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La traducción bíblica que sacudió al mundo

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La sociedad cristiana en el siglo IV

sábado 7 de febrero de 2009
La sociedad cristiana en el siglo IV

Desde el punto de vista social, el siglo IV presenció también una profunda transformación religiosa: la sociedad cristiana sucedió a las comunidades cristianas del período anterior. El Cristianismo dejó de ser, en el mundo mediterráneo, una religión de minorías para convertirse en religión de muchedumbres. La evangelización desbordó su anterior marco urbano y llegó a la mayoritaria población campesina. Las iglesias rurales proliferaron y surgió una geografía eclesiástica.

1. La libertad religiosa y tras ella la conversión cristiana del Imperio romano tuvieron hondas repercusiones, desde el punto de vista histórico-social: las puertas de la Iglesia se abrieron a las muchedumbres. A principios del siglo IV, los cristianos constituían todavía una reducida minoría dentro del Orbe romano, que, aun cuando hubiera ciertas regiones más densamente cristianizadas, en conjunto no alcanzaría, seguramente, el diez por ciento de la población. Bajo el Imperio pagano perseguidor, tan sólo hombres de gran temple espiritual tenían la altura moral necesaria para arrostrar los riesgos y desventajas humanas que llevaba consigo la conversión cristiana. Fue solamente a partir de Constantino cuando las multitudes de personas vulgares, que son siempre mayoría en las sociedades terrenas, encontraron expedito el acceso a la Iglesia.

2. El tránsito de un régimen de comunidades cristianas a la sociedad cristiana constituye otro de los aspectos de la gran transformación religiosa experimentada a lo largo del siglo IV. Antes, los discípulos de Cristo formaban pequeñas comunidades, en medio de una sociedad pagana. Ahora, en el transcurso de un par de generaciones, en el mundo mediterráneo, solar principal del Imperio romano, se operó la cristianización de la sociedad. Usando el símil de las parábolas evangélicas del grano de mostaza o la levadura y la masa, el paso de una Iglesia de comunidades cristianas a la sociedad cristianizada podría entenderse como el resultado de la silenciosa y eficaz acción de lo que fue en sus comienzos el fermento o la más pequeña de las simientes. El fenómeno de la cristianización de la sociedad fue pródigo en consecuencias.

3. Primer resultado de la nueva realidad cristiana fue un distinto planteamiento de la forma de incorporación a la Iglesia. Durante los siglos precedentes, la conversión en edad de discernimiento fue el cauce ordinario de acceso a las comunidades cristianas. Fiunt, non nascuntur christiani —los cristianos no nacen, se hacen— es una sentencia de Tertuliano, cuyo sentido más obvio parece ser que, en su tiempo —a caballo entre los siglos II y m—, la gran mayoría de los fieles nacían paganos y «se hacían cristianos» después. La Iglesia, con la mira puesta en la admisión de personas adultas, instituyó el catecumenado, largo período de preparación ascética y doctrinal, que disponía al neófito para la recepción del bautismo, conferido de ordinario en las grandes solemnidades litúrgicas de Pascua y Pentecostés. El catecumenado tuvo su momento álgido en el siglo IV, cuando, desde el reinado de Constantino, las muchedumbres paganas llamaban en masa a las puertas de la Iglesia y pedían ser bautizadas.

4. Nacer cristianos —de padres bautizados— se hizo en cambio frecuente durante el siglo IV, y en el siglo v llegó a ser habitual a todo lo ancho de la cuenca del Mediterráneo. La incorporación a la Iglesia desde la primera infancia fue desde ahora lo normal, con la consecuencia de que la disciplina bautismal se alterara sensiblemente. Se generalizó el bautismo de infantes, administrado a hijos de padres cristianos inmediatamente después del nacimiento, a lo largo, por tanto, de todo el año, sin esperar a las grandes solemnidades litúrgicas. El catecumenado entró en rápida decadencia al faltar, cada vez más, los conversos adultos y terminó por desaparecer.

5. La difusión del Cristianismo había comenzado por las ciudades, verdaderos puntales de la vida romana en su época clásica. De ahí el carácter urbano que tuvieron de ordinario en sus orígenes las comunidades cristianas. Cuando llegó la libertad de la Iglesia, las ciudades se cristianizaron con rapidez y hubo un tiempo en que existía un contraste entre la población de la ciudad —cristiana— y la de los campos, todavía gentil. En este período fue cuando el término paganus —aldeano del pagus— adquirió un sentido religioso y designó —en oposición a cristiano— a los rústicos que permanecían aún fuera de la Iglesia, aferrados a sus ancestrales tradiciones idolátricas.

6. La libertad de la Iglesia hizo más fácil la propagación del Cristianismo por campos y aldeas. Una intensa acción pastoral se desarrolló en los medios rurales, de la que fueron protagonistas grandes obispos misioneros, como San Martín de Tours (371-397). En la catequesis destinada a estas poblaciones de pobre nivel cultural se siguieron unas directrices que, en siglos posteriores, fueron también válidas para la conversión de las naciones bárbaras. La Iglesia tuvo buen cuidado en no limitarse a destruir los ídolos y procuró que no se crearan vacíos religiosos en aquellas gentes de ruda mentalidad. Por ello se esforzó en cristianizar sus hábitos sociales más arraigados y sus tradicionales fiestas religiosas, integrando a unos y otras en la disciplina sacramental o en el ciclo litúrgico anual del Misterio de Cristo y las solemnidades en honor de la Virgen y de los santos. Muchos templos cristianos se erigieron también sobre el solar de antiguos santuarios paganos, es decir, en el lugar donde las poblaciones de la comarca tenían, desde tiempo inmemorial, la costumbre de venir a adorar. El culto de los mártires, de los santos y de las reliquias —prueba tangible de su humanidad—, que impresionaba vivamente a los «rústicos» de los campos, constituyó un gran instrumento de catequesis. Pese a todo, la obra evangelizadora de los campesinos, subsiguiente a su bautismo, fue larga; hizo falta mucho tiempo y un esfuerzo perseverante para ir desarraigando las supersticiones y residuos idolátricos que, entremezclados con auténtica religiosidad, proliferaron entre las masas rurales.

7. Durante los primeros siglos de nuestra Era, el obispo había sido el jefe de la iglesia local, pastor de la comunidad cristiana radicada en una determinada urbe. A partir del siglo IV, el quehacer del obispo se extendió a los espacios rurales y sus poblaciones campesinas. Entonces se abrió camino la noción de diócesis —distrito territorial sobre el que se extendía la autoridad de un determinado obispo— y nació una geografía eclesiástica. La división diocesana cubrió toda la superficie de los territorios cristianizados y se hizo preciso establecer con exactitud el perímetro de cada diócesis y fijar sus respectivos límites. La idea de competencia territorial fue abriéndose camino y la disciplina eclesiástica urgió a los obispos a que ejercieran sus poderes jurisdiccionales dentro de los confines diocesanos y tan sólo sobre las personas que residían en ellos, sin invadir esferas propias de otros obispos. La cristianización de los campos exigió la construcción de numerosas iglesias y oratorios para la atención espiritual de los campesinos: tal fue el punto de partida de la organización parroquial y el origen de un clero destinado a la cura pastoral de las poblaciones rurales.

8. Un último rasgo que hace falta destacar es el extraordinario realce que alcanzó la figura del obispo con la eclosión de la sociedad cristiana. Los pueblos veían en el obispo a su pastor religioso, pero también, cada vez más, a su jefe natural y protector en todos los órdenes de la vida En el siglo v, la crisis del Imperio provocó un gran vacío de autoridad. En los dramáticos tiempos finales de la Antigüedad, a medida que la administración civil se desintegraba, los obispos, asumiendo una forzosa función de suplencia, se vieron obligados a intervenir cada vez más en la vida de los pueblos. De modo particular correspondió a los obispos la protección de las personas socialmente débiles, incapaces de defenderse por sí mismas. En lo que se refiere al acceso al episcopado, el nuevo estado de cosas hizo cada vez más difícil la elección del obispo «por el clero y el pueblo», como había sido habitual mientras fuera el pastor de una pequeña comunidad urbana. Ahora, aunque las viejas fórmulas seguían repitiéndose en los textos canónicos, los nombramientos episcopales fueron incumbencia, en la práctica, del clero diocesano y los obispos comprovinciales, con frecuentes intromisiones de emperadores y príncipes. Personajes ilustres por sus cargos civiles o su origen familiar ocuparon a menudo las sedes episcopales en el período romano-cristiano y contribuyeron a realzar el prestigio social del obispo. Baste citar a título de ejemplo a San Ambrosio, que pasó de gobernador de la Alta Italia a obispo de Milán; a San Paulino de Nola, cónsul en su juventud; o a Sidonio Apolinar, gran señor del sur de las Galias y yerno del emperador Avito, que fue obispo de Clermont-Ferrand.

fuente:
http://textoshistoriadelaiglesia.blogspot.com/2009/02/la-sociedad-cristiana-en-el-siglo-iv.html

Los Primeros Cristianos Urbanos

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diccionario de la iglesia primitiva

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Ministerio del Apostol Pablo

Comenzó su actividad de evangelización cristiana en Damasco y Arabia. Es perseguido por los judíos y huye a Jerusalén, donde es visto por Bernabé quien lo lleva con Pedro y con Santiago el Hermano del Señor en el año 36. Huye de Jerusalén, escapando de los judíos de habla Griega. Se lo llevan a Cesarea y es enviado a refugiarse en Tarso. Bernabé acude a Tarso y se va con Pablo a Antioquía, donde pasaron un año evangelizando. Antioquía se convierte en el centro de los cristianos convertidos desde el paganismo. Aquí surge por primera vez la denominación de cristianos para los discípulos de Jesús.

A partir del año 46 comienzan los tres grandes viajes misioneros de Pablo.

Este periodo de doce años (45-57) fue el más activo y fructífero de su vida. Comprende tres grandes expediciones apostólicas de las que Antioquía fue siempre el punto de partida y que, invariablemente, terminaron por una visita a Jerusalén.

(1) Primera misión (Hch. 13: 1- 14: 27)

Introducción:

En el primer viaje misional, junto con Bernabé y su primo Juan Marcos, parte de Seleucia, puerto de Antioquía hacia la isla de Chipre. En Pafos, se convierte al cristianismo el procónsul romano Sergio Pablo. Es aquí donde Saulo comienza a ser llamado Pablo (o el más pequeño). Navegan hacia Perge, en la región de Panfilia. Juan Marcos regresa a Jerusalén. Pablo y Bernabé continúan por el sur de Galacia. Encuentran mala acogida por parte de los judíos, y deciden dirigirse a los paganos. Crean varias comunidades cristianas. Los cristianos procedentes del judaísmo plantean la idea de que estos nuevos cristianos deberían aceptar también las leyes judías, como la circuncisión. Pablo decide plantear la cuestión en Jerusalén a su regreso en el año 49, ante los apóstoles. Esto dio lugar al primer concilio, el Concilio de Jerusalén, del año 50. Triunfó la postura de Pablo, sobre no imponer rituales judíos a los conversos gentiles

Relato: Enviado por el Espíritu para la evangelización de los gentiles, Bernabé y Saulo embarcaron con destino a Chipre, predicaron en la sinagoga de Salamina, cruzaron la isla de este a oeste siguiendo sin duda la costa sur y llegaron a Pafos, residencia del procónsul Sergio Paulo, donde tuvo lugar un cambio repentino. Después de la conversión del procónsul romano, Saulo, repentinamente convertido en Pablo, es citado por San Lucas antes de Bernabé y asume ostensiblemente la dirección de la misión que hasta entonces había ejercido Bernabé. Los resultados de este cambio son rápidamente evidentes. Pablo comprende que, al depender Chipre de Siria y Cilicia, la isla entera se convertiría cuando las dos provincias romanas abrazaran la fe de Cristo. Escogió entonces el Asia Menor como campo de su apostolado y se embarcó en Perge de Panfilia, once kilómetros por encima del puerto de Cestro. Fue entonces cuando Juan Marcos, primo de Bernabé, desanimado quizás por los ambiciosos proyectos del apóstol, abandonó la expedición y volvió a Jerusalén, mientras que Pablo y Bernabé trabajaban solos entre las arduas montañas de Pisidia, infestadas de bandidos y atravesaron profundos precipicios. Su destino era la colonia romana de Antioquía, situada a siete días de viaje desde Perge. Aquí, Pablo habló del destino divino de Israel y del providencial envío del Mesías, un discurso que San Lucas reproduce en sustancia como ejemplo de una predicación en la sinagoga. (Hch. 13:16-41). La estancia de los dos misioneros en Antioquía fue lo suficientemente larga como para que la palabra del Señor fuera conocida a través de todo el país. (Hch. 13:49). Cuando los judíos consiguieron con sus intrigas un decreto de destierro, continuaron hacia Iconium, distante tres o cuatro días de viaje, donde encontraron la misma persecución por parte de los judíos y la misma acogida por parte de los gentiles. La hostilidad de los judíos los forzó a buscar refugio en la colonia romana de Listra, distante como unos veinticinco kilómetros. Aquí, los judíos de Antioquía y de Iconium dejaron celadas para Pablo y, habiéndolo apedreado lo dejaron por muerto, mientras que él logró una vez más escapar buscando esta vez refugio en Derbe, situada alrededor de sesenta kilómetros de la provincia de Galacia. Después de completar su circuito, los misioneros volvieron sobre sus pasos para visitar a los nuevos cristianos, ordenaron algunos sacerdotes en cada una de las iglesias fundadas por ellos y al fin volvieron a Perge, donde se detuvieron a predicar de nuevo el Evangelio, mientras que esperaban quizá la oportunidad de embarcar para Atalia, un puerto a dieciocho kilómetros de allá. Al volver a Antioquía de Siria, después de una ausencia que había durado tres años, fueron recibidos con muestras de gozo y de acción de gracias pues que Dios les había abierto las puertas de la fe al mundo de los gentiles.

El problema del estatuto de los gentiles en la Iglesia se hizo entonces sentir en toda su agudeza. Algunos judeocristianos que venían de Jerusalén reclamaron el que los gentiles fueran sometidos a la circuncisión y tratados como los judíos trataban a los prosélitos. Contra esta opinión, Pablo y Bernabé protestaron y se decidió convocar una reunión en Jerusalén para resolver el asunto En esta asamblea, Pablo y Bernabé representaron a la comunidad de Antioquía. Pedro defendió la libertad de los gentiles, Santiago insistió en lo contrario, pidiendo al mismo tiempo que se abstuvieran de algunas de las cosas que más horrorizaban a los judíos. Al fin se decidió que los gentiles estaban exentos de la ley de Moisés primeramente. En segundo lugar, que los de Siria y Cilicia deberían abstenerse de lo sacrificado a los ídolos, de la sangre, de los animales estrangulados y de la fornicación. En tercer lugar, que su decisión no era promulgada en virtud de la ley de Moisés sino que era dada en nombre del Espíritu Santo, lo que significaba el triunfo de las ideas de San Pablo. La restricción impuesta a los gentiles convertidos procedentes de Siria y Cilicia no se aplicaba a sus iglesias y Tito, su compañero, no fue apremiado a circuncidarse, a pesar de las protestas de los judaizantes (Gál.2: 3-4). Se asume aquí que Gál. 2, y Hch. 15, relatan el mismo hecho puesto que, de un lado, los actores son los mismos Pablo y Bernabé, y por el otro Pedro y Santiago; la discusión es la misma, la cuestión de la circuncisión de los gentiles; la escena idéntica Antioquía y Jerusalén; y la fecha idéntica: Alrededor del 50 d.C.; y el resultado uno solo: la victoria de Pablo sobre los judaizantes. Sin embargo, la decisión no fue adelante sin dificultades. El asunto no concernía solamente los gentiles y, mientras que se les exoneraba de la ley de Moisés, se declaraba al mismo tiempo que hubiera sido más meritorio y más perfecto para ellos el observarla, puesto que el decreto parece haber complacido a los prosélitos judíos de la segunda generación. Además, los judeocristianos, que no habían sido incluidos en el veredicto, podían seguir considerándose como ligados por la observancia de la ley. Este fue el origen de la disputa que surgió inmediatamente después en Antioquía entre Pedro y Pablo. Este último enseñó abiertamente que la ley había sido abolida para los judíos mismos. Pedro no pensaba de otro modo, pero consideró oportuno evitar la ofensa a los judaizantes e impedirles que comer con los gentiles que no observaban las prescripciones de la ley. Así, influenció moralmente a los gentiles a vivir como los judíos lo hacían, Pablo hizo ver que esta restricción mental y este oportunismo preparaban el camino de futuros malentendidos y conflictos, y que, incluso, tenía entonces, tendría nefastas consecuencias. Su forma de relatar estos incidentes no deja la menor duda de que Pedro fue persuadido por sus argumentos. (Gál. 2:11-20).

(2) Segunda misión (Hch. 15:36-18:22)

Introducción: En el segundo viaje misionero, Pablo se hace acompañar por Silas. Parten de Antioquia, por tierra, hacia Siria y Cilicia, llegando al sur de Galacia. En Listra, se les une Timoteo. Atraviesan las regiones de Frigia y Misia. Al parecer, se les une Lucas el Evangelista en Tróade. Decide ir a Europa, y en Macedonia funda la primera comunidad cristiana europea: la comunidad de Filipos. También en Tesalónica, Berea, Atenas y Corinto. Se queda durante año y medio en Corinto, acogido por Aquila y Priscila, matrimonio judeo-cristiano que había sido expulsado de Roma debido al edicto del emperador Claudio. En invierno del año 51 escribe la primera carta a los tesalonicenses, el documento más antiguo del Nuevo Testamento. Al año siguiente vuelve a Antioquía.

Relato: El principio de la segunda misión se caracterizó por una discusión a propósito de Marcos, que Pablo rechazó como compañero de viaje. Así pues, Bernabé partió con Marcos el de Chipre y Pablo escogió a Silas o Silvano, un ciudadano romano como él y miembro influyente de la Iglesia de Jerusalén, y partió para Antioquía a fin de llevar el decreto del consejo apostólico. Los dos misioneros fueron primero de Antioquía a Tarso, con un alto en el camino para promulgar el decreto del primer Concilio de Jerusalén, y luego fueron de Tarso a Derbe a través de las puertas de Cilicia, de los desfiladeros de Tarso y de las llanuras de Licaonia. La visita de las iglesias fundadas en la primera misión se realizó sin incidentes si no es a propósito de la elección de Timoteo, que los apóstoles en Listra persuadieron para que se circuncidara para mejor llegar a las colonias de judíos, numerosos en estas plazas. Fue probablemente en Antioquía de Pisidia, aunque los Hechos no mencionan tal lugar, donde el itinerario de la misión fue cambiado por intervención del Espíritu Santo. Pablo pensó en entrar en la provincia de Asia por el valle del Meandro, lo que le permitiría un solo día de viaje, y sin embargo, pasaron a través de Frigia y Galacia pues el Espíritu les prohibió predicar la palabra de Dios en Asia. (Hch. 16:6). Estas palabras (ten phrygian kai Galatiken choran) pueden interpretarse de forma diversa, dependiendo de si se quiere decir Gálatas del norte o del sur Sea como sea, los misioneros hubieron de viajar hacia el norte en la región de Galacia llamada así en propiedad y cuya capital era Pesinonte, y la única cuestión pendiente es si predicaron o no en ella. No pensaron en hacerlo aunque sabemos que la evangelización de los Gálatas fue debida a un accidente, el de la enfermedad de San Pablo (Gál. 4:13); lo que va muy bien si se trata de los gálatas del norte. En cualquier caso, los misioneros después de alcanzar la Misia Superior (kata Mysian), intentaron llegar a la rica provincia de Bitinia, que se extendía ante ellos pero el Espíritu Santo se lo impidió (Hch. 16:7). Así es que atravesaron Misia sin pararse a predicar (parelthontes) y llegaron a Alejandría de Tróade, donde la voluntad de Dios les fue revelada por la visión de un macedonio que los llamaba pidiendo auxilio para su país. Pablo continuó a utilizar sobre suelo europeo los métodos de predicación que había utilizado desde el principio. Hasta donde fue posible, concentró sus esfuerzos en metrópolis desde las que la fe se extendería hacia ciudades de segundo rango y, finalmente a las áreas rurales. Allí donde encontraba una sinagoga, empezaba por predicar en ella a los judíos y prosélitos que estaban de acuerdo en escucharle. Cuando la ruptura con los judíos era irreparable, lo que ocurría más pronto o más tarde, fundaba una nueva iglesia con sus neófitos en tanto que núcleo. Permanecía entonces en la misma ciudad a no ser que una persecución se declarase, normalmente a causa de las intrigas de los judíos. Existían, sin embargo, algunas variantes del plan. En Filipo, donde no había sinagoga, la primera predicación tuvo lugar en un puesto llamado el proseuche lo que los gentiles tomaron como motivo de persecución. Pablo y Silas, acusados de alterar el orden público, recibieron palos, fueron arrojados en prisión y finalmente exilados. Pero en Tesalónica, y Berea, donde se refugiaron después de lo de Filipo, las cosas se desarrollaron según el plan previsto. El apostolado de Atenas fue absolutamente excepcional. Aquí no se planteaba el problema de los judíos o de la sinagoga, y Pablo, en contra de su costumbre, estaba solo. (I Tes. 3:1). Desarrolló de cara al areópago una especie de discurso del que se conserva un resumen en Hch. 17:23-31 como un modelo en su género. Parece haber dejado la ciudad de grado, sin haber sido forzado a ello por la persecución. La misión de Corinto, por otro lado, puede ser considerada como típica. Pablo predicó en la sinagoga todos los sábados y cuando la oposición violenta de los judíos le negó la entrada, se retiró a una casa próxima, propiedad de un prosélito llamado Tito Justo. De esta forma prolongó su apostolado por dieciocho meses mientras los judíos atentaron contra él en vano; fue capaz de resistir gracias al a actitud, por lo menos imparcial si no favorable, del procónsul Galio. Finalmente, decidió irse a Jerusalén de acuerdo con un voto hecho quizá en un momento de peligro. Desde Jerusalén, de acuerdo con su costumbre, volvió a Antioquía. Las dos epístolas a los tesalonicenses se escribieron durante los primeros meses de la estadía en Corinto.

(3) Tercera misión (Hechos 18:23- 21:26)

Introducción: En primavera del año 54 inicia su tercer viaje misionero, estableciendo su centro de operaciones en Éfeso, capital de Asia Menor. Permanece allí unos tres años. Le llegan noticias de los conflictos surgidos en la comunidad de Corinto. Escribe la primera carta a los corintios en el año 54 y la segunda carta a los corintios a finales del 57. Atendiendo a los conflictos con los judeo-cristianos, escribe las cartas a los filipenses (año 57) y a los gálatas. Va a Corinto a finales del 57, donde pasa el invierno. Escribe la carta a los romanos, en la primavera del 58. Vuelve entonces a Jerusalén para entregar la colecta de las comunidades cristianas procedentes del paganismo, destinada a los pobres de las comunidades de Jerusalén. Judíos procedentes de Antioquia lo acusan de violar la Ley e intentan matarlo en una reyerta. El tribuno romano impide que lo maten y lo encarcela. Es enviado a la provincia de Judea, donde el procurador Antonino Félix lo retiene durante dos años (del 58 al 60) a la espera de conseguir un rescate por su libertad. Porcio Festo sucede a Antonino Félix como procurador de Judea. Pablo apela a su derecho, como ciudadano romano, a ser juzgado en Roma. Tras un accidentado viaje, llega a Roma en primavera del año 61. Es liberado en el 63. Su carta a Filemón se supone escrita en este periodo de cautividad, entre el 58 y el 63.

