LA CENA DEL SEÑOR parte 2 – La Transubstanciación y la Iglesia primitiva

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La doctrina de la predestinación (P II)

Jamás hombre alguno habría podido concebir un plan tan extraordinario, tan maravilloso, porque está basado en el amor y paciencia divina para rescatar al hombre y hacer que viva para siempre en su presencia, mediante la fe en Jesucristo.  Los judíos en los días de Isaías no pudieron entender esto, tampoco comprendieron lo que era la gracia cuando su Mesías vino.  Hoy mismo, millones no comprenden ni pueden aceptar la sola idea de la salvación por gracia, gracia que sólo se origina de Dios.  Jamás hombre alguno pudo imaginar tal plan.  Está tan alto y tan distante este pensamiento divino de todo lo que pueda discurrir el hombre, que incluso muchos de los que se denominan cristianos invocan hoy todo tipo de obras, porque no pueden entender estos pensamientos de Dios.  Los cristianos regenerados aceptamos nuestro perdón, no porque entendemos Sus pensamientos, sino porque aplicamos la fe, y por fe solamente, aceptamos todo lo que incluye Su gracia para salvarnos.

Para confirmar todo esto, dice en el mismo capítulo 55 de Isaías: “Buscad a Jehová mientras puede ser hallado, llamadle en tanto que está cercano.  Deje el impío su camino, y el hombre inicuo sus pensamientos, y vuélvase a Jehová, el cual tendrá de él misericordia, y al Dios nuestro, el cual será amplio en perdonar” (Is. 55: 6, 7).  Tener misericordia del impío y ser amplio en perdonar, son pensamientos de un Dios santo y justo, algo que el pecador no puede entender.  Esto sí que está lejos de la razón del hombre, como está el oriente del occidente y tan alto como el cielo de la tierra: “No ha hecho con nosotros conforme a nuestras iniquidades, ni nos ha pagado conforme a nuestros pecados.  Porque como la altura de los cielos sobre la tierra, engrandeció su misericordia sobre los que le temen” (Sal. 103:10, 11).

El salmista destaca lo mismo que el profeta, lo que es salvar al pecador rebelde por gracia, algo que no cabe en la mente del hombre.  Una vez que el hombre acepta la grandeza divina, no tendrá ningún problema para recibir la salvación por pura gracia.  Expresiones parecidas a estas las encontramos a través de la Biblia, pero esto no significa que vamos a tener un problema tan grande que no vamos a comprender lo que Dios quiere decirnos cuando habla de su justicia.

Cuando leemos la Biblia, especialmente en el Antiguo Testamento en donde Dios inspira a Moisés para que escriba la ley y plantea una serie de situaciones entre los seres humanos, notamos que en líneas generales exige de todos los hombres un tipo de justicia muy similar a la que hoy tenemos en nuestras cortes.  Básicamente todos los países civilizados ostentan una jurisprudencia bíblica.  Por ejemplo: no matar, no estafar, no robar, no calumniar y cosas parecidas.  No es que Dios siga un tipo de justicia y nosotros otro, sino que el Señor dio la ley justamente para que el hombre sepa que matar es injusto, que es pecado.  Que robar también lo es, etc.  Pablo dice: “…Pero donde no hay ley, tampoco hay transgresión” (Ro. 4:15b). “Pues antes de la ley, había pecado en el mundo; pero donde no hay ley, no se inculpa de pecado” (Ro. 5:13).

En el Nuevo Testamento se habla mucho de cómo Dios no aplicó su justicia para resolver el problema del pecado, porque de haberlo hecho, ningún hombre sería salvo.  Sin embargo, si Dios aplicara su justicia, no sería menos complicado entenderlo.  Sabríamos que el culpable debía sufrir las consecuencias de su culpa, ser juzgado y condenado.  Pero como la condena era la muerte eterna y Dios quería salvarnos, siguiendo una justicia que no podemos comprender, optó salvarnos mediante la muerte de un solo justo, su Hijo Jesucristo.  Así cumplió su justicia y al mismo tiempo le ofreció al hombre la oportunidad de salvarse.  Esto es lo que tenemos dificultad en comprender, no la justicia de Dios, sino su amor al permitir que el inocente tomara el lugar del culpable.

La gran diferencia entre la justicia divina y la humana, es que Dios no necesita de jurados ni de testigos.  Él sabe muy bien quién es culpable, hasta qué grado es culpable y dónde se encuentra.  Nosotros, los jueces, las cortes y jurados, dependemos del testimonio del acusado, de los testigos, del fiscal y de tantos otros elementos que ayudan a esclarecer un crimen o cualquier otro delito.  Fue por esta razón que Dios estableció jueces entre su pueblo y les ofreció pautas claras que debían seguir para que su justicia no fuera quebrantada.

Notemos por ejemplo en el capítulo 18 de Génesis en donde Abraham intercede por Sodoma y Gomorra.  La oración de Abraham es muy original, porque estaba hablando con Jehová quien acababa de comunicarle que esas ciudades serían destruidas.  Sin embargo, Abraham piensa en la posibilidad de que hubiera unos cincuenta justos en esas ciudades, tal vez cuarenta y cinco, treinta, o quizá menos.  Su pregunta a Jehová es bien clara: “¿Destruirás también al justo con el impío?” (Gn. 18:23). Luego Abraham prosigue con tan singular oración, y le dice: “Quizá haya cincuenta justos dentro de la ciudad: ¿destruirás también y no perdonarás al lugar por amor a los cincuenta justos que estén dentro de él?” (Gn. 18:24).

Como si esto fuera poco, Abraham en su oración, tal parece que hasta le hace una sugerencia al Señor, le recuerda que él como Dios y Juez de toda la tierra, debe ser justo, por lo menos tan justo como lo sería un juez humano.  Por eso continuó así su oración delante de Jehová: “Lejos de ti el hacer tal, que hagas morir al justo con el impío, y que sea el justo tratado como el impío; nunca tal hagas.  El Juez de toda la tierra, ¿no ha de hacer lo que es justo?” (Gn. 18:25).

