De algunos mitos difundidos sobre el protestantismo (XIX) Los protestantes no creen en la Virgen (7)La corredención de María

De algunos mitos difundidos sobre el protestantismo (XIX) Los protestantes no creen en la Virgen (7)

He señalado de manera repetida en las anteriores entregas que un porcentaje elevadísimo de aquellas doctrinas que los protestantes no compartimos con el catolicismo son, en términos histórico, tardías cuando no de muy reciente aparición. Uno de esos casos es la creencia en la corredención de María, entendida ésta no como que la madre de Jesús tuviera el mismo papel que éste en la redención – ¡faltaría más! diríamos los protestantes – sino en que colaboró en ella.

La corredención de María

De algunos mitos difundidos sobre el protestantismo (XIX) Los protestantes no creen en la Virgen (7)

He señalado de manera repetida en las anteriores entregas que un porcentaje elevadísimo de aquellas doctrinas que los protestantes no compartimos con el catolicismo son, en términos histórico, tardías cuando no de muy reciente aparición. Uno de esos casos es la creencia en la corredención de María, entendida ésta no como que la madre de Jesús tuviera el mismo papel que éste en la redención – ¡faltaría más! diríamos los protestantes – sino en que colaboró en ella.

Imagino que no sorprenderá a nadie que comience señalando que en la Biblia no existe el menor rastro de la idea de correndención o de María corredentora. A decir verdad, ni los términos aparecen. No sólo eso, todas las referencias a redención y redentor aparecen, única y exclusivamente, vinculadas con Jesús y su obra.

Examinemos todos y cada uno de los casos en que la idea aparece en el Nuevo Testamento.

1.- El término “redentor” sólo aparece una vez en el Nuevo Testamento. El pasaje (Hechos 7, 35), como no podía ser menos, identifica a ese Redentor con Jesús y, por supuesto, no dice ni una palabra de una corredentora.

2.- El término redención aparece tres veces en el Nuevo Testamento. En la primera cita (Lucas 1, 68) se atribuye esa redención a Dios que ha visitado a Su pueblo en la Encarnación. En Lucas 2, 38, se vincula nuevamente la redención con la figura de Jesús y en Hebreos 9, 12, se enseña que la “eterna redención” fue obtenida por Jesús mediante su sacrificio expiatorio en la cruz. Como resulta fácil de ver, la redención sólo aparece relacionada con la segunda persona de la Trinidad que se encarnó y se ofreció en la cruz.

3.- El término redimir aparece también tres veces. Ya podrá imaginar el lector que todas las referencias aparecen única y exclusivamente relacionadas con Cristo. En Lucas 24, 21, son los discípulos que van camino de Emmaús los que señalan como, antes de la crucifixión, había existido una esperanza de que Jesús redimiera a Israel. En Tito 2, 14, Pablo vincula el acto de redimir con Cristo “que se dio a si mismo por nosotros”. Finalmente, en I Pedro 1, 18-9, se incide nuevamente en este hecho. Fuimos redimidos “con la sangre preciosa de Cristo como de un cordero sin mancha y sin contaminación”. Por supuesto – ¿sorprende a alguien? – no aparece la menor referencia a la corredención o a María.

Naturalmente, resulta obligado señalar cuando apareció la tesis de la corredención de María. Imagino que, tras leer las últimas entregas, a pocos sorprenderá saber que se trata de una creencia muy tardía. Precisamente, monseñor Arthur Burton Calkins que es miembro de la Comisión pontificia “Ecclesia Dei”, miembro concurrente de la Adademia Mariana internacional pontificia y miembro correspondiente de la Academia teológica romana pontificia lo ha señalado en un trabajo muy bien documentado que se titula El Misterio de María Corredentora en el Magisterio Papal.

