Max Scheler: “El Puesto del Hombre en Cosmos II”:

Max Scheler: “El Puesto del Hombre en Cosmos II”:

Agosto 12, 2008 por aquileana

“El Hombre como Asceta de la Vida”:

Para penetrar más profundamente en la esencia del Hombre, debemos representarnos la trama de sus actos que conducen al acto de Ideación. La existencia nos es dada por la vivencia de la resistencia que ofrecen las esferas del mundo ya descubiertas… ¿Qué significa desrealizar el mundo o idear el mundo?…. Significa eliminar, aniquilar fictivamente el momento de la realidad misma, toda esa impresión indivisa de realidad, con su correlato afectivo, esa angustia de lo terreno, que como dice Schiller sólo “desaparece en aquellas regiones donde habitan las formas puras”. En este sentido, ve también Sigmund Freud en el hombre el “represor de sus impulsos” -en su obra Más allá del principio del Placer-. Y sólo porque es esto, puede el hombre edificar sobre el mundo de su percepción un mundo ideal del pensamiento; y, por otra parte, puede canalizar la energía latente en los impulsos reprimidos- hacia el espíritu que habita en él. Esto es: el hombre puede sublimar la energía de sus impulsos en actividades espirituales. Lo supo también  Spinoza, quien dijo: “La Razón es incapaz de regir las pasiones, a no ser que ella se convierta en pasión”, y ello, por virtud de una sublimación, como diríamos hoy.

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Max Scheler (1874/1928).-

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Fuente Post: Scheler, Max. El Puesto del Hombre en el Cosmos. Buenos Aires. Losada. 1960.-

http://aquileana.wordpress.com/2008/08/12/max-scheler-el-puesto-del-hombre-en-el-cosmos-ii/

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Max Scheler: “El Puesto del Hombre en el Cosmos I”.-

Max Scheler: “El Puesto del Hombre en el Cosmos I”.-

“Diferencias entre el Hombre y el Animal”:

Podemos definir la inteligencia diciendo que es “la evidencia súbita de un nexo objetivo o de valor en el mundo circundante”, valor  que, ni está dado directamente en la personalidad ni que ha sido percibido nunca, esto es, que no puede conseguirse por reproducción… Este pensamiento no reproductivo, sino psíquico, se caracteriza siempre por la anticipación de un hecho nuevo, nunca vivido (prudentia, providentia, sagacidad, astucia). El primer acto deldrama del hombre consiste en que la conducta es motivada por la pura manera de ser de un complejo intuitivo, elevado a la dignidad de objeto;  y es motivada, en principio, prescindiendo del estado fisiológico del organismo humano, de sus impulsos y de las  partes externas sensibles del medio, que aparecen juntamente en esos impulsos y están siempre determinadas modalmente. El segundo acto del drama consiste en reprimir libremente un impulso, o en dar rienda suelta a un impulso reprimido en un principio. Y el tercer acto es una modificación de la objetividad de una cosa, modificación que el hombre vive como valiosa en sí y definitiva. Este“hallarse abierto al mundo” tiene, entonces,  la siguiente forma:

Hombre <-> Mundo -> ->

Esta conducta es susceptible de una expansión ilimitada: hasta donde alcanza el mundo de las cosas existentes. El hombre, es, de acuerdo a esto, la X, cuya conducta puede consistir en un “abrirse al mundo” en medida ilimitada. Es profundo y exacto lo que dice Nietzsche: “El hombre es un animal que puede prometer”. El hombre  es el único que puede elevarse por encima de sí mismo- como ser vivo- y partiendo de un centro situado, por así decirlo, allende al mundo espacio-temporal-, convertir todas las cosas, inclusive a sí mismo, en objeto de su conocimiento. Este supremo centro sólo puede residir en el fundamento supremo del ser mismo. El Hombre es, por tanto, el ser superior a sí mismo y al mundo. Ya Kant, en suteoría de la apercepción trascendental, ha explicado en lo esencial esta nueva unidad del cogitare, la cual es “condición de toda experiencia posible y por tanto también de todos los objetos de la experiencia”. Con esta teoría, ha elevado Kant, por primera vez, al espíritu por sobre la psique, negando expresamente que el espíritu sea sólo un grupo de funciones pertenecientes a una supuesta alma sustancial, cuya ficción es debido sólo a una injustificada sustancialización de la unidad actual del espíritu.-

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Max Scheler (1874/1928).-

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Fuente Post: Scheler; Max. El Puesto del Hombre en el Cosmos. Buenos Aires. Losada. 1960.-

http://aquileana.wordpress.com/2008/08/12/max-scheler-el-puesto-del-hombre-en-el-cosmos-i/


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COMENTARIOS AL SALMO 8


COMENTARIOS AL SALMO 8


2. ¡Señor, Dios nuestro,
qué admirable es tu nombre
en toda la tierra!

Ensalzaste tu majestad sobre los cielos.
3. De la boca de los niños de pecho
has sacado una alabanza contra tus enemigos,
para reprimir al adversario y al rebelde.

4. Cuando contemplo el cielo,
obra de tus dedos,
la luna y las estrellas que has creado,
5. qué es el hombre para que te acuerdes de él;
el ser humano, para darle poder.

6. Lo hiciste poco inferior a los ángeles,
lo coronaste de gloria y dignidad,
7. le diste el mando sobre las obras de tus manos,
todo lo sometiste bajo sus pies.

8. Rebaños de ovejas y toros,
y hasta las bestias del campo,
9. las aves del cielo, los peces del mar,
que trazan sendas por el mar.

10. ¡Señor, Dios nuestro,
qué admirable es tu nombre
en toda la tierra!


1. La Humanidad Santísima de Cristo, maravilla de la Creación

* Para nosotros, cristianos, este salmo, sobre todo situado en sábado, día en que empezamos nuestra celebración semanal de la Pascua, puede ser. muy evocador; con él celebramos al Verbo Creador para concluir con una visión de Cristo Resucitado, coronado de gloria y dignidad (v. 6), segundo Adán. En la Creación actúa ciertamente el amor, pero sobresale el poder. En la restauración -segunda creación- brilla, por encima de todo, el amor. De esta forma el salmo dispone a la celebración ya cercana del Domingo, día en que se inició la creación y alcanzó su cenit la historia de la salvación.

La Liturgia propone el salmo 8 para la Misa de la Solemnidad de la Santísima Trinidad. Nos apoyamos en este uso y por medio de esta exclamación llena de admiración y entusiasmo -que atraviesa el salmo desde su inicio hasta el final-, nos trasladamos a la atmósfera del Paraíso, al momento en el que las criaturas salían luminosas y transparentes de las manos del Creador, como manifestación de su grandeza y bondad272. A lo largo de miles de años, el universo fue el único lenguaje del Dios invisible. Meditemos, pues, en esta estrofa a la luz de otras palabras poéticas de la Liturgia: “A ti, Señor, Padre nuestro, te aclaman cuantas criaturas reúne el plácido jardín del Universo.”273

** La tradición en torno al Salterio nos ayuda a contemplar aquí lo que sería un anuncio de la glorificación mesiánica de Jesús:274 en su entrada triunfal en Jerusalén,275 ante los fariseos -sus adversarios- legitimará el entusiasmo de los niños que le aclaman, invocando precisamente estas palabras: De la boca de los niños de pecho has sacado una alabanza contra tus enemigos (v. 3).

Así pues, el Rey de la gloria entra en su ciudad, montado en un asno, para conquistar a la hija de Sión, figura de su Iglesia, no por la astucia ni por la violencia, sino por la humildad; por eso los súbditos de su Reino son los niños.276

¡Qué fácil resulta simpatizar con ese niño277 -personaje anónimo, pero elocuente-, a quien Jesús abrazó, bendijo e impuso las manos, atraído por la hermosura del alma que veía en él, fruto de la sencillez y de la confianza! “«… quasi modo geniti infantes» (1 Pt 2: 2): como niños recién nacidos… Pensaba que esa invitación de la Iglesia nos viene muy bien a todos los que sentimos la realidad de la filiación divina. Porque nos conviene ser muy recios, muy sólidos, (…) y, sin embargo, delante de Dios, ¡es tan bueno que nos consideremos hijos pequeños!”278.

*** Y desde aquel primer Adán del Paraíso, tras desandar el camino andado por Eva, pasamos a este Hombre del que habla el salmo al exaltar su excelsa grandeza, coronado de gloria y dignidad (v. 6), que es Cristo, ‘novissimus Adam’279. Así nos lo muestra la Liturgia, por medio de una antífona para este salmo en el Tiempo de Pascua.280 Por eso, mientras la Iglesia contempla aquí la gloria y el esplendor del Señor, ‘perfectus Homo’, nosotros repetimos estas palabras del salmo, saboreándolas como un himno de alabanza a Jesús, contemplado en su gloriosa Ascensión al Cielo, en su realeza universal, en el esplendor de su Divinidad281.

Lo que nos atrae en Él es esta unión armoniosa e inefable de lo divino y lo humano. Si su santidad no fuera humanizada, no estaría como adaptada a nosotros; si no fuera divina, no nos arrebataría, no nos divinizaría. Como las madres convierten los alimentos sólidos y sustanciosos en leche para que puedan aprovecharlos los niños -de tal modo que si no fueran sustanciosos no servirían y si no fueran asimilados en forma de leche, no podrían tomarlos-, así, ‘Spiritus Sancti operante virtute’,282 el alimento solidísimo de la Divinidad se hace para nosotros asimilable.283

…………………

272 Gen 1: 1-28.

273 LITURGIA HORARUM, Himno ‘Te Patrem’, Of de lect, Santísima Trinidad: ‘Te Dominum fatentur quotquot amoenus paradisi hortus adunat’ (F. AROCENA, Los himnos de la Liturgia de las Horas, Madrid, 1992, p. 186).

274 P. SALMON OSB, Les ‘Tituli psalmorum’ des manuscrits latins, París, 1959, Serie II (S. Agustín de Cantorbery), 8, p. 81: ‘De … laude infantium qui dicebant hosanna in excelsis’.

275 Mt 21: 14-16.

276 CEC, 559.

277 Mt 18: 2.

278 BEATO JOSEMARIA ESCRIVA DE BALAGUER, Amigos de Dios, Madrid, 1987. n. 142.

279 GS, 22.

280 LITURGIA DE LAS HORAS, ant Laud Sáb 2 y 4 T Pasc: Coronaste de gloria y dignidad a tu Cristo. Aleluya.

281 LITURGIA DE LAS HORAS, ant H Media Ascen., ant Laud Transfiguración.

282 MISSALE ROMANUM, Prex eucharrística III, epíclesis anteconsecr.

283 L.M. MARTINEZ, Jesús, Madrid 1953, p. 191.

FELIX AROCENA
EN ESPÍRITU Y VERDAD, vol. I
Colección Trípode
Edic. EGA. Bilbao-1995.Págs. 126-128


2.

