuesto, la Ley de Dios. De forma progresiva, las primitivas iglesias fueron haciéndose cada vez mas grandes y numerosas y por consiguiente surge el problema de su organización. Comienzan a adquirir los obispos un papel mucho más institucional, del cual la propia Palabra de Dios no nos dice nada, y así entramos en el proceso de desviación o “apostasía”. Se mantienen reuniones o “concilios” para discutir sobre las cuestiones que afectan a la Fe y es aquí donde comienzan las importantes desviaciones del Evangelio.

Una de las principales se refiere a la permisividad general, por parte de la organización de aquel entonces, del uso de imágenes y ritos paganos , eso si cristianizados, para así acercar a las masas religiosas gentiles, a las que les había llegado el mensaje de salvación de Cristo, pero que bajo ningún concepto querían abandonar su idolatría (cultos y ritos), es decir, su propia cultura.[0]

En el catecismo de la religión católica se le otorgan a María los títulos de “abogada, auxiliadora, socorro y mediadora”. Es por ello que a los fieles se les enseña a rezar fervientemente a la “Virgen” dándoles la seguridad de que ella llevará sus oraciones ante el Padre. Por supuesto, en la Palabra de Dios nunca se le atribuye a María ese papel que es ocupado, en exclusividad, por Jesucristo, quien con su muerte y resurrección se convierte en el único mediador entre los hombres y Dios;

  • “Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres , Jesucristo hombre” (1ª Tim. 2.5). [1]

¿De dónde surge pues, la tradición de María como intercesora nuestra?.

Uno de los pasajes más conocidos del nuevo testamento es el llamado de “las bodas de Caná” que encontramos en el Evangelio de Juan, capítulo 2. María se da cuenta de que los novios no han previsto la cantidad suficiente de vino para sus invitados y pide a su Hijo que solucione el problema, pero Él le contesta que no ha llegado todavía su tiempo. María acepta la voluntad de su Hijo y ya no actúa más, es más, le dice a los criados que están sirviendo las mesas que hagan lo que Él, su Hijo, ordene, y no le pidan nada a ella, puesto que ella no tiene poder para mediar ante Dios Padre como hemos leído antes. La religión católica se basa en este pasaje para asegurar que María intercede ante el Hijo, sin reparar en que esto ocurre cuando Cristo estaba en la tierra, al igual que María y los apóstoles. Sin embargo, una vez que Cristo cumple su misión, muriendo y resucitando, para perdón de nuestros pecados, permanece junto al Padre y como único mediador entre los hombres y el Padre.

Entonces, debe existir otra base para darle esta función a María y de nuevo, nos tenemos que ir a la tradición pagana. Fue en Babilonia, cuna de las religiones paganas, donde se veneraba a la diosa Semíramis, la cual era invocada por los fieles en una actitud mediadora ante su esposo muerto, Nimrod, que era considerado el Dios supremo. El título que ostentaba esta diosa era el de “Mylitta”, es decir, mediadora.[2]

Explicación 2: La mediación de María extrae su poder de la mediación de Cristo

La segunda razón que ofrece el Concilio para explicar cómo la mediación de María no infringe sobre la misión de Cristo como único mediador tiene que ver con el mérito.Si leemos el testimonio de los Padres del Cristianismo, vemos como entendieron ellos que Cristo es el mediador entre Dios y los hombres.

Según los testimonios de la Escritura y Santos Padres, Cristo es mediador por ser Dios y hombre (San Agustín, Confesiones, lib. 10, cap. 43). El Hijo de Dios se hizo mediador al encarnarse; entonces se hizo centro de la historia humana y de toda la creación, en él confluyen Dios y el hombre; entonces se hizo padre de una nueva raza, como Adán lo era de la antigua, caída en pecado. Cristo es el segundo Adán y principio de un tiempo nuevo, caracterizado por el hecho de que su fundador no nace de la tierra, sino que desciende del cielo. Por eso, los que descienden de El no son ya de la tierra, sino del cielo. O más exactamente: cielo y tierra se compenetran en El. “Y como llevamos la imagen del terreno, llevaremos también la imagen del celestial” (I Cor. q E 15 49). [3]

La misión propia del mediador es unir a aquellos entre los que ejerce la mediación, porque los extremos se juntan en el medio. Pero unir a los hombres con Dios de manera perfecta compete en verdad a Cristo, por medio del cual los hombres son reconciliados con Dios, según estas palabras de 2 Cor 5,19: Dios estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo. Y, por tanto, sólo Cristo es el perfecto mediador entre Dios y los hombres, en cuanto que por medio de su muerte reconcilió al género humano con Dios. Por eso, habiendo dicho el Apóstol que el hombre Cristo jesús es el mediador entre Dios y los hombres, añade en el v.6: que se entregó a sí mismo para redención de todos (1 Tim 2,5-6).[4]

Pero el Concilio V. II, dice acerca de la mediación de María que

“La misión maternal de María para con los hom­bres de ninguna manera disminuye o hace sombra a la única mediación de Cristo, sino que manifiesta su eficacia. En efecto, todo el influjo de la Santísima Virgen en la salvación de los hombres… brota de la sobreabundancia de los méritos de Cristo, se apoya en su mediación, depende totalmente de ella y de ella saca toda su eficacia”. “Ninguna creatura puede ser puesta nunca en el mismo orden con el Verbo encarnado y Re­dentor. Pero, así como en el sacerdocio de Cristo participan de diversa manera tanto los ministros como el pueblo creyente, y así como la única bondad de Dios se difunde realmente en las criaturas de distintas maneras, así también la única mediación del Redentor no excluye, sino que suscita en las criaturas una colaboración diversa que participa de la única fuente”. -Concilio Vaticano II [5]

El papa Pío X dijo algo similar, pero añadió una cualificación muy importante:

Estamos, como puede verse, muy lejos de atribuir a la Madre de Dios un poder de gracia productivo, un poder que sólo pertenece a Dios. Sin embargo, puesto que María lo lleva sobre todos en santidad y unión con Jesucristo y ha sido asociada por Jesús en la obra de redención, merece para nosotros de congruo, en el lenguaje de los teólogos, lo que Jesucristo merece para nosotros de condigno, y ella es la Ministra suprema de la distribución de las gracias.-Ad Diem [6]

En otras palabras, si al mérito se lo define estrictamente como el derecho a una recompensa justamente ganada, entonces solamente Cristo merecía la gracia. Pero si al mérito no se lo define tan estrictamente -si la recompensa involucra un elemento de la generosidad de Dios- entonccn según la declaración anterior, María también mereció para nosotros «lo que Jesucristo merece para nosotros». Además, sus méritos, junto con los de Cristo y los de los santos forman un gran tesoro:

El «tesoro de la Iglesia» es el valor infinito e inagotable que tienen ante Dios las expiaciones y los méritos de Cristo nuestro Señor, ofrecidos para que la humanidad quedara libre del pecado y llegase a la comunión con el Padre. Sólo en Cristo, Redentor nuestro, se encuentran en abundancia las satisfacciones y los méritos de su redención. Pertenecen igualmente a este tesoro el precio verdaderamente inmenso, inconmensurable y prístino que tienen ante Dios las oraciones y las buenas obras de la Bienaventurada Virgen María.-Concilio Vaticano II [7]

No sólo se dice que los méritos de María, llamados «insondables»,[8] forman parte del tesoro de la Iglesia, sino que ella también ha ganado el derecho de dispensar todos estos tesoros a los fíeles:

Y desde esta comunidad de voluntad y sufrimiento entre Cristo y María, ella mereció volverse la dignísima Reparadora del mundo perdido y la Dispensadora de todos los dones que nuestro Salvador adquirió para nosotros por su muerte y por su sangre.-A d Diem [9]

En el catolicismo romano, María más bien que Cristo es la

«Ministra Suprema de la distribución de las gracias».[10]

Cristo es el único mediador entre Dios y los hombres.

