El uso del “amén” en el culto público


“Porque si bendices sólo con el espíritu, el que ocupa el lugar de simple oyente, ¿cómo dirá el Amén a tu acción de gracias? Pues no sabe lo que has dicho” (1Cor. 14:16).

La palabra hebrea “amén” es parte de una familia de palabras que giran alrededor de la idea de certeza o veracidad. En el AT es usada como una expresión de confianza o asentimiento sobre lo que otro está diciendo.

Por ejemplo, en 1R. 1:36 vemos como Benaía acepta la tarea impuesta por el rey David de ungir a su hijo Salomón como su sucesor al trono haciendo uso del “amen”:

Entonces Benaia hijo de Joiada respondió al rey y dijo: Amen. Así lo diga Jehová, Dios de mi Señor el rey”.

También encontramos el uso del “amén” como una confirmación o aceptación personal de alguna advertencia o maldición divina (Nm. 5:22). Y en muchos lugares del AT encontramos esta palabra como un asentimiento del pueblo a las expresiones de adoración que se rendía a Dios. En este sentido es interesante notar que los primeros cuatro libros de los cinco que componen los salmos, concluyen con el amén (Sal. 41:13; 72:19; 89:52; 106:48).

En todos estos casos la palabra amén es usada como un reconocimiento de que la Palabra que ha sido pronunciada es válida y, por lo tanto, que nos estamos comprometiendo en cierto modo a cumplirla. Así que el significado básico de la palabra en el AT es que lo que ha sido pronunciado es válido y seguro.

En el NT encontramos que la palabra hebrea amén ha sido trasladada al idioma griego a través de una simple transliteración; es decir, se ha tomado la palabra tal como suena y se ha adaptado al alfabeto griego. Lo mismo ocurre con la palabra en nuestro idioma; se escribe y se pronuncia “amén”, solo que usando, obviamente, las letras de nuestro alfabeto.

Sin embargo, en el NT el significado de esta expresión se enriquece. Por un lado, la encontramos en el mismo contexto de adoración que es tan común en el AT (comp. Rom. 9:5; 11:36). Pero en el NT adquiere ciertas connotaciones características. Por ejemplo, vemos que el Señor la usa para llamar la atención sobre algunas declaraciones solemnes o para recalcar la certeza de ciertas promesas (Jn. 3:3, 5; 5:24; 8:58).

Es usada también para enfatizar la confiabilidad que Dios nos ha dado en Cristo (2Cor. 1:20). La idea parece ser la siguiente: “Todas las promesas que Dios ha hecho a los pecadores, todas tienen un punto en común: que en Cristo todas son Sí”.

¿Puede Dios realmente perdonar todos mis pecados si voy a Cristo en arrepentimiento y fe? Sí. ¿Pero aun en el caso de que mis pecados se hayan multiplicado como las estrellas del cielo y como la arena del mar? La respuesta siempre es la misma: Sí. Y cuando esto es comprendido y aceptado, la respuesta que brota del corazón es “Amén”. Todas las promesas de Dios son en Cristo “Sí” y “amén”.

Pero el clímax de esta expresión lo encontramos en Ap. 3:14, en donde la palabra “Amén” es usada como uno de los títulos que identifican a nuestro Señor Jesucristo. Él es el Amén, sus palabras siempre son fieles y verdaderas, y Él mismo es la máxima expresión de la fidelidad de Dios a Sus promesas. Dios cumplió en Cristo todo cuanto había prometido a través de Sus profetas. Cristo es en Su Persona y en Su obra redentora el Amén de Dios.

De modo que la palabra “amén” ha sido introducida por Dios mismo en la vida de Su pueblo como la expresión audible de un corazón que confía plenamente en Su Dios.

Al decir el “amén” estamos manifestando nuestra confianza en la veracidad y validez de las palabras que han sido pronunciadas. Lamentablemente, algunos grupos cristianos abusan del “amén”, mientras en otros grupos es un término casi totalmente ausente. Por lo que debemos preguntarnos ahora, ¿cuándo debemos usar la palabra “amén” en nuestros cultos de adoración?

