JOHN STOTT- Señales de Una Iglesia Viva

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Sobre la Eucaristia

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La iglesia requiere de alianzas estratégicas

La iglesia requiere de alianzas estratégicas

By Mundo Cristiano
Monday, June 14, 2010

La iglesia cristiana de Latinoamérica enfrenta retos constantes, desde leyes que contradicen los principios divinos, hasta la capacitación de los miembros de las congregaciones.

Mundo Cristino conversó con Arnold Enns, Presidente Ejecutivo de la Confederación Iberoamericana de Medios Masivos COICOM, acerca de temas relacionados con la iglesia de la región y sobre los preparativos del próximo congreso en República Dominicana en setiembre próximo.

Ante la pregunta de los retos de la iglesia y las leyes que contraponen las enseñanzas bíblicas, Enns señaló varios desafíos.

“Es un reto muy grande el que tenemos en todo el continente, desde Canadá hasta Argentina, estamos siendo bombardeados, siendo afectados de alguna u otra manera en cuanto a estas nuevas leyes que están surgiendo en nuestros países, yo creo que hay dos respuestas, dos propuestas específicas que tenemos que hacer para poder justamente enfrentarnos, a estas afrentas que tenemos con estos valores y principios”.

“Una es anunciar, tenemos que anunciar aquellas cosas que son correctas, anunciar el camino correcto, que está basado en los principios y valores que encontramos también en la palabra de Dios y la segunda es, que tenemos que hacer es denunciar. Denunciar aquellas cosas que son equivocadas que van y atentan contra las leyes fundamentales o los principios fundamentales que tenemos en nuestros países donde han sido históricamente fundamentados”.

Enns mencionó dos ejemplos recientes de acciones que la iglesia realizó para defender la sana doctrina. “Quiero hablarle específicamente de dos ejemplos, donde ya se está trabajando en cuanto a respuesta de los comunicadores a estos temas. Uno es en Chile donde una campaña que se llama “Aló Jesús” donde recientemente los medios masivos de comunicación salieron a las calles para denunciar el tema del aborto que está siendo tratado en el congreso, y el segundo, se dio recientemente en la Argentina donde el congreso estaba debatiendo las leyes que tienen que ver con los matrimonios gays y allí la iglesia salió a las calles queremos una mamá y un papá y creo que esas con respuestas que los medios masivos, los comunicadores y la iglesia tiene para poder hacer frente a estas problemáticas que tenemos”.

Las alianzas estratégicas son fundamentales en un mundo tan cambiante. Que pasos está dando COICOM en ese sentido? “En eso estamos trabajando en una mega alianza si se quiere, entre movimientos continentales que tienen que ver con comunicar la palabra de Dios, evangelizar o llevar la palabra de Dios a nuestras comunidades y naciones, por tanto nosotros tenemos aliados si se quiere con COMIBAN, que es la Cooperación Misionera Iberoamericana, con CONELA, que es la Confraternidad Evangelica Latinoamericana, con la USANA que es el congreso que se va a dar en el mes de octubre en ciudad del Cabo en África y también con Transforma Latinoamérica”.

El presidente de COICOM destacó que en República Dominicana se realizarán encuentros entre líderes y pastores.

“Entonces parte de lo que va a hacer el próximo congreso COICOM tiene que ver que queremos hacer una consulta continental de transformación junto con todos los movimientos evangélicos del continente para que de esta manera podemos tratar sobre los problemas o problemáticas que tenemos en el compartir o evangelizar el continente latinoamericano”.

El próximo COICOM va ser por primera vez en una isla en el Caribe en República Dominicana. Cómo va a aprovechar COICOM ese sitio estratégico para ayudar a pueblos que han sufrido tanto como Cuba o Haití?

“Con mucha sazón. Por ser una isla del Caribe pues va a ser un congreso muy diferentes a lo que hemos tenido en los congresos de COICOM va a ser un congreso en donde en República Dominicana como anfitrión nos va a demostrar como es el ambiente caribeño y nos estamos preparando para ello. Para paralelamente, más puntualmente a lo que estabas hablando de Haití y Cuba. Tenemos como estrategia poder movilizar a pastores, líderes, comunicadores, a personas, a la iglesia de Haití y de Cuba para que puedan participar del congreso COICOM. Y lo hemos hecho de esta manera a raíz digamos del terremoto reciente que hubo en Haití para fortalecer a la iglesia, a los pastores y líderes de Haití no solamente en materiales físicos, sino moralmente, espiritualmente, coyunturalmente para que estemos más conectados con ellos y escuchar lo que Dios ha hecho en Haití precisamente”.

Enns concluyó la entrevista con un desafío para la iglesia regional.

“Quisiera hacer un desafío para la audiencia de Mundo Cristiano, de poder ser participe de este congreso que va ser del 7 al 11 de setiembre en República Dominicana y que fueran participe a apoyarnos ayudándonos a traer líderes de Haití, a líderes y pastores de Cuba que puedan participar dentro de este congreso y de esta manera tener una confraternización Iberoamericana. Y de esta manera movilizar al continente Latinoamericano hacia la transformación”. COICOM espera que para el 2010 se logre sobrepasar la cantidad de asistentes del año anterior de 2200 asistentes.

LA AUTORIDAD APOSTÓLICA

Ministerios Competentes

Capítulo Nº 12
LA AUTORIDAD APOSTÓLICA

Es notable las diferencias que existen entre aquella iglesia inicial, primaria y primitiva y la que hoy ha tomado ese rótulo. Leyendo con atención los hechos de aquellos primeros tiempos, encontramos situaciones realmente llamativas que, con el correr de los tiempos, han ido quedando atrás hasta ser olvidadas por completo. Por ejemplo, Pablo. Desde el comienzo mismo de su conversión, él aprendió a depender de la provisión de sus hermanos en el Cuerpo de Cristo. Aprendió su primera lección de sujeción al Cuerpo, no a hombre-jerarquía, de un tal Ananías, de cuyas manos recibió el Espíritu y su segundo llamado. Posteriormente, fue enviado por los creyentes de Berea, fortalecido por sus colaboradores en Corinto, refrenado por los discípulos de Efeso y aconsejado por los hermanos de Jerusalén. En una palabra, Pablo sabía como enriquecer su espíritu y también sabía como recibir ayuda de los demás. Con todas estas alternativas, vemos con claridad que una de las características más dinámicas del método de poner en marcha, iniciar, plantar iglesias que tenía el apóstol, era su consistente sujeción a los demás Cristianos. A todos. Al Cuerpo.

Pablo estaba bien provisto, ciertamente, de una historia de madurez con Dios y también con muchos dones poderosos. No entendía su autoridad como oficial, sacralizada o jerárquica, tal como hoy se la ve, sino como algo funcional y relacional. Para el apóstol, la autoridad divina estaba cimentada en la aprobación del Señor, y no en algún oficio formal. Siempre buscó persuadir a las asambleas locales con respecto a la mente de Dios, en lugar de promulgar o decretar mandamientos de corte imperial. De aquí que las dos palabras favoritas de Pablo para dirigirse a los santos, son PARAKALEIN, utilizada veintitrés veces en sus cartas. Es una expresión que denota una súplica. La otra palabra es EROTAO, que significa una petición hecha entre iguales. Lo que es más, Pablo se abstuvo de usar el muy fuerte vocablo EPITAGI, que se traduce como ·”Mandamiento”, para ordenar que se le obedeciera. Vamos a considerar algunos textos que tienen que ver con esto, que de alguna manera, lo que significaría una base de los principios esenciales de un supuesto “liderazgo” bíblico.

(1 Corintios 7: 6)= Más esto digo por vía de concesión, no por mandamiento.

(Verso 25)= En cuanto a las vírgenes, no tengo mandamiento del Señor, mas doy mi parecer, como quien ha alcanzado misericordia del Señor para ser fiel.

(2 Corintios 8: 8)= No hablo como quien manda, sino para poner a prueba, por medio de la diligencia de otros, también la sinceridad del amor vuestro.

(Filemón 8 y 9)= Por lo cual, aunque tengo mucha libertad en Cristo para mandarte a lo que conviene, más bien te ruego por amor, siendo como soy, Pablo ya anciano, y ahora, además, prisionero de Jesucristo.

Observa que cuando Pablo llamó a los creyentes a algún tipo de acción, o bien a que guardaran ciertas actitudes adecuadas para alguna determinada ocasión, utilizó siempre los mismos términos: “Rogando, Suplicando, Rogando con Insistencia, Implorando, Pidiendo”. Todo eso en lugar de promulgar decretos autoritarios que, es probable, hubiesen sido obedecidos sin chistar ni discutir, ya que estaba muy bien considerado. No hay modelos paulinos en los liderazgos modernos. Es más: no hay modelos bíblicos, se podría decir. La iglesia de los comienzos, a diferencia de la verticalista que encontramos hoy, era de un neto corte cooperativo. Es decir que para Pablo, el consentimiento voluntario de su audiencia y la profundización interna de la verdad, eran mucho más deseable que una obediencia nominal a las cosas que escribiera.

A veces, cuando su tono era necesariamente severo, exhortaba y recomendaba que los santos obedecieran a Cristo, y no a él. En 1 Corintios 1:10, él dice: Os ruego, pues, hermanos, por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que habléis todos una misma cosa, y que no haya entre vosotros divisiones, sino que estéis perfectamente unidos en una misma mente y en un mismo parecer. ¡Qué notable! ¿No? Y mucho más notable todavía es la tergiversación de la Palabra en la actitud clásica que muchos cristianos han tenido en todos los tiempos por lo que podría llamarse como “exceso de religiosidad”. El pueblo evangélico ha criticado durante mucho tiempo al catolicismo romano en razón de que sus sacerdotes enseñaban a su feligresía aquello de “Haz lo que yo digo, pero no lo que yo hago”, que según se dijera, aparecía como una suerte de licencia para incursionar en algunos “pecadillos”. Sin embargo, nosotros hemos llegado a decir lo mismo con otras palabras: “No me mire a mí, mire a Cristo”. Pablo no dice eso en 1 Corintios 4:16, sencillamente exclama: Por tanto, os ruego que me imitéis. En otra palabra él dice que lo imiten a él porque él mira a Cristo. Me pregunto y le pregunto qué creyente, hoy, podría pararse delante de una cantidad regular de personas y decir esto mismo sin ser exonerado por soberbio o blasfemo. Sin embargo, es Biblia. Porque el objeto de la obediencia no era Pablo como persona, sino Cristo cuyo pensamiento estaba expresando en ese momento. Dicho de otra manera, cuando Pablo manifestaba la mente de Cristo, sus palabras eran autoritativas, si bien, por rara paradoja, él nunca se mostró autoritario. Mire estos textos:

(Romanos 14: 14)= YO sé, y confío en el Señor Jesús, que nada es inmundo en sí mismo; más para el que piensa que algo es inmundo, para él lo es.

(1 Corintios 7: 10)= Pero a los que ya están casados, les doy este mandato, que no es mío, sino del Señor.

(1 Corintios 14: 37)= Si alguno se cree profeta o espiritual, reconozca que esto que les escribo es mandato del Señor.

(2 Corintios 2: 17)= Pues no somos como muchos, que comercian con la palabra de Dios, sino que con sinceridad, como de parte de Dios y delante de Dios hablamos en Cristo.

(2 Corintios 4: 5)= No nos predicamos a nosotros mismos, sino a Jesucristo como Señor; nosotros no somos más que servidores de ustedes por causa de Jesús.

(2 Corintios 12: 19)= ¿Todo este tiempo han venido pensando que nos estábamos justificando ante ustedes? ¡Más bien hemos estado hablando delante de Dios en Cristo! Todo lo que hacemos, queridos hermanos, es para su edificación.

(2 Corintios 13: 3-4)= Pues buscáis una prueba de que Cristo habla en mí, el cual no es débil para con vosotros, sino que es poderoso en vosotros. Porque aunque fue crucificado en debilidad, vive por el poder de Dios. Pues también nosotros somos débiles en él, pero viviremos con él por el poder de Dios para con vosotros.

(1 Tesalonicenses 2: 13)= Así que no dejamos de dar gracias a Dios, porque al oír ustedes la palabra de Dios que les predicamos, la aceptaron no como palabra humana, sino como lo que realmente es palabra de Dios.

(1 Tesalonicenses 4: 2)= Ustedes saben cuales son las instrucciones que les damos de parte del Señor Jesús.

(1 Tesalonicenses 4: 15)= Conforme a lo dicho por el Señor Jesús.

(2 Tesalonicenses 3: 12)= A tales personas les ordenamos y exhortamos en el Señor Jesucristo.

Hay dos cosas que quedan muy claras de la personalidad de Pablo: no tenía un carácter autoritario ni trabajaba por su cuenta. De su propia boca dejó en claro que no consideraba su llamado apostólico como una licencia para ejercer dominio sobre los asuntos de las iglesias. Nunca sacó ventajas de su derecho como apóstol obteniendo ayuda económica de aquellos a quienes servía. De hecho, su principio inalterable era no aceptar dinero de las iglesias que auxiliaba. Solamente aceptaba ayuda financiera por parte de creyentes moradores de otras localidades, para no ser una carga a los que eran recipientes de su ayuda inmediata. En efecto, todo el panorama de la autoridad apostólica de Pablo se cristaliza en esta máxima: No es que pretendamos dominar sobre vuestra fe, sino que contribuimos a vuestro gozo. De esta manera, difería inmensamente de sus adversarios.

La autoridad que Pablo poseía estaba ligada a su competencia para hablar la palabra del Señor a las comunidades que fundaba; era una autoridad dada “para la edificación y no para la destrucción”. Por lo tanto, siempre ejercía autoridad con el único propósito para la que le fue dada, es decir: para edificar a los santos. Nunca abusó de ella para obtener un lugar prominente, algún tipo de poder terrenal o ciertas ventajas materiales. Una pregunta interesante para formularnos a nosotros mismos, sería: ¿Qué haría yo con una autoridad como la de Pablo? ¿Cuál sería mi comportamiento?

(Gálatas 1: 8)= Más si aún nosotros, o un ángel del cielo, os anunciare otro evangelio diferente del que os hemos anunciado, sea anatema.

(9) Como antes hemos dicho, también ahora lo repito: si alguno os predica diferente evangelio del que habéis recibido, sea anatema.

Pablo reconocía claramente de que la fuente de su autoridad era Cristo, tal y como está encarnado en el evangelio. Esto explica por qué invitaba con firmeza a los santos a que juzgaran lo que decía y les apremiaba a que rechazaran su mensaje si no era consistente con el evangelio. Si los creyentes de este siglo veintiuno hiciéramos exactamente lo que Pablo dice que tenemos que hacer, varios predicadores muy importantes desaparecerían de los púlpitos. Pero no; no hacemos eso. Sólo nos limitamos a soportar el tedio de un discurso humanista que no nos deja nada y orar “Para que el Señor le cambie la palabra al siervo”. Jamás nos atrevemos a preguntarle a Dios o a preguntarnos a nosotros mismos: “Señor, ¿Ese es tu siervo o es un lobo rapaz vestido de oveja?

De vez en cuando Pablo se vio obligado a censurar a las iglesias, pero siempre encontraba difícil tomar esta acción. El amor que le profesaba a los Corintios, por ejemplo, rebosaba de compasión paternal, de tal manera que después de escribirles, temía que sus palabras fueran demasiado fuertes para ser soportadas. Sin embargo y teniendo en cuenta que lo que Pablo hablaba era la auténtica palabra del Señor, podía decir con total tranquilidad y certeza que, aquellos que decidían rechazar sus palabras, no lo rechazaban a él sino a Cristo mismo. Ese es el modelo de mensaje para este tiempo. Yo sólo puedo decir: “Quien no recibe mis palabras no recibe a Cristo”, si efectivamente predico o enseño SU Palabra, pero si en lugar de eso echo mano a mi propia sabiduría humana, entonces no podré censurar ni ofender a quienes no la crean. Justicia.

Todos estos hechos nos permiten afirmar que: la fuente de la autoridad Divina es Cristo, el medio de la autoridad Divina es la palabra de Dios, el ejercicio de la autoridad Divina es el quebrantamiento y el servicio, y la meta de la autoridad Divina es la edificación espiritual. En la mente de Dios, la autoridad y el espíritu de la cruz van mano con mano, y este principio es evidente en todo su ministerio apostólico. Sin embargo, hay una gran diferencia entre aquella autoridad y algunas de las actuales. Cuando consideramos los ministerios de los apóstoles a través de esta óptica, descubrimos que ninguno de ellos fue autoritario.

Observa que Pablo recomendó a Timoteo que exhortara a los santos con mansedumbre. Nunca le permitió que ejerciera algún tipo de poder formal sobre ellos. El consejo que le da a Tito, no es demasiado diferente. En su carta a este joven, en 2:1, Pablo escribe: Pero tú habla lo que está de acuerdo con la sana doctrina. En 2:15, añade: Esto habla, y exhorta y reprende con toda autoridad. Que nadie te menosprecie. Es notorio que Pablo parecería estar más interesado en que los santos lo imitaran a que obedecieran sus palabras.

Este mismo aire no autoritario respiran las cartas de Juan. En ningún momento reclamó derecho alguno a gobernar las iglesias. Cuando Diótrefes usurpaba la autoridad en la iglesia, no hay indicios que muestren que Juan intentara obligarlo a salir de ellas. Sí, en cambio, animó a la gente a que no se fuera detrás de los que hacen el mal. Una vez más, la inevitable conclusión de todo ello es que los apóstoles no tenían autoridad oficial sobre las asambleas locales. No asumieron una posesión formal de las iglesias de las que fueron padres, ni las convirtieron en expresiones de sus propios ministerios. Esto arma una frase digna de colocarse en un cuadro: Los apóstoles usan sus ministerios para servir a las iglesias; no usan a las iglesias para fabricar sus ministerios.

El ministerio del apóstol del Nuevo Testamento es un servicio y no una expresión de dominio que implica alguna clase de jerarquía. Es por esta razón que Pablo se refiere a las iglesias que plantaba en términos explícitamente no jerárquicos, llamándoles “hermanos” y “partícipes” en el ministerio. Cuando se dirigía a ellos, no les hablaba como si estuviera por encima de ellos, sino como a uno de los suyos.

Es bastante significativo el hecho de que Pablo tenía una gran confianza en las iglesias que él había levantado. A diferencia de muchos líderes modernos, él estaba seguro que esas comunidades de creyentes recién nacidas, obedecerían a Dios y funcionarían adecuadamente de acuerdo con sus dones. Esto es exactamente lo opuesto al pensamiento actual de la mayoría de los líderes reconocidos: ahora no se permite que los hermanos funcionen libremente en la medida de sus dones, para que “no se salgan de control”. Pablo no se veía a sí mismo con derecho alguno a prohibir o permitir nada. Tenía absoluta razón. ¡Ningún hombre tuvo ni podrá tener jamás este derecho! Sólo un espíritu de manipulación puede llevar a hacer lo contrario.

Muy por el contrario, cuando los modernos líderes expresan su falta de confianza en el pueblo de Dios para ministrar eficazmente en una reunión abierta de la iglesia, están criticando severamente sus propios ministerios. Porque nada podría probar mejor si los santos están equipados adecuadamente, que ver como se ministran unos a otros en una reunión participativa y abierta. Cuando vemos el panorama cristiano desde esta perspectiva, las cosas cambian radicalmente. Pero después vamos a confrontarnos con la dura realidad: ¡Está demás decir que los creyentes jamás podrán estar verdaderamente equipados oyendo sermones de cuarenta y cinco minutos cada domingo! Escuchar sermones mientras se congelan en los bancos, lejos de generar desarrollo espiritual, da lugar a un sacerdocio anquilosado y atrofiado.

La otra perspectiva muy interesante, es: ¿Cómo trataba Pablo a los hermanos que eran parte de su equipo apostólico? Porque es cierto que la autoridad Divina se expresaba dentro de la esfera de la obra apostólica misma, y que Pablo era indudablemente el centro de su grupo, pero eso no se trasuntaba en el tratamiento habitual. Note que Pablo y los otros apóstoles no andaban cada uno por su cuenta. Siempre se movían en asociación con un círculo de colaboradores. Esto, virtualmente, jamás ocurre con los apóstoles autodesignados de nuestros días. Es evidente que Pablo asumió la responsabilidad de la dirección de la obra y no tenía problemas para administrar los movimientos de sus colaboradores. Hay suficiente registro bíblico de que así haya sido. Sin embargo, entre sus compañeros no operó jamás un sistema jerárquico fijo. Pablo no era presidente ni director en jefe de la obra. Por esta razón, nunca vemos que Pablo demande obediencia ciega de sus colaboradores. Más bien, como ocurría con las iglesias, buscaba el consentimiento voluntario de sus colegas siempre que solicitaba algo de ellos.

La noción que sostiene que los apóstoles tenían autoridad de gobierno sobre las iglesias locales, así como sobre otros apóstoles, es insostenible. Es una invención de la mente natural y está en desacuerdo con la práctica concreta de Pablo. Los apóstoles, así como los otros ministerios en el cuerpo de Cristo, dependen del Cuerpo para que reciban la plenitud de Cristo. Esto es evidente a partir de las palabras de apertura de la carta a los Romanos en donde establece que estaba deseoso no sólo de bendecidles por medio de los dones que tenía sino de recibir ayuda de ellos a través de los dones que poseían.

Muy cierto es que no escasean los apóstoles posteriores a Pablo, autollamados y autoproclamados que corren de un lado a otro en la iglesia de hoy promulgando decretos autoritarios, reclamando seguidores y construyendo Imperios Cristianos. Como resultado, muchos cristianos perspicaces han concluido que no hay apóstoles en existencia en la iglesia moderna y que hay necesidad de recobrar este ministerio. Sea notorio, sin embargo, que Dios ha levantado muchos apóstoles en este siglo que han caminado y están caminando en el espíritu de Pablo. (Los apóstoles modernos no son escasos, sino un recurso en vías de desarrollo) Pero como sucede con Pablo, estos obreros no están interesados en construir imperios ni en iniciar movimientos. Ellos, al igual que Pablo, no ambicionan alcanzar un status de celebridad y lanzan un fuerte reproche a los que los engrandecen de esta manera.

(1 Corintios 1: 13)= ¿Acaso está dividido Cristo? ¿Fue crucificado Pablo por vosotros? ¿O fuisteis bautizados en el nombre de Pablo?

