“Matteo Ricci y el diálogo entre fe y cultura”, por el cardenal Rylko

20:06 27/02/2010, ALFREDO CORREA LESTON,

Una de las figuras “más significativas de la historia de la humanidad”

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ROMA, viernes 26 de febrero de 2010 (ZENIT.org).-

Para el cardenal Rylko, el padre Matteo Ricci SJ, es “una figura entre las más significativas de la historia de la humanidad”: un sabio y un misionero que “echa las bases de un desarrollo del conocimiento recíproco y del diálogo entre Oriente y Occidente”.

Subrayando la actualidad del padre Ricci, añade: “El ejemplo del padre Ricci indica claramente la ruta a seguir para vencer la desconfianza y preparar el terreno con vistas a una colaboración efectiva y duradera”.

El cardenal Stanislaw Rylko, presidente del Consejo Pontificio para los Laicos intervino en París, Francia, en la UNESCO, de manera apasionante sobre el tema: “El padre Matteo Ricci y el diálogo entre fe y cultura”, en el coloquio del 16 de febrero sobre el tema “En la encrucijada de la historia: el jesuita Matteo Ricci (1552-1610) entre Roma y Pekín”.

“Hombre de ciencia y misionero, en una época de gran fermento cultural y económico, a caballo entre los siglos XVI y XVII, Matteo Ricci echa las bases de un desarrollo del conocimiento recíproco y del diálogo entre Oriente y Occidente, entre Roma, centro de la cristiandad, y Pekín, donde desde hacía más de dos siglos reinaba la gran dinastía Ming”, recordó el cardenal Rylko. Destacó “su actualidad innegable y permanente” pues Matteo Ricci “supo desarrollar un diálogo basado en la amistad, en el respeto de los usos y costumbres, en el conocimiento del espíritu y de la historia de China”.

“Es esta actitud, desprovista de prejuicios y de todo espíritu de conquista, la que permitió a este jesuita europeo establecer con el pueblo chino una relación de confianza y de estima –observó el cardenal Rylko–. No es por casualidad que su primera obra en lengua china fuera dedicada al tema de la amistad. Esta colección de cien máximas sobre la amistad, sacadas de los clásicos griegos y latinos, suscitó un gran estupor entre los chinos que admirarán la sabiduría y la riqueza espiritual de este hombre llegado del extremo Occidente”.

¿Cómo logró esto? “Se empeñó plenamente en aprender su lengua y profundizó el estudio de los clásicos confucianos, hasta el punto de ser considerado como un experto igual, si no superior, a los eruditos chinos que se apresuraban en conocerle y conversar con él. En suma, se hizo chino entre los chinos, adaptándose en todo a sus costumbres y adoptando –tras diez años de análisis atento y de conocimiento de su realidad- el perfil y el estilo de vida del erudito, es decir de esa categoría de personas que orientaba y guiaba a la sociedad china en línea de continuidad con la filosofía y la tradición confucianas”.

Pero favoreció también un verdadero “intercambio cultural beneficioso (…) en todos los frentes del saber humano”: “De la cartografía a la astronomía, de la filosofía a la religión, de las matemáticas a las técnicas nemotécnicas, pasando por los relojes mecánicos, la pintura y la música: no hay campo del saber humano que no constituyera un terreno fecundo de contraste y enriquecimiento recíproco entre los chinos y este hombre que la Providencia, según sus mismos amigos eruditos chinos, había enviado para dar todavía más lustre a la dinastía Ming y para hacer participar a los chinos en el progreso que la ciencia y la técnica habían realizado durante el Renacimiento europeo”.

Por tanto, añadió el cardenal Rylko, lo que conforma su “actualidad permanente” es su “deseo de aportar al gran pueblo chino el anuncio evangélico como coronamiento de este rico itinerario cultural y social”.

Así elaboró “una nueva estrategia que se podría resumir en la palabra ‘inculturación’: una óptica en la que la cultura del pueblo chino no es ya un obstáculo a superar sino un recurso para el Evangelio”, explicó el cardenal Rylko.

Señaló que “esta originalidad del método” de Matteo Ricci “nació de una visión de la fe que no se opone ni a la ciencia, ni a la razón, ni a la cultura, sino que entra en armonía profunda y sustancial con ellas”, y cita el mensaje a monseñor Claudio Giuliodori, obispo de Macerata, de Benedicto XVI, de 6 de mayo de 2009, con motivo de este IV Centenario (ver: http://www.zenit.org/article-31229?l=spanish).