Al hablar de la adoración a Dios nos estamos refiriendo a todas aquellas actividades por medio de las cuales Dios se acerca a nosotros como Su pueblo, y todas aquellas actividades por medio de las cuales nosotros nos acercamos a Él como nuestro Dios.

Es cierto que la adoración a Dios involucra muchos detalles, pero todos esos detalles pueden ser agrupados en dos categorías fundamentales: aquellas cosas por medio de las cuales Dios se acerca a nosotros, y aquellas cosas por medio de las cuales nosotros nos acercamos a Dios cuando nos congregamos como pueblo.

Dios viene a nosotros al manifestar Su presencia en medio nuestro a través de la predicación de Su Palabra; nosotros, en cambio, nos acercamos a Él a través de la confesión de nuestros pecados, a través de nuestros cánticos de alabanza, de nuestras acciones, de nuestras súplicas, etc.

Por eso decimos que todo lo concerniente a la adoración puede ser agrupado en esas dos categorías generales. En la adoración Dios se acerca a Su pueblo, y el pueblo se acerca a Su Dios (comp. Sant. 4:8). Y es precisamente en esos dos contextos en que debemos ubicar el uso del amén en la adoración:

A. Como una expresión de asentimiento cuando la Palabra de Dios es declarada:

Deut. 27:15-26. Cuando estas maldiciones fueran leídas el pueblo debía asentir a la Palabra de Dios pronunciando un “Amén”. ¿Podía Dios leer el corazón de la gente y ver si estaban asintiendo a la Palabra proclamada? Si, Dios puede leer el corazón, y ver si estamos asintiendo o no a lo que se está proclamando, pero Él esperaba un asentimiento verbal de parte de Su pueblo.

Al hacerlo de ese modo estaban profesando abiertamente su fe en la veracidad de las palabras que estaban siendo pronunciadas. No es un juego lo que se está diciendo aquí. Dios está declarando a través de sus siervos que Él real y efectivamente ha de manifestar Su ira contra la impiedad e injusticia de los hombres, y ni un jota, ni una tilde de esas advertencias caerán a tierra.

Los hombres se caracterizan por sus promesas y amenazas incumplidas. Pero cuando Dios promete o amenaza Sus palabras tienen cumplimiento porque son fieles y verdaderas. Cuando el pueblo de Dios dice el “amén” está profesando abiertamente su fe en la validez y seguridad de tales palabras.

Por otra parte están manifestando su confianza en la equidad de Dios al pronunciar estas maldiciones. Al decir el “amén” no sólo expresaban que estas palabras eran fieles y verdaderas, sino también justas y equitativas. El “amén” significaba en este sentido: “Eres justo, oh Dios, así debe ser; eso es lo que merecen aquellos que violen tu santa ley”.

Y finalmente, al pronunciar el “amén” estaban impresionando sus propias almas, y atando sus propias conciencias al cumplimiento de la ley divina. Al dar el “amén” a estas maldiciones estaban llamando sobre sí mismos la ira de Dios en caso de incurrir en esas prácticas perversas que la ley condenaba.

Esa es la respuesta que Dios espera de Su pueblo cuando Su Palabra es proclamada. Es una respuesta del alma, del corazón, pero que se manifiesta audiblemente a través del “amén” (comp. Neh. 5:13; Ap. 1:7; 22:20).

El predicar la Palabra de Dios requiere de un gran esfuerzo espiritual e intelectual. Es realmente agotador predicar la Palabra. Pero el escuchar una prédica también lo es. Es un verdadero ejercicio intelectual y espiritual el poder mantener la atención sobre una exposición de la Palabra de Dios durante 50 minutos o una hora. Nuestra carne se resiste a ello.

Pero Dios espera de Su pueblo a que resistan la tentación de distraerse, la tentación de ser perezosos mentalmente y de irse por el lado fácil. Y más aún: Dios espera un asentimiento de corazón a esa Palabra que está siendo expuesta; por eso introdujo la palabra “amén” en la vida de Su pueblo, como una expresión de asentimiento cuando Su Palabra es declarada.

