Una Advertencia Urgente a los Católicos Romanos

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La Piedra Angular

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años 814-1054

años 814-1054

Triunfo de las tinieblas. — Corrupción del papado. — Claudio de Turín. El año mil. — Separación de Constantinopla.

Triunfo de las tinieblas.

Este período de la historia eclesiástica empieza en el año 814 y termina en el año 1054, con la separación definitiva de las iglesias del Oriente, dando origen a lo que hoy se llama Iglesia Ortodoxa. Es el período más oscuro de la historia cristiana. La idolatría, la superstición, el clericalismo, el monaquisino, el despotismo papal y todo lo que señala un triunfo del error y de los principios anticristianos, llegan a su más alto apogeo. El puro evangelio de Cristo lo anuncian sólo unos pequeños grupos de cristianos perseguidos y despreciados, que se refugian en regiones apartadas, para evitar la furia de sus implacables adversarios. Los estudios teológicos y bíblicos se hallan casi completamente abandonados. La religión ha pasado a ser una cuestión de meras formas exteriores y de ciega sumisión a un sistema, y nadie la mira ya como un medio de levantar al hombre de las miserias de la tierra para ponerle en contacto con el Dios invisible. La doctrina de la salvación por obras ha substituido a la justificación por la fe, precisamente en estos años cuando sólo se puede hablar de obras malas. El cardenal Baronio, al referirse a este período, lo llama “una edad de hierro, estéril en todo bien, una edad de plomo, abundante en toda iniquidad, una edad oscura, notable más que cualquier otra por la escasez de escritores y hombres de entendimiento”.

Corrupción del papado.

Los obispos que se sentaron en Roma, ya no se contentaban con ejercer dominio sobre sus colegas de otras ciudades, y gobernar al cristianismo. Sus pretensiones se hicieron cada vez mayores, hasta llegar a creerse semidioses en la tierra. Pretendían tener el derecho de destronar a los reyes a su antojo, y exigieron al mundo la más ciega y humillante sumisión.

Para dar apoyo a la institución papal, se fraguaron las falsas decretales, que tan importante autoridad tuvieron durante muchos siglos, pero que hoy no se atreven a defender los más retrógrados papistas, porque las supercherías que contienen son del todo manifiestas. Consisten éstas en una larga serie de decretos papales. El siguiente párrafo, de Merle D’Aubigné nos dará una idea de la estupenda falsedad de los documentos que fueron la base y fundamento del papismo: “En esta colección de pretendidos decretos de los papas, los obispos contemporáneos de Tácito y Quintiliano, hablan el latín bárbaro del siglo noveno. Las costumbres y constituciones de los francos se atribuían seriamente a los romanos del tiempo de los emperadores. Los papas citan la Biblia en la traducción latina de San Jerónimo, quien vivió tres siglos después de ellos. Y Víctor, obispo de Roma, en el año 192, escribía a Teófilo, que fue arzobispo de Alejandría, en el año 385. El impostor que fabricó estos decretos se esforzaba por establecer que todos los obispos recibían su autoridad del obispo de Roma, quien había recibido la suya directamente de Jesucristo. No solamente registraba todas las conquistas sucesivas de los. pontífices, sino que las hacía remontar a los tiempos más antiguos. Los papas no tuvieron vergüenza de apoyarse en esta despreciable invención. Ya en 865 Nicolás I tomó las armas para defender a los príncipes y obispos. Esta fábula desvergonzada fue durante siglos el arsenal de Roma”.

Tales fueron los documentos que sirvieron de base a la Iglesia Romana para sostener el poder temporal de los papas, alegando la “Donación de Constantino”, llamada por Bryce “la más estupenda de todas las mentiras medioevales”.

En esta época el papado llegó a su más alto grado de co rrupción. La elección de un papa era siempre ocasión de grandes escándalos y hasta de derramamiento de sangre. Muchas veces, no pudiendo ponerse de acuerdo los electores, se elegían dos, tres y hasta mayor número de papas. Las orgías del pontificado superaban en mucho a las más abominables de las cortes paganas. Los papas eran depuestos para hacer sentar en sus sillas a los favoritos de las cortesanas. Para describir el estado corrupto del papado, fue necesario crear una palabra: pornocracia, que significa gobierno de rameras, pues en realidad eran las queridas de los papas las que manejaban todos los asuntos eclesiásticos. Entre estas mujeres figuraban como las de mayor influencia, una tal Marozia, concubina del papa Sergio, y Teodora, concubina del papa Juan X.

Refiramos ahora algunos casos concretos, confirmados por los mismos historiadores romanistas.

Formoso, obispo de Porto, fue el que encabezó la famosa conspiración de Gregorio el Nomenclátor, que tenía por objeto entregar la ciudad de Roma a los sarracenos. Cuando la conspiración fue descubierta, Juan VIII excomulgó y depuso a Formose. El sucesor de Juan VIII restituyó a Formoso el episcopado. En el año 891, Formoso fue elegido papa al misino tiempo que otra parte del clero y del pueblo elegía a Sergio para el mismo puesto. Los dos pretendientes se presentaron en la iglesia, y ambos exigían ser consagrados. Ahí se inició una batalla cruel. El partido de Sergio fue vencido, y Formoso pasando por encima de los cadáveres, subió todo ensangrentado al altar, y fue consagrado papa.

Después de la muerte de Formoso, Sergio fue de nuevo candidato, pero su partido fue vencido, siendo elegido Bonifacio VI, quien sólo vivió algunos meses. En la nueva elección triunfó el partido de Sergio, pero no lo eligieron a él sino a Esteban VI, un subordinado de Sergio, quien se inició deshaciendo todo lo que había hecho Formoso. Después, para hacerse infamemente inmortal, ejecutó un acto que no conoce otro igual en la historia de las venganzas. Hizo desenterrar el cadáver de Formoso, lo hizo vestir con las ropas pontificales, y después ordenó que lo llevasen ante un concilio que había reunido expresamente. Para unir la burla a la ferocidad, mandó que fuese juzgado como si se tratase de un vivo. El mismo papa que presidía el concilio, llamó por nombre al difunto Formoso, e hizo contra él toda suerte de acusaciones ordenando al cadáver que contestase a sus preguntas, y como el cadáver no respondiese, lo declaró convicto y pronunció contra él la condenación sacro aprobante concilio, por la cual el cadáver de Formoso fue depuesto del papado, excomulgado, despojado de las insignias papales y en la misma iglesia le cortaron los tres dedos de la mano derecha, con los que bendecía y luego desnudo y mutilado, fue arrastrado por las calles de Roma, y finalmente arrojado al Tíber.

La historia del papado después de la muerte de Esteban VI siguió siendo una sucesión de hechos inauditos. El escritor italiano, L. Desanctis, la resume así: “El papa Romano, sucesor inmediato de Esteban, anuló todo lo que había hecho su antecesor, y declaró ex cathedra, es decir infaliblemente, que su antecesor hablando ex cathedra,contra Formoso, se había equivocado; y Formoso fue absuelto y restablecido. A Romano, que vivió sólo cuatro meses, lo sucedió el papa Teodoro, quien vivió veinte días. Sergio continuaba siempre ambicionando el papado sin lograr conseguirlo, y para que fuese posible, envenenaba a todos sus competidores. Después de la muerte de Teodoro, Sergio fue elegido por segunda vez, pero el partido contrario tomó las armas y ganó sobre él una nueva victoria, e hizo elegir papa a Juan XI. Sergio tuvo entonces que refugiarse al lado de su querida Marozia, marquesa de Toscana, la Mesalina de aquellos tiempos. Juan, para vengarse del partido de Sergio, reunió un concilio en el cual rehabilitó de nuevo al papa Formoso y condenó al papa Esteban. Mientras tanto, Sergio, protegido por su amiga, hacía de papa, y con el veneno se deshacía de todos los que le disputaban el papado. A Juan le sucedió Benito, quien hizo la guerra a Sergio; lo venció, pero no pudo apoderarse de él. A Benito lo sucedió León V, quien pocos días después de la consagración, fue encerrado en una prisión y asesinado por su secretario Cristóbal, quien se eligió a sí mismo, proclamándose papa y sucesor de San Pedro. Entonces prevaleció el partido de Sergio, ydenal Baronio confiesa ingenuamente, que no hay delito por infame que sea, del cual no esté manchado el papa Sergio III, el cual, según confesión del cardenal analista, era esclavo de lodos los vicios, y el más infame de todos los hombres”.

Los papas que sucedieron a Sergio, fueron casi todos parecidos a éste. Al morir Agapito II, Marozia logró que fuese electo uno de sus hijos bastardos, quien tomó el nombre de Juan XII. Según muchos autores, éste tenía sólo doce años cuando fue elegido papa. Los defensores del papado, Baronio, Cantú y otros, dicen que tenía dieciocho. Todos están de acuerdo en declararlo un monstruo cargado de vicios y delitos. El jesuita Maimburg dice que al subir al pontificado cambió de nombre pero no de conducta, siendo caso cierto que ninguno como él deshonró tanto al papado con toda clase de vicios y actos de una vida licenciosa, que llevó hasta el fin. Nadie niega que era blasfemo, impío, sacrílego y disoluto en último grado.

Los romanos, cansados de soportar a un hombre tal, pidieron al emperador Otón I que lo hiciese destituir, para lo cual reunió un concilio en la basílica vaticana. El papa fue allí acusado de haber cometido los delitos más infames que se pueden imaginar: de vender los episcopados, de haber consagrado obispo a un niño de diez años, de haber hecho mutilar obscenamente a un cardenal, de tener la costumbre de beber a la salud del diablo y brindar por las divinidades paganas y de muchas cosas más. El concilio citó al papa, pero éste en lugar de comparecer excomulgó al concilio, el cual, no obstante, continuó sesionando y depuso al papa y eligió en su lugar a León VIII, un hombre venerable, verdadero prodigio de honradez y decencia para aquellos escandalosos tiempos.

Juan XII tuvo que huir de Roma, pero no se fue con las manos vacías, pues llevó consigo todos los tesoros del pontificado de los que se sirvió para comprar influencias y hacerse restablecer en el papado.

León VIII procuraba por todos los medios posibles supri mir los abusos del clero y mejorar las costumbres de los habitantes de Roma. Esto hizo que las mujeres de Roma se can sasen pronto de él y deseasen tener entre ellas al disoluto Juan XII. Este supo aprovechar los deseos inmorales de esta gente y con generosos donativos logró formarse un partido bastante fuerte que pudo levantarse contra León quien tuvo que huir al campo imperial para no ser asesinado. Al entrar Juan en Roma se inició con una serie de crueldades; hizo cortar la mano derecha a un cardenal, arrancar la lengua y cortar la nariz al primer secretario del concilio, azotar públicamente al obispo de Espira, y otras cosas de esta clase. Después de estos actos de crueldad, destinados a atemorizar a sus adversarios, reunió un concilio, el cual declaró que el concilio reunido anteriormente había sido una reunión de bandoleros, que León VIII era un impío, un cismático, un sacrílego, etc. y éste fue depuesto.

Poco tiempo después murió Juan a consecuencias de una paliza que le aplicó el esposo de una beata con quien tenía relaciones.

Pasemos por alto la vida poco edificante de muchos otros papas, para ocuparnos algo de Benedicto IX. Este fue elegido a los doce años, debido a la influencia de su padre, que compró a los electores con grandes sumas de dinero. Su corta edad no le impidió hacerse pronto famoso por sus desórdenes, los cuales aumentaban a medida que crecía. Era llamado el sucesor de Simón el Mago, y su conducta fue tan obscena que es imposible narrarla sin ruborizar. Por fin, los romanos cansados de sus impudicias, de sus robos, de sus crímenes y de tanto proceder infame, lo echaron de Roma; pero, protegido por Conrado II, consiguió volver a sentarse en el trono papal. Poco tiempo después fue echado de nuevo, y en su lugar, elegido Silvestre III. Tres meses después, Benedicto, protegido por sus poderosos parientes, se apoderó de nuevo del papado, pero temiendo ser asesinado, vendió su puesto a un sacerdote que tomó el nombre de Juan XX, a quien consagró el mismo Benedicto, y se retiró a su casa paterna en la que siguió viviendo libertinamente. Pronto se cansó de la vida privada, y tomando las armas, se apoderó del Palacio Laterano, expulsó al papa Juan y subió de nuevo a la cátedra romana. Pero los otros dos papas no habían salido de Roma, “de modo que —dice el autor de la Historia de los Papas— se vio al mismo tiempo a los tres hombres más infames del mundo, llevar los ornamentos pontificios en las tres iglesias principales de Roma: a Benedicto IX, en San Juan; a Silvestre III, en San Pedro; y a Juan XX, en Santa María Mayor”. Finalmente los tres se pusieron de acuerdo dividiendo entre sí pacíficamente las rentas del papado y siguieron juntos la vida disoluta e inmoral a la cual estaban entregados.

Apareció entonces un fraile astuto, quien, so pretexto de evitar el escándalo, propuso a los tres “santísimos” que lo eligieran a él, y en cambio les daría todo el dinero que les hiciese falta para sus orgías. El partido fue aceptado y lo eligieron tomando el nombre de Gregorio VI, y he aquí cuatro papas al mismo tiempo. ¿Cuál era el verdadero?

Claudio  de  Turín.

“Es casi imposible resistir a la convicción —dice Samuel G. Green— de que durante este tiempo tenebroso, hubo en lugares escondidos, verdaderos siervos de Jesucristo, quienes más o menos alcanzaron a ver la verdad escondida bajo las formas y accesorios de una religión corrompida y degradada por los vicios y ambiciones de sus representantes principales en la Iglesia y el Estado. Muchas mentes se rebelaron secretamente a causa de los absurdos inculcados como partes de la fe cristiana. Las leyendas y milagros mentirosos pudieron difícilmente ser impuestos a todos, y la flagrante inmoralidad tolerada en los círculos eclesiásticos, no podía menos que revelar a los pensadores el contraste de todo esto con las enseñanzas de Cristo. Un poco de luz celestial pudo brillar a través de las nubes de la superstición. Como en los días de Elías, hubo sus siete mil que no doblaron la rodilla delante de Baal”.

Los nombres de Benedicto de Languedoc, levantando bien alto el estandarte de la moral cristiana en medio del fango de la corrupción monacal, y de Agobardo de Lyon, protestando contra el culto de las imágenes, serán siempre recordados con veneración y respeto, pero de las lumbreras cristianas de esta época, el que más se distingue es Claudio de Turín.

Nació en España y fue discípulo de Félix, el famoso obis po de Urgel, quien lo inició en el estudio del Nuevo Testamento y le enseñó a odiar la idolatría y superstición reinante, contra la cual luchaba Félix. De ambos lados de los Pirineos fue conocida la erudición de Claudio, lo mismo que su piedad ardiente, y algunos que deseaban ver cosas mejores en el cris tianismo, influyeron para que se le nombrase obispo de Turín, sabiendo que era uno de los pocos hombres resueltos a poner un dique al horrible avance de la mentira que fomentaban las órdenes monásticas.

Claudio rechazaba las tradiciones que no estaban de acuer do con el evangelio, y entre otras cosas las oraciones por los muertos, el culto de la cruz y de las imágenes, y la invocación de los santos. “Yo no establezco una nueva secta —escribía al abate Teodomiro— sino que predico la verdad pura, y tanto como me es posible, reprimo, combato y destruyo las sectas, los cismas, las supersticiones y las herejías; lo que nunca dejaré de hacer con la ayuda de Dios. Constreñido a aceptar el episcopado, he venido a Turín donde encontré las iglesias llenas de abominaciones e imágenes, y porque empecé a destruir lo que todo el mundo adoraba, todo el mundo se ha puesto a hablar en mi contra .. Dicen: no creemos que haya algo de divino en la imagen que adoramos, no la reverenciamos sino en honor de aquella persona que representa, y contesto: si los que han abandonado el culto de los demonios honran las imágenes de los santos, no han dejado los ídolos, sólo han cambiado los nombres .. Si hubiese que adorar a los hombres, sería mejor adorarlos vivos, mientras son la imagen de Dios, y no después de muertos cuando se parecen a piedras; y si no es lícito adorar las obras de Dios, menos se deben adorar las de los hombres”.

