MUERTE DE DIOS


MUERTE DE DIOS
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SUMARIO: I. Muerte de Dios y ateísmo moderno.—II. Muerte de Dios, muerte del teísmo.—III. Muerte de Dios y Dios trinitatio.
No es casualidad que la noticia de la muerte de Dios” que Nietzsche lanzara al viento al terminar el siglo XIX haya acontecido en la vieja Europa, bañada en el cristianismo. El Dios cristiano sabe, en efecto, lo que es la muerte, más aún, es un Dios que, justamente por ser Dios, permite que los hombres “lo arrojen de la vida”, como vio lúcidamente D. Bonhoeffer. Esta “diferencia del Dios cristiano da a aquella noticia su significado y alcance más profundos.


I. Muerte de Dios y ateísmo moderno

La expresión muerte de Dios tuvo, en efecto, su primer hogar en la teología cristiana, pero Hegel la elevó a categoría filosófica para significar la ausencia de Dios, el sentimiento básicamente ateo de la Modernidad. La subjetividad moderna se ha emancipado de la tutela religiosa y se ha afirmado, bajo el influjo de la religión de los nuevos tiempos, el protestantismo, autónoma y autosuficiente. En cuanto tal, ha perdido a Dios del horizonte, de la objetividad, lo ha tenido que perder para ser ella misma. Aunque sufre el dolor de su ausencia, no puede no querer esta ausencia y vive así en permanente desgarro, entre la afirmación de lo finito y la nostalgia del Infinito.

Para Hegel, esta experiencia histórica de la ausencia de Dios —del Dios cristiano— en la Modernidad es una experiencia en principio positiva, incluso necesaria como momento de verdad para un estadio ulterior del Espíritu. La ausencia de Dios, el ateísmo del “viernes santo especulativo es un paso obligado, aunque ciertamente doloroso, para la “resurrección de una nueva figura del Espíritu. La muerte de Dios adquiere entonces pleno sentido, como veremos más adelante.

Muy otra es la experiencia de la que Nietzsche se hizo portador al proclamar la buena-mala noticia de la “muerte de Dios. También fue para él “el más importante de los últimos acontecimientos”, pero su significación ya no era el obligado paso del viernes santo especulativo”, sino la definitiva pérdida de Dios en la historia moderna. Nietzsche piensa, como Hegel, en el Dios cristiano, pero en realidad es, como bien interpretó Heidegger, el Dios que, fusionado con la razón griega y transformado en poder, ha servido de pivote y fundamento de la metafísica y de la cultura occidental. Podría afirmarse por eso que la muerte de este Dios también era una experiencia positiva, un paso obligado para una etapa superior del Espíritu, y así la celebró Nietzsche asumiendo sus consecuencias. Sólo que ese paso no conducía a una nueva, más auténtica, experiencia e imagen de Dios, sino, como se ha dicho, a su completa ausencia. La denominada “teología radical de la muerte de Dios” tuvo la honradez y la valentía de tomarse en serio las “sombras” que la buena-mala noticia con la que Nietzsche se adelantó a su tiempo había ya extendido sobre Europa. Pero en este loable intento terminaron, también ellos, quedándose sin Dios. Así, en concreto, W. Hamilton, que considera al teólogo radical “un hombre sin Dios que no anticipa su vuelta”, aunque la espera pacientemente en su ausencia; Th. Altizer, que, apurando a Hegel, introduce a Dios de tal modo en la inmanencia que termina reduciéndolo a ella; y, sobre todo, Van Buren, quien no sólo proclama la muerte de Dios, sino el sinsentido de su mismo planteamiento’, cediendo a la fascinación de la razón positivista-instrumental, al “mito de lo que existe”, del caso (Horkheimer-Adorno). Seguir reivindicando el derecho a hacer teología sin Dios, como lo hicieron, era una empresa poco seria que sólo podía interesar a los estetas o, peor aún, a los comerciantes de modas.