B. Como una expresión de asentimiento a la adoración que rendimos a Dios:

1Cro. 16:7 y 36b. Asaf y sus hermanos alabaron a Dios públicamente, y el pueblo respondió: “Amén”. Lo mismo vemos en el Sal. 106:48 que citamos anteriormente: “Bendito Jehová Dios de Israel, desde la eternidad y hasta la eternidad; y diga todo el pueblo, Amén”.

También lo vemos implicado en 1Cor. 14:16. La idea obvia que está detrás de estas palabras es: “Si él sabe lo que has dicho y asiente a ello dirá el amén”. Pero quizás ningún otro texto de la Escritura presenta esta verdad de una manera más impactante que el cuadro que encontramos en Ap. 5:11-14.

Cuando venimos como Iglesia a adorar debe haber un orden. Por ello algunos tienen la tarea de dirigir la adoración. Pero todos los demás tenemos el deber de concentrarnos en aquello que la Iglesia como cuerpo está haciendo para acercarse a Dios, a la vez que debemos tener una participación audible, externa.

“Señor, estoy de acuerdo con lo que se está diciendo; con todo mi corazón asiento estas expresiones de adoración”. Y lo mismo cuando venimos a orar corporativamente. Es cierto que es uno sólo quien eleva su voz a Dios en oración como representante de toda la Iglesia; pero toda la Iglesia debe envolverse unánime con el que ora.

Ese no es el momento para pensar en las cuentas que tengo que pagar, o en las diligencias que faltan por hacer; ni siquiera es el momento para orar por mis cosas personales. Estamos aquí como cuerpo, presentando nuestras peticiones delante de Dios unánimemente, a una sola voz.

Lo que está envuelto en esto no es una simple expresión verbal. Se trata de una expresión externa que manifiesta un asentimiento interno.

Dios lo ha establecido así, y si somos creyentes verdaderos hemos de estar interesados como individuos y como Iglesia en traer todas las áreas de nuestras vidas a los principios que Dios ha establecido en Su Palabra, sobre todo, en aquellas cosas que tienen que ver con la adoración de Su pueblo.

Más adelante veremos algunos principios que deben regular el uso del “amén” en el culto público.

© Por Sugel Michelén. Todo Pensamiento Cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.

http://www.todopensamientocautivo.com/2010/09/el-uso-del-amen-en-el-culto-publico/

3 comentarios (+¿añadir los tuyos?)

  1. juan abreu
    Sep 08, 2010 @ 14:38:18

    si doy una catedra del judaismo estropeo la del cristianismo cuando hablo del hebreo estoy explicando el judaismo y creo que lo hacemos mas dificil para el creyente tenemos la responsabilidad de ser lo mas explicito

  2. Ricardo Paulo Javier
    Sep 10, 2010 @ 09:50:32

    Dos principios generales sobre el uso del “amén” en el culto público

    Posted: 09 Sep 2010 09:01 PM PDT

    En algunas Iglesias los oyentes son simples espectadores de todo cuanto ocurre. En otras es tanta la involucración que lo que hay en realidad es un desorden; todos oran al mismo tiempo, y mientras el predicador está exponiendo la Palabra se hace difícil concentrarse en lo que está diciendo por las exclamaciones que emiten los oyentes en todo momento.

    La Escritura nos enseña que debemos ser balanceados en esto. En la Iglesia de Cristo debe haber orden; de lo contrario no reflejaremos el carácter del Dios que decimos adorar y daremos la impresión de estar fuera de sí (comp. 1Cor. 14:23).

    Pero al mismo tiempo la Biblia nos dice que somos un cuerpo, y que al congregarnos como Iglesia debe haber en nosotros unanimidad de alma y corazón. Y tal como vimos en el post anterior, Dios ha dado el “amén” como una expresión externa de ese asentimiento interno que damos al hermano que ora o predica.