Señala el padre Calkins en relación con la creencia en la corredención de María que: “esta doctrina se elaboró sistemáticamente por primera vez a finales del siglo X, en la Vida de María escrita por un monje bizantino, Juan el Geómetra. Aquí se describe a María como unida a Cristo en la totalidad de la obra de redención, participando, según el designio de Dios, de la cruz y el sufrimiento por nuestra salvación. Ella permaneció unida al Hijo “en cada acto, actitud y deseo” (cf. Life of Mary, Bol. 196, f. 123 v.)”.

Comprenderán los lectores que los protestantes no nos sintamos especialmente conmovidos por una visión teológica que formuló un monje bizantino casi mil años después del inicio del cristianismo y que, por lo visto, a nadie se le había pasado por la cabeza antes sin duda porque no hay el menor indicio en las Escrituras. También comprenderán que no veamos ninguna razón para creer en semejante visión teológica. Sin embargo, no acaba aquí la cuestión.

Ciertamente, el imaginativo Juan el Geómetra pudo concebir la idea de la corredención, pero, eso no se tradujo en su aceptación por parte del cristianismo. Más bien todo lo contrario. Como señala monseñor Calkins: “La palabra “Corredentora” hace su primera aparición a nivel magisterial mediante pronunciamientos oficiales de las congregaciones romanas durante el reinado del Papa San Pío X (1903-1914), y luego pasa a formar parte del vocabulario papal.

1. El término aparece por vez primera en el Acta Apostolicae Sedis, como respuesta a una petición hecha por el padre Giuseppe M. Lucchesi, Superior General de los Servitas (1907-1913), en la que solicitaba la elevación del rango de la fiesta de los Siete Dolores de nuestra Señora, a una doble de segunda clase para toda la Iglesia. Al acceder a la petición, La Sagrada Congregación de los Ritos expresó el deseo de que con ello “se incremente el culto a la Madre Dolorosa, y se intensifique la piedad y agradecimiento de los fieles hacia la misericordiosa Corredentora de la raza humana.” 18

2. Cinco años más tarde, la Sagrada Congregación del Santo Oficio, en un decreto firmado por el cardenal Mariano Rampolla, expresó su satisfacción con la práctica de añadir, al nombre de Jesús, el de María, en el saludo “Alabados sean Jesús y María,” a lo que uno responde “Ahora y por siempre”: Hay cristianos que tienen tan tierna devoción hacia la que es la más bendita de entre las vírgenes, que no pueden mencionar el nombre de Jesús, sin que vaya acompañado del nombre glorioso de la Madre, nuestra Corredentora, la Bendita Virgen María”

3. Escasos seis meses después de esta declaración, el 22 de enero de 1914, la misma Congregación otorgó una indulgencia parcial de 100 días al que recitara una oración de reparación a nuestra Señora, comenzando con las palabras en italiano Vergine vendetta”.

La cita del trabajo de Calkins es larga, pero, a nuestro juicio, verdaderamente reveladora y merece la pena reflexionar sobre ella. Aunque Juan el geómetra ya especuló con una idea teológica relativamente cercana a la de corredención, los papas no incidieron en ella hasta inicios del s. XX, algo que, en términos históricos, no sucedió ayer por la tarde sino, si se nos permite el símil, hoy a la hora del desayuno.

Sinceramente, los protestantes creemos que no se nos puede censurar por que no aceptemos una creencia que no fue avanzada hasta finales del s. X, a la que no se refirieron los papas hasta principios del s. XX y que, por encima de todo, no aparece ni por aproximación en la Biblia

Como suele ser habitual en nosotros, puestos a escoger entre lo que muy tardíamente han enseñado los hombres y lo que enseña la Biblia, nos quedamos con las enseñanzas de la Biblia. A fin de cuentas, ésa es la clave para comprender nuestras diferencias con el catolicismo.

