Comunicado Vaticano sobre el encuentro de Benedicto XVI y Hans Küng

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Hans Küng anima a cristianos y judíos a reconocer a Muhámmad como profeta

Hans Küng anima a cristianos y judíos a reconocer a Muhámmad como profeta

Considera un prejuicio dogmático el no reconocer a Muhámmad como profeta
Corán Sunna – 25/01/2007 0:21 – Autor: Hans Küng – Fuente: Webislam

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Hans Küng apuesta por la reciprocidad
En su libro “El Islam, Historia, Presente, Futuro” declara que también después de Jesús hay auténticos profetas y que es un prejucio dogmático lo que lleva a los cristianos a reconocer como profeta a Amós, Oseas, Isaías, Jeremías y al extremamente violento Elías, pero no a Muhámmad. El reconocimiento de Muhámmad como profeta tendría consecuencias enormemente positivas para el entendimiento entre cristianos y musulmanes, según el teólogo suizo.

En palabras de Hans Kúng:

“Como es buen sabido, hay muchas religiones que no conocen profetas en sentido estricto: los hindúes tienen sus gurúes y su saddhus, los chinos sus sabios, los budistas sus maestros;pero a diferencia de judíos, cristianos e incluso musulmanes, ninguno de ellos tiene sus profetas. Sin embargo, no cabe duda de que si alguien, en toda la historia de las religiones, es llamado sencillamente “el Profeta”- porque afirmaba ser tal y nada más que tal- ese no es otro que Muhámmad. También el cristiano (o el judío) ortodoxo debería tomar buena nota de determinados paralelismos:

Al igual que los profetas de Israel, Muhámmad no ejercía su tarea profética en virtud de un cargo conferido por la comunidad (o sus autoridades), sino de una relación personal con Dios.

Al igual que los profetas de Israel, Muhámmad era una persona con gran fuerza de voluntad que se veía a sí misma inspirada por completo, requerida en su totalidad, comisionada en exclusiva, por la vocación recibida de Dios.

Al igual que los profetas de Israel, también Muhámmad proclamó su mensaje en medio de una crisis religioso-social y a causa de su apasionada piedad y su subversivo anuncio, se enfrentó a las castas adineradas y dominantes, así como a la tradición por ellas custodiada.

Al igual que los profetas de Israel, quien solía denominarse así mismo amonestador, no desea ser sino el altavoz de Dios: no proclama su propia palabra sino la palabra de Dios.

Al igual que los profetas de Israel, Muhámmad anuncia incasablemente al Dios Uno,quien no tolera a ningún otro dios junto a sí y es Creador bondadoso a la vez que Juez clemente.

Al igual que los profetas de Israel, también Muhámmad exhorta a la obediencia incondicionada, la sumisión y la entrega (islam) a este Dios Uno, es decir, a todo aquello que está incluido en el agradecimiento a Dios y en la generosidad para con el prójimo.

Al igual que los profetas de Israel, también Muhámmad vincula su monoteísmo con un humanismo, la fe en el Dios Uno y en su Juicio final con la exigencia de justicia social: amenazas a los injustos, que irán al infierno y promesas a los justos, que serán congregados en el Paraíso divino.

Millones de cristianos adoran a Allah

Quien pone la Biblia al lado del Corán y lee ambos simultáneamente no puede sino preguntarse: ¿no tienen las tres religiones reveladas de origen semítico-judaísmo, cristianismo e islam-, no tienen, sobre todo la Biblia hebrea y el Corán, la misma base? ¿No resulta más que evidente que, tanto en una como otra sagrada escritura, se habla de uno y el mismo Dios? ¿No existe una cierta correspondencia entre el “así habla el Señor” de la Biblia hebrea y el ¡habla! (qul:332 veces) del Corán, entre el bíblico “Ve y anuncia” y el coránico “levántate y advierte”? Y por último:¡Tampoco los millones de cristianos de lengua árabe conocen otra palabra para nombrar a Dios salvo “Allah”!

Así pues,¿no es un prejucio dogmático lo que lleva a los cristianos a reconocer como profeta a Amós, Oseas, Isaías, Jeremías y al extremamente violento Elías, pero no a Muhámmad? (…)

También después de Jesús hay auténticos profetas

Y cuando la Iglesia Católica, según la declaración sobre las religiones no cristianas del Concilio Vaticano II (1964)- permítaseme en este contexto una cita que no es meramente ritual – “mira con aprecio a los musulmanes, que adoran al Único Dios… que habló a los hombres (Nostra aetate 3), en mi opinión esta misma Iglesia también debería -y lo mismo cabe decir de las demás iglesias cristianas -“mirar con aprecio” a aquel cuyo nombre, por turbación, se silencia en el citado documento, aunque él y solo él fue quien condujo a los musulmanes a la adoración de este Dios Único, aunque Dios habló a los hombres a través de él:¡Muhámmad, el Profeta!

El judío que niegue de antemano que Muhámmad tuvo cualidades de profeta no debe olvidar que, en la Biblia hebrea, hay profetas muy diferentes entre sí y que quizás no todos fueron grandes modelos de humanidad. Y el cristiano que niegue de antemano que depués de Cristo puede venir algún profeta ha de tener en cuenta que, según el Nuevo Testamento, también después de Cristo hay auténticos profetas: hombres y mujeres que confirman su persona y su mensaje, interpretándolo y proclamándolo en una época y situación nuevas. Así, por ejemplo, en la comunidades paulinas (como se desprende de la primera carta a los Corintios) los “profetas” ocupan el segundo lugar, detrás sólo del apóstol. Sin embargo, el profetismo – un fenómeno de origen fundamentalmente judío- desapareció del perfil de la mayoría de las comunidades cristianas poco después de llegar a su fin la misión paulina y consumarse la postergación del judeocristianismo. Tras la crisis montanista de los siglos II y III (la doctrina de Montano, de inspiración vetero-cristiano-apocalíptica, se presentaba como el “nuevo profetismo”), los profetas, y sobre todo, las profetisas cayeron generalizadamente en desgracia