PRIMERA LECTURA: CON ISRAEL

* Este himno a la realeza de Yahveh debía cantarse, (en una fe), en una fiesta nocturna, bajo el encanto de un cielo estrellado, y la transparencia de las noches sin nubes del oriente. Este salmo es la traducción en canción y en oración de la enseñanza o catecismo elemental de la religión de Israel, el Génesis: Un Dios creador de todo, que confía todo al hombre y lo coloca en lo más alto: “Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza. .. Dominad la tierra y sometedla. . . Os doy todo. ..” (Génesis 1;2)

Llama la atención que este salmo de alabanza a la grandeza de Dios, se transforma a la larga en alabanza a la grandeza del hombre. Ahora bien, Dios lo ha hecho todo: observemos los pronombres personales y posesivos: “Tu nombre… Tu esplendor… Tú opones… Tus dedos… Tú creas… Tú piensas en él… te ocupas de él… Tú lo has querido… Tú lo has establecido… Tus manos… Tú colocas,… Paradójicamente, en un poema en que el hombre es exaltado, ¡Dios es el sujeto de casi todos los verbos!”.

SEGUNDA LECTURA, CON JESÚS H/GRANDEZA:

** Jesús cita explícitamente este salmo para defender, contra los fariseos y los escribas, las gentes sencillas del pueblo que lo aclamaban el día de los ramos: “¿No oyes lo que dicen aquellos?” – Perfectamente, respondió Jesús. ¿No habéis oído jamás el texto que dice: “De la boca de los niños, de los bebés, has hecho brotar una alabanza”? (Mateo 21,16). Para Jesús, la verdadera grandeza del hombre está en los pequeños, en aquellos que aceptan recibir todo con sencillez. Y Jesús insistía en la necesidad de la humildad: “Padre, te bendigo porque ocultaste estas cosas a los sabios y prudentes y las revelaste a los pequeñitos” (Lucas 10,21).

San Pablo cita tres veces este salmo (Hebreos 2,6 – 10; Efesios 1,22; 1 Corintios 15,25-27): “Has puesto todo bajo sus pies”. En cada texto Pablo quiere expresar la maravilla de la resurrección de Jesús como una victoria total sobre la muerte. El Padre Martelet comenta: La promesa de Dios de someter todo al hombre, sería un irrisorio engaño si el hombre continuara vencido por la muerte… En tal caso sería él quien estaría en tierra al pie de todos los vivientes. Ahora bien, solamente el “segundo Adán”, realiza plenamente la promesa hecha al primero: “el hombre a quien todo sometió el Padre” es, Jesucristo. “He aquí el hombre” diría Pilatos,~sin saber hasta qué punto era verdadera su fórmula. Verificamos hasta qué punto los salmos anunciaban a Jesucristo y por qué El los recitó con una intensidad tan especial.

Efectivamente, a cualquiera que se hace la pregunta radical: “¿qué es el hombre? ¿Qué significa su fragilidad ante las inmensidades siderales?”, no se puede contestar sino de esta manera: el hombre es esta “condición” que el Hijo de Dios quiso asumir… ¡”El Verbo se hizo carne… Dios se hizo hombre”! No nos extrañemos, pues, que un salmo, palabra inspirada, cante la “gloria del hombre” cantando “la gloria de Dios”.

TERCERA LECTURA, CON NUESTRO TIEMPO

*** La admiración. A medida que la ciencia nos revela las maravillas del universo, con mayor razón podremos cantar este salmo “Cuando contemplo el cielo, obra de tus manos…” hoy que sabemos que el cosmos es inmensamente grande a “millones de años luz”, ¿dejaremos por ello de maravillarnos?

La infancia. Es uno de los temas favoritos de la literatura contemporánea. Se ha descubierto la frescura y la verdad de los “porqués” de los niños: “¿por qué, papá, alumbra el sol?-porque está ardiendo-. ¿Y por qué está ardiendo…? “Hay un cierto orgullo de adulto que lo hace creer muy fuerte, y que sin embargo se ve desarmado por la sencillez del niño.

El cielo, las estrellas. ¡Todo es igualmente bello! ¡Confesadlo! Dejaos maravillar. Recostaos en una pradera, una bella noche estrellada. Si hay algo evidente, es que esto no lo ha hecho el hombre. Sólo un niño comprende lo que los orgullosos nunca entenderán: “

El firmamento es esta muralla”, esta barrera que el adversario (de Dios) nunca podrá atravesar. Dios no tiene necesidad de defenderse… Ninguno de sus enemigos podrá igualarlo. El cosmos, el mundo sideral, con sus leyes armónicas son suficientes para silenciar las pretensiones ridículas de éstos “picaruelos”, que se creen capaces de rehacer el universo. Nuestros antepasados estaban en lo cierto, cuando “escuchaban cantar a los astros” (Job 38,7 – 11). Sí, escuchad de vez en cuando el canto de las estrellas.

La técnica, el dominio del hombre. En todo ésto no hay contradicción. “Tú has puesto todo bajo sus pies”. Un día por primera vez los cosmonautas caminaron sobre la luna: símbolo de la grandeza del hombre científico que progresivamente domina la naturaleza. Sin embargo ningún poeta del espacio, ningún comunicado de prensa, ningún informe oficial de la NASA, preocupado por elogiar el valor de los técnicos, se ha atrevido a decir del hombre lo que hace ya mucho tiempo el pueblo de Dios dijo de El en el salmo octavo: “Apenas inferior a un dios lo hiciste, coronándolo de gloria y de esplendor; lo hiciste señor de las obras de tus manos…” En tiempo del salmista el hombre que navegaba en pequeñas embarcaciones, “haciendo su camino sobre las aguas”, dominaba ya el mundo por orden de Dios. Hoy, el piloto que despega en su super jet para aterrizar unas horas después en un aeropuerto de otro continente, realiza a veces sin saberlo, el proyecto de Dios. Esto es cierto del investigador que hace avanzar la ciencia, del niño que mira el dibujo que acaba de “crear”, de la abuela que teje un tapiz, de la madre que educa un bebé, del obrero que construye una casa, de todo hombre… que con su trabajo perfecciona un poco la creación.

¿Qué es el hombre? Interrogante muy moderno que Pascal replantea. En contraste con la inmensidad del cielo, el hombre se siente minúsculo. El silencio eterno de los espacios me atemoriza… (392) “El hombre es sólo una caña, lo más débil de la naturaleza, pero es una caña pensante… aunque el universo lo aplastara, el hombre seria aún más noble que aquel que lo mataba, porque sabe que muere… El universo no es consciente de la superioridad que tiene sobre él… (391).

La grandeza del hombre. En el corazón, en el centro de este universo abrumador, inmenso, está el “hombre”, infinitamente más grande que este mundo… sí, ¡el hombre es más grande y más importante que el sol! ¿Por qué? Porque ocupa constantemente el pensamiento de Dios, responde el salmo:”¿Qué es el hombre para que de él te acuerdes, el hijo de Adán (el terrícola) para que de él cuides?” ¡ Un solo hombre es mayor y tiene más precio a los ojos de Dios que todo el universo! Dios reserva para el hombre un cuidado que el mecanismo celeste no necesita: Dios ama al hombre. ¡Qué grande es tu nombre! “Padre, yo les he revelado tu nombre” (Juan 17,6). Padre nuestro, santificado sea tu nombre.

NOEL QUESSON
50 SALMOS PARA TODOS LOS DIAS. Tomo I
PAULINAS, 2ª Edición
BOGOTA-COLOMBIA-1988.Págs. 16-19


3.

Los salmos nos invitan a orar al Dios creador, y esta llamada nos seduce. No nos desagrada introducir astros y ríos en nuestro encuentro con Dios; esto nos parece preferible a orar «con la cabeza apoyada en las manos». Otros dirán que una mayor madurez o unas pruebas más numerosas les impiden salir del interior del hombre. Después de todo, ahí es donde tienen sus últimas resonancias las tragedias más vastas. La humanidad vive por fuera sus tragedias, pero las recuerda por dentro. Nos lo dice claramente el nombre de Auschwitz: si se atasca esa interioridad del hombre, las víctimas, al ser olvidadas, habrán muerto para nadie.

Pero la plegaria bíblica supera esa oposición entre el dentro y el fuera: la plegaria del corazón es una oración del cuerpo. El corazón no percibe nada sin el fuera, pero el fuera nos conduce hacia el corazón, sede de la presencia. Sólo desde ahí aparece la creación como lo que es realmente: íntima, secreta, última acción de Dios. Discreta palabra: sólo un murmullo tan nocturno puede ser entendido como el anuncio de una victoria divina sobre la muerte.

Todo empieza en la experiencia sensible, por los ojos:

Cuando contemplo el cielo, obra de tus dedos,
la luna y las estrellas que has creado… (v. 4).

Pero esta línea es cruzada pronto por otra. Recordamos la sentencia de Pascal: «Nada de cuanto se ofrece al alma es simple, y el alma no se muestra simple a ningún sujeto». La creación, en efecto, es contraste y remite al contraste del hombre. La visión del cosmos, del mundo extraterrestre, hace difícil creer que el hombre sea importante:

¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él? (v. 5).

La mirada, pues, se desvía de los astros al hombre, que parece tan poca cosa. Pero el hombre contrasta con ese poco de su apariencia:

Lo hiciste poco menos que un dios…
Todo lo sometiste bajo sus pies (vv. 6-7).

Dominado y dominante, asustado y luego coronado «de gloria y dignidad», el hombre está en el cosmos como un punto de desequilibrio, una fragilidad retenida al borde del abismo. Pero es precisamente en ese punto, y en ningún otro, donde concentra todo pensamiento sobre la creación y de ahí brota. Al borde mismo en que el hombre se desalienta, allí es donde recobra ánimos. Una mirada fija en el círculo lejano de las cosas no acertaría a imaginar un Dios creador; no podría encontrarlo sino volviendo sobre sí mismo.

Nueva sorpresa: coronado por encima de «todas las cosas», el hombre, literalmente, no tiene poder alguno sino sobre las bestias:

Todo lo sometiste bajo sus pies:
los rebaños de ovejas y toros
y hasta las fieras salvajes,
las aves del cielo, los peces del mar
que trazan sendas por el mar (vv. 7-9).