Combatiendo la adoración de la cruz, dicen en otro lugar: “Si tenemos que adorar la cruz porque Jesucristo estuvo clavado en ella, debemos adorar muchas otras cosas .. Que adoren los pesebres, porque Jesucristo al nacer fue puesto en un pesebre; que adoren los pañales, porque Jesucristo fue envuelto en pañales; que adoren los barcos, porque Jesucristo enseñaba desde un barco”.

Las peregrinaciones a Roma y la confianza de la gente en la protección papal levantaban las vivas protestas de Claudio, como puede verse en este párrafo: “Volved a la razón, miserables transgresores; ¿por qué os habéis dado vuelta de la verdad? ¿Por qué crucificáis de nuevo al hijo de Dios, exponiéndolo a la ignominia? ¿Por qué perdéis las almas haciéndolas compañeras de los demonios al alejarlas del Creador, por el horrible sacrilegio de vuestras imágenes y representaciones, precipitándolas en una eterna condenación? Sé bien que en tienden mal este pasaje del Evangelio: “Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi iglesia y yo te daré las llaves del reino de los cielos”. Es apoyándose locamente sobre esta palabra que una multitud ignorante, estúpida y destituida de toda inteligencia espiritual, acude a Roma con la esperanza de obtener la vida eterna. Ciegos, volved a la luz, volved a Aquel que alumbra a todo hombre que viene a este mundo; vosotros aunque seáis numerosos, estáis caminando en las tinieblas, y no sabéis a donde vais, porque las tinieblas han cegado vuestros ojos. Si tenemos que creer a Dios cuando promete, mucho más cuando jura y dice: Si Noé, Daniel y Job, estuviesen en este país, no salvarían ni hijo ni hija; pero ellos por su justicia salvarían sus almas, es decir, si los santos que invocáis, fuesen tan santos y justos como Noé, Daniel y Job, ni aun así salvarían hijo ni hija. Y Dios así lo declara, para que nadie ponga su confianza en los méritos o intercesiones de los santos. ¿Comprendéis esto, pueblo sin inteligencia? ¿Seréis sabios una vez, vosotros que corréis a Roma buscando la intercesión de un apóstol?”

La actividad literaria de Claudio fue grande. En el año 814 publicó tres libros comentando el Génesis; en 815, cuatro sobre el Éxodo; y en 828, sus explicaciones sobre el Levítico. Pu blicó también comentarios sobre las Epístolas de San Pablo. Estos escritos, junto con sus discursos y sus visitas pastorales, contribuyeron, sin duda, a mantener intacto el sistema de doctrina evangélica en los valles del Piamonte.

Claudio murió en Turín en el año 839, sin ser excomulgado ni destituido de su puesto, gracias a la protección del emperador.

“Las doctrinas evangélicas de Claudio —dice Moisés Droin— no desaparecieron con él; la herencia fue recogida por humildes discípulos de la Palabra de Dios, y particularmente por los valdenses, los cataros y los pobres de Lyon, que se esparcieron en las diferentes provincias de la península española”.

El año mil.

Una errónea interpretación del pasaje de Apocalipsis 20: 1-5, que dice que durante mil años Satanás estará atado, y que después de cumplidos los mil años será suelto, había difundido por todo el mundo la creencia de que al sonar la última hora del año mil, vendría el fin de todas las cosas y comenzaría el juicio de todos los hombres. Muchos monjes salían de sus conventos y predicaban con verdadero fanatismo, anunciando esto como cosa cierta. En Alemania, Francia e Italia, durante las últimas décadas del siglo, recorrían las parroquias los predi cadores más fogosos y sembraban el terror en el ánimo de las almas predispuestas a esta clase de emociones. El pánico era general. Las iglesias se llenaban de multitudes, que hacían penitencia y ofrecían dones para aplacar la ira venidera de la justicia divina. Los más pudientes vendían sus bienes y se trasladaban a Jerusalén para encontrarse en la Tierra Santa cuando viniese el gran día de la ira del Señor. Los peregrinos eran numerosos, y las regiones solitarias de Palestina se vieron invadidas por los devotos que esperaban temblando el fin de todas las cosas. Pero pasó el año mil sin que nada aconteciese de lo que se esperaba.

Separación de Constantinopla.

El gran cisma que dio origen a lo que hoy se llama Iglesia Ortodoxa, fue el resultado de la creciente rivalidad entre los papas de Roma y los patriarcas de Constantinopla, quienes se disputaban el derecho de gobernar ciertos distritos.

A mediados del siglo IX, un tal Ignacio, era patriarca de Constantinopla, el cual atrajo sobre sí el odio de la casa impe rial por haber excomulgado a Bardas, hermano de la emperatriz Teodora, el cual habiendo abandonado a su esposa vivía en adulterio con la viuda de un hijo suyo. Ignacio fue destituido y desterrado y un laico influyente llamado Focio, fue elevado al patriarcado, pasando por toda la escala jerárquica de la iglesia en una sola semana. Como la sede de Roma se negó a Focio, hubo una violenta correspondencia entre el emperador y el papa. El patriarca logró entonces reunir un concilio en Constantinopla en el año 867, el cual excomulgó al papa, acusando a la Iglesia Romana de haberse apartado de la fe y costumbre recibidas, formulando cargos sobre asuntos de poquísima importancia, en comparación con los grandes delitos de Roma, de los cuales Constantinopla no era tampoco inocente. Una de las acusaciones consistía en que Roma permitía comer queso y tomar leche durante la cuaresma; otra se relacionaba ron la orden de que los clérigos se afeitasen. No había entre las dos sedes una grave cuestión doctrinal, sino una mera cuestión de palabras e intereses materiales. Los decretos del concilio fueron firmados por el emperador, por los patriarcas de Antioquia, Alejandría y Constantinopla, y por unos mil obispos y abates.

El documento condenatorio fue enviado a Roma pero antes que los portadores del mismo llegasen, estalló en Constantinopla una revolución que cambió por completo el giro de los asuntos. El nuevo emperador se inició destituyendo a Focio y un nuevo concilio se reunió en Constantinopla del cual fueron excluidos los partidarios de Focio. Ignacio fue traído en triunfo de su destierro y colocado de nuevo en la silla patriarcal, la que ocupó durante diez años.

Surgieron entonces nuevas dificultades y Focio, aprovechando la oportunidad, consiguió ser elevado de nuevo a su antigua posición, pero al morir el emperador, tuvo que retirarse y terminó sus días encerrado en un claustro en el año 891.

Después de estos acontecimientos se suspendieron un poco las hostilidades. Los papas de Roma, tan ocupados en sus orgías, no tenían tiempo de pensar en la contienda con los patriarcas. Un autor ha dicho que eran tan densas las tinieblas que circundaban a Roma y a Constantinopla, que no podían verse una a la otra, lo que les obligó a suspender las discusiones.

Al subir al patriarcado Miguel Cerulario en el año 1043, se inició de nuevo la lucha, principalmente acerca de Bulgaria, pues ambos obispos pretendían que este país estaba incluido en su jurisdicción. Después de largas discusiones, Constantinopla resolvió no someterse a las pretensiones de los delegados papales. Roma excomulgó al patriarca de Constantinopla y a todos los que censuraban la fe de la Iglesia de Roma y el modo como ésta ofrecía “el santo sacrificio”. Los legados de Roma colocaron la excomunión sobre el altar mayor de la iglesia de Santa Sofía el 16 de julio de 1054. Constantinopla respondió con una contra excomunión produciendo muchos cargos contra la Iglesia Romana. El cisma quedó así establecido y fue completo. Alejandría, Antioquia, Jerusalén y todo el Oriente quedó con Constantinopla. El Occidente quedó con Roma.

http://www.seminarioabierto.com/iglesia14.htm

testimonio de un ex-católico

Pedro Bernal Dominguez

Nací en Algodonales en un precioso pueblecito de la serranía de Cádiz, el día 16 de Septiembre de 1.935. A los 17 años de edad tuve un contagio de tuberculosis en el pulmón izquierdo ocasionado por algunos besos que le di a una chica que estaba enferma, siendo yo ignorante de su situación de enfermedad, de la cual me enteré después. El médico me ordenó reposo absoluto durante un año en cama. Esta preciosa causalidad fue la que el Señor usó para tener un precioso y hermoso encuentro con El.Vinieron a mis manos unos evangelios sueltos, “que no se con certeza si eran católicos o evangélicos” por conducto de una viejecita muy amiga nuestra, y también un libro titulado; El joven cristiano, que este si era católico.

Entre la lectura de los evangelios y la de este libro, que los pude leer muy detenidamente, puesto que tenía un año de tiempo. El Señor habló a mi vida de una forma muy especial que jamás podré olvidar.A pesar de que mi madre nos tenía enseñados en el cristianismo católico, y por lo tanto hicimos la primera comunión y también la confirmación de una forma tradicional. Esto no impactó en mi vida de adolescente, aunque había algo en mi interior de sed de Dios.Pues con esta sed, empecé a beber un poquito de agua de este manantial de vida que es nuestro amado Salvador. Mi vida quedó tan impactada de este encuentro, que cuando salí de la enfermedad, de la cual quedé completamente curado, mis amigos me decían; ¿Qué es lo que te ha pasado? Yo le contestaba que ahora creía en Cristo y no quería pecar. Cuando estaba en la cama le pedí perdón al Señor de toda mi vida de pecado hasta con los más mínimos detalles, y esto, con un gran llanto de arrepentimiento y remordimiento por haber pecado contra el Señor.

El Señor había puesto una buena disposición en mi mente para no ir más a lugares de pecado y de inmoralidad, y otras cosas contrarias a su voluntad. Fue una conversión genuina y total, pero no tenía un conocimiento profundo de su Palabra. Yo no tenía conocimiento de las diferencias de enseñanza que pudiera haber en las diferentes iglesias. Y en mi ignorancia me presente al sacerdote del pueblo de Camas donde nos trasladamos desde Algodonales a los 14 años de edad. Yo le comenté mi encuentro con el Señor, y le pregunté que podría hacer para agradar al máximo al Señor. El me contestó que fuera a misa todos los días, pues en esta se ofrecía el cuerpo y la sangre de Jesucristo realmente, y por lo tanto era lo más grande que podía hacer y ofrecer a Dios. Además que confesara una vez al mes y que comulgara a diario, y así recibía a Cristo. También que rezara el rosario todos los días.Ahora viene a mi mente, que en una ocasión rezábamos el rosario de la aurora por las calles de Camas, y al pasar por el Barrio de la Fuente, dijo el sacerdote en alta voz; rezar fuerte para que salgan los demonios de aquí; refiriéndose a la Iglesia Protestante. Esto, quedó grabado en mi mente.

Con mucha ignorancia y con el máximo de honestidad por mi parte, estuve practicando escrupulosamente durante unos 13 años todo lo que el sacerdote Dn. Juan me dijo. A los 21 años de edad efectuando el servicio militar en Morón de la Frontera tuve el segundo encuentro en el orden de prioridades, conociendo a la que es hoy mi muy querida esposa y madre de cinco preciosos hijos y cinco nietos en la actualidad. A ella, durante el noviazgo le comuniqué mis ideales cristianos, los cuales aceptó muy gustosamente. Y de común acuerdo hubo un respeto mutuo entre los dos, practicando las enseñanzas del catolicismo de buena fe.Cuando nos casamos nos trasladamos a la calle Clavija del barrio San Lorenzo de Sevilla, y asistíamos a los servicios religiosos de la Iglesia de San Lorenzo, en la cual fueron bautizados tres de nuestros cinco hijos, pues los otros dos no lo fueron porque tuvimos conocimiento por la Palabra de que no era lo correcto. Anterior a esto, fuimos invitados a realizar unos cursillos de cristiandad de la iglesia católica en el Monumento del Sagrado Corazón de Jesús de San Juan de Aznalfarache por Dn. Manuel Rojo Cabrera amigo nuestro, y que ejercía de Abogado en la calle Santa Clara. Este cursillo fue de tres días intensivos. Lo que más se enfatizaba en estas enseñanzas era el hacer muchas obras buenas, y hacer sacrificios corporales a favor de otras personas. En este cursillo nos hicieron un regalo, que para mí y mi esposa fue el más preciado y hermoso de todo lo que allí se nos dio, pues nos entregaron un Nuevo Testamento de Nácar y Colunga. Esta preciosa joya de la Palabra de Dios fue y sigue siendo nuestra antorcha en lugar oscuro. A partir de su lectura empecé a recordar aquellos evangelios sueltos que había leído durante mi enfermedad en la cama. Luego me hice de una Biblia completa También de los traductores Nácar y Colunga. Cada día estudiaba con profundidad y muy asiduamente toda la Palabra. Como es de esperar empezaron mis dudas de las enseñanzas recibidas por la iglesia católica al compararlas con la Biblia. Lo primero que me di cuenta fue que no coincidían Los Diez Mandamientos de la Biblia con los del catecismo católico romano. Sin pensarlo dos veces, cogí la Biblia y el catecismo y me personé en el Palacio Arzobispal y hablé con el vicario de enseñanza exponiéndole lo que dice Apocalipsis 22:19, de que no se puede ni añadir ni quitar. ¿Cómo es posible que la iglesia en la que yo y mi esposa habíamos depositado toda nuestra confianza se halla atrevido a adulterar en el catecismo lo que la Palabra de Dios dice, ocultando por completo el segundo mandamiento de la Biblia? Este segundo mandamiento de la Biblia se encuentra en Éxodo capítulo 20, versos del 3 al 6. A pesar de que es uno de los mandamientos más largos han tenido la osadía de omitirlo totalmente. Y aún hoy en día mantienen este engaño al pueblo sincero, pero ignorante por su culpa. Como es de razón, al quitar el segundo deberían de haber nueve en el catecismo, y para que la gente no aprecie ese detalle, el décimo de la Biblia lo dividen en dos partes en el catecismo, apareciendo diez, falsamente y premeditadamente. Esta falsa me puso en guardia permanente, y seguí estudiando otros temas doctrinales como el mal llamado sacrificio de Cristo durante la misa, según me dijo el sacerdote de Camas en mis principios de convertido. Estudiando la epístola a los Hebreos en su capítulo 9, versos del 23 al 28, y capítulo 10, versos del 1, al 18, entendí que el sacrificio de Cristo fue ofrecido una sola vez y para siempre para quitar de en medio el pecado. Y que donde hay remisión de pecados ya no hay más ofrenda por el pecado. Y otro que dice, que con un solo sacrificio hizo perfecto para siempre a los santificados. Y esto se refiere a todos los que nos hemos arrepentido y hemos cambiado de vida; y yo era uno de ellos. También leí, que donde no hay derramamiento de sangre no hay remisión de pecados, y por lo tanto en la misa no sucede tal cosa.

El sacrificio de Cristo, entendí que era único y perfecto, y por lo tanto no se puede repetir. Había que recordarlo con las especies de pan y vino como nos mandó Jesús. Cuando leí que somos templos del Espíritu Santo el cual mora en nosotros quedé sorprendidísimo de alegría, al entender que Dios moraba en mí. Luego entonces, ¿Qué sentido tenía el que recibiéramos la eucaristía si Cristo ya moraba en nosotros? Aún más; estudié en su Palabra que Dios no mora en templos hechos por manos de hombres. Y me preguntaba; ¿Quién ha hecho los sagrarios de todas las iglesias en los cuales nos decían que moraba Cristo? Fueron hombres de carne y hueso como nosotros. De nuevo me persono en el Palacio Arzobispal para dilucidar doctrinas de tan vital importancia bíblica, con la decisión total, de que si no había unas repuestas adecuadas y concordantes con la Biblia, me iría definitivamente de la iglesia católica. Durante este proceso de investigación expuesta, me encontraba trabajando con Antonio Cruz, un empresario de caballos de toro de lidia en Sevilla. Estuve con este señor unos 11 años, y me despidió porque le pedí vacaciones anuales solo una vez durante todo el tiempo que estuve con el, y me las negó. Me sentó tan mal, que las cogí por mi cuenta, y cuando volví de ellas me encontré una carta de despido. Que por supuesto fue ilegal y me tuvo que indemnizar. A los dos días de despedido solicitaron mi servicio de conductor particular una familia muy reconocida de Sevilla, como lo es la familia Borrero Hortal, al saber que yo era de comunión diaria y un buen católico. Yo era el hombre de confianza de esta familia, hasta tal punto que comía en casa de la señorita de la cual yo era su conductor.

