EL CEREBRO CREÓ LA RELIGIÓN PARA EVITAR EL ESTRÉS

EL CEREBRO CREÓ LA RELIGIÓN PARA EVITAR EL ESTRÉS
Miguel Ángel Criado

(Artículo publicado originalmente en el diario Público)

Karl Marx se equivocaba cuando consideró a la religión como el opio del pueblo. En realidad, como está demostrando la neurociencia un siglo y medio después de que el filósofo alemán escribiera aquella sentencia, el destinatario de su poder analgésico es el cerebro.

Apoyados en la biología evolutiva, las últimas técnicas en neuroimagen y el análisis de residuos cerebrales, dos científicos estadounidenses explican en el libro God’s Brain (El cerebro de Dios, ed. Prometheus Books ), publicado en EEUU a comienzos de marzo, cómo la experiencia religiosa libera una serie de neurotransmisores y hormonas que mitigan el estrés que sufre el cerebro ante los pequeños problemas de la vida diaria y las grandes preguntas que, desde siempre, se hace el ser humano.

“Sostenemos que el cerebro creó la religión y la idea de Dios”, explica el antropólogo Lionel Tiger , profesor de la Universidad Rutger y coautor del libro. “Sospechamos que nuestros ancestros imaginaban cosas que les atemorizaban, así que, para reducir ese miedo, produjeron una idea de Dios y formalizaron las religiones”, añade.

Desde mucho antes de la Ilustración, pensadores de todos los tiempos han cuestionado la sobrenaturalidad de la religión. Filósofos, librepensadores y científicos, en especial desde que se hicieron públicas las teorías de Darwin y los trabajos de Mendel sobre genética, han visto en la religión una creación humana destinada a hacer la vida en la Tierra algo más confortable. Pero no dejan de ser opiniones o teorías mejor o peor fundamentadas.

80% de creyentes

Algunos científicos, como el conocido biólogo Richard Dawkins, han acusado a los creyentes de autoengañarse o de tener sus capacidades mentales disminuidas. Con el 80% de la población mundial que se declara creyente de una de las 4.000 religiones que existen, según el libro, una explicación así deja poco margen al futuro de la especie humana. En realidad, según estos autores, el cerebro ha fabricado la religión en su propio beneficio. Y la llegada de la neurociencia y los experimentos con el cerebro han permitido conocer mejor cómo lo hace.

El neurólogo Michael McGuire , coautor del libro y profesor en la universidad californiana de UCLA, descubrió hace casi 30 años cómo estudiar el cerebro de los chimpancés por medio de los residuos de su actividad neuronal sin dañarles. Sus trabajos le permiten sostener que también tienen un sentido de lo que está bien y lo que está mal, es decir, la moral. “No es descabellado que los chimpancés tengan una idea de Dios, pero no tenemos evidencias”, opina McGuire. Y no lo es porque ambas especies comparten una misma base biológica, posible origen de su moral.

Pero el impulso definitivo al estudio del cerebro lo han dado las distintas tecnologías de neuroimagen (resonancia magnética, tomografías, o magnetoencefalografía). En el repaso de los más recientes trabajos en este campo que hace el libro, se observa cómo la fe en Dios reduce los síntomas de la depresión y favorece el autocontrol mientras que la meditación mejora algunas capacidades mentales. Otro estudio también reveló que los creyentes viven más que los ateos o los agnósticos.

La causa hay que buscarla dentro del ser humano. A pesar de ser la especie más poderosa, es presa fácil del miedo y la incertidumbre. Esto genera estrés neuronal, deteriorando las dendritas y reduciendo la neuroplasticidad. Induce más de 100 cambios en el cerebro.

Según los autores, sólo la religión ofrece un bálsamo trinitario formado por la “socialización positiva, los rituales y una creencia, generalmente en la otra vida”. La experiencia religiosa libera neurotransmisores como la serotonina la dopamina o la oxitocina, que dan paz al cerebro. Aunque los ateos y los agnósticos pueden combatir el estrés con actividades que recreen esta socialización, “siempre les quedará algo de dolor, a menos que crean en la otra vida”, aseguran. Desde un punto de vista evolutivo, parece un suicidio no ser religioso.

La obsesión de las autoridades religiosas con el sexo

Antes de existir las religiones formales, los antiguos humanos compartían una serie de códigos sobre el sexo: la prohibición de practicarlo en público, sanción del adulterio, responsabilidad para con los hijos o establecimiento de una edad mínima para mantener relaciones sexuales, entre otras.

Pero, como dicen los autores en el libro, no es hasta la institucionalización de la religión, con su estructura, sus escritos sagrados y sus rituales, que los representantes de Dios no se inmiscuyeron en todo lo que tiene que ver con el sexo.

La razón es poderosa. “La preocupación de las autoridades religiosas con el sexo tendría que ver con el simple hecho de que la conducta sexual es, de entre todas las conductas humanas, la más difícil de controlar, aparte del comer, respirar o excretar”, escriben los científicos en ‘God’s Brain’.

También ofrecen una explicación al tradicional machismo religioso. El hecho de que la práctica totalidad de las religiones muestre un gran desvelo por la virginidad y el pudor femeninos, que no exigen por igual al hombre, sugiere, según los autores, que el afán de control no tiene tanto que ver con la moralidad y el embargo del placer, sino con el control de la reproducción para fines sociales y religiosos.

URL: http://www.publico.es/ciencias/304195/cerebro/creo/religion/dios

Reflexión:

El hombre habrá creado la religión,como método para acercarse a Dios.Pero Dios no es creación ni invento del hombre.Dios existe y es real.Aunque los ateos y los escépticos no lo crean,o procuren negarlo.

En el evangelio,Dios se acerca al hombre por medio de Jesucristo.

Nuestra certeza como cristianos “nacidos de nuevo”, es del 100% acerca de la existencia de Dios. Aunque reconocemos que no tenemos todas las respuestas acerca de  la existencia de Dios ni todo lo relacionado con el Ser de Dios. Sin embargo, la biblia nos revela como es Dios y nos muestra que Jesucristo es el camino al Padre  y que no hay otra manera de conocerlo que arrepentirse del pecado y creer en El de todo corazón.

Te invito a que reflexiones acerca de la existencia de Dios, y a que puedas leer la biblia,para poder conocer mejor lo que ella nos habla acerca de los atributos de Dios.Dios existe y el desea darse a conocer a su vida. Lo animo a que reflexione acerca de la existencia real del Señor.No permita que el escepticismo invada su vida. Crea en el Señor Jesucristo  y sera salvo ud. y toda su familia.

