La doctrina de la predestinación (P II)


Jamás hombre alguno habría podido concebir un plan tan extraordinario, tan maravilloso, porque está basado en el amor y paciencia divina para rescatar al hombre y hacer que viva para siempre en su presencia, mediante la fe en Jesucristo.  Los judíos en los días de Isaías no pudieron entender esto, tampoco comprendieron lo que era la gracia cuando su Mesías vino.  Hoy mismo, millones no comprenden ni pueden aceptar la sola idea de la salvación por gracia, gracia que sólo se origina de Dios.  Jamás hombre alguno pudo imaginar tal plan.  Está tan alto y tan distante este pensamiento divino de todo lo que pueda discurrir el hombre, que incluso muchos de los que se denominan cristianos invocan hoy todo tipo de obras, porque no pueden entender estos pensamientos de Dios.  Los cristianos regenerados aceptamos nuestro perdón, no porque entendemos Sus pensamientos, sino porque aplicamos la fe, y por fe solamente, aceptamos todo lo que incluye Su gracia para salvarnos.

Para confirmar todo esto, dice en el mismo capítulo 55 de Isaías: “Buscad a Jehová mientras puede ser hallado, llamadle en tanto que está cercano.  Deje el impío su camino, y el hombre inicuo sus pensamientos, y vuélvase a Jehová, el cual tendrá de él misericordia, y al Dios nuestro, el cual será amplio en perdonar” (Is. 55: 6, 7).  Tener misericordia del impío y ser amplio en perdonar, son pensamientos de un Dios santo y justo, algo que el pecador no puede entender.  Esto sí que está lejos de la razón del hombre, como está el oriente del occidente y tan alto como el cielo de la tierra: “No ha hecho con nosotros conforme a nuestras iniquidades, ni nos ha pagado conforme a nuestros pecados.  Porque como la altura de los cielos sobre la tierra, engrandeció su misericordia sobre los que le temen” (Sal. 103:10, 11).

El salmista destaca lo mismo que el profeta, lo que es salvar al pecador rebelde por gracia, algo que no cabe en la mente del hombre.  Una vez que el hombre acepta la grandeza divina, no tendrá ningún problema para recibir la salvación por pura gracia.  Expresiones parecidas a estas las encontramos a través de la Biblia, pero esto no significa que vamos a tener un problema tan grande que no vamos a comprender lo que Dios quiere decirnos cuando habla de su justicia.

Cuando leemos la Biblia, especialmente en el Antiguo Testamento en donde Dios inspira a Moisés para que escriba la ley y plantea una serie de situaciones entre los seres humanos, notamos que en líneas generales exige de todos los hombres un tipo de justicia muy similar a la que hoy tenemos en nuestras cortes.  Básicamente todos los países civilizados ostentan una jurisprudencia bíblica.  Por ejemplo: no matar, no estafar, no robar, no calumniar y cosas parecidas.  No es que Dios siga un tipo de justicia y nosotros otro, sino que el Señor dio la ley justamente para que el hombre sepa que matar es injusto, que es pecado.  Que robar también lo es, etc.  Pablo dice: “…Pero donde no hay ley, tampoco hay transgresión” (Ro. 4:15b). “Pues antes de la ley, había pecado en el mundo; pero donde no hay ley, no se inculpa de pecado” (Ro. 5:13).

En el Nuevo Testamento se habla mucho de cómo Dios no aplicó su justicia para resolver el problema del pecado, porque de haberlo hecho, ningún hombre sería salvo.  Sin embargo, si Dios aplicara su justicia, no sería menos complicado entenderlo.  Sabríamos que el culpable debía sufrir las consecuencias de su culpa, ser juzgado y condenado.  Pero como la condena era la muerte eterna y Dios quería salvarnos, siguiendo una justicia que no podemos comprender, optó salvarnos mediante la muerte de un solo justo, su Hijo Jesucristo.  Así cumplió su justicia y al mismo tiempo le ofreció al hombre la oportunidad de salvarse.  Esto es lo que tenemos dificultad en comprender, no la justicia de Dios, sino su amor al permitir que el inocente tomara el lugar del culpable.

La gran diferencia entre la justicia divina y la humana, es que Dios no necesita de jurados ni de testigos.  Él sabe muy bien quién es culpable, hasta qué grado es culpable y dónde se encuentra.  Nosotros, los jueces, las cortes y jurados, dependemos del testimonio del acusado, de los testigos, del fiscal y de tantos otros elementos que ayudan a esclarecer un crimen o cualquier otro delito.  Fue por esta razón que Dios estableció jueces entre su pueblo y les ofreció pautas claras que debían seguir para que su justicia no fuera quebrantada.