Se iba a veranear a San Sebastián, y lo hacíamos solos, ella, su ama de compañía, y yo. Esto lo vine haciendo los dos años que estuve a su servicio. Durante el trayecto de los viajes que hacíamos rezábamos con frecuencia el rosario con una preciosa armonía entre los tres. Se portaba con migo de una forma edificante, y que sigo agradeciendo hasta el presente. En una de las tantas ocasiones que rezábamos el rosario, yo no respondía a los rezos, y me preguntó si estaba enfermo, y le contesté que no. Le dije con detalles, los estudios que había hecho de la Biblia, y a las conclusiones que había llegado de apartarme de la iglesia católica. Y que si en vez de perder el tiempo rezando el rosario, se leyera la Biblia, hoy habría más cristianos. Tanto la señorita Amparo, como el ama de compañía, se quedaron sorprendidas con mi repuesta, sabiendo y conociendo en profundidad como yo era. Me hacían preguntas de todo tipo, a las cuales les contestaba con citas de la Biblia. Les dije que un cristiano no debe de ser hipócrita, y que si antes rezaba el rosario en compañía de ellas era porque así lo venía haciendo durante trece años, pero que ahora no lo hago porque tengo la seguridad absoluta de que ese tipo de rezo no es la voluntad de Dios reflejada en su Palabra, y que por lo tanto ahora obedecería a Cristo, el cual nos dice que pidamos al Padre en su nombre. Mis repuestas no fueron mal acogidas por ellas, incluso observé inquietudes por su parte. Al pasar unos dos meses, me cita en la oficina el hermano de la señorita Amparo, y me dice literalmente que voy a volver loca a su hermana con mi actitud del cambio tan brusco por mi parte, y que a esto había que darle una solución. A lo que yo le puse al día, comentándole que llevaba unos dos años de estudios bíblicos para determinar que debería hacer, y que no quise decir nada antes, hasta no estar seguro plenamente de lo que hacía, y que por lo tanto mi decisión de salir del catolicismo no fue tan brusca como el creía. Este hombre antes de tomar decisiones a la ligera explotó un último cartucho, dándome una tarjeta de visita suya con una nota para un sacerdote jesuita amigo de la familia, creyendo que podría convencerme de mi actitud. De inmediato me presenté a este sacerdote, y comenzamos una charla que duró unas tres horas. Tuve la oportunidad de darle repuestas bíblicas a todo lo que me preguntaba y además exponerle con detalle todos los temas doctrinales de la iglesia católica de los cuales yo no estaba de acuerdo.

Al final de este tiempo de conversación me comunica que era doctor en Teología, y que le sorprendía el conocimiento que yo tenía de la Palabra de Dios y la fe que depositaba en esta. Diciéndome que le gustaría ver a muchos hombres con la disposición que yo ponía en las cosas del Señor, y que por lo tanto siguiera mi camino. Pudiera parecer que lo dicho es presunción por mi parte, pero esas fueron sus palabras.

Acto seguido, me persono en la oficina para comentarle a Dn. Francisco hermano de señorita Amparo la charla con el Teólogo. Este me recibe con una sonrisa muy abierta y me preguntó que como se me había dado. De tal forma me hace la pregunta que se reflejaba en su rostro la creencia de que el Teólogo me había convencido de lo contrario. Cuando le trasmití literalmente la repuesta de este se quedó enmudecido. A los cuantos días me cita de nuevo y me dice que esto no puede seguir así, que me tengo que ir de la casa. Yo le contesté que no me iba, puesto que nada malo había hecho, y que si por mi cambio de iglesia quería prescindir de mis servicios con su hermana, que me despidiera y me indemnizara, y que además me tendría que dar un certificado de buena conducta para presentarlo donde me fuere necesario. Y así se vio obligado a hacerlo. En este testimonio mío, sería ingrato por mi parte no mencionar a mis queridísimos hermanos, Pedro Navarro y su esposa Isabel, que eran evangélicos y vivían en San Juan del Puerto provincia de Huelva. Este pueblo lo frecuentaba yo casi todas las semanas al estar trabajando con anterioridad a la señorita Amparo con Antonio Cruz, el que me despidió que tenía una finca agrícola en el mismo. En este pueblo me hice de buenos amigos y conocían mis creencias como católico en aquellos momentos. Estos amigos me dijeron que allí vivían unos protestantes y que si era capaz de hablar con ellos. A lo que le conteste, que si ellos creían en Cristo igual que yo no era motivo para rechazarlos. Yo, siempre he sido y sigo siendo, muy abierto a escudriñarlo todo y retener aquello que sea positivo. Por lo tanto me personé en el domicilio de este querido matrimonio y llamando a su puerta se sorprendieron de mi presencia, puesto que no me conocían de nada. Me preguntaron que quería, y les dije que me habían dicho que eran protestantes y deseaba hablar con ellos. Me abrieron sus puertas de par en par, y con un agrado, delicadeza y amor, que a mi me cautivó.

En estos momentos añoro su compañía y su amabilidad. A partir de entonces estaba deseando de ir a San Juan del Puerto para debatir con ellos sobre la Palabra de Dios para atraerlos a la iglesia católica. Esta situación de investigación y por lo tanto de debate amistoso lo mantuvimos casi dos años. Entonces Pedro Navarro viendo lo duro que yo era y como buscaba mis defensas, me propuso no discutir más sobre cuestiones doctrinales, solo que leyéramos la Biblia y oráramos juntos. Yo accedí a su petición, y así lo venimos haciendo por un tiempo.

Tampoco quiero dejar fuera en este mi testimonio a nuestro querido hermano Santos García, que con sus grandes conocimientos de la Palabra, y al mismo tiempo, su cautivadora humildad y delicadeza, impactaron en mi vida de una forma muy especial. Ahora este hermano está gozando en la presencia de nuestro gran Dios y Salvador, del cual habló y enseñó a muchas personas, entre las cuales me encuentro yo. Al final caí de mi cabalgadura, y hubo un gran vencedor en todos estos debates, Cristo el Señor: Cuando nos promete: Pedid, y se os dará; buscad y hallareis; llamad y se os abrirá. Que para El sea la Gloria y el Honor por la eternidad.

Esta, ha venido siendo mi fórmula, y seguirá siendo; escudriñarlo todo y retener lo que haya de positivo en cualquier confesión religiosa que esté en concordancia con las Sagradas Escrituras. Cuando mi convicción fue total, y di el paso definitivo, estaba trabajando con la señorita Amparo como he mencionado con anterioridad.” Pues lo he relatado sin tener en cuenta el orden de los acontecimientos” Rápido se lo comunique a Pedro Navarro y familia, los que estaban en San Juan del Puerto. La alegría y el gozo fueron totales y mutuos. Acto seguido me aconsejó que fuera a una iglesia evangélica de Asamblea de Hermanos que se encontraba en calle Prosperidad del barrio de Triana, donde pastoreaban Benjamín Martínez, al cual mi familia y yo le debemos nuestro principal crecimiento espiritual.

También estaban con el, Federico Llobregat y Manolo Caballero que ya están gozando en la presencia del Señor, de los cuales recibimos grandes lecciones en general. He cumplido 70 años y seguimos en la misma iglesia, siendo pastoreada por Enrique Mier y Juan Bargueño yerno mío. En la iglesia católica de San Lorenzo, que yo frecuentaba con mi familia, se formó un buen revuelo cuando les informé que me iba para no volver más. Teníamos una buena relación con varios sacerdotes y un buen número de feligreses. Nuestra actitud de cambio a pesar de los años que allí estuvimos, impactó en algunos de ellos, y uno de los sacerdotes para quitar importancia a nuestra decisión, comentaba entre estos que yo no estaba bien de la cabeza, y que no me echaran cuentas. Cuando llegó esto a mis oídos decidí ir a un Siquiatra voluntariamente, para que me examinara como el viera oportuno, porque estaba en juego la verdad del Evangelio. Le informé al doctor los motivos por los cuales me ofrecía voluntariamente a su examen psiquiátrico. Este empezó de una forma muy sutil su trabajo, pero al mismo tiempo sorprendido de mi decisión. Estuve yendo a su consulta varios días. Recuerdo que me enseñaba varias formas de dibujos y me preguntaba que me parecía aquello. También me sacaba conversaciones muy variadas de diferentes temas de los cuales salí ileso según el certificado que me extendió al finalizar sus estudios sobre mi personalidad síquica. Este siquiatra se llamaba Dn. Jesús Vargas y tenía la consulta en la calle Asunción de los Remedios. Como es lógico, el fue una de mis primeras oportunidades para hablarle de Cristo. El certificado que me extendió fue extremadamente satisfactorio, exaltando mis conocimientos generales, al no estar en armonía con el medio cultural en el que yo me movía y fui educado. Con este certificado en mano, me fui a la iglesia de San Lorenzo y llamé a la puerta del despacho del párroco, y cuando me preguntó quien era, le contesté; tenga usted cuidado que soy Pedro el loco. Jamás este hombre pensaría lo que fui capaz de hacer, para que mis defensas doctrinales basadas en la Palabra de Dios no fueran ridiculizadas por su calumnia. Cuando leyó el certificado sus nervios le estaban traicionando y no sabía que decir. Este acontecimiento lo extendí por la Parroquia para que se supiera la verdad sobre mi persona.

Como es de esperar por un cristiano, perdoné de todo corazón a este sacerdote, como también al que me despidió en primer lugar, Antonio Cruz, y al hermano de la señorita Amparo, orando por ellos con toda sinceridad. No se cerraron mis puertas por este segundo despido, siendo el primero como dije, Antonio Cruz, el que tenía la finca en San Juan del Puerto. Como fueron despidos ilegales me tuvieron que indemnizar. Con ese dinerito me compré una furgoneta y me puse a trabajar como transportista en la firma de Dragados y Construcciones. Al cabo de pocos años el Señor me bendijo con varios camiones de gran tonelaje. Aquí se cumple lo dicho en su Palabra: A los que a Dios aman todo les ayuda para bien. Pasaron muchas más cosas en nuestras vidas a partir de esto. Tuvimos problemas con varios familiares por las dos partes, pero no quiero entrar en detalles para no alargar más este testimonio. Lo que no puedo dejar de decir, es que las bendiciones del Señor han sido muchas y grandes, tanto en el terreno espiritual como en el material. La más importante de todas, la conversión de nuestros cinco hijos: Y por si fuera poco, todos sirviendo al Señor con los dones por Él recibidos. Mi padre y mis dos hermanas también se convirtieron, y muchos más familiares y otras personas, de entre las cuales se encuentra uno que ya es Pastor de una Iglesia en Sevilla. Y todo por usarnos el Señor para gloria exclusivamente suya. También el Señor me usó durante unos 13 años ministrando la Palabra en las prisiones de Sevilla. Solo somos instrumentos en sus manos como canales de sus bendiciones. Jamás debemos de gloriarnos por lo que hacemos; por lo tanto toda la gloria sea para Él. Solo le doy gracias por usarme.

Solo me resta decir con gran gozo y agradecimiento, que en nuestra familia se han cumplido fielmente las siguientes promesas reflejadas en su Palabra. Cree en el Señor Jesucristo y serás salvo tú y tu casa; Hch.16: 31. Más buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas, Mt. 6: 33. Nuestras añadiduras también han sido colmadas. QUE PARA EL SEA LA GLORIA.

Nota:

Para los que desean contactarse con este hombre y verificar la información, puede hacerlo al mail pedrobernaldominguez@ono.com, o ver su pagina webhttp://www.pedrobernaldominguez.com/

Fuente:

http://www.pedrobernaldominguez.com/

años 606-814

años 606-814

Decadencia espiritual e intelectual. — Controversia sobre las imágenes. — Levantamiento del mahometismo. — Los paulicianos. — Carlomagno.

Decadencia espiritual e intelectual.

Entramos ahora al oscuro período que se extiende desde el fin del pontificado de Gregorio I, año 606, hasta la muerte de Carlomagno, ocurrida en el año 814. La corrupción que empezó con los primeros legados de Constantino, se hace peor bajo el dominio de los reyes bárbaros, y llega a su último estado de descomposición con los favores que Pepino y Carlomagno conceden a los papas de Roma. La ignorancia del clero y del pueblo aumenta año tras año; se abandona el estudio de la Biblia y de toda materia sana, y en su lugar aparecen ridículas leyendas de santos y de almas que vienen del purgatorio pidiendo el auxilio de los fieles. La libertad cristiana sucumbe bajo el peso de la tiranía y del absolutismo papal. La superstición reemplaza a la fe, y la más grosera idolatría, al culto en espíritu y en verdad.

Los historiadores han escrito páginas melancólicas mostran do el estado de general importancia que prevalecía en los siglos séptimo y octavo, a tal punto que se hallaban altos funcionarios públicos, y obispos de importantes diócesis, que no sabían leer ni escribir. Las actas de los concilios de Efeso y Calcedonia tuvieron que ser firmadas a ruego de tal o cual obispo, que no sabía firmar.

La teología había descendido al último grado de pobreza. Nadie hablaba más de aquellas gloriosas verdades que habían sido la fuerza vital de las iglesias primitivas. La escasa predicación de aquella época ofrece un cuadro tristísimo en los anales de la homilética. Un ejemplo lo tenemos en las siguientes pala bras del tan célebre San Eloy, obispo de Noyon, Francia. Definiendo lo que es un buen cristiano, dice: “Es un buen cristiano el que viene con frecuencia a la iglesia, y trae sus oblaciones para ser presentadas ante el altar de Dios; el que no presume gustar de los frutos que junta antes de haber hecho su ofrenda de ellos a Dios; quien al volver de las sagradas solemnidades, y durante varios días antes, observa la sagrada continencia, para poder acercarse al altar de Dios con tranquila conciencia; y quien sabe de memoria el Credo y el Padrenuestro.”

Oigamos otro párrafo del mismo predicador al enseñar cómo se puede conseguir la salvación: “Redimid vuestras almas del castigo que vuestros pecados merecen, mientras tenéis remedio y poder. Ofreced vuestros diezmos y obligaciones a las iglesias, encended velas en los lugares consagrados, venid con frecuencia a la iglesia, y con toda humildad orad a los santos para que os protejan; y si hacéis estas cosas, cuando el último día estéis ante el tremendo tribunal del eterno juez, podréis con confianza decir: Dadme, Señor, porque yo di.

Durante este período se llevaron a cabo muchas empresas destinadas, no ya a convertir a los paganos a Cristo, sino a imponerles una nueva forma de idolatría y hacerles súbditos religiosos del poder pontificio que se levantaba en Roma. Y también, so pretexto de unificación, salían de Roma emisarios adonde había cristianos independientes, con el fin de persuadirlos a reconocer al papa y someterse a su autoridad. La poca vida intelectual y espiritual, favorecía grandemente estos planes, y el favor que los príncipes dispensaban al papado, lo hacía atrayente a los que se dejan impresionar por el brillo de las exterioridades, y así la sede episcopal de Roma fue afianzándose, y por medio de intrigas se convirtió en centro de autoridad, y en un poder cuya alianza buscaban los mandones de las corruptas monarquías.

Sólo entre algunos pequeños grupos de cristianos llamados herejes, ardía todavía la antorcha de la verdad cristiana, y se dejaba sentir una viva protesta contra los abusos, innovaciones y corrupción general.

Controversia sobre las imágenes.

Gregorio I, al dirigirse a Severo, de Marsella, acerca de las imágenes, sostuvo que éstas no debían ser adoradas, pero que debían usarse en las iglesias para promover la instrucción de los ignorantes. Los partidarios del culto de las imágenes siempre hablan de esa manera, pero vemos cosas muy diferentes cuando nos fijamos en los hechos. Las imágenes, lejos de contribuir a la instrucción, fueron un gran factor de la ignorancia. En ningún otro período de la historia encontramos más desarrollado el culto de las imágenes, y en ningún otro prevalece una ignorancia tan completa sobre las cosas espirituales. Al autorizar, Gregorio I, el uso aparentemente inocente de representaciones artísticas, sancionó la idolatría y dio un golpe mortal al poco espíritu cristiano que reinaba aún. Las imágenes se hicieron cada vez más populares. Empezó a creerse que eran milagros. Los devotos acudían al santuario de tal o cual escultura a pedir una u otra gracia. Hubo vírgenes que lloraban; que hacían señales afirmativas con la cabeza; que tenían poder de curar determinadas enfermedades, y que obraban prodigios, según lo enseñaban los curas interesados en traficar con las almas. Re tratos de la virgen y de ciertos santos se atribuían a San Lucas, y de otros se decía que no habían sido hechos por manos humanas, sino que habían caído del cielo.

