Abraham y Lot en el País de la Púrpura.

Abraham y Lot en el País de la Púrpura.

MAS SOBREVINO HAMBRE EN EL PAÍS Y ABRAHAM BAJÓ A EGIPTO PARA RESIDIR ALLÍ TEMPORALMENTE. PORQUE ERA EN EL PAÍS MUY RECIA EL HAMBRE (Gen. 12:10).

El mundo debe a la aridez del desierto egipcio la conservación de una notable serie de textos, muchos de los cuales nos hablan de las inmigraciones de familias semíticas en la tierra del Nilo. El documento más bello y gráfico de todos es sin duda una pintura.

A mitad de camino entre las antiguas ciudades faraónicas de Menfis y Tebas, 3.000 km. al sur de El Cairo, emplazado junto al Nilo entre verdes campos y bosques de palmeras, se halla el pequeño poblado de Beni-Hasan. Aquí desembarcó en el año 1900 el inglés Percy A. Newberry con el encargo oficial de El Cairo de examinar alguno de los monumentos sepulcrales. El Egypt Exploration Fund financia la expedición.

Los monumentos funerarios se encuentran a la salida de un valle desértico, donde yacen asimismo los restos de antiguas canteras y de un gran templo.

Semana tras semana son separados los montones de piedras y los restos de columnas rotas del camino que conduce a la entrada de la peña, detrás de la cual se esconde la última morada del príncipe egipcio Chnem-Hotep. Los jeroglíficos, inscriptos en una pequeña antesala, contienen el nombre del difunto. Era el soberano de esta comarca del Nilo que antes se llamaba el “Cantón de las Gacelas.” Chnem-Hotep vivió en tiempo del faraón Sesostris II, hacia el año 1900 antes de J.C.

Después de muchos días de trabajo, Newberry consiguió por fin penetrar en una soberbia sala, excavada en la roca. A la luz de unas antorchas distingue tres bóvedas y dos hileras de columnas que se yerguen airosas desde el suelo. Las paredes están adornadas con unas pinturas de magníficos colores. Representan escenas de la vida del príncipe: cacerías, recolección de frutos, danzas y juegos.

En uno de los paneles de la pared Norte, junto a un retrato del príncipe, del tamaño natural, Newberry descubre unos tipos extranjeros. Van vestidos de diversa manera como se estila entre los egipcios; su piel es más clara y sus perfiles son duros. Dos empleados egipcios, colocados en primer término, presentan evidentemente el grupo de extranjeros al príncipe. ¿Quiénes son estos personajes? Los jeroglíficos que figuran en unas inscripciones trazadas junto a la mano de uno de los egipcios dan la contestación a esta pregunta: son “habitantes del desierto,” es decir, semitas. Su jefe se llama Abisay. Éste ha llegado a Egipto con treinta y seis hombres, mujeres y niños de su clan y trae regalos para el príncipe, entre los cuales es expresamente nombrado el destinado a la princesa, cierto precioso “stibium”

Abisay es un nombre eminentemente semita, y aparece en la Biblia durante el reinado del segundo rey de Israel: “Tomando David la palabra, habló a… Abisay, hijo de Seruyá…” (1 Sam.. 26:6). El Abisay de la Biblia era hermano del jefe del ejército, Joab, malquisto por el pueblo de Israel, bajo el reinado de David, hacia el año 1000 antes de J.C., cuando Israel era un gran reino.

El artista a quien el príncipe Chnem-Hotep encargó el adorno de su tumba ha representado a los “habitantes del desierto” con un cuidado singular.

Esta pintura tan realista y sumamente expresiva causa el efecto de una fotografía en color. Parece como si esta familia de semitas se hubiese detenido sólo un instante y como si los hombres, las mujeres, los niños y los animales tuviesen que ponerse de nuevo en movimiento y avanzar. Abisay, a la cabeza del cortejo, saluda al príncipe con una ligera inclinación de la diestra, mientras con la izquierda, cogiendo una pequeña cuerda, guía un macho cabrío, que lleva entre los cuernos un palo curvo, o sea el cayado pastoril.

Este cayado pastoril era para los nómadas una cosa tan típica, que los egipcios, en sus inscripciones, lo utilizaban para designar a estos extranjeros.

Por lo que se refiere a la indumentaria, tanto su clase como su colorido han sido representados con conocimiento de causa. Los mantos rectangulares de lana, que en los hombres llegan hasta la rodilla y en las mujeres hasta las pantorrillas, están abrochados sobre uno de sus hombros. Adornados con vistosas franjas sirven a la vez de abrigos, y nos traen a la memoria la célebre “túnica multicolor” que Jacob mandó hacer para su hijo preferido José y que excitó aún más el rencor de sus hermanos (Gen. 37:3).

Una barba puntiaguda adorna el rostro de los hombres y el pelo color azabache de las mujeres cae libremente sobre el pecho y las espaldas, ceñido a la frente con una cinta blanca. El pequeño rizo de junto a las orejas parece haber sido moda en aquella época. Los hombres llevan sandalias, las mujeres zapatos de color pardo oscuro.

En recipientes artísticamente cosidos y confeccionados con pieles de animales llevan sus raciones de agua. Las armas de que van provistos son arcos y flechas, pesados dardos y venablos. Hasta traen consigo su instrumento preferido: uno de los hombres tañe la lira de ocho cuerdas. Con este instrumento, según indica la Biblia, solían acompañarse algunos salmos de David. “Para instrumentos de cuerda, en octava baja,” se dice al principio de los salmos 6 y 12.

Habiendo sido realizada esta pintura hacia el año 1900 antes de J.C., es decir, en la época de los patriarcas, podemos figurarnos muy bien a Abraham y a su familia. Después de pasar la frontera egipcia debió de suceder una escena semejante. La filiación personal de los extranjeros era tomada en los fuertes fronterizos exactamente igual a como se hacía en los territorios del príncipe Chnem-Hotep.

Sucede de igual modo hoy cuando se va a un país extranjero. Claro que entonces no eran conocidos los pasaportes; pero las formalidades burocráticas ya hacían difícil la vida a los extranjeros. Aquel que quería ir a Egipto tenía que declarar sus datos personales, el motivo de su viaje y la duración aproximada de su estancia. Todos estos datos eran inscritos escrupulosamente por un empleado sobre papiro con tinta roja y remitidos por un mensajero al oficial de la frontera, quien decidía si podía ser concedido el permiso de entrada. Pero éste no dependía solamente de su voluntad. Los empleados de la administración en la corte de los faraones daban las directrices indicando, incluso, cuáles eran los pastizales que podían ser puestos a disposición de los nómadas inmigrantes.

Para los nómadas de Canaán, Egipto era en tiempo de hambre un país al cual podían acudir, y a veces era su única salvación. Cuando su patria estaba requemada, el país de los faraones ofrecía siempre pastos en abundancia, gracias a las inundaciones regulares del Nilo en el transcurso del año.

Por otra parte, la riqueza tradicional de Egipto atraía con mucha frecuencia a rapaces nómadas, a bandidos, a quienes interesaban no ya los pastos del Nilo, sino los graneros y los magníficos palacios. Muchas veces sólo podían ser arrojados por la violencia. Para proteger al país contra semejantes intrusos y para poder vigilar mejor las fronteras, se empezó a construir, en el tercer milenio antes de Jesucristo, “la gran muralla imperial,” formada por toda una cadena de fortalezas, torres de vigía y bases militares.

Sólo en la oscuridad de la noche el egipcio Sinuhe, que conocía muy bien el terreno, pudo atravesarla furtivamente.

Unos 650 años después, en tiempo de la huida de Egipto, la frontera estaba cuidadosamente vigilada; Moisés sabía demasiado bien que la huida de aquel país contra la voluntad del Faraón era imposible. Los puestos de guardia habrían dado en seguida la voz de alarma, despertando a la tropa. Cualquier intento de forzarla era impedido por los certeros tiradores y por los rápidos carros de guerra. Este fue el motivo por el cual el Patriarca, que conocía bien el terreno, eligió otro camino completamente desacostumbrado. Moisés, en efecto, condujo a los hijos de Israel hacia el Sur, hacia el Mar Rojo, donde la muralla no existía.

Después del retorno a Canaán, Abraham y Lot se separan, pues “el país no les permitía morar juntamente, porque la hacienda de ellos era mucha y no podían habitar juntos. Por lo cual hubieron de suscitarse riñas entre los pastores del ganado de Abraham y los pastores del ganado de Lot… Dijo, pues, Abraham a Lot: “No haya contienda entre los dos, ni entre mis pastores y tus pastores, ya que somos parientes. ¿No esta todo el país ante ti? Sepárate, por favor, de mi. Si te diriges a la izquierda, yo iré a la derecha, y si tomas la derecha, yo tiraré a la izquierda” (Gen. 13:6-9).

Abraham dejó elegir a Lot. Desaprensivo, cual suelen ser los jóvenes, Lot se decide por la mejor parte, la región del Jordán. Rica en agua hasta llegar a Segor (Gen. 13:10) y bendecida con una frondosa vegetación tropical, “como el jardín del Señor, se parecía a Egipto” (Gen. 13:10).

Desde las montañas cubiertas de bosque del corazón de Palestina, Lot se dirige al Este con su clan y sus rebaños; penetra en el valle del Jordán en dirección Sur y por fin pone sus tiendas en Sodoma. Al sur del Mar Muerto se extiende una de las llanuras más fértiles, “el valle Siddim, donde esta emplazado ahora el Mar de la Sal” (Gen. 13:3). La Biblia pone en este valle cinco ciudades: Sodoma, Gomorra, Adamá, Seboyim y Bela (Gen. 14:2).