Había expresado sus deseos de llegar, lo cual posiblemente se cumplió en el año 63. Al parecer, después visitó las comunidades de Oriente. Volvió a ser apresado en Roma durante las persecuciones de Nerón. Fue sentenciado a muerte, por lo que fue decapitado hacia el año 67. Por tener la ciudadanía romana, gozó del privilegio de la decapitación, ya que el suplicio de la cruz estaba destinado a quien no era romano. Según la tradición, la cabeza rodó por el suelo y lo golpeó tres veces, y de allí donde chocó, surgió una vía de agua. Fue enterrado en la vía Ostiense de Roma. El 11 de diciembre de 2006 el Vaticano anunció el descubrimiento del sarcófago de San Pablo tras cuatro años de excavaciones arqueológicas bajo el altar mayor de la basílica que lleva su nombre.

Relato: El destino del tercer viaje de Pablo fue evidentemente Éfeso, donde Aquila y Priscila lo esperaban. El había prometido a los efesios volver a evangelizarlos si tal era la voluntad de Dios (Hch.18:19-21) y el Espíritu Santo no se opuso más a su entrada en Asia Así es que, después de una breve visita a Antioquía se fue a través de Galacia y de Frigia. (Hch 18:23) y pasando a través de las regiones del “Asia Central” llegó hasta Éfeso (Hch. 19:1). Su manera de proceder permaneció intacta. Para ganarse la vida y no ser una carga para los fieles, tejió todos los días durante muchas horas muchas tiendas, lo que no le impidió el predicar el Evangelio. Como de costumbre, empezó en la sinagoga donde tuvo éxito durante los primeros meses.

Después enseñó diariamente en un aula puesta a su disposición por un cierto Tirano “desde la hora quinta a la décima” (de las once de la mañana a las cuatro de la tarde) de acuerdo con la interesante tradición del “Codex Bezaar” (Hch. 19:9). Así vivió por dos años de tal forma que todos los habitantes de Asia, judíos y griegos, oyeron la palabra de Dios. (Hch. 19: 20). Por supuesto que hubo pruebas que sufrir y obstáculos que superar. Algunos de esos obstáculos surgieron de la envidia de los judíos, que intentaron inútilmente imitar los exorcismos de Pablo, otros vinieron de la superstición de los paganos, particularmente acentuada en Éfeso. Sin embargo, triunfó de una manera tan clara que los libros de superstición que fueron quemados tenían un valor de 50.000 monedas de plata. (una moneda correspondía aproximadamente a un día de trabajo). Esta vez, la persecución fue debida a los gentiles y fue por motivos interesados. Los progresos del cristianismo arruinaron la venta de las pequeñas reproducciones del templo de Diana y las de la diosa misma, estatuillas muy compradas por los peregrinos, con lo que un cierto Demetrio, en cabeza de los orfebres, arengó a la plebe contra San Pablo. San Lucas describió con realismo y emoción la escena, transpuesta luego al el teatro. (Hch 19: 23-40). El apóstol tuvo que rendirse a la tormenta. Después de una estancia de dos años y medio, quizá más, en Éfeso (Hch. 20:31: trietian), partió para Macedonia y de allí para Corinto, donde pasó el invierno. Su intención fue la de seguir en primavera para Jerusalén, sin duda para Pascua, pero al saber que los judíos habían planeado atentar contra su vida, no les dio la oportunidad de hacerlo al viajar por mar, volviéndose por Macedonia. Muchos discípulos, divididos en dos grupos, lo acompañaron o lo esperaron en Tróade. Entre otros, se encontraban Sopater de Berea, Aristarco y Segundo de Tesalónica, Gayo de Derbe, Timoteo, Tichico y Trófimo de Asia, y finalmente Lucas, el historiador de los Hechos, que nos da todos los detalles del viaje: Filipo, Tróade, Aso, Mitilene, Jíos, Samos, Mileto, Cos, Rodas, Pátara, Tiro, Tolemaida, Cesárea y Jerusalén. Podríamos citar aún tres hechos notables: en Tróade Pablo resucitó al joven Eutiquio que se había caído de la ventana de un tercer piso mientras que Pablo predicaba tarde por la noche. En Mileto pronunció un discurso emotivo que arrancó las lágrimas a los ancianos de Éfeso. (Hch. 20:18-38). En Cesárea el Espíritu Santo predijo por la boca de Agabo que sería arrestado, lo que no le disuadió de ir a Jerusalén. Cuatro de las más grandes epístolas de San Pablo fueron escritas durante esta tercera misión: la primera a los corintios desde Efeso, alrededor de la Pascua antes de su salida de la ciudad; la segunda a los corintios desde Macedonia durante el verano o el otoño del mismo año; a los romanos desde Corinto en la primavera siguiente; la fecha de la epístola a los gálatas es objeto de controversia. De la muchas cuestiones a propósito de la ocasión o del lenguaje de las cartas o de la situación de los destinatarios de las mismas

Fuente:

Analisis de la carta a los filipenses de Policarpo

EL MARTIRIO DE POLICARPO
Si bien es poco o nada lo que sabemos acerca del testimonio final de Ignacio, sí tenemos amplios detalles acerca del de su amigo Policarpo, cuando le llegó su hora casi medio siglo más tarde. Corría el año 155, y todavía estaba vigente la misma política que Trajano le había señalado a su gobernador Plinio. A los cristianos no se les buscaba; pero si alguien les delataba y se negaban entonces a servir a los dioses, era necesario castigarles. Policarpo era todavía obispo de Esmirna cuando un grupo de cristianos fue acusado y condenado por los tribunales. Según nos cuenta quien dice haber sido testigo de los hechos, se les aplicaron los más dolorosos castigos, y ninguno de ellos se quejó de su suerte, pues “descansando en la gracia de Cristo tenían en menos los dolores del mundo”. Por fin le tocó al anciano Germánico presentarse ante el tribunal, y cuando se le dijo que tuviera misericordia de su edad y abandonara la fe cristiana, Germánico respondió diciendo que no quería seguir viviendo en un mundo en el que se cometían las injusticias que se estaban cometiendo ante sus ojos, y uniendo la palabra al hecho incitó a las fieras para que le devorasen más rápidamente. El valor y el desprecio de germánico enardecieron a la multitud, que empezó a gritar: “¡Que mueran los ateos!” —Es decir, los que se niegan a creer en nuestros dioses— y “¡Que traigan a Policarpo!” Cuando Policarpo supo que se le buscaba, y ante la insistencia de los miembros de su iglesia, salió de la ciudad y se refugió en una finca en las cercanías. A los pocos días, cuando los que le buscaban estaban a punto de dar con él, huyó a otra finca. Pero cuando supo que uno de los que habían quedado detrás, al ser torturado, había dicho dónde Policarpo se había escondido, el anciano obispo decidió dejar de huir y aguardar a los que les perseguían. Cuando le llevaron ante el procónsul, éste trató de persuadirle, diciéndole que pensara en su avanzada edad y que adorara al emperador. Cuando Policarpo se negó a hacerlo, el juez le pidió que gritara: “¡Abajo los ateos!” Al sugerirle esto, el juez se refería naturalmente a los cristianos, que eran tenidos por ateos. Pero Policarpo, señalando hacia la muchedumbre de paganos, dijo: “Sí. ¡Abajo los ateos!” De nuevo el juez insistió, diciéndole que si juraba por el emperador y maldecía a Cristo quedaría libre. Empero Policarpo respondió: —Llevo ochenta y seis años sirviéndole, y ningún mal me ha hecho. ¿Cómo he de maldecir a mi rey, que me salvó?
Así siguió el diálogo. Cuando el juez le pidió que convenciera a la multitud, Policarpo le respondió que si él quería trataría de persuadirle a él, pero que no consideraba a esa turba apasionada digna de escuchar su defensa. Cuando por fin el juez le amenazó, primero con las fieras, y después con ser quemado vivo, Policarpo le contestó que el fuego que el juez podía encender sólo duraría un momento, y luego se apagaría, mientras que el castigo eterno nunca se apagaría. Ante la firmeza del anciano, el juez ordenó que Policarpo fuera quemado vivo, y todo el populacho salió a buscar ramas para preparar la hoguera. Atado ya en medio de la hoguera, y cuando estaban a punto de encender el fuego, Policarpo elevó la mirada al cielo y oró en voz alta: Señor Dios soberano […] te doy gracias, porque me has tenido por digno de este momento, para que, junto a tus mártires, yo pueda tener parte en el cáliz de Cristo. […] Por ello […] te bendigo y te glorifico. […] Amén. Así entregó la vida aquel anciano obispo a quien años antes, cuando todavía era joven, el anciano Ignacio había dado consejos acerca de su labor pastoral y ejemplo de firmeza en medio de la persecución. Por otra parte, las actas del martirio de Policarpo son interesantes porque en ellas podemos ver una de las cuestiones que más turbaban a los cristianos en esa época: la de si era lícito o no entregarse espontáneamente para sufrir el martirio. Al principio de esas actas se habla de un tal Quinto, que se entregó a sí mismo, y que al ver las fieras se acobardó. Y el autor de las actas nos dice que sólo son válidos los martirios que han tenido lugar por voluntad de Dios, y no de los mártires mismos. En la historia del propio Policarpo, vemos que se escondió dos veces antes de ser arrestado, y que sólo se dejó prender cuando llegó al convencimiento de que tal era la voluntad de Dios.
La razón por la que este documento insiste tanto en la necesidad de que sea Dios quien escoja a los mártires era que había quienes se acusaban a sí mismos a fin de sufrir el martirio. Tales personas, a quienes se llamaba “espontáneos”, eran a veces gentes de mente desequilibrada que no tenían la firmeza necesaria para resistir las pruebas que venían sobre ellos, y que por lo tanto acababan por acobardarse y renunciar de su fe en el momento supremo. Pero no todos concordaban con el autor de las actas del martirio de Policarpo. A través de todo el período de las persecuciones, siempre hubo mártires espontáneos y—cuando sus martirios fueron consumados— siempre hubo también quien les venerara. Esto puede verse en otro documento de la misma época, la Apología de Justino Mártir, donde se nos cuenta que en el juicio de un cristiano se presentaron otros dos a defenderle, y la consecuencia fue que los tres murieron como mártires. Al narrar esta historia, Justino no ofrece la menor indicación de que el martirio de los dos “espontáneos” no sea tan válido como el del cristiano que fue acusado ante los tribunales.
Si bien es poco o nada lo que sabemos acerca del testimonio final de Ignacio, sí tenemos amplios detalles acerca del de su amigo Policarpo, cuando le llegó su hora casi medio siglo más tarde. Corría el año 155, y todavía estaba vigente la misma política que Trajano le había señalado a su gobernador Plinio. A los cristianos no se les buscaba; pero si alguien les delataba y se negaban entonces a servir a los dioses, era necesario castigarles. Policarpo era todavía obispo de Esmirna cuando un grupo de cristianos fue acusado y condenado por los tribunales. Según nos cuenta quien dice haber sido testigo de los hechos, se les aplicaron los más dolorosos castigos, y ninguno de ellos se quejó de su suerte, pues “descansando en la gracia de Cristo tenían en menos los dolores del mundo”. Por fin le tocó al anciano Germánico presentarse ante el tribunal, y cuando se le dijo que tuviera misericordia de su edad y abandonara la fe cristiana, Germánico respondió diciendo que no quería seguir viviendo en un mundo en el que se cometían las injusticias que se estaban cometiendo ante sus ojos, y uniendo la palabra al hecho incitó a las fieras para que le devorasen más rápidamente. El valor y el desprecio de germánico enardecieron a la multitud, que empezó a gritar: “¡Que mueran los ateos!” —Es decir, los que se niegan a creer en nuestros dioses— y “¡Que traigan a Policarpo!” Cuando Policarpo supo que se le buscaba, y ante la insistencia de los miembros de su iglesia, salió de la ciudad y se refugió en una finca en las cercanías. A los pocos días, cuando los que le buscaban estaban a punto de dar con él, huyó a otra finca. Pero cuando supo que uno de los que habían quedado detrás, al ser torturado, había dicho dónde Policarpo se había escondido, el anciano obispo decidió dejar de huir y aguardar a los que les perseguían. Cuando le llevaron ante el procónsul, éste trató de persuadirle, diciéndole que pensara en su avanzada edad y que adorara al emperador. Cuando Policarpo se negó a hacerlo, el juez le pidió que gritara: “¡Abajo los ateos!” Al sugerirle esto, el juez se refería naturalmente a los cristianos, que eran tenidos por ateos. Pero Policarpo, señalando hacia la muchedumbre de paganos, dijo: “Sí. ¡Abajo los ateos!” De nuevo el juez insistió, diciéndole que si juraba por el emperador y maldecía a Cristo quedaría libre. Empero Policarpo respondió: —Llevo ochenta y seis años sirviéndole, y ningún mal me ha hecho. ¿Cómo he de maldecir a mi rey, que me salvó?
Así siguió el diálogo. Cuando el juez le pidió que convenciera a la multitud, Policarpo le respondió que si él quería trataría de persuadirle a él, pero que no consideraba a esa turba apasionada digna de escuchar su defensa. Cuando por fin el juez le amenazó, primero con las fieras, y después con ser quemado vivo, Policarpo le contestó que el fuego que el juez podía encender sólo duraría un momento, y luego se apagaría, mientras que el castigo eterno nunca se apagaría. Ante la firmeza del anciano, el juez ordenó que Policarpo fuera quemado vivo, y todo el populacho salió a buscar ramas para preparar la hoguera. Atado ya en medio de la hoguera, y cuando estaban a punto de encender el fuego, Policarpo elevó la mirada al cielo y oró en voz alta: Señor Dios soberano […] te doy gracias, porque me has tenido por digno de este momento, para que, junto a tus mártires, yo pueda tener parte en el cáliz de Cristo. […] Por ello […] te bendigo y te glorifico. […] Amén. Así entregó la vida aquel anciano obispo a quien años antes, cuando todavía era joven, el anciano Ignacio había dado consejos acerca de su labor pastoral y ejemplo de firmeza en medio de la persecución. Por otra parte, las actas del martirio de Policarpo son interesantes porque en ellas podemos ver una de las cuestiones que más turbaban a los cristianos en esa época: la de si era lícito o no entregarse espontáneamente para sufrir el martirio. Al principio de esas actas se habla de un tal Quinto, que se entregó a sí mismo, y que al ver las fieras se acobardó. Y el autor de las actas nos dice que sólo son válidos los martirios que han tenido lugar por voluntad de Dios, y no de los mártires mismos. En la historia del propio Policarpo, vemos que se escondió dos veces antes de ser arrestado, y que sólo se dejó prender cuando llegó al convencimiento de que tal era la voluntad de Dios.La razón por la que este documento insiste tanto en la necesidad de que sea Dios quien escoja a los mártires era que había quienes se acusaban a sí mismos a fin de sufrir el martirio. Tales personas, a quienes se llamaba “espontáneos”, eran a veces gentes de mente desequilibrada que no tenían la firmeza necesaria para resistir las pruebas que venían sobre ellos, y que por lo tanto acababan por acobardarse y renunciar de su fe en el momento supremo. Pero no todos concordaban con el autor de las actas del martirio de Policarpo. A través de todo el período de las persecuciones, siempre hubo mártires espontáneos y—cuando sus martirios fueron consumados— siempre hubo también quien les venerara. Esto puede verse en otro documento de la misma época, la Apología de Justino Mártir, donde se nos cuenta que en el juicio de un cristiano se presentaron otros dos a defenderle, y la consecuencia fue que los tres murieron como mártires. Al narrar esta historia, Justino no ofrece la menor indicación de que el martirio de los dos “espontáneos” no sea tan válido como el del cristiano que fue acusado ante los tribunales.
Analisis de la carta a los filipenses de Policarpo

Policarpo fue obispo de Esmirna. La gran estima en que fue tenido se explica porque había sido discípulo de los Apóstoles. Ireneo (Eusebio, Hist. eccl. 5,20,5) refiere que Policarpo se sentaba a los pies de San Juan y que, además, fue nombrado obispo de Esmirna por los Apóstoles (Adv. haer. 3,3,4). San Ignacio le dirigió una de sus cartas como a obispo de Esmirna.

Las discusiones que Policarpo y el papa Aniceto sostuvieron en Roma, el año 155, en torno a diversos asuntos eclesiásticos de importancia, y en particular, sobre la fijación de la fecha para la celebración de la fiesta de Pascua, son otra prueba de la estima en que se tenía a Policarpo. Sin embargo, en esta cuestión candente no se halló una solución que satisficiera a ambas partes,porque Policarpo apelaba a la autoridad de San Juan y de los Apóstoles en defensa del uso cuartodecímano, mientras que Aniceto se declaró en favor de la costumbre adoptada por sus predecesores de celebrar la Pascua en domingo. A pesar de estas diferencias, el papa y el obispo se separaron en muy buenas relaciones.

Ireneo relata (Adv. haer. 3,3,4) que Marción, al encontrarse con Policarpo, le preguntó si le reconocía:

“Pues no faltaba más – replicó éste -, ¡cómo no iba a reconocer al primogénito de Satán!”
  • El principio de todos los males es el amor al dinero. La reacción fuerte de Policarpo contra la avaricia, como un vicio totalmente opuesto al espíritu del Evangelio, es uno de los temas principales de la carta.
  • Exhortaciones pastorales a las familias (mujeres y viudas)
  • Después, enseñen a sus mujeres a caminar en la fe que les ha sido dada, en la caridad, en la pureza, a amar a sus maridos con toda fidelidad,          amar a todos los otros igualmente con toda castidad y a educar a sus hijos en el conocimiento del temor de Dios.
  • Que las viudas sean sabias en la fe del Señor, que intercedan sin cesar por todos, que estén lejos de toda calumnia, murmuración, falso testimonio, amor al dinero y de todo mal; sabiendo que son el altar de Dios, que al examinará todo y que nada se le oculta de nuestros pensamientos, de nuestros sentimientos, de los secretos de nuestro corazón (ver 1 Co 14,25).
  • Exhortaciones pastorales a los diaconos
  • Exhortaciones de santidad a los jovenes
  • Cultivar la esperanza y la paciencia
  • Caridad fraterna
  • Reflexion sobre el caso de Valente:(De este presbítero sólo conocemos aquello que nos dice Policarpo: arrastrado por la avaricia, el amor al dinero, se vio envuelto en una falta grave que le significó la destitución de su ministerio. Sobre la avaricia como una forma de idolatría y una suerte de impureza, ver Ef 5,5; Col 3,5)Confío en que están bien ejercitados en las santas Escrituras,
  • Exhortaciones generales de santidad a los discipulos cristianos
  • Oren por todos los santos. Oren también por los reyes, por las autoridades y los príncipes, por los que los persiguen y los odian, y por los enemigos de la cruz (ver Mt 5,44; 1 Tm 2,2; Jn 15,16; 1 Tm 4,15; St 1,4; Col 2,10; Flp 3,18.); de modo que su fruto sea manifiesto para todos, y ustedes sean perfectos en él.
  • Recomendacion de Crescente, a quien recientemente les recomendé y ahora (de nuevo) les recomiendo. Se ha conducido entre nosotros de forma irreprochable;y de su hermana

a) Doctrina

La epistola contiene una fuerte advertencia contra el docetismo

La epístola defiende la doctrina cristológica de la encarnación y de la muerte de Cristo en cruz contra “las falsas doctrinas,” con estas palabras:

Porque todo el que no confesare que Jesucristo ha venido en carne, es un anticristo, y el que no confesare el testimonio de la cruz, procede del diablo, y el que torciere las sentencias del Señor en interés de sus propias concupiscencias, ese tal es primogénito de Satanás (7,1: BAC 65,666).

b) Organización

Policarpo no menciona al obispo de Filipos, pero sí habla de la obediencia debida a los ancianos y a los diáconos. Parece, pues, justificada la conclusión de que la comunidad cristiana de Filipos era gobernada por una comisión de presbíteros. La carta traza el siguiente retrato del sacerdote ideal:

Mas también los ancianos han de tener entrañas de misericordia, compasivos para con todos, tratando de traer a buen camino lo extraviado, visitando a todos los enfermos; no descuidándose de atender a la viuda, al huérfano y al pobre; atendiendo siempre al bien, tanto delante de Dios como de los hombres; muy ajenos de toda ira, de toda acepción de personas y juicio injusto; lejos de todo amor al dinero, no creyendo demasiado aprisa la acusación contra nadie, no severos en sus juicios, sabiendo que todos somos deudores de pecado (66,1: BAC 65,665-666).

c) Caridad

Se recomienda encarecidamente la limosna:

Si tenéis posibilidad de hacer bien, no lo difiráis, pues la limosna libra de la muerte. Estad todos sujetos los unos a los otros, guardando una conducta irreprochable entre los gentiles, para que de vuestras buenas obras vosotros recibáis alabanza y el nombre del Señor no sea blasfemado por culpa vuestra (10,2: BAC 65,668).

d) Iglesia y Estado

Merece notarse la actitud de la Iglesia para con el Estado. Se prescribe expresamente rogar por las autoridades civiles:

Rogad también por los reyes y autoridades y príncipes, y por los que os persiguen y aborrecen, y por los enemigos de la cruz, a fin de que vuestro fruto sea manifestado en todas las cosas y seáis perfectos en El (12,3: BAC 65,670).

Bibliografia consultada

Conversion del Apostol Pablo

En el año 36, camino a Damasco, tuvo una visión y se convirtió al cristianismo. Según el libro de los Hechos de los Apóstoles y las epístolas paulinas fue gracias a una aparición de Cristo camino de la ciudad de Damasco, luego de la cual pide ser bautizado.