Pero el culto de las imágenes no quedaría sancionado defi nitivamente sin que hubiese antes vivas protestas de los que deseaban poner un dique al funesto avance de la idolatría. En Constantinopla, fue el mismo emperador León quien tomó medidas. Un tal Besor, de Siria, hombre de gran prestigio en la corte, y que era altamente estimado por el emperador, lo convenció de que el culto de las imágenes constituía una nueva forma de paganismo, y que era contrario a las claras enseñanzas de la Biblia. León se convirtió en un enérgico iconoclasta, y emprendió la tarea de combatir el uso de las imágenes; tarea que no le sería nada fácil, a causa de que el pernicioso hábito estaba arraigado, no sólo en el pueblo, sino en las clases elevadas y el clero. Es oportuno recordar que León había detenido, en el año 718, el avance de los mahometanos sobre Constantinopla, y que se hallaba en lucha contra éstos, quienes acusaban a los cristianos del pecado de idolatría. Para quitar, pues, a los mahometanos un argumento que sabían usar con éxito y razón, pensó en hacer desaparecer de las iglesias ese baldón y roca de escándalo. Su primer edicto, del” año 730, para no provocar la ira de sus súbditos, mandaba solamente que las imágenes fuesen colocadas en lugares elevados para que los devotos no pudieran tocarlas ni besarlas. Las órdenes del emperador se estrellaron contra la tenaz resistencia del pueblo enfurecido, de los monjes supersticiosos e ignorantes, y del mismo Germano, patriarca de Constantinopla. Juan de Damasco, uno de los pocos escritores de aquella época, puso su elocuencia al servicio de la idolatría, y escribió varios tratados en contra de lo que llamaba sacrilegio del emperador. “No corresponde al emperador —decía— hacer leyes para regir la iglesia. Los apóstoles predicaron el evangelio; el monarca debe cuidar del bienestar del estado; los pastores y maestros se ocupan de la iglesia.” En esto, el famoso damasceno estaba en lo cierto, pero el clero no hablaba así cuando el emperador promulgaba leyes que le eran favorables. Al aceptar la unión con el estado perdieron el derecho de usar este argumento.

El papa Gregorio II intervino, y dos epístolas dirigidas a León, en el tono más insolente y anticristiano, demuestran cuál era el carácter del papado en aquella época. Le amenaza con el levantamiento de sus súbditos, y le hace responsable de la sangre que va a ser vertida. Poco caso hizo León de las amenazas papales.

En Grecia, la furia popular llegó a tal punto que se organizó una expedición naval contra Constantinopla para derrocar al emperador y poner en su lugar a un tal Cosmos, pero ésta fue vencida y Cosmos decapitado.

No pudiendo conseguir León que el patriarca se pusiera de su lado lo destituyó de su puesto y nombró en su lugar a otro llamado Atanasio.

Se publicó un nuevo edicto ordenando que todas las imá genes fuesen sacadas de las iglesias. El nuevo papa, Gregorio III, protestó, como su antecesor, y reunió un sínodo en el año 731, que condenó a todos los enemigos del culto de las imágenes. León entonces quitó al papa muchas de sus entradas, transfiriendo las iglesias del sur de Italia y de Iliria, de la sede de Roma a la de Constantinopla, y el conflicto fue haciéndose cada vez más grave.

Muerto León, subió al poder Constantino V, quien se mostró un iconoclasta más celoso que su propio padre. Deseando, sin embargo, poner fin al conflicto, convocó un concilio general que se reunió en Constantinopla en el año 754, el cual fue el más numeroso de todos los reunidos hasta entonces. El concilio declaró que el culto de las imágenes era contrario a las Escrituras, una práctica pagana y anticristiana, la abolición del cual era necesario para evitar que los cristianos cayesen en tentación. Aun el uso del crucifijo fue condenado, basados en que el único símbolo de la encarnación se hallaba en el pan y vino de la cena del Señor.

No sólo el culto de las imágenes fue condenado sino el uso de ellas y de toda clase de pinturas y dibujos destinados al uso eclesiástico. También se prohibió el uso privado en las casas y monasterios, y aun los fabricantes de estos objetos cayeron bajo la excomunión.

No es extraño que los canonistas se esfuercen en demostrar que este concilio no debe ser tenido por ecuménico.

Era imposible que los decretos de este concilio no despertasen oposición, y el poder civil tuvo que emplear la fuerza y la violencia para hacerlos respetar. Miles de monjes fueron encarcelados, azotados, desterrados y maltratados de diversas maneras, por negarse a entregar sus ídolos favoritos. Las iglesias del Imperio, sin embargo, fueron despojadas de las imágenes y de todas las pinturas de las paredes.

Roma no se dio por vencida, y un sínodo reunido en el año 769, bajo el papa Felipe III, anatematizó al concilio de Constantinopla, y declaró nulas sus decisiones. Así el culto de las imágenes desterrado del Oriente, tuvo sus defensores en Occidente.

Constantino V, tuvo por sucesor a León IV, igualmente celoso iconoclasta, pero murió en el año 780; y su esposa, la emperatriz Irene, hizo todo cuanto estaba de su parte para restaurar el culto de las imágenes. Consiguió, con la cooperación del papa y de Carlomagno, reunir un concilio para anular los decretos del reunido en el año 754; pero terminó tumultuosamente, porque el partido iconoclasta era todavía muy numeroso en la capital. Se resolvió entonces trasladarlo a Nicea, por ser un lugar más tranquilo y rodeado de recuerdos prestigiosos. Se reunió en el año 787, y se le considera el séptimo concilio general. Los delegados obedecieron servilmente y cumplieron con la orden de declarar nulo el concilio de Constantinopla del año 754, y promulgar el culto de las imágenes.

Hubo aún después de este conflicto algunas manifestaciones iconoclastas en la corte de Constantinopla, pero no lograron des viar la tendencia idolátrica tan pronunciada de las iglesias sujetas al poder de Roma.

Levantamiento del mahometismo

Durante este período de tanta decadencia, el cristianismo se halló frente a la invasión de las huestes del profeta de la Meca, que atacaban igualmente a paganos, judíos y cristianos. Para que podamos entender mejor la naturaleza de este nuevo conflicto, dedicaremos algunas líneas al origen y desarrollo del mahometismo.

Mahoma nació en la Arabia en el año 570. Era descendiente de una familia de la ilustre tribu de Hashem, depositaría y defensora de las instituciones religiosas de los árabes. Quedo huérfano siendo niño de corta edad; y al dividirse la herencia dejada por sus padres, le tocó como lote cinco camellos y una esclava etíope. Su tío Abu-Tabeb, quedó encargado del niño, a quien llevaba consigo en todos sus viajes, tanto en tiempo de paz como de guerra. A la edad de veinticinco años, entró al servicio de una viuda muy rica, con la que más tarde se casó.

La tradición cuenta que Mahoma era de un aspecto imponente y de una hermosura imponderable, lo que lo hacía atractivo a todos y daba a su palabra mucha autoridad. Tenía una memoria prodigiosa, y sus ojos estaban continuamente leyendo con penetración el gran libro de la naturaleza humana. Desde joven había mostrado una fuerte predisposición a la vida contemplativa y a la meditación solitaria sobre asuntos religiosos. Todos los años se retiraba por el término de un mes, a unos quince kilómetros de la Meca para disfrutar de la soledad en la caverna de Hera. Fue allí donde su imaginación ardiente le hizo concebir aquel sistema religioso que luego predicó a su familia y a su ciudad el cual resumía en esta sentencia: “Dios es Dios, y Mahoma su profeta”. Los principios de su credo los dio a conocer en un libro que se tituló Alcorán, que viene a ser la Biblia de los musulmanes. Rechaza el culto de las imágenes, de los hombres, de las estrellas y de toda cosa creada, basado en el principio muy racional de que todo lo que se levanta cae; todo lo que nace muere; y todo lo corruptible decae y perece. Pretendía que las enseñanzas del Corán las habían recibido del arcángel Gabriel, y desafiaba al cielo y a la tierra a producir páginas de la misma belleza, sosteniendo que sólo Dios pudo haberlas escrito.

Según el Corán, algunos rayos de la revelación divina empezaron a manifestarse a Adán, y fueron aumentando con Noé, Abraham, Moisés y Jesucristo, para tener su manifestación completa en Mahoma. Enseña que Cristo era sólo un profeta mortal; que la crucifixión no fue real, sino aparente; y que Cristo fue llevado al séptimo cielo. Durante seiscientos años la salvación se podía obtener por medio del evangelio, pero como los cristianos se olvidaron de los mandamientos y ejemplo de Cristo, Dios levantó a Mahoma para acusar a los cristianos de idolatría, y a los judíos de no ser fieles a la verdad que se le había confiado.

Los habitantes de la Meca y de Medina pedían al nuevo profeta que hiciese señales y prodigios, como habían hecho Moisés y Cristo; que hiciese descender ángeles del cielo o el volumen de sus revelaciones; que creara un jardín en el desierto, y que hiciese caer fuego del cielo sobre la ciudad incrédula. Mahoma respondía que su misión no era la de hacer milagros, porque éstos hacen disminuir el mérito de la fe.

La oración, el ayuno, y las limosnas constituyen los tres grandes deberes del mahometano. La oración lleva al devoto hasta la mitad del camino que conduce a Dios; el ayuno permite llegar hasta las puertas de su morada y las limosnas hacen con seguir la entrada. El uso del vino y bebidas embriagantes está absolutamente prohibido, y esto ha contribuido a que los países musulmanes se vean libres de la plaga del alcoholismo.

El Corán enseria la doctrina de la resurrección y del juicio general, que será seguido del castigo de los infieles y recompensa de los fieles. El paraíso que espera a los musulmanes está lleno de fantasías de estilo oriental; palacios de mármol y marfil; fuentes encantadas, perlas, diamantes, etc.; y la recompensa ofrecida al más insignificante de los fieles consiste en verse rodeado de setenta y dos jóvenes de ojos negros y de gran hermosura, y vivir entregados a la lujuria y satisfacción de apetitos carnales.

En el año 609, Mahoma empezó a predicar su doctrina en la Meca. Los comienzos fueron duros. Después de tres años de trabajo sólo había logrado catorce adeptos, y así siguió durante diez años viendo marchar su causa penosa y lentamente dentro de los muros de la ciudad. En el año 622, sus enemigos resolvieron matarlo, clavando cada tribu una espada en su corazón, pero llegándolo a saber huyó junto con su fiel asistente Abubeker, y permaneció tres días escondido en una cueva. Sus enemigos lo buscaron con diligencia y llegaron a la misma puerta de la cueva pero no penetraron en ella. Mahoma y Abubeker careciendo de alimentos, se vieron obligados a salir de la cueva, y montados en sus camellos siguieron viaje a Medina, donde el profeta fue bien recibido, logrando la conversión de los principales habitantes de la ciudad. Setenta y tres hombres y mujeres celebraron una conferencia con Mahoma y se ligaron con un solemne juramento de mutua fidelidad.

Se levantó una rústica mezquita, y Mahoma vio aumentar el número de sus secuaces. Después de seis años, mil quinientos hombres armados renovaron el juramento de alianza y Mahoma dio principio a sus campañas guerreras, destinadas a imponerse por la fuerza donde la gente rehusase seguirle de buena voluntad. Personalmente asistió a muchas batallas y sitios, y sus discípulos continuaron llevando adelante las conquistas.

A la edad de sesenta y tres años, Mahoma aún lleno de fuerza y vigor, dirigía todos los movimientos de sus ya numerosas huestes. La Arabia estaba totalmente dominada, y ya él intentaba dirigir sus ataques al Imperio Romano. Sus asistentes algo fatigados alegaban que faltaban provisiones, caballos y dinero y que el calor del verano sería insoportable. “El infierno es más caliente”, contestó indignado el infatigable Mahoma.

Al frente de un numeroso ejército, se dirigía de Medina a Damasco con el intento de conquistar la Siria, pero fue súbitamente detenido por una enfermedad que le duró cuatro años y que atribuía a un veneno que le hubiera suministrado una mujer judía en el año 632, después de un violento ataque que le duró catorce días, murió. Su muerte produjo una tremenda consternación en el campo de sus soldados y fieles. La ciudad de Medina estaba de luto, y por todas partes sólo se veían escenas de clamor y desesperación. Muchos se negaban a creer que su muerte era un hecho, y sostenían que había sido arrebatado al cielo. Pero Abubeker con gran prudencia levantó el ánimo de los caídos. “¿Es a Mahoma —les dijo— o al Dios de Mahoma a quién adoráis?”

El fuego del fanatismo se encendió de nuevo, y sus nume rosos discípulos continuaron la obra de conquista. Al cabo de diez años, todo el Egipto, la Palestina y la Siria, estaban bajo el poder de los terribles invasores, que mataban, saqueaban y destruían todo lo que impedía el desarrollo de sus planes. Tres de los principales centros del cristianismo cayeron en su poder, Jerusalén en el año 636, Antioquia en el año 638 y Alejandría en el año 641. Persia quedó completamente subyugada después de atroces conflictos. Constantinopla pudo detener por entonces a los invasores, derrotándolos en 669 y 716. El norte africano estaba dominado y las iglesias devastadas. De África los invasores pasaron a España y se apoderaron de todo el país. Cruzando los Pirineos entraron en Francia, y parecía que toda la Europa occidental estaba a su merced, cuando Carlos Martel libró una de las grandes batallas decisivas de la historia venciendo a los musulmanes en los campos de Tours, en el año 732 y los conquistadores fueron detenidos en su avance.

Tal era la magnitud del conflicto ante el cual se halló el cristianismo en este sombrío período de su historia.

Los paulicianos.

En medio de la corrupción que caracterizó a este período no faltaron testigos de la verdad, que mantuvieron con relativa pureza las doctrinas y costumbres del Nuevo Testamento. La antorcha del evangelio no fue nunca completamente extinguida y entre los que la hicieron brillar en estos días verdaderamente tenebrosos, merecen ser mencionados los paulicianos. Las iglesias sometidas a Roma, tuvieron que escuchar la viva protesta por ellos levantada y el testimonio fiel que supieron dar con su palabra y su vida, en medio de incesantes y crueles persecuciones, fue un sonido confortante que se dejó oír, durante dos siglos, en todos los países cristianizados del Oriente.

El movimiento tuvo su origen en un pequeño pueblo cercano a Somosata, a mediados del siglo séptimo. Un hombre lla mado Constantino, dio un día hospitalidad a cierto cristiano que había logrado escaparse de las manos de los musulmanes. Al partir, en señal de gratitud, regaló a su buen hospedador, un ejemplar del Nuevo Testamento, escrito en su lengua original. Constantino, aunque hombre muy instruido y estudioso, nunca había escudriñado debidamente este libro, cuya lectura, se decía, era sólo para los eclesiásticos. Se puso a leerlo con verdadero interés, y su lectura le era cada vez más atractiva. “Investigaba el credo de la cristiandad primitiva —dice Gibbon— y cualquiera que haya sido el resultado, un lector protestante aplaudirá el espíritu de investigación.” Tomó un interés especial en las Epístolas de San Pablo y el contraste que señala el apóstol entre la ley y la gracia y la carne y el espíritu, fueron la base de un sistema de Teología que empezó a formarse en su mente. Constantino no quiso poner la luz debajo del almud, sino que lo que él iba aprendiendo, lo comunicaba luego a otros. Se puso a viajar, enseñando por todos los lugares y pronto se vio rodeado de un crecido número de adherentes, que al convertirse y bautizarse, se constituían en iglesias.

El nombre de paulicianos les fue dado probablemente, a causa del alto aprecio que hacían de los escritos de Pablo y de su constante esfuerzo por imitar a las iglesias fundadas por este apóstol. Los pastores asumían el nombre de alguno de los colaboradores de Pablo, y así Constantino se llamó Silvano, otros tomaron el nombre de Timoteo, Tito, Epafrodito, etcétera.