CRISTO EL MEDIADOR [11]

cruz-copia

1. Agradó a Dios en su propósito eterno, escoger y ordenar al Señor Jesucristo, su unigénito Hijo, de acuerdo al pacto en el cual habían entrado, para que fuese el mediador entre Dios y el hombre, (1) como tal, él es profeta, (2) sacerdote (3) y rey, (4) el salvador y cabeza de su Iglesia, (5) el heredero de todas las cosas, (6) y juez mundo; (7) desde la eternidad Dios le dio un pueblo para que fuese su simiente y para que a su debido tiempo lo redimiera, llamara, justificara, santificara y glorificara. (8)

(1) Is.4Z-1; 1 P. 1:19,20

(2) Hch. 3:22

(3) He. 5:5,6

(4) Sal 2:6

(5) Ef. 1:22,23

(6) Hc. 1:2

(7) Hch. 17:31

(8) Is. 53:10 Jn. 17:6; Ro. 8:30

2. El Hijo de Dios, la segunda persona de la Santa Trinidad, siendo verdadero y eterno Dios, la brillantez de la gloria de su Padre, igual y de una sustancia con Él, quien hizo el mundo y mantiene y gobierna todas las cosas que ha hecho, habiendo llegado la plenitud del tiempo, tomó sobre si la naturaleza del hombre con todas sus propiedades esenciales y con sus debilidades comunes, (9) mas sin pecado. (10) Fue concebido por el Espíritu Santo en el vientre de la Virgen Maria, una mujer perteneciente a la tribu de Judá. El Espíritu Santo vino sobre ella y el poder de Dios la cubrió. Y así, según las Escrituras, fue hecho él de una mujer, descendiente de Abraham y David. (11) Así que, dos naturalezas perfectas y distintas, se unieron inseparablemente en una persona, pero sin conversión, composición o confusión alguna. Esta persona es verdadero Dios y verdadero hombre, un Cristo, el único mediador entre Dios y el hombre. (12)

(9) Jn. 1:14; Gá. 4:4

(10) RO. 8:3; He. 2:14, 16, 17; He. 4:15

(11) Mt. 1:22,23; Lc. 1:27, 31, 35

(12) Ro. 9:5; 1 Ti.2:5

3. El Señor Jesús, en su naturaleza humana unida así a la divina, en la persona del Hijo, fue ungido y santificado con el Espíritu Santo sobre toda medida, (13) y posee todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento, (14) pues agradó al Padre que en él habitase toda plenitud, (15) a fin de que siendo santo, inocente, inmaculado, (16) lleno de gracia y de verdad, (17) fuese del todo apto para desempeñar los oficios de mediador y fiador. (18) Cristo no tomó por sí mismo estos oficios, sino que fue llamado para ello por su Padre, (19) quien puso en él todo juicio y poder, y le autorizó para que desempeñara tales oficios. (20)

(13) Sal. 45:7; Hch. 10:38; Jn 3:34

(14) Col. 2:3

(15) Col 1:19

(16) He. 7:26

(17) Jn. 1:14

(18) He. 7:22

(19) He. 5:5

(20) Jn. 5:22,27; Mt. 28:18; Hch. 2:36

4. El Señor Jesús, con la mejor voluntad tomó para si estos oficios, (21) y para desempeñarlos, se puso bajo la ley, (22) la que cumplió perfectamente. También sufrió el castigo que nos tocaba a nosotros y que debíamos haber sufrido, (23) pues él llevó nuestros pecados y fue acusado en nuestro lugar. (24) Padeció dolores en su alma más allá de nuestro entendimiento y los más grandes sufrimientos en su cuerpo: (25) fue crucificado y murió, y permaneció bajo el poder de la muerte, aun cuando no vio corrupción. (26) Al tercer día se levantó de entre los muertos (27) con el mismo cuerpo que tenía cuando sufrió, (28) con el cual también ascendió al cielo (29) donde se sentó a la diestra del Padre. Allí intercede por su pueblo, (30) y cuando sea el fin del mundo, volverá para juzgar a los hombres y a los ángeles. (31)

(21) Sal. 40:7,8; He. 10:5-10; Jn. 5:18

(22) Gá. 4:4; Mt. 3:15

(23) Gá 3:13; Is. 53:6; 1 P. 3:18

(24) 2 Co. 5:21

(25) Mt. 26:37,38; Lc 22:44; Mt. 27:46

(26) Hch. 13:37

(27) 1 Co. 15:3,4

(28) Jn. 20:25,27

(29) Mr.16:19; Hch. 1:9-11

(30) Ro 8:34; He. 9:24

(31) Hch. 10:42;Ro. 14:9,10;Hch. 1:11;2 P. 2:4

5. El Señor Jesucristo, por su perfecta obediencia y por el sacrificio de sí mismo que ofreció una sola vez por el Espíritu eterno de Dios, ha satisfecho plenamente a la justicia de Dios. (32) El ha efectuado la reconciliación y ha comprado una herencia eterna en el reino de los cielos para todos aquellos dados a él por el Padre. (33)

(32) He. 9:14; Re. 10:14; Ro. 3:25,26

(33) Jn. 17:2; He.9:15

6. Aun cuando el precio de la redención no fue actualmente pagado, sino hasta la encarnación, sin embargo, la virtud, la eficacia y los beneficios de ella, se comunicaban a los escogidos en todas las épocas transcurridas desde el principio, en las promesas, tipos y sacrificios, y por medio de estas cosas, por las cuales Cristo fue revelado y designado como la simiente que quebrantaría la cabeza de la serpiente, (34) y como el cordero inmolado desde la fundación del mundo; (35) siendo él, el mismo ayer, hoy y por siempre. (36)

