La razón y la fe, de Habermas a Ratzinger

domingo, mayo 22, 2005

La razón y la fe, de Habermas a Ratzinger

Por Mariano Grondona
El 19 de enero de 2004 se produjo en Munich un diálogo trascendente entre Jürgen Habermas, uno de los filósofos más importantes de nuestro tiempo, y el cardenal Joseph Ratzinger, el teólogo de cabecera del papa Juan Pablo II, a quien sucedería este año con el nombre de Benedicto XVI.
El diálogo puso frente a frente a Habermas como representante de la versión actualizada de los ideales originalmente no religiosos de la Ilustración y a Ratzinger en su condición de representante de la versión más reciente del pensamiento de la Iglesia.
LA NACION reprodujo el texto completo del encuentro entre Habermas y Ratzinger en su edición del 14 del actual. Decimos que el diálogo fue “trascendente” porque acercó a las dos grandes tradiciones que polemizaron en la historia de Occidente desde los inicios de la Edad Moderna: la tradición científica y racionalista y la tradición judeocristiana.
También le pusimos a este artículo el título de De Habermas a Ratzinger, porque en Munich Habermas habló primero y Ratzinger, después, respondiendo de este modo el teólogo a lo que había dicho el filósofo en torno del tema que los había reunido: la búsqueda de un fundamento común para la sociedad global, religiosa y no religiosa, occidental y no occidental, en que se ha convertido la humanidad. La Academia Pontificia de las Ciencias fue fundada en 1603 por el papa Clemente VII.
Hoy, junto con la Academia Pontificia de las Ciencias Sociales de reciente creación (ambas coordinadas por un argentino, monseñor Marcelo Sánchez Sorondo), estas dos academias asesoran al Papa en cuestiones científicas y sociales. Uno de los primeros miembros de la Academia Pontificia de Ciencias fue Galileo, quien se incorporó en 1608 y fue uno de sus líderes hasta que su conflicto con la Iglesia, en 1637, sobre la posición de la Tierra respecto del Sol abrió el abismo entre la ciencia y la religión, que perduró hasta que Juan Pablo II pidió perdón por la condena de Galileo a casi cinco siglos de distancia, con lo que reconstruyó de este modo el puente entre la razón y la fe que Habermas y Ratzinger recorrieron en Munich.
Habermas se preguntó si la democracia necesita un fundamento prepolítico, filosófico o religioso, que la justifique. Habermas cree que no. Su idea es que, una vez que los ciudadanos se ponen de acuerdo en respaldar una constitución que garantice sus derechos humanos y políticos, actúan como creadores de un nuevo Derecho que se basta a sí mismo. A este consenso fundamental y a la decisión de vivir de acuerdo con él Habermas les da el nombre de patriotismo constitucional.
Habermas no renuncia a la tradición humanista y racional de la modernidad. Pero la novedad que expuso en Munich fue reconocerle a la tradición religiosa un papel hasta ayer ignorado, al decir que las religiones ya no deben ser pensadas como residuos irracionales de un pasado mágico, sino como la inspiración por la cual los creyentes pueden allegarse al consenso democrático con los no creyentes. Y esto es ahora posible porque Habermas, al darles a las creencias religiosas un papel que la Ilustración les negaba, reconoció que ideas fundamentales de la democracia, como la justicia y los derechos humanos, nacieron en el seno de las grandes religiones.
Esta herencia, oportunamente apropiada por los no creyentes, atrae a creyentes y no creyentes por igual a la concordia democrática. La concepción de Habermas se acercó explícitamente a la de John Rawls, quien sostuvo que los ciudadanos que concurren al consenso democrático pueden poseer dos convicciones.
La primera, una “visión omnicomprensiva” religiosa o filosófica de la cual deriva, entre otros, el principio democrático, y la otra, más limitada y específica, la fe en la democracia, que puede derivarse de una visión omnicomprensiva o no. Pretender que una sola visión omnicomprensiva funde la convivencia social, equivaldría al totalitarismo.
Habermas reconoció también que la creencia democrática puede tener su propia patología; por ejemplo, el individualismo exacerbado, para lo cual necesita que la tradición religiosa le ponga límites, así como la religión puede caer en su propia patología, por ejemplo, el fanatismo, contra el cual necesita los límites que le ofrece el espíritu democrático. Habermas propuso por ello en Munich que el espíritu religioso y el espíritu secular aprendan juntos las reglas de la convivencia universal, ofreciéndose uno al otro como remedios de sus respectivas patologías.
Ratzinger asumió como un hecho de nuestro tiempo que, al encontrarse arrojada a un espacio universal más allá del espacio exclusivo que antes tenía, ninguna cultura ofrece a las demás un principio de aceptación universal. El mundo de nuestros días vive, en suma, en un estado de fragmentación cultural. Ratzinger reconoció como un hecho el multiculturalismo: que cada cultura apela a sus propios fundamentos. Si quisiera convertirse al “hecho” del multiculturalismo en el “derecho” de cada cultura a pensar exclusivamente a su manera, caeríamos en el relativismo cultural en medio del cual, teniendo cada cultura “su” verdad, desaparecería la búsqueda esperanzada de “la” verdad. Ratzinger apeló entonces a una palabra que lo cambia todo. En vez de hablar de “multiculturalismo”, pasó a hablar de interculturalismo. A la inversa del multiculturalismo, el interculturalismo es la búsqueda común de la verdad por parte de las culturas. Mientras el multiculturalismo separa, el interculturalismo conecta. Ratzinger enumeró enseguida las culturas que habitan nuestro mundo.
En Occidente predominan dos culturas: científica y racionalista una; judeocristiana, la otra. A ellas habría que sumar, ya fuera de Occidente, las culturas islámica, hindú, budista y confucianista. La oposición entre el judeocristianismo y el cientificismo ya fue mencionada. Las oposiciones entre el judaísmo y el cristianismo en sus diversas versiones están en camino de ser superadas.
También el islam sufre la tensión entre su ala fundamentalista y su ala moderada. ¿Por qué no pensar entonces en un diálogo entre todas las culturas de nuestro tiempo en busca de una convergencia que, sin anular la individualidad de cada una de ellas, les permita diseñar los principios universales de justicia y solidaridad de la democracia?
Al viajar en busca de este horizonte, Ratzinger, hoy Benedicto XVI, quiere completar la obra de su antecesor. Juan Pablo II se reconcilió con los “hermanos separados” de las demás variaciones cristianas, con los “hermanos mayores” del judaísmo y hasta con los herederos de Galileo. De acuerdo con lo que adelantó en Munich el año último, Benedicto XVI buscará la reconciliación con el islam, el hinduismo, el budismo y el confucianismo.
Por eso es posible ver en su diálogo con Habermas una instancia decisiva en dirección del ecumenismo. Como la palabra “ecología”, la palabra “ecumenismo” proviene de la raíz griega oikos, que significa “casa”. Viniendo de tradiciones distintas y hasta opuestas, Habermas y Ratzinger actuaron en Munich como los adelantados de una nueva toma de conciencia: que, cualquiera que fuere nuestra condición y nuestra tradición cultural, los hombres acabamos de mudarnos a la misma casa.

