La teologia de Finney parte 4


La teologia de Finney parte 4

La Nueva Escuela de teología tiene sus raíces remotas en el calvinismo de Jonathan Edwards, pero su antecedente inmediato fue la teología de Nueva Haven de Nathaniel Taylor, quien abogó por una teología de gobierno moral. Él sintetizó los elementos morales de sentido común la filosofía escocesa con reinterpretaciones de las tradicionales calvinismo para construir un renacimiento del semi – pelagianismo. Negar la imputación del pecado de Adán y afirmando que el hombre no regenerado puede responder a las proposiciones morales, especialmente la muerte de Cristo, Taylor argumenta que los hombres no necesitan esperar pasivamente a que el Espíritu Santo los redima. Sus puntos de vista reflejan una larga lista del concepto americano de fe en la libertad humana.

Quizá sea de beneficio para mis hermanos evangélicos el conocer que la gran mayoría de los teólogos del siglo 17 consideraban que la salvación era una obra de gracia de principio a fin. Jamás pensaron que el pecador podía salvarse a sí mismo, o en alguna manera contribuir a la salvación en algún aspecto. Era su firme convicción de que el pecado de Adán había arruinado a la raza entera. Todos los hombres estaban espiritualmente muertos y sus voluntades eran esclavas del pecado y Satanás. La capacidad de creer en el evangelio era en sí un don de Dios, otorgado solamente a aquellos que El hubo escogido para ser los beneficiarios de Su favor inmerecido. No era el hombre, sino Dios, el que determinaba cuáles pecadores recibirían Su misericordia y serían salvos.

Los cristianos que creemos en la Depravación Total [1] del ser humano y en la Elección Incondicional [2] por parte de Dios de aquellos que serán salvos (los predestinados), somos a menudo confrontados con el argumento de que si nuestras doctrinas son correctas, entonces la tarea de evangelizar no tiene sentido. Nos dicen que nuestras doctrinas nos ponen en contra de la Escritura, la cual nos convoca a predicar el evangelio a tiempo y fuera de tiempo. Si Dios, nos dicen, ya ha predestinado a algunos para ser salvos, es obvio que no es necesario llamar a los hombres al arrepentimiento.

Los que sostienen tal posición son los mismos que creen que la fe es algo que se inicia en el hombre. Sin embargo, la Escritura es bien clara respecto a que la fe es un don de Dios. Algunos han rechazado esta verdad porque están convencidos que a menos que la fe sea entendida como un acto originado en el libre albedrío del hombre, o sea algo que todos los hombres pueden hacer en cualquier momento que ellos deseen, entonces el evangelismo personal es una tarea inútil.

Yo sostengo que debo permanecer en lo que Dios enseña a cualquier coste. La doctrina de la total incapacidad espiritual del hombre para creer o arrepentirse, de ninguna manera elimina la urgencia y necesidad de llamar a los pecadores para Cristo. Por el contrario, esa doctrina incrementa la urgencia y desesperación de los pecadores. Los empuja a buscar a Dios diligentemente.

2. La doctrina de la expiación:

Mientras líderes de la escuela vieja atacó duramente a la teología de Taylor, evangelistas y ministros como Charles G Finney, Lyman Beecher, y Barnes Albert lo popularizó. Finney utiliza la teología de Taylor para redefinir revivals como las obras que el hombre puede realizar utilizando los medios que Dios ha provisto. Con una base teológica, introdujo su famoso “nuevas medidas”, como refiriéndose a sus oyentes como “pecadores” y llamarlos a sentarse en un banco de ansiedad “mientras contemplaba la conversión a Cristo.

En cuanto a la doctrina de la expiación, Finney enseñaba que Cristo no murió en sustitución de los pecadores, tomando sobre Si el castigo que ellos merecen por sus pecados.

“Estrictamente hablando, la justicia retributiva nunca puede ser satisfecha, en el sentido de que el culpable pueda ser castigado por tanto tiempo y en la extensión que merece; pues esto implicaría ser castigado hasta dejar de ser culpable, o hasta hacerse inocente… Suponer, por tanto, que Cristo sufrió en cantidad todo lo que debía por los elegidos, es suponer que El sufrió un castigo eterno multiplicado por todo el número de los elegidos” (pg. 219; lecture 13).