Un episodio clave en la biografía de Pablo de Tarso, sin el cual la historia del Cristianismo probablemente sería bien distinta, es su famosa conversión, que él llamaba en sus epístolas “vocación”.Curiosamente, en las obras de arte y en la creencia popular se tiene la imagen de que Pablo se cayó de su caballo, cuando ni en las epístolas ni en los Hechos de los Apóstoles se menciona una caída de un caballo y, es más, pudiera tratarse de un anacronismo. Según los Hechos de los Apóstoles “Saulo, respirando aún amenazas y muerte contra los discípulos del Señor, vino al sumo sacerdote, y le pidió cartas para las sinagogas de Damasco, a fin de que si hallase algunos hombres o mujeres de este Camino, los trajese presos a Jerusalén. Mas yendo por el camino, aconteció que al llegar cerca de Damasco, repentinamente le rodeó un resplandor de luz del cielo; y cayendo en tierra, oyó una voz que le decía: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? El dijo: ¿Quién eres, Señor? Y le dijo: Yo soy Jesús, a quien tú persigues; dura cosa te es dar coces contra el aguijón. El, temblando y temeroso, dijo: Señor, ¿qué quieres que yo haga? Y el Señor le dijo: Levántate y entra en la ciudad, y se te dirá lo que debes hacer. Y los hombres que iban con Saulo se pararon atónitos, oyendo a la verdad la voz, más sin ver a nadie. Entonces Saulo se levantó de tierra, y abriendo los ojos, no veía a nadie; así que, llevándole por la mano, le metieron en Damasco, donde estuvo tres días sin ver, y no comió ni bebió.” En sus epístolas no da detalles sobre este hecho, pero sí afirma que perseguía a los cristianos y que se le apareció Jesús “como a un aborto” (I Cor. 15:3-8). Se ha sugerido que este fenómeno podría tratarse de un ataque epiléptico, pues la epilepsia puede ocasionar ceguera temporal y visiones místicas acompañadas de sentimiento de placer (epilepsia extática). También se ha comparado este relato con una experiencia cercana a la muerte, se ha dicho que podría haber sufrido un delirio como consecuencia de una insolación, etc. En contra de la hipótesis de una experiencia cercana a la muerte, puede decirse que la luz que se ve en este tipo de experiencias no causa ceguera, aunque no puede descartarse que la ceguera de Pablo sea metafórica y no física, en cuyo caso esta teoría sería más plausible. La hipótesis de una epilepsia del lóbulo temporal derecho es defendida, entre otros, por el neurobiólogo Francisco J. Rubio. Sin embargo, de tratarse de una epilepsia sería atípica, pues, siguiendo a este científico, los que sufren este mal relatan que han conectado con Dios si son creyentes (por ej..Santa Teresa de Jesús), mientras que los budistas hablan de iluminación, es decir, que suele haber cierta predisposición. En el caso de Saulo, sin embargo, resulta atípico que manifieste haber visto a Jesús cuando se dedicaba a perseguir a sus seguidores y se pase al enemigo. En cualquier caso, con independencia de si la visión en el camino de Damasco fue milagrosa o tiene explicación científica, el resultado es que Saulo de Tarso, que se dedicaba a “perseguir sobremanera” y “asolar” con “celo” las comunidades cristianas, según sus propias palabras (Gál. 1:13; Fil. 2:6)), se pasó al enemigo para ser el principal difusor del cristianismo arriesgando su vida, sufriendo encarcelamientos y, finalmente, morir decapitado en Roma.

Leemos en los hechos de los apóstoles tres relatos de la conversión de San Pablo. (Hch. 9:1-19; 22:3-21; 26:9-23) que presentan ligeras diferencias que no son difíciles de armonizar y que no afectan para nada la base del relato, perfectamente idéntica en sustancia. Verse J. Massie, “The Conversion of St. Paul” en “The Expositor”, 3ª serie, X, 1889, 241-62. Sabatier de acuerdo con los críticos más independientes ha dicho (L’Apotre Paul, 1896, 42): “Estas diferencias no pueden en absoluto alterar el hecho, el objeto narrado es extremadamente remoto no tratan ni siquiera de las circunstancias que rodearon el milagro sino con las impresiones subjetivas que los compañeros de San Pablo recibieron en esas circunstancias…” Utilizar esas diferencias para negar el carácter histórico del hecho es hacer violencia al texto adoptando una actitud arbitraria. Todos los esfuerzos hechos para explicar la conversión de San Pablo sin recurrir al milagro han fracasado. Las explicaciones naturalísticas se reducen a dos: o San Pablo creyó verdaderamente ver a Cristo mientras sufría una 7alucinación o creyó verlo solo a través de una visión espiritual que la tradición, recogida en los Hechos de los Apóstoles, convirtió luego en visión material. Renan lo explica todo por una alucinación debida a la enfermedad, y acaecida a causa de una combinación de causas morales como la duda, el remordimiento, el temor, y algunas causas físicas como la oftalmía, la fatiga, la fiebre, la transición rápida del desierto tórrido a los jardines frescos de Damasco, quizá en medio de una tormenta repentina acompañada de rayos y relámpagos. Esta combinación múltiple habría producido, según Renan, una conmoción cerebral con fase de delirio que San Pablo tomó de buena fe como la aparición de Cristo. Los otros partidarios de la explicación natural evitan la palabra alucinación pero caen, pronto o tarde, en la explicación de Renan la cual hacen más complicada. Por ejemplo Holsten, para el que la visión de Cristo es simplemente la conclusión de una serie de silogismos por los que Pablo se persuadió a sí mismo de que Cristo había verdaderamente resucitado. También Pfleiderer, para el que la imaginación juega un papel más importante: “Un temperamento nervioso, excitable; un alma violentamente agitada por las más terribles dudas; una fantasía de lo más vívido, llena de las terribles escenas de persecución por un lado, y por el otro con la imagen ideal del Cristo celeste; la proximidad de Damasco que implicaba la urgencia de la decisión, la intransigencia que lleva a la soledad, el calor cegador y dolorosísimo del desierto. De hecho, todo esto combinado, produjo un estado de éxtasis en los que el alma cree ver las imágenes y los conceptos que violentamente la agitan como si fueran fenómenos del mundo externo” (Lectures on the influence of the Apostle Paul on the development of Christianity, 1897, 43). Hemos citado a Pfleiderer palabra por palabra porque su explicación “sicológica” se considera la mejor que se haya desarrollado nunca. Y sin embargo, se ve fácilmente que es insuficiente e incluso en total contradicción con el documento escrito de los Hechos en tanto que testimonio expreso de San Pablo mismo. (1) Pablo está seguro de haber “visto a” Cristo como los otros apóstoles lo hicieron (I Cor.19:1); él mismo declara que Cristo se le “apareció” (I Cor. 15:8) como a Pedro, Santiago o a los doce después de su resurrección. (2) Él sabe bien que su conversión no es el fruto de ningún razonamiento humano, sino de un cambio imprevisto, repentino y radical debido a la gracia omnipotente (Gál. 1:12-15; I Cor. 15:10). (3) Es falso atribuirle dudas, perplejidades o remordimientos antes de su conversión. Pablo fue detenido por Cristo cuando su furia alcanzaba el máximo furor (Hch 19:1-2); perseguía a la Iglesia “con celo” (Fil. 3:6), y fue acreedor de la gracia porque actuó con “ignorancia en su creencia de buena fe” (I Tim.1:13). Todas la explicaciones sicológicas o no, carecen de valor ante estas afirmaciones, puesto que todos suponen que la causa de su conversión fue su fe en Cristo mientras que, según los testimonios concordantes de los Hechos y las Epístolas, fue la visión de Cristo la que motivó su fe.
Después de su conversión, de su bautismo y de su cura milagrosa Pablo empezó a predicar a los judíos (Hch 19:19-20). Después se retiró a Arabia, probablemente a la región al sur de Damasco. (Gál. 1:17), indudablemente menos a predicar que a meditar las escrituras. A su vuelta a Damasco, las intrigas de los judíos le obligaron a huir de noche (II Cor. 11:32-33; Hch.19:23-25). Fue a Jerusalén a ver a Pedro (Gál.1:18), pero se quedó solamente quince días porque las celadas de los griegos amenazaban su vida. A continuación pasó a Tarso y allá se le pierde de vista durante seis años (Hch. 9:29-30; Gál.1:21). Bernabé fue en busca suya y lo trajo a Antioquía donde trabajaron juntos durante un año con un apostolado fructífero. (Hch. 11:25-26). También juntos fueron enviados a Jerusalén a llevar las limosnas para los hermanos de allá con ocasión de la hambruna predicha por Agabus (Hch.11:27-30). No parecen haber encontrado a los apóstoles allí esta vez ya que se encontraban dispersos a causa de la persecución de Herodes.

fuente:

lectionautas.com/wp-content/uploads/…/Apostol%20Pablo.pdf

¿El Primo Hermano de Jesús?

¿El Primo Hermano de Jesús?
Mayo 2, 2010 by David Ford
David Ford
Profesor del Nuevo Testamento, Seminario Bíblico de Colombia. Maneja Recursos Teológicos.

En la crucifixión de Jesús estuvieron presentes cinco discípulos. Según los evangelios estaban 4 mujeres y un hombre. Las mujeres eran: María (madre de Jesús); la hermana de María (Salomé); María Magdalena y María la esposa de Cleofas. El hombre presente era Juan el apóstol (Mat. 27:56; Mar. 15:40; Juan 19:25-26).
Aparentemente son cinco personas distintas. Pero al parece había una conexión familiar entre Juan y la hermana de María porque en Mateo (27:56) dice que estaba la madre de Juan y Jacobo. Es decir que la hermana de María, Salomé, es la madre de Juan y Jacobo. “La hermana de la madre del Señor sería Salomé, a quien Juan no nombra por ser ella madre suya” (Jamieson, Fausset, Brown, 2002, p. 87).
¿Qué tipo de persona es Juan como primo hermano de Jesús? ¿Qué enseñanzas deja si vida para el cristiano de hoy?

Su familia
Juan, su padre Zebedeo, y su hermano Jacobo, fueron socios pescadores con Pedro y Andrés en Betsaida en los arroyos del Mar de Galilea (Mar 1:20; Luc. 5:10; Juan 1:44). No es correcto pensar que eran personas de las más pobres porque tenían su barca y sus jornaleros (Mar. 1:19), pero tampoco fueron personas ricas. En Palestina sólo entre 1-2% de toda la población era rica.
Generalmente se piensa que Juan era un hombre sin educación: “Pedro y Juan … eran gente sin estudios ni preparación” (Hech 4:13). Pero este versículo refiere a la preparación en la retórica griega y bajo de las enseñanzas de un rabino reconocido por la aristocracia. La mayoría de judíos fueron educados en la escuela conectada con la sinagoga.
Su mamá, Salomé, era fiel a Cristo incluso en la crucifixión estuvo presente cuando muchos huyeron (Mat. 27:56) y probablemente estaba entre las mujeres que apoyaron el ministerio de Jesús (Mar. 15:41). Por otro lado, se mostró ambicioso en cuanto a sus hijos, anhelaba un lugar privilegiado en el reino de Dios (Mat. 20:20-21).
Su carácter
Juan y Jacobo fueron conocidos como hijos del trueno (Mar 3:17), tal vez porque, al igual que Pedro, tenían una tendencia a ser compulsivos. También mostraban una tendencia ambiciosa (Mar. 10:35-45).
Pero esta personalidad fue afectada por Cristo. Juan fue llamado para ser un discípulo y apóstol (Mar 1:19-20;3:17), incluso formó parte del círculo íntimo de amigos de Jesús junto a Jacobo y Pedro (Mat 17:1; Mar. 5:37; 9:2; 14:33). Él supo mucho de lo que pasó en el ministerio del salvador.
Su vida fue completamente dedicada a Cristo y por eso quedó como el único testigo apostólico de la crucifixión (Juan 19:25-26); como el hombre confiable encargado de cuidar la madre de Jesús (Juan 19:25-27); y como el primer testigo apostólico de la tumba vacía (Juan 20:4).
También, lastimosamente, experimentó la muerte a espada de su hermano, Jacobo, como el primer mártir apostólico (Hech 12:2).
Su ministerio
De Cristo, Juan aprendió el mensaje del evangelio y desarrolló la habilidad de predicar. Por eso se encuentra Juan como compañero de Pedro en la formación de la iglesia primitiva, conocido como columna de ella (Gál. 2:9). En este trabajo arduo, sufrió encarcelamiento y persecución (Hech. 3:1, 11; 4:1,13).
Esta dedicación al ministerio de predicar el evangelio y testificar de Cristo duró hasta su vejez y finalmente se lee de Juan preso en la Isla de Patmos por testificar de Cristo, probablemente en las finales del primer siglo durante el reinado de Domiciano (Apoc. 1:9). El historiador Eusebio describe este Emperador como el, “sucesor de Nerón por su hostilidad contra Dios” (Hist. Ecl., V.17)
Como otros apóstoles parte de su ministerio era exponer en forma permanente el mensaje de Jesús, y es conocido como autor del Evangelio, las tres cartas juaninas y el libro de Apocalipsis.
Actualización
De este resumen de la vida y ministerio del apóstol Juan, estas son algunas de las lecciones que se pueden sacar para los cristianos de hoy:
Primeramente, la influencia impactante de los padres cristianos sobre sus hijos . Cristo le enseñó a Juan, pero con el fuerte apoyo de su madre, y parece que también de su padre. Un pescador de una familia típica, cambió para ser una de las personas más famosas en el mundo y en el reino de Dios.
En segundo lugar, se ve el éxito de una vida dedicada a Cristo. Él pasó por diferentes épocas en su ministerio: como apóstol acompañando a Jesús, predicando con Pedro, y preso en Patmos escribiendo Apocalipsis. No era un hombre perfecto: a veces ambicioso e impulsivo, pero entregado a Cristo desde el principio hasta la muerte. Todavía su testimonio está con nosotros.
Finalmente, era un hombre humilde. No menciona su propio nombre como autor del evangelio, y tampoco el nombre de su madre. Cuando se describa a sí mismo, se refiere a lo que Cristo ha hecho en su vida: El discípulo amado por Cristo (Juan 13:23; 19:26; 20:2, 21:7, 20, 24). El reconoce que todo su éxito es por causa del amor de Dios.
Existe la tentación de pensar que Juan tenía privilegios especiales con la conexión familiar. Pero, ¿qué dijo Cristo en cuanto a sus familiares? “Tu madre y tus hermanos están afuera y quieren verte —le avisaron. Pero él les contestó: —Mi madre y mis hermanos son los que oyen la palabra de Dios y la ponen en práctica” (Luc. 8:20-21).
Esta es la promesa para los cristianos de hoy.

Copiado de aca

Los papas mas corruptos

La Era de la Pornocracia del Papado Romano

El papa Sergio II que reinó del 904 al 911 obtuvo la oficina papal por medio del asesinato. Este papa es descrito por el Cardenal Baronio y otros escritores eclesiásticos como un monstruo y por Gregorio como un criminal  aterrorizante. Dice un historiador: “Por espacio de siete años este hombre ocupó la silla de san Pedro, mientras que su concubina, imitando a Semíramis madre, Reinaba en la corte con tanta pompa y lujuria, que traía a la mente los peores días del viejo Imperio” (Italia Medieval, pag. 331)  Refiriéndose a otra, dice: “Esta mujer -Teodora de nombre, junto con  su hijaMarozia, la prostituta del Papa. Llenaron la silla papal con sus hijos bastardos y convirtieron su palacio en un laberinto de ladrones.” Y así, comenzando con el reino del papa Sergio, vino el periodo (904-963), conocido como “el reinado papal de los
fornicarios”.

Antiguo amigo del desquiciado Esteban VI, Sergio era de su misma ralea. Desde su juventud  se vio implicado en la lucha de facciones que hizo de este periodo uno de los más turbulentos y escandalosos de la historia del Papado. Fue nombrado obispo de Cerveteri por el papa Formoso, más tarde declarado hereje por su sucesor el papa Esteban VI.

Sergio III prendió al antipapa Cristobal y al anterior papa Teodoro II, al parecer, los hizo estrangular. Desde entonces gobernó Roma como un señor feudal, favoreciendo especialmente a sus partidarios. Condenó la memoria de todos sus antecesores, desde Esteban VI, considerándolos antipapas. Asesino de sus predecesores, inauguró un período del papado al que el cardenal César Baronio designaría, a principios del siglo XVIII, con el famoso nombre de «pornocracia». Fueron mujeres las que gobernaron en Roma, y los Papas no fueron más que juguetes de sus ambiciones políticas y de sus pasiones personales.

Había sido elegido Papa en el 897 por primera vez por los enemigos del difunto Formoso, pero Lamberto de Espoleto le forzó a ceder el trono pontifício a Juan IX. Desde entonces, retirado en los dominios del margrave Adalberto de Toscana, Sergio esperaba su hora para volver a sentarse en el trono papal.

Nombrado obispo por el papa Formoso, fue sin embargo uno de los participantes en el “concilio del cadáver” que se celebró contra dicho pontífice a instancias del papa Esteban VI y que finalizaría con la exhumación y profanación del cadáver. Excomulgado y exiliado hasta que el papa León V revocó la excomunión y pudo volver a Roma en 901

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Un tal Teofilácto, se había propuesto imponerse a la nobleza romana. Simple juez en el año 901, se autoadjudicó los títulos de cónsul, duque y senador del pueblo romano. En realidad, era su esposa, Teodora la Mayor, y sus dos hijas, Teodora la Joven y Marozia, tan libertinas como ambiciosas, las que lo controlaban todo. Teodora, calificada de “cierta ramera sin vergüenza” en el Antapodosis, crónica de la época escrita por Liutprando de Cremona. Esta mujer, esposa de Teofilacto, por real voluntad  hizo que el pontífice Sergio III (“el peor que haya tenido la Iglesia Católica”) depusiera y asesinara al anterior ,papa Cristóbal, declarándolo antipapa, declaración que extendió a los tres papas anteriores. Y más tarde convirtió en el pontífice Juan X , a uno de sus amantes, un humilde clérigo cuando le había conocido. A continuación, seguramente obsesionado por lo sucedido con el papa Formoso, Sergio y sus comparsas proclamaron una vez más la invalidez de todas las ordenaciones conferidas por aquel Pontífice. ( Ningun Obispo en funciones podía  cambiar de diócesis)

Las únicas relaciones que tuvo Sergio III con Bizancio (sede política) fueron para autorizar al emperador León VI que se casara por cuarta vez. Tanto el derecho civil como el derecho eclesiástico prohibían ya un tercer matrimonio. También el patriarca de Constantinopla se había opuesto al emperador cuando éste quiso casarse, en cuartas nupcias, con Zoé Carbonopsina a fin de legitimar a su hijo, heredero del trono.

Sergio III tuvo como amantes a la esposa de Teofilacto ,Teodora la Mayor  y a la hija de este Marozia, con la que tuvo un hijo, el futuro papa Juan XI, y que se convirtieron en las verdaderas gobernantes de Roma durante varios decenios. Sergio III falleció el 14 de abril de 911.

Durante los siete años que ocupó la sede de Pedro, Sergio III se plegó dócilmente a los caprichos de Teodora y, sobre todo, a los de su hija menor, Marozia. Ésta se había casado en el 905 con Alberico de Espoleto, pero eso no fue obstáculo para que fuera bastantes años amante del Papa, y que le diera un hijo, el futuro papa Juan XI, al que su propia madre mandaría encarcelar pasado el tiempo.
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Las intrigas de Marozia

Marozia  que, según el mismo el cronista de esa época , Liutprando, “no sólo igualo a su madre, sino que la sobrepaso en las prácticas que ama Venus”. Nacida hacia 890, en orden y en rango, empezó, apenas púber, siendo amante de Sergio III, y con él tuvo un hijo que con el tiempo sería a su vez papa (Juan XI). Otros papas, León VI Y Esteban VII, serían también nombrados andando el tiempo por Marozia.

Veamos lo que decía el cardenal e historiador Cesare Baronio (“Annales ecclesiastici”), del papa Sergio III (904-911): “Por espacio de siete años, este hombre ocupó la silla de San Pedro, mientras que su concubina, imitando a Semíramis madre, reinaba en la corte con tanta pompa y lujuria que traía a la mente los peores días del viejo imperio”.

En todo caso, pasada la primera “locura” juvenil, Marozia fue casada por su madre con el guerrero Alberico, pero aquí se produce un hiato en la crónicas hasta 925, en que Marozia reaparece, ya viuda recalcitrante, como única en la familia con poder en Roma. Nada se sabe de la extraña desaparición simultánea de padres y esposos. Pero un enemigo no había podido ser destruido: el papa Juan X, por lo visto odiado desde siempre por la mujer. Éste, olfateando el peligro, estaba pactando la protección del conde Hugo de Provenza a cambio de hacerle rey de Italia, pero Marozia, más veloz, ofreció su mano a Guy, hermanastro de Hugo, con el mismo plan. Ambos cayeron sobre Roma, y el pobre Juan X acabó confinado en una mazmorra en Sant’Angelo, donde moriría al poco tiempo, dudosamente por causas naturales.

Marozia, ya convertida en senadora romana, siguió con sus planes, intrigando para que fuera aceptado como papa su hijo mayor, el habido con Sergio III. Pero para ello necesitaba poderosas influencias, y  las halló nada menos que con su cuñado, el mismo Hugo que antes había intrigado con Juan X. Las maniobras que hubo que hacer para ello fueron históricas: en primer lugar deshacerse del actual marido, Guy, mientras Hugo hacía otro tanto con su propia esposa, declarar bastardo a su hermanastro y hasta cegar a otro de sus hermanos. Pero finalmente el plan salió a pedir de boca, y un joven papa de 21 años, Juan XI, acababa casando a su propia madre con su amante.

Pues las ambiciones de los esposos no habían terminado, y, ahora que tenían un papa más dócil que nunca, se proponían nada menos que ser coronados como emperadores de Occidente. Pero aquí falló algo: el hijo legítimo de Marozia, Alberico, que se sentía postergado por su madre, consiguió revolver la ciudad de Roma, ya incómoda por tanta perversidad, contra los adúlteros esposos. Hugo salió a estampida de Roma y tanto Marozia como su hijo Juan fueron confinados de por vida a Sant’Angelo, como antes hiciera ella con Juan IX. Y, como él, fallecieron en la cárcel. La línea pontificia fue continuada por Alberico con el monje benedictino León VII.

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Papas que fueron casados

San Félix III 483-492 (2 hijos)

San Hormidas 514-523 (1 hijo)

San Silverio (Antonia) 536-537

Adriano II 867-872 (1 hija)

Clemente IV 1265-1268 (2 hijas)

Félix V 1439 1449 (1 hijo)

Papas que fueron hijos de otros papas u otros miembros de clero
Nombre del Papa Papado Hijo de
San Damasco I 366-348 San Lorenzo, sacerdote
San Inocencio I 401-417 Anastasio I
Bonifacio 418-422 Hijo de un sacerdote
San Félix 483-492 Hijo de un sacerdote
Anastasio II 496-498 Hijo de un sacerdote
San Agapito I 535-536 Gordiano, papa
San Silverio 536-537 San Hormidas, papa
Marino 882-884 Hijo de un sacerdote
Bonifacio VI 896-896 Adrián, obispo
Juan XI 931-935 Papa Sergio III
Juan XV 989-996 León, sacerdote
Papas que tuvieron hijos ilegítimos después de 1139
Nombre del Papa Papado Hijo de
Inocencio VIII 1484-1492 varios hijos
Alejandro VI 1492-1503 varios hijos
Julio 1503-1513 3 hijas
Pablo III 1534-1549 3 hijos, 1 hija
Pío IV 1559-1565 3 hijos
Gregorio XIII 1572-1585 1 hijo

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MARTÍN LUTERO

MARTÍN LUTERO

Su vida y su Obra

El Justo por su fe vivirá –Rom. 1:17

NACIMIENTO, INFANCIA Y JUVENTUD DE LUTERO

El 10 de Noviembre de 1483, a las once de la noche, en Eisleben dio a luz Margarita Ziegler, esposa de Juan Lutero, minero de Moehra, un niño que fue bautizado al día siguiente en la iglesia de San Pedro del mismo pueblo, y recibió el nombre de Martín. Nació el pequeño Martín en circunstancias especiales porque habían ido sus padres a Eisleben poco tiempo antes de que viniera al mundo tal hijo. La humilde casa en que nació, se ve aún hoy en Eisleben. Sobre la puerta hay un busto del Reformador, alrededor del cual se lee la inscrpción siguiente:

La palabra de Dios es la enseñanza de Lutero: por eso no perecerá jamás

Hoy se emplea dicha casa como escuela para los niños pobres de Eisleben; en ninguna parte mejor podía y debía establecerse un centro de enseñanza, que allí donde nació el que más tarde, con su reforma, había de dar tanto impulso a la ciencia, y especialmente a la pedagogía.