(1 Corintios 3: 7)= Así que ni el que planta es algo, ni el que riega, sino Dios, que da el crecimiento.

(Verso 21)= Así que, ninguno se gloríe en los hombres, porque todo es vuestro.

¿A qué se parece, por lo tanto, un apóstol contemporáneo? Si usted forma parte de la escena de la iglesia institucional, probablemente nunca haya visto uno. Es inconcebible como, a favor de la valoración superlativa del ministerio del pastor, han quedado no ya relegados u olvidados, sino prácticamente desconocidos los restantes. Salvo los maestros, recluidos por allí hacia algún salón alejado del templo y los evangelistas, empujados a las carpas móviles en las plazas, de apóstoles y profetas, la iglesia contemporánea prácticamente no tiene conocimiento.

Allí están muchos que afirman ser apóstoles, (O quizás que los adornan con la palabra “apóstol”), pero que a menudo carecen de la competencia de un obrero genuino. A modo de contraste, los verdaderos apóstoles son los que se ocultan a sí mismos y no los que se introducen a los empellones. Su obra está en gran parte oculta, y su servicio pasa frecuentemente desapercibido. Los apóstoles verdaderos no construyen denominaciones, programas, misiones, edificios u organizaciones; ellos construyen exclusivamente la “eklesía” de Jesucristo. Es más que evidente que Dios utiliza siempre al humilde de corazón para construir su casa.

(Isaías 66: 1)= Jehová dijo así: el cielo es mi trono, y la tierra estrado de mis pies; ¿Dónde está la casa que me habéis de edificar, y donde el lugar de mi reposo?

(2) Mi mano hizo todas estas cosas, y así todas estas cosas fueron, dice Jehová; pero miraré a aquel que es pobre y humilde de espíritu, y que tiembla a mi palabra.

(3) El que sacrifica buey, es como si matase a un hombre: el que sacrifica oveja, como si degollase un perro; el que hace ofrenda, como si ofreciese sangre de cerdo; el que quema incienso, como si bendijese un ídolo. Y porque escogieron sus propios caminos. Y su alma amó sus abominaciones, (4) también yo escogeré para ellos escarnios, y traeré sobre ellos lo que temieron; porque llamé, y nadie respondió; hablé u no oyeron, sino que hicieron lo malo delante de mis ojos, y escogieron lo que me desagrada.

(5) Oíd palabra de Jehová, vosotros los que tembláis a su palabra; vuestros hermanos que os aborrecen, y os echan por causa de mi nombre, dijeron: Jehová sea glorificado. Pero él se mostrará para alegría vuestra, y ellos serán confundidos.

Y lo que es más, no andan anunciando que son apóstoles. Y ya que no forman parte de las últimas novedades espirituales ni sus nombres son publicados en los periódicos cristianos, medios de comunicación “sin fines de lucro”, por lo general no pertenecen a ninguna iglesia organizada o movimiento. Debido a que los apóstoles genuinos virtualmente nunca aparecen en las marquesinas de las iglesias, la mayoría de los cristianos modernos suponen que no existen.

Sin embargo, mientras que estos son menos en número que los extravagantes y llamativos “súper apóstoles” de nuestro tiempo, estos verdaderos obreros incursionan cada vez más profundamente en el eterno propósito de Dios en Cristo, porque están construyendo SU iglesia a SU manera. Todo esto se traduce en la siguiente fórmula sencilla: Los Cristianos modernos deben de ser sabedores de su necesidad del ministerio apostólico, generosa en el sostén de los obreros apostólicos y, sin embargo, cauta con respecto a los que reclaman poseer status apostólico.

http://www.tiempodevictoria.com.ar/producciones-especiales/3/12

Los sacramentos en la Iglesia del Señor parte 1

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Crecimiento del pentecostalismo será menor, dice sociólogo

Crecimiento del pentecostalismo será menor, dice sociólogo
Bernardo Campos NOTICIAS – último minuto
Sao Paulo, viernes, 21 de mayo de 2010 (ALC) – El pentecostalismo tiende a no crecer, en los próximos tempos, en el mismo ritmo experimentado en este primer siglo de presencia en tierras brasileñas, cuando alcanzó 30% de la población del país. El análisis es del sociólogo Ricardo Mariano, profesor de la Pontificia Universidad Católica de Río Grande del Sur (PUC-RS), en artículo para el diario Folha de San Pablo del domingo, 1 de mayo.

“En Brasil y en otros países de América Latina, la pluralización del campo religioso, la explosión pentecostal y la creciente concurrencia religiosa trajo un paulatino proceso de revigorización comunitaria e institucional del catolicismo. Tal reacción tenderá a reducir el espacio social y religioso de acción de los pentecostales en las próximas décadas y, por consecuencia, el tamaño y la velocidad de su crecimiento”, avala Mariano.

El paradigma de ese crecimiento es la Iglesia Universal del Reino de Dios (IURD), que se hace presente en la esfera pública, política partidaria inclusive, apoyada en grandes inversiones en radio y televisión. La expansión de la Universal no se limita al territorio nacional, sino a los límites del planeta.

Ella ya está presente, hoy, en 172 países, en América Latina, América del Norte, buena parte de Europa y de África, en algunos países de Asia, y hasta en ciertos lugares del Oriente Medio y de Oceanía.

“En los templos, (ella) teje redes de sociabilidad, ofrece apoyo emocional, terapéutico y asistencial a fieles y virtuales adeptos. Y les promete prosperidad, liberación del sufrimiento y solución divina para sus males afectivos, psíquicos, familiares, financieros y de salud, alentando esperanzas de ascenso social”, afirma el profesor de la PUC.

Para Mariano, la marcha global de la IURD está sólo en el comienzo, procurando los espacios que aparecen en las diferentes áreas y religiones. “En los planos jurídicos y político, (ella) se beneficia de amplia libertad religiosa y de la consolidación del pluralismo religioso. En la esfera social, hace uso de la desesperación y de los anhelos de las masas pobres y excluidas por el capitalismo flexible, víctimas preferenciales de la violencia que asola la región, de la precarización del trabajo y de las pésimas condiciones de vida en las periferias urbanas”, apunta el sociólogo.

Emprendimientos y recolocación profesional son, hoy, el principal foco de actuación de la IURD en España y en Portugal, donde las tasas de desempleo alcanzaron el pico. En los países ibéricos, la Universal ofrece oficinas de capacitación y en Inglaterra ella tiene un centro de recolocación.

“Es así que ellos están avanzando entre otras clases sociales (más altas)”, explicó la socióloga portuguesa Helena Vilaça, de la Universidad do Porto, a la reportera Luciana Coelho, de Folha de San Pablo. Según la socióloga, la Universal está “muy sintonizada con los problemas modernos”.

Frecuentar los cultos significa hacer parte de una red social, donde las personas buscan contactos, trabajo, oportunidades, clientes, ayuda y apoyo.

La IURD desembarcó en los Estados Unidos en 1986, en Nova Iorque, y desde entonces no paró de crecer en ese país de América del Norte. El sitio de la iglesia informa que ella tiene 139 templos en aquel país.

Una de las principales características de la Universal en los Estados Unidos y la flexibilidad, relata a la reportera Janaína Lage, del mismo medio gráfico. Las ofertas pueden ser diferentes de una región a otra y en las estrategias de alcanzar el público. En Texas, la iglesia lanzó un “prayer drive-thru” (oración dentro del carro).

Como en Houston pocas personas andan a pie, los fieles entran en el estacionamiento del templo de la Universal, completan una ficha con sus problemas y, en la parada siguiente, un pastor hace oración relacionada al asunto y invita a los pasajeros del auto a visitar la iglesia, cuenta Janaína.

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Agencia Latinoamericana y Caribeña de Comunicación (ALC)
Edición en español: Olazábal 2842 1428 Buenos Aires – Argentina
Tel. (+54) 11 4784-7121. Fax (+54) 11 5411 4784 7121

http://www.pentecostalidad.com/index.php?option=com_content&view=article&id=227:crecimiento-del-pentecostalismo-sera-menor-dice-sociologo-&catid=1:mo-minuto&Itemid=77

Somos Iglesia: Carta abierta

Es el momento de iniciar reformas que eran urgentes desde hace tiempo.
Somos Iglesia ante el 5º Aniversario del pontificado de Benedicto XVI
IMWAC

El Movimiento Internacional Somos Iglesia (IMWAC) hace un llamamiento a todos los fieles católicos para que apoyen la reciente Carta Abierta a los Obispos del teólogo Hans Küng. IMWAC lamenta que el quinto aniversario de la elección del Papa Benedicto XVI se vea tan perturbado por la crisis más profunda que está atravesando la Iglesia desde la Reforma a causa de los escándalos de abuso sexual y de su encubrimiento durante décadas.

“Las razones de esta profunda crisis en nuestra Iglesia no tienen su origen en la creciente secularización sino en la incapacidad del Pontificado para leer los signos de los tiempos” declara Raquel Mallavibarrena de Somos Iglesia España, actual Coordinadora del Movimiento Internacional Somos Iglesia. “El gran número de casos de violencia sexual y su encubrimiento son producto de una concepción inhumana de la sexualidad y de estructuras de poder patriarcales caducadas. La crisis mundial actual evidencia que una jerarquía formada por clérigos ya no es válida como fundamento y justificación de la estructura institucional de la Iglesia católica y su autoridad”.

Somos Iglesia aprecia las actuaciones recientes del Papa para combatir la pederastia en la Iglesia. Pero la tragedia de Benedicto XVI reside en que estas iniciativas han empezado a activarse demasiado tarde, con demasiada timidez y no reciben suficiente apoyo de todos los cardenales, obispos y en la Curia romana. Hoy cosecha lo que sembró cuando en el 2001, como Prefecto de la Congregación para la Doctrina y la Fe (CDF), ordenó a todos los obispos de la Iglesia universal que ocultaran a las autoridades civiles los casos de abusos sexuales contra menores cometidos por miembros del clero limitándose a informar a dicha congregación.

Josef Ratzinger, quien asumió en las últimas tres décadas la máxima responsabilidad institucional en la definición de la doctrina oficial católica, carga en última instancia con la culpa por el fracaso de la Iglesia en responder adecuadamente a los desafíos de nuestro tiempo. Ignoró con determinación las preocupaciones que le presentaron obispos, teólogos y muchos feligreses laicos del mundo entero en múltiples ocasiones. Su hostilidad fue particularmente clara frente a la teología de la liberación. El primer quinquenio de su pontificado evidencia cada día más la debilidad fundamental de la estructura de la Iglesia católica romana – su constitución jerárquica en “sociedad bi-clasista” compuesta por sacerdotes por un lado y laicos por el otro, así como el centralismo romano que no le concede a las iglesias locales prácticamente ninguna autonomía.

La resistencia explícita a todo tipo de acto bélico, que caracterizó a Juan Pablo II, ha sido abandonada por Benedicto XVI. Ha mostrado gran amabilidad con el ex – Presidente George W. Bush cuando han coincido, a pesar de ser éste responsable del ataque a Irak en completa infracción del Derecho internacional. El Papa debería retornar a una resistencia enérgica contra los responsables de los estados que consideren la guerra como medio legítimo para resolver conflictos entre los diferentes pueblos. Debería pronunciarse contundentemente a favor del desarme global y en contra del comercio de armas.

“El escándalo que causó en la Iglesia a nivel mundial la decisión solitaria del Papa, síntoma de una falta total de respeto al principio de colegialidad, de levantar la excomunión de cuatro obispos de la Sociedad de Sacerdotes Pío X, fue recibida como clara señal de la relativización del Concilio Vaticano II lo cual conmocionó profundamente a la Iglesia” declara Pedro Freitas de Somos Igreja en Portugal, quien asumirá próximamente la Coordinación del Movimiento Internacional Somos Iglesia.

“La extrema centralización del poder y el total desacato del principio de subsidiaridad en la Iglesia que han caracterizado el pontificado de Benedicto XVI hasta la fecha, tienen consecuencias alarmantes y son responsables en gran medida de los crecientes desafíos a los que tienen que hacer frente las Iglesias locales: el aumento de la escasez de vocaciones a un tipo de sacerdocio anticuado así como la cada vez mayor deserción de fieles que dejan la Iglesia”.

El Movimiento Internacional Somos Iglesia apoya con determinación la Carta Abierta a los Obispos de Hans Küng. En ella les anima a que presionen para que haya reformas. Somos Iglesia insta a todos los fieles a enviar correos electrónicos y cartas a sus obispos y a los nuncios expresando su apoyo a la Carta Abierta de Küng. La presente crisis y la inadecuación de la respuesta que le dan las autoridades eclesiales, evidencian la urgencia sin precedentes de reformas estructurales conformes al espíritu del Concilio Vaticano II que Somos Iglesia viene reclamando desde hace 15 años. No pueden seguir posponiéndose:

1. El pueblo de Dios debe participar, a todos los niveles de la Iglesia, en la toma de decisiones para que puedan darse las innovaciones necesarias que respondan adecuadamente a los desafíos de nuestro tiempo. Los fieles deben participar en la elección de sus obispos. De no ser así Roma seguirá nombrando obispos más preocupados por defender la institución que por cuidar a su pueblo.

2. La misoginia en la Iglesia debe acabarse. Las mujeres deben ser admitidas en todos los ministerios eclesiales los cuales deberán transformarse en ministerios de servicio dejando de ser ministerios de ejercicio de poder.

3. El celibato deberá ser opcional, para que el amor marital deje de ser tabú para el clero.

4. Deberán reconocerse los avances realizados por las ciencias humanas en el campo de la moral sexual y se respetará el principio de la primacía de la conciencia individual informada.

5. El Evangelio deberá ser proclamado como invitación a la vida en plenitud en vez de servir como medio para amonestar a las personas intimidándolas.

El Papa Benedicto debería entender la creciente critica mundial a su pontificado como expresión de una profunda preocupación por el bienestar de toda la Iglesia. Pues el mismo Derecho Canónico
estipula en el Can. 212: “ § 2. Los fieles tienen derecho a manifestar a los Pastores de la Iglesia sus necesidades, principalmente las espirituales, y sus deseos. § 3. Tienen el derecho, y a veces incluso el deber, en razón de su propio conocimiento, competencia y prestigio, de manifestar a los Pastores sagrados su opinión sobre aquello que pertenece al bien de la Iglesia y de manifestar a los demás fieles, salvando siempre la integridad de la fe y de las costumbres, la reverencia hacia los Pastores y habida cuenta de la utilidad común y de la dignidad de las personas.”

Información sobre IMWAC:

El Movimiento internacional Somos Iglesia fue creado en Roma en 1996 y está presente en más de 20 países en todos los continentes y tiene lazos con organizaciones afines en el mundo entero. Somos Iglesia es un movimiento internacional dentro de la Iglesia católica comprometido con su renovación sobre la base del Concilio Vaticano II (1962-1965), Nació en Austria con un manifiesto eclesial que se realizó en respuesta al escándalo de pederastia provocado por el entonces Cardenal de Viena, Mons. Hans-Hermann Groer.

Contactos:

  • Austria: Hans Peter Hurka   +43-650-315 42 00   hans_peter.hurka@gmx.at
  • Belgium: Edith Kuropatwa-Fèvre   +32-(0)-2-567-09-64   ekf.paves@happymany.net
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  • Chile: Enrique Orellana   +56-697 9575 lapazesobradelajusticia@yahoo.com
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La última cena

La última cena

La palabra significa comidas Cena (protestantes y no emplear el término Cena o Santa Comunión, sino que también habla de la Eucaristía, la comunión, la Cena del Señor). Este es el nombre dado a la comida comunitaria instituida por Jesucristo, la noche antes de su muerte: “Haced esto en memoria mía.” Compartiendo el pan y el vino, esta comida se celebra por la comunidad durante el culto. La Última Cena es un sacrificio ofrecido a Dios, sino una comida que el mismo Señor invita a los cristianos y se les ofrece. Todo cristiano está invitado a la Sagrada Comunión, con independencia de su Iglesia.

De la “Celebración de la Capellanía Protestante folleto del Señor.

Para leer más:

La primera comunión

Poco antes de su detención y antes de su muerte, Jesús compartió una última cena con sus discípulos. Es hora de la mayor fiesta judía, la Pascua, que celebra la liberación de los israelitas de su esclavitud en Egipto y su partida a la Tierra Prometida. Fue durante esta comida que Jesús instituyó la Santa Comunión (América Coen, comidas).

Al informar de que había “recibido del Señor, el apóstol Pablo escribe:

“La noche en que fue entregado, el Señor tomó pan, dio gracias, partió el pan y dijo: Esto es mi cuerpo entregado por vosotros. Haced esto en memoria mía. El almuerzo terminó, hizo lo mismo con la copa, diciendo: Esta copa es la Nueva Alianza en mi sangre. Cada vez que usted va a beber, haced esto en memoria de mí. Porque cada vez que coméis este pan y bebéis esta copa, anunciáis la muerte del Señor hasta que “Él viene a” (1 Corintios 11, 23-26).

Estas palabras de Jesús nos recuerdan el regalo que nos dio de su muerte y resurrección con el fin de liberarnos del pecado (viernes) y nos permiten vivir una vida renovada (Semana Santa). Ellos fortalecen nuestra esperanza de su venida.

Después de la Resurrección, los primeros cristianos a celebrar esta comida todos los domingos. Todos los domingos, el día de la Resurrección de Cristo, en obediencia a su fin, recuerdan la comida por la obra de Cristo y renovar su fuerza en la comunión de la vida de Cristo.

La celebración de la Sagrada Comunión

Las historias se refieren a la institución de la Cena del Señor son las bases para la celebración. Estos son: 1 Corintios 11, 23-26; Marcos 14, 12-25, y Mateo 26, 17-29, Lucas 22, 17-20; Juan 13, 1-2. Esta celebración incluye las cuatro acciones de Cristo:

Ofrenda. El pan y el vino, fruto de la tierra y el trabajo humano, se ofrecen a Dios: Ellos son el símbolo de todo lo que la comunidad quiere ofrecer.

La oración de acción de gracias. Esta oración expresa su gratitud a Dios por su amor en Cristo Jesús. Culmina con la aclamación “Santo, santo, santo es el Señor, el Todopoderoso, la tierra entera está llena de su gloria (Isaías 6:3). Bendito sea el que viene en el nombre del Señor. Hosanna “(Marcos 11: 9-10).

La historia de la institución de la Eucaristía. Después de un momento de silencio, en señal de respeto y el tiempo de preparación interior, recordemos, en las palabras de Jesús que habla durante su última comida, su obra de liberación para nosotros.

La solicitud del Espíritu Santo en la comunidad y toda la celebración. La última cena, de hecho, no es una obra puramente humana: El Espíritu Creador realiza lo que Jesús dijo en la institución de la Eucaristía. Impulsado por el Espíritu, la comunidad de comunión. Al comer el Cuerpo y beber la sangre de Cristo, la Iglesia se convierte a su vez el cuerpo de Cristo.

¿Cuál es la importancia de esta comida?

Se ha especulado mucho en el pasado sobre el significado de las palabras “esto es mi cuerpo, mi sangre.” Pero esta cita que los reformistas dicen: “Todo lo que necesitas para saber que es una señal divina, porque carne y sangre son realmente contenidos – cómo y dónde, lo dejó en el cuidado” (Lutero, ” Sermón de la muy venerada y santo sacramento del cuerpo y la sangre de Cristo “, Obras completas, vol 9. Ginebra, Labor et Fides, 1961, pp. 15 ss.). “Por ello es necesario que recibamos la Eucaristía realmente el cuerpo y la sangre de Jesucristo como el Señor no es una comunión (es decir, el cuerpo) y otros (es decir, A.D. sangre). Del mismo modo que distribuye el pan en la mano y el cuerpo de Cristo se nos comunica de manera que estábamos allí, porque los participantes “(Calvino,” tratado poco de la Santa Cena ” la verdadera piedad. Una serie de tratados de Juan Calvino. Ginebra, Labor et Fides, 1986, pp. 127 y ss.).

El significado de la Sagrada Comunión está bien explicado en el texto del acuerdo entre luteranos y reformados: “En la Última Cena, Jesucristo, el que ofrece Cristo resucitado, él mismo como su cuerpo y sangre concederse para la totalidad por la promesa de Su Palabra, el pan y el vino. Se nos da y el perdón de los pecados y nos libera para una nueva vida en la fe. Renueva nuestra confianza necesaria para ser miembros de su cuerpo. Él nos fortalece para servicio de la humanidad. En la celebración de la Eucaristía, proclamamos la muerte de Cristo por el cual Dios ha reconciliado al mundo consigo mismo. Confesamos la presencia del Señor resucitado entre nosotros. En la alegría de la venida del Señor con nosotros, esperan su venida en la gloria “(Leuenberg, 1973).

En la Última Cena, Cristo da a los creyentes. Desde la celebración de la Eucaristía hace presente y nos hace revivir los acontecimientos del Viernes Santo y Pascua. Y como la Cruz hace posible la vida nueva del Resucitado y de la comunión aumentado nuestra vida y la muerte del pecado a la vida de la salvación. La Sagrada Eucaristía renueva nuestra propia existencia. En este sentido, la Cena del Señor no es una comida “para recordar”: Nos hace participar en la vida nueva de Cristo.

Cena y predicar la Palabra de Dios son dos momentos de un único anuncio de la obra de Cristo por nosotros. La predicación y de la comunión cada domingo deben participar, como los reformistas querían.

La Cena del Señor está presidido por el pastor, que actúa en nombre de Cristo, o cualquier otra persona autorizada por la Iglesia para este fin. Con la palabra y el gesto de su siervo, Jesús llama a todos los bautizados (y por tanto también a los niños que recibieron instrucción sobre el significado de la Última Cena) a su comunión. Al llevar la comunión a los enfermos, la Iglesia afirma su solidaridad con los que sufren.

Debido a la Última Cena muestra todo el amor de Dios a los hombres, es sobre todo un momento de alegría. Alegría por haber sido perdonado y acogido, para reunirse por Cristo a su mesa. Y esta alegría es la fuente de gratitud, de acción de gracias (de ahí la eucaristía plazo).

La Cena del Señor y nosotros

Debido a que no habla de Dios en la Cena infinitamente más que lo que vemos, mucho más de lo que podemos comprender. La participación regular en la comunión que nos hace penetrar más en el amor de Dios hacia nosotros. Esto es lo que el reformador Martín Lutero: “Así que se transforman en uno al otro y unido por el amor, sin el cual ninguna transformación puede ocurrir.