Pero desde la perspectiva del Nuevo Testamento no es necesario impugnar dogmáticamente de antemano que Muhámmad se viera a sí mismo como un profeta verdadero después de Jesús y afirmara representar en esencia lo mismo que este. Es cierto que todavía queda por aclarar en detalle la relación entre Jesús el Cristo y Muhámmad el Profeta.Pero ya sólo este reconocimiento de Muhámmad como profeta ¿no tendría consecuencias enormemente positivas para el entendimiento entre cristianos y musulmanes, y sobre todo, para el mensaje que él proclamó y luego quedó recogido en el Corán?”.

Para ver la respuesta que se produjo desde el catolicimo,

ver Ediciones Católicas tilda a Hans Küng de Anticristo, satánico, hereje y renegado por su tesis sobre el profeta Muhámmad

Fuente: webislam

Hans Küng: El gran azote de Benedicto XVI

Hans Küng: El gran azote de Benedicto XVI

Sigue luchando “por la falta de democracia que existe en el seno de la institución”

09/05/2009 8:59 – Autor: Fermina Núñez – Fuente: 

Hans Küng, teólogo.
Lo han apodado el “Guillermo Tell del catolicismo” y el anti-Papa… Este teólogo, considerado uno de los cien intelectuales más influyentes del mundo, fue el principal crítico del pontificado de Juan Pablo II y lo es ahora de su ex compañero de universidad, Benedicto XVI, como vuelve a quedar de manifiesto en su nuevo volumen de memorias, “Verdad controvertida” (Trotta).

Nadie diría que el octogenario de serena madurez, con un traje bruno de inmejorable corte y que me habla en correcto castellano, encarnara una suerte de “bestia negra” de la disidencia teológica durante el pontificado de Juan Pablo II. Su presencia, muy al contrario, sugiere al maduro Cary Grant de Con la muerte en los talones, con su larga y nervuda silueta y el terso cutis capaz de ofender a cualquier mujer de su quinta. Durante nuestra charla se mesará la rebelde y encrespada mata de pelo mientras pondera sus respuestas de entre el abanico de lenguas vivas y muertas que domina. Lleva un sonotone en la oreja izquierda, por lo que me repite que le “hable alto y despacio para procesar su oxidado castellano”, que no es tal.

Trae bajo el brazo su segundo tomo de memorias, Verdad controvertida, que ha supuesto una nueva brunete mediática, no sólo en los ámbitos católicos, sino también en la esfera laico-social de medio mundo, y eso que el Papa Ratzinger no había lanzado su última soflama contra el uso de preservativos en Sudáfrica… Aunque sí había hecho gala del conservadurismo más cavernario al levantar la excomunión a cuatro obispos declaradamente antisemitas, pertenecientes a la corriente integrista de Lefebvre. Uno de ellos, Richard Williamson, negacionista declarado. Sin atisbo de sorpresa, Küng valora esta decisión papal como: “un error de Gobierno del Vaticano, que supone un paso hacia atrás en el entendimiento entre las tres religiones abrahamistas”. Nada nuevo en labios de este teólogo heterodoxo que lleva años repitiendo que “no habrá paz entre las naciones sin paz entre las religiones. Ni habrá paz entre las religiones sin diálogo entre las religiones”.

“El pontificado del Papa ha decepcionado una vez más a muchos católicos”, repite Küng con su bronca voz apesadumbrada. “Mucho me temo que de Benedicto XVI se recuerden, sobre todo, sus graves errores”. De hecho, hasta el momento, sólo ha buscado reconciliarse con grupos disidentes cismáticos, anticonciliares, antiecuménicos y antimodernos de extrema derecha. “¿Por qué no se reconcilia con la teología de la liberación latinoamericana?” –pregunta de forma retórica-.

Pero… ¿Quién es Hans Küng para permitirse semejantes dardos contra el sucesor de San Pedro? ¿Desde qué autoridad moral o intelectual critica las decisiones de Benedicto XVI? A decir de los más reaccionarios, se trata de un topo eclesiástico, un quintacolumnista católico… Para los expertos objetivos, su nombre está ya impreso en la historia del siglo XX como la conciencia crítica más lúcida del fundamentalismo instalado en la cúpula vaticana.

Como líneas paralelas

Su historia está irremediablemente vinculada a la del Sumo Pontífice. La eterna discrepancia entre ambos data de los tiempos en que eran profesores en la Universidad de Tubinga. Se trata de un auténtico duelo de titanes intelectuales.

Aunque los dos leían a Bernanos y Dostoievski, a Guardini y a Pieper, Küng se adentraba en lecturas marxistas, jungianas y sartreanas. Cuando el suizo indagaba en cada pasaje del evangelio, el actual Papa se aferraba al dogma. El sacerdote se decantaba por el ecumenismo y el actual obispo de Roma ya apuntaba pocas maneras en materia interreligiosa. Mientras el de Lucerna apostaba por la democracia y la iglesia “desde abajo”, Benedicto XVI fue durante años la cabeza visible de la actual Inquisición… Uno ha vivido con la excomunión en los talones y el otro lleva hoy el cetro de San Pedro. No obstante, cuarenta años después, Küng se reafirma en su decisión: “Si hubiera entrado al servicio del sistema romano, habría vendido mi alma al diablo por el poder de la Iglesia”.