Dominado por los astros, dominador de los animales: la sabiduría bíblica sitúa al hombre en ese filo agudísimo. La sabiduría moderna, por su parte, estimará que no hay en ello apenas «gloria y dignidad» y que tal posición tiene muy poco de regia. Pero la Biblia se mantiene ahí. El primer capítulo del Génesis se afirma en esa misma idea; privado de poder sobre los astros, el hombre sabrá dominar la tierra porque domesticará los animales herbívoros. No otra cosa se sugiere más allá de este imperio que se estima sobradamente glorioso (que el lector tenga a bien verificar por sí mismo el texto de Gn 1,28: el hombre no puede multiplicarse, llenar la tierra y someterla sino a condición de ejercer su dominio sobre los animales que, como él, se multiplican y llenan la tierra. La segunda tarea es condición de la primera). Para una humanidad que ya se ha dado algún paseo sobre un astro, el mensaje resulta difícilmente aceptable.

Pero es posible caminar sobre un astro y no tener el oído lo bastante fino como para escuchar el mensaje de un hombre antiguo. Este nos da a entender, en el Génesis, que el hombre está hecho a imagen de Dios y, en el salmo 8, que es casi un dios (v. 6). Los dos textos están concordes en enseñar que la imagen divina se sitúa en la diferencia entre lo que hacen el hombre y el animal. También en este caso, el pensamiento de la creación nos hace volver sobre el hombre y más aún sobre aquello que, en el hombre, no es lo más visible.

A pesar de todo, ¿no están suficientemente claras esta diferencia y esta realeza del hombre sobre el animal? El hombre antiguo nos reserva una respuesta: «Los animales —responde el hombre antiguo— se devoran entre sí, y lo mismo hacen los hombres; la diferencia entre ellos, por tanto, no es evidente. Los animales no son herbívoros, según el relato de la creación (Gn 1,30), sino por mandato de Dios, y esa restricción no les viene de su naturaleza. Para dominar esta naturaleza, el hombre relega a Dios al puesto de mando: por efecto de su palabra delegada (pues es cierto, y sumamente asombroso, que se habla a los animales), los animales se abstienen de devorarse entre sí. Pero Caín mata a Abel y desde entonces se devoran unos a otros los hombres, desde Caín hasta el diluvio, por lo que su palabra pierde todo el poder que tenía para imponer mansedumbre a los animales.

Si hoy imitan los hombres a los animales que se devoran por naturaleza, ahí está la prueba de que ya no los dominan. Los imitan y por ello se les asemejan. Y si se asemejan a los animales, ahí está el signo evidente de que han perdido la semejanza divina, sobre la que se fundaba su poder. No hay duda de que los seguirán dominando, pero será por la fuerza y el terror: el hombre domina al león por los mismos medios que utiliza el león para dominar al cordero. Ya no es mediante la palabra. Una vez que el hombre se ha sumido en la violencia, Dios le ha adaptado su ley: Todos los animales de la tierra os temerán y respetarán (Gen 9,2). Por eso reina desde entonces el estado de guerra entre los animales, entre el hombre y los animales, entre el hombre y el hombre. Sólo el día en que Dios haya sanado al hombre, el león comerá paja con el buey, porque se habrán reconciliado, y si se reconcilian será porque un niño los conduce cuando lleguen los tiempos del término de las guerras (Is 11,1-9; cf. 2,4). De este modo —concluye el hombre antiguo—ese dominio sobre los animales, que tan poca cosa te parece, es un poder que, a pesar de que eres capaz de caminar sobre un astro, no posees. Quizá lo tengas hoy menos que nunca».

Cuanto más nos remontamos en el tiempo, más nos encontramos con que los antiguos poseían la capacidad de leer un misterio a través de la letra o la fábula de un texto. Una vez que lo hemos trazado conforme a sus reglas, su ángulo de visión se nos hace claro: el hombre más cercano a los astros quizá se haya hecho más semejante a los animales. Después de llegar allá, no se sentirá menos espantado que el salmista al saberse poco menos que un dios, puesto que la guerra de hoy le descubre que posee el poder de «descrear» el mundo. Meditar, pues, sobre la creación no es cosa que nos aleje demasiado de nuestros dramas.

El hombre que emprende la guerra afila sus dientes y endurece su piel. Se rehace conforme a la imagen del escualo, de las aves rapaces, del felino. Su fuerza es violencia. La fuerza de Dios, por el contrario, es mansedumbre. A imagen de Dios se comporta únicamente el ser que es más fuerte que su propia fuerza. La mansedumbre es más que la no violencia. Jesús confirma en este punto el salmo 37: los sufridos están llamados a poseer la tierra, como el niño de Isaías.

Resulta, pues, que a partir de una mirada sobre los astros nos sentimos llamados hacia aquello que no es lo más visible en el hombre, hacia la imagen de la mansedumbre de Dios. Esta conversión, este giro es una ley de todo pensamiento bíblico sobre la creación. Nos ha sido preciso, sin duda, interpretar la realeza humana (al señalar sus límites) conforme a Gn 1 y sus secuelas. No puede sorprendernos este rodeo si recordamos hasta qué punto el triángulo que une al hombre con los astros y los animales fue familiar, a través de los zodíacos y sistemas parecidos, al pensamiento antiguo, que no se adentraba por esos caminos para descubrir puras banalidades al cabo de ellos.

Pero el salmo 8 no nos abandona una vez llegados a este punto. La creación puede ser también una prueba de fuerza y una victoria,

para reprimir al enemigo y al rebelde (v. 3).

El contexto nos ayuda a creer que el enemigo es la violencia y también que la fuerza es la mansedumbre e incluso la debilidad. Nada mejor para entenderlo que estas palabras:

Ensalzaré tu majestad por encima del cielo
con la boca de un niño de pecho.
Has cimentado un alcázar frente a tus adversarios,
para reprimir al enemigo y al rebelde (vv. 2-3).

Al nivel más arcaico, la imagen se plasmó en una figura mitológica de recién nacidos divinos o de dioses gemelos. Los recién nacidos, que se caracterizan por su impotencia como los más aptos para cantar la victoria de Dios, encarnan una lección que, independientemente de sus orígenes, no se ha perdido. Jesús la recoge, según Mt 21,16, pues vino para cumplir la misión de aquel niño que era capaz de reconciliar a las fieras mediante la dulzura de Dios.

PAUL BEAUCHANO
LOS SALMOS NOCHE Y DÍA
Ediciones CRISTIANDAD
MADRID-1981. Págs: 157-161


4. LA ORACIÓN DE LOS CIELOS

«¡Señor, dueño nuestro, qué admirable es tu nombre en toda la tierral».

Soy un enamorado de la naturaleza. Amo los cielos y la tierra, los ríos y los árboles, las montañas y las nubes. Puedo sentarme enfrente del mar, fuera de la esfera del tiempo, y mirar con ojos de eternidad el juego de las olas y las rocas, ajedrez de blancas crestas y oscuras sombras sobre el tablero sin límites de la creación. Puedo contemplar el curso de un río y el bailar de las aguas y el cantar de las piedras, y sentir su alegría como mi propia alegría en mi correr hacia el mar. Puedo sentarme bajo un árbol y sentir su vida como mía en el surgir de la savia desde las raíces ocultas hasta las hojas bailarinas. Puedo flotar a la deriva con una nube, volar con un pájaro o, sencillamente, quedarme sentado con una flor, sentada ella misma en el color y la fragancia de su vida desde el rincón oscuro de la selva en el que nace y muere.

Me identifico con la naturaleza… porque la naturaleza eres Tú.

La naturaleza recoge el frescor de tus dedos, la vida de tu aliento, el temblor de la majestad de tu presencia, la serena alegría de tu bendición de paz. Disfruto de una puesta de sol, porque es obra exclusivamente tuya, y no hay mano humana que pueda retocarla; y, como es exclusivamente tuya, me trae en imagen virgen el mensaje directo de tu presencia. Y disfruto cuando en la oscuridad de la noche que habla de intimidad te veo trazar sobre el cielo tu firma de estrellas. ¿Entiendes ahora por qué me gusta mirar al cielo por la noche para descifrar con fe y con amor el código secreto de tu caligrafia celeste?

«Contemplo el cielo, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que has creado, y me digo a mí mismo con alegre orgullo: «Señor, Dios nuestro, ¡qué admirable es tu nombre en toda la tierra!»

En medio de esa maravilla me veo a mí mismo. «¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él?» Atomo de polvo en un mundo de luz. Pero en ese átomo que soy yo hay toda otra creación más maravillosa que el cielo y las estrellas. La maravilla de mi cuerpo, el secreto de mis células, el relámpago de mis nervios, el trono de mi corazón. Y el temblor de mi alma, la centella de mi entendimiento, el gozo de sentir y la locura de amar. La maravilla que llevo dentro, y tu firma también sobre ella. Sonrío cuando me dices que me has hecho rey de la creación, sólo inferior a ti. Sé de mi pequeñez y mi grandeza, de mi dignidad y mi nada, y reconociendo ambos extremos acepto con sencillez la corona de rey de la creación, la de dentro y la de fuera, y quiero disfrutar de ambas plenamente, de los ríos y las montañas tanto como de la conversación y del humor; de las palabras de los hombres y del murmullo de los bosques; de familia y estrellas, amigos y árboles, libros y pájaros, vientos y música, silencio y oración…; disfrutar de todo como sé que tú quieres que yo disfrute para gozo de mi corazón y gloria de tu nombre.

«¡Señor, dueño nuestro, qué admirable es tu nombre en toda la tierra!»

CARLOS G. VALLÉS
BUSCO TU ROSTRO
ORAR LOS SALMOS

Paulinas Sal Terrae.Santander-1989, pág. 23


5./Sal/008/POEMA

Señor, Padre nuestro,
qué admirable es tu nombre
en toda la tierra,
qué gozoso es tu nombre
en todo corazón.