Cuando en este edificio tan sencillo, y en la hora silenciosa de la media noche, la pobre madre dió a luz aquella criatura, ¿quién hubiera pensado entonces que este niño, hijo de padres tan pobres, habría de libertar un día a más de la mitad del mundo, de las tinieblas en que estaba sumergido, y con el poder de la Palabra de Dios haría vacilar el trono de los papas? Pero éste es el camino ordinario de la Providencia: los principios y los instrumentos son muy humildes, pero el fin es glorioso. Dios, para hacer grandes cosas, se sirve generalmente de hombres humildes y de poca nombradía. El reformador de Suiza, Zuinglio, nació en la choza de un pastor de los Alpes; Melanchton, el teólogo de la Reforma, en la tienda de un armero, y Lutero en la choza de un minero pobre.

Su padre, que era natural de Moehra, pequeño pueblo de Turingia, trasladó, medio año después del nacimiento de Martín, su domicilio a Mansfeld, tres horas distante de Eisleben. Allí, en un hermoso valle donde serpentea el río Wipper, se deslizó también suavemente la infancia de Lutero; allí recibió la primera instrucción. Al principio, sus padres se encontraron en tal estado de pobreza que la madre recogía leña y la llevaba a las espaldas para venderla y poder ayudar al sostén de sus hijos. El pequeño Martín la acompañaba muchas veces, y ayudaba en esta humilde faena. Pero poco a poco mejoraron las circunstancias. Dios bendijo el trabajo del padre de manera que más tarde llegó a tomar en arriendo dos hornos de fundición en Mansfeld; y ya en 1491 le eligieron sus conciudadanos concejal del Ayuntamiento.

Hallándose Juan Lutero en esta posición más desahogada, tuvo ocasión de cultivar la amistad de los que entonces eran tenidos por sabios, los eclesiásticos y maestros, a quienes con frecuencia convidaba a su mesa, y con quienes conver saba sobre las cosas del saber humano. Tal vez estas conversaciones, oídas por Martín desde sus más tiernos años, excitaron en su corazón la ambición gloriosa de llegar algún día a ser un hombre docto.

Como personas piadosas, educaron los padres a Martín desde la niñez en el santo temor de Dios; usaban con él, al estilo de aquellos tiempos, de bastante severidad, en términos que le tenían muy amedrentado. El mismo dice: Mi padre me castigó un día de un modo tan violento, que huí de él, y no quise volver hasta que me trató con más benignidad. Y mi madre me pegó una vez por causa tan leve como una nuez, hasta hacer correr la sangre.

A pesar de esta severidad de sus padres, Lutero los tuvo siempre en la mayor estima porque sabía que habían procurado sólo su bien. Melachton dice de la madre de Lutero que era una, mujer a la cual todas las otras podían y debían tomar como ejemplo y dechado de virtud. Martín dedicó más tarde a su padre un libro sobre la ‘disciplina de los conventos’, y quiso perpetuar la memoria de sus padres poniendo sus nombres en el formulario de matrimonio bajo la fórmula: “Juan, ¿quieres tomar a Margarita por tu esposa legítima?”, dando así un testimonio público de su amor filial. El padre murió el 29 de Mayo de 1530, y Lutero se entristeció mucho de su muerte. Estaba a la sazón ausente de Wittemberg en el Castillo de Coburgo, donde permaneció mientras se celebraba la dieta de Augsburgo; y su esposa Catalina le envió entonces, para consolarle, el retrato de su pequeña hijita, Magdalena, la cual murió pocos años después. Margarita no pudo sobrevivir mucho tiempo a la pérdida de su esposo. Un año después pasó ella también a la patria mejor. Su gran hijo estaba a la hora de su muerte también lejos de ella; trabajos importantes le impedían hacer un viaje largo para acudir al lado de su querida madre; pero no por eso olvidó sus deberes de hijo. Cuando tuvo noticia de la enfermedad de su madre y comprendió que seria la última, quiso consolarla por una carta, ya que no le era posible hacerlo de palabra.

Hemos querido insertar íntegra esta carta, que se ha conservado providencialmente entre sus obras, porque en ella se revelan los sentimientos de aquel hombre a quien sus adversarios pintan con los rasgos y colores de un monstruo.

Mi querida madre:

He recibido la carta de mi hermano Jacobo sobre vuestra enfermedad, y en verdad siento mucho no poder estar con vos personalmente, como son mis deseos. Dios, Padre de todo consuelo, os dé por su santa palabra y su Espíritu una fe firme, gozosa y agradecida, para que podáis vencer esta necesidad, como todas, con bendición, y gustar y experimentar que es mucha verdad lo que él mismo dice: “Confiad, porque yo he vencido al mundo.” Yo recomiendo vuestro cuerpo y alma a su misericordia. Amén. Piden por vos todos vuestros nietos y mi Catalina. Unos lloran, otros cuando están comiendo dicen: la abuela está muy enferma. La gracia de Dios sea con vos y con nosotros. Amén. El sábado después de la Ascensión, 1531. Vuestro querido hijo,

Doctor Martín Lutero.

Confiando firmemente en esta misericordia divina a cuyas manos el hijo lejano la había encomendado, partió de este mundo. El mismo pastor de Eisleben, que había oído de los desfallecidos labios de los padres de Lutero la confesión de su fe; que había dado la última bendición, tanto a Margarita como a su esposo difunto, escuchó también, quince años después como el Reformador moribundo “el querido hombre de Dios” invocaba por última vez el nombre del Señor.

Pero volvamos a la niñez de Lutero.

Cuando llegó a la edad en que debía empezar su instrucción, sus padres invocaron sobre él la bendición de Dios y le enviaron a la escuela. Tampoco allí encontró una disciplina suave ni atractiva. En más de una ocasión su maestro le castigó varias veces en un día, y cuando Lutero lo refiere añade: “Bueno es castigar a los niños, pero es lo principal amarlos”. Sin embargo, sus adelantos en la escuela eran grandes, y pronto aprendió los diez mandamientos, el credo, el padrenuestro, himnos, salmos, oraciones y lo demás que en aquellos tiempos se enseñaba en las escuelas.

El padre de Lutero quería hacer de él un hombre docto, de lo cual el talento singular y la aplicación extraordinaria del muchacho le permitían abrigar esperanzas muy fundadas. Así que cuando Martín cumplió once años su padre le envió a Magdeburgo, donde existía un famoso colegio. Allí empezó el Señor a preparar el espíritu de I.utero para la obra grande a que le tenía destinado. Joven, alegre y vivo, era al mismo tiempo dado a la piedad y a las prácticas religiosas, y frecuentaba con mucho interés, el año irgue permaneció en Magdeburgo, los sermones enérgicos que allí predicaba Andrés Proles, provincial de los agustinos, sobre la necesidad de reformar la religión y la Iglesia. Estos discursos fueron quizá los que sembraron en el ánimo de Lutero las primeras semillas de la idea de la Reforma. Después de haber estudiado allí un año, se trasladó, con el consentimiento de sus padres, a Eisenach, esperando que los parientes de su madre que allí moraban le ayudarían a su sostenimiento.

Los parientes en nada se cuidaron del adolescente; y como su padre era entonces todavía muy pobre, el joven Martín se vio obligado, según las costumbres de aquellos tiempos, a ganar su pan, en unión de otros pobres escolares cantando de puerta en puerta. Y más de una vez los pobres muchachos recibían, en lugar de dinero o pan, malas palabras y reproches. Pero una mujer piadosa y bastante rica, la esposa del ciudadano de Eiscnach, Conrado Cotta, había fijado su atención, ya hacia tiempo en Martín, y le recibió en su casa generosamente, prendada de la piedad que el joven mostraba en sus cantos y oraciones. Las crónicas de Eisenach la llaman la piadosa Sunamita, en recuerdo de la que en antiguos tiempos recogió en su casa al profeta Eliseo. Así pudo Martín dedicarse de lleno al estudio, sin que le distrajeran los cuidados de la vida, y lo hizo con tanta aplicación y celo, que realizó grandes progresos en todas las ciencias. Como la señora de Cotta amaba mucho la música, Martín aprendió a tocar la flauta y el laúd, y la acompañaba cantando con su bella voz de contralto.

Andando los tiempos, cuando un hijo de Conrado Cotta fué a estudiar a la Universidad de Wittemberg, siendo ya Lutero un doctor renombrado, éste le sentó a su mesa, acordándose y agradeciendo de esta manera lo que los padres del estudiante habían hecho con él en su juventud. Recordando muchas veces la caridad de aquella mujer, decía: “Nada hay más dulce en la tierra que el corazón de una mujer en que habita la piedad”. Y hablando sobre los jóvenes, que más tarde, en Alemania, buscaban su sostén de aquella manera, decía: “No despreciéis a los muchachos que piden cantando por las puertas panem propter Deum (pan por amor de Dios); yo también he hecho lo mismo: es verdad que más tarde me ha sostenido mi padre con mucho amor en la Universidad de Erfurt, manteniéndome con el sudor de su rostro; pero como quiera, yo he sido mendigo, y ahora, por medio de mi pluma, he llegado a tal situación, que no quisiera cambiar de fortuna con el mismo gran turco. Hay más: aun cuando amontonasen todos los bienes, no los tomaría a cambio de lo que tengo; pero no hubiera llegado al punto en que me hallo, si no hubiera ido a la escuela y hubiera aprendido a escribir.

En el año 1501, los padres de Martín le enviaron a la Universidad de Erfurt y costearon su carrera con el producto de su trabajo en Mansfeld. Aquí también se aplicó mucho a sus estudios; sus maestros le tenían en mucha estima, y pronto sobrepujó a la mayor parte de sus discípulos. Contaba entonces dieciocho años, y no solamente pensaba en el desarrollo de sus facultades, sino que tenía también muy presente a Aquel de quien viene la fuerza y la bendición para toda obra. Aunque era un joven alegre y jovial, siempre empezaba por las mañanas su trabajo con oraciones fervientes y asistiendo a la iglesia. Toda su vida llevó este refrán como lema: “Haber orado bien, adelanta en más de la mitad el trabajo de estudiar.”

Pero Dios tenía reservada una misión especial para aquel joven diligente y piadoso, y pronto empezó a prepararle para ella. El debía abrir al mundo el libro de los libros, la Sagrada Escritura, y el Señor le ayudó para que la conociera pronto. Debe tenerse en cuenta que en aquel tiempo la Biblia era un libro desconocido para el vulgo. Millones y millones de cristianos morían sin haber visto un ejemplar. Las causas eran varias. Apenas se había inventado la imprenta, y en su consecuencia, casi todos los libros eran todavía manuscritos, y el precio de ellos exorbitante. Una Biblia en aquella época costaba una suma casi equivalente a mil pesetas. Otra de las causas era que había muy pocas Biblias escritas en lengua vulgar; la mayor parte lo eran en hebreo, griego y latín. Y aun cuando algunas veces este libro se encontrase escrito en el idioma del país, los fieles, sin embargo, no podían leerlo, porque la Iglesia lo tenía prohibido. No querían los papas que el pobre pueblo, leyendo la Biblia se apercibiese de las enseñanzas erróneas con que se había desfigurado y obscurecido el Evangelio puro y sencillo de Cristo.

Así se comprenderá la alegría que inundó el corazón del joven estudiante, cuando un día revolviendo libros en la biblioteca de la Universidad de Erfurt, se encontró con una Biblia latina. Hasta entonces había creído que los Evangelios y las Epístolas que se leían todos los domingos y días festivos en la iglesia, constituían por sí solos toda la Sagrada Escritura. Ahora abre la Biblia y, ¡oh maravilla!, encuentra tantas páginas, tantos capítulos y libros enteros, de cuya existencia no tenía la más remota idea. Su espíritu se estremeció de placer; estrechó el libro contra su corazón, y con sentimientos que no se pueden imaginar, presa de una excitación indescriptible, lo leyó página por página.

Una de las primeras cosas que llamaron su atención fue la historia de Ana y del joven Samuel (1º Samuel). Su alma se inundó de placer cuando leyó que aquel niño fue dedicado al Señor por toda su vida; cuando saboreó todas las bellezas del cántico de Ana y vio cómo el joven Samuel creció y se educó en el templo ante los ojos de Dios. Toda esta historia inunda su alma de sentimientos hasta entonces desconocidos, cual un descubrimiento nuevo. Su deseo y oración continua era ésta: ¡Ojalá que Dios me deparase un día un libro tan precioso! Desde entonces frecuentó mucho más la biblioteca, para recrear su corazón con el tesoro que allí había encontrado.

¡Altos e inescrutables planes del Señor! Aquel libro, así escondido entre los demás de la biblioteca, fue el que más tarde, vertido por Lutero al alemán, había de formar la lectura cotidiana de todas clases de la sociedad alemana, y esparcir en aquel país y en todo el mundo la luz divina, encendida por Dios mediante los Sagrados escritores, y sacrílegamente ocultada por los llamados vicarios de Jesucristo y sucesores del apóstol Pedro.

Poco después contrajo una enfermedad grave y peligrosa, consecuencia de su asiduo trabajo. Ya había hecho testamento y encomendado su alma al Señor, cuando le visitó un viejo sacerdote, que le consoló con las siguientes palabras: Mi querido bachiller, cobra ánimo, porque no morirás de esta enfermedad. Nuestro Dios hará de ti todavía un hombre grande, que dará consuelo a muchísimas almas. Porque Dios pone de vez en cuando su santa cruz sobre los hombros de los que él ama y quiere preparar para su salvación; y si la llevan con paciencia, aprenderán mucho en esta escuela de la cruz, En efecto, Lutero recobró la salud; siguió sus estudios y se graduó en 1505 de doctor en filosofía. Según la voluntad de su padre, debía estudiar también la jurisprudencia.

Pero Dios lo había dispuesto de otro modo. La Biblia, el peligro en que la enfermedad le había puesto, y las palabras del viejo sacerdote habían hecho profunda mella en su corazón, y siempre tenía en la mente aquella antigua pregunta: “¿Qué es lo que debo hacer para ser salvo?” En aquellos tiempos la contestación a tal pregunta, era por lo general, la siguiente: E1 convento con sus oraciones, ayunos, vigilias y otras obras meritorias es el camino más seguro para el cielo. Así, Lutero abrigó por mucho tiempo el deseo de entrar en un convento, para satisfacer de esta manera la voz de su conciencia despierta.

Un día, volviendo de la casa paterna en ‘Mansfeld’ y en el camino, cerca del pueblo de Stotternheim, le sorprendió una tempestad, y un rayo cayó cerca de él, causándole tal impresión que fue aquel uno de los momentos más críticos y decisivos de su vida. Se volvió a Erfurt, agitada su imaginación con pensamientos y dudas acerca de la salvación de su alma.

Sólo un convento podía proporcionarle, según creía, la paz que anhelaba tanto. Su resolución era inquebrantable. Sin embargo, le costaba mucho romper los vínculos que le eran tan caros. A nadie había comunicado su propósito. Una noche convidó a sus amigos de la Universidad a una alegre y frugal cena, en la cual también la música contribuía al solaz de la reunión; era la despedida que Lutero hacia al mundo. Desde hoy en adelante ocuparían los frailes el lugar de aquellos amables compañeros de placer y trabajo; el silencio del claustro substituiría a aquellos entretenimientos alegres y espirituales; los graves tonos de la tranquila Iglesia reemplazarían a aquellos cantos festivos. Dios lo exige, y es preciso sacrificarlo todo por El.

Al fin de la reunión, Lutero, no pudiendo contener los pensamientos graves que ocupaban su alma, descubrió a los amigos atónitos su firme propósito. Estos procuraron disuadirle, pero inútilmente. En la misma noche, tal vez temiendo que otros intentasen detenerle, si supieran su propósito, sale de su cuarto, deja en él toda su ropa, todos sus libros queridos, y se guarda sólo a Virgilio y Plauto, porque no tenía todavía la Biblia; y sin consultar con su padre, en la noche del 17 de Julio de 1505, llama a la puerta del convento de los agustinos en Erfurt. (Su padre no le hubiera permitido ciertamente tal paso; y cuando fue sabedor, estuvo por algún tiempo muy disgustado con su hijo.) La puerta se abre y se cierra tras él, separándole de sus padres, de sus amigos, de todo el mundo; y la tétrica comunidad de los monjes le saluda como hermano. Lutero tenía entonces veintiún años y nueve meses.

Rubianus, uno de los amigos de Lutero en la Universidad de Erfurt, le escribía algún tiempo después “La Providencia divina pensaba en lo que debías ser algún día, cuando a tu regreso de ña casa paterna, el fuego del cielo te derribó, como a otro Pablo cerca de la ciudad de Erfurt, te separó de nuestra sociedad y te condujo a la secta de Agustín”.

Lutero debía conocer por propia experiencia lo que había de reformar más tarde; debía aprender además que las buenas obras no pueden dar al hombre la paz de su alma, sino que  el hombre es justificado por la fe en el Señor Jesucristo sin las obras de la ley. (Rom. 3,28)

http://www.seminarioabierto.com/iglesia19.htm

Historia de las persecuciones en Bohemia

Historia de las persecuciones en Bohemia

Los pontífices romanos, que hablan usurpado el poder sobre varias iglesias, fueron particularmente severos con los bohemios, hasta el punto de que les enviaron dos ministros y cuatro laicos a Roma, en el año 997, para obtener reparaciones del Papa. Después de algún retardo, les fue concedida su petición, y reparados los daños. Se les permitieron dos cosas en particular: tener el servicio divino en su propia lengua, y que el pueblo pudiera participar de la copa en el Sacramento.

Sin embargo, las disputas volvieron a renacer, intentando los siguientes Papas por todos sus medios imponerse sobre las mentes de los bohemios, y estos, animosamente, tratando de preservar sus libertades religiosas.

En el año 1375, algunos celosos amigos del Evangelio apelaron a Carlos, rey de Bohemia, para que convocara un Concilio Ecuménico para hacer una indagación en los abusos que se hablan introducido en la Iglesia, y para llevar a cabo una reforma plena y exhaustiva. El rey, que no sabía cómo proceder, envió al Papa una comunicación pidiéndole consejo acerca de cómo proceder; pero el pontífice se sintió tan indignado ante este asunto que su única contestación fue: “Castigad severamente a estos desconsiderados y profanos herejes.” El monarca, por ello, desterró a todos los que estaban implicados en esta solicitud, y, para halagar al Papa, impuso un gran número de restricciones adicionales sobre las libertades religiosas del pueblo.

Las víctimas de la persecución, sin embargo, no fueron tan numerosas en Bohemia sino hasta después de la quema de Juan Huss y de Jerónimo de Praga. Estos dos eminentes reformadores fueron condenados y ejecutados a instigación del Papa y de sus emisarios, como el lector verá por la lectura de los siguientes breves bosquejos de sus vidas.

La persecución de Juan Huss

Juan Huss nació en Hussenitz, un pueblo de Bohemia, alrededor del año 1380. Sus padres le dieron la mejor educación que le permitían sus circunstancias; y habiendo adquirido un buen conocimiento de los clásicos en una escuela privada, pasó a la universidad de Praga, donde pronto dio pruebas de su capacidad intelectual, y donde se destacó por su diligencia y aplicación al estudio.

En 1398, Huss alcanzó el grado de bachiller en divinidad, y después fue sucesivamente elegido pastor de la Iglesia de Belén, en Praga, y decano y rector de la universidad. En estas posiciones cumplió sus deberes con gran fidelidad, y al final se destacó de tal manera por su predicación, que se conformaba a las doctrinas de Wickliffe, que no era probable que pudiera escapar a la atención del Papa y de sus partidarios, contra los que predicaba con no poca aspereza.

El reformista inglés Wickliffe había encendido de tal manera la luz de la reforma, que comenzó a iluminar los rincones más tenebrosos del papado y de la ignorancia. Sus doctrinas se esparcieron por Bohemia, y fueron bien recibidas por muchas personas, pero por nadie tan en particular como por Juan Huss y su celoso amigo y compañero de martirio, Jerónimo de Praga.

El arzobispo de Praga, al ver que los reformistas aumentaban a diario, emitió un decreto para suprimir el esparcimiento continuo de los escritos de Wickliffe; pero esto tuvo un efecto totalmente contrario al esperado, porque sirvió de estímulo para el celo de los amigos de estas doctrinas, y casi toda la universidad se unió para propagarlas.

Estrecho adherente de las doctrinas de Wickliffe, Huss se opuso al decreto del arzobispo, que sin embargo consiguió una bula del Papa, que le encargaba impedir la dispersión de las doctrinas de Wickliffe en su provincia. En virtud de esta bula, el arzobispo condenó los escritos de Wickliffe; también procedió contra cuatro doctores que no habían entregado las copias de aquel teólogo, y les prohibieron, a pesar de sus privilegios, predicar a congregación alguna. El doctor Huss, junto con algunos otros miembros de la universidad, protestaron contra estos procedimientos, y apelaron contra la sentencia del arzobispo.

Al saber el Papa la situación, concedió una comisión al Cardenal Colonna, para que citara a Juan Huss para que compareciera personalmente en la corte de Roma, para que respondiera de la acusación que había sido presentada en contra suya de predicar errores y herejías. El doctor Huss pidió que se le excusara de comparecer personalmente, y era tan favorecido en Bohemia que el Rey Wenceslao, la reina, la nobleza y la universidad le pidieron al Papa que dispensaran su comparecencia; también que no dejara que el reino de Bohemia estuviera bajo acusación de herejía, sino que se les permitiera predicar el Evangelio con libertad en sus lugares de culto.

Tres procuradores comparecieron ante el Cardenal Colonna en representación del doctor Huss. Trataron de excusar su ausencia, y dijeron que estaban dispuestos a responder en su lugar. Pero el cardenal declaró contumaz a Huss, y por ello lo excomulgó. Los procuradores apelaron al Papa, y designaron a cuatro cardenales para que examinaran el proceso. Estos comisionados confirmaron la sentencia, y extendieron la excomunión no sólo a Huss sino también a todos sus amigos y seguidores.

Huss apeló contra esta sentencia a un futuro Concilio, pero sin éxito; y a pesar de la severidad del decreto y de la consiguiente expulsión de su iglesia en Praga, se retiró a Hussenitz, su pueblo natal, donde siguió propagando su nueva doctrina, tanto desde el púlpito como con su pluma.

Las cartas que escribió en este tiempo fueron muy numerosas; y recopiló un tratado en el que mantenía que no se podía prohibir de manera absoluta la lectura de los libros de los reformistas. Escribió en defensa del libro de Wickliffe acerca de la Trinidad, y se manifestó abiertamente en contra de los vicios del Papa, de los cardenales y del clero de aquellos tiempos corrompidos. Escribió asimismo muchos otros libros, todos los cuales redactó con una fuerza argumental que facilitaba enormemente la difusión de sus doctrinas.

En el mes de noviembre de 1414 se convocó un Concilio general en Constanza, Alemania, con el único propósito, como se pretendía, de decidir entre una disputa que estaba entonces pendiente entre tres personas que contendían por el papado; pero su verdadero motivo era aplastar el avance de la Reforma.

Juan Huss fue llamado a comparecer delante de este Concilio; para alentarle, el emperador le envió un salvoconducto. Las cortesías e incluso la reverencia con que Huss se encontró por el camino eran inimaginables. Por las calles que pasaba, e incluso por las carreteras, se apiñaba la gente a las que el respeto, más que la curiosidad, llevaba allí.

