La invocación de los líderes a Dios


La invocación de los líderes a Dios

EL MUNDO

TRES MILLONES de dólares para fundar una institución donde colaboren científicos africanos, tres millones más para dotar un premio internacional destinado a científicos que contribuyan a «mejorar la vida humana» y unos 60.000 millones de euros para sí mismo y su corrupta familia. Para los habitantes de su país, abonados a la miseria -pese a la riqueza petrolífera que les rodea-, asolados por enfermedades y oprimidos por la dictadura, nada. Así es la filantropía de Teodoro Obiang Nguema; enorme, pero selectiva. El mundo entero se indignó al conocer que la Unesco aceptó, semanas atrás, la propuesta del tirano de Guinea Ecuatorial para patrocinar el Premio Unesco-Obiang, de carácter científico, y con la dotación económica mencionada. Ante la oleada de protestas, la organización de Naciones Unidas para la educación decidió aplazar la decisión de dar vía libre al Premio. Sin embargo, la decisión será difícil de anular.

Aun más difícil sería subvertir la monstruosa autocomplacencia de Obiang, que se ha declarado apoyado por Dios y «en contacto permanente con el Todopoderoso», según un reportaje reciente de la radio estatal de Guinea Ecuatorial. «Tiene el derecho de matar», según el mismo reportaje, «sin temor a castigo ni en esta vida ni en la próxima, ya que es Dios quien le confiere su poder».

Que los gobernantes buscaran la legitimidad divina era absolutamente normal en todo el mundo hasta fechas relativamente recientes, por no mencionar, claro, a todos los líderes de la Antigüedad y la Edad Media, que carecían de otras fórmulas legitimadoras para ejercer su poder. Pero el presidente Obiang se declara un demócrata -elegido por el 95% de sus conciudadanos-. Claro que nadie se cree que lo sea, como tampoco cuela que cuente con la aprobación divina. Parece curioso que un político ajeno a cualquier concepto auténticamente religioso, un tirano cuyo poder se fundamenta en la fuerza bestial, un monstruo humano que respira un paganismo salvaje y que hasta se enorgullece por «devorar», literalmente, a sus enemigos, en actos de supuesto canibalismo, sea tan atento a Dios.

Obiang es uno de los peores dirigentes del mundo actual. Pero no es el único que invoca permanentemente a Dios. George W. Bush insistía en que, a pesar de su adicción juvenil al alcohol y a las drogas -e implícitamente a pesar de su reconocida estupidez-, había «vuelto a nacer» por la gracia divina que le hizo digno de ser presidente de Estados Unidos. Por su parte, el ex primer ministro británicoTony Blair ofendía a sus partidarios seculares por invocar repetidamente a Dios; ahora dirige a una fundación supuestamente dedicada a fomentar la cooperación entre distintas tradiciones religiosas.

En Irán y Arabia Saudí sus constituciones definen al jefe de Estado como el representante de Dios. Vladimir Putin, primer ministro ruso, a quien hasta hace poco nadie suponía creyente, hace el signo de la cruz cada vez que visita una iglesia o un lugar religioso y dice que «todo lo que nos da Dios» -sin excluir, por supuesto, a su propio régimen- «es bueno». Silvio Berlusconi, un tipo cuyo comportamiento no parece alinearse con los mandatos divinos, ha pedido al pueblo italiano que rece «por la ayuda de Dios» para salir de la crisis económica. Nicolas Sarkozy provocó justo antes del verano un debate en Francia -Estado definido por su laicismo- por citar a Dios en un discurso «no sólo», según un diputado socialista, «en cada página, sino en cada párrafo». Y la canciller Angela Merkel fue firme partidaria de que Dios se hubiese nombrado en el fallido Tratado de Constitución para la Unión Europea. El reino de Dios no es de este mundo, pero a muchos de los reinantes aquí abajo no les basta, por lo visto, ni la democracia ni el secularismo.

Por lo que sabemos, las sociedades humanas son las únicas que necesitan buscar formas para legitimar a sus dirigentes. Entre las culturas de otros primates prevalece una única forma de seleccionar a los líderes: el poder se confía al más fuerte, el varón alpha. Suponemos que entre nuestros antepasados homínidos sucedía lo mismo. Pero hace no sabemos cuánto tiempo -tal vez unos 200.000 años-, los humanos empezaron a experimentar sistemas de poder: el liderazgo del patriarca, la gerontocracia, la elección por supuesta sabiduría o carisma, el mando del chamán, el mando colectivo de élites, de oligarcas o del pueblo entero. El sistema que más éxito tuvo fue el de privilegiar a ciertos miembros de la comunidad por sus cualidades supuestamente heredadas. Este sistema se apoyaba en dos aspectos: la experiencia -ya que es y era evidente que varias características importantes, tanto físicas como intelectuales, pueden transmitirse por herencia- y la garantía de paz, al evitar conflictos en la sucesión, si ésta recaía de forma preestablecida en el hijo del jefe.