Cuando contemplo el cielo,
galaxias en expansión desde hace 13.000 millones de años
y que Tu pusiste en movimiento
con un toque de amor;
y cuando miro a la tierra,
este puntito que gira
siguiendo las órdenes del sol,
el cual se mueve a su vez
en torno a la Constelación de Sagitario,
y no se aparta ni un milímetro de tus planes,
aunque tarde 150 millones de años
en dar su vuelta completa;
y cuando pienso que hay millones de planetas
iguales a éste nuestro,
y habitados por seres vivos, inteligentes,
no dejo de preguntarme asombrado:
¿qué es el hombre, para que te acuerdes de él
y le ofrezcas tu amistad?
Lo hiciste rey de la creación
-¿o será una ilusión nuestra?-,
para que pueda disponer y perfeccionar
las cosas, tus criaturas.
Lo hiciste a tu imagen y semejanza
dándole la mayor gloria y dignidad.
Lo hiciste tu hijo predilecto,
todo un pequeño dios.
¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él
y lo ames tanto?
Tu Hijo único se vistió de nuestra carne
y pisó esta tierra tan humilde,
en prueba del mayor amor.
¿Qué es la tierra para que te dignes visitarla,
qué es el hombre para que te acuerdes de él?

¡Señor, Padre nuestro,
qué admirable es tu nombre
en toda la tierra!


6.
¡Señor, Padre nuestro,
qué grande es tu nombre,
qué admirables son las obras de tu amor!

Cuando contemplo el cielo:
¡Una maravilla apabullante!
Cuando veo el sol y las estrellas,
las nubes, las tormentas,
me siento gozosamente pequeño
y me digo: Aquí está la mano de mi Padre.

Cuando recorro la tierra,
llena de riquezas y sorpresas;
cuando descubro los paisajes;
cuando me embriagan las luces, los colores y sonidos,
me siento tiernamente agradecido
y exclamo: Aquí está la mano de mi Padre.

Cuando me sorprende la vida variada
en el mar, en la tierra y en el cielo;
cuando veo la fuerza y astucia de los animales,
su belleza, su encanto, su inteligencia,
me siento en comunión con todos, extasiado,
y me digo: Aquí está la mano de mi Padre.

Cuando miro a los hijos de los hombres
y veo sus trabajos, sus afanes, sus amores,
sus progresos, sus conquistas y sus grandes esperanzas,
comprendo que los has coronado de gloria y dignidad,
destinados a cultivar la obra de tus manos.

Y me pregunto, aturdido:
¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él?
Y tengo que confesar: Eres un Dios, amigo de los hombres.

Y cuando me contemplo a mí mismo,
y me siento gratuitamente amado,
y no sé de dónde me viene la alegría,
y siento que todo el cielo está dentro de mí,
y que alguien me está salvando siempre,
me doy cuenta, emocionado, que soy un hijo tuyo,
y tengo que gritar y cantar y repetir
con un amor inexplicable:
¡Qué grande eres, Señor!
¡Qué grande es tu amor para conmigo!
Verdaderamente, ¡oh Dios!, Tú eres mi Padre.

CARITAS
UN DIOS PARA TU HERMANO
CUARESMA Y PASCUA 1992.Págs. 269 s.


7. CATEQUESIS DEL PAPA, en la audiencia general del miércoles, 26 de Junio de 2002

Grandeza del Señor y dignidad del hombre

1. “El hombre (…) se nos revela como el centro de esta empresa. Se nos revela gigante, se nos revela divino, no en sí mismo, sino en su principio y en su destino. Honremos al hombre, a su dignidad, su espíritu, su vida” (Ángelus del 13 de julio de 1969:  L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 29 de julio de 1969, p. 2).

Con estas palabras, en julio de 1969, Pablo VI entregaba a los astronautas norteamericanos a punto de partir hacia la luna el texto del salmo 8, que acaba de resonar aquí, para que entrara en los espacios cósmicos.


En efecto, este himno es una celebración del hombre, una criatura insignificante comparada con la inmensidad del universo, una “caña” frágil, para usar una famosa imagen del gran filósofo Blas Pascal (Pensamientos, n. 264). Y, sin embargo, se trata de una “caña pensante” que puede comprender la creación, en cuanto señor de todo lo creado, “coronado” por Dios mismo (cf. Sal 8, 6). Como sucede a menudo en los himnos que exaltan al Creador, el salmo 8 comienza y termina con una solemne antífona dirigida al Señor, cuya magnificencia se manifiesta en todo el universo:  “¡Señor, dueño nuestro, qué admirable es tu nombre en toda la tierra!” (vv. 2. 10).


2. El cuerpo del canto parece suponer una atmósfera nocturna, con la luna y las estrellas encendidas en el cielo. La primera estrofa del himno (cf. vv. 2-5) está dominada por una confrontación entre Dios, el hombre y el cosmos. En la escena aparece ante todo el Señor, cuya gloria cantan los cielos, pero también los labios de la humanidad. La alabanza que brota espontáneamente de la boca de los niños anula y confunde los discursos presuntuosos de los que niegan a Dios (cf. v. 3). A  estos se les califica de “adversarios”, “enemigos” y “rebeldes”,  porque  creen erróneamente que con  su  razón y su acción pueden desafiar y enfrentarse al Creador (cf. Sal 13, 1).


Inmediatamente después se abre el sugestivo escenario de una noche estrellada. Ante ese horizonte infinito, surge la eterna pregunta:  “¿Qué es el hombre?” (Sal 8, 5). La respuesta primera e inmediata habla de nulidad, tanto en relación con la inmensidad de los cielos como, sobre todo, con respecto a la majestad del Creador. En efecto, el cielo, dice el salmista, es “tuyo”, “has creado” la luna y las estrellas, que son “obra de tus dedos” (cf. v. 4). Es hermosa esa expresión, que se usa en vez de la más común:  “obra de tus manos” (cf. v. 7):  Dios ha creado estas realidades colosales con la facilidad y la finura de un recamado o de un cincel, con el toque leve de un arpista que desliza sus dedos entre las cuerdas.


3. Por eso, la primera reacción es de asombro:  ¿cómo puede Dios “acordarse” y “cuidar” (cf. v. 5) de esta criatura tan frágil y pequeña? Pero he aquí la gran sorpresa:  al hombre, criatura débil, Dios le ha dado una dignidad estupenda:  lo ha hecho poco inferior a los ángeles o, como puede traducirse también el original hebreo, poco inferior a un dios (cf. v. 6).


Entramos, así, en la segunda estrofa del Salmo (cf. vv. 6-10). El hombre es considerado como el lugarteniente regio del mismo Creador. En efecto, Dios lo ha “coronado” como un virrey, destinándolo a un señorío universal:  “Todo lo sometiste bajo sus pies”, y el adjetivo “todo” resuena mientras desfilan las diversas criaturas (cf. vv. 7-9). Pero este dominio no se conquista con la capacidad humana, realidad frágil y limitada, ni se obtiene con una victoria sobre Dios, como pretendía el mito griego de Prometeo. Es un dominio que Dios regala:  a las manos frágiles y a menudo egoístas del hombre se confía todo el horizonte de las criaturas, para que conserve su armonía y su belleza, para que las use y no abuse de ellas, para que descubra sus secretos y desarrolle sus potencialidades.


Como declara la constitución pastoral Gaudium et spes del concilio Vaticano II, “el hombre ha sido creado “a imagen de Dios”, capaz de conocer y amar a su Creador, y ha sido constituido por él señor de todas las criaturas terrenas, para regirlas y servirse de ellas glorificando a Dios” (n. 12).


4. Por desgracia, el dominio del hombre, afirmado en el salmo 8, puede ser mal entendido y deformado por el hombre egoísta, que con frecuencia ha actuado más como un tirano loco que como un gobernador sabio e inteligente. El libro de la Sabiduría pone en guardia contra este tipo de desviaciones, cuando precisa que Dios “formó al hombre para que dominase sobre los seres creados (…) y administrase el mundo con santidad y justicia” (Sb 9, 2-3). También Job, aunque en un contexto diverso, recurre a este salmo para recordar sobre todo la debilidad humana, que no merecería tanta atención por parte de Dios:  “¿Qué es el hombre para que tanto de él te ocupes, para que pongas en él tu corazón, para que lo escrutes todas las mañanas?” (Jb 7, 17-18). La historia documenta el mal que la libertad humana esparce en el mundo con las devastaciones ambientales y con las injusticias sociales más clamorosas.


A diferencia de los seres humanos que humillan a sus semejantes y la creación, Cristo se presenta como el hombre perfecto, “coronado de gloria y honor por haber padecido la muerte, pues por la gracia  de  Dios experimentó la muerte para bien de todos” (Hb 2, 9). Reina sobre el  universo  con el dominio de paz y de amor que prepara el nuevo mundo, los nuevos cielos y la nueva tierra (cf. 2 P 3, 13). Más aún, su autoridad regia -como sugiere el autor de la carta a los Hebreos aplicándole el salmo 8- se ejerce a través de la entrega suprema de sí en la muerte “para bien de todos”.


Cristo no es un soberano que exige que le sirvan, sino que sirve y se consagra a los demás:  “El Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos” (Mc 10, 45). De este modo, recapitula en sí “lo que está en los cielos y lo que está en la tierra” (Ef 1, 10). Desde esta perspectiva cristológica, el salmo 8 revela toda la fuerza de su mensaje y de su esperanza, invitándonos a ejercer nuestra soberanía sobre la creación no con el dominio, sino con el amor.


8. «Qué es el hombre para que te acuerdes de él»

Intervención que había preparado Juan Pablo II para la audiencia general de este miércoles (24-septiembre-2003) y que fue leída en su nombre por el cardenal Angelo Sodano, secretario de Estado vaticano, sobre el salmo 8, «Grandeza del Señor y dignidad del hombre».


La luz hermosa de Dios

1. Al meditar en el Salmo 8, admirable himno de alabanza, se concluye nuestro largo camino a través de los salmos y de los cánticos que constituyen el alma de la oración de la Liturgia de Laudes. Durante estas catequesis nuestra reflexión se ha detenido en 84 oraciones bíblicas, de las que hemos tratado de destacar en particular su intensidad espiritual, sin descuidar su belleza poética.

La Biblia, de hecho, nos invita a comenzar el camino de nuestra jornada con un canto que no sólo proclame las maravillas realizadas por Dios y nuestra respuesta de fe, sino que además lo haga «con arte» (Cf. Salmo 46,8), es decir, de una manera bella, luminosa, dulce y fuerte al mismo tiempo.

Espléndido como ninguno es el Salmo 8, en el que el hombre, sumergido en la noche, cuando en la inmensidad del cielo se iluminan la luna y las estrellas (Cf. versículo 4), se siente como un granito de arena en la infinidad y en los espacios ilimitados que lo envuelven.

Dios y la paradoja humana

2. En el corazón del Salmo 8, de hecho, emerge una doble experiencia. Por un lado, la persona humana se siente como aplastada por la grandiosidad de la creación, «obra de tus dedos» divinos. Esta curiosa expresión sustituye a las «obras de tus manos» (Cf. versículo 7), como queriendo indicar que el Creador ha trazado un designio o un bordado con los astros resplandecientes, arrojados en la inmensidad del cosmos.

