La Asunción de María – De algunos mitos difundidos sobre el protestantismo (XX) Los protestantes no creen en la Virgen (8)

La Asunción de María

De algunos mitos difundidos sobre el protestantismo (XX) Los protestantes no creen en la Virgen (8)


El 15 de agosto se celebra en el mundo católico la Asunción de María a los cielos. Seguramente, a nadie le sorprenderá saber que los protestantes no participamos de esa celebración. La razón – a estas alturas para los que vayan siguiendo esta serie tampoco resultará una sorpresa – es que en la Biblia no existe el menor rastro de semejante dogma.

Ciertamente, en el pasado, algunos autores católicos se empeñaban en identificar a la mujer de la que habla Apocalipsis 12, 1-6, 14, 17 con María e indicar que en ese pasaje se hallaba una referencia a la asunción, pero esa interpretación no es sostenida por ningún intérprete serio en la actualidad. Como ha señalado el padre J. M. Carda Pitarch (El misterio de María, Madrid, 1986, p. 111), “este texto se refiere, sin duda alguna, a la Iglesia”. Por si fuera poco claro en su afirmación el padre J. M. Carda Pitarch en la misma obra (p. 113) remata que la doctrina de la Asunción “no consta expresa y claramente en la Escritura”. Tiene toda la razón el sacerdote al afirmarlo. Es más, ningún católico con una mínima formación teológica lo discutiría.

Sin embargo, no se trata sólo de la ausencia de un testimonio bíblico sobre la creencia en la Asunción de María. Por añadidura, la fe en esa doctrina estuvo ausente del cristianismo durante siglos y es lógico que así fuera porque pasajes como I Corintios 15, 23 señalan que no se producirá ascenso a los cielos de ningún creyente – por supuesto, Pablo no hace excepción alguna con María – hasta la Segunda Venida de Cristo.

De hecho, la creencia en la Asunción de María se originó tardíamente y, por añadidura, en obras situadas en círculos heréticos, más concretamente, en el evangelio apócrifo de Juan y en el libro denominado Tránsito de María o Dormición de la santísima Madre de Dios. La primera de las obras no fue escrita antes del final del s. IV y, más posiblemente, se redactó hacia los años 550-80 d. de C., y la segunda apareció en los ss. IV-V. Junto a estas obras, algunos autores mencionan un texto de inicios del s. III, que se publicó durante el s. XIX y que, muy posiblemente, fue la primera parte de los Hechos apócrifos de Juan debidos a Leucio. Ese texto es la primera redacción que ha llegado hasta nosotros de la Dormitio Mariae. El principal problema de esta fuente es que Leucio era un hereje ya que negaba la Deidad de Cristo.

El pasaje en cuestión relata cómo cuando María se halla cerca de su muerte, el Gran Ángel, convertido gracias a su virtud en Cristo e Hijo de Dios, le revela el libro de los misterios. De regreso a su casa, María realiza las abluciones rituales para purificar su cuerpo y vestiduras, recitando luego una oración para verse libre de la asechanza de las potencias diabólicas durante su tránsito por la escala cósmica. A continuación, van llegando los apóstoles desde diversas partes del mundo lo que va seguido por discursos dedicados a los temas más diversos. Finalmente, María inicia una disertación sobre las “dos vías” en la que sostiene que, al tener lugar la muerte, se produce una lucha entre los ángeles para apoderarse del cuerpo del difunto y que el resultado de ese enfrentamiento depende de su vida previa.

Cuando tiene lugar la muerte de María, protegida su alma por Jesús y Miguel, Pedro y los otros apóstoles se llevan el cadáver de María al Cedrón donde es sepultado en un sepulcro nuevo. Allí permanecen los apóstoles tres días y entonces tiene lugar la llegada de Pablo al sepulcro y pretende ser iniciado en los misterios revelados a los apóstoles en el monte de los Olivos. Pedro se opone rotundamente a la pretensión de Pablo.

Con posterioridad, Cristo, Miguel y Gabriel trasladan en un carro-merkabah el cuerpo de María al paraíso, realizando ésta un viaje celestial que le permite observar las penas de los réprobos y las bendiciones de los salvados, regresando finalmente los apóstoles a los lugares de donde vinieron.

Ciertamente, resulta obvio que el relato presenta una serie de elementos heréticos significativos. Así, Cristo no Dios, sino un ángel – algo que aceptarían, sin problema, los Testigos de Jehová – y Pablo es considerado como un personaje que, legítimamente, no tiene lugar entre los apóstoles. Finalmente, aparece en el texto un camino de salvación que no tiene punto de contacto con el enseñado en el Nuevo Testamento. Lejos de la sencillez de la Biblia que indica que, a la muerte, el creyente parte y está con Cristo (Filipenses 1, 21-23), gracias a la fe en él (Romanos 5, 1 ss), aquí nos encontramos una serie de complicados rituales destinados a liberarlo de la asechanza de los demonios en el momento de la muerte.

Da la sensación de que el texto fue redactado para tranquilizar a los ebionitas, unos herejes judeo-cristianos que negaban la Divinidad de Cristo y que, posiblemente, temían que cuando el emperador Adriano profanó en el siglo II la tumba de María en Jerusalén también llevara a cabo una profanación de sus restos mortales. El texto vendría así a indicar que Adriano no podía haberlo profanado por la sencilla razón de que los ángeles ya se lo habían llevado al cielo.

Con el paso de los siglos, algunos aspectos heréticos de la citada fuente serían obviados – no digamos ya el deseo de tranquilizar a los ebionitas – y la historia iría recibiendo nuevos aditamentos que no colisionaran con la evolución del dogma católico en ese estadio temporal.

Sin embargo, no deja de resultar significativo que, a pesar de inspirar cierta iconografía, el dogma fuera definido muy tardíamente. De hecho, hasta 1950, y en virtud de la Bula Munificentissimus Deus, no definió Pío XII “ser un dogma revelado por Dios el que la Inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María, terminado el curso de su vida terrenal, fue arrebatada en cuerpo y alma a la gloria celestial” (DS 3903).

Tras este breve examen, resulta obligado plantearse algunas preguntas:

  • 1.- ¿Por qué deberíamos los protestantes creer en un dogma del que no existe el menor vestigio en las Escrituras?
  • 2.- ¿Por qué deberíamos los protestantes creer en un dogma cuya primera referencia no sólo es tardía sino que, por añadidura, se encuentra en un texto herético que contiene referencias anti-bíblicas sobre Cristo y la salvación? y
  • 3.- ¿Por qué deberíamos los protestantes creer en un dogma que no ha sido tal hasta hace unas décadas?

Sinceramente, creemos que esas preguntas se contestan por si mismas e indican más que sobradamente porque puestos a elegir entre la enseñanza de hombres y la enseñanza contenida en la Biblia, una vez más nos quedamos con la Biblia.

Continuará

Artículos anteriores de esta serie:
1 Juan Calvino y la Inquisición
2 Enrique VIII y los protestantes ingleses
3 Inglaterra y María la sanguinaria
4 Cisneros ¿precursor de la Reforma?
5 Juan de Valdés y la Reforma en España
6 Juan de Valdés huye de la Inquisición
7 Españoles del siglo XVI con la Reforma
8 Las ekklesias y «la» Iglesia católica
9 La verdadera Iglesia no tiene Papa
10 Salvación por gracia, no por obras
11 Carta de Santiago: fe, salvación y obras
12 Obispos casados
13 Los protestantes y la Virgen María
14 María durante el ministerio de Jesús
15 La Inmaculada Concepción
16 El culto a la Virgen María
17 La virginidad perpetua de María
18 El culto a las imágenes
19 La corredención de María

http://www.protestantedigital.com/new/nowleerarticulo.php?r=328&a=3648

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La Inmaculada Concepción

La Inmaculada Concepción

{ por Vicente Marrota }

¿Es María inmaculada? Nos apresurarnos a contestar que no y lo probarnos.

  1. María en la casa de Elisabeth, canta: “y mi espíritu se alegró en Dios mi Salvador” Lucas 1:47. El pasaje no necesita comentario. Si María llama a Dios su Salvador, claro está que antes de sentirse salvada debía reconocerse perdida, es decir, en pecado.
  2. San Pablo en su epístola a los Romanos dice: “todos están debajo de pecado. Como está escrito: no hay justo, ni aún uno. Todos se apartaron, a una fueron hechos inútiles; no hay quien haga lo bueno, no hay ni aún uno” Romanos 3:9-12. San Pablo hubiera debido exceptuar a María si hubiese sido preservada por Dios de la culpa común a todos los otros hijos de Adán.
  3. San Juan, en su primera epístola, escribe esta sentencia: “Si dijeremos que no tenemos pecado, nos engaríamos a nosotros mismos, y no hay verdad en nosotros’. Si dijeramos que no hemos pecado, lo hacemos a El mentiroso, y su palabra no está en nosotros“. 1 Juan l:10. Según San Juan, el dogma de la Inmaculada es contrario a la verdad revelada. nadie mejor que San Juan hubiera podido y debido exaltar a María y distinguir1a declarando su Inmaculada Concepción, ya sea por su parentesco, o por haberla tenido en su casa, después de la muerte de nuestro Señor (San Juan 19:27).
  4. El Ángel del Señor le dijo a María al anunciarle la encarnación del verbo: “María, María, no temas, porque has hallado gracia cerca de Dios” Lucas 1:30. ¿Quién no ve en este versículo al culpable rehabilitado? ¿Quién puede hallar gracia si no aquel que la ha perdido? ¿Dónde está el famoso sine labe? (sin mancha)
  5. Jesús dice: “De cierto os digo que no se levantó entre los que nacen de mujeres otro mayor que Juan el Bautista” Mateo 11:11. Si Juan que es el mayor entre los nacidos de mujer no es llamado inmaculado, menos puede serlo María que no es llamada mayor.
  6. Sólo Jesús fue engendrado por el Espíritu Santo y ningún otro. María ha sido engendrada por virtud humana, y ¿cómo un hombre pecador puede engendrar hijos inmaculados?

