APOLOGETICA CATÓLICA XVI

APOLOGETICA CATÓLICA XVI

LA EUCARISTIA  (I)  (Transubstanciación)

DOCTRINA CATOLICO-ROMANA:

“El sacramento de la santa eucaristía es el verdadero cuerpo y sangre de Jesucristo, juntamente con su alma y divinidad, bajo la apariencia de pan y de vino. La materia de este sacramento es el pan blanco y el vino de uvas. La forma es: “Este es mi cuerpo,” pronunciada sobre el pan; y “Esta es mi sangre del pacto nuevo y eterno, el misterio de la fe, que será derramada por vosotros y por muchos para remisión de pecados,” pronunciada sobre el vino. El cambio del pan y del vino en el cuerpo y sangre de Cristo tiene lugar cuando el sacerdote en la santa misa pronuncia las palabras de la consagración ordenada por Cristo en la última cena. Este cambio se llama transubstanciación, es decir, un cambio no solamente en la figura o apariencia, sino en la realidad. Nuestro Señor dijo en la última cena: “Este es mi cuerpo…. Esta es mi sangre.” Lo que parecía pan y vino, dejaron de ser por su palabra lo que parecían, y se tornaron en su cuerpo y sangre preciosos. Después de la consagración desaparecen el pan y el vino, y en el altar está él mismo en su lugar, cuerpo y sangre, alma y divinidad, no percibidos por los sentidos, sino ocultos bajo las apariencias de pan y vino, que permanecen después de haber desaparecido la substancia.” (Lo que Creen los Católicos, pág. 37.)

Se sostiene:

1. Que el Señor prometió este sacramento (Juan 6:48-58).

2. Que más tarde lo estableció (Mat. 26:26-28; Mar: 14:22-25; Luc. 22:14-15; Cf. I Cor. 11:24, 25).

3. Que Pablo lo confirmó con su testimonio.

La doctrina de la transubstanciación apareció, de hecho, por primera vez en el año 830, y aun entonces las ideas que se tenían acerca de ella eran muy vagas y diferían unas de otras. La palabra “transubstanciación no se hizo de uso común sino hasta el año 830, y la doctrina siguió en disputa aun después de esa fecha. El Papa Inocencio III la promulgó en 1215, y fue declarada artículo de fe en 1551 por el Concilio de Trento, que anatematizó a cualquiera que la negara o pusiera en duda. Pero como Roma pretende basar esta doctrina en las Santas Escrituras, examinemos los pasajes que ella cita.

1. Juan 6:48-58 se aduce como una profecía de la santa eucaristía. “Yo soy el pan de vida. Vuestros padres comieron el maná en el desierto, y son muertos. Este es el pan que desciende del cielo, para que el que de él comiere, no muera. Yo soy el pan vivo que he descendido del cielo: si alguno comiere de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo daré es mi carne, la cual yo daré por la vida del mundo. Entonces los judíos contendían entre sí, diciendo: ¿Cómo puede éste darnos su carne a comer? Y Jesús les dijo: De cierto, de cierto os digo: Si no comiéreis la carne del Hijo del hombre, y bebiereis su sangre, no tendréis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna: y yo le resucitar en el día postrero. Porque mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, en mi permanece, y yo en él. Como me envió el Padre viviente, y yo vivo por el Padre, asimismo el que me come, él también vivirá por mí. Este es el pan que descendió del cielo: no como vuestros padres comieron el maná, y son muertos: el que come de este pan, vivirá eternamente.” Este pasaje contiene ocho referencias a comer, y siete veces se repite la palabra “carne.” Todas ellas brotaron de los labios de nuestro Señor. A pesar de ello, negamos rotundamente que constituyan una profecía de la eucaristía católico-romana. Coloquemos frente a este pasaje las palabras del Señor, que se encuentran en versículos anteriores de este mismo capítulo, y que forman parte de la misma controversia entre él y los judíos, que estaban tratando de hacerle repetir el primer milagro de los panes y los peces para poder comer de balde otra vez. Juan 6:29: “Esta es la obra de Dios, que creáis en el que ha enviado.” 35: “El que a mí viene, nunca tendrá hambre; y el que en mí cree, no tendrá sed jamás.” 36: “Aunque me habéis visto, no creéis.” 37: “Al que a mí viene, no le echo fuera.” 40: “Esta es la voluntad del que me ha enviado: Que todo aquel que ve al Hijo, y cree en él, tenga vida eterna.” 44: “Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere.” 45: “Todo aquel que oyó del Padre, y aprendió, viene a mí.” 47: “El que cree en mí, tiene vida eterna.”