“Su labor intelectual y espiritual tuvo como fin último implantar en las conciencias y en la cultura china los gérmenes de la novedad y la plenitud de la Revelación cristiana. Sabía que el mayor don que los cristianos pueden ofrecer a los pueblos de Asia es anunciar a Jesucristo, que responde a su profunda búsqueda del Absoluto y desvela las verdades y los valores que garantizan un desarrollo integral”, explicó el cardenal Rylko, citando también la exhortación apostólica de Juan Pablo II Ecclesia in Asia (nº 20).

“Embajador de amistad y de verdad, cuatrocientos años después de su muerte, se alza todavía como un ejemplo fulgurante de apertura universal y de capacidad de construir puentes entre las civilizaciones y las culturas, haciéndose –en tanto que mensajero del Evangelio- el artífice del bien verdadero y del desarrollo auténtico de los pueblos”, concluyó el cardenal Rylko.

Por Anita S. Bourdin, traducido del francés por Nieves San Martín

http://blogs.clarin.com/ciencia-y-fe/2010/02/27/%e2%80%9cmatteo-ricci-y-el-dialogo-entre-fe-y-cultura%e2%80%9d-por-el-cardenal-rylko/

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El despertar de la ciencia

16:43 07/02/2010, ALFREDO CORREA LESTON,

Todo aquello en lo que –los griegos- ponían las manos y la mente parecía salir transfigurado: la literatura, el arte, la historia, la filosofía… Pero en la sublime dignidad de sus obras, nada podía contaminarse de utilidad.

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Arquímedes
Y el Museo de Alejandría

Entre la ciencia y la filosofía parece haber habido, al menos en Grecia, una sucesión bastante ordenada de hegemonías. A la distancia de los siglos parece como si ambas hubieran respetado en discreto silencio el momento de gloria de la otra. Mientras Atenas bullía de filósofos, la ciencia parecía esperar agazapada su oportunidad. Frente a las grandes personalidades que podía exhibir la antropología y la metafísica, las de la medicina y la física eran marginales, más promesas que realidades. Pero el péndulo de la historia terminó por completar su vuelta, y si los siglos V y IV habían sido de la filosofía, los siglos III y II tuvieron una nueva reina. Las disputas filosóficas adoptaron un tono menor, reduciendo sus intereses a la ética, y la ciencia despertó de su letargo para comenzar a ocupar buena parte del escenario cultural de la época.

A qué se deba esto es cosa discutible. No faltan quienes consideran que a un periodo de exuberancia filosófica le sigue naturalmente otro de plenitud científica. Más aún, que cada vez que la cultura siente desazón frente al alcance casi infinito de las preguntas de la filosofía, halla descanso en las respuestas de menor vuelo, pero más concretas y controlables, de la ciencia. Puede ser. Lo cierto es que las mejores cabezas que Grecia produjo durante los siglos III y II fueron científicos.

Desde luego, el cambio no fue automático. El influjo de la obra platónica, según la cual la realidad material poseía sólo una importancia simbólica y el conocimiento era una especie de recuerdo, constituyó un dique a la ciencia de la naturaleza por mucho tiempo. Pero con Aristóteles las cosas habían comenzado a cambiar. Él mismo fue el mayor de los biólogos de la Antigüedad; su sucesor, Teofrasto, fue un extraordinario estudioso de plantas y minerales. Con una práctica incipiente, pero que podía ostentar un sólido fundamento teórico, la ciencia parecía tener por delante un futuro halagüeño. Y así fue, aunque por caminos algo insólitos.

Estratón, el tercer director del Liceo, continuó la tradición de investigación según el molde aristotélico, pero no ya en Atenas. A la muerte de Alejandro Magno, uno de sus generales, Ptolomeo, se estableció en Alejandría, donde fundó una nueva dinastía. Ptolomeo era hombre culto y refinado; sabía en qué consistía la superioridad de los griegos y mostró un aprecio especial por la cultura. Bajo su amparo, el pensamiento, la poesía y las ciencias tuvieron un financiamiento del que nunca antes habían gozado.

Lo mismo hicieron sus sucesores, que no sólo embellecieron Alejandría con su faro, la luminosa torre de mármol blanco que orientaba la navegación en sus costas, y que los antiguos incluyeron entre las siete maravillas del mundo. También se preocuparon de hacer de su ciudad una nueva Atenas. El mismo Ptolomeo I mandó llamar a Estratón a Alejandría. Con él se trasladó lo mejor de la vida cultural del Liceo, y Atenas perdió para siempre la supremacía cultural que durante siglos la había acompañado.