CONTINUARÁ: la asunción de María

Artículos anteriores de esta serie:
1 Juan Calvino y la Inquisición
2 Enrique VIII y los protestantes ingleses
3 Inglaterra y María la sanguinaria
4 Cisneros ¿precursor de la Reforma?
5 Juan de Valdés y la Reforma en España
6 Juan de Valdés huye de la Inquisición
7 Españoles del siglo XVI con la Reforma
8 Las ekklesias y «la» Iglesia católica
9 La verdadera Iglesia no tiene Papa
10 Salvación por gracia, no por obras
11 Carta de Santiago: fe, salvación y obras
12 Obispos casados
13 Los protestantes y la Virgen María
14 María durante el ministerio de Jesús
15 La Inmaculada Concepción
16 El culto a la Virgen María
17 La virginidad perpetua de María
18 El culto a las imágenes

http://www.protestantedigital.com/new/nowleerarticulo.php?r=327&a=3634

De algunos mitos difundidos sobre el protestantismo (XVIII) Los protestantes no creen en la Virgen (6)

El culto a las imágenes

De algunos mitos difundidos sobre el protestantismo (XVIII) Los protestantes no creen en la Virgen (6)

He señalado en mis últimas entregas las razones por las que los protestantes consideramos que no debe darse culto a ninguna criatura ya sea María o cualquier santo. De hecho, no otra cosa puede esperarse de una fe que se define como monoteísta y que cree que sólo puede rendirse culto a Dios y a nadie más. Debo, por lo tanto, ahora detenerme en una faceta tan vinculada al culto católico como las imágenes y más en la medida en que suele resultar chocante a los católicos que los protestantes no recurramos a él. No resulta extraño que así sea porque el culto a las imágenes forma parte muy relevante de la vida de millones de católicos e incluso existen algunas imágenes concretas que son objeto de un culto más popular hasta el punto de que, ocasionalmente, pueden verse procesiones, visitas y fiestas relacionadas específicamente con ellas.

Las razones para nuestra conducta, como siempre, se encuentran en la Biblia. En el decálogo que Dios entregó a Moisés se incluyó la siguiente prohibición: “No te harás imagen, ni ninguna semejanza de lo que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra. No te inclinarás ante ellas ni les rendirás culto, porque yo soy YHVH tu Dios” (Éxodo 20, 4-5ª)

El mandato es tan claro en los propósitos que Dios tiene para Su pueblo que cuando Moisés repitió la Torah a Israel también incluyó esta prohibición: “No harás escultura para ti, ni imagen alguna de cosa que esté arriba en los cielos, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra. No te inclinarás ante ellas ni las servirás porque yo soy YHVH tu Dios” (Deuteronomio 5, 8-9ª)

El mandato de Dios es claro. No dice que unas imágenes están bien y otras mal o que su culto es lícito si se sobreentiende que las imágenes representan al ser objeto de culto. Semejantes distingos son ajenos a la enseñanza sencilla y luminosa de la Biblia. Toda imagen – represente a quien represente – está contenida en la prohibición de rendirles culto y, desde nuestro punto de vista, ningún hombre tiene derecho, autoridad o legitimidad para excluirlo. Desde luego, el pueblo de Israel lo entendió así – lo sigue entendiendo actualmente – y los ejemplos abundan. Por ejemplo, cuando en la época de Ezequías el pueblo de Israel se volvió hacia Dios una de las primeras medidas que llevó a cabo para mostrar su arrepentimiento y su abandono del pecado fue la de que “quebró las imágenes” (2 Reyes 18, 4) e “hizo pedazos la serpiente de bronce que había hecho Moisés porque hasta entonces le quemaban incienso los hijos de Israel”. La noticia histórica es considerablemente importante porque aunque Moisés había hecho la serpiente (Números 21, 9), sin embargo, la idea de rendirle culto no podía ser más contraria a la ley que Dios le había transmitido y entre conservarla corriendo el riesgo de rendirle culto o destruirla y librarse de la idolatría se optó por esta segunda opción.

Merece la pena reflexionar que la Biblia indica que el hecho de que los hijos de Israel rindieran culto a imágenes provocó la ira de Dios (Salmo 78, 58) no porque representaran a otra divinidad sino, simplemente, porque el Decálogo señala terminantemente que no se ha de rendir culto a las imágenes. Para el salmista (Salmo 97, 7) los que rinden culto a imágenes talladas deberían avergonzarse y, de nuevo, no diferencia entre las que representen a otros seres o al único Dios.