Nueve veces encontramos las palabras “cree” y “come” en estos pasajes. La vida eterna es el resultado de comer su carne y beber su sangre, y vida eterna es también el resultado de creer y venir en los últimos versículos citados. Por consiguiente, comer de la carne y beber de la sangre del Hijo del hombre son sinónimos de venir a él y creer en él. En su ceguedad espiritual, los judíos no entendieron esto y se escandalizaron. Por eso se preguntaron unos a otros:

“¿Cómo puede éste darnos su carne a comer?” Ellos tenían razón por su parte, si es que las palabras se hubieran de entender en sentido literal, porque comer su carne y beber su sangre no hubieran sido más que un gTosero acto de canibalismo. Algunos de los discípulos de nuestro Señor también se escandalizaron por sus palabras, y dijeron: “Dura es esta palabra: ¿quién la puede oír?” Pero el Señor dio la explicación a los que la quisieron recibir, como antes lo había hecho con las parábolas contendidas en Mat. 13, al decirles: “El espíritu es el que da vida; la carne nada aprovecha: las palabras que yo os he hablado, son espíritu, y son vida” (Juan 6:63). Las palabras que Pedro dijo, hablando en su propio nombre y en el de los otros apóstoles, demostraron que ellos habían interpretado el significado de las palabras de nuestro Señor como “venir” a Cristo y “creer” en él: “Señor, ¿a quién iremos? tú tienes palabras de vida eterna.” En el versículo 57 de este capítulo 6 de San Juan, nuestro Señor les dijo: “Como yo vivo por el Padre, asimismo el que me come, él también vivirá por mí.” ¿Cómo vivió Cristo por el Padre? No comiendo físicamente de él, sino por la fe en él y en su palabra.

2. Vengamos ahora a los pasajes que Roma cita sobre el hecho mismo de la institución de la santa comunión o eucaristía. Mat. 26:26-29: “Y comiendo ellos, tomó Jesús el pan, y bendijo, y lo partió, y dio a sus discípulos, y dijo: Tomad, comed, esto es mi cuerpo. Y tomando el vaso, y hechas gracias, les dio, diciendo: Bebed de él todos; porque esto es mi sangre del nuevo pacto; la cual es derramada por muchos para remisión de los pecados. Y os digo, que desde ahora no beberé más de este fruto de la vid, hasta aquel día, cuando lo tengo de beber nuevo con vosotros en el reino de mi Padre.” Marcos 14:22-25: “Y estando ellos comiendo, tomó Jesús pan, y bendiciendo, partió y les dio, y dijo: Tomad, esto es mi cuerpo. Y tomando el vaso, habiendo hecho gracias, les dio: y bebieron de él todos. Y les dice: Esto es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada. De cierto os digo que no beberé más del fruto de la vid, hasta aquel día cuando lo beberé nuevo en el reino de Dios.” Lucas 22:19, 20. “Y tomando el pan, habiendo dado gracias, partió, y les dio, diciendo: Esto es mi cuerpo, que por vosotros es dado: haced esto en memoria de mi. Asimismo también el vaso, después que hubo cenado, diciendo: Este vaso es el nuevo pacto en mi sangre, que por vosotros se derrama.” I Cor. 11:23-26. “El Señor Jesús, la noche que fue entregado, tomó pan; y habiendo dado gracias, lo partió, y dijo: Tomad, comed: esto es mi cuerpo que por vosotros es partido: haced esto en memoria de mí. Asimismo tomó también la copa, después de haber cenado, diciendo: Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre: haced esto todas las veces que bebiereis, en memoria de mi. Porque todas las veces que comiereis este pan, y bebiereis esta copa, la muerte del Señor anunciáis hasta que venga.” Probablemente lo primero que debemos observar en estos pasajes son las palabras “bendijo” y “habiendo dado gracias” que se emplean indistintamente, y que la palabra griega por “bendijo“’ es “euloges,” alabar.