II. Muerte de Dios, muerte del teísmo

La teología menos radical de la “muerte de Dios”, como la de G. Vahanian’ y la del obispo J. Robinson”, fue más consciente de las raíces cristianas de ese acontecimiento y su objetivo se cifró, en línea con la teología de sus mentores, F. Gogarten y D. Bonhoeffer, en superar el teísmo tradicional y el cristianismo convencional y en lograr una más genuina experiencia cristiana de Dios, un cristianismo iconoclasta” y “profético”, que diría Vahanian’°, capaz de servir al mundo sin pactar con él.

Fue, sin embargo, D. Bonhoeffer, como ya insinué, el que desarrolló la reflexión y las propuestas más serias en este sentido. Bonhoeffer se toma absolutamente en serio la muerte de Dios en la Modernidad como un verdadero “kairós” (Tillich) para reganar la genuina experiencia e imagen del Dios cristiano. La experiencia moderna de la ausencia de Dios en el mundo, del “etsi Deus non daretur”(H. Grotius), no es, según él, una experiencia de ateísmo, sino una experiencia del Dios cristiano que no sólo no compite con el hombre, sino que “nos deja vivir en el mundo sin la hipótesis de trabajo ‘Dios’, el Dios que, estando con nosotros, nos abandona (Mc 15,34).

Para Bonhoeffer, es la experiencia del genuino Dios cristiano que, a diferencia de los ídolos y también del Dios-poder del teísmo y de los filósofos, es un Dios débil que “se deja colgar por el mundo en una cruz”, se deja echar fuera del mundo y así sostiene al mundo, sufre con él y lo salva. “Dios se deja colgar por el mundo en una cruz; Dios está sin poder y débil en el mundo, y precisamente así y sólo así está entre nosotros. La ausencia de Dios en el mundo moderno, emancipado, puede ser por eso la gran oportunidad de descubrir el rostro del Dios de Jesús, que está ausente como poder pero presente como debilidad y amor, como lo que realmente es, y madurar así una fe purificada de falsa religión que rebaje a Dios a un “Deus ex machina”, una fe desnuda y gratuita que hace experiencia de Dios en la Cruz de Jesús. De aquí la necesidad, para Bonhoeffer, de una interpretación mundana,no-religiosa, del cristianismo. Pero ésta no significa en él ceder a la fascinación de la inmanencia, como sucedió en sus epígonos, los teólogos radicales de la “muerte de Dios”, sino más bien reconocer y hacerse cargo de la verdadera divinidad de Dios. Sólo una fe que se corresponda con esta divinidad será, según Bonhoeffer, capaz de afrontar con dignidad y de responder al desafio del ateísmo moderno”.


III. Muerte de Dios y Dios trinitario

Bonhoeffer supo captar con sorprendente lucidez el alcance de este desafío para la fe en el Dios cristiano. No fue mera casualidad que este descubrimiento lo hiciera en la cárcel, es decir, en la debilidad y el sufrimiento. Era justamente el lugar preferencial de acceso a la divinidad del Dios de Jesús. Y era también el lugar más ateo de este mundo moderno. Su ejecución y muerte cortaron su reflexión, la dejaron en fragmento. De otro modo, tal vez la hubiera llevado hasta el ser mismo de Dios y habría explicitado y desarrollado una teología trinitaria como respuesta a aquel desafío.

Antes que él, ya Hegel había abierto este camino pensando hasta el final las consecuencias de la muerte de Dios para el ser mismo de Dios, pensando la muerte de Dios como momento de verdad en Dios mismo, en la Idea suprema, en el Absoluto. La negación dolorosa, la muerte, pertenece a la historia misma de Dios, porque Dios es Espíritu que se despliega en lo otro de sí y retorna sobre sí plenamente pasando por lo otro. La muerte de Dios” no conduce al ateísmo, sino al Dios Trinitario. La teología de la Cruz y la doctrina de la Trinidad se fundamentan y complementan mutuamente. La reconciliación en Cristo, en la que creímos, —afirma— no tiene sentido si no se tiene conciencia de que Dios es trino’.