El teólogo y sacerdote suizo pagó el precio de su “osadía”, pero la purga de la Curia significó su pasaporte para convertirse en un intelectual de primer orden que lleva toda la vida buscando “la unidad de la iglesia y la paz entre las religiones”. De todo esto habla en Verdad controvertida, donde “pretendía contar la segunda mitad de mi vida, pero se me reveló tan compleja e interesante que decidí hacer un corte en 1980”.

Un sacerdote prometedor

Las cosas podrían haber sido de otra forma para este hijo de vendedor de zapatos nacido en Sursee, en el cantón de Lucerna, hace ahora 81 años. Sus comienzos auguraban una carrera eclesiástica de primer orden: su formación en la elitista institución romana del Collegium Germanicum –una honra que le fue denegada a Wojtyla, por ejemplo-, su ordenación sacerdotal en Roma, la sonada tesis en la Sorbona, que le abrió las puertas de la Universidad de Tubinga en una precoz cátedra de teología fundamental a los 32 años, y, finalmente, su intervención como perito en el concilio Vaticano II…. Pero la elección vital y ética de Hans Küng fue otra. Prefirió el compromiso con la verdad, al sometimiento Vaticano. Pero ¿cuál es la cronología de la divergencia ente los dos teólogos más importantes del momento?

La tesis de Küng titulada La Justificación, que versaba sobre el teólogo protestante Karl Barth, fue una auténtica bomba. Escrita en 1957, fue elogiada por los sectores más progresistas pero le valió un dossier en el archivo de inquisición del Vaticano. No obstante, el entonces catedrático de Teología Católica Joseph Alois Ratzinger, compañero de la Universidad de Tubinga, lo felicitó por su tratado. Durante el tiempo que ambos impartieron clase en aquel Campus, mantuvieron una relación amistosa a pesar de sus diferencias de carácter.

Corría el año 1962 cuando ambos fueron llamados por Juan XXIII para convertirse en los consultores más jóvenes en las sesiones del Concilio Vaticano II, que removería las entrañas de la Iglesia. Pero las posturas que defendían eran divergentes. Aquel aggiornamento -o puesta al día aperturista de la Iglesia- fue una experiencia determinante para Küng, mientras que el actual Papa “todavía sigue siendo crítico sobre la liturgia del Vaticano II”. Las luchas entre bastidores de aquel hito eclesiástico, son narradas con agudeza analítica en la primera parte de las memorias de Küng, Libertad conquistada.

A raíz de los acontecimientos de mayo de 1968, ambos teólogos se separaron, no sólo geográficamente. Ratzinger, crispado por el nuevo ambiente estudiantil, aceptó la cátedra de dogmática en Ratisbona. Küng no accedió a la propuesta de ingresar en la curia romana. Por el contrario, respondió tachando al Vaticano de “Kremlin” y condenando el papado de manera muy semejante a como lo hiciera su admirado Lutero. Se limitó a su cátedra y siguió publicando verdades “dolorosas” en libros como ¿Existe Dios? o Credo.

Mientras Ratzinger escalaba con buen pulso el ochomil del roquedal Vaticano, para Kung, 1970, representó un parteaguas en su vida. Su libro: ¿Infalible?: Una pregunta ponía en duda el dogma de la infalibilidad de la máxima figura de la iglesia. Ese volumen, junto con el posterior Ser cristiano, donde intenta explicar la doctrina de Jesucristo en un idioma moderno, le valieron una condena que condujo a la prohibición de cátedra en 1979. Sucedía sólo unos meses después de instalarse Juan Pablo II en Roma –y con Ratzinger a punto de convertirse en Prefecto para la Congregación para la Doctrina de la Fe-: el nuevo Papa le retiró la licencia canónica para enseñar la llamada “missio canonica” (teología católica). El suizo no retiró sus afirmaciones y se produjo la definitiva “bifurcación de caminos”.

Küng repite que la raíz de sus desavenencias intelectuales reside en cuál ha de ser la norma a aplicar: ¿la Biblia o el dogma? “Para mí es el mensaje bíblico; para Ratzinger, es el dogma”.

De ángel a rebelde con causa

Muchos se preguntan por qué no abandona la ICAR –Iglesia católica Apostólica Romana-… “¿Por qué debo irme? –se sorprende el sacerdote, que sigue impartiendo clases de Teología Ecuménica-. Otros están más en la periferia de la Iglesia que yo”. Desde luego, la tarjeta roja que le impuso el Vaticano no logró silenciarle. Muy al contrario, ha seguido luchando “por la falta de democracia que existe en el seno de la institución”, así como por otros motivos medulares como la abolición del celibato, el consumo de anticonceptivos, el sacerdocio para las mujeres, la eutanasia, la homosexualidad, el aborto o la comunión para los divorciados. “Por no hablar del escándalo que supone que la Iglesia, que habla en nombre de Jesucristo, siga efectuando procesos de inquisición en el Siglo XX”.

Nunca se dio un diálogo entre Küng y Juan Pablo II y no sería hasta después de la muerte de Wojtyla que el teólogo suizo volvería a pisar suelo vaticano, en el 2005.

Encuentro entre dos titanes

Küng no ocultó su sorpresa cuando, poco después del cambio papal, recibió una invitación de su antiguo colega de Tubinga. La prensa alemana describió el evento como “la caída del muro católico”. Sin embargo, nada cambió tras la cordial entrevista de cuatro largas horas, mantenida entre ambos en Castelgandolfo.