Y ahora, gentil lector, si deseas conocer la actual posición de María, te diremos con San Pablo que, habiendo dormido en el Señor veinte siglos ha, espera la primera resurrección para unirse con su Salvador, para ser admitida en la Gloria del Reino (1 Cor. 15:20,23; 1 Tesalonicenses 4:16,17).

Así que María no fue promovida al cielo, pero espera la corona como todos los redimidos, a la aparición del Señor. Y ahora repetimos la pregunta: ¿Es María inmaculada? Esta vez dejamos al cortés lector que responda.

http://www.fadu.net/estudios/inmacula.htm

De algunos mitos difundidos sobre el protestantismo (XIX) Los protestantes no creen en la Virgen (7)La corredención de María

De algunos mitos difundidos sobre el protestantismo (XIX) Los protestantes no creen en la Virgen (7)

He señalado de manera repetida en las anteriores entregas que un porcentaje elevadísimo de aquellas doctrinas que los protestantes no compartimos con el catolicismo son, en términos histórico, tardías cuando no de muy reciente aparición. Uno de esos casos es la creencia en la corredención de María, entendida ésta no como que la madre de Jesús tuviera el mismo papel que éste en la redención – ¡faltaría más! diríamos los protestantes – sino en que colaboró en ella.

La corredención de María

De algunos mitos difundidos sobre el protestantismo (XIX) Los protestantes no creen en la Virgen (7)

He señalado de manera repetida en las anteriores entregas que un porcentaje elevadísimo de aquellas doctrinas que los protestantes no compartimos con el catolicismo son, en términos histórico, tardías cuando no de muy reciente aparición. Uno de esos casos es la creencia en la corredención de María, entendida ésta no como que la madre de Jesús tuviera el mismo papel que éste en la redención – ¡faltaría más! diríamos los protestantes – sino en que colaboró en ella.

Imagino que no sorprenderá a nadie que comience señalando que en la Biblia no existe el menor rastro de la idea de correndención o de María corredentora. A decir verdad, ni los términos aparecen. No sólo eso, todas las referencias a redención y redentor aparecen, única y exclusivamente, vinculadas con Jesús y su obra.

Examinemos todos y cada uno de los casos en que la idea aparece en el Nuevo Testamento.

1.- El término “redentor” sólo aparece una vez en el Nuevo Testamento. El pasaje (Hechos 7, 35), como no podía ser menos, identifica a ese Redentor con Jesús y, por supuesto, no dice ni una palabra de una corredentora.

2.- El término redención aparece tres veces en el Nuevo Testamento. En la primera cita (Lucas 1, 68) se atribuye esa redención a Dios que ha visitado a Su pueblo en la Encarnación. En Lucas 2, 38, se vincula nuevamente la redención con la figura de Jesús y en Hebreos 9, 12, se enseña que la “eterna redención” fue obtenida por Jesús mediante su sacrificio expiatorio en la cruz. Como resulta fácil de ver, la redención sólo aparece relacionada con la segunda persona de la Trinidad que se encarnó y se ofreció en la cruz.

3.- El término redimir aparece también tres veces. Ya podrá imaginar el lector que todas las referencias aparecen única y exclusivamente relacionadas con Cristo. En Lucas 24, 21, son los discípulos que van camino de Emmaús los que señalan como, antes de la crucifixión, había existido una esperanza de que Jesús redimiera a Israel. En Tito 2, 14, Pablo vincula el acto de redimir con Cristo “que se dio a si mismo por nosotros”. Finalmente, en I Pedro 1, 18-9, se incide nuevamente en este hecho. Fuimos redimidos “con la sangre preciosa de Cristo como de un cordero sin mancha y sin contaminación”. Por supuesto – ¿sorprende a alguien? – no aparece la menor referencia a la corredención o a María.

Naturalmente, resulta obligado señalar cuando apareció la tesis de la corredención de María. Imagino que, tras leer las últimas entregas, a pocos sorprenderá saber que se trata de una creencia muy tardía. Precisamente, monseñor Arthur Burton Calkins que es miembro de la Comisión pontificia “Ecclesia Dei”, miembro concurrente de la Adademia Mariana internacional pontificia y miembro correspondiente de la Academia teológica romana pontificia lo ha señalado en un trabajo muy bien documentado que se titula El Misterio de María Corredentora en el Magisterio Papal.

Señala el padre Calkins en relación con la creencia en la corredención de María que: “esta doctrina se elaboró sistemáticamente por primera vez a finales del siglo X, en la Vida de María escrita por un monje bizantino, Juan el Geómetra. Aquí se describe a María como unida a Cristo en la totalidad de la obra de redención, participando, según el designio de Dios, de la cruz y el sufrimiento por nuestra salvación. Ella permaneció unida al Hijo “en cada acto, actitud y deseo” (cf. Life of Mary, Bol. 196, f. 123 v.)”.

Comprenderán los lectores que los protestantes no nos sintamos especialmente conmovidos por una visión teológica que formuló un monje bizantino casi mil años después del inicio del cristianismo y que, por lo visto, a nadie se le había pasado por la cabeza antes sin duda porque no hay el menor indicio en las Escrituras. También comprenderán que no veamos ninguna razón para creer en semejante visión teológica. Sin embargo, no acaba aquí la cuestión.

Ciertamente, el imaginativo Juan el Geómetra pudo concebir la idea de la corredención, pero, eso no se tradujo en su aceptación por parte del cristianismo. Más bien todo lo contrario. Como señala monseñor Calkins: “La palabra “Corredentora” hace su primera aparición a nivel magisterial mediante pronunciamientos oficiales de las congregaciones romanas durante el reinado del Papa San Pío X (1903-1914), y luego pasa a formar parte del vocabulario papal.

1. El término aparece por vez primera en el Acta Apostolicae Sedis, como respuesta a una petición hecha por el padre Giuseppe M. Lucchesi, Superior General de los Servitas (1907-1913), en la que solicitaba la elevación del rango de la fiesta de los Siete Dolores de nuestra Señora, a una doble de segunda clase para toda la Iglesia. Al acceder a la petición, La Sagrada Congregación de los Ritos expresó el deseo de que con ello “se incremente el culto a la Madre Dolorosa, y se intensifique la piedad y agradecimiento de los fieles hacia la misericordiosa Corredentora de la raza humana.” 18

2. Cinco años más tarde, la Sagrada Congregación del Santo Oficio, en un decreto firmado por el cardenal Mariano Rampolla, expresó su satisfacción con la práctica de añadir, al nombre de Jesús, el de María, en el saludo “Alabados sean Jesús y María,” a lo que uno responde “Ahora y por siempre”: Hay cristianos que tienen tan tierna devoción hacia la que es la más bendita de entre las vírgenes, que no pueden mencionar el nombre de Jesús, sin que vaya acompañado del nombre glorioso de la Madre, nuestra Corredentora, la Bendita Virgen María”

3. Escasos seis meses después de esta declaración, el 22 de enero de 1914, la misma Congregación otorgó una indulgencia parcial de 100 días al que recitara una oración de reparación a nuestra Señora, comenzando con las palabras en italiano Vergine vendetta”.

La cita del trabajo de Calkins es larga, pero, a nuestro juicio, verdaderamente reveladora y merece la pena reflexionar sobre ella. Aunque Juan el geómetra ya especuló con una idea teológica relativamente cercana a la de corredención, los papas no incidieron en ella hasta inicios del s. XX, algo que, en términos históricos, no sucedió ayer por la tarde sino, si se nos permite el símil, hoy a la hora del desayuno.

Sinceramente, los protestantes creemos que no se nos puede censurar por que no aceptemos una creencia que no fue avanzada hasta finales del s. X, a la que no se refirieron los papas hasta principios del s. XX y que, por encima de todo, no aparece ni por aproximación en la Biblia

Como suele ser habitual en nosotros, puestos a escoger entre lo que muy tardíamente han enseñado los hombres y lo que enseña la Biblia, nos quedamos con las enseñanzas de la Biblia. A fin de cuentas, ésa es la clave para comprender nuestras diferencias con el catolicismo.

CONTINUARÁ: la asunción de María

Artículos anteriores de esta serie:
1 Juan Calvino y la Inquisición
2 Enrique VIII y los protestantes ingleses
3 Inglaterra y María la sanguinaria
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5 Juan de Valdés y la Reforma en España
6 Juan de Valdés huye de la Inquisición
7 Españoles del siglo XVI con la Reforma
8 Las ekklesias y «la» Iglesia católica
9 La verdadera Iglesia no tiene Papa
10 Salvación por gracia, no por obras
11 Carta de Santiago: fe, salvación y obras
12 Obispos casados
13 Los protestantes y la Virgen María
14 María durante el ministerio de Jesús
15 La Inmaculada Concepción
16 El culto a la Virgen María
17 La virginidad perpetua de María
18 El culto a las imágenes

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Culto a María

Culto a María

Por Miguel Murillo

Tal vez la prueba más significativa de que el culto a María no es otra cosa que la continuación del culto pagano a las diosas de diversos nombres y no a la bendita madre del Señor (siempre bien amada pero no adorada por los verdaderos cristianos), es que en la religión pagana la madre era adorada tanto como su hijo o más. Aquí hay una clave muy importante para ayudarnos a resolver el misterio contemporáneo de Babilonia. El verdadero cristianismo enseña que el Señor Jesús, y solamente Él, es el Camino, la Verdad y la Vida, que solamente Él entre todas las criaturas de la tierra, ha podido vivir una vida sin mancha de pecado; y Él es quien debe ser exaltado. Nunca su madre. Pero el catolicismo romano, demostrando la influencia del paganismo en su desarrollo, exalta a la madre también y en muchas formas, la madre es más honrada que el mismo Hijo.

Bien sabemos que muchos han de tratar de negar que la Iglesia Católica atribuye una posición divina a María. Pero al viajar alrededor del mundo, ya sea en una majestuosa catedral o en una capilla provinciana, la estatua de María ocupa el puesto primordial. Al recitar las oraciones del Rosario y del “Ave María” se repiten éstas nueve veces más que el “Padre nuestro”. Se acepte o no, el nombre de María es más importante en el catolicismo. En forma similar a la Babilonia del pasado, la diosa-madre es glorificada hoy en día en la Babilonia del presente; solamente que se usa el nombre de María en vez de otros nombres bajo los cuales era conocida la diosa. Al católico se le enseña que la razón por la cual se debe orar a María, es porque ella lleva las peticiones de sus adoradores a su hijo Jesús, y como es su madre, Le contesta la oración para complacerla. Con esto se deduce que María tiene más compasión, más comprensión y más bondad que su Hijo, el Señor Jesús. Ciertamente, tal suposición es una blasfemia y va completamente en contra de las enseñanzas de las Escrituras. Sin embargo, esta idea es frecuentemente repetida en los escritos católicos.