La acción de gracias y la bendición o alabanza están dirigidas a Dios. Roma sostiene que se bendicen el pan y el vino, y que por esa bendición se transforman en algo diferente, que es cuerpo y sangre. Sin embargo el lenguaje que aquí se usa no permite esta interpretación. La acción de gracias y alabanza fue dirigida a Dios, de la misma manera que nuestro Señor dio gracias por los panes y los peces, al dar de comer a la multitud. Lo segundo a lo que debemos llamar la atención son las palabras que usó nuestro Señor, después de la acción de gracias: “Esto es mi cuerpo,” “Esto es mi sangre del nuevo pacto.” ¿Quiso él decir que él tenía en sus manos su verdadero cuerpo y sangre, cuando se encontraba él mismo en medio de ellos en el mismo cuerpo en que había vivido durante los años que ellos le habían estado siguiendo? -¡Increíble! En la Santa Escritura encontramos que nuestro Señor empleó muchas veces esta misma construcción gramatical, usando el verbo “ser” en el sentido de “representar,” y no puede tener otro significado. Génesis 41:26. “Las siete vacas hermosas siete años son; y las espigas hermosas son siete años.” Génesis 49:9, 14. “Cachorro de león (es) Judá.” “Issachar (es) asno huesudo.” Daniel 7:24. “Los diez cuernos son diez reyes” (Nácar-Colunga) . Salmo 84:11 “Sol y escudó es Jehová Dios.”

Salmo 119:105. “Lámpara es a mis pies tu palabra, y lumbrera a mi camino.” Mateo 13:8. “El campo es el mundo; y la buena simiente son los hijos del reino.” Rom. 3:13. “Sepulcro abierto es su garganta.” Juan 10:9. “Yo soy la puerta.” Juan 15:1. “Yo soy la vid verdadera.”

En el lenguaje ordinario usamos también nosotros con frecuencia esta misma figura de dicción, y decimos, mirando el plano de una casa: “Este es el comedor y esta es la cocina. “O mirando una fotografía, decimos: “Este es fulano o zutano.”

Al hablar así, hablamos como habló nuestro Señor al tomar el pan y el vino. En realidad él no habló del vino, sino de la copa, cuando dijo: “Esto es mi sangre del nuevo pacto.” Otro punto al que debemos llamar la atención es el hecho de que nuestro Señor llamó el vino “fruto de la vid,” al decir: “Desde ahora no beberé más de este fruto de la vid, hasta aquel día, cuando lo tengo de beber nuevo con vosotros en el reino de mi Padre.”

Lo mismo hizo Pablo cuando, al hablar de los elementos del pan y del vino, dijo: “Todas las veces que comiereis este pan, y bebiereis esta copa, la muerte del Señor anunciáis hasta que venga” (I Cor. 11:26). Roma afirma que la transubstanciación es el más grande de todos los milagros.

Toda la evidencia de la Palabra de Dios y de la experiencia demuestra que no se trata de un milagro, sino de un absoluto error. Nuestro Señor obró muchos milagros mientras estuvo en la tierra, pero todos ellos llevan el sello de su propia evidencia. Los ciegos vieron, los cojos anduvieron, los muertos resucitaron a una vida activa, el pan se multiplicó a la vista de millares de personas. La resurrección de nuestro Señor fue un milagro poderoso, tan poderoso que aun los mismos que le conocieron mejor dudaron de él en un principio. ¿Cómo disipó él aquellas dudas? “Palpada, y ve; que el espíritu ni tiene carne ni huesos, como veis que yo tengo” (Luc. 24:39).