Por otro lado, sin embargo, Dios se inclina sobre el hombre y le corona como si fuera su virrey: «lo coronaste de gloria y dignidad» (versículo 6). Es más, a esta criatura tan frágil le confía todo el universo para que pueda conocerlo y sustentarse (Cf. versículos 7-9).

El horizonte de la soberanía del hombre sobre las criaturas queda circunscrito, en una especie de evocación de la página de apertura del Génesis: rebaños, manadas, animales del campo, aves del cielo y peces del mar son entregados al hombre para que les dé un nombre (Cf. Génesis 2, 19-20), descubra su realidad profunda, la respete y la transforme a través del trabajo y se convierta en fuente de belleza y de vida. El Salmo nos hace conscientes de nuestra grandeza y de nuestra responsabilidad ante la creación (Cf. Sabiduría 9, 3).

Señor de su propio destino

3. Releyendo el Salmo 8, el autor de la Carta a los Hebreos percibe una comprensión más profunda del designio de Dios para el hombre. La vocación del hombre no puede quedar limitada en el actual mundo terreno; al afirmar que Dios ha puesto «todo» bajo sus pies, el salmista quiere decir que le somete también «el mundo venidero» (Hebreos 2, 5), «un reino inconmovible » (12, 28). En definitiva, la vocación del hombre es la «vocación celestial» (3,1). Dios quiere llevar «a muchos hijos a la gloria» (2, 10). Para que se pudiera realizar este proyecto divino era necesario que la vocación del hombre encontrara su primer cumplimiento perfecto en un «pionero» (Cf. Ibídem). Este pionero es Cristo.

El autor de la Carta a los Hebreos ha observado en este sentido que las expresiones del Salmo se aplican a Cristo de manera privilegiada, es decir, más precisa que para el resto de los hombres. De hecho, en el original el Salmista utiliza el verbo «rebajar», diciendo a Dios: «Lo rebajaste a los ángeles, lo coronaste de gloria y dignidad» (Cf. Salmo 8,6; Hebreos 2, 6). Para cualquier persona este verbo es impropio; los hombres no han sido «rebajados» a los ángeles, pues nunca han estado por encima de ellos. Sin embargo, en el caso de Cristo, este verbo es exacto, pues en cuanto Hijo de Dios, él se encontraba por encima de los ángeles y se hizo inferior al hacerse hombre, después fue coronado de gloria en su resurrección. De este modo, Cristo cumplió plenamente la vocación del hombre y la cumplió, precisa el autor, «para bien de todos» (Hebreos 2, 9).

Nuestro divino proyecto

4. Desde esta perspectiva, san Ambrosio comenta el Salmo y lo aplica a nosotros. Comienza con la frase en la que se describe la «coronación» del hombre: «lo coronaste de gloria y dignidad» (versículo 6). En esa gloria, él vislumbra el premio que el Señor nos reserva cuando hemos superado la prueba de la tentación.

Estas son las palabras del gran padre de la Iglesia en su «Tratado del Evangelio según San Lucas»: «El Señor ha coronado también de gloria y magnificencia a su amado. Ese Dios que desea distribuir las coronas, permite las tentaciones: por ello, cuando seas tentado, recuerda de que te está preparando la corona. Si descartas el combate de los mártires, descartarás también sus coronas; si descartas sus suplicios, descartarás también su dicha» (Edición en italiano IV, 41: Saemo 12, pp. 330-333).

Dios prepara para nosotros esa «corona de justicia» (2 Timoteo 4, 8) con la que recompensará nuestra fidelidad que le demostramos incluso en los momentos de tempestad que sacuden nuestro corazón y nuestra mente. Pero en todo momento él está atento para ver qué es lo que le pasa a su criatura predilecta y quiere que en ella brille para siempre la «imagen» divina (Cf. Génesis 1, 26) de modo que sea en el mundo signo de armonía, de luz y de paz.

http://www.mercaba.org/DIESDOMINI/FIESTAS/TRINIDAD/C/sal-comentario.htm

Comenzó con Aristóteles

Comenzó con Aristóteles

Por Gary DeMar

La cosmovisión cristiana es la responsable del surgimiento de la ciencia moderna

Aristóteles – no la Biblia – enseñaba explícitamente que ‘todo gira alrededor de la tierra’… Galileo fue condenado, no porque la Biblia estuviese en conflicto con la observación sino porque él difería con la iglesia sobre cuál autoridad debía usarse para interpretarla.[1]

Apuntes para el debate histórico de la cosmología bíblica

Apuntes para el debate histórico de la cosmología bíblica

Pablo de Felipe
Publicado en Alétheia (2000) 17:67-76.

Es comúnmente creído que el Génesis 1 y otros de los primeros capítulos de la Biblia se ocupan exclusivamente de los orígenes; pero no solamente encontramos en ellos el relato de la Creación, sino que al detallar lo creado dan alguna luz sobre la imagen del mundo que los autores hebreos manejaban. No es por ello extraño que el debate de los orígenes desarrollado en los últimos números de Alétheia se haya deslizado hacia la cosmología bíblica. ¿Cómo interpretar el “firmamento”? ¿Qué eran las aguas superiores sobre el firmamento? ¿Y las compuertas de los cielos? ¿Y las columnas de los cielos y de la tierra?

Hay un gran abismo entre la cosmología del Mediterráneo oriental de hace tres milenios y nuestra actual cosmología científica. En estas páginas me propongo tan sólo esbozar brevemente la actitud de los cristianos ante ese cambio y la forma en que la Biblia ha sido utilizada a lo largo de esta historia.

El mundo-caja y el mundo-tienda

La mitología y la literatura de la mayoría de los pueblos antiguos contiene cierto número de referencias cosmológicas. Como ocurre en la Biblia, no suelen ser tratados cosmológicos sistemáticos, sino menciones a veces indirectas. Una antigua adivinanza babilónica comparaba el mundo a una casa. Esta metáfora era un lugar común en la antigüedad. No es una estupidez. ¿Qué es más razonable, al pararse en medio del campo, que pensar en el mundo como una gran habitación con la tierra por suelo y el cielo como techo?

La Biblia no defiende esa idea, simplemente no la cuestiona, no piensa que deba ser criticada. Es la divinización de esos cielos, tierra y ocupantes correspondientes, lo que se machaca sin cesar, los aspectos “científicos” no interesaba discutirlos, y por ello la ciencia de la época sólo aparece tangencialmente (ver mi carta en Alétheia, nº 14, pp. 62-64).

Se ha señalado que la Biblia no concebía el firmamento simplemente como un techo sólido, sino también como una piel. Lo uno no anula lo otro. ¿Contradicción? ¿Paradoja? ¿Absurdo? ¿Y si la Biblia manejase dos modelos diferentes de describir el mundo? Nosotros también tenemos a veces varios modelos para explicar hoy en día un mismo fenómeno. Por una parte, la Biblia concebía el firmamento como suficientemente duro para sostener el abismo acuoso superior, impidiendo el diluvio (Gn. 1:6,7; 7:11; 8:2); pero lo suficientemente flexible como para ser descorrido ante el poder de Dios (Is. 34:4, Ap. 6;14). En cualquier caso, ya se describa el mundo como una sólida caja o como una tienda flexible, se mantiene el paralelismo con la habitación que Dios ilumina, construye con esmero, adorna y finalmente regala a la humanidad (Gn. 1). A pesar de la falta de interés de la mayoría de los textos bíblicos por los detalles “científicos”, hay referencias suficientes (ver mi carta en Alétheia, nº 14, p. 64 para las citas bíblicas) como para hacerse una buena idea de la imagen del mundo entre los hebreos: tierra plana (cuyos bordes eran posiblemente circulares), con columnas por debajo que aseguran su estabilidad y con un cielo como tapa superior (más o menos sólido) apoyado en firmes pilares sobre los bordes de la tierra y por el que se desplazan los astros, un abismo oceánico acuoso rodeando todo el conjunto y compuertas que pueden permitir su irrupción en el mundo tanto a través del cielo como de la tierra.

La Biblia no inventa estas ideas, ni las defiende, ni las ataca, simplemente las usa. Dado que no son divinizadas en las páginas bíblicas, nada impediría que al ser cambiadas según el desarrollo de la cultura, judíos y cristianos continuasen enseñando la fe en el Creador y su obra creadora en el marco de otras cosmologías. Pero ¿qué nos enseña la historia de esto? Los cristianos, no solamente siguieron creyendo durante siglos en la misma cosmología que se refleja en la Biblia literalmente, sino que consideraron que su mantenimiento era un pilar para la fe. Equivocados, convirtieron aquellas referencias cosmológicas dispersas en doctrina. Para muchos, considerar alegorías o metáforas aquellas cosas era un insulto, y no menos el considerar que correspondían a antiguas ideas que no debían ser tomadas en cuenta científicamente. Buscaron la autoridad científica a toda costa, y “consiguieron” la unidad con los científicos por todos los métodos, forzando tanto la ciencia como la Biblia para evitar lo inevitable, el hundimiento de aquel antiguo sistema cosmológico convertido en doctrina cristiana.

Entendimiento y enfrentamiento entre los cristianos y la cultura griega

El consenso universal del mundo como habitáculo, con un cielo apoyado en los extremos de la tierra que mantenía lejos las aguas del océano abismal exterior, y que se mantuvo entre los judíos después del Antiguo Testamento, empezó a cuestionarse pocos siglos antes de Cristo. En Grecia, algunos filósofos y científicos (Anaximandro, los pitagóricos, Platón, Aristóteles, Eratóstenes, etc.) llegaron a la conclusión de que la tierra era curva, tal vez esférica y hasta midieron su radio, e igualmente los cielos que ya no tocarían los bordes de la tierra, siendo también esféricos. Algunos (Heráclides, Aristarco, Seleuco), más audaces, sostuvieron la disparatada idea de que aquella tierra a cuya firmeza cantaron los profetas y salmistas (1 S. 2:8; 1 Cr. 16:30; Sal. 93:1, 96:10) se movía a gran velocidad con varios movimientos. Esta segunda idea no pudo sostenerse con argumentos conclusivos y, dado que además escandalizó a algunos espíritus religiosos del paganismo (por mover el corazón del universo), fue arrinconada, mientras que la esfericidad se abrió camino. Contaba con toda clase de argumentos provenientes de las más variadas ciencias y, en la época del Nuevo Testamento, era parte del saber general de cualquier persona culta.