El Museo de Alejandría, como se llamó el nuevo centro, fue una institución asombrosa para su época. En él se pretendía gestionar el patrimonio cultural de la humanidad, y ello implicaba reunir todas las huellas escritas de la cultura. El Museo llegó a tener una biblioteca de más de medio millón de ejemplares; contaba con salas de lectura y de estudio, centros de investigación biológica, un observatorio astronómico, un zoológico, y un jardín botánico.

Con esta nueva vocación, la ciudad de Alejandría se convirtió pronto en un cruce de civilizaciones, lenguas y creencias. Comenzaron a surgir diccionarios, enciclopedias, mapas, clasificaciones de textos… En sus primeros 150 años de existencia, su desarrollo fue extraordinario. Tanto, que su ejemplo alentó la creación de otros Museos esparcidos por Grecia: Pérgamo, Éfeso, Antioquía, Pela y Siracusa.

Sea como fuere, Alejandría fue siempre preeminente. En torno a ella giraron los personajes más notables de la vida cultural de Grecia: poetas, matemáticos, médicos, astrónomos y geógrafos florecieron de la nada. Fue en este ámbito donde Euclides asombró al mundo durante los primeros años del s. III con sus Elementos, la más notable recopilación de las aportaciones griegas al campo de la geometría. El gran matemático se interesó también por la óptica y por la música, e inició la investigación de la idea de límites, que fue el germen del cálculo.

En medicina, la práctica de la disección logró elevar los conocimientos de anatomía y fisiología hasta un nivel que no fue recuperado sino hasta el s. XVI de nuestra era. Los dos nombres más notables que recuerda la historia son los de Herófilo y Erasístrato. El primero de ellos afirmó, contradiciendo la prestigiada opinión aristotélica, que el cerebro era el órgano central del sistema nervioso y la sede de la inteligencia.

También la astronomía realizó avances importantes. Uno de sus personajes más notables fue Aristarco de Samos, quien dieciocho siglos antes de Copérnico, asombró al mundo afirmando que era el Sol el centro del universo, y que la Tierra giraba a su alrededor en la humildad de una órbita circular. Si no logró hacer aceptar su hipótesis fue, al menos en parte, debido al prestigio de Aristóteles y al sistema astronómico que este había construido cuando aún se encontraba bajo el influjo de Platón. A pesar de lo poco que sabemos de Aristarco, podemos decir que fue un prodigio completo, capaz incluso de calcular los tamaños relativos y las distancias del Sol y la Luna.

Como él, otros muchos científicos lucharon por crear un espacio de autonomía para sus ciencias. Eratóstenes de Chipre, gran geógrafo y bibliotecario de Alejandría, fue otro de ellos. Tuvo que trabajar bastante para dar carta de ciudadanía a la geografía entre las ciencias; todavía en su época había quien consideraba posible conocer el mundo físico escudriñando en los rincones de la literatura de Homero, especialmente en la Odisea, por los escenarios del viaje de Ulises. A esa clase de entendidos gustaba responder con ironía: «No se podrá determinar cuáles han sido los países visitados por Ulises mientras no se conozca el nombre del guarnicionero que cosió el odre de los vientos».

Pero Eratóstenes no era un simple polemista; era también un geógrafo genial. Perfeccionó el mapa del mundo, utilizando un sistema de líneas de referencia muy parecido a lo que después fueron los paralelos y los meridianos; dividió el globo terráqueo en cinco zonas: dos frías, dos templadas y una tórrida; y sobre todo, su gran hazaña: calculó con un pequeñísimo margen de error la circunferencia de la Tierra.

Había oído que durante el solsticio de verano en la ciudad de Syene, al sur del Nilo, había un momento del día en que el sol se encontraba tan alto en el cielo que los objetos no daban sombra. Eso no sucedía en Alejandría, su propia ciudad. Si esto era efectivo, podía suponerse que mientras los rayos del sol caían perpendicularmente en Syene, en Alejandría caían oblicuos. Así pues, si se calculaba la distancia entre ambas ciudades sería posible percibir la curvatura de la Tierra y hacer un cálculo sobre la circunferencia completa.

La medición no fue cosa fácil: eran alrededor de 800 kilómetros y no había más forma de medirlo que caminando. Pero Eratóstenes no era hombre de titubeos: contrató a alguien, que seguramente lo consideró un loco, y lo hizo caminar varios meses contando sus pasos. El resultado final de todos sus cómputos fue sorprendente; determinó el tamaño del globo terráqueo con un margen de error de ochenta kilómetros. Una auténtica proeza de tenacidad y matemáticas.