Al incrédulo Tomás le dijo: “Mete tu dedo aquí, y ve mis manos: y alarga acá tu mano, y métela en mi costado: y no seas incrédulo, sino fiel” (Juan 20:27) . Nuestro Señor dijo a sus discípulos que aplicaran sus facultades ordinarias de crítica para probar la realidad de su resurrección. No es esto lo que hace la iglesia romana en relación con la eucaristía. El pan y el vino no pierden su apariencia, forma, gusto, olor, peso ni color después de haber sido bendecidos por el sacerdote; y todas las demás cualidades que se perciben por los sentidos son exactamente las mismas de antes; pero el católico tiene que rechazar la evidencia de todos sus sentidos, o ser anatematizado. Lo que perciben los sentidos son lo que la iglesia romana llama “accidentes.’

Cuando el Señor convirtió el agua en vino en las bodas de Caná de Galilea, no hubo “accidentes.” “El maestresala gustó el agua hecha vino, que no sabía de dónde era…. el maestresala llama al esposo, y dícele: Todo hombre pone primero el buen vino, y cuando están satisfechos, entonces lo que es peor; mas tú has guardado el buen vino hasta ahora” (Juan 2:9, 10). La iglesia católico-romana habla de la presencia real del Señor en los elementos sacramentales; pero de las palabras del apóstol Pablo en 1 Cor. 11:26 aprendemos lo contrario, pues él nos recuerda más bien la ausencia del Señor. “Haced esto en memoria de mí, porque todas las veces que comiereis este pan, y bebiereis esta copa, la muerte del Señor anunciáis hasta que venga” (I Cor. 11:25, 26).

No necesitamos recordar a un amigo que está con nosotros, el recuerdo tiene lugar cuando una persona está ausente, y esto es lo que acontece con el Señor y esta fiesta recordatoria. El “subió sobre todos los cielos” (Efe. 4:10) a los cuarenta días después de su resurrección, pero lo hizo “para cumplir todas las cosas,” y en el sentido de su inminencia divina, está tan cerca de nosotros hoy como lo estuvo de sus discípulos del pasado; pero aún tiene en los cielos, “a la diestra de la Majestad en las alturas” (Heb. 1:3), el mismo cuerpo glorificado que tuvo en la tierra, y allí está sentado como nuestro Gran Sumo Sacerdote, para hacer intercesión por nosotros para siempre (Heb. 7:25). “Al cual de cierto es menester que el cielo tenga hasta los tiempos de la restauración de todas las cosas, que habló Dios por boca de sus santos profetas que han sido desde el siglo” (Hechos 3:21). Su cuerpo humano glorificado no está en la eucaristía, sino a la diestra del Padre “para presentarse ahora por nosotros en la presencia de Dios” (Heb. 9:24).

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APOLOGETICA CATÓLICA XI

APOLOGETICA CATÓLICA XI

EL BAUTISMO

LA IGLESIA CATOLICO-ROMANA pone mucho énfasis  en los sacramentos, a la cabeza de los cuales coloca el bautismo como esencial para la salvación. Es de tan vital importancia que, aunque de ordinario sólo el sacerdote puede realizar la ceremonia, en casos de emergencia cualquier laico puede administrarlo, si no hay un sacerdote a mano. En el folleto Lo que creen los católicos (Catholic Truth Society) se cita el caso de un soldado inglés en la India, que solía darse un paseo en las mañanas por la playa para bautizar las criaturas que habían sido abandonadas allí para que fueran arrastradas por la marea, y se pone el siguiente comentario: “No pudo salvar su vida en la tierra, pero pudo llevarlas a la vida eterna.” Otro caso es el de una criatura que fue dejada a cargo de un hermanito suyo. Este fue víctima de un ataque cerebral repentino, y la criatura le bautizó a él. La conclusión que de esto se saca es que todos deben saber cómo bautizar, a fin de que puedan saber cómo actuar en emergencias semejantes.