Un notable escritor católico romano, Alfonso Ligorio, escribió que las oraciones son más efectivas cuando se dedican a María, en vez de a Cristo. Y el hecho de que sus escritos lleven el sello de aprobación de la Iglesia Católica, es evidente, ya que fue canonizado como «santo» por el papa Gregorio XIV en 1839 y fue declarado «Doctor» de la Iglesia Católica por el papa Pío IX.

En una parte de sus escritos, Ligorio describe una escena imaginaria en la cual un pecador ve dos escaleras colgando del cielo. María está a la cabeza de una y Jesús en la otra. Cuando el pecador trata de subir por la de Jesús, ve la cara furiosa de Él y cae derrotado. ¡Pero cuando sube la escalera de María, lo hace rápida y fácilmente, y es bienvenido por ella, quien lo introduce en el cielo y lo presenta a Cristo! Entonces todo va bien. Esta descripción es para demostrar cuánto más fácil y efectivo es el ir a Cristo a través de María.

Este mismo escritor católico dijo que el pecador que se aventura a ir directamente a Cristo, puede encontrarse con la presencia de su ira. Pero si va a orar a la «virgen», ella sólo tendrá que mostrar a Jesucristo «los senos que le dieron de mamar», y su furia se calmará inmediatamente. Ciertamente tal idea va contra las Escrituras. El caso es que las Escrituras nos dan una ilustración que niega rotundamente esta aseveración: Bienaventurado el vientre que te trajo y los pechos que mamaste dijo una mujer a Jesús; pero Él le contestó diciendo: Antes bienaventurados los que oyen la palabra de Dios y la guardan» (Lc. 11:27-28).

Obviamente, la idea de que Jesús era persuadido a contestar una oración porque María le mostrase los pechos que mamó, es contraria a las Escrituras. Pero tal idea de los pechos no era extraña en los cultos de la diosa-madre pagana. Se han descubierto imágenes que muestran frecuentemente sus pechos desproporcionados con su cuerpo, de una manera extraña. O como en el caso de Diana, ¡para demostrar su «fertilidad», se le ilustra con unos cien senos!

El catolicismo ha intentado aún más exaltar a María a una posición netamente divina con la nueva doctrina de la «Inmaculada Concepción Tal enseñanza no es otra cosa que un esfuerzo más para hacer a María semejante a la diosa del paganismo, pues en los viejos mitos, ¡la diosa también se creía que había nacido de concepción sobrenatural! Estas viejas fábulas variaban, pero todas hablaban de incidentes sobrenaturales en conexión con su entrada al mundo. Enseñaban que era superior a todo mortal ordinario, que era divina. Y así, poco a poco, era necesario enseñar que María también entró a este mundo de una manera sobrenatural, ¡para hacer que las enseñanzas acerca de ella concertaran con las del paganismo!

El elemento sobrenatural en las enseñanzas de la Iglesia Católica Romana sobre María, es de qué ella nació sin pecado original. Pero de este nacimiento no nos dicen nada las Escrituras. Acerca de María, la Biblia dice que fue una mujer virtuosa y temerosa de Dios, favorecida y escogida por Él, una virgen, pero tan humana como usted y yo. Y, como humana, era miembro de la raza caída de Adán. Como las Escrituras declaran, «Por cuanto todos pecaron, están destituidos de la gloria de Dios». La única excepción de esto es nuestro Señor Jesucristo. Como todo el mundo, María necesitaba de un Salvador y esto fue plenamente admitido por ella misma, cuando dijo: «Y mi espíritu se alegró en Dios, mi salvador». Obviamente, si María necesitaba de un Salvador, entonces no era salvadora. Si necesitaba de un Salvador, ella necesitaba ser salva, recibir perdón, ser redimida como todos nosotros. En resumen, la divinidad de nuestro Señor no radica en el hecho de que su madre haya sido una persona exaltada o sobrehumana. No, al contrario, es divino porque Él es el único Hijo de Dios, concebido por obra y gracia del Espíritu Santo. Su divinidad viene del Padre celestial, no del carácter sobrehumano del instrumento que Dios usó para su entrada en el mundo.

Debemos comprender que fue Jesús quien nació de concepción sobrenatural, no su madre. La idea de que María era superior a otros seres humanos, fue enfáticamente rechazada por el mismo Jesús.

Un día, mientras predicaba: « … su madre y sus hermanos estaban afuera. Y le dijo uno: He aquí tu madre y tus hermanos están afuera y quieren hablarte. Y Jesús respondió al que esto le decía: “¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos, Y extendiendo su mano hacia sus discípulos, dijo: He aquí mi madre y mis hermanos”.Porque todo aquel que hiciere la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ese es mi madre, y hermano y hermana (Mt. 12:46-50). Claramente podemos ver que si servimos al Señor, si hacemos su voluntad, estamos en la misma categoría espiritual que María. Ciertamente, esta unidad en Cristo nos enseña igualdad a los ojos de Dios y rechaza la idea de que María fuese una persona sobrenatural.

Sin embargo, el romanismo adoptó del paganismo la idea de orar a la divina-madre, de modo que tuvo que enseñar que María era una persona sobrenatural; de lo contrario, ¿cómo podría ella escuchar las oraciones que le dirigen cada día los católicos de todo el mundo, recitando el Avemaría, el rosario, las letanías de la virgen bendita y otras más? Multiplique el número de estas oraciones por el número de católicos que las recitan cada día. ¿Se ha imaginado que María tendría que escuchar 46.296 peticiones por segundo? Y esto es un cálculo conservador. Está claro que nadie más que Dios puede hacer esto. Sin embargo, los católicos creen que María escucha todas estas oraciones y entonces, por necesidad, ¡tienen que exaltarla a una posición divina, sea bíblica o no!

Tratando de justificar tan innecesaria exaltación de María, los líderes católicos han buscado algún fundamento bíblico para sostener esta creencia. Las palabras de Gabriel a María «Bendita tú entre las mujeres» (Lc. 1:28) han sido frecuentemente referidas a este respecto. Seguramente que las palabras de Gabriel indican que María fue favorecida de Dios; pero no la hicieron una persona divina, simplemente porque fue bendita entre las mujeres», pues mil trescientos años antes fue pronunciada una bendición similar a Jael, mujer de Heber Ceneo (Jue. 5:24). La Biblia, sencillamente, nos demuestra que María era «bendita entre las mujeres pero esto no significa que debemos adorarla, orar a ella o hacerla una diosa.

Antes de Pentecostés María estaba reunida con los discípulos esperando la promesa del Espíritu Santo. Leemos que los apóstoles perseveraban unánimes en la oración, con las mujeres y con María, la madre de Jesús y con sus hermanos» (Hch. 1: 14). Ciertamente, las Escrituras no dicen que los discípulos estaban orando a María; la ilustración que acompaña -tal como es vista en los catecismos católicos- intenta dar a María una posición central. Pero como sabe todo estudiante bíblico, los discípulos en esa ocasión no estaban mirando a María; estaban buscando que el Cristo resucitado, quien había ascendido al cielo, les enviase el don del Espíritu Santo.

Nótese también que en el dibujo, no solamente están los discípulos mirando a María, sino que también el Espíritu Santo (en forma de paloma) se ve volando sobre ella. De acuerdo a las Sagradas Escrituras, la única persona sobre quien el Espíritu Santo descendió en esa forma fue sobre el mismo Jesús, no sobre su madre. Por otra parte, y aunque parezca increíble, la diosa-virgen pagana, bajo el nombre de Juno, era frecuentemente representada con una paloma en su cabeza, como también lo eran Astarté, Cibeles e Isis. Y así, la influencia pagana en tales cuadros, aparece de un modo bien claro.

Otro intento por glorificar a María -exaltarla a un plano que la Escritura no le otorga- puede notarse en una doctrina católica, conocida como la perpetua virginidad de María. Esta enseña que María continuó virgen toda su vida. Pero tal doctrina no fue nunca enseñada por Cristo o por sus discípulos. Como lo explica la Enciclopedia Británica, la doctrina de la perpetua virginidad de María no fue enseñada sino hasta cerca de trescientos años después del regreso de nuestro Señor al cielo. No fue sino hasta después del Concilio de Calcedonia, en el año 451, que esta infundada suposición fue aprobada oficialmente por Roma.

Al contrario de las enseñanzas católicas, la Biblia muestra claramente que María no continuó como virgen a través de toda su vida. La Biblia enseña que nuestro Señor Jesucristo nació de la virgen María -concebido en virginidad y nacido sobrenaturalmente (Mt. l:23). Enfáticamente creemos en el nacimiento virginal de Jesús. Pero después del nacimiento de El, María dio a luz a otros hijos, los hijos naturales de su unión con José, su esposo.

En Mateo 1:25 leemos que Jesús fue el hijo «primogénito». La Biblia no dice que María haya parido a un solo hijo, sino que nos dice que Jesús fue su primer hijo. El hecho de que Jesús fuera el primogénito, indica que después nacieron de María otros hijos. Siempre en el lenguaje lógico normal, un primero requiere un segundo. Pero fuera de esta línea de razonamiento, las Escrituras no dejan lugar a dudas del hecho de que María tuvo otros hijos después del nacimiento de Jesús. Sus nombres son anotados en la Biblia, como sigue: «Jacobo, José, Simón y Judas» (Mt. 13:55). Además de estos hermanos, el versículo siguiente menciona a las hermanas de Jesús. Las gentes de Nazaret dijeron: «¿ … y no están todas sus hermanas con nosotros?» La palabra «hermanas» está en plural, de modo que sabemos que tuvo por lo menos dos hermanas. Pero si nos fijamos un poco más, veremos que el pasaje indica que Jesús no sólo tenía dos hermanas, sino que por lo menos tenía tres. Notemos que el versículo habla de «todas» sus hermanas. Por regla general, cuando nos referimos solamente a dos personas, decimos «ambas» y no «todas» ellas. Esto, definitivamente, implica que la expresión se refiere a tres o más hermanas. Si entonces añadimos tres hermanas y cuatro hermanos además de Jesús, resulta que María, tuvo ocho hijos.