Esta filosofía del Crucificado en cuanto doctrina del Dios trino constituye un hito en la historia del pensamiento filosófico y teológico cristiano. Pero es una filosofía que pretende, a la vez, agotar todo el contenido de la teología; con lo cual abrió también el camino para la disolución del cristianismo, y en concreto de la idea de Dios, en pura proyección humana, como sucedió en la filosofía de Feuerbach, abocando en la “muerte de Dios del ateísmo, de cuya noticia Nietzsche se hizo eco y portador.

En la línea abierta por Bonhoeffer han sido sobre todo teólogos protestantes, como J. Moltmann o D. Sólle, quienes han desarrollado una teología trinitaria de la muerte de Dios en la Cruz de Jesús como respuesta al ateísmo del mundo moderno. La teología católica ha entrado tarde en el debate, porque tarde ha afrontado el desafío de la subjetividad moderna. Pero al entrar ha llevado el debate al terreno de la praxis, donde se decide el sentido o sinsentido del discurso de la muerte de Dios y donde el Dios cristiano se muestra como Dios de Vida y como comunidad trinitaria de amor. La teología latinoamericana de la Liberación, en efecto, ha abordado el desafio ateo de la Modernidad desde el reverso de ésta, desde el mundo de las víctimas, y allí la “muerte de Dios” se experimenta sobre todo en la muerte real de los pobres que producen los ídolos del mundo verdaderamente ateo, porque injusto e inhumano. Y esa experiencia ha conducido también a un replanteamiento del discurso sobre Dios, pero no tanto en un despliegue teórico, aunque también, sino sobre todo en cuanto discurso práctico, en cuanto praxis de liberación, de vida y de fraternidad, de las comunidadés que confiesan al Dios de Vida y Amor, al Dios trinitario. Esta es la respuesta más radical de la teología cristiana, más radical que la de la denominada teología radical, al desafio de la “muerte de Dios” en la Modernidad.

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Juan José Sánchez

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AMOR

AMOR

Posted: 27 Jul 2009 10:31 PM PDT

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Andad en amor.

Un mandamiento nuevo os doy: que os améis los unos a los otros; que como yo os he amado, así también os améis los unos a los otros.

Sobre todo, sed fervientes en vuestro amor los unos por los otros, pues el amor cubre multitud de pecados.

El amor cubre todas las transgresiones.

Y cuando estéis orando, perdonad si tenéis algo contra alguien, para que también vuestro Padre que está en los cielos os perdone vuestras transgresiones.

Antes bien, amad a vuestros enemigos, y haced bien, y prestad no esperando nada a cambio, y vuestra recompensa será grande, y seréis hijos del Altísimo; porque El es bondadoso para con los ingratos y perversos.

No te regocijes cuando caiga tu enemigo, y no se alegre tu corazón cuando tropiece;

no devolviendo mal por mal, o insulto por insulto, sino más bien bendiciendo, porque fuisteis llamados con el propósito de heredar bendición.

Si es posible, en cuanto de vosotros dependa, estad en paz con todos los hombres.

Sed más bien amables unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, así como también Dios os perdonó en Cristo.

Hijos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho y en verdad.

Ef.5:2   Jn.13:34   I P.4:8   Pr.10:12   Mr.11:25   Lc. 6:35   Pr.24:17   I P 3:9   Ro. 12:

EL AMOR DE DIOS

EL AMOR DE DIOS

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Posted: 16 Jan 2009 11:00 PM CST

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A ti te agradó librar mi vida del hoyo de corrupción.

Dios envió a su Hijo unigénito al mundo para que vivamos por él. En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados.

¿Qué Dios hay como tú, que perdona la maldad y olvida el pecado del remanente de su heredad? No retuvo para siempre su enojo, porque se deleita en la misericordia. Él volverá a tener misericordia de nosotros; sepultará nuestras iniquidades y echará a lo profundo del mar todos nuestros pecados.

Jehová, Dios mío, a ti clamé y me sanaste. Jehová, hiciste subir mi alma del seol. Me diste vida, para que no descendiera a la sepultura.

