Efesios parte 6


III El pueblo nuevo de Dios

1. La condicion de la sociedad sin Jesucristo 2:11-12

2. La iglesia un nuevo pueblo en Cristo

3. La iglesia un misterio revelado (Pablo,lo da a conocer) 3:1-13

4. Oracion para que la plenitud de Dios habite en este pueblo 3:14-21

1. La Condición de la  sociedad sin Jesucristo. 2:11-12 (Antes: alejados)

A. No debemos olvidar como estábamos “portante, acordaos” v.11
B. Incircuncisos, sin privilegios ni promesa Gen. 17:9-14

  • Llamados: gr. lego: colocados

C. Gentiles, no éramos pueblo de Dios.    Dto. 7:6-8
D. Sin Cristo, sin el ungido, el enviado del cielo para mostrar el camino a Dios
E. Alejados: Jorís: aparte; en otras versiones: excluidos, sin ciudadanía, sin derechos,
Kelpers
F. Ajenos: Apolotrióo: apo: separado, alótrio: de otro, En inglés aliens; v.12 y 4:18 en la
parábola de Lc. 15 (se traduce perdidamente: alienado)

Marx usó la palabra alienación; es un vocablo muy util para explicar la alienacion del hombre con su Creador.

Pero mucho antes que Feuerbach y Marx, la Biblia habló de la alie­nación humana. Describe dos alienaciones, aun más radicales que la política y la económica. Una es la alienación de Dios nuestro Creador y la otra es la alienación unos de otros, con las demás criaturas. Nada es más deshumanizante que esta rotura de relaciones humanas funda­mentales. Es entonces que nos transformamos en extraños en un mun­do en el que deberíamos sentirnos como en casa, y en alienados en vez de ciudadanos.[0]

  • v.12 de la ciudadanía de Israel
  • 4:18 del la vida de Dios

La “Alienación” es en parte un sentido de insatisfacción por el estado de cosas y en parte un sentido de impotencia para cambiarlo. Este es un sentimiento generalizado en los países democráticos de Occidente y sería tonto que los cristianos lo ignorasen, afirma John Stott.[1]

En el Nuevo Testamento aparece sólo en estos dos versículos de Efe­sios, junto con el paralelo de Colosenses, para uno de ellos:

4:18       “ajenos (alienados) de la vida de Dios” (c£ Col.l:20,21)

2:12       “alejados (alienados) de la ciudadanía de Israel” [2]

G. Sin esperanza, no tenían seguridad
H. Sin Dios, ateos, o sin conocer el camino a Dios pese a los muchos dioses que tenían.

  • En el mundo, cosmos, no aión.

Es casi imposible para nosotros, casi a fines del siglo veinte d.C., formarnos la idea de aquellos días en que la humanidad estaba profundamente dividida entre judíos y gentiles. La Biblia comienza con una clara declaración de la unidad del género humano. Pero después de la caída y del diluvio, encontramos los orígenes de la división y separación humanas. Pareciera que Dios mismo contribuyó al proceso eligiendo a Israel entre todas las naciones para que fuera su pueblo “santo” o “especial”. Pero necesita­mos recordar que al llamar a Abraham, le prometió bendecir a todas las familias de la tierra a través de su posteridad; al elegir a Israel lo hizo para que fuera una luz para las naciones. La tragedia es que Israel olvidó su vocación, cambió su privilegio en favoritismo y terminó por despreciar y hasta detestar a los paganos, considerándolos como “pe­rros”.

Williarn Barclay nos ayuda a sentir la alienación entre las dos comunidades, y la hostilidad profundamente arraigada entre ellos, es­pecialmente del lado judío. Escribe:

“El judío abrigaba un enorme desprecio por el gentil. Los gentiles, decían, habían sido creados por Dios para ser combustible para el fuego del infierno. Dios sólo amaba a Israel de entre todas las na­ciones que había hecho. … Ni siquiera estaba permitido ayudar a dar luz a una madre gentil: pues sería simplemente traer al mundo un gentil más. Antes de la venida de Cristo los gentiles eran objeto de desprecio para los judíos. Las barreras que los dividían eran infranqueables. Si un judío o una judía se casaba con un gentil, se llevaba a cabo el funeral del joven (o de la joven) judío. Tal contacto con el gentil equivalía a la muerte”.[3]