(34) 1 Co. 10:4; He. 4:2; 1 P. 1:10,11

(35) Ap. 13:8

(36) He. 13:8

7. Cristo en su oficio de mediador, obra; conforme a sus dos naturalezas, haciendo por cada una de éstas lo que es propio de cada una de ellas; mas por razón de la unidad de la persona, lo que es propio de una naturaleza, se le atribuye algunas veces en la Escritura a la persona denominada por la otra naturaleza. (37)

(37) Jn.3:13; Hch. 20:28

8. A todos aquellos para quienes Cristo ha obtenido eterna redención, cierta y eficazmente les aplica y comunica la misma, haciendo intercesión por ellos, (38) uniéndoles a él por su Espíritu, revelándoles en la palabra y por medio de ella el misterio de la salvación, persuadiéndoles eficazmente a creer y a obedecer, (39) gobernando el corazón de ellos por su palabra y Espíritu, (40) y venciendo a todos sus enemigos por su gran poder y sabiduría, (41) y de la manera y por los caminos que están más en conformidad con su maravillosa e inescrutable dispensación. Todas estas cosas son hechas en su libre y soberana gracia e incondicionalmente, ya que nada de mérito es previsto por él en sus elegidos. (42) Eterno de Dios, ha satisfecho plenamente a la justicia de Dios.

(38) Jn 6:37; Jn. 10:15,16; Jo. 17:9; Ro. 5:10

(39) Jn. 17:6; Ef. 1:9

(40) Ro. 8:9,14

(41) Sal. 110:1; 1 Co. 15:25,26

(42) Jn 3:8; Ef. 1:8

9. Cristo, y Solo Cristo puede ser mediador entre Dios y los hombres. El es el profeta, sacerdote y rey de la Iglesia de Dios. Su oficio de mediador no puede ser transferido a ningún Otro,

10. El triple oficio de Cristo es necesario para nosotros. Por nuestra ignorancia estamos en necesidad de su oficio profético; (44) por nuestra separación de Dios y la imperfección de nuestros servicios, aun cuando sean lo mejor, necesitamos su oficio sacerdotal para reconciliarnos con Dios y hacernos aceptables a él; (45) y debido a que nosotros hemos dado la espalda a Dios y estamos completamente incapacitados para volver a él y también porque necesitamos ser rescatados y asegurados de nuestros adversarios espirituales, necesitamos su oficio como rey para convencer, controlar, atraer, sostener, librar y preservarnos hasta que finalmente entremos en su reino celestial. (46)

(44) Jn.1:18 ~ 1:21;

(45) Gá. 5:17

(46) Jn. 16:8; Sal. 110:3; Lc. 1:74,75

La mediación de Cristo según Berkhof

Cristo se presenta en la Escritura como el Mediador del pacto. La palabra griega mesites no se encuentra en el griego clásico, sino que ocurre en Philo y en los autores griegos
posteriores. En la Septuaginta no se encuentra sino una sola vez, Job 9: 33.

La palabra inglesa “Mediator”, tanto como la holandesa “Middelaar” y la alemana “Mittler”, pueden conducirnos a pensar que mesites designa simplemente uno que arbitra entre dos partidos, y un intermediario en el sentido general de la palabra. Sin embargo, debe recordarse que la idea bíblica es mucho más profunda.

Cristo es Mediador en más de un sentido:

Interviene entre Dios y el hombre, no únicamente para abogar por la paz y para persuadir de ello, sino armado con poder plenipotenciario, para hacer todo lo que sea necesario en el establecimiento de la paz.

El uso de la palabra mesites en el Nuevo Testamento justifica que hablemos de un doble carácter medianero de Cristo, es decir, el de Fiador y el de Introductor (en griego prosagoge, Rom. 5: 2).

En la mayor parte de los pasajes en los que se encuentra la palabra en el Nuevo Testamento, equivale a egguos, y por lo mismo señala a Cristo como aquel que por haberse cargado con la culpa de los pecadores, dio fin a la relación penal que ellos tenían con la ley y los restauró a una correcta relación legal con Dios. Este es el significado de la palabra en Heb. 8: 6; 9: 15; y 12: 24. En Heb. 7: 22 el mismo término egguos se aplica a Cristo.

Sin embargo, no hay un solo pasaje en el que la palabra mesites tenga un significado que corresponda mejor con el sentido ordinario de la palabra “mediador”, uno a quien se llama para arbitrar entre dos bandos y reconciliarlos, que I Tim. 2: 5. Aquí Cristo se presenta como Mediador en el sentido de que, sobre la base de su sacrificio, trae a un acuerdo a Dios y al hombre.

La obra de Cristo, según se indica mediante la palabra mesites, es doble. Cristo obra en cosas que corresponden a Dios y en cosas que pertenecen al hombre, en la esfera legal objetiva, y en la esfera moral subjetiva.

1. En la primera hace:

  • la propiciación por el desagrado justo de Dios expiando la culpa del pecado;
  • hace intercesión por aquellos que el Padre le dio,
  • convierte en verdaderamente aceptables las personas y los servicios de ellos a Dios.

2. En el segundo,

  • el Mediador revela a los hombres la verdad respecto a Dios y a la relación de ellos con Dios, con las condiciones necesarias para un servicio aceptable,
  • los persuade y los capacita para que reciban la verdad,
  • los dirige y los sostiene en todas las circunstancias de la vida, en tal forma que perfecciona su libertad.
  • Al hacer este trabajo emplea el ministerio de hombres, II Cor. 5: 20.[12]

Mariologia y Efeso [13]

En el pasado, Éfeso fue el centro mundial del cristianismo. En los días de los apóstoles, Efeso era la tercera ciudad más grande del Imperio Romano, que hacía alarde de su población de 250.000 personas. Roma y Alejandría eran más grandes. Era una ciudad hermosa, con sorprendentes obras de arte y arquitectura, que han sido restauradas en gran parte por arqueólogos modernos. Era una ciudad portuaria, con un comercio pujante y lucrativo. En cada puerta de entrada a la ciudad había una casa con baños públicos, y a nadie se le permitía entrar sin haberse bañado completamente. Éfeso era centro de educación, con escuelas, bibliotecas y salones de conferencias. Los hogares de los ricos estaban acondicionados con tubería interior para que hubiera en ellos agua caliente y fría. Había un hospital en las cercanías del centro de la ciudad. En el impresionante anfiteatro, al aire libre, se podían acomodar 25.000 personas sentadas, quienes podían escuchar las voces del escenario sin necesidad de amplificación.

El apóstol Pablo fue el misionero que Dios escogió para llevar el Evangelio de Cristo a Éfeso, en aquel tiempo ciudad capital de la provincia romana del Asia Menor. En Éfeso, Pablo vio más fruto de su trabajo que en cualquier otro lugar que haya visitado durante sus viajes como misionero.

El Libro de los Hechos informa que

  • «[Pablo predicó el reino de Dios] por espacio de dos años, de manera que todos los que habitaban en Asia, judíos y griegos, oyeron la palabra del Señor Jesús» (Hechos 19.10);

y mientras Pablo estuvo allí,

  • «prevalecía poderosamente la palabra del Señor» (Hechos 19.20).