Pacientemente esperé a Jehová, y se inclinó a mí y oyó mi clamor, y me hizo sacar del pozo de la desesperación, del lodo cenagoso; puso mis pies sobre peña y enderezó mis pasos.

Cuando mi alma desfallecía en mí, me acordé de Jehová, y mi oración llegó hasta ti, hasta tu santo templo.

Is. 38:17 I Jn.4:9,10 Mi.7:18,19 Sal.30:2,3 Jonás 2:7 Sal.40:1,2

Si la fe no se encarna en el amor todo se reduce al subjetivismo, advierte el Papa

Vaticano

Si la fe no se encarna en el amor todo se reduce al subjetivismo, advierte el Papa

.- El Papa Benedicto XVI aseguró que “las consecuencias de una fe que no se encarna en el amor son desastrosas, porque todo se reduce al arbitrio y al subjetivismo más nocivo para nosotros y para los hermanos”.

En la audiencia general de hoy, el Santo Padre continuó con la catequesis sobre San Pablo y habló sobre las consecuencias que brotan de ser justificados por la fe y por la acción del Espíritu en la vida cristiana.

Desde el Aula Pablo VI, el Papa afirmó que el Apóstol de las Gentes, en la Carta a los Gálatas, “acentúa claramente la gratuidad de la justificación, subrayando también la relación que existe entre la fe y las obras“.

El Pontífice explicó que “a menudo caemos en los mismos malentendidos que caracterizaron a la comunidad de Corinto: aquellos cristianos pensaban que habiendo sido justificados gratuitamente en Cristo por la fe, ‘todo fuese lícito para ellos’. Y pensaban y a menudo parece que lo piensan también los cristianos de hoy, que sea lícito crear divisiones en la Iglesia, Cuerpo de Cristo, celebrar la Eucaristía sin preocuparnos de los hermanos más necesitados, aspirar a los carismas mejores sin darnos cuenta de que somos miembros unos de otros, etc. Las consecuencias de una fe que no se encarna en el amor son desastrosas, porque todo se reduce al arbitrio y al subjetivismo más nocivo para nosotros y para los hermanos”.

“Por el contrario -añadió-, debemos ser conscientes de que precisamente porque somos justificados en Cristo, ya no nos pertenecemos, sino que somos templos del Espíritu y estamos llamados por tanto a glorificar a Dios en nuestro cuerpo con toda nuestra existencia. Rebajaríamos el valor inestimable de la justificación si comprados a un caro precio por la sangre de Cristo, no lo glorificáramos con nuestro cuerpo”.

Benedicto XVI subrayó que el amor de Cristo “nos reclama, nos acoge, nos abraza, nos sostiene hasta atormentarnos, porque obliga a cada uno a no vivir para sí, encerrado en el propio egoísmo, sino para ‘aquel que ha muerto y resucitado por nosotros’. El amor de Cristo hace que seamos en El aquella nueva criatura que entra a formar parte de su Cuerpo místico que es la Iglesia”.

“Así pues, la centralidad de la justificación sin las obras, objeto primario de la predicación de Pablo, entra en contradicción con la fe operante en el amor; es más, exige que nuestra misma fe se exprese en una vida según el Espíritu”, indicó.

Refiriéndose a la “contraposición sin fundamento entre la teología de San Pablo y la de Santiago”, el Papa afirmó que mientras el primero “está preocupado sobre todo por demostrar que la fe en Cristo es necesaria y suficiente, Santiago hace hincapié en las relaciones que se derivan entre la fe y las obras. Por tanto, sea para Pablo que para Santiago la fe que obra en el amor testimonia el don gratuito de la justificación en Cristo”.

Benedicto XVI concluyó destacando que “si la ética que San Pablo propone a los creyentes no decae en formas de moralismo y se demuestra actual para nosotros, es porque cada vez recomienza de la relación personal y comunitaria con Cristo, para realizarse en la vida según el Espíritu”.