El Señor Jesús nació de María sobrenaturalmente, por un nacimiento virginal, los otros siete hijos que ella tuvo, nacieron normalmente; fueron engendrados por su esposo José. Pero la actitud católica es que José conservó a María como virgen por el resto de su vida. Sin embargo, ella fue virgen según las Escrituras «solamente» hasta después del nacimiento de Jesús. José no la conoció hasta que parió a su hijo primogénito y lo llamó Jesús. José no conoció a María hasta después del nacimiento de Jesús. Pero más tarde, José y María tuvieron unión matrimonial y dieron a luz a varios hijos tal como lo enseñan las Escrituras. Estudiando lo que la Biblia enseña, nos damos cuenta que la doctrina de la perpetua virginidad de María es completamente falsa.

Durante los días de la apostasía -para hacer más clara la identificación de María con la madre-diosa que las naciones venían adorando hacía cientos de años-, algunos exagerados admiradores de María comenzaron a enseñar que el cuerpo de María nunca sufrió corrupción, sino que ascendió a los cielos al igual que Jesucristo y que allí sentada hoy en día, como la Reina del cielo» para recibir culto y oraciones. No fue sino hasta este siglo que la doctrina de la ascensión de María se proclamó oficialmente como una doctrina de la Iglesia Católica Romana. Fue tan sólo en el año1950 que el papa Pío XII declaró que el cuerpo de María no sufrió corrupción, sino que fue llevado al cielo. Obviamente, dicha doctrina de la ascensión de la virgen, no es parte de la doctrina del Nuevo Testamento.

He aquí las palabras de uno de sus admiradores. San Bernardo, que favorecen la posición católica en este aspecto «En el tercer día, después de la muerte de María, cuando los apóstoles se juntaron alrededor de su tumba, la encontraron vacía. El cuerpo sagrado había sido llevado al paraíso celestial. La tumba no tuvo poder sobre alguien inmaculado. Pero no fue suficiente que María haya sido recibida en el cielo; ella no era cualquier ciudadano ordinario; tenía aún mayor dignidad que el más alto de los arcángeles. María había de ser coronada reina del cielo por el Padre Eterno; ella había de tener un trono a la mano derecha de su hijo. Ahora, día tras día, hora tras hora, ella está orando por nosotros, obteniendo gracia para nosotros, preservándonos del peligro, protegiéndonos de la tentación, llenándonos de sus bendiciones. Bien puede decirse que el culto a María en su plenitud, está basado en esta creencia de que ella ascendió a los cielos. Pero la Biblia no dice nada en absoluto de tal ascensión de María». Al respecto, Juan 3:13 dice: «Y nadie subió al cielo, sino el que descendió del cielo, el Hijo del Hombre, que está en el cielo, nuestro Señor Jesucristo». Él es quien está sentado a la diestra de Dios Padre. Él es quien es nuestro Mediador. Él es quien nos llena de bendiciones, ¡no su madre!

La Biblia no dice nada de orar a una mujer, sea María o cualquier otra. Este culto falso es repetidamente prohibido en la Biblia. Las verdaderas oraciones deben ser dirigidas a nuestro Señor mismo. «Porque hay un Dios asimismo un mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre (La Ti. 2: 5). La simple idea de «orar a María corno mediadora y como «reina del cielo no es más que un paganismo disfrazado con el nombre de María.
Junto con las oraciones a María está el rosario, el cual, como hemos de ver, es igualmente de origen pagano. Como un instrumento, el rosario es una cadena con quince series de pequeñas bolitas; cada serie está marcada por una bola más grande. Los bordes de la cadena se juntan con una medalla con la efigie de María, De esta medalla cuelga una cadena corta al final con una cruz.

Los objetos en el rosario son para contar oraciones, las cuales son repetidas una tras otra. Tal instrumento -muy bien conocido- forma parte importante del culto católico. Pero como tantas otras cosas en la Iglesia Católica, el rosario no es un instrumento cristiano sino una invención pagana. Mucho antes de que existiera una Iglesia Católica, el rosario era ya usado comúnmente en casi toda nación pagana.

Se encontró un medallón en Cítium (Chipre) que había sido colonizado por los fenicios, el cual tiene un círculo de cuentas que se semejan al rosario. Este rosario fue usado en el culto a Astarté, la diosa-madre, cerca de ochocientos años antes de Cristo. Este mismo rosario se puede ver en muchas de las monedas encontradas que se usaban en Fenicia.

Los bramas han usado desde hace mucho tiempo rosarios con cientos de canicas. Los adoradores de Vishnú dan a sus hijos rosarios de 108 canicas. Un rosario similar es usado por millones de budistas en la India y en el Tíbet. Los musulmanes constantemente oran por los noventa y nueve nombres de Alá con su rosario Tasbik de 99 canicas. Los adoradores a Shiva tienen un rosario con el cual repiten, si es posible, todos los mil ocho nombres de su dios.

Cuándo los misioneros católicos visitaron la India, Japón y México por vez primera, sitios éstos en los cuales el nombre de Cristo jamás se había escuchado, ¡se sorprendieron al encontrar rosarios usados por los paganos! Los adoradores del demonio en el Tíbet y China usan rosarios para sus rituales. Los rosarios son frecuentemente nombrados en los libros sagrados de los hindúes.’ El rosario era usado en la Grecia asiática y tal es el objeto con canicas visto en las estatuas de la diosa Diana. Escritos de dos y tres siglos antes de Cristo mencionan uso del rosario dentro de varías religiones paganas. Y no solamente estaba el rosario en evidencia en todos estos países y dentro de todas estas religiones que hemos mencionado, sino que también era usado en los días del paganismo en Roma, en donde las mujeres se adornaban el cuello no solamente por razones ornamentarías, sino corno recordatorio de oración en sus religiones paganas. La palabra «collar», Monile, significa «recordatorio », es decir, medio para recordar.

Nadie puede negar el hecho de que el instrumento del rosario era usado en la época pre – cristiana y por religiones no cristianas. Incluso la misma Enciclopedia Católica, dice: «En casi todos los países nos encontramos con algo similar al rosario para contar las oraciones».

De todas maneras, ni Cristo ni los apóstoles enseñaron nunca a orar empleando algún instrumento u objeto para contar las oraciones. El memorizar oraciones y luego repetirlas una y otra vez mientras que contamos las canicas, realmente se convierte en un ejercicio de memoria en vez de una expresión espontánea del corazón. Considerando que su uso no tiene base bíblica y que su origen proviene de tribus aborígenes paganas, el rosario no es más que otro ejemplo de cómo el paganismo fue mezclado con la religión católica.

La oración más frecuentemente repetida y la principal del rosario, es el «Ave maría», que se dice de la siguiente forma: “Dios te salve, María; llena eres de gracia, el Señor es contigo; bendita tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús. Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén”.

Recitar el rosario completo ocupa quince minutos, requiere la repetición del Ave María 53 veces, del Padre Nuestro 6 veces, 5 misterios, 5 meditaciones de los misterios, 5 glorias y una repetición del llamado «Credo de los Apóstoles». Bien, notemos en dónde está Puesto el énfasis. ¿Cuál es la que se repite más frecuentemente? La oración a María. El caso es que el Avemaría es repetido nueve veces más que el Padrenuestro. Pero, preguntamos, ¿es más importante o efectiva una oración compuesta por hombres Y dirigida a María nueve veces, que una oración enseñada por Jesús y dirigida a Dios mismo? Tal énfasis en la «madre» indica claramente la mezcla del paganismo en el sistema de Roma.

El repetir una oración una y otra vez es indicado en la Biblia como una práctica del paganismo. Por ejemplo, oraciones repetidas se ofrecían a Diana en conexión con su culto en Efeso. Estas oraciones consistí an de una corta frase religiosa, repetida una y otra vez; tal como podemos ver en Hechos 19:34. En este pasaje, los idólatras de la diosa-madre « … todos gritaron casi por dos horas: grande es Diana de los efesios» . Todos gritaban esto una y otra vez, y al igual que estos adoradores de Diana, usaban frases repetidas en su culto, asimismo hoy día, la misma clase de oración no bíblica continúa en la Iglesia Católica aplicada a María. Pero Jesucristo se oponía radicalmente a la práctica de repetir oraciones una y otra vez y así lo expresó: «Y cuando ores -dijo—, no uses vanas repeticiones como lo hacen los gentiles, porque ellos se imaginan que han de ser oídos por su uso de muchas palabras. No os hagáis, pues, semejantes a ellos, porque vuestro Padre sabe de qué cosas tenéis necesidad antes que vosotros pidáis» (Mt. 6:7-13). En este pasaje nuestro Señor, en términos claros, nos pide no orar repitiendo la misma oración una y otra vez. Jesús declaró enfáticamente que esto era ritualista. Debemos creerle y obedecerle a Él.

De todas las oraciones del rosario, la única que es tomada directamente de la Biblia, es el «Padrenuestro». Pero aun esta oración no debe repetirse una y otra vez, pues es a continuación de habernos dicho El que no usáramos repeticiones Y muchas palabras como lo hacen los paganos, que dice en el siguiente versículo: «De esta manera debéis orar: Padre nuestro, que estás en los cielos… ». Y les dio a los apóstoles esta oración breve como ejemplo. En el mismo párrafo en que les indicó no repetir palabras en vano, el Señor Jesús dio esta oración como algo opuesto al tipo de oraciones de los paganos; sin embargo, en desobediencia directa a las Escrituras, los católicos son enseñados a repetir esta preciosa oración una y otra vez en lugar de imitarla. Y sí el Padrenuestro no debe repetirse, cuánto menos debemos repetir la más breve oración hecha por hombre y dirigida, no a Dios, sino María, la madre humana de Jesús.

http://www.evangelismomundial.com/recursos/articulos/cultomaria.html

La virginidad perpetua de María De algunos mitos difundidos sobre el protestantismo (XVII)

La virginidad perpetua de María

De algunos mitos difundidos sobre el protestantismo (XVII) Los protestantes no creen en la Virgen (5)

La experiencia me dice que los dogmas relacionados con María resultan especialmente sensible para los católicos. No estoy diciendo que carezcan de esa sensibilidad en relación con otros temas, pero, sinceramente, no me imagino a un católico enardecido por una discusión acerca del Espíritu Santo y si, por ejemplo, procede del Padre y del Hijo. Esa serenidad, mayor o menor, con que pueden abordar el acercamiento a determinados dogmas suele quebrarse, sin embargo, en relación con los relacionados con la figura de María. En esos casos se produce un elemento claramente emocional ausente en otros y ya de por si esa circunstancia explicaría la insistencia en que los protestantes no creen en María.