De manera bien significativa, también en los salmos encontramos una clara contraposición entre la adoración a Dios de manera inmaterial porque se encuentra en los cielos y la de adoración de aquellos que se dirige a imágenes de oro y plata, hechas por los hombres. Estas – y no se dice que no representen ocasionalmente a Dios – “tienen boca, pero no hablan; tienen ojos, pero no ven; tienen oídos, pero no oyen; tienen narices, pero no huelen; tienen manos, pero no palpan; tienen pies, pero no andan” (Salmo 115, 5-7) y zanja el salmista con unas palabras que para nosotros los protestantes son irrefutables: “semejantes a ellas son los que las hacen y cualquiera que confía en ellas” (Salmo 115, 8). Una enseñanza idéntica hallamos en el Salmo 135, 16.

Al respecto, no deja de ser claramente revelador que Isaías, el profeta más importante del Antiguo Testamento, dedique todo un capítulo de su libro a señalar lo estúpida que es la postura de aquel que se inclina ante una imagen porque puede con el mismo trozo de madera labrarse un objeto de culto y con lo que sobra calentarse la comida (Isaías 44, 9-20). Al respecto, el juicio del profeta es muy duro, pero indica lo que Dios piensa del culto a las imágenes: “No saben ni entienden, porque cerrados están sus ojos para no ver, y su corazón para no entender. No piensa, carece de sentido y de entendimiento para decir: Una parte de esto la quemé al fuego y con sus brasas cocí pan, asé carne y comí. ¿Haré con lo que queda una abominación? ¿Me postraré delante de un tronco de árbol? De ceniza se alimenta. Su corazón engañado le desvía para que no se vea liberada su alma ni diga: ¿Acaso no es una pura mentira lo que tengo en la diestra?” (Isaías 44, 18-20).

Como muy bien señala Isaías, el culto a las imágenes es de por si absurdo porque “¿A qué asemejareis a Dios o qué imagen le compondréis?” (Isaías 40, 18) y es que, a fin de cuentas, las imágenes de culto “todas son vanidad y sus obras son nada. Viento y vanidad son sus imágenes fundidas” (Isaías 41, 29). De nuevo, hay que observar que los autores sagrados no diferencian entre imágenes de un dios o de Dios, de una divinidad falsa o del Señor. Según su testimonio, toda imagen destinada a culto desagrada profundamente a Dios y, por añadidura, es absurda su fabricación y todavía más su culto porque Dios por Su propia naturaleza no puede ser representado. Inclinarse ante una imagen es un terrible engaño espiritual y lo es, según la Biblia, especialmente para el que se entrega a ese tipo de prácticas.

Esta enseñanza resulta tan clara en la Biblia – y tuvo consecuencias tan fatales abandonarla – que el pueblo de Israel la ha mantenido hasta el día de hoy. Pero no se trata sólo del pueblo de Israel. Durante los tres primeros siglos, los cristianos no rindieron culto a las imágenes y no tenemos ni el menor testimonio arqueológico en ese sentido. Era lógico porque no se sentían autorizados a suprimir ningún mandamiento del Decálogo. De hecho, como supo reconocer el cardenal Newmann en su Ensayo sobre el desarrollo del dogma, el culto a las imágenes fue una de las prácticas paganas que penetró en la práctica del cristianismo a partir del s. IV. Aún así, su asentamiento no fue fácil. El concilio de Elvira en España todavía mantuvo la prohibición de pintar imágenes para el culto en resistencia a un mimetismo de los ritos paganos y, por ejemplo, las iglesias ortodoxas insisten – de manera bastante especiosa a nuestro juicio – en diferenciar las imágenes de bulto redondo de los iconos reconociendo que rendir culto a las primeras es idolatría, pero insistiendo en que hacerlo con los iconos no lo es.