“Esto es esencial: La ética cristiana no nace de un sistema de mandamientos; es consecuencia de nuestra amistad con Cristo. Esta amistad influye en la vida: si es verdadera se encarna y se realiza en el amor por el prójimo. Por eso, cualquier decaimiento ético no se limita a la esfera individual, sino que es al mismo tiempo desvalorización de la fe personal y comunitaria: deriva de esta e incide sobre ella de modo determinante”.

Apoyo a secuestrados

Al final de la audiencia, en sus saludos a los peregrinos de lengua española, el Santo Padre recordó “la marcha para pedir la libertad de los secuestrados, que tendrá lugar el próximo viernes en Colombia. Elevo a Dios una ferviente plegaria para que acabe ese flagelo y se logre pronto la concordia y la paz en esa amada Nación”.

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Apologética y Amor Agape

Apologética y Amor Agape

por Pablo Santomauro

 

Ver apologetica

Pablo Santomauro

Pablo Santomauro

Muy a menudo recibo críticas por la forma en que escribo y hablo cuando se trata de denunciar a los falsos maestros y sus falsas doctrinas. Ya me voy acostumbrando a que se diga que soy falto de amor, sarcástico y arrogante. A pesar de que ya he escrito varias explicaciones sobre el método apologético que uso para confrontar las sectas, las doctrinas aberrantes y herejes dentro del cristianismo, y los sistemas de creencia de las religiones mundiales, incluido el ateísmo, sigo recibiendo comentarios nada alentadores de mi gestión en la defensa de la fe.

Lo más triste del caso es que la mayoría de las reprensiones llegan de gente que es cristiana. Un hermano argentino, Paulo Arieu, administrador de este blog teológico, en muchas ocasiones ha salido en nuestra defensa con excelentes argumentos, pero frustrado ante la falta de receptividad de algunos cristianos, piensa que por alguna razón no van a entender.

Yo ya he superado la etapa de frustración en la materia y me he resignado al hecho de que la mayoría nunca van a entender, pero aun conservo la esperanza de que un puñado de hermanos y hermanas en la fe capten la realidad y se dispongan a defender la fe cristiana a tiempo y a destiempo. La razón por la que los cristianos en general se oponen a que se usen palabras fuertes e ironía firme cuando se hace apologética, es que han sido indoctrinados por años con una falsa definición de amor. Cuando los líderes evangélicos bajaron la guardia hace ya muchos años, la iglesia fue invadida por conceptos traídos del sistema humanista secular, entre ellos, el concepto de amor manejado por los incrédulos.

Para el análisis a continuación he combinado conceptos manejados por apologistas como Glenn Miller y J.P. Holding, muy superiores a un servidor, así como algunas nociones propias.

Para los cristianos en general, “amor” significa “sentimentalismo”, “emocionalismo”. La palabra “amor”, “agape” en griego, no se refiere a sentimientos o sensaciones de ternura, sino a algo que manifiesta su resultado en un máximo beneficio para el bien de la mayoría.

Esta falsa definición de amor (sentimentalismo) ha resultado en un distorsionado entendimiento del rol de la confrontación desde el ángulo cristiano, así como la creación de pretextos para justificar la conducta criminal (rehusar la promulgación de la pena de muerte basándose en el “amor”), entre otras cosas.

¿Qué significa amor agape?

Cuando leemos pasajes como “Ama a tu prójimo como a ti mismo”, automáticamente suponemos que el significado de “amor” en la frase es el mismo que le damos hoy en tiempos modernos – o sea un tipo de sentimentalismo barato que no incluye actitudes confrontacionales, palabras de corrección duras y “pisarle los callos” a alguien. “Amor” en su más popular acepción hoy, es definido en forma individualista.

La misma palabra agape es usada en 1 Corintios 13:

El amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se envanece; no hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor; no se goza de la injusticia, mas se goza de la verdad.
Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta.