Notemos por ejemplo en el capítulo 18 de Génesis en donde Abraham intercede por Sodoma y Gomorra.  La oración de Abraham es muy original, porque estaba hablando con Jehová quien acababa de comunicarle que esas ciudades serían destruidas.  Sin embargo, Abraham piensa en la posibilidad de que hubiera unos cincuenta justos en esas ciudades, tal vez cuarenta y cinco, treinta, o quizá menos.  Su pregunta a Jehová es bien clara: “¿Destruirás también al justo con el impío?” (Gn. 18:23). Luego Abraham prosigue con tan singular oración, y le dice: “Quizá haya cincuenta justos dentro de la ciudad: ¿destruirás también y no perdonarás al lugar por amor a los cincuenta justos que estén dentro de él?” (Gn. 18:24).

Como si esto fuera poco, Abraham en su oración, tal parece que hasta le hace una sugerencia al Señor, le recuerda que él como Dios y Juez de toda la tierra, debe ser justo, por lo menos tan justo como lo sería un juez humano.  Por eso continuó así su oración delante de Jehová: “Lejos de ti el hacer tal, que hagas morir al justo con el impío, y que sea el justo tratado como el impío; nunca tal hagas.  El Juez de toda la tierra, ¿no ha de hacer lo que es justo?” (Gn. 18:25).

Esta conversación entre Abraham y Jehová es singularmente importante, porque en ella se establece que el código de la justicia divina no está tan distante de lo que Dios requiere de los jueces humanos, como dista el cielo de la tierra o el oriente del occidente.  El cuadro es perfectamente claro.  Abraham cree que es posible que haya unos cincuenta justos en Sodoma, por los menos estaba seguro que Lot y su familia lo eran.  Pero temeroso de equivocar el número, fue bajando la cifra hasta llegar a diez justos.  Ciertamente no habían esos diez justos, pero el Señor le prometió que en caso de haberlos, no destruiría la ciudad de Sodoma por amor a ellos.  Sabemos que luego Dios libró a Lot y a su familia sacándolos de la ciudad y cuando ya todos habían partido, cuando no quedaba un solo justo en ese lugar, hizo que descendiera sobre Sodoma fuego y azufre que la redujo a cenizas junto con todos sus habitantes.

A medida que se lee la Biblia, encontramos este principio de la justicia divina en todas partes.  Pretender que Dios ejerce un tipo de justicia que a nosotros nos parece injusticia, carece de toda base bíblica.  Indudablemente su justicia es muy superior a la nuestra, porque tal como ya dijera, Él cuenta con atributos que ningún juez en la tierra posee.  El Señor es Omnisciente, Omnisapiente y Omnipresente, todo lo cual le permite castigar siempre al culpable y justificar al justo.  Los hombres no poseemos esos atributos, y debemos actuar tratando de reunir evidencias sobre cualquier acusado, antes de dictar una sentencia.  Al leer con cuidado pasajes tales como el capítulo 21 de Éxodo, notamos que Dios en su calidad de Juez de toda la tierra, establece el patrón de justicia que deben aplicar los hombres, particularmente los jueces de Israel.  Note algunos casos especiales planteados por Dios y cómo debían ser juzgados: “El que hiriere a alguno, haciéndole así morir, él morirá.  Mas el que no pretendía herirlo, sino que Dios lo puso en sus manos, entonces yo te señalaré lugar al cual ha de huir.  Pero si alguno se ensoberbeciere contra su prójimo y lo matare con alevosía, de mi altar lo quitarás para que muera.  El que hiriere a su padre o a su madre, morirá.  Asimismo el que robare una persona y la vendiere, o si fuere hallada en sus manos, morirá” (Ex. 21:12-16).

Le aconsejo que lea todo este capítulo y los que siguen.  En ellos Moisés, por inspiración divina, registró todo lo que tiene que ver con Dios y su justicia.  Hay leyes bien claras sobre los esclavos, sobre casos de violencia, leyes para los amos y sus súbditos, leyes sobre la restitución y sobre casos sexuales fuera del matrimonio.  Todos estos estatutos no nos parecen tan extraños.