Resumiendo, pues, los protestantes no pensamos que incurrimos en ninguna falta al evitar el culto a las imágenes o que, por lo menos, perdemos algo espiritualmente positivo. Por el contrario, creemos que:
1.- de esa manera respetamos el contenido completo del Decálogo del que la iglesia católica por razones que no podemos considerar justificadas ha extirpado la prohibición de rendir culto a las imágenes.
2.- de esa manera actuamos conforme al testimonio de los profetas que advirtieron al pueblo de Israel en contra de caer en la ceguera espiritual que deriva específicamente de rendir culto a las imágenes.
3.- de esa manera nos vemos libres de la tremenda arrogancia de pretender formar algo que se asemeje al Dios que nadie puede representar.
4.- de esa manera seguimos el ejemplo de Jesús, sus apóstoles y los cristianos de los tres primeros siglos que jamás fabricaron imágenes o les rindieron culto y
5.- de esa manera somos receptores de la promesa de Jesús de adorar a Dios en un nuevo pacto marcado por la adoración “en espíritu y verdad” (Juan 4, 23) y no en sombra o representación.

Creo que no costará comprender que, una vez más, puestos a escoger entre lo que enseña con extraordinaria claridad la Palabra de Dios y lo que enseñan hombres que no tienen reparo en mutilar lo ordenado por el Señor en el decálogo nos quedemos con la primera.

CONTINUARÁ: la corredención de María.

Artículos anteriores de esta serie:
1 Juan Calvino y la Inquisición
2 Enrique VIII y los protestantes ingleses
3 Inglaterra y María la sanguinaria
4 Cisneros ¿precursor de la Reforma?
5 Juan de Valdés y la Reforma en España
6 Juan de Valdés huye de la Inquisición
7 Españoles del siglo XVI con la Reforma
8 Las ekklesias y «la» Iglesia católica
9 La verdadera Iglesia no tiene Papa
10 Salvación por gracia, no por obras
11 Carta de Santiago: fe, salvación y obras
12 Obispos casados
13 Los protestantes y la Virgen María
14 María durante el ministerio de Jesús
15 La Inmaculada Concepción
16 El culto a la Virgen María
17 La virginidad perpetua de María

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LA SUPERSTICIÓN JUNTO CON LA APOSTASÍA Y EL ERROR…

200 mil personas rindieron tributo al Gauchito Gil

Llegaron hasta “el santuario” de la ciudad correntina de Mercedes provenientes de varias provincias y países limítrofes. Un fenómeno que combina tradición, religiosidad popular y ritos paganos.

Más de 200 mil personas de diferentes puntos del país y zonas limítrofes pasaron por el santuario erigido a la vera de la ruta nacional 123, en el acceso a la ciudad correntina de Mercedes, para rendir honor al Gaucho Antonio Cruz Gil a 131 años de su muerte.

Las celebraciones centrales se iniciaron el jueves con el traslado por parte de la Agrupación Tradicionalista El Estribo de la Cruz Peregrina del Gaucho Gil al Centro de Interpretación de Mercedes, donde se montó un altar que funcionó como un espacio de oración para los promeseros.

Tras ser velada durante la noche, la Cruz Peregrina partió a las 5.30 de hoy hacia la Parroquia Nuestra Señora de La Merced, donde el presbítero Luis María Adis ofició la misa, que según aclararon desde la organización de las celebraciones “no es en honor a un santo, sino a un difunto que hizo sus pascuas para estar más cerca de Dios”.

Si bien la imagen del denominado “gaucho milagroso” genera controversias en el seno de la Iglesia Católica, desde 2005 estas celebraciones cuentan con la “bendición” del Obispado de Goya, que permite la misa en honor a Antonio Gil.
Tras la misa central, la Cruz Peregrina partió hacia el santuario erigido sobre la tumba del Guachito Gil en el marco de una peregrinación encabezada por jinetes que tardaron más de cuatro horas para desandar los 8 kilómetros que separan el centro de la ciudad del altar situado sobre la ruta 123.