Sin embargo, el más grande genio científico que conoció la Antigüedad fue Arquímedes. Nació hacia el 287 a.C. en la ciudad de Siracusa, en Sicilia, donde en muy poco tiempo se ganó un puesto de privilegio en la corte del rey Hierón. Su formación, sin embargo, la realizó en el mayor centro de estudios de aquella época: Alejandría. Allí encontró maestros y bibliotecas dignos de su genio, y aprendió a desarrollar el talento que llevaba dentro.

Arquímedes era un superdotado de la mecánica y tenía un talento práctico que le salía por todos los poros. Él fue quien descubrió la ley de la palanca, derivándola en forma de teorema a partir de postulados como «dos pesos iguales a distancias iguales se equilibran». Si esto era verdad, también lo era que pesos desiguales a distancias desiguales se equilibran. Esta ley fue la que le permitió afirmar: «Dadme un punto de apoyo y levantaré el mundo».

Efectivamente, los inventos de Arquímedes eran capaces de levantar el mundo. En una ocasión logró lanzar al mar una nueva galera por medio de un articulado sistema de poleas, suscitando la admiración de la concurrencia siracusana. Otra de sus creaciones más notables fue una bomba espiral para elevar agua del Nilo, que podía ser accionada por la fuerza de los pies o por medio de bueyes o caballos. Es tan fácil de construir y usar que todavía hoy es empleada entre los campesinos del Medio Oriente para sacar el agua de los canales de irrigación. Desde luego, había razones para que Hierón lo considerara el genio mimado de la corte: cuando se trataba de inventos prácticos, el ingenio de Arquímedes no parecía tener confines.

Una de sus más conocidas anécdotas dice relación con la ley hidrostática que descubrió. En ella ha quedado retratada buena parte de su estampa. El rey Hierón le había encomendado resolver un problema: había mandado a un artífice de la corte hacerle una corona, para lo cual le había entregado oro macizo. El artista había cumplido el encargo real, pero Hierón sospechaba que algo no funcionaba en el trato. Y como todos los reyes, hubiera muerto antes que dejarse engañar por un artesano.

El soberano supuso que el orfebre había sustraído parte del oro y lo había reemplazado por plata. Y no tenía modo de verificar su hipótesis, salvo pidiendo ayuda al genio de la corte: Arquímedes. Este perdió el sueño intentando realizar el examen que el rey le había pedido, pero el problema se presentaba difícil, casi insoluble. Hasta que un día, en los baños de aguas calientes de Siracusa, le vino a la mente, como un relámpago, la solución. Notó que al introducirse en la bañera el agua rebalsaba y caía al piso. Esa observación le bastó para formular una ley capaz de resolver muchos problemas, incluido el del rey. Y de resolverlos con tanta certeza, que en pocas horas el orfebre había sido juzgado, sentenciado y condenado.

Arquímedes sumergió la corona en un recipiente de agua lleno hasta los bordes y recogió toda el agua que había rebalsado. Después tomó un pedazo de oro del mismo peso que la corona y repitió la operación. El resultado fue inequívoco: el agua que la corona había desplazado del recipiente era muy superior a la del bloque de oro. Arquímedes comprendió que el efecto sólo se explicaba si el artífice había adulterado el oro mezclándolo con plata. Y eso fue prueba más que suficiente para Hierón.

Para Arquímedes constituyó un triunfo espectacular que saldó para siempre su condición de genio. Pero también debe haber haberle generado más de un mal rato. El gozo de haber resuelto el problema fue tan intenso que, según se dice, salió desnudo de los baños de Siracusa, gritando por las calles de la ciudad: «¡Eureka, Eureka!», «lo he encontrado».

Con todo, el mayor desafío que Arquímedes afrontó durante su vida tuvo por escenario la guerra. Una vez muerto Hierón, su protector y mecenas, Siracusa abandonó su hábil política de alianza con la potencia dominante de la península itálica, Roma. Los romanos no toleraban de buena gana las veleidades de sus aliados y tomaron a mal el asunto. Mandaron inmediatamente una flota con órdenes de someter sin contemplaciones a la isla. Y lo hubieran hecho sin tardar si no les hubiera salido al paso Arquímedes, que durante tres años resistió el asedio.

