El hombre actual quiere un acto de fe que sea inteligente


El hombre actual quiere un acto de fe que sea inteligente
Bernard Sesboüé: creer nos resulta difícil porque requiere desprendernos de nosotros mismos

Bernard Sesboüé. Foto: gentileza de NDC

Bernard Sesboüé es jesuita y teólogo. Ha sido profesor en el Centre Sèvre de Paris durante 32 años. Su campo de investigación ha tocado casi todos los dominios de la teología. Ha consagrado los últimos años a reflexionar sobre la cuestión de la fe. Y ha intentado responder a esta pregunta: ¿cómo hablar de la fe a los hombres y mujeres de nuestra época? Creer en Dios es todavía un compromiso de nuestra libertad. Cada uno de nosotros habla de la fe a partir de su experiencia personal. Sin embargo, el acto de creer requiere también una reflexión y la razón ocupa aquí un gran espacio. Hemos pedido a Bernard Sesboüé que responda a nuestras preguntas con la finalidad de darnos algunas indicaciones sobre la nueva forma de decir nuestra fe hoy (Bernard Sesboüé, Croire. Paris, Éditions Droguet &Ardent).
Entrevista realizada por Jérôme Martineau, Redactor Jefe de la Revista Notre Dame du Cap.

Usted ha escrito hace unos años un libro muy importante titulado “Creer”. ¿Por qué llamar la atención sobre la fe mientras otros problemas asaltan a la Iglesia?

En primer lugar que querido subrayar en este libro que la cuestión de Dios es inevitable para el hombre, incluso el de hoy. Es una cuestión que afecta a todos, a los cristianos, a los fieles de otras religiones e incluso a los ateos. Recuerdo las palabras de un filósofo del siglo XIX, famoso por su ateísmo, que decía que la cuestión de Dios le asaltaba todos los días. Este libro propone un recorrido que sigue el Credo. He querido ponerme a la altura de nuestros contemporáneos que se enfrentan a la fe. He reflexionado sobre el sentido de decir “Yo creo” antes de añadir “en Dios”. El “yo” es el punto de partida. Es el “yo” del hombre. A menudo se habla de Dios antes de preguntarse sobre este hombre que plantea la cuestión de Dios.

¿No tiene usted la impresión de que los hombres y mujeres de hoy se plantean cada vez menos la cuestión de Dios?

Usted ha planteado la verdadera cuestión. La cuestión de Dios parece en efecto desaparecer en su forma clásica. Pienso sin embargo que aparece de nuevo cuando se plantea la cuestión del sentido de la vida. ¡Cuántas personas se plantean cuestiones relacionadas con la felicidad y el éxito de su vida! El filósofo Paul Ricoeur decía que de lo que más necesitados estamos hoy es de amor, todavía más, de significación. Vivimos en una sociedad que se desarrolla gracias a medios considerables, pero que pierde el sentido de su finalidad, de tal manera que un buen día puede plantearse estas cuestiones: ¿por qué levantarme para trabajar? ¿por qué crear una familia? Todas estas cuestiones nos conducen a la cuestión del sentido. Nos planteamos todas estas cuestiones cuando las circunstancias inevitables se nos presentan. Pienso al respecto en una enfermedad grave o en la muerte.

La mayoría de la gente vive en el ritmo clásico de la vida y pueden perfectamente responder a lo que yo llamo las cuestiones penúltimas. Consiguen ganarse la vida. Quieren a sus hijos y todo lo que va bien de pronto puede transformarse por la aparición de un cáncer. La esperanza de vida se ve entonces amenazada y en esos momentos la persona se plantea las cuestiones fundamentales. Debe responder a la cuestión del sentido de su vida. ¿Cómo va a vivir esta prueba? ¿Por qué me ha ocurrido esto?

La cuestión del sentido puede surgir también en circunstancias menos dramáticas. Un escritor preguntaba a sus amigos cuál había sido la experiencia más fuerte de su vida. Muchos respondieron que la experiencia de dar vida a un niño se había convertido en la más importante. Se trata de una experiencia vinculada a la transmisión de la vida. Ante un acontecimiento de esta naturaleza, las personas se plantean también cuestiones ligadas al sentido de la vida.