Fue llevado a la ciudad en medio de grandes aclamaciones, y se puede decir que pasó por Alemania en triunfo. No podía dejar de expresar su sorpresa ante el trato que se le dispensaba. “Pensaba yo (dijo) que era un proscrito. Ahora veo que mis peores enemigos están en Bohemia.”

Tan pronto como Huss llegó a Constanza, tomó un alojamiento en una parte alejada de la ciudad. Poco después de su llegada, vino un tal Stephen Paletz, que habla sido contratado por el clero de Praga para presentar las acusaciones en su contra. A Paletz se unió posteriormente Miguel de Cassis, de parte de la corte de Roma. Estos dos se declararon sus acusadores, y redactaron un conjunto de artículos contra él, que presentaron al Papa y a los prelados del Concilio.

Cuando se supo que estaba en la ciudad, fue arrestado inmediatamente, y constituido prisionero en una cámara en el palacio. Esta violación de la ley común y de la justicia fue observada en panicular por uno de los amigos de Huss, que adució el salvoconducto imperial; pero el Papa replicó que él nunca había concedido ningún salvoconducto, y que no estaba atado por el del emperador.

Mientras Huss estuvo encerrado, el Concilio actuó como Inquisición. Condenaron las doctrinas de Wickliffe, e incluso ordenaron que sus restos fueran exhumados y quemados, órdenes que fueron estrictamente cumplidas. Mientras tanto, la nobleza de Bohemia y Polonia intercedió intensamente por Huss, y prevalecieron hasta el punto de que se impidió que fuera condenado sin ser oído, cosa que habla sido la intención de los comisionados designados para juzgarle.

Cuando le hicieron comparecer delante del Concilio, se le leyeron los artículos redactados contra él; eran alrededor de unos cuarenta, mayormente extraídos de sus escritos.

La respuesta de Juan Huss fue: “Apelé al Papa, y muerto él, y no habiendo quedado decidida mi causa, apelé asimismo a su sucesor Juan XXIII, y no pudiendo lograr mis abogados que me admitiera en su presencia para defender mi causa, apelé al sumo juez, Cristo.”

Habiendo dicho Huss estas cosas, se le preguntó si había recibido la absolución del Papa o no. El respondió: “No.”Luego, cuando se le preguntó si era legitimo que apelara a Cristo, Juan Huss respondió: “En verdad que afirmo aquí delante de todos vosotros que no hay apelación más justa ni más eficaz que la que se hace a Cristo, por cuanto la ley determina que apelar no es otra cosa que cuando ha habido la comisión de un mal por parte de un juez inferior, se implora y pide ayuda de manos de un Juez superior. ¿Y quién es mayor Juez que Cristo? ¿Quién, digo yo, puede conocer o juzgar la cuestión con mayor justicia o equidad? Pues en El no hay engaño, ni El puede ser engañado por nadie; ¿y acaso puede alguien dar mejor ayuda que Él a los pobres y a los oprimidos?” Mientras Juan Huss, con rostro devoto y sobrio, hablaba y pronunciaba estas palabras, estaba siendo ridiculizado y escarnecido por todo el Concilio.

Estas excelentes expresiones fueron consideradas como manifestaciones de traición, y tendieron a inflamar a sus adversarios. Por ello, los obispos designados por el concilio le privaron de sus hábitos sacerdotales, lo degradaron, le pusieron una mitra de papel en la cabeza con demonios pintados en ella, con esta expresión:”Cabecilla de herejes”. Al ver esto, él dijo: “Mi Señor Jesucristo, por mi causa, llevó una corona de espinas. ¿Por qué no debería yo, entonces, llevar esta ligera corona, por ignominiosa que sea? En verdad que la llevaré, y de buena gana. Cuando se la pusieron en su cabeza, el obispo le dijo: “Ahora encomendamos tu alma al demonio.” “¡Pero yo,” dijo Juan Huss, levantando sus ojos al cielo, “la encomiendo en tus manos, oh Señor Jesucristo! Mi espíritu que Tú has redimido.”

Cuando lo ataron a la estaca con la cadena, dijo, con rostro sonriente: “Mi Señor Jesús fue atado con una cadena más dura que ésta por mi causa; ¿por qué debería avergonzarme de ésta tan oxidada?”

Cuando le apilaron la leña hasta el cuello, el duque de Baviera estuvo muy solícito con él deseándole que se retractara. “No,” le dijo Huss, “nunca he predicado ninguna doctrina con malas tendencias, y lo que he enseñado con mis labios lo sellaré ahora con mi sangre.” Luego le dijo al verdugo: “Vas a asar un ganso (siendo que Huss significa ganso en lengua bohemia), pero dentro de un siglo te encontrarás con un cisne que no podrás ni asar ni hervir.” Si dijo una profecía, debía referirse a Martín Lutero, que apareció al cabo de unos cien años, y en cuyo escudo de armas figuraba un cisne.

Finalmente aplicaron el fuego a la leña, y entonces nuestro mártir cantó un himno con voz tan fuerte y alegre que fue oído a través del crepitar de la leña y del fragor de la multitud. Finalmente, su voz fue acallada por la fuerza de las llamas, que pronto pusieron fin a su existencia.

Entonces, con gran diligencia, reuniendo las cenizas las echaron al río Rhin, para que no quedara el más mínimo resto de aquel hombre sobre la tierra, cuya memoria, sin embargo, no podrá quedar abolida de las mentes de los piadosos, ni por fuego, ni por agua, ni por tormento alguno.

Historia de la vida y persecuciones contra Juan Wicliffe

Historia de la vida y persecuciones contra Juan Wicliffe

No será inapropiado dedicar unas pocas páginas de esta obra a dar un breve detalle de las vidas de algunos de los hombres que primero dieron pasos, con indiferencia al poder fanático que se oponía a toda reforma, para detener la marea de la corrupción papal, y sellando las puras doctrinas del Evangelio con su sangre. Entre ellos, Gran Bretaña tuvo el honor de tomar la delantera y de mantener los primeros aquella libertad en la controversia religiosa que dejó atónita a toda Europa, y que demostró que la libertad religiosa y política son las causas de la prosperidad de esta favorecida isla. Entre las primeras de estas eminentes personas tenemos a

Juan Wickliffe

Este célebre reformador, llamado «La Estrella Matutina de la Reforma», nació alrededor del año 1324, durante el reinado de Eduardo II. De su familia no tenemos información cierta. Sus padres lo designaron para la Iglesia, y lo enviaron a Queen’s College, en Oxford, que había sido fundado por entonces por Robert Eaglesfield, confesor de la Reina Felipa. Pero al no ver las ventajas para el estudio que esperaba en aquel establecimiento nuevo, pasó al Merton College, que era entonces considerado como una de las instituciones más eruditas de Europa.

Lo primero que lo hizo destacar en público fue su defensa de la universidad contra los frailes mendicantes, que para este tiempo, desde su establecimiento en Oxford en 1230, habían sido unos vecinos enojosos para la universidad. Se fomentaban de continuo las pendencias; los frailes apelaban al Papa, y los académicos a la autoridad civil; a veces prevalecía un partido, a veces el otro. Los frailes llegaron a encariñarse mucho con el concepto de que Cristo era un mendigo común; que Sus discípulos también lo fueron; y que la mendicidad era una institución evangélica. Esta doctrina la predicaban desde los púlpitos y en los lugares donde tuvieran acceso.

Wicklifíe habla menospreciado durante mucho tiempo a estos frailes por la pereza con que se desenvolvían, y ahora tenía una buena oportunidad para denunciarlos. Publicó un tratado en contra de la mendicidad de personas capaces, y demostró que no sólo eran un insulto a la religión, sino también a la sociedad humana. La universidad comenzó a considerarlo como uno de sus principales campeones, y pronto fue ascendido a maestro de Baliol College.

Alrededor de este tiempo, el Arzobispo Islip fundó Canterbury Hall, en Oxford, donde estableció a un rector y once académicos. Y fue Wickliffe el escogido por el arzobispo para el rectorado, pero al morir éste, su sucesor Stephen Langham, obispo de Ely, lo depuso. Como en esto hubo una flagrante injusticia, Wickliffe apeló al Papa, que posteriormente dio sentencia en su contra por la siguiente causa: Eduardo III, que era a la sazón rey de Inglaterra, había retirado el tributo que desde el tiempo del Rey Juan se había pagado al Papa. El Papa amenazó; Eduardo entonces convocó un Parlamento. El Parlamento resolvió que el Rey Juan había cometido un acto ilegal, y entregado los derechos de la nación, y aconsejó al rey a que no se sometiera, fueran cuales fueran las consecuencias.

El clero comenzó ahora a escribir en favor del Papa, y un erudito monje publicó un animoso y plausible tratado, que tenía muchos defensores. Wickliffe, irritado al ver una causa tan mala tan bien defendida, se opuso al monje, y ello de forma tan magistral, que ya no se consideraron sus argumentos como irrefutables. De inmediato perdió su causa en Roma, y nadie abrigaba ninguna duda de que era su oposición al Papa en un momento tan crítico la causa verdadera de que no se le hiciera justicia en Roma.

Wickliffe fue después escogido a la cátedra de teología, y ahora quedó plenamente convencido de los errores de la Iglesia de Roma y de la vileza de sus agentes monásticos, y decidió denunciarlos. En conferencias públicas fustigaba sus vicios y se oponía a sus insensateces. Expuso una variedad de abusos cubiertos por las tinieblas de la superstición. Al principio comenzó a deshacer los prejuicios del vulgo, y siguió con lentos avances; junto a las disquisiciones metafísicas de la época mezcló opiniones teológicas aparentemente novedosas. Las usurpaciones de la corte de Roma eran un tema favorito suyo. Acerca de éstas se extendía con toda la agudeza de su argumento, unidas con su razonamiento lógico. Esto pronto hizo clamar al clero, que, por medio del arzobispo de Canterbury, le privaron de su cargo.

Para este tiempo, la administración de interior estaba a cargo del duque de Lancaster, bien conocido por el nombre de Juan de Gaunt. Este príncipe tenía unos conceptos religiosos muy libres, y estaba enemistado con el clero. Habiendo llegado a ser muy gravosas las exacciones de la corte de Roma, decidió enviar al obispo de Bangor y a Wickliffe para que protestaran contra tales abusos, y se acordó que el Papa ya no podía disponer de ningunos beneficios pertenecientes a la Iglesia de Inglaterra. En esta embajada, la observadora mente de Wickliffe penetró en los entresijos de la constitución y política de Roma, y volvió más decidido que nunca a denunciar su avaricia y ambición.

Habiendo recuperado su anterior situación, comenzó a denunciar al Papa en sus conferencias sus usurpaciones, su pretendida infalibilidad, su soberbia, su avaricia y su tiranía. Fue el primero en llamar Anticristo al Papa. Del Papa pasaba a la pompa, el lujo y las tramas de los obispos, y los contrastaba con la sencillez de los primeros obispos. Sus supersticiones y engaños eran temas que presentaba con energía de mente y con precisión lógica.

Gracias al patronazgo del duque de Lancaster, Wickliffe recibió un buen puesto, pero tan pronto estuvo instalado en su parroquia que sus enemigos y los obispos comenzaron a hostigarle con renovado vigor. El duque de Lancaster fue su amigo durante esta persecución, y por medio de su presencia y la de Lord Percy, conde mariscal de Inglaterra, predominó de tal manera en el juicio que todo acabó de manera desordenada.

Después de la muerte de Eduardo III le sucedió su nieto Ricardo II, con sólo once años de edad. Al no conseguir el duque de Lancaster ser el único regente, como esperaba, comenzó su poder a declinar, y los enemigos de Wickliffe, aprovechándose de esta circunstancia, renovaron sus artículos de acusación en su contra. Consiguientemente, el Papa despachó cinco bulas al rey y a ciertos obispos, pero la regencia y el pueblo manifestaron un espíritu de menosprecio ante la altanera manera de proceder del pontífice, y necesitando éste dinero para entonces para oponerse a una inminente invasión de los franceses, propusieron aplicar una gran suma de dinero, recogida para el Papa, para este propósito. Sin embargo, esta cuestión fue sometida a la decisión de Wickliffe. Sin embargo, los obispos, que apoyaban la autoridad del Papa, insistían en someter a Wickliffe a juicio, y estaba ya sufriendo interrogatorios en Lambeth cuando, por causa de la conducta amotinada del pueblo fuera, y atemorizados por la orden de Sir Lewis Clifford, un caballero de la corte, en el sentido de que no debían decidirse por ninguna sentencia definitiva, terminaron todo el asunto con una prohibición a Wickliffe de predicar aquellas doctrinas que fueran repugnantes para el Papa; pero el reformador la ignoró, pues yendo descalzo de lugar en lugar, y en una larga túnica de tejido basto, predicaba más vehemente que nunca.

En el año 1378 surgió una contienda entre dos Papas, Urbano VI y Clemente VII, acerca de cuál era el Papa legítimo, el verdadero vicario de Cristo. Este fue un período favorable para el ejercicio de los talentos de Wickliffe: pronto produjo un tratado contra el papado, que fue leído de buena gana por toda clase de gente.

Para el final de aquel año, Wickliffe cayó enfermo de una fuerte dolencia, que se temía pudiera resultar fatal. Los frailes mendicantes, acompañados por cuatro de los más eminentes ciudadanos de Oxford, consiguieron ser admitidos a su dormitorio, y le rogaron que se retractara, por amor de su alma, de las injusticias que había dicho acerca del orden de ellos. Wickliffe, sorprendido ante éste solemne mensaje, se recostó en su cama, y con un rostro severo dijo: “No moriré, sino que viviré para denunciar las maldades de los frailes.”

Cuando Wickliffe se recuperó se dedicó a una tarea sumamente importante: la traducción de la Biblia al inglés. Antes de la aparición de esta obra, publicó un tratado, en el que exponía la necesidad de la misma. El celo de los obispos por suprimir las Escrituras impulsó enormemente su venta, y los que no podían procurarse una copia se hacían transcripciones de Evangelios o Epístolas determinadas. Posteriormente, cuando los lolardos fueron aumentando en número, y se encendieren las hogueras, se hizo costumbre atar al cuello del hereje condenado aquellos fragmentos de las Escrituras que se encontraran en su posesión, y que generalmente seguían su suerte.

Inmediatamente después de esto, Wickliffe se aventuró un paso más, y atacó la doctrina de la transubstanciación. Esta extraña opinión fue inventada por Paschade Radbert, y enunciada con un asombroso atrevimiento. Wickliffe, en su lectura ante la Universidad de Oxford en 1381 atacó esta doctrina, y publicó un tratado acerca de ella. El doctor Barton, que era en aquel tiempo vicecanciller de Oxford, convocó a las cabezas de la universidad, condenó las doctrinas de Wickliffe como heréticas, y amenazó a su autor con la excomunión. Wickliffe al no conseguir ningún apoyo del duque de Lancaster, y llamado a comparecer ante su anterior adversario, William Courteney, ahora arzobispo de Canterbury, se refugió bajo el alegato de que él, como miembro de la universidad, estaba fuera de la jurisdicción episcopal. Este alegato le fue admitido, por cuanto la universidad estaba decidida a defender a su miembro.

El tribunal se reunió en el día señalado, al menos para juzgar sus opiniones, y algunas fueron condenadas como erróneas, y otras como heréticas. La publicación acerca de esta cuestión fue inmediatamente contestada por Wickliffe, que había venido a ser el blanco de la decidida inquina del arzobispo. El rey, a petición del obispo, concedió una licencia para encarcelar al maestro de herejía, pero los comunes hicieron que el rey revocara esta acción como ilegal. Sin embargo, el primado obtuvo cartas del rey ordenando a la Universidad de Oxford que investigara todas las herejías y los libres que Wickliffe había publicado; como consecuencia de esta orden hubo un tumulto en la universidad. Se supone que Wickliffe se retiró de la tormenta a un lugar oscuro del reino. Pero las semillas habían sido sembradas, y las opiniones de Wickliffe estaban tan difundidas que se dice que si uno veía a dos personas en un camino, podía estar seguro de que una era un lolardo. Durante este período prosiguieron las disputas entre los dos papas. Urbano publicó una bula en la que llamaba a todos los que tuvieran consideración alguna por la religión a que se esforzaran en su causa, y a que tomaran armas contra Clemente y sus partidarios en defensa de la santa sede.

Una guerra en la que se prostituía de manera tan vil el nombre de la religión despertó el interés de Wickliffe, incluso en su ancianidad. Tomó otra vez la pluma, y escribió en contra de ella con la mayor acritud. Reprendió al Papa con la mayor libertad, y le preguntó: “¿Cómo osáis hacer del emblema de Cristo en la cruz (que es la prenda de la paz, de la misericordia y de la caridad una bandera que nos lleve a matar a hombres cristianos por amor a dos falsos sacerdotes, y a oprimir a la cristiandad de manera peor que Cristo y Sus apóstoles fueron oprimidos por los judíos? ¿Cuándo el soberbio sacerdote de Roma concederá indulgencias a la humanidad para vivir en paz y caridad, como lo hace ahora para que luchen y se maten entre si?”

Este severo escrito le atrajo el resentimiento de Urbano, y hubiera podido envolverlo en mayores inquietudes que las que había experimentado hasta entonces. Pero fue providencialmente librado de sus manos. Cayó víctima de una parálisis, y aunque vivió un cierto tiempo, estaba de tal manera que sus enemigos consideraron como resultado de su resentimiento.

Wickliffe volvió tras un breve espacio de tiempo, bien de su destierro, bien de algún lugar en el que hubiera estado guardado en secreto, y se reintegró a su parroquia de Lutterworth, donde era párroco; allí, abandonando apaciblemente esta vida mortal, durmió en paz en el Señor, al final del año 1384, en el día de Silvestre. Parece que estaba muy envejecido cuando murió, “y que lo mismo le complacía de anciano que lo que le habla complacido de joven.”

Wickliffe tenía motivos por agradecerles que al menos le dieran reposo mientras vivió, y que le dieran tanto tiempo después de su muerte, cuarenta y un años de reposo en su sepulcro, antes que exhumaran su cuerpo y lo convirtieran de polvo a cenizas; cenizas que fueron luego echadas al río. Y así fue transformado en tres elementos: tierra, fuego y agua, pensando que así extinguían y abolían el nombre y la doctrina de Wickliffe para siempre. No muy diferente del ejemplo de los antiguos fariseos y vigilantes del sepulcro, que tras haber llevado al Señor a la tumba, pensaron que lograrían asegurar que no resucitara. Pero estos y todos los demás han de saber que así como no hay consejo contra el Señor, tampoco puede suprimirse la verdad, sino que rebrotará y renacerá del polvo y de las cenizas, tal como sucedió en verdad con este hombre; porque aunque exhumaron su cuerpo, quemaron sus huesos y ahogaron sus cenizas, no pudieron sin embargo quemar la palabra de Dios y la verdad de Su doctrina, ni el fruto y triunfo de la misma.

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años 814-1054

años 814-1054

Triunfo de las tinieblas. — Corrupción del papado. — Claudio de Turín. El año mil. — Separación de Constantinopla.

Triunfo de las tinieblas.

Este período de la historia eclesiástica empieza en el año 814 y termina en el año 1054, con la separación definitiva de las iglesias del Oriente, dando origen a lo que hoy se llama Iglesia Ortodoxa. Es el período más oscuro de la historia cristiana. La idolatría, la superstición, el clericalismo, el monaquisino, el despotismo papal y todo lo que señala un triunfo del error y de los principios anticristianos, llegan a su más alto apogeo. El puro evangelio de Cristo lo anuncian sólo unos pequeños grupos de cristianos perseguidos y despreciados, que se refugian en regiones apartadas, para evitar la furia de sus implacables adversarios. Los estudios teológicos y bíblicos se hallan casi completamente abandonados. La religión ha pasado a ser una cuestión de meras formas exteriores y de ciega sumisión a un sistema, y nadie la mira ya como un medio de levantar al hombre de las miserias de la tierra para ponerle en contacto con el Dios invisible. La doctrina de la salvación por obras ha substituido a la justificación por la fe, precisamente en estos años cuando sólo se puede hablar de obras malas. El cardenal Baronio, al referirse a este período, lo llama “una edad de hierro, estéril en todo bien, una edad de plomo, abundante en toda iniquidad, una edad oscura, notable más que cualquier otra por la escasez de escritores y hombres de entendimiento”.

Corrupción del papado.

Los obispos que se sentaron en Roma, ya no se contentaban con ejercer dominio sobre sus colegas de otras ciudades, y gobernar al cristianismo. Sus pretensiones se hicieron cada vez mayores, hasta llegar a creerse semidioses en la tierra. Pretendían tener el derecho de destronar a los reyes a su antojo, y exigieron al mundo la más ciega y humillante sumisión.

Para dar apoyo a la institución papal, se fraguaron las falsas decretales, que tan importante autoridad tuvieron durante muchos siglos, pero que hoy no se atreven a defender los más retrógrados papistas, porque las supercherías que contienen son del todo manifiestas. Consisten éstas en una larga serie de decretos papales. El siguiente párrafo, de Merle D’Aubigné nos dará una idea de la estupenda falsedad de los documentos que fueron la base y fundamento del papismo: “En esta colección de pretendidos decretos de los papas, los obispos contemporáneos de Tácito y Quintiliano, hablan el latín bárbaro del siglo noveno. Las costumbres y constituciones de los francos se atribuían seriamente a los romanos del tiempo de los emperadores. Los papas citan la Biblia en la traducción latina de San Jerónimo, quien vivió tres siglos después de ellos. Y Víctor, obispo de Roma, en el año 192, escribía a Teófilo, que fue arzobispo de Alejandría, en el año 385. El impostor que fabricó estos decretos se esforzaba por establecer que todos los obispos recibían su autoridad del obispo de Roma, quien había recibido la suya directamente de Jesucristo. No solamente registraba todas las conquistas sucesivas de los. pontífices, sino que las hacía remontar a los tiempos más antiguos. Los papas no tuvieron vergüenza de apoyarse en esta despreciable invención. Ya en 865 Nicolás I tomó las armas para defender a los príncipes y obispos. Esta fábula desvergonzada fue durante siglos el arsenal de Roma”.

Tales fueron los documentos que sirvieron de base a la Iglesia Romana para sostener el poder temporal de los papas, alegando la “Donación de Constantino”, llamada por Bryce “la más estupenda de todas las mentiras medioevales”.

En esta época el papado llegó a su más alto grado de co rrupción. La elección de un papa era siempre ocasión de grandes escándalos y hasta de derramamiento de sangre. Muchas veces, no pudiendo ponerse de acuerdo los electores, se elegían dos, tres y hasta mayor número de papas. Las orgías del pontificado superaban en mucho a las más abominables de las cortes paganas. Los papas eran depuestos para hacer sentar en sus sillas a los favoritos de las cortesanas. Para describir el estado corrupto del papado, fue necesario crear una palabra: pornocracia, que significa gobierno de rameras, pues en realidad eran las queridas de los papas las que manejaban todos los asuntos eclesiásticos. Entre estas mujeres figuraban como las de mayor influencia, una tal Marozia, concubina del papa Sergio, y Teodora, concubina del papa Juan X.

Refiramos ahora algunos casos concretos, confirmados por los mismos historiadores romanistas.