En la misma Biblia encontramos el relato de un acontecimiento bélico relacionado con la historia de estas cinco ciudades: “Hicieron guerra a Bera, rey de Sodoma; a Birsa, rey de Gomorra; a Sinab, rey de Adamá; a Semeber, rey de Seboyim, y al de Bela, esto es, de Segor” (Gen. 14:2).

Los reyes del valle Siddim habían sido tributarios del rey Codor-Laomor durante doce años; pero en el año decimotercero se rebelaron. Codor-Laomor pidió entonces ayuda a los tres reyes que estaban con él coligados. Una expedición de castigo debía hacer recordar sus deberes a los rebeldes. En la lucha sostenida por los nueve reyes los de las cinco ciudades del valle Siddim fueron vencidos; sus residencias fueron entregadas al pillaje e incendiadas. Entre los prisioneros capturados por los reyes extranjeros se encuentra también Lot. Pero es libertado por su tío Abraham (Génesis, 14:12-16), quien con su servidumbre persigue como una sombra a los cuatro reyes que se retiran victoriosos. Desde un seguro escondrijo lo observa todo sin ser advertido. Da tiempo al tiempo. Por fin, primero en Dan, después en la frontera septentrional de Palestina, parece haberse presentado una ocasión oportuna. Rápido, amparado por las sombras de la noche, se lanza sobre sus enemigos y en la confusión producida puede salvar a Lot. Sólo quien desconoce la táctica de los beduinos leerá con escepticismo esta narración.

Entre los habitantes de aquel país ha perdurado hasta nuestros días el recuerdo de esta expedición. Se refleja en el nombre de un camino que, por la parte oriental del Mar Muerto, se dirige al Norte hasta la vieja tierra de Moab. Los nómadas de Jordania lo conocen muy bien. Y, cosa notable, entre los nativos del país es designado con el nombre de la “Calzada de los Reyes.” En la Biblia volvemos a encontrarle, aunque aquí tiene el nombre de “camino real,” de “camino seguido,” por el cual los hijos de Israel querían pasar a través de los dominios de Edón para dirigirse a la tierra prometida (Num. 20:17-19).

Pasado el tiempo los romanos utilizaron la “Calzada de los Reyes” y la reconstruyeron. Parte de ella forma parte hoy día de la red de carreteras que recorren el nuevo estado de Jordania. Perfectamente visible desde un avión, el antiguo camino atraviesa el paisaje como una franja oscura “Y el Señor dijo: “El clamor de Sodoma y Gomorra es en verdad muy grande y sus pecados se han agravado mucho”… Entonces Yahvé llovió desde el cielo sobre Sodoma y Gomorra azufre y fuego, procedente de Yahvé. Destruyo, pues, estas ciudades y toda la llanura, con todos los habitantes de las ciudades y las plantas del suelo. Y su mujer, habiendo vuelto la vista hacia atrás, trocóse en columna de sal… Por su parte Abraham… vio que subía de la tierra humo como la humareda de un horno”” (Gen. 18:20; 19:24-28).

La siniestra energía de esta narración bíblica ha impresionado siempre profundamente las conciencias de los hombres. Sodoma y Gomorra se convirtieron en el símbolo de la depravación y de la impiedad y se citan cuando se habla de una destrucción completa.

Los hombres, cuando se encuentran ante hechos inexplicables, tienen que buscar en su fantasía procesos terroríficos, como lo demuestran numerosos relatos de los tiempos antiguos. Cosas notables y casi increíbles han de haberse desarrollado junto al Mar Muerto, el mar de la Sal, donde, según la Biblia, tuvo lugar la catástrofe.

Según una leyenda, el general romano Tito condenó a muerte a unos esclavos, mientras duraba el sitio de Jerusalén del año 70 después de J.C. Los sometió a rápido proceso, los hizo atar con cadenas y los hizo arrojar al mar que se extendía junto a las montañas de Moab. Pero los condenados no se ahogaron, y tantas veces fueron arrojados al agua, otras tantas, flotando como corcho, salieron a tierra. Tan extraño suceso impresionó a Tito de tal manera que los perdonó.

Flavio Josefo, que escribió la historia del pueblo judío y pasó en Roma la última parte de su vida, menciona repetidas veces “el lago de Asfalto.” Los griegos hablaban también de gases venenosos que, según ellos, se desprendían en muchas partes de este mar. Y los árabes refieren que desde hace mucho tiempo ningún pájaro ha podido alcanzar la orilla opuesta, porque, al atravesar la superficie del agua, los animales caen privados de vida.

Estas y otras historias similares de carácter legendario eran seguramente conocidas; pero hasta hace unos años no se tenía un conocimiento exacto del raro y misterioso mar de Palestina. Ningún hombre de ciencia lo había explorado.

En el año 1848 los Estados Unidos toman la iniciativa y organizan una expedición al enigmático Mar Muerto. Ante la pequeña aldea de Akko, 15 km. al norte de la actual Haifa, un día de otoño de 1848, la playa estaba llena de hombres que con vivo interés realizaban una extraña maniobra.

W. F. Lynch, geólogo y jefe de la expedición, ha hecho desembarcar del buque anclado en la playa dos botes metálicos, que luego son colocados con todo cuidado en unos carromatos con ruedas de gran tamaño. Los carromatos emprenden la marcha, arrastrados por caballos. Al cabo de tres semanas, y después de indescriptibles dificultades, se ha realizado el transporte a través de las tierras altas de la Galilea meridional. Los dos botes son arrojados al agua en el Tiberíades.

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Editado por peterx, Martes, 22 de Mayo de 2007, 11:40
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Las medidas de altura ordenadas por Lynch en el lago de Genesaret dan lugar a las primeras sorpresas de esta expedición. En el primer momento cree se trata de un error; pero las medidas de control confirman los resultados: ¡la superficie del lago de Genesaret, conocido en todo el mundo por la vida de Jesús, se halla situada a 208 metros por debajo del nivel del Mediterráneo! ¿A qué altura brota el Jordán, que atraviesa este lago?

Algunos días después, W. F. Lynch se halla en una vertiente del monte Hermón, que está cubierta de nieve. La pequeña aldea de Baniyas surge entre restos de columnas y de puertas. Unos árabes conocedores del terreno le guían a través de un bosque de adelfas hasta una cueva obstruida por las piedras y guijarros en la escarpada pared calcárea del Hermón. Desde sus profundidades se oye el murmullo del agua que, límpida, sale al exterior. Ésta es una de las tres fuentes del Jordán. Los árabes designan a este río con el nombre de Seri’at el Kebir, es decir, “Gran Río.” Aquí estuvo situado el antiguo Panium; aquí hizo construir Herodes en honor de Augusto un templo al dios Pan. Junto a la cueva del Jordán existen unos nichos en forma de concha, cavados en la dura peña.

“Sacerdote del dios Pan”… Puede aún leerse claramente la inscripción griega. En tiempos de Jesús era honrado junto a esta fuente del Jordán el dios de los pastores de los griegos, con la flauta en los labios cual si quisiera entonar una canción para acompañar el curso del río. Sólo 5 km. al este de esta fuente estaba situada la bíblica Dan, la aldea más septentrional de aquel país, citada con frecuencia en la Biblia. También allí mana una clara fuente en la vertiente meridional del Hermón. Un tercer manantial que se transforma en un arroyo baja de un valle situado a mayor altura. La superficie del valle está un poco más arriba de Dan, a 500 metros sobre el nivel del mar.

Allí donde el Jordán, 20 km. al Sur, alcanza el pequeño lago de Hule, su cauce ha bajado ya a 2 km. sobre el nivel del mar. Después, el río va bajando en forma abrupta durante otros 10 km. hasta llegar al lago de Genesaret. En su curso, desde las vertientes del monte Hermón, ha recorrido una distancia de 40 km, con un desnivel de 700 metros.

Desde el lago de Tiberíades los expedicionarios americanos recorren los numerosos meandros del Jordán, río abajo. Cada vez la vegetación es más escasa y sólo en las orillas crecen espesos matorrales. Dominado por el sol implacable aparece un oasis a la derecha; es Jericó. Poco después han llegado a su destino. Entre penas verticales, como talladas a pico, se extiende ante ellos la gigantesca superficie del Mar Muerto.

Lo primero es tomar un baño. Los hombres que se introducen en el agua tienen la sensación de ser elevados de nuevo como si llevasen salvavidas. Los antiguos relatos no han mentido. En este mar nadie puede ahogarse. El sol ardiente seca la piel de los cuerpos casi instantáneamente. La delgada capa de sal que ha quedado en ella la tiñe de blanco. No hay aquí ni peces, ni moluscos, ni algas, ni corales…; por este mar no se ha deslizado nunca un barco de pesca. No existen ni frutos del mar ni frutos de la tierra, pues sus orillas son áridas y desoladas. Grandes cantidades de sal cubren la playa y las peñas de la montaña, haciéndolas brillar como el diamante. El aire se halla saturado de olores fuertes y acres. Huele a petróleo y a azufre. Manchas aceitosas de asfalto (la Biblia lo designa con el nombre de “betún”: Gen. 15:10) sobrenadan en las olas. Ni el cielo azul y luminoso ni el sol brillante son capaces de dar vida al paisaje.

Los botes americanos cruzan el Mar Muerto durante veintidós días. Toman muestras del agua, las analizan, y de tiempo en tiempo echan la sonda al fondo del mar. ¡La desembocadura del Jordán, en el Mar Muerto, se halla a 394 metros por debajo del nivel del Mediterráneo! De haber una comunicación con este mar, el Jordán y el lago de Genesaret, situado a la distancia de 105 kilómetros, desaparecerían. ¡Se formaría un grandioso mar interior que se extendería casi hasta la orilla del lago Hule!

