Ser Dios o no ser nada


Se anunció con el bombo y platillo que conlleva el orgullo: se había creado vida en un laboratorio. Pero no es cierto. Se ha conseguido que una célula ya viva se reproduzca con los rasgos de un genoma diferente que se le ha inoculado después de manipularse. Ahora vendrá el debate ético que genera siempre el miedo a tocar los entresijos de la vida. Si creamos o creemos haber creado vida, ¿somos Dios?

El mito de Frankenstein perdura por que el dilema radica en la propia esencia de la fe. El hombre desea creer en Dios, quiere ser Dios y al mismo tiempo lo niega, por miedo, por soberbia, porque se lo dicta la razón. En el fondo, el debate es ser Dios o no ser nada. Es encontrar la respuesta que nació cuando el ser humano creo el simbolismo. Y esta celebrada noticia no sirve para discutir a Dios sino para confirmar la vanidad humana, pues lo que se plantea es si, una vez más, el invento que puede tener unas consecuencias benefactoras para el avance de la humanidad, será utilizado con unos fines que la pongan en peligro. Terrorismo, lo llamamos, pero sucedió lo mismo con la pólvora o el átomo. ¿Acaso no son terrorismo las armas biológicas que ya existen? ¿O las armas nucleares? ¿O un sistema económico que permite que millones de personas mueran de hambre? No seamos hipócritas. No asustemos a nadie con el desarrollo del invento, porque con debate ético o sin él, el invento se desarrollará. Es una característica inmanente de la especie: ir siempre más allá. Quizá una opción sea ponerlo al alcance de todos y esperar a que se neutralice, mientras se aprovechan sus aspectos positivos. Algo que ya ocurrió en su tiempo con la bomba A.

visto aca

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