Cosmovisión bíblica

Cosmovisión bíblica
Ser diferentes


¿Qué es “cosmovisión bíblica”? La palabra “cosmovisión” se refiere a los principios que usamos para evaluar el mundo en que vivimos. Se puede decir que es nuestra “filosofía de la vida”. Afecta la forma en que relacionamos cada aspecto de nuestra cultura y la gente alrededor de nosotros. La segunda palabra “bíblica” es importante porque nos ayuda a ver la fuente de los principios que debemos usar para tomar decisiones como cristianos. Los no creyentes basan sus vidas y decisiones en la cultura que les rodea. Pero el creyente en Cristo debe pensar y actuar en una forma muy distinta.

Santiago 4:4 dice, “¿No sabéis que la amistad del mundo es enemistad contra Dios? Cualquiera, pues, que quiera ser amigo del mundo, se constituye enemigo de Dios.” No queremos ser culpables de ayudar al enemigo de Dios en su plan destructor. Pero es preocupante ver a algunos creyentes caer en la trampa de ministrar en el nombre de Dios según los principios mundanos. Algunos piensan que es necesario amoldarnos al mundo para tener la oportunidad de compartirles de Cristo.

En 1 Corintios 1:18-23 Pablo confiesa que el verdadero mensaje bíblico es una locura y tropezadero para el no creyente. El evangelio tampoco va a ser aceptado fácilmente por personas de hoy día. ¿Qué hizo Pablo en cuanto a este problema de “mercado técnico” para la iglesia primitiva? Su respuesta se encuentra en 1 Corintios 2:1-15. Pablo no confió en “mercado técnico” basado en “excelencia de palabras o sabiduría humana” (2:1-2, 2:4-6; 2:12) para atraer a la gente a Cristo. Pablo proclamó una cosmovisión biblica que chocaba con su cultura, confiando en que el Espíritu Santo iba a obrar en las vidas de las personas que iban a ser salvas (v. 2:4, 2:10-11, 2:13-14). Pablo atrajo a la gente a Cristo por ser muy diferente, no por ser como ellos.

Vemos a través de toda la Biblia personas que sirvieron a Dios, ayudando a otros a encontrarlo no por pensar y actuar como el resto del mundo, sino por proclamar y enfatizar su diferencia y distinción del mundo. Vemos ejemplos de personas como Josué (Josué 23 y 24) obligando a la gente a escoger a quien iban a servir. Daniel propuso en su corazón no contaminarse con las cosas de este mundo; esa fue una lección impactante para el rey y su reino (Daniel 1:1-16). La gente notó que Pablo y Juan no eran como ellos, sino lo contrario, que eran muy diferentes y que habían estado con Jesús (Hechos 4:11-14).

¿Tiene usted una cosmovisión verdaderamente bíblica? ¿Atrae gente a Cristo porque es diferente que los del mundo? Comprometámonos a vivir y evangelizar según una cosmovisión bíblica y no según principios de “mercado técnico humano”.

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