¿Qué estuvo haciendo Pablo durante esos dos años? Básicamente estuvo involucrado en una guerra espiritual, en la que puso en práctica lo que John Wimber luego llamaría «evangelismo de poder». Se desató tanto poder sobrenatural a través de Pablo y otros, que

  • «hacía Dios milagros extraordinarios por mano de Pablo» (Hechos 19.11).

¡Me encanta leer esas palabras! Parece que había tanto poder que fue necesario hacer una distinción entre los milagros «ordinarios » y los «extraordinarios». Hoy, estamos viendo cosas similares en lugares como China y Argentina. Existen tres niveles importantes de guerra espiritual, y los tres se dieron en Éfeso. El primero, es el nivel superficial de guerra espiritual, que se concentra en sacar demonios de algunos individuos. Esto es lo que Jesús mandó que hicieran sus discípulos cuando los envió diciendo:

  • «Y yendo, predicad, diciendo: El Éfeso, ayer y hoy Éfeso, ayer y hoy el reino de los cielos se ha acercado. Sanad enfermos, limpiad leprosos, resucitad muertos, echad fuera demonios » (Mateo 10.7-8).

Normalmente, Dios sana a los enfermos y echa fuera demonios cuando los cristianos ministran directamente a las personas, imponiendo manos sobre ellos, ungiéndoles con aceite y orando por sus necesidades específicas. Estos son los milagros «comunes y corrientes». Sin embargo, en Éfeso había tanto poder que

  • «hasta los pañuelos y delantales que habían tocado su cuerpo eran llevados a los enfermos, y las enfermedades desaparecían, y los espíritus malos salían » (Hechos 19.12).

iCon razón se utiliza aquí el adjetivo «extraordinario»!

El segundo nivel es el nivel oculto de guerra espiritual contra el ocultismo. Esto significa que se lucha con poderes de las tinieblas mucho más coordinados y organizados que uno o unos cuantos demonios, que pueden estar afligiendo a una persona en determinado momento. Podemos pensar en términos de brujería o satanismo, adivinación o chamanismo, Nueva Era o Francmasonería, budismo tibetano u otras prácticas ocultistas.

Éfeso era un centro de magia en los días de Pablo. Según Clinton Arnold, en su excelente libro Los efesios: Poder y magia (Baker Books), Éfeso pudo haber sido considerado el centro de la magia en el Imperio Romano. Habría atraído a los magos más famosos, así como a aquellos que deseaban aprender de ellos el oficio. Pablo ministró a los magos en Éfeso con resultados excelentes. Con el fin de ganar para Cristo a estos accionistas del poder, Pablo sin duda tuvo varios enfrentamientos donde demostró claramente que el poder de Dios era mayor que cualquier poder sobrenatural de oscuridad con el que tenían contacto los magos.
Leemos que

  • «muchos de los que habían practicado la magia trajeron los libros y los quemaron delante de todos; y hecha la cuenta de su valor, hallaron que era de cincuenta mil piezas de plata» (Hechos 19.19).

Cuando investigué esa suma, para mi comentario sobre los Hechos, calculé que en la economía actual de los Estados Unidos, la montaña de parafernalia mágica que se quemó tuvo un costo de alrededor de i4 millones de dólares!

El tercero y más alto nivel es la guerra espiritual a nivel estratégico. Esto significa enfrentamiento a espíritus territoriales de alto rango que Satanás ha situado en un área determinada para coordinar las actividades del reino de las tinieblas, con el fin de mantener cegada la mente de las personas al «evangelio de la gloria de Cristo», como leemos en 2 Corintios 4.3-4. Pablo se refiere a esto cuando dice:

  • «No tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este mundo» (Efesios 6.12).

El espíritu territorial que gobernaba sobre Éfeso y Asia Menor era la renombrada Diana de los efesios (también conocida por su nombre griego, Artemisa).

Algunos historiadores creen que ella era quizás la deidad más venerada en todo el Imperio Romano durante esa época. Su templo en Éfeso estaba en la lista de las Siete Maravillas del Mundo Antiguo; el ejemplo más sobresaliente y opulento de arquitectura en toda la ciudad. Durante todo el año se ofrecían ofrendas y sacrificios a aquel poder demoníaco. Sus seguidores la llamaban «magnífica» y «gran diosa», «salvadora» y «Reina del cielo». Antes que Pablo llegara, tenía bastante bajo control a Éfeso y sus alrededores. Sin embargo, reinó la confusión. Los demonios que supuestamente estaban bajo su autoridad, ¡con simples pañuelos estaban siendo expulsados de las personas que habían oprimido durante años! Los magos, presumiblemente sus tropas élite, estaban desertando del reino de las tinieblas en grandes cantidades, para entrar al reino de el «Jesús» a quien Pablo predicaba. iNunca antes Diana había visto algo así! Sus ejércitos se retiraban caóticamente. Estaba perdiendo rápidamente la autoridad que sobre Éfeso había mantenido por siglos.

El poder de Diana estaba siendo neutralizado por el evangelio, de tal manera que la gente común y corriente empezó a darse cuenta. Dejaron de adorarla y ofrecerle sacrificios y no volvieron a comprar sus ídolos. Cuando finalizaban los dos años de ministerio de Pablo, a los plateros que fabricaban estos ídolos se les estaba derrumbando el negocio, así que protagonizaron una manifestación pública. Llenaron el inmenso anfiteatro y gritaron durante dos horas:

  • «iGrande es Diana de los Efesios!» (Hechos 19.34)

La guerra espiritual a nivel estratégico que Pablo emprendió era similar a una guerra desde el aire en la estrategia militar moderna. Ningún comandante responsable
enviaría tropas por tierra, a no ser que la guerra ya se hubiera ganado en el aire. Eso sería cometer suicidio. Por esta razón, Pablo se aseguró de que Diana hubiera sido debilitada, antes de enviar a sus sembradores de iglesias por toda la ciudad de Éfeso y las provincias de Asia Menor. Pablo no sembró personalmente iglesias en Asia Menor (siete de las cuales son mencionadas en Apocalipsis 2 y 3). Más bien capacitó a su equipo de sembradores de iglesias en la «escuela de Tirano», una edificación escolar que alquiló, y luego los envió como tropas por tierra (Hechos 19.9-10).

Cuando Pablo salió de Éfeso, Diana había sido gravemente apaleada y debilitada. Sin embargo, no estaba totalmente fuera de combate. Pablo nunca la confrontó cara a cara, ni entró en su templo para hacer directamente guerra espiritual de nivel estratégico. Los plateros lo acusaron de haberlo hecho, pero no lograron que sus acusaciones fueran aceptadas en la corte. Diana perdió mucho de su poder debido a la agresiva guerra espiritual de Pablo, en el nivel superficial y en el nivel oculto. El reino de la oscuridad está conectado entre sí, y lo que ocurre en cualquiera de los tres niveles afecta a los demás niveles y a todo el dominio de Satanás.