El romanismo enseña que las almas de los niños sin bautizar van al morir a un lugar entre el cielo y el infierno llamado limbo, donde estarán por la eternidad en un estado de felicidad natural. No van al infierno, porque no han cometido pecado; pero como la mancha del pecado original no ha sido limpiada en ellos por el bautismo, no pueden entrar en el cielo para gozar de la visión beatífica de Dios. Los adultos no bautizados van al morir directamente al infierno, porque, además del pecado original, tienen pecados actuales que ellos mismos han cometido. En relación con los niños no bautizados, digamos primeramente que el “limbo” es una ficción de la imaginación romanista, y que no se encuentra apoyo alguno en la Escritura para afirmar la existencia de tal lugar. No puede referirse al “hades” o lugar de las almas de los desaparecidos, que se traduce “infierno” en la versión española, ya que éste es un lugar temporal, pues leemos en Apoc. 20:13, 14 que “la muerte y el infierno (hades) dieron los muertos que estaban en ellos; y fue hecho juicio de cada uno según sus obras. Y el infierno y la muerte fueron lanzados en el lago de fuego. Esta es la muerte segunda.” No hay aquí posibilidad para la existencia de un lugar de duración eterna en un estado de felicidad natural, aparte del mismo cielo. Permanece el cielo, y el infierno, el lago de fuego, donde son arrojados todos aquellos cuyos nombres no están escritos en el Libro de la Vida. No se hace mención tampoco del bautismo, a este propósito, ni de los niños ni de los adultos.

La definición que da el diccionario de la palabra “sacramento” es: Una ceremonia o acto religioso, que se considera como signo externo y visible de una gracia interna y espiritual. La esencia de esto está en que el sacramento as algo simbólico; pero Roma no acepta esta definición. Para ella el bautismo es mucho más que un símbolo de una gracia ya recibida; es un rito que por sí confiere la gracia salvadora, de modo que una persona bautizada se salva, y una que no lo es se pierde. Continuemos citando el folleto antes mencionado:

“Todo bien nos viene por la sangre preciosa…. Por los sacramentos se aplican a nuestras almas los méritos de la sangre preciosa…. Porque los sacramentos no son solamente señales de la gracia, sino que dan también la gracia que significan. El alma de un niño queda limpia del pecado original, cuando se derrama un poco de agua sobre su cuerpo (pág. 33). El bautismo es un sacramento que nos limpia del pecado original, nos hace cristianos, miembros de la iglesia y herederos del cielo…. El bautismo perdona también los pecados actuales, es decir, los pecados que nosotros mismos cometemos, y borra la pena que se debe por ellos, cuando los que son reos del pecado actual lo reciben con las debidas disposiciones” (pág. 35).

El lenguaje que aquí se usa es claro e inequívoco; pero no está conforme con la enseñanza de la Escritura. No solamente no se encuentra en ella, sino que directamente contradice lo que dice la Biblia.

¿Puede el derramamiento de un poco de agua sobre el cuerpo limpiar el alma del pecado?

“Aunque te laves con lejía, y amontones jabón sobre fi, tu pecado está sellado delante de mí, dijo el Señor Jehová” (Jer. 2:22).

“Pilato . . . tomando agua se lavó las manos delante del pueblo, diciendo: Inocente soy yo de la sangre de este justo” (Mat. 27:24).

¿Acaso el lavarse la manos le limpió de su culpa? Tampoco lo puede hacer el agua de la fuente bautismal. Lo que el agua no puede hacer, lo realiza la preciosa sangre de Cristo.

“La sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado…. Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para que nos perdone nuestros pecados, y nos limpie de toda maldad” (1 Juan 1:7 y 9).

Tampoco puede el bautismo hacernos cristianos, hijos de Dios y herederos del cielo. Esto no lo puede realizar más que el Espíritu Santo, obrando en nosotros cuando recibimos a Jesucristo por fe en nuestros corazones.

“A lo suyo vino (Cristo), y los suyos (el pueblo judío, cuyo Rey y Mesías él era) no le recibieron. Mas todos los que le recibieron, dioles potestad de ser hechos hijos de Dios, a los que creen en su nombre: los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, mas de Dios” (Juan 1:11-13).