    Hoy quiero que veamos dos principios generales que deben regular el uso del “amén” en el culto público, para luego pasar a considerar los peligros que deben ser evitados en el uso del amén.

    A. La meta de la edificación corporativa no debe ser nunca minada por el uso del “amén” en la adoración:

    Todo cuanto la Iglesia hace al reunirse como Iglesia debe perseguir el propósito primordial de que los creyentes sean edificados (1Cor. 14:12, 26). Somos una familia en Cristo, y en esa familia todos debemos preocuparnos por el crecimiento y afianzamiento de nuestros hermanos en la fe.

    En Rom. 14:19 el apóstol Pablo nos dice que aun en nuestra conducta diaria debemos procurar aquello que contribuye a la paz y la mutua edificación. Y si eso es así en nuestra vida diaria, ¡cuánto mas no lo será en el culto público!

    Ahora bien, es de suprema importancia que entendamos cómo funciona el hombre, para que de ese modo podamos al mismo tiempo entender el mecanismo que Dios usa para nuestra edificación. La edificación de la Iglesia no viene a través de algún tipo de experiencia mística o supra-espiritual.

    Pablo nos dice que la edificación del pueblo de Dios viene a través de una clara percepción de la mente de la verdad que está siendo proclamada por aquellos a quienes Dios ha llamado y capacitado para predicar Su Palabra (comp. 1Cor. 14:7-12); y es en ese contexto que surge la amonestación del vers. 16: “Porque si bendices sólo con el espíritu, el que ocupa el lugar de simple oyente, ¿cómo dirá el Amén a tu acción de gracias? Pues no sabe lo que has dicho”.

    Debemos captar la verdad de Dios para que ésta haga algún efecto en nuestras vidas. De hecho, lo primero que hace Dios para traer las almas a Cristo es abrirles el entendimiento, porque sin entendimiento no hay salvación.

    Pero la Escritura proclama que es Dios quien nos abre el entendimiento para que sepamos quién es Cristo, cuál es nuestra verdadera condición espiritual como pecadores, y la obra que Cristo realizó en la cruz del calvario para librarnos de esa terrible condición (comp. 2Cor. 4:3-6).

    Hay en todo esto un misterio, pero la Escritura nos enseña que Dios es soberano en la salvación y que el hombre es responsable, y no hacemos honor a la verdad cuando enfatizamos una verdad en desmedro de otra.

    Ahora bien, ¿qué tiene todo esto que ver con el tema que estamos tratando? Que el mismo papel que juega nuestro entendimiento en la salvación lo juega también en la edificación. La mente debe captar la verdad que está siendo proclamada para que esa verdad pueda hacer un efecto real en nosotros.

    De ahí la preocupación de Pablo porque los creyentes tuviesen un entendimiento claro y preciso de aquellas grandes doctrinas que conforman nuestra fe. En más de una ocasión Pablo escribió en sus epístolas: “No quiero que ignoréis, hermanos…” La ignorancia no es una virtud, como se proclama en algunos círculos evangélicos hoy, sino más bien la madre de la destrucción.

    Ahora bien, para que la verdad se captada y comprendida no sólo es necesario que el que predica lo haga en una forma clara y comprensiva, sino también que en la medida de lo posible eliminemos las distracciones que puedan dificultar la atención o el entendimiento de la predicación de la Palabra de Dios.

    Cuando leemos las cartas del NT, ¿qué encontramos allí? Una exposición ordenada, clara y comprensiva de las doctrinas cristianas. Hay argumentación lógica en lo que se está presentando, coherencia de pensamiento.

    Y en esto que voy a decir no es mi intención poner en ridículo a ninguna persona; pero en ningún lugar de la Escritura encontramos nada semejante a lo que muchos predicadores hacen en el día de hoy: “Abran sus Biblias, aleluya, en la porción tal y tal, aleluya”; y así continúan hasta que terminan.