Formoso, obispo de Porto, fue el que encabezó la famosa conspiración de Gregorio el Nomenclátor, que tenía por objeto entregar la ciudad de Roma a los sarracenos. Cuando la conspiración fue descubierta, Juan VIII excomulgó y depuso a Formose. El sucesor de Juan VIII restituyó a Formoso el episcopado. En el año 891, Formoso fue elegido papa al misino tiempo que otra parte del clero y del pueblo elegía a Sergio para el mismo puesto. Los dos pretendientes se presentaron en la iglesia, y ambos exigían ser consagrados. Ahí se inició una batalla cruel. El partido de Sergio fue vencido, y Formoso pasando por encima de los cadáveres, subió todo ensangrentado al altar, y fue consagrado papa.

Después de la muerte de Formoso, Sergio fue de nuevo candidato, pero su partido fue vencido, siendo elegido Bonifacio VI, quien sólo vivió algunos meses. En la nueva elección triunfó el partido de Sergio, pero no lo eligieron a él sino a Esteban VI, un subordinado de Sergio, quien se inició deshaciendo todo lo que había hecho Formoso. Después, para hacerse infamemente inmortal, ejecutó un acto que no conoce otro igual en la historia de las venganzas. Hizo desenterrar el cadáver de Formoso, lo hizo vestir con las ropas pontificales, y después ordenó que lo llevasen ante un concilio que había reunido expresamente. Para unir la burla a la ferocidad, mandó que fuese juzgado como si se tratase de un vivo. El mismo papa que presidía el concilio, llamó por nombre al difunto Formoso, e hizo contra él toda suerte de acusaciones ordenando al cadáver que contestase a sus preguntas, y como el cadáver no respondiese, lo declaró convicto y pronunció contra él la condenación sacro aprobante concilio, por la cual el cadáver de Formoso fue depuesto del papado, excomulgado, despojado de las insignias papales y en la misma iglesia le cortaron los tres dedos de la mano derecha, con los que bendecía y luego desnudo y mutilado, fue arrastrado por las calles de Roma, y finalmente arrojado al Tíber.

La historia del papado después de la muerte de Esteban VI siguió siendo una sucesión de hechos inauditos. El escritor italiano, L. Desanctis, la resume así: “El papa Romano, sucesor inmediato de Esteban, anuló todo lo que había hecho su antecesor, y declaró ex cathedra, es decir infaliblemente, que su antecesor hablando ex cathedra,contra Formoso, se había equivocado; y Formoso fue absuelto y restablecido. A Romano, que vivió sólo cuatro meses, lo sucedió el papa Teodoro, quien vivió veinte días. Sergio continuaba siempre ambicionando el papado sin lograr conseguirlo, y para que fuese posible, envenenaba a todos sus competidores. Después de la muerte de Teodoro, Sergio fue elegido por segunda vez, pero el partido contrario tomó las armas y ganó sobre él una nueva victoria, e hizo elegir papa a Juan XI. Sergio tuvo entonces que refugiarse al lado de su querida Marozia, marquesa de Toscana, la Mesalina de aquellos tiempos. Juan, para vengarse del partido de Sergio, reunió un concilio en el cual rehabilitó de nuevo al papa Formoso y condenó al papa Esteban. Mientras tanto, Sergio, protegido por su amiga, hacía de papa, y con el veneno se deshacía de todos los que le disputaban el papado. A Juan le sucedió Benito, quien hizo la guerra a Sergio; lo venció, pero no pudo apoderarse de él. A Benito lo sucedió León V, quien pocos días después de la consagración, fue encerrado en una prisión y asesinado por su secretario Cristóbal, quien se eligió a sí mismo, proclamándose papa y sucesor de San Pedro. Entonces prevaleció el partido de Sergio, ydenal Baronio confiesa ingenuamente, que no hay delito por infame que sea, del cual no esté manchado el papa Sergio III, el cual, según confesión del cardenal analista, era esclavo de lodos los vicios, y el más infame de todos los hombres”.

Los papas que sucedieron a Sergio, fueron casi todos parecidos a éste. Al morir Agapito II, Marozia logró que fuese electo uno de sus hijos bastardos, quien tomó el nombre de Juan XII. Según muchos autores, éste tenía sólo doce años cuando fue elegido papa. Los defensores del papado, Baronio, Cantú y otros, dicen que tenía dieciocho. Todos están de acuerdo en declararlo un monstruo cargado de vicios y delitos. El jesuita Maimburg dice que al subir al pontificado cambió de nombre pero no de conducta, siendo caso cierto que ninguno como él deshonró tanto al papado con toda clase de vicios y actos de una vida licenciosa, que llevó hasta el fin. Nadie niega que era blasfemo, impío, sacrílego y disoluto en último grado.

Los romanos, cansados de soportar a un hombre tal, pidieron al emperador Otón I que lo hiciese destituir, para lo cual reunió un concilio en la basílica vaticana. El papa fue allí acusado de haber cometido los delitos más infames que se pueden imaginar: de vender los episcopados, de haber consagrado obispo a un niño de diez años, de haber hecho mutilar obscenamente a un cardenal, de tener la costumbre de beber a la salud del diablo y brindar por las divinidades paganas y de muchas cosas más. El concilio citó al papa, pero éste en lugar de comparecer excomulgó al concilio, el cual, no obstante, continuó sesionando y depuso al papa y eligió en su lugar a León VIII, un hombre venerable, verdadero prodigio de honradez y decencia para aquellos escandalosos tiempos.

Juan XII tuvo que huir de Roma, pero no se fue con las manos vacías, pues llevó consigo todos los tesoros del pontificado de los que se sirvió para comprar influencias y hacerse restablecer en el papado.

León VIII procuraba por todos los medios posibles supri mir los abusos del clero y mejorar las costumbres de los habitantes de Roma. Esto hizo que las mujeres de Roma se can sasen pronto de él y deseasen tener entre ellas al disoluto Juan XII. Este supo aprovechar los deseos inmorales de esta gente y con generosos donativos logró formarse un partido bastante fuerte que pudo levantarse contra León quien tuvo que huir al campo imperial para no ser asesinado. Al entrar Juan en Roma se inició con una serie de crueldades; hizo cortar la mano derecha a un cardenal, arrancar la lengua y cortar la nariz al primer secretario del concilio, azotar públicamente al obispo de Espira, y otras cosas de esta clase. Después de estos actos de crueldad, destinados a atemorizar a sus adversarios, reunió un concilio, el cual declaró que el concilio reunido anteriormente había sido una reunión de bandoleros, que León VIII era un impío, un cismático, un sacrílego, etc. y éste fue depuesto.

Poco tiempo después murió Juan a consecuencias de una paliza que le aplicó el esposo de una beata con quien tenía relaciones.

Pasemos por alto la vida poco edificante de muchos otros papas, para ocuparnos algo de Benedicto IX. Este fue elegido a los doce años, debido a la influencia de su padre, que compró a los electores con grandes sumas de dinero. Su corta edad no le impidió hacerse pronto famoso por sus desórdenes, los cuales aumentaban a medida que crecía. Era llamado el sucesor de Simón el Mago, y su conducta fue tan obscena que es imposible narrarla sin ruborizar. Por fin, los romanos cansados de sus impudicias, de sus robos, de sus crímenes y de tanto proceder infame, lo echaron de Roma; pero, protegido por Conrado II, consiguió volver a sentarse en el trono papal. Poco tiempo después fue echado de nuevo, y en su lugar, elegido Silvestre III. Tres meses después, Benedicto, protegido por sus poderosos parientes, se apoderó de nuevo del papado, pero temiendo ser asesinado, vendió su puesto a un sacerdote que tomó el nombre de Juan XX, a quien consagró el mismo Benedicto, y se retiró a su casa paterna en la que siguió viviendo libertinamente. Pronto se cansó de la vida privada, y tomando las armas, se apoderó del Palacio Laterano, expulsó al papa Juan y subió de nuevo a la cátedra romana. Pero los otros dos papas no habían salido de Roma, “de modo que —dice el autor de la Historia de los Papas— se vio al mismo tiempo a los tres hombres más infames del mundo, llevar los ornamentos pontificios en las tres iglesias principales de Roma: a Benedicto IX, en San Juan; a Silvestre III, en San Pedro; y a Juan XX, en Santa María Mayor”. Finalmente los tres se pusieron de acuerdo dividiendo entre sí pacíficamente las rentas del papado y siguieron juntos la vida disoluta e inmoral a la cual estaban entregados.

Apareció entonces un fraile astuto, quien, so pretexto de evitar el escándalo, propuso a los tres “santísimos” que lo eligieran a él, y en cambio les daría todo el dinero que les hiciese falta para sus orgías. El partido fue aceptado y lo eligieron tomando el nombre de Gregorio VI, y he aquí cuatro papas al mismo tiempo. ¿Cuál era el verdadero?

Claudio  de  Turín.

“Es casi imposible resistir a la convicción —dice Samuel G. Green— de que durante este tiempo tenebroso, hubo en lugares escondidos, verdaderos siervos de Jesucristo, quienes más o menos alcanzaron a ver la verdad escondida bajo las formas y accesorios de una religión corrompida y degradada por los vicios y ambiciones de sus representantes principales en la Iglesia y el Estado. Muchas mentes se rebelaron secretamente a causa de los absurdos inculcados como partes de la fe cristiana. Las leyendas y milagros mentirosos pudieron difícilmente ser impuestos a todos, y la flagrante inmoralidad tolerada en los círculos eclesiásticos, no podía menos que revelar a los pensadores el contraste de todo esto con las enseñanzas de Cristo. Un poco de luz celestial pudo brillar a través de las nubes de la superstición. Como en los días de Elías, hubo sus siete mil que no doblaron la rodilla delante de Baal”.

Los nombres de Benedicto de Languedoc, levantando bien alto el estandarte de la moral cristiana en medio del fango de la corrupción monacal, y de Agobardo de Lyon, protestando contra el culto de las imágenes, serán siempre recordados con veneración y respeto, pero de las lumbreras cristianas de esta época, el que más se distingue es Claudio de Turín.

Nació en España y fue discípulo de Félix, el famoso obis po de Urgel, quien lo inició en el estudio del Nuevo Testamento y le enseñó a odiar la idolatría y superstición reinante, contra la cual luchaba Félix. De ambos lados de los Pirineos fue conocida la erudición de Claudio, lo mismo que su piedad ardiente, y algunos que deseaban ver cosas mejores en el cris tianismo, influyeron para que se le nombrase obispo de Turín, sabiendo que era uno de los pocos hombres resueltos a poner un dique al horrible avance de la mentira que fomentaban las órdenes monásticas.

Claudio rechazaba las tradiciones que no estaban de acuer do con el evangelio, y entre otras cosas las oraciones por los muertos, el culto de la cruz y de las imágenes, y la invocación de los santos. “Yo no establezco una nueva secta —escribía al abate Teodomiro— sino que predico la verdad pura, y tanto como me es posible, reprimo, combato y destruyo las sectas, los cismas, las supersticiones y las herejías; lo que nunca dejaré de hacer con la ayuda de Dios. Constreñido a aceptar el episcopado, he venido a Turín donde encontré las iglesias llenas de abominaciones e imágenes, y porque empecé a destruir lo que todo el mundo adoraba, todo el mundo se ha puesto a hablar en mi contra .. Dicen: no creemos que haya algo de divino en la imagen que adoramos, no la reverenciamos sino en honor de aquella persona que representa, y contesto: si los que han abandonado el culto de los demonios honran las imágenes de los santos, no han dejado los ídolos, sólo han cambiado los nombres .. Si hubiese que adorar a los hombres, sería mejor adorarlos vivos, mientras son la imagen de Dios, y no después de muertos cuando se parecen a piedras; y si no es lícito adorar las obras de Dios, menos se deben adorar las de los hombres”.

Combatiendo la adoración de la cruz, dicen en otro lugar: “Si tenemos que adorar la cruz porque Jesucristo estuvo clavado en ella, debemos adorar muchas otras cosas .. Que adoren los pesebres, porque Jesucristo al nacer fue puesto en un pesebre; que adoren los pañales, porque Jesucristo fue envuelto en pañales; que adoren los barcos, porque Jesucristo enseñaba desde un barco”.

Las peregrinaciones a Roma y la confianza de la gente en la protección papal levantaban las vivas protestas de Claudio, como puede verse en este párrafo: “Volved a la razón, miserables transgresores; ¿por qué os habéis dado vuelta de la verdad? ¿Por qué crucificáis de nuevo al hijo de Dios, exponiéndolo a la ignominia? ¿Por qué perdéis las almas haciéndolas compañeras de los demonios al alejarlas del Creador, por el horrible sacrilegio de vuestras imágenes y representaciones, precipitándolas en una eterna condenación? Sé bien que en tienden mal este pasaje del Evangelio: “Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi iglesia y yo te daré las llaves del reino de los cielos”. Es apoyándose locamente sobre esta palabra que una multitud ignorante, estúpida y destituida de toda inteligencia espiritual, acude a Roma con la esperanza de obtener la vida eterna. Ciegos, volved a la luz, volved a Aquel que alumbra a todo hombre que viene a este mundo; vosotros aunque seáis numerosos, estáis caminando en las tinieblas, y no sabéis a donde vais, porque las tinieblas han cegado vuestros ojos. Si tenemos que creer a Dios cuando promete, mucho más cuando jura y dice: Si Noé, Daniel y Job, estuviesen en este país, no salvarían ni hijo ni hija; pero ellos por su justicia salvarían sus almas, es decir, si los santos que invocáis, fuesen tan santos y justos como Noé, Daniel y Job, ni aun así salvarían hijo ni hija. Y Dios así lo declara, para que nadie ponga su confianza en los méritos o intercesiones de los santos. ¿Comprendéis esto, pueblo sin inteligencia? ¿Seréis sabios una vez, vosotros que corréis a Roma buscando la intercesión de un apóstol?”

La actividad literaria de Claudio fue grande. En el año 814 publicó tres libros comentando el Génesis; en 815, cuatro sobre el Éxodo; y en 828, sus explicaciones sobre el Levítico. Pu blicó también comentarios sobre las Epístolas de San Pablo. Estos escritos, junto con sus discursos y sus visitas pastorales, contribuyeron, sin duda, a mantener intacto el sistema de doctrina evangélica en los valles del Piamonte.

Claudio murió en Turín en el año 839, sin ser excomulgado ni destituido de su puesto, gracias a la protección del emperador.

“Las doctrinas evangélicas de Claudio —dice Moisés Droin— no desaparecieron con él; la herencia fue recogida por humildes discípulos de la Palabra de Dios, y particularmente por los valdenses, los cataros y los pobres de Lyon, que se esparcieron en las diferentes provincias de la península española”.

El año mil.

Una errónea interpretación del pasaje de Apocalipsis 20: 1-5, que dice que durante mil años Satanás estará atado, y que después de cumplidos los mil años será suelto, había difundido por todo el mundo la creencia de que al sonar la última hora del año mil, vendría el fin de todas las cosas y comenzaría el juicio de todos los hombres. Muchos monjes salían de sus conventos y predicaban con verdadero fanatismo, anunciando esto como cosa cierta. En Alemania, Francia e Italia, durante las últimas décadas del siglo, recorrían las parroquias los predi cadores más fogosos y sembraban el terror en el ánimo de las almas predispuestas a esta clase de emociones. El pánico era general. Las iglesias se llenaban de multitudes, que hacían penitencia y ofrecían dones para aplacar la ira venidera de la justicia divina. Los más pudientes vendían sus bienes y se trasladaban a Jerusalén para encontrarse en la Tierra Santa cuando viniese el gran día de la ira del Señor. Los peregrinos eran numerosos, y las regiones solitarias de Palestina se vieron invadidas por los devotos que esperaban temblando el fin de todas las cosas. Pero pasó el año mil sin que nada aconteciese de lo que se esperaba.

Separación de Constantinopla.

El gran cisma que dio origen a lo que hoy se llama Iglesia Ortodoxa, fue el resultado de la creciente rivalidad entre los papas de Roma y los patriarcas de Constantinopla, quienes se disputaban el derecho de gobernar ciertos distritos.

A mediados del siglo IX, un tal Ignacio, era patriarca de Constantinopla, el cual atrajo sobre sí el odio de la casa impe rial por haber excomulgado a Bardas, hermano de la emperatriz Teodora, el cual habiendo abandonado a su esposa vivía en adulterio con la viuda de un hijo suyo. Ignacio fue destituido y desterrado y un laico influyente llamado Focio, fue elevado al patriarcado, pasando por toda la escala jerárquica de la iglesia en una sola semana. Como la sede de Roma se negó a Focio, hubo una violenta correspondencia entre el emperador y el papa. El patriarca logró entonces reunir un concilio en Constantinopla en el año 867, el cual excomulgó al papa, acusando a la Iglesia Romana de haberse apartado de la fe y costumbre recibidas, formulando cargos sobre asuntos de poquísima importancia, en comparación con los grandes delitos de Roma, de los cuales Constantinopla no era tampoco inocente. Una de las acusaciones consistía en que Roma permitía comer queso y tomar leche durante la cuaresma; otra se relacionaba ron la orden de que los clérigos se afeitasen. No había entre las dos sedes una grave cuestión doctrinal, sino una mera cuestión de palabras e intereses materiales. Los decretos del concilio fueron firmados por el emperador, por los patriarcas de Antioquia, Alejandría y Constantinopla, y por unos mil obispos y abates.

El documento condenatorio fue enviado a Roma pero antes que los portadores del mismo llegasen, estalló en Constantinopla una revolución que cambió por completo el giro de los asuntos. El nuevo emperador se inició destituyendo a Focio y un nuevo concilio se reunió en Constantinopla del cual fueron excluidos los partidarios de Focio. Ignacio fue traído en triunfo de su destierro y colocado de nuevo en la silla patriarcal, la que ocupó durante diez años.

Surgieron entonces nuevas dificultades y Focio, aprovechando la oportunidad, consiguió ser elevado de nuevo a su antigua posición, pero al morir el emperador, tuvo que retirarse y terminó sus días encerrado en un claustro en el año 891.

Después de estos acontecimientos se suspendieron un poco las hostilidades. Los papas de Roma, tan ocupados en sus orgías, no tenían tiempo de pensar en la contienda con los patriarcas. Un autor ha dicho que eran tan densas las tinieblas que circundaban a Roma y a Constantinopla, que no podían verse una a la otra, lo que les obligó a suspender las discusiones.

Al subir al patriarcado Miguel Cerulario en el año 1043, se inició de nuevo la lucha, principalmente acerca de Bulgaria, pues ambos obispos pretendían que este país estaba incluido en su jurisdicción. Después de largas discusiones, Constantinopla resolvió no someterse a las pretensiones de los delegados papales. Roma excomulgó al patriarca de Constantinopla y a todos los que censuraban la fe de la Iglesia de Roma y el modo como ésta ofrecía “el santo sacrificio”. Los legados de Roma colocaron la excomunión sobre el altar mayor de la iglesia de Santa Sofía el 16 de julio de 1054. Constantinopla respondió con una contra excomunión produciendo muchos cargos contra la Iglesia Romana. El cisma quedó así establecido y fue completo. Alejandría, Antioquia, Jerusalén y todo el Oriente quedó con Constantinopla. El Occidente quedó con Roma.

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Avance del clericalismo.

Avance del clericalismo.

A medida que nos acercamos al fin de este período, año 604, notamos una pronunciada decadencia en la fe, vida y costumbres de los cristianos. Por todas partes, es verdad, se oyen gritos de protesta, los que demuestran que los verdaderos cristianos todavía existen, y que “la fe que fue dada una vez a los santos” cuenta con un gran número de testigos y defensores ardientes que no sucumben bajo el peso de las nuevas circunstancias creadas por la gran apostasía.

La fe ya no es la misma; una multitud de creencias anti bíblicas obscurecen el brillo de la verdad traída al mundo por el Señor Jesucristo.

La organización ha degenerado en extremo; en lugar de congregaciones autónomas y altamente democráticas, hallamos las pretensiones episcopales de varios patriarcas, que terminan con un franco pronunciamiento hacia el papado, encarnación del despotismo espiritual y religioso.

la organización. En el Nuevo Testamento no hallamos ningún sistema artificiosamente elaborado de gobierno eclesiástico. Cuando los discípulos disputaron acerca de cuál de ellos sería el mayor, el Maestro les dijo: “Los reyes de las naciones se enseñorean de ellas, y los que sobre ellas tienen autoridad, son llamados bienhechores; mas no así entre vosotros.” Lucas 22:25, 26. Las iglesias no reconocían otro Maestro y Señor fuera de Jesucristo. Todos los miembros eran iguales y ejercían libremente los dones que manifestasen. Los pastores u obispos elegidos por ellos mismos, sin la intervención de ningún poder extraño, eran hermanos a quienes el Espíritu Santo elegía pri mero, manifestándose esta elección por las obras que obraba el mismo Espíritu. Pero a medida que se fue perdiendo el primitivo concepto de organización simple y natural de la iglesia local, empezó a ganar terreno el espíritu clerical, y los obispos de las grandes ciudades se enseñorearon de las iglesias más pequeñas, matando poco a poco en ellas la costumbre vigorizadora de manejar sus asuntos locales por medio del voto de todos los miembros. El obispo empieza a ocupar un lugar demasiado prominente, y el gobierno de las congregaciones queda por completo en sus manos. El obispo dejó de ser lo que había sido en los tiempos apostólicos y siglos inmediatos. Oigamos lo que dice al respecto el distinguido historiador Mosheim: “Nadie confunda los obispos de la primitiva edad de oro de la iglesia, con aquellos de quienes leemos más tarde. Porque aunque ambos eran designados con el mismo nombre, diferían grandemente, en muchos sentidos. Un obispo en el primero y segundo siglo, era un hombre que tenía a su cuidado una asamblea cristiana, que en aquel tiempo, por lo general, era tan pequeña que podía reunirse en una casa particular. En esta asamblea, él actuaba no con la autoridad de un señor, sino con el celo y diligencia de un siervo. Las iglesias, también en aquellos tiempos, eran completamente independientes; y ninguna estaba sujeta a jurisdicción exterior, pero cada una se gobernaba por sus propios oficiales y por sus propios reglamentos. Nada es más evidente que la perfecta igualdad que reinaba en las iglesias primitivas.”

Referimos aquí lo que fue la organización de las iglesias apostólicas para que resalte el contraste que ofrecen con la organización al fin de este período, cuando los grandes patriarcas han tomado la dirección del rebaño. Los patriarcas de Constantinopla, de Alejandría y de Antioquia gobiernan en Oriente. El patriarca de Roma, en Occidente, aunque su auto ridad no era generalmente reconocida en España ni en la Galia.

el papado. El nombre de sede apostólica fue dado a las iglesias que habían sido fundadas por los apóstoles o sus colaboradores. Este calificativo que hoy se usa sólo en singular se usaba en plural, y era aplicado tanto a Roma como a Alejandría, a Jerusalén, a Antioquia, etcétera.

No se reconocía a la Iglesia de Roma ningún primado ni superioridad. Pero siendo Roma la gran capital del mundo, los obispos de esa ciudad empezaron a creerse superiores a los de más y procuraron centralizar en ellos la autoridad suprema del gobierno eclesiástico. Ya en el año 190 manifestó esa ambición el obispo que figura con el nombre de papa Victorio I, quien quiso hacer valer su autoridad fallando sobre una cuestión que se había levantado sobre la fecha en que debía celebrarse la Pascua. Pero sus colegas de Oriente no quisieron tenerlo en cuenta.