Nótese que recibir y creer se usan aquí como sinónimos. La verdadera fe es más que un credo, y más que un asentimiento mental a ese credo; es algo activo, que recibe. Esto es lo que significa el pasaje de Santiago 2:20: “La fe sin obras es muerta.” Cristo está a la puerta de cada corazón y llama, pidiendo que se le deje entrar como Señor y Dueño, Príncipe y Salvador. El dice:

“He aquí, yo estoy a la puerta y llamo: si alguno oyere mi voz y abriere la puerta, entraré a él” (Apoc. 3:20) .

El, el Príncipe de la vida, entra a morar en nosotros cuando le abrimos la puerta.

“Y este es el testimonio: Que Dios nos ha dado vida eterna; y esta vida está en su Hijo. El que tiene al Hijo, tiene la vida: el que no tiene al Hijo de Dios, no tiene la vida. Estas cosas he escrito a vosotros que creéis en el nombre del Hijo de Dios, para que sepáis que tenéis vida eterna, y para que creáis en el nombre del Hijo de Dios” (1 Juan 5:11-13).

No se puede usar lenguaje más claro y directo: el que tiene al Hijo, por haberle recibido en su corazón por la fe, tiene vida eterna. Lo opuesto es igualmente claro:

“El que es incrédulo a Hijo, no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él” (Juan 3:36).

“El que no cree, ya es condenado, porque no creyó en el nombre del unigénito Hijo de Dios” (Juan 3:18).

Ningún rito bautismal, no importa quien sea el que lo realiza, puede regenerar un alma o darle esa vida eterna, que es la única cosa que la puede hacer hijo de Dios y heredero del cielo. Si esto fuera posible, Pablo no hubiera escrito: “Cristo no me envió a bautizar, sino a predicar el evangelio” (I Cor. 1:17). Ni hubiera podido entrar al paraíso con Cristo el buen ladrón, sin haber sido bautizado.

En las Escrituras hallamos que la regeneración es resultado de dos cosas: 1, la verdad del evangelio; 2, el poder del Espíritu Santo.

1.      Dice I Pedro 1: 23-25:

“Siendo renacidos, no de simiente corruptible, sino de incorruptible por la palabra de Dios, que vive y permanece para siempre…. Y esta es la palabra que por el evangelio os ha sido anunciada.”

2.      Juan 3:5, 6:

“El que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios. Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es.”

La iglesia romana enseguida echa mano de la palabra “agua” de esta última porción de la Escritura y afirma que se refiere al bautismo; pero es imposible sostener que esta palabra se refiere a la regeneración bautismal, si se tienen en cuenta los otros pasajes que ya hemos considerado. Dejemos que la Escritura se interprete a sí misma. Leemos en Efe. 5:25-26:

“Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, limpiándola en el lavacro del agua por la palabra.”

Esto conviene exactamente con el pasaje de I Pedro 2:23-25, a que nos hemos referido arriba: “Siendo renacidos . . . por la palabra de Dios.” Leemos también en Rom. 10:17: “La fe es por el oír; y el oír por la palabra de Dios.”

El oír la Palabra de Dios da origen a la fe, esa fe que abre el corazón al Salvador que está esperando, éste entra y el alma es regenerada. El hecho de la regeneración es obra del Espíritu Santo:

“El viento de donde quiere sopla, y oyes su sonido; mas ni sabes de dónde viene ni a dónde vaya: así es todo el que es nacido del Espíritu” (Juan 3:8).

La obra del Espíritu Santo en la regeneración, comunicando nueva vida espiritual al alma que antes estaba muerta “en sus delitos y pecados,” y que ahora aborrece el pecado que antes amaba, y halla gozo en las cosas celestiales, es ciertamente un milagro de la gracia; pero trae consigo su propia evidencia, como lo hace el viento invisible, cuyo sonido oímos y cuya frescura sentimos, evidencia que no se puede negar. El fruto del Espíritu en diversos grados de abundancia y perfección se manifiesta en el alma regenerada: caridad, gozo, paz, tolerancia benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza: contra tales cosas no hay ley. Porque los que son de Cristo han crucificado la carne con los afectos y concupiscencias. (Gál. 5:22-24.)

