El Metodismo


A principios del siglo XVIII, un grupo de estudiantes de la Universidad de Oxford organizaron un club cuyos miembros “se comprometían a llevar una vida santa y sobria, a recibir la comunión una vez por semana, a cumplir fielmente sus devociones privadas, a pasar tres horas reunidos cada tarde, estudiando las Escrituras y otros libros religiosos, y a visitar las cárceles regularmente”.

Entre los miembros de este grupo se encontraban los hermanos Wesley, Juan (1703-1791) y Carlos (1707-1788), y George Whitefield (1714-1770). Muy pronto este grupo fue conocido como el “Club Santo”, y sus miembros señalados burlonamente como “metodistas” por su forma metódica de vivir.

De este grupo, sólo Juan era un sacerdote ordenado de la Iglesia anglicana, de manera que pronto vino a ser el líder del grupo. En 1735 muere Samuel, el padre de los Wesley, por lo que Juan se prepara para sucederle como ministro.

Pero entonces, el Conde de Oglethorpe hace un llamado para reclutar misioneros que llevaran el evangelio a la recién fundada colonia de Georgia, en América, y  Susana Wesley, madre de Juan y Carlos, anima a sus dos hijos a responder al llamado. Ambos se embarcan en octubre de ese año.

En ese viaje ocurrió un incidente que marcó la vida de Juan. Una fuerte tormenta azotó la nave, y Juan, que era capellán del barco, mostró más preocupación por su propia vida que por las almas de aquellos a quienes debía ministrar.

Providencialmente, en ese mismo barco iba un grupo de moravos (de convicciones pietistas) que mostraron en todo momento una asombrosa ecuanimidad que causó una profunda impresión en Juan Wesley. Pasada la tormenta, los moravos le explicaron que por causa de su fe no le tenían miedo a la muerte. Eso le produjo a Juan una seria duda de su estado espiritual delante de Dios, a pesar de que hasta ese momento se consideraba un buen cristiano.

Al llegar a la colonia, los dos hermanos se dedicaron intensamente a su labor. El más dotado era Juan, quien podía predicar en alemán, en francés y en italiano, aparte del inglés. Sin embargo, a pesar de sus conocimientos, Juan le pidió consejos a uno de los líderes moravos, Gottlieb Spangenberg, en lo tocante a su labor como pastor y como misionero a los indios. Juan dejó constancia de esta conversación en su diario:

Mi hermano—, me dijo, —primero debo hacerte dos preguntas. ¿Tienes el testimonio dentro de ti? ¿Le da testimonio el Espíritu de Dios a tu espíritu, de que eres hijo de Dios? Yo me mostré sorprendido, y no sabía cómo contestarle. El se dio cuenta de ello, y me preguntó: — ¿Conoces a Jesucristo?—Sé que es el Salvador del mundo.

—Cierto— me contestó, —pero, ¿sabes que te ha salvado a ti?—Tengo la esperanza de que murió por salvarme.

—Pero, ¿lo sabes?—Si, lo sé.

Después, en su diario, el joven sacerdote añadió las palabras: “Pero me temo que lo que dije no fueron sino palabras vacías”.

Una vez asentados en Georgia, fundaron una pequeña sociedad similar a la que tenían en Oxford. Pero Juan carecía de tacto y trató de establecer en la iglesia reglas muy estrictas, por lo que su labor no tuvo mucho éxito en Georgia. Un año después Carlos se enfermó y dejó la colonia para regresar a Inglaterra.

El 1 de febrero de 1738 Juan regresó también en medio de una difícil situación. Al regresar a Inglaterra, Juan no estaba seguro del camino que debía tomar, pero mantuvo sus relaciones con los hermanos moravos. Después de varias conversaciones con uno de ellos, Wesley llegó a la conclusión de que no poseía fe salvadora y que debía dejar de predicar. Pero el 24 de mayo de 1738, Wesley y tuvo una experiencia que cambió por completo el curso de su vida:

“Por la noche fui de muy mala gana a una sociedad en la calle Aldersgate, donde alguien leía el prefacio de Lutero a la Epístola a los Romanos. Cuando faltaba como un cuarto para las nueve, mientras él describía el cambio que Dios obra en el corazón mediante la fe en Cristo, sentí en mi corazón un ardor extraño. Sentí que confiaba en Cristo, y solamente en él, para mi salvación, y me fue dada la certeza de que él había quitado mis pecados, los míos, y me había salvado de la ley del pecado y la muerte”.

A partir de ese momento, Wesley no volvió a dudar de su salvación, por lo que podía dedicarse por entero a procurar la salvación de otros. Para esa época, George Whitefield se había convertido en un famoso predicador, luego de haber atravesado por una experiencia similar a la de Juan Wesley. El también partió hacia Georgia para servir allí como pastor, pero regresando siempre a Gran Bretaña donde su predicación no era bien recibida por todos; por tal razón Whitefield tomó la decisión de comenzar a predicar al aire libre.