Dios escogió al apóstol Juan para llevar a cabo el ataque final. La historia posterior, y no el Libro de los Hechos, nos relata que unos cuantos años, después de la salida de Pablo, Juan se trasladó a Efeso y terminó allí su carrera. Ramsay MacMullen, un reconocido historiador y profesor en la Universidad de Yale, nos ofrece algunos detalles interesantes acerca del ministerio de Juan en Efeso, en lo referente a la guerra espiritual a nivel estratégico.

MacMullen, quien es especialista en la historia del Imperio Romano, ha escrito un tratado erudito llamado La cristianización del Imperio Romano~ años 100-400 d.C. (Yale University Press). En este escrito argumenta que el factor principal en la conversión del Imperio Romano al cristianismo fue la expulsión de demonios. En su libro da muchos ejemplos de guerra espiritual.

Uno de ellos corresponde a la historia del apóstol Juan y su enfrentamiento cara a cara con Diana de los efesios. MacMullen, citando fuentes históricas, dice que Juan, a diferencia de Pablo, sí fue al templo de Diana para hacerle guerra espiritual. Según él, «en el propio templo de la mismísima Diana, Uuan] oró, “Oh Dios … ante cuyo nombre todo ídolo, todo demonio y poder inmundo huyen: haz ahora que el demonio que está aquí [en este templo] huya ante tu nombre»

  • … y mientras Juan estaba diciendo esto, de repente el altar [de Diana] se partió en muchos pedazos … y la mitad del templo se cayó» (página 26).

En su libro La Acción del Espíritu Santo en la Historia~ el Dr. Pablo Deiros dice que el choque de poderes y la guerra espiritual es también testificada por los escritos apócrifos. En los Hechos de Juan se narra un interesante episodio en el ministerio de este apóstol, cuando el poder de Dios destruyó el templo de Artemisa (Diana para los romanos) en Éfeso.

En su oración Juan declara:

Oh Dios, quien eres Dios por sobre todos los que se llaman dioses; y no obstante eres rechazado hasta este día en la ciudad de los efesios; quien me pusiste en la mente venir a este lugar, del cual nunca pensé; quien condena toda forma de adoración, convirtiendo a los hombres a ti; a cuyo nombre todo ídolo huye, y cada demonio y todo poder inmundo; ahora haz que a tu nombre huya hoy el demonio que está aquí, el engañador de esta multitud; y muestra tu misericordia en este lugar, porque ellos han sido extraviados (E. Hennecke y W. Schneemelcher, eds., New Testament Apocrypha, 2 Vals. Lutterworth Press, Londres, 1963,1965 ).

Mientras Juan estaba diciendo esto, el altar de Artemisa se rompió en pedazos, y todas las ofrendas se cayeron por el piso al igual que varias otras imágenes
que estaban sobre el altar. Casi medio templo se vino abajo y un sacerdote murió al desplomarse parte del techo. El resultado fue un gran temor y la conversión
de todos los presentes Mac Mullen sigue diciendo que este encuentro de poderes trajo a multitudes de Éfeso a la fe en Cristo. Luego hace comentarios, como historiador profesional, sobre por qué cree que éste y otros episodios en la evangelización del Imperio Romano deben ser aceptados como históricamente válidos.
Más o menos unos cincuenta años después de este suceso, casi nadie en el Imperio Romano adoraba ya a Diana. Su culto quedó reducido a una mera sombra de
lo que había sido antes que Pablo y Juan fueran a Éfeso. La ciudad de Éfeso se convirtió en el centro mundial del cristianismo durante los siguientes doscientos años.

Notas

Bibliografia:

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ASUNTOS HERMENÉUTICOS EN LA CARTA A LOS ROMANOS

ASUNTOS HERMENÉUTICOS EN LA CARTA A LOS ROMANOS

JUAN DAVID GÓMEZ

SANDRO GUTÍERREZ

ABEL LÓPEZ

JOHAN LUQUE

Docente: Dr. DAVID FORD

FUNDACIÓN UNIVERSITARIA SEMINARIO BÍBLICO DE COLOMBIA

FACULTAD DE TEOLOGÍA

AREA DE HERMENÉUTICA

MEDELLÍN

2006

INTRODUCCIÓN

1. El CONTEXTO CULTURAL

1.1 PABLO

1.2  LA IGLESIA EN ROMA

1.3  JUDÍOS Y GENTILES

2.         EL ESTILO ARGUMENTATIVO EN EL LIBRO DE ROMANOS

2.1  LA TESIS

2.2  LA DIATRIBA

2.3  LAS APARÉNTES CONTRADICCIONES

2.4  LA SECUENCIA LÓGICA DE IDEAS

2.5  LA IMPORTANCIA DE CIERTAS CONJUNCIONES

3.          LEXICOGRAFÍA

4. EL ANTIGUO TESTAMENTO EN ROMANOS

5. TIPOLOGÍA, ANALOGÍAS

BIBLIOGRAFÍA

INTRODUCCIÓN

A continuación se trabajaran 5 asuntos hermenéuticos que se consideran importantes para el entendimiento de la carta a los romanos. 

1.         El CONTEXTO CULTURAL

Para una correcta comprensión del libro es importante entender quien era Pablo, los judíos, los gentiles y la iglesia en Roma.

1.1 PABLO

Pablo fue el escritor de esta carta. “De la tribu de Benjamín, y miembro celoso del partido de los fariseos (Ro. 11.1; Fil. 3.5; Hch. 23.6), había nacido en Tarso como ciudadano romano (Hch. 16.37; 21.39; 22.25ss). Perseguidor de la iglesia (Hch 26:10), poseía dos nombres; uno Judío “Saulo” y el helenista ” Pablo” (Hch. 13:9) [1] , es llamado por revelación en Damasco (Hch. 9:1-19) donde inicia su ministerio. Discípulo de Gamaliel, buen conocedor del A.T. y de las enseñanzas rabínicas. Pablo puede beneficiarse de la cultura griega en el sentido de poder citar a autores clásicos (Hch. 17:28; 1Co. 15:33) y de elaborar argumentos en diatriba, Cínico – Estoico[2] . Esto permite entender que se identifique como judío y que conozca acerca de los gentiles.

1.2 LA IGLESIA EN ROMA.

Roma era una ciudad portuaria y capital del imperio Romano. En la época del NT Roma se encontraba en pleno apogeo de su crecimiento con una población de más de un millón de personas procedentes de todas partes.

No se sabe como inicio la iglesia en Roma, ni cuales eran sus características [3] . Aunque parece que muchos de los fundadores de la iglesia en Roma eran judíos Cristianos (Hch. 2:10). En el tiempo de Pablo, estaba formada por judíos y gentiles. La expulsión de los judíos de Roma (que seguramente había incluido a judíos cristianos, Lc.18:2) muestra que ser cristiano en Roma significaba persecución y luchar con la idea de una liberación del yugo de los romanos. Al respecto Pablo habla en 13:1-7 de la importancia de someterse a las autoridades ya que ellas han sido establecidas por Dios en un contexto de que esa es la voluntad de Dios (12:2b) y que se debe hacer lo bueno delante de los hombres (12:17b).