Finney pierde de vista aquí que la satisfacción rendida por Cristo en la cruz del calvario no mira a la ley como un ente independiente siendo satisfecha en sí misma, sino que mira al Padre, el Dador de la ley, como aquel cuya justicia es satisfecha.

Ahora bien, Finney no niega del todo el elemento de satisfacción en la muerte de Cristo, pero no en el mismo sentido en que lo afirmaban los reformadores. Para Finney la expiación de Cristo tuvo el propósito de a ser un despliegue público de justicia. Al morir en la cruz Cristo sirve de modelo o de ejemplo para que los impíos no piensen que pueden pecar con impunidad.

En otras palabras, cuando Cristo murió en la cruz no estaba padeciendo en sustitución de nadie, sino más bien demostrando cuan seriamente toma Dios su ley y la virtud moral. La muerte de Cristo le muestra a una humanidad culpable que cualquiera puede ser perdonado, siempre que sea adecuadamente afectado por la muerte de Cristo y traído por ella al arrepentimiento.

En cuanto a la relación de la fe con la justificación, Finney señala:

“Me temo que ha habido mucho error en la concepción de muchos sobre este asunto. Ellos han hablado de la justificación por la fe como si supusieran que, por un señalamiento arbitrario de Dios, la fe fuera la condición, y la única condición de la justificación… Estas personas… hablan de la justificación por la fe; como si fuera por fe, y no por Cristo a través de la fe, que el pecador penitente es justificado; como si la fe, y no Cristo, fuese nuestra justificación… Pero no debemos nunca olvidar que la fe que es la condición de la justificación, es la fe que obra por el amor” (pg. 366, lect. 25).

Una vez más vemos cómo Finney caricaturiza la doctrina reformada en varios aspectos. Por un lado, ninguno de los reformadores enseñó que la fe fuese un señalamiento arbitrario de parte de Dios. Tampoco enseñaron que la fe en sí misma justifique al pecador; lo que él está atacando aquí sería atacado por los mismos reformadores como antinomianismo. El problema es que, al atacar esa caricatura, rechaza también la doctrina bíblica de que la justicia de Cristo es imputada al creyente por medio de la fe.

La Expiación de Cristo: Reconciliación

T.W. Hunt cuenta en La Doctrina de la Oración de aconsejar a una mujer y finalmente enfrentarla con la pregunta

“Si la sangre de Jesús la limpia a usted, ¿cuan limpia quedará?”2

Yo estaba entrenando consejeros en Dayton, Ohio, para una cruzada evangelística. Un consejero trajo a la cruzada a una mujer joven que había ganado para Cristo. La mujer era adicta a las drogas y sus brazos tenían muchas marcas de aguja. Cuando pasó al frente en la cruzada para hacer pública su decisión, ella dijo: “Hoy me he encontrado con Jesús y El me ha limpiado. Ya no estoy sucia. Estoy limpia otra vez”.

Cristo murió para reconciliar a un pueblo separado de Dios. La palabra reconciliación pinta una separación, una enemistad entre cada persona y Dios^ por el pecado (vea Ro. 5:10). Cristo trajo a Dios y a las personas que creen en El a una relación correcta. Dios no cambia; la reconciliación no es el proceso de cambiar a Dios para que se complazca con nosotros. El pecado nos separa de Dios. El problema del pecado tenía que ser tratado, pues ¡Dios esta en oposición al pecado y al mal. Pero Dios inició una forma de reconciliación (vea Ro. 5:11). Somos nosotros los que somos cambiados, nosotros somos reconciliados con Dios, no Dios con nosotros (vea 2 Co. 5:18-20; Col. 1:21, 22).

La reconciliación no significa reformación o “hacerse religioso”. Ni significa tampoco que enemigos comunes son traídos a la unidad. El Dios soberano, quien podría juzgamos justamente, ha provisto una manera para transformarnos por medio de un nuevo nacimiento (vea Jn. 3). Nuevo nacimiento es una combinación de dos palabras. La primera palabra palabra griega, genenté, es traducida es nucido. La segunda palabra griega, ánothen, tiene tres significados: de arriba; del principio; y otra vez, de nuevo. La idea de renacer y recreación se encuentra en varios pasajes del Nuevo Testamento (vea Ro. 6:11; Gá. 6:15; Tit. 3:5; Stg. 1:18; 1 P. 1:3, 23; 1 Jn. 2:29; 3:9; 4:7; 5:1, 4, 18).