A los apóstoles no les importaba la forma del planeta, sino su evangelización. Pero el crecimiento de la iglesia permitió la incorporación de muchas personas con toda clase de intereses que se ocuparon de confrontar minuciosamente su fe con la cultura que las rodeaba. Los cristianos, no solamente fueron críticos con los ídolos, las peleas de gladiadores, los ejércitos imperiales, el infanticidio, el aborto o la esclavitud, etc., sino que se plantearon cuestiones de tipo filosófico-científico. Poco a poco se perfilaron dos grandes corrientes. Entre los padres de la iglesia dominaron los que tenían una actitud positiva, desde el respeto hasta el deseo de integración ante la cultura griega, que alimentaba intelectualmente el imperio romano. Justino mártir, Clemente de Alejandría y Orígenes fueron algunos de los cristianos más representativos que, desde el siglo II, transitaron por el camino que había abierto el filósofo judío Filón en el s. I. Platón (s. V-IV a. C.) y Aristóteles (s. IV a. C.) eran los grandes padres de la filosofía y la ciencia, así como de las especulaciones intelectuales sobre la divinidad. En el campo astronómico-cosmológico, Ptolomeo (s. II) sintetizaba siglos de observaciones y teorías sobre el universo en una gran síntesis geocentrista que se mantendría hasta el siglo XVII. La tierra era una esfera formada por tierra, agua, aire y fuego, inmóvil en el centro del universo. Se rodeaba por esferas transparentes en las que se movían el sol, la luna y los planetas, formados todos ellos por un quinto elemento, el éter. Este mundo-cebolla, sólido, compacto, inmutable, nada tenía que ver ya con el pequeño mundo de las culturas precedentes. Fue la primera gran revolución cosmológica. No todos los cristianos estaban dispuestos a aceptarlo.

Una corriente de resistencia se iba formando dentro de la iglesia, en especial en la costa oriental del Mediterráneo. Despreciaban la cultura griega. Renegados de ella, realizaron una crítica feroz hacia la idolatría y allí incluyeron todos los aspectos de esa cultura: desde su religión a su arte, desde su filosofía a su ciencia. Para ellos sólo la Biblia era digna de crédito. En su ataque cometieron un trágico error, saltaron de la teología a la ciencia. Hoy seguimos pagando las consecuencias. Así se expresaba, por ejemplo, Tertuliano (s. II-III):

“¿Qué… tiene que ver Atenas con Jerusalén? ¿Qué concordia hay entre la Academia y la Iglesia? ¿Entre heréticos y cristianos?… ¡Fuera con todos los intentos de producir un cristianismo híbrido de composición estoica, platónica y dialéctica! ¡No queremos extrañas disputas después de poseer a Jesucristo, ninguna indagación después de gozar del Evangelio! Poseemos nuestra fe y no deseamos ninguna otra creencia.” (La prescripción de los herejes. Citado en Francis Oakley. Los siglos decisivos. La experiencia medieval. Alianza Ed., Madrid, 1993, p. 178).

Esta fosa, abierta por Tertuliano, había sido ya trabajada por otros de sus contemporáneos del siglo II. Taciano, en su furibundo Discurso contra los griegos, y Hermias, en su mucho más feroz Escarnio de los filósofos paganos, atacan sin piedad a las glorias del mundo griego. Después de afirmar que “la sabiduría de este mundo tuvo principio de la apostasía de los ángeles” (Escarnio, 1. Ver en Daniel Ruíz Bueno. Padres apologistas griegos (s. II). B.A.C., Madrid, 1954, p. 879), Hermias pasa revista a los más célebres griegos: Empédocles, Anaxágoras, Parménides, Anaxímenes, Protágoras, Tales, Anaximandro, Platón, Aristóteles, Leucipo, Demócrito, Heráclito, Epicuro, Pitágoras… Pero estos mismos personajes, cuyas doctrinas filosófico-religiosas eran aquí parodiadas (en algunos casos con mucha razón), también fueron en algunos casos iniciadores de la nueva cosmología. Finalmente, estos teólogos, Biblia en mano, tomaron por asalto la cosmología. Lactancio (s. III-IV) creía que la idea de la existencia de habitantes en las antípodas era absurda, pues tendrían que vivir cabeza abajo. Para mejor destruir esa idea lanzaba su ataque hacia lo que creía que era el origen de ese disparate, la creencia en la esfericidad terrestre:
“[…]. Y de la aceptación de la redondez del cielo se seguía que la tierra tenía que estar encerrada en la mitad de la cavidad del cielo. Y, si esto es así, también la tierra es semejante a una esfera, ya que no puede suceder que no sea redondo lo que está encerrado en algo redondo. […]. De esta forma, a partir de la redondez del cielo se descubrió la existencia de esos antípodas colgantes. […].
No sé qué decir de estos que, tras haber errado una vez, perseveran constantemente en su estolidez y defienden, a partir de un absurdo, otro absurdo; sólo diré que pienso que éstos o bien filosofan por diversión o bien si son inteligentes y conscientes, que han aceptado la defensa de mentiras, como si quisieran ejercer y demostrar su talento con el tratamiento de argumentos absurdos. […].” (Instituciones Divinas III, 24. Ed. Gredos, Madrid, 1990, pp. 323, 324).

Los argumentos a favor de la esfericidad terrestre eran mucho más sólidos que todo eso; pero muchos escritores cristianos los ignoraron sistemáticamente. El avance del cristianismo y el declive de la cultura griega hizo que poco a poco fueran cayendo en el olvido muchos logros de la ciencia antigua. Ciertos ambientes orientales hacían lecturas cada vez más literales de la Biblia y se fue creando una tradición que recuperaba la idea de un mundo-caja. Finalmente la lucha estalló en el siglo VI.

Cosmas contra Filopón: el debate sobre la herencia cosmológica griega y la síntesis escolástica

Tras la caída del imperio romano occidental, el oriental vive un nuevo esplendor. En la Alejandría del siglo VI quedaba tiempo para las disputas teológicas entre nestorianos, monofisitas y católicos. Filopón era un hombre de amplia cultura, cuyo cristianismo no renunciaba a la filosofía. Sin embargo, se adelantó un milenio a la historia y, en nombre de la Biblia y de la razón, criticó a Aristóteles sin piedad, desacralizando el universo y eliminando los restos divinos que quedaban en el cielo del sistema aristotélico. Todo son criaturas creadas por Dios y el Sol no es más que un fuego (las lámparas de Gn. 1 seguían inspirando filosofía). Mientras los pocos filósofos paganos restantes (como Simplicio) se escandalizaban, para Cosmas eso no era suficiente. Este viajero cristiano sintetiza toda una serie de tradiciones cosmológicas que hemos venido exponiendo (además de los autores antes mencionados, otros más sostenían que la tierra era plana, Cirilo de Jerusalén (s. IV), Diodoro, obispo de Tarso, (s. IV), etc.) en una obra que ha pasado a la historia: Topografía cristiana. ¿Objetivo? Los paganos y los “falsos cristianos” que afirmaban la esfericidad de la tierra. El conflicto estaba servido. Cosmas lanza toda su artillería bíblica contra ellos. Para él el mundo es como una caja de fondo plano y rectangular, rodeado por el océano y con la tapa del cielo (véase la figura adjunta). Esta verdad cosmológica, según Cosmas, fue revelada a Moisés, pues el tabernáculo se inspiraba en la forma del universo. Era su representación revelada por Dios. Un diluvio de citas bíblicas y de varios padres de la iglesia anteriores le avalaban. Frente a ellos, cualquier argumento astronómico de una filosofía y ciencias paganas en retroceso, apenas si podían considerarse rivales relevantes (1). Si las citas que van a continuación consiguen sonrojar en algo al lector, este artículo habrá merecido la pena:
Esquema del mundo según Cosmas. Se puede ver a la izquierda la entrada del Mar Mediterráneo y al norte una gran montaña que estaría situada en Europa. La parte superior del cosmos está curvada dando una forma de cofre al conjunto. En la base de esa tapa curva, Cosmas situaba un cielo plano, el firmamento, que producía así dos espacios superpuestos sobre la superficie terrestre. Tomado de Topographie chrétienne, op. cit., p. 557.

“4. Existen cristianos de apariencia que, sin tener en cuenta la divina Escritura, a la que desdeñan y menosprecian como los filósofos no cristianos, suponen que la forma del cielo es esférica, inducidos al error por los eclipses del sol y de la luna. Por tanto, he dispuesto toda la materia de la obra de forma apropiada en cinco libros. En primer lugar, pensando en dichos cristianos extraviados, he compuesto el libro I, para demostrar que es imposible que cualquiera que tenga la voluntad de ser cristiano se deje extraviar por el error especioso de los no cristianos, mientras que la divina Escritura presenta otras teorías. En efecto, si alguien quisiera escudriñar a fondo las teorías paganas, no encontraría nada más que ficciones y sofismas fabulosos, absolutamente imposibles. 5. Pues, (para responder) a la pregunta del cristiano que necesariamente va a preguntar: una vez extirpados esos errores, ¿cuáles son las verdaderas teorías para sustituirlos?, he escrito el libro II, que presenta las teorías cristianas a partir de la divina Escritura, da a conocer la forma del universo, y (muestra) que algunos de los no cristianos antes tenían nuestra misma opinión. A continuación, suponiendo que alguno objetara, perplejo: ¿Cómo se sabe que Moisés y los profetas dicen la verdad presentando esta clase de ideas?, el libro III demuestra que Moisés y los profetas son dignos de fe, que ellos no hablaron por su propia cuenta, sino inspirados por la revelación divina, y que puestos a prueba en sus obras y en sus hechos, los escritores del Antiguo como los del Nuevo Testamento han presentado las cosas tal como ellos las han visto anticipadamente (por revelación); (este libro explica) además cuál es la utilidad de las formas del universo, y de dónde ha tomado su principio y su origen la hipótesis de la esfera. A continuación, una vez más, dirigiéndome a los que desean instruirse visiblemente sobre el tema de las formas (del universo), he compuesto el libro IV, que es una recapitulación concisa, con ilustraciones, de las teorías expuestas precedentemente, también con una refutación de la esfera y de los antípodas. 6. En fin, para el que busca instruirse sobre las teorías cristianas se ha compuesto el libro V: hay que conocer que esto no se funda en ficciones de nuestra propia invención, ni es en fábulas de invención reciente donde fundamos nuestra exposición y nuestra ilustración, sino en la revelación y en el orden de Dios, demiurgo del universo; porque hemos meditado sobre la imagen del conjunto del universo, es decir, sobre el tabernáculo construido por Moisés, que el Nuevo Testamento concuerda en calificar de copia del universo; partiéndolo por medio de un velo, Moisés hizo, de uno sólo, dos tabernáculos, lo mismo que Dios, en el origen, había partido, por medio del firmamento, el espacio único, que había entre la tierra y el cielo, en dos espacios; en el tabernáculo hay un tabernáculo exterior y un tabernáculo interior; en el universo hay un espacio inferior y un espacio superior; el espacio inferior es este mundo, y el espacio superior es el mundo que vendrá, donde Jesucristo según la carne, resucitado de entre los muertos, entró el primero de todos, y donde los justos entrarán más tarde a su vez.” (Cosmas Indicopleustes. Topographie chrétienne, prólogo, 4-6. Wanda Wolska-Conus (ed.). Les Éditions du Cerf, Paris, 1968, tomo I, pp. 264-268).