“Cuando estalla una tempestad encajonada entre las peñas — escribe Lynch — las olas, como martillazos, golpean las paredes del bote; pero la elevada densidad del agua hace que se aplaquen al cabo de poco tiempo, así que el viento deja de soplar.”

Por el relato de la expedición se entera el mundo por primera vez de los hechos sorprendentes: el Mar Muerto tiene casi 400 metros de profundidad; ;el fondo del lago se halla, pues, a 800 metros bajo el nivel del Mediterráneo! El agua del Mar Muerto contiene un 25 % de substancias sólidas, especialmente cloruro de sodio, es decir, sal común. Los océanos contienen, en cambio, tan sólo del 4 al 6 % de sal. El Jordán y muchos riachuelos desembocan en el lago, que tiene 76 km. de longitud por 17 de anchura y que no ofrece desagüe alguno. Bajo el ardiente sol, cuyos rayos caen sobre la superficie del mar, se evaporan día tras día 8 millones de metros cúbicos de agua. Las sustancias químicas que los afluentes llevan consigo se van depositando en el fondo del lago, cuya superficie es de 1.292 kilómetros cuadrados.

Al empezar este siglo, las excavaciones en Sodoma y Gomorra despiertan un interés no menor que las realizadas en otras zonas de Palestina. Los exploradores se dedican a la busca de las ciudades desaparecidas que, en la época bíblica, debieron estar situadas en “el valle Siddim.”

En el extremo SE. del Mar Muerto se encuentran los restos de un gran poblado. Los árabes lo designan, aún hoy día, con el nombre de Soar. Los exploradores se regocijan al saberlo, pues precisamente Soar era una de las cinco ricas ciudades del valle Siddim que habían rehusado el pago de tributos a los cuatro reyes extranjeros. Pero las excavaciones realizadas a manera de prueba causan una decepción.

La época de las ruinas que van apareciendo demuestra que se trata de los restos de una ciudad que existía en la temprana Edad Media. Del antiguo Soar del rey de Bera (Gen. 14:2) y de las residencias anejas no se encuentra rastro alguno. En cambio, muchos detalles encontrados en los alrededores del Soar de la Edad Media dan idea de una población muy densa que debió existir en aquel país en época muy temprana.

Hoy día podemos afirmar, con completa seguridad, que toda búsqueda de Sodoma y Gomorra que se pretenda realizar en el futuro será completamente inútil, pues el enigma de la ruina y desaparición de ambas ciudades no ha podido ser aclarado.

La península de El-Lisan, situada en la orilla del Mar Muerto, penetra en sus aguas en forma de una lengua de tierra. El-Lisan en árabe quiere decir “La Lengua.” La Biblia menciona esta península especialmente al hablar de la división de que fue objeto el país después de su conquista. Las fronteras de la tribu de Judá son detalladamente delimitadas. Josué da una idea insólitamente característica de los límites del Sur. “Su límite meridional parte desde el extremo del Mar de la Sal, de la lengua que mira al Mediodía” (Jos. 15:2).

Un relato procedente de Roka habla de esta lengua de tierra y cuenta una historia que, injustamente, fue considerada siempre con gran escepticismo. Unos desertores se habían refugiado en esta península. Los legionarios, a cuyo regimiento pertenecían, los persiguieron inútilmente por la comarca durante mucho tiempo. Cuando por fin los vieron ya era demasiado tarde: ambos estaban subiendo por los acantilados de la orilla opuesta… ¡habían vadeado el mar transversalmente!

Aquí se extiende el fondo invisible bajo la superficie del agua, formando una poderosa muralla que divide el mar en dos partes. A la derecha de la península el fondo se hunde rápidamente hasta una profundidad de 400 metros. A la izquierda de la lengua de tierra las aguas son poco profundas. Los sondeos realizados en estos últimos años dieron sólo profundidades de 15 a 20 metros.

Si con un bote se rema hacia el extremo sur del “Mar de la Sal” puede observarse a ciertas horas del día algo desconcertante: a cierta distancia de la orilla se ven, bajo el nivel del agua, las siluetas de unos bosques conservados por el elevado contenido de sal del lago. Los troncos y los restos de los árboles en las profundidades verdosas deben ser antiquísimos. Cuando en sus días estaban sobre la tierra firme, y el verde follaje adornaba sus ramas, los rebaños de Lot pudieron muy bien pacer a su sombra. Aquella parte llana, tan especial, del Mar Muerto, desde la península de El-Lisan al extremo Sur, era… ¡el valle de Siddim! La propia Biblia lo dice con toda claridad: “Todos éstos se congregaron en el valle de Siddim,” o sea el Mar de la Sal (Gen. 14:3).

Los geólogos hicieron este descubrimiento y estas observaciones confirmándolos con una prueba concluyente que, a la vez, explica la causa y el fundamento del relato bíblico de la destrucción de Sodoma y de Gomorra.

La expedición americana dirigida por Lynch había dado en 1848 la noticia del notable declive seguido por el Jordán en su corto recorrido a través de Palestina. Por lo que se refiere al hundimiento del cauce del río por debajo del nivel de los océanos se trata, según pudo comprobarse por varias exploraciones, de un fenómeno geológico especial.

“En la superficie de otro planeta puede darse algo parecido a lo que sucede en el valle del Jordán, pero no en el nuestro — escribe el geólogo Adam Smith en su obra La geografía histórica de Tierra Santa — . Ninguna otra parte de la Tierra, que no esté situada debajo del agua, se halla a más de 100 metros por debajo del nivel del mar.”

El valle del Jordán es sólo una pequeña parte de una inmensa grieta de la corteza terrestre. Empieza a muchos centenares de kilómetros de la frontera de Palestina, muy al Norte, a los pies de la montaña de Tauro, en Asia Menor. Al Sur se extiende desde la orilla sur del Mar Muerto, a través de los desiertos de Arabia, hasta el Golfo de Akaba, y termina más allá del Mar Rojo, en África. En muchos lugares de esa gigantesca hendidura se perciben claros síntomas de volcanes. En las montañas de Galilea, en las mesetas de la Jordania oriental, en las orillas del afluente Yabok, en el golfo de Akaba, hay basalto negro y lava.

En el suelo de esa gran grieta, que pasa exactamente por aquí, se hallaba situado el valle de Siddim, con Sodoma y Gomorra. ¡Y este suelo un día se hundió! La fecha en que ocurrió semejante catástrofe puede determinarse con bastante precisión desde el punto de vista geológico: ¡tuvo que ocurrir hacia el año 2000 antes de J.C.!

“Seguramente alrededor del año 1900 antes de J.C. tuvo lugar la destrucción de Sodoma y Gomorra — escribe en 1951 el erudito americano Jack Finegan—. Un minucioso examen de los testimonios literarios, geológicos y arqueológicos conduce a la conclusión de que las destruidas ciudades de la Llanura (Gen. 19:29) se hallaban en la comarca actualmente sumergida bajo las aguas que lentamente van subiendo en la parte del Mar Muerto, y que su destrucción tuvo lugar a causa de un gran terremoto que, probablemente, fue acompañado de explosiones, de descargas eléctricas, de desprendimiento de gases y fenómenos ígneos.”

Alrededor del año 1900 antes de J.C., ¡precisamente la época de Abraham!

La fractura de la tierra liberó las fuerzas volcánicas que estaban ocultas debajo de la grieta. En la parte alta del valle del Jordán, junto a Basán, pueden verse aún hoy día cráteres de volcanes apagados y extensas capas de lava y de basalto sobre el terreno calcáreo. Desde tiempo inmemorial los territorios situados junto a esta grieta se ven conmovidos por frecuentes terremotos. De muchos de ellos tenemos noticias aún por la Biblia.

Como una confirmación a la explicación geológica de la destrucción de Sodoma y Gomorra, el sacerdote fenicio Sanchumiaton dice textualmente en la “Historia antigua”: “El valle del Sidimus 2 se hundió y se convirtió en mar, dando lugar a la formación de vapores continuos, sin que allí se vean peces y sí un cuadro de desolación y muerte para los malhechores.”

“Y su mujer (de Lot), habiendo vuelto la vista atrás, trocóse en columna de sal” (Gen. 19:26).

Cuanto más nos acercamos al extremo sur del Mar Muerto tanto más árido y bravío va siendo el paisaje, cada vez más lúgubre y deprimente el panorama de las montañas que le rodean. Domina en éstas un eterno silencio; sus paredes caen verticalmente sobre el agua y se reflejan en el cristal de la superficie. La catástrofe ha dejado un sello especial sobre esta comarca. Raras veces se ve pasar grupo alguno de nómadas por esos valles angostos y quebrados.

Allí donde terminan las aguas aceitosas, los bastidores de las rocas se quiebran para dejar sitio a una depresión pantanosa. El suelo rojizo está cruzado por innumerables regueros de agua y resulta sumamente peligroso para el que lo atraviesa sin cuidado. La depresión pantanosa tuerce en dirección Sur hacia el valle desértico del Araba, que llega hasta el Mar Rojo.

Al oeste de la orilla meridional, en dirección a la tierra del Mediodía de la Biblia, el Negueb, se extiende un espaldar de colinas de 45 metros de altura y 15 km. de longitud que lleva la dirección Norte-Sur. En sus vertientes, cuando les da el sol, puede verse cual resplandor de diamantes. Se trata de un raro fenómeno de la Naturaleza. La mayor parte de esa diminuta cordillera está formada de sales cristalizadas. Los árabes la designan con el nombre de Yebel Usdum, nombre antiquísimo en el cual se ha conservado el de Sodoma. Muchos bloques de sal han sido deformados por la lluvia y han ido cayendo de las alturas. Tienen formas raras, algunos permanecen en pie como estatuas. En sus perfiles se cree, a veces, reconocer figuras humanas.