Reconoce las cosas buenas que, a su juicio, está haciendo Benedicto XVI, como “que no sea un Papa del espectáculo”. Pero las discrepancias persisten: “La Iglesia, dirigida por un octogenario que se cree la mente teológica mejor amueblada, está refugiándose en un gueto y lleva camino de convertirse en Secta. Se debe a que Ratzinger siempre ha viajado poco, siempre encerrado en el Vaticano, donde está resguardado de críticas”. Una le pregunta tímidamente si, entre todos los doctores que tiene la Iglesia, no habrá nadie que le asesore: “este Papa corre el riesgo de acostumbrarse a que le den la razón y le hagan muchos besamanos”. Si se le pregunta por el legado que dejará Benedicto XVI, Küng, sin acritud pero con vehemencia, afirma: “defiende la idea del “pequeño rebaño”, que es la línea de los integristas que prefieren que la Iglesia pierda fieles para quedar un núcleo elitista formado por “verdaderos católicos”.

Ahora, en el quincuagésimo aniversario del Concilio Vaticano II, Küng continúa dedicando todas sus fuerzas al diálogo interreligioso. ¿Teólogo contestatario? ¿Progresista? ¿Disidente? “No diga eso: soy crítico con la iglesia, pero leal”, asevera a modo de despedida mientras estrecha con fuerza mi mano. Esboza una media sonrisa mientras señala el horrendo grano que me ha brotado en el cuello: “eso por preguntarme si el Papa peca de soberbia”, me reconviene. Mientras me firma su libro y vislumbro su ausencia de tonsura, pienso: qué hubiera sido de la Iglesia si este sacerdote se hubiera convertido en Papa… Imposible saberlo. Al menos, sostiene una llama de esperanza, en este gélido invierno por el que atraviesa la institución.

Fuente: webislam

¿Roma Esta De Acuerdo Con Lutero?

¿Roma Esta De Acuerdo Con Lutero?

A partir del Concilio Vaticano II que fue promovido por el Papa Juan XXIII y concluido por el Papa Pablo VI, se ha desarrollado un movimiento religioso conocido con el nombre de Ecumenismo y que tiene como propósito principal el acercamiento entre los diversos grupos del cristianismo. El propósito final es que se llegue a un acercamiento de tal modo que se cumpla el deseo de Cristo en la oración sacerdotal que se encuentra registrado en Juan Cáp. 17 y “que todos seamos uno”. Creemos que es una aspiración legítima y moralmente correcta en el sentido de que haya comunión entre todos los que profesamos la fe en Cristo, pero dicha unión sólo es posible si llegamos a, como dice el apóstol Pablo en el libro de los Efesios, la unidad de la fe que es lo mismo decir, la unidad doctrinal.

En el mundo protestante ha habido personeros de indudable influencia que han hecho esfuerzos para que se logre dicha unión, pero la resistencia no se ha hecho esperar, resistencia surgida tanto del mundo protestante como del católico. Y en nuestra opinión, dicha resistencia tiene razón de ser por dos motivos principales: el primero es que las doctrinas católico romanas están basadas muchas de ellas no en las declaraciones del Texto Bíblico, sino en las enseñanzas de la Tradición que para el catolicismo romano tiene igual valor que las declaraciones de la Biblia, posición que el protestantismo conservador rechaza; el otro motivo de tremendo peso es que las declaraciones del catolicismo y que están expresadas en los documentos del Concilio de Trento como reacción a la Reforma que se inició en Alemania en 1517, todos los protestantes que nos oponemos a las enseñanzas católicas estamos bajo la maldición de los papas.

A continuación queremos presentar una breve reflexión sobre las declaraciones de un teólogo católico suizo que ha tenido mucha influencia en todos los círculos cristianos y que la revista holandesa “En La Calle Recta” No. 190 de Octubre del 2004 presenta en la pág. # 5.
Un Teólogo Romano-Católico Que En Muchos Puntos Dio La Razón A Lutero.

Se trata del teólogo suizo Hans Küng. Nació el 19 de marzo de 1928 en Sursee, Suiza, dentro de una familia católica. Estudió Teología en Roma y Paris.
Ya en 1969 fue nombrado profesor de Teología fundamental romano-católico en la Universidad de Tübingen Alemania. Tres años más tarde recibe allí la dirección del Instituto Romano Católico para el ecumenismo. Eran los días del concilio Vaticano II, al que fue llamado por el Papa Juan XXIII. El concilio durante los años 1962-1965 celebró cuatro sesiones.

Precisamente en 1960 escribió Küng su libro “Konzil und Wieder, Wiedervereinigung, Erneuerung als Ruf in die Einheit” (Concilio y Reconciliación, Renovación como llamada a la Unidad). En el concilio Küng estaba como perito. En el concilio Vaticano II, Küng ha tenido una gran influencia, y él ha pensado e incluso esperado que en la iglesia Romana-Católica se daría un cambio fundamental, un rumbo más bíblico.

Pero a pesar de todo: ¡Roma siempre sigue siendo Roma! El Papa Juan XXIII murió durante el Concilio, y sus sucesores es bien conocido que no deseaban ir tan lejos como él.

Las modificaciones que estaban en curso con Juan XXIII fueron frenadas sistemáticamente por la curia.

La infalibilidad del Papa, el estado del celibato obligatorio de los sacerdotes, el culto a María y a los otros santos aún siguen estando en vigor como un bien legítimo de la fe romano-católica. El actual Papa polaco incluso ha avivado el culto a María antes que desalentarlo.

En el concilio Küng eran considerado como un teólogo progresista, pero no radical. En sus libros notamos una cierta influencia de la teología protestante alemana, en especial de Karl Barth. Pero dentro de su iglesia se le consideraba muy radical “medio protestante”. En Roma se presentó una querella contra él. Pero se negó ir a Roma para responder. Eso le llevó a que el 18 de diciembre de 1979 se le retiró la autorización eclesiástica para enseñar teología. Desde su actitud ecuménica, Küng no estudió solamente las doctrinas de las iglesias protestantes, sino también la de las iglesias ortodoxas, e incluso prestó atención entre la relación del cristianismo y las otras religiones del mundo. En uno de sus libros habla de todos los grandes pensadores cristianos, como Orígenes, Tomás de Aquino y muchos otros. Y en esa lista está también Martín Lutero, luego según Küng más o menos como un “maestro de la iglesia”.