En un principio, Wesley y Whitefield trabajaron juntos por un tiempo. Pero debido a las responsabilidades de Whitefield en la colonia de Georgia, así como por las dotes de liderazgo de Wesley, éste quedó finalmente como cabeza del movimiento. Pero un desacuerdo doctrinal habría de dirigir a los dos amigos y, por ende, al movimiento metodista. Justo L. González dice al respecto:

“Ambos eran calvinistas en lo que se refería a cuestiones tales como el significado de la comunión, el modo en que la fe ha de redundar en santidad de vida, etc. Pero en cuanto a la predestinación y el libre albedrío Wesley se separaba del calvinismo ortodoxo, y seguía la línea arminiana. Tras varios debates sobre tales cuestiones, los dos amigos decidieron seguir cada cual por su camino, y evitar controversias —aunque no siempre sus seguidores se abstuvieron de ellas. Con el apoyo de la Condesa de Huntingdon, Whitefield encabezó un movimiento que logró particular éxito en la región de Gales, y que después resultó en la formación de la Iglesia Metodista Calvinista”.

A pesar del éxito de su obra, Wesley no tenía ninguna intención de fundar una nueva denominación aparte de la Iglesia anglicana, sino que, al igual que el pietismo alemán, su propósito era despertar a los que profesaban la fe dentro del anglicanismo. Por esta razón, nunca predicaba en el mismo horario que los servicios de la Iglesia, a la cual debían asistir todos los metodistas para recibir la comunión cada domingo.

Sin embargo, pronto fue necesario organizar el movimiento que se reunía primero en casas privadas, pero que luego llegaron a tener sus propios edificios. Pero dos cosas impulsaron al metodismo a declararse independiente. Dice González:

“Según una ley de 1689, se toleraban en Inglaterra los cultos y los edificios religiosos que no fuesen anglicanos, siempre que se inscribieran como tales ante la ley. Los metodistas estaban entonces en un aprieto, pues si no se inscribían quedarían fuera de la ley, y si lo hacían estarían declarando, tácitamente al menos, que no eran anglicanos. Tras largas vacilaciones, Wesley decidió que sus predicadores debían cumplir la ley, y por tanto, en 1787, les dio instrucciones en el sentido de que se inscribieran. Aunque todavía él, sus predicadores y sus sociedades seguían llamándose anglicanos, habían dado el primer paso legal hacia su separación de la iglesia nacional de Inglaterra.

“Tres años antes, Wesley había dado otro paso mucho más drástico desde el punto de vista teológico. Desde hacía largo tiempo, se había convencido de que en el Nuevo Testamento un “obispo” era lo mismo que un “presbítero”, y que en la iglesia antigua, por lo menos durante más de dos siglos, los presbíteros habían tenido el derecho de ordenar a otros cristianos. Por largo tiempo se abstuvo de ejercer esa prerrogativa que creía poseer, por no enemistarse aún más con las autoridades eclesiásticas. Pero la independencia de los Estados Unidos (de que trataremos en nuestra próxima sección) cambió la situación. Durante la Guerra de Independencia la mayor parte del clero anglicano en Norteamérica había tomado el partido inglés. Al llegar la independencia, casi todos ellos se vieron obligados a regresar a Inglaterra. En tales circunstancias, se les hacía muy difícil, y hasta imposible, a los habitantes de la nueva nación participar frecuentemente de la comunión. Y Wesley estaba convencido de que tales servicios sacramentales eran fundamentales para la vida cristiana. El Obispo de Londres, que supuestamente tenía jurisdicción sobre las antiguas colonias inglesas, se negaba a ordenar nuevo personal para ellas.

“Por fin, en septiembre de 1784, Wesley dio el paso definitivo y ordenó a dos de sus predicadores laicos como presbíteros. También consagró al presbítero anglicano Tomás Coke como “superintendente”, sin duda teniendo en mente que ese título no es sino la forma latina del término griego “obispo”. Poco después ordenó a otros para servir en Escocia y otras tierras.

“A pesar de haber dado estos pasos, Wesley continuaba insistiendo en la necesidad de no romper con la Iglesia Anglicana. Su hermano Carlos le decía que la ordenación misma era ya una ruptura. En 1786, la Conferencia decidió que, en aquellos lugares en que los ministros anglicanos fueran decididamente ineptos, o donde las iglesias no tuvieran lugar para toda la población, se permitiría celebrar las reuniones metodistas a la misma hora del culto anglicano. Una vez más, Wesley decidió dar ese paso muy a pesar suyo, pero constreñido por la necesidad de servir a una población urbana cada vez mayor, para la cual no bastaban los servicios que la Iglesia Anglicana ofrecía”.

El movimiento se separó finalmente de la Iglesia anglicana después de la muerte de Juan Wesley, en 1791. Pero ya para ese tiempo el metodismo se había convertido en un movimiento religioso distinto que cambió el panorama religioso en el siglo XVIII y que habría de perdurar hasta nuestros días.

© Por Sugel Michelén. Todo Pensamiento Cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.

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