La conclusión innegable, que se deduce de todas las porciones de la Escritura que hemos considerado, es que el rito del bautismo no perdona el pecado, ni da la vida eterna y hace al alma heredera del cielo. Y sin embargo, es un rito ordenado por nuestro Señor sin ningún género de duda. ¿Cuál es, pues, su función y qué propósito tiene?

La respuesta a la primera parte de la pregunta es: el bautismo sigue a la salvación. Puede ser que pase un largo tiempo entre los dos, o el uno puede seguir a la otra tan estrechamente que sean casi inseparables; pero aun en este caso, no es el bautismo lo que salva, sino el arrepentimiento y la fe.

Cuando nuestro Señor dio la gran orden misionera, dijo:

“Por tanto, id, y doctrinad a todos los gentiles, bautizándoles en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo: enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado: y he aquí, yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.”

El orden fue: doctrinad, bautizad y luego enseñad, y nosotros hallamos que los discípulos siguieron rigurosamente este orden.

Hechos 2:41: “Los que recibieron su palabra, fueron bautizados.”

8:12: “Cuando creyeron a Felipe, que anunciaba el evangelio del reino de Dios y el nombre de Jesucristo, se bautizaban hombres y mujeres.”

8:13: “El mismo Simón creyó también entonces, bautizándose.” Los hechos posteriores hicieron ver que fue engañador, pero su bautismo siguió a su profesión de fe.

8:36-38: “Y dijo el eunuco: He aquí agua; ¿qué impide que yo sea bautizado? Y Felipe dijo: Si crees de todo corazón, bien puedes. Y respondiendo, dijo: Creo que Jesucristo es el Hijo de Dios. Y mandó parar el carro: y descendieron ambos al agua, Felipe y el eunuco, y bautizóle.”

9:18: “Luego le cayeron de los ojos (a Pablo) como escamas, y recibió al punto la vista: y levantándose, fue bautizado.”

10:47-48: “¿Puede alguno impedir el agua, para que no sean bautizados éstos que han recibido el Espíritu Santo también como nosotros? Y les mandó bautizar en el nombre del Señor Jesús.”

16:29 34: “El (el carcelero) entonces pidiendo luz, entró dentro, y temblando, derribóse a los pies de Pablo y de Silas; y sacándolos fuera, les dice: Señores, ¿qué es menester que yo haga para ser salvo? Y ellos dijeron: Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo tú, y tu casa. Y le hablaron la palabra del Señor, y a todos los que estaban en su casa. Y tomándolos en aquella misma hora de la noche, les lavó los azotes; y se bautizó luego él, y todos los suyos . . . y se gozó de que con toda su casa había creído a Dios.”

Hechos 18:8: “Y Crispo, el prepósito de la sinagoga, creyó al Señor con toda su casa: y muchos de los corintios oyendo creían, y eran bautizados.”

A la segunda parte de la pregunta: “¿Qué propósito tiene?”, hay varias respuestas.

1.      El bautismo es un acto de confesión. En I Cor. 10:2 leemos: “Y todos en Moisés fueron bautizados.” De esta manera llegaban a ser discípulos de Moisés, y se reconocían a sí mismos como tales: “Nosotros discípulos de Moisés somos” (Juan 9: 28) . Así el creyente cristiano se bautiza en Cristo (Gál. 3:27), haciendo pública confesión de fe en él.

2.      Declara la limpieza interior espiritual ya recibida. Y Pedro les dice: Arrepentíos y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados…. Así que, los que recibieron su palabra, fueron bautizados” (Hechos 2:38-41). Habiendo recibido su palabra, fueron bautizados, indicando así la limpieza que habían recibido.

3.      Declara la unión del creyente con Cristo en la muerte y resurrección: “¿Pues qué diremos? ¿Perseveraremos en pecado para que la gracia crezca? En ninguna manera. Porque los que somos muertos al pecado, ¿cómo viviremos aún en él? ¿O no sabéis que todos los que somos bautizados en Cristo Jesús, somos bautizados en su muerte? Porque somos sepultados juntamente con él a muerte por el bautismo; para que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en novedad de vida” (Rom. 6:1-4) .

Véase También Col. 2:13, y 3:1-4.

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