Es difícil decir cuáles eran las creencias de estas agrupaciones, debido a que casi todo lo que sus contemporáneos han dicho de ellos, fue escrito por sus peores enemigos, directamente interesados en desacreditarlos. Los que les atribuyen ideas maniqueas han caído en un error evidente. El descubrimiento reciente de un importante manuscrito titulado La Llave de la Verdad hallado y traducido por el sabio F. C. Conybeare (año 1898) ha venido a arrojar mucha luz sobre las doctrinas predicadas por Constantino y sus hermanos espirituales, de donde resulta que aceptaba el Nuevo Testamento como única regla de fe, aun cuando en materia de interpretación, sin duda, no podrían satisfacer las exigencias de los cristianos de nuestros días. Rechazaban el bautismo infantil, la perpetua virginidad de María, el culto de las imágenes, la invocación de los santos y muchas prácticas que habían triunfado en aquel entonces.

En el gobierno de sus iglesias rechazaban todas las preten siones clericales y sus pastores y evangelistas eran simples miembros del rebaño a quienes Dios había dado los dones necesarios para desempeñar la obra. El historiador Gibbon, dice acerca de ellos: “Los maestros paulicianos se distinguían sólo por sus nombres bíblicos, por su título modesto de compañeros de peregrinación, por la austeridad de su vida, por el celo, saber y reconocimiento de algún don extraordinario del Espíritu Santo. Pero eran incapaces de desear, o por lo menos de obtener, las riquezas y honores del clero católico. Combatían fuertemente el espíritu anticristiano”.

El crecimiento de los paulicianos alarmó a los partidarios de la religión oficial y el emperador Constantino Pogonato mandó tomar enérgicas medidas contra ellos. Las escenas de crueldad que fueron vistas durante las persecuciones paganas, se repitieron bajo un gobierno que pretendía haber abrazado el cristianismo. El fanático Pedro Siculo aprueba estos actos y alababa a los perseguidores diciendo: “A sus hechos excelentes, los emperadores divinos y ortodoxos añadieron la virtud de mandar que fuesen castigados con la muerte, y que donde quiera que se hallasen sus libros, fuesen arrojados a las llamas, y que si alguna persona los escondía, fuese muerta y sus bienes confiscados”.

Un oficial del estado llamado Simeón, fue encargado de suprimir la llamada herejía. Dirigió sus ataques contra el director prominente del movimiento que era Constantino. Lo colocó frente a una larga línea de sus hermanos en Cristo, y ordenó a éstos que como señal de arrepentimiento y sumisión a la ortodoxia arrojasen piedras sobre él. Todos rehusaron cometer semejante acción, menos uno llamado Justo, quien mató al fiel pastor cuya palabra había escuchado tantas veces y este mismo traidor contribuyó a que otros pastores cayesen en poder de los perseguidores y que sufriesen la tortura y la muerte. Pero el fervor demostrado por los paulicianos impresionó de tal modo al per­seguidor Simeón, que renunciando a su sanguinaria misión y, como un nuevo Pablo, se convirtió a la causa que perseguía y se unió a ellos para continuar la obra que había hecho Constantino. No tardó en tener que morir él también por el nombre del Señor.

Durante ciento cincuenta años, estas iglesias no cesaron de ser perseguidas y de sufrir toda clase de ultrajes y vejaciones. No existen relatos fidedignos sobre la manera como morían estas nobles víctimas de la intolerancia. Su vida era tan ejemplar que sus mismos enemigos se ven forzados a reconocerlos como modelos de virtud cristiana.

Disfrutaron, de tiempo en tiempo, de algunos cortos pe ríodos de relativa paz, que fueron bien aprovechados en edificar las iglesias desoladas y extender el conocimiento de la verdad entre los que vivían sumergidos en la superstición e idolatría. Pero bajo la emperatriz Teodora, a principios del siglo noveno, la persecución recrudeció. Esta mandó emisarios por todas las partes del Asia Menor, con órdenes terminantes de suprimir el movimiento y los mismos ortodoxos se jactan de haber hecho morir a cien mil paulicianos por medio de la espada y del fuego.

Carlomagno.

Carlomagno cierra este período de la historia del cristia nismo.

Al morir Pepino, rey de Francia, en el año 768, sus domi nios quedaron divididos entre sus dos hijos: Carlos y Carlomán. Dos años después falleció este último y Carlos fue proclamado único monarca del país. Hombre de grandes ideas, pensó en extender sus dominios y mejorar las tristes condiciones de sus súbditos.

Sus guerras fueron contra los lombardos, los sajones y los árabes de España. Carlomagno se había casado con la hija del rey de los lombardos; pero como este matrimonio desagradó al papa, la repudió y se casó con otra y desde entonces sus relaciones con el ofendido suegro quedaron rotas. Animado por el papa, Carlomagno pasó los Alpes, y al frente de un poderoso ejército, penetró en Italia y llevó cautivo a Francia al rey de los lombardos, quedando así dueño de toda la Italia del Norte.

Carlomagno aspiraba a restaurar el antiguo esplendor y grandeza del Imperio Romano, unificándolo sobre la base de la religión cristiana, a la manera que él y el papa la entendían. Para lograr este fin, uno de sus grandes afanes fue el de conquistar a los sajones de Alemania, haciéndolos entrar a formar parte de su reino, e imponiéndoles el bautismo como sello de la nueva religión. Tuvo que luchar con un pueblo guerrero y amante de la libertad, que constantemente se sublevaba no bien sus conquistadores estaban luchando en otra parte. Pero las armas de Carlomagno lograron por fin dominarlos y por la fuerza hacerles aceptar el cristianismo, obligándolos bajo pena de muerte a recibir el bautismo, a observar los ritos de la iglesia papal y a pagar a ésta los diezmos. Para conseguir esto tuvo que hacer derramar mucha sangre, y en una ocasión mandar asesinar a cuatro mil quinientos prisioneros sajones que no querían conformarse a sus designios, y expatriar a diez mil familias, quitándoles los bienes, parte de los cuales dio a la iglesia. Estos actos de imposición y crueldad demuestran cuan poco sabía de la esencia de la religión cristiana, este hombre a quien la iglesia de Roma ha canonizado, y cuan desastrosa es la cooperación del poder civil en la obra de propagar creencias religiosas.

En las guerras que emprendió contra los árabes que dominaban en España, no tuvo éxito, viéndose obligado a retroceder ante la fuerza que oponían sus enemigos.

Entró en Roma con el fin de libertar al Papa, que había sido hecho prisionero y que estaba encerrado en un convento, y el año 800, el día de Navidad, fue coronado en la basílica de San Pedro, y proclamado emperador de Occidente, estando comprendidos en sus dominios los territorios que actualmente forman Francia, Bélgica, Holanda, Suiza, la mayor parte de Alemania, de Austria e Italia y porciones de Turquía y España.

Carlomagno no fue negligente en lo que se refiere al progreso y desarrollo de sus subditos. Era gran admirador de las artes y de las letras, e hizo todo lo que estaba de su parte para lograr su desenvolvimiento. Fundó muchas escuelas, universidades y bibliotecas, se esforzó en dar al clero mayor grado de instrucción, se rodeó de los pocos sabios que había en sus días, y él mismo recibía lecciones. Su palacio era una verdadera academia.

Su celo por el pontificado fue ciego y ninguno como él contribuyó a afianzarlo. Las donaciones de territorio hechas por Pepino a la sede de Roma, fueron aumentadas por él, con lo cual tomó incremento el poder temporal de los papas. Hizo obligatorio el pago de los diezmos a la Iglesia.

Carlomagno murió en el año 814, en Aix-la-Chapelle, su ha bitual residencia, a la edad de setenta y dos años, después de haber reinado cuarenta y seis.

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Avance del clericalismo.

Avance del clericalismo.

A medida que nos acercamos al fin de este período, año 604, notamos una pronunciada decadencia en la fe, vida y costumbres de los cristianos. Por todas partes, es verdad, se oyen gritos de protesta, los que demuestran que los verdaderos cristianos todavía existen, y que “la fe que fue dada una vez a los santos” cuenta con un gran número de testigos y defensores ardientes que no sucumben bajo el peso de las nuevas circunstancias creadas por la gran apostasía.

La fe ya no es la misma; una multitud de creencias anti bíblicas obscurecen el brillo de la verdad traída al mundo por el Señor Jesucristo.

La organización ha degenerado en extremo; en lugar de congregaciones autónomas y altamente democráticas, hallamos las pretensiones episcopales de varios patriarcas, que terminan con un franco pronunciamiento hacia el papado, encarnación del despotismo espiritual y religioso.

la organización. En el Nuevo Testamento no hallamos ningún sistema artificiosamente elaborado de gobierno eclesiástico. Cuando los discípulos disputaron acerca de cuál de ellos sería el mayor, el Maestro les dijo: “Los reyes de las naciones se enseñorean de ellas, y los que sobre ellas tienen autoridad, son llamados bienhechores; mas no así entre vosotros.” Lucas 22:25, 26. Las iglesias no reconocían otro Maestro y Señor fuera de Jesucristo. Todos los miembros eran iguales y ejercían libremente los dones que manifestasen. Los pastores u obispos elegidos por ellos mismos, sin la intervención de ningún poder extraño, eran hermanos a quienes el Espíritu Santo elegía pri mero, manifestándose esta elección por las obras que obraba el mismo Espíritu. Pero a medida que se fue perdiendo el primitivo concepto de organización simple y natural de la iglesia local, empezó a ganar terreno el espíritu clerical, y los obispos de las grandes ciudades se enseñorearon de las iglesias más pequeñas, matando poco a poco en ellas la costumbre vigorizadora de manejar sus asuntos locales por medio del voto de todos los miembros. El obispo empieza a ocupar un lugar demasiado prominente, y el gobierno de las congregaciones queda por completo en sus manos. El obispo dejó de ser lo que había sido en los tiempos apostólicos y siglos inmediatos. Oigamos lo que dice al respecto el distinguido historiador Mosheim: “Nadie confunda los obispos de la primitiva edad de oro de la iglesia, con aquellos de quienes leemos más tarde. Porque aunque ambos eran designados con el mismo nombre, diferían grandemente, en muchos sentidos. Un obispo en el primero y segundo siglo, era un hombre que tenía a su cuidado una asamblea cristiana, que en aquel tiempo, por lo general, era tan pequeña que podía reunirse en una casa particular. En esta asamblea, él actuaba no con la autoridad de un señor, sino con el celo y diligencia de un siervo. Las iglesias, también en aquellos tiempos, eran completamente independientes; y ninguna estaba sujeta a jurisdicción exterior, pero cada una se gobernaba por sus propios oficiales y por sus propios reglamentos. Nada es más evidente que la perfecta igualdad que reinaba en las iglesias primitivas.”

Referimos aquí lo que fue la organización de las iglesias apostólicas para que resalte el contraste que ofrecen con la organización al fin de este período, cuando los grandes patriarcas han tomado la dirección del rebaño. Los patriarcas de Constantinopla, de Alejandría y de Antioquia gobiernan en Oriente. El patriarca de Roma, en Occidente, aunque su auto ridad no era generalmente reconocida en España ni en la Galia.

el papado. El nombre de sede apostólica fue dado a las iglesias que habían sido fundadas por los apóstoles o sus colaboradores. Este calificativo que hoy se usa sólo en singular se usaba en plural, y era aplicado tanto a Roma como a Alejandría, a Jerusalén, a Antioquia, etcétera.

No se reconocía a la Iglesia de Roma ningún primado ni superioridad. Pero siendo Roma la gran capital del mundo, los obispos de esa ciudad empezaron a creerse superiores a los de más y procuraron centralizar en ellos la autoridad suprema del gobierno eclesiástico. Ya en el año 190 manifestó esa ambición el obispo que figura con el nombre de papa Victorio I, quien quiso hacer valer su autoridad fallando sobre una cuestión que se había levantado sobre la fecha en que debía celebrarse la Pascua. Pero sus colegas de Oriente no quisieron tenerlo en cuenta.

A principios del siglo tercero, Serafín hizo tentativas para implantar el primado, pero tuvo que chocar con la voluntad férrea de Tertuliano, quien en tono de burla lo llama Pontifex Maximus, y obispo de obispos. Muchas veces los defensores del papado citan estas palabras de Tertuliano ignorando, o queriendo ignorar, que fueron dichas para mostrar el carácter pagano de las pretensiones del obispo de Roma.

A mediados del mismo siglo, al suscitarse la cuestión de la validez del bautismo administrado por los herejes, el obispo de Roma quiso imponer una norma de conducta: pero los obispos de Asia y de África, mayormente Cipriano, le desconocieron el derecho de intervenir en asuntos que no afectaban a su jurisdicción.

La sede de Roma, no obstante, iba ganando terreno día a día. Rodeada de toda pompa y magnificencia exterior, atraía las miradas del mundo. Su situación política y geográfica, lo mismo que su brillo, contribuían a darle un primado moral, que se lo reconocían aún los que no aceptaban sus pretensiones. Las deliberaciones del Concilio de Nicea demuestran que el obispo de Roma era todavía en aquel tiempo un metropolitano como el de Alejandría o Antioquia.

El concilio de Calcedonia, reunido el año 451, tampoco reconoce primado a Roma; y claramente establece que Constantinopla tiene igual autoridad por ser la ciudad del emperador. Esta declaración del concilio colocó en estado de decadencia a los otros patriarcas y abrió la contienda entre Roma y Constantinopla que duraría largos siglos.

La rivalidad entre los obispos de las dos ciudades nombra das, llegó a su punto culminante cuando Gregorio I, obispo de Roma, protestó contra el título de obispo universal que usaba el de Constantinopla. Al atacar a su antagonista hace un terrible proceso del papado. Considera el título de obispo universal un nombre vanidoso, suntuoso y redundante; una palabra perversa, un título envenenado, que hace morir a los miembros de Cristo; un ensalzamiento perjudicial a las almas; una usurpación diabólica, y nombre inventado por el primer apóstata: el diablo. Quien se atreviese a usarlo sería el precursor del Anti cristo, y más soberbio que Satanás. No olvidemos que fue Gregorio I, papa, quien dijo estas cosas. “Las citas de San Gregorio —dice muy bien el autor italiano Luigi Desanctis— sobre esta controversia, son un documento perentorio para demostrar que el primado del papa era en el siglo sexto, mirado como una iniquidad, y un grandísimo pecado: y esto por uno que fue papa, que se llamó Gregorio el Grande, y a quien lo representan con el emblema del Espíritu Santo dictándole al oído lo que debe escribir, que es santo y doctor de la iglesia romana.”

En el año 604 murió Gregorio I, y en el año 606 fue elegido papa Bonifacio III, quien por medio de bajas e indignas adulaciones al tirano Poca, consiguió se le diese el título de obispo universal, título que desde entonces han usado los que ascienden al papado.

iglesia y estado. Los emperadores continuaron intervinien do en todos los asuntos eclesiásticos y ejerciendo el patronato.

Los favores que recibía la iglesia eran cada vez mayores. El permiso de recibir legados que le fue concedido, aumentó asombrosamente los bienes inmuebles de las comunidades.

El clero fue exceptuado del servicio militar, y de otros deberes públicos. Los bienes eclesiásticos quedaron exceptuados del pago de contribuciones, y a menudo se disponía del tesoro público a favor de ciertas obras y ciertas personas.

El Código Institutos de Justiniano, promulgado el año 529, indica el carácter de esta unión. Se ve el deseo de cristianizar el Imperio por medio de leyes y medidas oficiales lo que, como siempre, dio funestos resultados.

La esclavitud, si no abolida, perdió su antiguo carácter cruel. La vida humana, antes de tan poco valor, empezó a ser respetada; y ya no morían decenas y centenas de hombres en los combates de los gladiadores, los que llegaron a quedar del todo prohibidos.

Las relaciones de familia, que habían llegado a su último grado de relajación, fueron dignificadas en las nuevas leyes. Se limitó el derecho de los padres sobre los niños, y el infanticidio fue declarado crimen. La mujer adquirió más derechos y más nobleza. Las leyes contra la inmoralidad se hicieron severas, y el divorcio quedó limitado sólo a los casos más graves.

El estado también se constituyó en defensor de la ortodo xia, y éste fue el mayor de sus errores; pues para lograr su fin persiguió a los herejes. El Código de Justiniano califica de herejes a todos los que no se conforman a las creencias esta blecidas por la mayoría llamada Iglesia Católica, de modo que el rigor de la ley se aplicó a todos los que lucharon contra las innovaciones contrarias a la fe primitiva.