En lo que Küng escribe sobre Lutero notamos una gran generosidad: incluso le llama “el Lutero católico”, esta es una definición totalmente distinta de la que encontramos en la bula del Papa León X. Esta bula que se Promulgó el 15 de junio de 1520 con el nombre de: Exsurge Domine (¡levántate Señor!) Aquí al gran reformador se le compara con un puerco montés que ha destrozado la viña del Señor (Salmo 80:13).

Pero Küng va bastante lejos en su positivo aprecio a Lutero. Señala que ya muchos antes, y en muchos había una añoranza de reforma en la iglesia tanto en su cabeza como en sus miembros: las circunstancias lo pedían, como el hecho de que hubiese hasta dos o tres papas que se excomulgaban mutuamente. El celibato obligatorio de los sacerdotes era algo muy difícil para muchos, la población por lo general, supersticiosa, la liturgia era muy superficial y la piedad popular tenía un carácter muy legalista. Por todo esto la cristiandad europea mucho antes de Lutero ya estaba en una profunda crisis.

Pero hasta el tiempo de Lutero los concilios reformistas de Constanza, Basel, Florencia fueron un fracaso. Como escribe es profesor Küng: sólo era necesario un genio religioso que pudiese reunir los deseos y personificarlos.

Lutero fue para eso la persona indicada. De él dice Küng: “Que él ha reunido y forjado las fuerzas positivas que entonces existían, y todos esos movimientos reformistas fracasados lo ha centrado en su genial personalidad de profundo creyente, y sus íntegros motivos expresados por medio de un lenguaje magistral. Sin Martín Lutero no habría Reforma en Alemania”. El punto de partida de Lutero para desear una reforma, eso indica, según Küng, no en primer lugar en su deseo de hacer desaparecer la situación eclesiástica, ni la vida de la iglesia y su organización. Pero ese punto de partida radicaba en su crisis vivencial profunda y muy personal vivida. Como monje Lutero, que se consideraba un pecador ante Dios, tuvo que hacerlo todo según las indicaciones y las directrices de la iglesia para tener la seguridad de su salvación personal. El había rezado con fervor las horas del coro, había tomado parte en la misa, ayunado, confesado, había realizado toda clase de duras y difíciles penitencias, pero esa profunda intranquilidad no desaparecía con todo eso. La pregunta de Lutero era: ¿cómo arreglar la situación de nuevo entre un vil pecador como yo y el Dios Santo? ¿Cuándo un pecador está justificado ante Dios y cómo conseguirlo?

La respuesta la ha encontrado Lutero en una liberadora experiencia de fe en la carta de Pablo a los Romanos: el hombre no se puede justificar ante Dios con toda su piedad, sino que es Dios mismo el que justifica al pecador sin merecerlo por Su pura gracia, como Dios misericordioso en y por Cristo.

Por esa nueva comprensión de la justificación y de la vivencia personal, Lutero también llega a otro punto de vista sobre la esencia de la iglesia. Eso implica una crítica radical a la iglesia de su tiempo. Con sus sacramentos, cargos eclesiásticos y tradiciones en la práctica y la doctrina se había apartado del Evangelio. Ese evangelio, en el que Lutero había redescubierto el poder de Dios en su propia vida de la fe. La iglesia en gran mayoría se había vuelto mundana y legalista.

Küng formula una penetrante pregunta: ¿No había roto totalmente Lutero con la tradición católica por su crítica radical? El hace un gran esfuerzo para demostrar que precisamente la manera de ver la fe; Lutero es por excelencia católico, luego en la línea de la buena fe de la una, santa universal o católica iglesia cristiana. Küng señala la continuidad histórica en el pesar y hablar de Lutero, y Para ello nombra tres cosas.

En primer lugar “los mejores elementos de la piedad católica” que Lutero mantuvo a lo largo de toda su crisis, como centro a Cristo crucificado, enseñado por su superior Johan von Staupitz.

En segundo lugar la mística medieval, en lo que eso tenía de bíblico, y ponía el acento en el trato personal del hombre pecador con su Dios, a parte de buscar escrupulosamente sin cesar el realizar “obras buenas” para por ello ser acepto a los ojos de Dios.

Una tercera cosa que para Lutero ha tenido un gran significado fue la teología de Agustín. Por algo era un monje agustino, y por eso un buen conocedor no solo del gran teólogo norteafricano sino también de su lucha personal y espiritual.

Quien lea algo de Agustín, preferentemente en latín, intuye directamente: esta es una piedad esencial y existencial, que es auténticamente cristiana, en la que se abre el Evangelio en toda su amplitud ante la mísera existencia de los pecadores.

Y como cuarto y último elemento de la vieja iglesia católica está la influencia de la teología medieval en el conflicto entre el pelagianismo de la tardía escuela franciscana de Occam por un lado, y la doctrina más bíblica de la gracia del gran dominico, Tomás de Aquino. Por su estudio y reflexión de esa lucha teológica nos encontramos con Lutero en la absoluta soberanía de Dios, de la interpretación de la gracia como don (regalo) y no como remuneración por las buenas obras realizadas, y el aceptar al pecador pura y solamente en virtud de los méritos de Cristo, un aceptar que no es por ningún mérito del hombre.

La clara conclusión de Hans Küng es que para los romanos católicos es totalmente imposible condenar a Lutero.

La tradición católica medieval, así escribe él, tiene muchas coincidencias con la gran “concentración” teológica de Lutero. Y la palabra “concentración” nos pone en la pista del punto en el que los caminos de la Reforma y Roma, también en sus mejores representantes, finalmente se separan.