1.3 JUDÍOS Y GENTILES

Las tensiones que se presentaban entre judíos y  gentiles son una de las razones por las cuales esta carta fue escrita.

·        Judíos. (VIoudai/oj aparece 11 veces en Romanos): Pablo se refiere a los judíos como grupo étnico al cual ha sido revelada la Palabra de Dios (Rom. 2:17-20), los presenta como la primicia histórica (1:16-17)  por medio de los cuales llega a todo hombre la acción salvadora  de Dios en el Evangelio, testificado por las Escrituras (3:1-8 y Cap. 9-11). Pertenecientes al pueblo de Israel, ahora con iguales derechos que los gentiles.

·        Gentiles (e;qnosj, aparece 26 veces en Romanos: pueblo, nación, gentiles). Los gentiles son considerados por Pablo como todos aquellos hombres que no hacen parte del pueblo Judío.

Pablo usa estos términos en un sentido universal, para conciliar las diferencias que se estaban dando en la iglesia en Roma; dejando claro que ya no hay diferencia entre judíos y gentiles (10:12)

¡Cristo nos hizo libres!

VIDA CRISTIANA

¡Cristo nos hizo libres!

por Juan Stam

Sorprende y es de lamentar que los evangélicos de hoy desdeñen el tema de la libertad cristiana. De hecho, dicho tema es, sin lugar a dudas, central en todo el movimiento de la Reforma. La Reforma fue, en su sentido más profundo, un proceso liberador en todas sus dimensiones.

Algunas reflexiones sobre la teología de los reformadores

El aporte teológico de la Reforma suele resumirse en tres puntos:

La justificación por la gracia mediante la fe (sola gratia, sola fide)
La sola autoridad normativa y definitiva de las Sagradas Escrituras (sola scriptura)
El sacerdocio universal de todos los creyentes. Pero, casi siempre, se tiende a olvidar otros dos, que son cruciales:
La libertad cristiana
«la Iglesia reformada siempre reformándose» (ecclesia reformata semper reformanda).

Sorprende y es de lamentar que los evangélicos de hoy desdeñen el tema de la libertad cristiana. De hecho, dicho tema es, sin lugar a dudas, central en todo el movimiento de la Reforma. La Reforma fue, en su sentido más profundo, un proceso liberador en todas sus dimensiones. (1)

En este marcado énfasis en la libertad cristiana, Lutero siguió de cerca a su gran precursor evangélico, nada menos que al Apóstol Pablo, quien de manera constante vinculó la justificación por la fe con la libertad cristiana. Cuando los gálatas retornaron al legalismo judaizante, San Pablo los acusó de haber negado el evangelio: «De Cristo os habéis separado, vosotros que procuráis ser justificados por la ley; de la gracia habéis caído» (Gá 5.4 – BA). Y su rechazo consistía no en que hubieran caído en alguna inmoralidad ni hubieran negado alguna doctrina ortodoxa, sino en que habían vuelto a insistir en la circuncisión y el legalismo como condiciones para que Dios los aceptara. Si quieren vivir bajo el sistema legalista, les advierte San Pablo, «Cristo de nada os aprovechará» (Gá 5.2 – BA), porque «para libertad fue que Cristo nos hizo libres » (Gá 5.1 – BA). Por lo tanto, los exhorta: «permaneced firmes, y no os sometáis otra vez al yugo de esclavitud.» (Gá 5.1 – BA).

Al inicio de la misma epístola, Pablo escribe a estos creyentes en términos parecidos: «Me maravillo de que tan pronto hayáis abandonado al que os llamó por la gracia de Cristo, para seguir un evangelio diferente» (Gá 1.5 – BA). En seguida, aclara que de hecho «no hay otro evangelio», y advierte que si alguien pretendiera predicarles otro evangelio, «que caiga bajo maldición» (1.8 – NVI). Ser evangélico, según San Pablo, es vivir desde la gracia de Dios que nos hace libres. No es posible ser evangélico y legalista a la vez.

A Martín Lutero le gustaba señalar que su apellido se origina de una palabra griega (eleútheros) que significa «libre, independiente, no ligado»; a veces se llamaba a sí mismo «Lutero el Libre». Uno de sus primeros escritos, en el año 1520, se tituló «Sobre la libertad del cristiano». Tan convencido estaba Lutero de que no es posible obtener la libertad mientras estemos bajo el pecado, como también de que el evangelio nos convierte en verdaderamente libres. Evangelio significa libertad; evangelio y servidumbre (dominación, autoritarismo) se excluyen mutuamente.

En los párrafos siguientes intentaremos demostrar que cada una de las principales afirmaciones de la Reforma sustenta la libertad cristiana. Sin la libertad cristiana, las demás verdades reformadas no se pueden entender en su sentido pleno.

La sola gratia nos libera del legalismo

Cuando Lutero descubrió la justificación por la pura gracia de Dios, comentó que se le abrieron las puertas del paraíso, porque la sola gratia lo liberó del terror a un Dios iracundo y vengativo. La doctrina de la justificación por la gracia significó para Lutero su liberación del dominio de la ley y de las obras. Para él, personalmente, la revelación de «la gloriosa libertad de los hijos e hijas de Dios» (Ro 8.21) fue la respuesta a su angustiosa búsqueda de paz y salvación. Significó liberación de las demandas de la ley. Ya que nuestra justificación es «por la gracia mediante la fe», podemos confiar firmemente en la palabra de Dios, la cual nos asegura que el Señor nos ha aceptado. A la vez, para Lutero, la fe es muchísimo más que mero asentimiento teórico. «La fe es algo activo», explicaba Lutero; es «la fe que obra por el amor» (Gá 5.6, cf. 6.9s).

Para Lutero, esta «libertad del evangelio» estaba por encima de toda autoridad y de todas las leyes humanas. Le parecía que el sistema papal era una intolerable contradicción a esta libertad evangélica; «el papa» —escribió—, «había dejado de ser un obispo, para convertirse en un dictador» (S. S. Wolin, Política y perspectiva, p. 158). Era imperativo restaurar «nuestra noble libertad cristiana», pues, «se debe permitir que cada persona escoja libremente» (ibid, pp. 156, 158).

Desde el tiempo de los fariseos, la mentalidad legalista, basada en la autosuficiencia de los méritos propios, siempre ha conducido a dos extremos: a ser fariseo o a ser publicano. El fariseo está segurísimo de su propia justicia, basado en obras de moralismo externo, pero, de hecho, no es ni justo ni realmente libre. El publicano, en cambio, se desespera por su falta de mérito y su insuperable fracaso en lograr su propia vindicación. Pero ninguno de los dos puede obrar el bien con libertad, puesto que lo realizan sólo como medio para alcanzar su propia auto-justificación.