Las cosas que el historiador Polibio nos cuenta de él rayan en lo legendario. Parece haber inventado máquinas de catapulta que permitían lanzar piedras enormes contra las naves romanas. Tuvo la idea de construir grandes espejos y subirlos a las mayores alturas que le permitían las construcciones de la ciudad, con el fin de concentrar los rayos solares e incendiar los barcos. Diseñó también grúas capaces de dar vuelta a los bajeles enemigos.

Pero ni con todo este despliegue fue capaz de contener a los romanos. El hambre de una ciudad asediada pudo más que el ingenio de Arquímedes y finalmente Siracusa tuvo que rendirse. El cónsul Marcelo dio órdenes estrictas de salvar del saqueo al genio que por tanto tiempo los había resistido. Cuando entraron, los romanos se lo encontraron en algún rincón de la ciudad, ausente del drama que vivía Siracusa, dibujando figuras geométricas en la arena, ocupado en resolver quién sabe qué problema de mecánica o en idear alguna nueva estratagema defensiva. Un soldado romano lo increpó, y Arquímedes parece haberle respondido con indiferencia. El esbirro no estuvo dispuesto a tolerar dilaciones ni se preocupó tampoco por la identidad del anciano: lo mató sin titubeos en ese mismo lugar… Corría el año 212 a.C. Tendrían que pasar más de 1800 años para que la humanidad volviera a contar con un científico de su talla.

En toda su genialidad, Arquímedes era un fiel representante de la mentalidad griega y debió de llevar un cierto conflicto por dentro. Como buen griego, siempre despreció el aspecto aplicado de su obra. Nunca concedió dignidad científica a sus máquinas y, a pesar de sus proezas de ingeniería, se negó a escribir un tratado de mecánica aplicada. Es indudable que sentía pudor de sus inventos prácticos.

la diferencia entre el Poder de Dios y El Poder del Mundo (IV)

IV ¿Quien es nuestro Dios?

  • Quien es nuestro Dios

 

«Hoy todo mundo habla de Dios. En sí, la misma palabra Dios está en la boca de todos los hombres, aún de los mismos que niegan su existencia. Parece que la idea de Dios se ha desvirtuado en gran manera. Veamos algunos ejemplos:

Los artistas dan gracias a Dios por los éxitos obtenidos en sus vidas, sin importar la vida que tengan atrás.

La gente dice “gracias a Dios” por lo que recibimos, sin realmente estar conscientes de lo que están diciendo.

Bush y Sadamm hablan de Dios en vísperas de la guerra, sin darse cuenta que Dios no tiene injerencia en este conflicto bélico

Los mismos cristianos decimos a los hermanos cuando los saludamos, “Dios le bendiga”, posiblemente como un estribillo y no como una realidad espiritual.

Los masones hablan del Gran Arquitecto Universal

Las grandes religiones hablan de Dios. Sí, los hindúes hablan de Dios y las divinidades, los musulmanes de Alá (Dios), los judíos de Yahvé (Dios), las religiones antiguas tenían sus dioses y su Dios principal.

En fin, la idea de Dios está bien arraigada en el hombre desde tiempos antiguos. Las cifras no mienten, se estima que el 80 % de la población profesa una religión, y cada religión en este planeta tiene la creencia en un Dios.

Todo esto lo menciono porque cuando los cristianos hablamos de Dios debemos dejar bien claro de qué Dios (aunque no haya otros dioses) estamos hablando.

Cuando hoy en día dos personas quieren ponerse de acuerdo sobre lo que cada una entiende por Dios, lo primero que harán será poner en claro con toda precisión en quién piensan, si es en el Padre de Jesucristo, es decir, en el Dios de Abraham, Isaac y Jacob o en algún otro ser supremo.

Esto es muy importante, nosotros, los creyentes en Jesús, estamos identificados con el Dios de la Biblia.» (107)

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la diferencia entre el Poder de Dios y El Poder del Mundo (III)

III. El poder del Mundo

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Una imagen típica de guerra en Jerusalén. Un soldado se agacha detrás de una muro protegiendo la avanzada de su escuadrón,1973

Margarita Rivière, en “el ritmo del Infierno”, escribe acerca de la obra de Estefanía y nos da además una visión personal sobre el poder en el mundo. Ella comenta que «la gran paradoja de nuestro tiempo es que en esta época en que se proclama laica, existen hombres que quieren ser dioses y hacen de los números una religión universal. » (63)

Margarita Rivière, cita a Mijali Bulgakov quien señala: «”Todo poder es una violencia ejercida sobre las gentes”.» (64)