    Nuestro Dios es un Dios de orden, y nosotros fuimos creados a Su imagen y semejanza. Mientras más ordenada y coherente sea la presentación que estamos escuchando, y mientras más ordenadas sean las circunstancias que nos rodean, mayor edificación podremos obtener.

    Así que podemos y debemos dar una expresión audible de nuestro asentimiento con el que ora o predica a través del amén; pero recuerden este principio general: la meta de la edificación corporativa no debe ser nunca minada por el uso del “amén” en la adoración.

    B. En el uso del “amén” en la adoración debe predominar el asentimiento corporativo:

    Es el asentimiento de la Iglesia como cuerpo el que debe predominar en la adoración pública. Noten que no estamos diciendo exclusivamente, sino predominantemente. Cuando la Palabra de Dios era declarada al pueblo, el pueblo respondía con el amén.

    De hecho, no sé cuantos han notado que todas las cartas del NT, exceptuando únicamente la carta de Santiago y la tercera carta de Juan, todas concluyen con el “amén”. Algunos comentaristas opinan que ese “amén” no solo fue incluido por los autores de las cartas, sino que también era la respuesta que los oyentes daban cuando estas cartas eran leídas.

    Así que en la Escritura predomina el uso corporativo del “amén” como una expresión de asentimiento del pueblo de Dios a la Palabra que ha sido declarada, o como respuesta al que ora.

    Nos congregamos como iglesia no sólo como individuos, y como iglesia debemos asentir a la Palabra que ha sido proclamada, o a la oración que ha sido elevada delante del trono de Dios.

    Rom. 15:5-6. En el cap. 14 de Romanos Pablo ha venido tratando un tema muy espinoso: la relación entre los cristianos fuertes y los débiles, sobre todo en el contexto de la libertad cristiana. Ahora, en los primeros vers. del cap. 15, nos trae una conclusión práctica de todo cuanto ha dicho anteriormente (vers. 5 y 6).

    Ellos fueron unidos a Cristo y por tanto unidos los unos a los otros. Son una sola Iglesia, un solo cuerpo. Ahora deben esforzarse por mantener la armonía dentro de la congregación, “para que unánimes, a una voz” glorifiquen a Dios. La idea que este texto presenta es que toda la congregación está unificada en una sola mente y en solo corazón en la adoración a Dios.

    Cuando en el pueblo de Israel eran leídas las maldiciones y bendiciones contenidas en la ley de Dios, no era un pequeño grupo de israelitas super-espirituales los que decían el amén, sino toda la congregación. Como si fueran un solo hombre estaban manifestando a una voz su acuerdo total con las cosas que habían sido dichas.

    De igual modo es apropiado, conveniente, cuando alguien nos guía como congregación en oración, o cuando lo hace el predicador luego de haber expuesto la Palabra, que expresemos unánimemente, a una voz, nuestro asentimiento con lo que ha sido dicho.

    De ese modo estamos manifestando en una forma visible que somos un sólo cuerpo, y que como cuerpo estamos comprometidos con esa Palabra que ha sido expuesta; manifestamos igualmente que hemos estado atendiendo a la Palabra predicada, que hicimos el esfuerzo de honrar esa Palabra recibiéndola, no como palabra de hombres, sino como es en verdad, la Palabra de Dios que actúa en nosotros los creyentes.

    Es triste cuando alguien nos guía como Iglesia en oración, y al concluir da la impresión de que estaba orando solo. Esta persona estaba derramando su corazón delante de Dios, y lo estaba haciendo en nombre nuestro.

    Pero con nuestro silencio parecemos decir que en verdad no estábamos envueltos en el asunto, que eso no tenía que ver con nosotros, que nuestra mente y nuestro corazón estaban en otra cosa mientras el hermano oraba. Eso es como predicar a un grupo de personas donde la mayoría está durmiendo. Sus cuerpos están allí, pero sus mentes y corazones están en otro lado.

    He aquí, entonces, los dos principios generales que deben regular el uso del amén en la adoración pública: en primer lugar, que la meta de la edificación corporativa no debe ser minada por el uso del amén en la adoración; y en segundo lugar, que la gran meta que perseguimos debe ser la de un asentimiento corporativo.