Esta conversación entre Abraham y Jehová es singularmente importante, porque en ella se establece que el código de la justicia divina no está tan distante de lo que Dios requiere de los jueces humanos, como dista el cielo de la tierra o el oriente del occidente.  El cuadro es perfectamente claro.  Abraham cree que es posible que haya unos cincuenta justos en Sodoma, por los menos estaba seguro que Lot y su familia lo eran.  Pero temeroso de equivocar el número, fue bajando la cifra hasta llegar a diez justos.  Ciertamente no habían esos diez justos, pero el Señor le prometió que en caso de haberlos, no destruiría la ciudad de Sodoma por amor a ellos.  Sabemos que luego Dios libró a Lot y a su familia sacándolos de la ciudad y cuando ya todos habían partido, cuando no quedaba un solo justo en ese lugar, hizo que descendiera sobre Sodoma fuego y azufre que la redujo a cenizas junto con todos sus habitantes.

A medida que se lee la Biblia, encontramos este principio de la justicia divina en todas partes.  Pretender que Dios ejerce un tipo de justicia que a nosotros nos parece injusticia, carece de toda base bíblica.  Indudablemente su justicia es muy superior a la nuestra, porque tal como ya dijera, Él cuenta con atributos que ningún juez en la tierra posee.  El Señor es Omnisciente, Omnisapiente y Omnipresente, todo lo cual le permite castigar siempre al culpable y justificar al justo.  Los hombres no poseemos esos atributos, y debemos actuar tratando de reunir evidencias sobre cualquier acusado, antes de dictar una sentencia.  Al leer con cuidado pasajes tales como el capítulo 21 de Éxodo, notamos que Dios en su calidad de Juez de toda la tierra, establece el patrón de justicia que deben aplicar los hombres, particularmente los jueces de Israel.  Note algunos casos especiales planteados por Dios y cómo debían ser juzgados: “El que hiriere a alguno, haciéndole así morir, él morirá.  Mas el que no pretendía herirlo, sino que Dios lo puso en sus manos, entonces yo te señalaré lugar al cual ha de huir.  Pero si alguno se ensoberbeciere contra su prójimo y lo matare con alevosía, de mi altar lo quitarás para que muera.  El que hiriere a su padre o a su madre, morirá.  Asimismo el que robare una persona y la vendiere, o si fuere hallada en sus manos, morirá” (Ex. 21:12-16).

Le aconsejo que lea todo este capítulo y los que siguen.  En ellos Moisés, por inspiración divina, registró todo lo que tiene que ver con Dios y su justicia.  Hay leyes bien claras sobre los esclavos, sobre casos de violencia, leyes para los amos y sus súbditos, leyes sobre la restitución y sobre casos sexuales fuera del matrimonio.  Todos estos estatutos no nos parecen tan extraños.

Había pena capital para quien mataba a una persona fuera por la razón que fuera, venganza, robo, etc.  Pero si le mataba sin querer, no era justo que se le aplicara la sentencia de muerte, sino que en tal caso debía refugiarse en una de las dos ciudades que existían para ello, porque aunque los jueces absolvían de culpa a este hombre, debía refugiarse a fin de escapar de quienes quisieran vengarse, como familiares o amigos del muerto.  ¿Acaso no son esas las mismas leyes que hoy rigen a los pueblos y naciones civilizadas?  Con pequeñas diferencias, esos mismos son los principios que imperan hoy en nuestras cortes de justicia.  Note por ejemplo lo que dice Moisés en este discurso al pueblo: “Y entonces mandé a vuestros jueces, diciendo: Oíd entre vuestros hermanos, y juzgad justamente entre el hombre y su hermano, y el extranjero.  No hagáis distinción de persona en el juicio; así al pequeño como al grande oiréis; no tendréis temor de ninguno, porque el juicio es de Dios; y la causa que os fuere difícil, la traeréis a mí, y yo la oiré” (Dt. 1:16, 17).

Pero cuando Moisés habla de que “el juicio es de Dios”, ¿a qué tipo de juicio se refiere?  ¿A algún juicio o justicia que para nosotros es injusticia, o a algo que es perfectamente claro?  Obviamente está refiriéndose a los casos enumerados, tanto en este como en muchos otros pasajes de la Biblia.

En el capítulo 18 de Éxodo se halla registrado que Jetro, el suegro de Moisés, le visitó y al ver el enorme trabajo que debía desempeñar su yerno, inspirado por el Espíritu Santo le dio recomendaciones de cómo otros jueces podrían ayudarle a resolver algunos de los muchos problemas que debía enfrentar cada día.  Le dijo:“Además escoge tú de entre todo el pueblo varones de virtud, temerosos de Dios, varones de verdad, que aborrezcan la avaricia; y ponlos sobre el pueblo por jefes de millares, de centenas, de cincuenta y de diez… Escogió Moisés varones de virtud de entre todo Israel, y los puso por jefes sobre el pueblo, sobre mil, sobre ciento, sobre cincuenta, y sobre diez” (Ex. 18:21, 25).

Las calificaciones de los jueces son las mismas que se requieren en la actualidad, aunque ciertamente creo que Moisés tuvo mucho menos problemas para escogerlos entre los millares de israelitas que los que tenemos hoy, especialmente en muchos de nuestros países “cristianos”. Queda bien claro entonces que no es cierto que la justicia de Dios difiera de la que exige de nosotros.  Por nuestras limitaciones, no estamos en condición de ejercer la justicia en la medida necesaria, pero no es que existan dos justicias, la de Dios y la nuestra.  La justicia es como la luz y la injusticia como las tinieblas, y sólo hay una clase de luz.

La elección divina

Los predestinistas dicen que Dios es el único en tener libre elección o libre albedrío, que ningún hombre goza de tal privilegio.  Para demostrar su punto de vista esgrimen una serie de textos donde se habla de una elección que en un primer momento parece arbitraria, sin la mínima intervención del hombre.  Es decir, que Dios elige al que quiere para ser salvo y rechaza arbitrariamente a otro para enviarlo al infierno.

El primer error de esta doctrina fatalista es el no distinguir las varias elecciones divinas que aparecen en las páginas de la Biblia.  Cuando fallamos al separar una elección de otra, rápidamente caemos en una grave falta.  Asimismo cuando hablamos de la elección de los redimidos o de que Dios endurece el corazón de los que se pierden.