La directora de Turismo municipal, Graciela Díaz Pérez, aseguró a DyN que “los promeseros comenzaron a llegar desde el pasado 29 de diciembre” y dijo que “a lo largo de estos días más de 200 mil personas han pasado a visitar el santuario del Guacho Gil”.

Desde la Comisaría Primera de Mercedes precisaron que alrededor de 90 mil personas ingresaron entre el jueves y viernes a esta ciudad ubicada a 240 kilómetros de la capital provincial.

“La afluencia de personas se incrementa año a año y cada vez se nota más la necesidad que tiene la gente de aferrarse a algo, en este caso el Gauchito Gil que para nosotros es sagrado”, aseveró la directora de Turismo de Mercedes.

Al igual que en años anteriores, la gran afluencia de público provocó el colapso de los servicios esenciales de agua potable y energía eléctrica, así como la capacidad hotelera, de sólo 500 camas, por lo cual cientos de personas debieron acampar a la vera de la ruta.

“Mercedes no es una ciudad turística, sino una localidad emergente que se ve desbordada por esta manifestación de fe popular que aumenta de forma considerable todos los años”, aseveró Graciela Díaz Pérez, quien confirmó la visita de “personas de todas las provincias y de países limítrofes”.

La responsable del área de Turismo municipal indicó que esta celebración popular “también genera un gran interés entre la comunidad científica”, puesto que “contamos con la visita de sociólogos, antropólogos y de estudiosos de la Universidad de Kentucky (Estados Unidos) y la Universidad de Lyon (Francia) que se interesan por este fenómeno”.

Por su parte, desde la Policía de Corrientes consideraron “exitoso” el operativo de seguridad, conformado por 150 efectivos de la Unidad Regional III y la Unidad de Transito de Capital, puesto que “hasta el momento no se han registrado incidentes de ningún tipo”.

El operativo entró en vigencia el miércoles a las 18 y se extenderá hasta el domingo, puesto que se prevé que la afluencia de personas continúe durante todo el fin de semana.

El ministerio de Salud Pública provincial desplegó desde el jueves un operativo sanitario con más de 40 personas entre médicos, paramédicos, enfermeros y agentes sanitarios, sumados a tres móviles, una carpa de asistencia y cinco ambulancias de traslado.

Fuente: DyN

El ícono es una imagen

El ícono es una imagen

Introducción

Este es el concepto de la Iglesia ortodoxa respecto a los íconos. Los cristianos evangélicos, no tenemos por costumbre forjar imagen de Dios, por lo cual en nuestras iglesias no se visualiza ninguna imagen. En el mejor de los casos, algun paisaje o una cruz vacía, que indica que creemos que el Cristo ha resucitado.

Trasncribo este artículo sin modificación, para aquellos que desean conocer cual es el pensamiento teológico de esta tradicion cristiana y en que se basa  para crear íconos para sus liturgias.

Entendemos que los pasajes bíblicos del Antiguo Testamento, continúan aún en vigencia, y que en ellos había una prohibición de pintar imágenes de Dios para no incurrir en una deformación de la imagen inmaterial y espiritual del Dios único y verdadero (Deut. 4, 15-20).

La iconografía en la tradicion ortodoxa 

A partir del siglo VI la iconografía conoce en Oriente una gran época de esplendor que se manifiesta en la integración del arte con la liturgia, en la construcción y adornos de las basílicas, entre ellas la más hermosa fue Santa Sofía en Constantinopla.

Entre los siglos VIII y IX se desata en el Imperio Bizantino la lucha iconoclasta. Literalmente, la palabra iconoclasta significa “destrozador de imágenes sagradas”. Esta palabra se ha usado para designar a los enemigos fanáticos del uso y culto a las imágenes.

En el año 725, el emperador cesaropapista León III Isáurico condena el uso de las imágenes en la iglesia con el pretexto de que se puede caer en el error de la idolatría; en el año 729 se desencadena la lucha cuando los partidarios del Emperador destruyen una famosa imagen de Cristo provocando con esto una reacción popular. Se destruyen muchas imágenes, se cortan las manos a los pintores de iconos, se produce una persecución con destierro, prisión, tortura y martirio a los defensores de los iconos. Entre ellos se distinguen San Germán y San Juan Damasceno.