Esas raras estatuas de sal nos recuerdan el relato de la Biblia que hace referencia a la mujer de Lot, que fue convertida en columna de sal. La resplandeciente montaña de sal está cerca del sumergido valle Siddim. Aquellos que pudieron salir con vida del epicentro de la catástrofe pudieron también perecer en las mofetas de gases venenosos que se extendían por una amplia superficie de la región. Y todo cuanto se halla junto al Mar de la Sal está hoy día recubierto por una capa de ella.

Abraham entonces levantó el campo y vino a establecerse en el encinar de Maniré, que está en Hebrón, donde edificó un altar a Yahvé (Gen. 13:18).

No muy lejos del actual Hebrón pasó Abraham los últimos días de su vida en el pequeño lugar de Mambré, donde había levantado el altar. Allí adquirió las primeras tierras de los hititas (Gen. 23) para preparar la tumba de su esposa Sara en una gruta, como era costumbre entre los semitas. En la misma gruta fue también enterrado el propio Abraham (Gen. 25:9-10). Las excavaciones realizadas confirman asimismo estas indicaciones de la Biblia sobre el padre de los Patriarcas.

Tres kilómetros al norte del monte Hebrón veneran los árabes un lugar que designan con el nombre de Harám-ramet el ojalil, es decir: “Santuario de la altura del amigo de Dios.” “Amigo de Dios” llaman los mahometanos a Abraham.

Un magnífico árbol levanta su copa hacia el cielo. ¡Su tronco tiene 10 metros de grueso! A los ojos este árbol es “el terebinto de Abraham.” Según parece, este lugar era ya conocido en el siglo XVI. Cerca de allí el arqueólogo padre A. E. Mader encontró las piedras pertenecientes a un altar de tiempos muy anteriores, en el cual aún se podían distinguir huellas de fuego. En 1927, Mader descubrió los restos de un grandioso árbol que un día se alzó en aquel lugar. Aún podían verse en el suelo los restos de sus poderosas raíces.

La tumba de Abraham se muestra también hoy día como un lugar sagrado que visitan muchos peregrinos.

Todo esto formaba parte de las cosas que parecían inexplicables, cosas que de boca en boca se transmitieron de generación en generación. Un día la investigación ha dado solución a estas incógnitas.

W. Keller “Y la Biblia tenia razón”

Abraham aparece mencionado en las Tablas de Ebla, fechadas 2.500 años antes de Jesucristo

Abraham aparece mencionado en las Tablas de Ebla, fechadas 2.500 años antes de Jesucristo

Las Tablas de Ebla, (Siria) descubiertas por los arqueólogos en el palacio del rey Aghrish en 1975 fueron fechadas aproximadamente 2500 años A.C. Estas tablas brindan una importante información con respecto a la historia de las religiones. El aspecto mas importante es que contienen los nombres de importantes personajes que se mencionan en el Antiguo Testamento, como el de Abraham; o el de Sodoma y Gomorra.

El descubrimiento tras miles de años de las Tablas de Ebla y la información que estas contienen es extremadamente importante para la esclarificación de la localización geográfica de las sociedades reveladas en el Antiguo Testamento.

Aproximadamente 2500 años A.C, Ebla era un reinado que comprendía a Siria capital de Damasco y el sudeste de Turquía. Este reinado, alcanzó su cumbre económica y cultural, pero posteriormente como ha pasado a otras grandes civilizaciones desapareció del escenario histórico. El reinado de Ebla, según los datos obtenidos, era aparentemente el mayor centro cultural y comercial de la época. La población de Ebla fue una civilización que estableció archivos estatales, construyó bibliotecas y registró contratos comerciales de forma escrita. Incluso tuvo su propia lengua llamada “eblaita”.

HISTORIA DEL DESCUBRIMIENTO
La verdadera importancia del reinado de Ebla, es considerada como un gran suceso para la arqueología clásica a partir de su descubrimiento en 1975, cuando se descubren 20.000 tablas y fragmentos cuneiformes. Este hallazgo fue cuantitativamente cuatro veces más importante que todos los textos cuneiformes hallados hasta la fecha por los arqueólogos con respecto a los últimos 3.000 años.

Cuando la lengua utilizada en las tablas fue descifrada por el italiano Giovanni Pettinato, epígrafo de la Universidad de Roma, la magnitud de su importancia fue mejor comprendida. Como resultado de esto, el hallazgo del reinado de Ebla y su magnifico archivo estatal, cobra importancia no solo para los intereses arqueológicos, sino también para el interés de los círculos religiosos.

Esto último es debido a que junto a los nombres de Talut (Sa-u-lum, Saúl), contiene también los nombres de tres conocidos personajes del Antiguo testamento cristiano (o Torah judía): Abraham (Ab-ra-mu), David (Da-u-dum) e Ismael (Ish-ma-il).

LA IMPORTANCIA DE LOS NOMBRES EN LAS TABLAS DE EBLA
Los nombres de los personajes identificados en las Tablas de Ebla son de gran importancia ya que es la primera vez que se habían hallado en documentos históricos de tal antigüedad. La aparición en las tablas del nombre de Abraham avala su existencia como personaje histórico de la antigüedad.

Los historiadores actuales analizan las tablas de Ebla desde esta perspectiva, y el descubrimiento se ha convertido en objeto de investigación en relación con la historia de las religiones. David Noel Fredmann, arqueólogo Americano e investigador de la historia de las religiones, confirma, basado en sus estudios, los nombres tanto del profeta Abraham como el de Ismael en las tablas.

Además de estos nombres, en las tablas se mencionan otros asuntos y nombres de lugares. Por ejemplo, los nombres de Sinai, Gaza y Jerusalem, no muy lejanos a Ebla, aparecen también en los textos. Un importante detalle que comprobamos en las Tablas son los nombres de Sodoma y Gomorra, donde vivió Lot. Es sabido que Sodoma y Gomorra era una región a orillas del Mar Muerto donde Lot vivió.

Abraham y Lot en el País de la Púrpura.

Abraham y Lot en el País de la Púrpura.

Hambre en Canaán. — Una familia del tiempo de los patriarcas en una pintura de la época. — Licencia de inmigración para el pastoreo en el Nilo. — El enigma de Sodoma y Gomorra. — Mr. Lynch explora el “Mar de la Sal.” — La grieta más amplia de la tierra. — Bosques hundidos en el mar Muerto. — El valle del Siddim conducía a la hondonada. — Columnas de sal en Yebel Usdum. — Junto al terebinto de Abraham.

MAS SOBREVINO HAMBRE EN EL PAÍS Y ABRAHAM BAJÓ A EGIPTO PARA RESIDIR ALLÍ TEMPORALMENTE. PORQUE ERA EN EL PAÍS MUY RECIA EL HAMBRE (Gen. 12:10).

El mundo debe a la aridez del desierto egipcio la conservación de una notable serie de textos, muchos de los cuales nos hablan de las inmigraciones de familias semíticas en la tierra del Nilo. El documento más bello y gráfico de todos es sin duda una pintura.

A mitad de camino entre las antiguas ciudades faraónicas de Menfis y Tebas, 3.000 km. al sur de El Cairo, emplazado junto al Nilo entre verdes campos y bosques de palmeras, se halla el pequeño poblado de Beni-Hasan. Aquí desembarcó en el año 1900 el inglés Percy A. Newberry con el encargo oficial de El Cairo de examinar alguno de los monumentos sepulcrales. El Egypt Exploration Fund financia la expedición.

Los monumentos funerarios se encuentran a la salida de un valle desértico, donde yacen asimismo los restos de antiguas canteras y de un gran templo.

Semana tras semana son separados los montones de piedras y los restos de columnas rotas del camino que conduce a la entrada de la peña, detrás de la cual se esconde la última morada del príncipe egipcio Chnem-Hotep. Los jeroglíficos, inscriptos en una pequeña antesala, contienen el nombre del difunto. Era el soberano de esta comarca del Nilo que antes se llamaba el “Cantón de las Gacelas.” Chnem-Hotep vivió en tiempo del faraón Sesostris II, hacia el año 1900 antes de J.C.

Después de muchos días de trabajo, Newberry consiguió por fin penetrar en una soberbia sala, excavada en la roca. A la luz de unas antorchas distingue tres bóvedas y dos hileras de columnas que se yerguen airosas desde el suelo. Las paredes están adornadas con unas pinturas de magníficos colores. Representan escenas de la vida del príncipe: cacerías, recolección de frutos, danzas y juegos.

En uno de los paneles de la pared Norte, junto a un retrato del príncipe, del tamaño natural, Newberry descubre unos tipos extranjeros. Van vestidos de diversa manera como se estila entre los egipcios; su piel es más clara y sus perfiles son duros. Dos empleados egipcios, colocados en primer término, presentan evidentemente el grupo de extranjeros al príncipe. ¿Quiénes son estos personajes? Los jeroglíficos que figuran en unas inscripciones trazadas junto a la mano de uno de los egipcios dan la contestación a esta pregunta: son “habitantes del desierto,” es decir, semitas. Su jefe se llama Abisay. Éste ha llegado a Egipto con treinta y seis hombres, mujeres y niños de su clan y trae regalos para el príncipe, entre los cuales es expresamente nombrado el destinado a la princesa, cierto precioso “stibium” 1.

Abisay es un nombre eminentemente semita, y aparece en la Biblia durante el reinado del segundo rey de Israel: “Tomando David la palabra, habló a… Abisay, hijo de Seruyá…” (1 Sam.. 26:6). El Abisay de la Biblia era hermano del jefe del ejército, Joab, malquisto por el pueblo de Israel, bajo el reinado de David, hacia el año 1000 antes de J.C., cuando Israel era un gran reino.