Citemos algunos de los textos favoritos usados para demostrar la supuesta elección de Dios, en donde el hombre carece totalmente de decisión personal:

  • “Pero nosotros debemos dar siempre gracias a Dios respecto a vosotros, hermanos amados por el Señor, de que Dios os haya escogido desde el principio para salvación, mediante la santificación por el Espíritu y la fe en la verdad” (2 Ts. 2:13).
  • “Pedro, apóstol de Jesucristo, a los expatriados de la dispersión en el Ponto, Galacia, Capadocia, Asia y Bitinia, elegidos según la presciencia de Dios Padre en santificación del Espíritu, para obedecer y ser rociados con la sangre de Jesucristo…” (1 P. 1:1, 2).
  • “Vestíos, pues, como escogidos de Dios, santos y amados, de entrañable misericordia, de benignidad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia” (Col. 3:12).
  • “Pablo, siervo de Dios y apóstol de Jesucristo, conforme a la fe de los escogidos de Dios y el conocimiento de la verdad que es según la piedad”(Tit. 1:1).

Todos estos pasajes y muchos otros más, hablan de que los cristianos son escogidos o elegidos.  Ciertamente no existe ninguna razón para decir que ellos son elegidos arbitrariamente y que no tienen que hacer nada de su parte.  Si hacemos un estudio cuidadoso de la gracia divina, encontramos que cada cristiano es un«elegido o escogido de Dios por el mismo Señor». Pero esto de ninguna manera significa que hay ciertos «señalados para ser escogidos y otros no».  En cada salvación ocurre una participación activa del Salvador y del salvado.  La elección es mutua.  El penitente, el pecador, escoge ser salvado y el Salvador decide salvarlo.  De nada valdría que un pecador escogiera la salvación si no tuviera a su alcance a un Salvador que desde antes de la fundación del mundo«escogió salvar al pecador». La elección de Dios se concreta cuando el pecador responde a esa elección con igual respuesta, eligiendo ser salvo.  De lo contrario la elección divina que es para todos los hombres, parecerá arbitraria y unilateral.

También debemos recordar siempre que en la Biblia aparecen diferentes elecciones divinas.  Dios, por ejemplo, escogió a Abraham para dar origen al pueblo hebreo del cual habría de nacer el Salvador.  Escogió a Moisés para que libertara a su pueblo sacándolos de Egipto.  El Señor también eligió a hombres como Nabucodonosor, Faraón, Ciro y tantos otros.  No todos ellos eran fieles, pero fueron sus “escogidos” por un tiempo para llevar a cabo una misión determinada.

Al considerar este tema de la elección de Dios versus elección del hombre, debemos tener siempre en cuenta el contexto de cada elección.  En lo que se refiere a salvación, la voluntad de Dios es que todos los hombres sean salvos.  Él amó al mundo, no a los tales elegidos, hasta el punto de dar a su Hijo unigénito quien fue muerto, no por los elegidos, sino por todo el mundo, por todos los pecadores.  El hecho de que no se salven todos, sino una minoría, no se debe a que Dios determinó “elegir a esa minoría”, sino que la mayoría de los pecadores deciden elegir la condenación.

El capítulo 9 de Romanos

El capítulo 9 de la epístola a los Romanos es sin duda alguna el pasaje más fuerte invocado por los predestinistas.  Pero aunque parezca extraño, es el que mejor contradice tal conclusión.  De lo que menos habla este pasaje es de una elección caprichosa y arbitraria por parte de Dios.  Pocas porciones de la Biblia nos muestran con mayor claridad la disposición divina de salvar a todos y la decisión del hombre de no salvarse:

  • “Porque la palabra de la promesa es esta: Por este tiempo vendré, y Sara tendrá un hijo.  Y no sólo esto, sino también cuando Rebeca concibió de uno, de Isaac nuestro padre (pues no habían aún nacido, ni habían hecho aún ni bien ni mal, para que el propósito de Dios conforme a la elección permaneciese, no por las obras sino por el que llama), se le dijo: El mayor servirá al menor.  Como está escrito: A Jacob amé, mas a Esaú aborrecí.  ¿Qué, pues, diremos?  ¿Que hay injusticia en Dios?  En ninguna manera.  Pues a Moisés dice: Tendré misericordia del que yo tenga misericordia, y me compadeceré del que yo me compadezca.  Así que no depende del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia.  Porque la Escritura dice a Faraón: Para esto mismo te he levantado, para mostrar en ti mi poder, y para que mi nombre sea anunciado por toda la tierra.  De manera que de quien quiere, tiene misericordia, y al que quiere endurecer, endurece.  Pero me dirás: ¿Por qué, pues, inculpa? porque ¿quién ha resistido a su voluntad?  Mas antes, oh hombre, ¿quién eres tú, para que alterques con Dios?  ¿Dirá el vaso de barro al que lo formó: ¿Por qué me has hecho así?  ¿O no tiene potestad el alfarero sobre el barro, para hacer de la misma masa un vaso para honra y otro para deshonra?” (Ro. 9:9-21).

A primera vista pareciera que Dios predestina a los hombres (a unos para vida eterna y a otros para condenación eterna) y que el pecador no tiene ningún margen para escoger si será o no salvo.  Pero tomando en cuenta lo que la Biblia enseña globalmente sobre la salvación y el significado de la gracia divina, los predestinistas no predican la gracia, sino la desgracia.  Porque… ¡Qué gran desgracia para el que no es elegido o escogido!  ¡Dios simplemente está permitiendo que él o ella nazcan para arrojarlos al infierno!

Vamos a destacar los puntos que parecen más conflictivos en este capítulo 9 de Romanos.  Pablo dice que Dios había escogido a Jacob y no a Esaú, aún desde mucho antes de que nacieran y de que hicieran ni bien ni mal “para que el propósito de Dios conforme a la elección permaneciese”.  La primera impresión es que aquí sólo existe un lado con derecho a elegir.  En otras palabras, que Dios se atribuyó el derecho de elegir a Jacob y rechazar a Esaú.  Si no tuviéramos la historia de estos dos hermanos, podríamos deducir que esta es la única explicación.  Pero puesto que Pablo menciona por nombre a estos dos hombres, antes de precipitarnos a pronunciar cualquier conclusión, es necesario volver a examinar lo que ambos hicieron respectivamente.

