Valor, mesura y libertad de Hans Küng


Valor, mesura y libertad de Hans Küng

Javier Corral Jurado | 15-05-2010

Los enormes personajes de la Iglesia Católica de nuestro tiempo, han vuelto a separar sus posiciones doctrinales y reafirmar que, en la ruta que cada quien escogió, no habrá posibilidad de que los caminos se junten. Por más que así lo quiera Dios.

Joseph Ratzinger y Hans Küng, los dos teólogos más jóvenes del Concilio Ecuménico Vaticano II, de 1962 a 1965, hoy en día los de más edad y, “los únicos aún completamente en activo”, están de nuevo enfrentados sobre el futuro de la Iglesia y la manera en que la curia romana está respondiendo a esta etapa de enorme desprestigio para el catolicismo, manchado centralmente no sólo por los abominables y documentados casos de pederastia clerical, sino también por la enorme, brutal, red de complicidad y ocultamiento de esos hechos, de los que el caso Marcial Maciel es el mayor ejemplo.

Ratzinger es hoy El Papa Benedicto XVI, y Küng, un sacerdote católico, profesor emérito de teología ecuménica en la Universidad de Tubingen, en Alemania. No tienen la misma jerarquía, me dirán los detractores del segundo, pero no podrán negarme que en ellos se entraña la división doctrinal contemporánea más importante de la Iglesia Católica que se coloca en el mismo nivel. Tan es así que, la prensa vaticanóloga se dividió prácticamente en dos grandes pools de cobertura mediática cuando el cónclave del colegio cardenalicio eligió a Joseph Ratzinger como nuevo Papa de la Iglesia Católica.

Un grupo de reporteros estaba en Roma, al lado de la chimenea de la capilla Sixtina, por la que salió el humo blanco. El otro se trasladó hasta el poblado de Tubingen, donde Hans Küng, el teólogo suizo que desde 1979 se había enfrentado con el nuevo Pontífice, hasta ser incluso suspendido por él, para el ejercicio de la enseñanza católica, leía un pequeño texto en el que dio su punto de vista.

Contrario a lo que muchos pensábamos que sucedería, Küng no arremetió en contra de quien fuera su gran amigo y compañero perito de los proyectos y los debates conciliares, pero que luego con el paso del tiempo se convirtió en su más decidido perseguidor. Aunque se mostró decepcionado, Hans Küng tuvo palabras de aliento y esperanza para el nuevo jefe de la Iglesia:

“Hay que darle tiempo”, “démosle una oportunidad”, fueron las frases que se destacaron en las notas informativas complementarias al nombramiento papal.

Propuso que

“habría que conceder a los nuevos Papas 100 días, igual que se hace con los presidentes de EU”, y desde entonces marcó los retos del nuevo pontificado: “De lo que no cabe duda es de que tendrá que acometer tareas descomunales que su predecesor no ha resuelto y que llevan mucho tiempo estancadas. Entre ellas, fomentar activamente el ecumenismo de las iglesias cristianas, implantar la colegialidad entre el Papa y los obispos así como esa descentralización de la dirección de la Iglesia y garantizar la igualdad de derechos entre hombres y mujeres dentro de la Iglesia”.

Hans Küng basó su esperanza en que al ser nombrado Papa, el cardenal Ratizinger actuaría como padre, que alberga y da cobijo a todos sus hijos. “La experiencia nos enseña que ocupar el lugar de Pedro en la Iglesia católica de hoy en día supone un reto capaz de transformar a cualquiera: se puede llegar al cónclave como cardenal progresista y salir convertido en Papa conservador (Montini-Pablo VI), o bien llegar al cónclave como cardenal conservador y salir convertido en un Papa progresista (Roncalli-Juan XXIII)”, fue la explicación y la apuesta que hizo por el milagro transformador, o mejor dicho, por el milagro de devolver al cardenal Ratzinger a sus posiciones reformadoras originales.

Ese gesto comprensivo, sin duda fue lo que propicio que ambos personajes se reencontraran de nuevo, pues desde 1979 no habían vuelto a cruzar palabra personalmente, pues fue cuando a Küng se le privó del título de profesor de teología católica por discutir, entre otras cosas, la infalibilidad papal y la doctrina sexual de la Iglesia. Mediante la publicación de un libro titulado “¿Infalible?, una pregunta”, Hans Küng rechazó la infalibilidad pontificia y alzó también su voz para criticar lo que considera «falta de libertad» dentro de la Iglesia.

De esta manera Küng tocó uno de los ejes del dogmatismo católico, por virtud del cual se ejerce una disciplina que, de entrada, acepta la restricción de la libertad de pensamiento, y en ello, el principal mecanismo de control como poder eclesial.

La infalibilidad del Papa es explicada por la Iglesia Católica como efecto de una especial asistencia que Dios hace al romano pontífice cuando éste se propone, por un acto definitivo y solemne, definir y enseñar como cierta y divinamente revelada una determinada doctrina sobre la fe o la moral.