Había pena capital para quien mataba a una persona fuera por la razón que fuera, venganza, robo, etc.  Pero si le mataba sin querer, no era justo que se le aplicara la sentencia de muerte, sino que en tal caso debía refugiarse en una de las dos ciudades que existían para ello, porque aunque los jueces absolvían de culpa a este hombre, debía refugiarse a fin de escapar de quienes quisieran vengarse, como familiares o amigos del muerto.  ¿Acaso no son esas las mismas leyes que hoy rigen a los pueblos y naciones civilizadas?  Con pequeñas diferencias, esos mismos son los principios que imperan hoy en nuestras cortes de justicia.  Note por ejemplo lo que dice Moisés en este discurso al pueblo: “Y entonces mandé a vuestros jueces, diciendo: Oíd entre vuestros hermanos, y juzgad justamente entre el hombre y su hermano, y el extranjero.  No hagáis distinción de persona en el juicio; así al pequeño como al grande oiréis; no tendréis temor de ninguno, porque el juicio es de Dios; y la causa que os fuere difícil, la traeréis a mí, y yo la oiré” (Dt. 1:16, 17).

Pero cuando Moisés habla de que “el juicio es de Dios”, ¿a qué tipo de juicio se refiere?  ¿A algún juicio o justicia que para nosotros es injusticia, o a algo que es perfectamente claro?  Obviamente está refiriéndose a los casos enumerados, tanto en este como en muchos otros pasajes de la Biblia.

En el capítulo 18 de Éxodo se halla registrado que Jetro, el suegro de Moisés, le visitó y al ver el enorme trabajo que debía desempeñar su yerno, inspirado por el Espíritu Santo le dio recomendaciones de cómo otros jueces podrían ayudarle a resolver algunos de los muchos problemas que debía enfrentar cada día.  Le dijo:“Además escoge tú de entre todo el pueblo varones de virtud, temerosos de Dios, varones de verdad, que aborrezcan la avaricia; y ponlos sobre el pueblo por jefes de millares, de centenas, de cincuenta y de diez… Escogió Moisés varones de virtud de entre todo Israel, y los puso por jefes sobre el pueblo, sobre mil, sobre ciento, sobre cincuenta, y sobre diez” (Ex. 18:21, 25).

Las calificaciones de los jueces son las mismas que se requieren en la actualidad, aunque ciertamente creo que Moisés tuvo mucho menos problemas para escogerlos entre los millares de israelitas que los que tenemos hoy, especialmente en muchos de nuestros países “cristianos”. Queda bien claro entonces que no es cierto que la justicia de Dios difiera de la que exige de nosotros.  Por nuestras limitaciones, no estamos en condición de ejercer la justicia en la medida necesaria, pero no es que existan dos justicias, la de Dios y la nuestra.  La justicia es como la luz y la injusticia como las tinieblas, y sólo hay una clase de luz.

La elección divina

Los predestinistas dicen que Dios es el único en tener libre elección o libre albedrío, que ningún hombre goza de tal privilegio.  Para demostrar su punto de vista esgrimen una serie de textos donde se habla de una elección que en un primer momento parece arbitraria, sin la mínima intervención del hombre.  Es decir, que Dios elige al que quiere para ser salvo y rechaza arbitrariamente a otro para enviarlo al infierno.

El primer error de esta doctrina fatalista es el no distinguir las varias elecciones divinas que aparecen en las páginas de la Biblia.  Cuando fallamos al separar una elección de otra, rápidamente caemos en una grave falta.  Asimismo cuando hablamos de la elección de los redimidos o de que Dios endurece el corazón de los que se pierden.

Citemos algunos de los textos favoritos usados para demostrar la supuesta elección de Dios, en donde el hombre carece totalmente de decisión personal:

  • “Pero nosotros debemos dar siempre gracias a Dios respecto a vosotros, hermanos amados por el Señor, de que Dios os haya escogido desde el principio para salvación, mediante la santificación por el Espíritu y la fe en la verdad” (2 Ts. 2:13).
  • “Pedro, apóstol de Jesucristo, a los expatriados de la dispersión en el Ponto, Galacia, Capadocia, Asia y Bitinia, elegidos según la presciencia de Dios Padre en santificación del Espíritu, para obedecer y ser rociados con la sangre de Jesucristo…” (1 P. 1:1, 2).
  • “Vestíos, pues, como escogidos de Dios, santos y amados, de entrañable misericordia, de benignidad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia” (Col. 3:12).
  • “Pablo, siervo de Dios y apóstol de Jesucristo, conforme a la fe de los escogidos de Dios y el conocimiento de la verdad que es según la piedad”(Tit. 1:1).