Dios no rechazó a Esaú, sino que Esaú rechazó a Dios, permitiendo que la elección divina tuviese cumplimiento y que las bendiciones que le correspondían fuesen para Jacob.  No por elección unilateral de parte de Dios, sino por decisión de Esaú, quien dejó el campo libre para que esta elección se materializara.  ¿Recuerda lo que dice la Biblia acerca de este hombre llamado Esaú?  El relato de la venta de su primogenitura se encuentra en Génesis 25:27-34, y al terminar el relato el escritor sagrado registró estas breves, pero significativas palabras:

  • “…Así menospreció Esaú la primogenitura” (v. 34b).

Si hacemos un estudio más cuidadoso sobre el significado espiritual de esa primogenitura, descubrimos que Esaú no sólo despreció las bendiciones de Isaac su padre, sino que en el presente contexto estas bendiciones son símbolo de las bendiciones de Dios, es decir, de la vida eterna.  El autor de la epístola a los Hebreos menciona la gravedad de este desprecio, diciendo:

  • “Mirad bien, no sea que alguno deje de alcanzar la gracia de Dios; que brotando alguna raíz de amargura, os estorbe, y por ella muchos sean contaminados; no sea que haya algún fornicario, o profano, como Esaú, que por una sola comida vendió su primogenitura.  Porque ya sabéis que aun después, deseando heredar la bendición, fue desechado, y no hubo oportunidad para el arrepentimiento, aunque la procuró con lágrimas” (He. 12:15-17).

Pero… ¿Cuándo fue que Esaú procuró con lágrimas recuperar las bendiciones que había perdido?  Obviamente después de despreciarlas.  Dicho en términos más sencillos, cambió el cielo por un plato de lentejas.  Este desprecio fue muy grave, pero Dios no lo presionó en ningún momento para que tomara tal decisión.  Cuando él procuró con lágrimas reparar el daño hecho, ya no tuvo oportunidad, no porque Dios no lo escogiera y eligiera a Jacob, sino porque él despreció ser elegido por Dios.  El Señor no le trató como un robot, respetó su libre albedrío, su elección, aunque muy equivocada porque Esaú escogió la maldición despreciando la bendición y permitió que Jacob fuese el depositario de esa bendición, que no era únicamente la de Isaac, sino la bendición divina canalizada a través del padre para el hijo primogénito.

Si Dios actuara según dicen los predestinistas, el autor a los Hebreos habría dicho así: «Mirad bien, no sea que alguno deje de ser elegido». Contra una elección arbitraria nada podríamos hacer, pero sí tenemos el deber de mirar bien para evitar que nuestro corazón se endurezca hasta tal punto que Dios se vea obligado a cerrarnos la puerta y que cuando comencemos a llorar sea demasiado tarde para reparar el error.  En otro lugar leemos:

  • “Temamos, pues, no sea que permaneciendo aún la promesa de entrar en su reposo, alguno de vosotros parezca no haberlo alcanzado.  Porque también a nosotros se nos ha anunciado la buena nueva como a ellos; pero no les aprovechó el oír la palabra, por no ir acompañada de fe en los que la oyeron” (He. 4:1, 2).

Los predestinistas sin duda entienden así este texto: «Pero no les aprovechó el oír la palabra, por no haber sido elegidos, predestinados…»

http://radioiglesia.com/index.php?option=com_content&view=article&id=943:la-doctrina-de-la-predestinacion&catid=104:alerta-nd-33&Itemid=46

La doctrina de la predestinación

La doctrina de la predestinación

(P I)

No hace mucho escuché la exposición de un predicador famoso y muy conocido.  Habló respecto a lo absurdo que era creer en lo que conocemos como «libre albedrío del hombre», señalando que el único que tiene tal libre albedrío o voluntad propia es Dios y fuera de él nadie más.  Su exposición se basó en lo que se conoce como Predestinación, aunque no usó mucho esta palabra.  Pero eso sí, escuchándolo, y si no conociera las Escrituras como las conozco, puedo asegurarle que habría ganado un adepto más.  En la forma cómo fue planteado el tema era fácil que cualquier persona sin sólidos cimientos bíblicos, cayera en semejante laberinto de doctrinas extrañas.

Tardé bastante en rumiar todo esto, preguntándome una vez más: ¿Cómo comienzan las herejías?  Con esto no estoy tildando de hereje a alguien que cree en la predestinación.  Lo que trato de destacar es que este predicador ofrece una buena “plataforma de lanzamiento”.  Después de leer sus libros y escuchar sus cassettes, los seguidores y discípulos harán el resto.  Tras meditar un poco respecto a cómo comienzan todas estas doctrinas extrañas, llegué a la siguiente conclusión: El asunto va por etapas y nunca falla.  Su curso es más o menos como sigue:

•   Un predicador comienza una nueva iglesia, predicando la pureza del evangelio.
•   Logra reunir una congregación considerable de algunos cientos de miembros y después de miles.
•   Inicia un ministerio radial, primero en decenas y luego en centenas de emisoras en todo el país y a veces en el extranjero.
•   Todo esto es suficiente para “lanzarlo a la fama”.  Muchas veces el predicador no se da cuenta que está cayendo en ese remolino.
•          Al contar con un gran número de miembros, muchas emisoras y bastante dinero, el predicador poco a poco introduce temas que contradicen las sanas doctrinas, pero suele hablar con mucha convicción, citando mucho la Biblia y especialmente tratando de destacar los errores en las traducciones bíblicas, sobre todo en esas reconocidas como las mejores.
•   Próximamente hará referencias a los textos originales (hebreo y griego), dando la impresión que domina estos dos idiomas a la perfección y que los conoce tanto o mucho mejor que los mismos traductores de la Biblia, ya descalificada por él.
•   A esta altura, con tanta gente, tanta convicción, tantos libros escritos, tanto éxito, tanto conocimiento de los textos originales, con tanta promoción de su persona en publicaciones (como por ejemplo Moody Monthly y otras más), después de dar incontables conferencias especiales para pastores, matrimonios jóvenes, etc.; su congregación y miles de sus radioescuchas y teleaudiencia, creen sin cuestionar todo lo que este experto dice.