Küng ha querido decir con “concentración” que no niega que hay importantes elementos de verdad en el modo de ver las cosas Lutero, y por eso en toda la Reforma. Pero hay una “concentración”, como una selección de algunos puntos teológicos muy importantes, que en los días de Lutero eran importantísimos. Pero: la doctrina católica es mas amplia que lo que Lutero y sus seguidores enseñaron. Es la verdad pero no toda la verdad. En cierto sentido Küng encuentra las opiniones luteranas “una característica de su tiempo”.

Küng señala algunos puntos en los que Lutero tenía razón, es decir en su pensamiento sobre la justificación de un pecador ante Dios, sobre la gracia, y sobre la fe.

Las preguntas sobre la justificación no son según Küng en el aspecto de la teoría abstracta ningún elemento de separación. Pero terminamos con una confidencia final de Hans Küng: “Si, la actual mentalidad síquica pero no espiritual de la dictadura de Roma es de nuevo una afrenta a la reforma y a los buenos principios católicos (el Papa no esta por encima de la Escritura). Pero lo que Lutero quiso conseguir por el Evangelio, en Roma sigue teniendo poca comprensión”.

Fuente: ¿Roma Esta De Acuerdo Con Lutero?

El principio de todas las cosas (IV)

El principio de todas las cosas (IV)

Autor: Hans Küng

Ciencia y religión. | Trad. José Manuel Lozano Gotor. Madrid: Trotta. 229 pp. (2007).  

http://www.scielo.org.co/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0120-00622007000100012&lng=es&nrm=iso

ÁLVARO CORRAL | UNIVERSIDAD DE BOGOTÁ JORGE TADEO LOZANO | alvaro.corral@utadeo.edu.co

El capítulo cuarto se ocupa de indagar sobre la posible vida en el cosmos, y en particular sobre la biogénesis en la tierra. Luego de hacer un recuento de los intentos, hasta la fecha no probados, de encontrar vida en otros planetas, Küng aborda la pregunta por la vida en este planeta y reconoce que todos los seres vivos tenemos el mismo substrato material presente en las cuatro moléculas de los ácidos nucleicos: adenina, guanina, citosina y timina. Para responder a la pregunta acerca de cómo surgió la vida a partir de lo inanimado, es necesario hacer un ejercicio de composición de lugar para tratar de entender el fenómeno. El mismo Darwin no se cansaba de explicar que los cambios en los procesos de selección natural toman eones, son asunto de un número muy grande de generaciones. Hoy la explicación estándar para todas las modificaciones de los seres vivos es la misma. La complejidad de la estructura molecular de un organismo como el ojo, de un ser vivo como el ratón, pero igual el surgimiento de una capacidad como el lenguaje o una destreza como la de tallar herramientas, se explican todas por medio de cambios graduales e insignificantes en los que sólo interviene la selección. Esos cambios graduales son la base de más cambios, que a la postre, luego de miles de años, empiezan a mostrar diferencias significativas. Es posible que no queden rastros de esas modificaciones, pues el registro fósil es muy incompleto. Incluso pueden haber desaparecido especies intermedias que bien hubieran servido como muestras de la existencia de modificaciones menos visibles. Para la supervivencia de un ser vivo, ha dicho el biólogo inglés Richard Dawkins (cf. Dawkins), un ojo imperfecto es mejor que no tener ningún ojo. Sin embargo, es posible imaginar una trayectoria de ascenso muy gradual, la cual se puede constatar con casos y ejemplos concretos, desde los organismos carentes de visión hasta aquellos que la tienen muy desarrollada.

Frente al avance de la biología para explicar el origen de la vida con base en el azar y la necesidad, tal como lo expusieron Jacques Monod y Manfred Eigen en sus respectivos campos de investigación, Küng aborda un dilema existencial que plantea en los siguientes términos: “O bien el ser humano dice ‘no’ al fundamento, soporte y meta originario del proceso de la evolución: entonces debe asumir el sinsentido de todo el proceso y la absoluta soledad del ser humano[…] O bien el ser humano dice ‘sí’ al fundamento, soporte y meta originario: entonces no puede justificar el sentido básico de la totalidad del proceso y de su propia existencia a partir del proceso mismo, sino que ha de presuponerlo en actitud confiada” (145). Detengámonos un momento en la formulación de este dilema. Creo que la aceptación del contenido de cada uno de los cuernos no implica necesariamente la aceptación de las dos consecuencias, sin cambiar el sentido de las palabras. Cuando el biólogo o el cosmólogo afirman que no hay un fundamento último de la evolución, ni tampoco detrás de la pregunta por el comienzo del Universo, de ninguna manera se deriva que se debe asumir el sinsentido de todo el proceso, pues el término ‘sinsentido’ parece usarse de forma equívoca. El sinsentido de la física en la explicación del cosmos, y el sinsentido de la biología en la explicación del surgimiento de los seres vivos con base en procesos sometidos a la intervención del azar y la necesidad, no tiene nada que ver con el sentido que los seres humanos damos a nuestras diferentes ejecutorias individuales y colectivas. Podemos perfectamente imaginar que en la evolución no hay una teleología, ni unos fines hacia los cuales se dirige el proceso de selección, y esa es la enseñanza de Darwin y de Monod, con sus respectivas teorías. De allí no se deriva que las interacciones sociales estén condenadas al sinsentido, la soledad y el abandono. En el plano social, los seres humanos no solamente damos ‘sentido’ al sentido, sino que además construimos y moldeamos instituciones en las que exclusivamente se intercambia ‘sentido’: la música y la literatura serían los ejemplos más evidentes. El uso que el biólogo o el físico hace del término ‘sinsentido’, además de ser una antropomorfización negativa para describir un estado de cosas en el universo, no tiene nada que ver con la capacidad de los seres humanos para articular sentido, y por esa razón no se puede aceptar que, al escoger la primera opción del dilema, nos confrontemos con la absoluta soledad del ser humano. Pero tampoco la escogencia de la segunda opción nos lleva necesariamente a la imposibilidad de la configuración del sentido. Los lazos de solidaridad o de respeto que se tejen entre los seres humanos se construyen al margen de las implicaciones derivadas de las teorías biológicas y cosmológicas sobre el origen de la vida o del universo. Constituyen más bien un esfuerzo para convivir, y de esa manera aumentar las posibilidades individuales y colectivas de supervivencia. En este proceso, tanto la religión como las demás instituciones sociales pueden incidir negativa o positivamente en su configuración.