Entre los años 775 y 780 con León IV se mitiga la lucha iconoclasta y se restablece el culto a las imágenes. El Concilio de Nicea II, celebrado en el año 787, clarifica la doctrina y justifica la iconografía y la veneración de las imágenes sagradas.

En el año 813 con el Emperador León V se vuelve a encender la lucha. La persecución contra los amantes de las imágenes fue aún mas violenta que la
precedente.

La Emperatriz Teodora sanciona en el año 843 un edicto favorable a la doctrina Conciliar poniendo fin a la lucha iconoclasta. Desde entonces, la Iglesia de Oriente celebra todos los años, en la liturgia del primer domingo de Cuaresma lo que se llama el triunfo de la Ortodoxia. Es una fiesta en la que se confirma la validez y la importancia del culto dado a las imágenes sagradas y durante la cual se llevan en procesión muchos iconos.

Con la extensión del cristianismo oriental por toda la parte de los Balcanes y en Rusia a partir del siglo IX se ramifica el arte de la iconografía. Florecen en Rusia varias escuelas, entre ellas, la de Moscú y la de Novgorod; en los siglos XIV y XV se destacan los mejores iconógrafos con los nombres de Teófanes el Griego, San Andreij Roublev, Dionisio y otros.

En Occidente tenemos una continuidad tradicional con la iconografía oriental en los primitivos pintores italianos, en el arte románico, catalán, etc. Como ejemplo del arte bizantino tenemos la Basílica de San Marcos en Venecia. 

Poco a poco este arte se va desintegrando hasta llegar al Renacimiento que se aparta de la imagen teológica de Oriente en aras de una imitación naturalista de los episodios.