Dios te bendiga mucho

Paulo Arieu

Ateos que confiesan su fracaso

Ateos que confiesan su fracaso

La Razón / Cardenal Ricardo Mª Carles

En los años finales de los ochenta, V. Garadja, director del Instituto de Ateísmo Científico de la URSS, es decir, el «cerebro gris» del ateísmo ruso, se expresaba así:

«Yo compararía la situación actual del ateísmo a la de un navío que afronta un  temporal: el viento alcanza la fuerza 9. El barco se tambalea de un costado a otro, pero su tripulación no se puede decidir a tomar bajo su propia responsabilidad cualquier medida para el salvamento».

Para él, el trabajo del ateísmo se  revela no solamente ineficaz, sino cargado de serias insuficiencias morales, espirituales y políticas. En reconocerlo no ve nada de vergonzoso o extraño.

«Para un sabio es peor obstinarse en el error, manteniéndose al margen de la vida».

Y sostiene que las verdaderas causas de la pasividad y de los males sociales

«no encuentran de ningún modo del lado de la psicología retrógrada de los creyentes o de los prejuicios religiosos (subraya estas dos frases), sino de la deformación de años de culto a la personalidad, del período de estancamiento, de enormes masas del pueblo privadas de una conciencia de tener un trabajo útil a la sociedad».

«Esta alienación ha ocasionado pérdidas gigantescas, inconmensurables en la moralidad, en el aliento espiritual del pueblo. Ahí se encuentran también las raíces de la embriaguez masiva, de la apatía social y de la droga».

Es trágico que la lucha contra el «culto a Dios», que tantas persecuciones y muertes ha costado a los fieles, abocara al «culto a la personalidad» de los dirigentes, que  produjo también muertes y sufrimientos. Una vez más demuestra la historia que no se puede atacar a Dios sin ser, a la vez, inmisericorde con los hombres.

No Eres Nada Especial – John F. Macarthur

No Eres Nada Especial – John F. Macarthur
Jueves, 15 de abril 2010

Carl Sagan, tal vez la celebridad científica más conocida de las últimas dos décadas. Un astrónomo de renombre y figura de medios de comunicación, Sagan era abiertamente antagónico con el teísmo bíblico. Pero se convirtió en el tele-evangelista jefe de la religión del naturalismo. Predicó una visión del mundo que se basa enteramente en supuestos naturalistas. Detrás de todo lo que enseñó estaba la firme convicción de que todo en el universo tiene una causa natural y una explicación natural. Esa creencia, —una cuestión de fe, no una verdad observación científica -gobernó y le dio forma a cada una de sus teorías sobre el universo.

La religión de Sagan incluía la creencia de que la raza humana no es nada especial. Dada la inmensidad incomprensible del universo y la impersonalidad de todo esto, ¿cómo podría la humanidad, posiblemente, ser importante? Sagan llegó a la conclusión de que nuestra raza no es importante en absoluto. En diciembre de 1996, a menos de tres semanas antes de que Sagan muriera, fue entrevistado por Ted Koppel en “Nightline”. Sagan sabía que estaba muriendo, y le preguntó Koppel, “Dr. Sagan, ¿tiene usted ciertas perlas de sabiduría que le gustaría dar a la raza humana?”

Sagan contestó:

Vivimos en un trozo de roca y metal que rodea una estrella aburrida que es una de las 400 mil millones de otras estrellas que componen la Vía Láctea, que es una de las miles de millones de otras galaxias, que forman un universo, que puede ser uno de un número muy grande-tal vez un infinito número de otros universos. Esa es una perspectiva de la vida humana y de nuestra cultura que vale la pena reflexionar. (ABC News Nightline, 4 de diciembre de 1996)

En un libro publicado a título póstumo, Sagan escribió: “Nuestro planeta es una mota solitaria en la gran envolvente oscuridad cósmica. En nuestra oscuridad, en toda esta inmensidad, no hay ningún indicio de que la ayuda llegará desde algún otro lugar para salvarnos de nosotros mismos” (Pale Blue Dot, Nueva York: Random House, 1994, p. 9).

Aunque Sagan decididamente trató de mantener una apariencia de optimismo para el final, su religión le llevó a donde todo naturalismo inevitablemente conduce: a una sensación de insignificancia absoluta y a la desesperación. De acuerdo a su perspectiva, la humanidad ocupa un puesto pequeño-un punto azul pálido en un vasto mar de las galaxias. Por lo que sabemos, pasamos desapercibidos por el resto del universo, no rendimos cuentas a nadie, y somos pequeños e irrelevantes en un cosmos tan expansivo. Es necio hablar de la ayuda externa o el rescate de la raza humana. Ninguna ayuda vendra. Sería bueno si resolviésemos de alguna manera algunos de nuestros problemas, pero si lo hacemos o no en última instancia, seriamos un poco olvidado de trivialidades cósmicas. Eso, dijo Sagan, es una perspectiva que vale la pena reflexionar.

Todo esto pone de relieve la esterilidad espiritual del naturalismo. La religión naturalista borra toda la responsabilidad moral y ética, y en última instancia, abandona toda esperanza para la humanidad. Si el cosmos impersonal es todo lo que hay, todo lo que alguna vez fue, y todo lo que alguna vez será, entonces la moralidad es en última instancia, discutible. Si no hay un Creador personal a quien la humanidad es responsable y la supervivencia del más apto es la ley que rige el universo, todos los principios morales que normalmente regulan la conciencia humana son en última instancia-sin fundamento e incluso perjudiciales para la supervivencia de nuestra especie.

De hecho, el aumento del naturalismo ha significado una catástrofe moral de la sociedad moderna. Las ideologías más perjudiciales de los siglos XIX y XX se basaban todas en el darwinismo. Uno de los primeros campeones de Darwin, Thomas Huxley, dio una conferencia en 1893 en el cual argumentaba que la ética y la evolución son incompatibles. Escribió que “la práctica de lo que es éticamente mejor –lo que llamamos bondad o virtud, – consiste en una línea de conducta que, en todos los aspectos, se opone a lo que conduce al éxito en la lucha cósmica por la existencia” (“Evolución y Ética:” The Romanes Lecture, 1893).