Todos estos pasajes y muchos otros más, hablan de que los cristianos son escogidos o elegidos.  Ciertamente no existe ninguna razón para decir que ellos son elegidos arbitrariamente y que no tienen que hacer nada de su parte.  Si hacemos un estudio cuidadoso de la gracia divina, encontramos que cada cristiano es un«elegido o escogido de Dios por el mismo Señor». Pero esto de ninguna manera significa que hay ciertos «señalados para ser escogidos y otros no».  En cada salvación ocurre una participación activa del Salvador y del salvado.  La elección es mutua.  El penitente, el pecador, escoge ser salvado y el Salvador decide salvarlo.  De nada valdría que un pecador escogiera la salvación si no tuviera a su alcance a un Salvador que desde antes de la fundación del mundo«escogió salvar al pecador». La elección de Dios se concreta cuando el pecador responde a esa elección con igual respuesta, eligiendo ser salvo.  De lo contrario la elección divina que es para todos los hombres, parecerá arbitraria y unilateral.

También debemos recordar siempre que en la Biblia aparecen diferentes elecciones divinas.  Dios, por ejemplo, escogió a Abraham para dar origen al pueblo hebreo del cual habría de nacer el Salvador.  Escogió a Moisés para que libertara a su pueblo sacándolos de Egipto.  El Señor también eligió a hombres como Nabucodonosor, Faraón, Ciro y tantos otros.  No todos ellos eran fieles, pero fueron sus “escogidos” por un tiempo para llevar a cabo una misión determinada.

Al considerar este tema de la elección de Dios versus elección del hombre, debemos tener siempre en cuenta el contexto de cada elección.  En lo que se refiere a salvación, la voluntad de Dios es que todos los hombres sean salvos.  Él amó al mundo, no a los tales elegidos, hasta el punto de dar a su Hijo unigénito quien fue muerto, no por los elegidos, sino por todo el mundo, por todos los pecadores.  El hecho de que no se salven todos, sino una minoría, no se debe a que Dios determinó “elegir a esa minoría”, sino que la mayoría de los pecadores deciden elegir la condenación.

El capítulo 9 de Romanos

El capítulo 9 de la epístola a los Romanos es sin duda alguna el pasaje más fuerte invocado por los predestinistas.  Pero aunque parezca extraño, es el que mejor contradice tal conclusión.  De lo que menos habla este pasaje es de una elección caprichosa y arbitraria por parte de Dios.  Pocas porciones de la Biblia nos muestran con mayor claridad la disposición divina de salvar a todos y la decisión del hombre de no salvarse:

  • “Porque la palabra de la promesa es esta: Por este tiempo vendré, y Sara tendrá un hijo.  Y no sólo esto, sino también cuando Rebeca concibió de uno, de Isaac nuestro padre (pues no habían aún nacido, ni habían hecho aún ni bien ni mal, para que el propósito de Dios conforme a la elección permaneciese, no por las obras sino por el que llama), se le dijo: El mayor servirá al menor.  Como está escrito: A Jacob amé, mas a Esaú aborrecí.  ¿Qué, pues, diremos?  ¿Que hay injusticia en Dios?  En ninguna manera.  Pues a Moisés dice: Tendré misericordia del que yo tenga misericordia, y me compadeceré del que yo me compadezca.  Así que no depende del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia.  Porque la Escritura dice a Faraón: Para esto mismo te he levantado, para mostrar en ti mi poder, y para que mi nombre sea anunciado por toda la tierra.  De manera que de quien quiere, tiene misericordia, y al que quiere endurecer, endurece.  Pero me dirás: ¿Por qué, pues, inculpa? porque ¿quién ha resistido a su voluntad?  Mas antes, oh hombre, ¿quién eres tú, para que alterques con Dios?  ¿Dirá el vaso de barro al que lo formó: ¿Por qué me has hecho así?  ¿O no tiene potestad el alfarero sobre el barro, para hacer de la misma masa un vaso para honra y otro para deshonra?” (Ro. 9:9-21).

A primera vista pareciera que Dios predestina a los hombres (a unos para vida eterna y a otros para condenación eterna) y que el pecador no tiene ningún margen para escoger si será o no salvo.  Pero tomando en cuenta lo que la Biblia enseña globalmente sobre la salvación y el significado de la gracia divina, los predestinistas no predican la gracia, sino la desgracia.  Porque… ¡Qué gran desgracia para el que no es elegido o escogido!  ¡Dios simplemente está permitiendo que él o ella nazcan para arrojarlos al infierno!