Dios no nos creó para estar enemistados con El. Cuando somos reconciliados, comenzamos el proceso de ser aquello para lo cual fuimos creados: personas en paz con Dios y el uno con el otro (vea Ef. 2:11-21). Nuestro mundo está lleno de contienda, hostilidad y guerra. Cristo es el camino a la paz.

La Expiación de Cristo: Propiciación y Expiación

Los teólogos difieren en sus interpretaciones de las enseñan­zas bíblicas en cuanto a la propiciación y la expiaoón. Ambas palabras son traducción de la palabra griega hilasmx. En varías formas se usa en Romanos 3:25; Hebreos 2:17; 1 de Juan 2:2; 4:10. La versión Reina Valera 1960 traduce esta palabra corno propiciación (excepto en Hebreos 2:17 donde la traduce expiación). El Diccionario de la Santa Biblia por W, W. Rand, dice que propiciación se refiere al acto de apaciguar la ira de aquel contra quien se ha cometido una ofensa, mien­tras que expiación es un acto por el cual se da satisfacción por *un Gimen, y se cancela la responsabilidad contraída por su comisión.

Los que prefieren traducir hilasmos como expiación enfatizan que el pecador es reconciliado por medio del sacrificio de Cristo. Dios provee los medios para esta reconciliación qui­tando la causa de nuestra separación de Dios. El pecado es expiado por el sacrificio de Cristo, así que aquello que nos separa de Dios se quita, es posible allegamos a Dios por medio de Cristo. La expiación no da atención al hecho de que la ira de Dios se apacigua, sino a la acción de Dios por medio de Cristo, de quitar la barrera del pecado que separa a los pecadores de Dios.

Otros eruditos como León Morris, prefieren traducir hilas­mos y otras formas de la palabra como propiciación. Esos teólogos piensan que la idea de la expiación ignora lo que la Biblia enseña acerca de la ira de Dios contra el peca­do.

Millard J. Erickson escribe,

“Los numerosos pasajes que hablan de la ira de Dios contra el pecado son evidencia de que la muerte de Cristo fue propiciatoria”.3

Refiriéndose a varios pasajes de los escritos de Pablo, Eridcson dice,

“La idea de Pablo sobre la muerte de Cristo… no es simple­mente que quita el pecado y limpia de su corrupción (expia­ción), sino que el sacrificio también apacigua a Dios quien odia el pecado y esta radicalmente opuesto al mismo (propiciacion)

Existen otras versiones que no usan ni propiciación ni expiación al traducir hilasmos. En algunos casos como I Jn. 2:2 la traducen sacrificio expiatorio y hacer “sacrificio”. La verdad importante sobre este tema es que el problema del pecado humano y la separación de Dios fue considerado y contestado en el sacrificio de Cristo en la cruz.

Notas:

1. Depravación Total — Luego de la Caída de la raza humana, el hombre es incapaz de creer en el Evangelio para salvarse. El pecador está espiritualmente muerto, ciego y sordo en cuanto a las cosas de Dios. Su voluntad no es libre (no tiene libre albedrío) en lo relacionado con la dimensión espiritual y es esclavo de su naturaleza pecaminosa. En consecuencia necesita ser regenerado, no asistido, por el Espíritu quien le da vida y una nueva naturaleza. La fe en sí misma no nace del hombre, sino que es un regalo de Dios al pecador.

2. Elección Incondicional — La elección de ciertos individuos para salvación por parte de Dios antes de la fundación del mundo se origina únicamente en Su soberana voluntad. No fue basada en su preconocimiento de que algunos individuos responderían al Evangelio, ni en la obediencia, ni la fe, ni el arrepentimiento de estos individuos. Por el contrario, es Dios quien da fe y arrepentimiento a aquellos que El selecciona. Nada en el hombre, bueno o malo, virtuoso o malvado, determina la predeterminación de Dios sobre ellos. Es Dios quien por el poder del Espíritu, trae al individuo seleccionado a aceptar voluntariamente a Cristo. Es Dios quien escoge al pecador, no al revés.

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Bibl. consultada

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