[Nota: Huxley no obstante, pasó a tratar de justificar la ética como un resultado positivo de funciones racionales superiores de la humanidad, y pidió a su audiencia ni a imitar “el proceso cósmico”, ni a huir de él, sino a luchar contra él-ostensiblemente al mantener una cierta apariencia de la moralidad y la ética. Pero lo que no podía hacer-lo que él y otros filósofos de su época ni siquiera se molestaron en hacer-no ofrece justificación alguna para suponer la validez de la moralidad y la ética en sí misma en principios puramente naturalistas. Huxley y sus colegas naturalistas no podían ofrecer ninguna brújula moral que no sean sus propias preferencias personales, como era previsible, todas sus filosofías abrieron la puerta de la subjetividad moral total y finalmente a la amoralidad.]

Los filósofos que incorporaron las ideas de Darwin fueron rápidos en ver el punto de Huxley, concibiendo nuevas filosofías que sentaron las bases para la amoralidad y el genocidio que caracterizó a gran parte del siglo XX.

Karl Marx, por ejemplo, tímidamente siguió a Darwin en la elaboración de sus teorías económicas y sociales. Se inscribió un ejemplar de su libro Das Kapital to Darwin “de un devoto admirador.” Se refirió al El Origen de las Especies de Darwin como “el libro que contiene la base de la historia natural de nuestro punto de vista” (Stephen Jay Gould, Ever Since Darwin, Nueva York: Norton, 1977, p. 26).

La filosofía de Herbert Spencer del “darwinismo social” aplico las doctrinas de la evolución y la supervivencia del más apto para las sociedades humanas. Spencer sostuvo que si la naturaleza misma ha determinado que los fuertes sobreviven y los débiles perezcan, esta norma debe regir también. Las distinciones raciales y de clase reflejan simplemente la manera natural. Por lo tanto, ninguna razón moral trascendente para simpatizar con la lucha de las clases desfavorecidas. Es, después de todo, parte del proceso evolutivo natural-y la sociedad de hecho se podría mejorar mediante el reconocimiento de la superioridad de las clases dominantes y el fomento de su ascendencia. El racismo de los escritores como Ernst Haeckel (que creían que las razas de África eran incapaces de la cultura o el desarrollo mental superior) también tiene sus raíces en el darwinismo.

Toda la filosofía de Friedrich Nietzsche se basaba en la doctrina de la evolución. Nietzsche fue implacablemente hostil a la religión, y en particular el cristianismo. La moral cristiana encarna la esencia de todo lo que Nietzsche odiaba, creía que la enseñanza de Cristo glorificaba la debilidad humana y era perjudicial para el desarrollo de la raza humana. Él se burlaba de los valores morales cristianos como la humildad, la misericordia, la modestia, la mansedumbre, la compasión por los débiles, y el servicio a los otros. A su juicio tales ideales habían criado debilidad en la sociedad. Nietzsche vio a dos tipos de personas-el maestro de clase, un ser iluminado, minoría dominante, y la “manada”, seguidores serviles que eran dirigidos con facilidad. Y concluyó que la única esperanza para la humanidad sería cuando el maestro de clase se convirtiera en una raza de Übermenschen (superhombres), sin el estorbo de las costumbres religiosas o sociales, que tomarían el poder y llevarían a la humanidad a la siguiente etapa de su evolución.

No sorprende que la filosofía de Nietzsche sentara las bases para el movimiento nazi en Alemania. Lo sorprendente es que en los albores del siglo XXI, la reputación de Nietzsche ha sido rehabilitada por portavoces filosóficos y sus escritos son una vez más de moda en el mundo académico. De hecho, su filosofía-o algo muy parecido a ello –es a lo que el naturalismo inevitablemente debe regresar.

Todas estas filosofías se basan en conceptos que son diametralmente opuestos a una visión bíblica de la naturaleza del hombre, porque todos comienzan por abrazar una visión darwiniana del origen de la humanidad. Ellos tienen sus raíces en las teorías anti-cristianas sobre los orígenes del hombre y el origen del cosmos, y por lo tanto no es de extrañar que se opongan a los principios bíblicos en todos los niveles.

El simple hecho de la cuestión es que todos los frutos filosóficos del darwinismo han sido negativos, innobles, y destructivos para el tejido de la sociedad. Ninguna de las grandes revoluciones del siglo XX, dirigido por filosofías post-darwinianas han mejorado o ennoblecido cualquier sociedad. En cambio, el principal legado social y político del pensamiento darwiniano es un espectro completo de la tiranía malvada con el comunismo inspirado de Marx en un extremos y el fascismo inspirado en Nietzsche en el otro. Y la catástrofe moral que ha desfigurado la sociedad occidental moderna está también directamente rastreables hasta el darwinismo y el rechazo de los primeros capítulos del Génesis.

En este momento en la historia, aunque la mayoría de la sociedad moderna ya está plenamente comprometida con una visión del mundo naturalista y evolutiva, nuestra sociedad sigue beneficiándose de la memoria colectiva de una cosmovisión bíblica. La gente en general todavía cree que la vida humana es especial. Ellos todavía tienen restos de la moral bíblica, como la noción de que el amor es la mayor virtud (1 Corintios 13:13), el servicio de los unos a otros es mejor que la lucha por el dominio personal (Mateo 20:25-27), y la humildad y la sumisión son superiores a la arrogancia y la rebelión (1 Pedro 5:5).

Pero la sociedad secular a cualquier grado aún mantiene las virtudes en gran estima, y lo hace por completo sin ningún fundamento filosófico. Después de haber rechazado ya el Dios revelado en las Escrituras y en cambio abrazado el materialismo naturalista puro, la mente moderna no tiene motivo alguno para la celebración de cualquier norma ética, no hay razón alguna por la estima de la “virtud” sobre el “vicio”, y sin justificación alguna para considerar la vida humana como más valiosa que cualquier otra forma de vida. La sociedad moderna ha abandonado su base moral.

http://evangelio.wordpress.com/2010/04/16/no-eres-nada-especial/

CUENTOS ULTRADARWINISTAS

CUENTOS ULTRADARWINISTAS


El cuento del antepasado. Un viaje a los albores de la evolución. Dawkins, Richard. Antoni Bosch Editor. Barcelona, 2008. 880 páginas.