Es verdaderamente extraño, porque la “predestinación” anula la gracia.  Sin embargo, los oyentes de este expositor quedan con la impresión de que destaca en forma maravillosa la gracia divina.  Pero… ¿Qué quiere decir «predestinación?»  Simplemente es la enseñanza que sostiene que la salvación del hombre o su perdición, no depende de él mismo en ninguna medida, sino enteramente de Dios.  Dicho en otras palabras, si usted fue predestinado para el infierno, aunque de todo corazón desee evitarlo, Dios ya lo predestinó para ese lugar y no hay nada que pueda hacer para evitarlo.  Por otra parte, si realmente quiere ir al infierno, pero ha sido predestinado para el cielo, irá al cielo no importa cuanto grite, llore y patalee porque no lo desea.

Sé que esto resultará chocante para muchos, pero si los predicadores que todavía mantenemos la línea bíblica fundamental y separatista, no hablamos sobre estos temas, esta corriente terminará por tener un impacto increíble en muchísima gente, ya que en cierto modo es cómoda.  De acuerdo con esta doctrina, usted como cristiano, no tiene responsabilidad alguna por la perdición de los pecadores, ya que si fueron predestinados, se salvarán con o sin su intervención, o se perderán, hábleles usted o no.  La única explicación que tienen los predestinistas para la gran comisión de ir “Y hace(r) discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo”(Mt. 28:19), es que ya que el Señor nos manda predicar, debemos hacerlo y tratar de ganar el mayor número posible de almas, sin preocuparnos por cuáles evangelizados han sido predestinados y cuáles no.  «Esto» – dijo el predicador –«Es asunto de Dios, que él se ocupe de ello.  Usted sólo ocúpese en obedecerlo y haga su parte, que Dios hará la suya».  Es necesario que nos formulemos estas preguntas:

•   ¿Es realmente bíblica la doctrina de la predestinación?
•   Y si es bíblica, ¿por qué la gran mayoría de los pastores, predicadores y teólogos no la enseñan?
•   Si la doctrina de la predestinación es falsa, ¿cuál será el fin de aquellos que la enseñan?

No se trata de un error menor o insignificante, sino que esta enseñanza elimina de raíz la gracia divina.  La gracia salvadora está basada, no solamente en la salvación SIN obras, sino que también se basa en la salvación para todos.  Dios no amó a un segmento determinado de la raza humana, en este caso ellos serían los“predestinados para la salvación, sus amados”, Él amó a todos.  La bendición que recibiera Abraham, fue que a través de su descendencia «Serían benditas todas las familias de la tierra» (Gn. 12:3b).  Sabemos que esa bendición que llegaría a “todas las familias de la tierra”, es la salvación del hombre por medio de la fe, de la misma fe de Abraham: “…Y todas las familias de la tierra serán benditas en ti y en tu simiente” (Gn. 28: 14b).

Sin duda estamos ante un problema teológico extremadamente serio.  Siempre han existido conflictos y problemas de todo tipo en la interpretación de las Escrituras, pero hay algo en este caso en particular que difiere de otros errores.  Se trata de una falsedad tan bien camuflada que pocos detectan su verdadero peligro, pensando que es sólo “un punto de vista sobre un asunto sin importancia”.  Sin embargo, la importancia de lo que usted crea en cuanto a la predestinación es tal, que de ello depende de sí cree o no en la gracia.  Esto también hace de usted, o un predicador de la Palabra de Dios, o un predicador de ese “otro evangelio” mencionado por Pablo en Gálatas 1:8.  El apóstol también dice que quien predica ese otro evangelio “sea anatema” y “Ninguna persona separada como anatema podrá ser rescatada; indefectiblemente ha de ser muerta”(Lv. 27:29).  Esto nos coloca ante un problema muy serio.

Uno de los argumentos de los predestinistas es la justicia de Dios.  Se citan expresiones bíblicas y se trata de probar que Dios tiene un código completamente distinto al nuestro en lo que a justicia se refiere.  Dicho en otras palabras, lo que para nosotros es justo, para Él no lo es.  Y lo que nosotros consideramos completamente injusto, para Él puede ser lo más justo y correcto.  La idea es que nosotros, debido a nuestra naturaleza completamente corrupta, no estamos en condiciones de comprender la justicia divina.

Veamos algunos de los pasajes bíblicos que usan para demostrar la realidad de esta doctrina: “Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos, dijo Jehová.  Como son más altos los cielos que la tierra, así son mis caminos más altos que vuestros caminos, y mis pensamientos más que vuestros pensamientos” (Is. 55:8, 9).  Es completamente erróneo tomar esta declaración divina e interpretarla a la luz de otro contexto, puesto que los versículos siguientes explican el pasaje cuando dicen: “Porque como desciende de los cielos la lluvia y la nieve, y no vuelve allá, sino que riega la tierra, y la hace germinar y producir, y da semilla al que siembra, y pan al que come, así será mi palabra que sale de mi boca; no volverá a mí vacía, sino que hará lo que yo quiero, y será prosperada en aquello para que la envié”(Is. 55:10, 11).

Cuando Dios habla de sus pensamientos tan distantes de los nuestros, nos está mostrando su solución para el mayor problema del hombre que es su pecado.  La solución divina no es la destrucción final del hombre con su muerte espiritual o física, sino que Dios nos dice que tiene otros pensamientos que nosotros jamás podríamos entender.  Pensamientos que incluyen el rescate de los creyentes, su gracia, el perdón gratuito hasta para el pecador más vil.  Pensamientos que asimismo incluyen al hombre redimido sirviendo en su programa de rescate del pecador y logrando por este medio y para la eternidad, galardones o recompensas que ni siquiera entendemos en qué consisten.  Sabemos que Moisés, por ejemplo, prefirió sufrir con su pueblo antes que gozar de los deleites del palacio del rey, porque tal como dice la Biblia, “…Tenía puesta la mirada en el galardón”(He. 11:26b).

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Breve historia del Dr. Martyn Lloyd Jones

Breve historia del Dr. Martyn Lloyd Jones
PUBLICADO POR MARTA VILLARREAL VIERNES 9 DE JULIO DE 2010
El Dr. Martyn Lloyd Jones no manipulaba emociones para que las personas se convirtieran, decía: La mente tenía que ser alcanzada primero. Su mensaje era que la fe cristiana era muy pertinente y urgentemente importante. Rompió todas las reglas que los predicadores modernos consideraban esenciales. Por ejemplo, nunca …contaba chistes en el púlpito, ni utilizaba anécdotas, ni relatos personales, ni buscaba en los titulares de periódicos ideas para su texto más bien, basaba sus
sermones exclusivamente en el mensaje de la biblia.”