De repente, los creyentes se sienten más profundamente cómo su vocación de ser un testimonio vivo y resolvió el amor de Cristo por todos los seres humanos. Perdonó y dio la bienvenida a la mesa no sólo el cristiano pidió perdón por su santa Del mismo modo, a su vez, perdonar a los demás. ¿No estamos, de hecho, todos los miembros de un cuerpo, compartiendo el mismo pan y beber del mismo vaso?

Pero hay más. En la elección de la forma de una comida hecha de pan y vino, Jesús se une a nosotros en nuestra vida cotidiana. La comida es un acto esencial para nuestra supervivencia física. En la Biblia es siempre un lugar de encuentro y comunión, incluso. El pan simboliza el alimento esencial del hombre. El vino simboliza la alegría de la fiesta. En estos periódicos mismo Cristo añade una dimensión adicional: a través de ellos se entrega alimento espiritual, es indispensable para los seres humanos como alimento físico. Para nosotros, para entrar en el gozo de la comida ofrecida, de la cual Cristo es el maestro. Pero los cristianos de diferentes denominaciones se sienten con dolor la imposibilidad de no poder reunirse en la invitación de Cristo.

El don total de Cristo es para nosotros una invitación apremiante a darnos nuestro turno. Para dar a todos los de nuestro ser y nuestras posesiones a Dios y servir a nuestros hermanos y hermanas. La comunión es, pues, una fuente de solidaridad con todos los seres humanos.

Al referirse a nuestra vida cotidiana, la participación en la Eucaristía nos obliga a perseverar en la fe y el amor. La asistencia regular para la celebración de la Palabra y la Santa Comunión se intensifica, se expande, estimula nuestra comunión con Dios y con nuestros vecinos. Nos da una idea del infinito amor y la esperanza de la creación de Dios. Dios no se entregara de manera que, por nuestra parte, vamos a vivir? La última cena no es un apéndice de la vida cristiana. Al dar a la Iglesia de Cristo Jesús quiere que nosotros vayamos a los límites del amor, como él mismo se ha ido.

Este texto fue escrito por A. Reymond y publicado por la Comisión de formación bíblica y teológica de la Iglesia de la Confesión y dAugsbourg la Iglesia reformada de Alsacia y Lorena.

http://www.protestants.org/index.php?id=32549

¿Qué significa comer su cuerpo y beber su sangre?

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La naturaleza de la presencia de Cristo en la Cena del Señor

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La Iglesia Como Misterio Parte 3

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De algunos mitos difundidos sobre el protestantismo (VIII): muchas “iglesias” frente a `la´ Iglesia

De algunos mitos difundidos sobre el protestantismo (VIII): muchas “iglesias” frente a `la´ Iglesia

Suele ser un argumento muy difundido entre católicos, incluso aquellos que tienen cierta instrucción teológica, el de contraponer la existencia de la Iglesia – única y con mayúsculas, en referencia a la católica – con la de otras “iglesias” que, por supuesto, son inferiores.

Lejos de constituir una suma de iglesias enfrentadas, el protestantismo cree en el concepto de iglesia tal y como aparece en el Nuevo Testamento que, dicho sea de paso, es radicalmente distinto del católico.

El término iglesia (ekklesia) originalmente tenía un significado meramente secular. Como su misma etimología indica, ekkesia era el grupo de los llamados o convocados y la traducción que suele encontrarse del término en los clásicos es la de asamblea o congregación. Nunca se utiliza, como en nuestro lenguaje habitual, para referirse a un edificio destinado al culto.

En los evangelios, el término aparece sólo tres veces lo que lleva a pensar que, como en el caso de María, Jesús le daba mucho menos importancia a la cuestión de la que le ha ido otorgando el catolicismo con el paso de los siglos. El uso es no menos revelador. En Mateo 16:18, iglesia es el conjunto universal de aquellos que creen en Jesús como mesías e Hijo de Dios – la piedra sobre la que se levantaría la iglesia – o bien la iglesia o congregación local (Mateo 18:17).

Esos dos usos del término – nunca una institución, nunca una jerarquía, nunca una organización – son los mismos que encontramos en los escritos apostólicos donde la iglesia (ekklesia) es la congregación local o la iglesia universal. Vez tras vez, Pablo habla de la iglesia en Cencreas (Romanos 16:1), de las iglesias de los gentiles (Romanos 16:4), de “todas las iglesias de Cristo” (Romanos 16:16) – curiosa pluralidad que rechina con el concepto católico de iglesia – de “todas las iglesias” (I Corintios 7:17; II Corintios 8:18), de “las iglesias de Dios” (I Corintios 11:16), de “las iglesias de los santos” (I Corintios 14:33), de “las iglesias de Galacia” (I Corintios 16:1), de “las iglesias de Asia” (I Corintios 16:19), de las “iglesias en Corinto” (II Corintios 1:1) o de “las iglesias de Macedonia” (II Corintios 8:1), por citar sólo algunos ejemplos.

Ese uso además no es exclusivamente paulino sino que lo hallamos también en escritos joánicos como el Apocalipsis donde se hace referencia a “las siete iglesias en Asia” (Apocalipsis 1:4 y 11) o a cómo el Espíritu comunica mensajes “a las iglesias” (Apoc 2:7). En todos y cada uno de los ejemplos citados, la iglesia no es otra cosa que la congregación local y, precisamente por eso, existen muchas que están en comunión las unas con las otras. Dicho sea de paso, Pedro no utiliza ni una sola vez el término en sus escritos, circunstancia esta curiosa para alguien que según la teología católica fue el primer papa.

En la mayoría de los casos citados en el Nuevo Testamento, pues, iglesia no es sino la reunión de creyentes y, por eso, existen de manera plural en distintas partes del mundo. Aún más, la pluralidad y la existencia de muchas es una característica netamente apostólica.

El segundo sentido se refiere, como en el caso de Jesús, a una realidad espiritual formada por los verdaderos creyentes y cuya cabeza es no un hombre sucedido por otros hombres a lo largo del tiempo sino el propio Cristo (Efesios 5:23). De manera bien significativa, la abundancia y pluralidad de iglesias no colisiona con la única que no se identifica con ninguna de ellas sino con un ente espiritual cuyos miembros sólo Dios conoce (II Timoteo 2:19).

Sólo cuando se tiene presente la idea que aparece en la Biblia de lo que es la iglesia se puede comprender el concepto protestante de la misma porque es exactamente el mismo. Las denominaciones protestantes creen que las distintas congregaciones son iglesias – y no rivales de la Iglesia única y verdadera – y que la verdadera Iglesia no es una organización o jerarquía sino que está formada por lo que han nacido realmente de nuevo y tiene como única cabeza a Cristo.

En ese sentido, ningún protestante tiene la sensación de estar desprovisto de la Iglesia por no formar parte de la católica ni tampoco piensa que su organización eclesial es la única iglesia en contraposición a las demás. No cae en tan grave error porque conoce lo que afirma el Nuevo Testamento.

Por el contrario, siente que pertenece a la iglesia verdadera – la realidad espiritual cuya única cabeza es Cristo y no un hombre que supuestamente es su vicario – y que es gozosamente libre al no formar parte de una entidad que pretende ser exclusivamente la única Iglesia cuando, en realidad, su realidad es diametralmente opuesta a la que aparece en las Escrituras.

Por lo tanto, lo que muchos católicos contemplan como una desgracia, los protestantes lo viven como un privilegio y lo que, a su vez, muchos católicos ven como un privilegio, los protestantes lo contemplan como una servidumbre humana, contraria a lo enseñado por Jesús y los apóstoles y, por tanto, intolerable.

Esa perspectiva debe ser entendida siquiera para evitar malentendidos como los de creer que se habla de lo mismo cuando, a decir verdad, se utilizan las mismas palabras, pero con contenidos muy diferentes.

Continuará: ¿Vicario de Cristo y Sumo pontífice?

Artículos anteriores de esta serie:

1 Juan Calvino y la Inquisición
2 Enrique VIII y los protestantes ingleses
3 Inglaterra y María la sanguinaria
4 Cisneros ¿precursor de la Reforma?
5 Juan de Valdés y la Reforma en España
6 Juan de Valdés huye de la Inquisición
7 Españoles del siglo XVI con la Reforma

César Vidal es escritor, historiador y teólogo

© C. Vidal, Libertad digital, ProtestanteDigital.com (España).

http://www.protestantedigital.com/new/nowleerarticulo.php?r=314&a=3427

Creo en la Iglesia, que es una, santa, católica y apostólica

Esta monografia, es el concepto catolico romano de Iglesia.Lo posteo para que lo evaluen, lo conozcan,no necesariamente tenemos que estar de acuerdo con todo.Algunas cosas son iguales otras no.
Bendiciones
Paulo Arieu

Creo en la Iglesia, que es una, santa, católica y apostólica

En el Credo profesamos que la Iglesia es una, santa, católica, yapostólica(1). Estos son los llamados atributos, propiedades o notas(2) de la Iglesia. Encontramos en ellos una inagotable cantera de profundización en la verdad acerca de la Iglesia y su misterio. Se trata de cuatro atributos que «inseparablemente unidos entre sí indican rasgos esenciales de la Iglesia y de su misión»(3). En palabras de Yves Congar, quien quiera «comprender qué es la Iglesia deberá preguntarse ante todo qué significa la confesión del Símbolo: “Creo en la Iglesia, una, santa, católica y apostólica»(4).

Con la conciencia de que la Iglesia es una realidad que participa del misterio, y por tanto es inabarcable, queremos en la presente monografía aproximarnos al contenido teológico de sus cuatro atributos. Al ser estudiadas por separado, la unidad de estas cuatro propiedades de la Iglesia se pone aún más de manifiesto. En efecto, «las propiedades de la Iglesia son aún más íntimas, más idénticas a la esencia misma de la Iglesia, de la cual sólo se distinguen por el análisis. Por eso tampoco ellas son separables entre sí»(5).

Nos abocamos a este trabajo en el espíritu del Concilio Vaticano II. Este acontecimiento eclesial ha sido una piedra miliar en la conciencia de la Iglesia sobre sí misma. Precisamente, las enseñanzas conciliares tuvieron como marco la reflexión en torno a la Iglesia, la pregunta «Iglesia, ¿qué dices de ti misma?»(6). Ahora bien, como enseña el Papa Pablo VI, «esta introspección no tenía por fin a sí misma [la Iglesia], no ha sido un acto de puro saber humano ni sólo cultura terrena: la Iglesia se ha recogido en su íntima consciencia espiritual, no para complacerse en eruditos análisis de psicología religiosa, o de historia de su experiencia, o para dedicarse a reafirmar sus derechos, o a formar sus leyes, sino para hallar en sí misma, viviente y operante en el Espíritu Santo, la palabra de Cristo y sondear más a fondo el misterio, o sea el designio y la presencia de Dios, por encima y dentro de sí, y para reavivar en sí la fe, que es el secreto de su seguridad y de su sabiduría»(7).

El trabajo consta de cinco partes. La primera presenta algunas consideraciones en torno a la fe en la Iglesia, y sus bases cristológicas y trinitarias. Las cuatro restantes corresponden a cada uno de los atributos de la Iglesia. Finalmente se recogen las conclusiones del trabajo. En la exposición de los temas somos conscientes de estar dejando de lado cuestiones que hubiéramos querido desarrollar, pero cuya riqueza lamentablemente se traduciría en una extensión que escapa a los parámetros de este trabajo.

El misterio de la Iglesia no se comprende si no es a la luz del misterio del Verbo Encarnado y del misterio de la Trinidad. Una mirada de conjunto al Símbolo de los Apóstoles nos hace ver cómo dentro de la estructura eminentemente trinitaria, la Iglesia está inserta en un lugar elocuente y catequético, a partir del cual el creyente toma consciencia de que «creer que la Iglesia es “Santa” y “Católica”, y que es “Una ” y “Apostólica” (como añade el Símbolo Niceno-constantinopolitano) es inseparable de la fe en Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo»(8). La Constitución dogmática sobre la Iglesia del Concilio Vaticano II, en esta línea, comienza precisamente con una confesión de fe en Cristo, Luz de los pueblos(9), en quien la Iglesia es «como un sacramento, o sea signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano»(10), e inmediatamente después explicita la relación de la Iglesia con el Padre (n. 2) el Hijo (n. 3) y el Espíritu Santo (n. 4). En este sentido, la Lumen gentium dirá con palabras de San Cipriano de Cartago -en cuya teología «la unidad de la Iglesia es uno de los puntos fundamentales»(11)-, que la Iglesia es «un pueblo reunido en virtud de la unidad del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo»(12).

Dios providente preparó un pueblo para obrar la salvación del género humano. En Cristo, con Cristo y por Cristo, nacido de María por nosotros y nuestra salvación, nace el nuevo Pueblo de Dios en el cual, por el don del Bautismo, el Espíritu congrega a los hijos de Dios(13). Por tanto, el misterio de la Iglesia forma parte esencial del misterio cristiano en su conjunto. Su lugar en la economía de la salvación es esencial pues ella es la continuadora de la misión reconciliadora que, por designio del Padre, el Señor Jesús obra con la fuerza del Espíritu Santo. Creer, pues, en la Iglesia no es un asunto opcional para el discípulo de Cristo. Como dice el documento de Puebla, «Jesús señala a su Iglesia como camino normativo. No queda, pues, a discreción del hombre el aceptarla o no sin consecuencias. “Quien a vosotros escucha, a mí me escucha; quien a vosotros rechaza, a mí me rechaza” (Lc 10, 16), dice el Señor a sus apóstoles. Por lo mismo, aceptar a Cristo exige aceptar su Iglesia (Presbyterorum ordinis, 14c). Ésta es parte del Evangelio, del legado de Jesús y objeto de nuestra fe, amor y lealtad. Lo manifestamos cuando rezamos: “Creo en la Iglesia una, santa, católica, apostólica”»(14).

Es, pues, desde esta perspectiva cristológica y trinitaria, en el marco de la economía salvífica, que debemos aproximarnos al estudio de las cuatro propiedades o notas que «emanan de la naturaleza misma de la Iglesia»(15). Como dice el Catecismo de la Iglesia Católica, «es Cristo, quien, por el Espíritu Santo, da a la Iglesia el ser una, santa, católica y apostólica, y Él es también quien la llama a ejercitar cada una de estas cualidades»(16).

La relación íntima de la Iglesia con el Señor Jesús se pone de manifiesto en las “raíces” eminentemente cristológicas de cada uno de los atributos. Para el p. Congar, «se podrían considerar nuestras cuatro propiedades como la expresión, la consecuencia y el fruto de la única mediación de Cristo en el sentido en que habla de ella 1Tim 2, 1-6a: unidad, porque existe un solo mediador; santidad, porque nos restablece y nos introduce en la comunión con el Dios santo; catolicidad, porque es el sacramento eficaz del amor salvífico de Dios hacia todos los hombres y para todo el hombre (cf. 1Tim 2,4); apostolicidad, porque todo procede de Jesucristo, “hombre que se entregó como rescate por nosotros”»(17).

Es importante apuntar una precisión que se percibe claramente en el texto latino del Símbolo de los Apóstoles y ha sido estudiado por diversos autores y recogido en el Magisterio. Rezamos en el citadoSímbolo: Credo in Deum Patrem [.]; in Christum Iesum [.]; in Spiritum Sanctum; y luego se dice: Credo Sanctam Ecclesiam Catholicam. De acuerdo con el Catecismo, «en el Símbolo de los Apóstoles, hacemos profesión de creer que existe una Iglesia Santa (“Credo… Ecclesiam”), y no de creer en la Iglesia para no confundir a Dios con sus obras y para atribuir claramente a la bondad de Dios todos los dones que ha puesto en su Iglesia»(18).

Este no parece ser un asunto baladí pues nos pone de cara a la naturaleza de la fe y de su objeto. La fe, en sentido estricto, se profesa sólo en Dios. Por ello, el creyente puede tener fe sólo en Dios Trinidad de Amor. Tomando la palabra en todo el alcance de su significado, nosotros no creemos ni podemos creer, es decir, no podemos tener fe sino sólo en Dios: Padre, Hijo y Espíritu Santo. El asunto es bien presentado por Henri De Lubac, en cuya opinión «al decir “creo a la Santa Iglesia católica”, nosotros proclamamos nuestra fe no “en la Iglesia”, sino “a la Iglesia”, es decir, en su existencia, en su realidad sobrenatural, en la unidad, en sus prerrogativas esenciales. De igual manera que hemos proclamado nuestra fe en la creación del cielo y de la tierra por Dios Todopoderoso, y en la Encarnación, en la muerte y en la resurrección y en la ascensión de Jesucristo nuestro Señor, así también profesamos que la Iglesia ha sido formada por el Espíritu Santo»(19).

Nos situamos así ante una cuestión esencial: la relación de la Iglesia con el Espíritu Santo, Señor y dador de vida. No en vano el lugar de la Iglesia en el Símbolo de la fe, siguiendo la división ternaria -correspondiente al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo-, se ubica en la parte correspondiente al Espíritu Santo(20). Es Él quien realiza la admirable unión de los fieles en Cristo(21); es Él quien santifica a la Iglesia; es la fuerza que actúa la salvación para todo el hombre y todos los hombres; es el Espíritu quien guarda la fiel transmisión de la enseñanza apostólica, y anima la vida y el apostolado de la Iglesia. El Concilio Vaticano II enseña respecto a la íntima relación entre la Iglesia y el Santo Espíritu: «Consumada, pues, la obra que el Padre confió al Hijo en la tierra (cf. Jn 17, 4), en el día de Pentecostés fue enviado el Espíritu Santo para santificar continuadamente a la Iglesia y dar a todos los creyentes por Cristo el acercarse al Padre en un mismo Espíritu (cf.Ef. 2, 18). Este es el Espíritu de vida, es la fuente de agua que salta hasta la vida eterna (cf. Jn 4, 14; 7, 38-39); por Él vivifica el Padre a los hombres, muertos por el pecado, hasta que resucite en Cristo sus cuerpos mortales (cf. Rom 8, 10-11). El Espíritu habita en la Iglesia y en los corazones de los fieles como en un templo (1Cor. 3, 16; 6, 19) y en ellos ora y da testimonio de su adopción de hijos (cf. Gál 4, 6; Rom 8, 15-16 y 26). Por diversos dones jerárquicos y carismáticos dirige y enriquece con todos sus frutos a la Iglesia (cf. Ef 4, 11-12; 1 Cor 12, 4;Gál 5, 22), a la que guía hacia toda verdad (cf. Jn 16, 13) y unifica en la comunión y en el ministerio. Con la fuerza del Evangelio hace rejuvenecer a la Iglesia, la renueva continuamente y la conduce a la perfecta unión con su Esposo. Porque el espíritu y la Esposa dicen al Señor Jesús: ¡Ven! (cf. Ap 22, 17)»(22)

Para concluir este acápite, debemos señalar que sí existe un sentido en el que se puede decir creo en la Iglesia. La Iglesia es la comunidad de los creyentes en donde se recibe la fe, se vive la fe, se celebra la fe. Por tanto todo católico cree en la Iglesia. Es ése su hábitat de creyente(23). Como decía Tertuliano, «nosotros, pequeños peces, llamados así por el nombre de nuestro “Ictys”, Jesucristo, nacemos en el agua y no podemos conservar nuestra vida de otro modo, sino permaneciendo en ese agua»(24).

El amor de Dios se ha manifestado en Cristo, el Verbo Eterno nacido de María Virgen por obra del Espíritu Santo, muerto y resucitado, sentado a la diestra del Padre, el cual vino para «reunir en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos»(25). Al iniciar este apartado sobre la unidad y unicidad(26) de la Iglesia nos remitimos a las palabras inspiradas del Apóstol de Gentes quien exhorta a «conservar la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz. Un solo Cuerpo y un solo Espíritu, como una es la esperanza a que habéis sido llamados. Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos, que está sobre todos, por todos y en todos»(27). «En efecto, todos los bautizados en Cristo os habéis revestido de Cristo: ya no hay judío ni griego; ni esclavo ni libre; ni hombre ni mujer, ya que todos vosotros sois uno en Cristo Jesús»(28).

La unidad como propiedad de la Iglesia constituye parte esencial de su misterio. Por ello, «en conexión con la unicidad y universalidad de la mediación salvífica de Jesucristo, debe ser firmemente creída como verdad de fe católica la unicidad de la Iglesia por Él fundada»(29). Esta única Iglesia de Jesucristo, «establecida y organizada en este mundo como una sociedad, subsiste en la Iglesia católica, gobernada por el Sucesor de Pedro y por los obispos en comunión con él»(30).

«La Iglesia es una debido a su origen»(31) enseña el Catecismo de la Iglesia Católica. Ya en el s. I, el Papa Clemente Romano, ante los problemas disciplinares de la Iglesia en Corinto, cuestionaba, en clara recepción de la enseñanza paulina, a los perturbadores de la unidad: «¿a qué vienen entre nosotros contiendas y riñas, banderías, escisiones y guerras? ¿O es que no tenemos un solo Dios y un solo Cristo y un solo Espíritu de gracia que fue derramado sobre nosotros? ¿No es uno solo nuestro llamamiento en Cristo?»(32).

Desde los inicios, pues, la Iglesia tiene la autoconciencia de ser una ya que uno solo es Dios, su Señor. La unidad de la Iglesia es en su realidad íntima participación y reflejo de la unidad de Dios Uno y Trino(33): «que sean uno como nosotros somos uno»(34).

Sobre el origen de la unidad de la Iglesia encontramos en la teología patrística diversos testimonios. «A todos los Padres, la unidad se presentaba como una propiedad esencial de la Iglesia, al igual que como un signo de su autenticidad»(35). Por citar algunos casos significativos, San Cipriano de Cartago decía que «hay un solo Dios, un solo Cristo, una sola Iglesia, una sola fe y un solo Pueblo, conjuntado en la sólida unidad de un cuerpo mediante el vínculo de la concordia»(36). San Cirilo de Alejandría por su parte señalaba que «también nosotros, como divididos por subsistir en una naturaleza individual, nos reunimos en Cristo en una unidad espiritual: ¡tenemos una sola alma y un corazón solo!»(37). Recogemos, finalmente, un texto de Clemente de Alejandría que trae el Catecismo de la Iglesia Católica: «¡Qué sorprendente misterio! Hay un solo Padre del universo, un solo Logos del universo y también un solo Espíritu Santo, idéntico en todas partes; hay también una sola virgen hecha madre, y me gusta llamarla Iglesia»(38).