Richard Dawkins, zoólogo evolutivo y escritor prolífico, nos tiene acostumbrados a un estilo arrogante en libros de marcado carácter darwinista. En alguna página de éste que aquí comentaré, indica que alguien le ha llamado ultradarwinista y que el adjetivo, lejos de molestarle, le complace. La saga continúa aquí con paso firme.
“El cuento del antepasado” presenta un viaje lúdico hacia atrás en el tiempo mediante el cual, a través de capítulos sucesivos ilustrados con varios “cuentos menores” nos vamos encontrando con nuestros probables antepasados en la Escala Naturae. Desde el principio, en un capítulo titulado “La vanidad retrospectiva”, el autor deja firmemente asentados sus fundamentos de partida. En primer lugar y para no variar, el darwinismo. Ya en la primera página de este capítulo dice:
La evolución rima, las pautas se repiten, y esto no ocurre por casualidad, sino por razones perfectamente comprensibles y en su mayor parte darvinianas, pues la biología, al contrario que la historia o que la física, cuenta ya con su gran teoría unificada, aceptada por todos los profesionales informados,…
Insulta así a quienes vemos claramente que la biología carece de una gran teoría unificada (¿querrá decir unificadora?). Pero no se molesta en explicar cuál es esa panacea. ¿Para qué, si todo el mundo lo sabe? Dawkins se refiere a la Teoría Darwinista de Evolución por Selección Natural (llamaré SN, ver más adelante su párrafo tomado de la p 233), pero la SN no explica ni unifica nada en biología. Si así fuese, el autor dedicaría algún párrafo cuidadoso y detallado a su descripción y a su demostración, porque las teorías hay que demostrarlas. No sólo no lo hace, sino que emplea a menudo el adjetivo darwiniano aplicado a giros, argumentos y razones, sin indicar su significado. Si por razones darwinianas hemos de entender la SN, el autor debería haberlo dicho así de claro explicando desde un principio en qué consiste en lugar de soltar letanías dirigidas a la tan omnipotente (literalmente en la p 599), oportunista (p 299), capaz de ordenar (p 107), fuerte para llevar a los genes por buen camino (195) en definitiva, omnipresente SN cuya actuación el autor no sabe explicar:
De realizar la modificación se encargó, hace miles de años, la selección natural, aunque exactamente no se de que modo logró producir la tolerancia a la lactosa en individuos adultos (p 62)
No obstante, se permite decir
Ahora que la ciencia ya no tiene que convencer a nadie de que la selección natural es verdadera y la teoría se halla plenamente consolidada… (p 233):
Para defender su dogma (SN), combate con fantasmas porque nadie discute si la SN es verdadera o no, que no nos importa. Lo que discutimos es su validez como teoría científica, porque la ciencia no se alimenta de verdades absolutas sino de teorías que puedan ser sometidas a experimentación y contrastadas, antes de ser aceptadas (si son demostradas) o rechazadas (en caso contrario). En este y otros sentidos, el libro es prueba de una gran confusión mental que se manifiesta, por ejemplo, cuando se refiere a darwinismo cósmico o en frases como estas:
Lógicamente nosotros que reflexionamos sobre estas cuestiones, hemos de encontrarnos en uno de esos universos, por raros que sean, cuyas leyes y constantes sean capaz de generarnos (p 24)
Desde el punto de vista evolutivo, lo lógico es que exista una gama continua de estadios intermedios (p 102)
Todos los estadios intermedios formarán un continuo gradual dentro del cual cada generación habrá podido procrear con su padre o su hijo del sexo opuesto (p 419)
Con el paso del tiempo evolutivo, la carrera armamentística progresa (p 789)
A lo largo de casi setecientas páginas, se describe un viaje hacia atrás en el tiempo en el que, mediante treinta y nueve encuentros consecutivos que comienzan en el que tiene lugar entre homínidos y chimpancés y terminan en las eubacterias, se recorre la historia evolutiva. Para ello, el prólogo general explica los argumentos de que se dispone para investigar el pasado. Aunque indica tres argumentos, en realidad son dos (el primero basado en los fósiles, el segundo en comparaciones de secuencias de DNA). Por los fósiles, el autor no siente demasiado respeto (Los fósiles son un extra; un extra muy de agradecer, por supuesto, pero no imprescindible, dice en la p 36). Tampoco resuelve un viejo argumento que el mismo indica como circular (p 38): La roca devoniana se reconoce porque tiene los fósiles devonianos.
En cuanto a la comparación de secuencias de DNA, reconoce (p124) que no se le dan muy bien las matemáticas y se toma muy poca molestia en explicar los fundamentos para la construcción de los árboles filogenéticos que son la clave del libro. Hasta la página 597 no dice: ha llegado el momento de explicarla detalladamente. Se refiere a la técnica del reloj molecular, pero tampoco entonces la explica, ni en general; ni en particular, para cada encuentro. Quizás porque alguien debe haberle hecho ver el fracaso del libro en este sentido, en un apéndice (pp 809-816), Yan Wong que es coautor de algunos capítulos, escribe unas breves notas a las filogenias que aún así siguen inexplicadas, porque decir que una filogenia se ha obtenido a partir de estudios, datos o diagramas moleculares e indicar la respectiva referencia original es insuficiente.
Las comparaciones de secuencias aportan datos acerca de la divergencia de las moléculas de DNA en el tiempo (reloj molecular), pero si su aplicación no está libre de controversia (p 438), el salto arbitrario de una hipotética escala temporal al número de generaciones que se hace en los sucesivos encuentros no solamente es incierto, sino que conduce a un grave error: El de pensar que el DNA solo se transmite mediante la generación (reproducción). El libro ignora completamente toda posible transferencia horizontal de DNA (entre distintas especies), algo que no solamente está más que demostrado en la actualidad, sino que se utiliza en múltiples protocolos en biotecnología. Los relojes moleculares, dice en la p 606, son eficaces si están calibrados con fósiles, pero eso trae problemas porque el calibrado adecuado requeriría la verificación con DNA extraído del fósil, lo cual es más que excepcional, ultra-excepcional.
Con las bases sentadas de manera tan vulnerable, comienza la peregrinación, guiada por un líder que sostiene, no obstante con mano firme, el báculo de su autoridad, propia del autor consagrado. La genealogía de la especie humana, se expresa en una serie de árboles filogenéticos en los que no cree ni el propio autor (p 250: la historia aparentemente clara y metódica de los contepasados, los puntos de encuentro y los peregrinos se nos van sumando en realidad es objeto de encendidos debates y sufre modificaciones cada vez que se lleva a cabo una nueva investigación).
Porque: ¿cuáles y cuántos son realmente los ejemplares representativos de cada especie, de cada nombre? ¿Qué define a un Orrorin o sirve para identificar a una Lucy (p 144)?. No estoy en absoluto de acuerdo cuando dice: Podemos dejar de lado el tema de los nombres (p 119). El tema de los nombres es fundamental, no podemos dejarlo de lado porque en cada momento debemos saber qué significa cada nombre. ¿Qué sabemos, por ejemplo, de Homo rudolfensis? ¿O, es que, acaso se están poniendo nombres a objetos que se van encontrando por el campo con motivos publicitarios o simplemente por satisfacer el ego de sus descubridores?
Cualquiera que haya comenzado a realizar su árbol genealógico familiar se habrá dado cuenta de dos cosas: Primera, lo difícil que es avanzar a partir de un momento dado (normalmente la cuarta o la quinta generación) y segunda (y más importante), que las sorpresas aparecen en mayor grado cuanto más difícil es el avance. En el estudio de la evolución el avance es también muy lento y difícil como habrá notado quien haya leído algo de paleontología clásica, algo anterior a este boom darwinista que permite, por lo que se ve, un avance no rápido sino supersónico. Cuando en el tercer encuentro, en el capítulo dedicado a los orangutanes se nos indica que vamos por nuestro tatarabuelo número 650000 uno no puede disimular una sonrisa. En capítulos sucesivos, este tipo de información sobra.
Afortunadamente, de las casi novecientas páginas del libro, pocas se dedican a justificar la vieja hipótesis del gen egoísta. Estas y algunas otras se pueden pasar por alto. Recomendaría borrar el contenido de las páginas 80 y 81. Si alguien pretende entenderlas, la jaqueca está garantizada.
El libro falla por la arrogancia de su autor. Si la supuesta teoría unificadora, la SN, no aporta nada en biología, su visión dogmática de la evolución hace un flaco favor a la percepción de la ciencia. ¿Qué nos queda entonces? Lo de siempre: el rancio poso del darwinismo, lacra y rémora de la biología actual intentando imponer su vía única de pensamiento basada en la tautología de la SN. La autopista supersónica en la que la se intenta que todos viajemos con la imaginación y el rigor científico encerrados en el maletero del dogma antiguo y arrogante. Pero, como dice Andrés Rábago, “El Roto” en una de sus viñetas: si todos vamos en una dirección, entonces,………¿cómo sabremos que no hay otra?
Emilio Cervantes
IRNASA-CSIC