Punto clave: ¿Cómo estas palabras se llevan al terreno de la práctica? ¿Acaso agape significa no confrontar a otros con sus errores y pecados (incluyo ataques a la fe cristiana)? ¿Acaso para poder hacerlo debemos tener una relación o amistad de amor forjada por años con la persona antes de corregirlo o confrontarlo? Si lo anterior es lo que agape significa, es evidente que estamos frente a una noción sin sentido ya que los escritores del NT constantemente confrontaban una variedad de errores y de falsos maestros, gente que seguramente no conocían muy de cerca.

¿O quizá la aplicación de amor agape conlleva la idea de que podemos confrontar si lo hacemos gentilmente, “con amor”, como dicen algunos? Es obvio que para llegar a una conclusión como la anterior, no se ha leído la Biblia o no se ha usado el intelecto. Los comentarios hechos por Jesús y por Pablo ante sus oponentes, y aun creyentes (Jesús llamó “Satanás” a Pedro) cuando se desviaban de la verdad, son más que suficientes para descartar el “debemos confrontar pero gentilmente”. Un análisis retórico de las cartas de Pablo indican que el apóstol usó tácticas semánticas muy tajantes y sarcásticas que sin lugar a dudas ofendieron y hasta avergonzaron a sus oponentes y a sus propios lectores.

Una vez más, ¿cómo se manifiesta el amor agape en el terreno práctico? Para nuestros amigos que nos critican duramente por nuestra aproximación apologética, les quiero recordar que ellos no están ni siquiera usando su propia y errónea definición de amor agape. Si lo hicieran leerían mis escritos, sonreirían tiernamente, y con un movimiento suave de cabeza dirían “¡Ay este Pablo! Siempre tan abrasivo”. Eso es todo.

Teniendo en cuenta todo lo anterior, concluimos que las alternativas frente a nosotros son solamente dos:

1) El NT enseña el amor agape pero no nos muestra cómo llevarlo a la práctica – lo limita sólo al plano de la teoría.

2) La mayoría de los cristianos no entendemos lo que agape significa.

Dadas las opciones, la información suministrada por las Ciencias Sociales nos indica que la # 2 es la correcta.

Un factor pivotal en el tema es el reconocimiento de que nuestra cultura moderna se centra en el individuo, en tanto que las sociedades antiguas del mundo bíblico (y el 70% de las sociedades hoy) eran centradas en el grupo. Los intereses del grupo o la comunidad tenían absoluta prioridad. Lo correcto y beneficioso para el grupo era lo más importante. Por lo tanto, cuando el NT habla de agape, se refiere a la adherencia a “los valores comunitarios que unen al grupo” (Malina and Neyrey, Portraits of Paul, p. 196). Agape no era un intercambio a nivel personal y “tenía muy poco que ver  con muestras de afecto, sentimientos de simpatía y cariño, o afinidad extraordinaria”. Agape es un don que pone al grupo antes que todo. En tiempos bíblicos significaba hacer lo que resultaba en el bien de la mayoría.

Transportando lo anterior al día de hoy, digamos que el móvil del amor agape debe ser  alcanzar el bien de los hermanos, el cuerpo de Cristo, la iglesia. No tiene nada que ver con una relación a nivel personal, sentimentalismo, cariño afectuoso, besito y abrazo. Amor agape es una virtud enfocada y centrada en el grupo, en la comunidad primero que todo.

Siguiendo el desarrollo del planteo, veamos ahora lo que significaba “amar a nuestros enemigos”. ¿Cómo podemos reconciliar esta frase de Jesús con la realidad de que él mismo les llamó de todos los colores a los fariseos, y hasta le llamó “Satanás” a Pedro? O con el deseo de Pablo de que los judaizantes se castraran. O la forma en que el mismo Pablo humilló a los gálatas y a los corintios con su retórica. O el estilo que usó para corregir a Pedro, reprender el pecado de ciertos individuos (cristianos y no cristianos), o corregir errores doctrinales dentro de la iglesia y confrontar a los que atacaban la doctrina. Respuesta: teniendo en cuenta la definición de lealtad al grupo, es mejor entender agape usando una analogía o un paralelo con un concepto moderno: “amor duro”, “amor estricto”, o “amor fuerte” (que no es lo mismo que fuerte amor).