“2. Por el contrario, los que están adornados con la sabiduría de este mundo y se fían de los argumentos especiosos de su propia razón, para comprender la forma y la posición del universo, se burlan de toda la divina Escritura catalogándola como un conjunto de mitos; consideran a Moisés, a los profetas, a Jesucristo y a los apóstoles como charlatanes e impostores y, levantando orgullosamente las cejas, como si ellos fueran muy superiores en sabiduría al resto de la humanidad, atribuyen al cielo la forma esférica y el movimiento circular; se esfuerzan en comprender la posición y la forma del universo a partir de los eclipses del sol y de la luna, para reforzar métodos geométricos, cálculos astronómicos, juegos de palabras y engaño profano; engañadores y engañados afirman que estos fenómenos no pueden producirse con otra forma (que no sea la esférica). […].
“3. Pero los que quieren ser cristianos y desean también adornarse con elocuencia, sabiduría y cosas engañosas de este mundo, cuando ellos rivalizan entre sí para recibir a la vez los principios cristianos y los principios paganos, parece que no difieren en nada a la sombra que se produce por la interposición de un cuerpo delante de la luz; […]. 4. Dirijo mi discurso a éstos, sobre los cuales la divina Escritura dice que han llegado a ser parecidos a los extranjeros establecidos antiguamente en Samaria: “Ellos temían a Dios al mismo tiempo que adoraban y sacrificaban en los lugares altos.” Uno no se equivocaría llamándoles hombres con dos caras; ellos quieren estar a la vez con nosotros y con los paganos; la renuncia a Satán que proclamaron en el momento de su bautismo, la abjuran ahora y se vuelven a él. […].” (Idem, I, 2-4, pp. 274, 276).

“100. Puesto que una gran esperanza se presenta a los cristianos, a saber, que los ángeles, los hombres y la creación entera serán cambiados a una condición mejor y dichosa, ¿quién será el malvado e impío capaz de despreciar esta esperanza y apoyarse en la nueva y engañosa vanidad de los no cristianos? El tal oirá en el día terrible las palabras del Juez: «En verdad, os digo, no os conozco. Apartaos de mí, todos los hacedores de iniquidad.» Y en verdad es una gran iniquidad desechar las palabras de Dios y, en contra de estas palabras, atribuir al cielo una forma esférica [nota: porque parece imposible colocar el reino de los cielos en una esfera].” (Idem, II, 100, pp. 418).

“4. He aquí el primer cielo en forma de bóveda, creado en el primer día al mismo tiempo que la tierra, referente al cual Isaías dice: «El que levanta el cielo como una bóveda.» (Is. 40:22). Por el contrario, el cielo unido a media altura al primer cielo, el cielo creado en el segundo día, es al que se refiere Isaías diciendo: «Él lo extiende como un tabernáculo para que se habite en él.» (Is. 40:22). Por otra parte, David dice: «Él extiende el cielo como una piel.» (Sal. 103:2) y, explicándose con más claridad todavía, precisa: «Él pone un techo de aguas a sus aposentos superiores.» (Sal. 103:3). 5. Como la Escritura menciona además las extremidades del cielo y las extremidades de la tierra, esto no se puede concebir sobre una esfera. […].” (Idem, IV, 4, 5, pp. 538, 540).

Por fortuna, Cosmas no fue unánimemente seguido, al menos en la iglesia occidental (tuvo más eco en oriente), que prefirió seguir a Ambrosio de Milán (s. IV), Agustín de Hipona (s. IV-V), Isidoro de Sevilla (x. VI-VII) o Beda el Venerable (s. VII-VIII), que retuvieron diferentes elementos de la cosmología griega, aunque no sin ciertas dudas. Agustín se refería a aquellos que se preguntaban “cuál debe creerse que es la forma y figura del cielo, de acuerdo con la Sagrada Escritura”, y frente a ellos hacía gala de su ignorancia sin complejos, pero afortunadamente, sin condenar ninguna opinión: “Pues, ¿qué me importa a mí si el cielo, como una esfera, rodea por todas partes a la tierra, colocada en el centro del universo, o si la cubre sólo por una parte, desde arriba, como un disco?”. Con el mismo sentido práctico rechazaba entrar en otras polémicas semejantes a propósito de la compatibilidad del movimiento del cielo y de su denominación como “firmamento”. (Sobre el Génesis en sentido literal, II, 9. Citado en Galileo Galilei. Carta a Cristina de Lorena y otros textos sobre ciencia y religión [preparado por Moisés González]. Alianza Ed., Madrid, 1987, pp. 71, 72). Pero los temibles precedentes que habían sido ya sembrados no desaparecieron. Algunos mantendrían su desprecio teológico por la ciencia durante siglos, como Pedro Damián (s. IX):
“Platón escruta los secretos de la misteriosa naturaleza, fija los límites de las órbitas de los planetas y calcula la trayectoria de los astros: lo rechazo con desprecio. Pitágoras divide en latitudes la esfera terrestre: le hago muy poco caso (…) Euclides se inclina sobre los embrollados problemas de sus figuras geométricas: también lo mando a paseo; en cuanto a todos los retóricos, con sus silogismos y sus especulaciones sofísticas, los descalifico como indignos de tratar esta cuestión.” (Citado en Pierre Thuillier. De Arquímedes a Einstein. Tomo 1. Alianza Ed., Madrid, 1988, pp. 99-101).

Afortunadamente, otros destacados cristianos denunciaron la herencia de Cosmas. El patriarca de Constantinopla, Focio (s. IX) comentó así la obra de Cosmas:

“Siendo vulgar en la expresión, ignora hasta la sintaxis común; además, expone hechos inverosímiles según la ciencia. También es justo considerar a este hombre como un autor de fábulas más que como un testigo veraz. Los dogmas que él discute son los siguientes: el cielo no es esférico, y tampoco la tierra, pero el primero es como un edificio abovedado, la otra es un rectángulo, y las extremidades del cielo están pegadas a las extremidades de la tierra; todos los astros se mueven porque unos ángeles les aseguran su movimiento, y otras cosas del mismo estilo. […].
[…]. El profesa también otras cosas absurdas.” (Fotio, Biblioteca, codex 36. Citado en Topographie Chrétienne, op. cit., p. 116).

A pesar de la enorme contradicción entre el modelo bíblico y el griego que estas luchas manifestaban, los escolásticos medievales occidentales se las ingeniaron (silenciando unos textos, forzando otros, etc.) para encajar ambas cosmologías, sin querer renunciar claramente a ninguna. Se aceptó la esfericidad terrestre y celeste. La inmovilidad de la tierra estaba garantizada por los griegos que habían rechazado a sus compatriotas que creían en el movimiento de nuestro planeta. Las referencias a un cielo sólido como tapa de la tierra se aplicaron a las sólidas esferas celestes de Aristóteles. El movimiento de los astros se atribuyó a los ángeles (siguiendo a Cosmas y a autores anteriores, a pesar de Filopón). De las columnas de la tierra o de los cielos nadie se acordó, las aguas superiores se identificaron con las nubes (aunque estas dos cosas eran claramente diferenciadas en el Antiguo Testamento) y el conflicto se fue olvidando. La fe y la razón/ciencia habían llegado a una nueva unidad tras más de mil años de problemas…

Las revoluciones del siglo XVI

El siglo XVI no iba a ser sólo el de la reforma teológica. Varios cometas perturbaron los cielos inmutables de los aristotélicos. ¿Cómo podrían los cometas atravesar las duras esferas? Tycho Brahe y otros astrónomos llegaron a una conclusión espectacular. El cielo no era sólido. De repente los astros se vieron libres. Los orbes cristalinos que los oprimían fueron declarados inexistentes. Aristóteles se agrietaba. ¿Y la Biblia? ¿No se habían usado sus citas mil veces para apoyar esos cielos sólidos? La difícil unidad entre teólogos y científicos se vino a bajo. Los astrónomos y los teólogos se esforzaban en dar una salida a los textos bíblicos sobre el firmamento. Pero antes de que pudiesen encajar este mazazo, los seguidores de Copérnico esparcían por Europa las enseñanzas del maestro que poco antes había removido una tierra que, como los demás astros flotaba ahora libremente en el espacio. El tercer gran modelo cosmológico de la historia estaba naciendo: más trabajo para los apologistas cristianos. Las componendas entre la cosmología bíblica y la nueva ciencia no eran ya posibles. Los científicos rebuscaron la bibliografía cristiana en busca de argumentos que apoyasen la interpretación de los pasajes bíblicos de formas no científicas. Mientras, los teólogos se prepararon para la defensa. Lutero llamó, a Copérnico:

“…astrólogo advenedizo que pretende probar que es la Tierra la que gira, y no el cielo, el firmamento, el Sol o la Luna […]. Este loco echa completamente por tierra la ciencia de la astronomía, pero las Sagradas Escrituras nos enseñan que Josué ordenó al Sol, y no a la Tierra, que se detuviese.” (Citado en Nicolás Copérnico, Thomas Digges y Galileo Galilei. Opúsculos sobre el movimiento de la Tierra [preparado por Alberto Elena]. Alianza Ed., Madrid, 1986, p. 8).

Melanchton sugirió que las autoridades civiles deberían tomar cartas en el asunto y “deberían poner freno al desencadenamiento de los espíritus.” (Ibídem). Desde la Roma católica, Tolosani, piadosamente escandalizado, escribió un manuscrito (que la muerte le impidió publicar) en el que condenaba a Copérnico. Mientras, los amigos luteranos del canónigo católico Copérnico (entre los que se hallaba su único discípulo, Retico), imprimían sus obras, las estudiaban y exploraban vías de conciliación entre ciencia y fe que no pasaran ya simplemente por una nueva unidad, sino por el reconocimiento de la imposibilidad de reconciliar las ideas bíblicas con la nueva cosmología. Retico escribió un “Tratado sobre la Sagrada Escritura y el movimiento de la tierra”, y el obispo católico Giese tuvo que redactar una obra (perdida) en defensa de su amigo Copérnico.