La enseñanza de la infalibilidad pontificia no sostiene que el Papa no se equivoque en cualquier materia; tampoco sostiene que el Papa sea infalible cuando da su opinión particular sobre algún asunto; ni que el Papa esté libre de tentación ni de pecado.

De este modo la Iglesia entiende que es preciso que Dios preserve a la Iglesia, y al Papa que es su Cabeza Suprema, de cometer error en materia de fe o de moral, a fin de que pueda guiar correctamente a los pastores y los fieles y de que todos tengan seguridad de que la doctrina enseñada por ella es cierta.

No sólo Hans Kung ha postulado una obediencia racional al sumo pontífice. El entonces Cardenal Ratzinger, hoy Benedicto XVI, escribió en 1968: “por encima del Papa se halla la propia conciencia, a la que hay que obedecer incluso en contra de lo que diga la autoridad eclesiástica”.

La respuesta del Vaticano sólo vino en contra de Hans Küng, en 1980, porque fue dada precisamente por Ratzinger, que en ese momento era Prefecto de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, quien le prohibió seguir enseñando teología.

Pasaron treinta años para que se volvieran a encontrar. En la residencia veraniega de Castengandolfo se reunieron los dos teólogos por más de cuatro horas en septiembre de 2005. Hubo un escueto boletín que dio cuenta de un diálogo cordial y sincero, y el reinicio de sus conversaciones sobre las diferencias doctrinales en diversas posturas de la Iglesia.

Pero hace tres semanas parece haber culminado esa tregua que ambos se dieron para dialogar, y la espera que Küng recomendó a la feligresía católica, que por supuesto duró más que 100 días. Al cumplirse el quinto año del pontificado de Ratzinger, el fundador del Foro para una Nueva ética mundial, ha llamado mediante carta abierta a todos los obispos católicos a que se animen a promover la convocatoria para un nuevo Concilio, o por lo menos, un sínodo de Obispos representativo, ante lo que el advierte es “la peor crisis de credibilidad de nuestra Iglesia, desde la Reforma”.

Dice:

“Mis esperanzas, y las de tantos católicos, de que el Papa pueda encontrar su manera de promover la renovación continua de la Iglesia y la reconciliación ecuménica en el espíritu del Segundo Concilio Vaticano desgraciadamente no han sido cumplidas. Su pontificado ha dejado pasar cada vez más oportunidades de las que ha aprovechado: se perdieron las oportunidades para el acercamiento con las iglesias protestantes, para la reconciliación a largo plazo con los judíos, para un diálogo con los musulmanes en una atmósfera de confianza mutua, para la reconciliación con los pueblos indígenas colonizados de Latinoamérica y para el suministro de asistencia al pueblo de África en su lucha contra el sida. También se perdió la oportunidad de hacer del espíritu del Segundo Concilio Vaticano la brújula para toda la Iglesia Católica”.

La dolencia que más irrita a Hans Küng en el presente, es la pederastia clerical: “hoy, además de estas muchas crisis, surge una serie de escándalos que claman al cielo: la revelación de que varios clérigos abusaron de miles de niños y adolescentes en todo el mundo. Para empeorar las cosas, el manejo de estos casos ha dado origen a una crisis de liderazgo sin precedentes y a un colapso de la confianza en el liderazgo de la Iglesia. Las consecuencias para la reputación de la Iglesia Católica son desastrosas. Importantes líderes de la Iglesia ya han admitido esto. Numerosos pastores y educadores inocentes y entregados a su labor están sufriendo bajo el estigma de sospecha que ahora cubre a la Iglesia”.

Luego el reto:

“Ustedes, reverendos obispos, deben hacer frente a la interrogante: ¿qué pasará con nuestra Iglesia y con sus diócesis en el futuro?”.

Lo interesante sería saber que opinan los obispos mexicanos de esta invitación.

P.D. El secuestro de Diego Fernández de Cevallos, que se dio a conocer al momento de concluir esta colaboración, consterna a la Nación completa porque, además de la cobardía y la injusticia intrínseca del plagio, señala la vulnerabilidad en la que se encuentra la sociedad en su conjunto frente a la acción del crimen organizado.

Nadie está a salvo, es el duro mensaje al país que mandan las mafias, para sembrar el terror entre la población y la confusión en el Gobierno, precisamente cuando la lucha contra el narco toca momentos cruciales. Así fue en Colombia, cuando el Estado empezó a ganar la batalla: se ensañaron en crueldad las ejecuciones, se secuestraron a personajes con un alto nivel de fama pública, y continuaron con líderes ligados a la política y a políticos en el Gobierno. Que Diego esté con vida y las autoridades puedan rescatarlo, es mi más profundo deseo.

http://www.diario.com.mx/nota.php?notaid=a1da6ff6948a0546fa4f5930066dbbc1

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