FIG. 9. —Familia semita de la época de los Patriarcas en el muro de la tumba del Principe en Beni-Hasan, junto al Nilo.

El artista a quien el príncipe Chnem-Hotep encargó el adorno de su tumba ha representado a los “habitantes del desierto” con un cuidado singular.

Esta pintura tan realista y sumamente expresiva causa el efecto de una fotografía en color. Parece como si esta familia de semitas se hubiese detenido sólo un instante y como si los hombres, las mujeres, los niños y los animales tuviesen que ponerse de nuevo en movimiento y avanzar. Abisay, a la cabeza del cortejo, saluda al príncipe con una ligera inclinación de la diestra, mientras con la izquierda, cogiendo una pequeña cuerda, guía un macho cabrío, que lleva entre los cuernos un palo curvo, o sea el cayado pastoril.

Este cayado pastoril era para los nómadas una cosa tan típica, que los egipcios, en sus inscripciones, lo utilizaban para designar a estos extranjeros.

Por lo que se refiere a la indumentaria, tanto su clase como su colorido han sido representados con conocimiento de causa. Los mantos rectangulares de lana, que en los hombres llegan hasta la rodilla y en las mujeres hasta las pantorrillas, están abrochados sobre uno de sus hombros. Adornados con vistosas franjas sirven a la vez de abrigos, y nos traen a la memoria la célebre “túnica multicolor” que Jacob mandó hacer para su hijo preferido José y que excitó aún más el rencor de sus hermanos (Gen. 37:3).

Una barba puntiaguda adorna el rostro de los hombres y el pelo color azabache de las mujeres cae libremente sobre el pecho y las espaldas, ceñido a la frente con una cinta blanca. El pequeño rizo de junto a las orejas parece haber sido moda en aquella época. Los hombres llevan sandalias, las mujeres zapatos de color pardo oscuro.

En recipientes artísticamente cosidos y confeccionados con pieles de animales llevan sus raciones de agua. Las armas de que van provistos son arcos y flechas, pesados dardos y venablos. Hasta traen consigo su instrumento preferido: uno de los hombres tañe la lira de ocho cuerdas. Con este instrumento, según indica la Biblia, solían acompañarse algunos salmos de David. “Para instrumentos de cuerda, en octava baja,” se dice al principio de los salmos 6 y 12.

Habiendo sido realizada esta pintura hacia el año 1900 antes de J.C., es decir, en la época de los patriarcas, podemos figurarnos muy bien a Abraham y a su familia. Después de pasar la frontera egipcia debió de suceder una escena semejante. La filiación personal de los extranjeros era tomada en los fuertes fronterizos exactamente igual a como se hacía en los territorios del príncipe Chnem-Hotep.

Sucede de igual modo hoy cuando se va a un país extranjero. Claro que entonces no eran conocidos los pasaportes; pero las formalidades burocráticas ya hacían difícil la vida a los extranjeros. Aquel que quería ir a Egipto tenía que declarar sus datos personales, el motivo de su viaje y la duración aproximada de su estancia. Todos estos datos eran inscritos escrupulosamente por un empleado sobre papiro con tinta roja y remitidos por un mensajero al oficial de la frontera, quien decidía si podía ser concedido el permiso de entrada. Pero éste no dependía solamente de su voluntad. Los empleados de la administración en la corte de los faraones daban las directrices indicando, incluso, cuáles eran los pastizales que podían ser puestos a disposición de los nómadas inmigrantes.

Para los nómadas de Canaán, Egipto era en tiempo de hambre un país al cual podían acudir, y a veces era su única salvación. Cuando su patria estaba requemada, el país de los faraones ofrecía siempre pastos en abundancia, gracias a las inundaciones regulares del Nilo en el transcurso del año.

Por otra parte, la riqueza tradicional de Egipto atraía con mucha frecuencia a rapaces nómadas, a bandidos, a quienes interesaban no ya los pastos del Nilo, sino los graneros y los magníficos palacios. Muchas veces sólo podían ser arrojados por la violencia. Para proteger al país contra semejantes intrusos y para poder vigilar mejor las fronteras, se empezó a construir, en el tercer milenio antes de Jesucristo, “la gran muralla imperial,” formada por toda una cadena de fortalezas, torres de vigía y bases militares.

Sólo en la oscuridad de la noche el egipcio Sinuhe, que conocía muy bien el terreno, pudo atravesarla furtivamente.

Unos 650 años después, en tiempo de la huida de Egipto, la frontera estaba cuidadosamente vigilada; Moisés sabía demasiado bien que la huida de aquel país contra la voluntad del Faraón era imposible. Los puestos de guardia habrían dado en seguida la voz de alarma, despertando a la tropa. Cualquier intento de forzarla era impedido por los certeros tiradores y por los rápidos carros de guerra. Este fue el motivo por el cual el Patriarca, que conocía bien el terreno, eligió otro camino completamente desacostumbrado. Moisés, en efecto, condujo a los hijos de Israel hacia el Sur, hacia el Mar Rojo, donde la muralla no existía.

Después del retorno a Canaán, Abraham y Lot se separan, pues “el país no les permitía morar juntamente, porque la hacienda de ellos era mucha y no podían habitar juntos. Por lo cual hubieron de suscitarse riñas entre los pastores del ganado de Abraham y los pastores del ganado de Lot… Dijo, pues, Abraham a Lot: “No haya contienda entre los dos, ni entre mis pastores y tus pastores, ya que somos parientes. ¿No esta todo el país ante ti? Sepárate, por favor, de mi. Si te diriges a la izquierda, yo iré a la derecha, y si tomas la derecha, yo tiraré a la izquierda” (Gen. 13:6-9).

Abraham dejó elegir a Lot. Desaprensivo, cual suelen ser los jóvenes, Lot se decide por la mejor parte, la región del Jordán. Rica en agua hasta llegar a Segor (Gen. 13:10) y bendecida con una frondosa vegetación tropical, “como el jardín del Señor, se parecía a Egipto” (Gen. 13:10).

Desde las montañas cubiertas de bosque del corazón de Palestina, Lot se dirige al Este con su clan y sus rebaños; penetra en el valle del Jordán en dirección Sur y por fin pone sus tiendas en Sodoma. Al sur del Mar Muerto se extiende una de las llanuras más fértiles, “el valle Siddim, donde esta emplazado ahora el Mar de la Sal” (Gen. 13:3). La Biblia pone en este valle cinco ciudades: Sodoma, Gomorra, Adamá, Seboyim y Bela (Gen. 14:2).

En la misma Biblia encontramos el relato de un acontecimiento bélico relacionado con la historia de estas cinco ciudades: “Hicieron guerra a Bera, rey de Sodoma; a Birsa, rey de Gomorra; a Sinab, rey de Adamá; a Semeber, rey de Seboyim, y al de Bela, esto es, de Segor” (Gen. 14:2).

Los reyes del valle Siddim habían sido tributarios del rey Codor-Laomor durante doce años; pero en el año decimotercero se rebelaron. Codor-Laomor pidió entonces ayuda a los tres reyes que estaban con él coligados. Una expedición de castigo debía hacer recordar sus deberes a los rebeldes. En la lucha sostenida por los nueve reyes los de las cinco ciudades del valle Siddim fueron vencidos; sus residencias fueron entregadas al pillaje e incendiadas. Entre los prisioneros capturados por los reyes extranjeros se encuentra también Lot. Pero es libertado por su tío Abraham (Génesis, 14:12-16), quien con su servidumbre persigue como una sombra a los cuatro reyes que se retiran victoriosos. Desde un seguro escondrijo lo observa todo sin ser advertido. Da tiempo al tiempo. Por fin, primero en Dan, después en la frontera septentrional de Palestina, parece haberse presentado una ocasión oportuna. Rápido, amparado por las sombras de la noche, se lanza sobre sus enemigos y en la confusión producida puede salvar a Lot. Sólo quien desconoce la táctica de los beduinos leerá con escepticismo esta narración.

Entre los habitantes de aquel país ha perdurado hasta nuestros días el recuerdo de esta expedición. Se refleja en el nombre de un camino que, por la parte oriental del Mar Muerto, se dirige al Norte hasta la vieja tierra de Moab. Los nómadas de Jordania lo conocen muy bien. Y, cosa notable, entre los nativos del país es designado con el nombre de la “Calzada de los Reyes.” En la Biblia volvemos a encontrarle, aunque aquí tiene el nombre de “camino real,” de “camino seguido,” por el cual los hijos de Israel querían pasar a través de los dominios de Edón para dirigirse a la tierra prometida (Num. 20:17-19).

Pasado el tiempo los romanos utilizaron la “Calzada de los Reyes” y la reconstruyeron. Parte de ella forma parte hoy día de la red de carreteras que recorren el nuevo estado de Jordania. Perfectamente visible desde un avión, el antiguo camino atraviesa el paisaje como una franja osc

ura “Y el Señor dijo: “El clamor de Sodoma y Gomorra es en verdad muy grande y sus pecados se han agravado mucho”… Entonces Yahvé llovió desde el cielo sobre Sodoma y Gomorra azufre y fuego, procedente de Yahvé. Destruyo, pues, estas ciudades y toda la llanura, con todos los habitantes de las ciudades y las plantas del suelo. Y su mujer, habiendo vuelto la vista hacia atrás, trocóse en columna de sal… Por su parte Abraham… vio que subía de la tierra humo como la humareda de un horno”” (Gen. 18:20; 19:24-28).

La siniestra energía de esta narración bíblica ha impresionado siempre profundamente las conciencias de los hombres. Sodoma y Gomorra se convirtieron en el símbolo de la depravación y de la impiedad y se citan cuando se habla de una destrucción completa.