http://www.oiacdi.org/blog/?p=1

La Respuesta del hombre

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ATEÍSMO.

ATEÍSMO.

De la comparación que se hace con frecuencia entre el ateísmo y la idolatría. Nunca se refutará bastante la opinión que sostiene el jesuita Richeome sobre los ateos y los idólatras, opinión mantenida antiguamente por san Gregorio Nacianceno, san Cipriano, Tertuliano y santo Tomás, y que Arnobe expuso con energía diciendo a los paganos: «¿No os avergonzáis de censurar que despreciemos a vuestros dioses, cuando es más justo no creer en ningún dios que imputarles acciones infames?». Esta opinión la manifestó muchos años antes Plutarco, diciendo que prefería que le dijeran que no había existido a que le creyeran inconstante, colérico y vengativo, opinión que robusteció la dialéctica contundente de Bayle.

El fondo de esta controversia, suscitada por el jesuita Richeome y sostenida por Bayle, es el siguiente:

«En la puerta de una casa había dos porteros que les preguntaron: “¿Se puede hablar con vuestro señor?” “No está”, responde uno de ellos. “Sí está —afirma el otro portero—, pero se halla muy ocupado fabricando moneda falsa, falsos contratos, puñales y venenos para perder a los que han ejecutado sus deseos”. El ateo se parece al primero de esos dos porteros, y el pagano, al segundo. Es, pues, evidente que el pagano ofende más a la Divinidad que el ateo».

Con el permiso del padre Richeome y de Bayle, les diremos que ése no es precisamente el quid de la cuestión. Para que el primer portero se parezca a los ateos no es preciso que diga «mi señor no está», sino «yo no tengo señor. El que suponéis que lo es no existe y mi compañero es un tontaina, que os dice que el señor se ocupa en hacer venenos y afilar puñales para asesinar a quienes cumplen su voluntad. Semejante ser no existe en el mundo».

Richeome argumenta en falso, y Bayle se olvida en sus difusos discursos del honor que hace a Richeome comentándole inoportunamente. Plutarco se expresa mejor al preferir las gentes que digan que no ha existido a las que afirman que es un hombre insociable. En efecto, nada le importa que nieguen su existencia, pero sí le importa que desdoren su reputación. No está en el mismo caso el Ser Supremo.

Ahora bien, Plutarco apenas se ocupa del verdadero objeto de la cuestión. No se trata de averiguar quién ofende más al Ser Supremo, si el que le niega o quien lo desfigura. No es imposible saber, excepto por la revelación, si Dios se ofende de las charlatanerías que sobre El propalan los hombres. Los filósofos, sin sospecharlo siquiera, caen con frecuencia en ideas vulgares al suponer que Dios está celoso de su gloria, que es colérico y vengativo, tomando estas figuras retóricas por ideas reales. Lo único que en verdad interesa a todo el mundo es saber si vale más, para el bienestar de los hombres, creer que existe un Dios justiciero que recompensa las buenas acciones ocultas y castiga los crímenes secretos, o creer que no existe.

Bayle prodiga en sus escritos todas las infamias que la leyenda imputa a los dioses paganos; sus adversarios le replican, citándole lugares comunes que nada significan, y los partidarios de Bayle y sus enemigos pelean casi siempre sin avenirse. Convienen unos y otros en que Júpiter es adúltero, Venus es impúdica y Mercurio un rateruelo, pero me parece que no es esto de lo que debían tratar, sino distinguir las Metamorfosis de Ovidio de la religión antigua de los romanos. Sabido es que ni Roma, ni Grecia, dedicaron nunca altares a Mercurio el rateruelo, a Venus la impúdica, ni a Júpiter el adúltero.