Así, pues, llegamos al último capítulo que se ocupa del principio de la humanidad. La reflexión se inicia con la mención de los datos arqueológicos más relevantes sobre el origen del ser humano en el proceso más reciente de hominización. Küng reconoce que somos descendientes de una larga cadena de antecesores, la cual se remonta a los primates antropoides que empezaron a moverse en África hace unos seis millones de años, cuando nuestros antecesores se distanciaron de la línea de nuestros parientes más cercanos, los actuales chimpancés. Esto, por supuesto, no quiere decir que nosotros descendamos de esta especie de primates, sino que nuestros árboles genealógicos tomaron rutas diferentes.

Con respecto al desarrollo de la conciencia, que en los seres humanos está acompañada de la aparición del lenguaje, la intencionalidad y la capacidad de autorreflexión, Küng considera que se deben superar los modelos dualistas presentes en la tradición filosófica desde Platón y Descartes hasta nuestros días, pues éstos no pueden resolver el problema de la interacción entre la esfera de lo mental y la esfera de lo corporal (cf. 169). La persona humana es una unidad psico-somática, de tal manera que la expresión alma tiene hoy un “sentido metafórico: de forma peyorativa (una persona ‘desalmada’), arcaizante (un pueblo de quinientas ‘almas’), poética (el ‘alma’ de Europa), litúrgica (se alegra mi ‘alma’ en el Señor) o al hacer uso de siglas modernas (SOS: Save Our Souls)” (170).

Hecha esta aclaración, Küng se ocupa de la relación cerebro-mente en la actualidad, para tratar de encontrar, desde los conocimientos actuales de la neurociencia, si el libre arbitrio es o no una ilusión. Allí discute con el neuropsicólogo alemán Gerhardt Roth la tesis según la cual el libre arbitrio es un engaño, cuando este último afirma que “los pensamientos que se nos ocurren y las acciones que llevamos a cabo están inducidos y dirigidos en gran medida por el sistema límbico, el cual influye de manera especialmente intensa en el lóbulo frontal del cerebro” (175, allí la cita de Roth). En este punto estoy completamente de acuerdo en que esa reducción no sólo es falsa, sino que además es peligrosa, cuando a continuación nos dice el mismo Küng que, con base en esos datos empíricos, Roth quiere proponer una modernización del principio de culpa y responsabilidad inherente al derecho penal, pues todas las acciones humanas serían consecuencia periférica de las interacciones neuronales.

A pesar de este episodio aparentemente bochornoso, Küng menciona la existencia del documento Manifiesto sobre el presente y futuro de la investigación sobre el cerebro, suscrito en Alemania en el año 2004 por varios científicos de la neurociencia, entre ellos el mismo Roth, en el que declaran su acuerdo acerca de los grandes avances de la disciplina en el nivel superior de las diferentes zonas funcionales gruesas del cerebro. También en el nivel inferior de la interacción neuronal se han logrado avances significativos en la identificación de los diferentes tipos de neuronas, las funciones de los neurotransmisores, etc. Sin embargo, los autores del documento se muestran parcos acerca de lo que se conoce en el nivel intermedio. “Se desconoce por completo qué ocurre cuando cientos de millones o incluso un millardo de células nerviosas ‘conversan’ entre sí[…] Pues es ahí donde se posibilita el surgimiento de ideas y sentimientos, de intenciones y efectos, de la conciencia y de la autoconciencia” (179, allí mismo la cita del Manifiesto). Aun cuando Küng puede estar en lo cierto en relación con que la neurociencia se encuentra en pañales para responder las preguntas orientadas a explicar la autoconciencia, y cómo a partir de allí debe entenderse la cuestión sobre el libre arbitrio, no estoy de acuerdo con él en que pueda afirmarse, “sin ambages, [que] de momento el estudio científico del cerebro no ofrece ninguna teoría empíricamente contrastable sobre el nexo existente entre la mente y el cerebro, entre la conciencia y el sistema nervioso” (180).