Vida monástica: Antonio

La corrupción de las iglesias y decadencia espiritual que ca racteriza a este período, alarmó a muchas almas sinceras, que buscaron en el retiro y soledad un asilo donde poder vivir en contacto íntimo con Dios y ocupados completamente en el des arrollo de la vida interior. La intención que animaba a los primeros anacoretas y ermitaños era buena, pero completamente extraviada. Olvidaban que los cristianos tienen que ser la luz del mundo y la sal de la tierra; que Cristo oró para que los suyos fuesen librados del mal pero no quitados del mundo; y que los cristianos del tiempo apostólico, nunca pensaron en el retiro y soledad, sino en lidiar como buenos soldados en el campo de batalla de este mundo corrompido.

El origen del monaquisino lo hallamos en la persona y obra de Antonio, quien nació en el año 251, en la ciudad de Heptanome, en los confines de la Tebaida. Era hijo de una familia rica y respetable, en el seno de la cual recibió su primera educación religiosa. Sus estudios fueron rudimentarios, y nunca llegó a iniciarse en las lenguas griega y latina, que eran en aquel entonces la prueba de que uno había recibido alguna instrucción. Desde su juventud mostró una fuerte tendencia a la vida contemplativa, evitando siempre el trato con los muchachos tur bulentos. Las cosas del mundo no le interesaban, pero un pro fundo espíritu religioso, y una gran ansiedad por las cosas divinas determinaban todos los actos de su vida. Era infaltable a las reuniones religiosas, y lo que él mismo leía en la Biblia y lo que oía leer en las reuniones, quedaba impreso en su memoria y corazón. Hay autores que aseguran que sabía toda la Biblia de memoria. Cuando tenía unos veinte años quedó huérfano, quedando a su cargo una hermana mayor y los demás intereses de la casa. Un día, mientras se dirigía a la iglesia, su vivida imaginación le pintó el contraste que existía entre los verdaderos cristianos de las iglesias apostólicas, que vivían en amor y en comunidad, y los pretendidos cristianos de sus días, afanados puramente en cosas materiales. Preocupado con estos pensamientos entró en la iglesia donde oyó leer la siguiente porción del Evangelio: “Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes, y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; “ven y sígueme.”

Antonio creyó oír en estas palabras un mandamiento de Dios, dirigido a él mismo, ordenándole vender todos sus bienes y repartirlos a los pobres. Empezó por repartir su dinero y muebles entre los más necesitados de la aldea, y sus tierras las distribuyó también, quedándose sólo con lo necesario para atender las necesidades de su hermana, pero más tarde repartió aun esta parte, al leer en el Evangelio que no hay que afanarse por las necesidades del mañana. Dejando a su hermana bajo el cuidado de unas mujeres piadosas, una especie de monjas que vivían asociadas, se retiró a la soledad y empezó a vivir bajo el más rígido ascetismo. Se sostenía a sí mismo trabajando con sus propias manos, y lo que le sobraba lo daba a los pobres.

En el género de vida que adoptó cayó en el error de creer una virtud el ahogar los sentimientos naturales que Dios ha puesto en el hombre. Cada vez que se acordaba de su hermana o de otros deberes domésticos creía que era el tentador que procuraba hacerlo caer; y los más puros y sanos impulsos del corazón los atribuía a malos espíritus con los cuales se creía constantemente en guerra. Cada día iba alejándose más y más de los centros de población, hasta que se retiró a una lejana región montañosa, donde habitó veinte años entre las ruinas de un viejo castillo. Su fama de gran asceta fue extendiéndose, y por todo el Egipto se contaban acerca de él las cosas más extrañas. Todos lo buscaban pidiendo sus consejos, y finalmente consintió en ser el director espiritual de muchos que querían imitarle en el género de vida que había adoptado. Entre éstos hubo no pocos que estaban cansados de un cristianismo que sólo servía para alimentar discusiones teológicas. El Egipto se llenó de estos ermitaños, quienes al asociarse constituyeron las primeras órdenes monásticas, que pronto fueron extendiéndose por todos los países del Oriente.

Antonio era el héroe entre ellos. A   él acudían de todas partes para someterle sus pleitos y dificultades. Creyó que esta fama lo conduciría al orgullo y se retiró a una región aún más apartada donde nadie le conocía. Se dedicaba a la agricultura y a la fabricación de canastas que cambiaba por alimentos. Cuando se descubrió su paradero volvió a verse rodeado de admiradores.

En el año 311, bajo la persecución de Maximino, apareció en Alejandría, no buscando el martirio, sino para animar a los que tenían que sufrir. Cumplida su misión, sin ser molestado por los perseguidores, se retiró de nuevo a los desiertos.

En el año 352, cuando tenía ya más de cien años de edad, volvió a Alejandría. Todos los habitantes, y aun los sacerdotes paganos, procuraban ver “al hombre de Dios”. Los enfermos buscaban tocar el borde de su vestido esperando ser curador milagrosamente.

Regresó de nuevo entre ¡os monjes donde pasó los últimos años, encargando que su cuerpo fuese escondido para que no llegase a ser objeto de superstición.

La idea que tuvieron los primeros ermitaños fue muy pronto olvidada. La gente empezó a creer que la vida recluida era un mérito y que podían ganar el cielo por las mortificaciones del cuerpo. Las penitencias que hacían eran pueriles, pues no conducían a nada práctico, ni servían para el bien ni mejoramiento de ninguno. Se hicieron orgullosos, creyendo que eran superiores a los demás hombres. Para mortificarse inventaron todo género de penitencias. Cierto fraile vivía en una región donde no había agua, y creía que era una obra meritoria pasar las noches juntando el rocío. Muchos abandonaron el trabajo por creerlo incompatible con los votos de misticismo que había» hecho y se entregaron a la corruptora holgazanería, viviendo de las limosnas de sus admiradores.

En Italia, Francia y España, las órdenes monásticas, alcan zaron gran desarrollo debido principalmente a los trabajos do Benedicto. Este célebre monje nació en el año 480, de una rica familia italiana. Empezó la vida de ermitaño cerca de Roma, viviendo en una gruta, donde no tardó en verse rodeado de mu chos partidarios, con quienes organizó comunidades. Para evitar los grandes escándalos que daban los monjes de otras órdenes. Benedicto sujetó a los suyos, a una severa disciplina, haciendo quo todos tuviesen alguna ocupación útil, como ser la labranza, los estudios y la enseñanza escolar de los niños que vivían en distritos rurales.

El aumento siempre creciente y alarmante de estas comu nidades obligó a muchos a emprender contra ellas formidables campañas, siendo la más violenta la que encabezó un monje llamado Joviano, a quien Neander llama “el protestante de su tiempo”. Se levantó contra sus colegas sosteniendo que no había ningún mérito en renunciar al matrimonio y a los vínculos sagrados de la familia; que era posible y preferible ser santo en el mundo. Los monjes se alarmaron y consiguieron que fuese condenado por un Sínodo reunido en Roma en el año 390.

Tal es, en breves palabras, el origen de esas comunidades que tantas veces han levantado la viva protesta de los civiles que han visto en ellas, como en realidad lo son, un atentado a los sentimientos humanos y un peligro para la sociedad.

Innovaciones

No solamente en el orden disciplinario, sino también en la teología y culto, se notan grandes diferencias entre este período y el siglo apostólico. Al principio, Cristo era el Alfa y la Omega. No había creencia ni práctica que no tuviese a él por centro y por fundamento. Paulatinamente los cristianos, sin negar a Cristo ni rechazar su sacrificio, introducen nuevas ideas y nue vas costumbres que los distraen, y hacen apartar la mirada de aquel en quien habita la plenitud de la divinidad, y quien por los siglos de los siglos debe recibir el más completo homenaje de los que han sido redimidos por su sangre.

la mariolatría. El amor y recuerdo respetuoso que se tuvo desde el principio a la madre de Jesús, empezó a degenerar en una superstición y culto idolátrico. Los nestorianos se opu sieron enérgicamente al título de “madre de Dios” que muchos .le daban, y sostenían que ella era sólo madre de Cristo, según la carne, pero no de su divinidad. La doctrina de Nestorio fue condenada y abierto así el camino a la mariolatría. Un libro gnóstico del siglo tercero o cuarto, refiere la leyenda de la asunción de María, la cual, aunque popular, era tenida sólo como leyenda, y a nadie se le ocurría hacer de ella un hecho histórico. Pero los partidarios del culto a María empezaron a enseña’ que hubo tal ascensión corporal, y Gregorio de Tours, a fines del siglo sexto, escribió como sigue: “Cuando la bienaventurada María terminó su carrera en esta vida y fue llamada a salir de este mundo, todos los apóstoles, venidos de todas partes del mundo, estaban reunidos en su casa, y cuando oyeron que ella debía de partir, estaban velando con ella, y he aquí el Señor Jesús vino con sus ángeles, y tomando su alma, se la entregó a Miguel, el arcángel, y se fue. A la mañana los apóstoles tomaron el cuerpo con el lecho y lo colocaron en un sepulcro, y velaron, esperando que el Señor viniese. Y, he aquí, el Señor apareció por segunda vez y ordenó que fuese llevada en una nube al Paraíso, quien habiendo tomar” o de nuevo su alma, goza ahora de las bendiciones sin fin de la eternidad, regocijándose con su predilecto.” El abate Migne hace notar que ese relato de Gregorio ha sido tomado del Líber de Transitu, del pseudo Melitón, que está clasificado por el papa Gelasio entre los apócrifos.

invocación de los santos. La costumbre de invocar a los santos tuvo origen en la exagerada veneración de que eran ob jeto los mártires y otros héroes de la fe. Las iglesias empezaron dedicando ciertos días del año para recordar los sufrimientos que los tales habían soportado, y se daba gracias a Dios porque tales hombres habían militado entre los cristianos, mostrando así que la fe que profesaban puede crear energía y valor. Se exhortaba al pueblo a imitar sus virtudes y seguir sus huellas. Los panegíricos que se hacían en las iglesias, ensalzando con demasía a estos mártires, bajo el influjo de la hipérbole oratoria, fue creando la idea de que eran seres casi divinos; y pronto se estableció la costumbre de invocarlos como intercesores y me diadores, olvidándose la enseñanza de que Cristo es el único mediador entre Dios y los hombres, según lo establece San Pablo en su 13 epístola a Timoteo.

la eucaristía. Hemos visto cómo la cena del Señor era el centro del culto cristiano, y así continúa siendo aún en este período de innovaciones y cambios, aunque ya pueden hallarse algunas ideas que cambian fundamentalmente el carácter de ésta ordenanza. Se empieza a creer en la presencia real, y los elementos no se miran como símbolos del cuerpo y sangre del Señor.

En tiempos de Crisóstomo, vemos en sus obras, que aún no se conocía la costumbre de privar a los miembros de las iglesias de la participación del vino. Pero ya a mediados del siglo quinto, algunos intentan introducir lo que se llama comunión bajo una sola especie; pero tropiezan con la fuerte oposición de Gelasio, obispo de Roma, quien condena severamente la innovación y la hace cesar.

el purgatorio. La idea de un fuego donde las almas ten gan que purificarse después de la muerte, es ajena y contraria a las doctrinas del Nuevo Testamento, que enseñan que la sangre de Cristo nos limpia de todo pecado. El primer cristiano que menciona un fuego purificador es Orígenes, en el siglo ni, quien sostenía la doctrina de la salvación universal y restauración final de todas las cosas. Gregorio el Grande es el primero que habla del purgatorio como de doctrina cristiana. Pronto se añade a ella la idea de que las oraciones podían ayudar a los que estaban en este fuego. Esta innovación demuestra que había decaído la confianza en el valor infinito de los méritos de Cristo, que excluyen toda obra humana, y hacen inútil todo otro sacrificio.

templos e imágenes. La riqueza siempre creciente de las iglesias, y los continuos donativos de príncipes y ofrendas de ricos y pobres, facilitaban la construcción de edificios artísticos destinados al culto, y cada vez se daba más importancia al lugar donde éste se celebraba. Las primeras estatuas y pinturas intro ducidas en estos edificios dieron lugar a muchas y largas contro versias, aun cuando se destinaban sólo al ornato y a la instrucción del pueblo, y en ningún caso a la adoración o veneración. Pero en las comunidades que acababan de salir de la idolatría, estas representaciones no podían sino ser un tropiezo a los indoctos. Un obispo de Marsella, viendo que las imágenes conducían a la idolatría, mandó destruirlas, y cuando el caso llegó a oídos del papa Gregorio, éste le escribió diciendo que lo alababa por su celo contra la adoración de cosas hechas con manos, aunque no aprueba su iconoclasmo y sostiene que las imágenes son los libros de los ignorantes. “Si alguien quiere hacer imágenes —dice— no se lo impidas, pero por todos los medios impide el culto de las imágenes.” Estas pinturas fueron matando el verdadero carácter del culto cristiano, y llevando al pueblo a una nueva forma de paganismo. Las imágenes adquirieron gran valor ante los ojos de los adoradores, y pronto se llegó a confiar en ellas mismas y a creerlas milagrosas. La imaginación popular se encendía al oír los relatos de las maravillas que se les atribuían y la gente iba cada vez más depositando en ellas su confianza.

Los donatistas

Ya dos veces la conciencia cristiana había protestado contra las ideas paganas que invadían las iglesias. Fueron primeramente los montañistas, pidiendo la rehabilitación del sacerdocio universal de los creyentes; y luego los novacianos, abogando en favor de la pureza de las iglesias y exclusión de los miembros indignos. Una tercera protesta fue hecha por los donatistas.

Un obispo africano, llamado Donato, protestó a raíz de ciertas irregularidades que tenían lugar en Cartago, y los que se unieron a él fueron llamados donatistas. Seguramente, no fue su intención separarse de los otros cristianos, pero las cosas tomaron un giro tal, que toda reconciliación fue imposible.

Los donatistas cometieron el error de apelar al emperador y esperar que su protección hiciese triunfar la causa que creían justa. Felizmente tuvieron mal resultado y pudieron aprender que la obra de Dios no se hace con la ayuda del siglo, y llegaron a ser fuertes enemigos de la unión de la iglesia con el estado. “¿Qué tiene que ver el emperador con la iglesia? —decían—. ¿Qué tienen que hacer los cristianos y los obispos con los reyes y la corte imperial?”

Los concilios habían condenado el anabaptismo, y como los donatistas recibían por medio del bautismo a los que se unían a ellos, quedaron expuestos a las medidas de rigor que el estado empezó a emplear so pretexto de mantener la unidad de los creyentes.

La persecución, lejos de abatirlos, aumentaba su fervor, y eran así más estimados, por el pueblo, que los veía sufrir y que tenía en ellos una demostración de viva piedad y santidad cristiana. Algunos, deseosos de verles volver al seno de la catolicidad, entablaron con ellos trato y discusión, sobresaliendo San Agustín, obispo de Hipona.

Agustín escribió un tratado en el que sostenía que el bautismo administrado a los adultos les era sin provecho mientras quedasen fuera de la iglesia universal.

Los donatistas, por su parte, le respondieron que la iglesia debía excluir de su seno a los miembros indignos, conocidos por pecadores manifiestos. Se apoyaban en las reglas dadas por San Pablo en la Primera Epístola a los Corintios, y en otros pasajes, y sostenían que una iglesia que no observa estas reglas pierde su carácter de santidad y pureza que le es esencial.

Agustín contestó que la disciplina era, sin duda, un medio eficaz, pero que librar a la iglesia de pecadores, aun manifiestos, era una imposibilidad; que en el estado actual de la iglesia había que tolerar algunos males para evitar otros peores, y conservar influencia sobre personas que podían enmendarse. Para apoyar esta opinión, se refería, como los multitudinistas de nuestros días, a las parábolas de la cizaña y de la red, dejando la separación para el día final.

Los donatistas contestaron que en estas parábolas no se hace referencia a una mezcla de buenos y malos en las iglesias, sino en el mundo, y que se referían a los hipócritas que se mezclan cubiertamente con los cristianos. Que ellos tampoco pretendían estar completamente separados de esta clase de pecadores, sino de aquellos que llevan una vida manifiestamente mala.

La controversia con ellos versaba también sobre el empleo de armas para defender los intereses de la causa cristiana, y los donatistas atacaban violentamente a los que servían del poder civil tiara perseguir a los que no creían como ellos.

Por cerca de tres siglos, los donatistas continuaron su obra siendo muy numerosos en África.

