El uso del “amén” en el culto público

“Porque si bendices sólo con el espíritu, el que ocupa el lugar de simple oyente, ¿cómo dirá el Amén a tu acción de gracias? Pues no sabe lo que has dicho” (1Cor. 14:16).

La palabra hebrea “amén” es parte de una familia de palabras que giran alrededor de la idea de certeza o veracidad. En el AT es usada como una expresión de confianza o asentimiento sobre lo que otro está diciendo.

Por ejemplo, en 1R. 1:36 vemos como Benaía acepta la tarea impuesta por el rey David de ungir a su hijo Salomón como su sucesor al trono haciendo uso del “amen”:

Entonces Benaia hijo de Joiada respondió al rey y dijo: Amen. Así lo diga Jehová, Dios de mi Señor el rey”.

También encontramos el uso del “amén” como una confirmación o aceptación personal de alguna advertencia o maldición divina (Nm. 5:22). Y en muchos lugares del AT encontramos esta palabra como un asentimiento del pueblo a las expresiones de adoración que se rendía a Dios. En este sentido es interesante notar que los primeros cuatro libros de los cinco que componen los salmos, concluyen con el amén (Sal. 41:13; 72:19; 89:52; 106:48).

En todos estos casos la palabra amén es usada como un reconocimiento de que la Palabra que ha sido pronunciada es válida y, por lo tanto, que nos estamos comprometiendo en cierto modo a cumplirla. Así que el significado básico de la palabra en el AT es que lo que ha sido pronunciado es válido y seguro.

En el NT encontramos que la palabra hebrea amén ha sido trasladada al idioma griego a través de una simple transliteración; es decir, se ha tomado la palabra tal como suena y se ha adaptado al alfabeto griego. Lo mismo ocurre con la palabra en nuestro idioma; se escribe y se pronuncia “amén”, solo que usando, obviamente, las letras de nuestro alfabeto.

Sin embargo, en el NT el significado de esta expresión se enriquece. Por un lado, la encontramos en el mismo contexto de adoración que es tan común en el AT (comp. Rom. 9:5; 11:36). Pero en el NT adquiere ciertas connotaciones características. Por ejemplo, vemos que el Señor la usa para llamar la atención sobre algunas declaraciones solemnes o para recalcar la certeza de ciertas promesas (Jn. 3:3, 5; 5:24; 8:58).

Es usada también para enfatizar la confiabilidad que Dios nos ha dado en Cristo (2Cor. 1:20). La idea parece ser la siguiente: “Todas las promesas que Dios ha hecho a los pecadores, todas tienen un punto en común: que en Cristo todas son Sí”.

¿Puede Dios realmente perdonar todos mis pecados si voy a Cristo en arrepentimiento y fe? Sí. ¿Pero aun en el caso de que mis pecados se hayan multiplicado como las estrellas del cielo y como la arena del mar? La respuesta siempre es la misma: Sí. Y cuando esto es comprendido y aceptado, la respuesta que brota del corazón es “Amén”. Todas las promesas de Dios son en Cristo “Sí” y “amén”.

Pero el clímax de esta expresión lo encontramos en Ap. 3:14, en donde la palabra “Amén” es usada como uno de los títulos que identifican a nuestro Señor Jesucristo. Él es el Amén, sus palabras siempre son fieles y verdaderas, y Él mismo es la máxima expresión de la fidelidad de Dios a Sus promesas. Dios cumplió en Cristo todo cuanto había prometido a través de Sus profetas. Cristo es en Su Persona y en Su obra redentora el Amén de Dios.

De modo que la palabra “amén” ha sido introducida por Dios mismo en la vida de Su pueblo como la expresión audible de un corazón que confía plenamente en Su Dios.

Al decir el “amén” estamos manifestando nuestra confianza en la veracidad y validez de las palabras que han sido pronunciadas. Lamentablemente, algunos grupos cristianos abusan del “amén”, mientras en otros grupos es un término casi totalmente ausente. Por lo que debemos preguntarnos ahora, ¿cuándo debemos usar la palabra “amén” en nuestros cultos de adoración?

Al hablar de la adoración a Dios nos estamos refiriendo a todas aquellas actividades por medio de las cuales Dios se acerca a nosotros como Su pueblo, y todas aquellas actividades por medio de las cuales nosotros nos acercamos a Él como nuestro Dios.

Es cierto que la adoración a Dios involucra muchos detalles, pero todos esos detalles pueden ser agrupados en dos categorías fundamentales: aquellas cosas por medio de las cuales Dios se acerca a nosotros, y aquellas cosas por medio de las cuales nosotros nos acercamos a Dios cuando nos congregamos como pueblo.

Dios viene a nosotros al manifestar Su presencia en medio nuestro a través de la predicación de Su Palabra; nosotros, en cambio, nos acercamos a Él a través de la confesión de nuestros pecados, a través de nuestros cánticos de alabanza, de nuestras acciones, de nuestras súplicas, etc.