Pero todos esos sistemas, y todos los que se han añadido a través de los siglos, llevan la misma dificultad: el varón alpha puede intervenir. Por eso, tal vez, se recurrió al concepto de legitimación por Dios o por los dioses. Paradójicamente, para desafiar a los chamanes y sacerdotes, los reyes seculares necesitaban a Dios. A cambio de favores, las autoridades religiosas les ofrecían su bendición. La alianza entre poder secular y legitimación divina se concretó en la tradición occidental por la negligencia de la iglesia primitiva. Cristo y los apóstoles esperaban ávidamente el fin del mundo y no se preocupaban por la política. San Pablo declaró que «todos los poderes de este mundo proceden de Dios», aunque pareciesen diabólicos. Luego, cuando el fin del mundo parecía que se había desvanecido por razones ignoradas, la Iglesia explotó su papel legitimador entre los reyes del mundo para intentar calmar su cólera, refrenar su agresión y templar su crueldad.

La tradición, por lo visto, es fuerte, ya que sigue vigente hasta el día de hoy. Lo que sorprende, empero, es que siga teniendo eficacia, alcanzando respeto y afectando a las realidades políticas en un mundo que, en otros aspectos, parece confiar exclusivamente en soluciones seculares, prácticas, materialistas y supuestamente científicas. Lo más probable, por ejemplo, es que el Premio Unesco-Obiang, si logra establecerse, se entregue a alguien que experimente con células embrionarias, o por lo menos a un investigador que no cree en milagros.

El mero hecho de que la Unesco haya contemplado aceptar el dinero de Obiang es una prueba de que Dios no tiene nada que ver con el asunto. Si el tirano realmente necesitara la aprobación divina, se le hubiera destituido hace tiempo. Pero la retórica religiosa sigue manteniendo su influencia, o por lo menos su presencia en la vida política, a pesar de que la realidad religiosa no cuenta casi nada.

La explicación superficial -que los creyentes son numerosos y los políticos invocan a Dios para conseguir sus votos- no me convence. Para un creyente, el uso del nombre de Dios por políticos egoístas es un abuso clarividente. Bush y Blair abusaban de sus creencias cristianas para justificar sus guerras. Un cristiano sincero hubiera preferido optar, como Cristo, por la paz. Ningún votante devoto perdonará tampoco a Putin sus excesos antidemocráticos por el hecho de que abuse, desvergonzadamente, del signo de la cruz.

Y todos los votantes católicos y musulmanes de Francia e Italia saben perfectamente que Sarkozy y Berlusconi son tipos laicos; puede que les voten si es que aprueban sus políticas, pero no lo harán por pensar que unas frasecillas empapadas de agua bendita santifiquen sus conductas corruptas e inmorales. No hay quien admita que las matanzas de Obiang tengan una inspiración divina -ni lo piensa, supongo, el mismo Obiang, cuyos crímenes, por ahora, no se absuelvan por motivos de locura-.

La presencia de Dios en las autojustificaciones de los políticos actuales tiene que explicarse por razones más sutiles. Se sitúa entre las otras corrientes contradictorias de la modernidad: la coexistencia de ciencia y ciencia-ficción; de realismo y magia; de medicina y homeopatía; de futurólogos y astrólogos; de tecnología y fantasía; de extremos opuestos de escepticismo y fundamentalismo; del supuesto progreso y los nuevos problemas que trae consigo.

En el fondo del corazón sabemos que no tenemos soluciones para todos nuestros problemas, que nuestra civilización es frágil, que es probable que la naturaleza nos acabará venciendo, y que los humanos, si estamos solos en el universo, fracasaremos por falta de ayuda de alguien más sabio y mejor preparado. Los políticos no se refieren a Dios para conseguir votos, sino por satisfacer a sus propias necesidades psicológicas. Y las invocaciones por los ateos y mundanos suben al cielo con las oraciones de los creyentes.

No es que Obiang, Putin, Sarkozy y todos los que se les parecen no sean creyentes: es que son creyentes insinceros. Y la creencia insincera, por paradójico que resulte, sí existe.

Felipe Fernández-Armesto es historiador y ocupa desde 2005 la cátedra Príncipe de Asturias de la Tufts University en Boston (Massachusetts, EEUU).

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