Antes y después…


Antes y después…

Leer lo que Dios le dice a su pueblo en Oseas 11:1-4 conmueve profundamente el corazón, especialmente al imaginar el cuidado amoroso de un Padre poderosísimo hacia un niño pequeño y desvalido…

  • “Cuando Israel era muchacho, yo lo amé, y de Egipto llamé a mi hijo. Cuanto más yo los llamaba, tanto más se alejaban de mí, a los baales sacrificaban, y a los ídolos ofrecían sahumerios. Yo con todo enseñaba a andar al mismo Efraín, tomándole de los brazos; y no conoció que yo le cuidaba. Con cuerdas humanas los atraje, con cuerdas de amor; y fui para ellos como los que alzan el yugo de sobre su cerviz, y puse delante de ellos la comida”

Luego, leer Oseas 11:7 resulta abrumador por el dolor causado al Señor…

  • “Entre tanto, mi pueblo está adherido a la rebelión contra mí; aunque me llaman el Altísimo, ninguno absolutamente me quiere enaltecer”

Y si continuamos leyendo Oseas 11:8-9, ¿podemos permanecer indiferentes ante la reacción de este Dios amoroso?

“¿Cómo podré abandonarte, oh Efraín? ¿Te entregaré yo, Israel? ¿Cómo podré yo hacerte como Adma, o ponerte como a Zeboim? Mi corazón se conmueve dentro de mí, se inflama toda mi compasión. No ejecutaré el ardor de mi ira, ni volveré para destruir a Efraín; porque Dios soy, y no hombre, el santo en medio de ti…”
Considerando esto podemos analizar nuestra propia conducta ante nuestro Señor y Salvador… ¿qué podemos decir de ella?

  • “Porque nosotros también éramos en otro tiempo insensatos, rebeldes, extraviados, esclavos de concupiscencias y deleites diversos, viviendo en malicia y envidia, aborrecibles, y aborreciéndonos unos a otros. Pero cuando se manifestó la bondad de Dios nuestro Salvador, y su amor para con los hombres, nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo, el cual derramó en nosotros abundantemente por Jesucristo nuestro Salvador, para que justificados por su gracia, viniésemos a ser herederos conforme a la esperanza de la vida eterna” (Tito 3:3-7)

¿Existe un antes y un después en nuestras vidas? ¿Podemos identificarlo claramente? Si así no fuera, hoy tenemos la posibilidad de abandonar el antes y comenzar a vivir una nueva vida en Cristo.

El Apóstol Pablo habla continuamente de la vida antigua y de la nueva en cada una de sus cartas a las iglesias. Pero en Efesios 5:16-25 es sumamente claro y específico:

  • “Digo, pues: Andad en el Espíritu, y no satisfagáis los deseos de la carne. Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne; y éstos se oponen entre sí, para que no hagáis lo que quisiereis. Pero si sois guiados por el Espíritu, no estáis bajo la ley. Y manifiestas son las obras de la carne que son… Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley. Pero los que son de Cristo han crucificado la carne con sus pasiones y deseos. Si vivimos por el Espíritu, andemos también por el Espíritu”

Recordemos: Vivir en Cristo plantea necesariamente una vida nueva y diferente a la anterior sin Cristo…

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