Sin poder desarrollar en esta presentación la exposición de algunos programas de investigación como corresponde, sí podemos brevemente mencionar algunas propuestas. En primer lugar encontramos la teoría de Daniel Dennett, que explica la conciencia como un modo de acción del cerebro por medio de un modelo llamado de los borradores múltiples, en términos de un pandemonium de pequeñas unidades computacionales en acción (cf. Denté: 253). En segundo lugar está la teoría de Rodolfo Llinás sobre la conciencia como un flujo de interacción neuronal constante en el umbral de 40 MHz, y que constituye un complemento a las teorías de Crick y de Koch (cf. Llinás y Crack). En tercer lugar, la teoría de John Searle (cf. Searle), según la cual la vida mental es la manifestación funcional de un órgano como el cerebro, de manera similar a la digestión que es la función del estómago. Finalmente encontramos también las propuestas para analizar la relación mente-cuerpo en términos de una mente encarnada o incorporada (embodied mind). Entre los autores más respresentativos podemos mencionar a Varela (cf. Varela), Damasio (cf. Damasio) y Gallagher (cf. Gallagher). Estos autores en sus textos también constatan que la investigación en este campo está abierta, y todavía están por descubrir los hechos más importantes, como cuando Newton, en su momento, decía que se encontraba como un niño jugando en la playa con las conchas, mientras el océano abierto a sus espaldas quedaba completamente desconocido. En el ámbito de la investigación neurofisiológica del nivel intermedio, para regresar a los términos usados por el Manifiesto referido por Küng, hay incluso varios programas de investigación preocupados en ofrecer una base empírica contrastable para explicar la relación mente-cerebro. Basta mencionar un par de ejemplos. El programa de investigación de la llamada vista-ciega, liderado por Lawrence Weiskrantz en Oxford (cf. Weiskrantz). Pacientes que tienen daños en el área visual V-1 en el lóbulo occipital del cerebro, y sin embargo son capaces de responder a preguntas sobre asuntos que acontecen en el campo visual, como si por la vía verbal accedieran a la percepción de lo que no pueden ver. Ese tipo de investigaciones nos permiten dilucidar algunas de las funciones básicas de síntesis de la conciencia humana, y establecer una aproximación primitiva sobre la manera como “dialogan” las neuronas entre sí para lograrlo. También existen programas de investigación sobre la rivalidad binocular y la permutación de figuras, que tanto llamó la atención de los psicólogos de la Gestalt en Alemania a comienzos del siglo pasado. Gracias a la nueva tecnología de imaginería cerebral, es posible identificar el punto del cerebro en el que una información pasa de producir una primera experiencia, por ejemplo, tener la imagen de pato, a interpretar esa misma figura como un conejo.

Con respecto al problema del libre arbitrio, estoy de acuerdo con Küng en que el asunto debe analizarse en un nivel completamente diferente al de lo que acontece en el cerebro, así conozcamos con detalle las zonas del cerebro que se iluminan y se apagan cuando enfrento un dilema práctico frente al cual debo tomar una decisión en cuanto sujeto responsable y consciente de las consecuencias de mis actos.

El capítulo cierra con unas reflexiones sobre el origen biológico y sociocultural de la ética. El paso del egoísmo al altruismo recíproco se puede explicar recurriendo a factores biológicos. Con la aparición del lenguaje y formas más complejas de organización social, surgen también versiones más sofisticadas de altruismo, como la empatía y el pensamiento estratégico. “Las normas, los valores y las ideas éticas concretas se fueron configurando poco a poco en el curso de un proceso socio- dinámico de suma complejidad” (188). Esta es la base para sostener el universalismo de la ética que tiene, a juicio de Küng, cuatro características comunes: “- un sentido de reciprocidad, justicia, generosidad[…]; – un profundo respeto por toda forma de vida[…]; – determinadas reglas para la convivencia de los dos sexos[…]; – gran respeto por los mayores (y, al mismo tiempo, atención a los pequeños)” (189).

En el caso de la tradición judeocristiana que comparte este substrato ético, la Biblia aporta una diferencia específica particularmente relevante para Küng. Se trata del papel que juega Dios como “autoridad legitimadora y protectora” (190) de los parámetros éticos que se quieren transmitir. Esta afirmación contrasta significativamente con el intento de formulación de la ética de raigambre autónoma instaurada por Kant, según la cual cada persona humana, por el hecho mismo de la libertad, es la única responsable de sus actos y sin ninguna garantía exterior. La legitimidad de la acción moral se da en el plano del rechazo a la heteronomía. Los ordenamientos sociales de la gran mayoría de las democracias actuales están enraizados en tradiciones seculares, en las que se parte de la autonomía y de la responsabilidad del individuo como la base misma del ordenamiento social. Por esta razón, muchas de las constituciones políticas en las democracias rechazan un fundamento de carácter teonómico, y establecen que los asuntos relacionados con la creencia religiosa deben ser respetados, pero pertenecen a la esfera privada de las personas. En el caso de Colombia, esa declaración se hace explicita en la Constitución Política de 1991, cuando se lee en el Preámbulo que es “el pueblo en ejercicio de su poder soberano” la base de la organización social y jurídica de la Nación. Lo anterior contrasta con la voluntad del constituyente de 1886, el cual otorgaba la Constitución en nombre de Dios, como fuente suprema de toda autoridad.

Con ello creo que podemos concluir indicando que, antes de poder instaurar la religión como una esfera independiente de problemas en relación de complementariedad con la ciencia, encontramos más bien con plenitud la esfera de la ética. Kant, al final de la Crítica de la Razón Práctica (KpV A289), daba cuenta de la complementariedad entre ciencia y ética, cuando mencionaba que en este mundo sólo hay dos realidades compatibles entre sí: “el cielo estrellado que está sobre mí”, el cual materializa toda la empresa cognoscitiva de las ciencias, y “la ley moral que hay en mí”, que representa, gracias a la razón, el hecho de la libertad y la posibilidad de construir sociedades en que las personas se respeten unas otras. Para completar el espectro, Kant era consciente de que la experiencia del goce estético abre un tercer horizonte de sentido complementario al de la ciencia y al de la ética. Por ello escribió la tercera Crítica sobre la facultad de juzgar. La esfera de la ciencia, la esfera de la ética y la de las artes parecen ser aquí las únicas realidades irreductibles entre sí. No parece haber un espacio para la complementariedad entre ciencia y religión. En el marco de la duda razonable y de un gran respeto por las convicciones religiosas de las personas, parece ser, mientras no se demuestre lo contrario, que fuera de ciencia, ética y artes, no hay nada más en el universo.

Bibliografía

 

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  • Weiskrantz, Lawrence. Consciousness Lost and Found. A Neuropsychological Exploration. Oxford: University Press. (1997). Nacional de Colombia, Facultad de Ciencias Humanas, Departamento de Filosofía.

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