A principios del siglo tercero, Serafín hizo tentativas para implantar el primado, pero tuvo que chocar con la voluntad férrea de Tertuliano, quien en tono de burla lo llama Pontifex Maximus, y obispo de obispos. Muchas veces los defensores del papado citan estas palabras de Tertuliano ignorando, o queriendo ignorar, que fueron dichas para mostrar el carácter pagano de las pretensiones del obispo de Roma.

A mediados del mismo siglo, al suscitarse la cuestión de la validez del bautismo administrado por los herejes, el obispo de Roma quiso imponer una norma de conducta: pero los obispos de Asia y de África, mayormente Cipriano, le desconocieron el derecho de intervenir en asuntos que no afectaban a su jurisdicción.

La sede de Roma, no obstante, iba ganando terreno día a día. Rodeada de toda pompa y magnificencia exterior, atraía las miradas del mundo. Su situación política y geográfica, lo mismo que su brillo, contribuían a darle un primado moral, que se lo reconocían aún los que no aceptaban sus pretensiones. Las deliberaciones del Concilio de Nicea demuestran que el obispo de Roma era todavía en aquel tiempo un metropolitano como el de Alejandría o Antioquia.

El concilio de Calcedonia, reunido el año 451, tampoco reconoce primado a Roma; y claramente establece que Constantinopla tiene igual autoridad por ser la ciudad del emperador. Esta declaración del concilio colocó en estado de decadencia a los otros patriarcas y abrió la contienda entre Roma y Constantinopla que duraría largos siglos.

La rivalidad entre los obispos de las dos ciudades nombra das, llegó a su punto culminante cuando Gregorio I, obispo de Roma, protestó contra el título de obispo universal que usaba el de Constantinopla. Al atacar a su antagonista hace un terrible proceso del papado. Considera el título de obispo universal un nombre vanidoso, suntuoso y redundante; una palabra perversa, un título envenenado, que hace morir a los miembros de Cristo; un ensalzamiento perjudicial a las almas; una usurpación diabólica, y nombre inventado por el primer apóstata: el diablo. Quien se atreviese a usarlo sería el precursor del Anti cristo, y más soberbio que Satanás. No olvidemos que fue Gregorio I, papa, quien dijo estas cosas. “Las citas de San Gregorio —dice muy bien el autor italiano Luigi Desanctis— sobre esta controversia, son un documento perentorio para demostrar que el primado del papa era en el siglo sexto, mirado como una iniquidad, y un grandísimo pecado: y esto por uno que fue papa, que se llamó Gregorio el Grande, y a quien lo representan con el emblema del Espíritu Santo dictándole al oído lo que debe escribir, que es santo y doctor de la iglesia romana.”

En el año 604 murió Gregorio I, y en el año 606 fue elegido papa Bonifacio III, quien por medio de bajas e indignas adulaciones al tirano Poca, consiguió se le diese el título de obispo universal, título que desde entonces han usado los que ascienden al papado.

iglesia y estado. Los emperadores continuaron intervinien do en todos los asuntos eclesiásticos y ejerciendo el patronato.

Los favores que recibía la iglesia eran cada vez mayores. El permiso de recibir legados que le fue concedido, aumentó asombrosamente los bienes inmuebles de las comunidades.

El clero fue exceptuado del servicio militar, y de otros deberes públicos. Los bienes eclesiásticos quedaron exceptuados del pago de contribuciones, y a menudo se disponía del tesoro público a favor de ciertas obras y ciertas personas.

El Código Institutos de Justiniano, promulgado el año 529, indica el carácter de esta unión. Se ve el deseo de cristianizar el Imperio por medio de leyes y medidas oficiales lo que, como siempre, dio funestos resultados.

La esclavitud, si no abolida, perdió su antiguo carácter cruel. La vida humana, antes de tan poco valor, empezó a ser respetada; y ya no morían decenas y centenas de hombres en los combates de los gladiadores, los que llegaron a quedar del todo prohibidos.

Las relaciones de familia, que habían llegado a su último grado de relajación, fueron dignificadas en las nuevas leyes. Se limitó el derecho de los padres sobre los niños, y el infanticidio fue declarado crimen. La mujer adquirió más derechos y más nobleza. Las leyes contra la inmoralidad se hicieron severas, y el divorcio quedó limitado sólo a los casos más graves.

El estado también se constituyó en defensor de la ortodo xia, y éste fue el mayor de sus errores; pues para lograr su fin persiguió a los herejes. El Código de Justiniano califica de herejes a todos los que no se conforman a las creencias esta blecidas por la mayoría llamada Iglesia Católica, de modo que el rigor de la ley se aplicó a todos los que lucharon contra las innovaciones contrarias a la fe primitiva.

Vida monástica: Antonio

La corrupción de las iglesias y decadencia espiritual que ca racteriza a este período, alarmó a muchas almas sinceras, que buscaron en el retiro y soledad un asilo donde poder vivir en contacto íntimo con Dios y ocupados completamente en el des arrollo de la vida interior. La intención que animaba a los primeros anacoretas y ermitaños era buena, pero completamente extraviada. Olvidaban que los cristianos tienen que ser la luz del mundo y la sal de la tierra; que Cristo oró para que los suyos fuesen librados del mal pero no quitados del mundo; y que los cristianos del tiempo apostólico, nunca pensaron en el retiro y soledad, sino en lidiar como buenos soldados en el campo de batalla de este mundo corrompido.

El origen del monaquisino lo hallamos en la persona y obra de Antonio, quien nació en el año 251, en la ciudad de Heptanome, en los confines de la Tebaida. Era hijo de una familia rica y respetable, en el seno de la cual recibió su primera educación religiosa. Sus estudios fueron rudimentarios, y nunca llegó a iniciarse en las lenguas griega y latina, que eran en aquel entonces la prueba de que uno había recibido alguna instrucción. Desde su juventud mostró una fuerte tendencia a la vida contemplativa, evitando siempre el trato con los muchachos tur bulentos. Las cosas del mundo no le interesaban, pero un pro fundo espíritu religioso, y una gran ansiedad por las cosas divinas determinaban todos los actos de su vida. Era infaltable a las reuniones religiosas, y lo que él mismo leía en la Biblia y lo que oía leer en las reuniones, quedaba impreso en su memoria y corazón. Hay autores que aseguran que sabía toda la Biblia de memoria. Cuando tenía unos veinte años quedó huérfano, quedando a su cargo una hermana mayor y los demás intereses de la casa. Un día, mientras se dirigía a la iglesia, su vivida imaginación le pintó el contraste que existía entre los verdaderos cristianos de las iglesias apostólicas, que vivían en amor y en comunidad, y los pretendidos cristianos de sus días, afanados puramente en cosas materiales. Preocupado con estos pensamientos entró en la iglesia donde oyó leer la siguiente porción del Evangelio: “Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes, y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; “ven y sígueme.”

Antonio creyó oír en estas palabras un mandamiento de Dios, dirigido a él mismo, ordenándole vender todos sus bienes y repartirlos a los pobres. Empezó por repartir su dinero y muebles entre los más necesitados de la aldea, y sus tierras las distribuyó también, quedándose sólo con lo necesario para atender las necesidades de su hermana, pero más tarde repartió aun esta parte, al leer en el Evangelio que no hay que afanarse por las necesidades del mañana. Dejando a su hermana bajo el cuidado de unas mujeres piadosas, una especie de monjas que vivían asociadas, se retiró a la soledad y empezó a vivir bajo el más rígido ascetismo. Se sostenía a sí mismo trabajando con sus propias manos, y lo que le sobraba lo daba a los pobres.

En el género de vida que adoptó cayó en el error de creer una virtud el ahogar los sentimientos naturales que Dios ha puesto en el hombre. Cada vez que se acordaba de su hermana o de otros deberes domésticos creía que era el tentador que procuraba hacerlo caer; y los más puros y sanos impulsos del corazón los atribuía a malos espíritus con los cuales se creía constantemente en guerra. Cada día iba alejándose más y más de los centros de población, hasta que se retiró a una lejana región montañosa, donde habitó veinte años entre las ruinas de un viejo castillo. Su fama de gran asceta fue extendiéndose, y por todo el Egipto se contaban acerca de él las cosas más extrañas. Todos lo buscaban pidiendo sus consejos, y finalmente consintió en ser el director espiritual de muchos que querían imitarle en el género de vida que había adoptado. Entre éstos hubo no pocos que estaban cansados de un cristianismo que sólo servía para alimentar discusiones teológicas. El Egipto se llenó de estos ermitaños, quienes al asociarse constituyeron las primeras órdenes monásticas, que pronto fueron extendiéndose por todos los países del Oriente.

Antonio era el héroe entre ellos. A   él acudían de todas partes para someterle sus pleitos y dificultades. Creyó que esta fama lo conduciría al orgullo y se retiró a una región aún más apartada donde nadie le conocía. Se dedicaba a la agricultura y a la fabricación de canastas que cambiaba por alimentos. Cuando se descubrió su paradero volvió a verse rodeado de admiradores.

En el año 311, bajo la persecución de Maximino, apareció en Alejandría, no buscando el martirio, sino para animar a los que tenían que sufrir. Cumplida su misión, sin ser molestado por los perseguidores, se retiró de nuevo a los desiertos.

En el año 352, cuando tenía ya más de cien años de edad, volvió a Alejandría. Todos los habitantes, y aun los sacerdotes paganos, procuraban ver “al hombre de Dios”. Los enfermos buscaban tocar el borde de su vestido esperando ser curador milagrosamente.

Regresó de nuevo entre ¡os monjes donde pasó los últimos años, encargando que su cuerpo fuese escondido para que no llegase a ser objeto de superstición.

La idea que tuvieron los primeros ermitaños fue muy pronto olvidada. La gente empezó a creer que la vida recluida era un mérito y que podían ganar el cielo por las mortificaciones del cuerpo. Las penitencias que hacían eran pueriles, pues no conducían a nada práctico, ni servían para el bien ni mejoramiento de ninguno. Se hicieron orgullosos, creyendo que eran superiores a los demás hombres. Para mortificarse inventaron todo género de penitencias. Cierto fraile vivía en una región donde no había agua, y creía que era una obra meritoria pasar las noches juntando el rocío. Muchos abandonaron el trabajo por creerlo incompatible con los votos de misticismo que había» hecho y se entregaron a la corruptora holgazanería, viviendo de las limosnas de sus admiradores.

En Italia, Francia y España, las órdenes monásticas, alcan zaron gran desarrollo debido principalmente a los trabajos do Benedicto. Este célebre monje nació en el año 480, de una rica familia italiana. Empezó la vida de ermitaño cerca de Roma, viviendo en una gruta, donde no tardó en verse rodeado de mu chos partidarios, con quienes organizó comunidades. Para evitar los grandes escándalos que daban los monjes de otras órdenes. Benedicto sujetó a los suyos, a una severa disciplina, haciendo quo todos tuviesen alguna ocupación útil, como ser la labranza, los estudios y la enseñanza escolar de los niños que vivían en distritos rurales.

El aumento siempre creciente y alarmante de estas comu nidades obligó a muchos a emprender contra ellas formidables campañas, siendo la más violenta la que encabezó un monje llamado Joviano, a quien Neander llama “el protestante de su tiempo”. Se levantó contra sus colegas sosteniendo que no había ningún mérito en renunciar al matrimonio y a los vínculos sagrados de la familia; que era posible y preferible ser santo en el mundo. Los monjes se alarmaron y consiguieron que fuese condenado por un Sínodo reunido en Roma en el año 390.

Tal es, en breves palabras, el origen de esas comunidades que tantas veces han levantado la viva protesta de los civiles que han visto en ellas, como en realidad lo son, un atentado a los sentimientos humanos y un peligro para la sociedad.

Innovaciones

No solamente en el orden disciplinario, sino también en la teología y culto, se notan grandes diferencias entre este período y el siglo apostólico. Al principio, Cristo era el Alfa y la Omega. No había creencia ni práctica que no tuviese a él por centro y por fundamento. Paulatinamente los cristianos, sin negar a Cristo ni rechazar su sacrificio, introducen nuevas ideas y nue vas costumbres que los distraen, y hacen apartar la mirada de aquel en quien habita la plenitud de la divinidad, y quien por los siglos de los siglos debe recibir el más completo homenaje de los que han sido redimidos por su sangre.

la mariolatría. El amor y recuerdo respetuoso que se tuvo desde el principio a la madre de Jesús, empezó a degenerar en una superstición y culto idolátrico. Los nestorianos se opu sieron enérgicamente al título de “madre de Dios” que muchos .le daban, y sostenían que ella era sólo madre de Cristo, según la carne, pero no de su divinidad. La doctrina de Nestorio fue condenada y abierto así el camino a la mariolatría. Un libro gnóstico del siglo tercero o cuarto, refiere la leyenda de la asunción de María, la cual, aunque popular, era tenida sólo como leyenda, y a nadie se le ocurría hacer de ella un hecho histórico. Pero los partidarios del culto a María empezaron a enseña’ que hubo tal ascensión corporal, y Gregorio de Tours, a fines del siglo sexto, escribió como sigue: “Cuando la bienaventurada María terminó su carrera en esta vida y fue llamada a salir de este mundo, todos los apóstoles, venidos de todas partes del mundo, estaban reunidos en su casa, y cuando oyeron que ella debía de partir, estaban velando con ella, y he aquí el Señor Jesús vino con sus ángeles, y tomando su alma, se la entregó a Miguel, el arcángel, y se fue. A la mañana los apóstoles tomaron el cuerpo con el lecho y lo colocaron en un sepulcro, y velaron, esperando que el Señor viniese. Y, he aquí, el Señor apareció por segunda vez y ordenó que fuese llevada en una nube al Paraíso, quien habiendo tomar” o de nuevo su alma, goza ahora de las bendiciones sin fin de la eternidad, regocijándose con su predilecto.” El abate Migne hace notar que ese relato de Gregorio ha sido tomado del Líber de Transitu, del pseudo Melitón, que está clasificado por el papa Gelasio entre los apócrifos.

invocación de los santos. La costumbre de invocar a los santos tuvo origen en la exagerada veneración de que eran ob jeto los mártires y otros héroes de la fe. Las iglesias empezaron dedicando ciertos días del año para recordar los sufrimientos que los tales habían soportado, y se daba gracias a Dios porque tales hombres habían militado entre los cristianos, mostrando así que la fe que profesaban puede crear energía y valor. Se exhortaba al pueblo a imitar sus virtudes y seguir sus huellas. Los panegíricos que se hacían en las iglesias, ensalzando con demasía a estos mártires, bajo el influjo de la hipérbole oratoria, fue creando la idea de que eran seres casi divinos; y pronto se estableció la costumbre de invocarlos como intercesores y me diadores, olvidándose la enseñanza de que Cristo es el único mediador entre Dios y los hombres, según lo establece San Pablo en su 13 epístola a Timoteo.

la eucaristía. Hemos visto cómo la cena del Señor era el centro del culto cristiano, y así continúa siendo aún en este período de innovaciones y cambios, aunque ya pueden hallarse algunas ideas que cambian fundamentalmente el carácter de ésta ordenanza. Se empieza a creer en la presencia real, y los elementos no se miran como símbolos del cuerpo y sangre del Señor.

En tiempos de Crisóstomo, vemos en sus obras, que aún no se conocía la costumbre de privar a los miembros de las iglesias de la participación del vino. Pero ya a mediados del siglo quinto, algunos intentan introducir lo que se llama comunión bajo una sola especie; pero tropiezan con la fuerte oposición de Gelasio, obispo de Roma, quien condena severamente la innovación y la hace cesar.

el purgatorio. La idea de un fuego donde las almas ten gan que purificarse después de la muerte, es ajena y contraria a las doctrinas del Nuevo Testamento, que enseñan que la sangre de Cristo nos limpia de todo pecado. El primer cristiano que menciona un fuego purificador es Orígenes, en el siglo ni, quien sostenía la doctrina de la salvación universal y restauración final de todas las cosas. Gregorio el Grande es el primero que habla del purgatorio como de doctrina cristiana. Pronto se añade a ella la idea de que las oraciones podían ayudar a los que estaban en este fuego. Esta innovación demuestra que había decaído la confianza en el valor infinito de los méritos de Cristo, que excluyen toda obra humana, y hacen inútil todo otro sacrificio.

templos e imágenes. La riqueza siempre creciente de las iglesias, y los continuos donativos de príncipes y ofrendas de ricos y pobres, facilitaban la construcción de edificios artísticos destinados al culto, y cada vez se daba más importancia al lugar donde éste se celebraba. Las primeras estatuas y pinturas intro ducidas en estos edificios dieron lugar a muchas y largas contro versias, aun cuando se destinaban sólo al ornato y a la instrucción del pueblo, y en ningún caso a la adoración o veneración. Pero en las comunidades que acababan de salir de la idolatría, estas representaciones no podían sino ser un tropiezo a los indoctos. Un obispo de Marsella, viendo que las imágenes conducían a la idolatría, mandó destruirlas, y cuando el caso llegó a oídos del papa Gregorio, éste le escribió diciendo que lo alababa por su celo contra la adoración de cosas hechas con manos, aunque no aprueba su iconoclasmo y sostiene que las imágenes son los libros de los ignorantes. “Si alguien quiere hacer imágenes —dice— no se lo impidas, pero por todos los medios impide el culto de las imágenes.” Estas pinturas fueron matando el verdadero carácter del culto cristiano, y llevando al pueblo a una nueva forma de paganismo. Las imágenes adquirieron gran valor ante los ojos de los adoradores, y pronto se llegó a confiar en ellas mismas y a creerlas milagrosas. La imaginación popular se encendía al oír los relatos de las maravillas que se les atribuían y la gente iba cada vez más depositando en ellas su confianza.

Los donatistas

Ya dos veces la conciencia cristiana había protestado contra las ideas paganas que invadían las iglesias. Fueron primeramente los montañistas, pidiendo la rehabilitación del sacerdocio universal de los creyentes; y luego los novacianos, abogando en favor de la pureza de las iglesias y exclusión de los miembros indignos. Una tercera protesta fue hecha por los donatistas.

Un obispo africano, llamado Donato, protestó a raíz de ciertas irregularidades que tenían lugar en Cartago, y los que se unieron a él fueron llamados donatistas. Seguramente, no fue su intención separarse de los otros cristianos, pero las cosas tomaron un giro tal, que toda reconciliación fue imposible.

Los donatistas cometieron el error de apelar al emperador y esperar que su protección hiciese triunfar la causa que creían justa. Felizmente tuvieron mal resultado y pudieron aprender que la obra de Dios no se hace con la ayuda del siglo, y llegaron a ser fuertes enemigos de la unión de la iglesia con el estado. “¿Qué tiene que ver el emperador con la iglesia? —decían—. ¿Qué tienen que hacer los cristianos y los obispos con los reyes y la corte imperial?”

Los concilios habían condenado el anabaptismo, y como los donatistas recibían por medio del bautismo a los que se unían a ellos, quedaron expuestos a las medidas de rigor que el estado empezó a emplear so pretexto de mantener la unidad de los creyentes.

La persecución, lejos de abatirlos, aumentaba su fervor, y eran así más estimados, por el pueblo, que los veía sufrir y que tenía en ellos una demostración de viva piedad y santidad cristiana. Algunos, deseosos de verles volver al seno de la catolicidad, entablaron con ellos trato y discusión, sobresaliendo San Agustín, obispo de Hipona.

Agustín escribió un tratado en el que sostenía que el bautismo administrado a los adultos les era sin provecho mientras quedasen fuera de la iglesia universal.

Los donatistas, por su parte, le respondieron que la iglesia debía excluir de su seno a los miembros indignos, conocidos por pecadores manifiestos. Se apoyaban en las reglas dadas por San Pablo en la Primera Epístola a los Corintios, y en otros pasajes, y sostenían que una iglesia que no observa estas reglas pierde su carácter de santidad y pureza que le es esencial.

Agustín contestó que la disciplina era, sin duda, un medio eficaz, pero que librar a la iglesia de pecadores, aun manifiestos, era una imposibilidad; que en el estado actual de la iglesia había que tolerar algunos males para evitar otros peores, y conservar influencia sobre personas que podían enmendarse. Para apoyar esta opinión, se refería, como los multitudinistas de nuestros días, a las parábolas de la cizaña y de la red, dejando la separación para el día final.

Los donatistas contestaron que en estas parábolas no se hace referencia a una mezcla de buenos y malos en las iglesias, sino en el mundo, y que se referían a los hipócritas que se mezclan cubiertamente con los cristianos. Que ellos tampoco pretendían estar completamente separados de esta clase de pecadores, sino de aquellos que llevan una vida manifiestamente mala.

La controversia con ellos versaba también sobre el empleo de armas para defender los intereses de la causa cristiana, y los donatistas atacaban violentamente a los que servían del poder civil tiara perseguir a los que no creían como ellos.

Por cerca de tres siglos, los donatistas continuaron su obra siendo muy numerosos en África.

Sobre el movimiento donatista se tienen muy pocos docu mentos informativos. El Dr. Benedict, que hizo sobre esto un estudio especial, llegó al convencimiento de que es falso casi todo lo que se ha escrito en contra de ellos, y formula juicios altamente favorables al carácter cristiano de las iglesias que ellos componían.

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años 300 – 606

años 300 – 606

Constantino.

Nada más difícil que ser justo con este personaje. Sus actos no permiten colocarlo entre el número de los verdaderos dis cípulos de Cristo, y al mismo tiempo es imposible desconocer su sinceridad y profundas simpatías al cristianismo. Su actua ción en relación con los cristianos fue, sin duda, equivocada, pero él no fue el único culpable de sus errores. Los mismos obispos que le rodeaban deben cargar con mucha de la responsabilidad.

Acerca de su primera educación religiosa no se poseen dalos suficientes. Su padre demostró alguna inclinación al cristianismo. Su madre Elena, si no cristiana declarada, era también adicta al credo de los que tanto sufrían por su fe. Como los cristianos eran numerosos, no es extraño que Constantino haya tenido trato con algunos de ellos en su juventud, y que esto lo haya predispuesto en su favor. Fue testigo de la per secución bajo Diocleciano. Se encontraba en Nicomedia cuan do ésta principió, y las escenas de fanatismo y barbarie que presenció, formaban un notable contraste con las ideas de tolerancia que profesaba su padre. Pudo ver que en el cristia nismo había algo que no podía ser destruido ni con fuego ni con la espada más aguda.

Cuando fue proclamado Augusto por las legiones que su padre había conducido a Britania, es decir el año 306, se mos tró aún ligado al paganismo y en el año 308 ofreció sacrificios en el templo de Apolo por la buena marcha de su reinado. Creía que era deudor a los dioses por la buena suerte de su carrera. Sólo después de sus victorias contra Magencia es que hace sus primeras declaraciones públicas en favor del cristianismo, esto es, en el año 312, cuando llegó a ser único emperador de Occidente.