Libros en el blog relacionados con Historia del Cristianismo

Libros en el blog relacionados con Historia del Cristianismo

Descarga juego Bíblico 50×15 para PC

Descarga juego Bíblico 50×15 para PC

Por admin
Escrito el 09 Apr 2010 a las 11:38am


El famoso concurso televisivo 50×15, también llamado “¿Quieres ser millonario? Presentado en España por Carlos Sobera, llega a las pantallas de nuestros ordenadores.

En esta versión, te enfrentarás a 15 preguntas bíblicas, con 4 respuestas cáda una. Juega bien tus comodines, y se astuto, pues de ello dependerán los puntos obtenidos al final de la partida, ya que no podrás fallar ni siquiera una sola para llegar al Final.

Requisitos del sistema:
Windows 98 / XP / Vista
Tarjeta VGA-
Tarjeta de sonido /
altavoces-
5 Mb de espacio libre en el Disco duro.
y muchas ganas de aprender y divertirse.

Enlace: Descargar aquí

AGRADECIMIENTO ESPECIAL A LOS CREADORES:

http://www.jovenes-cristianos.com/

La serie «Lost» obtiene de la Biblia parte del guión

La serie «Lost» obtiene de la Biblia parte del guión

Por admin
Escrito el 12 Mar 2010 a las 8:49am


Cuando está a punto de afrontar sus últimas ocho horas de emisión, la serie «Perdidos» sigue deleitando a millones de espectadores en todo el mundo, que esperan expectantes la resolución final de los misterios acumulados durante seis años.

El fenómeno ´fan´ más importante de la década continúa contando la historia de varios protagonistas perdidos en una extraña isla. Una excusa para escarbar en sus aciertos y miserias, los conflictos entre razón y fe, todo ello decorado con pinceladas bíblicas y apuntes a la necesidad humana de redención.

«Perdidos» se acaba y, después de cinco intensas temporadas, miles de espectadores de todo el mundo siguen pendientes de una serie a la que muchos consideran «una religión». Las teorías sobre «la isla» invaden el ciberespacio y los guionistas mantienen en vilo a sus seguidores, pero el éxito de la serie radica, sin duda, en su habilidad para conectar con las inquietudes del ser humano, con su capacidad para hacer frente a la adversidad, de asumir la trascendencia de su existencia, siempre a través del humano y eterno debate entre la lógica, la ciencia y la fe en algo que no se alcanza a comprender plenamente.

Para afrontar estos eternos conflictos, más que acudir a los clásicos modelos griegos, la serie se apropia de ejemplos e imágenes que surgen de los relatos bíblicos. Eso sí, no faltan también referencias a otras líneas religiosas como la mitología egipcia, budismo, islam y numerología.

Pero no hay duda de que detrás de cada guión hay un interés por recoger aspectos primordiales del hecho religioso, y su influencia en la vida de las personas.

En «Perdidos», la religión –como la ciencia– es una constante. Una dualidad reflejada, sobre todo, en dos personajes: John Locke, el «hombre de fe», y Jack Shepard –en inglés «pastor», otra referencia bíblica a su función protectora en la isla– el «hombre de ciencia», el médico racional que, conforme avanza la serie, da un «salto a la fe» pulsando un botón que podría salvar el mundo y que termina por abrir una la puerta a la esperanza («nada es irreversible», dijo en el episodio que abría la sexta temporada). Hay personajes que han sido monaguillos (Charlie), mujeres que oran (Rose), devotos musulmanes (Sayid) y sacerdotes nigerianos (Eko) que llevan bastones con misteriosas inscripciones bíblicas.

REDENCIÓN


Si algo caracteriza a la serie desde sus comienzos es que todos sus personajes llegan a la isla con su mundo destrozado. Todos tienen razones para querer comenzar a vivir una nueva vida.

«Todo el mundo recibe una nueva vida en esta isla», dice John Locke, el personaje más carismático de la compleja trama de «Perdidos». Cada uno de los personajes se enfrenta a situaciones que se asemejan a las de su pasado y, en cierto modo, «la isla» les permite corregir sus errores, aunque sólo sea a través del arrepentimiento.

En una época marcada por el narcisismo y el individualismo, «Perdidos» recupera el valor de la comunidad y la conciencia de que el hombre necesita ser «salvado». Desparecidas las falsas seguridades, sólo queda afrontar el «misterio» y hacerlo desde la esperanza.

Independientemente de lo que los guionistas tengan previsto para cada uno de los personajes en esta «grand finale», el éxito de la serie ya es un hecho.

ALUSIONES BÍBLICAS CONTINUAS
La Biblia, como libro, aparece en numerosas ocasiones a lo largo de la serie, en diversos escenarios (una avioneta, dos de las estaciones de la isla, la casa de Jack…) Pero el Antiguo Testamento es también la inspiración de muchos de los nombres y de las historias de los personajes de «Perdidos». Así por ejemplo, «Jacob», el personaje más misterioso de la serie podría estar basado en la historia bíblica de Jacob y su hermano Esaú, hijos gemelos de Isaac y enfrentados por la progenitura. O «Benjamín», en la Biblia hijo favorito de Jacob junto con José, que nació en el camino de Efratá a Belén y su nacimiento le costó la vida a su madre (igual que el personaje de la serie). También encontramos en este paraíso «perdido» a unos esqueletos bautizados como «Adán y Eva», un niño que nace con el nombre de «Aarón»…

Otro importante recurso de la serie son los diversos libros del Antiguo Testamento. Muchos capítulos llevan sus nombres: «Éxodo»; «Números»; «El Salmo 23» o expresiones tan bíblicas como «Extraño en tierra extraña».

Además, dentro de los mismos episodios se han hecho referencias directas a historias de la Biblia. Así, el sacerdote nigeriano Mr. Eko contaba a John Locke cómo Josías redescubre el Libro de la Ley, tal como lo cuenta el libro de Reyes. O también Benjamin Linus conversa con Jack en una iglesia sobre las dudas de Tomás tras la resurrección de Cristo.