Ahora bien, esta «unidad del Cuerpo Místico de Cristo, unidad sobrenatural, supone una primera unidad natural, la unidad del género humano»(39). Los Padres de la Iglesia igualmente manifiestan esta concepción en la que Dios crea la humanidad para que participe en la comunión con Él. Por el pecado esta unidad se rompe y se cae en el reino de la división y la dispersión. La Encarnación del Hijo de Dios, preparada durante siglos, es la manifestación sublime del amor de Dios que sale en búsqueda de la oveja perdida(40). Entonces Cristo, reúne a los que estaban dispersos por la fuerza de su Espíritu y crea una nueva humanidad; un sólo Cuerpo del que Él es la Cabeza. En este sentido, es enriquecedora la referencia a la teología de larecapitulación, de ecos paulinos(41) y tan querida a San Ireneo(42).

La imagen del Cuerpo -que merecería un tratado aparte por su amplitud e importancia(43)– resulta sumamente significativa para expresar la unidad de la Iglesia, «una con Cristo»(44). San Agustín, por ejemplo, desarrollando la teología del Christus totus decía: «hay muchos hombres y hay un solo Hombre, muchos cristianos y un solo Cristo: estos cristianos, con su Cabeza que subió al cielo, son un solo Cristo. No es Él uno y nosotros muchos, sino que, siendo nosotros muchos en aquel que es uno, somos uno. Luego Cristo es uno: Cabeza y Cuerpo»(45).

Entre muchas otras virtudes, la imagen del Cuerpo en relación con la unidad de la Iglesia tiene la capacidad de expresar una plástica comprensión de cómo la gran riqueza de la diversidad de los miembros del Cuerpo no anula su unidad, pues «hay diversidad de carismas, pero el Espíritu es el mismo; diversidad de ministerios, pero el Señor es el mismo; diversidad de operaciones, pero es el mismo Dios que obra en todos»(46).

De otro lado, es importante señalar que la unidad de la Iglesia se “reproduce” en todas las porciones de la misma que se constituyen con su obispo a la cabeza en lo que se ha dado en llamar iglesias locales o particulares. La diversidad de las mismas, su estar diseminadas por todo el orbe, en nada disminuye la unidad de la Iglesia. Como enseña el Concilio en Lumen gentium, «esta variedad de Iglesias locales, dirigida a un solo objetivo [la unidad] muestra aún con mayor evidencia la catolicidad de la Iglesia indivisa»(47). Se pone así de manifiesto una dimensión de la fecunda relación entre unidad y catolicidad en la vida y misión de la Iglesia.

Leemos en los Hechos de los Apóstoles que los cristianos de la primera comunidad cristiana, en compañía de María, la Madre del Señor, «acudían asiduamente a la enseñanza de los apóstoles, a la comunión, a la fracción del pan y a las oraciones. (.) Todos los creyentes vivían unidos y tenían todo en común»(48). Estas palabras son sumamente significativas pues al tiempo que describen la vida de los primeros cristianos nos ofrecen elementos perennes y esenciales de la unidad de la Iglesia(49). Así, pues, nos aproximaremos brevemente a cada uno de ellos.

El primer vínculo de unidad en el Pueblo de Dios es la profesión de una misma fe recibida de la enseñanza de los Apóstoles(50). «Pregunto si eran una sola cosa por la fe en Dios aquellos que tenían una sola alma y un solo corazón. Ciertamente por la fe»(51). Los primeros siglos de la vida de la Iglesia son copiosos en la reflexión sobre este punto, pues la lucha contra las diversas herejías, cismas u otras rupturas de la unidad, afirmaron la importancia insoslayable de la unidad en la única fe de la Iglesia: «quien no guarda la unidad de la Iglesia, ¿va a creer que guarda la fe? Quien resiste obstinadamente a la Iglesia, quien abandona la cátedra de Pedro, sobre la que está cimentada la Iglesia, ¿puede confiar que está en la Iglesia?»(52).

La fe es central en la vida de la Iglesia. Es principio de unión interna entre los fieles(53). En efecto, todos los cristianos creemos lo mismo, y por la fe nos sabemos unidos en nuestro origen y destino, partícipes de la vida divina en Cristo, llamados a ser hijos en el Hijo. «Con la fe empieza y se desarrolla la comunidad de los creyentes»(54).

Pero la fe es también principio de unidad externa de los creyentes. La fe se transmite, se celebra y se anuncia en la Iglesia. Para ello el Señor Jesús confió a sus Apóstoles el ser “testigos y maestros de la verdad” de palabra y de obra, y éstos eligieron sucesores que hasta el fin de los tiempos garantizan la transmisión fiel de la verdad revelada. El Señor Jesús quiso cimentar esta fe en la fe de Pedro: «pero yo he rogado por ti, para que tu fe no desfallezca. Y tú, cuando hayas vuelto, confirma a tus hermanos”»(55). San Hilario de Poitiers, en un hermoso texto en el que comenta el pasaje de la confesión de Pedro, dice que «sobre esta piedra de la confesión de fe se basa la edificación de la Iglesia. (.) Esta fe es el fundamento de la Iglesia»(56). Ahora bien, esta dimensión externa si bien crea una institución se diferencia de cualquiera existente por Aquel de quien proviene y participa, que es su principio vital; por la misión que ha recibido y por la plenitud de gracia de la que es portadora. En un metafórico texto De Lubac dice que «la Iglesia que brotó del Costado herido de Cristo en el Calvario, y se templó en el Fuego de Pentecostés, avanza como un río y como una llama. Ella nos envuelve a su paso para hacer manar en nosotros nuevas fuentes de agua viva y para encender una nueva llama. La Iglesia es una institución que perdura en virtud de la fuerza divina que ha recibido de su Fundador. Más que una institución, es una Vida que se comunica. Ella pone el sello de la Unidad sobre todos los hijos de Dios que reúne»(57).

El segundo vínculo de unidad que encontramos en la cita de los Hechos de los Apóstoles es la comunión y la fracción del pan. Los cristianos, unidos en una misma fe, celebran la fe, creando lazos de comunión que se expresan en un mismo culto, en cuyo centro está Dios. El culto se realiza plenamente en los sacramentos. «En la Liturgia de la Nueva Alianza, toda acción litúrgica, especialmente la celebración de la Eucaristía y de los sacramentos, es un encuentro entre Cristo y la Iglesia. La asamblea litúrgica recibe su unidad de la “comunión del Espíritu Santo” que reúne a los hijos de Dios en el único Cuerpo de Cristo»(58).

La celebración Eucarística merece especial atención pues es la realización plena de la unidad de Dios con el hombre y de los hombres entre sí. Es el «sacramento de la unidad perfecta»(59) en el que, con Pedro y los obispos en comunión con él, el Pueblo de Dios participa de la vida divina, fortalece los lazos entre los fieles uniéndolos en un mismo Cuerpo. El Catecismo llega a decir, en este sentido, que «la Eucaristía hace la Iglesia»(60).

Finalmente, como tercer vínculo de unidad, está la unidad en la caridad. Santo Tomás señalaba precisamente como tercer elemento de la unidad de la Iglesia «la unidad de la caridad, porque todos los cristianos se unen en el amor de Dios y entre sí en el amor mutuo»(61). Es el Espíritu de Dios quien suscita y anima la caridad entre los fieles, cuyo fruto es la unidad entre los miembros del Cuerpo. Por ello «si sufre un miembro, todos los demás sufren con él. Si un miembro es honrado, todos los demás toman parte en su gozo»(62). Esta dimensión de la unidad de la Iglesia tiene inocultables consecuencias en las relaciones entre los cristianos que podrían expresarse como el llamado a vivir lacomunión y el servicio como fruto y manifestación de la caridad. Cabe recordar, en este sentido, que el mismo Señor Jesús puso el amor fraterno como signo de la unidad de sus discípulos: «Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros. Que, como yo os he amado, así os améis también vosotros los unos a los otros. En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os tenéis amor los unos a los otros”»(63).

El servicio como concreción de la unidad en la caridad encuentra una dimensión fundamental en la autoridad. Enseña al respecto el Concilio Vaticano II que «para apacentar el Pueblo de Dios y acrecentarlo siempre, Cristo Señor instituyó en su Iglesia diversos ministerios, ordenados al bien de todo el Cuerpo. Pues los ministerios que poseen la sacra potestad están al servicio de sus hermanos, a fin de que cuantos pertenecen al Pueblo de Dios y gozan, por tanto, de la verdadera dignidad cristiana, tendiendo libre y ordenadamente a un mismo fin, alcancen la salvación»(64).

«Pero vosotros sois linaje elegido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido, para anunciar las alabanzas de Aquel que os ha llamado de las tinieblas a su admirable luz»(65). Estas palabras de San Pedro nos introducen al segundo atributo de la Iglesia: la santidad. En efecto, la Iglesia fundada por el Señor Jesús sobre Pedro, la Roca, «creemos que es indefectiblemente santa»(66).

El atributo de santidad de la Iglesia es tal vez el más antiguo en el testimonio de la Tradición y nunca ha faltado en el Credo. Hacia el año 110 d.C. Ignacio de Antioquía dirige una de sus cartas «a la santaIglesia de Trales»(67). San Hipólito de Roma, en el año 220, introduce en la fórmula bautismal la pregunta «¿Crees en el Espíritu Santo y en la santa Iglesia?»(68). A partir de los Símbolos de Jerusalén(69) y el llamado Símbolo de Epifanio(70) estará presente en todas las siguientes profesiones de fe.

Ante todo vale la pena recordar brevemente el contenido del términosantidad en la Sagrada Escritura(71), pues si bien la expresión Iglesiasanta no se encuentra exacta en la Escritura, sin embargo «los orígenes de la expresión son ciertamente bíblicos, como lo son también su sentido y contenido fundamental»(72) y así fue recepcionado por la Tradición(73).

En el Antiguo Testamento, el Santo por excelencia es Dios, «”Santo, santo, santo, Yahveh Sebaot»(74). De modo análogo se predica la santidad de toda persona que está consagrada a Él. Es, pues, Dios mismo la fuente de la santidad: «Porque yo soy Yahveh, vuestro Dios; santificaos y sed santos, pues yo soy santo»(75). De otro lado, la santidad también se dice análogamente de todo objeto que estáseparado para el culto divino. En el Nuevo Testamento, el Santo es Dios, Padre(76), Hijo(77) y Espíritu Santo. Es Dios tres veces Santo como lo proclama el vidente del Apocalipsis(78). El ser humano essanto en la medida en que participa de la santidad del Único Santo, y está consagrado a Dios en Cristo, en quien «nos ha elegido antes de la fundación del mundo, para ser santos e inmaculados en su presencia, en el amor»(79). Se pone así de manifiesto una dimensión más interior de la santidad en donde «el santo es aquel que no solamente está consagrado a Dios sino que está unido a Él por la pureza de su vida, la práctica de la virtud y la lucha contra el mal»(80).

De esta forma nos situamos en el meollo de la respuesta a la pregunta por la santidad de la Iglesia. San Pablo lo expresa de esta manera: «Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, purificándola mediante el baño del agua, en virtud de la palabra, y presentársela resplandeciente a sí mismo; sin que tenga mancha ni arruga ni cosa parecida, sino que sea santa e inmaculada»(81). Es, pues, el Señor Jesús el origen y centro de la santidad de la Iglesia(82). En este sentido es muy elocuente el uso neotestamentario del apelativo de santos para los miembros de la Iglesia de Cristo(83).

Al hablar de la santidad de la Iglesia distinguimos dos dimensiones en las cuales podemos predicar que la Iglesia es santa. Se habla de la «santidad de los principios» y de la «santidad de los miembros»(84), o también de la santidad que se da en la «Ecclesia congregans» y en la«Ecclesia congregata»(85). «Nosotros, en efecto, profesamos que la Iglesia es santa -credo sanctam Ecclesiam- y que ella es la Iglesia de los santos -Ecclesia sanctorum-; (.) diciendo siempre en relación a Aquel que es el “único Santo”, que ella es por una parte la Iglesia santificadora y por otra la Iglesia santificada por el Espíritu Santo, o la Iglesia de los santificados, lo cual equivale a decir la Iglesia de aquellos que fueron “llamados a ser santos”, y llegaron efectivamente a serlo en Cristo»(86).

La Iglesia es santa, ante todo por don de Dios, en lo que podríamos llamar sus «principios». En efecto, la Iglesia ha recibido de lo Alto «el depósito de la fe, los sacramentos de la fe y los ministerios correspondientes. Estas realidades son santas en sí mismas por proceder de Dios y apuntan a la santidad»(87). En Cristo, que «es autor y causa de santidad»(88), estos principios de santidad son esencialmente santificadores para el ser humano. La Iglesia, «está santificada por Él; por Él y con Él, ella también ha sido hechasantificadora»(89).

La Iglesia es así sacramento universal de salvación, continuadora de la misión del Señor Jesús hasta la consumación de los tiempos. Ella recibe, pues, los medios de santificación a través de los cuales Dios, en Cristo, continúa obrando la salvación de los hombres y los santifica por la fuerza del Espíritu Santo.

El papel del Espíritu Santo en esta obra es esencial. Algunos Padres de la Iglesia llegaron a denominarlo alma de la Iglesia(90). El Concilio Vaticano II pone esta relación de manifiesto aproximándose de manera muy cauta y precisa a este tema: «para que incesantemente nos renovemos en Él (cf. Ef 4, 23), nos ha hecho participantes de su Espíritu que, siendo uno mismo en la Cabeza y en los miembros, de tal forma vivifica, unifica y mueve todo el cuerpo, que su operación pudo ser comparada por los Santos Padres con la que el principio de la vida, el alma, realiza en el cuerpo humano»(91).

«Así pues, ya no sois extraños ni forasteros, sino conciudadanos de los santos y familiares de Dios, edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, siendo la piedra angular Cristo mismo, en quien toda edificación bien trabada se eleva hasta formar un templo santo en el Señor, en quien también vosotros estáis siendo juntamente edificados, hasta ser morada de Dios en el Espíritu»(92). Estas palabras de San Pablo nos sitúan ante la segunda dimensión de la santidad de la Iglesia. Hemos sido elegidos en Cristo para ser templos santos del Espíritu. «Los fieles todos, de cualquier condición y estado de vida que sean, fortalecidos por tantos y tan poderosos medios, son llamados por el Señor, cada uno por su camino, a aquella perfección de la santidad por la que el mismo Padre es perfecto»(93). La vocación a la santidad, como lo ha recordado el Concilio Vaticano II(94), es universal pues «ésta es la voluntad de Dios: vuestra santificación»(95).

Ahora bien, esta dimensión de la santidad exige de los miembros de la Iglesia una activa cooperación. Renacidos en Cristo por el Bautismo debemos hacer germinar la semilla de santidad sembrada en nuestro corazón, abriéndonos a la fuerza vivificante del Espíritu Santo que actúa en la Iglesia. Se da, pues, una maravillosa armonía entre la gracia del Único Santo y la libertad del ser humano. Al hablar de la «Iglesia de los santos», esta segunda dimensión que es fruto y fin de la primera, estamos, pues, ante una realidad en la que es indispensable el concurso de cada individuo. Pío XII lo expresaba maravillosamente cuando señalaba el error de aquellos que «pretenden deducir de nuestra unión mística con Cristo una especie de quietismo disparatado, que atribuyen únicamente a la acción del Espíritu divino toda la vida espiritual del cristiano y su progreso en la virtud, excluyendo -por lo tanto- y despreciando la cooperación y ayuda que nosotros debemos prestarle. Nadie, en verdad, podrá negar que el Santo Espíritu de Jesucristo es el único manantial del que proviene a la Iglesia y sus miembros toda virtud sobrenatural. (.) Sin embargo, el que los hombres perseveren constantes en sus santas obras, el que aprovechen con fervor en gracia y en virtud, el que no sólo tiendan con esfuerzo a la cima de la perfección cristiana sino que estimulen también en lo posible a los otros a conseguirla, todo esto el Espíritu celestial no lo quiere obrar sin que los mismos hombres pongan su parte con diligencia activa y cotidiana. Porque los beneficios divinos -dice San Ambrosio- no se otorgan a los que duermen, sino a los que velan»(96).

Esta dimensión de la santidad de la Iglesia en ningún sentido debe confundirse con la creencia en una Iglesia de los puros, o de un grupo de santos predestinados en el sentido donatista. «Cuando las primeras generaciones cristianas, adoptando un término bíblico y paulino, hablaron de “la Iglesia de los santos”, no es que se forjaran el concepto orgulloso de una Iglesia, grande o pequeña, en la que sólo los puros tenían cabida»(97). La clave está formulada por el Catecismo al señalar la perspectiva escatológica que acompaña esta dimensión: «”La Iglesia, en efecto, ya en la tierra se caracteriza por una verdadera santidad, aunque todavía imperfecta” (Lumen gentium, n. 48). En sus miembros, la santidad perfecta está todavía por alcanzar»(98). Podemos señalar tal vez que ésta es una de las dimensiones de la Iglesia en donde se puede ver con claridad cómo vive inmersa en la dinámica del ya pero todavía no.

Son éstas, pues, dos dimensiones de la única Iglesia de Cristo que nos permiten aproximarnos al significado de su ser santa. En ningún sentido significan separación. Ambas le son esenciales. Como lo indica bien el nombre, son dimensiones de una única realidad. Terminamos citando unas bellas palabras del p. De Lubac que recapitulan bien la cuestión: «la Iglesia -dice el teólogo francés- es un poder de reconciliación al mismo tiempo que la familia de todos los reconciliados»(99).

El nacimiento a la vida nueva en el Bautismo nos ha hecho «santos e inmaculados ante Él»(100). Pero, esta realidad no suprime la debilidad de nuestra condición caída en el pecado original ni la inclinación al mal. Por ello el cristiano está en lucha permanente por su conversión, despojándose de todo lo que es muerte y adhiriéndose a la vida verdadera, de modo que con la fuerza de la gracia se acerque al horizonte de plenitud en la caridad al que es invitado por el Señor. Así, pues, la Iglesia santa y divina porque divina es su Cabeza, está compuesta por hombres pecadores. A semejanza de su Señor, que vino a redimir a los pecadores(101), «la Iglesia congrega a pecadores alcanzados ya por la salvación de Cristo, pero aún en vías de santificación»(102).

El pecado reside en los miembros de la Iglesia quienes son llamados a purificarse sin cesar en Cristo Cabeza. Por ello, «la Iglesia encierra en su propio seno a pecadores, y siendo al mismo tiempo santa y necesitada de purificación, avanza continuamente por la senda de la penitencia y la purificación»(103), hasta que al final de los tiempos la Luz de Cristo brille con todo su esplendor en su rostro. La perspectiva económica de la salvación, tan presente en los Padres, permite comprender cómo es que la Iglesia es santa y está a la vez en tensión de santidad, hasta la consumación de los tiempos.

3.4. María toda santa

La Inmaculada Virgen María es modelo y figura de la Iglesia en el orden de la fe, la caridad y la conformación perfecta con su Hijo(104). En María «la Iglesia es ya enteramente santa»(105), pues sólo ella ha realizado ya en su persona la santidad de la Iglesia, por lo que puede ser llamada cumplimiento escatológico de la Iglesia(106).

Dado que «la Iglesia ha alcanzado en la Santísima Virgen la perfección»(107), los miembros de la Iglesia que aún luchan por crecer en la santidad levantan esperanzados sus ojos a María. Ella es la Stella Maris que intercede sin cesar por sus hijos, «a cuya generación y educación coopera con amor materno»(108). Por todo ello, «la santa Iglesia venera con especial amor a la bienaventurada Madre de Dios, la Virgen María, unida con un vínculo indisoluble a la obra salvadora de su Hijo; en ella mira y exalta el fruto excelente de la redención y contempla con gozo, como en una imagen purísima, aquello que ella misma, toda entera, desea y espera ser»(109).

Creemos que la Iglesia que es una y santa, es católica. La catolicidad es una propiedad de la Iglesia de Cristo que integra dinámicamente una variedad de significados. Esto hace que no se pueda dar una única definición de lo que significa que la Iglesia sea católica, y a la vez ofrece una gran riqueza en la comprensión del ser y misión de la Iglesia.

Al hablar de la catolicidad de la Iglesia debemos tener presente que no se trata sólo de un adjetivo que califica la manifestación histórica o geográfica de la Iglesia, como tal vez sea la acepción más difundida. Estamos ante una propiedad que es propia de su naturaleza íntima y que por tanto nos remite al origen de su ser y su misión, el Señor. «Como la santidad la catolicidad es un principio intrínseco a la Iglesia»(110).

La expresión «católico», que proviene del griego katholikos, no aparece en la Sagrada Escritura, «aunque la realidad aparece de modo inequívoco en los datos fundamentales de la Iglesia de Cristo»(111). El término en griego se aplica a lo general, designa lo universal(112).

La primera vez que aparece en relación a la Iglesia parece ser en la Carta a los Esmirniotas de San Ignacio de Antioquía. «Donde quiera apareciere el obispo -dice el santo mártir-, allí esté la muchedumbre, al modo que dondequiera estuviere Jesucristo allí está la Iglesia universal (katholiké Ekklesía(113). Posteriormente la expresión aparece también en el Martirio de Policarpo(114). San Ireneo no utiliza la palabra aunque la idea está presente en su obra(115), mientras que Clemente de Alejandría y Tertuliano sí la recogen en sus escritos. Desde el s. III el uso del término se encuentra ya difundido y se va cargando de gran riqueza de sentido, que pasará luego al uso de la escolástica.

En lo Símbolos la expresión se emplea como una de las notas de la verdadera Iglesia. En los llamados Símbolos primitivos la expresión la encontramos en el papiro Dêr-Balyzeh, en Egipto(116); luego en el Símbolo comentado por San Cirilo(117) y en el de Epifanio(118), y definitivamente en el Símbolo nicenoconstantinopolitano(119). En Occidente, la expresión habría aparecido en el s. V según testimonio del obispo Nicetas de Remesiana(120).

En vistas a aproximarnos «entre las diferentes acepciones de catolicidad, a aquella que responde directamente al artículo de fe:Credo Ecclesiam catholicam, se hace necesario (.) consultar el uso de la tradición»(121). Hemos considerado oportuno aproximarnos en primer lugar al sentido del término a través de dos testimonios elocuentes de la época patrística, para luego abocarnos al sentido que encuentra hoy en Iglesia a través del Catecismo de la Iglesia Católica.

El citado texto de San Ignacio de Antioquía es punto de partida. Diversos autores encuentran ya allí la presencia de dos sentidos del término católico aplicado a la Iglesia. De un lado, estaría launiversalidad de la Iglesia, en cuanto totalidad -cuya Cabeza es Cristo- relativa a la particularidad de las Iglesias locales -con sus obispos a la cabeza-. «Los obispos (.) no son sino sus representantes y delegados [de Cristo]»; y «las comunidades locales encuentran su realidad, su vida, su fuerza en la medida en que forman parte de la Iglesia universal»(122). De otro lado, en este texto «la

expresión “Iglesia católica” no significa solamente un valor de totalidad, sino, además, un valor de verdad, de autenticidad»(123). Así, concluye Congar, «a partir de fines del siglo II, “católica” aparece frecuentemente aplicado a la Iglesia en el sentido de verdadera Iglesia»(124).

El segundo testimonio es el de San Cirilo de Jerusalén (s. IV), quien recoge otros sentidos del término: «La Iglesia se llama católica o universal porque está esparcida por todo el orbe de la tierra, del uno al otro confín, y porque de un modo universal y sin defecto enseña todas las verdades de fe que los hombres deben conocer (.); también porque induce al verdadero culto a toda clase de hombres (.); y, finalmente, porque cura y sana toda clase de pecados sin excepción, tanto los internos como los externos; ella posee todo género de virtudes, cualquiera sea su nombre, en hechos y palabras y en cualquier clase de dones espirituales»(125).

Encontramos hasta cinco sentidos en este texto: 1) el término recoge la extensión geográfica de la Iglesia; 2) la posesión de toda la verdad de la fe; 3) la capacidad de congregar a todo ser humano para el culto; 4) la capacidad para sanar todo mal en el hombre; 5) la posesión de toda virtud y toda clase de dones espirituales. Todos ellos, sin embargo, están en relación con la idea de universalidad, aplicada a diversas realidades de la Iglesia y su acción.

Esta época, pues, legará a la teología sobre la Iglesia estos dos sentidos fundamentales -universalidad y autenticidad (ortodoxia) de la Iglesia-, los cuales serán recogidos por los mayores representantes de la escolástica.

Es importante señalar que desde el inicio el sentido de la extensión geográfica no es exclusivo ni el más significativo. Como dice De Lubac, «la Iglesia no es Católica porque esté extendida por todo el mundo y pueda reunir gran número de miembros. Ella ya era Católica en la mañana de Pentecostés, cuando todos sus miembros podían ser contenidos en una pequeña habitación»(126).

«La Iglesia es católica en un doble sentido»(127) dice el Catecismo. Éstos son:

– es católica porque Cristo está presente en ella y le confiere la plenitud de los medios de salvación: confesión de una fe recta y completa, vida sacramental íntegra y ministerio ordenado en la sucesión apostólica. En este sentido, era ya católica en Pentecostés;

– es católica porque ha sido enviada por Cristo a la totalidad del género humano a cumplir su misión. Sobre este punto el Catecismo cita la primera parte del n. 13 de Lumen gentium, párrafo dedicado a la catolicidad de la Iglesia.

Como consecuencia de todo esto, el Catecismo(128) señala que cada una de las Iglesias particulares es católica, pues en ella está presente Cristo, quien constituye a la única Iglesia santa, católica y apostólica. En ningún sentido se debe, por tanto, entender que la Iglesia universal es la suma de todas las Iglesias particulares(129).

La misión de la Iglesia es una exigencia de su ser católica(130). «La Iglesia, enviada por Dios a las gentes para ser “sacramento universal de salvación”, por exigencia de su misma catolicidad, obedeciendo al mandato de su Fundador, se esfuerza por anunciar el Evangelio a todos los hombres»(131). En el cumplimiento de su misión evangelizadora, la Iglesia actualiza todas las dimensiones de su ser católica. En este sentido, su misión toca lo más íntimo de su naturaleza y la pone en contacto con el origen trinitario de todo lo que ella es y hace: «La Iglesia peregrinante es misionera por su naturaleza, puesto que procede de la misión del Hijo y de la misión del Espíritu Santo, según el designio de Dios Padre»(132). Responder, pues, al impulso evangelizador no es para el hijo de la Iglesia algo facultativo. En última instancia se trata de ser fiel al designio salvífico de Dios «nuestro Salvador, que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad»(133).

Esto nos pone de cara a dos temas de gran importancia que queremos mencionar, aunque sea brevemente y que se pueden plantear a partir de dos preguntas: ¿hay salvación fuera de la Iglesia? Y, ¿Cómo se relaciona la universalidad de la Iglesia con la pluralidad de culturas y realidades humanas en las que desde el inicio se ha encarnado?

En relación a lo primero, el Catecismo de la Iglesia Católica aborda la cuestión y enseña: «¿Cómo entender esta afirmación tantas veces repetida por los Padres de la Iglesia? Formulada de modo positivo significa que toda salvación viene de Cristo-Cabeza por la Iglesia que es su Cuerpo: “El santo Sínodo… basado en la Sagrada Escritura y en la Tradición, enseña que esta Iglesia peregrina es necesaria para la salvación. Cristo, en efecto, es el único Mediador y camino de salvación que se nos hace presente en su Cuerpo, en la Iglesia. Él, al inculcar con palabras, bien explícitas, la necesidad de la fe y del bautismo, confirmó al mismo tiempo la necesidad de la Iglesia, en la que entran los hombres por el bautismo como por una puerta. Por eso, no podrían salvarse los que, sabiendo que Dios fundó, por medio de Jesucristo, la Iglesia católica como necesaria para la salvación, sin embargo, no hubiesen querido entrar o perseverar en ella” (Lumen gentium, n. 14)»(134).

Esto no impide comprender que aquellos «que sin culpa suya no conocen el Evangelio de Cristo y su Iglesia, pero buscan a Dios con sincero corazón e intentan en su vida, con la ayuda de la gracia, hacer la voluntad de Dios, conocida a través de lo que les dice su conciencia, pueden conseguir la salvación eterna»(135).

La respuesta a la segunda pregunta se encuentra en el tema de lainculturación del Evangelio. Se trata de una realidad tan antigua como la Iglesia misma que «significa una íntima transformación de los auténticos valores culturales mediante su integración en el cristianismo y la radicación del cristianismo en las diversas culturas»(136). La aproximación a la cultura y las culturas del hombre exige aquella estima, respeto y discernimiento que, desde los tiempos de los Apóstoles, distinguía la actitud misionera y del misionero. San Pablo en su discurso en el areópago da una muestra clara de ello(137) y en la tradición se encuentran numerosas muestras de esta realidad. «Al desarrollar su actividad misionera entre las gentes -dice el Papa Juan Pablo II-, la Iglesia encuentra diversas culturas y se ve comprometida en el proceso de inculturación. Es ésta una exigencia que ha marcado todo su camino histórico»(138). Fruto del encuentro de la fe y la cultura y las culturas del ser humano, se opera una transformación de la cultura misma en cuanto realidad humana, pues en ese encuentro se plenifica en la verdad. Al abrirse a la fe, que es católica y por lo tanto universal, los valores de cada cultura participan de esa dimensión, alcanzando una proyección desconocida hasta haber sido evangelizadas.

La apostolicidad es la cuarta y última de las propiedades o notas que en el Credo profesamos con respecto a la Iglesia. Como se ha indicado, se encuentra ya presente en el Símbolo de Epifanio(139) y definitivamente en el nicenoconstantinopolitano(140). La apostolicidad de la Iglesia es -en expresión de Von Balthasar- como el esqueleto sin el cual el Cuerpo del Señor no se puede sostener(141). Esto nos da una idea cierta de la importancia estructural de este aspecto en la identidad y misión de la Iglesia(142). Ahora bien, como señala el mismo teólogo, no se trata sólo de una «nuda successio»(143). La apostolicidad de la Iglesia hunde sus raíces en su origen divino, y se proyecta en su misión por todos los siglos. «Desde ahora podemos presentir que la apostolicidad no consiste en una mera estructura externa, es decir en la identidad de doctrinas e instituciones, sino en que, al igual que la unidad de la Iglesia, la apostolicidad tiene por principio interior al Espíritu Santo»(144).

Congar ofrece una suerte de definición sugerente de citar al comenzar este acápite: «La apostolidad -dice el teólogo dominico- es la propiedad merced a la cual conserva la Iglesia a través de los tiempos la identidad de sus principios de unidad tal como los recibió de Cristo en la persona de los apóstoles»(145)

A esta pregunta el Catecismo de la Iglesia Católica responde: «la Iglesia es apostólica porque está fundada sobre los apóstoles»(146). Esta respuesta nos remite a los orígenes, a la fundación de la misma Iglesia.

«Como el Padre me envió, también yo os envío»(147). Así como el Señor Jesús fue enviado por el Padre, Él mismo envió también a los apóstoles, llenos del Espíritu Santo a predicar el Evangelio a todo el mundo(148), y a continuar la obra de salvación mediante el sacrificio y los sacramentos. La apostolicidad de la Iglesia encuentra su origen último en la misión encomendada por Cristo a sus apóstoles para continuar la obra que el Padre le hubo encomendado. Por ello, nos dirá San Pablo, «ya no sois extraños ni forasteros, sino conciudadanos de los santos y familiares de Dios, edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, siendo la piedra angular Cristo mismo»(149). Se pone así de manifiesto la dimensión intrínsecamente cristológica y trinitaria de la apostolicidad de la Iglesia, como continuación de la misión del Señor Jesús, y por lo mismo se manifiesta en la Iglesia desde los orígenes su ser sacramento universal de salvación.

La aproximación a algunos de los testimonios de la Tradición muestran la continuidad de esta doctrina(150). Los Padres de los primeros siglos rinden ya claro testimonio de la conciencia de la Iglesia de ser despliegue del núcleo apostólico, instituido por Cristo, en línea de continuidad garantizada por los obispos, sucesores de los Apóstoles. Así, por ejemplo, San Clemente Romano decía: «los Apóstoles nos predicaron el Evangelio de parte del Señor Jesucristo: Jesucristo fue enviado de Dios. En resumen, Cristo de parte de Dios, y los Apóstoles de parte de Cristo»(151). San Ireneo, en el s. II, señalaba la relación entre la doctrina verdadera y la tradición apostólica: «para todos aquellos que quieran ver la verdad, la Tradición de los Apóstoles ha sido manifestada al universo mundo en toda la Iglesia, y podemos enumerar a aquellos que han sido constituidos obispos y sucesores de los Apóstoles hasta nosotros»(152). Por su parte, Tertuliano, en un texto donde señala elementos claves de la apostolicidad como la relación con la unidad o el origen en la misión recibida de Jesús, decía: «todas estas iglesias, tan numerosas y grandes, no son otra cosa que laúnica Iglesia primitiva fundada por los Apóstoles, de la cual todas derivan, siendo así todas primitivas y apostólicas, en cuanto todas son aquella única Iglesia (.). Si es así es lógico que toda doctrina en sintonía con aquellas iglesias matrices y origen de la fe, debe ser considerada verdadera, por conservar sin duda lo que las iglesias recibieron de los Apóstoles, éstos de Cristo, y Cristo de Dios»(153).

Siglos después, Santo Tomás de Aquino en su comentario al Credoexpresa la misma verdad con la categoría de firmitas (firmeza) de la Iglesia, cuyo «principal fundamento es Cristo. (.) Fundamento secundario son ciertamente los Apóstoles y su doctrina. Por eso la Iglesia es firme (.) y es apostólica»(154). Ya en nuestro siglo, el Concilio Vaticano II señala que «por institución divina los obispos han sucedido a los apóstoles como pastores de la Iglesia. El que los escucha, escucha a Cristo; el que, en cambio, los desprecia, desprecia a Cristo y al que lo envió»(155).

Hemos dicho que la Iglesia es apostólica porque está fundada sobre los Apóstoles. Ahora bien, esta realidad tiene diversos aspectos que elCatecismo de la Iglesia Católica sistematiza en tres(156).

Por una parte, la Iglesia es apostólica pues fue y permanece edificada sobre los testigos que el Señor escogió y envió. En este sentido, como dice el Apóstol de Gentes, la Iglesia está edificada «sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, siendo la piedra angular Cristo mismo»(157).

En segundo lugar, porque la Iglesia guarda y transmite con la asistencia del Espíritu Santo la enseñanza de los Apóstoles. «Dispuso Dios benignamente que todo lo que había revelado para la salvación de todos los hombres permaneciera íntegro para siempre y se fuera transmitiendo a todas las generaciones. Por eso, Cristo Señor (.) mandó a los Apóstoles (.) que el Evangelio (.) lo predicaran a todos los hombres como fuente de toda verdad salvadora y de toda ordenación de las costumbres. Esto lo realizaron fielmente tanto los Apóstoles, que en la predicación oral transmitieron con ejemplos e instituciones lo que habían recibido por la palabra. (.) Mas, para que el Evangelio se conservara constantemente íntegro y vivo en la Iglesia, los Apóstoles dejaron como sucesores suyos a los Obispos, “dejándoles su encargo en el magisterio”»(158).

Finalmente, porque la Iglesia sigue siendo enseñada, santificada y dirigida por los Apóstoles en la persona de aquellos que los suceden en su ministerio hasta la segunda venida del Señor Jesús: el colegio de los obispos con el Sucesor de Pedro a la cabeza. Los Apóstoles, enseña el Concilio Vaticano II, «para que continuase después de su muerte la misión a ellos confiada, encargaron mediante una especie de testamento a sus colaboradores más inmediatos que terminaran y consolidaran la obra que ellos empezaron. Les encomendaron que cuidaran de todo el rebaño en el que el Espíritu Santo les había puesto para ser los pastores de la Iglesia de Dios. Nombraron, por tanto, de esta manera a algunos varones y luego dispusieron que, después de su muerte, otros hombres probados les sucedieran en el ministerio»(159). En efecto, «así como, por disposición del Señor, San Pedro y los demás apóstoles forman un único colegio apostólico, por análogas razones están unidos entre sí el Romano Pontífice, sucesor de Pedro, y los obispos, sucesores de los apóstoles»(160).

A lo ya dicho se debe añadir un elemento más presente en la apostolicidad de la Iglesia: el haber sido “enviada” a predicar el evangelio al mundo entero. En este sentido, todo hijo de la Iglesia está llamado al apostolado, es decir, a participar en la misión de anunciar a Cristo hasta los confines del mundo. Ciertamente, cada uno cumplirá este cometido de diversas maneras. Como dice el Decreto sobre el apostolado de los laicos del Vaticano II, «el fin de la Iglesia es que, al dilatar el reino de Cristo por toda la tierra para gloria de Dios Padre, haga participantes a todos los hombres de la salvadora redención; y que por medio de ellos el mundo entero se encamine realmente hacia Cristo. Toda la actividad del Cuerpo Místico, dirigida a este fin, se llama “apostolado”, que la Iglesia ejercita en diversas formas, por medio de todos sus miembros; porque la vocación cristiana por su propia naturaleza es también vocación al apostolado. Así como en la trabazón de un cuerpo vivo no hay miembro alguno que sea meramente pasivo, puesto que con la vida del mismo cuerpo participa al mismo tiempo de su actividad, así también en el Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia, todo el cuerpo crece según la operación propia de cada uno de sus miembros (Ef 4, 16)»(161).

El ardor y los frutos del apostolado de los miembros de la Iglesia están en relación directa a su vinculación con Cristo Cabeza. «Yo soy la vid -dice el Señor-; vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto; porque separados de mí no podéis hacer nada»(162). Por ello, la vida en Cristo, a través de los Sacramentos y especialmente en la Eucaristía, «fuente y cima de toda la vida cristiana»(163), es indispensable para una labor apostólica fecunda.

De todo esto se desprende que el apostolado es una tarea profundamente eclesial(164). Se trata de una labor que cada cual realiza en la Iglesia, como miembro de la Iglesia y participando de la única misión de la Iglesia recibida del Señor por medio de los Apóstoles. En este sentido, la comunión con Pedro y con los obispos es signo distintivo de un apostolado que contribuye a la edificación de todo el cuerpo en la caridad y al anuncio fiel del mensaje evangélico.

El origen divino y la naturaleza íntima de la Iglesia se manifiesta en sus cuatro propiedades. La Iglesia es una, santa, católica y apostólica en su identidad más profunda. El origen de dichas propiedades no es ella misma, sino es el Señor Jesús quien da a su Iglesia ser una, santa, católica y apostólica por virtud del Espíritu Santo.

Sólo la fe puede reconocer que en la Iglesia se encuentran cada uno de sus atributos. Ahora bien, cada uno de ellos se manifiesta históricamente como signo de credibilidad de que en la Iglesia católica subsiste la Iglesia de Cristo.

Como un único sujeto, la Iglesia reúne sus cuatro propiedades. Cada una de ellas no puede ser separada de las otras tres.

La Iglesia es una pues uno solo es Dios, origen de su ser y misión; una es la fe en la que cree, custodia y transmite; uno es el Cuerpo en el que se congregan sus miembros renacidos en el único bautismo por la fuerza del Espíritu Santo.

La Iglesia, congregando en su seno a hombres pecadores, es santapues Santo es Dios que la santifica y la envía a santificar. La Iglesia es santa pues sus miembros, encendidos en el Amor divino, están llamados a hacer brillar en sus vidas la santidad de Dios. En María la Iglesia es ya enteramente santa. Por ello los cristianos aún peregrinos imploran su auxilio e intercesión.

La Iglesia es católica pues ha sido enviada a anunciar la totalidad de la verdad a todos los hombres de todo tiempo; posee la plenitud de los medios de la salvación y por lo mismo es capaz de sanar a todo el ser humano en el encuentro con Cristo: es sacramento universal de salvación.

La Iglesia edificada sobre los Apóstoles con Pedro a la cabeza esapostólica. Cristo, en la persona del Sucesor de Pedro y el colegio de los obispos, la santifica y la gobierna. A ella se ha confiado la fiel transmisión de la enseñanza de los Apóstoles, asistida por el Espíritu Santo.

Las propiedades o notas son realidades dinámicas y vitales de la Iglesia. Lejos de todo razonamiento esencialista, la profundización en su contenido teológico es un fuerte llamado a profundizar en la identidad eclesial, así como en el compromiso con la misión que la Iglesia ha recibido de su Señor y que es su razón de ser, su gozo y su gloria.

En cada una de las propiedades de la Iglesia se pone de manifiesto la tensión escatológica en la que ésta vive hasta la venida definitiva del Señor. Es decir, la Iglesia las vive ya pero aún espera su plenificación al final de los días.

La Iglesia que es una, santa, católica y apostólica se encuentra en toda porción de la misma -en toda Iglesia particular- pues es Jesús el Señor quien la constituye como tal bajo la autoridad de su obispo, en comunión con Pedro.

Quisiera terminar recogiendo unas palabras de Su Santidad Pío XII: «Nada más glorioso, nada más noble, nada, a la verdad, más honroso se puede pensar que formar parte de la Iglesia santa, católica, apostólica y Romana, por medio de la cual somos hechos miembros de un solo y tan venerado Cuerpo, somos dirigidos por una sola y excelsa Cabeza, somos penetrados de un solo y divino Espíritu; somos, por último, alimentados con una misma doctrina y un mismo angélico Pan, hasta que, por fin, gocemos en los cielos de una misma felicidad eterna»(165).

  1. Alcalá, Ángel. La Iglesia, misterio y misión. Madrid; BAC 1963.
  2. Auer, Johann. La Iglesia. En Auer, Johann y Ratzinger, Joseph.Curso de Teología Dogmática. Vol. VIII. Barcelona; Herder 1986.
  3. Bainvel, J. Apostolicité. En Dictionnaire de Théologie Catholique.A. VACANT, E. MANGENOT y E. AMAM (eds.). Vol. XV, t. II. París; Librairie Letouzey et Ané 1923.
  4. Bardy, Gustave. La Theólogie de l’Église de saint Clément de Rome à saint Irénée. Paris; Les Éditions du Cerf 1945.
  5. Catecismo de la Iglesia Católica. Madrid; Asociación de Editores del Catecismo 1992.
  6. Catecismo Romano. Traducción, introducción y notas de Martín Hernández, Pedro. Madrid; BAC 1956.
  7. Collantes, Justo. La Iglesia de la palabra. Madrid; BAC 1972.
  8. Id. La fe de la Iglesia Católica. Madrid; BAC 1995.
  9. Concilio Vaticano II. Constituciones. Decretos. Declaraciones. Madrid; BAC 1991.
  10. Congar, Yves. Propiedades esenciales de la Iglesia. En, Löhrer, M. y Feiner, J. (eds.) Mysterium Salutis. Manual de teología como historia de la salvación, vol. IV, t. I . 2da. Ed. Madrid; Cristiandad 1984.
  11. Id. Santa Iglesia. Barcelona; Editorial Estela 1965.
  12. Congregación para la Doctrina de la Fe. Declaración Dominus Iesus. 6/8/2000.
  13. De Lubac, Henri. Catolicismo. Aspectos sociales del dogma, Madrid; Ediciones Encuentro 1988.
  14. Id. Meditación sobre la Iglesia. Madrid; Ediciones Encuentro 1980.
  15. Denzinger, Heinrich y Hünermann, Peter. El Magisterio de la Iglesia. Enchiridion Symbolorum definitionum et declarationum de rebus fidei et morum, Barcelona; Herder 1999.
  16. Hilario de Poitiers, San. La Trinidad. Traducción de Ladaria, Luis F. BAC, Madrid 1986
  17. Ireneo de Lyon, San. Contra las herejías. Traducción de González, Carlos Ignacio. Revista Teológica Limense; vol. XXXIV. Enero/agosto 2000.
  18. S.S. Juan Pablo II, Carta Encíclica Redemptoris Mater, 25/3/1987.
  19. S.S. Juan Pablo II. Carta Encíclica Redemptoris missio. 7/12/1990.
  20. S.S. Juan Pablo II. Exhortación postsinodal Ecclesia in America. 22/1/1999.
  21. Michel, A. Sainteté. En Dictionnaire de Théologie Catholique. A. VACANT, E. MANGENOT y E. AMAM (eds.). Vol. XV, t. II. París; Librairie Letouzey et Ané 1939.
  22. Id. Unité de l’Église. En Dictionnaire de Théologie Catholique. A. VACANT, E. MANGENOT y E. AMAM (eds.). Vol. XV, t. II. París; Librairie Letouzey et Ané 1950.
  23. Moureau, H. Catholicité. En Dictionnaire de Théologie Catholique. A. VACANT, E. MANGENOT y E. AMAM (eds.). Vol. XV, t. II. París; Librairie Letouzey et Ané 1923.
  24. S.S. Pablo VI, Discurso de Conclusión del Concilio Vaticano II. 7/12/1965.
  25. S.S. Pablo VI. Exhortación post Sinodal Evangelii nuntiandi. 8/12/1975.
  26. Philips, Gérard. La Chiesa e il suo mistero. Storia, testo e commento della Lumen gentium, Milano; Jaca Book 1975
  27. S.S. Pío XII. Carta Encíclica Mystici corporis. 29/6/1943.
  28. Ruiz Bueno, Daniel. Padres Apostólicos. Madrid; BAC 1993.
  29. Sabugal, Santos. Credo. La fe de la Iglesia. El símbolo de la Fe: historia e interpretación. Ediciones Monte Casino, Zamora 1986.
  30. Tomás de Aquino, Santo. El Credo. Traducción de Abascal, Salvador. México; Editorial Tradición 1972.
  31. VON BALTHASAR, Hans Urs. Católico. Aspectos del misterio.Madrid; Ediciones Encuentro 1988.
  32. WOJTYLA, Karol. La renovación en sus fuentes. Madrid; BAC 1981.

