El equilibrio del evangelio


Quizás herencia de nuestra sangre latina, somos de defender con mucha vehemencia lo que sentimos, creemos o pensamos como verdadero. En algunas circunstancias eso puede ser meritorio y digno de elogio, pero cuando eso mismo nos lleva a no escuchar al otro o a oponerme por la oposición misma, sin dar soluciones superadoras, se convierte en un verdadero problema. Pasa con nuestra dirigencia política, pues sabemos que en la mayoría de los casos un sector se va a oponer a lo que dice el otro, sólo porque lo dice el otro. Sin importar lo buena que puedan resultar las propuestas, parece que sólo basta que las diga el otro, para que yo me oponga.

Eso que es malo para la gobernabilidad de cualquier país, muchas veces se traslada a aquellos que tenemos que predicar el evangelio de Cristo. Muchos piensan que el evangelio es sólo una serie de prisión que envuelve al hombre y a la mujer en una interminable lista de leyes que empiezan con un “no”. Esa visión acotada de lo que el evangelio y la vida cristiana son, tiene su raíz en nosotros mismos, los cristianos, que muchas veces transmitimos esa imagen.
Es cierto que como cristianos debemos decir que no a ciertas cosas; pero siempre nuestros “no” deben estar asentados primero en los no de Dios, no en lo que a nosotros en lo personal no nos guste o no nos convenga. El evangelio contiene mandatos de parte de Dios y nos muestra qué cosas Dios aprueba y qué cosas no, por lo que la iglesia y cada creyente debe alzar la voz cuando pasan cosas en la sociedad que sabemos alejarán al país de la bendición de Dios. Pero creo que muchas veces nos quedamos allí, amputando el evangelio que vino a traer libertad a los hombres y las mujeres.
El evangelio posee un equilibrio entre la condena y la salida a los problemas y males del mundo. Un ejemplo claro de ello lo encontramos en 1 Co 6.9-11. En dicho pasaje, se marca con palabras muy duras y condenatorias (aunque muchos en estos días han dicho que la Biblia no condena a nadie) una lista de males que afectan a las personas y que las alejan de Dios. De todos ellos se dice en palabras imposibles de torcer “no heredarán el reino de los cielos”. Es bien claro que la entrada al cielo no es tan amplia como algunos desearían, y que hay algunos que de no aceptar su mal y buscar el remedio en Cristo se perderán por la eternidad.
En el mismo pasaje se muestra claramente que la solución a todos esos males se halla en la obra de Jesucristo: “Y esto eran algunos de ustedes; ya han sido lavados, ya han sido justificados en el nombre del Señor Jesús, y por el Espíritu de nuestro Dios”.
El evangelio es la oportunidad que tienen el hombre y la mujere de disfrutar la libertad que Cristo ganó en la cruz. Si él padeció y murió allí, se debía a que había y hay un mal en el mundo. La cruz es a la vez condena sobre el pecado personal de todos y cada uno de nosotros, y la forma de ser libres de la culpa y las consecuencias de ese pecado.
Por ello, quienes nos decimos hijos de Dios condenemos el mal allí dónde se encuentre, empezando siempre por el mal personal, pues si somos complacientes con los pecados propios, no tendremos autoridad para juzgar nada. Pero también mostremos a Cristo como la única y definitiva solución a los males de este mundo. Y la mejor forma de mostrarlo, aparte de declarándolo, es viviendo nosotros a la luz del evangelio de Cristo, haciendo de cada día una nueva oportunidad para mostrar que vivir el evangelio es un llamado positivo hacia una vida plena.

Un último ejemplo. Cuando Jesús, de quien muchos tienen una idea deformada, como de alguien incapaz de condenar nada, cuando el Jesús de la Biblia se encontró con una turba que quería matar a una mujer adúltera, reprendió duramente a esa turba deseosa de sangre con aquello de “el que de ustedes esté libre de pecado, sea el primero en arrojar la piedra contra ella” (Jn 8.7). No iba a permitir que ellos aplicaran justicia cuando estaban contaminados ellos mismos. Pero a la mujer no le dijo, “andá y seguí haciendo lo que quieras”, sino que la despidió con estas palabras “Vete, y no sigas haciendo lo malo” (Jn 8.11). No pasó por alto su pecado, se lo hizo notar, pero le dio la libertad de cambiar su vida.
A Cristo le duele el mal que hacemos, pero él es la solución para ese mal y es la oportunidad de una nueva humanidad, basada ya no en nuestros razonamientos o gustos, sino en su plan para nosotros, un plan que tiene como interés mostrar a Cristo en nosotros.

aljueazo.com.ar

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