Luego, ella comenta que «para el periodista y economista Joaquín Estefanía, el poder es potestad, poderío, prepotencia, preponderancia, dominio, mando, privilegio, pero ante todo es superioridad, ya que argumenta que todo poder es una conspiración contra el débil.» (65)

Ella entiende que «de hecho el poder es la capacidad o facultad para mandar o imponer una voluntad sobreEl Mundo y sus Luchas de Poderes otra. En cada sociedad y en cada institución social existen poderes que luchan por imponerse unos a otros; aunque no todos tienen en el mismo éxito en su empresa. Aclara incluso que cuando los más fuertes se imponen en un periodo o circunstancia determinada, pueden llegar a ser los más débiles en la siguiente. Los poderes fácticos son aquellos que cambian con el tiempo, entre los que se encuentran: la política, los hombres de las finanzas, los medios masivos de comunicación, los sindicatos, los patrones, los militares, la iglesia y al final de la lista los ciudadanos cuando castigan con su voto o su abstención. El poder se hace más evidente, es más perceptible en los totalitarismos que en las democracias, en las que la manipulación suele ser más subliminal. Al respecto Estefanía señala “Los hombres se sirven de palabras para ocultar sus verdaderos pensamientos, y de los pensamientos para justificar sus injusticias. En la actualidad se confunden los términos poderoso e influyente; de hecho se han vuelto casi sinónimos, ya que la única diferencia radica en que el primero deviene de la autoridad y el segundo es aquél que ejerce esta autoridad a cambio de dinero (que compra el poder).

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la diferencia entre el Poder de Dios y El Poder del Mundo (II)

II. El Poder de Dios

«La poesía hebrea celebra con singular sentimiento el poder de Dios. El verdadero poder o capacidad de ejercer verdadera Autoridad corresponde solamente a Dios (Sal 62.11). El poder de Dios se manifiesta en la creación y Dios mantiene a esta con su poder (Sal 65.5–8; 148.5). Dios concede parte de su autoridad al género humano (Gen 1.26ss; Sal 8.5–8), pero en muchas ocasiones interviene activamente en los asuntos de su pueblo Israel, por ejemplo, y lo redime mediante su acción directa (Ex 15.6; Deut 5.15ss).

Los antiguos nombres hebreos aplicados al Dios de Israel, tales como “el Fuerte de Jacob” (Gen 49.24), “el Fuerte de Israel” (Is 1.24), “El Shadai” (Ex 6.3) y “Él” (Gen 33.20), revelan un alto concepto del poder de Dios.

En el Nuevo Testamento las palabras griegas dynamis y exouséa expresan el poder de Dios, y las doxologías celebran este poder manifestado en Cristo (por ejemplo, I Cor 1.24). Exouséa significa autoridad derivada o conferida, garantía o derecho de hacer algo (Mat 21.23–27), y en este sentido Jesús es portador de la autoridad de Dios. Dynamis expresa habilidad o energía en el creyente (Ef. 3.16), acción poderosa (Hch 2.22) o espíritu poderoso (Ro 8.38; cf. Mat 28.18). Cristo actúa por el poder que recibió de su Padre para perdonar pecados y para echar fuera demonios o espíritus malignos, y a su vez confiere este poder a sus discípulos (Mat 9.6; 10.1). A ellos dio potestad de ser hechos hijos de Dios (Jn 1.12) y cooperar en la tarea evangelizadora (Mar 3.15).

Jesús inició su ministerio en el poder (dynamis) del Espíritu (Luc 4.14; 5.17). En el Nuevo Testamento el poder de Dios se manifiesta armoniosamente en las acciones de la Trinidad (Mat 11.25; Jn 5.17). En el mensaje del apóstol Pablo la resurrección de Cristo es la prueba más sobresaliente del poder de Dios (Ro 1.4; Ef. 1.19ss; Filip 3.10).» (18)

El Pastor Alberto F. Roldán, Buenos Aires, en un documento electrónico titulado “El poder de Dios está a favor de nosotros (Ef. 1.18-23)” (28 de Julio de 2005), escribió lo siguiente: «Vivimos bajo la amenaza constante del poder del Mal. Ese poder es destructivo y devastador. En pocos instantes puede destruir miles de vidas humanas y ciudades enteras. Contrario a ese poder negativo es el poder de Dios. ¿Cómo es el poder de Dios? ¿Cómo se despliega? ¿A favor de quiénes está ese poder? » (19)

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