El Símbolo de los Apóstoles en sus primeros testimonios reza la santa Iglesia (cf. Denzinger, Heinrich y Hünermann, Peter. El Magisterio de la Iglesia. Enchiridion Symbolorum definitionum et declarationum de rebus fidei et morum, Barcelona; Herder 1999, nn. 10. 12. En adelante se citará DH y el número correspondiente). El primer testimonio de los cuatro atributos reunidos estaría en el llamado Símbolo de Epifanio (374 ca.) en la fórmula «creo.. en la Iglesia una, santa, católica y apostólica» (DH, n. 42-44). Esta confesión sobre la Iglesia alcanza su forma definitiva en el Concilio I de Constantinopla (381), en el Credo conocido como Credo nicenoconstantinopolitano (DH, n. 150). [Regresar]

La categoría de propiedad o atributo está más referida a la naturaleza misma de la Iglesia, mientras que con el término nota se destaca la expresión externa de una realidad que sería precisamente una nota distintiva de la verdadera Iglesia. Durante la escolástica el término más usual fue conditio. Posteriormente, en los siglos XV y XVI aparece el término signa. Ya entrado el siglo XVI figuran términos como qualitates, rationes, indoles, praerrogativae, proprietates, y finalmente notae. (Cf. Congar, Yves.Propiedades esenciales de la Iglesia. En, Löhrer, M. y Feiner, J. (eds.) Mysterium Salutis. Manual de teología como historia de la salvación, Vol. IV, t. I . 2da. Ed. Madrid; Cristiandad 1984, pp. 371-373). [Regresar]

Catecismo de la Iglesia Católica, n. 811. (En adelante se citará con la siglas CCE y el número correspondiente). Pío IX decía que «la verdadera Iglesia de Jesucristo se constituye y reconoce por autoridad divina con la cuádruple nota que en el símbolo afirmamos debe creerse; y cada una de estas notas de tal modo está unida con las otras, que no puede ser separada de ellas» (S.S. Pío IX. Carta del Santo oficio a los obispos de Inglaterra. 16/9/1864. En DH, n. 2888). Cf. Auer, Johann. La Iglesia. En Auer, Johann y Ratzinger, Joseph. Curso de Teología Dogmática. Vol. VIII. Barcelona; Herder 1986, p. 345. [Regresar]

CONGAR, a. c., p. 372. [Regresar]

Ibid., p. 376. [Regresar]

Cf. Wojtyla, Cardenal Karol. La renovación en sus fuentes. Madrid; BAC 1981, p. 27. [Regresar]

S.S. Pablo VI, Discurso de Conclusión del Concilio Vaticano II. 7/12/1965, n. 3.[Regresar]

CCE, n. 750. [Regresar]

«Lumen gentium cum sit Christus» (Concilio Vaticano II. Constitución dogmáticaLumen gentium, n. 1). En adelante los documentos del Concilio Vaticano II se citarán con el nombre latino y el número correspondiente. [Regresar]

Loc.cit. [Regresar]

Michel, A. Unité de l’Église. En Dictionnaire de Théologie Catholique. A. Vacant, E. Mangenot y E. Amam (eds.). Vol. XV, t. II. París; Librairie Letouzey et Ané 1950, col. 2184. En adelante se citará esta obra bajo las siglas DTC, el volumen, el tomo , el año y la columna correspondiente [Regresar]

Lumen gentium, n. 4. «El prólogo de la Constitución termina con una llamada densa y concisa del tema: Ecclesia de Trinitate, la Iglesia fluye de la Santa Trinidad» (Philips, Gérard. La Chiesa e il suo mistero. Storia, testo e commento della Lumen gentium, Milano; Jaca Book 1975, p. 87). «En el primer capítulo de la constituciónLumen gentium sitúa el Concilio a la Iglesia en lo más hondo del misterio trinitario: iniciativa del Padre, sabiduría del Hijo y bondad del Espíritu Santo, hacen de la Iglesia el Pueblo unido en la unidad de tres personas divinas (.). Con esto se coloca el Concilio dentro de la más pura corriente bíblica y patrística» (Collantes, Justo. La Iglesia de la palabra. Vol. I. Madrid; BAC 1972, p. 153). [Regresar]

«Donde está la Iglesia ahí se encuentra el Espíritu de Dios, y donde está el Espíritu de Dios ahí está la Iglesia» decía San Ireneo. (Cf. San Ireneo de Lyon. Contra las herejías, III, 24, 1. Traducción de González, Carlos Ignacio. Revista Teológica Limense. Vol. XXXIV. Lima, enero/agosto 2000. En adelante se citará esta traducción con la sola referencia a la obra y los números correspondientes). [Regresar]

Puebla. Conclusiones, n. 223. [Regresar]

CONGAR, a. c., p. 376. [Regresar]

CCE, n. 811. [Regresar]

CONGAR, a. c., p. 378. [Regresar]

CCE, n. 750. El Catecismo romano señala en este sentido: «En los artículos anteriores del Credo afirmábamos nuestra fe en las tres Personas de la Santísima Trinidad (.). En éste, en cambio, variando la fórmula, afirmamos creer no en la santa Iglesia católica, sino la santa Iglesia católica; y esto para distinguir, aun en el mismo modo de hablar al Dios creador de las realidades creadas, y para referir a su inmensa bondad divina todos los beneficios concedidos a la Iglesia» (Catecismo romano, c. 9, n. 22. Traducción, introducción y notas de Martín Hernández, Pedro. Madrid; BAC 1956). [Regresar]

De Lubac, Henri. Meditación sobre la Iglesia. Madrid; Ediciones Encuentro 1980, p. 35. [Regresar]

«El Símbolo romano subraya esta relación con un ingenioso acercamiento de términos: Credo in Spiritum sanctum, sanctam Ecclesiam. El binomio Sanctum-sanctam sugiere elocuentemente que la Iglesia una y católica es santificada por el Espíritu Santo» (Philips, o. c., p. 88). [Regresar]

Cf. Unitatis redintegratio, n. 2. [Regresar]

Lumen gentium, n. 4. [Regresar]

«Hay ciertamente un sentido según el cual el fiel puede e incluso debe decir que cree en la Iglesia. (.) Los antiguos nos hablan de una fides ecclesiastica. Se trataba sencillamente de “la fe de la Iglesia”, es decir, de la fe que le ha donado el Señor, que viene a ser en ella una fuerza ardorosa que la fundamenta y sostiene, la fe que nosotros no podemos profesar, si no nos asociamos a toda la Iglesia (.) aquella fe viva y vivificante, que fructifica en el mundo entero, en la que se enciende e inserta la fe de cada uno de los individuos, que la nutre y la reconforta, hasta tal punto que cuando alguno de nosotros dice: “yo creo en Dios”, siempre habla en la Iglesia y en dependencia de la Iglesia. “La confesión de fe en el símbolo se pronuncia siempre como en nombre de toda la Iglesia”» (De Lubac, o. c., pp. 44-45). Se puede ver también para este asunto Alcalá, Ángel. La Iglesia, misterio y misión. Madrid; BAC 1963, pp. 362ss. [Regresar]

Tertuliano. Tratado del Bautismo, 1. Citamos la obra con el número correspondiente a los 20 capítulos en los que está dividida. La traducción la hemos tomado de la obra El Bautismo según los Padres de la Iglesia. Traducción de Susana Belmartino. Buenos Aires; Editorial Lumen 1978, pp. 33-57. Ciertamente el agua a la que hace referencia Tertuliano es el agua del bautismo; permanecer en ese agua es permanecer en la Iglesia, asamblea de aquellos que han renacido en Cristo en las aguas del Bautismo. [Regresar]

Jn 11, 52. [Regresar]

Junto al término unidad -que es una- se encuentra en ocasiones aplicado a la Iglesia el de unicidad -que es única-.Son como dos expresiones de una misma realidad. De hecho, en los Símbolos no se distingue entre unidad y unicidad de la Iglesia. Se confiesa simplemente que la Iglesia es una. El primer documento oficial en el que se distingue la unicidad de la unidad es la Bula Unam Sanctam de Bonifacio VIII (Cf. DH, n. 870) a partir el cual su uso se encuentra en letras pontificias. Tanto en el Concilio Vaticano I, el Vaticano II como en el Catecismo de la Iglesia Católica el término no aparece aplicado a la Iglesia, aunque el concepto está implícito. Recientemente la Declaración Dominus Iesus lo ha utilizado repetidas veces.[Regresar]

Ef 4, 3-6. [Regresar]

Gál 3,27-28. [Regresar]

Congregación para la Doctrina de la Fe. Declaración Dominus Iesus. 6/8/2000, n. 16. [Regresar]

Lumen gentium, n. 8. [Regresar]

CCE, n. 813. [Regresar]

San Clemente Romano, Primera Carta a los Corintios, XLVI, 2. Traducción de Ruiz Bueno, Daniel. Padres Apostólicos. Madrid; BAC 1993. De esta obra de Ruiz Bueno hemos tomado todas las traducciones de textos de Padres Apostólicos que citemos en adelante, salvo que se indique lo contrario. [Regresar]

«El supremo modelo y supremo principio de este misterio es en la trinidad de personas la unidad de un solo Dios Padre e Hijo en el Espíritu Santo» (Unitatis redintegratio, 2). [Regresar]

Jn 17, 22. «[Esta oración] concierne al cuerpo entero de la Iglesia, es decir la jerarquía apostólica, así como la multitud de los creyentes sometidos a esta jerarquía» (Michel, a. c., col. 2172). [Regresar]

Ibid., col. 2198. [Regresar]

San Cipriano de Cartago. La unidad de la Iglesia. Madrid; Editorial Ciudad Nueva 1991, p. 97. [Regresar]

San Cirilo de Alejandría, La adoración en espíritu y verdad, 17. Traducción de Sabugal, Santos. Credo. La fe de la Iglesia. El símbolo de la Fe: historia e interpretación, Zamora; Ediciones Monte Casino 1986, p. 884. [Regresar]

San Clemente de Alejandría, El Pedagogo, 1, 6, 42. Citado en CCE, n. 813.[Regresar]

De Lubac, Henri. Catolicismo. Aspectos sociales del dogma, Madrid; Ediciones Encuentro 1988, p. 21. Cf. Lumen gentium, n. 13. [Regresar]

En la que muchos Padres ven figurada a la humanidad entera. [Regresar]

Cf. Ef 1, 10. [Regresar]

Cf. San Ireneo, o. c., III, 16, 6; III, 22, 1, 3. Cf. Lumen gentium, n. 13. [Regresar]

Pío XII decía que «para definir y describir esta verdadera Iglesia de Cristo -que es la Iglesia santa, católica, apostólica, Romana- nada hay más noble, nada más excelente, nada más divino que aquella frase con que se la llama el Cuerpo místico de Cristo; expresión que brota y aun germina de todo lo que en las Sagradas Escrituras y en los escritos de los Santos Padres frecuentemente se enseña» (S.S. Pío XII. Carta Encíclica Mystici corporis. 29/6/1943, n. 6. [Regresar]

CCE, n. 795. [Regresar]

San Agustín. Enarraciones de los Salmos, 127, 3. Traducción de Sabugal, o. c., p. 902. [Regresar]

1Cor 12,4-6. Cf. Lumen gentium, n. 13. [Regresar]

Lumen gentium, n. 23. [Regresar]

Hech 2, 42.44. [Regresar]

«Aquí están los tres elementos que manifiestan la unidad de la Iglesia (.). Es lo que suele llamarse el vínculo simbólico, el vínculo jerárquico y el vínculo litúrgico» (Collantes, o. c., p. 313). [Regresar]

Cf. CCE, n. 815. [Regresar]

San Hilario de Poitiers. La Trinidad. VIII, 9. Traducción de Ladaria, Luis F. BAC; Madrid 1986. [Regresar]

San Cipriano de Cartago, o. c., 8. Traducción de Sabugal, o. c., p. 877. [Regresar]

La fe es el «principio de vida». (San Ignacio de Antioquía. Carta a los Efesios, XIV, 1). [Regresar]

Presbyterorum ordinis, 4. [Regresar]

Lc 22,32. [Regresar]

San Hilario de Poitiers, o. c., VI, 36. 37. [Regresar]

De Lubac, Henri. Meditación sobre la Iglesia. o. c., p. 53. [Regresar]

CCE, n. 1097. [Regresar]

San Hilario de Poitiers, o. c., VIII, 13. Se puede encontrar una breve historia de la relación entre unidad y Eucaristía en Collantes, o. c., pp. 19ss. [Regresar]

CCE, n. 1396. «Todo esto nos invita a considerar las relaciones entre la Iglesia y la Eucaristía. Se puede afirmar que hay una causalidad recíproca entre ambas. Puede decirse que el Salvador ha confiado la una a la otra. Es la Iglesia la que hace la Eucaristía; pero es también la Eucaristía la que hace la Iglesia» (De Lubac, o. c., p. 112). [Regresar]

Santo Tomás de Aquino. El Credo, 129. Traducción de Abascal, Salvador. México; Editorial Tradición 1972. [Regresar]

1Cor 12,26. [Regresar]

Jn 13,34-35. [Regresar]

Lumen gentium, n. 18. [Regresar]

1Pe 2,9. [Regresar]

Lumen gentium, n. 39. [Regresar]

San Ignacio de Antioquía. Carta a los Tralianos, 1. [Regresar]

DH, n. 10. [Regresar]

Cf. DH, n. 41. [Regresar]

Cf. DH, n. 42. [Regresar]

Cf. Congar, a. c., pp. 473ss; Auer, Johann. Op. cit., pp. 450s; Michel, A. Sainteté.DTC, Vol. XV, t. II. 1950, cols. 841ss. [Regresar]

Congar, a. c., p. 472. [Regresar]

Cf. Michel, a. c., Cols. 843ss. [Regresar]

Is 6,3. [Regresar]

Lev 11,44. [Regresar]

«Padre santo» (Jn 17, 11), reza el Señor Jesús. [Regresar]

«Nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios». (Jn 6, 69)[Regresar]

Cf. Ap 4, 8. [Regresar]

Ef 1,4. [Regresar]

Michel, a. c., col. 842. [Regresar]

Ef 5,25-27. [Regresar]

Cf. Lumen gentium, 39; CCE, n. 823s. [Regresar]

Cf. Rom 16,16; 1Cor 14,33; 16,1.20; 1Tes 5, 26; 1Pe 5, 14. [Regresar]

Cf. Michel, a. c., cols. 848-849. [Regresar]

Cf. De Lubac, o. c., p. 90ss. El p. Congar recoge esta terminología en su desarrollo sobre la santidad de la Iglesia. Cf. Congar, a. c., p. 477. [Regresar]

De Lubac, o. c., p. 92. [Regresar]

Congar, a. c., p. 479. [Regresar]

S.S. Pío XII, o.c., n. 23. Cf. Ibid., n. 43. [Regresar]

CCE, n. 824. [Regresar]

Sobre este tema, cf. Congar, a. c., pp. 479-480. [Regresar]

Lumen gentium, n. 7. [Regresar]

Ef 2,19-22. [Regresar]

Lumen gentium, n. 11. [Regresar]

Cf. Ibid., nn. 39-42. [Regresar]

1Tes 4,3. [Regresar]

S.S. Pío XII, o. c. n. 38. Cf. Lumen gentium, n. 40. [Regresar]

De Lubac, o. c., p. 100. [Regresar]

CCE, n. 825. [Regresar]

De Lubac, o. c., p. 93. [Regresar]

Ef 1, 4. [Regresar]

Cf. Mc 2, 17. [Regresar]

CCE, n. 827. [Regresar]

Lumen gentium, n. 52. [Regresar]

Cf. Ibid., n. 63. [Regresar]

CCE, n. 829. [Regresar]

Cf. S.S. Juan Pablo II, Carta Encíclica Redemptoris Mater, 25/3/1987, n. 6.[Regresar]

Lumen gentium, n. 65. [Regresar]

Ibid., n. 63. [Regresar]

Sacrosanctum Concilium, n. 103. [Regresar]

De Lubac, Henri. Catolicismo. O. c., p. 38. [Regresar]

Auer, o. c., p. 414. [Regresar]

Cf. Liddell-Scott-Jones. Lexicon of Classical Greek. Voz Katholikos. En http://www.perseus.tufts.edu/lexica.html. [Regresar]

San Ignacio de Antioquía. Carta a los Esmirniotas, VIII, 2. [Regresar]

Cf. Martirio de San Policarpo, obispo de Esmirna. Saludo; VIII, 1; XVI, 2; XIX, 2. A modo de ejemplo citamos uno de estos textos: «Al número de estos elegidos pertenece Policarpo, varón sobre toda ponderación admirable, maestro en nuestros mismos tiempos, con espíritu de apóstol y profeta, obispo, en fin, de la Iglesia católica(katholikés ekklesías) de Esmirna» (Ibid., XVI,2). [Regresar]

Cf. San Ireneo, o. c., III, 3, 2. [Regresar]

Cf. DH, n. 2. [Regresar]

Cf. DH, n. 41. [Regresar]

Cf. DH, n. 42. [Regresar]

Cf. DH, n. 150. [Regresar]

Cf. DH, n. 19. [Regresar]

Moureau, H. Catholicité. En DTC. Vol. II, t. II. 1923, col. 1999. [Regresar]

Bardy, Gustave. La Theólogie de l’Église de saint Clément de Rome à saint Irénée. Paris; Les Éditions du Cerf, 1945, p. 65. [Regresar]

Congar, a. c., p. 493. [Regresar]

Loc. cit. [Regresar]

San Cirilo de Jerusalén. Catequesis XIII, 23. [Regresar]

De Lubac, o. c., p. 49. [Regresar]

CCE, n. 830. [Regresar]

Cf. CCE, nn. 832ss. «La diócesis es una porción del Pueblo de Dios, que se confía a un obispo para que la apaciente con la cooperación del presbiterio, de forma que, unida a su pastor y reunida por él en el Espíritu Santo por medio del Evangelio y la Eucaristía, constituye una Iglesia particular, en la que verdaderamente está y obra la Iglesia de Cristo, que es Una, Santa, Católica y Apostólica» (Christus Dominus, n. 11). [Regresar]

Cf. CCE, n. 835. [Regresar]

Cf. CCE, n. 849. [Regresar]

Ad gentes, n. 1. [Regresar]

Ad gentes, n. 2. [Regresar]

1Tim 2,3-4. [Regresar]

CCE, n. 846. [Regresar]

Lumen gentium, n. 16. [Regresar]

Asamblea Extraordinaria de 1985. Relación final, II, C., 6. Citado en S.S. Juan Pablo II. Carta Encíclica Redemptoris missio. 7/12/1990, n. 52. [Regresar]

Cf. Heb 17, 22-31. [Regresar]

S.S. Juan Pablo II, o. c., n. 52a. En Ecclesia in America decía hermosamente el Papa: «El rostro mestizo de la Virgen de Guadalupe fue ya desde el inicio en el Continente un símbolo de la inculturación de la evangelización, de la cual ha sido la estrella y guía» (S.S. Juan Pablo II. Exhortación postsinodal Ecclesia in America. 22/1/1999, n. 70). [Regresar]

Cf. DH, n. 42-44. [Regresar]

Cf. DH, n. 150. [Regresar]

Cf. Von Balthasar, Hans Urs. Católico. Aspectos del misterio, Madrid; Ediciones Encuentro 1988, p. 89. [Regresar]

«La apostolicidad no es otra cosa que la identidad de la Iglesia para con ella misma a través de los tiempos desde Cristo y los apóstoles» (Bainvel, J. Apostolicité. En DTC. Vol., II, t. I. 1923, col. 1618). [Regresar]

Von Balthasar, loc. cit. [Regresar]

Congar, a. c., p. 552. [Regresar]

Ibid., p. 547. [Regresar]

Cf. CCE, n. 857. [Regresar]

Jn 20,21. Cf. Jn 17, 7s; [Regresar]

Cf. Lumen gentium, n. 17. [Regresar]

Ef 2, 19-20. [Regresar]

Se puede encontrar un breve desarrollo del uso de la palabra en la Tradición en Bainvel, a. c., cols. 1622ss. [Regresar]

San Clemente Romano. o. c., XLII, 1-2. [Regresar]

San Ireneo de Lyon. o. c., III, 3, 1. Cf. Ibid., III, 2, 2. [Regresar]

Tertuliano. De praescriptione haereticorum, 20-21. Traducción de Sabugal, o. c., pp. 875-876. [Regresar]

Santo Tomás de Aquino. o. c., 140. [Regresar]

Lumen gentium, n. 20. Cf. nn. 8, 19. [Regresar]

Cf. CCE, n. 857. [Regresar]

Ef 2,20. [Regresar]

Dei Verbum, n. 7. [Regresar]

Lumen gentium, n. 20. [Regresar]

Ibid., n. 22. [Regresar]

Apostolicam actuositatem, n. 2. [Regresar]

Jn 15, 5. [Regresar]

Lumen gentium, n. 11. [Regresar]

Cf. S.S. Pablo VI. Exhortación post Sinodal Evangelii nuntiandi. 8/12/1975, n. 60.[Regresar]

S.S. Pío XII, o. c., n. 41. [Regresar]

La Iglesia Como Misterio Parte 2

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La Iglesia como misterio Parte 1

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Columna y baluarte de la verdad

Columna y baluarte de la verdad

1 Tim. 3:15

Introducción.