Vamos a destacar los puntos que parecen más conflictivos en este capítulo 9 de Romanos.  Pablo dice que Dios había escogido a Jacob y no a Esaú, aún desde mucho antes de que nacieran y de que hicieran ni bien ni mal “para que el propósito de Dios conforme a la elección permaneciese”.  La primera impresión es que aquí sólo existe un lado con derecho a elegir.  En otras palabras, que Dios se atribuyó el derecho de elegir a Jacob y rechazar a Esaú.  Si no tuviéramos la historia de estos dos hermanos, podríamos deducir que esta es la única explicación.  Pero puesto que Pablo menciona por nombre a estos dos hombres, antes de precipitarnos a pronunciar cualquier conclusión, es necesario volver a examinar lo que ambos hicieron respectivamente.

Dios no rechazó a Esaú, sino que Esaú rechazó a Dios, permitiendo que la elección divina tuviese cumplimiento y que las bendiciones que le correspondían fuesen para Jacob.  No por elección unilateral de parte de Dios, sino por decisión de Esaú, quien dejó el campo libre para que esta elección se materializara.  ¿Recuerda lo que dice la Biblia acerca de este hombre llamado Esaú?  El relato de la venta de su primogenitura se encuentra en Génesis 25:27-34, y al terminar el relato el escritor sagrado registró estas breves, pero significativas palabras:

  • “…Así menospreció Esaú la primogenitura” (v. 34b).

Si hacemos un estudio más cuidadoso sobre el significado espiritual de esa primogenitura, descubrimos que Esaú no sólo despreció las bendiciones de Isaac su padre, sino que en el presente contexto estas bendiciones son símbolo de las bendiciones de Dios, es decir, de la vida eterna.  El autor de la epístola a los Hebreos menciona la gravedad de este desprecio, diciendo:

  • “Mirad bien, no sea que alguno deje de alcanzar la gracia de Dios; que brotando alguna raíz de amargura, os estorbe, y por ella muchos sean contaminados; no sea que haya algún fornicario, o profano, como Esaú, que por una sola comida vendió su primogenitura.  Porque ya sabéis que aun después, deseando heredar la bendición, fue desechado, y no hubo oportunidad para el arrepentimiento, aunque la procuró con lágrimas” (He. 12:15-17).

Pero… ¿Cuándo fue que Esaú procuró con lágrimas recuperar las bendiciones que había perdido?  Obviamente después de despreciarlas.  Dicho en términos más sencillos, cambió el cielo por un plato de lentejas.  Este desprecio fue muy grave, pero Dios no lo presionó en ningún momento para que tomara tal decisión.  Cuando él procuró con lágrimas reparar el daño hecho, ya no tuvo oportunidad, no porque Dios no lo escogiera y eligiera a Jacob, sino porque él despreció ser elegido por Dios.  El Señor no le trató como un robot, respetó su libre albedrío, su elección, aunque muy equivocada porque Esaú escogió la maldición despreciando la bendición y permitió que Jacob fuese el depositario de esa bendición, que no era únicamente la de Isaac, sino la bendición divina canalizada a través del padre para el hijo primogénito.

Si Dios actuara según dicen los predestinistas, el autor a los Hebreos habría dicho así: «Mirad bien, no sea que alguno deje de ser elegido». Contra una elección arbitraria nada podríamos hacer, pero sí tenemos el deber de mirar bien para evitar que nuestro corazón se endurezca hasta tal punto que Dios se vea obligado a cerrarnos la puerta y que cuando comencemos a llorar sea demasiado tarde para reparar el error.  En otro lugar leemos:

  • “Temamos, pues, no sea que permaneciendo aún la promesa de entrar en su reposo, alguno de vosotros parezca no haberlo alcanzado.  Porque también a nosotros se nos ha anunciado la buena nueva como a ellos; pero no les aprovechó el oír la palabra, por no ir acompañada de fe en los que la oyeron” (He. 4:1, 2).

Los predestinistas sin duda entienden así este texto: «Pero no les aprovechó el oír la palabra, por no haber sido elegidos, predestinados…»

http://radioiglesia.com/index.php?option=com_content&view=article&id=943:la-doctrina-de-la-predestinacion&catid=104:alerta-nd-33&Itemid=46

1 comentario (+¿añadir los tuyos?)

  1. Adolfo Galagarza
    Jul 10, 2010 @ 18:19:25

    Leyendo este comentario y otro que recientemente leí, me surge una pregunta ¿acaso la salvación se basa en solamente la decisión personal? la decisión que personas tomen en relación a su salvación en la cual Dios no estaría involucrado, me gustaría saber su opinión.

A %d blogueros les gusta esto: