La Oración…


La Oración…

Hace poco tiempo atrás hicimos una reunión de oración por nuestra iglesia, con el objetivo de confesar y corregir aquellas cosas que hacíamos mal o que directamente no habíamos hecho: por ejemplo evangelizar, amarnos más unos a otros, orar con mayor dedicación, etc.

Y antes de ello nos habíamos examinado y confesado en forma personal y privada cada uno de nosotros.

En el libro de Daniel encontramos un buen ejemplo de esto…

Daniel explica el entorno de la situación:

  • “En el año primero de Darío hijo de Asuero, de la nación de los medos, que vino a ser rey sobre el reino de los caldeos, en el año primero de su reinado, yo Daniel miré atentamente en los libros el número de los años de que habló Jehová al profeta Jeremías, que habían de cumplirse las desolaciones de Jerusalén en setenta años” (Daniel 9:1-2)

Luego explica la acción:

  • “Y volví mi rostro a Dios el Señor, buscándole en oración y ruego, en ayuno, cilicio y ceniza. Y oré a Jehová mi Dios e hice confesión diciendo: Ahora, Señor, Dios grande, digno de ser temido, que guardas el pacto y la misericordia con los que te aman y guardan tus mandamientos; hemos pecado, hemos cometido iniquidad, hemos hecho impíamente, y hemos sido rebeldes, y nos hemos apartado de tus mandamientos y de tus ordenanzas. No hemos obedecido a tus siervos los profetas, que en tu nombre hablaron a nuestros reyes, a nuestros príncipes, a nuestros padres y a todo el pueblo de la tierra” (Daniel 9:3-6)

Y reconoce al Señor…

  • “Tuya es, Señor, la justicia, y nuestra la confusión de rostro… Oh Jehová, nuestra es la confusión de rostro, de nuestros reyes, de nuestros príncipes y de nuestros padres; porque contra ti pecamos. De Jehová nuestro Dios es el tener misericordia y el perdonar, aunque contra él nos hemos rebelado” (Daniel 9:7-9)

Finalmente, confía plenamente en la respuesta…

  • “Ahora, pues, Dios nuestro, oye la oración de tu siervo, y sus ruegos; y haz que tu rostro resplandezca sobre tu santuario asolado, por amor del Señor. Inclina, oh Dios mío, tu oído, y oye; abre tus ojos y mira nuestras desolaciones, y la ciudad sobre la cual es invocado tu nombre; porque no elevamos nuestros ruegos ante ti confiados en nuestras justicias, sino en tus muchas misericordias. Oye Señor; oh Señor, perdona; presta oído, Señor, y hazlo; no tardes, por amor de ti mismo, Dios mío; porque tu nombre es invocado sobre tu ciudad y sobre tu pueblo” (Daniel 9:17-19)

El domingo posterior a esa reunión especial de oración vimos resultados y respuestas concretas del Señor.

¿Por qué no nos proponemos ese ejercicio de oración diario para nuestras vidas personales, y semanal o mensual para nuestras iglesias o ministerios? ¡No será en vano!

  • “Así que, hermanos, teniendo libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo, por el camino nuevo y vivo que él nos abrió a través del velo, esto es, de su carne, y teniendo un gran sacerdote sobre la casa de Dios, acerquémonos con corazón sincero, en plena certidumbre de fe, purificados los corazones de mala conciencia y lavados los cuerpos con agua pura” (Hebreos 10:19-22)

Recordemos: ¡No hay manera más eficaz para acercarnos al Señor que mediante la oración sincera!

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