Poco después Brahe y Rothmann, dos grandes astrónomos protestantes, mantenían un apasionado debate epistolar. El primero había destruido las esferas celestes; pero, con la Biblia en la mano, no se atrevía a mover la tierra. El segundo quería aplicar la misma solución del problema ciencia y fe dado para justificar las referencias al sólido firmamento, a otros campos de la cosmología, como el movimiento de la tierra.

Curiosamente fue Calvino, que nunca profesó el copernicanismo, quien relanzó la vieja tesis, ya utilizada por teólogos como Agustín de Hipona y Tomás de Aquino, de la teoría de la acomodación, según la cual el Espíritu Santo se acomoda a la mentalidad de cada época en que se revela, especialmente en temas teológicamente sin importancia como es la cosmología. Sorprende que idea tan simple no se haya extendido más. El luterano Kepler y el católico Galileo la aceptaban con entusiasmo (como habían hecho Retico y Rothmann), el segundo la sintetizaba en 1615 citando al cardenal Baronio que había afirmado: “la intención del Espíritu Santo era enseñarnos cómo se va al cielo, y no cómo va el cielo.” (Citado por el propio Galileo en Carta a Cristina de Lorena y otros textos sobre ciencia y religión, op. cit., p. 73). Pero el literalismo no había muerto. Para el cardenal Bellarmino, máxima autoridad teológica en Roma, al igual que no podía afirmarse que “Abraham no tuvo dos hijos y Jacob doce” tampoco podría negarse que “el Sol está en el cielo y gira a gran velocidad en torno a la Tierra, y que la Tierra está muy alejada del cielo y está inmóvil en el centro del mundo.” Pues si bien ambos casos no eran “materia de fe”, “lo uno y lo otro lo dice el Espíritu Santo” (Citado en Carta a Cristina de Lorena y otros textos sobre ciencia y religión, op. cit., p. 112). Por ello, el copernicanismo fue condenado en 1616 por la Inquisición, en nombre de la filosofía aristotélica y de la inspiración divina de la Biblia. La reincidencia de Galileo en su defensa del movimiento de la tierra le acarrearía una vergonzosa abjuración y la prisión perpetua en su casa desde 1633 hasta su muerte en 1642.

Nuestra herencia

Mientras los astrónomos católicos (especialmente jesuitas) se debatían entre sus propias contribuciones a la ciencia moderna y su filosofía aristotélica protegida por los decretos inquisitoriales, los protestantes publicaban las obras de Galileo y, tras acabar con las resistencias teológicas iniciales, alcanzaban una nueva unidad con la física newtoniana. La nueva paz en ciencia y fe construida en la Inglaterra del siglo XVII acabaría naufragando con las polémicas darwinistas del siglo XIX, y en el siglo XX el “divino” Newton pasaría a la historia de la física. Hoy algunos siguen buscando una falsa solución, encajando a golpes la ciencia actual con la cosmología de la edad de bronce que se refleja en el Antiguo Testamento o estirando la Biblia para recubrir los más recientes descubrimientos científicos. Debemos, pues, comprender que no tiene sentido continuar intentando buscar una explicación para la cosmología bíblica. No es posible seguir forzando la ciencia, la Biblia o ambas para intentar unificar la cosmología bíblica y la de la ciencia actual. No nos es posible “salvar” la cosmología bíblica. Pero esto no debe sorprendernos. Cristo envió a sus discípulos a predicar la buena nueva del Evangelio, no de la antigua cosmología hebrea. Leer en la Biblia sobre las columnas del cielo no nos debería sorprender ni intranquilizar más que leer que los barcos navegaban a vela y no con hélice.

Lo interesante de este enfoque es que, paradójicamente, nos permite hacer una lectura del texto más literal que la de cualquier literalista. No necesitamos estirar el significado de las palabras hebreas para leer en ellas veladas referencias a la ciencia de más “rabiosa” actualidad. Paralelamente, tampoco tenemos que diluir por completo esas palabras para convertirlas en etéreas referencias poéticas o alegorías teológicas sin ninguna relación con la realidad del mundo creado. Podemos aceptar, sin problemas, que el trasfondo de las referencias a las aguas superiores era un océano que literalmente rodeaba la tierra. Que luego esa idea se usara con intenciones más metafóricas que realistas es otro asunto; pero nadie puede hacer una metáfora usando un concepto que desconoce (¿podría alguien que no conoce la existencia del trigo comparar una melena rubia con este cereal?). De esta manera no tendremos que forzar la Biblia y la ciencia para explicar esas aguas como nubes, ángeles, efectos invernadero primitivos, aguas extraterrestres, etc. No deberíamos luchar por mantener la ciencia hebrea del Antiguo Testamento, como no intentamos revivir su agricultura, su ganadería, su arquitectura, su medicina, su metalurgia, su náutica…

De Lactancio a hoy, pasando por Cosmas y la inquisición: casi 2000 años de disparates en ciencia y fe. ¿Dejaremos ya de hacer el ridículo y de poner en peligro la respetabilidad de la Biblia? ¿Continuaremos buscando las aguas sobre el firmamento? ¿Reconoceremos que no es posible ni necesario reconciliar la cosmología bíblica con la ciencia de ninguna época histórica pasada, presente o futura?


“Pues sucede con frecuencia que el cristiano no tiene suficientes conocimientos sobre la tierra; el cielo; los restantes elementos de este mundo; el movimiento; el curso; magnitud e intervalos de las estrellas; sobre los eclipses de sol y de luna; sobre los períodos de tiempo y años; sobre la naturaleza de los animales, plantas y piedras, y sobre otras cosas, hasta el punto que necesita una prueba muy segura o una experiencia. Pero es vergonzoso y pernicioso, y se debe evitar al máximo, que cualquier no creyente al oír a un cristiano hablar de estas cosas de acuerdo con la Sagrada Escritura, pero diciendo tonterías y equivocándose completamente, apenas pueda contener la risa; y no es tan molesto el que un hombre que comete errores sea objeto de burla, pero sí lo es que se crea [por] parte de los que están fuera que nuestros autores sagrados han opinado tales cosas y, con gran daño para aquellos de cuya salvación nos preocupamos, sean censurados y rechazados por incultos. Pues cuando descubren que alguno de los cristianos se equivocan en un asunto que ellos conocen de maravilla y dan una opinión falsa sobre nuestros libros sagrados, ¿cómo van a creer y confiar en aquellos libros en temas como la resurrección de los muertos, la esperanza de la vida eterna y el reino de los cielos si pensaron que se habían escrito cosas erróneas sobre asuntos que pudieron comprobar experimentalmente y percibir con pruebas irrefutables?” (Agustín de Hipona, Sobre el Génesis en sentido literal, I, 18 y 19. Citado por el propio Galileo en Carta a Cristina de Lorena, op. cit., p. 91).

“Cuando Fromondo u otros hayan proclamado que decir que la tierra se mueve es herejía, si las demostraciones, las observaciones y las necesarias verificaciones demuestran que se mueve, ¿en qué dificultad se habrán puesto a sí mismos y habrán colocado a la Santa Iglesia?” (Galileo, en una carta a Elia Diodati de 1633. Citado en Ludovico Geymonat. Galileo Galilei. Ed. Península, Barcelona, 1986, p. 82).

Nota: los textos de Cosmas han sido traducidos del frances por mi padre, Pedro de Felipe, al que agradezco su esfuerzo entusiasta.

(1) Por la misma época, en textos talmúdicos y otros comentarios judíos, se seguían manteniendo las tradiciones cosmológicas que contenían una imagen del mundo muy similar, con la tierra plana y uno o varios cielos como pisos superpuestos hasta llegar a Dios.

http://www.centroseut.org/cienciayfe/Apuntes_cosmologia.htm

Cosmos

Cosmos

Observando tantas cosas que han sucedido en la vida y en la vida de mis seres queridos, puedo concluir en que ningún acontecimiento ni ninguna emoción son permanentes. Como el día y la noche que en su devenir, se generan mutuamente.

Hay momentos de alegría y momentos de tristeza y ninguno de ellos es implacable en su peso ni mucho menos, absolutos… como solemos creer mientras suceden.

La soledad, es la espera del amor. Muerte y nacimiento conforman un proceso de transformación que resuelve la existencia.

“En el principio creó Dios los cielos y la tierra” (Génesis 1:1).

El cosmos

En su sentido más general, un cosmos es un sistema ordenado o armonioso. Se origina del termino griego “κόσμος”, que significa orden u ornamentos. La palabra cosméticos tiene el mismo origen. El estudio del cosmos (desde cualquier punto de vista) se llama cosmología.

Cuando esta palabra es usada como término absoluto, significa todo lo que existe, incluyendo lo que se ha descubierto y lo que no. En teología el término puede ser usado para denotar la creación del universo, sin incluir a Dios. En lo filosófico el uso de la palabra “absoluto”, cosmos y universo puede ser empleado como sinónimo de todo lo que existe. En el sentido físico es también usado en forma técnica, refiriéndose al espacio-tiempo continuo; ver física.

La vista del cosmos como “naturaleza autosuficiente, autónomo” está en contraste agudo a la vista de la naturaleza como un simple mecanismo para el crecimiento de los seres humanos.

En la opinión del mundo del cosmos, el hombre es una parte de la naturaleza, mientras que en la opinión del mundo del mecanismo, el hombre domina la naturaleza.

El filósofo Ken Wilber utiliza el término cosmos para referirse a todo lo que existe. El término cosmos se utilizan para distinguir este universo no dual (que, en su opinión, incluye aspectos no éticos y físicos) del universo terminantemente físico que es la preocupación (“estrecho”) de las ciencias tradicionales y que se asocia extensamente al término cosmos.

Cosmos es todo lo que es, lo que ha sido o lo que será.

Referencias

  1. Cosmos: Un viaje personal. Capítulo 1. En la orilla del océano cósmico. 1980. Minuto 1:00 al 2:00.

COSMOS = MACROCOSMOS + MICROCOSMOS —BernardoUribe (discusión) 15:09 28 abr 2008 (UTC) MACROCOSMOS = Universos MICROCOSMOS = Particulas–BernardoUribe (discusión) 15:09 28 abr 2008 (UTC)

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