Por eso decimos que todo lo concerniente a la adoración puede ser agrupado en esas dos categorías generales. En la adoración Dios se acerca a Su pueblo, y el pueblo se acerca a Su Dios (comp. Sant. 4:8). Y es precisamente en esos dos contextos en que debemos ubicar el uso del amén en la adoración:

A. Como una expresión de asentimiento cuando la Palabra de Dios es declarada:

Deut. 27:15-26. Cuando estas maldiciones fueran leídas el pueblo debía asentir a la Palabra de Dios pronunciando un “Amén”. ¿Podía Dios leer el corazón de la gente y ver si estaban asintiendo a la Palabra proclamada? Si, Dios puede leer el corazón, y ver si estamos asintiendo o no a lo que se está proclamando, pero Él esperaba un asentimiento verbal de parte de Su pueblo.

Al hacerlo de ese modo estaban profesando abiertamente su fe en la veracidad de las palabras que estaban siendo pronunciadas. No es un juego lo que se está diciendo aquí. Dios está declarando a través de sus siervos que Él real y efectivamente ha de manifestar Su ira contra la impiedad e injusticia de los hombres, y ni un jota, ni una tilde de esas advertencias caerán a tierra.

Los hombres se caracterizan por sus promesas y amenazas incumplidas. Pero cuando Dios promete o amenaza Sus palabras tienen cumplimiento porque son fieles y verdaderas. Cuando el pueblo de Dios dice el “amén” está profesando abiertamente su fe en la validez y seguridad de tales palabras.

Por otra parte están manifestando su confianza en la equidad de Dios al pronunciar estas maldiciones. Al decir el “amén” no sólo expresaban que estas palabras eran fieles y verdaderas, sino también justas y equitativas. El “amén” significaba en este sentido: “Eres justo, oh Dios, así debe ser; eso es lo que merecen aquellos que violen tu santa ley”.

Y finalmente, al pronunciar el “amén” estaban impresionando sus propias almas, y atando sus propias conciencias al cumplimiento de la ley divina. Al dar el “amén” a estas maldiciones estaban llamando sobre sí mismos la ira de Dios en caso de incurrir en esas prácticas perversas que la ley condenaba.

Esa es la respuesta que Dios espera de Su pueblo cuando Su Palabra es proclamada. Es una respuesta del alma, del corazón, pero que se manifiesta audiblemente a través del “amén” (comp. Neh. 5:13; Ap. 1:7; 22:20).

El predicar la Palabra de Dios requiere de un gran esfuerzo espiritual e intelectual. Es realmente agotador predicar la Palabra. Pero el escuchar una prédica también lo es. Es un verdadero ejercicio intelectual y espiritual el poder mantener la atención sobre una exposición de la Palabra de Dios durante 50 minutos o una hora. Nuestra carne se resiste a ello.

Pero Dios espera de Su pueblo a que resistan la tentación de distraerse, la tentación de ser perezosos mentalmente y de irse por el lado fácil. Y más aún: Dios espera un asentimiento de corazón a esa Palabra que está siendo expuesta; por eso introdujo la palabra “amén” en la vida de Su pueblo, como una expresión de asentimiento cuando Su Palabra es declarada.

B. Como una expresión de asentimiento a la adoración que rendimos a Dios:

1Cro. 16:7 y 36b. Asaf y sus hermanos alabaron a Dios públicamente, y el pueblo respondió: “Amén”. Lo mismo vemos en el Sal. 106:48 que citamos anteriormente: “Bendito Jehová Dios de Israel, desde la eternidad y hasta la eternidad; y diga todo el pueblo, Amén”.

También lo vemos implicado en 1Cor. 14:16. La idea obvia que está detrás de estas palabras es: “Si él sabe lo que has dicho y asiente a ello dirá el amén”. Pero quizás ningún otro texto de la Escritura presenta esta verdad de una manera más impactante que el cuadro que encontramos en Ap. 5:11-14.

Cuando venimos como Iglesia a adorar debe haber un orden. Por ello algunos tienen la tarea de dirigir la adoración. Pero todos los demás tenemos el deber de concentrarnos en aquello que la Iglesia como cuerpo está haciendo para acercarse a Dios, a la vez que debemos tener una participación audible, externa.

“Señor, estoy de acuerdo con lo que se está diciendo; con todo mi corazón asiento estas expresiones de adoración”. Y lo mismo cuando venimos a orar corporativamente. Es cierto que es uno sólo quien eleva su voz a Dios en oración como representante de toda la Iglesia; pero toda la Iglesia debe envolverse unánime con el que ora.

Ese no es el momento para pensar en las cuentas que tengo que pagar, o en las diligencias que faltan por hacer; ni siquiera es el momento para orar por mis cosas personales. Estamos aquí como cuerpo, presentando nuestras peticiones delante de Dios unánimemente, a una sola voz.

Lo que está envuelto en esto no es una simple expresión verbal. Se trata de una expresión externa que manifiesta un asentimiento interno.

Dios lo ha establecido así, y si somos creyentes verdaderos hemos de estar interesados como individuos y como Iglesia en traer todas las áreas de nuestras vidas a los principios que Dios ha establecido en Su Palabra, sobre todo, en aquellas cosas que tienen que ver con la adoración de Su pueblo.

Más adelante veremos algunos principios que deben regular el uso del “amén” en el culto público.

© Por Sugel Michelén. Todo Pensamiento Cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.

http://www.todopensamientocautivo.com/2010/09/el-uso-del-amen-en-el-culto-publico/

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