Los hombres, cuando se encuentran ante hechos inexplicables, tienen que buscar en su fantasía procesos terroríficos, como lo demuestran numerosos relatos de los tiempos antiguos. Cosas notables y casi increíbles han de haberse desarrollado junto al Mar Muerto, el mar de la Sal, donde, según la Biblia, tuvo lugar la catástrofe.

Según una leyenda, el general romano Tito condenó a muerte a unos esclavos, mientras duraba el sitio de Jerusalén del año 70 después de J.C. Los sometió a rápido proceso, los hizo atar con cadenas y los hizo arrojar al mar que se extendía junto a las montañas de Moab. Pero los condenados no se ahogaron, y tantas veces fueron arrojados al agua, otras tantas, flotando como corcho, salieron a tierra. Tan extraño suceso impresionó a Tito de tal manera que los perdonó.

Flavio Josefo, que escribió la historia del pueblo judío y pasó en Roma la última parte de su vida, menciona repetidas veces “el lago de Asfalto.” Los griegos hablaban también de gases venenosos que, según ellos, se desprendían en muchas partes de este mar. Y los árabes refieren que desde hace mucho tiempo ningún pájaro ha podido alcanzar la orilla opuesta, porque, al atravesar la superficie del agua, los animales caen privados de vida.

Estas y otras historias similares de carácter legendario eran seguramente conocidas; pero hasta hace unos años no se tenía un conocimiento exacto del raro y misterioso mar de Palestina. Ningún hombre de ciencia lo había explorado.

En el año 1848 los Estados Unidos toman la iniciativa y organizan una expedición al enigmático Mar Muerto. Ante la pequeña aldea de Akko, 15 km. al norte de la actual Haifa, un día de otoño de 1848, la playa estaba llena de hombres que con vivo interés realizaban una extraña maniobra.

W. F. Lynch, geólogo y jefe de la expedición, ha hecho desembarcar del buque anclado en la playa dos botes metálicos, que luego son colocados con todo cuidado en unos carromatos con ruedas de gran tamaño. Los carromatos emprenden la marcha, arrastrados por caballos. Al cabo de tres semanas, y después de indescriptibles dificultades, se ha realizado el transporte a través de las tierras altas de la Galilea meridional. Los dos botes son arrojados al agua en el Tiberíades.

Las medidas de altura ordenadas por Lynch en el lago de Genesaret dan lugar a las primeras sorpresas de esta expedición. En el primer momento cree se trata de un error; pero las medidas de control confirman los resultados: ¡la superficie del lago de Genesaret, conocido en todo el mundo por la vida de Jesús, se halla situada a 208 metros por debajo del nivel del Mediterráneo! ¿A qué altura brota el Jordán, que atraviesa este lago?

Algunos días después, W. F. Lynch se halla en una vertiente del monte Hermón, que está cubierta de nieve. La pequeña aldea de Baniyas surge entre restos de columnas y de puertas. Unos árabes conocedores del terreno le guían a través de un bosque de adelfas hasta una cueva obstruida por las piedras y guijarros en la escarpada pared calcárea del Hermón. Desde sus profundidades se oye el murmullo del agua que, límpida, sale al exterior. Ésta es una de las tres fuentes del Jordán. Los árabes designan a este río con el nombre de Seri’at el Kebir, es decir, “Gran Río.” Aquí estuvo situado el antiguo Panium; aquí hizo construir Herodes en honor de Augusto un templo al dios Pan. Junto a la cueva del Jordán existen unos nichos en forma de concha, cavados en la dura peña.

“Sacerdote del dios Pan”… Puede aún leerse claramente la inscripción griega. En tiempos de Jesús era honrado junto a esta fuente del Jordán el dios de los pastores de los griegos, con la flauta en los labios cual si quisiera entonar una canción para acompañar el curso del río. Sólo 5 km. al este de esta fuente estaba situada la bíblica Dan, la aldea más septentrional de aquel país, citada con frecuencia en la Biblia. También allí mana una clara fuente en la vertiente meridional del Hermón. Un tercer manantial que se transforma en un arroyo baja de un valle situado a mayor altura. La superficie del valle está un poco más arriba de Dan, a 500 metros sobre el nivel del mar.

Allí donde el Jordán, 20 km. al Sur, alcanza el pequeño lago de Hule, su cauce ha bajado ya a 2 km. sobre el nivel del mar. Después, el río va bajando en forma abrupta durante otros 10 km. hasta llegar al lago de Genesaret. En su curso, desde las vertientes del monte Hermón, ha recorrido una distancia de 40 km, con un desnivel de 700 metros.

Desde el lago de Tiberíades los expedicionarios americanos recorren los numerosos meandros del Jordán, río abajo. Cada vez la vegetación es más escasa y sólo en las orillas crecen espesos matorrales. Dominado por el sol implacable aparece un oasis a la derecha; es Jericó. Poco después han llegado a su destino. Entre penas verticales, como talladas a pico, se extiende ante ellos la gigantesca superficie del Mar Muerto.

FIG. 10. Representación del curso descendente del Jordán.

Lo primero es tomar un baño. Los hombres que se introducen en el agua tienen la sensación de ser elevados de nuevo como si llevasen salvavidas. Los antiguos relatos no han mentido. En este mar nadie puede ahogarse. El sol ardiente seca la piel de los cuerpos casi instantáneamente. La delgada capa de sal que ha quedado en ella la tiñe de blanco. No hay aquí ni peces, ni moluscos, ni algas, ni corales…; por este mar no se ha deslizado nunca un barco de pesca. No existen ni frutos del mar ni frutos de la tierra, pues sus orillas son áridas y desoladas. Grandes cantidades de sal cubren la playa y las peñas de la montaña, haciéndolas brillar como el diamante. El aire se halla saturado de olores fuertes y acres. Huele a petróleo y a azufre. Manchas aceitosas de asfalto (la Biblia lo designa con el nombre de “betún”: Gen. 15:10) sobrenadan en las olas. Ni el cielo azul y luminoso ni el sol brillante son capaces de dar vida al paisaje.
FIG. 11 — El Mediterráneo y la depresión del Jordán.

Los botes americanos cruzan el Mar Muerto durante veintidós días. Toman muestras del agua, las analizan, y de tiempo en tiempo echan la sonda al fondo del mar. ¡La desembocadura del Jordán, en el Mar Muerto, se halla a 394 metros por debajo del nivel del Mediterráneo! De haber una comunicación con este mar, el Jordán y el lago de Genesaret, situado a la distancia de 105 kilómetros, desaparecerían. ¡Se formaría un grandioso mar interior que se extendería casi hasta la orilla del lago Hule!

“Cuando estalla una tempestad encajonada entre las peñas — escribe Lynch — las olas, como martillazos, golpean las paredes del bote; pero la elevada densidad del agua hace que se aplaquen al cabo de poco tiempo, así que el viento deja de soplar.”

Por el relato de la expedición se entera el mundo por primera vez de los hechos sorprendentes: el Mar Muerto tiene casi 400 metros de profundidad; ;el fondo del lago se halla, pues, a 800 metros bajo el nivel del Mediterráneo! El agua del Mar Muerto contiene un 25 % de substancias sólidas, especialmente cloruro de sodio, es decir, sal común. Los océanos contienen, en cambio, tan sólo del 4 al 6 % de sal. El Jordán y muchos riachuelos desembocan en el lago, que tiene 76 km. de longitud por 17 de anchura y que no ofrece desagüe alguno. Bajo el ardiente sol, cuyos rayos caen sobre la superficie del mar, se evaporan día tras día 8 millones de metros cúbicos de agua. Las sustancias químicas que los afluentes llevan consigo se van depositando en el fondo del lago, cuya superficie es de 1.292 kilómetros cuadrados.

Al empezar este siglo, las excavaciones en Sodoma y Gomorra despiertan un interés no menor que las realizadas en otras zonas de Palestina. Los exploradores se dedican a la busca de las ciudades desaparecidas que, en la época bíblica, debieron estar situadas en “el valle Siddim.”

En el extremo SE. del Mar Muerto se encuentran los restos de un gran poblado. Los árabes lo designan, aún hoy día, con el nombre de Soar. Los exploradores se regocijan al saberlo, pues precisamente Soar era una de las cinco ricas ciudades del valle Siddim que habían rehusado el pago de tributos a los cuatro reyes extranjeros. Pero las excavaciones realizadas a manera de prueba causan una decepción.

La época de las ruinas que van apareciendo demuestra que se trata de los restos de una ciudad que existía en la temprana Edad Media. Del antiguo Soar del rey de Bera (Gen. 14:2) y de las residencias anejas no se encuentra rastro alguno. En cambio, muchos detalles encontrados en los alrededores del Soar de la Edad Media dan idea de una población muy densa que debió existir en aquel país en época muy temprana.

Hoy día podemos afirmar, con completa seguridad, que toda búsqueda de Sodoma y Gomorra que se pretenda realizar en el futuro será completamente inútil, pues el enigma de la ruina y desaparición de ambas ciudades no ha podido ser aclarado.

La península de El-Lisan, situada en la orilla del Mar Muerto, penetra en sus aguas en forma de una lengua de tierra. El-Lisan en árabe quiere decir “La Lengua.” La Biblia menciona esta península especialmente al hablar de la división de que fue objeto el país después de su conquista. Las fronteras de la tribu de Judá son detalladamente delimitadas. Josué da una idea insólitamente característica de los límites del Sur. “Su límite meridional parte desde el extremo del Mar de la Sal, de la lengua que mira al Mediodía” (Jos. 15:2).