Al dios que los romanos llamaban Deus, optimus, maximus, jamás le atribuyeron que incitase a Clodio a acostarse con la mujer de César, ni a César a ser el Gitón (1) del rey Nicomedes. Cicerón no dice que Mercurio indujera a Verres a robar a Sicilia, aunque en la leyenda Mercurio roba las vacas a Apolo. En la verdadera religión pagana, Júpiter era bueno y justo, y los dioses secundarios castigaban a los perjuros en los infiernos. Por esto los romanos, durante muchos años, cumplían religiosamente sus juramentos, y su religión les fue muy útil. No estaban obligados a creer en los dos huevos de seda, ni en la metamorfosis de la hija de Inacus en vaca, ni en el amor de Apolo a Jacinto. No se debe, pues, decir que la religión de Numa deshonraba la divinidad.

(1) Gitón, joven homosexual en el que personificó Petronio el pecado de sodomía de la juventud romana.

A esta cuestión siguió otra: si podría subsistir un pueblo de ateos. En esto debemos distinguir entre el pueblo propiamente dicho y una sociedad compuesta de filósofos. Es indudable que en todas las naciones el pueblo necesita un freno, y el propio Bayle, si hubiera tenido que gobernar a quinientos o seiscientos individuos, les hubiera inculcado la existencia de un Dios justiciero. Pero Bayle no hubiera hablado del mismo modo a los epicúreos, que eran ricos, amantes de la paz, practicaban las virtudes sociales, sobre todo la amistad, huían de los asuntos públicos y pasaban una vida inocente y cómoda. Creo que con esto queda zanjada la cuestión por lo que toca a la sociedad y a la política.

Respecto a pueblos enteramente salvajes ya queda dicho en la Introducción al ensayo sobre las costumbres y el espíritu de las naciones, que no pueden contarse ni entre los ateos ni entre los teístas. Preguntarles cuál es su creencia sería lo mismo que preguntarles si seguían la doctrina de Aristóteles o la de Demócrito: ni saben ni conocen nada. Ni son ateos, ni peripatéticos. Pero se nos puede objetar que viven en sociedad y no creen en Dios; luego se puede vivir en sociedad sin religión. A esta objeción contestaré que los lobos también viven como ellos y no constituye una sociedad la reunión de bárbaros antropófagos. Además, os preguntare: ¿cuando prestáis una cantidad a algún miembro de la sociedad a que pertenecéis, quisierais que vuestro deudor, vuestro procurador, vuestro notario y vuestro juez no creyera en Dios?

ATEO.

Entre los cristianos hubo muchos ateos, pero en la actualidad hay muchos menos. Esto, que a primera vista parece una paradoja y si bien se mira se antojará una verdad, se debe a que la teología condujo con mucha frecuencia a los espíritus al ateísmo y la filosofía los sacó de él. En los tiempos primitivos podía perdonarse a los hombres que dudaran de la, Divinidad, porque veían que los que la anunciaban disputaban unos con otros respecto a la naturaleza de ésta. Los primeros padres de la Iglesia sostuvieron que Dios era corporal; quienes les sucedieron, no le concedían extensión y, sin embargo, le hacían morar en una parte del cielo; según unos, creó el mundo al crear el tiempo, y según otros creó el tiempo después; éstos sostenían que su Hijo era semejante a El y aquéllos que el Hijo no era semejante al padre. Tampoco estaban de acuerdo acerca del modo cómo la tercera persona derivaba de las otras dos. También disputaban si el Hijo, en el mundo, se componía o no de dos personas.

De modo que, sin que ellos lo advirtieran, plantearon la cuestión en estos términos: si había en la Divinidad cinco personas, contando dos en Jesucristo en el mundo y tres en el cielo, o tres personas, considerando sólo a Cristo como Dios. Discutían también sobre su madre, sobre el descendimiento al infierno y al limbo, sobre la manera cómo se comía el cuerpo del hombre Dios, cómo se bebía su sangre, sobre su gracia, sobre los santos y sobre otras muchas materias.

Al ver tan en desacuerdo los confidentes de la Divinidad y anatematizándose recíprocamente siglo tras siglo, pero de acuerdo todos ellos en la desenfrenada ambición de riquezas y poder, al contemplar por otra parte el cúmulo de desgracias y crímenes que infectaban la tierra, muchos de ellos, provocados por las contiendas de los directores de almas, debemos confesar que era lícito al hombre razonable dudar de la existencia de un Ser Supremo de tan extraño carácter, y al hombre sensible creer que el Dios que espontáneamente había creado antes tantos desgraciados no debía existir.

Supongamos, por ejemplo, que un físico del siglo XV lea en la Suma de santo Tomás estas palabras: «La virtud del cielo, en lugar del esperma, es suficiente con los elementos y la putrefacción para producir la generación de los animales imperfectos». He aquí las deducciones que de ese pensamiento hubiera sacado el físico: Si la podredumbre y los elementos bastan para producir animales informes, es de suponer que con algo más de podredumbre y poco más de calor podríamos obtener animales más completos. La virtud del cielo en este caso no es más que la virtud de la naturaleza. Creeré, pues, como Epicuro y santo Tomás, que los hombres pueden nacer del limo de la tierra y de los rayos del sol, y todavía ese origen es demasiado noble para seres tan desgraciados y perversos. ¿Porqué he de creer, pues, en un Dios creador que sólo me presentan formulando ideas contradictorias e irritantes? Por fortuna nació la física y con ella la filosofía, y entonces se supo a ciencia cierta que el limo del Nilo no es capaz de producir un insecto, ni una espiga de trigo, y hemos tenido que reconocer gérmenes, relaciones, medios y correspondencia asombrosa sobre todos los seres. Hemos estudiado los rayos de luz que parten del sol y van a iluminar esferas celestes y el anillo de Saturno a trescientos millones de leguas de distancia, para llegar a la Tierra y formar dos ángulos opuestos por el vértice en el ojo de un insecto reflejando la naturaleza en su retina. Nació luego un filósofo que descubrió las sencillas y sublimes leyes que rigen los cuerpos celestes girando en el abismo del espacio. Por tanto, al conocer mejor la obra admirable del universo hemos reconocido al Supremo arquitecto, y sus leyes uniformes y constantes nos han hecho reconocer un Supremo legislador. La sana filosofía destruyó, pues el ateísmo, al que la oscura teología daba armas.

A un reducido número de espíritus descontentadizos, a quienes afectan más las supuestas injusticias de un Ser Supremo que halaga su sabiduría sólo les quedó el recurso de obtinarse en negar la existencia de ese primer motor. Argumentan que la naturaleza existe durante toda la eternidad y todo está en movimiento en la naturaleza; por tanto, todo cambia en ella continuamente. Así, si todo cambia siempre, es preciso que lleguen todas las combinaciones posibles, y la combinación presente de todas las cosas pudo ser efecto exclusivo del movimiento y del cambio eterno. Tomad seis dados, echadlos y apostamos uno contra mil a que no sacaréis seis veces el mismo número en los seis dados. De esa forma, en el transcurso de una infinidad de siglos, no es imposible que una de las combinaciones infinitas sea la creación del universo.