Otra de las historias que parecen inspirar al relato de «Perdidos» es la historia del hijo pródigo. El conflicto entre padres e hijos se puede reconocer en todos los protagonistas de la historia, casi sin excepción. Y las actitudes que cada uno toma, sobre todo hacia la figura paterna, recuerda a las actitudes que Jesús contó hace casi dos mil años.

Protestante Digital

LA CENA DEL SEÑOR parte 1

LA CENA DEL SEÑOR parte 1

En los primeros tiempos, la iglesia alababa al Señor diariamente en lo que Lucas denomina:

  • “el rompimiento del pan”. (Hch. 2:42)

Se trataba de una parte sustancial de la comunión que los hermanos fomentaban con la comida comunitaria cotidiana. (Hch. 2:46)

Según leemos en los evangelios, fue el mismo Señor Jesús quien habló de esta celebración como una memoria de él. (Luc. 22:19; 1 Cor. 11:24)

Por el carácter festivo que tuvo posteriormente (1 Cor. 5:8) se la denominó: “una fiesta”. Las condiciones espirituales de los discípulos con su confusión de objetivos y luchas internas, dieron cierto dramatismo a lo que el Señor estaba haciendo. Según Juan con el lavamiento de los pies, les enseñó el modo de conocer y practicar la autoridad (Jn. 13:2-15) para mantener la comunión.

La cena del Señor no era una continuación de la pascua, sino un nuevo modo de fortificar los lazos mutuos y con el Señor Jesucristo resucitado para alimentar el testimonio hasta que él volviera por segunda vez. Este estilo de vida estaba basado sobre el “nuevo pacto” (Mat. 26:28)  entre él y los creyentes como familia de Dios.

A. Institución

La ordenanza de la cena del Señor fue instituida la noche antes de la crucifixión de Cristo como una representación simbólica de la participación del creyente en los beneficios de su muerte. Como tal, ha sucedido a la Pascua que los judíos han celebrado permanentemente desde su salida de Egipto.

Según la exposición dada en 1 Corintios 11:23-29, al ordenar a sus discípulos que comieran el pan, Jesús les dijo que el pan representaba su cuerpo que sería sacrificado por ellos. Debían observar este ritual durante su ausencia en memoria de Cristo. Cristo declaró que la copa de vino era el nuevo pacto en su sangre; al beber de la copa recordarían a Cristo especialmente en su muerte. Debía observar esta, celebración hasta su regreso.

La historia de la iglesia ha visto interminables controversias en torno a la cena del Señor. En general se han destacado tres puntos de vista principales.

  • La Iglesia Católica Romana ha sostenido la doctrina de la «transubstanciación», esto es, el pan y ‘el vino se transforman en el cuerpo y la sangre de Cristo y la persona que participa en ellos está participando literalmente en el cuerpo y la sangre de Cristo, “aunque sus sentidos puedan reconocer que los elementos siguen siendo pan y vino”.
  • Un segundo punto de vista es sustentado por los luteranos y se le llama «consubstanciación», aunque la palabra no es aceptada por los luteranos. Este punto de vista sostiene que, aunque, el pan sigue siendo pan y. el vino sigue siendo vino, en ambos elementos está, la presencia del cuerpo de Cristo, y de este modo uno participa del cuerpo de Cristo al observar la cena del Señor.
  • Un tercer punto de vista sustentado por Zuinglio es llamado punto de vista conmemorativo y sostiene que la observancia de la cena del Señor es una «conmemoración» de su muerte sin que ocurra ningún cambio sobrenatural en los elementos. Calvino sostuvo una variante de esto según la cual Cristo estaba espiritualmente en los elementos.

Las Escrituras parecen apoyar el punto de vista conmemorativo, y los elementos que contendrían o simbolizarían la presencia de Cristo serían más bien un reconocimiento de su ausencia. En armonía con esto, la cena del Señor debe ser celebrada hasta que El venga. Una observancia adecuada de la cena del Señor debe tener en cuenta ‘las cuidadosas instrucciones del apóstol Pablo en 1 Corintios 11:27-29. La cena del Señor debe observarse con la debida reverencia y después de un auto examen. El que participa de la cena de una manera descuidada o indigna acarrea condenación sobre sí. Pablo dice:

  • «Por tanto, pruébese cada uno a sí mismo, y coma así del pan y beba de la copa (1 Co. 11:28).

Muchos cristianos han considerado, con mucha justicia, que la cena del Señor es un momento sagrado de conmemoración de la muerte de Cristo y de todo lo que ello significa para el cristiano individual. Como Pablo lo dice, es un tiempo de examen interior, un momento de confesión de pecados y de restauración. Además, es un recordatorio de los maravillosos beneficios que han alcanzado a cada creyente por medio de la muerte de Cristo.

Así como la cena del Señor señala hacia el hecho histórico de la primera venida de Cristo y su muerte en la cruz, debe también señalar hacia su segunda venida cuando la observancia de la cena del Señor cesará. Aun cuando no se da una indicación clara de la frecuencia de la observancia, parece probable que los cristianos primitivos la practicaban con frecuencia, quizás una frecuencia de una vez a la semana cuando se reunían el primer » día para celebrar la resurrección de Cristo. En todo caso, la observancia de la cena del Señor no debiera ser distante en el tiempo, sino en obediencia respetuosa y adecuada a su mandamiento de hacerlo hasta que El venga.

Según leemos en los evangelios, el Señor tomó del pan que quedaba de la pascua (Jn. 13:27) y convidó a todos diciendo: “Esto es mi cuerpo”. Además agregó:

“… que por vosotros es dado” (Luc. 22:19) y que posteriormente Pablo menciona bajo la forma de: “por vosotros es partido….”

Esta aclaración podría tener dos sentidos:

  • mirando al pacto, la víctima era partida al medio; (Gn.15:18; comp. Heb. 10:20) y
  • b) mirando a la comunión, el pan repartido significa la comunión de todos en el cuerpo de Cristo. Describe de un modo muy gráfico que todos los participantes están inquebrantablemente unidos entre sí en el cuerpo de Cristo.

Después, dice la Biblia que tomó “la copa” y proclamó el “nuevo pacto” en su sangre, hecho sobre “mejores promesas” porque es un pacto eterno. Posiblemente, los apóstoles no comprendieron el valor de todo lo que estaba en juego, pero nosotros sí, sabemos que participar de la cena del Señor significa ratificar nuestro anhelo de vivir identificados con Cristo en comunión con los hermanos.