El mensaje evangélico rompe este círculo vicioso. Dios en su gracia divina recibe al injusto y lo justifica, «no por obras, sino para buenas obras» (Ef 2.8–10). La gracia (xáris) de Dios despierta nuestra gratitud (euxaristía) y nos transforma en nuevas personas que buscamos cumplir la voluntad de aquel que nos ha redimido. (2) De esa manera, la gracia de Dios nos libera tanto del legalismo y moralismo como del fideísmo (3) y de la «gracia barata» de una fe puramente formal y verbal. La gracia nos hace libres para obrar el bien, no para lograr por nosotros mismos nuestra justificación ante Dios, sino para agradecer y glorificar a aquel que nos justificó por fe.

La sola scriptura nos libera del autoritarismo dogmático

La misma paradoja liberadora aparece en la afirmación de la sola autoridad normativa de la palabra de Dios. El principio de sola scriptura relativiza, necesariamente, toda tradición y toda autoridad humana, aun las eclesiásticas. Ninguna autoridad humana puede imponerse sobre la conciencia del creyente, si no puede fundamentarse en las Escrituras. Lo expresó Lutero elocuentemente en su defensa ante la Dieta de Worms (1521):

«Mi conciencia es cautiva de la palabra de Dios. Si no me demuestran por las Escrituras y por razones claras (no acepto la autoridad de papas y concilios, pues se contradicen), no puedo ni quiero retractarme de nada, porque ir contra la conciencia es tan peligroso como errado. Que Dios me ayude. Amén». (4)

Años después Lutero declaraba: «Soy teólogo cristiano. Quiero creer libremente y no ser esclavo de la autoridad de nadie. Confesaré con confianza lo que me parece cierto». En su monumento en Worms se escribieron estas palabras de su autoría: «Los que conocen verdaderamente a Cristo nunca pueden permanecer esclavos de ninguna autoridad humana». «La palabra de Dios,» —escribió Lutero— «que enseña la libertad plena, no debe ser limitada» (Wolin, ibid., p. 155).

¡Qué palabras de libertad teológica! Su total sumisión a la palabra de Dios lo hacía libre frente a dogmatismos, magisterios, concilios y papas. En la medida en que seamos realmente bíblicos, seremos libres para «examinarlo todo» a la luz de las Escrituras y de las evidencias, hoy no menos que en los tiempos de Lutero.

Martín Lutero insistía con vehemencia en la única, exclusiva e incondicional autoridad de la palabra de Dios, que cuidadosa y evangélicamente interpretada. Sólo el evangelio y las Escrituras poseen autoridad sobre la conciencia del creyente. Por las Escrituras y por la gracia redentora de Dios, somos libres de cualquier otra autoridad que pretenda imponerse sobre nuestra conciencia.

Estudiosos de la Reforma han denominado esta afirmación «el principio protestante»: sólo Dios mismo es absoluto, sólo su Palabra puede ostentar autoridad final. Cualquier otro absoluto no es Dios, sino un ídolo. Por lo mismo, sólo las Escrituras, fiel y cuidadosamente interpretadas en la comunidad creyente, pueden fundamentar artículos de fe. Ni el papa ni los concilios, ni las tradiciones ni los pastores ni los profesores de teología, pueden imponer sus criterios con autoridad obligatoria.

Sin embargo, a menudo pasa lo contrario (no sólo con los Testigos de Jehová sino con muchos que se llaman a sí mismos «bíblicos» y «evangélicos»): se levantan también en nuestro medio pequeños «papas protestantes» con su «santo oficio», con el cual pretenden imponer sus tradicionalismos y dogmatismos, y condenar (sin pruebas bíblicas con la más mínima seriedad) a todo aquel que no esté de acuerdo con las creencias de ellos. Sin darse cuenta, regresan al autoritarismo dogmático contra el cual Lutero se había levantado, como los judeocristianos de Galacia también habían vuelto al legalismo antievangélico y antibíblico. Pero ser bíblico es ser mentalmente libre, abierto y crítico. No se puede ser bíblico y seguir siendo cerrado y dogmático.

¡Qué libertad la de Lutero, ante toda autoridad, tradición, opinión y criterio humanos! ¿Y por qué? ¿Cómo consiguió Lutero tal osadía para reclamar esa libertad para su propia conciencia? Aunque su postura pareciera arrogante y anárquica, la fuerza de su libertad evangélica poseía una energía totalmente distinta: «Mi conciencia es cautiva de la palabra de Dios».

Para Lutero, la obediencia evangélica a Dios y a su Santa Palabra poseen como corolario la liberación evangélica de toda autoridad, tradición o heteronomía (5) que pretendieran ser absolutas (idolátricas) frente a la exclusiva autoridad normativa de la palabra viva de Dios. Lutero explicó este concepto con notable elocuencia en su tratado «Sobre la libertad cristiana», en 1520: porque el cristiano está sometido incondicionalmente a la palabra liberadora del evangelio, «el cristiano es el más libre de todos los seres humanos» (cf. Ro 6.16–18).

Bien lo expresa el himno, «Cautívame Señor, y libre en ti seré». Eso se aplica también a nuestro pensamiento y a nuestras actitudes: cuando nuestra conciencia es cautiva de la palabra de Dios y del glorioso evangelio, no podrá ser nunca cautiva de tradiciones ni de autoridades humanas que pretendan colocarse al nivel de —o incluso por encima de— la palabra de Dios. Sola scriptura, sola gratia, sola fide: ¡mensaje de auténtica libertad evangélica para la conciencia de todos los cristianos hoy también!

El sacerdocio de todos los fieles nos libera del clericalismo

La afirmación reformada del sacerdocio universal de todos los fieles (1Pe 2.9; Ap 1.6; 5.10) impulsa, lógicamente, un proceso de progresiva democratización dentro de la Iglesia, y por consiguiente dentro del mundo moderno. Para Lutero, todo cristiano es un sacerdote y un ministro de Dios, y toda la vida, todo empleo y oficio, son vocación divina dentro del mundo. «Una lechera puede ordeñar las vacas para la gloria de Dios», afirmaba Lutero. En un pasaje aún más atrevido, sostenía que «todos los cristianos son sacerdotes, y todas las mujeres sacerdotisas, jóvenes o viejos, señores o siervos, mujeres o doncellas, letrados o laicos, sin diferencia alguna» (W.A. 6,370; R. García-Villoslada, Martín Lutero, Tomo. I, p.467).

Aún así, ciertamente los reformadores no se guiaron por este principio hasta sus últimas consecuencias. Conservaron mucho del clericalismo heredado de largos siglos de tradición eclesiástica. Sin embargo, algunos, conocidos como anabautistas de la Reforma Radical, llevaron el principio del sacerdocio universal a un paso adelante de manera notable. Hoy día, tanto en círculos católicos como protestantes, se reconocen los carismas de todos los fieles y se cuestiona constantemente el clericalismo y el autoritarismo que, lamentablemente, han prevalecido en la iglesia protestante como también en la católica.

El paso de la Edad Media al mundo moderno significó un cuestionamiento radical del autoritarismo medieval e impulsó la marcha de una serie de libertades humanas que hoy día damos por sentadas. En ese proceso, Martín Lutero desempeñó un papel decisivo. Su mensaje de gracia evangélica nos libera del legalismo (autoritarismo ético). Su insistencia en la autoridad bíblica, interpretada crítica y científicamente, nos libera del tradicionalismo (autoritarismo doctrinal). Su enseñanza del sacerdocio universal de todos los fieles comenzó a liberarnos del clericalismo (autoritarismo eclesiástico).

Lutero lanzó una cruzada tenaz contra las estructuras autoritarias de la iglesia medieval. En su tratado «Todas y cada una de las prácticas de la Iglesia», (1520) escribió: «son estorbadas, y enredadas, y amenazadas por las pestilentes, ignorantes e irreligiosas ordenanzas artificiales. No hay esperanza de cura, a menos que todas las leyes establecidas por el hombre, cualquiera que sea su duración, sean derogadas para siempre. Cuando hayamos recobrado la libertad del evangelio, debemos juzgar y gobernar de acuerdo con él en todos los aspectos» (Woolf I, p.303, en Wolin p. 156). Al denunciar la tiranía del Vaticano, Lutero exigía a la Iglesia «restaurar nuestra noble libertad cristiana» (Wolin p.158) también en las iglesias evangélicas.

«La iglesia reformada siempre reformándose» nos libera del tradicionalismo estático

Otra consigna de la Reforma, cuya importancia no puede ser exagerada, rezaba «ecclesia reformata semper reformanda» (iglesia reformada siempre reformándose). Es impresionante que los reformadores hayan poseído la humildad y la flexibilidad de ver su movimiento como inconcluso, con necesidad de continua revisión. Sabían que su encuentro con la palabra de Dios había introducido en la historia nuevas fuerzas de transformación, pero (a lo menos en sus mejores momentos) no sostenían ilusiones de haber concluido la tarea. Su gran mérito histórico fue el de haber realizado un buen comienzo, muy dinámico, y precisamente de no pretender haber pronunciado la última palabra per saecula saeculorum.

En los movimientos históricos se observa un fenómeno típico, que consiste en que, después de comenzar con la espontánea creatividad de una búsqueda dinámica, poco a poco su ideología se va institucionalizando hasta perder casi totalmente la flexibilidad de sus inicios y su capacidad original de sorprender. En muchos casos, este proceso llega a un estado senil de arterioesclerosis institucional.

De hecho, esto es lo que pasó en gran parte con la Reforma protestante. Sus sucesores redujeron los explosivos descubrimientos de los fundadores (especialmente la «teología irregular» de Lutero mismo) en un nuevo escolasticismo ortodoxo, sea de corte luterano o calvinista. El proceso dinámico de los inicios se petrificó en un sistema rígido y cerrado. Siglos después el fundamentalismo norteamericano resucitaba a ese escolasticismo protestante en una nueva reencarnación histórica.

Los reformadores anticiparon este peligro, e implantaron en su teología defensas contra esa excesiva institucionalización y sistematización. En parte por factores adversos del siglo XVII, sobre todo el surgimiento del racionalismo escéptico, los sucesores de ellos buscaron una falsa seguridad en la «fortaleza teológica» de su ortodoxia inflexible. Contra esta postura, los ataques de pensadores como Lessing resultaron devastadores. En el siglo XX, volvió a surgir con gran energía el principio de ecclesia reformata semper reformanda.

En ningún momento todas estas libertades deben significar libertinaje, ni en doctrina ni en conducta; eso significaría elegir el extremo opuesto del legalismo. Como lo ha expresado el teólogo francés Claude Geffre, necesitamos dogma (doctrina) pero sin dogmatismo, tradición pero sin tradicionalismo, y autoridad sin autoritarismo (La iglesia ante el riesgo de la interpretación, Ediciones Cristiandad, 1983, p.69) y, podemos agregar, instituciones sin institucionalismo.

¿Qué nos dicen hoy estos postulados fundamentales de la Reforma?

(1) Nos desafían a redescubrir constantemente el significado de las Buenas Nuevas y la fuerza de la libertad evangélica, que resultaron tan caras para los reformadores.

(2) Nos llaman al continuo trabajo de exégesis bíblica, seria, científica, crítica y evangélica, individual y corporativa: sólo en la cuidadosísima interpretación de la palabra de Dios se hallará la libertad evangélica del pueblo de Dios y de la teología.

(3) Nos llaman a un profundo respeto hacia los demás hermanos y hermanas, al buscar juntos la voluntad del Señor en esa obediencia a la Palabra que es también una sana libertad ante toda palabra humana. En las muy sabias palabras de un antiguo refrán de la Iglesia: «en lo esencial (lo bíblico y evangélico), unidad; en lo no-esencial (opiniones, tradiciones, costumbres), libertad; en todo, caridad».

Bibliografía

  • García-Villoslada, Ricardo, Martín Lutero. El fraile hambriento de Dios, vol. I, Madrid, BAC, 1973.
  • Geffré, Claude, El cristianismo ante el riesgo de la interpretación, Madrid, Cristiandad, 1984.
  • Wolin, Sheldon S, Política y Perspectiva, Buenos Aries, Amorrortu, 1960.
  • El artículo es una conferencia dictada en la consulta sobre la Reforma (CIC de Cuba y CLAI) en la Habana, octubre, 2002. Se tomó del libro Haciendo teología en América Latina, Tomo I, Editorial SEBILA, San José, Costa Rica, ©2006 pp 241-247. Se usa con permiso del autor. DesarrolloCristiano.com, derechos reservados.

Notas

(1) Esto lo reconoció José Martí cuando escribió que “todo hombre libre debe colgar en su muro, como el de un redentor, el retrato de Martín Lutero” (citado por Alfonso Rodríguez en La Nueva Democracia, octubre de 1952).

(2) Karl Barth decía a menudo que las dos palabras más importantes para la fe evangélica son «gracia» (palabra central de toda la teología) y «gratitud» (motivo central de toda la ética), Cf. el inicio de la Confesión de Heidelberg.

(3) Tendencia teológica que insiste especialmente en la fe, disminuyendo la capacidad de la razón para conocer las verdades religiosas.

(4) Ponemos a un lado las preguntas sobre la historicidad de esta declaración o de su formulación precisa. No cabe duda de que corresponde al momento histórico y expresa la convicción de Lutero.

(5) Condición de la voluntad que se rige por imperativos que están fuera de ella misma.

Fuente: http://www.desarrollocristiano.com/site.asp?seccion=arti&articulo=2086