A. Pablo escribe esta carta para que sepamos cómo conducirnos en la casa de Dios.

B. Para reforzar su enseñanza y para enfatizar la responsabilidad de los evangelistas, ancianos, diáconos, y todos los santos, él se refiere a la iglesia como la casa de del Dios vivo, y como columna y baluarte (sostén, LBLA) de la verdad.

C. La palabra verdad se refiere al Nuevo Testamento, el evangelio de Cristo. No tiene nada que ver con los decretos de los concilios de la Iglesia Católica Romana, ni con los credos, “confesiones de la fe”, etc. de las varias denominaciones.

I.  Definición e ilustración de columna.

A. La definición de columna por Larousse: “Pilar cilíndrico, con base y capitel, que sostiene un edificio … Fig. Apoyo, sostén”.

B. Dios sostiene y controla el universo. Job 9:6. “El remueve la tierra de su lugar,  Y hace temblar sus columnas”. Sal. 75:3, “Se arruinaban la tierra y sus moradores;  Yo sostengo sus columnas”.

C. Columnas literales:

1 Había columnas, macizas y hermosas, en el templo de Salomón. 1 Reyes 7:21, “Estas columnas erigió en el pórtico del templo”.

2. Jueces 16:23-30. Sansón echó su peso sobre las columnas del templo de Dagón, el dios de los filisteos, y se derrumbó el templo. “Y dijo Sansón: Muera yo con los filisteos. Entonces se inclinó con toda su fuerza, y cayó la casa sobre los principales, y sobre todo el pueblo que estaba en ella. Y los que mató al morir fueron muchos más que los que había matado durante su vida”. Esto bien ilustra la importancia de las columnas.

3. En Efeso (1:3) las columnas sostenían el famoso templo de Diana, la mayor gloria de los efesios (Hech. 19:28).

D. “Fig. Apoyo, sostén”.

1. Gál. 2:9, “Jacobo, Cefas y Juan, que eran considerados como columnas”.

2. Apoc. 3:12, “Al que venciere, yo lo haré columna en el templo de mi Dios”.

II. Pablo no quiere decir que la verdad procede de la iglesia.

A. La iglesia no es la fuente de la verdad. En esto está muy errada la Iglesia Católica Romana, pues piensa que la iglesia misma revela la verdad. Habla de “la voz viva de la iglesia viva”. En realidad, en lugar de ser la fuente de la verdad, la Iglesia Católica Romana es la iglesia apóstata. En esta misma carta (4:1-5), Pablo describe dos aspectos de la apostasía: “Pero el Espíritu dice claramente que en los postreros tiempos algunos apostatarán de la fe, escuchando a espíritus engañadores y a doctrinas de demonios;  2  por la hipocresía de mentirosos que, teniendo cauterizada la conciencia,  3  prohibirán casarse, y mandarán abstenerse de alimentos que Dios creó”. Pablo habla de esta apostasía también en 2 Tes. 2:1-12.

B. La verdad no es la palabra de la iglesia, sino la palabra de Dios. 2 Tim. 3:16, 17; 2 Ped. 1:20, 21. El único fundamento verdadero de la iglesia es Cristo (1 Cor. 3:11). Como dice Pablo (Efes. 2:20), “edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo”. Así, pues, la iglesia apoya la verdad, pero al mismo tiempo depende de la verdad.

C. Además, la iglesia no puede cambiar o modificar la verdad. Apoc. 22:18, 19.

1. Muchos creen que la verdad que fue revelada en el primer siglo tiene que modificarse para los tiempos modernos, pero la iglesia no debe cambiar o modificar lo que Dios reveló.

2. La verdad que la gente necesitaba en el primer siglo es la misma verdad que la gente de este siglo necesita, y es la verdad que se necesitará hasta el fin del mundo.

D. El papel de la iglesia es apoyar la verdad revelada por Dios.

III. ¿Cómo es la iglesia columna y apoyo de la verdad?

A. La iglesia está compuesta de los que oyen y obedecen la verdad. Hech. 2:37-47.

B. La palabra (la verdad) mora en los que componen la iglesia. Col. 3:16, “La palabra de Cristo more en abundancia en vosotros”.

C. Los que componen la iglesia son luminares, asidos de la palabra. Fil. 2:15, “para que seáis irreprensibles y sencillos, hijos de Dios sin mancha en medio de una generación maligna y perversa, en medio de la cual resplandecéis como luminares en el mundo;  16  asidos de la palabra de vida”. De la manera que se levantan las estatuas de los hombres famosos sobre columnas, así también se levanta la verdad en alto sobre una columna (la iglesia), para que todos la puedan ver, aun de lejos.

D. La iglesia exhíbe a las huestes celestiales la multiforme sabiduría de Dios, Efes. 3:10.

E. La iglesia predica la verdad a todo el mundo. 1 Tes. 1:8, “Porque partiendo de vosotros ha sido divulgada la palabra del Señor, no sólo en Macedonia y Acaya, sino que también en todo lugar vuestra fe en Dios se ha extendido, de modo que nosotros no tenemos necesidad de hablar nada”.

F. La iglesia usa bien la verdad. 2 Tim. 2:15.

G. La iglesia defiende la verdad. Fil. 1:16; Judas 3. Desde luego, Pablo habla de la iglesia verdadera. El no reconoce a ninguna iglesia que no apoye la verdad de Cristo.

H. La iglesia debe conservar la verdad. 2 Tim. 1:13, “Retén la forma de las sanas palabras que de mí oíste, en la fe y amor que es en Cristo Jesús”. Los santos son conservadores de la verdad.

IV. La iglesia fiel siempre ha sido columna y baluarte para defender la verdad contra errores populares.

A. Los judaizantes querían convertir la iglesia en otra secta de los judíos (fariseos, saduceos, herodianos, esenios, etc.), todas las cuales han perecido. Hech. 15:1-5.

B. Los gnósticos querían convertir la iglesia en una sociedad de filósofos griegos. Col. 2:8; 1 Jn. 2:20; 4:1-4.

C. Los concilios católicos,  los credos protestantes, el Libro de Mormón, los escritos de los testigos del Atalaya, etc. han querido acabar con la iglesia verdadera, pues en lugar de apoyar la verdad, estas organizaciones religiosas han querido sepultarla.

D. En el siglo pasado, los proponentes de la Sociedad Misionera querían convertir la iglesia en otra secta.

E. En el siglo XX:

1. Algunos hermanos predican que, al volver Cristo, establecerá su reino para reinar mil años sobre la tierra, aunque la Biblia enseña claramente que el reino de Cristo es la iglesia, y aunque Cristo dijo claramente que su reino no es de este mundo (Jn. 18:36).

2. Algunos hermanos han querido duplicar la sociedad misionera, nada más dándole el nombre “iglesia patrocinadora”. Centralizan los fondos de cientos (o miles) de iglesias en la “iglesia patrocinadora” para hacer obras de evangelismo, de edificación o de benevolencia. De esta manera, en lugar de apoyar la verdad de la autonomía de cada congregación, la niegan.

3. Algunos hermanos han establecido instituciones de toda clase (escuelas, clínicas, etc.) para que éstas hagan la obra de la iglesia. La mayoría de las iglesias de Cristo se han llevado con estas digresiones. En lugar de apoyar la verdad, se han apartado de ella. Estos hermanos promueven el evangelio social; es decir, enfatizan las necesidades físicas y sociales de la gente. Aun tienen sus llamados “misioneros médicos” y toda clase de personal para tales actividades.

4. Estos mismos hermanos enfatizan también la necesidad de actividades sociales. Comenzaron con comidas y cenas sociales en el sitio de reunión, y pronto comenzaron a construir salones especiales para comidas y cenas, fiestas de cumpleaños y fiestas de toda clase “como tienen todas las naciones” (1 Sam. 8:5). Las iglesias de Cristo de Estados Unidos han gastado millones de dólares para entretener a los miembros y visitantes. Para ser como “las naciones” que les rodean han construido cocinas, comedores, gimnasios, etc. Ponen el rótulo “Centro familiar” en estos salones, y animan a los miembros y visitantes a aprovechar estas facilidades para la diversión y actividades sociales de todos los miembros de sus familias.

5. Las iglesias de Cristo, que de tantas maneras imitaban a las sectas, han comenzado a tener cada vez más comunión con esas mismas sectas.

6. Muchos hermanos abogan por la llamada “Nueva hermenéutica”, pues niegan que Dios revela su voluntad por medio del ejemplo aprobado y la enseñanza implícita.

7. Algunos aun insisten en que la mujer debe hacer el papel de liderazgo.

8. Algunos hermanos, que profesan ser conservadores, han rechazado la enseñanza de Cristo sobre el divorcio y segundas nupcias, inventando “doctrinas diversas y extrañas” (Heb. 13:9) acerca del significado de los términos bíblicos (aun de la palabra adulterio, Mat. 5:32; 19:9, diciendo que este pecado no se comete en cama, sino que sólo significa los dos pasos legales de repudiar y volverse a casar). Ultimamente han salido con la enseñanza de que hay un solo pacto en toda la Biblia, para borrar la distinción entre la ley de Moisés y la de Cristo sobre el divorcio y segundas nupcias.

9. Algunos hermanos, que profesan ser conservadores, han tergiversado Fil. 2:7, afirmado que, al venir Cristo a la tierra, se despojó a sí mismo de sus atributos divinos (después de algún tiempo cambiaron y ahora dicen que los tenía pero que no los usaba). Dicen que no tenía autoridad inherente, ni poder inherente; es decir, que al perdonar pecados no lo hizo por su propia autoridad, y que en cuanto al poder de hacer milagros, El era igual a los apóstoles.

10. Algunos hermanos, que profesan ser conservadores, enseñan que Jesucristo tuvo dos espíritus, el divino y el humano, aunque no hay ningún texto que lo afirme. Si hubiera tenido dos espíritus, habría sido dos personas.

Conclusión.

A. Es necesario, pues, que la iglesia sea la columna y baluarte de la verdad, practicándola en la vida diaria, en el culto y servicio a Dios.

B. También es necesario que la iglesia sea la columna y baluarte de la verdad, predicando y defendiendo la verdad contra los errores que enseñan los católicos, protestantes, mormones, testigos, y aun por los hermanos en Cristo.

http://www.waynepartain.com/Sermones/s4517.html

¿POR QUÉ ES NECESARIA LA DISCIPLINA EN LA IGLESIA?

Pastor Juan Vidal
Sirviendo al Señor en la Sociedad Contemporánea

¿POR QUÉ ES NECESARIA LA DISCIPLINA EN LA IGLESIA?

Escrito el 8 de Octubre del 2009 – 4:36 pm | por Pastor Juan Vidal S.

La disciplina eclesiástica se puede definir como el conjunto de procedimientos, actitudes y acciones contenidas en la Biblia que han de implementarse en el contexto eclesiástico para prevenir, desincentivar y corregir las prácticas pecaminosas de los miembros y líderes de la comunidad de fe.

El pecado es la raíz de las mayores desgracias y el principal factor de infelicidad y frustración en un creyente. La expresión “caer en pecado”, en la Biblia, parece referirse a una situación ocasional, inesperada y del todo ajena a la experiencia normal de un verdadero hijo de Dios. Ante tales circunstancias, Juan nos dice en un lenguaje muy afectuoso “Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis; y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo.” (1 Juan 2:1)

Una cuestión muy diferente es hacer del pecado una práctica habitual, sistemática y consiente. A ello, le llamamos “vivir en pecado”. Esta es la condición normal de un inconverso, pero es inadmisible que sea la conducta de quien dice ser cristiano o peor aún, de un líder de la iglesia cristiana. Pablo les dice a los hermanos corintios “Más bien os escribí que no os juntéis con ninguno que, llamándose hermano, fuere fornicario, o avaro, o idólatra, o maldiciente, o borracho, o ladrón; con el tal ni aun comáis. (1ª Co. 5:11)”

Si el pecado es tan grave entonces, ¿qué debe hacer la iglesia? La respuesta es: “Disciplinar”. Lamentablemente la expresión “disciplinar” muchas veces ha sido mal empleada y no goza de popularidad entre las congregaciones. En ciertos contextos la disciplina es únicamente sinónimo de castigo o coerción. Y en otras comunidades no se aplica, por temor a que la hermandad abandone la iglesia. Esto genera un círculo vicioso, en donde la gente no vive en santidad y prefiere andar de templo en templo, buscando un espacio en donde acepten su torcida manera de vivir.

Sin el ánimo de elaborar un estudio profundo, exhaustivo y menos concluyente, a continuación quisiera ofrecer dos sencillas consideraciones de la disciplina eclesiástica, que a mi juicio podrían producir un intercambio de opiniones entre los lectores de nuestra web.

I. LA NATURALEZA DE LA DISCIPLINA ECLESIÁSTICA
Un pasaje muy esclarecedor de la naturaleza de la disciplina en la Iglesia lo constituye Mateo 18:15-17: (“15 Por tanto, si tu hermano peca contra ti, ve y repréndele estando tú y él solos; si te oyere, has ganado a tu hermano. 16 Mas si no te oyere, toma aún contigo a uno o dos, para que en boca de dos o tres testigos conste toda palabra. 17 Si no los oyere a ellos, dilo a la iglesia; y si no oyere a la iglesia, tenle por gentil y publicano.”)

Estos versículos han sido empleados en muchas comunidades cristianas para desarrollar una metodología disciplinaria. En primer lugar notamos que la finalidad de este protocolo de acciones es regular las buenas relaciones humanas entre los creyentes. Y su objetivo último es “ganar al que ha pecado”. En otras palabras, la disciplina visualiza al pecador como alguien que debe ser restaurado y devuelto a la comunión de la Iglesia. Al no lograrse esta meta, por una actitud deliberada del pecador, la disciplina se convierte en punitiva, desencadenando la marginación del pecador no arrepentido de la comunión de la iglesia.

En segundo lugar, se notan claramente las etapas que han de seguirse en un proceso de restauración y/o marginación disciplinaria. Jesús propone una primera conversación personal y en privado con el ofensor, para reconvenirle por su actitud y “ganarlo” (Lev.19:17; Lucas 17:3; Gálatas 6:1; Santiago 5:19-20). Si esta primera iniciativa fracasa, se instruye al ofendido a que se haga acompañar y respaldar por dos o más testigos, para que se deje constancia del procedimiento seguido (Dt. 19:15; Jn. 8:17; 2ª Co. 13:1 y Hebreos 10:28). Si persiste la actitud del pecador de no querer oír la reprensión, Jesús enseña que el caso ha de darse a conocer a la Iglesia. Esto no es un castigo, sino una manera de proteger el testimonio de la Iglesia evitando la mala influencia del pecador. Si esta medida extrema no da resultados, entonces no queda otra opción que la marginación del ofensor (1ª Co. 6:1-6; 2ª Ts. 3:6,14).

Cuando el procedimiento antes descrito no rinde los frutos esperados, la iglesia debe considerar seriamente la posibilidad de apartar al pecador de la comunión de la iglesia. Para muchas personas la expresión “excomulgar” tiene connotaciones demasiado fuertes y prefieren no emplearla. No obstante, estrictamente hablando, la iglesia solamente confirma algo que el pecador ya ha decidido con su actitud no arrepentida: aislarse de la comunión de la iglesia. (1ª Co. 5:2-13). Ahora bien, la iglesia siempre debe mantener la posibilidad del perdón, si obra el arrepentimiento del pecador (2ª Co 2:5-8.).

Una cuestión que a veces resulta compleja es la indicación de la Palabra de Dios que nos instruye a aislarnos del pecador no arrepentido. En ocasiones hay personas que solidarizan inapropiadamente con él, añadiendo un nuevo foco de división en la comunidad. En otros casos, la hermandad actúa de manera violenta y poco misericordiosa. Una actitud equilibrada en este asunto nos lo provee el apóstol Pablo en su segunda carta a los Tesalonicenses (3:14-15) “14 Si alguno no obedece a lo que decimos por medio de esta carta, a ése señaladlo, y no os juntéis con él, para que se avergüence. 15 Mas no lo tengáis por enemigo, sino amonestadle como a hermano.”

Por último, es muy importante también considerar que si una persona persiste en su pecado, las consecuencias serán graves para su permanencia en la iglesia: “Al hombre que cause divisiones, después de una y otra amonestación deséchalo” (Ti. 3:10)

II. LA NECESIDAD DE LA DISCIPLINA ECLESIÁSTICA
Probablemente, con la primera parte de este sencillo Estudio Bíblico tengamos suficientes herramientas como para reconocer la necesidad de la Disciplina en la Iglesia. No obstante, con la finalidad de alcanzar mayor precisión, ofrecemos cuatro razones que, a nuestro modo de ver, justifican la implementación de medidas disciplinarias permanentes en la comunidad cristiana.

La disciplina eclesiástica es necesaria:

1. Porque la iglesia debe elevar el nivel moral de la sociedad.
Pablo le escribe su primera carta a Timoteo para instruirle acerca de cuál debe ser su conducta. Aunque tiene la esperanza de ir a verlo personalmente, le señala que ante un eventual retraso en su viaje, le envía esta carta para que “…sepas cómo debes conducirte en la casa de Dios, que es la iglesia del Dios viviente, columna y baluarte de la verdad.” (1 Ti. 3:14-15)

Cuando compartimos con Pablo esta imagen de la iglesia (columna y baluarte de la verdad), resulta sencillo entender todas las indicaciones bíblicas que nos imponen a los creyentes la responsabilidad personal y corporativa de vivir en santidad.

Con una brillantez sobresaliente, nuestro Señor increpa a sus seguidores planteándoles que son la Luz del mundo y la sal de la tierra. Por lo tanto, el testimonio de pureza y lucha contra el pecado, ha de ser el principal patrimonio de los seguidores del Señor. Por ello, la solemne declaración de Levítico 20:26 debe hacernos mucho sentido: “Habéis, pues, de serme santos, porque yo Jehová soy santo, y os he apartado de los pueblos para que seáis míos”

Nuestro mensaje de santidad deja de ser creíble y válido, si la iglesia no vive la santidad. Por eso, la disciplina eclesiástica no debe ser opcional, sino esencial.

2. Porque el testimonio de la iglesia fortalece la evangelización.
De nada sirve que el Señor ponga en nuestras manos recursos de diversa índole para alcanzar a las naciones mediante las misiones o el evangelismo, si nuestra proclamación no está sustentada en un paradigma de pureza moral, derivada de la santificación que el Espíritu Santo produce en la vida de los creyentes que obedecen a la Palabra de Dios.

Evangelismo sin santidad, es publicidad engañosa.

3. Porque la disciplina eclesiástica produce frutos deseables.
El autor de Hebreos aborda la disciplina de manera muy práctica y nos dice: “…Es verdad que ninguna disciplina al presente parece ser causa de gozo, sino de tristeza; pero después da fruto apacible de justicia a los que en ella han sido ejercitados.” (He. 12:11) ¡Una gran realidad! Este tema no es popular. Probablemente muchas personas incluso van a escribir en nuestra web manifestándose en contra de la disciplina eclesiástica, basándose en malas experiencias. Sin embargo, si dejamos que el sano consejo de la Palabra de Dios se atesore en nuestros corazones, poco apoco veremos un bello “fruto apacible de justicia”. El mismo autor aludido nos dice una paradoja “Porque el Señor al que ama, disciplina, Y azota a todo el que recibe por hijo” (He. 12:6) Usted querido(a) Lector(a) saque sus propias conclusiones.

4. Porque todos los miembros y líderes de la iglesia estamos expuestos al pecado.
Finalmente, debemos recordar que así como todos estamos expuestos al pecado, todos debemos estar sujetos a la disciplina.

No es correcto buscar justificaciones que pongan a hermanos o a líderes por encima de las normas divinas. Una actitud complaciente con el pecado no se condice con las enseñanzas bíblicas, ni con el ejemplo que nos ha dado el Señor (Juan 8:46)

Ni siquiera el Rey David, hombre que según Pablo era un varón conforme al corazón de Dios, se escapó de la disciplina como consecuencia de su pecado. Esto nos enseña que todos podríamos deslizarnos y caer. Entonces, ¿por qué no abrazar con humildad la reprensión del Señor y dejarnos moldear por el divino alfarero?

No tengamos reparos para promover e institucionalizar la disciplina eclesiástica. Al presente no es motivo de gozo, pero a la larga, acercará a la Iglesia al ideal de comunidad que el Señor espera.

¿POR QUÉ ES NECESARIA LA DISCIPLINA EN LA IGLESIA?
Pastor Juan Vidal Sandoval
Rector Seminario Metodista Pentecostal
Jefe del Departamento de Formación Ministerial de la Corporación Iglesia Metodista Pentecostal de Chile

http://pastorjuanvidal.com/2009/¿por-que-es-necesaria-la-disciplina-en-la-iglesia/

CONFESION DE FE DE WESTMINSTER. CAPITULO 30: DE LA DISCIPLINA ECLESIASTICA

CAPITULO 30: DE LA DISCIPLINA ECLESIASTICA

I. El Señor Jesús como Rey y Cabeza de su Iglesia, ha designado en ella un gobierno dirigido por oficiales de la iglesia, diferentes de los magistrados civiles. (1)
1. Isaías 9:6,7; 1 Timoteo 5:17; 1 Tesal. 5:12; Hechos 20:17,18; 1 Corintios 12:28; Hebreos 13:7,17,24; Mateo 28:18-20.

II. A estos oficiales han sido entregadas las llaves del reino de los cielos, en virtud de lo cual tienen poder respectivamente para retener y remitir pecados, para cerrar aquel reino a los que no se arrepienten tanto por la palabra como por la disciplina; y para abrirlo a los pecadores arrepentidos, por el ministerio del Evangelio, y por la absolución de la disciplina según lo requieran las circunstancias. (1)
1. Mateo 16:19 y 18:17,18; Juan 20:21-23; 2 Corintios 2:6-8.