Las circunstancias que produjeron este cambio en la con ducta de Constantino tienen como única explicación lo que se llama la historia de la visión de la cruz. Daremos el relato como ha sido transmitido a la posteridad por Eusebio, quien dice que se lo relató al mismo Constantino, asegurándole con juramento que todo lo que le decía era la pura verdad. He aquí el relato. Cuando Magencio estaba haciendo sus preparativos para entrar en campaña y se encomendaba a los dioses de su predilección, observando escrupulosamente las ceremonias pa ganas, Constantino se puso a pensar en la necesidad que tenía de no confiar únicamente en la fuerza de sus armas y valor de sus soldados, Los fracasos de los últimos emperadores dismi nuían su confianza en el poder protector de los dioses, y vacilaba acerca de la actitud que debía asumir. El ejemplo de su padre, quien creía en un solo Dios omnipotente, le recordó que no debía confiar en ningún otro. Se dirigió por lo tanto a este Dios, pidiéndole que se le revelase y que le diese la vic toria en la próxima batalla que estaba por librar. Mientras estaba orando vio, suspendida en los cielos, una cruz refulgente y debajo de ella esta inscripción: Tonto Nika. Se dice que la visión fue vista por todo el ejército que se dirigía a Italia, y que todos se llenaron de asombro. Probablemente la inscripción fue vista en el idioma del emperador, el latín: In Hoc Signo Vinces lo que significa: Con este signo vencerás. Mientras Cons tantino estaba pensando en la visión, Cristo le apareció en sueños con el mismo símbolo que había visto en el cielo, y le dijo que formase una bandera según ese modelo para usarla como pro tección contra los enemigos. Esto dio origen al lábaro, estandarte que está suspendido en una cruz y que lleva la X como monograma de Cristo. Después de esta visión, Constantino hizo llamar a varios maestros cristianos, a quienes preguntó acerca de sus creencias y de la significación del símbolo que le había aparecido,

La visión puede ser muy bien el fruto de la mente exaltada de Constantino y la exageración que siempre sigue a los hechos de esta naturaleza, pudo añadir que todo el ejército la vio. El sueño en el cual él vio a Cristo, también pudo haber sido cierto, pero no hay que deducir que se trate de una aparición real de Jesucristo. El príncipe de la paz diseñando un estandarte de guerra, es una idea que pudo tener Constantino u otro militar entusiasta, pero que no está de acuerdo con las ideas enseñadas por Cristo. Rafael pudo imaginar a los ángeles vo lando por encima de los cadáveres de los soldados del ejército vencido, pero no es por esto dado admitir que el cielo se com plazca en acciones de guerra. Estas ideas caben en las doctrinas del Antiguo Testamento, pero no son admisibles en el Nuevo.

Desde entonces la cruz empezó a ser un amuleto, tanto para los militares como para los civiles. La confianza en el Cristo vivo fue sustituida por la confianza en la cruz material. Esto llegó a ser una verdadera superstición que repugna a la espiritualidad de las ideas cristianas. En el foro fue levantada la estatua del emperador sosteniendo una cruz con esta inscripción: “Por medio de esta señal saludable, el verdadero símbolo del valor, liberté a vuestra ciudad del yugo del tirano”.

En el año 313 se promulgó en Milán el edicto por medio del cual se concedía la libertad de profesar el cristianismo. Al mismo tiempo se concedía este derecho a todas las religiones. Desde este edicto data lo que se llama la paz de la iglesia.

También se ordenaba que las propiedades de los cristianos que habían sido confiscadas durante la última persecución, fue ran devueltas a sus primitivos dueños, indemnizando los perjuicios que sufriesen los que habían adquirido esas propiedades.

Desde que Constantino tomó esta actitud con los cristianos, aumentó considerablemente el número de los que abandonaban el paganismo. Las iglesias se hicieron cada vez más multitudinistas. No se exigía para ingresar a ellas pruebas de una genuina conversión y todo se reducía a una mera profesión exterior. Las costumbres simples que habían caracterizado a los cristianos, empezaron a desaparecer. El lujo y la pompa entró en las iglesias, y el espíritu ceremonial se manifestó cada vez más profundo.

Constantino se rodeó de consejeros que profesaban el cris tianismo, pero que habían perdido, o nunca conocido, la piedad real. Otros que en días de pruebas se habían mantenido cerca del Señor, al verse favorecidos por el monarca, se hicie ron mundanos, perdiendo toda influencia espiritual. Los altos cargos en el palacio imperial fueron confiados a cristianos no minales y estos favores contribuían a que las iglesias se llenasen de hipócritas que veían en la profesión del cristianismo un medio fácil de alcanzar distinciones oficiales. Los obispos y demás dirigentes del cristianismo, lejos de impedir estas manifestaciones de hipocresía, parece que se hallaban muy satisfe chos del nuevo rumbo que tomaban las cosas.

No obstante, Constantino no había renunciado al paganismo, en cuyos actos participaba por varios años más, después del edicto de Milán. Nunca abandonó el título de Pontifex Maximus del paganismo y en muchos de sus actos demuestra inclinación a la superstición que por otra parte se esforzaba en destruir.

En varios casos aparece como queriendo emplear la fuerza para hacer desaparecer las viejas y caducas formas del culto, pero sus ataques al paganismo siempre tuvieron algún justi ficativo delante de la opinión pública, porque iban dirigidos contra los actos en que se manifestaba el espíritu bajo e inmo ral de aquel culto. Hizo demoler el templo y bosque sagrado de Venus en Apaca, de Fenicia, porque era notorio que aquel centro de pretendida devoción era un verdadero lupanar y foco de la más grosera inmoralidad. Por la misma razón hizo supri mir los ritos abominables que tenían lugar en Heliópolis de Fenicia. También suprimió un célebre templo de Escolapio en Sicilia, frecuentado por muchos peregrinos que acudían llevados por la fama de los sacerdotes que pretendían tener poderes sobrenaturales para curar toda clase de enfermedades. El tem plo estaba lleno de ofrendas donadas por las personas que se creían deudoras al santuario. Para poner fin a tanto engaño Constantino ordenó que el templo fuese demolido. Muchos de los objetos de arte que habían adornado éste y otros tem plos fueron llevados para adornar el palacio imperial.

La destrucción de templos paganos y los favores mani fiestos acordados a los cristianos, en nada contribuían en favor del verdadero carácter religioso del pueblo. Los que eran paganos de convicción seguían siéndolo con más fervor, otros caían en un completo escepticismo y los que venían a aumentar las filas de los cristianos, no traían la base de la regeneración que sólo puede hacer eficaz la profesión de un credo que pide a sus adeptos una vida santa y ejemplar.

Una medida que tuvo grandes consecuencias en la futura historia del cristianismo fue la fundación de la ciudad de Constantinopla. El emperador parece no hallarse a gusto en una ciudad cuyo carácter pagano no era fácil hacer desaparecer. No hay dudas de que causas políticas también influyeron sobre el ánimo de Constantino cuando resolvió mudar la capital a la nueva ciudad que levantaba dándole su nombre. Roma era el centro del paganismo y al iniciar una nueva orientación en los destinos de la nación, también quería tener una nueva capital donde el arte cristiano substituyese el arte de la gentilidad y donde las nuevas instituciones pudiesen florecer sin obstáculo.

Sobre la vieja ciudad de Bizancio, situada en uno de los puntos más estratégicos del universo, se levantaría la nueva capital, la nueva Roma, llamada a ser el centro de la mitad del Imperio durante largos siglos. Dentro de sus nuevos y fuertísimos muros no habría templos paganos que hiciesen recordar al pasado en decadencia. Por todas partes se levantarían iglesias cristianas decoradas con un arte nuevo y despojado de todo recuerdo del viejo sistema. Los mejores obreros de todo el Imperio fueron enviados a trabajar en los magníficos palacios que ostentaría ese nuevo centro de cultura. Todos contribuían entusiastas a la realización del sueño dorado de Constantino. Las ciudades de Grecia eran despojadas de sus mejores obras de arte, que eran llevadas para contribuir al embellecimiento de Constantinopla.

En el año 321 Constantino publicó el siguiente edicto, rela cionado con el descanso dominical, que los cristianos observaban ya desde los tiempos de los apóstoles: “Que todos los jueces y todos los que habitan en las ciudades, y los que se ocupan en diferentes oficios, descansen en el venerable día del sol, pero que se deje a los que están en el campo, usar de su libertad para atender los trabajos de la agricultura, porque a menudo sucede que otro día no es apropiado para sembrar grano y plantar viñas, no suceda que se pierda la ocasión favorable que el cielo conceda”.

Este decreto fue dado con el objeto de favorecer a los cristianos, haciéndoles más fácil la observancia del día dominical. Es sabido que les era sumamente dificultoso, en las ciudades, consagrar este día a cosas puramente espirituales, vi viendo en una sociedad que no tenía la misma costumbre. Cons tantino al implantar el reposo semanal, no lo hizo en el sentido rigurosamente religioso. Ordenaba el descanso, pero no como acto devocional, de modo que su observancia no implicaba una conformidad al cristianismo. Como estadista aventajado no dejaba de comprender que sería beneficiosa para los habitantes en general, una práctica que había sido de general aplicación entre los israelitas y que había dado siempre los mejores resultados. El domingo es llamado en el edicto de Constantino, dia del sol, como se le llama aún en inglés y otros idiomas europeos.

La designación de día dominical era peculiar a los cristianos $ tal nombre no hubiera sido entendido por los paganos a quienes se dirigía especialmente el edicto, porque los cristianos no necesitaban de esa orden de carácter oficial para observar el día que les traía el grato recuerdo de la resurrección del divino Maestro.

Constantino, sin llegar tan lejos como a hacer del cristianismo la religión oficial del Estado, dispuso de los fondos públicos para favorecer al clero, sentando así la base de lo que llegó a ser la unión de la iglesia con el estado. Error funesto, que causó grandes e incalculables perjuicios tanto, a la religión como al poder civil. Las iglesias dejan entonces de depender de la protección de su Señor celestial para depender de la protección de los gobiernos. Su fuerza, ya no está más en el tes timonio de sus mártires muriendo heroicamente en la arena del anfiteatro. Su gloria ya no sería la cruz ignominiosa de la cual pendió el Salvador. El falso brillo del mundano oropel iba muy pronto a cegarla. Los cristianos creían que había llegado el día de su humillación y derrota, cubiertas de la apariencia en gañosa de las cosas perecederas de este siglo que se deshace.

La correcta idea neotestamentaria de la iglesia empieza a desaparecer. Ya no se habla, sino en muy raros casos, de las iglesias, refiriéndose a las congregaciones locales que mantenían el culto cristiano. Se habla en cambio de “la iglesia” incluyendo en estar frase a la gran masa de los que se denominaban cristianos. El doctor W. J. Me Glothlin, profesor de historia eclesiástica dice: “La independencia y significación de la iglesia local sucumbe y se pierde en el predominio y poder de las iglesias de las grandes ciudades, y éstas a su vez se confunden en el concepto de una iglesia universal (católica) que contiene a todos los cristianos y a muchas personas indignas. Se la con sidera como a una entidad en sí misma, independiente de sus miembros, santa, indivisible e inviolable, no más como a una comunidad de salvados, sino como a una institución que salva, fuera de la cual no hay salvación”.

El espíritu clerical, que desde hacía tiempo había empezado a ganar terreno en las iglesias, matando la gran verdad bíblica del sacerdocio universal y espiritual de los creyentes, pudo sentarse en su poco envidiable trono cuando Constantino empezó a conceder privilegios a los obispos y demás personas que ocupaban puestos en relación con la obra cristiana. Al pasar de las catacumbas al trono, dejaron sepultados en el olvido, la fe, el amor y todas las virtudes que forman el carácter del cristiano.

Con la protección del estado, como dijo Alejandro Vinet, la religión dejo de ser una cuestión del cielo y se hizo una cuestión del suelo.

De la actuación de Constantinopla respecto al arrianismo y al Concilio de Nicea, nos ocuparemos separadamente.

Parecerá extraño que el emperador, que participaba en to dos los actos de la actividad eclesiástica, que trataba con los obispos, que convocaba concilios, y que prácticamente había tomado la dirección de la iglesia, aún no había sido bautizado, y no lo fue hasta los últimos días de su vida. Ya tenía sesenta y cuatro años de edad y hasta entonces había gozado de muy buena salud física. Ahora empieza a sentir que sus fuerzas flaquean. Dejó entonces a Constantinopla y se retiró a la ciudad de Helenopolis, recientemente fundada por su madre, para dis frutar allí de la suave temperatura de la primavera, tan deliciosa bajo ese hermoso cielo límpido. Cuando se sintió mal acudió a la iglesia del lugar e hizo la confesión de fe necesaria para entrar a ser considerado catecúmeno. De ahí pasó a residir a un castillo cerca de Nicomedia, a donde llamó a un grupo de obispos y rodeado de ellos, fue bautizado por Eusebio, obispo de Nicomedia. Esto tuvo lugar poco antes de su muerte, ocu rrida en el año 337.

¿Por qué dejó Constantino el bautismo para los últimos días de su vida? Algunos creen que teniendo la idea popular de que ese rito limpia del pecado quería esperar al fin de su vida para tener menos pecados cuando la muerte viniese a llamarlo. Otros aseguran que por mucho tiempo había abrigado el pen amiento de efectuar un viaje a Palestina y ser bautizado en el Jordán y que por esto había demorado tanto la cuestión de su formal incorporación al cristianismo.

El Concilio de Nicea.

La controversia de Arrio dio origen al famoso concilio de Nicea, convocado por Constantino. Vamos a ocuparnos de esta controversia para luego ocuparnos del concilio mismo.

Desde mucho antes de esta época, se nota entre los doc tores cristianos una fuerte tendencia a la discusión de temas profundos y de carácter especulativo más bien que práctico. La Trinidad y los infinitos puntos que se desprenden de esta doctrina, era el asunto predilecto de muchos de los escritores y pensadores cristianos. La religión empezaba a ser para ellos una cuestión filosófica, y dejaba de ser una cuestión de vida y poder. La energía que antes se había empleado en evangelizar al mundo y fortificar la fe de los creyentes, se empleaba ahora en largas e interminables discusiones sobre temas in sondables.

Arrio era un presbítero que estaba al frente de una de las iglesias de Alejandría. Ha sido descripto como un hombre alto, fogoso, imponente, docto, incansable y muy dado a discusiones. Ejercía mucha influencia sobre el pueblo que le rodeaba.

Empezó a predicar que Cristo había sido creado por el Padre antes que toda otra criatura; que no era eterno; que había tenido principio, y que, por lo tanto, no podía ser mi rado como igual a Dios. Su objeto no era en ningún modo aminorar la gloria de Cristo, sino dar énfasis al monoteísmo. “Tenemos que suponer —decía Arrio— dos esencias divinas originales y sin principio, e independientes una de otra; tene mos que suponer la diarquía en lugar de lamonarquía, o no tenemos que temer declarar que el Logos (el Verbo) tuvo un principio de existencia y que hubo un momento cuando no existió”.

La doctrina de Arrio estaba en contradicción con las enseñanzas del prólogo del Evangelio según San Juan donde se enseña la eternidad del Logos que “en el principio era con Dios”. Era la negación de todo lo que el Nuevo Testamento dice sobre la divinidad de Cristo.

La forma atrayente como Arrio presentaba sus ideas, y la incuestionable sinceridad que le animaba, contribuía no poco a que muchos mirasen con indiferencia su propaganda, no creyéndola en nada peligrosa a la sana doctrina. Alejandro, el obispo de Alejandría, permanecía silencioso, tal vez estudiando el asunto y pensando en qué actitud debía asumir. Por fin resolvió pronunciarse en contra de Arrio. Alejandro acostumbraba celebrar conferencias teológicas con las personas que componían el clero de su diócesis, y en una de éstas expuso sus ideas condenando abiertamente las de Arrio. Más tarde, en el año 321, cuando se celebraba un sínodo al que acudían todos los obispos de Egipto y de Libia, depuso a Arrio, y lo excluyó de la comunión de la iglesia. Pero Arrio no se dio por vencido. Su partido era ya numeroso, y la oposición oficial de Alejandro sólo lograría hacerlo más agresivo. No cesaba en la propaganda, que efectuaba por medio de cartas y trabajos personales. Con siguió interesar en su causa a muchos cristianos influyentes. En Nicomedia logró que el obispo Eusebio se pronunciase en su favor. La herejía naciente pronto se convirtió en un gigante. Parecía que todas las iglesias de Egipto y de Asia Menor se sentían inclinadas a ella. En todos los círculos se discutía sobre el intrincado tema que causaba la división.

Alejandro escribía a todos los obispos cartas circulares en las que presentaba las doctrinas de Arrio como anticristianas y heréticas.

Muchos tomaban una posición mediana y querían conciliar a los dos partidos. Estos crearon lo que más tarde se llamó el semiarrianismo.

Constantino, acostumbrado, en el dominio político, a ver que el poder dependía de la completa unidad temía que esta división trajese grandes males a la causa cristiana y resolvió emplear su influencia para que la controversia cesara. No entendía, ni quería entender lo que para su mente era sólo una cuestión de palabras. Su primer paso para apaciguar la tormenta consistió en escribir una carta a Alejandro y otra a Arrio. “Devolvedme —les dice— mis días quietos y mis noches tranquilas. Dadme gozo en lugar de lágrimas. ¿Cómo puedo yo estar en paz, mientras el pueblo de Dios de quien soy siervo, está divi dido por un irrazonable y pernicioso espíritu de contienda?” A fin de que sus esfuerzos resultasen más eficaces, mandó la carta por medio de Osio, obispo de Córdoba, célebre ciudad española, quien personalmente debía expresarles los deseos del emperador, y procurar la reconciliación de los adalides de la contienda. Sus buenos deseos no dieron ningún resultado. La lucha continuaba cada día más agria. Los dos bandos se hacían toda la guerra posible. Constantino entonces pensó que la reu nión de un concilio general podría poner fin a este mal.

En junio del año 325 se reunió el Concilio bajo los aus picios del emperador, en la ciudad de Nicea, cerca de la capital. Todo había sido arreglado con gran pompa para que el acto fuese imponente. Los coches y caballos de la casa imperial fueron puestos a disposición de los obispos, que llegaban de todas partes y especialmente de Oriente. Del Occidente sólo Avinieron en muy limitado número. En la asamblea to maron asiento trescientos dieciocho obispos. Varios de ellos eran ancianos venerables que habían sufrido bajo la persecución de Diocleciano. Al entrar Constantino en la sala de sesiones, todos se pusieron en pie, pero él no tomó asiento hasta que los obispos le hicieron indicación en este sentido, para dar a entender que no pretendía ocupar oficialmente un lugar en la asamblea. Arrio estaba presente para defender sus ideas. Entre sus opositores se hallaba el más tarde célebre Atanasio, “pequeño de estatura —dice Gregorio Nacianceno— pero su rostro radiante de inteligencia, como el rostro de un ángel”. Ni Arrio, que era presbítero ni Atanasio que era diácono estaban allí como miembros del Concilio, pero a ambos se les concedió la palabra, sin voto. Los debates duraron dos meses perdiendo terreno cada día el arrianismo. Eusebio de Cesárea, “el padre de la Historia Eclesiástica”, con un grupo pequeño formaban el partido moderado, que junto con Constantino procuraba la reconciliación. El arrianismo fue finalmente condenado, y el siguiente credo subs cripto por casi la totalidad: “Creemos en un solo Dios, Padre Todopoderoso, Creador de todas las cosas visibles e invisibles; y en un Señor Jesucristo, el Hijo de Dios, unigénito del Padre, de la esencia del Padre, Dios de Dios y Luz de Luz, verdadero Dios de verdadero Dios; engendrado, no creado, de una misma sustancia que el Padre, por quien fueron hechas todas las cosas que están en los cielos y en la tierra; quien por nosotros los hombres, y para nuestra salvación descendió de los cielos, se encarnó, se hizo hombre, sufrió, resucitó al tercer día, ascendió a los cielos, y vendrá otra vez a juzgar a los vivos y a los muertos. Y en el Espíritu Santo”.

Después de mucha discusión y con gran aclamación, se resolvió añadir al credo la siguiente cláusula disciplinaria, como más enérgica condenación del arrianismo: “A los que dicen que hubo un tiempo cuando El no existió, y que no era antes de ser engendrado, y que fue hecho de la nada, o que el Hijo de Dios es creado, que es mutable o sujeto a cambio, la iglesia católica los anatematiza”.

Sólo cinco obispos se negaron a firmar este credo, pero después tres de ellos consintieron, quedando sólo dos bajo el anatema.

A pesar de que la espada se unía a las fuerzas religiosas para combatir la herejía, Arrio y los suyos no se dieron por vencidos, y continuaron la propaganda sin tregua. Pasado el brillo deslumbrador de Nicea, y al encontrarse de nuevo en sus casas, muchos volvieron al arrianismo. El mismo emperador, si no inclinado a la doctrina de Arrio, parece que se interesó en su persona, o por lo menos se le ve ceder a la influencia de los que trabajan por levantar la excomunión que pesaba sobre el jefe de la herejía. Se dice que Constancia, una de las favoritas del monarca, influida por un presbítero arriano, pidió a Constantino que Arrio fuese rehabilitado y, obtuvo una promesa en sentido afirmativo. Constantino entonces encargó a Eusebio que diese los pasos necesarios para que Arrio volviese a ocupar el presbiterio que había desempeñado en Alejandría.

Pero las órdenes del emperador hallaron una tenaz resistencia. En Alejandría actuaba de obispo Atanasio, quien había sucedido a Alejandro. Resuelto a oponerse al arrianismo, a todo trance, rehusó conceder la restauración de Arrio. Aquí em pieza para el campeón de la ortodoxia una larga serie de pruebas, y los cristianos sinceros se dan cuenta de que el poder civil no presta su apoyo a la iglesia sin pretender gobernarla a su antojo. Los arríanos acusan a Atanasio de numerosos y diversos delitos que no pueden probar. Tuvo que comparecer ante un sínodo, y como él sabía que el sínodo estaba resuelto a condenarlo, huyó a Constantinopla. “Atanasio contra el mundo y el mundo contra Atanasio”, empezó a ser un proverbio entre los cristianos. Un sínodo reunido en Jerusalén declaró ortodoxas las doctrinas de Arrio, y éste se presentó en Alejandría, pero los demás presbíteros, fieles a su obispo ausente y depuesto, se negaron a admitirlo en el seno de la comunidad.

Constantino no podía tolerar que su autoridad fuese des conocida, y resolvió que Arrio fuese readmitido en la iglesia en la misma capital. Preparó una gran ceremonia con este objeto. El día cuando debía efectuarse el acto de la rehabilitación, las calles de Constantinopla estaban llenas de una multitud que esperaba verle pasar y aclamarlo, Arrio se dirigía a la iglesia acompañado de Eusebio y muchos de sus partidarios. De repente se siente indispuesto, y muere momentos después. Los arrianos gritaron que había sido envenenado, y los ortodoxos atribuyeron su muerte a un castigo divino. Esto ocurrió en el año 336.

El arrianismo continuó manteniendo dividida a la iglesia. Era sostenido por sus adeptos, y más tarde por el sucesor de Constantino.

Atanasio continuaba en la lucha sin desanimarse. Al ser repuesto, fue recibido en Alejandría con gran júbilo, pero sus numerosos e influyentes enemigos no cesaron hasta verle depuesto otra vez. Cinco veces fue desterrado. Cada vez que lograba volver al seno de los suyos era recibido con entusiasmo delirante. Sus últimos días fueron de paz, y los pasó en Ale jandría hasta que terminó su carrera en el año 373, cargado de años y de trabajos. “Alabar a él —dijo al pronunciar su panegírico Gregorio Nacianceno— es alabar a la virtud. Era un pilar de la iglesia. Su vida y conducta fueron la regla de los obispos, y su doctrina la regla de la fe ortodoxa.”

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Juan C. Varetto – La Marcha Del Cristianismo

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La Virgen Maria

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