Este argumento ha seducido a espíritus muy lúcidos, pero que no se dan cuenta que el infinito se opone a ese raciocinio y, en cambio, no se opone a la existencia de Dios. Debían también comprender que si todo cambia, las menores especies de las cosas no debían ser inmutables, como son desde hace muchísimo tiempo. Por lo menos no tienen ninguna razón para creer que no se forman nuevas especies todos los días, y por el contrario, es muy probable que una mano poderosa, superior a esos cambios continuos, mantenga todas las especies en los límites que ha prescrito. De modo que el filósofo que reconoce a Dios tiene para defender su causa multitud de probabilidades que equivalen a la certidumbre, y el ateo sólo tiene dudas. Podríamos aducir más pruebas filosóficas que destruyen el ateísmo.

Respecto a la moral, es evidente que vale más reconocer a Dios que negarlo. Interesa a todos los hombres que exista una divinidad que castigue lo que la justicia humana deja impune, pero también es evidente que vale más no reconocer a ningún dios que adorar a un bárbaro al que sacrifican hombres, como sucede en algunas naciones. Esta verdad la ilustraremos con un ejemplo.

En la época de Moisés, los hebreos no tenían noción alguna de la inmortalidad del alma, ni de la vida futura. Su legislador sólo les anunció de parte de Dios recompensas y castigos puramente temporales; por tanto, para ellos, la cuestión es vivir. Moisés ordenó a los levitas que degollaran veintitrés mil hermanos suyos porque adoraban un becerro de oro o dorado. En otra ocasión, el pueblo de Moisés quitó la vida a veinticuatro mil hombres por haber tenido comercio carnal con las jóvenes del país, y otros doce mil fueron asesinados porque algunos quisieron sostener el arca que iba a caer. Por esto, respetando siempre los designios de la Providencia, podemos humanamente afirmar que hubiera sido preferible para esos cincuenta y nueve mil hombres que no creían en la vida futura haber sido ateos y vivir, a ser degollados de parte del Dios que reconocían.

Es posible que no se enseñe el ateísmo en las escuelas de los hombres de letras de China; sin embargo, es cierto que muchos de sus hombres de letras son ateos, pero es porque sólo son filósofos a medias, y aunque lo sean, no cabe duda de que es preferible vivir con ellos en Pekín, disfrutando de la benignidad de sus costumbres y de sus leyes, a vivir en Goa, expuestos a pasar los días encadenados en las prisiones de la Inquisición y salir sólo de ellas disfrazados con una ropa llena de azufre para ir a morir abrasados en las llamas de una hoguera.

Quienes defienden que puede subsistir una sociedad de ateos tienen razón, porque las leyes son las que forman las sociedades, y esos ateos siendo filósofos por añadidura, pueden pasar la vida tranquila y feliz al amparo de esas leyes, viviendo más fácilmente en sociedad que los fanáticos supersticiosos. Poblad una ciudad de epicúreos, de Simónides, de Protágorss y de Spinozas, y poblad otra ciudad de jansenistas y molinistas; comprobaréis de ese modo la verdad del pensamiento que acabo de sentar. El ateísmo, considerándolo sólo con relación a esta vida, sería muy peligroso en un pueblo feroz, pero no es menos pernicioso tener falsas ideas sobre la divinidad. Casi todos los grandes del mundo viven como si fueran ateos. Quien tiene gran experiencia y muchos años sabe reconocer a un dios cuya presencia y justicia no ejercen la menor influencia sobre las guerras, los tratados y los móviles de ambición, de interés o de placer, que consumen todo su tiempo, y observa todas las reglas establecidas en la sociedad, y le es mucho más grato vivir así que con supersticiosos y con fanáticos. Confieso que siempre esperaré que sea más justo quien cree en Dios que el que no cree, pero también esperaré más disgustos y persecuciones de los supersticiosos. El ateísmo y el fanatismo son dos monstruos que pueden desgarrar y destruir la sociedad, pero el ateo, aunque persevere en su error, conserva siempre el juicio, que le corta las garras, mientras el fanático está atacado de una continua locura que afila las suyas.

De los ateos modernos. Somos seres inteligentes que no pudieron ser creados por un ser tosco, insensible y ciego; luego la inteligencia de Newton provino de otra inteligencia. Cuando contemplamos una máquina complicada comprendemos en seguida que es producto de un experto constructor. El mundo es una máquina admirable construida por una gran inteligencia. No por antiguo este argumento es malo.

Todos los cuerpos vivos se componen de palancas y poleas, que actúan obedeciendo a leyes de la mecánica, de juegos que hacen circular continuamente las leyes de la hidrostática, y nos admiramos de que todos esos seres estén dotados de sentimiento, que no tiene nada que ver con su organización.

El movimiento de los astros y de la tierra alrededor del sol se opera en virtud de las leyes más profundas de las matemáticas. ¿Cómo Platón que no conocía ninguna de esas leyes, pudo decir que la tierra estaba cimentada sobre un triángulo equilátero y el agua sobre un triángulo rectángulo; cómo el extraño Platón, que afirmó que sólo podían existir cinco mundos, porque sólo existían cinco cuerpos regulares, y que ignoraba la trigonometría esférica, pudo tener tan gran genio e instinto perspicaz, que llamó Dios al Eterno Geómetra y pudo comprender que existía una inteligencia creadora? Hasta el propio Spinoza tiene que confesarlo. Es imposible negar esa verdad que nos rodea y abruma por todas partes.