Vemos así que la cuestión del absoluto está siempre presente. Aparece también en ciertos casos de degradación humana. Piense por ejemplo en la droga. El que se abandona a la droga intenta llenar la insatisfacción que encuentra en su vida. Una revista francesa titulaba recientemente “El Absoluto” hablando de la sexualidad. Esta búsqueda se expresa también en la sexualidad.

Concluyendo mi reflexión, creo que es preciso decir que en la religión cristiana tenemos un Dios que se interesa por el hombre. Es lo que es revolucionario en el cristianismo. ¿Podría el hombre interesarse por un Dios que no se interesa por él? Tenemos estas palabras de Moisés en el Deuteronomio: “¿cuál es el Dios de las naciones que se aproxima a ellas como nuestro Dios se aproxima a nosotros?”

¿Se trata entonces de una novedad en la historia de las religiones, el hecho de que Dios se aproxime a los humanos?

Recuerdo a un especialista de la historia de las religiones que decía que hace 4.000 años, en un pequeño pueblo del Oriente lejano, se produjo un acontecimiento considerable: el nacimiento de la fe. ¿Cuál es el significado de la palabra fe? La fe es un término ligado a la tradición judeo-cristiana. ¿Acaso los paganos de Roma o de Atenas tenían fe en sus dioses? No era lo mismo. El cielo estaba poblado de dioses y sus vidas eran una copia del mundo terrestre y la gente no esperaba gran cosa de ellos.

La tradición judeo-cristiana enseña que Dios se compromete con el hombre y que la fe es precisamente la confianza que otorgamos a este Dios que nos hace promesas. Este tema atraviesa todo el Antiguo Testamento. Los autores relatan la fidelidad de Dios a sus promesas. La fe se fundamenta en una experiencia del pasado orientada hacia el futuro. Dios ha escuchado el clamor de su pueblo y todo el Antiguo Testamento testifica el diálogo que se construye entre Dios y su pueblo. Dios se dirige al hombre como un amigo se dirige a otro amigo. En el misterio cristiano, toda la iniciativa procede primero de Dios. Por eso San Pablo habla de la justificación por la gracia a través de la fe. Eso quiere decir que la iniciativa de esta justicia viene de Dios, que se vuelve hacia nosotros y nos propone su benevolencia y su amor. Sólo nos pide a cambio un acto de fe.

Usted escribe desde el principio de su libro que es difícil creer. ¿Por qué es tan difícil aceptar este don de Dios?

Es difícil creer porque se nos hace difícil desprendernos de nosotros mismos. Tenemos un deseo de egoísmo fundamental que quisiera que todo venga de nosotros, que todo tiene relación con nosotros. Constatamos este deseo en toda persona que ocupa un poder. Las personalidades políticas aceptan con dificultad que este poder se detenga. Decimos que vivimos en sociedades democráticas y que hay contrapoderes. Realmente, existen 36 formas de esquivar las mejores constituciones para conseguir sus propios fines.

Sin embargo, la fe nos pide vivir una humildad fundamental, proceder a una serie de renuncias y esto es lo que en mi opinión dificulta la fe en la actualidad. Vuelvo sobre el pensamiento del filósofo Paul Ricœur que decía que hoy todo está organizado en función de la mejora de los medios. ¡Es verdad! En la práctica, los países desarrollados no cesan de perfilar sus descubrimientos. Tomo el ejemplo de la informática, donde las mejoras se suceden a un gran ritmo. Las personas acumulan información sobre información y se olvidan de pensar por qué viven. Cuantas más cosas hacemos, más queremos hacer. Huimos de nosotros mismos adoptando este modo de vida tan acelerado. Estamos distraídos por un montón de cosas. Es el drama del hombre o de la mujer que llega a la jubilación. En ese momento se encuentra frente a frente con su vida y no sabe qué hacer.

Por otro lado, el hombre y la mujer de hoy quieren que se les den razones para creer. Quieren hacer un acto de fe que sea inteligente. Creo que tenemos todavía muchas cosas que hacer como católicos para proponer una catequesis que se dirija a los adultos. Nuestros catecismos, en particular los que se dirigen a los adultos, lo hacen todavía en un estilo que se dirige a ellos como si fueran niños. Se nos dice que es necesario creer, pero no se proporciona acceso a una información suficiente.

Podemos enseñar que Jesús es el Hijo de Dios. El hombre de hoy responde: ¿cómo puedes decirme tal cosa? ¿Es que Dios puede tener un hijo? ¿Qué es lo que quiere decir? ¿Es que Dios puede humanizarse ? Debo recuperar la pedadogía que Jesús empleó con sus discípulos para responder a estas cuestiones. Jesús ha hablado humanamente a todas las personas que se encontraba. Provocó en ellas una primera forma de confianza porque muchas le siguieron. Finalmente pudo plantear esta cuestión: ¿quién decís que soy? No pudieron dar la respuesta sino después de pasar la prueba de la muerte y la resurrección.

¿Que forma de catequesis propone usted?

Quisiera que la catequesis propusiera para cada tema tratado una forma de dar cuenta de eso ante la historia y ante la razón. Hace falta ser capaz de hablar de la fe en función de las preguntas que se hace una persona que intenta comprender su fe. El fenómeno del libro “El Código Da Vinci” me ha abierto los ojos. Nuestros contemporáneos plantean muchas cosas sobre el origen y la historia del cristianismo. Una gran parte de nuestros católicos son incapaces de responder a estas cuestiones. De esta forma, un novelista puede contar que la Iglesia les ha ocultado alguna cosa y que los evangelios apócrifos relatan mejores cosas sobre Jesús que los evangelios que nosotros reconocemos. La novela “El Código Da Vinci” es una historia entre otras. Todo lo que tiene que ver con la persona de Jesús no deja indiferente a nadie. Debemos entonces tener mayor interés por conocer mejor nuestra historia.

Ciertamente, Jesús interesa a muchas personas. ¿Por qué ahora se quiere hablar únicamente de la humanidad de Jesús?

En efecto, es la moda. Las novelas que hablan de Jesús se sitúan fuera de la fe y niegan su divinidad. Los autores saben que Jesús es una figura respetada, sagrada. Su ambición es superarla y de reducir su existencia a la de cualquier persona. Pongo un ejemplo. Estos autores no pueden aceptar el celibato de Jesús y están dispuestos a intentar cualquier cosa para decir que estuvo casado. John P. Meier, un teólogo americano de la Universidad de Notre-Dame, ha escrito cuatro libros sobre la historia de Jesús y responde a la cuestión sobre el celibato de Jesús. Dice que todo lo que sabemos de la historia de Jesús confirma que estuvo célibe. El celibato no era popular entre los judíos, pero existía en algunos grupos como los esenios.

Está también la famosa frase concerniente a los eunucos. Esta frase es violenta y parece la respuesta que Jesús dirigió a quienes se burlaban de su celibato. Este texto es interesante porque parece ser el eco del asombro de las personas que observaban la manera de vivir de Jesús. Decía: “El que pueda comprender que comprenda”. Todavía hoy no se le comprende.

¿Qué es lo que hombres y mujeres de hoy esperan de Dios?

Esperan la felicidad. Hay una gran sed de felicidad que quiere desembocar en otro lugar que no podemos alcanzar por nosotros mismos. Todos nosotros vivimos momentos intensos en nuestra existencia en los que experimentamos una verdadera felicidad. Todo es armonioso a nuestro alrededor y vivimos en un clima de amor. Esta experiencia espiritual no dura sino un instante, pero nos transporta como fuera de nosotros mismos. Nos sitúa en un estado de felicidad total. Después, es necesario ponerse manos a la obra. Esperamos de Dios un espíritu de totalidad que no podemos proporcionarnos y que él puede darnos gratuitamente. No podemos recibir esos momentos de felicidad si no proceden del Otro absoluto que es Dios. No puede haber una felicidad completa si no se produce una comunión en la cual los otros tienen su sitio. La felicidad se encarna en la realización del gran mandamiento del amor: amar a Dios y al prójimo como a uno mismo.

Esta entrevista fue publicada originalmente en la revista Notre Dame du Cap. Se reproduce con autorización. Traducción del francés: Eduardo Martínez.

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