III. La disciplina eclesiástica es necesaria para ganar y hacer volver a los hermanos que ofenden; para disuadir a otros de cometer ofensas semejantes; para purgar de la mala levadura que puede infectar toda la masa; para vindicar el honor de Cristo y la santa profesión del Evangelio; para prevenir la ira de Dios que justamente podría caer sobre la Iglesia si ella consintiera que su pacto y sus sellos fuesen profanados por ofensores notorios y obstinados. (1)
1. 1 Corintios 5; 1 Timoteo 5:20 y 1:20; Mateo 7:6; 1 Corintios 11:27-34 con Judas 23.

IV. Para lograr mejor estos fines, los oficiales de la iglesia deben proceder por la amonestación, por la suspensión del sacramento de la Santa Cena por un tiempo, y por la excomunión de la iglesia, según la naturaleza del crimen y la ofensa de la persona. (1)
1. 1 Tesal. 5:12; 2 Tesal. 3:6,14,15; 1 Corintios 5:4,5; 13; Mateo 18:17; Tito 3:10.

Disciplina Eclesiástica

Disciplina Eclesiástica

-Compilado, Organizado y Preparado de Varias Fuentes

por Jorge L. Trujillo

  • 1 Corintios 5
  • 1 En efecto, se oye que entre vosotros hay inmoralidad, y una inmoralidad tal como no existe ni siquiera entre los gentiles, al extremo de que alguno tiene la mujer de su padre. 2 Y os habéis vuelto arrogantes en lugar de haberos entristecido, para que el que de entre vosotros ha cometido esta acción fuera expulsado de en medio de vosotros. 3 Pues yo, por mi parte, aunque ausente en cuerpo pero presente en espíritu, como si estuviera presente, ya he juzgado al que cometió tal acción. 4 En el nombre de nuestro Señor Jesús, cuando vosotros estéis reunidos, y yo con vosotros en espíritu, con el poder de nuestro Señor Jesús, 5 entregad a ese tal a Satanás para la destrucción de su carne, a fin de que su espíritu sea salvo en el día del Señor Jesús. 6 Vuestra jactancia no es buena. ¿No sabéis que un poco de levadura fermenta toda la masa ? 7 Limpiad la levadura vieja para que seáis masa nueva, así como lo sois, sin levadura. Porque aun Cristo, nuestra Pascua, ha sido sacrificado. 8 Por tanto, celebremos la fiesta no con la levadura vieja, ni con la levadura de malicia y maldad, sino con panes sin levadura de sinceridad y de verdad. 9 En mi carta os escribí que no anduvierais en compañía de personas inmorales; 10 no me refería a la gente inmoral de este mundo, o a los avaros y estafadores, o a los idólatras, porque entonces tendríais que salir del mundo. 11 Sino que en efecto os escribí que no anduvierais en compañía de ninguno que, llamándose hermano, es una persona inmoral, o avaro, o idólatra, o difamador, o borracho, o estafador; con ése, ni siquiera comáis. 12 Pues ¿por qué he de juzgar yo a los de afuera? ¿No juzgáis vosotros a los que están dentro de la iglesia ? 13 Pero Dios juzga a los que están fuera. EXPULSAD DE ENTRE VOSOTROS AL MALVADO.

¿Cuáles son las marcas de una iglesia saludable?

Los reformadores dijeron que las marcas de una iglesia saludable eran tres: la predicación expositiva de la Palabra, la Administración de los Sacramentos y la administración de la disciplina. Hoy día existen varias listas compuestas por distintos autores, algunas tienen 5 puntos, otras 7, 9, 10, y hasta 100 puntos distintos de lo que realmente es una iglesia saludable. Pero la gran mayoría de ellas coincide en un importante punto, “El ejercicio de la disciplina eclesiástica” como una de esos indicadores. La siguiente lista por el Pastor Mark Denver es un ejemplo de esas marcas: a. Predicación Expositiva, b. Teología Bíblica, c. La predicación del Evangelio, d. Un entendimiento Bíblico de la conversión, e. Un entendimiento Bíblico del evangelismo f. Un entendimiento Bíblico de la membresía Eclesiástica g. La Disciplina Eclesiástica Bíblica h. La preocupación sobre el discipulado y el crecimiento [de los miembros] i. Un liderazgo Bíblico y añade lo siguiente “(Cuando estas cosas están bien, la iglesia es saludable.)”

La salud espiritual de una iglesia no se mide por el tamaño de la congregación, ni por la belleza de sus edificios y estructuras físicas, por el uso de la última tecnología o por la aceptabilidad popular de sus sermones. El escritor de un articulo sobre Marcas de Salud de una Iglesia concluye lo siguiente:

Iglesias saludables no son necesariamente aquellas grandes con bellas facilidades o un equipo de trabajo múltiple o quienes están a la vanguardia en la tecnología. Iglesias saludables a la verdad no son perfectas. Pero las iglesias saludables son aquellas que agradan a Dios en las áreas donde Él lo ha revelado en Su Palabra. http://www.lvchurch.org/marks.htm
Aunque Dios está en todas partes en todo tiempo, existe una presencia especial de Dios que distingue su presencia de una manera especial de un sitio o circunstancia a otro. La disciplina eclesiástica está cerca del corazón de Dios en ciertas épocas o momentos claves. Bob Deffinbaugh, Th. M dice lo siguiente:

Dios está especialmente cerca nuestro en ciertas épocas. Él está siempre cerca nuestro en ‘tiempos de necesidad’ (Hebreos 4:16)86. Está cerca cuando confesamos y abandonamos nuestros pecados (Salmo 76:7; Isaías 59:2; 2ª Corintios 6:16-18). Él está cerca de los que tienen el corazón quebrantado (Salmo 34:18; comparar Mateo 5:3ss.; 2ª Corintios 7:6). Él está con nosotros (aunque seamos dos o tres), cuando ejercitamos la disciplina de la iglesia en Su nombre (Mateo 18:20). Está con nosotros cuando somos disciplinados por Él como un Padre que nos ama (ver Hebreos 12:3-13), Él está con nosotros cuando le llamamos en verdad (Salmo 145:18). Él está cerca cuando le consideramos santo (Levítico 10:3). Él está cerca de nosotros cuando ‘nos acercamos’ a Él (Santiago 4:8). La Cercanía de Dios (Éxodo 33:1-16; 34:8-10; Deuteronomio 4:1-7) By: Bob Deffinbaugh , Th.M (http://www.bible.org/page.php?page_id=3073)

¿Por qué se hace difícil aplicar la disciplina bíblica en nuestros días?

1. El modelo de Mega Iglesia hace difícil mantener lista de miembros. Se hace fácil para muchos entrar o salir sin rendir cuenta a nadie.
2. No hay colaboración ministerial entre lideres de distintas congregaciones.
3. Aunque la membresía en la iglesia es voluntaria, los miembros deben someterse a su autoridad, sin embargo algunos miembros nos se someten a la autoridad de la iglesia

¿Por qué algunas iglesias no disciplinan sus miembros?

1. Miedo a perder miembros
2. Se ve como muy duros (faltos de amor)
3. Es ofensivo al individuo y la sociedad
4. La iglesia no debe meterse en lo personal
5. Puede herir las personas
6. Puede ser visto como una forma de control
7. Algunos disciplinan en secreto (entre el pastor (o unos pocos líderes) y el pecador)*

* Esto puede ser necesario en algunos casos, pero no así en otros. Se debe hacer diferencia entre ofensas públicas y personales. Las ofensas públicas son tratadas públicamente, las personales, en privado.

¿Debe la Iglesia Juzgar sus miembros?

Algunos no entienden correctamente el principio bíblico de ‘juzgar’. El verso ha sido mal aplicado:

  • Mateo 7
  • 1 No juzguéis para que no seáis juzgados. 2 Porque con el juicio con que juzguéis, seréis juzgados; y con la medida con que midáis, se os medirá. 3 ¿Y por qué miras la mota que está en el ojo de tu hermano, y no te das cuenta de la viga que está en tu propio ojo? 4 ¿O cómo puedes decir a tu hermano: “Déjame sacarte la mota del ojo”, cuando la viga está en tu ojo? 5 ¡Hipócrita! Saca primero la viga de tu ojo, y entonces verás con claridad para sacar la mota del ojo de tu hermano.

Obviamente, el Maestro dice que “no juzguemos para que no seamos juzgados”. Esto por supuesto no significa que no juzguemos del todo sino que se dan los principios bajo los cuales no debemos juzgar y los principios sobre los que sí podemos juzgar. Es claro que los gobiernos y las cortes de justicia, juzgan miles de casos diarios y nadie se opone a que así sea. El ejercer juicio es importante para mantener el orden social, para separar lo bueno de lo malo y hacer ‘justicia’ a los que son violentados.

Lo que no se debe hacer es ‘juzgar hipócritamente’, de así hacerlo, caeremos nosotros bajo juicio. La iglesia está llamada a juzgar la mala conducta de sus miembros.

Definición de Disciplina:
Carl Laney declara, “La Disciplina eclesiástica puede ser ampliamente definida como las medidas de confrontación tomadas por un individuo, los líderes de la iglesia, o la congregación con respecto a algún asunto de pecado en la vida de un creyente.”

La Disciplina no es condenación. Es disciplina y la disciplina está diseñada para entrenar y restaurar.

El Patrón y Base para la Disciplina

1. El Señor mismo disciplina sus hijos (Heb. 12:6) y ha dado autoridad a la iglesia para hacerlo (1 Cor. 512-13; 2 Cor. 2:6)
2. El carácter santo de Dios (1 Pedro 1:16; Heb. 12:11) requiere sacar la levadura de sus filas (1 Cor. 5:6-8)
3. Es un mandamiento de la Escritura (1 Cor. 4:6) El no hacerlo es desobediencia (1 Cor. 5:1-13; Matt. 18:17-18; Titus 3:10; 2 Thess. 3:6-15; 1 Tim. 5:20; Gal. 6:1).
4. El testimonio de la iglesia en el mundo (1 Pet. 4:13-19) si la iglesia vive como el munod pierde su credibilidad y autenticidad (1 Pet. 2:11-18; 3:8-16; 4:1-4).

El Propósito de la Disciplina Eclesiástica

1. Trae gloria a Dios y mejorar el testimonio del rebano.
2. Restaurar, sanar, y edificar creyentes pecadores (Matt. 18:15; 2 Thess. 3:14-15; Heb. 12:10-13; Gal. 6:1-2; Santiago 5:20).
3. Producir una fe saludable, una sana doctrina (Tit. 1:13; 1 Tim. 1:19-20).
4. Ganar un alma para Cristo, si el pecador es solamente un Cristiano profesante (2 Tim. 2:24-26).
5. Silenciar los falsos profetas y su influencia en la iglesia (Tit. 1:10-11).
6. Proteger la iglesia de las destructivas consecuencias que ocurren cuando se fracasa en llevar a cabo la disciplina eclesiástica. Una iglesia que falla en ejercer la disciplina sufre perdidas en cuatro áreas:

  • a. Perdida de Pureza (1 Cor. 5:6-7)
  • b. Perdida de Poder (Josué 7)
  • c. Perdida de Progreso (ver Revelación 2:5 y 3:16)
  • d. Perdida de Propósito (1 Pet. 1:14-16; 2:9-15).

La práctica de la Disciplina Eclesiástica

La Manera:

1. Debe ser ejercida por aquellos que son espirituales, quienes caminan verdaderamente por el el Espíritu Santo y quienes crecen en el Señor (Gal. 6:1) – estos son por lo general los líderes de la iglesia.
2. Debe ser hecha con humildad, gentileza y paciencia, considerándonos a nosotros mismos (Gal. 6:1-2; 2 Tim. 2:24-25).
3. Debe ser hecha sin acepción de personas, sin parcialidad (1 Tim. 5:21).
4. Aquellos que andan desordenadamente deben ser amonestados, advertidos y ganados en amor. (1 Tes. 5:14-15; 1 Tim. 5:1-2; Efe. 4:15; 2 Tim. 4:2). Esta amonestación no está limitada a los lídeeres de la iglesia. Cualquier miembro puede hacerlo siempre y cuando sus intenciones sean motivadas y controladas por el Espíritu Santo (cf. 1 Tes. 5:14 with Gal. 6:1).
5. Si no hay arrepentimiento y obediencia, el pecador creyente debe ser reprendió en público y los miembros del cuerpo deben apartarse de ellos y no mantener relaciones con ellos. La separación social tal como sera prescrita en la siguiente sección tiene dos propósitos principales:

  • a. Indicar al ofensor que su acción ha deshonrado al Senor y ha causado rotura en la armonía del cuerpo. La meta es siempre la restauración y la persona debe ser contada como un hermano (2 Tes. 3:14-15)
  • b. Para crear temor en el resto del rebaño como advertencia contra el pecado (1 Tim. 5:20)

6. Si no hay respuesta en arrepentimiento y obediencia, la iglesia debe aplicar el procedimiento de ex comunicación como se dirige en Mateo 18:17.

  • a. Ejemplos de la disciplina eclesiástica se hallan descritos en la Biblia. Los Corintios debían “reunirse” para tomar acción contra el hermano ofensor. (1 Cor. 5:4-5; Rom. 16:17; 2 Tes. 3:6-15; Fil. 3:17-19).
  • b. Esto era, como Pablo indica “castigo por la mayoría” (2 Cor. 2:6) Como medida protectora, también vemos el caso de la iglesia de Roma y en Tesalónica donde se debía tomar acción con respecto a al conducta divisora y desobediente de no pocos (2 Tes. 3:6-15; Rom. 16:17).

7. Finalmente, la disciplina en el nombre del Señor siempre incluye la disponibilidad para perdonar. La mayoría quienes disciplinan deben también estar dispuestos a perdonar, confortar, y reafirmar su amor a la persona que ha pecado (2 Cor. 2:6-8)

Razones para la Disciplina Eclesiástica

En la disciplina Eclesiástica se debe ejercer extremo cuidado. La Escritura no respalda que el ejercicio de disciplina sea hecho por antojos personales o tabú de la congregación de alguna iglesia o sus líderes. La Escritura, no nuestras opiniones o gustos personales, es la que debe expresar lo que debe ser causa de disciplina y la que debe determinar que es y que no es pecado. Además, no debemos volvernos hiper-críticos inspectores de pajas.

1. Causas Generales:
a. Conducta desordenada, conducta claramente fuera de línea con los mandamientos de la Escritura los cuales afectan negativamente el testimonio y la unidad de la iglesia. (1 Tes. 3:26-15)
2. Causas específicas:
a. Dificultades entre miembros
b. Facciones o gente divisiva que causan división en la iglesia (Rom. 16:17-18; Tito 3:9-11).
c. Conducta inmoral: pecados del tipo mencionado en 1 Cor. 5 sugieren incesto, inmoralidad, idolatría, abuso verbal, borracheras, chismes, vagancia (no trabajan), los que siembran disensión. (1 Cor. 5:1, 11; 2 Tes. 3:10-15).
d. Enseñanza falsa, enseñanza errónea y puntos de vista distintos en cuanto a los fundamentos de la fe y no puntos de diferencia en cuanto a interpretación. (1 Tim. 1:20; 2 1 Tim. 2:17-18; también implicado en Rev. 2:14-16; Fil. 3:2-3, 15-19; Rom. 16:17-18).
3. Dogmas de cada iglesia:
a. Es posible que halla dogmas (no pecados bíblicos, ni asuntos de salvación) en cada congregación. Estos deben ser respetados por quienes se unen a ellas como miembros. Aunque difícil, los dogmas se pueden ‘cambiar’ por vías adecuadas y ordenadamente. Querer cambiar violentamente y destruir tales dogmas puede causar disensión en la congregación. De ser así este es base para la disciplina.

Las preocupaciones claves que deben guiarnos son (a) el carácter santo de Dios, (b) el testimonio del rebano (c) el efecto que tiene sobre la unidad de la pureza de la iglesia y (d) la edificación y restauración del individuo

Procedimiento para la Disciplina Eclesiástica

(Pasos a seguir)

  • Mateo 18 (LBLA)
  • 15 Y si tu hermano peca, ve y repréndelo a solas; si te escucha, has ganado a tu hermano. 16 Pero si no te escucha, lleva contigo a uno o a dos más, para que TODA PALABRA SEA CONFIRMADA POR BOCA DE DOS O TRES TESTIGOS. 17 Y si rehúsa escucharlos, dilo a la iglesia; y si también rehúsa escuchar a la iglesia, sea para ti como el gentil y el recaudador de impuestos. 18 En verdad os digo: todo lo que atéis en la tierra, será atado en el cielo; y todo lo que desatéis en la tierra, será desatado en el cielo. 19 Además os digo, que si dos de vosotros se ponen de acuerdo sobre cualquier cosa que pidan aquí en la tierra, les será hecho por mi Padre que está en los cielos. 20 Porque donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.
  • Mateo 18 (RV-09)
  • 15 Por tanto, si tu hermano pecare contra ti, ve, y redargúyele entre ti y él solo: si te oyere, has ganado á tu hermano. 16 Mas si no te oyere, toma aún contigo uno ó dos, para que en boca de dos ó de tres testigos conste toda palabra. 17 Y si no oyere á ellos, dilo á la iglesia: y si no oyere á la iglesia, tenle por étnico y publicano. 18 De cierto os digo que todo lo que ligareis en la tierra, será ligado en el cielo; y todo lo que desatareis en la tierra, será desatado en el cielo. 19 Otra vez os digo, que si dos de vosotros se convinieren en la tierra, de toda cosa que pidieren, les será hecho por mi Padre que está en los cielos. 20 Porque donde están dos ó tres congregados en mi nombre, allí estoy en medio de ellos.

El procedimiento Bíblico para la disciplina Eclesiástica requiere la iniciativa y receptividad de ambas partes envueltas. Es necesario que tratemos por todos los medios de evitar problemas entre seres humanos, especialmente entre cristianos. Sin embargo, a causa de nuestra naturaleza corrompida y nuestra debilidad e imperfección humana eso no es siempre posible, cometemos faltas grandes y pequeñas, y hacemos cosas que pueden ser escandalosas a mayor o menor grado. No obstante, el cristiano debe estar siempre dispuesto a corregir sus faltas, arrepentirse de sus pecados y enderezar su proceder para con Dios y los para con los hombres.

Precauciones:

  • Proverbios 18:19
  • El hermano ofendido es más difícil de ganar que una ciudad fortificada, y las contiendas son como cerrojos de fortaleza.

Asegúrese: Debemos estar seguros de que la ofensa es legítimamente una ofensa que requiere disciplina. No simplemente algo que nos ‘incomoda’ o ‘irrita’ nuestra paciencia. La ofensa debe ser por lo tanto un ‘pecado’ el cual puede ser clasificado como tal bíblicamente.

Recordemos que también hemos pecado y no somos perfectos (Gal. 6:1)

  • 20 Ciertamente no hay hombre justo en la tierra, que haga bien y nunca peque. 21 Tampoco apliques tu corazón á todas las cosas que se hablaren, porque no oigas á tu siervo que dice mal de ti: 22 Porque tu corazón sabe, como tú también dijiste mal de otros muchas veces. Ecclesiastes 7

Ore a Dios sobre el asunto antes de ir ante la persona que ha ofendido (1 Sam. 8:6)

No lo posponga. Mientras mas tiempo pase, mas difícil se puede hacer la situación. (Se pierde poder- ver anterior)

No comparta a a otros lo sucedido hasta haber tratado de resolverlo de acuerdo a la Biblia (Mateo 18:15). Debemos guardar y proteger la persona y el rebaño de rumores y lenguas mentirosas (Prov. 6:19b; 10:19; 11:13; 18:8, 21; 20:19)

Primer Paso:

Busque reconciliación o corrección del ofensor

1. Cuando hay problemas entre dos personas: Hay dos pasos reconciliación y restauración

2. Cuando el creyente ha sido hallado en pecado: Necesita restauración

Segundo Paso:

Si el primer paso falla, traiga testigos (líderes de la congregación) para fortalecer el efecto de la disciplina.

Tercer Paso:

Si el segundo paso falla, busque reconciliación y restauración por medio de todo el cuerpo eclesiástico. Los pasos a seguir si no hay ‘arrepentimiento’

1. Separación

2. Excomunicación, pérdida de membresía

El Sr. Roger Smalling, en su libro Liderazgo Cristiano, introduce el principio de “los tres martillos” cuando se trata de la corrección: martillo de caucho (goma), martillo de madera y martillo de acero. Al principio la fuerza es suave pero firme. Si no hay corrección se incrementa el golpe, finalmente a falta de arrepentimiento se utiliza el golpe de acero.

Procedimiento para la Restauración:

Perdón:

  • Si hay arrepentimiento genuino (Luc. 3:8; Hechos 26:20) debe haber perdón.
  • Acepte su pecado libremente (1 Jn 1:9; Prov. 28:13ª)
  • Cesa toda actividad por la cual fue disciplinado y busque ayuda si es necesario (Prov. 28:13b, Gal 6:1ss, Stgo. 5:19-20)
  • Haga restitución y pida perdón (Fil. 18-19; Mat. 5:23-24)
  • Demuestre un cambio de corazón genuino (2 Cor. 7:8-11; Sal. 51:17)
  • Manifieste el fruto del E.S. (Gal. 5:22ss)

Confortamiento:

  • buscándole
  • asegurándole de su respaldo
  • motivándoles
  • exhortándoles (consejos)
  • motivándoles a seguir hacia adelante

Amor:

  • Inclúyales, acérqueles
  • Haga lo que ayude a su crecimiento y recuperación (2 Cor. 2:8)

Para posiciones de liderazgo debe haber un periodo de prueba para demostrar su calificación (1 Tim. 3:10)

Escrito: Mayo, 2008.

  • Proverbios 15:31
  • La oreja que escucha la corrección de vida, Entre los sabios morará. 32 El que tiene en poco la disciplina, menosprecia su alma: Mas el que escucha la corrección, tiene entendimiento.
  • Sofonías 3:1-2
  • AY de la ciudad ensuciada y contaminada y opresora! 2 No escuchó la voz, ni recibió la disciplina: no se confió en Jehová, no se acercó á su Dios.

http://www.vidaeterna.org/esp/estudios/disciplina.htm

Iglesia Santa y Pecadora 3

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