    En el próximo post nos detendremos en los peligros que debemos evitar en el uso del “amén” en el culto público.

    © Por Sugel Michelén. Todo Pensamiento Cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.
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  3. Ricardo Paulo Javier
    Sep 13, 2010 @ 17:05:18

    Peligros que deben ser evitados en el uso del “amen” en la adoración pública
    Debido al pecado remanente en nosotros, no existe ningún privilegio en la vida cristiana que no sea susceptible de ser abusado, ni ningún deber hacia el cual no sintamos cierta indisposición.

    Y dado que el expresar el amén es un privilegio y es un deber, debemos dar algunas advertencias para que no caigamos en excesos con respecto a este privilegio que Dios nos ha concedido:

    A. Cuidado con usar el “amén” como un mecanismo para llamar la atención sobre ti mismo:

    El propósito primordial del uso del “amén” en la Iglesia es la gloria de Dios (comp. 2Cor. 1:20). ¡Cuán pecaminoso es, entonces, usar este aspecto de la adoración corporativa para llamar la atención sobre nosotros mismos!

    Es muy pecaminoso, usar el amén como un medio para presentar cierta imagen a los ojos de los demás. Y es muy fácil caer en ese pecado. Hay lugar en la adoración para el uso del amén a nivel individual, pero hacer uso de ese recurso para llamar la atención de los demás sobre nosotros es un grave, gravísimo pecado a los ojos de Dios.

    Nos congregamos como iglesia para contemplar la hermosura del Señor, a deleitarnos en la adoración a Él. Cualquier acción voluntaria destinada a llamar la atención sobre nosotros mismos, puede provocar la acción involuntaria de que los hombres y mujeres que se han congregado en ese lugar desvíen su vista de Dios para posarla sobre nosotros.

    Parece muy espiritual que digamos “amén” constantemente a todo cuanto se dice desde el púlpito. Pero la marca de la verdadera espiritualidad es el amor, el amor a Dios por encima de todas las cosas, y el amor al prójimo como a nosotros mismos; y ambas cosas son violadas cuando hacemos uso del amén para llamar la atención sobre nosotros mismos.

    B. Cuidado con usar el “amén” de tal manera que hagas violencia contra ti mismo:

    Dios nos hizo a cada uno con una forma de ser particular que no es destruida en el momento de la conversión; de modo que, aunque nuestra adoración sea corporativa, eso de ningún modo significa la destrucción de nuestra individualidad.

    En el Sal. 139 el salmista expresa su adoración a Dios por la forma como fue creado: “Mi embrión vieron tus ojos, y en tu libro estaban escritas todas aquellas cosas que fueron luego formadas, sin faltar una de ellas” (vers. 16).

    No somos lo que somos como un producto de la casualidad; Dios es soberano, y Él nos hizo como somos física, intelectual, temperamental y emocionalmente. Todos debemos esforzarnos por dar lo mejor de nosotros mismos en nuestro servicio a Dios, por manejar cada área de nuestra vida, no conforme a nuestra lógica o nuestro temperamento, sino según lo que Dios ha dicho en Su Palabra. Pero siempre seremos nosotros mismos.

    Timoteo, por ejemplo, debía esforzarse por ser un ministro fiel; pero él no tenía que esforzarse por llegar a ser Pablo. Eran hombres muy diferentes el uno del otro. Si Timoteo usaba responsablemente los medios de gracia que Dios había puesto a su alcance llegaría a ser un Timoteo maduro, pero nunca llegaría a ser otra persona distinta a quien él era.

    Lamentablemente algunos cristianos pueden sentirse tentados a identificar la manera en que una persona aplica estos principios como si fuera la forma correcta, y caer entonces en el error de imitarlo haciendo violencia a su identidad como individuo.