Sobre el movimiento donatista se tienen muy pocos docu mentos informativos. El Dr. Benedict, que hizo sobre esto un estudio especial, llegó al convencimiento de que es falso casi todo lo que se ha escrito en contra de ellos, y formula juicios altamente favorables al carácter cristiano de las iglesias que ellos componían.

http://www.seminarioabierto.com/iglesia12.htm

Juliano el Apóstata.

Juliano el Apóstata.

Los hijos de Constantino, al sucederle en el trono, continuaron la obra de su padre. Sin dar pruebas de conversión, y ejerciendo el más bárbaro despotismo con sus rivales, pretendían, sin embargo, implantar el cristianismo y hacerle de aceptación general a todos los súbditos. Constancio, al quedar como único dueño del Imperio, se esforzó en suprimir por la fuerza el paganismo, mostrando el mismo espíritu de intolerancia que los paganos anteriormente habían mostrado para con los cristianos. Confiscó los templos del viejo culto y el botín fue dado a las iglesias. Bajo pena de muerte prohibió los sacrificios públicos o privados, los que continuaron celebrándose a pesar de todo, porque los paganos eran aún numerosos. La profesión de cristianismo se hizo una necesidad a todas” las personas que deseaban adelantar en la vida pública. Como su padre, intervenía en todos los asuntos eclesiásticos y doctrinales, y de hecho era él el obispo de los obispos.

Juliano, llamado el Apóstata, a causa de haber vuelto al paganismo, desechando la enseñanza cristiana que había recibido, subió al trono en el año 361, y su reinado fue corto, pues terminó el año 363. Desde su juventud había mostrado gran interés en la literatura y estudios filosóficos. Leyó con avidez los autores griegos, y su mente estuvo siempre llena de ideas mitológicas. También leyó con interés los anales del martirologio cristiano, y no sólo profesó el cristianismo, sino que llegó a desempeñar el cargo de lector en una iglesia, pero más tarde cayó bajo la influencia de varios maestros platónicos, y especialmente de un tal Máximo, que lo inició en todas las explicaciones místicas del panteísmo común en todas las escuelas de Asia. Desde este tiempo, Juliano se hizo un ardiente admirador de la vieja mitología, aunque por humana prudencia, continuaba profesando el cristianismo. Estando en Atenas completamente ab sorto en la literatura clásica de los antiguos autores griegos, y practicando los misterios de Eleusis, fue llamado para recibir el título de César. Desde entonces se sintió bastante fuerte, y resolvió arrojar la máscara, declarándose abiertamente parti dario de la restauración del paganismo. Al pasar el emperador por Atenas, hizo abrir los templos de varias divinidades y restauró los ritos que habían sido suprimidos. Ocurrió entonces la muerte repentina del emperador, y Juliano quedó único señor del Imperio. Este alto favor lo atribuyó a los dioses, que admiraba y, en señal de gratitud, resolvió que sus primeros actos de gobierno tendrían por objeto la implantación del viejo culto de los dioses. Tomando el título de Pontifex, se proclamó guardián y protector del culto que habían tenido los antiguos romanos, al cual atribuía la grandeza del Imperio.

no era el intento de Juliano convertirse en un perseguidor. Sus primeras medidas consistieron en devolver a los paganos los templos que habían sido cedidos a las iglesias, y ordenar que en ellos se restableciesen los ritos que antes se habían practicado. Pero Juliano intentó elevar el paganismo, dándole un carácter más espiritual y práctico. Aspiraba a fundar iglesias paganas. El ritual fue purificado, estableciéndose oraciones y canto religioso, para que fuese parecido al culto cristiano. Fundó escuelas, hospitales, y colegios para sacerdotes. En los templos se ofrecían limosnas para el sostén de los pobres. Se estableció la costumbre de predicar sermones, cosa que los paganos nunca habían hecho. Se exigía a los sacerdotes una buena conducta con la esperanza que esto atraería las masas a los templos.

Pero fueron vanos esfuerzos. El árbol malo no puede dar buenos frutos. El paganismo estaba carcomido hasta las raíces, y sus ritos carecían de la savia necesaria a todo árbol del cual se esperan resultados halagüeños. El fracaso de su obra irritó a Juliano, a tal punto que se puso a pensar en medidas más severas contra los cristianos. Prohibió la celebración de bau tismos; la predicación y el proselitismo se declararon actos ilegales; no se permitiría a los cristianos establecer escuelas de literatura y retórica; los cristianos no podrían ejercer cargos públicos ni ser oficiales del ejército; muchas veces se confiscaron los bienes de las iglesias, para que pudiesen mejor, decía sarcásticamente el emperador, “cumplir el precepto de su religión”. El pueblo y los sacerdotes, contando con el beneplácito de las autoridades, muchas veces levantaron tumultos que concluían dando muerte a algún cristiano eminente. Juliano no ordenaba, pero toleraba estos actos. Su arma favorita era la sátira, y éste es el estilo literario de un escrito anticristiano titulado

Misopogon.

En un viaje que efectuó a Antioquia, quedó muy disgus tado al ver que el pueblo no concurrió a los festejos que había hecho preparar en los templos. Fue durante su estada en esta ciudad que se propuso hacer reedificar el templo de Jerusalén. No se sabe lo que le impulsó a tomar esta determinación, pero es seguro que lo hizo con la idea de mortificar a los cristianos. Cuando estaban ocupados en la tarea de remover los escombros que yacían amontonados desde los días de la destrucción de Jerusalén por Tito, grandes masas de fuego reventaron en el interior del templo, y los obreros que no perecieron tuvieron que abandonar la tarea dándola por irrealizable. Este incidente unos lo explican atribuyéndolo a causas naturales, pero otros creen que Dios intervino milagrosamente para que se cumpliesen las palabras profetices de Cristo sobre la destrucción del templo y la ciudad.

Volviendo de Antioquia y atravesando el Eufrates al frente de un ejército de sesenta y cinco mil hombres, llevó a cabo una brillante aunque ardua campaña. Traicionado y herido se retiró del campo de batalla, consciente de que había llegado al fin de su carrera. Un historiador pagano,

Ammonio dice, que como Sócrates, murió rodeado de sus amigos, hablando con los filósofos sobre la grandeza del alma. Tenía treinta y dos años.

Principales escritores cristianos de Oriente: Eusebia, Cirilo de Alejandría, Teodoro de Mopsuestia, El trío de Capadocia, Crisóstomo.

El evangelio no sólo se propagó por medio del testimonio personal, sino por medio de la literatura, facilitando así el intercambio de pensamientos, entre los que vivían en regiones separadas, y haciendo más fácil y duradera la enseñanza.

Vamos a ocuparnos ahora de algunos de los escritores más notables:

eusebio. Nació en el año 260 y murió en el año 339. Es generalmente llamado el padre de la Historia Eclesiástica, por haber sido el primero que se ocupó en escribir detalladamente sobre los acontecimientos relacionados con el cristianismo, desde los días del Señor hasta la época en la cual vivió. Era oriundo de Palestina, probablemente de Cesárea, donde conoció a Panfilio, quien más tarde sufrió el martirio, y en memoria de quien añadió su nombre al suyo. En el año 315 fue elegido obispo de Cesárea; y cuando se reunió el Concilio de Nicea, tuvo a su cargo el discurso de bienvenida al emperador Constantino con quien desde entonces aparece siempre en muy íntima relación.

Su Historia Eclesiástica es una obra de mucho mérito a causa de los valiosos documentos que ha conservado, los cuales son una guía segura al estudiante de la materia, y casi la única fuente de información a que se puede recurrir.

Otra de sus obras populares es la Vida de Constantino, en la cual pinta a su héroe en forma de panegírico, exagerando muchas veces sus buenas obras y encubriendo sus notables defectos.

Escribió también un libro titulado Preparación para el Evangelio, que consta de una colección de extractos de antiguos autores, destinados a preparar al lector para recibir inteligentemente el evangelio.

La obra de Eusebio en el campo de la Historia fue conti nuada por Sócrates, un retórico de Constantinopla, que a principios del siglo quinto se consagró a continuar los trabajos tan felizmente iniciados por Eusebio. Su obra tiene el alto mérito de darnos a conocer las opiniones predominantes en aquel tiempo.

Los nombres de Sozómeno, de Teodoreto y Evagrio, son también dignos de ser recordados entre los de aquellos que han contribuido a dejar el recuerdo del desarrollo de la causa cristiana en aquellos días.

cirilo de alejandría. Después del de Atanasio es el de Cirilo el nombre de más figuración en la iglesia de Alejandría, ciudad donde ocupó el episcopado desde el año 413 al 444. Su lucha fue contra las doctrinas nestorianas que se hicieron fuertes en sus días. Sus principales obras comprenden homilías, diálogos y diferentes tratados sobre la Trinidad y la Encarnación. Sus escritos están llenos de alegorías e interpretaciones simbólicas, a veces de poco valor.

efrem el sikio. Este fecundo escritor nació en el 308 y murió en el 373. Era natural de Nisibis, ciudad de Mesopotamia. Actuaba como diácono de la iglesia de Edessa, y nunca quiso ocupar un puesto de mayor importancia a fin de poder consagrarse mejor a los trabajos literarios. Escribía en siriaco, idioma en que aún existen algunas de sus obras y otras se han conser vado en sus traducciones al griego y árabe. Su obra principal fue un Comentario del Antiguo Testamento, pero además escribió numerosas homilías y sermones.

cirilo de jeeusalén. Nació en el año 315 y murió en el 3S6. Sus principales obras fueron de carácter catequístico. Revisten un estilo sencillo, pero dan una idea correcta del pensamiento cristiano, con más fidelidad que otras obras de más fama y mejor escritas.

teodoeo de mopsuestia. La antigüedad no conoció teólogo tan aventajado como Teodoro de Mopsuestia, conocido en las iglesias de Siria bajo el nombre de “el intérprete” a causa de sus muchos trabajos exegéticos. Tuvo el mérito de pronunciarse en contra del sistema alegorista, tan en boga en sus días, y volver al método racional, interpretando las Escrituras históricas y gramaticalmente. Sus conocimientos críticos y filológicos eran vastos. Uno de sus adversarios dijo: “Trata a las Escrituras como a los demás escritos humanos”. No pudo haber sido hecho mayor elogio de sus escritos. Los intérpretes de su tiempo habían dejado de interpretar para entretenerse en vanas y hue cas especulaciones, haciendo de las Escrituras un libro de adivinanzas y no un libro en el cual Dios habla a los hombres por medio de hombres y en lenguaje de hombres. Sus exposiciones fueron condenadas por el Concilio de Constantinopla ‘en el año 553, como cien años después de su muerte, pero su nombre figura hoy entre los de los buenos y juiciosos intérpretes de la Palabra de Dios.

el trío de capadocia. Basilio el grande, su hermano Gregorio de Nisa y Gregorio el nacianceno, compone el trío de Capadocia, nombre que recibieron de la provincia donde actuaron.

Los dos primeros eran hijos de piadosos cristianos y tuvieron el privilegio de ser enseñados en las Escrituras desde la infancia. Al mismo tiempo recibieron una esmerada educación literaria, en su ciudad natal, y más tarde en Antioquia, Constantinopla y Atenas. En esta última ciudad entablaron relación con otro joven de nobles aspiraciones llamado Gregorio. Desde Atenas escribían a su padre: “Conocemos sólo dos calles de la ciudad, la primera y mejor lleva a las iglesias y a los ministros del altar; la otra, que no apreciamos tanto, conduce a las escuelas y a los maestros de la ciencia. Las calles de los teatros, juegos y lugares de mundanos entretenimientos, las dejamos libres para otros”.

Vuelto a su ciudad natal Basilio empezó su carrera de abogado, la cual pronto dejó por sentirse llamado al ministerio cristiano. Desde entonces se ocupó en despertar espiritualmente a su hermano quien había caído en la indiferencia. Fue llamado a Cesárea para actuar como asistente del obispo de aquella ciudad y cuando éste falleció fue elegido para ocupar el lugar que dejaba vacante.

Gregorio nacianceno también desempeñó el cargo de obispo en la ciudad de Sasima y alcanzó gran fama por su elocuencia que sólo ha sido sobrepasada por la de Crisóstomo.

crisóstomo. “Crisóstomo —dice uno de sus biógrafos— per tenece a esta grande pléyade de hombres superiores, cuyos trabajos, virtudes y genios han ejercido tanta influencia en los destinos del cristianismo”. Nació en Antioquia en el año 346, siendo su padre un rico militar de alta graduación. Muerto éste, cuando su hijo era aún niño de pocos años, su madre Antusa quedó encargada por completo de la educación y cuidado del que más tarde llenaría el mundo con la gloria de su elocuencia. Antusa era una cristiana altamente piadosa y fue ella la que arrancó a cierto pagano esta exclamación de admiración y sor presa: “¡Qué madres tienen estos cristianos!” Destinado a la carrera de abogado, después de su primera educación fue puesto al cuidado de Libanio, el gran retórico y elocuente defensor del paganismo. Pronto el joven reveló sus singulares aptitudes de orador, y su célebre maestro se lisonjeaba con la idea de que él sería un día su sucesor. Pero la mente del joven abogado no se avenía a la clase de vida a que estaban sujetos los que seguían su carrera, hallándola demasiado frívola y estéril para aquel que aspiraba a mejores cosas en la vida. De vuelta a su hogar, halló en la Biblia, que tanto había leído su cristiana madre, el agua de la vida que apagó la sed de su corazón. Un condiscípulo llamado Basilio (no el obispo de Capadocia) le ayudó mucho a entrar en el camino angosto que conduce a la vida. Fue admitido en la iglesia como catecúmeno, y después de tres años de preparación y prueba, fue bautizado por el obispo Melecio. Basilio quiso inducirle a abrazar la vida monástica, ya muy popular, pero intervino la sabia influencia de su madre y le disuadió de este propósito. “Te ruego —le dijo llorando— que no me hagas enviudar por segunda vez”. Crisóstomo entonces escogió la mejor misión de vivir una vida santa en su casa y entre los del mundo corrompido.

Sin embargo, muerta su madre, Crisóstomo pasó seis años en un monasterio dedicándose a escribir varios de sus tratados, pero la vida monástica no le ofrecía el campo de actividad que sus talentos y dones requerían. En el año 381 fue ordenado diácono, oficio en que trabajó durante cinco años. En el 386 fue elevado a presbítero y como su elocuencia empezó a ser conocida se le confió el pulpito de la iglesia más grande de Antioquia, la cual siempre resultaba pequeña para contener las multitudes ávidas de escuchar su palabra candente y arrebatadora, que a pesar de la naturaleza del edificio e índole de la reunión, arrancaba aplausos y estruendosas manifestaciones de admiración. Sus sermones no tienen nada de aquello que halaga las pasiones de las multitudes. Son casi siempre homilías exponiendo capítulos enteros de la Biblia. Crisóstomo inmortalizó este excelente método de predicación que tiene la gran ventaja de familiarizar a los oyentes con el lenguaje y enseñanzas de la Biblia. Se llamaba Juan, y debido a su elocuencia le dieron el apodo de Crisóstomo, lo que significaba, en griego, boca de oro. Bossuet lo llama el Demóstenes cristiano y lo declara “sin contradicción el más ilustre de los predicadores y el más elocuente de los que han enseñado en la iglesia”. Siendo su predicación una constante explicación de la Biblia, queda dicho que era superior a la de la mayoría de los predicadores de sus días, no sólo por la palabra atrayente del que ocupaba el pulpito, sino porque daba verdadero alimento espiritual a los hambrientos. “A las grandes cualidades de orador —dice un autor católico— Crisóstomo unía un conocimiento profundo de las Escrituras. Siendo joven la había estudiado bajo Melecio, después bajo Diodoro y Carterio. Más tarde cuando pasó seis años en el desierto, no tuvo en sus manos más libro que la Biblia; no se ocupó de otra cosa, sino del texto sagrado. Leyó y releyó, aprendió de memoria palabra por palabra, y hasta el fin de su vida la hizo el objeto constante de sus meditaciones. En una palabra, poseía un conocimiento profundo de los libros sagrados, y se los había apropiado y asimilado de tal manera, que habían venido a ser el fondo de su espíritu y su sustancia espiritual”. Estas pala bras pertenecen a Villemain, quien agrega: “Ningún orador cristiano estuvo más compenetrado de las Escrituras Sagradas, ni más encendido de su fuego, ni más imbuido de su genio”.