El símbolo más conocido de esta doble alienación gentil, de Dios y de Israel como pueblo de Dios, era la así llamada “pared intermedia de separación” (v.!4,VRV) o “muro de enemistad” (VP). Era un rasgo notable del magnífico templo construido en Jerusalén por Heredes el Grande. El edificio mismo del templo estaba construido sobre una plataforma elevada. A su alrededor se levantaba el atrio de los sacer­dotes. Al oriente de éste estaba el atrio de Israel, y más hacia el este el atrio de las mujeres. Estos tres atrios, para los sacerdotes, los hom­bres laicos y las mujeres laicas de Israel respectivamente, estaban todos en la misma elevación que el edificio del templo. Desde ese nivel se descendía cinco escalones a una plataforma amurallada, y luego, al otro lado de la pared, otros catorce escalones hacia otra pared, detrás de la cual estaba el atrio exterior para los gentiles. Era un atrio espacioso que se extendía alrededor del templo y sus atrios interiores. Desde cualquier lugar de él los gentiles podían mirar y ver el templo, pero no se les permitía aproximarse. Estaban separados de él por la pared circular, que era una barricada de piedra de un metro y medio de espesor sobre la cual se exhibían espaciadamente, notas de advertencia en griego y latín. No decían, en efecto: “Los que pasen serán enjuiciados” sino “Los que pasen serán ejecutados”.

Josefo, el famoso historiador judío, describe esta barricada en sus dos libros. En Antigüedades escribe que el templo estaba

“rodeado de una pared divisoria de piedra, con una inscripción que prohibía a cual­quier extranjero entrar bajo pena de muerte”.[4]

En sus Guerras de los judíos es un poco más explícito. “Había”, escribe,

“una separación hecha de piedra a su alrededor, cuya altura era de tres codos. Su con­strucción era muy elegante; sobre ella había pilares a igual distancia unos de otros, donde estaba inscripta la ley de pureza, en griego y en letras romanas, que decía: ‘ningún extranjero debe entrar a este santua­rio’ “.[5]

Durante los últimos cien años o más, se han descubierto dos de las inscripciones griegas, una en 1871 y la otra en 1935. La primera, exhibida en un museo de Estambul, es una plancha blanca de piedra caliza que mide casi un metro de largo. Sus palabras exactas son:

“Nin­gún extranjero puede atravesar la barrera y los aledaños alrededor del templo. Cualquiera que sea sorprendido haciéndolo tendrá que cul­parse a sí mismo por su muerte”.

Pablo sabía todo esto por su expe­riencia personal. Sólo habían pasado tres años desde que un grupo de judíos furiosos, que pensaba que había llevado a un gentil al templo casi lo lincha. Curiosamente, era un efesio llamado Trófimo.

Este es el trasfondo histórico, social, y religioso de Efesios 2. Aunque todos los seres humanos están alienados de Dios por el peca­do, los gentiles también estaban alienados del pueblo de Dios. Y aun peor que esta doble alienación (de la cual la pared del templo era un símbolo) era la “enemistad” u “hostilidad” activa (echthra) que afloraba constantemente: la enemistad entre el hombre y Dios, y la enemistad entre gentiles y judíos.

El gran tema de Efesios 2 es que Jesucristo ha destruido ambas enemistades. Ambas se mencionan en la segunda mitad del capítulo, aunque en orden inverso:

versículo 14       “él… de ambos pueblos hizo uno, derribando la pared intermedia de separación (echthra) “.

versículo 16       “y . . . reconciliar con Dios a ambos en un solo cuerpo, matando en ella las enemistades (echthra) “.

Junto con la abolición de estas dos enemistades Jesús ha podido crear una sociedad nueva, en realidad una humanidad nueva, en la cual la alienación ha dejado lugar a la reconciliación, y la hostilidad a la paz. Y esta nueva unidad humana en Cristo es la prenda y el anticipo de aquella unidad final bajo la cabeza de Cristo, a la que Pablo ya ha mirado con esperanza en 1:10.

Notas

0 J.Stott, La Nueva Humanidad – El mensaje de Efesios, ed. Certeza

1 Ibid

2 Ibid

3 Ibid

4 Ibid

5 Ibid

6 Ibid

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