B. Participación

Deducimos de las Escrituras que el valor de la participación radica en tres detalles sobresalientes:

a. La Persona que invita – “El Señor Jesús”

  • 1 Corintios 11:23-25: “El Señor Jesús la noche que fue entregado tomó pan; y habiendo dado gracias lo partió y dijo: Tomad, comed, esto es mi cuerpo que por vosotros es partido: haced esto en memoria de mi. Lo mismo hizo con la copa y volvió a repetir: “en memoria de mí”.

La Biblia dice también que la invitación fue formulada “después de haber cenado“, como para descartar cualquier vinculación con lo anterior. Hacer memoria de él, es unir muchos corazones en una sola persona.

b. La circunstancia en que lo hace – “la noche que fue entregado”

No podemos despojarnos del pensamiento del estado del mundo “la noche que fue entregado”. La religión en contra, Judas en la traición, Pedro en la duda. Los romanos en la expectativa y Pilato buscando favores. En esa noche tan singular el Señor quiso consolidar su amor con un pueblo propio comprometido con el únicamente.

c. El mensaje que perpetúa – ” … hasta que venga …”

“La muerte del Señor anunciáis [gr.katangello] hasta que venga”. El término griego katangello aparece unas diecisiete veces en el Nuevo Testamento y está siempre relacionado con la exposición del mensaje. (Heb. 13:20)

Parecería que el modo feliz de ser y la comunión sincera entre los hermanos, formaba parte integral de la proclamación que necesitaba de inconversos para que tuviera el sentido que contiene en el Nuevo Testamento.

Los cambios visibles en las vidas de los integrantes hacían que la proclamación fuera apetecible a los extraños. De modo que, la integración del amor mutuo, el gozo espiritual, y la adoración al Señor, eran las partes sustanciales del mensaje de la vida eterna.

C. Contenido

Hemos dejado un espacio especial para un componente que nos parece muy importante. Tanto el Señor Jesús como el apóstol Pablo hablaron del pan y del vino como del “nuevo pacto”.

La sangre derramada era la evidencia que Dios realizaba una nueva alianza (Mateo 26:28; Hebreos 9:15) y que el vino la representaba. Aunque en ninguno de los pasajes se establece quienes eran las partes integrantes del pacto, podríamos presumir que se trata de Cristo y los “muchos”, o Dios y los “muchos”, mencionados por Mateo. La clave del pacto es el perdón divino con la posibilidad de utilizar un símbolo capaz de abarcar a todos. Al beber de la copa, es como si dijéramos en nuestro interior: “yo recibí el perdón” y “estoy unido con todos los demás perdonados”. Es por este carácter de pacto que necesitamos analizar nuestra relación con los hermanos y estar seguros que vivimos en santidad delante de Dios.(Hebreos 12:14)

E. Deformación

A pesar de la enseñanza del Señor Jesús y de lo que acabamos de estudiar esta “memoria” sufrió muchas transformaciones, porque poco tiempo después de la era apostólica, comenzaron a tomar cuerpo las ideas sobre la gracia que impartía el cuerpo y la sangre de Cristo.

Aconsejamos la lectura de los siguientes pasajes: Hechos 4:2; 13:5; 13:38; 15:36; 17:3; 17:13, 23; 1 Corintios 2:1; 9:14; Filipenses 1:16, 18; Colosenses 1:28

a. Transubstanciación

Alrededor del año 844 AD., Pascacio Radbert inició el desa­rrollo desde su monasterio en Corbie, de una teoría que unía los antecedentes conocidos del modo siguiente:

“mientras para los sentidos el pan y el vino de la eucaristía permanecían inmutables, por un milagro, la sustancia del cuerpo y de la sangre de Cristo (el mismo cuerpo que era suyo aquí en la tierra) se hacía presente en ellos. Sin embargo, este cambio ocurre solamente para los que creen y lo aceptan por la fe, y no es efectivo para los que no creen”[1]

Esta teoría cobró más cuerpo con el apoyo posterior de Tomás de Aquino. Fue este filósofo quién ideó la doctrina de la concomitan­cia, es decir, que en virtud de la cercanía, la sangre de Cristo está también en el pan consagrado.

El término “transubstanciación” fue aprobado en el Concilio Cuarto de Letrán convocado por Inocencio III (1215). En dicha ocasión, se trataron de unir las varias declaraciones existentes para igualarlas a las de Aquino y producir un documento que explicara el “milagro” como la “conversión de los elementos en la sustancia del Señor” (T. Aquino: Summa Teológica III -75/3). Posteriormente en 1259 se aprobó la adoración de la hostia en el momento del “milagro” con toque de campanitas para la postración.

Todas estas explicaciones pujan “por dar forma literal a las palabras del Señor Jesús:

  • “El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna”

y quieren demostrar que la transformación del pan (hostia para ellos) y del vino para poder comer carne y beber sangre, únicamente es por medio de la Iglesia Católica.

b. Consubstanciación

Con la Reforma la doctrina anterior sufrió un revés, porque —según los reformadores— para que Cristo esté presente, no se requería el cambio de los emblemas. Sin embargo, Lulero no pudo librarse de la “presencia real” del cuerpo de Cristo. Decía él, que ya que Cristo está a la diestra de Dios y Dios es Omnipresente, esa diestra está en todas partes; quizás “en”, “con” y “debajo” del pan y del vino. También sobre esto hubo bastante polémica. Quizás para nuestro caso lo que podríamos extraer es que “dos sustancias pueden coexistir simultáneamente”, de modo que el cuerpo de Cristo está naturalmente y realmente presente en el pan y vino al ser consagrados por el ministro.

c. Recepción simbólica

L. Berkhof comentando las posiciones anteriores concluye con la siguiente apreciación:

“Esta influencia (la de la presencia de Cristo) aunque real, no es física sino espiritual y mística mediante el Espíritu, y está condicionada al acto de fe por el cual el comuni­cante simbólicamente recibe el cuerpo y la sangre de Cristo” (Juan 6:54) [2]

Notas

[1] K.S. Latourette: Historia del cristianismo (Tomo I-p.433)

[2] L.Berkhof, Teologia sistematica,pag.653,Ed. Tell

Bibliografia