Creo haber dejado de manifiesto en anteriores entregas que esa afirmación no se corresponde con la realidad ya que los protestantes sí creemos en María, pero, única y exclusivamente, en los términos contenidos en las Escrituras.

Otro ejemplo de esa circunstancia lo tenemos en el dogma católico de la virginidad perpetua de María.

Debo aclarar, en primer lugar, que ese tema, a diferencia de lo relacionado con su culto o su mediación, carece, a mi juicio, de relevancia teológica. Que María mantuviera después del nacimiento de Jesús relaciones conyugales con José y tuviera más hijos o, por el contrario, siguiera siendo virgen no tiene, hasta donde yo acierto a ver, trascendencia teológica alguna. Sin embargo, lo cierto es que en las Escrituras existen notables indicios que señalan que María no siguió siendo virgen después del parto aunque lo fuera antes.

De entrada, encontramos la afirmación contenida en el Evangelio de Mateo en el sentido de que José “no la conoció” – es decir, no tuvo relaciones sexuales con ella – “hasta que dio a luz a su hijo primogénito” (Mateo 1, 25). Semejante traducción se ha mantenido en distintas ediciones de la traducción Nácar-Colunga, pero algunos traductores católicos han optado por alterar el texto original sustituyéndolo por “sin haberla conocido, dio a luz”. Una interpretación semejante violenta el texto original del Evangelio y, especialmente, el griego de Mateo. El pasaje en griego dice exactamente:

καὶ οὐκ ἐγίνωσκεν αὐτὴν
y no conoció la
ἕως οὗ ἔτεκε τόν υἱόν αὐτῆς τόν πρωτότοκον,
hasta que parió al hijo de ella el primogénito,
καὶ ἐκάλεσε τὸ ὄνομα αὐτοῦ ᾿Ιησοῦν.
y llamó el nombre de él Jesús.

La fórmula “hasta que” significa en Mateo justo hasta ese momento, pero no luego. Permítaseme, al respecto, citar otros ejemplos:

Mateo 2, 13
καὶ ἴσθι ἐκεῖ ἕως ἂν εἴπω σοι·
y huye a Egipto, y quédate allí hasta que diga te,
μέλλει γὰρ ῾Ηρῴδης ζητεῖν τὸ παιδίον τοῦ ἀπολέσαι αὐτό.
va Porque Herodes a buscar al niño para perder lo.

Mat 2:15
καὶ ἦν ἐκεῖ ἕως τῆς τελευτῆς ῾Ηρῴδου,
y estuvo allí hasta la muerte de Herodes

Mat 5:26
ἀμὴν λέγω σοι, οὐ μὴ ἐξέλθῃς ἐκεῖθεν ἕως ἂν
Verdaderamente digo te, no en absoluto saldrás de allí hasta que
ἀποδῷς τὸν ἔσχατον κοδράντην.
pagues el último cuadrante.

Mat 10:11
εἰς ἣν δ᾿ ἂν πόλιν ἢ κώμην εἰσέλθητε, ἐξετάσατε
En la que acaso ciudad o pueblo entréis, preguntad (si)
τίς ἐν αὐτῇ ἄξιός ἐστι, κἀκεῖ μείνατε ἕως ἂν ἐξέλθητε.
alguien en ella digno es, y allí permaneced hasta que salgáis,

Mat 11:13
πάντες γὰρ οἱ προφῆται καὶ ὁ νόμος ἕως ᾿Ιωάννου
todos Porque los profetas y la ley hasta Juan
προεφήτευσαν·
profetizaron.

Mat 17:9
Καὶ καταβαινόντων αὐτῶν ἀπὸ τοῦ ὄρους ἐνετείλατο
Y descendiendo ellos de el monte ordenó
αὐτοῖς ὁ ᾿Ιησοῦς λέγων· μηδενὶ εἴπητε τὸ ὅραμα
les Jesús diciendo: a nadie digais la visión
ἕως οὗ ὁ Υἱὸς τοῦ ἀνθρώπου ἐκ νεκρῶν ἀναστῇ.
hasta que el Hijo del hombre de muertos se levante.

Mat 18:21
Τότε προσελθὼν αὐτῷ ὁ Πέτρος εἶπε· Κύριε, ποσάκις ἁμαρτήσει
Entonces acercándose a él Pedro dijo: Señor, ¿cuántas veces pecará
εἰς ἐμὲ ὁ ἀδελφός μου καὶ ἀφήσω αὐτῷ; ἕως ἑπτάκις;
contra mi el hermano de mi y perdonaré a él? ¿Hasta siete veces?

Mat 18:30
ὁ δὲ οὐκ ἤθελεν, ἀλλά ἀπελθὼν ἔβαλεν αὐτὸν
El sin embargo no quería, sino que saliendo arrojó lo
εἰς φυλακὴν ἕως οὗ ἀποδῷ τὸ ὀφειλόμενον.
en prisión hasta que devuelva lo debido.

Mat 18:34
καὶ ὀργισθεὶς ὁ κύριος αὐτοῦ παρέδωκεν αὐτὸν
Y encolerizándose el señor de él entregó lo
τοῖς βασανισταῖς ἕως οὗ ἀποδῷ
a los torturadores hasta que devolviera
πᾶν τὸ ὀφειλόμενον αὐτῷ.
todo lo debido a él.

Podría citar más ejemplos, pero, a tenor del texto original griego de Mateo, resulta más que obvio que sólo torturaron al mal siervo hasta que pagó (y no después); que los discípulos se quedaban en una casa hasta que se iban de la ciudad (y no después) y que José se abstuvo de mantener relaciones sexuales con María hasta el parto de Jesús (y no después). Precisamente por ello, los pasajes relacionados con los “hermanos y hermanas” de Jesús han sido interpretados habitualmente como relacionados con hermanos y hermanas.

Tanto Mateo como Marcos (Mt 13, 55 ss; Mc 6, 3 ss) hacen referencia a esos hermanos llamados Santiago, José, Simón y Judas – y Juan, sin citarlos por nombre, indica de ellos que no creyeron en Jesús en vida del mismo (Jn 7,5). Igualmente Lucas señala que, al igual que la madre de Jesús, estaban tempranamente integrados en la comunidad jerosilimitana, incluso con anterioridad a Pentecostés (Hch 1, 14). La razón de esta conversión – que casi podríamos denominar súbita – es atribuida por las fuentes cristianas al hecho de que, siquiera Santiago, fue objeto de, al menos, una aparición del Jesús resucitado. Desde luego la tradición al respecto debe ser muy temprana y cuenta con muchas posibilidades de resultar fidedigna porque Pablo (1 Cor 15, 7), a mediados de los años cincuenta del s. I, ya la señala como antigua y procedente de cristianos anteriores a él.

Establecezcamos exactamente el significado de “hermanos” cuya base y punto de partida son -reconozcámoslo– más teológicos y dogmáticos que propiamente históricos. Josefo parece haber entendido que eran hermanos carnales y en el mismo sentido ha sido comprendido el término “adelfós” con el que se califica a Santiago por los autores judíos posteriores. De esa misma opinión fueron también algunos de los Padres de la Iglesia, como Hegesipo (que nos ha llegado a través de Eusebio de Cesarea), Tertuliano (De carne Christi VII; Adv Marc IV, 19; De monog VIII; De virg vel VI) o Juan Crisóstomo (Homilia 44 sobre Mateo 1) – este último además no parece haber tenido un concepto muy elevado de la madre de Jesús – que consideraban a Santiago como hermano de Jesús e hijo de María.

En general, los autores católicos – persiguiendo, sin duda, no colisionar con la doctrina de la virginidad perpetua de María – han señalado que la palabra “hermano” en hebreo y arameo tiene un sentido más amplio que en castellano y que precisamente con ese campo semántico habría que aplicarla a Santiago y a los demás hermanos de Jesús. Ciertamente tal tesis es posible, pero resulta difícil creer que Pablo, el autor de los Hechos, Marcos y Juan, escribiendo en griego y para un público en buena medida helénico, utilizaran la palabra “adelfós” para referirse a Santiago y los demás hermanos de Jesús proporcionándole un significado distinto del que tiene en esa lengua y más cuando contaban con términos específicos para “primos” (Anepsios en Colosenses 4, 10) o “parientes” que corresponde a “synguenes” o “synguenys” y que encontramos en Marcos 6, 4; Lucas 1, 58; 2, 44; 14, 12; 21, 16; Juan 18, 26; Hechos 10, 24; Romanos 9, 3; 16, 7, 11 y 21. Desde luego, no deja de ser chocante que si los evangelistas creían que los “hermanos” eran parientes y no “hermanos” en lugar de utilizar “synguenis” prefirieran llamarlos “hermanos”…

Tan poco consistente puede resultar este argumento lingüístico que Jerónimo – y en eso sería seguido posteriormente por algunas iglesias orientales – aceptó que, efectivamente, los hermanos de Jesús – incluido Santiago – eran realmente hermanos de él, pero los adscribió a un matrimonio anterior de José salvando así la creencia en la virginidad perpetua de María. Hemos estudiado con anterioridad este aspecto (1) mostrando cómo la tesis de Jerónimo es muy tardía aunque cuenta en su favor con el hecho de arrancar de algún apócrifo judeo-cristiano en el que, no obstante, pesó sin duda más el elemento apologético – librar a Jesús de la acusación de ilegitimidad – que el deseo de conservar una tradición histórica fidedigna.

Para el historiador que no se halle preocupado por defender un dogma asumido previamente, la solución más natural es la de aceptar que Santiago, José, Simón y Judas fueron hermanos de Jesús e hijo de María, aunque no cabe duda de que las otras posibilidades – “hermano” = “pariente” o “hermano” = hijo anterior de José – no son del todo improbables si bien deberíamos preguntarnos con P. Bonnard si “¿se habrían derrochado tales tesoros de erudición para probarlo si no lo hubiese exigido el dogma posterior?” (2). La pregunta se responde por si sola.

Así pues, en este aspecto –insisto que, a mi juicio, bastante secundario– los protestantes no despreciamos a María ni nos distanciamos desdeñosamente de ella. Por el contrario, nos quedamos con lo que enseña la Biblia porque creemos que es la Palabra de Dios y que lo que nos ha transmitido es infinitamente más fiable que cualquier tradición humana posterior por mucha aceptación que haya podido llegar a tener.

CONTINUARÁ: De algunos mitos difundidos sobre el protestantismo (XVIII) Los protestantes no creen en la Virgen (6): el culto a las imágenes y la corredención

Artículos anteriores de esta serie:
1 Juan Calvino y la Inquisición
2 Enrique VIII y los protestantes ingleses
3 Inglaterra y María la sanguinaria
4 Cisneros ¿precursor de la Reforma?
5 Juan de Valdés y la Reforma en España
6 Juan de Valdés huye de la Inquisición
7 Españoles del siglo XVI con la Reforma
8 Las ekklesias y «la» Iglesia católica
9 La verdadera Iglesia no tiene Papa
10 Salvación por gracia, no por obras
11 Carta de Santiago: fe, salvación y obras
12 Obispos casados
13 Los protestantes y la Virgen María
14 María durante el ministerio de Jesús
15 La Inmaculada Concepción
16 El culto a la Virgen María

(1) César Vidal Manzanares, “La figura de María en la literatura apócrifa judeo-cristiana de los dos primeros siglos”, en ”Ephemerides Mariolo¬gicae”, 41, Madrid, 1991, pgs. 191-205.
(2) P. Bonnard, ”El Evangelio según san Mateo”, Madrid, 1983, p. 287.

http://www.protestantedigital.com/new/nowleerarticulo.php?r=325&a=3605

De algunos mitos difundidos sobre el protestantismo (XVI) Los protestantes no creen en la Virgen (4)

De algunos mitos difundidos sobre el protestantismo (XVI) Los protestantes no creen en la Virgen (4)

He venido señalando en las últimas semanas cómo resulta totalmente inexacto decir que los protestantes no creen en María. más bien, habría que decir que creen únicamente lo que la Biblia dice sobre María y que no sienten ninguna obligación de creer aquello que no sólo no aparece en la Biblia sino que incluso ha sido creído con el paso de los siglos con el testimonio contrario de teólogos como Tomás de Aquino. Es precisamente en esa línea donde debe entenderse el hecho de que los protestantes no acepten ni el culto ni la mediación no sólo relacionados con María sino también con los santos. Las razones están contempladas claramente en las Escrituras.

El culto a la Virgen María

De algunos mitos difundidos sobre el protestantismo (XVI) Los protestantes no creen en la Virgen (4)

He venido señalando en las últimas semanas cómo resulta totalmente inexacto decir que los protestantes no creen en María. más bien, habría que decir que creen únicamente lo que la Biblia dice sobre María y que no sienten ninguna obligación de creer aquello que no sólo no aparece en la Biblia sino que incluso ha sido creído con el paso de los siglos con el testimonio contrario de teólogos como Tomás de Aquino. Es precisamente en esa línea donde debe entenderse el hecho de que los protestantes no acepten ni el culto ni la mediación no sólo relacionados con María sino también con los santos. Las razones están contempladas claramente en las Escrituras.

La Biblia establece de manera taxativa que sólo se puede rendir culto a Dios. Así, en el Decálogo entregado por Dios a Moisés se afirma: “Yo soy YHVH tu Dios, que te saqué de la tierra de Egipto, de casa de servidumbre. No tendrás dioses ajenos delante de mi. No te harás imagen ni ninguna semejanza de lo que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra. No te inclinarás ante ellas, ni las honrarás” (Éxodo 20, 3-5. Ver también Deuteronomio 5, 6-9).

En el mismo sentido la Biblia indica: “A YHVH tu Dios temerás, y a él solo servirás” (Deuteronomio 6, 13).

No deja de ser significativo que el mismo Jesús, tentado por Satanás, repitiera expresamente ese mandamiento:

“Escrito está: Al Señor tu Dios adorarás y a El solo servirás culto” (Lucas 4, 8).

Ese servicio sagrado rendido en exclusiva a Dios es una de las características esenciales de la visión espiritual recogida en la Biblia. Frente a la posibilidad de rendir culto a otros seres, Josué afirma que él y su casa servirán a YHVH únicamente (Josué 24, 15-8). Los salmistas insisten en ese servicio que sólo puede dispensarse al único Dios (Salmo 2, 11; 101, 6; etc) y Jesús enseñó que sólo se puede servir a Dios (Mateo 4, 10). Al respecto, no deja de ser significativo que en los escritos apostólicos sólo se hable de culto y de servicio al único Dios y a nadie más (Hechos 20, 19; Filipenses 3, 3; Hebreos 9, 14; 12, 28; Apocalipsis 7, 15). Obedeciendo, pues, el mandato de Dios entregado a Moisés y corroborado por Jesús y los apóstoles, los protestantes sólo podemos y debemos rendir culto y servir al único Dios.

En un intento de justificar el hecho de otorgar culto a otros seres que no son Dios – una acción que la Biblia considera idolatría – el catolicismo ha terminado diferenciando distintas formas de culto como el culto de latría (para Dios solo), el de hiperdulía (para María) y el de dulía (para los santos).

La verdad, sin embargo, es que la Biblia no distingue jamás entre diferentes clases de culto ni afirma que algunas sean lícitas si, en vez de dispensarse a Dios, se dispensan a criaturas. Por el contrario, insiste en que sólo puede servirse y otorgarse culto a Dios y además, de manera explícita, conecta los términos relacionados con la dulía sólo con Dios y jamás con María o los santos. Jesús indica claramente que no se puede servir (doulein) a dos señores –algo que, imaginamos, valdrá para un Señor y una señora– (Mateo 6, 24) y los apóstoles relacionan la dulía única y exclusivamente con Dios (Hechos 20, 19; Romanos 12, 11; I Tesalonicenses 1, 9), lo cual, dicho sea de paso, armoniza totalmente con la enseñanza de la Torah, pero colisiona con la del catolicismo.

Algo semejante hay que señalar en cuanto a la mediación de María y de los santos en que cree el catolicismo. Una vez más, los protestantes nos aferramos al testimonio de la Palabra de Dios. Fue Jesús – y no Lutero, Calvino o cualquier otro teólogo reformado – el que afirmó: Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie viene al Padre sino por mi (Juan 14, 6)

Sin duda, Jesús hubiera podido señalar que se podía llegar al Padre por otros caminos vg: gracias a la mediación de su madre o de algunos de sus seguidores. Lo que afirmó fue totalmente opuesto a esa posibilidad.

No sólo eso. Además Jesús recalcó que podrían pedir al Padre no en nombre de su madre o de alguno de sus discípulos, sino sólo de él (Juan 14, 13; 15, 16; 16, 24, etc). Esperamos que nuestros amigos y conocidos católicos comprendan que prefiramos seguir las enseñanzas de Jesús al respecto a unas prácticas humanas que no aparecen en las Escrituras y que se han ido perpetuando con el paso de los siglos. Porque ciertamente la iglesia primitiva supo con toda claridad que no había varios mediadores sino uno solo. Así, el apóstol Pablo enseñó taxativamente: “Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre, el cual se dio a si mismo en rescate por todos…” (I Timoteo 2, 5-6).

De nuevo, permítasenos obedecer la enseñanza de los apóstoles y afirmar con alegría y esperanza que sólo hay un mediador, aquel que murió en rescate por nuestros pecados – algo que, obviamente, no hizo María ni tampoco ningún santo – y al que podemos dirigirnos con confianza porque es el Sumo pontífice adecuado para nosotros pecadores (Hebreos 2, 14-18; 4, 14-16).

Resumiendo, pues, debemos señalar que respetamos la figura de María e incluso podemos considerar digna de ejemplo su sumisión a Dios su salvador (Lucas 1, 47). De la misma manera, podemos considerar que algunos personajes de la Historia del pueblo de Dios como Abraham, Moisés o Pablo dieron a lo largo de su vida ejemplos de cómo debían comportarse los creyentes.

Sin embargo, no por ello nos resulta menos obvio que, de acuerdo con la enseñanza de la Biblia, sólo se puede rendir culto a Dios y que sólo Cristo es mediador entre El y los hombres.

Salir de esa conducta nos colocaría en una peligrosa situación de distanciamiento de la enseñanza de la Biblia que – pensamos que será fácil de entender – no podemos asumir.

Como antaño señaló Josué, los demás pueden hacer lo que buenamente les parezca, pero nosotros sólo rendiremos culto al único Dios y no a ninguna criatura por buena que haya podido ser (Josué 24, 15).

CONTINUARÁ: Los protestantes no creen en la Virgen (V): lo que los protestantes no creen de María (IV): virginidad perpetua y corredención

Artículos anteriores de esta serie:
1 Juan Calvino y la Inquisición
2 Enrique VIII y los protestantes ingleses
3 Inglaterra y María la sanguinaria
4 Cisneros ¿precursor de la Reforma?
5 Juan de Valdés y la Reforma en España
6 Juan de Valdés huye de la Inquisición
7 Españoles del siglo XVI con la Reforma
8 Las ekklesias y «la» Iglesia católica
9 La verdadera Iglesia no tiene Papa
10 Salvación por gracia, no por obras
11 Carta de Santiago: fe, salvación y obras
12 Obispos casados
13 Los protestantes y la Virgen María
14 María durante el ministerio de Jesús
15 La Inmaculada Concepción

César Vidal es escritor, historiador y teólogo

© C. Vidal, Libertad digital, ProtestanteDigital.com (España, 2010).

http://www.protestantedigital.com/new/nowleerarticulo.php?r=323&a=3590

María, LA MEDIADORA DE TODA GRACIA Parte 4

María, LA MEDIADORA DE TODA GRACIA Parte 4

Autor:Paulo Arieu

Un veredicto biblico

A pesar de que durante su ministerio terrenal se presentaron oportunidades para hacerlo, Jesús jamás enseñó que María debía recibir honor especial. En una ocasión, mientras el Señor hablaba a la gente, una mujer de la multitud le gritó:

  • «Bienaventurado el vientre que te trajo, y los senos que mamaste» (Lc. 11:27).

Pero Jesús desvió ese honor dirigido a María y, en cambio, respondió:

  • «Antes bienaventurados los que oyen la palabra de Dios, y la guardan» (Lc. 11:28).

En otra oportunidad le anunciaron a Jesús:

  • «He aquí tu madre y tus hermanos están afuera, y te quieren hablar» (Mt. 12:47).

Nuevamente Jesús rehusó elevar a María y, en cambio, contestó:

  • “¿Quién es mi madre, y quiénes son mis hermanos? Y extendiendo su mano hacia sus discípulos, dijo: He aquí mi madre y mis hermanos. Porque todo aquel que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ése es mi hermano, y hermana, y madre.”(Mat. 12:48,49)

En este pasaje, el Señor Jesús afirmó su independencia de las relaciones meramente humanas. Enseñó que una relación personal espiritual con Él que originara de la sumisión a Dios era de una importancia mucho más grandiosa que el parentesco físico basado en vínculos de la carne. Pablo se hace eco de este tema diciendo del Señor Jesús:

  • «…y aun si a Cristo conocimos según la carne, ya no lo conocemos así» (2 Co. 5:16).

En contraste con el ejemplo de Cristo, el catolicismo romano aprovecha toda oportunidad para exaltar a María. La Iglesia Católica expresa esta intención en el axioma en latín De María Nunquam Satis, que significa:

«Respecto a María uno nunca puede decir lo suficiente». [0]

Sin embargo, como hemos visto, ya se ha dicho demasiado de ella. Al contradecir las Escrituras, la Iglesia Católica ha declarado que María es la Inmaculada Concepción, la Madre de Dios, la Virgen Perpetua, la Corredentora, la Asunción, la Reina del Cielo y de la Tierra y la Mediadora de todas las gracias.

Estas doctrinas han sustraído de la gloria de Dios y han resultado en que incontables católicos muestren mayor devoción a María que a Cristo mismo.

Uno debe preguntar: ¿Ha guiado la Iglesia Católica a sus feligreses a la idolatría? Para responder a esta pregunta debemos primero considerar el significado bíblico de idolatría. En los Diez Mandamientos Dios dijo:

  • “Yo soy Jehová tu Dios… No tendrás dioses ajenos delante de mí. No te harás imagen, ni ninguna semejanza [ídolos]… No te inclinarás a ellas, ni las honrarás, porque yo soy Jehová tu Dios, fuerte, celoso….”-Éx. 20:2-5

Si se entiende que estos mandamientos simplemente prohiben adoración de otros dioses por encima del Señor, entonces nadie podría acusar a la Iglesia Católica Romana de promover la idolatría entre sus feligreses. El catolicismo romano enseña que María es un ser creado. Su función en la salvación es secundaria a la de Cristo. La devoción que los teólogos de la Iglesia Católica dicen que ella merece es de un grado inferior a la devoción que debe dársele a Dios.

Pero en los Diez Mandamientos el Señor no prohibe a su pueblo que tenga otros dioses por encima de él sino delante de él. El mandamiento de Dios es: «No tendrás dioses ajenos delante de mí» (Ex. 20:3), o literalmente, «en mi presencia». Dios se revela a Sí mismo en los versículos que siguen como un «Dios celoso» (Ex. 20:5). Exige lealtad y devoción íntegras. Su pueblo no debía tener ningún otro dios «además» [1] de El.

Es aquí que la devoción catolicorromana a María cruza por primera vez la línea hacia la idolatría. Cuando los católicos mal aconsejados se arrodillan ante una estatua de María le besan los pies y le ofrecen las alabanzas y peticiones más sinceras, le dan a una criatura la devoción que Solo le pertenece a Dios. No viene al caso que la Iglesia defina este honor como secundario al que se le da a Dios. Dios no quiere tener dioses ajenos delante de Él, no importa cuan inferiores sean. Y aunque la María catolicorromana no sea un ser infinito y eterno como lo es el Dios de la Biblia, ella de ningún modo es inferior a los dioses y las diosas del mundo antiguo. La gente se imaginaba que estas deidades paganas en general eran seres finitos con características y pasiones muy humanas. María, conforme ha sido promovida por la Iglesia Católica, excede por mucho a la mayoría de esas deidades en excelencia, poder y realizaciones.

Electivamente, según lo ha definido la Iglesia Católica Romana, María es virtualmente indistinguible del Hijo de Dios mismo en excelencia, poder y realizaciones. Difieren solamente en unos grados.

Según las Escrituras, el Señor Jesucristo era sin pecado (1 Jn. 3:5). Según la Iglesia Católica, María era «inmaculada en todo respecto».[2]

La iglesia enseña que cuando se habla de pecado,

«la santa Virgen María ni siquiera debe mencionarse».[3]

Jesús agradó al Padre en todo lo que hizo (Lc. 3:22). En cuanto a María,según la Iglesia,

«en ella el Padre tenía complacencia con deleite singular».[4]

Así como Jesús sufrió y murió por nuestra redención, así también María sufrió en las mismas profundidades de su alma con sus más amargos sufrimientos y tormentos de Él… [y] en su corazón murió con Él, traspasada por la espada de la tristeza».[5] Además, debido a la unión física de ellos, la Iglesia Católica dice que

«la sangre de Cristo derramada por amor a nosotros, y esos miembros en los que él ofrece al Padre las heridas que recibió como el precio de nuestra libertad no son otros sino la carne y sangre de la Virgen….»[6]

Por lo tanto, «ella con Cristo redimió a la humanidad»,[7] y «ha aplastado la venenosa cabeza de la serpiente».[8]

La Iglesia Católica dice que María,

«terminado el curso de su vida en la tierra»,

al igual que Cristo, murió. Pero así como su Hijo, María no murió debido a sus propios pecados. Más bien, María murió para que ella

«en todas las cosas se asemejara a Jesús; y como el Hijo murió, era conveniente que la madre también muriera….»[9]

Luego, dice la Iglesia Católica, María fue resucitada corporalmente así como Cristo.[10] Ella

«sufrió muerte temporal, pero aun así no pudo ser sujeta por las ataduras de la muerte….» [11]

Por lo tanto,

«fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial semejante de su Hijo resucitado en anticipación de la suerte futura de todos los justos….»[12]

La Iglesia Católica dice que, una vez que llegó al cielo, María, fue

«enaltecida por Dios como Reina del Universo, para ser conformada más plenamente a su Hijo, Señor de los señores…» [13].

Ahora, así como Cristo se sienta a la diestra del Padre (He. 1:13),

«María se sienta a la diestra de su Hijo…»[14].

Así comenzó su glorificación celestial siguiendo el ejemplo de su unigénito Hijo, Jesucristo….»[15] Su dominio es igual al de su Hijo; ella es «Reina del Cielo y de la Tierra».[16] Su gloria no puede compararse a la de ninguno, excepto la de Cristo:

… Dios ha prodigado sobre esta amorosa asociada de nuestro Redentor privilegios que alcanzan un plano tan exaltado que, excepto por ella, nada creado por Dios, aparte de la naturaleza humana de Jesucristo, ha alcanzado jamás este nivel.-Munificentissimus Deus [17]

Desde este plano exaltado, el catolicismo romano enseña que María presta servicio como

«Abogada, Auxiliadora, Benefactora y Mediadora» [18].

De esta forma, ella cumple las funciones que las Escrituras lo atribuye al Padre (Stg. 1:17), al Hijo (1 Jn. 2:1; 1 Ti. 2:5), y al Espíritu Santo (Jn. 14:16).

Estableciendo un paralelo con las descripciones bíblicas del Señor Jesús, la Iglesia Católica llama a María con diversos nombres

  • 1. el «don inefable del Omnipotente»[19]
  • 2. la «causa de nuestro gozo»[20]
  • 3. el «Lucero de la mañana»[21]
  • 4. la «Puerta del Cielo»[22]
  • 5. el «Refugio de los pecadores»,[23] y
  • 6. «Nuestra Señora del perpetuo socorro».[24]
  • 7. Se dice que ella, con Cristo, es «el instrumento la guardiana de nuestra salvación».[25]
  • 8. La Iglesia Católica promete que «todos los que buscan la protección de María serán salvos por toda la eternidad».[26]

La Iglesia Católica Romana hace comparaciones similares entre Dios el Padre y María.Podemos citar algunas

  • 1. Así como Dios es nuestro Padre, «María es nuestra Madre». [27] Así como Jesús es el Hijo unigénito del Padre, por lo tanto María siguió siendo virgen para que Jesús fuese el «Hijo unigénito de su Madre».[28]
  • 2. Las Escrituras describen a Dios como « Dios Todopoderoso (Gn. 17:1). La Iglesia Católica describe a María como la «Virgen Poderosísima».[29] Ella es «la poderosa Madre de Dios».[30] El poder «en sus manos es casi ilimitado».[31]
  • 3. Las Escrituras describen a Dios como la fuente de toda sabiduría (Stg. 1:5). La Iglesia Católica describe a María como el «asiento de la sabiduría».[32]
  • 4. La Biblia dice que Dios es el Dios de los vivos (Mr. 12:27). La Iglesia Católica dice que María es la «Madre de los vivientes».[33]
  • 5. Dios es el «Padre de misericordias» (2 Co. 1:3). María es la «Madre de la Misericordia».[34]
  • 6. Dios mora en perfecta santidad, sentado en un trono, rodeado de serafines (Is. 6:1-3). María, según la Iglesia Católica, es «”la Santísima” (Panaghia)»:[35]
  • 7. Exceptuando sólo a Dios, María es más excelente que todos, y por naturaleza bella y hermosa y más santa que los querubines y serafines. Todas las lenguas del cielo y de la tierra no serían suficientes para alabarle.-Ineffabilis Deus [36]

Esta es la María del catolicismo romano, una mujer a quien la Iglesia católica ha exaltado por encima de todo otro ser y le ha asignado atributos, títulos, poderes y prerrogativas que en las Escrituras sólo pertenecen a Dios. Para ella la Iglesia Católica ha erigido estatuas, santuarios, iglesias, catedrales y basílicas. Esa iglesia llama a todos los fieles a que le dirijan a ella las oraciones, peticiones y alabanzas.

Esto no es nada más que la adoración a una diosa pagana vestida de ropaje catolicorromano. Es tan idólatra como el culto antiguo de la diosa semítica Astarté. Entre los babilonios se la conocía como Istar, y Dios condenó a la apóstata Judá por rendirle culto a ella, así como la Iglesia Católica Romana adora a María, bajo el título de «reina del cielo» (Jer. 7:18; 44:17-19, 25).

La veneración demostrada a María en el catolicismo romano no es menos ofensiva a Dios que el culto que el Impío rey Manases rindió a la diosa siria Asera. Puso en la casa de Jehová una imagen de Asera que él había hecho (2 R. 21:7). Por esa abominación Dios dijo:

  • «He aquí yo traigo tal mal sobre Jerusalén y todo Judá, que al que lo oyere le retiñirán ambos oídos» (2 R. 21:12).

De la misma manera, la Iglesia Católica Romana ha formado un ídolo con sus propias manos y le ha llamado María. Su imagen puede encontrarse virtualmente en todas las iglesias católicas. En su doctrina, la Iglesia católica entrona a María en el cielo a la diestra de Cristo. ¿Puede esa iglesia esperar escaparse del juicio de Dios?

  • Este es el mensaje que hemos oído de él, y os anunciamos: Dios es luz, y no hay ningunas tinieblas en él. Si decimos que tenemos comunión con él, y andamos en tinieblas, mentimos, y no practicamos la verdad. [1 Jn. 1.5-6]
  • Y en esto sabemos que nosotros le conocemos, si guardamos sus mandamientos. El que dice: Yo le conozco, y no guarda sus mandamientos, el tal es mentiroso, y la verdad no está en él; pero el que guarda su palabra, en éste verdaderamente el amor de Dios se ha perfeccionado; por esto sabemos que estamos en él. El que dice que permanece en él, debe andar como él anduvo. [1 Jn. 2.3-6]

Conclución

En una predicación Aurelio Gómez así lo evocó:

“Yo estuve cuarenta y cinco años en una caverna, en una cueva, pero el Señor me rescató. ¿A qué cueva me refiero? A la cueva de la idolatría, la cueva de la maldición, de la pobreza, de la enfermedad, de los miedos, de las angustias, de la presión del de arriba en la pirámide eclesial, y los de abajo soportábamos el peso de todo aquello”.

Por supuesto se refiere a todos sus años como sacerdote católico.

En abril de 1979, en un congreso de grupos católicos de la renovación carismática que tiene lugar en Toluca (a hora y media del ciudad de México por carretera), el sacerdote Aurelio Gómez recibe palabras sencillas que lo cimbran,

“Dios te ama. Esa palabra llegó a mi corazón. Sentí como electricidad que recorría todo mi cuerpo. De mis pies a la cabeza, de la cabeza a mis pies. Me puse a temblar, y en ese momento pasó por mi ser como una película de toda mi vida, mis éxitos, mis fracasos, lágrimas, errores, pecados. Todo en ese momento pasó por mi mente. Empecé a llorar, con un llanto estertóreo que me ahogaba. El hombre que me dijo las sencillas palabras que tanto me conmovieron se espantó y dijo que era necesario hacer una oración de sanidad de la memoria. Yo no le hice mucho caso, estaba completamente inmerso en lo que estaba experimentando”.

Aurelio, ya profundamente tocado por el Espíritu del Señor, se incorpora a la reunión y recuerda un sencillo canto que entonces entiende describe lo que momentos antes le ha sucedido: “Cristo rompe las cadenas, Cristo rompe las cadenas…”.

De regreso a su parroquia, el padre Gilberto desempolva su Biblia y se pone a leerla. Cada porción le daba luz, los versículos le llevaban al llanto y a la esperanza. Cuenta que por un año tuvo periodos constantes de llanto, que atribuye a su dureza anterior, cuando simplemente oficiaba como sacerdote pero sin una relación viva con Dios. [37]

Notas

  • 0. James G.McArthy, El evangelio según Roma,pag. 180, ed. Portavoz
  • 1. Trad. del hebreo “delante de mi” Ex. 20:3), de C.F.Keil y F.Delitzch, Commentary on the olod tetsament (Grand Rapids:Eerdmans,reimpr. 1985);The Pentatheuc,tomo 2,p. 114 cit en El evangelio según Roma,pag. 181, op. cit.
  • 2. Papa Pío IX, Ineffabilis Deus.cit en El evangelio según Roma,pag. 181, op. cit.
  • 3. Ibid. cit en El evangelio según Roma,pag. 181, op. cit.
  • 4. Ibid. cit en El evangelio según Roma,pag. 181, op. cit.
  • 5. Papa León XIII, Jucunda Semper. cit en El evangelio según Roma,pag. 181, op. cit.
  • 6. Papa León XIII, Fidentem Piumque. cit en El evangelio según Roma,pag. 181, op. cit.
  • 7. Papa Benedicto XV, ínter Sodalicia. cit en El evangelio según Roma,pag. 181, op. cit.
  • 8.Papa Pío IX, Ineffabilis Deus.cit en El evangelio según Roma,pag. 182, op. cit.
  • 9.Alfonso de Ligorio, The Gloríes of Mary (Brooklyn, NY: Redemptorist Fathers, 1931),p. 407.cit en El evangelio según Roma,pag. 182, op. cit.
  • 10.Cp. Munificentissimus Deus, del papa Pío XII, n° 39. cit en El evangelio según Roma,pag. 182, op. cit.
  • 11.Papa Pío XII, Munificentissimus Deus, n° 17. cit en El evangelio según Roma,pag. 182, op. cit.
  • 12. Papa Pablo VI, The Credo of the People of God, n° 15. cit en El evangelio según Roma,pag. 182, op. cit.
  • 13.Concilio Vaticano II, «Constitución dogmática sobre la Iglesia», n° 59. cit en El evangelio según Roma,pag. 182, op. cit.
  • 14.Papa Pío X, Ad Diem lllum Laetissimum, n° 14. cit en El evangelio según Roma,pag. 182, op. cit.
  • 15.Papa Pío XII, Munificentissimus Deus, n° 20. cit en El evangelio según Roma,pag. 182, op. cit.
  • 16.Papa León XII, Magnae Dei Matris. cit en El evangelio según Roma,pag. 182, op. cit.
  • 17.Papa Pío XII, Munificentissimus Deus, n° 14. cit en El evangelio según Roma,pag. 182, op. cit.
  • 18.Concilio Vaticano II, «Constitución dogmática sobre la Iglesia», n° 62.cit en El evangelio según Roma,pag. 182, op. cit.
  • 19.Catecismo de la Iglesia Católica, n° 722. Cp. 2 Corintios 9:15.cit en El evangelio según Roma,pag. 182, op. cit.
  • 20.Letanía, de la bendita Virgen María, aprobada por el papa Sixto V. Comp. con Juan 15:11. cit en El evangelio según Roma,pag. 182, op. cit
  • 21. Ibid. Comp. con Ap. 22:16. cit en El evangelio según Roma,pag. 182, op. cit.
  • 22.Ibid. Comp. con Jn. 10:9; 14:6. cit en El evangelio según Roma,pag. 182, op. cit.
  • 23.Ibid. Comp. con Mat.11:19, 28. cit en El evangelio según Roma,pag. 182, op. cit.
  • 24.La veneración de Mana bajo el título de «Nuestra Señora del Perpetuo Socorro» o «Nuestra Señora de la Perpetua Ayuda» fue oficialmente aprobada por el papa Pío IX (1846-1878). Comp. con Heb. 7:25; 13:5, 6. cit en El evangelio según Roma,pag. 182, op. cit.
  • 25.Papa León XIII, Parta Humano Generi. Compárese con 1 Pedro 2:25. cit en El evangelio según Roma,pag. 182, op. cit.
  • 26.Papa Benedicto XV, ínter Sodalicia. Compárese con Romanos 10:13. cit en El evangelio según Roma,pag. 182, op. cit.
  • 27.Papa Pío VIII, Praestantisiumum Sane. cit en El evangelio según Roma,pag. 182, op. cit.
  • 28.Tomás de Aquino, Summa Theologica, parte III, preg. 28, artículo 3. cit en El evangelio según Roma,pag. 182, op. cit
  • 29.Letanía de la Bendita Virgen María, aprobada por el papa Sixto V. cit en El evangelio según Roma,pag. 183, op. cit.
  • 30. Papa León XIII, Octobri Mense. cit en El evangelio según Roma,pag. 183, op. cit
  • 31. Papa León XIII, Adiutricem Populi.cit en El evangelio según Roma,pag. 183, op. cit
  • 32. Letanía de la Bendita Virgen María, aprobada por el papa Sixto V. cit en El evangelio según Roma,pag. 183, op. cit.
  • 33 Concilio Vaticano II, «Constitución dogmática sobre la Iglesia», n° 56. Véase también Catecismo de la Iglesia Católica, n° 726.cit en El evangelio según Roma,pag.183, op. cit
  • 34. [2677], cit en El evangelio según Roma,pag. 183, op. cit.
  • 35.[493] cit en El evangelio según Roma,pag. 183,op. cit.
  • 36.Papa Pío IX, Ineffabilis Deus.cit en El evangelio según Roma,pag. 183, op. cit.
  • 37. http://www.protestantedigital.com/new/nowleernoticiaDom.php?n=11177

Bibliografia:

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