El ejemplo usado por J. P. Holding es la ilustración perfecta. Se trata de la película “Escuela de Rebeldes”, en la cual Morgan Freeman hace el papel de un director de escuela secundaria, Joe Clark, que se abocó a la tarea de limpiar su escuela de malos elementos y la hizo un lugar donde los que querían aprender se sintieran seguros.

Joe Clark no era un “sentimentalote”. Expulsó de la escuela a los que impedían el aprendizaje de la mayoría. Hasta usó fuerza física. Usaba un megáfono para llamar la atención. ¿Era esto agape? ¡Sí, por supuesto! Resultó en el bien de la mayoría, del grupo. Los intereses del grupo (el cuerpo estudiantil) tenían prioridad por sobre los deseos individuales de algunos rebeldes.

Ahora viajemos al pasado y pongamos en la pantalla los enfrentamientos de Jesús con los fariseos y otros. Si los analizamos de cerca, veremos que es posible amar a nuestros enemigos aunque los ataquemos al mismo tiempo. Lo mismo es posible con discípulos o aliados.

Al igual que los estudiantes rebeldes de la película, los fariseos eran una amenaza para el bienestar de otros. Estaban propagando falsedad e impedían que otros entraran al reino de Dios con sus errores, y en el caso de Pedro en Gálatas, él pudo haber conducido a otros cristianos por el camino errado e impedir su crecimiento espiritual.

En situaciones similares en el día de hoy, como en el caso de enemigos de la fe que participan en los blogs con la única finalidad de atacar nuestra fe, es correcto y necesario confrontar  de manera directa y vehemente. A decir verdad, es la única forma cristiana y responsable de prevenir que sus errores perjudiquen a otros.

En el mundo antiguo, palabras fuertes y polémicas, así como el intento de avergonzar y desacreditar al oponente, eran muy comunes. Agape incluye atacar verbalmente y ridiculizar al enemigo. Jesús lo hizo. El fue un maestro-profeta judío del primer siglo que vivió en constante confrontación con sus enemigos teológicos, y usó en ciertas ocasiones palabras fuertes (hoy se llaman insultos), sarcasmo y actitud condenatoria como cualquier otro rabino de la época. Esta gente que Jesús enfrentó eran enemigos de la Verdad, del reino de Dios.

Destaquemos vivamente que este tipo de lenguaje no sólo fue usado por Jesús para su enemigos teológicos, sino también para con Pedro (Vade retro Satanás). El uso de calificativos fuertes era parte de su papel profético. Había que confrontar urgente y dramáticamente la hipocresía religiosa, el liderazgo egotístico y la frialdad hacia Dios de parte del pueblo. De la misma forma debemos confrontar a los enemigos declarados de la fe. No hablo de gente que está buscando respuestas honestamente. Nuestra actitud debe ser diferente en esos casos. El ejemplo lo tenemos en el encuentro con la samaritana. Ella no era una enemiga del reino de Dios. Jesús la trató muy dulcemente.

Ahora, ¿quiere decir que Jesús no amó a los fariseos? Claro que sí, parte de amar es decir la verdad. Si alguno de los fariseos hubiera sufrido un ataque al corazón  mientras hablaba, Jesús hubiera procedido inmediatamente a suministrarle RCP. Si luego de recuperarse el hombre hubiera continuado sus ataques contra el evangelio, continuaría siendo un enemigo de Dios y sería objeto de duras recriminaciones por parte de Cristo otra vez. Y si le diera otro ataque, Jesús lo ayudaría de nuevo. Eso es amor por el enemigo.

Ahora que ya sabemos lo que amor agape significa, olvidemos el amor tal cual es entendido por la sociedad moderna, una expresión sentimentaloide, dos gatitos en una canasta, dos niños de la mano, etc. Usen el amor “duro”, el mismo que Cristo mostró para con los falsos maestros. Fue un amor que tuvo como objeto denunciar el error, traer a luz la verdad, proteger al pueblo de la mentira y glorificar a Dios. <>

Dios te bendiga

Pablo Santomauro