En el año 397 murió el patriarca de Constantinopla, y ninguno de los candidatos para ocupar la vacante contó con los sufragios necesarios, pero cuando sonó el nombre del famoso predicador de Antioquia, fue elegido por mayoría. Fue traído casi a la fuerza a ocupar el puesto en el que obtendría tantos triunfos y sufriría tantos desengaños. Empezó su obra en la capital introduciendo reformas en la vida y práctica de las iglesias, que tanto se habían apartado de la simplicidad primitiva del cristianismo, y denunciando valientemente todos los vicios de la aristocracia exteriormente religiosa.

Pronto tuvo tantos enemigos como admiradores. Una pre dicación tan pura no podía sino ofender a la gente mundana que llenaba las iglesias. El clero nada espiritual, las damas de la corte, y particularmente la emperatriz Eudosia se pusieron en su contra. Los que habían aspirado al patriarcado y en la elección habían sido vencidos por los partidarios de Crisóstomo, se encargaron de encender el fuego, y acusándole de ser sostenedor de las doctrinas de Orígenes, consiguieron hacerlo deste rrar; pero no tardó en ser llamado de nuevo por la misma Eudosia, quien se atemorizó creyendo que un terremoto que ocurrió poco tiempo después de su destierro era un castigo de Dios. Pero el valiente orador volvió a su campo de acción re suelto a seguir el mismo programa con que había empezado, lo que volvió a irritar a Eudosia. “Herodías —dijo al subir al pulpi to— está de nuevo enfurecida; de nuevo tiembla; de nuevo pide la cabeza de Juan el Bautista”. Este lenguaje le atrajo otra vez la ira de la emperatriz, y fue desterrado por segunda vez a una aldea llamada Taurus, en los confines de Armenia, donde se hallaba constantemente expuesto al peligro de bandoleros. “Su carácter quedó consagrado en su ausencia y persecución; —dice Gibbons— las faltas de su administración no eran más recordadas; toda lengua repetía las alabanzas de su genio y virtud; y la respetuosa atención del mundo cristiano estaba fija en un lugar desierto de las montañas de Taurus”. A pesar del destierro, Crisóstomo no vivía en la inacción. Personalmente y por correspondencia seguía la obra, interesándose en la evangelización de las tribus cercanas al lugar de su destierro, que aun no conocían el cristianismo, y escribiendo a las iglesias en las cuales tenía mucha influencia. Sus adversarios no cesaban de perseguirle cada vez más, y consiguieron que fuese confinado a una región aun más apartada, en los confines del Imperio, pero falleció en el penoso viaje, en septiembre del año 407. Treinta años más tarde sus restos fueron transportados a Constantinopla donde fueron recibidos con los más altos honores. El mismo emperador Teodosio el joven, imploró públicamente el perdón de Dios por la falta que habían cometido sus ante pasados.

Las obras de Crisóstomo son numerosas, consistiendo gene ralmente en homilías explicando las Escrituras. Forman un verdadero tesoro, y del griego han sido traducidas a muchos idiomas modernos, y son siempre consultadas por los mejores comentadores de elocuencia. Abarcan casi todos los libros del Nuevo Testamento y muchos del Antiguo. Comprenden además un gran número de sermones sobre diferentes temas.

El siguiente trozo, parte de un sermón sobre la lectura de la Biblia, puede dar una ligera idea de su predicación:

“El árbol plantado junto al arroyo de aguas, creciendo al borde mismo de la ribera, disfruta constantemente de su conveniente humedad, y desafía impunemente todas las intemperies de la atmósfera; no teme a los ardores disecantes que produce el sol, ni al aire inflamado; teniendo en sí una savia abundante, se defiende contra el calor exterior y lo hace retroceder; del mismo modo, un alma que permanece cerca de las aguas de las Santas Escrituras, que de ella bebe continuamente, que recibe de ella misma este riego refrigerante del Espíritu Santo, llega a hacerse superior a todos los ataques de las cosas humanas, sea la enfermedad, la maldición, la calumnia, el insulto, la burla o cualquier otro mal; sí, aunque todas las calamidades de la tierra atacaran a esa alma, se defiende fácilmente contra todos esos ataques, porque la lectura de las Santas Escri turas le proporciona consolación suficiente. Ni la gloria que se extiende a lo lejos, ni el poder mejor establecido, ni la ayuda de numerosos amigos, ni ninguna otra cosa, en fin, puede consolar al hombre afligido, como la lectura de las Santas Escrituras. ¿Por qué? Porque esas cosas son perecederas y corrup tibles, y porque la consolación que dan perece también; la lectura de las Santas Escrituras es una conversación con Dios, y cuando es El quien consuela a un afligido, ¿quién podrá ha cerlo caer de nuevo en la aflicción?

“Apliquémonos, pues, a esta lectura, no sólo dos horas sino siempre; que cada uno al ir a su casa tome en sus manos los libros divinos y reflexione sobre los pensamientos que encierran y busque en las Escrituras una ayuda continua y suficiente. El árbol plantado junto a arroyos de agua, no permanece allí sólo dos o tres horas, sino todo el día y toda la noche. Por eso sus hojas son abundantes y sus frutos numerosos, sin que ninguno lo riegue; porque plantado cerca de la ribera, sus raíces absorben la humedad y, como por canales, la lleva a todo el tronco para que disfrute; lo mismo es con aquel que lee continuamente las Santas Escrituras, y que permanece cerca de esas aguas, aunque no tuviese ningún comentador, la lectura sola, como una especie de raíz, hace que saque de ella mucha utilidad”.

Principales escritores cristianos de Occidente: Hilario, Ambrosio, Agustín, Jerónimo.

Los autores de Oriente que hemos mencionado escribían en griego. Los de Occidente que vamos a mencionar escribían en latín. Se les llama generalmente Padres latinos.

hilario. Nació en Poitiers en el año 295, y sus padres, que probablemente eran paganos, lo educaron en las letras y la filosofía. Siendo amante de la verdad, y diligente en los estudios e investigaciones, llegó a convencerse de la verdad del cristianismo, el cual aceptó de todo corazón, siendo bautizado juntamente con su esposa y una hija. Desde su conversión resolvió dedicar todas sus energías al servicio de la causa que había abrazado. En el año 350 fue elegido obispo de su ciudad natal, y desde entonces milita entre los ardientes defensores de la ortodoxia, en contra del arrianismo, que amenazaba las iglesias de la Galia. Su principal obra fue publicada en doce libros, y trata de la fe, de la Trinidad, y de los errores de Arrio. Otra obra que le valió fama y renombre fue un comentario al Libro de los Salmos.

ambrosio. Más bien por sus trabajos que por sus escritos es conocido este célebre obispo de Milán. Nació en Treves en el año 340, siendo su padre prefecto de la ciudad. Perdió a su padre siendo niño, y su madre lo llevó a Roma donde fue educado con el fin de que pudiera ocupar algún puesto público. Siendo todavía muy joven, fue nombrado gobernador del distrito de Milán. Cuando hacía cinco años que desempeñaba este puesto, fue llamado para apaciguar un tumulto que se había formado en una iglesia, donde los partidos no llegaban a ponerse de acuerdo sobre la elección de un obispo. Se cuenta que un niño de corta edad, asumiendo la actitud de orador, exclamó: “Ambrosio es obispo.” Los que estaban reunidos, impresionados por las palabras del niño, creyeron tener en ellas una indicación celestial acerca de la persona que debía ser elegida para el puesto vacante. “Ambrosio es obispo”, fue el clamor general, y todas las protestas del gobernador no pudieron hacer desistir a la multitud. En vano les hizo notar que sólo era catecúmeno en la iglesia. La voluntad popular tuvo que cumplirse, y Ambrosio fue bautizado y ordenado obispo el mismo día. Desde entonces se puso a estudiar asiduamente las Escrituras; y si bien nunca llegó a ser teólogo distinguido, pudo predicar con mucha aceptación y despertar a la ciudad, que siempre le escuchaba de buena gana.

A causa de su vehemencia, estuvo a menudo en conflicto con los gobernantes. Condenado al destierro, rehusó obedecer y se encerró en la iglesia, donde era protegido por las multitudes que le defendían y contra las cuales las autoridades no se animaron a proceder. Obligado así a permanecer con los suyos día y noche en la iglesia, se dedicó a componer himnos, que él mismo enseñaba a cantar. Ambrosio fue un gran autor de himnos, muchos de los cuales han llegado hasta nosotros a través de los siglos y son cantados en todos los países cristianos. Entre otros, está el “Santo, Santo, Santo, Señor de los ejérci tos” y la doxología titulada Gloria Patri. El Te Deum también Tía sido atribuido a su pluma, pero los himnologistas lo dan como una composición posterior. La tradición decía que había sido compuesto en ocasión del bautismo de San Agustín.

Lo que escribió sobre interpretación bíblica es de poco mérito; y por haber seguido, como muchos otros, el método alegórico, hizo oscuro mucho de lo que era claro.

Falleció en el año 397, siendo llorado por muchos, pues había logrado gran popularidad y era amado por las multitu des que le escuchaban.

agustín. En el libro más popular de los muchos que es cribió, Las Confesiones, Agustín nos ha dejado su autobio­grafía. Su madre, Mónica, era una cristiana altamente piadosa, casada con un pagano que fue ganado a la fe poco antes de su muerte. Residían en Cartago, donde el joven Agustín fue arrastrado por la corriente del vicio al desoír los saludables consejos de su buena madre. Al huir del hogar, lo hallamos en Italia; en Roma primeramente y después en Milán, siempre seguido por Mónica, quien no cesaba de hacerlo el objeto de sus férvidas oraciones. Su fe fue puesta a prueba, pues el joven Agustín se hallaba cada día más lejos del reino de Dios. “Mi madre me lloraba —dice él—, con un dolor más sensible que el de las madres que llevan a sus hijos a ser enterrados.” De su vida de libertinaje nació un hijo, al que llamó Adeodato, al cual amaba con locura.

Cuando Agustín empezó a ocuparse de cosas religiosas, cayó en el error de los maniqueos y en el neoplatonismo. El maniqueísmo era la doctrina de cierto persa llamado Maní, educado entre los magos y astrólogos, entre quienes alcanzó mucha fama. Hombre de actividad y muy emprendedor, todos le consultaban como filósofo y médico. Tuvo la idea de hacer una combinación del cristianismo con las ideas que profesaba, para lo cual tomó el nombre de Paracleto y pretendía tener la misión de completar la doctrina de Cristo. Muchos fueron seducidos por su elocuencia, y sus adeptos formaron la nueva secta en la que cayó el más tarde famoso Agustín.

Estando Mónica en Milán, pidió a Ambrosio que tratase de convencer a su hijo y sacarlo del error en que se encontraba, pero el prudente obispo le hizo notar que no lograría nada mientras le durase la novedad de la herejía que le llenaba de vanidad y presunción. “Déjelo —le dijo—, conténtese con orar a Dios por él, y verá cómo él mismo reconocerá el error y la impiedad de esos herejes, por la lectura de sus propios libros.” Pero Mónica lloraba afligida y continuaba implorando a Ambrosio que tuviese una entrevista, de la cual esperaba buenos resultados, pero él le contestó: “Vaya en paz y continúe haciendo lo que ha hecho hasta ahora, porque es impo sible que se pierda un hijo llorado de esta manera.”

Las oraciones de Mónica empezaron a ser oídas. Agustín iba cansándose de la aridez de la humana filosofía, y suspiraba por algo que realmente le diese la vida que tanto necesitaba. La predicación de Ambrosio le impresionó, y llegó a comprender que sólo en Cristo debía buscar el camino de la vida. La crisis violenta por la que pasó su alma, la relata detalladamente en el libro octavo de sus Concesiones. Había perdido completamente la paz. “Sentí levantarse en mi corazón —dice— una tempestad seguida de una lluvia de lágrimas; y a fin de poderla derramar completamente y lanzar los gemidos que la acompa ñaban, me levanté y me aparté de Alipio, juzgando que la sole dad me sería más aparente para llorar sin molestias, y me retiré bastante lejos para no ser estorbado ni por la presencia de un amigo tan querido.” En esa soledad Agustín clamó a Dios pi diendo que se apiadase de él, perdonándole sus pecados pasados, diciendo: “¿Hasta cuándo, Señor, hasta cuándo estarás airado conmigo? Olvídate de mis pecados pasados. ¿Hasta cuándo dejaré esto para mañana? ¿Por qué no será en este mismo momento? ¿Por qué no terminarán en esta hora mis manchas y suciedades?”

“Mientras hablaba de este modo —continúa diciendo— y lloraba amargamente, con mi corazón profundamente abatido, oí salir de la casa más próxima, una voz como de niño o niña, que decía y repetía cantando frecuentemente: “Toma y lee, toma y lee”. Contuve entonces el torrente de mis lágrimas, y me levanté sin poder pensar otra cosa sino que Dios me mandaba abrir el libro sagrado y leer el primer pasaje que encontrase. Agustín corrió donde tenía las Escrituras y abriéndolas al azar, sus ojos dieron con este pasaje: “Andemos como de día, honestamente; no en glotonerías y borracheras, no en lu jurias y lascivias, no en contiendas y envidia; sino vestíos del Señor Jesucristo, y no proveáis para los deseos de la carne.” Rom. 13:13-14. Dice Godet, que el primero de estos versículos describe la vida de Agustín antes de su conversión, y el segundo la que llevó después.

“No quise leer más —dice Agustín— ni tampoco era necesario, porque con este pensamiento se derramó en mi corazón una luz tranquila que disipó todas las tinieblas de mis dudas.”

Agustín dio las nuevas a Alipio de lo que pasaba en él, y éste también en aquella hora tomó la resolución de entregarse al Señor. Ambos se apresuraron en dar las nuevas a Mónica, la cual fue transportada de alegría al saber que su hijo era cris tiano y que sus oraciones habían sido oídas.

Poco después fue bautizado por Ambrosio, al mismo tiem po que su amigo Alipio, y su hijo Adeodato.

De regreso de África, buscó en la soledad y meditación, compenetrarse mejor de la mente de Cristo a quien había resuelto servir.. En el año 391 fue ordenado presbítero y empezó a predicar con mucho éxito. Más tarde fue nombrado obispo de Hipona.

Además de las Confesiones, entre sus muchas obras, mere cen citarse Contra los Maniqueos, Verdadera Religión, La Ciudad de Dios, y la última de sus obras, Retractaciones, en la que repasa lo que había escrito durante toda su vida, y se retracta de aquellas enseñanzas que llegó a reputar erróneas después que hubieron madurado bien sus ideas.

Murió en el año 430, a los setenta y seis años de edad, des pués de haber trabajado asiduamente a favor de la causa que abrazó con tanta sinceridad, y legando a la posteridad un nombre que no reconoce igual entre los escritores de Occidente.

jerónimo. Como filólogo, Jerónimo ocupa el primer lugar entre los cristianos de sus días. Nació de padres cristianos, probablemente en el año 346, cerca de Aquilea, en los confines de Dalmacia y Pannonia. Recibió su educación en Roma bajo la dirección del retórico Aelio Donato, iniciándose en los estudios gramaticales y lingüísticos, que no abandonó hasta el fin de su carrera. En esta ciudad profesó públicamente el cristianismo y después de efectuar algunos viajes resolvió radicarse en la Siria para estudiar el hebreo y los dialectos que de él se derivan, para lo cual entabló relaciones con un maestro judío, lo cual escandalizaba a muchos de sus correligionarios. En 379 aparece en Antioquia, donde fue nombrado presbítero. En Constantinopla encontró a Gregorio Nacianceno, con quien mantuvo íntimas relaciones. En Roma emprendió con ardor la ardua tarea de revisar la traducción de la Biblia al latín, llamada Itálica, la cual era muy defectuosa a causa de las muchas variantes que se hallaban en las diferentes ediciones. De este trabajo resultó la Vulgata, nombre que se le dio porque estaba destinada para ser leída por el pueblo, al cual aun no se había privado del derecho de leer e interpretar la Biblia.

Entre otros trabajos literarios de Jerónimo, figuran sus Cartas y algunos Comentarios sobre las Escrituras que tienen más valor literario que exegético.

Los últimos años de su vida los pasó en Palestina, recluido en un convento donde continuó sus trabajos de escritor fecundo. Falleció a edad muy avanzada, en Belem, el año 420.

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