Y sin embargo, conozco espíritus sediciosos y tercos que niegan la existencia de la inteligencia creadora y propugnan que únicamente el movimiento creó por sí mismo todo lo que vemos y somos. Sostienen con audacia que la combinación del universo era posible puesto que existe; luego, también es posible que sea obra del movimiento. Dicen también: elijamos cuatro planeta, Marte, Mercurio, Venus y la Tierra. Pensemos en el sitio que ocupan haciendo caso omiso de los demás, y se verá que tenemos muchas probabilidades para creer que sólo el movimiento los ha colocado en sus sitios respectivos. Tenemos de nuestra parte veinticuatro probabilidades en esta combinación; queremos decir que apostamos veinticuatro contra uno a que esos planetas no se encontrarían donde se encuentran por la relación de unos a otros. Añadamos a esos cuatro planetas el de Júpiter y tendremos ciento veinte probabilidades contra una para apostar que Júpiter, Marte, Venus, Mercurio y la Tierra, no ocuparían el sitio que hoy ocupan. Añadamos también a Saturno, y tendremos seiscientas veinte probabilidades contra una para colocar esos seis grandes planetas en los sitios que ocupan y a la distancia que están. Por tanto, queda demostrado que en setecientas veces el movimiento pudo situar los seis planetas principales en los sitios que ocupan.

Si consideráis en seguida los demás astros secundarios, sus combinaciones, sus movimientos y los seres que vegetan, viven, sienten, piensan y obran en todos los Globos, aumentaréis el número de las probabilidades; multiplicad ese número en toda la eternidad hasta el número que llamamos infinito y en esa multiplicación obtendremos siempre una unidad en favor de la formación del mundo tal como está formado exclusivamente por el movimiento. Por tanto, es posible que en toda la eternidad el movimiento de la materia haya creado el universo tal como existe; luego no sólo es posible que el mundo sea como es, sólo por el movimiento, sino que es imposible que deje de ser, como decimos, después de las infinitas combinaciones.

La suposición que acabo de describir con detalle la encuentro extraordinariamente quimérica por dos razones: la primera, porque en ese universo imaginado no existen seres inteligentes, ni me podéis demostrar que el movimiento produzca la inteligencia; la segunda razón estriba en que, según vuestra confesión, puede apostarse el infinito contra uno a que una causa inteligente y creadora anima el universo. Cuando el hombre se encuentra solo frente al infinito, comprende su insignificancia.

El propio Spinoza admite esa inteligencia como base de su sistema: no le habéis leído y debéis hacerlo. ¿Por qué pretendéis ir más lejos que él y, con necio orgullo, sumergir vuestra débil razón en el abismo donde Spinoza no se atrevió a descender? Convenceos de que es una extrema locura afirmar que una causa ciega consiga que el cuadro de una revolución de un planeta equivalga siempre al cuadro de las revoluciones de los demás planetas, como el cubo de su distancia equivalga al cubo de las distancias de los demás, al centro común. ¡Los astros son grandes geómetras, y el Eterno geómetra reguló la carrera de los astros!

Ahora bien, ¿dónde está el Eterno geómetra? ¿Está en un sitio o en todos ellos sin ocupar espacio? No lo sé. ¿Dirige el universo con su propia sustancia? Tampoco lo sé. Lo único que sé es que debemos adorarle y ser justos.

http://www.avizora.com/publicaciones/textos_historicos/voltaire/0001_01_A_diccionario_filosofico.htm

CONOCER AL DIOS NO CONOCIDO

CONOCER AL DIOS NO CONOCIDO

Febrero 10, 2010

Cuando el apóstol Pablo visitó Atenas, el centro del mundo de la cultura y de la filosofía, él fue profundamente abatido porque la ciudad entera fue entregada a la idolatría. Irónicamente, en medio de la miríada de ídolos, él encontró un altar dedicado al “dios no conocido” — un testimonio de acuerdo a su ignorancia espiritual.

el Ateismo es el resumen de toda forma de negar la misma existencia de Dios. Dice el necio en su corazón, no hay Dios (Salmos 53:1).

El pecado tiene un efecto trágico sobre nuestra relación con Dios. Tan pronto como nuestros primeros padres desobedecieran a su Creador, Adán y Eva se avergonzaron y ocultaron de la presencia de Dios. Nosotros, su descendencia, hasta el presente, huimos también de la presencia de Dios. Porque todo aquel que hace lo malo, aborrece la luz y no viene a la luz, para que sus obras no sean reprendidas (Juan 3:20). Los pecadores caen a la deriva lejos del Dios vivo y verdadero y se pierden en la oscuridad de filosofías humanas inútiles.

El Panteísmo, por ejemplo, afirma que todo es dios, y dios es todo. Esta filosofía, así como otras religiones del oriente y la Nueva Era, quieren borrar la distinción entre el Creador y su creación. Pero el Dios verdadero es distinto de la creación; El está antes de la creación; El es de hecho la causa de la creación y El gobierna sobre ella. El Dios que hizo el mundo y todas las cosas que en el hay, siendo señor del cielo y de la tierra, no habita en templos hechos por manos humanas. (Hechos 17:24).

Otra filosofía falsa es el Deísmo – la idea que Dios no está implicado en la operación del universo; El está ausente de la creación y es vano buscarlo, según ellos dicen. Pero las Escrituras enseñan que Dios está tan interesado en todos los aspectos de la creación que no puede caer un pajarillo a tierra si el no lo permite. El no está lejos de cada uno de nosotros (Hechos 17:27).

Una vez más a través de la historia, la gente también ha creído en muchos dioses. Esta filosofía, politeísta, contradice el primer mandamiento: No tendrás dioses ajenos delante de mi. La idea popular que las religiones son válidas se puede mirar como forma de politeísmo.

Finalmente, el Ateismo es el resumen de toda forma de negar la misma existencia de Dios. Dice el necio en su corazón, no hay Dios (Salmos 53:1).

A través de la historia y en diversas culturas, la gente se ha formado una cantidad de dioses y de religiones diversas.

Dejados a nuestros propios recursos somos desamparados y desesperados mas aun perdidos; no podemos encontrar al Dios vivo y verdadero. Las Escrituras declaran: El mundo en su sabiduría no conocio a Dios (1 Corintios 1:21).

Por nosotros mismos nunca podremos venir a un conocimiento verdadero Dios. Podemos conocer a Dios solamente porque El estuvo dispuesto a mostrarse a nosotros.

Dios se manifestó de una manera general por las obras de sus manos, es decir, en su creación. Así nadie tiene una excusa válida; nadie puede alegar que él no sabía sobre Dios. Además, Dios también se complace en revelarse a nosotros de una manera especial y personal, con su palabra escrita, La Biblia. El mensaje central de la Biblia es el Señor Jesucristo. Siendo la imagen del Dios invisible ‘, Jesús revela perfectamente a Dios para nosotros. Por otra parte Cristo nos quita el pecado, la causa de nuestra enajenación y la separación, y produce la reconciliación y la paz con Dios.

Fuente: http://www.justforcatholics.org

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