Un relato procedente de Roka habla de esta lengua de tierra y cuenta una historia que, injustamente, fue considerada siempre con gran escepticismo. Unos desertores se habían refugiado en esta península. Los legionarios, a cuyo regimiento pertenecían, los persiguieron inútilmente por la comarca durante mucho tiempo. Cuando por fin los vieron ya era demasiado tarde: ambos estaban subiendo por los acantilados de la orilla opuesta… ¡habían vadeado el mar transversalmente!

Aquí se extiende el fondo invisible bajo la superficie del agua, formando una poderosa muralla que divide el mar en dos partes. A la derecha de la península el fondo se hunde rápidamente hasta una profundidad de 400 metros. A la izquierda de la lengua de tierra las aguas son poco profundas. Los sondeos realizados en estos últimos años dieron sólo profundidades de 15 a 20 metros.

Si con un bote se rema hacia el extremo sur del “Mar de la Sal” puede observarse a ciertas horas del día algo desconcertante: a cierta distancia de la orilla se ven, bajo el nivel del agua, las siluetas de unos bosques conservados por el elevado contenido de sal del lago. Los troncos y los restos de los árboles en las profundidades verdosas deben ser antiquísimos. Cuando en sus días estaban sobre la tierra firme, y el verde follaje adornaba sus ramas, los rebaños de Lot pudieron muy bien pacer a su sombra. Aquella parte llana, tan especial, del Mar Muerto, desde la península de El-Lisan al extremo Sur, era… ¡el valle de Siddim! La propia Biblia lo dice con toda claridad: “Todos éstos se congregaron en el valle de Siddim,” o sea el Mar de la Sal (Gen. 14:3).

FIG. 12. — El Mar Muerto: a) 2.000 años a. de J.C., antes de la destrucción de Sodoma y Gomorra. — b) 1.900 años a. de J.C., después de la catástrofe.

Los geólogos hicieron este descubrimiento y estas observaciones confirmándolos con una prueba concluyente que, a la vez, explica la causa y el fundamento del relato bíblico de la destrucción de Sodoma y de Gomorra.

La expedición americana dirigida por Lynch había dado en 1848 la noticia del notable declive seguido por el Jordán en su corto recorrido a través de Palestina. Por lo que se refiere al hundimiento del cauce del río por debajo del nivel de los océanos se trata, según pudo comprobarse por varias exploraciones, de un fenómeno geológico especial.

“En la superficie de otro planeta puede darse algo parecido a lo que sucede en el valle del Jordán, pero no en el nuestro — escribe el geólogo Adam Smith en su obra La geografía histórica de Tierra Santa — . Ninguna otra parte de la Tierra, que no esté situada debajo del agua, se halla a más de 100 metros por debajo del nivel del mar.”

El valle del Jordán es sólo una pequeña parte de una inmensa grieta de la corteza terrestre. Empieza a muchos centenares de kilómetros de la frontera de Palestina, muy al Norte, a los pies de la montaña de Tauro, en Asia Menor. Al Sur se extiende desde la orilla sur del Mar Muerto, a través de los desiertos de Arabia, hasta el Golfo de Akaba, y termina más allá del Mar Rojo, en África. En muchos lugares de esa gigantesca hendidura se perciben claros síntomas de volcanes. En las montañas de Galilea, en las mesetas de la Jordania oriental, en las orillas del afluente Yabok, en el golfo de Akaba, hay basalto negro y lava.

En el suelo de esa gran grieta, que pasa exactamente por aquí, se hallaba situado el valle de Siddim, con Sodoma y Gomorra. ¡Y este suelo un día se hundió! La fecha en que ocurrió semejante catástrofe puede determinarse con bastante precisión desde el punto de vista geológico: ¡tuvo que ocurrir hacia el año 2000 antes de J.C.!

“Seguramente alrededor del año 1900 antes de J.C. tuvo lugar la destrucción de Sodoma y Gomorra — escribe en 1951 el erudito americano Jack Finegan—. Un minucioso examen de los testimonios literarios, geológicos y arqueológicos conduce a la conclusión de que las destruidas ciudades de la Llanura (Gen. 19:29) se hallaban en la comarca actualmente sumergida bajo las aguas que lentamente van subiendo en la parte del Mar Muerto, y que su destrucción tuvo lugar a causa de un gran terremoto que, probablemente, fue acompañado de explosiones, de descargas eléctricas, de desprendimiento de gases y fenómenos ígneos.”

Alrededor del año 1900 antes de J.C., ¡precisamente la época de Abraham!

La fractura de la tierra liberó las fuerzas volcánicas que estaban ocultas debajo de la grieta. En la parte alta del valle del Jordán, junto a Basán, pueden verse aún hoy día cráteres de volcanes apagados y extensas capas de lava y de basalto sobre el terreno calcáreo. Desde tiempo inmemorial los territorios situados junto a esta grieta se ven conmovidos por frecuentes terremotos. De muchos de ellos tenemos noticias aún por la Biblia.

Como una confirmación a la explicación geológica de la destrucción de Sodoma y Gomorra, el sacerdote fenicio Sanchumiaton dice textualmente en la “Historia antigua”: “El valle del Sidimus 2 se hundió y se convirtió en mar, dando lugar a la formación de vapores continuos, sin que allí se vean peces y sí un cuadro de desolación y muerte para los malhechores.”

“Y su mujer (de Lot), habiendo vuelto la vista atrás, trocóse en columna de sal” (Gen. 19:26).

Cuanto más nos acercamos al extremo sur del Mar Muerto tanto más árido y bravío va siendo el paisaje, cada vez más lúgubre y deprimente el panorama de las montañas que le rodean. Domina en éstas un eterno silencio; sus paredes caen verticalmente sobre el agua y se reflejan en el cristal de la superficie. La catástrofe ha dejado un sello especial sobre esta comarca. Raras veces se ve pasar grupo alguno de nómadas por esos valles angostos y quebrados.

Allí donde terminan las aguas aceitosas, los bastidores de las rocas se quiebran para dejar sitio a una depresión pantanosa. El suelo rojizo está cruzado por innumerables regueros de agua y resulta sumamente peligroso para el que lo atraviesa sin cuidado. La depresión pantanosa tuerce en dirección Sur hacia el valle desértico del Araba, que llega hasta el Mar Rojo.

Al oeste de la orilla meridional, en dirección a la tierra del Mediodía de la Biblia, el Negueb, se extiende un espaldar de colinas de 45 metros de altura y 15 km. de longitud que lleva la dirección Norte-Sur. En sus vertientes, cuando les da el sol, puede verse cual resplandor de diamantes. Se trata de un raro fenómeno de la Naturaleza. La mayor parte de esa diminuta cordillera está formada de sales cristalizadas. Los árabes la designan con el nombre de Yebel Usdum, nombre antiquísimo en el cual se ha conservado el de Sodoma. Muchos bloques de sal han sido deformados por la lluvia y han ido cayendo de las alturas. Tienen formas raras, algunos permanecen en pie como estatuas. En sus perfiles se cree, a veces, reconocer figuras humanas.

Esas raras estatuas de sal nos recuerdan el relato de la Biblia que hace referencia a la mujer de Lot, que fue convertida en columna de sal. La resplandeciente montaña de sal está cerca del sumergido valle Siddim. Aquellos que pudieron salir con vida del epicentro de la catástrofe pudieron también perecer en las mofetas de gases venenosos que se extendían por una amplia superficie de la región. Y todo cuanto se halla junto al Mar de la Sal está hoy día recubierto por una capa de ella 3.

Abraham entonces levantó el campo y vino a establecerse en el encinar de Maniré, que está en Hebrón, donde edificó un altar a Yahvé (Gen. 13:18).

No muy lejos del actual Hebrón pasó Abraham los últimos días de su vida en el pequeño lugar de Mambré, donde había levantado el altar. Allí adquirió las primeras tierras de los hititas (Gen. 23) para preparar la tumba de su esposa Sara en una gruta, como era costumbre entre los semitas. En la misma gruta fue también enterrado el propio Abraham (Gen. 25:9-10). Las excavaciones realizadas confirman asimismo estas indicaciones de la Biblia sobre el padre de los Patriarcas.

Tres kilómetros al norte del monte Hebrón veneran los árabes un lugar que designan con el nombre de Harám-ramet el ojalil, es decir: “Santuario de la altura del amigo de Dios.” “Amigo de Dios” llaman los mahometanos a Abraham.

Un magnífico árbol levanta su copa hacia el cielo. ¡Su tronco tiene 10 metros de grueso! A los ojos este árbol es “el terebinto de Abraham.” Según parece, este lugar era ya conocido en el siglo XVI. Cerca de allí el arqueólogo padre A. E. Mader encontró las piedras pertenecientes a un altar de tiempos muy anteriores, en el cual aún se podían distinguir huellas de fuego. En 1927, Mader descubrió los restos de un grandioso árbol que un día se alzó en aquel lugar. Aún podían verse en el suelo los restos de sus poderosas raíces.

La tumba de Abraham se muestra también hoy día como un lugar sagrado que visitan muchos peregrinos.

Todo esto formaba parte de las cosas que parecían inexplicables, cosas que de boca en boca se transmitieron de generación en generación. Un día la investigación ha dado solución a estas incógnitas.

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1. Estuco para las mejillas.

2. Es decir, Siddim.

3. Con esto no se excluye la intervención extraordinaria, milagrosa de Dios. Esta intervención aparece clara en el texto de la Biblia. Por otra parte es evidente que Dios se puede valer de causas naturales, que Él ha creado, para realizar sus maravillas (N. del T.).

LA MÁS GRANDE DE TODAS LAS PRUEBAS PARA ABRAHAM.

LA MÁS GRANDE DE TODAS LAS PRUEBAS PARA ABRAHAM.