    Supongamos que aquí tenemos un creyente cuyo temperamento es quieto y tranquilo, su hablar siempre es suave, moderado; rara vez se le oye levantar la voz. Pero resulta que este hermano pone su atención en otro miembro de la Iglesia con un temperamento distinto; y más aun, con una voz potente.

    ¿Imaginan Uds. la sorpresa que causará hermano cuando repentinamente pronuncie un ¡Amén! en una forma tal que se escuche artificial debido a su forma particular de ser? Cuidado, hermanos, de no implementar estas cosas de tal manera que hagamos violencia contra nosotros mismos.

    C. Cuidado con hacer del “amén” una vana repetición:

    Las palabras de Cristo en Mt. 6:7 se aplican perfectamente en este contexto. Los paganos, dice el Señor, se caracterizan por una adoración vana, sin sentido. Ellos piensan que por su palabrería serán oídos.

    En el caso particular que estamos tratando, alguien pudiera pensar que mientras más “amén” diga durante la oración, o durante la predicación, más espiritual será. Pero ese pensamiento es pagano.

    Esa falta también es cometida cuando expresamos un “amén” con nuestros labios que no refleja el verdadero estado de nuestro corazón. Con nuestros labios asentimos a lo que está siendo declarado, pero en realidad en nuestros corazones no tenemos el menor interés de implementar esas cosas en nuestra vida: “Este pueblo de labios me honra – dijo el Señor de los fariseos, mas su corazón está lejos de mí” (Mr. 7:6).

    D. Cuidado con usar el “amén” en circunstancias inapropiadas:

    En 1Cor. 13:5 dice que el amor no hace nada indebido, que no se comporta de una manera tal que haga sentir molestos a los demás sin necesidad. Hay momentos en que no tenemos otra alternativa que obedecer, aunque haga sentir incómodo a otros; pero no siempre es así.

    Pablo dice en 1Cor. 9:20: “Me hecho a los judíos como judío, para ganar a los judíos, etc. A todos me hecho de todo, para que de todos modos salve a algunos”.

    Si estamos en una Iglesia que no conoce, o no practica, esta enseñanza debemos hacer uso del dominio propio que el Señor nos ha dado para que no seamos motivo de distracción para los demás.

    “Ah, pero y qué de mi libertad cristiana”. Nuestro uso de la libertad cristiana debe ser regulado por el amor, y el amor no busca lo suyo.

    E. Cuidado con seguir la indisposición de nuestra carne contra todo deber impuesto por Dios en este asunto del uso del “amén” en la adoración pública:

    Recuerden que nuestra carne se opone a todo deber impuesto por Dios, pero nuestra obligación en tal caso es a resistir esa indisposición y hacer lo que debemos hacer. Alguien puede decir: “Es que todo esto no es natural para mí”.

    Si somos cristianos, la Biblia dice que hemos sido hecho partícipes de la naturaleza divina. Muchas cosas son ahora naturales para nosotros a pesar de que antes eran anormales.

    ¿Acaso era natural para nosotros venir a la Iglesia cada domingo? ¿O dar gracias por los alimentos? ¿O leer la Escritura todos los días? Nada de eso era natural, pero se supone que sea natural ahora.

    Pues de igual modo debemos en esto seguir lo que Dios ha decretado en Su Palabra. Aunque vamos a la iglesia como individuos, también vamos como parte de un cuerpo a escuchar la Palabra de Dios y a elevar nuestros corazones a Él en oración y alabanza.

    Y Dios espera de nosotros, no solo que mantengamos nuestros corazones sintonizados con la Palabra que está siendo expuesta, o con las oraciones que están siendo elevadas, sino también que expresemos nuestro asentimiento a través del “amén”.

    Los creyentes honramos a Dios y a Su Palabra cuando nos esforzamos como individuos y como Iglesia en traer todas las áreas de nuestra vida bajo los principios que Dios ha establecido en Su Palabra.

    Debo reconocer por justicia que para estos post me fueron de mucha ayuda unas clases de Escuela Dominical impartidas por el pastor Albert Martin.

    © Por Sugel Michelén. Todo Pensamiento Cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.
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