Teología de la imagen

La teología de la imagen en que se inspira el arte del icono nace de una serie de consideraciones bíblicas y teológicas:
“ Y dijo Dios: hagamos al ser humano a nuestra imagen como semejanza nuestra… Creó pues Dios al ser humano a imagen suya”.(Gen. 1, 26-27).
La imagen supone un parecido físico que la semejanza parece atenuar. “Cristo es la imagen del Dios invisible”(Col. 1, 15).
“A los que de antemano conoció, también los predestinó a reproducir la imagen de su Hijo”(Rom. 8, 29).
La iconografía teológica expresa con sus figuras, símbolos y colores la auténtica fe cristiana.
Es de carácter ecuménico porque une en la misma fe a católicos y ortodoxos. El Papa Juan Pablo II con la carta Duodecimum Saeculum del 4 de diciembre de 1.987 y el Patriarca Dimitrios I de Constantinopla con su carta Encíclica sobre los iconos, del 14 de septiembre de 1.987 dirigidas ambas a la Iglesia Universal han puesto un hito en la historia y en la teología del arte sagrado iconográfico, con una invitación a apreciar los tesoros de la tradición, a no vanalizar lo que es expresión y vehículo de la belleza que nos lleva al “Autor” de la misma.
En el Antiguo Testamento había una prohibición de pintar imágenes de Dios para no incurrir en una deformación de la imagen inmaterial y espiritual del Dios único y verdadero (Deut. 4, 15-20).
Desde el punto de vista teológico el icono original es Cristo, revelación y rostro de Dios:
“El que me ha visto a mí, ha visto al Padre”(Jn. 14, 9). 
El Espíritu Santo es reconocido como iconógrafo interior, aquel que graba en nosotros la imagen de Cristo.
María es icono, imagen, tipo y modelo de la Iglesia, es la imagen más pura en la que contemplamos todo lo que la Iglesia desea alcanzar. Representa la encarnación.
El hombre es icono de Cristo, por cuanto refleja su imagen. La teología del icono, por tanto, se fundamenta básicamente en la realidad de la Encarnación.
Cuando el apóstol Pablo formula el fundamento cristológico del icono diciendo: “Cristo es la imagen visible del Dios invisible” (Col. 1, 15) está diciendo en otras palabras, la humanidad visible del Señor es la imagen de su divinidad invisible. Así, la imagen (icono) del Señor aparece como la imagen de Dios y del hombre, es decir, como la representación del Dios-Hombre. El razonamiento subyacente aquí, es que, ya que el Hijo es por su divinidad la imagen consubstancial al hombre creado a imagen y semejanza de Dios, se convierte (y permanece desde su encarnación y hasta el final de los tiempos) en la imagen fiel de Dios. Es por esta razón por lo que afirma claramente: “Quien me ha visto ha mí ha visto al Padre” (Jn. 14, 9) Esto quiere decir que las dos naturalezas unidas a la única hipóstasis del Señor nos ofrecen la imagen única del Dios-Hombre Jesús, una imagen que expresa a Dios mismo aunque Este sea del todo inconcebible e indescriptible. 
La persona de Cristo tiene como misión hacer presente a Dios en el mundo y restablecer plenamente esa otra imagen que puso Dios en el hombre (Gen. 1, 26) y que se vio enturbiada por el pecado. Por la encarnación, Cristo “no se aferró a su condición divina, al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, haciéndose uno de tantos”(Flp. 2, 6-7)
El no despreció la naturaleza humana, lo material, sino que la asumió plenamente, uniéndola a la naturaleza divina en la persona del Logos.
Desde ese momento lo material es el camino a lo Trascendente. Jesucristo es la imagen de Dios y los iconos son las imágenes de Cristo. Y esto se debe según Teodoro Studita, a la voluntad expresa de Dios que ha querido que de la Encarnación sólo podamos ver su aspecto humano: “La hipóstasis de Cristo circunscrita, no según la divinidad que nadie la ha visto jamás, sino según la humanidad que es contemplada en ella a la manera de individuo”. 
La confesión del misterio de la Encarnación va unida indisolublemente a la confesión de María como Madre de Dios. “Porque Cristo que ha nacido de Padre indescriptible no puede tener imagen… pero en el momento que Cristo ha nacido de una Madre descriptible, tiene naturalmente una imagen que corresponde a la de su Madre”(San Teodoro Studita). Es esta la causa por la que en la religiosidad y en la iconografía oriental el tema de la Virgen como Madre de Dios adquiere tanta importancia. Los iconos de la Virgen son esencialmente cristológicos.
Los iconos de Cristo al dejar ver lo invisible de Dios, se convierten en hipóstasis del Logos; no representan a una de sus dos naturalezas sino a las dos, manifiestan su hipóstasis, el misterio mismo de la Encarnación, esencial e inseparable a la persona de Jesucristo. Así, el icono de Cristo testimonia una presencia, su misma presencia que permite llegar a una comunión espiritual, a un encuentro místico con el Señor pintado en imagen.
Por tanto lo distintivo del icono es ser lugar de presencia no sustancial, como algunos quisieron ver, sino con un valor parecido al que en nuestra terminología occidental damos a los sacramentales.
Para las Iglesias Orientales la relación de la imagen con el prototipo es la semejanza de la hipóstasis. “El prototipo no está en la imagen según la esencia(…), el prototipo está en la imagen según la semejanza de la hipóstasis” (San Teodoro Studita). Por lo tanto, la relación icono-prototipo no es ni de simple retrato, ni tampoco de esencia reservada únicamente a la Eucaristía. Nunca se permite representar un retrato mimético de Jesucristo, la Virgen o los Santos, sino que conscientemente se pretende evitar la copia de los modelos vivos. Lo que se procura es plasmar el prototipo en lo que este lleva siempre de imitación de lo invisible; no es la belleza física o natural lo que se quiere copiar, sino su parecido con la divinidad, la belleza Trascendente. 
Así es que la iconografía oriental no pretende solamente ser vehículo de información que eduque la fe, sino sobre todo cauce de formación activa de la vida del creyente.

Fuente: http://www.orthodoxworld.ru/es/icona/book/17/index.htm