A. Dios probó a Abraham (22.1–19).

1. El más grande requisito (vers.os 1–2).

a. Hacía años que Abraham no oía de Dios. Puede que haya esperado que Dios dijera: «¡Bien hecho!».

b. En lugar de ello, Dios le dio un mandamiento que probablemente era lo último que esperaba.

2. La más grande respuesta (versos 3–10).

a. Abraham podía haber discutido con Dios. Podía haber sugerido alternativas.

Podía haber prolongado sus preparativos. En lugar de lo anterior, «se levantó muy de mañana» para hacer la voluntad de Dios.

b. Note la fe que expresa en el versículo

5: «… yo y el muchacho iremos hasta allí […] y volveremos a vosotros». El versículo 8 dice: «Dios se proveerá». 

c. ¿Cómo pudo un hombre de 120 años atar a un hombre mucho más joven, y probablemente mucho más fuerte?

¡Había criado muy bien a su hijo!

3. El más grande galardón (versos 11–19).

a. Abraham hizo frente a la prueba. Este evento se usa como el gran ejemplo de la fe de Abraham (Romanos 4.1–22; Santiago 2.21–23).

(1) ¡Para Abraham no había nada ni nadie más importante que Dios!

(2) ¿Habrá algo en el mundo que sea más importante para nosotros que obedecer a Dios? ¿Tal vez el  trabajo, la salud, la familia, las posesiones, los planes o los sueños?

b. Dios, en efecto, proveyó.

c. Dios confirmó Su pacto. Se hizo la promesa de una «simiente» (vers.o 18) y esta se cumplió en Cristo (Gálatas 3.16).

B. ¿Cómo hizo frente Abraham a la prueba? (Hebreos 11.17–19.)

1. Hizo frente a la prueba por la fe (Hebreos 11.17).

a. Creyó que Dios proveería (Génesis 22.8, 15).

b. Creyó en un Dios que tiene grandes capacidades (Hebreos 11.19).

2. Abraham no tenía todas las cosas nítidamente calculadas. Dios no resucitó a Isaac de entre los muertos (Hebreos 11.19); Dios no proveyó un cordero (Génesis 22.8); sino un carnero. Pero Abraham tenía fe en que Dios haría que todas las cosas le ayudaran a bien, ¡y así sucedió!

II. LA MÁS GRANDE DE TODAS LAS PRUEBAS PARA NOSOTROS.

A. Todos nosotros hacemos frente a pruebas en nuestra vida, pero en algún momento de nuestra vida podemos hacer frente a la más grande de todas las pruebas: que se nos pida despojarnos de lo que consideramos más preciado.

1. Corrie ten Boom dijo: «Yo trato de no aferrarme mucho a las cosas preciosas, porque duele mucho cuando Dios tiene que apartar mis dedos de ellas para que yo las suelte».

La prueba máxima (Génesis 22.1–19)

2. El propósito de Dios no es hacernos personas felices que viven una vida de comodidad; el propósito de Dios es hacernos mejores personas.

B. Cuando pasemos por la más grande de todas las pruebas, ¿podemos creer que Dios es capaz? ¿Podemos creer que Dios hará que todas las cosas ayuden a bien? (Romanos 8.28.) La respuesta es «¡Sí podemos!».

CONCLUSIÓN

Puede que usted esté pasando por la más grande de todas las pruebas ahora mismo. Es nuestro deseo que Dios le esté acompañando. Como resultado de esta prueba usted saldrá perfeccionado. Pero también existe el peligro de que en lugar de esto salga más amargado. Esfuércese por mantener la fe que Abraham tuvo. Recuerde que Dios proveerá.

Abraham Afirmado

Abraham Afirmado

por Alden Bass

Sacrificio de Isaac.Laurent de LaHire (1650). En el Museo de Bellas Artes de Nueva Orleans.

Sacrificio de Isaac.Laurent de LaHire (1650). En el Museo de Bellas Artes de Nueva Orleans.

Parece que algunos en nuestra sociedad no están contentos con la muerte de Dios; ellos también quieren matar a cualquiera que esté relacionado a la narración bíblica. Cada persona en la Biblia es examinada y criticada, y su misma existencia es puesta en duda. Todo desde Adán hasta el Señor mismo ha sido cuestionado y en un punto declarado mítico, ficticio o alegórico. De estos personajes puestos en duda en la obra divina, tal vez ninguno tiene una influencia tan grande en el mundo hoy en día como el patriarca Abraham. Los musulmanes, judíos y cristianos le respetan como el “padre de la fe”—el hombre que encontró y siguió al Único Dios Verdadero, El Shadai, el Todopoderoso. Más de tres billones de creyentes miran a Abraham como un ejemplo de fe y obediencia, aunque es de estos mismos campamentos que muchas dudas surgen.

Publicado originalmente en 1999 en la revista Ha’aretz y luego reimpreso en el Biblical Archaeological Review (Examen Arqueológico Bíblico), un artículo escrito por un profesor judío de la Universidad de Tel Aviv busca socavar la fe bíblica al negar la historicidad de los patriarcas. El ataque es ingeniosamente disfrazado como ciencia pura, pero en verdad es solamente arrogancia académica. El profesor Herzog expresa en el artículo su frustración de que su gente (los judíos) rechaza aceptar sus conclusiones “científicas”. El rechazo no es sorprendente, considerando que el profesor intentaba destruir 4,000 años de historia judía (y cristiana). Note el resumen introductorio del artículo:

Después de 70 años de excavaciones intensas en la Tierra de Israel, los arqueólogos han averiguado que: Las acciones de los patriarcas son historias legendarias, nosotros no estuvimos en Egipto, ni hicimos algún éxodo, ni conquistamos la tierra. Tampoco existe alguna mención al imperio de David y Salomón (Herzog, 1999).

Aunque falta la evidencia directa de la existencia del patriarca, los detalles circunstanciales de la narración bíblica han sido adecuadamente corroborados con los hechos históricos. Según la cronología bíblica, Abraham vivió alrededor del 2000 a.C. Él fue engendrado por Taré en la ciudad de Ur de los caldeos (Génesis 11:31), y migró a la tierra de Canaán por mandato de Dios (Génesis 12:1). En efecto, la ciudad de Ur floreció alrededor del 2000 a.C., y fue un centro de riqueza y aprendizaje muy conocido (Free, 1992, p. 46). Los vecinos de Abraham hubieran sido adoradores de ídolos, inclinándose delante de Nanna la diosa de la Luna, así como el texto indica (Génesis 31:19). Después de instalarse en Canaán, el sobrino de Abraham, Lot, fue capturado por los reyes mesopotámicos (Génesis 14). Aunque la historia no nos dice nada específicamente acerca de los reyes, sus nombres fueron comunes durante ese periodo de tiempo (Free, p. 52), y su invasión a Palestina puede ser razonablemente atribuida a una búsqueda de cobre en los grandes depósitos de Palestina (Hoerth, 1998, p. 96).

Hasta ahora el descubrimiento más interesante que da crédito a la historia patriarcal es las tablillas de Nuzu, descubiertas entre 1925 y 1941. Cuando Abraham y Sara se dieron cuenta que eran estériles y no podían producir descendencia, Abraham adoptó a su esclavo, Eliezer de Damasco (Génesis 15:2). Esta fue una práctica común de las parejas sin hijos en el Oriente Medio antiguo. Por la misma razón, Sara animó a su esposo a tomar a su sierva, Agar, como una esposa, para que él produjera descendencia. Aunque Dios no aprobó este arreglo, esta fue una práctica estándar de acuerdo a los documentos de Nuzu (Unger, 1973, p. 122). William F. Albright, el arqueólogo famoso de las tierras bíblicas, remarcó:

Ahora está llegando a ser cada vez más claro que las tradiciones de la Era Patriarcal, preservadas en el libro de Génesis, reflejan con exactitud remarcable las condiciones reales de la Edad Media del Bronce, y especialmente del periodo entre 1800 y 1500 a.C. (como citado en Unger, p. 121).

Por ende, a pesar de la ausencia del nombre de Abraham, la arqueología sí confirma la fiabilidad del texto bíblico.

No solo existe evidencia suficiente para la narración bíblica en el registro arqueológico, sino la historia también nos cuenta que una y otra vez, la Biblia ha sido vindicada. No fue sino hasta 1876 que una referencia a la nación hitita fue descubierta fuera de la Biblia; asimismo, el nombre del Rey David había tenido solamente mención sagrada hasta 1923. En respuesta al ataque de Herzog, Hershel Shanks sugirió que la evidencia arqueológica que ahora poseemos es “minuciosamente comparada con lo que no sabemos, y esto está sujeto a cambiar mañana” (Shanks, 1999). Una y otra vez, la Biblia es insultada, sin embargo el hecho de que ésta continúe saliendo victoriosa sobre sus enemigos es un testimonio de su origen divino. Pareciera que los enemigos de la Biblia finalmente entendieran esto y se diesen por vencidos, pero la historia también nos cuenta que esto no será el caso. Por tanto, continuemos mirando más allá de las acusaciones superficiales, y pongamos nuestra fe en Dios y en los hechos, no en las opiniones de la arqueología.

REFERENCIAS
  • Free, Joseph (1992), Archaeology and Bible History (Grand Rapids: Zondervan).
  • Herzog, Ze’ev (1999) “Deconstructing the Walls of Jericho” [En-línea], URL: http://www.bib-arch.org/bswbBreakingIllSpecial1.html.
  • Hoerth, Alfred (1998), Archaeology and the Old Testament (Grand Rapids: Baker).
  • Shanks, Hershel (1999), “Herzog’s Attacks on the Bible Unjustified” [En-línea], URL: http://www.bib-arch.org/bswbBreakingIllSpecial2.html.
  • Unger, Merrill (1973), Archaeology and the Old Testament (Grand Rapids: Zondervan).

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